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	<title>JUAN SIN LETRAS</title>
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	<description>Concursos literarios, entrevistas a escritores, libros, recursos literarios. Opiniones críticas y discursos.</description>
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		<title>Veinte reglas para escribir ficción</title>
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		<pubDate>Sun, 07 Mar 2010 15:46:30 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan sin Letras</dc:creator>
				<category><![CDATA[GRANDES AUTORES DANDO CONSEJOS]]></category>

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		<description><![CDATA[IInspirado por la publicación del libro de Elmore Leonard 10 Rules of Writing[Las 10 reglas de la escritura], al periódico británico The Guardian se le ocurrió plantearle a un nutrido grupo de autores la siguiente pregunta: ¿Cuáles son las diez reglas esenciales para escribir ficción? El artículo resultante, publicado el pasado sábado, me ha parecido sumamente [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>I<span style="WIDOWS: 2; TEXT-TRANSFORM: none; TEXT-INDENT: 0px; BORDER-COLLAPSE: separate; FONT: medium 'Times New Roman'; WHITE-SPACE: normal; ORPHANS: 2; LETTER-SPACING: normal; COLOR: #000000; WORD-SPACING: 0px; -webkit-border-horizontal-spacing: 0px; -webkit-border-vertical-spacing: 0px; -webkit-text-decorations-in-effect: none; -webkit-text-size-adjust: auto; -webkit-text-stroke-width: 0px"><span style="TEXT-ALIGN: left; LINE-HEIGHT: 20px; FONT-FAMILY: Verdana, 'Sans Serif'; COLOR: #333333; FONT-SIZE: small">Inspirado por la publicación del libro de Elmore Leonard </span><em>10 Rules of Writing</em>[Las 10 reglas de la escritura], al periódico británico The Guardian se le ocurrió plantearle a un nutrido grupo de autores la siguiente pregunta: ¿Cuáles son las diez reglas esenciales para escribir ficción? El artículo resultante, publicado el pasado sábado, me ha parecido sumamente interesante, ya que aunque entre las respuestas hay de todo, creo que reúne un buen número de buenos consejos y de verdades ineludibles que nunca está de más recordar. Además del propio Elmore, han participado en el experimento Diana Athill, Margaret Atwood, Roddy Doyle, Helen Dunmore, Geoff Dyer, Anne Enright, Richard Ford, Jonathan Franzen, Esther Freud, Neil Gaiman, David Hare, PD James, Al Kennedy, Hilary Mantel, Michael Moorcock, Michael Morpurgo, Andrew Motion, Joyce Carol Oates, Annie Proulx, Philip Pullman, Ian Rankin, Will Self, Helen Simpson, Zadie Smith, Colm Tóibín, Rose Tremain, Sarah Waters y Jeanette Winterson. Que se dice pronto. Y de entre todas sus reglas, yo he escogido estas veinte que son las que más me han llamado la atención. Pero por supuesto hay muchas más y os recomiendo vivamente la lectura de todo el artículo, el cual podréis encontrar </span><a style="COLOR: #3366cc; TEXT-DECORATION: none" href="http://www.guardian.co.uk/books/2010/feb/20/10-rules-for-writing-fiction-part-two" target="_blank">pinchando aquí</a>.</p>
<p>1. No te plantees escribir. Escribe. Sólo escribiendo, y no soñando con hacerlo, podemos desarrollar un estilo propio.<br />
<strong>PD James</strong></p>
<p>2. Si tienes una buena idea para una historia, no asumas que debe de ser necesariamente una narración en prosa. Puede que funcione mejor como obra de teatro, como guión de cine o como poema. Sé flexible.<br />
<strong>Hilary Mantel</strong></p>
<p>3. La ficción que no es una aventura personal del autor hacia lo desconocido o lo aterrador no merece la pena ser escrita a no ser que sea únicamente por dinero.<br />
<strong>Jonathan Franzen</strong></p>
<p>4. Ten más de una idea en marcha a la vez. Si tengo que elegir entre escribir un libro o no hacer nada, siempre elegiré esto último. Sólo cuando tengo ideas para dos libros soy capaz de elegir entre escribir uno u otro. Siempre siento la necesidad de tener la sensación de que estoy haciendo algo en oposición.<br />
<strong>Geoff Dyer</strong></p>
<p>5. Olvida el viejo dicho de que hay que escribir sobre lo que se conoce. En vez de eso, elige un área desconocida pero reconocible que contribuya a ampliar tu comprensión del mundo y escribe sobre eso. En cualquier caso, recuerda que la semilla de la que se alimenta tu imaginación hunde sus raíces en las particularidades de tu vida. Así que no la malgastes escribiendo autobiografía.<br />
<strong>Rose Tremain</strong></p>
<p>6. Lo más probable es que necesites un diccionario, una gramática y tener los pies en la tierra. ¿Qué quiero decir con esto último? Que aquí nadie regala nada. Escribir es un trabajo. También es apostar. No viene con un plan de pensiones. Habrá ciertas personas que puedan echarte una mano, pero en esencia te las tendrás que apañar solo. Nadie te obliga a escribir. Si escribes es porque has elegido hacerlo, así que no te quejes.<br />
<strong>Margaret Atwood</strong></p>
<p>7. No añadas un falso romanticismo a tu &#8220;vocación&#8221;. O eres capaz de escribir o no. No hay un &#8220;estilo de vida del escritor&#8221;. Lo único que importa es lo que dejas sobre la página.<br />
<strong>Zadie Smith</strong></p>
<p>8. Cambia de parecer. Las buenas ideas a menudo acaban siendo eliminadas por otras mejores. Yo estaba escribiendo una novela sobre un grupo llamado The Partitions. Hasta que se me ocurrió llamarles The Commitments.<br />
<strong>Roddy Doyle</strong></p>
<p>9. Respeta el modo en el que pueden cambiar los personajes en sus primeras 50 páginas de vida. Revisa tus planes y comprueba si debes alterarlos de alguna manera para que se amolden a esos cambios.<br />
<strong>Rose Tremain</strong></p>
<p>10. Finaliza la jornada mientras aún tengas ganas de seguir escribiendo.<br />
<strong>Helen Dunmore</strong></p>
<p><span style="FONT-SIZE: x-small"> </span>11. Recuerda: cuando alguien te dice que algo no encaja o que no lo ha entendido, casi siempre tiene razón. Cuando te dice exactamente lo que le parece que está mal y el modo en el que deberías arreglarlo, casi siempre se equivoca.<br />
<strong>Neil Gaiman</strong></p>
<p>12. El estilo es el arte de quitarte a ti mismo de en medio, no el de inmiscuirte en el texto.<br />
<strong>David Hare</strong></p>
<p>13. Concentra tus energías narrativas en los puntos de cambio. Esto resulta particularmente importante en la ficción histórica. Cuando tu personaje se enfrenta a un entorno nuevo o las circunstancias cambian a su alrededor, ese es el momento de dar un paso atrás para describir los detalles de su mundo. La gente no suele prestar demasiada atención a los detalles cotidianos de su rutina diaria, por lo que cuando un escritor los describe puede sonar como si estuviera intentando instruir en exceso al lector.<br />
<strong>Hilary Mantel</strong></p>
<p>14. Lee. Lee todo aquello a lo que puedas echarle las manos encima. Siempre le recomiendo a aquellas personas que quieren escribir una obra de fantasía o de ciencia ficción que dejen de leer por completo esos géneros y que empiecen a leer todo lo demás, desde Bunyan a Byatt.<br />
<strong>Michael Moorcock</strong></p>
<p>15. No intentes escribir para un &#8220;lector ideal&#8221;. Puede que exista, pero está leyendo el libro de otro.<br />
<strong>Joyce Carol Oates</strong></p>
<p>16. No eches la vista atrás hasta que hayas terminado un borrador entero. Limítate a comenzar cada día a partir de la última frase que escribiste el día anterior. Es una manera de evitar el espanto a la vez que te asegura una obra en la que poder volcar el auténtico trabajo, que es la corrección.<br />
<strong>Will Self</strong></p>
<p>17. Protege el tiempo y el espacio en los que escribes. No dejes que nadie se inmiscuya en ellos, ni siquiera a las personas más importantes de tu vida.<br />
<strong>Zadie Smith</strong></p>
<p>18. Trata la escritura como un trabajo. Sé disciplinado. Muchos autores son particularmente obsesivos en este aspecto. Graham Greene era célebre por escribir 500 palabras al día. Jean Plaidy era capaz de escribir 5,000 antes del almuerzo y luego dedicaba la tarde a contestar cartas de sus fans. Mi mínimo son 1.000 palabras al día, algo que en ocasiones es fácil de conseguir y en otras es, francamente, como cagar un ladrillo. Pero me obligo a permanecer sentada frente a mi escritorio hasta que las tengo, porque sé que así he conseguido hacer avanzar una pizca el libro. Puede que esas 1.000 palabras sean basura. A menudo lo son. Pero siempre es más fácil volver sobre ellas más adelante y mejorarlas.<br />
<strong>Sarah Waters</strong></p>
<p>19. No te preocupes nunca por las posibilidades comerciales de un proyecto. Si alguien tiene que preocuparse de eso son los agentes y los editores. O no. Conversación con mi editor norteamericano. Yo: &#8220;Estoy escribiendo un libro tan aburrido, de un atractivo comercial tan reducido, que si lo publicas probablemente pierdas tu puesto de trabajo&#8221;. Mi editor: &#8220;Ese es precisamente el motivo de que quiera un trabajo como este&#8221;.<br />
<strong>Geoff Dyer</strong></p>
<p>20. Cásate con una persona a la que quieras y a la que le parezca buena idea que seas escritor.<br />
<strong>Richard Ford</strong></p>
<p>Y de propina, una más. Dice Jonathan Franzen que duda mucho &#8220;que alguien con conexión a internet en su lugar de trabajo sea capaz de escribir buena ficción&#8221;. Un consejo que, puedo dar fe, sirve tanto para escritores como para traductores. Que yo ahora mismo debería estar currando y sin embargo aquí me veis. ¡Así no hay quien produzca!</p>
<div style="TEXT-ALIGN: center; LINE-HEIGHT: 1.6em; MARGIN: 0px 0px 0.75em"><span style="FONT-SIZE: 10px"><br />
</span></div>
<div style="TEXT-ALIGN: center; LINE-HEIGHT: 1.6em; MARGIN: 0px 0px 0.75em"><a href="http://www.culturaimpopular.com/2010/02/veinte-reglas-para-escribir-ficcion.html">http://www.culturaimpopular.com/2010/02/veinte-reglas-para-escribir-ficcion.html</a></div>
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		<title>Las mujeres de Galdós</title>
		<link>http://www.juansinletras.com/declaraciones-de-cruzados-y-sarracenos/las-mujeres-de-galdos/</link>
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		<pubDate>Wed, 03 Mar 2010 04:53:14 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan sin Letras</dc:creator>
				<category><![CDATA[CRUZADOS Y SARRACENOS]]></category>

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Moviendo libros y revistas viejos en un desván, encontré hace unos días un ejemplar del semanario Cambio 16 del 30 de enero de 1989, con un artículo que escribí sobre Galdós y sus mujeres. Es muy largo, pero creo que aún hoy puede resultar interesante para los seguidores del escritor.
