Entrevista a Teresa Andruetto
Ficha entorno al factor humano en la literatura:
El mozo trae una botella de agua mineral. Ella le ve bajo la axila una aureola y siente asco; también por la rejilla grasienta y la mesa con quemaduras. Después escucha unos pasos y recuerda el ruido de botas que venían por los corredores hace tiempo, y también el sudor helado que le brotaba con sólo oírlo. Aunque no es más que una palabra lo que ese hombre dice a sus espaldas, Iris lo reconoce: ha seguido oyendo en sueños esa voz y la reconocería donde fuera. Además, Antoine le ha dicho que dormida repite con insistencia un nombre y ella sabe que es ese nombre.
Tengo compromisos de trabajo agendados en lo que hace a acompañar los libros que ya publiqué (presentaciones, encuentros con lectores, asistencia a ferias), o en lo que respecta a sentar opiniones/reflexiones sobre la propia escritura, sobre la escritura de otros o sobre ciertas cuestiones teóricas (ponencias, pequeños ensayos, prólogos), porque esa es una tarea que por lo general hago "a pedido". ¿Un ejemplo? Trinidad Blanco me pide unas reflexiones acerca de la influencia de Cesare Pavese en mi escritura, la revista La Intemperie una columna acerca de cómo atraviesa mi escritura la política, la Universidad Nacional del Litoral que participe en una mesa sobre el canon en la literatura infantil, Susana Romano estas reflexiones en el marco de sus Itinerarios, y así. Pedidos de ese tipo suceden todo el tiempo y a veces suponen – por su cantidad o porque tienen fecha de entrega- un agobio, sin embargo tiendo a tomarlos (es como un vicio) porque me convocan a pensar en ciertas cuestiones del oficio. Son, por una parte, una sucesión de pequeños obstáculos (que me pongo o que acepto que otros pongan) al "puro deseo de escribir" (ese continuum de escritura que es la utopía de todo escritor) y por la otra enriquecen la escritura que persigo porque me llevan a reflexionar sobre el hacer de los otros y especialmente sobre mi propio hacer. También hice de este modo dos libros sobre talleres de escritura, diversos escritos sobre la poesía de otros poetas, un libro de conversaciones con Andrés Rivera que está en proceso e infinidad de proyectos más breves. Se trata de aventuras que por lo común emprendo con otros, que en general se ocupan de la escritura de los otros, y que siempre siento como derivaciones, desprendimientos o interrupciones, con respecto al proyecto central de escritura.
A diferencia de lo que sucede con este tipo de trabajos, en lo que respecta a la escritura de narrativa o poesía, lo que yo llamaría "la escritura misma/ la pura escritura", el tronco y no las ramas como dice Cuqui, jamás escribo con fecha de entrega, sencillamente porque eso no funciona para mí. Tampoco escribo con el compromiso previo de darlo a tal o cual editorial. Necesito sentir la libertad de tirar todo al canasto si no me gusta. O de dejarlo en un archivo durante años, como me sucede con frecuencia. Sí es verdad que me pongo mis propios plazos (este verano quiero terminar la novela o cosas así), pero entonces –aunque soy bastante exigente- el compromiso es sólo conmigo.
