LA CARRERA CONTRA LAS UTOPIAS
LA CARRERA CONTRA LAS UTOPIAS
LA CABEZA del ser humano se cree más universal que el propio globo terráqueo y mide más que él. Es capaz de pensarse y de repensarse, a sí misma y a toda la humanidad, desde una distancia cualquiera y en forma independiente de la gravedad terrenal. Se escribe, con anticipación, de un modo diferente de aquel con que posteriormente será leída. La cabeza del ser humano es monstruosa. De ahí nuestra extravagancia. Por eso apuntamos, como ningún otro animal (ni siquiera el ave), tan arriba de nosotros mismos. De esta manera, nos rebasa el progreso engendrado por la cabeza. No cabemos en nosotros al olfatear nuestra felicidad, y estrechos de corazón vagamos por los vastos sistemas de la cabeza; el ser humano debe equivaler siempre a más de lo que prometería el fardo de sus disposiciones atadas; siempre se pide cosas mayores a sí mismo, se exige demasiado; siempre tiene que aspirar más arriba, buscar un mundo mejor fuera del tiempo que le ha sido adjudicado y anticipándose a su presente. Mientras los seres humanos están en movimiento —y su búsqueda data de más tiempo atrás que los testimonios reales dejados por su existencia—, se empeñan en alcanzar su utopía, la cual puede ser la seguridad total, de idílicas y estrechas miras, o llamarse, también, el estado teocrático. Durante siglos, se situó allende este valle de lágrimas; luego, se procuró el paraíso sobre la Tierra. No, varios paraísos, pues uno no se daba abasto para comprender tantas concepciones de justicia, del deseo de libertad, de la firmeza de fe, de la voluntad para el orden, de la obsesión con la seguridad. No bastó nunca. Por lo tanto, el ser humano, con esa cabeza grande, superior a este mundo, recurre a su imaginación. Y lo imaginado se vuelve para él realidad, es concebible para él, puesto que cabe en su imaginación; yo diría: le resulta más real que los hechos angulosos en los que diariamente se golpea las rodillas. Quiere averiguar lo que sucede del otro lado de las montañas, aunque cree saberlo ya. Triunfalmente, habla de la utopía concreta. Necesita dejar todo, incluso el cultivo de hortalizas, en la perspectiva correcta. Al igual que el automóvil en comparación con el carro tirado por caballos, Cezanne debe significar, supuestamente, un avance en comparación con Rafael. Siempre lo que existe ahora tiene que ser más grande que lo anterior; y lo que viene, más perfecto que lo actual y lo del pasado. Incluso el giro conservador —”antes las cosas fueron mejores y ahora sólo pueden empeorar”— no es más que una inversión de este monstruoso pensamiento desligado del presente. La cabeza prometeica no se está en paz. Califica de creadora su inquietud indagatoria, errante, siempre atenta al rastro de la utopía. Así, deriva lo nuevo, y de lo nuevo lo más nuevo. Porque aún no había suficientes bases para jactarse y las nubes no sirven como fundamento, durante muchísimo tiempo se produjeron y siguen produciéndose cosas nuevas y más grandes en medio de la naturaleza misma, con la ayuda de una naturaleza encadenada y desencadenada controladamente, o dirigiéndose de lleno contra ella: la síntesis inorgánica y otra utopía ya presente: la fuerza nuclear mediante fisión. En fechas últimas, lo nuevo (y lo más nuevo formado a partir de esto) ha sido creado también fuera de los límites de la naturaleza en su restricción a la Tierra: satélites y estaciones espaciales se encuentran en órbita alrededor de nosotros, nos dejan, visitan otros planetas, regresan y traen conocimientos para lo nuevo que en ciertas cabezas demasiado grandes vuelve concebible, a su vez, lo más nuevo todavía. Los ovnis, por ejemplo, puesto que resultan concebibles, existen y ahora nos visitan: en el cine y en la realidad. El nuevo concepto de Dios ha adoptado la forma de platillo. La salvación o el azote, una vez más, se esperan de fuera. Están trabajándose arcángeles modernos basados en el modelo astral. La redención de este terrenal valle de lágrimas se llevará a cabo en el nivel del espacio sideral. La única dificultad consiste en la utopía del Apocalipsis de San Juan, pues es difícil superarla; y hay que superarla, a toda costa. Si un Hein-rich Schütz actual quisiera expresar en motetes el ansia moderna de salvación de este sobrepoblado valle de lágrimas, su orquesta tendría que producir un sonido aún más descarnado y esférico que los coros del hambre de Schütz durante el tiempo de la guerra de los Treinta Años. Ha de ser posible. Por fin lo logramos: hacer cantar al éter. Por fin hay esperanzas de ganar, al menos vía imágenes, la carrera contra todas las utopías ideadas en cabezas demasiado grandes. Ya existen películas que han alcanzado y comercializado nuestras últimas y penúltimas utopías. Por lo tanto, vamos al cine con toda la familia, en pareja o individualmente, para conocer nuestro futuro. Y el que no quiera ir al cine, porque las películas, incluso las utópicas, por regla general son abreviadas, puede recurrir a los libros; aún somos capaces de leer, aunque ciertamente nos cueste cada vez más trabajo a causa de la falta de concentración y de tiempo entre tantos compromisos; y ciertamente lo hacemos cada vez con mayor vergüenza debido a la conciencia de lo anticuada que es esta actividad, la cual, sin rendir beneficio alguno, nos roba demasiado tiempo; pero las bibliotecas siguen abiertas, la lectura —si bien dentro de determinados límites— todavía está permitida y aún nos tientan los libros, sobre todo los polvorientos.
