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El héroe y el artista siempre van juntos

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Cuando una idea es defendida con la vida, la idea toma la forma del gesto que la defiende y el heroísmo y el arte se confunden en una misma cosa. Extraños seres, los héroes y los artistas. Nacieron prácticamente al mismo tiempo. El arte nació con la épica y ambos recorrieron juntos por muchos años la bárbara geografía de la historia.

El héroe y el artista tienen un factor común que los diferencia de los demás. No les es primordial el ser queridos, les es primordial el ser “gustados”. Les es más importante gustar que ser amados. Están de novios con la vida, no se casan con la vida. Son frívolos, seductores, maquillados por la misma grandeza que ellos generan. Cuesta admitir esto porque, en cierta forma, es admitir que estos coquetos seres que apuestan a la “gustabilidad” sobre la “queribilidad”, estos superficiales personajes, son los que generan las más sublimes realizaciones del ser humano.

Gente rara, los héroes y los artistas. Tienen algo de alquimistas que transforman la parte más mediocre de ellos mismos en la parte más valiosa de la especie. Quiero hablar de San Martín, ese héroe que ni el Billiken ni las directoras de escuelas consiguieron destruir. Quiero mirarlo a través del cristal del arte y no el de la historia. Del desván de mi memoria extraigo una carta que Vicuña Makenna adquirió del cura Cecilio Tagle en Lima. La carta es de una mujer que firma Pepa, “una manola de alegre vida”, aventura Vicuña Makenna, dirigida a un español en el Perú. Está fechada en 1821 y ella aconseja a su destinatario que si cae prisionero recurra a San Martín. La carta abunda en detalles íntimos que su autora y ese atractivo teniente San Martín mantuvieron en la ciudad de Cádiz.

El cuerpo desnudo del Libertador (que ya ostentaba sobre su hombro la cicatriz que un sable francés le dibujó en la batalla de Albuera) con el cuerpo, que presumo también desnudo de Pepa compartiendo sábanas y caricias en una misma cama, están descriptos en forma admirable. Sólo una mujer puede recordar detalles de un coito a más de diez años; pero el hombre capaz de instalarse tan firmemente en una memoria, evidentemente desplegó una creatividad amorosa difícil de superar para la mayoría e imposible para el autor de estas líneas.

Fue la lectura de esta carta la que me hizo observar por primera vez a San Martín bajo la óptica de la creatividad. Poco tiempo después, leyendo las memorias del General Paz, tomé conciencia de que nuestra independencia había nacido de una obra de arte, de una puesta en escena teatral concebida por ese artista llamado San Martín.

A los siete años abandonó el país con su familia y desde los trece no dejó de guerrear contra moros, ingleses y franceses. Volvió a los treinta y tres y en poco tiempo comprendió que la influencia Napoleónica que practicaban los mejores ejércitos del mundo, también había llegado al Río de la Plata. Napoleón había dicho: “La infantería es la reina de las batallas” y todos los grandes estrategas lo habían aceptado. En realidad, lo era y lo sigue siendo. Es la infantería la que tiene que avanzar y ocupar un objetivo. La caballería, la artillería, los ingenieros o lo que fuera, le abren el camino, le ablandan las defensas, pero hasta que los infantes no ocupen el terreno, no se puede hablar de victoria.

En la Argentina de 1812, estos conceptos se habían arraigado y la caballería era prácticamente un cuerpo auxiliar necesario para transportar la infantería, útil para la exploración, o para cubrir los flancos de los verdaderos combatientes. Además, existía un problema fundamental: no había en el mundo peores “equitadores” que los argentinos.

La equitación es el arte de ayudar al caballo, no al jinete. Y ese concepto en un país en donde el gaucho que viajaba con tropilla no tenía más que mudar su recado de un caballo agotado a uno fresco para continuar su marcha, no podía interesar demasiado. Por otra parte, contrariamente a lo que se cree, el argentino no siente ningún amor por el caballo. Como suele suceder, la abundancia es incompatible con el amor. Sólo en las provincias muy pobres, la escasez de caballos los hace más queridos.

San Martín comprendió que tenía que convertir a la caballería en un arma fundamental. Cuando quiso lograrlo apelando a su autoridad, fracasó completamente. Cuenta el General Paz en sus memorias, haber visto “a valerosos soldados llorar de vergüenza y a un veterano oficial decir avergonzado: ‘Han convertido mi batallón en un escuadrón de lanceros’.”