Nunca anoto propósitos ni objetivos, ni temas a trabajar, ni argumentos a seguir, y generalmente al comienzo de un proyecto de escritura no tengo mucho más que una imagen muy fuerte y el deseo de explorar qué pasa en un/unos personajes en relación a esa imagen. Pero hay/sucede una suerte de plan, sí, aunque no se trata tanto de una planificación sino más bien de unn cauce que a partir de cierto texto toma la imaginación. Podría dar ejemplos: en algun momento surge un primer borrador de un primer poema (Arroz con alcachofas, de Palabras al rescoldo, o la primera versión del poema Pavese, del libro del mismo nombre, o Hamaca en Kodak) e inmediatamente (se me) aparece la idea de una serie: poemas sobre comidas/poemas como foto-escenas de la propia vida/poemas-relatos en torno al padre biológico y al que se quisiera padre literario…). También me ha pasado eso con ciertos proyectos narrativos: El anillo encantado y Huellas en la arena, son una serie de cuentos que retoman el género maravilloso, La mujer vampiro, una serie de cuentos de miedo, Todo movimiento es cacería una serie de cuentos con mujeres. Escribo uno, después aparece otro, en algun momento pienso que podría hacer un conjunto de cuentos o de poemas de ese tipo y me vuelvo más receptiva a esos asuntos y a esas formas. Es decir, se me aparece pronto la idea de conjunto, de libro. Me parece que así, bajo esa modalidad suelen trabajar los artistas plásticos. Se trata de un camino de exploración (la serie puede tener que ver con lo formal o con lo temático o con ambos aspectos) que no se agota en un solo texto, que tiene su tiempo de existencia en mí y después se diluye como interés de escritura. En la narrativa ha persistido además a lo largo del tiempo y de lo escrito el interés por el mundo de las mujeres. Eso puede verse en Tama, en los cuentos de Todo movimiento es cacería, en La Mujer en Cuestión y en una novela inédita que se llama Lengua Madre. También en Kodak y en Beatriz. Mujeres de distinta generación y la relación entre ellas, las relaciones entre madres e hijas, la relación entre las mujeres y la palabra, las traiciones domésticas, la búsqueda del amor, los prejuicios, la incomprensión, la solidaridad o la maledicencia, y algo que siempre me atrae y desconcierta: las diversas miradas que se puede tener sobre un mismo asunto, la relatividad de todo, la imposibilidad de conocer nada de un modo absoluto. Todo eso forma parte de un mundo del que puedo extraer "material" cuantas veces quiera, porque es el mundo al que pertenezco y entonces mirar en sus personajes ha sido también un intento de comprender. En La Mujer en Cuestión, en el cuento Los rastros de lo que era y en la novela inédita Lengua Madre aparece también la última dictadura, como una derivación temática de mi preocupación por la vida de las mujeres. En este caso, explorar acerca de lo que sucedía en esos años de la historia argentina como condicionante del hacer o no hacer, del decir o el no decir de muchas mujeres.
La voz narrativa, incluso si se trata de poesía, es uno de los aspectos de la escritura que más me interesa y, desde ya, el aspecto formal que, a mi juicio, exige mayor refinamiento: la posibilidad de ser otro, de ser desde otro, de un modo verosímil. Ese travestismo de la mirada es algo que está íntimamente ligado a aquel núcleo de interés al que me refería antes: lo relativo de toda verdad, la imposibilidad de alcanzar una certeza que sea a la vez propia y del otro. Creo que se puede ver una voz muy diferente a la mía personal en la narradora de Veladuras:
Me llamo Rosa, como le digo. Y mi hermana se llama Luisa. También mi abuela se llamó Rosa. Rosa Mamaní. Y crió solita a mi padre, lo que se dice sola. Lo tuvo, dicen, de un hombre que pasaba, que la preñó y siguió de viaje; de paso iba y así siguió, y ni siquiera un nombre, ni el apellido siquiera le dejó a mi padre. Era un hombre blanco, dicen, por eso mi padre es mezcla; pero mi abuela no, ella era colla pura, verdadera.
Todo esto que le cuento pasó antes, antes que mi padre se fuera a la ciudad, antes que empezara como portero en la escuela que está en el bajo, más allá del canal de riego y trabajara ahí. Antes de todo, digo, cuando vivía mi abuela y era joven y pasó por acá un hombre que iba al norte, más hacia el norte de La Quebrada dicen que iba, para Bolivia, para el lado de Santa Cruz dijo mi abuela, y entonces la preñó, y así nació mi padre.
Y quizás de un modo más sutil en las voces de madre e hija que conversan, en el poema Visita, de Kodak:
Hoy vino mi madre a visitarme/y caminamos las dos por estas calles./Hablamos de mi hermano,/de los hijos, de las chicas del Sur,/de mi cuñado. Otra vez yo critiqué/al gobierno y ella dijo otra vez /"¡Es un país tan grande!". No quiere/ que me queje: "¡Este país generoso/ recibió a tu padre!" y rodamos las dos /hacia una zona de tristeza, en silencio,/ hasta que se detiene y dice: "Ayer/hice dulce de duraznos" y yo digo/ que hablaron de mi libro/ en el diario.