Berge, Meere und Giganten [Montañas, mares y gigantes] es el título de una grande, exaltada y olvidada novela de Alfred Döblin, publicada en 1924 y que hace falta descubrir de nuevo: este proyecto utópico escrito inmediatamente después de la novela sobre Wallenstein, la cual se antoja una utópica huida hacia el pasado. Es un libro que no se alimenta de las tecnologías más novedosas, a la manera de la ciencia ficción, sino que da por sentada la técnica posible y probable; fue escrito, en sus corrientes principales, como bajo un exceso de presión visionaria: tan reales y difusos son, a la vez, sus torrentes de pensamientos, sartas de imágenes e inflamaciones de sentimientos, que deliran hasta lo ampuloso y de súbito se apagan, inundados por la acción inv niada. En Berge, Meere und Giganten hay gente radicada en ciudades que no conoce los ambientes rurales sino vive en extensos paisajes urbanos; sus cuerpos, inactivos desde hace muchas generaciones por estar exonerados de trabajar, pero mantenidos cuidadosamente con el alimento sintético Meki, llevan unas cabezas gigantes sobre organismos débiles, no sólo a fuerza de la imaginación sino con toda naturalidad. ¿Nuestro futuro? Döblin escribe, al echar una mirada retrospectiva a la mitad del siglo xxvi: Los físicos y los químicos se habían emancipado del cuerpo animal y de las plantas. Hacía mucho tiempo que se recordaban con repugnancia y medias risas las hambrunas que un solo verano de sequía podía provocar en comarcas enteras, esa dependencia absurda del ser humano del calor y de la sequedad. Dichos químicos y físicos no aborrecían nada tanto como los sembradíos verdes, las praderas, la aglomeración burlesca de manadas de ganado… Un poco más adelante, el pretérito imperfecto del narrador se adelanta para informarnos: “La gente se retiraba a las ciudades gigantes. Se encerraba en ellas. Iba liberando la mayor parte de la Tierra. El suelo descansó…” Y luego: La rigurosa y apasionada lucha de los trabajadores terminó. Desde entonces, la población occidental, devorada casi en su totalidad por los paisajes urbanos, se dividió entre el pequeño grupo de los productivos y la enorme cantidad de los inactivos. Los integrantes de estos grupos eran intercambiables, según sus inclinaciones y la demanda del momento. Hubo que ocupar a las masas de holgazanes, de números crecientes, con diversiones y trabajos simulados. La educación uniforme fue abandonada pronto. Se desarrolló una confusa multiplicidad. Los gobernantes contaban con la colaboración de grandes equipos de expertos y parlamentos nominales, los cuales se dedicaban a distraer a las masas inactivas. No es de sorprender que una sociedad dividida en capas semejantes —la cual probablemente veremos realizada, incluso, con los parlamentos nominales ya existentes, más pronto de lo previsto por Döblin— esté en situación de concebir cosas siempre nuevas y nunca antes pensadas, y que lo inventado se vuelva realidad: los magnos reinos transcontinentales, el occidental y el asiático; la guerra de los Urales desatada entre ellos, en la que se manipulan los elementos de la naturaleza; las grandes ligas de mujeres dedicadas a devorar a los hombres en la época del desbordamiento temporal de las ciudades; el deshielo de Groenlandia y otros maravillosos horrores, los cuales sin excepción, descritos en una u otra forma y con variaciones impuestas por el azar, tendrán un futuro gracias a las cabezas humanas demasiado grandes; hasta la página 511 de mi edición de Berge, Meere und Giganten, en la que el último desvarío destructor de la cabeza es asimilado por la fuerza primaria materna Veneska, después de haberse vencido también a los gigantes: “Negro era el éter encima de ellos, con pequeñas esferas solares, montones de estrellas que, centelleantes, se excoriaban. Pecho a pecho, la oscuridad se tendió junto a los hombres, los cuales emanaban una tenue luz.” Este libro ostentoso, cuyo tema es la ostentación del ser humano al querer tomar por asalto el cielo, fue el que me acompañó, que leí para establecer comparaciones, que confronté con los hechos, al hacer recientemente un viaje a Asia y África, donde en todas partes todo es de actualidad il mismo tiempo: las utopías pasadas y las que vuelven los ojos hacia atrás, las ya alcanzadas, las perdidas y las demás, que aún no figuran en el programa. No es cierto que la tesis utópica se mantenga exclusivamente con el alimento sintético del futuro; lo que el pasado le dio de comer hasta el hartazgo es excretado en la actualidad, para que en el futuro pueda saciar su hambre. En Japón —el primer término de mi viaje—, conocí uno de los paisajes urbanos de Döblin, en comparación con el cual la cuenca del Ruhr es un idilio ribeteado de verde: el espacio comprendido entre Kioto, Osaka y Kobe. Desde las ciudades portuarias hasta la antigua ciudad imperial situada en la altura, sería posible describirlo como una superficie extendida en todas direcciones hasta el horizonte, sobrepoblada en conjunto por chozas y grandes edificios, obras en construcción, ruinas dejadas por demoliciones, zonas industriales escalonadas en su interior, acosados templos y templitos, canchas deportivas de un verde artificial y chatarra comprimida en paquete, encerrando a la vez unos olvidados arrozales. Todo se funde con lo que tiene al lado. Los diminutos jardines adornados con piedras y estilizados ala manera tradicional, con los desechos industriales en movimiento, cuyas orillas solapan los cementerios. En los sitios donde el culto a los antepasados, cincelado en piedra —el último trocito del Japón que ilustrase los libros de antaño—, aún puede calificarse de vistoso, es protegido por los ángulos muertos de unas vías de ferrocarril, las cuales conducen al territorio de Tokio, que no está muy lejos: tres rápidas horas en tren a través de una región densamente poblada, dejando de lado la ciudad de Nagoya, con sus millones de habitantes, hasta que otra vez las intrincadas terrazas de arroz y los invernaderos cubiertos con hojas plásticas insisten en que todavía —aunque sea dentro de un espacio estrechísimo— quedan restos de la naturaleza. Pronto, estas zonas metropolitanas se habrán alcanzado en forma de paisajes urbanos. La campiña se conservará sólo como baldío o parque nacional. Y en algún momento —de acuerdo con ciertos indicios occidentales, desde la actualidad; en el libro de Döblin, sólo desde la página 229— comenzará el “desbordamiento de las ciudades”. Pero ¿adonde ir en Japón, donde no hay áreas yermas y que a cada dos pasos limita con el mar? Toda esa diligencia, esa frugalidad entre el arroz y el pescado, esa sonrisa compleja, esa nostalgia reprimida de tierra firme y lontananza, esa capacidad desencadenada ya para alimentar a los mercados del mundo con pequeños aparatos eléctricos y sus accesorios: ¿a dónde irá esta nación que todavía —otra vez— es una potencia en Asia, vencida antaño mediante la fuerza militar y ahora dedicada pacíficamente a buscar su propio provecho? En los almacenes de Japón, que como en cualquier otra parte están repletos, los japoneses, con cara de japoneses, andan entre maniquís de largas piernas cuyos cuerpos de plástico muestran una tez sonrosada y que, vestidos con cortes occidentales, encarnan a la raza blanca. Así quieren ser, deshacerse de los ojos rasgados. Mirar, con grandes ojos azules de muñeca, por encima de todo lo que sea de escasa talla. Al lugar de donde ellas provienen, las reservadas, rubias, altas, quieren ir cuando desborden las ciudades. Pues es seguro que desbordarán… y antes de lo que decía Alfred Döblin. Hartas de su libertad de trabajo, asqueadas por el ocio y el diario alimento Meki, no dispuestas ya a llevar la cabeza demasiado grande sobre su débil cuerpo, las masas huyen de las ciudades. Se desplazan como hordas, estableciéndose por poco tiempo en cada lugar, y buscan una utopía olvidada. Luego, se desbordan otros paisajes urbanos, los asiáticos, los africanos, cuyas masas se mezclan con los nómadas occidentales e inundan el continente transformado en estepa; como una esponja, Europa absorbe a los pueblos desbordantes. La gente de Japón aún permanece en las islas y dentro de los sobrecargados barcos. Aún soporta tener que vivir apretada, encimada, apilada, de una manera parecida a como los miles de millones de pescados secos en los mercados de Japón, ordenados por especie y tamaño y dispuestos en filas entre palitos, se encuentran limpios y salados dentro de cajas en espera de la exportación. Explotan los mares, no sólo los limítrofes sino también los ajenos, lejanos. Pescados, moluscos, algas, hierbas marinas, sargazo, pepinos de mar, varec ártico: todo lo que se pueda secar, prensar, apilar y ordenar en filas, espesar como sustancia ictiológica o moler como harina de pescado lo atrapan y, mientras dure la producción de los mares, alcanzaría para nutrir al mundo. Sólo habría que admitirlos en todas partes: acudirían con su técnica, con su pescado. Ya están extendiendo las plantaciones de sargazo en el mar. Ya encabezan la producción de peces de cría. Ya saben preparar hojas de gelatina, de un color verde subido, con base en una masa de algas, cortarla a discreción a los tamaños de uso corriente, sellarla en envolturas de plástico y acopiarla; hasta el año 2000, por sólo mencionar un número. Y entre los productos marinos adaptados a las demandas del mercado, los cuales, si fueran asignados a las zonas de escasez del mundo y simultáneamente se dejara los mares y su explotación a los japoneses, que todo lo aprovechan, por fin derivarían en la alimentación total del mundo y obligarían a otra utopía a marchar al compás, vi en las tiendas contiguas pequeños aparatos de diferentes tipos, hasta del tamaño de una uña, aparatos de cuyo funcionamiento no entiendo nada pero que, debido a los bajos costos de su producción con reducidos salarios, alcanzarían para abastecer al mundo, como de algas secas, con máquinas de uso popular para el almacenamiento de datos, con computadoras familiares y otros juguetes bonitos, en la medida en que los mercados estén abiertos. En el espacio intermedio, nada. Aquí, el inmenso producto natural con olor a pescado; allá, las más recientes chanzas tecnológicas, que no huelen a nada. En medio, el agujero. Un vacío total. Entre el pescado y la electrónica, los japoneses cuelgan de los hilos restantes de una persistente tradición y están atrapados por la red de las neurosis modernas. Son pacíficos, a excepción del terror y el contraterror usuales también en otras partes, en todo el mundo. Diligentes y puntuales a la vez. Ante las dimensiones del pasado agresivo que compartieron y su actualidad saturada de verdades reprimidas, los alemanes y los japoneses pudieran hacer intercambio de lugares comunes nacionales. Supuestamente son comparables, aunque los japoneses tengan, supuestamente, una constitución orgánica distinta: supuestamente, los productos lácteos les hacen daño al estomago. Supuestamente, ambos pueblos se han democratizado en una medida tal, como pecadores arrepentidos, que ya no persiguen a sus minorías, máxime cuando Alemania desde entonces quedó prácticamente despojada de judíos; pues también en Japón se tolera a los etas, a saber: los impuros. Habrá entre dos y tres millones. Es difícil obtener informes, que sólo se susurran a escondidas. En tiempos remotos, los japoneses comían carne y podían digerir los productos lácteos. Al llegar los budistas en el siglo VI y prohibirles que mataran, la nueva doctrina se restringía a las reses de matanza; el consumo de carne se consideraba impuro. Incluso se dejó de comer productos lácteos. Desde entonces se detesta a los matarifes, los carniceros, los curtidores y los zapateros. Se les llama etas. Existen en todo Japón: congregados en pueblos o dispersos en forma individual, con particular frecuencia