Galdós, la biografía de un escritor [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h1><a href="http://blogs.20minutos.es/arsenioescolar/post/2010/02/21/las-mujeres-galdais"></a></h1>
<p>Moviendo libros y revistas viejos en un desván, encontré hace unos días un ejemplar del semanario <em>Cambio 16</em> del 30 de enero de 1989, con un artículo que escribí sobre Galdós y sus mujeres. Es muy largo, pero creo que aún hoy puede resultar interesante para los seguidores del escritor.</p>
<blockquote><p><strong>Galdós, la biografía de un escritor mujeriego y seductor</strong>Aquel amigo suyo, Navarro Ledesma, fue muy claro. &#8220;Le gustan las mujeres… lo que nadie puede imaginarse, pero todo se lo calla y de estas cosas ni Dios le saca una palabra&#8221;.</p>
<p>Así ha sido durante muchos años. Los historiadores de la literatura apenas habían podido ilustrar la vida privada de Benito Pérez Galdós, uno de los solteros de oro de las letras españolas. La publicación en 1975 de la correspondencia íntima de Emilia Pardo Bazán con el autor de &#8216;Fortunata y Jacinta&#8217; abrió la veda. Y ahora, una biografía escrita por Carmen Bravo Villasante y editada en septiembre pasado por Mondadori y un libro de Matilde Camus que está a punto de ver la luz editado por la editorial Tintín, de Santander, desvelan muchos más datos sobre la vida amorosa del más importante novelista español del siglo XIX.</p>
<p>El asunto no es baladí. La tormentosa y secreta vida privada de don Benito se está revelando para los especialistas como de vital importancia para estudiar su obra. &#8220;Era muy faldero, y gracias a eso escribió tanto&#8221;, afirma otro de sus biógrafos, Benito Madariaga. &#8220;Los prestamistas y las mujeres le obligaron a escribir mucho y publicar mucho&#8221;.</p>
<p>&#8220;Era muy enamoradizo y muy mudable en sus sentimientos&#8221;, dice Carmen Bravo. “Que yo sepa, tuvo por lo menos seis relaciones largas y muchas otras ocasionales.”</p>
<p>La propia Bravo Villasante publicó en 1975 una treintena de cartas de amor de <strong>Emilia Pardo Bazán</strong> a Pérez Galdós. La relación, volcánica por parte de la autora de &#8216;Los pazos de Ulloa&#8217;, pudo comenzar hacia 1889. Don Benito tenía entonces 46 años. Doña Emilia andaba en los 38 y acababa de separarse de su marido. &#8220;Sí, yo me acuesto contigo y me acostaré siempre, y si es para algo execrable, bien, muy bien, sabe a gloria, y si no, también muy bien, siempre será una felicidad inmensa, que contigo y sólo contigo se pueda saborear, porque tienes la gracia del mundo y me gustas más que ningún libro&#8221;, le escribía en una de sus cartas la condesa.</p>
<p>Mujer de “desatadas pasiones”, como ella misma se define, doña Emilia fatiga el diccionario en busca de vocativos con que dirigirse a su amante. &#8220;Dulce vidiña&#8221;, &#8220;amado compañero&#8221;, &#8220;miquiño adorado&#8221;, &#8220;ratonciño del alma&#8221;, &#8220;mi ratón&#8221;, &#8220;amado roedor mío&#8221;. Son algunos de los apelativos con que Porcia y Matilde –que así firma sus secretas cartas Emilia Pardo Bazán- se dirige a Benito Pérez Galdós. Otras veces, la pasión hace que la escritora agreda la gramática. &#8220;En cuantique te vea te como&#8221;, despide una de sus misivas.</p>
<p>&#8220;¿Quieres que te diga la verdad?&#8221;, escribe un día ella. &#8220;Siempre me he reprimido algo contigo por miedo a causarte daño físico; a alterar tu querida salud. Siempre te he mirado (no te rías ni me pegues) como los maridos robustos a las mujeres delicaditas y tiernamente amadas, que tienen con ellas ménagements&#8221;. Pero no siempre se sujeta la fementida Porcia. &#8220;Adiós, o mejor hasta luego, que ciña con mis mórbidos brazos tu elegante cintura y te coma&#8221;, se despide un día.</p>
<p>Carmen Bravo no quiere aún hoy revelar el lugar donde encontró esta apasionada correspondencia. Pero sí confiesa que muy probablemente se hayan perdido cartas mucho más encendidas, que reposaban en el Pazo de Meirás, propiedad de la Pardo Bazán que fue después cedido a Francisco Franco. &#8220;Al parecer se destruyeron algunos cajoncitos con papeles privados de la condesa&#8221;.</p>
<p>La relación de don Benito con doña Emilia pasó por momentos delicados cuando ella se permitió una aventura con Lázaro Galdiano, &#8220;un error momentáneo de los sentidos, fruto de las circunstancias imprevistas&#8221;, según lo calificó ella. Al escritor le dolió profundamente la infidelidad, que, debidamente disfrazada, quedó reflejada en dos novelas de él –&#8217;La incógnita&#8217; y &#8216;Realidad&#8217;- y en una de ella -&#8217;Insolación&#8217;-.</p>
<p>El lector curioso advertirá, como ha advertido Carmen Bravo Villasante, que el mismo hecho resultaba dramático y doloroso para él y simplemente anecdótico para ella. Doña Emilia, posiblemente llevada por su natural concupiscente, tenía un pensamiento más abierto en temas de infidelidades, y acostumbraba a hablar de ellas entre chanzas. &#8220;Te quiero, te abrazo, y pido a Dios que estés hecho una torre de fuerte, aunque sitíen esa torre dueñas libertinas y suspironas doncellas&#8221;, le dice en una ocasión.</p>
<p>Torre sitiada y tomada era Galdós. Algunos de sus biógrafos creen que su relación con Emilia Pardo Bazán es simultánea a las que mantiene con <strong>Lorenza Cobián</strong> y con <strong>Concha Ruth Morell.</strong></p>
<p>Lorenza era una mujer del pueblo, casi analfabeta, con la que don Benito tuvo su única hija conocida y reconocida, María, que nació en 1891. Quince años después de aquel nacimiento, la madre acabó sus días de forma trágica, colgándose con un pañuelo en los calabozos del Gobierno Civil de Madrid, a los que había sido trasladada después de que intentara arrojarse sobre una vía al paso de un tren. En la obra del escritor sólo queda un rastro de esta mujer, el nombre de la protagonista de la novela &#8216;Ángel Guerra&#8217;.</p>
<p>Las relaciones de Galdós con Concha Morell –una feminista radical y actriz fracasada que adoptó el nombre de Ruth tras convertirse al judaísmo- eran hasta ahora poco conocidas. El reciente libro de Carmen Bravo Villasante y el que está apunto de aparecer de Matilde Camus -&#8217;Efemérides de Monte, editorial Tintín- van a aclarar muchos misterios.</p>
<p>Bravo Villasante ha encontrado una descripción de la judía hecha en 1902 por un director de aduanas a un amigo del escritor, Narcís Oller. &#8220;Era Concha una hermosa mujer de facciones correctas y delicadas, rubia , fresca, blanca, bien formada, esbelta, elegante, agradable y simpática. En una palabra, una criatura encantadora&#8221;. Matilde Camus ha encontrado otro testimonio, mucho más reciente, en el que se advierte en el lenguaje el paso de los tiempos. &#8220;Era una real hembra&#8221;, dijo de Concha un vecino suyo, Ángel Fernández, un hombre que falleció el pasado año, con 98 cumplidos, y fue testigo en su infancia de las visitas de don Benito a la casa de Monte, cerca de Santander, donde residía la judía.</p>
<p>Al parecer, Galdós conoció a Concha en 1881. Unos años más tarde, en 1889, ya debían de estar unidos sentimentalmente, pues en el estreno de &#8216;Realidad&#8217; el escritor hizo que le dieran a ella un pequeño papel, el de Clotilde. Y algo debía de sospechar por entonces de ello la Pardo Bazán, que en una carta al escritor se despide: “Sé José para la judía Academia, ya que no piensas serlo para mi odiosa rival.”</p>
<p>Hija de un ebanista catalán y de una mujer cordobesa, fracasada como actriz y rechazada en algunos ámbitos por su conversión al judaísmo, que se materializó en un acto en la sinagoga de Bayona, Concha acabó instalándose en Monte, un pequeño pueblo cerca de Santander, junto al cabo Mayor. Allí la visitaba don Benito, que desde 1872 veraneaba en la capital cántabra y desde 1892 tenía una casa propia cerca del Sardinero, la villa San Quintín, en la que pasaba gran parte del año.</p>
<p>Según Matilde Camus, las largas estancias en Cantabria del autor de los &#8216;Episodios Nacionales&#8217; no se debieron tanto a su amistad con los también escritores José Mª Pereda y Amós de Escalante cuanto a la apasionada relación con Concha Ruth Morell. &#8220;Se aproxima la época feliz de las canas al aire&#8221;, escribía Galdós a Pereda en junio de 1977, &#8220;y yo, si no las echo en Santander me parece que me falta algo en la vida&#8221;.</p>
<p>A lo largo de sus investigaciones, Matilde Camus ha acabado conociendo muy bien a Concha Morell. &#8220;Ella era una mujer muy caprichosa y algo neurasténica. Vestía muy bien y, pese a que se declaraba anarquista y feminista radical, siempre aceptó la ayuda económica de don Benito&#8221;.</p>
<p>Carmen Bravo ha recogido en su reciente libro una anécdota que informa de la ayuda económica que Galdós pasaba a su amante. Fermín Berquín Carral, un prestamista muy conocido en Santander, salió un día al paso de los comentarios que hablaban de Galdós como de un avaro que no pagaba ni a las mujeres. &#8220;¿Avaro Galdós? Eso no es verdad, precisamente yo lo sé de buena tinta que no lo era, porque yo tuve el encargo de pagar a la hebrea quinientas pesetas mensuales, cuando él no estaba aquí&#8221;. Las quinientas pesetas de finales de siglo pasado debían de ser cantidad considerable.</p>
<p>&#8220;Me siento anarquista por mi rebeldía, por mi aversión a la autoridad&#8221;, escribió Concha Morell en un artículo periodístico hallado ahora por Matilde Camus. Mujer rebelde, avanzada para su tiempo, quizás Galdós tomó de Concha algunas cartas de &#8216;Tristana&#8217; y algunos de los rasgos que le puso a su Electra, el personaje galdosiano que mayor impacto provocó en la opinión pública, hasta el punto de que hay quien mantiene que en el estreno de la obra teatral que toma el nombre del personaje está el origen de la caída del gobierno Azcárraga, en 1901.</p>
<p>La amante judía de Galdós murió de tuberculosis en 1906. Tenían entonces 42 años, veintiuno menos que el escritor. De Concha queda, además de su huella en la obra del novelista, un rizo de su cabello que se guarda en la Casa-Museo Pérez Galdós de Las Palmas, un rizo sospechoso, como algunas reliquias, ya que es de pelo castaño, y si hemos de dar crédito al informante de Narcís Oller, la amante judía de Galdós era rubia.</p>
<p>Sesentón, con los ojos casi cegados por las cataratas y el público lector alejándose poco a poco de su devoción, don Benito aún tuvo tiempo de una relación amorosa crepuscular. Ella se llamaba <strong>Teodosia Gandarias</strong> y era una maestra muy culta que leía a Maquiavelo y estudiaba inglés. Con ella debió de departir largamente Galdós sobre cuestiones literarias. Ella fue sus manos copiando escritos y sus ojos corrigiendo galeradas, antes de que la absoluta ceguera obligara al escritor a tomar un secretario.</p>
<p>Bravo Villasante publica en su obra algunas de las cartas que se cruzaron. El 31 de julio de 1908, don Benito le envió desde Santander unas cortas y apasionadas líneas. &#8220;Mujer inteligentísima y guapísima, te mando una postal de las vendedoras de langosta en la pescadería, para que te rías… Adiós, mi cielito, mi paz, mi alegría, mi ensueño, mi realidad, mi quitapenas, mi zozobra…, mi consuelo, mi norma, mi consultora, mi guía, mi maestra, mi goce, mi estudio, mi bien muy amado y mi centro magnético…&#8221;.</p>
<p>¿Así las seducía? Escribe Carmen Bravo. &#8220;Gran tipo, alto, varonil, esbelto, un poco misterioso porque no era locuaz a la manera común, con una mirada algo chispeante y ademanes lentos, el hombre mira de soslayo a la mujer, inicia una leve sonrisa y es suya&#8221;.</p>
<p>Doña Emilia supo muy bien de la capacidad seductora de su amante y colega. Le escribe en una de sus cartas: &#8220;Eres digno del amor de la misma Santa Teresa que resucitase&#8221;.</p>
<p><strong>Arsenio Escolar</strong></p></blockquote>
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		<title>PRESENTACION DEL LIBRO &#8216;ALMA MAHLER GROPIUS&#8217; DE ALMUDENA DE MAEZTU</title>
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		<pubDate>Mon, 22 Feb 2010 10:34:29 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan sin Letras</dc:creator>
				<category><![CDATA[DEL BOLETÍN DE LA CRUZADA]]></category>

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		<description><![CDATA[
PRESENTACION DEL LIBRO &#8216;ALMA MAHLER GROPIUS&#8217; DE ALMUDENA DE MAEZTU








Fecha:

jueves, 25 de febrero de 2010



Hora:

19:00 &#8211; 22:00



Lugar:

Ambito Cultural de El Corte Inglés , Serrano 52, MADRID





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<h3>PRESENTACION DEL LIBRO &#8216;ALMA MAHLER GROPIUS&#8217; DE ALMUDENA DE MAEZTU</h3>
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<td>Fecha:</td>
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<div>jueves, 25 de febrero de 2010</div>
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<td>Hora:</td>
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<div>19:00 &#8211; 22:00</div>
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<td>Lugar:</td>
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<div>Ambito Cultural de El Corte Inglés , Serrano 52, MADRID</div>
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		<title>En la Biblioteca de Babel lo valioso son los ojos que te miran.</title>
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		<pubDate>Fri, 19 Feb 2010 13:45:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan sin Letras</dc:creator>
				<category><![CDATA[COLUMNAS Y CONTRAFUERTES]]></category>

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		<description><![CDATA[
Cuando los libros sobran lo que falta son mentes que los lean y entiendan. Cuando la información intoxica por exceso lo escaso es una mente que la mire y comprenda. Lo escaso es valioso. Luego la moneda del futuro es la atención.