Cuando le presentó el proyecto de investigación a su director, él preguntó las razones por las que había elegido Escritura de Mujeres. Hubiera podido hablar de cuando era chica y llegaban a la casa de su abuela las cartas de su madre, contarle que el cartero bajaba de su bicicleta con un bolso de cuero negro, que golpeaba las manos por sobre el tejido del patio, cubierto siempre de enredaderas, y sacaba de aquel bolso una carta para su abuela y otra para ella. Hubiera querido decirle cómo esperaba ella esas cartas, cómo golpeaba su corazón cuando lo veía, cómo había aprendido a medir el tiempo según lo que sucediera entre una carta y otra, cómo salían de aquellos sobres dibujos y tarjetas de colores y el olor de su madre impregnado en el papel, hubiera podido contarle cómo guardaba esos papeles durante días debajo de la almohada, hasta que el cartero llegaba otra vez. Hubiera podido contarle que memorizó por años aquellas palabras, fragmentos enteros, hasta que un día, de manera brutal, decidió olvidarlas, que no sabe a qué sitio habrá ido a parar lo que su madre escribió para ella, cartas que le gustaría leer ahora para cotejar con las que tiene frente a los ojos…pero prefirió hablar del androcentrismo en los estudios literarios, de cómo los diarios publican cada año artículos sobre los mejores escritores de la década o del siglo en los que no se incluye a una sola mujer… prefirió hablar de escritoras injustamente olvidadas o no reconocidas en su real valor, desde Rosa Chacel o Armonia Sommers o María Luisa Bombal, a María Messina o Gina Lagorio o Anna Kavan…ella tiene una lista extensa en la cabeza. No habló de Flannery O´Connor, ni de Mansfield, ni de Welty, ni de Ginzburg. Tampoco de Blixen, ni de Duras. Mucho menos de Yourcenar, porque todas ellas –mal que bien- han encontrado su espacio. Habló de otras, más oscuras, tanto más ocultas. Sin embargo, a la hora de proponerle a su director el tema, buscó un equilibrio: una escritora sí, una mujer, pero con un prestigio y una consideración ya instituidos, para que le fuera posible conseguir recursos. Y en esa negociación eligió a Doris Lessing.
Tiene un proyecto: saber si existe algo propio, femenino, en el modo de escribir de las mujeres. Detesta la palabra femenino, es una palabra tonta y odiosa. Una palabra cursi. Sin embargo, no encuentra otra que la reemplace. Suponiendo que eso exista y aparezca en la escritura, ella está estudiándolo en la obra de Lessing. Sabrá algo más sobre escritura cuando termine. O tal vez, y ahora le parece que es lo que le importa, algo más sobre las mujeres.
En cuanto a tradiciones, es difícil señalarlas porque seguramente está lo que uno quisiera ser y no es y lo que es sin advertirlo, pero Pavese sigue siendo una marca muy fuerte: el poema relato, la austera/esforzada/ culposa cultura piamontesa, también la idea o el deseo de escritura total (narrar, hacer poesía, escribir reflexiones, editar). No es exactamente él, es "lo piamontés" que en él alcanza un punto de altura, como escribí en unas reflexiones, hace poco:
No sé si es justo decir que encontrar a Pavese fue encontrar una influencia de escritura en mí. Creo que es más que eso, creo que sería más justo decir que encontrarme con sus libros me permitió comprender que la lengua que yo hablaba en casa, el castellano de mi casa y de mi gente, con sus coloraturas regionales, está atravesado, casi tanto como el italiano de Pavese, de una presencia piamontesa libre de ostentaciones y pintoresquismos. Que en su lengua impregnada de hondura, late gris, austera, la tremenda cosmovisión piamontesa del mundo que subyace en mis ancestros y que sostenida por el sustrato regional en que los suyos y los míos habitaron, nos alimenta y nos hermana. Me gusta mucho la narrativa norteamericana del sur, que en muchos puntos refiere un mundo tan parecido al nuestro: los archinombrados Faulkner, y Hemingway también me gustan a mí, y Salinger, Capote, Welty, Mc Cullers, Katherine Anne Porter, y sobre todo y sobre todas Flannery O Connors. Y más acá Below, Cheever, Richard Ford, Carver… También los neorrealistas italianos, otra vez Pavese y Pratolini, Ginzburg, Levi, Vittorini… otros menos conocidos como Ana María Ortese, Gina Lagorio o María Messina y ciertos narradores de aquí y de allá que por razones diversas me apasionan como Berger, Duras, Sebald y especialmente Heinrich Böll.También la narrativa de los realistas argentinos que aparecen hacia la década del sesenta y construyen/narran "una zona": Di Benedetto, Hernández, Rivera, Puig, Saer, Walsh, Conti, Moyano –en algunos momentos de escritura he sentido con mucha fuerza la marca de Moyano-, Uhart, los cuentos de Heker y Valenzuela y otros narradores menos leídos hoy como Kordon, Rosenmacher, Amalia Jamilis, Marta Nos o más descentrados y más próximos generacionalmente, como Copi y el Perlongher narrador. Me gusta lo que hacen con el realismo, como lo miran del revés, esa mirada sobre el mundo de provincias, sobre la gente común. Sus preocupaciones, intereses y temáticas –a diferencia de los de la generación que los precede- son hermanos de los míos.