dentro y alrededor de Kioto, Osaka e Hiroshima. No sufren persecuciones, pero sí privaciones. Por mucho cuidado que pongan en ocultar su origen, en algún momento sale a la luz que son etas. Así, pierden su posición profesional y, por lo tanto, la social; empiezan a descender, entre toda la gente en vías de ascenso. Desde luego existe un movimiento de emancipación en el Japón moderno, al igual que en otras partes, para defender a las minorías. En el parlamento hay diputados socialistas y comunistas que pertenecen a la clase de los etas pero que por lo pronto aún discuten entre ellos, claro está que por motivos ideológicos. Casi me alegró que también en Japón, pese a su equilibrio que casi raya en la monotonía, hubiera problemas de minorías. Se trata de algo que aún distingue a este mundo: el hecho de que la humanidad que la habita, a diferencia de las masas futuras de Döblin, que superaron toda separación de razas, esté salpicada de minorías en todas partes. En Japón son los impuros devoradores de carne, a los que los productos lácteos no hacen daño; en Indonesia, los incansables chinos hacen el papel de judíos, al impulsar el comercio pero también el alza del interés usurario. Cuando en 1966, después de la caída de Sukarno, empezó la terrible purga por temor a los comunistas y encubierta con el pretexto de este peligro, entre 200 mil y 400 mil personas fueron muertas, entre ellas muchos miles de chinos que se hicieron sospechosos de comunistas por ser especialmente duchos en los negocios e invertir su capital en forma lucrativa. Y en África Oriental, el último lugar al que me llevó mi viaje, los etas japoneses y los chinos indonesios desempeñan el papel del judío en forma de hindúes. En Uganda, Idi Amin mostró cómo tratar a las minorías. Son necesarias para que, debidamente exprimidas, impulsen la economía; se las mata porque tienen que hacer el papel de enemigos interiores; se deja que sobreviva una parte de ellas porque no es posible quedarse sin un enemigo en el interior. ¡Bello Tercer Mundo! Indonesia es una pobre tierra rica, verde, exuberante, bendecida con tres cosechas de arroz al año. Arruinada ya por los holandeses, ahora está infestada de la corrupción nativa. Un tercio de su demanda de arroz tiene que importarse, mientras que los japoneses, que también consumen arroz, cuentan con un excedente para la exportación, en medio de los desechos industriales y sin la bendición de tres cosechas. Ventiladores, bicicletas, motocicletas, implementos fotográficos, todas las menudencias técnicas inventadas por el ser humano para multiplicar sus necesidades: casi todo ello proviene de Japón, de Hong Kong y de Singapur, los tres paisajes urbanos dominantes cuyos centros de abastecimiento se elevan hasta el siglo XXI, mientras que a los pies de las fachadas de vidrio y entre sus mutuos reflejos se extienden las zonas de miseria, perdura la Edad Media y es muy de hoy el miedo a los demonios. Artículos baratos y mercancías de contrabando recorren las vías de transporte de la corrupción, las únicas que están abiertas. Y puesto que la práctica de los sobornos acostumbrada en Indonesia abre las puertas de par en par a todo el mundo, desde Siemens hasta Unilever, se permite que los japoneses talen lejos, en Borneo, las últimas selvas de maderas preciosas, de manera tan intensamente racional, por cierto, que no queda ni pizca de sueños tan ignorantes como el de la reforestación. Ya están adentrándose en el mar de Java. Pronto habrán obtenido, por vía de trámite de la corrupción, los derechos de la pesca marítima entre las 12 mil islas; pues el gobierno indonesio se ocupa en forma tan exclusiva de retener el poder, asegurar sus prebendas e hinchar sus cuentas bancarias en Suiza, que no sobra tiempo para hacer lo que es evidente por los 120 millones de indonesios restantes, de los cuales 80 millones se multiplican apiñados en Java: transformar la pobre pesca costera en una pesca de altura que por medio de redes de frigoríficos —¿por qué no con la ayuda de Siemens?— abastezca al país de pescado. Pero Siemens tiene las miras puestas en negocios más ágiles. Y la pesca de altura hay que dejarla a los japoneses. Ellos saben de eso. No sólo son buenos para sacar cientos de miles de motocicletas y millones de lindas calculadoras de bolsillo; saben que todo depende del pescado y de los otros productos del mar: el futuro y la supervivencia. Pues todavía no hemos llegado tan lejos como Alfred Döblin, con sus adelantados torrentes de pensamientos. Aún no hay fábricas de Meki que en todo el mundo y en forma gratuita suministren el alimento sintético a los paisajes urbanos y sus zonas de miseria. O quizá ya se haya llegado a tal punto pero aún se oculte el trascendente invento, tal como según Döblin lo hicieron los senados industriales de los paisajes urbanos ingleses. El inventor Meki, un cínico sabio que no vivía más que para sus invenciones, fue encarcelado durante diez años, hasta que se suicidó: “Londres comprendió que había que lograr el dominio exclusivo sobre todos los secretos de la síntesis y las instalaciones, y que de esta manera se entraría en posesión de un medio de poder sin igual.” En Döblin, las cabezas grandes de Europa son las que mediante la representación exclusiva del alimento Meki —más tarde se erigen monumentos al suicida— aseguran la supremacía; opino, más bien, que los japoneses encabezarán este renglón. Son tan discretos, tan cortésmente tenaces. Han transferido su capacidad para realizar el vuelo destructor y autodestructor del kamikaze a objetivos pacíficos. Tranquilos, no bulliciosos como los fanfarrones estadunidenses; modestos, no poseídos por la arrogancia de los europeos de grandes cabezas, introducirán sus innovaciones; aún dominantes en los mercados de motocicletas, implementos fotográficos, computadoras en miniatura y pescado seco, las fábricas japonesas de Meki ya se han adjudicado las primeras participaciones en el mercado del alimento sintético universal. Las ventas son reducidas todavía, el producto resulta un poco cómico y grotesco —¿no leímos sobre esto en un grueso mamotreto futurista cuyo autor se llamaba Döblin?