Eduardo Mendoza
![]() Ficha entorno al factor humano en la literatura: LA RAZÓN, 15 de marzo de 2007
Un Baroja ante la gloria de Tolstoi
Eduardo Mendoza, novelista
Juan Carlos Rodríguez / Madrid
En este caballero de bigote epicúreo se encierra la gran literatura clásica y una bondad que se antoja purificadora y decadente. Mendoza cree ante todas las cosas en la cortesía, tanto como en Roma y Grecia como sustento literario. No en vano afirma que «la literatura y la vida es todo lo mismo. Sólo vivimos lo que leemos, lo que comemos y lo que tocamos». Este traductor que hizo carrera en la ONU y que prefiere ser confundido como lector antes incluso que novelista -«un escritor es un lector que se equivoca y quiere escribir las novelas en vez de leerlas»- acaba de hacerse con el Premio de la Fundación José Manuel Lara a la mejor novela de 2006 por su «Mauricio o las elecciones primarias» (Seix Barral), ocasión para invitarle a reflexionar sobre lecturas que han marcado su propio destino. «La literatura es importante -comienza-, pero lo es por acumulación. Podría haber un libro que cambiara tu vida, pero lo que realmente te cambia la vida es ser lector, alimentarse de las ideas, las imágenes y los acontecimientos que nos han ido transmitiendo en el tiempo y en la distancia».
Claro que hay que ponerle nombres a los continentes de ese atlas de lector ferviente y confeso: «Es fácil contestar a la ligera; menos hacerlo en serio. Hay libros y autores, y hay fragmentos y circunstancias. Baroja, claro, el modelo más próximo y más afín cuando empecé a escribir. El Baroja huraño y sentimental de "Los amores tardíos" o el trepidante de "El escuadrón del Brigante". Luego Cervantes, por supuesto, y no sólo "El Quijote", sino también el humor, la modestia y la perfección de "Las novelas ejemplares". Pero hay otros muchos a los que vuelvo continuamente, incluso otros a los que no soy aficionado pero que me han dado puntualmente el bocadito que necesitaba para saciar el hambre. Y que de algún modo han sido decisivos en mi vida. Esto es la lectura».
La lista evidentemente no se agota: «Dickens, el más divertido y el más rico en registros. Tolstoi, la cumbre inalcanzable. Y bajando de las alturas, Raymond Chandler. ¿Recomendar? Todos y ninguno. Sería como hacer recomendaciones matrimoniales. Cada cual ha de buscar y dejar que el destino se cruce en su camino».
Los libros que lee el autor de «La verdad sobre el caso Savolta» y «La ciudad de los prodigios» hallan su encrucijada en la «mesita de noche», como no podía ser de otra manera: «Siempre está llena. Voy leyendo todos a la vez y de manera un tanto caótica -explica-. Están los clásicos, por supuesto, a los que vuelvo periódicamente: los historiadores romanos y griegos. Además, la literatura del siglo XVIII, que me parece más próxima a nuestro tiempo que la del XIX aunque tenga menor calidad».
Eduardo Mendoza, que en sí mismo encierra una personalidad sugerente -«Mundo Mendoza», de Llàtzer Moix, lo atestigua- y algún buen manojo de evidencias: «Yo creo que se lee mucho. Y la prueba de ello es que hay muchas editoriales y muy pocas quiebran. No nos engañemos, los editores siempre se están quejando, pero a la hora de la verdad tienen resultados excelentes, por mucho que sean menores que los de la industria de la construcción o del petróleo. Lo que quiere decir que la gente compra libros, lee, se entusiasma, vuelve a comprar y sigue leyendo». Y eso es lo que hace Mendoza. Además, escribe.
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