Ficha de historia o anecdotario:
Sobre los germanos primitivos, la más antigua y famosa de nuestras fuentes es la Germania de Tácito. Bibliotecas enteras se han escrito para glosar este tratado; hay quienes ven en él una suerte de Biblia etnológica; otros lo juzgan una utopía, la idealización de un pueblo bárbaro, hecha para destacar, por contraste, la corrupción romana. Gibbon alabó la fiel observación y las diligentes pesquisas de Tácito; para Mommsen, en cambio, la Germania no es otra cosa que periodismo pintoresco. Más razonable que profesar esos dictámenes extremos es suponer que varios propósitos guiaron al historiador; éste quiso registrar los hábitos e instituciones de los germanos del Danubio y del Rhin, y también quiso manifestar su convicción de la decadencia moral de Roma. Tácito era un hombre complejo; bien pudo haber creído en un progreso intelectual de la humanidad (los oradores antiguos le parecían harto inferiores a los modernos) y en un retroceso moral.
Sea lo que fuere, el punto de vista de Tácito es siempre el de un ciudadano romano. Cuando prueba que los germanos son aborígenes, «porque nadie, desafiando los riesgos de un mar horrible, hubiera ido a buscar a Germania, tierra sin forma de ello, de áspero cielo y de ruin habitación», no emite un juicio estético; se limita a señalar los rigores de una región inculta y de un clima frío. Ruskin ha observado que los antiguos carecían de un sentimiento estético del paisaje.
Germania, para Tácito, significaba los territorios actuales de Escandinavia, que él creía una isla, de Polonia, de Alemania y de Austria. La conquista germánica de Inglaterra ocurriría cinco siglos después.
Tácito se refiere dos veces a la poesía de los germanos. Nos dice la primera: «Celebran los versos antiguos -que es sólo el género de anales y memoria que tienen- un dios llamado Tuiston, nacido de la tierra, y su hijo Manno, de los cuales, dicen, tiene principio la nación.» Poco después agrega: «También cuentan que hubo un Hércules en esta tierra, y al marchar al combate entonan cánticos, celebrándole como el primero entre los hombres de valor. Poseen también ciertos famosos cantos llamados bardito, que les incitan a la lucha y les auguran el resultado de la misma; en efecto, porque o se hacen temer o tienen miedo, según más o menos bien responde y resuena el escuadrón; y esto es para ellos más indicio de valor que armonía de voces. Desean y procuran con cuidado un son áspero y espantable, poniéndose los escudos delante de la boca, para que, detenida la voz, se hinche y se levante más»77
De la poesia mencionada por Tácito, nada ha llegado hasta nosotros. Si algo de ella perdura en las piezas que conocemos, no lo sabremos nunca, dada la vaguedad de las referencias.
De hecho, esta inscripción grabada en un cuerno: Eke Hlewagastir Holtingar horna tawrido (Yo, Hlegast el Hölting, hice el cuerno), o dos fórmulas mágicas, los Merseburger Zaubersprüche, inauguran la vasta literatura alemana. La inscripción data del siglo V y es un verso aliterativo con repetición de la H. Las fórmulas están en un manuscrito del siglo X, pero son verosímilmente muy anteriores. La primera fórmula dice: «En un tiempo descendían mujeres sabias, se posaban aquí y allá, unas ataban los lazos, otras detenian ejércitos, otras roían las cadenas: líbrate de las ligaduras, escapa a los enemigos.» Las mujeres invocadas por esta fórmula son, evídentemente, valquirias. La segunda fórmula, también de procedencia pagana, empieza por un diálogo entre Phol (Balder) y Wodan. La pata del caballo de aquél está dislocada; Wodan la cura con estas palabras rituales:
Bén zi bêna / bluot zi blouda
lid zi geliden / sôse gelîmida sî!
Hueso con hueso, sangre con sangre
articulación con articulación, como si estuvieran pegados.
De fines del siglo VIII data la plegaria que ha recibido el nombre de Wessobrunner Gebet. La integran un prólogo en versos aliterados y la plegaria propiamente dicha, en prosa aliterada y rimada. Dice así:
«Esto aprendí yo entre los hombres, como la mayor de las maravillas. Que no había tierra ni firmamento, ni árboles ni montañas. Que no alumbraba el sol ni brillaba la luna, ni el poderoso mar. Cuando no había fines ni límites, estaba Dios todopoderoso, el más manso de los hombres, y también estaban con él muchos espíritus divinos. Y Dios es santo.
»Dios topoderoso, que hiciste cielo y tierra y concediste al hombre tanto bien, dame, en tu misericordia, recta fe y buena voluntad, sabiduría y prudencia y fuerza, para resistir a los demonios y eludir el mal y hacer tu voluntad.»
En el Wessobrunner Gebet se ha percibido un eco de la tercera estrofa de la Voluspa, el gran poema cosmogónico de los escandinavos:
«No había tierra ni firmamento, sólo un abismo abierto. En ningún lugar había pasto.»
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