—, pero la demanda sube: entre los mimados, por curiosidad; entre la masa, por necesidad. Pues ésta aumenta. Posiblemente se estanque todo lo demás. Cualquier avance puede convertirse en retroceso. Quizá en tierras europeas se amontonen las pensiones a pagar y permanezcan vacías las escuelas, porque en algún momento se engendraron muy pocos niñitos, pero Asia no conoce ninguna baja en el índice de natalidad a causa de la pildora: por todas partes hay niños, en los cinturones de miseria, en los pueblos. Niños hermosos, niños alegres. Niños callados, malnutridos y locos por engendrar, a su vez, más niños, porque los niños dan un bullicioso sentido a la vida, porque incluso los más pobres tienen permiso para reproducirse más y más, porque un gran número de niños sustituye el seguro social inexistente, porque a ninguno de los poderosos nacionales se le ocurre remplazar este seguro social de los pobres —que conforman la gran masa de la población—, el cual está basado en la abundancia de niños, con un sistema social. Pues eso sería socialismo. Y el socialismo —lo mismo dice el señor Filbinger muy lejos, en Stuttgart— conduce directamente al comunismo. Por eso —no por la voluntad de Dios— se desarrolla diariamente, y ya no a cámara lenta, el único crecimiento de la actualidad, la explosión demográfica, la cual tiene como consecuencia otros incrementos: el desempleo, la escasez, la desnutrición, las epidemias, el hambre. Y si los japoneses, que según Döblin son ingleses, no fueran a estar pronto en situación de abastecer a la humanidad de un sintético alimento. Meki, además de computadoras populares y bancos de datos universales, tendríamos que abandonarnos a la desesperación, porque ya no funcionaría nada en absoluto. Así hablamos los escritores. Para nosotros, la trama siempre continúa: al garantizar las fábricas de Meki la gran satisfacción del hambre por medio de su alimento sintético, la humanidad, inactiva y siempre satisfecha, empezó a perder fuerzas y a cansarse de sí misma. La peligrosa indiferencia que de súbito surgió para corromper todo… —apunta el autor Döblin—. La suntuosidad, los juegos y las bacanales tenían poco efecto ya. Los objetos de moda producidos por las máquinas, bellos, arrobadores e incitadores a la vida, eran presentados a la gente, que hacía una mueca de disgusto. Todos se dedicaban a resolver los viejos y olvidados trajes. A fin de contrarrestar dicha debilitación y la peligrosa vuelta retrospectiva de la humanidad, los senados, regidos por la industria en los paisajes urbanos occidentales, provocaron la guerra de los Urales. Cuando las barreras de fuego móvil terminaron de devorarse mutuamente, arrastrando consigo a las masas occidentales y asiáticas, el comienzo de un periodo de paz prometió restituir el cotidiano consumo de Meki. Entonces, los paisajes urbanos se desbordaron. La gente se escapó de los que manejaban los aparatos de alcance cercano y lejano. Los movimientos de colonizadores pusieron en peligro al globo terrestre. Los aperos agrícolas fueron desenterrados. Los chamanes, llamados “embaucadores”, predicaron la vuelta a la naturaleza. Por lo tanto, las cabezas grandes tuvieron que inventar otra vez algo nuevo, una tarea para la humanidad. Emprendieron el deshielo de Groenlandia: un desastre de dimensiones sobrehumanas que enfurecería a la naturaleza, logrado sin la energía atómica creada para los desastres actuales por nosotros, en cabezas demasiado grandes y anticipándonos a cualquier utopía. No se preocupen, algo sobrevivirá; también en Berge, Meere und Giganten hay supervivencia: reducida y ajustada a medidas arcaicas, ciertamente, pero con cabezas más pequeñas otra vez. En sustancia, todo se lleva a cabo de otra manera en el futuro de Döblin. No tiene lugar ninguna guerra de las galaxias. Ningún cuerpecito astral del tercer tipo nos visita. Como debe de ser, todo permanece sobre el tapete terrenal, el cual a veces nos es sacado lentamente, como por motivos de prudencia, de debajo de los pies, para luego ser quitado de un tirón y hacer tropezar a la humanidad. Las tecnologías más modernas no aparecen tampoco, o sólo por alusión; su diseño es indiferente, como hecho sin cuidado. No se profundiza en ningún detalle a fin de lograr una diestra verosimilitud. Incluso las fábricas de Meki quedan en meras afirmaciones. Durante la guerra de los Urales y otros intentos de traza clásica para resolver los conflictos, se habla como entre paréntesis de armas de rayos a grandes distancias, denominadas, en una palabra, “aparatos”. El deshielo de Groenlandia, ese magno espectáculo, se hace posible mediante los velos de turmalina cuyo poder fue almacenado, en preparación para ello, al hacer estallar y recoger la fuerza de los volcanes de Islandia. Döblin lo dice y he ahí que se hace realidad; tan creíble resulta como el hecho de que en el mundo futuro de Berge, Meere und Giganten no haya escritores. Desde el principio están ausentes. Nadie escribe y nadie imprime. Puesto que nadie lee, no hay confiscación de libros prohibidos. En una sola ocasión, cuando el sintético alimento Meki produce una debilitación general y peligrosas evocaciones del pasado, se indica: “Los alemanes tomaban la pesada Biblia, hojeaban el libro de misa, cantaban tristemente en el bosque.” Aparte de esto, no hay ejemp’os de tipo literario. Puesto que, pese a toda la violencia y la contraviolencia, con toda la destrucción de