Tanto tienes, tanto vales; el proverbio siempre se ha cumplido con certidumbre. Hoy la [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><big></big></p>
<p><big><span style="font-family: Times New Roman;">Cuando los libros sobran lo que falta son mentes que los lean y entiendan. Cuando la información intoxica por exceso lo escaso es una mente que la mire y comprenda. Lo escaso es valioso. Luego la moneda del futuro es la atención.</span></big></p>
<p><big><span style="font-family: Times New Roman;">Tanto tienes, tanto vales; el proverbio siempre se ha cumplido con certidumbre. Hoy la atención manda. Seas periódico internacional o weblog, nodo corporativo o diario íntimo, cibertienda o publicidad, el principal problema de cualquier presencia en Internet es conseguir atraer unas migajas de atención.</span></big></p>
<p><big><span style="font-family: Times New Roman;">Hagamos un cálculo absurdo; 600 millones de navegantes que usan la web media hora al día (generoso); 5.000 millones de páginas web en la Red (probablemente conservador; la cifra puede ser 100 veces mayor), una rápida división&#8230; cada página web publicada hoy en el planeta toca a 3,6 minutos de ojo humano al día. 216 segundos de mirada.</span></big></p>
<p><big><span style="font-family: Times New Roman;">Es cierto que el número de navegantes crece, si bien no al ritmo que antaño se creyó. Y también es cierto que el uso de la Red crece, sobre todo debido al avance de las conexiones de banda ancha (con auténtica tarifa plana). </span></big></p>
<p><big><span style="font-family: Times New Roman;">Pero hay un límite absoluto al número de tiempo de ojo disponible para repartir. Cuando todos los seres humanos naveguemos 24 horas al día, se habrá alcanzado el máximo absoluto de atención disponible; el crecimiento será demográfico y marginal. La navegación que hagan robots y mecanismos automáticos es irrelevante en este mercado, ya que en última instancia el valor se genera cuando un humano mira. Googlebot es un visitante habitual de cualquier web; pero nadie te paga por las visitas de un robot. </span></big></p>
<p><big><span style="font-family: Times New Roman;">Las páginas disponibles en la Red jamás dejarán de multiplicarse. Luego la atención disponible por página tenderá a disminuir, de forma irreversible. El ojo humano será un recurso cada vez más escaso, hasta que Internet se parezca a la Biblioteca de Babel: vastos pasillos repletos de libros y completamente vacíos de gente. Billones de páginas web clamando en soledad, gritando &#8216;Que alguien me lea&#8217;. Por tanto el poderoso será quien sea capaz de atraer atención. El valor lo tendrá quien pueda conseguir más que su cuota mensual de ojo humano, quien atraiga público a su página por encima de la media. Con toda la humanidad convertida en medios de comunicación, con cada empresa y marca comercial transformada en una imagen en una infinita estantería de imágenes semejantes cualquiera que supere su media de visibilidad será rico.</span></big></p>
<p><big><span style="font-family: Times New Roman;">En estas condiciones el concepto de <em>copyright</em> es una forma de suicidio económico, ya que por definición intenta reducir (controlar) el número de copias de un trabajo disponibles, limitando por tanto su capacidad de atraer atención.</span></big></p>
<p><big><span style="font-family: Times New Roman;">El &#8216;copyright&#8217; es en esencia el control de la duplicación de un material. Se prohibe hacer una copia de la expresión material de una idea, al objeto de controlar la difusión de esta idea. Al principio, con fines directamente de censura; luego, como mecanismo de obtención de compensación económica. Como las ideas son volátiles es imposible cobrarlas; pero sí que se puede vender la materialización de una idea. Siempre que se prohiba su duplicación incontrolada.</span></big></p>
<p><big><span style="font-family: Times New Roman;">El mecanismo ha funcionado razonablemente bien. Las tecnologías de copia disponibles han permitido que el nivel de copia ilegal se mantuviese bajo control. El hecho de que se trataba de expresiones materiales de ideas permitía en la práctica un grado de cumplimiento de las normas dentro del cual se estableció un equilibrio económico. El progresivo reforzamiento de<br />
las leyes que controlaban el &#8216;copyright&#8217; permitió levantar imperios empresariales basados en el concepto.</span></big></p>
<p><big><span style="font-family: Times New Roman;">Y entonces llegó la digitalización y la Red, y las ideas se liberaron de su prisión de materia. Desde el momento en que una idea carece de expresión material sólo es controlable mediante leyes, no físicamente. La copia se convierte en algo prácticamente imposible de controlar sin un grado de control de la actividad humana habitual inaceptable. El coste de copia, en términos económicos, de calidad y de riesgo, disminuye de forma drástica hasta aproximarse a cero. El autor/editor carece de mecanismos que lo impidan. El &#8216;copyright&#8217; se hace impráctico.</span></big></p>
<p><big><span style="font-family: Times New Roman;">Pero lo peor que puede decirse de este mecanismo no es que sea irrealizable; es que es contraproducente para los autores y editores. Está en contra de sus intereses en la nueva ecología de la información, en la cual la principal divisa es la atención. Intentando reducir el número de copias en circulación de sus trabajos lo único que consiguen es perder cotización en el mercado de la atención. Y con ello dinero.</span></big></p>
<p><big><span style="font-family: Times New Roman;">El nuevo mercado de la atención es como un ecosistema: el objetivo es que los memes se reproduzcan cuanto más mejor, de manera que ocupen un nicho ecológico razonable y consigan suficiente atención como para alimentarse. Cualquier forma de restricción es autodestructiva, pues va en contra del interés fundamental del creador de los memes en cuestión: acaparar tanta atención como sea capaz. </span></big></p>
<p><big><span style="font-family: Times New Roman;">El &#8216;copyleft&#8217; no es más que un mecanismo para aumentar el valor de la información permitiendo hacer copias de la misma; animando, incluso, a hacerlo. La única condición es mantener el reconocimiento de autoría; la marca que permite al autor recibir por vía indirecta la recompensa por su trabajo, es decir, la atención que merece.</span></big></p>
<p><big><span style="font-family: Times New Roman;">Así dos conceptos que han estado entreverados hasta la confusión en la historia económica se separan nítidamente; por una parte el derecho de Autor y por otra el derecho de copia. La expresión material de las ideas que era la única manera de diseminarlas obligó a mezclarlos, puesto que la única forma que tenía el autor para recibir una recompensa por su trabajo era mediante un impuesto a la copia.</span></big></p>
<p><big><span style="font-family: Times New Roman;">Hoy limitar, vía cobro, el número de copias de una información sólo daña al autor, que pierde una vía fundamental de generar la única divisa de libre circulación en la Red: Atención.</span></big></p>
<p><big><span style="font-family: Times New Roman;">En otras palabras: el <em>copyleft </em>no es generoso. Es una cuestión de supervivencia, de adaptación. Hemos pasado de una ecología de la información escasa a una de la información sobreabundante, y las reglas cambian. No se puede mantener la economía de la información en el nuevo ecosistema con las viejas reglas. Hay que encontrar nuevas vías. Y cualquier cosa que ayude a superar los 216 segundos de ojo humano, incluyendo la multidifusión de millones de copias, te hará rico.</span></big></p>
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		<title>Los derechos del lector (Daniel Pennac)</title>
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		<pubDate>Mon, 15 Feb 2010 23:36:42 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan sin Letras</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[ 
1. El derecho a no leer.
Como cualquier enumeración de derechos que se respete, la de los derechos a la lectura debería empezar por el derecho a no hacer uso de ellos —y en este caso con el derecho a no leer—, sin lo cual no se trataría de una lista de derechos sino de una [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><strong> </strong></p>
<p style="text-align: justify;"><strong>1. El derecho a no leer.</strong></p>
<p style="text-align: justify;">Como cualquier enumeración de derechos que se respete, la de los derechos a la lectura debería empezar por el derecho a no hacer uso de ellos —y en este caso con el derecho a no leer—, sin lo cual no se trataría de una lista de derechos sino de una trampa viciosa. Para comenzar, la mayoría de los lectores se conceden a diario el derecho a no leer. Mal que le pese a nuestra reputación, entre un buen libro y una mala película de televisión, la segunda sale ganando con más frecuencia de lo que nos gustaría confesar. Y además nosotros no leemos de continuo. Nuestros períodos de lectura alternan a menudo con largas dietas durante las cuales basta la visión de un libro para despertar las miasmas de la indigestión. Pero lo más importante está en otra parte. Estamos rodeados de cantidad de personas del todo respetables, a veces graduadas en la universidad, incluso “eminentes” —de las cuales algunas hasta poseen excelentes bibliotecas—, pero que no leen, o leen tan poco que nunca se nos ocurriría la idea de ofrecerles un libro. No leen. Sea porque no sienten la necesidad, sea porque tienen muchas otras cosas que hacer (pero viene a ser lo mismo; es que esas otras cosas los colman o los obnubilan), sea porque alimentan otro amor y lo viven con una exclusividad absoluta. En resumen, a esas personas no les gusta leer. Y no por eso dejan de ser muy frecuentables, incluso deliciosas de frecuentar. (Al menos no nos piden de continuo nuestra opinión sobre el último libro que leímos, nos ahorran sus reservas irónicas sobre nuestro novelista preferido y no nos consideran retardados por no habernos precipitado sobre la última de Fulano, que acaba de salir, editada por Mengano, y de la cual el crítico Zutano ha dicho lo mejor.) Son tan “humanos” como nosotros, sensibles también a las desdichas del mundo, preocupados por los “derechos humanos” y comprometidos a respetarlos dentro de su esfera de influencia personal, lo que ya es mucho —pero ahí está, no leen. Allá ellos. La idea de que la lectura “humaniza al hombre” es justa en su conjunto, a pesar de que existen algunas excepciones deprimentes. Se es sin duda un poco más “humano”, si entendemos por eso un poco más solidario con la especie (un poco menos “fiera”), después de haber leído a Chejov que antes. Pero cuidémonos de flanquear este teorema corolario según el cual todo individuo que no lee debería ser considerado a priori como un bruto potencial o un cretino rehibitorio (sic). Si lo hacemos convertiremos la lectura en una obligación moral, y éste es el comienzo de una escalada que nos llevará rápidamente a juzgar, por ejemplo la “moralidad” de los libros mismos, en función de criterios que no tendrán ningún respeto por esa otra libertad inalienable: la libertad de crear. A partir de ese momento la bestia seremos nosotros, por más lectores que seamos. Y Dios sabe que bestias de esta especie no faltan en el mundo. En otras palabras, la libertad de escribir no podría acomodarse a la obligación de leer. El deber de educar, por su parte, consiste en el fondo en enseñar a leer a los niños, en iniciarlos en la literatura, en darles los medios para juzgar si sienten o no la “necesidad de los libros”. Puesto que si bien se puede admitir sin problema que un particular rechace la lectura, es intolerable que sea —o que se crea— rechazado por ella.</p>
<p style="text-align: justify;"><strong>2. El derecho a saltarse las páginas.</strong></p>
<p style="text-align: justify;">Leí La guerra y la paz por primera vez a los doce o trece años (más bien a los trece, estaba en quinto y bastante adelante). Desde el comienzo de las vacaciones, las largas, veía a mi hermano (el mismo de Vinieron las lluvias) internarse en esta novela enorme, y su mirada se volvía tan lejana como la del explorador que desde hace siglos ha perdido la preocupación por su tierra natal. —¿Es tan estupenda? — ¡Formidable! —¿Qué es lo que cuenta? —Es la historia de una chica que ama a un tipo y se casa con un tercero. Mi hermano siempre ha tenido el don de resumir. Si los editores lo contrataran para redactar sus textos de contraportada (esas patéticas exhortaciones a leer que se pegan al dorso de los libros), nos ahorrarían bastante palabrería inútil. —¿Me la prestas? —Te la doy. Yo estaba interno, ése era un regalo inestimable. Dos gruesos volúmenes que me mantendrían entusiasmado durante todo el trimestre. Cinco años mayor que yo, mi hermano no era del todo idiota (y por lo demás tampoco se ha vuelto) y sabía a ciencia cierta que La guerra y la paz no podía reducirse a una historia de amor, por bien elaborada que fuera. Sólo que conocía mi gusto por los incendios del sentimiento y sabía despertar mi curiosidad mediante la formulación enigmática de sus resúmenes. (Un “pedagogo, en mi opinión.) Estoy convencido que fue el misterio aritmético de su frase el que me hizo cambiar temporalmente mis Bibliotheque verte, rouge et or y demás Signes de piste para meterme en esta novela. “Una chica que ama a un tipo y se casa con un tercero”… no veo quién se hubiera podido resistir. De hecho no quedé decepcionado aunque se equivocó en sus cuentas. En realidad éramos cuatro los que amábamos a Natacha: el príncipe Andrés, ese granuja de Anatol (pero ¿se puede llamar a eso amor?), Pedro Bezujov y yo. Como yo no tenía la menor posibilidad, me resultó forzoso identificarme con los otros. (Pero no con Anatol, ¡un verdadero cabrón el tipo ése!) Lectura tanto más deliciosa en la medida en que se efectuaba durante la noche, a la luz de una linterna de bolsillo y bajo la colcha colocada como una tienda de campaña en medio de un dormitorio de cincuenta soñadores, roncadores y otros pataleadores. La habitación del vigilante en la que crepitaba la lamparilla estaba al lado, pero qué, en el amor siempre es el todo por el todo. Todavía hoy siento el volumen y el peso de aquellos libros en mis manos. Era la versión de bolsillo, con esa linda cara de Audrey Hepburn a la que miraba embelesado un Mel Ferrer principesco con pesados párpados de muchacho enamorado. Me salté las tres cuartas partes del libro por no interesarme más que el corazón de Natacha. Compadecí a Anatol, incluso, cuando le amputaron la pierna, maldije a ese bestia del príncipe Andrés por haberse quedado parado frente a ese cañón, en la batalla de Borodino… (“Pero tírate al suelo, por Dios, que va a explotar, no puedes hacerle eso, ¡ella te ama!”) Me interesé en el amor y en las batallas y me salté los asuntos políticos y las estrategias… Seguí muy de cerca los sinsabores conyugales de Pedro Bezujov y de su esposa Helena (nada simpática, Helena, de verdad no la encontré simpática…) y dejé a Tolstoi disertando solo sobre los problemas agrarios de la Rusia eterna… Me salté muchas páginas, de veras. Y todos los muchachos deberían hacer otro tanto. De esta manera podrían ofrecerse muy temprano casi todas las maravillas que se consideran inaccesibles para su edad. Si tienen ganas de leer Moby Dick, pero se desaniman ante los desarrollos de Melville sobre el material y las técnicas de la pesca de ballenas, no es menester que renuncien a su lectura sino que salten, salten sobre esas páginas y, sin preocuparse del resto, persigan a Ahab como él persigue su blanca razón para vivir o para morir. Si quieren conocer a Iván, Dimitri y Aliocha Karamazov y a su increíble padre, que abran y lean Los hermanos Karamazov, es para ellos, incluso si tienen que saltarse el testamento del starets Zósimo o la leyenda del Gran Inquisidor. Un gran peligro les acecha si no deciden por ellos mismos lo que está a su alcance y se saltan las páginas que ellos escojan: otros lo harán en su lugar. Se armarán con las grandes tijeras de la imbecilidad y recortarán todo lo que consideren demasiado “difícil”. Eso produce resultados espantosos. Moby Dick o Los miserables reducidos a resúmenes de 150 páginas, mutilados, chapuceados, encogidos, momificados, reescritos en un lenguaje famélico que se supone que sea el suyo. Un poco como si yo me pusiese a redibujar Guernica con el pretexto de que Picasso habría metido allí demasiados trazos para un ojo de doce o trece años. Y además incluso cuando hemos crecido, y hasta si nos repugna confesarlo, nos ocurre todavía que nos “saltemos páginas”, por razones que no nos conciernen más que a nosotros y al libro que leemos. Es posible también que nos lo prohibamos del todo, que leamos hasta la última palabra, juzgando que aquí el autor da largas, que aquí toca un aire de flauta medio gratuito, que en tal lugar cae en la repetición y en tal otro en la tontería. Digámonos lo que nos digamos, este disgusto testarudo que entonces nos imponemos no pertenece al orden del deber, es una categoría de nuestro placer de lector.</p>