En la poesía, además del poema relato del que hablaba, me gusta mucho en líneas generales la poesía italiana del siglo XX, la dimensión ética de Montale especialmente, cierta poesía norteamericana cuya lectura me ha marcado como la de William Carlos William, Wallace Stevens o Sandburg, y la de mujeres como Jordan, Moore, Levertov… la uruguaya Circe Maia a quien releo desde hace años, ciertas preocupaciones (aunque en general no su forma estética) de la poesía sesentista argentina, y un largo buceo en los márgenes de la poesía argentina y muy especialmente en la poesía argentina de mujeres, en un afán de conocer la búsqueda de quienes me precedieron, de mis contemporáneas y de las que vienen llegando, que es la búsqueda también de lo escondido, de lo olvidado, de lo que permanece en los bordes.
Mi relación con la crítica y lo académico es buena, muy buena diría. Soy una persona que valora especialmente el estudio, los trabajos teóricos, la reflexión sobre el hacer, y aunque no me dedico de un modo formal a esas cuestiones, me gusta leer ensayos y tengo cierta formación teórica. De modo que respeto profundamente el trabajo académico, la crítica, los estudios formales de literatura y la docencia. Soy el tipo de escritor que jamás diría que los críticos critican porque no saben escribir. Eso no es algo que me quepa a mí. Tengo alta conciencia del oficio y mucho respeto por los oficios. Eso por una parte. Por la otra, he sido afortunada porque se han hecho muchos trabajos críticos, estudios, sobre libros míos, especialmente sobre Stefano, Kodak y La Mujer en Cuestión. Se escribe y publica tanto que si un libro que hemos escrito llama la atención de un crítico es de agradecer.
Considero a la escritura un trabajo, en el sentido en que "da trabajo" hacerla y supone una disciplina, dedicarle tiempo. También, desde hace unos años, es un trabajo en el sentido en que me da ingresos. Sin embargo no me gusta la palabra "escritor profesional" porque aun cuando se esté trabajando en eso todo el día y se reciba dinero por derechos de autor u otras actividades aledañas, hay siempre –es muy interesante que lo haya, me parece- una cierta resistencia a la profesionalización, porque se trata de algo mucho más intenso que el oficio, aunque el oficio sea indispensable. La palabra "profesional" da cierta idea de "adaptado", "ajustado a lo que debe ser" y escribir implica justamente una lucha para sostenerse en un estado de permanente desadaptación interna, de permanente descentramiento y recolocación.
Soy conciente de esa tensión entre hacer(me) pública y resguardarme de lo público. Me parece que todo escritor se coloca/conciente o inconcientemente/ en algun punto entre lo privado y lo público, lo interesante sería que la persona que el escritor es no reemplace a la obra ni se ponga por delante de ella, sino que acompañe a la obra. En lo personal, me interesan los otros porque la escritura es para mí un puente hacia esos otros posibles y en ese sentido me he visto recompensada, porque tengo un cuerpo de lectores que ha ido creciendo lentamente, que me ha seguido de un libro a otro de un modo que muchas veces me sorprende.
* Reflexiones en torno al programa de escritura, hechas a partir de una invitación de la Dra. Susana Romano Sued/Cátedra de Estética/Escuela de Letras/ Universidad Nacional de Córdoba. Argentina.
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Juan sin Letras :: 11/ene/2008 :: ESCRITORES ENTREVISTAS Y NOTICIAS :: No hay Comentarios »