individuos y de masas, no se detiene a un solo escritor, no hay necesidad de otros escritores que protesten contra su detención o expulsión. En forma previsora, Döblin se saltó su existencia como autor, la quema de libros, su exilio durante el tiempo de los nazis: su profesión queda como sin futuro. Sin embargo, no llegamos a tanto. Aún no. En Japón, Hong Kong, Indonesia, Tailandia, la India o Kenia, en África, en todos los lugares a los que llegué para seguir —según previo acuerdo— la agenda fijada por los Institutos Goethe, hay escritores, es decir, personas que de manera vacilante y anticuada, por ser imposible de acelerar con tecnología alguna, crean palabras, forman frases y ayudan a las distintas realidades contradictorio de los que manejaban los aparatos de alcance cercano y lejano. Los movimientos de colonizadores pusieron en peligro al globo terrestre. Los aperos agrícolas fueron desenterrados. Los chamanes, llamados “embaucadores”, predicaron la vuelta a la naturaleza. Por lo tanto, las cabezas grandes tuvieron que inventar otra vez algo nuevo, una tarea para la humanidad. Emprendieron el deshielo de Groenlandia: un desastre de dimensiones sobrehumanas que enfurecería a la naturaleza, logrado sin la energía atómica creada para los desastres actuales por nosotros, en cabezas demasiado grandes y anticipándonos a cualquier utopía. No se preocupen, algo sobrevivirá; también en Berge, Meere und Giganten hay supervivencia: reducida y ajustada a medidas arcaicas, ciertamente, pero con cabezas más pequeñas otra vez. En sustancia, todo se lleva a cabo de otra manera en el futuro de Döblin. No tiene lugar ninguna guerra de las galaxias. Ningún cuerpecito astral del tercer tipo nos visita. Como debe de ser, todo permanece sobre el tapete terrenal, el cual a veces nos es sacado lentamente, como por motivos de prudencia, de debajo de los pies, para luego ser quitado de un tirón y hacer tropezar a la humanidad. Las tecnologías más modernas no aparecen tampoco, o sólo por alusión; su diseño es indiferente, como hecho sin cuidado. No se profundiza en ningún detalle a fin de lograr una diestra verosimilitud. Incluso las fábricas de Meki quedan en meras afirmaciones. Durante la guerra de los Urales y otros intentos de traza clásica para resolver los conflictos, se habla como entre paréntesis de armas de rayos a grandes distancias, denominadas, en una palabra, “aparatos”. El deshielo de Groenlandia, ese magno espectáculo, se hace posible mediante los velos de turmalina cuyo poder fue almacenado, en preparación para ello, al hacer estallar y recoger la fuerza de los volcanes de Islandia. Döblin lo dice y he ahí que se hace realidad; tan creíble resulta como el hecho de que en el mundo futuro de Berge, Meere und Giganten no haya escritores. Desde el principio están ausentes. Nadie escribe y nadie imprime. Puesto que nadie lee, no hay confiscación de libros prohibidos. En una sola ocasión, cuando el sintético alimento Meki produce una debilitación general y peligrosas evocaciones del pasado, se indica: “Los alemanes tomaban la pesada Biblia, hojeaban el libro de misa, cantaban tristemente en el bosque.” Aparte de esto, no hay ejemp’os de tipo literario. Puesto que, pese a toda la violencia y la contraviolencia, con toda la destrucción de individuos y de masas, no se detiene a un solo escritor, no hay necesidad de otros escritores que protesten contra su detención o expulsión. En forma previsora, Döblin se saltó su existencia como autor, la quema de libros, su exilio durante el tiempo de los nazis: su profesión queda como sin futuro. Sin embargo, no llegamos a tanto. Aún no. En Japón, Hong Kong, Indonesia, Tailandia, la India o Kenia, en África, en todos los lugares a los que llegué para seguir —según previo acuerdo— la agenda fijada por los Institutos Goethe, hay escritores, es decir, personas que de manera vacilante y anticuada, por ser imposible de acelerar con tecnología alguna, crean palabras, forman frases y ayudan a las distintas realidades contradictorias a asumir una nueva realidad ficticia, o sea, literaria, y que por lo tanto se dedican a un oficio peligroso, puesto que las realidades no literarias y quienes las manejan por regla general se adjudican un sentido político o, dicho de otra manera, exclusivo. No quieren dejar valer junto a sí a ninguna otra realidad, aunque sea ficticia. De ahí que en todas las regiones del mundo donde tiene validez una sola realidad se haga callar a los escritores mediante la censura, la prohibición y la confiscación de sus libros, mientras que ellos son expulsados del país, arrestados o eliminados definitivamente de todas las realidades. Esto le ocurrió en Indonesia, hace más de doce años, al escritor Pramudya Ananta Toer, cuyos libros tratan sobre la estrecha realidad de los campesinos sin tierra, oprimidos por los intereses usurarios y la corrupción. Razón suficiente, desde el punto de vista de los sucesores de Sukarno, para encerrarlo por comunista en el campo de concentración de una isla, junto con miles más. Durante doce años no hubo ningún juicio; ninguna amnistía le era aplicable. Las apelaciones y las solicitudes no fueron atendidas. Los militares del estado isleño de Indonesia, preocupados únicamente por su poder, temían al escritor; y con este temor no hacen aisladamente el ridículo, sino que cuentan con compañía. Ahí de donde soy —dos veces Alemania— y en los lugares a los que llegué —fuese Tailandia o Kenia—, desde siempre se ha sido capaz de tratar a los escritores, o rápidamente se aprendió a hacerlo. No hablemos de la República Democrática Alemana —eso lo sabe cualquiera—; reconozcamos, con una franqueza todavía mayor, que nuestro sistema de espionaje alemán federal está impulsando un desarrollo enraizado en la tradición alemana, el