<p style="text-align: justify;"><strong>3. El derecho a no terminar un libro.</strong></p>
<p style="text-align: justify;"> Hay treinta y seis mil razones para abandonar una novela antes del final: la sensación de que ya lo hemos leído, una historia que no nos agarra, nuestra desaprobación total de la tesis del autor, un estilo que nos eriza el cabello, o por el contrario una ausencia de escritura a la que ninguna otra razón compensa para que justifique ir más lejos… Inútil enumerar las otras 35995, entre las cuales sin embargo hay que colocar una caries dental, las persecuciones de nuestro jefe de departamento o un cataclismo del corazón que petrifica nuestra cabeza. ¿El libro se nos cae de las manos? Que se caiga. Después de todo, no cualquiera es Montesquieu para poder ofrecerse por encargo el consuelo de una hora de lectura. Sin embargo, entre nuestras razones para abandonar una lectura, hay una que merece que nos detengamos un poco: el vago sentimiento de una derrota. Abrí, leí, y muy rápido me sentí hundido por algo más fuerte que yo. Reúno mis neuronas, me peleo con el texto, pero nada que hacer, por más que tenga el sentimiento de lo que está escrito allí merece ser leído, no pesco nada —o casi nada—, siento una “extrañeza” que no me ofrece asidero. Lo dejo. O más bien lo pongo a un lado. Lo coloco en mi biblioteca con el proyecto vago de volverlo a tomar algún día. Petersburgo de Andrei Bielyi, Joyce y su Ulises, Bajo el volcán de Malcolm Lowry me esperaron varios años. Hay otros que todavía me esperan y es probable que a algunos de ellos no los vuelva a tomar nunca. Eso no es un drama, así es. La noción de “madurez” es un asunto curioso en materia de lectura. Hasta cierta edad no tenemos la edad para ciertas lecturas, está bien. Pero, al contrario de las nuevas botellas, los buenos libros no envejecen. Nos esperan en las estanterías y somos nosotros quienes envejecemos. Cuando nos creemos con suficiente “madurez” para leerlos, empezamos de nuevo. Y entonces de dos cosas una: o el encuentro ocurre o es un nuevo fiasco. Quizás lo intentemos de nuevo, quizás no. Pero claro que no es culpa de Thomas Mann el que hasta ahora yo no haya podido alcanzar la cima de su Montaña mágica. La gran novela que se nos resiste no es necesariamente más difícil que la otra… hay allí, entre ella —por grande que sea— y nosotros —por aptos para “comprenderla” que nos consideremos— una reacción química que no funciona. Un buen día simpatizamos con la obra de Borges que hasta entonces nos tenía a distancia, pero seguiremos toda la vida ajenos a la de Musil… Aquí la elección está en nuestras manos: o pensamos que es culpa nuestra, que nos falta una casilla, que abrigamos una parte de tontería irreductible, o nos ponemos del lado de la noción muy controvertida del gusto y buscamos dibujar el mapa de los nuestros. Es prudente recomendar a nuestros muchachos esta segunda solución. Tanto más cuanto ella puede ofrecerles ese escaso placer de leer comprendiendo por fin por qué no nos gusta. Y este otro escaso placer: escuchar sin emoción al pedante en turno chillarnos en el oído: —¿Pero cómo es posible que no le guste Stendhaaaaal? Es posible.</p>
<p style="text-align: justify;"><strong>4. El derecho a releer.</strong></p>
<p style="text-align: justify;">Releer lo que había rechazado antes, releer sin saltarse una línea, releer desde otro ángulo, releer para verificar, sí… nos concedemos todos estos derechos. Pero releemos sobre todo gratuitamente, por el placer de la repetición, la alegría de los reencuentros, la puesta a prueba de la intimidad. “Otra vez, otra vez” decía el niño que fuimos… Nuestras relecturas de adultos tienen que ver con ese deseo: encantarnos con la permanencia y descubrirla todas las veces rica en nuevas maravillas.</p>
<p style="text-align: justify;"><strong>5. El derecho a leer cualquier cosa.</strong></p>
<p style="text-align: justify;">A propósito del “gusto”, ciertos de mis alumnos sufren mucho cuando se encuentran frente a la archiclásica disertación ¿Se puede hablar de novelas buenas y malas? Como detrás de su “yo no hago concesiones” son más bien gentiles, en lugar de abordar el aspecto literario del problema, lo miran desde un punto de vista ético y no tratan el problema sino desde el ángulo de las libertades. De golpe el conjunto de sus tareas podría resumirse en esta fórmula: “Claro que no, de ninguna manera, tenemos el derecho de escribir lo que queramos y todos los gustos de los lectores están en la naturaleza, ¿en serio!” Sí… sí, sí… postura del todo honorable… Lo que no impide que haya buenas y malas novelas. Se puede citar nombres, se pueden dar pruebas. Para ser breve, cortemos por lo sano: digamos que existe lo que yo llamaría una “literatura industrial” que se contenta con reproducir hasta el infinito los mismos tipos de relatos, despacha estereotipos en serie, comercia con los buenos sentimientos y las sensaciones fuertes, salta sobre todos los pretextos ofrecidos por la actualidad para producir una ficción de circunstancias, se entrega a “estudios de mercado” para liquidar, según la “coyuntura”, del tipo de “producto” que se supone inflamará a tal categoría de lectores. Éstas serán, con seguridad, malas novelas. ¿Por qué? Porque no tienen nada que ver con la creación sino con la reproducción de “formas” preestablecidas, porque son un intento de simplificación (es decir de mentiras), cuando la novela es arte de verdad (es decir de complejidad), porque al halagar nuestros automatismos, adormecen nuestra curiosidad, en fin, y sobre todo, porque el autor no está allí, como tampoco está la realidad que pretende describirnos. En resumen, es una literatura en serie, “lista para disfrutarse”, hecha en molde y al que le gustaría apresarnos en el molde. No hay que creer que estas idioteces son un fenómeno reciente, ligado a la industrialización del libro. En absoluto. La explotación de lo sensacional, de la obrita ingeniosa, del estremecimiento fácil en una frase sin autor, no viene de ayer. Para no citar más que dos ejemplos, la novela de caballería se enterró allí, y el romanticismo mucho tiempo después. Pero como no hay mal que por bien no venga, la reacción a esta literatura descarriada nos ha dado dos de las más bellas novelas que hay en el mundo: Don Quijote y Madame Bovary. Hay, pues, “buenas” y “malas” novelas. A menudo son las segundas las que primero encontramos en nuestro camino. Y a fe mía, tenga el recuerdo de haberlas encontrado divertidísimas cuando pasé por ellas. Tuve mucha suerte: nadie se burló de mí, nadie levantó los ojos al cielo, nadie me trató de cretino. Apenas dejaron a mi paso algunas “buenas” novelas cuidándose de no prohibirme en absoluto las otras. Eso era prudencia. Buenas y malas, durante un tiempo leímos todo junto. Igual que no renunciamos de un día para otro a nuestras lecturas de infancia. Todo se mezcla. Se sale de La guerra y la paz para volver a lanzarse a los libros de aventuras de la Bibliotheque verte. Se pasa de la colección Harlequin (historias de bellos galenos y de enfermeras meritorias) a Boris Pasternak y a su Doctor Zhivago —también él un médico guapo, y Lara una enfermera, ¡y bien meritoria! Y después, un día, el que gana es Pasternak. Poco a poco nuestros deseos nos llevan a frecuentar a los “buenos”. Buscamos escritores, buscamos escrituras; superados los que son sólo camaradas de juegos, reclamamos compañeros de ser. La anécdota sola ya no nos basta. Ha llegado el momento en que pedimos a la novela algo más que la satisfacción inmediata y exclusiva de nuestras sensaciones. Una de las grandes alegrías del ”pedagogo” es —cuando está autorizada cualquier lectura— ver a un alumno cerrar solo la puerta de la fábrica best-seller para subir a respirar donde el amigo Balzac.</p>
<p style="text-align: justify;"><strong>6. El derecho al bovarismo (enfermedad textualmente transmisible).</strong></p>
<p style="text-align: justify;">A grandes rasgos, el bovarismo es esa satisfacción inmediata y exclusiva de nuestras sensaciones: la imaginación se inflama, los nervios vibran, el corazón se acelera, la adrenalina salta, la identificación opera en todas direcciones, y el cerebro confunde (por un momento) el gato de lo cotidiano con la libre de lo novelesco… Para todos es nuestro primer estado de lectura. Delicioso. Pero más o menos aterrador para el observador adulto que, casi siempre, se apresura a blandir un “buen título” bajo las narices del joven bovariano, exclamando: —De todas maneras Maupassant es “mejor”, ¿no? Calma… No ceder uno mismo al bovarismo; decirse que Ema, después de todo, no era más que un personaje de novela, es decir, el producto de un determinismo en el que las causas sembradas por Gustave no engendraban sino los efectos —por verdaderos que fuesen— deseados por Flaubert. En otras palabras, el hecho de que esta muchacha coleccione novelas románticas no significa que terminará tragando arsénico a cucharadas. Forzarla en esta etapa de sus lecturas es alejarnos de ella, renegando de nuestra propia adolescencia. Y es privarla del placer incomparable de prescindir mañana y por sí misma de los estereotipos que, hoy, parecen fascinarla. Es prudente reconciliarnos con nuestra propia adolescencia; odiar, despreciar, negar o simplemente olvidar al adolescente que fuimos es en sí misma una actitud adolescente, una concepción de la adolescencia como una enfermedad mortal. De allí la necesidad de que recordemos nuestras primeras emociones como lectores y de que le levantemos un pequeño altar a nuestras viejas lecturas, incluyendo las más “tontas”. Desempeñan ellas un papel inestimable: emocionarnos por lo que fuimos al tiempo que nos hacen reír de lo que nos emocionaba. Los jóvenes que comparten nuestra vida sin duda alguna ganarán con ello en respeto y en ternura. Vilipendiamos la estupidez de las lecturas adolescentes, pero no es raro que nos rindamos al éxito de un escritor telegénico, del que nos burlaremos cuando haya pasado de moda. Las preferencias literarias se explican muy bien por esta alternancia de nuestros caprichos ilustrados y de nuestras negaciones perspicaces. Nunca engañados, siempre lúcidos, pasamos el tiempo sucediéndonos a nosotros mismos, convencidos para siempre de que madame Bovary es la otra. Ema debía compartir esta convicción.</p>
<p style="text-align: justify;"><strong>7. El derecho a leer en cualquier parte.</strong></p>
<p style="text-align: justify;">Chalons-sur-Marne, 1971, invierno. Cuartel de la escuela de prácticas de artillería. Durante la distribución matutina de las faenas, el soldado de segunda clase Fulano (matrícula 14672/1, bien conocido de nuestros servicios) se ofrece día a día como voluntario para la tarea menos popular, la más ingrata, la que es asignada frecuentemente como castigo y que atenta contra los honores mejor templados: la legendaria, la infamante, la innombrable faena de letrinas. Todas las mañanas. Con la misma sonrisa (interior). —¿Faena de letrinas? Da un paso al frente: —¡Fulano! Con la gravedad última que precede al asalto, toma la escoba de la que cuelga la bayeta como si se tratase del estandarte de la compañía y desaparece, para gran alivio de la tropa. Es un valiente: nadie lo sigue. El ejército entero se queda a cubierto en la trinchera de las faenas honorables. Pasan las horas. Se le cree desaparecido. Casi se le ha olvidado. Se le olvida. Sin embargo reaparece al terminar la mañana, golpeando los talones para el informe al cabo de compañía: “¡Letrinas impecables, mi cabo!” El cabo recupera bayeta y escoba con una mirada en la que se dibuja una profunda interrogación que no formula jamás (respeto humano obliga). El soldado saluda, da media vuelta, se retira, llevando consigo su secreto. El secreto pesa bastante en el bolsillo derecho de su traje de fatiga: 1900 páginas que la Pleiade consagró a las obras completas de Nicolás Gogol. Un cuarto de hora de bayeta contra una mañana de Gogol… Cada mañana, desde hacía dos meses de invierno, confortablemente sentado en la sala de los tronos, encerrado con doble llave, el soldado Fulano vuela muy por encima de las contingencias militares. ¡Todo Gogol! Desde las nostálgicas Veladas de Ucrania hasta los hilarantes Cuentos peterburgueses, pasando por el terrible Taras Bulba, y el humor negro de Las almas muertas, sin olvidar el teatro y la correspondencia de Gogol, ese Tartufo increíble. Porque Gogol es el Tartufo que habría inventado Moliere —lo que el soldado Fulano no habría comprendido nunca si hubiera cedido esta tarea a los demás. Al ejército le gusta celebrar los hechos de armas. De éste apenas quedan dos alejandrinos, grabados muy arriba, en el metal de un tanque de agua, y que se cuentan entre los más suntuosos de la poesía universal: Si, yo puedo sin mentir, y esto es doctrina decir que leí entero a Gogol en la letrina. (Por su parte Clemenceau, “el tigre”, también él un famoso soldado, daba gracias a una constipación crónica, sin la cual afirmaba, no hubiera tenido la dicha de leer las Memorias de Saint-Simon.)</p>
<p style="text-align: justify;"><strong>8. El derecho a picotear.</strong></p>