San Martín tomó conciencia de que tenía que convencer a todo un pueblo de algo casi imposible. Otro general, muchos años más tarde, solía decir: “Mandar es persuadir”; pero San Martín no era Perón. Carecía de facilidad de palabra y de los medios de comunicación de este siglo. Se vio obligado entonces a recurrir al lenguaje del arte. Tenía que incorporar un sentimiento en sus compatriotas. Tenía que transmitir un estado de ánimo, no en la inteligencia del cerebro, sino en la inteligencia del corazón.

Nada más deshonesto que un artista. En el arte como en los juegos, los deportes y las guerras, el engaño es fundamental para lograr un objetivo. La mentira en estos casos es aceptada, forma parte de nuestra verdad, es admitida por nuestra cultura, pero el arte exige además una mentira suplementaria; exige que no se note la mentira. Cuando un escritor quiere decir algo para él fundamental, se guarda muy bien de decirlo, pues necesita que sea el lector el que lo piense, que recree su pensamiento. Para engañarlo, apela a cualquier elemento de distracción, como la belleza, la originalidad, el talento, el asombro o lo que sea.

San Martín empezó por la belleza. Se dice que él mismo diseñó el uniforme de los granaderos. Las tijeras de los sastres fueron los primeros aceros que se cruzaron por la independencia. Combinó los colores, eligió los botones, las charreteras, el correaje, las botas, hasta el inusual tamaño de las espuelas. Después seleccionó los caballos. La alzada del caballo criollo era en esa época casi quince centímetros más baja que la del caballo criollo actual. Consiguió los caballos más altos, pues todavía Buenos Aires recordaba con admiración el caballo que el General Beresford montaba cuando desfiló al frente de las tropas inglesas por las calles de la ciudad conquistada.

Recién después se ocupó de los hombres. Los escogió uno a uno y los eligió por su belleza física. Eran altos, de mirada firme, elegantes y majestuosos. Tal vez pensó que si el coraje embellece a los hombres, por qué la belleza no puede generar coraje. No se equivocó; como suele suceder, las máscaras se iban a convertir en caras. El hombre es más lo que quiere ser que lo que es. Cada uno de esos granaderos se compenetró en el personaje que su jefe había forjado en sus memorias de futuro, esas memorias que parecían recordar sucesos que todavía no habían sucedido.

Un día sucedió. A la media tarde del 28 de enero, del misterioso cuartel del Retiro, con los nervios de un estreno, ciento veinte granaderos con San Martín al frente, montados en sus caballos de guerra, partieron hacia el norte. Al amanecer de ese mismo día ya habían partido los caballerizos con los caballos de marcha, los pucheros, los cocineros, las cargas de alimentos, el grupo de sanidad, los oscuros hombres de los cuerpos auxiliares que, como los utileros de los teatros, permanecieron invisibles para el gran público y para más de un historiador. Los granaderos cruzaron la ciudad. Detrás de su jefe iban los lanceros con pistola al arzón, los demás con sable y carabina. Al llegar a Olivos cambiaron los caballos y montaron los de marcha. Recién cinco días más tarde los volvieron a ensillar, tras los muros del convento de San Lorenzo. En el teatro de las operaciones, la Argentina levantaba el telón de su historia.

Cuando San Martín ordenó cargar, los ciento veinte actores repitieron lo que tantas veces habían ensayado. Las moharras de las lanzas abandonaron la verticalidad, los sables salieron de las vainas y el trompa de órdenes vació el aire de sus pulmones en el clarín. Sobre el campo, las huellas de los cascos dejaron los primeros trazos que el artista había programado.

Las espuelas de los hombres apuraban esa cita con ellos mismos, cada uno quería ser el primero en encontrarse. En ser aquello que tenían que “ser porque sino no serían nada”.

Militarmente, la victoria que obtuvieron no tuvo importancia. Individualmente, sí. La masturbación continuó. Tras su Jefe cruzaron los Andes y siguieron interpretando el mismo papel hasta la última batalla en el Alto Perú.

En 1826, de esos ciento veinte granaderos sólo siete quedaban vivos. Volvieron a Buenos Aires. La función tenía que continuar.

 

 

 

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