cual en las naciones del Tercer Mundo, apenas lograda la independencia, se ha convertido en una sombría práctica cotidiana. Desde comienzos del presente año, el escritor Ngugi Wa Thiong’o, de Kikuyu, se encuentra detenido en un sitio ignorado. A la clase dirigente de Nairobi le es indiferente que tal uso de su poder no se distinga en nada de los abusos cometidos en Sudáfrica y en Checoslovaquia, en Chile y en la Unión Soviética. En el trato con las personas que, además o al lado de la realidad prescrita, ven, sueñan, exigen o incluso, como lo hacen los escritores, describen otras realidades, las ideologías se han unificado. Su demanda de seguridad les recomienda esta unificación. Por hostiles y mutuamente exclusivos que pretendan ser los sistemas capitalista y comunista cuando el objetivo es conservar la propia seguridad o —en lenguaje dominical— guardar la paz interna, están de acuerdo en el abuso del poder. Puesto que soy escritor, esta armonía diabólica se me revela en primera instancia mediante el destino de otros escritores; pero quisiera agregar que cientos de miles que no son escritores deben su exilio, su detención o, con bastante frecuencia, su muerte al mismo convenio ideológico. No obstante, los escritores se prestan especialmente a ello. Se hacen sospechosos a causa de su anticuada frugalidad. Se dan abasto con casi nada: un poco de papel. Viven de las contradicciones. Lo que inventan adquiere una forma, se vuelve independiente, actúa sin responder de ello. Eso no debe ser posible. Perturba la paz, amenaza la seguridad, promueve el radicalismo, entorpece el progreso, sólo pone en duda, mientras lo que necesitamos son respuestas: unívocas, prácticas, relacionadas con nuestra actualidad. ¡Eso es! Por ello ya no figuran escritores en Berge, Meere und Giganten. Con Döblin, la humanidad ha avanzado. La gran concordancia entre las ideologías predominantes desa rrollada en nuestra actualidad no los necesita, ni siquiera como adorno, y hace mucho tiempo que se deshizo de estos molestos preguntones; es posible que todavía existan, pero ya no escriben: son las soñadoras figuras al margen de los acontecimientos que no buscan una forma de expresarse sino que se consumen sin medio de comunicación. Queda sólo la literatura viva practicada fuera de las galeras; por ejemplo, el extraño Jonathan. Su madre pertenecía a la nueva clase dirigente, a la aristocracia tecnológica. Pese a que después de finalizar la guerra de los Urales toda investigación fue prohibida en el paisaje urbano de Berlín por el régimen absoluto de los cónsules Marke y Marduk, ella colaboraba a escondidas con un grupo que se había propuesto como objetivo mejorar el alimento sintético mediante acelerados procesos de crecimiento. El cónsul Marduk también pertenecía a este grupo, del cual se separó para ordenar un retroceso radical: deseaba eliminar incluso el acostumbrado alimento Meki, sólo que en el paisaje urbano densamente poblado que se extendía entre el Oder y el Elba se carecía de campos de cultivo y de pastoreo. En el curso de una purga, Marduk mandó detener a 21 científicos, entre ellos a la madre de Jonathan, para encerrarlos en un bosque experimental cuyos troncos y ramaje comenzaron a brotar, crecer y segregar fluidos de tal manera que los cuerpos de los científicos quedaron absorbidos por ellos. Una masa natural susceptible de entrar en combinaciones siempre nuevas, sintética, por decirlo así, logró que los inventores del milagro del crecimiento fuesen asimilados completamente por su creación: El crecimiento descomunal, chorreante, crujiente, aplastó, atoró, trituró.y revolvió a la gente, destrozó sus cajas torácicas, rompió sus vértebras, juntó los huesos de sus cráneos, vertió sus blancos cerebros sobre las raíces. Los troncos se tocaron… Marduk oprimió la cabeza excesivamente grande contra la ventana: “Se acabó. Ustedes ya no podrán más.” Quedaba el joven Jonathan, un protegido de Marduk, ese hombre obsesionado con el poder, y de diversas mujeres que despóticamente presidían las ligas femeniles, unas corrientes contrarias al mundo de los hombres, pero igualmente ambiciosas. La constante lucha entre los sexos estallaba en reiteradas llamaradas; Jonathan, sufrido y sensible, no estaba ligado unívocamente a ninguno de los dos bandos y se paseaba, tambaleante, en medio de su enfrentamiento. Como potencia sensible pero desprovista de medios de expresión, encarnaba al escritor que ya no escribía: el juguete de los poderes, dentro de cuyo arsenal de terror se reunían todos los atroces recursos de los sistemas contemporáneos; de la misma forma que aquel sintético bosque experimental fundió a sus inventores. Al igual que en la novela utópica 1984 de George Orwell, en Berge, Meere und Giganten de Döblin todas las ideologías que en la superficie aún son adversarias hoy en día han llegado a un entendimiento. En el colectivismo oligárquico de Orwell, las estructuras fascista y estalinista se han vuelto una sola dentro del sistema universal del poder, es decir, manejan juntas el gran banco de datos que abarca todo, ya sin la distinción de los emblemas contrarios y más bien como síntesis de ambos sistemas de poder; dicha tendencia futura cobra una realidad semejante en la novela de Döblin. En ambos libros, nuestros sistemas sociales del momento, de tipo capitalista o comunista, con sus regímenes militares clerical-fascistas o medio comunistas como características subordinadas, lo mismo que conceptos tales como la democracia y el liberalismo o la autonomía obrera y el socialismo democrático, dejaron de existir o, mejor dicho, se volvieron irreconocibles, puesto que se han fundido en una voluntad de poder única y total, la cual controla todo y cuyas agresiones acumuladas se desfogan, sin las justificaciones