<p style="text-align: justify;">Yo picoteo, tú picoteas, dejémoslos picotear. Es la autorización que nos concedemos para tomar cualquier volumen de nuestra biblioteca, abrirlo en cualquier parte y meternos en él por un momento, porque sólo disponemos de ese momento. Ciertos libros se prestan al picoteo mejor que otros porque están compuestos de textos cortos y separados: las obras completas de Alfonso Allais o de Woody Allen, las novelas cortas de Kafka o de Saki, Los Papiers collés de George Perros, el buen viejo La Rochefoucauld, y la mayor parte de los poetas… Dicho esto, se puede abrir a Proust, a Shakespeare o la Correspondencia de Raymond Chandler por cualquier parte y picotear aquí y allá, sin correr el menor riesgo de resultar decepcionados. Cuando no se tiene el tiempo ni los medios para tomarse una semana en Venecia, ¿por qué rehusarse el derecho de pasar allí cinco minutos?</p>
<p style="text-align: justify;"><strong>9. El derecho a leer en voz alta.</strong></p>
<p style="text-align: justify;">Le pregunto: —¿Te leían cuentos en voz alta cuando eras pequeña? Ella me contesta: —Nunca. Mi padre estaba a menudo de viaje y mi madre demasiado ocupada. Le pregunto: —¿Entonces de dónde te viene ese gusto por la lectura en voz alta? Me contesta: —De la escuela. Feliz de oír que por fin alguien le reconoce algún mérito a la escuela, exclamó alegre: —¡Ah, lo ves! Ella me dice: —En absoluto. La escuela nos prohibía la lectura en voz alta: La lectura silenciosa era ya el credo en mi época. Directo del ojo al cerebro. Transcripción instantánea. Rapidez, eficacia. Con una prueba de comprensión cada diez líneas. La religión del análisis y el comentario desde el principio. La mayoría de los muchachos reventaban de miedo, y ése no era sino el comienzo. Todas mis respuestas eran correctas, si quieres saberlo, pero apenas volvía a casa releía todo en voz alta. —¿Por qué? —Para maravillarme. Las palabras pronunciadas se lanzaban a existir fuera de mí, vivían de verdad. Y además porque me parecía que esto era un acto de amor. Que era el amor mismo. Siempre he tenido la impresión de que el amor al libro pasa por el amor a secas. Acostaba a mis muñecas en la cama, en mi lugar, y les leía. A veces me dormía a sus pies, sobre la alfombra. La escucho… la escucho, y me parece oír a Dylan Thomas, borracho como la desesperación, leyendo sus poemas con voz de catedral… La escucho y me parece ver a Dickens el viejo, Dickens huesudo y pálido, ya a punto de morirse, subir a escena… su gran público de iletrados de repente petrificado, silencioso hasta el punto de que se oía abrir el libro… Oliver Twist… la muerte de Nancy ¿es la muerte de Nancy lo que va a leernos! La escucho y oigo a Kafka reírse hasta las lágrimas leyéndole La metamorfosis a Max Brod, quien no está seguro de entenderla… Y veo a la pequeña Mary Shelley ofrecerle largos trozos de su Frankenstein a Percy y a sus entusiasmados camaradas… La escucho y aparece Martin du Gard leyéndole a Gide sus Thibault… pero Gide no parece oírlo… están sentados a la orilla de un río… Martin du Gard lee, pero la mirada de Gide está en otra parte… los ojos de Gide se han ido allá abajo, donde dos adolescentes se zambullen… una perfección que el agua viste de luz… Martin du Gard está furioso… pero no, él leyó bien… y Gide oyó todo… y Gide le comenta todo lo bien que piensa de estas páginas… pero de todas maneras habría tal vez que modificar esto y aquello, por aquí y por allá… Y Dostoievski, que no se contentaba con leer en voz alta, sino que escribía en voz alta… Dostoievski, sin aliento, después de haberle vociferado su requisitoria contra Raskolnikov (o contra Dimitri Karamazov, ya no lo sé)… Dostoievski preguntándoles a Anna Grigorievna, la esposa estenógrafa: “¿Entonces, en tu opinión, cuál es el veredicto? ¿Ah?” Anna: ¡Condenado! Y el mismo Dostoievski, después de haberle dictado el alegato de la defensa: “¿Entonces? ¿Entonces?” Anna: ¡Absuelto! Sí… Extraña desaparición, la de la lectura en voz alta. ¿Qué hubiera pensado Dostoievski? ¿Y Flaubert? ¿No más al derecho de ponerse las palabras en la boca antes de metérselas en la cabeza? ¿No más oído? ¿No más música? ¿No más saliva? ¿No más gusto, las palabras? ¡Y entonces qué! ¿O es que Flaubert no gritaba su Bovary hasta reventarse los tímpanos? ¿O es que él no está definitivamente mejor ubicado que nadie para saber que el entendimiento del texto pasa por el sonido de las palabras, de dónde brota todo su sentido? ¿Es que él, que se ha peleado tanto contra la música intempestiva de las sílabas, la tiranía de las cadencias, no sabe mejor que nadie que el sentido se pronuncia? ¿Qué? ¿Textos mudos para espíritus puros? ¡A mí Rabelais! ¿A mí Flaubert! ¡Dosto! ¡Kafka! ¡Dickens, a mí! ¡Gigantescos gritadores de sentidos, aquí de inmediato! ¡Vengan a insuflar nuestros libros! ¡Nuestras palabras necesitan cuerpos! ¡Nuestros libros necesitan vida! Es verdad que es confortable, el silencio del texto… no se arriesga allí la muerte de Dickens, a quien sus médicos le pedían callar por fin sus novelas… el texto y él mismo… todas esas palabras amordazadas en la cocina acolchada de nuestra inteligencia… cómo se siente uno que es alguien en ese silencioso tejerse de nuestros comentarios… y además, al juzgar el libro a solas no se corre el riesgo de ser juzgado por él pues cuando se mezcla la voz, el libro dice mucho sobre su lector… el libro lo dice todo. El hombre que lee de viva voz se expone de manera absoluta. Si no sabe lo que lee, es ignorante en sus palabras, es una miseria, y eso se escucha. Si rehúsa habitar su lectura, las palabras permanecen como letras muertas, y eso se siente. Si colma el texto de su presencia, el autor se retracta, es un número de circo, y eso se ve. El hombre que lee de viva voz se expone de manera absoluta a los ojos que lo escuchan. Si lee de verdad, si pone en ello su saber y domina su placer, si su lectura es un acto de simpatía con el auditorio tanto como con el texto y su autor, si logra que se oiga la necesidad de escribir y despierta nuestra oscura necesidad de comprender, entonces los libros se abren de par en par, y la muchedumbre de aquellos que se creían excluidos de la lectura se precipitan tras él.</p>
<p style="text-align: justify;"><strong>10. El derecho a callarnos.</strong></p>
<p style="text-align: justify;">El hombre construye casas porque está vivo, pero escribe libros porque se sabe mortal. Vive en grupos porque es gregario, pero lee porque se sabe solo. La lectura es una compañía que no ocupa el lugar de ninguna otra y a la que ninguna compañía distinta podría reemplazar. No le ofrece ninguna explicación definitiva sobre su destino, pero teje una retícula apretada entre de complicidades entre la vida y él. Ínfimas y secretas complicidades que hablan de la necesidad paradójica de vivir, al tiempo que iluminan el absurdo trágico de la vida… De modo que nuestras razones para leer son tan extrañas como nuestras razones para vivir. Y a nadie se le ha otorgado poder para pedirnos cuentas sobre esta intimidad. Los pocos adultos que me dieron a leer se borraron siempre frente al libro y se abstuvieron de preguntarme lo que yo había entendido. A ellos, claro, yo les hablaba de mis lecturas. Vivos o muertos, les regalo estas páginas.</p>
<p style="text-align: right;"> </p>
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		<title>Por qué no se debe leer el Quijote</title>
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		<pubDate>Sun, 17 Jan 2010 08:29:42 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan sin Letras</dc:creator>
				<category><![CDATA[COLUMNAS Y CONTRAFUERTES]]></category>

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		<description><![CDATA[Voy a ser sincero contigo. Esta vez procuraré hablarte muy claro. En realidad no sólo te escribo para tratar de convencerte de que no leas el Quijote, sino para que, con un poco de suerte, no vuelvas a leer nada, absolutamente nada que esté impreso en una hoja de papel. Como ya sabrás, el Quijote [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Voy a ser sincero contigo. Esta vez procuraré hablarte muy claro. En realidad no sólo te escribo para tratar de convencerte de que no leas el <strong>Quijote</strong>, sino para que, con un poco de suerte, no vuelvas a leer nada, absolutamente nada que esté impreso en una hoja de papel. Como ya sabrás, el <strong>Quijote </strong>es importante, por supuesto, pero también uno de los libros más nocivos y peligrosos que se han escrito nunca. Pocas veces te harán una advertencia tan útil. Si, a pesar de todo -o precisamente por ello-, haces caso omiso, sabe que ya nada te salvará. Sabe que, a partir de ahora, estarás perdido para siempre.</p>
<p style="text-align: justify;">Primero prescindiré de la obra en sí y trataré de dar respuesta a la cuestión más simple de todas: ¿por qué no debemos leer? Por último, intentaré aclarar, a la luz de la primera pregunta, los motivos principales por los que es necesario cerrar definitivamente el <strong>Quijote</strong> y hacer un buen fuego con él.</p>
<p style="text-align: justify;">Cuentan que durante la más temprana <strong>Edad Media</strong>, en los primeros monasterios y congregaciones religiosas, los compañeros de <strong>San Ambrosio</strong> -uno de ellos es <strong>Agustín de Hipona</strong>, que relata esta anécdota en sus <strong><em>Confesiones</em></strong>- quedaban asombrados cada vez que éste cogía entre sus manos un libro. ¿Qué hace?, se preguntaban los unos a los otros, ¿acaso no sabe leer? Lo que motivaba tanta expectación no era más que el hecho de que, a diferencia de los demás monjes, él leía en silencio, para sí, sin ni siquiera mover los labios. Hasta la fecha, era costumbre verbalizar las palabras. No se concebía otra cosa que no fuese la lectura para el otro, que bien podía ser un feligrés, un monje o el mismísimo <strong>Dios</strong>. <strong>San Agustín</strong>, que pensaba que <strong>Dios</strong> estaba en uno mismo, tampoco creyó necesario esa comunicación exterior y, a veces, tan expresa. A partir de entonces, la lectura pasó a ser un proceso que acarreaba una mecánica íntima y secreta, dependiente tan sólo de aquel que la ponía en práctica. Todos la hemos experimentado alguna vez. Se trata de integrar la voz narrativa que nos está contando la historia en nuestra propia voz, de tal manera que llega un momento en que somos nosotros los que nos contamos dicha historia, en un proceso que se asemeja al efectuado mediante la reflexión. Es decir, cuando leemos, pensamos, hablamos con nosotros mismos y, por ende, tratamos de conocernos y de conocer también el mundo. Por ello la lectura y los libros llegan a ser tan importantes en nuestra vida. Y por ello he comenzado hablando de este tema, intentado así mostrarte hasta qué punto nos condiciona a la hora de ponernos a escribir o a pensar. Todos somos <strong>Ulises</strong> y <strong>Homero</strong>, todos somos <strong>Don</strong> <strong>Quijote</strong> y <strong>Cervantes</strong>, todos somos <strong>Jim Hawkins </strong>y <strong>Stevenson</strong>. Todos somos personajes y autores de nosotros mismos cuando leemos.</p>
<p style="text-align: justify;">Sin embargo, a estas alturas de la historia, está ocurriendo algo inesperado: rescatamos, sin darnos cuenta, el primitivo proceso de lectura que se abandonó comenzado ya el periodo de la <strong>Edad Media</strong>. El hecho que nos lo prueba es la renuncia al silencio, su olvido como elemento fundamental en la lectura y en la reflexión. Observa que ahora todos sienten la necesidad de hablar con todos. Observa que, por mucho que cierres las ventanas de casa, por mucho que trates de aislarte, siempre habrá una llamada de teléfono, una motocicleta que pasa, el camión de la basura, tu hermano pequeño con el televisor a toda pastilla. Ni siquiera las bibliotecas, santuarios del silencio, cumplen este requisito, ni los templos, si lo que se pretende es rezar. Todo es ruido. Y la lectura ha regresado a la verbalización, a la excesiva sonoridad. Cada vez nos cuesta más hacerla nuestra porque hace tiempo que tememos el silencio de las cosas. Desconfiamos de una calle silenciosa. De un paisaje en calma. Desconfiamos, sobre todo, del taciturno, del introvertido. Su mutismo parece amenazarnos. Algo oscuro ha de ocultar, pensamos. Algo sucio. El silencio se ha convertido en una acepción más de la enfermedad. Si no quieres ser marcado tan pronto, es necesario que tires todos tus libros a la basura. La lectura te hará fuerte, bien es cierto, pero al mismo tiempo te convertirá en un apestado. Decir a un adolescente que lea -y no me refiero a toda esa basura que los departamentos de <strong>Lengua</strong> suelen sugerir-, esto es, que no se integre, que prescinda de sus semejantes y se encierre en las enfermizas sensaciones que la soledad de los libros procura, es condenarlo a una muerte lenta y dolorosa.</p>
<p style="text-align: justify;">En este sentido, el <strong>Quijote</strong> es toda una lección para la vida. La apuesta de <strong>Cervantes</strong>, su, por decirlo de alguna manera, genio creador, es aplicable por entero a la tesitura en la que te acabo de situar. El <strong>Quijote</strong> posee la virtud -que es la virtud de cualquier obra maestra- de ser poliédrico. Se puede abordar su lectura, y también su estudio, desde multitud de enfoques y apriorismos, pero nunca daremos con la clave -si es que la tiene- que permite que sobreviva al vaivén de los siglos. Al hilo del discurso iniciado, dos temas me interesan de su lectura, pues los considero apropiados a tu edad y a la época que te ha tocado vivir. Ambos habrán de revelarte la respuesta a la pregunta de por qué no debes leerlo.</p>
<p style="text-align: justify;">El primero es el de la melancolía. La palabra <em>melancolía </em>viene del griego y quiere decir literalmente <em>bilis negra</em>. Durante los siglos XVI y XVII -y, sobre todo, tras la publicación del <em>Examen de ingenios para las ciencias</em>, de <strong>Juan Huarte de San Juan</strong>, en 1575, libro de gran fama en el que se pretendía un análisis riguroso de la inteligencia con vistas a la disposición natural de cada hombre para los oficios- se creía que todo ser humano poseía un temperamento estructurado en cuatro cualidades primarias: frialdad, sequedad, humedad y calor. Estas cualidades y la preponderancia en el carácter de unas sobre otras daban como resultado cuatro tipos psicológicos claros: el colérico -calor-, el sanguíneo (es decir, el optimista, el impetuoso) -humedad-, el flemático (el impasible, el perezoso, el lento) -frialdad- y el melancólico -sequedad-. <strong>Cervantes</strong> conocía muy bien estas teorías cuando otorga a su caballero el sobrenombre de <strong><em>el de la Triste Figura</em></strong>, entendiendo, por triste, melancólico. El estado melancólico era propio, además, de los poetas y de los artistas, ¿y no es acaso un auténtico creador <strong>Don Quijote</strong> al tratar de escribir o, en este caso, <em>escrivivir</em>, sus propias hazañas? La melancolía de entonces podría muy bien emparentarse con el típico estado de depresión actual; y es una idea muy extendida que el acto de crear -como el de dar a luz- es doloroso, convirtiendo así al artista en un maníaco depresivo, en un eterno sufridor. Pero lo que hace a <strong>Don Quijote</strong> vivir en un continuo estado melancólico es la añoranza, que, si nos fijamos bien, es la añoranza del propio <strong>Cervantes</strong>.</p>
