¿Existe lo homosexual como género literario?
![]() Ficha de análisis o teoría académica: LA CRÓNICA SOCIAL, 8 de julio de 2006
¿Existe lo homosexual como género literario? De un tiempo a esta parte, antes incluso de ser aprobada la ley que permite el matrimonio entre homosexuales, este colectivo está siendo objeto de una fuerte revisión: todos los ámbitos son susceptibles de focalizar parte de su esfuerzo a él. Así, tenemos agencias de viajes, restaurantes, gimnasios, tiendas de ropa y música, bares, bancos (en Estados Unidos), series de televisión o películas dirigidos específicamente a ellos como destinatarios.
POR ESTHER PEÑAS.
Los debates acerca de la causa última de la homosexualidad (genética o socializada), a propósito de lo adecuado de que adopten -en el caso de hombres- o tengan hijos -en el de las mujeres-, de lo aconsejable o nefasto del hecho de reconocerles como un tipo más de familia, con su idiosincrasia y características propias están a la orden del día. Ponga un homosexual en su vida. Al menos hoy por hoy, resulta de lo más chic.
Otro asunto imbricado con el colectivo pero que viene de antiguo y jamás demodé es la sempiterna porfía acerca de la existencia o no de una literatura propiamente homosexual. Desde Catulo o Virgilio hasta Jaime Gil de Biedma o Tennesse Williams, pasando por Verlaine, Gidè, Cocteau, Lorca o Cernuda rastreamos indicios, barruntos, evidencias de pulsiones homoeróticas. Esos vestigios de amor entre iguales son los que vamos a retomar en este reportaje que, por otro lado, nada más lejos de pretender ahondar en la ardua y espinosa cuestión de si lo homosexual es o no un género literario (aunque quien rubrica estas palabras no lo cree así, valga esta afirmación como confidencia más que como axioma, obviamente).
No obstante, circula, como un virus, un prejuicio extendido: todo el mundo da por válido el que las relaciones homosexuales en la antigua Grecia y Roma eran algo tolerado y respetado. Común en ciernes. Y es así, pero con un matiz importantísimo que se refleja en los textos literarios. Era honorable esta práctica siempre que el varón adulto, el ciudadano libre, ejerciese la sodomía. Era el encargado de conducir por un proceso iniciático-sexual al joven sodomizado. De la mano del amante (erastés) el joven (eromenos; entre los 12 y 17 años) se integraba en la vida social e intelectual de la ciudad. Cuando entraba en la edad adulta, él mismo ejercía de erastés. "Tus piernas, Nicandro, se cubren de pelos; guárdate/ de que no les ocurra a tus nalgas lo mismo: verás entonces qué escasez de amantes. Preocúpate/ ahora por tu edad, que luego nunca vuelve", escribe Alceo.
El problema, la mofa, la befa y el escarnio se producía cuando dos varones libres e iguales entablan relaciones sexuales. Baste recordar que a Sócrates se le condenó por corromper a los jóvenes, los chistes sodomíticos de Marcial ("puesto que al muchacho le duele la polla/ y a ti, Nevolo, el culo;/ no soy adivino, pero sé bien lo que hacíais") o la guasa de Catulo sobre César, a quien tacha de ser demasiado pasivo ("te joderá y se la chuparás") o la advertencias de Teognis contra el enamoramiento: "sobre el cuello de los que hacen el amor a los muchachos / hay siempre un yugo de infortunio, / doloroso testimonio de su hospitalidad excesiva; / pues el que busca afanosamente el amor de un joven, / debe poner sobre él su mano / igual que sobre una hoguera de sarmientos".
EL ORO HOMÓFILO DE LOS CLÁSICOS
Mientras, en España surge nuestro segundo Premio Nobel (el primero fue Echagaray, en 1895), Jacinto Benavente (Madrid, 1866- 1954), bandeándose ante los rumores de su sexualidad durante toda su vida para finalmente declamar en un soneto, Escribamos, pues, más nombres, ante la imposibilidad de detenernos siquiera con decoro en estas figuras que vamos mentando, mitad trote, mitad galopando: Pessoa (Lisboa, 1888-1935, quien nunca salió de su tierra natal y quien pese a su polvo huraño defendió a diversos amigos homsexuales. Qué bello aquello de "¡Ha muerto el dios cuyo culto consistía en ser besado!"), Cocteau (París, 1889-1963. Recemos con él: " Que triste nos resulta/ estar donde no estamos")), Federico (García Lorca, claro, Granada 1898- 1936; ¿recuerdan aquel verso, "¡Maricas de todo el mundo, asesinos de palomas!"), Luis Cernuda (el tierno, delicioso, supremo Luis Cernuda a quien todavía no se le ha hecho justicia, como a otros tantos, como a otros muchos; Sevilla, 1902-Méjico 1962; aquella dignidad lánguida "con solitaria dignidad el viejo debe/ pasar de largo junto a la tentación tardía"), Yourcenar (Bruselas, 1903-1987; clásicas su ‘Memorias de Adriano’), Jean Genet (París, 1910-1986. Ese espléndido poema, ‘El condenado a muerte’, desbrozado por la voz recia de Serge Reggiani), Gloria Fuertes (Madrid, 1918-1998; ‘La huéspeda’: …la zorra de la angustia/ llegó mala…/ ¿Y cómo voy a echarla/ si me vino preñada de esperanza?), Ginsberg (mítico de la generación beat norteamericana; Nueva Jersey, 1926: "dulce chico, dame tu culo/ ¿nunca te has acostado con un hombre?), Jaime Gil de Biedma (murió de SIDA, en 1990. Había nacido en Barcelona, en 1929. Fue prefecto de la palabra, y consiguió ser abad de la misma: "A duras penas te llevaré a la cama,/ como quien va al infierno/ para dormir contigo"), Reinaldo Arenas (Cuba, 1943-Nueva York, 1990, también segado por la hoz del SIDA), Leopoldo María Panero (Madrid, 1948; le escribió a un tal Francisco aquellas líneas: "Pasé una noche a ti pegado como a un árbol de la vida/ porque eras suave como el peligro/ como el peligro de vivir de nuevo"), Patricia Highsmith (Texas, 1921; inquietantes relaciones homófilas en obras como ‘Extraños en un tren’ o ‘La soga’).
Todos ellos son autores que han ido desechando estereotipos, y conocedores –al menos de manera superficial- de la importancia y alcance de muchos de ellos, no podemos por menos que emplazarnos a nosotros mismos para retomar este suculento tema para afinar más –el tiempo y el espacio, en esta ocasión, lo impiden- .
Eso sí. Algo, estética y argumentalmente, se ha avanzado. Antes, los homosexuales no podían sobrevivir en aquellas novelas que trataban de ellos (‘El lugar sin límites’, de José Donoso, verbigracia), y requerían aspirar a una posición social que satisfizo el requisito de la heterosexualidad; los personajes antes estaban atormentados, sojuzgados, doloridos, enfermos, enloquecidos…
Poco a poco, van quitándose sus lastres hasta encontrarse a sí mismos y dándose cuenta de que sus problemas, sus anhelos, sus sonrisas, las provocan las mismas cosas que al resto de humanos. Sólo que traducido a otro instinto sexual.
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Juan sin Letras :: 31/jul/2007 :: TÁCTICA Y ESTRATEGIA PARA ESCRITORES :: No hay Comentarios »