<p style="text-align: justify;">Innumerables veces se ha dicho que <strong>Cervantes</strong> es un hombre que pertenece al <strong>Renacimiento</strong>, que es una especie de desterrado en el tiempo -prueba de ello es su continua reivindicación, sobre todo para defenderse de sus enemigos, de la gloriosa batalla de <strong>Lepanto</strong> y de su participación en ella; pero también es sintomático que fracasara en su auténtica vocación de dramaturgo intentando rivalizar con todo un <strong>Lope</strong>-. Imagínatelo regresando de su cautiverio en <strong>Argel</strong> y creyendo que el mundo se ha detenido durante esos cinco años que ha permanecido ausente. La realidad, enseguida, le quita la venda de los ojos. Todo ha continuado su curso sin contar con él. Ésta es la sensación que nos sorprende en cada recoveco de su obra. El famoso discurso de la <strong>Edad de Oro</strong> así lo constata. Allí justifica la labor para la que ha sido elegido. La restauración de la orden de caballería supone un intento más de reivindicar el pasado histórico, de engañar a la memoria. Tal vez lo que nos estén mostrando <strong>Don Quijote</strong> y <strong>Cervantes</strong> con tanta derrota sea la materialización de esa añoranza. Pero para que exista añoranza, además de su objeto, debe existir también esa arma de doble filo que es la esperanza, aunque se conozca de antemano el fracaso que acarrea. En el capítulo XVII de la <strong>Segunda Parte</strong>, <strong>Don Quijote</strong> justifica la esperanza con la siguiente exclamación: <em>Bien podrán los encantadores quitarme la ventura, pero el esfuerzo y el ánimo será imposible</em>. Aquí se resume todo el contenido de la palabra melancolía. El melancólico, el auténtico melancólico, es aquel que es capaz de descubrir felicidad, motivos para vivir, en el barro de la tristeza. Muy pocos melancólicos acaban suicidándose porque encuentran un sentido en ese continuo estado de depresión, que es, no lo olvidemos, el propio del artista, del genio, del creador, del estudioso. Por ello <strong>Don Quijote</strong>, tras este lance con los leones, se hará llamar <strong>El Caballero de los Leones</strong> y desterrará para siempre el adjetivo <em>triste</em>.</p>
<p style="text-align: justify;">De la melancolía se deduce el segundo tema que me parece interesante tratar aquí: la locura. La locura de <strong>Don Quijote</strong> tiene dos facetas que ponen de relieve dos maneras de entender la melancolía. Por un lado, <strong>Don Quijote</strong> es, en la <strong>Primera Parte</strong>, el típico loco que sufre alucinaciones, que transforma la realidad viendo cosas que no existen. Su tristeza viene del choque con esa misma realidad y le empuja a añorar aquel pasado donde sí tenían cabida todas esas cosas que él imagina que existen. Su locura es un puro anacronismo. Pero es que, para hacer más dolorosa la experiencia, a <strong>Cervantes</strong> se le ocurre que <strong>Don Quijote</strong> se vuelva loco a raíz de sus lecturas. Por lo tanto, ¿acaso no estaríamos ante la cuestión del principio? <strong>Cervantes</strong> no cuestiona el acto de leer, por supuesto, pero sí nos sitúa en el camino de la desconfianza hacia todas esas creaciones que nos obligan a enfrentarnos con nosotros mismos en soledad. La advertencia que te hace <strong>Cervantes</strong> cuando lees el <strong>Quijote</strong> es ésta: cuidado, pues la lectura te puede apartar del camino que marca la realidad, te puede volver loco; no porque te creas un caballero andante, un detective privado o una gran señora con una fortuna ilimitada, sino porque te situará ante el mundo y te lo mostrará tal como es, sin piedad alguna, tú solo, cara a cara con la evidencia más nefasta de todas: lo maravilloso, lo fantástico, lo mágico es una cuestión de puertas adentro. Sin embargo, esta locura -que, insisto, es la de la <strong>Primera Parte</strong>- nos deja, al arrojarnos hacia la tristeza, un camino a la esperanza; a saber: por muy hostil que sea la sociedad, siempre nos quedará el refugio de la imaginación. A eso me refería antes cuando señalaba el hecho de que el melancólico verdaderamente melancólico, el artista con todas sus consecuencias, encuentra la salvación en su propia locura.</p>
<p style="text-align: justify;">Si el tal <strong>Avellaneda</strong> no hubiese escrito esa segunda parte apócrifa del <strong>Quijote</strong>, <strong>Cervantes</strong>, sin duda, habría salvado a su personaje. Pero, diez años después, obligado por dicho motivo a volver a retomarlo, decide que muera apaciblemente en su cama, una vez recobrada la cordura. No obstante, <strong>Don Quijote</strong> no regresa a lo racional al final de su vida, sino que es un hombre completamente cuerdo durante toda la <strong>Segunda Parte</strong>. Es esta cordura la que cerrará cualquier vía de escape, la que echará por tierra cualquier posibilidad de salvación. Como diría <strong>Unamuno</strong>, <strong>Cervantes</strong> condena a su personaje a la razón al despojarle de esa capacidad que poseía en la <strong>Primera Parte</strong> de confundir la realidad con los frutos de su imaginación. Ahora serán los demás personajes, lectores todos ellos de la <strong>Primera Parte</strong>, quienes construyan las fantasías de <strong>Don Quijote</strong>. Verá a <strong>Dulcinea</strong> como <strong>Aldonza Lorenzo</strong>, eso es cierto, pero no estará alucinando cuando se tope con un caballero andante -el bachiller <strong>Sansón Carrasco</strong> disfrazado- ni cuando se monte en <strong>Clavileño</strong> -un caballo de madera con la cualidad de volar-. Aquí la cuestión va mucho más allá del escenario que los demás construyen a su alrededor para burlarse de él. Aquí la cuestión es mucho más dolorosa. <strong>Cervantes</strong>, diez años después de la publicación de la <strong>Primera Parte</strong>, entona su canto de cisne exponiendo una visión renovada pero también envejecida del mundo. ¿Y qué nos muestra? Pues una realidad donde, no sólo no tiene cabida lo imaginario -<strong>Don Quijote</strong> ahora sí ve molinos donde hay molinos y gigantes donde hay gigantes-, sino que, a fuerza de real, se convierte en pura ficción. Nos asoma al abismo de ese espejo multiplicado en el espejo del <strong>Barroco</strong>, por lo que anula cualquier posibilidad de fuga del laberinto infinito de lo cotidiano. <strong>Don Quijote</strong>, recobrada la cordura, es ahora, no un caballero andante escapado de una novela de caballería, sino un caballero andante huido de una primera parte escrita hace diez años donde se narran las aventuras de un loco que se cree un caballero andante escapado de una novela de caballería. El círculo, como podrás observar, es perfecto y angustioso. Pero aún hay más. Los personajes ahora son lectores del <strong>Quijote</strong>; así pues, nosotros, lectores del <strong>Quijote</strong>, ¿por qué no podríamos ser también personajes? Aquí no hay juego de realidad y de ficción, sino pura y dura ficción. Ficción con mayúscula, donde cualquier dato, rasgo, apunte, vuelco, progreso o retroceso forma parte de ella misma. La <strong>Segunda Parte</strong> del <strong>Quijote</strong> es la primera teoría de la conspiración que conocemos.</p>
<p style="text-align: justify;">¿Y cómo queda, después de esto, la melancolía? Devastada. <strong>Don Quijote</strong> se convierte en <strong>El Caballero de los Leones</strong> porque de repente ha comprendido aquello de: <em>Bien podrán los encantadores quitarme la ventura, pero el esfuerzo y el ánimo, será imposible</em>. Esto quiere decir que la esperanza, el afán que lo impelía a ver cosas que en realidad no estaban allí, ha quedado reducido al automatismo, al destino prefijado y apático de la marioneta que sabe que, haga lo que haga, jamás podrá escapar de los hilos que la mueven.</p>
<p style="text-align: justify;">Durante tu larga carrera de estudiante, te has encontrado con tipos como yo que han tratado de responder a la pregunta contraria: ¿por qué debemos leer el <strong>Quijote</strong>?; y no sólo el <strong>Quijote</strong><em>, </em>sino cualquier libro, artículo, fragmento o “textículo” que te han puesto delante de tus narices como una condena. En esas ocasiones, es obvio, se trataba de que leyeras; el qué era lo de menos, pues, por si no lo sabes, desde hace unos años la lectura se ha convertido en un tema recurrente de lo políticamente correcto. Tu instituto está repleto de carteles que te animan a leer, de planes de fomento de la lectura, de horas de clase y de tutoría dedicadas a magnificar sus virtudes, a lavarte el cerebro con aquello de que un libro es un amigo. A veces pienso que si tuviera tu edad no me lo pensaría dos veces: rociaría la biblioteca del centro con gasolina y me encendería tranquilamente un pitillo. Porque una cosa está clara: las aficiones impuestas dejan de ser divertidas, y, si te venden algo como divertido y después resulta que no lo es, ¿cómo esperan que reacciones? Todo el mundo se esmera en que comprendas, en que acates una serie de presupuestos que no estás dispuesto a comprender o a acatar. Y así, poco a poco, tus profesores han terminado considerando un fracaso lo que no es más que un error de planteamiento. No, leer no es divertido. No, leer no es beneficioso para los intereses que lentamente han ido creando en ti. Leer es difícil. Leer cuesta trabajo. Y la mayoría de las veces no es nada gratificante. En ciertas ocasiones es doloroso. Hay momentos en que las palabras impresas parecen clavarse como cuchillos en las pupilas y en el corazón. Pero ellos insisten con la misma cantinela. Lentamente, para que la realidad se adapte a sus pifias, han ido desterrando de tus aulas los libros más peligrosos, aquellos que te pueden quitar el velo de la mirada, y los han sustituido por otros mucho más inocuos, placebos que te sugieren, como los personajes de la <strong>Segunda Parte </strong>del <strong>Quijote</strong>, que la imaginación no cabe en este mundo, que la literatura no es más que una colección de consignas a la moda.</p>
<p style="text-align: justify;">Los libros que hoy día te mandan leer en el instituto también están llenos de ruido, anegados por la algarabía de drogas, bulimia, padres separados, garitos que nunca cierran. Las autoridades educativas públicas -las que me pagan el sueldo- y las editoriales que se dedican al negocio de la enseñanza saben lo que se hacen. En realidad es una estrategia que trata de protegerte del silencio. Conocen bien a qué silenciosos territorios conduce la lectura, el mal que ésta te puede causar si te dejas tentar por sus ignotas geografías, por sus heroínas de larga cabellera, por sus argumentos políticamente incorrectos. Ellos buscan tu sociabilización. Por eso llenan el mercado de toda esa ruidosa literatura <em>sociabilizante</em>. Desean convencerte de que leer es divertido, de que ha de serlo por narices. Y, para ello, te ofrecen el burdo realismo de un mundo de paradigma y simulacro adolescente. Creen que esto es lo único que te puede enganchar. Aunque fingen ser los guardianes del canon literario, al final siempre terminan justificando su trabajo de sepultureros con las excusas de siempre. El canon está repleto de libros complicados, aducen, obras que ningún alumno entiende, que están anticuadas.</p>
<p style="text-align: justify;">No obstante el canon les importa poco. No son guardianes de ningún canon. En realidad sólo se preocupan por ti. Saben que el <strong>Quijote</strong>, como tantos otros que ya han ido desapareciendo de tu instituto, es un libro peligroso que muestra esos dos tipos de horror que suscita toda auténtica lectura. Y jamás estarán dispuestos a revelarte el secreto que yo te estoy descubriendo ahora. No, no desean que sepas que leer te hará conocer el pánico de sentirte fuera del mundo, de ir a contracorriente. Pero, sobre todo, por nada del mundo querrían que alguna vez te situases frente a esa sospecha que trasciende tu pequeño mundo de relaciones sociales más o menos afortunadas, que abarca todo aquello que eres capaz de percibir, que te desarma, que te hiere, que termina aniquilándote inevitablemente cuando tienes una obra como el <strong>Quijote</strong> entre las manos.</p>
<p style="text-align: justify;">La sospecha de que todo es una gigantesca, inabarcable mentira que nunca podrás desbaratar, porque tu desobediencia siempre formará parte de ella.</p>
<p style="text-align: justify;"> </p>
<p style="text-align: justify;"><a href="http://deseducativos.com/2009/12/02/carta-a-un-alumno-de-bachillerato-o-por-que-no-debemos-leer-el-quijote/">http://deseducativos.com/2009/12/02/carta-a-un-alumno-de-bachillerato-o-por-que-no-debemos-leer-el-quijote/</a></p>
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		<title>La libertad de prensa (George Orwell) Prólogo a Rebelión en la Granja.</title>
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		<pubDate>Thu, 07 Jan 2010 07:29:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan sin Letras</dc:creator>
				<category><![CDATA[COLUMNAS Y CONTRAFUERTES]]></category>

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		<description><![CDATA[ Este libro fue pensado hace bastante tiempo. Su idea central data de 1937, pero su redacción no quedó terminada hasta finales de 1943. En la época en que se escribió, era obvio que encontra¬ría grandes dificultades para editarse (a pesar de que la escasez de libros existentes garantizaba que cualquier volumen impreso se vendería) y, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p> Este libro fue pensado hace bastante tiempo. Su idea central data de 1937, pero su redacción no quedó terminada hasta finales de 1943. En la época en que se escribió, era obvio que encontra¬ría grandes dificultades para editarse (a pesar de que la escasez de libros existentes garantizaba que cualquier volumen impreso se vendería) y, efectivamente, el libro fue rechazado por cuatro editores. Tan sólo uno de ellos lo hizo por moti¬vos ideológicos; otros dos habían publicado li¬bros antirrusos durante años y el cuarto carecía de ideas políticas definidas. Uno de ellos estaba decidido a lanzarlo pero, después de un primer momento de acuerdo, prefirió consultar con el Ministerio de Información que, al parecer, le ha¬bía avisado y hasta advertido severamente sobre su publicación. He aquí un extracto de una carta del editor, en relación con la consulta hecha: «Me refiero a la reacción que he observado en un importante funcionario del Ministerio de Información con respecto a Rebelión en la granja. Tengo que confesar que su opinión me ha dado mucho que pensar&#8230; Ahora me doy cuenta de cuán peligroso puede ser el publicarlo en estos momentos porque, si la fábula estuviera dedica¬da a todos los dictadores y a todas las dictaduras en general, su publicación no estaría mal vista, pero la trama sigue tan fielmente el curso histó¬rico de la Rusia de los Soviets y de sus dos dicta¬dores que sólo puede aplicarse a aquel país, con exclusión de cualquier otro régimen dictatorial. Y otra cosa: sería menos ofensiva si la casta do-minante que aparece en la fábula no fuera la de los cerdos.* Creo que la elección de estos anima¬les puede ser ofensiva y de modo especial para quienes sean un poco susceptibles, como es el caso de los rusos. » * No está claro quién ha sugerido esta modificación, si es idea propia del Sr. X&#8230; o si proviene del propio Ministerio. Pero parece tener marchamo oficial. (Nota de G. Orwell.) Asuntos de esta clase son siempre un mal sín¬toma. Como es obvio, nada es menos deseable que un departamento ministerial tenga faculta¬des para censurar libros (excepción hecha de aquellos que afecten a la seguridad nacional, cosa que, en tiempo de guerra, no puede merecer objeción alguna) que no estén patrocinados ofi¬cialmente. Pero el mayor peligro para la libertad de expresión y de pensamiento no proviene de la intromisión directa del Ministerio de Informa¬ción o de cualquier organismo oficial. Si los edi¬tores y los directores de los periódicos se esfuer¬zan en eludir ciertos temas no es por miedo a una denuncia: es porque le temen a la opinión pública. En este país, la cobardía intelectual es el peor enemigo al que han de hacer frente perio¬distas y escritores en general. Es éste un hecho grave que, en mi opinión, no ha sido discutido con la amplitud que merece. Cualquier persona cabal y con experiencia pe¬riodística tendrá que admitir que, durante esta guerra, la censura oficial no ha sido particular¬mente enojosa. No hemos estado sometidos a ningún tipo de «orientación» o «coordinación» de carácter totalitario, cosa que hasta hubiera sido razonable admitir, dadas las circunstan¬cias. Tal vez la prensa tenga algunos motivos de queja justificados pero, en conjunto, la actua-ción del gobierno ha sido correcta y de una clara tolerancia para las opiniones minoritarias. El hecho más lamentable en relación con la censu¬ra literaria en nuestro país ha sido principal¬mente de carácter voluntario. Las ideas impopu¬lares, según se ha visto, pueden ser silenciadas y los hechos desagradables ocultarse sin necesi¬dad de ninguna prohibición oficial. Cualquiera que haya vivido largo tiempo en un país extran¬jero podrá contar casos de noticias sensaciona¬listas que ocupaban titulares y acaparaban espa¬cios incluso excesivos para sus méritos. Pues bien, estas mismas noticias son eludidas por la prensa británica, no porque el gobierno las prohíba, sino porque existe un acuerdo general y tácito sobre ciertos hechos que «no deben» men-cionarse. Esto es fácil de entender mientras la prensa británica siga tal como está: muy centra¬lizada y propiedad, en su mayor parte, de unos pocos hombres adinerados que tienen muchos motivos para no ser demasiado honestos al tra¬tar ciertos temas importantes. Pero esta misma clase de censura velada actúa también sobre los libros y las publicaciones en general, así como sobre el cine, el teatro y la radio. Su origen está claro: en un momento dado se crea una ortodo¬xia, una serie de ideas que son asumidas por las personas bienpensantes y aceptadas sin discu¬sión alguna. No es que se prohíba concretamen¬te decir «esto» o «aquello», es que «no está bien» decir ciertas cosas, del mismo modo que en la época victoriana no se aludía a los pantalones en presencia de una señorita. Y cualquiera que ose desafiar aquella ortodoxia se encontrará silen¬ciado con sorprendente eficacia. De ahí que casi nunca se haga caso a una opinión realmente independiente ni en la prensa popular ni en las pu¬blicaciones minoritarias e intelectuales. En este instante, la ortodoxia dominante exige una admiración hacia Rusia sin asomo de críti¬ca. Todo el mundo está al cabo de la calle de este hecho y, por consiguiente, todo el mundo actúa en consonancia. Cualquier crítica seria al régi¬men soviético, cualquier revelación de hechos que el gobierno ruso prefiera mantener ocultos, no saldrá a la luz. Y lo peor es que esta conspira¬cion nacional para adular a nuestro aliado se produce a pesar de unos probados antecedentes de tolerancia intelectual muy arraigados entre nosotros. Y así vemos, paradójicamente, que no se permite criticar al gobierno soviético, mien¬tras se es libre de hacerlo con el nuestro. Será raro que alguien pueda publicar un ataque con¬tra Stalin, pero es muy socorrido atacar a Chur¬chill desde cualquier clase de libro o periódico. Y en cinco años de guerra -durante dos o tres de los cuales luchamos por nuestra propia supervi¬vencia- se escribieron incontables libros, ar¬tículos y panfletos que abogaban, sin cortapisa alguna, por llegar a una paz de compromiso, y todos ellos aparecieron sin provocar ningún tipo de crítica o censura. Mientras no se tratase de comprometer el prestigio de la Unión Soviética, el principio de libertad de expresión ha podido mantenerse vigorosamente. Es cierto que exis¬ten otros temas proscritos, pero la actitud hacia la URSS es el síntoma más significativo. Y tiene unas características completamente espontá¬neas, libres de la influencia de cualquier grupo de presión. El servilismo con el que la mayor parte de la intelligentsia británica se ha tragado y repetido los tópicos de la propaganda rusa desde 1941 se¬ría sorprendente, si no fuera porque el hecho no es nuevo y ha ocurrido ya en otras ocasiones. Pu¬blicación tras publicación, sin controversia algu¬na, se han ido aceptando y divulgando los pun¬tos de vista soviéticos con un desprecio absoluto hacia la verdad histórica y hacia la seriedad inte¬lectual. Por citar sólo un ejemplo: la BBC celebró el XXV aniversario de la creación del Ejército Rojo sin citar para nada a Trotsky, lo cual fue algo así como conmemorar la batalla de Trafal¬gar sin hablar de Nelson. Y, sin embargo, el he¬cho no provocó la más mínima protesta por par¬te de nuestros intelectuales. En las luchas de la Resistencia de los países ocupados por los ale¬manes, la prensa inglesa tomó siempre partido al lado de los grupos apoyados por Rusia, en tan¬to que las otras facciones eran silenciadas (a ve¬ces con omisión de hechos probados) con vistas a justificar esta postura. Un caso particularmen¬te demostrativo fue el del coronel Mijáilovich, lí¬der de los chetniks yugoslavos. Los rusos tenían su propio protegido en la persona del mariscal Tito y acusaron a Mijáilovich de colaboración con los alemanes. Esta acusación fue inmediata¬mente repetida por la prensa británica. A los partidarios de Mijáilovich no se les dio oportuni¬dad alguna para responder a estas acusaciones e incluso fueron silenciados hechos que las re¬batían, impidiendo su publicación. En julio de 1943 los alemanes ofrecieron una recompensa de 100.000 coronas de oro por la captura de Tito y otra igual por la de Mijáilovich. La prensa in¬glesa resaltó mucho lo ofrecido por Tito, mien¬tras sólo un periódico (y en letra menuda) citaba la ofrecida por Mijáilovich. Y, entre tanto, las acusaciones por colaboracionismo eran ince¬santes&#8230; Hechos muy similares ocurrieron en España durante la Guerra Civil. También enton¬ces los grupos republicanos a quienes los rusos habían decidido eliminar fueron acusados entre la indiferencia de nuestra prensa de izquierdas; y cualquier escrito en su defensa, aunque fuera una simple carta al director, vio rechazada su publicación. En aquellos momentos no sólo se consideraba reprobable cualquier tipo de crítica hacia la URSS, sino que incluso se mantenía se¬creta. Por ejemplo: Trotsky había escrito poco antes de morir una biografía de Stalin. Es de su¬poner que, si bien no era una obra totalmente imparcial, debía ser publicable y, en consecuen¬cia, vendible. Un editor americano se había he¬cho cargo de su publicación y el libro estaba ya en prensa. Creo que habían sido ya corregidas las pruebas, cuando la URSS entró en la guerra mundial. El libro fue inmediatamente retirado. Del asunto no se dijo ni una sola palabra en la prensa británica, aunque la misma existencia del libro y su supresión eran hechos dignos de ser noticia. Creo que es importante distinguir entre el tipo de censura que se imponen voluntariamente los intelectuales ingleses y la que proviene de los grupos de presión. Como es obvio, existen cier¬tos temas que no deben ponerse en tela de juicio a causa de los intereses creados que los rodean. Un caso bien conocido es el tocante a los médi¬cos sin escrúpulos. También la Iglesia Católica tiene considerable influencia en la prensa, una influencia capaz de silenciar muchas críticas. Un escándalo en el que se vea mezclado un sacerdote católico es algo a lo que nunca se dará publicidad, mientras que si el mismo caso ocu¬rre con uno anglicano, es muy probable que se publique en primera página, como ocurrió con el caso del rector de Stiffkey. Asimismo, es muy raro que un espectáculo de tendencia anticatóli¬ca aparezca en nuestros escenarios o en nuestras pantallas. Cualquier actor puede atestiguar que una obra de teatro o una película que se burle de la Iglesia Católica se exponen a ser boicoteados desde los periódicos y condenados al fracaso. Pero esta clase de hechos son comprensibles y además inofensivos. Toda gran organización cuida de sus intereses lo mejor que puede y, si ello se hace a través de una propaganda descu¬bierta, nada hay que objetar. Uno no debe espe¬rar que el Daily Worker publique algo desfavo¬rable para la URSS, ni que el Catholic Herald hable mal del Papa. Esto no puede extrañar a na¬die, pero lo que sí es inquietante es que, donde¬quiera que influya la URSS con sus especiales maneras de actuar, sea imposible esperar cual¬quier forma de crítica inteligente ni honesta por parte de escritores de signo liberal inmunes a todo tipo de presión directa que pudiera hacer-les falsear sus opiniones. Stalin es sacrosanto y muchos aspectos de su política están por encima de toda discusión. Es una norma que ha sido mantenida casi universalmente desde 1941 pero que estaba orquestada hasta tal punto, que su origen parecía remontarse a diez años antes. En todo aquel tiempo las críticas hacia el régimen soviético ejercidas desde la izquierda tenían muy escasa audiencia. Había, sí, una gran canti¬dad de literatura antisoviética, pero casi toda procedía de zonas conservadoras y era clara¬mente tendenciosa, fuera de lugar e inspirada por sórdidos motivos. Por el lado contrario hubo una producción igualmente abundante, y casi igualmente tendenciosa, en sentido pro ruso, que comportaba un boicot a todo el que tratara de discutir en profundidad cualquier cuestión importante. Desde luego que era posible publicar libros an¬tirrusos, pero hacerlo equivalía a condenarse a ser ignorado por la mayoría de los periódicos importantes. Tanto pública como privadamente se vivía consciente de que aquello «no debía» ha¬cerse y, aunque se arguyera que lo que se decía era cierto, la respuesta era tildarlo de «inoportu¬no» y «al servicio de» intereses reaccionarios. Esta actitud fue mantenida apoyándose en la si¬tuación internacional y en la urgente necesidad de sostener la alianza anglorrusa; pero estaba claro que se trataba de una pura racionalización. La gran mayoría de los intelectuales británicos había estimulado una lealtad de tipo nacionalis¬ta hacia la Unión Soviética y, llevados por su de¬voción hacia ella, sentían que sembrar la duda sobre la sabiduría de Stalin era casi una blasfe¬mia. Acontecimientos similares ocurridos en Rusia y en otros países se juzgaban según distin¬tos criterios. Las interminables ejecuciones lle¬vadas a cabo durante las purgas de 1936 a 1938 eran aprobadas por hombres que se habían pa¬sado su vida oponiéndose a la pena capital, del mismo modo que, si bien no había reparo algu¬no en hablar del hambre en la India, se silen¬ciaba la que padecía Ucrania. Y si todo esto era evidente antes de la guerra, esta atmósfera inte-lectual no es, ahora, ciertamente mejor. Volviendo a mi libro, estoy seguro de que la reacción que provocará en la mayoría de los in¬telectuales ingleses será muy simple: «No debió ser publicado». Naturalmente, estos críticos, muy expertos en el arte de difamar, no lo ataca¬rán en -el terreno político, sino en el intelectual. Dirán que es un libro estúpido y tonto y que su edición no ha sido más que un despilfarro de pa¬pel. Y yo digo que esto puede ser verdad, pero no «toda la verdad» del asunto. No se puede afirmar que un libro no debe ser editado tan sólo porque sea malo. Después de todo, cada día se imprimen cientos de páginas de basura y nadie le da importancia. La intelligentsia británica, al menos en su mayor parte, criticará este libro porque en él se calumnia a su líder y con ello se perjudica la cau¬sa del progreso. Si se tratara del caso inverso, nada tendrían que decir aunque sus defectos li¬terarios fueran diez veces más patentes. Por ejemplo, el éxito de las ediciones del Left Book Club durante cinco años demuestra cuán tole¬rante se puede llegar a ser en cuanto a la chaba¬canería y a la mala literatura que se edita, siem¬pre y cuando diga lo que ellos quieren oír. El tema que se debate aquí es muy sencillo: ¿Merece ser escuchado todo tipo de opinión, por impopular que sea? Plantead esta pregunta en estos términos y casi todos los ingleses sentirán que su deber es responder: «Sí». Pero dadle una forma concreta y preguntad: ¿Qué os parece si atacamos a Stalin? ¿Tenemos derecho a ser oí¬dos? Y la respuesta más natural será: «No». En este caso, la pregunta representa un desafío a la opinión ortodoxa reinante y, en consecuencia, el principio de libertad de expresión entra en cri¬sis. De todo ello resulta que, cuando en estos mo¬mentos se pide libertad de expresión, de hecho no se pide auténtica libertad. Estoy de acuerdo en que siempre habrá o deberá haber un cierto grado de censura mientras perduren las socie¬dades organizadas. Pero «libertad», como dice Rosa Luxemburg, es «libertad para los demás». Idéntico principio contienen las palabras de Vol¬taire: «Detesto lo que dices, pero defendería has¬ta la muerte tu derecho a decirlo». Si la libertad intelectual ha sido sin duda alguna uno de los principios básicos de la civilización occidental, o no significa nada o significa que cada uno debe tener pleno derecho a decir y a imprimir lo que él cree que es la verdad, siempre que ello no im¬pida que el resto de la comunidad tenga la posi¬bilidad de expresarse por los mismos inequívo¬cos caminos. Tanto la democracia capitalista como las versiones occidentales del socialismo han garantizado hasta hace poco aquellos prin¬cipios. Nuestro gobierno hace grandes demos¬traciones de ello. La gente de la calle -en parte quizá porque no está suficientemente imbuida de estas ideas hasta el punto de hacerse intole¬rante en su defensa- sigue pensando vagamen¬te en aquello de: «Supongo que cada cual tiene derecho a exponer su propia opinión». Por ello incumbe principalmente a la intelectualidad científica y literaria el papel de guardián de esa libertad que está empezando a ser menosprecia¬da en la teoría y en la práctica. Uno de los fenómenos más peculiares de nues¬tro tiempo es el que ofrece el liberal renegado. Los marxistas claman a los cuatro vientos que la «libertad burguesa» es una ilusión, mientras una creencia muy extendida actualmente argumenta diciendo que la única manera de defender la li¬bertad es por medio de métodos totalitarios. Si uno ama la democracia, prosigue esta argumen¬tación, hay que aplastar a los enemigos sin que importen los medios utilizados. ¿Y quiénes son estos enemigos? Parece que no sólo son quienes la atacan abierta y concienzudamente, sino tam¬bién aquellos que «objetivamente» la perjudican propalando doctrinas erróneas. En otras pala¬bras: defendiendo la democracia acarrean la destrucción de todo pensamiento independien¬te. Éste fue el caso de los que pretendieron justi¬ficar las purgas rusas. Hasta el más ardiente ru¬sófilo tuvo dificultades para creer que todas las víctimas fueran culpables de los cargos que se les imputaban. Pero el hecho de haber sostenido opiniones heterodoxas representaba un perjui¬cio para el régimen y, por consiguiente, la masacre fue un hecho tan normal como las falsas acusaciones de que fueron víctimas. Estos mis¬mos argumentos se esgrimieron para justificar las falsedades lanzadas por la prensa de izquier¬das acerca de los trotskistas y otros grupos repu¬blicanos durante la Guerra Civil española. Y la misma historia se repitió para criticar abierta¬mente el hábeas corpus concedido a Mosley cuando fue puesto en libertad en 1943. Todos los que sostienen esta postura no se dan cuenta de que, al apoyar los métodos totalita¬rios, llegará un momento en que estos métodos serán usados «contra» ellos y río «por» ellos. Ha¬ced una costumbre del encarcelamiento de fas¬cistas sin juicio previo y tal vez este proceso no se limite sólo a los fascistas. Poco después de que al Daily Worker le fuera levantada la suspensión, hablé en un College del sur de Londres. El audi¬torio estaba formado por trabajadores y profesionales de la baja clase media, poco más o me¬nos el mismo tipo de público que frecuentaba las reuniones del Left Book Club. Mi conferencia trataba de la libertad de prensa y, al término de la misma y ante mi asombro, se levantaron va¬rios espectadores para preguntarme «si en mi opinión había sido un error levantar la prohibi¬ción que impedía la publicación del Daily Wor-ker». Hube de preguntarles el porqué y todos di¬jeron que «era un periódico de dudosa lealtad y por tanto no debía tolerarse su publicación en tiempo de guerra». El caso es que me encontré defendiendo al periódico que más de una vez se había salido de sus casillas para atacarme. ¿Dón¬de habían aprendido aquellas gentes puntos de vista tan totalitarios? Con toda seguridad debie¬ron aprenderlos de los mismos comunistas. La tolerancia y la honradez intelectual están muy arraigadas en Inglaterra, pero no son indestructibles y si siguen manteniéndose es, en bue¬na parte, con gran esfuerzo. El resultado de predicar doctrinas totalitarias es que lleva a los pueblos libres a confundir lo que es peligroso y lo que no lo es. El caso de Mosley es, a este efec¬to, muy ilustrativo. En 1940 era totalmente lógi¬co internarlo, tanto si era culpable como si no lo era. Estábamos entonces luchando por nuestra propia existencia y no podíamos tolerar que un posible colaboracionista anduviera suelto. En cambio, mantenerlo encarcelado en 1943, sin que mediara proceso alguno, era un verdadero ultraje. La aquiescencia general al aceptar este hecho fue un mal síntoma, aunque es cierto que la agitación contra la liberación de Mosley fue en gran parte ficticia y, en menor parte, manifesta¬ción de otros motivos de descontento. ¡Sin em¬bargo, cuán evidente resulta, en el actual desliza¬miento hacia los sistemas fascistas, la huella de los antifascismos de los últimos diez años y la falta de escrúpulos por ellos acuñada! Es importante constatar que la corriente rusó¬fila es sólo un síntoma del debilitamiento gene¬ral de la tradición liberal. Si el Ministerio de In¬formación hubiera vetado definitivamente la publicación de este libro, la mayoría de los inte¬lectuales no hubiera visto nada inquietante en todo ello. La lealtad exenta de toda crítica ha¬cia la URSS pasa a convertirse en ortodoxia, y, dondequiera que estén en juego los intereses so¬viéticos, están dispuestos no sólo a tolerar la censura sino a falsificar deliberadamente la His¬toria. Por citar sólo un caso. A la muerte de John Reed, el autor de Diez días que conmovieron al mundo -un relato de primera mano de las jor¬nadas claves de la Revolución rusa-, los dere¬chos del libro pasaron a poder del Partido Co-munista británico, a quien el autor, según creo, los había legado. Algunos años más tarde, los co¬munistas ingleses destruyeron en gran parte la edición original, lanzando después una versión amañada en la que omitieron las menciones a Trotsky así como la introducción escrita por el propio Lenin. Si hubiera existido una auténtica intelectualidad liberal en Gran Bretaña, este acto de piratería hubiera sido expuesto y denun¬ciado en todos los periódicos del país. La reali¬dad es que las protestas fueron escasas o nulas. A muchos, aquello les pareció la cosa más natural. Esta tolerancia que llega a lo indecoroso es más significativa aún que la corriente de admiración hacia Rusia que se ha impuesto en estos días. Pero probablemente esta moda no durará. Pre-veo que, cuando este libro se publique, mi visión del régimen soviético será la más comúnmente aceptada. ¿Qué puede esto significar? Cambiar una ortodoxia por otra no supone necesariamen¬te un progreso, porque el verdadero enemigo está en la creación de una mentalidad «gramofónica» repetitiva, tanto si se está como si no de acuerdo con el disco que suena en aquel momento. Conozco todos los argumentos que se esgri¬men contra la libertad de expresión y de pensamiento, argumentos que sostienen que no «de¬be» o que no «puede» existir. Yo, sencillamente, respondo a todos ellos diciéndoles que no me convencen y que nuestra civilización está basada en la coexistencia de criterios opuestos desde hace más de 400 años. Durante una década he creído que el régimen existente en Rusia era una cosa perversa y he reivindicado mi derecho a de¬cirlo, a pesar de que seamos aliados de los rusos en una guerra que deseo ver ganada. Si yo tuvie¬ra que escoger un texto para justificarme a mí mismo elegiría una frase de Milton que dice así: «Por las conocidas normas de la vieja libertad». La palabra vieja subraya el hecho de que la li¬bertad intelectual es una tradición profundamente arraigada sin la cual nuestra cultura occidental dudosamente podría existir. Muchos intelectuales han dado la espalda a esta tradi¬ción, aceptando el principio de que una obra deberá ser publicada o prohibida, loada o con¬denada, no por sus méritos sino según su opor¬tunidad ideológica o política. Y otros, que no comparten este punto de vista, lo aceptan, sin embargo, por cobardía. Un buen ejemplo de esto lo constituye el fracaso de muchos pacifistas in¬capaces de elevar sus voces contra el militarismo ruso. De acuerdo con estos pacifistas, toda vio¬lencia debe ser condenada, y ellos mismos no han vacilado en pedir una paz negociada en los más duros momentos de la guerra. Pero, ¿cuándo han declarado que la guerra también es cen¬surable aunque la haga el Ejército Rojo? Aparen¬temente, los rusos tienen todo su derecho a defenderse, mientras nosotros, si lo hacemos, caemos en pecado mortal. Esta contradicción sólo puede explicarse por la cobardía de una gran parte de los intelectuales ingleses cuyo pa¬triotismo, al parecer, está más orientado hacia la URSS que hacia la Gran Bretaña. Conozco muy bien las razones por las que los intelectuales de nuestro país demuestran su pusilanimidad y su deshonestidad; conozco por ex¬periencia los argumentos con los que pretenden justificarse a sí mismos. Pero, por eso mismo, se¬ría mejor que cesaran en sus desatinos intentan¬do defender la libertad contra el fascismo. Si la libertad significa algo, es el derecho de decirles a los demás lo que no quieren oír. La gente sigue vagamente adscrita a esta doctrina y actúa según ella le dicta. En la actualidad, en nuestro país —y no ha sido así en otros, como en la republicana Francia o en los Estados Unidos de hoy— los li¬berales le tienen miedo a la libertad y los intelec¬tuales no vacilan en mancillar la inteligencia: es para llamar la atención sobre estos hechos por lo que he escrito este prólogo.</p>
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		<title>Zamacois Joaquín</title>
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		<pubDate>Mon, 04 Jan 2010 08:48:08 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan sin Letras</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[ Santiago, Chile, 14 de diciembre 1894? d Barcelona, Septiembre 8, 1976,).
Español compositor y profesor de parentesco vasco-catalán. Estudió en el Liceo Musicale de Barcelona, donde su maestro de composición fue Gavagnach Sánchez, y en la Escuela Municipal de Música. En 1914 fue nombrado profesor en el Liceo, la transferencia en 1940 a la Escuela Municipal [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p> Santiago, Chile, 14 de diciembre 1894? <em>d</em> Barcelona, Septiembre 8, 1976,).</p>
<p>Español compositor y profesor de parentesco vasco-catalán. Estudió en el Liceo Musicale de Barcelona, donde su maestro de composición fue Gavagnach Sánchez, y en la Escuela Municipal de Música. En 1914 fue nombrado profesor en el Liceo, la transferencia en 1940 a la Escuela Municipal de Música, donde en 1945 fue nombrado director. Transformó la institución en un Estado reconocido conservatorio, retirándose en 1965. Zamacois fue miembro del Consejo Nacional de Educación y escribió una serie de influyentes textos didácticos. Fue un compositor versátil y prolífico que, aunque influenciados por Franck (por ejemplo en la Sonata para violín y clarinete), Wagner, Richard Strauss y Stravinsky, aún poseía un estilo muy personal impregnado de poesía y pasión.</p>
<h4>OBRAS</h4>
<p>(lista selectiva)</p>
<table border="0" cellspacing="0" cellpadding="0">
<tbody>
<tr>
<td width="592" valign="top">Stage (all zars): Margaritiña, Barcelona, 1925; El aguilón, Bilbao, 1928; El caballero del mar, Barcelona, 1931</td>
</tr>
<tr>
<td width="592" valign="top">Orch: Los ojos verdes, sym. poem, 1920; Scherzo humorístico, 1924; Margarita, sardana sym., 1927, La siega, sym. picture, 1928; Suite poemático, 1955; Diana, sardana, cobla orch, 1967; Raimon, sardana, cobla orch, 1968, Ricard, sardana, cobla orch, 1968; Irene, sardana, cobla orch, 1975; other sardanas</td>
</tr>
<tr>
<td width="592" valign="top">CHBr: Sonata, vn, cl, 1918; Str Qt, D, 1922; Aguafuertes, suite, PF, 1940; Allegro appassionato, VII, PF; Rêverie, VII, PF; QNT</td>
</tr>
<tr>
<td width="592" valign="top">Vocal: Por San Juan, chorus; Canto da alegría, chorus, 1932; Himno ibérico (J. Maragall), chorus; Lieder catalanes, 1965; Villancicos castellanos, 1965</td>
</tr>
</tbody>
</table>
<h4>ESCRITOS</h4>
<p>Método de solfeo (Barcelona, 1941)</p>
<p>Tratado de armonía (Barcelona, 1945-8/<em>R</em>)</p>
<p>La teoría de la música dividida en cursos de (Barcelona, 1949-54, many later editions) vol. i (1949, 15/1979); vol. ii (1954, 6/1978)</p>
<p>Ejercicios de armonía (Barcelona, 1950)</p>
<p>Curso de formas musicales (Barcelona, 1960)</p>
<p>Realización de los ejercicios de armonía (Barcelona, 1960)</p>
<p>Temas de pedagogía musical (Madrid, 1973)</p>
<p>Trazar la historia de la música (Madrid, 1975)</p>
<p>Temas de estética y de historia de la música (Barcelona, 1975, 3 /1986)</p>
<p>Ejercicios de contrapunto, In (Barcelona, 1977)</p>
<h4>BIBLIOGRAFÍA</h4>
<p><em>MGG1 (G. Bourligueux)</em></p>
<p>Diccionario enciclopédico de la música, Ed. A. Albert Torrellas (Barcelona, 1947-52)</p>
<p><strong>K.B.</strong> <strong>Sandred</strong> y otros: El mundo de la música (Madrid, 1962) [SP. trad. de El Mundo de la Música, Londres, 1954]</p>
<p>GUY BOURLIGUEUX</p>
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		<title>Zalzal [Mansur Zalzal al-Darib]</title>
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		<pubDate>Mon, 04 Jan 2010 08:46:29 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan sin Letras</dc:creator>
				<category><![CDATA[CRUZADOS Y SARRACENOS]]></category>

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		<description><![CDATA[
(d después de 842). Árabe músico. Era un famoso instrumentista (de ahí el nombre &#8216;Al-el DARIB&#8217;: &#8216;player&#8217;) durante el período abasí temprana. Ishaq al-Mawsili declaró que no tenía igual como laudista, y en el ‘Iqd al-far?d ( &#8220;El collar único&#8221;) (siglo 10) se afirmó que era &#8220;el más agradable de los instrumentistas de cuerda». También [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h1 style="margin: 5pt 37.5pt 5pt 30pt;"><a name="_Toc509153882"></a><a name="S30802"></a></h1>
<p style="margin: 5pt 37.5pt 5pt 30pt;"><span style="font-family: Arial; color: black;" lang="EN-US">(<span><em>d</em> </span><span>después de 842</span>). <span>Árabe</span> <span>músico</span>. Era un famoso instrumentista (de ahí el nombre &#8216;Al-el DARIB&#8217;: &#8216;player&#8217;) durante el período abasí temprana. Ishaq al-Mawsili declaró que no tenía igual como laudista, y en el <em>‘Iqd al-far?d</em> ( &#8220;El collar único&#8221;) (siglo 10) se afirmó que era &#8220;el más agradable de los instrumentistas de cuerda». También es conocido como el inventor de un &#8220;laúd perfecto&#8221;, el <em>‘?d al-shabb?t</em>, Que sustituye el laúd persa utilizado anteriormente. Su forma era probablemente como el de los portugueses <em>diseños</em>. Por encima de todo, su nombre está asociado con el traste neutral 3 (<em>Wus?á Zalzal</em>) Situado a medio camino entre la 3 ª mayor y menor trastes, que reconoce por primera vez la existencia de los intervalos de neutral todavía característica de la música persa y árabe en la actualidad.</span></p>
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		<title>asombrosa novedad editorial</title>
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		<pubDate>Wed, 02 Dec 2009 23:53:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Cheminci</dc:creator>
				<category><![CDATA[RAREZAS Y CURIOSIDADES DE LAS LETRAS]]></category>
		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[ Publicamos a continuación las obras completas de Vito Publi, de gran éxito en el siglo pasado.
Son dos volúmenes en cuerpo doce. Aquí las hemos comprimido un poco, pero, sin duda, el lector lo agradecerá dado su alto contenido sofístico.
Por razones de espacio, hemos eliminado dos notas a pie de página y la introducción de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="size-medium wp-image-1484 alignleft" src="http://www.juansinletras.com/wp-content/uploads/2009/12/greco-mano-en-pecho-236x300.jpg" alt="greco - mano en pecho" width="236" height="300" /> Publicamos a continuación las obras completas de Vito Publi, de gran éxito en el siglo pasado.</p>
<p>Son dos volúmenes en cuerpo doce. Aquí las hemos comprimido un poco, pero, sin duda, el lector lo agradecerá dado su alto contenido sofístico.</p>
<p>Por razones de espacio, hemos eliminado dos notas a pie de página y la introducción de 1966 a la edición española.</p>
<p>«Enfoca los problemas como lo haría un perro: los olfateas, y si no te los puedes comer o follar, te meas encima y te vas.»</p>
<p>jotamml</p>
<p class="akst_link"><a href="http://www.juansinletras.com/?p=1480&amp;akst_action=share-this"  title="E-mail this, post to del.icio.us, etc." id="akst_link_1480" class="akst_share_link">Compartelo</a>
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