ideológicas aún usuales en la actualidad, mediante guerras continentales, acciones regionales de pacificación y, ocasionalmente, luchas entre los sexos. Es cierto que seguimos hablando de humanismo; es cierto que como cotorras evocamos los logros del racionalismo europeo, los valores de la ética cristiana, el derecho del individuo y, de manera general, los derechos del hombre y el derecho al trabajo, pero la realidad descrita como futura por Döblin y posteriormente por Orwell ha comenzado ya; existe la perspectiva de alcanzar los banderines de estas metas utópicas antes de llegar al punto en que fueron fijadas y fechadas. Sea en Asia o en África, ninguno de los sistemas de poder establecidos o a establecer mediante tantos cambios de régimen efectuados a discreción admitiría una definición unívoca de acuerdo con las ideologías tradicionales; antes bien se perfila en todas partes el colectivismo oligárquico predicho por Orwell para 1984 y asignado por Döblin a sus paisajes urbanos como sistema de poder y de control. No importa que en Indonesia o Tailandia las capas dominantes resulten anticomunistas y, por este motivo, totalitarias; no importa que los potentados en Birmania o Camboya se definan como socialistas y ejerzan su gobierno total por razones de anticapitalismo y antimperialismo: el rasgo común a todos los Estados mencionados es que, con su intercambiable máscara ideológica y la sucesión ininterrumpida de las capas dirigentes, están integrándose en un colectivismo universal provisto por las naciones industriales de ambos bloques, de una manera basada libremente en Döblin y en Orwell, de la infraestructura tecnológica necesaria: desde el banco de datos hasta el material fisionable. No es sorprendente que en este futuro actual los escritores se balanceen entre las potencias como conmovedores anacronismos, al igual que aquel Jonathan: es cierto que siguen escribiendo; es cierto que sus llamados y protestas están suscritos, como siempre, por la pasión del humanismo; es cierto que en uno u otro lugar se atribuye demasiado valor a su peligrosidad, son encerrados, desterrados a islas y expulsados del país, o que se pretende —como Filbinger a mi colega Hochhuth— cerrarles el hocico mediante la decisión de un tribunal; es cierto que aún se les necesita un poco y que con premios y becas se promueve lo que en otras partes sería merecedor de sanciones; es cierto que por regla general se finge querer cuidarlos todavía por un tiempo, como a una especie animal en extinción, pero es posible reconocer, como algo más que sólo una vaga sospecha, por qué los escritores ya no son capaces de expresión alguna en la realidad futura de Döblin; sólo existen como seres histéricos y sensibles, como Jonathan: sin recursos y sin papel. No obstante, incluso al reducirlos de esta manera resultan molestos, deambulan extrañamente por los paisajes urbanos; y la fuerza de sus sentimientos, que ha quedado sin medios de expresión y por lo tanto brilla con una intensidad mucho mayor, es considerada irritante. Emanan una ternura alegre, una compasión desbordante, la nostalgia de un pasado que desearía soñarse como futuro y un anticuado amor al prójimo. En medio de los insensibles sistemas de poder, conservan su sensibilidad. Ningún terror los intimida lo suficiente como para impedir que comuniquen sus pensamientos. Entre la pobreza de las enormes zonas de miseria de este mundo, en regiones de sequía de cuyos últimos recursos se apodera la corrupción promovida por el Estado, en todos los lugares donde la injusticia calla ante Dios, vi actuar a Jonathan. Como hombre o mujer. No tiene sexo. Es el sentimiento en acción, desprendido de la utilidad y del éxito; probablemente también sea un reflejo de aquel doctor Döblin que en el Hospital Urban de Berlín asistiera a los pobres. En Tailandia hay un joven médico que dirige un hospital de diez camas en Prathai, el distrito del noroeste, en medio de una provincia asolada por la sequía y el hambre. Es una persona juvenil, a primera vista, de 28 años de edad y alegre: la acostumbrada sonrisa nacional. Lo vi ejercer, concentrado, su actividad prácticamente inútil como el único médico para los 80 mil habitantes del distrito. Las epidemias, la tuberculosis, la tardía solicitud de esterilización, una nutrición equivocada y deficiente y las enfermedades coronarias rigen su jornada laboral. La región es dominada por unos cuantos terratenientes ricos que mediante las bandas armadas a su servicio se apropian de los últimos búfalos de agua de los empobrecidos campesinos. La policía encubre a los terratenientes. El médico lo sabe, pero es impotente. Ha tomado su decisión en favor de los niños desnutridos y sus lombrices. En forma objetiva, como si sólo desease confirmar los datos recogidos por la estadística regional, nos explicó las causas —una alimentación incompleta basada en el arroz, la falta de vitaminas B,, B2 y A y de proteínas— y nos mostró los síntomas: el cabello descolorido y quebradizo, las enfermedades oculares, las comisuras de la boca infectadas, las erupciones cutáneas, los vientres inflados. Si se opusiera al terror ejercido por las bandas y a la corrupción general del Estado, tendría que abandonar a los niños y los enfermos y refugiarse en la selva, donde se congrega la resistencia. Este médico quiere quedarse donde está, mientras se lo permitan. Antes había bosques en la región, pero fueron sometidos a tala exhaustiva, como es la costumbre en el país. Nos enteramos de que desde entonces no caen lluvias, ni siquiera durante la temporada de los monzones. El médico no puede transportar a los enfermos de gravedad; carece de ambulancia. Las interrupciones en el suministro de energía eléctrica son cosa de todos los días. Su irrisorio salario mensual. ¿Qué mueve a este médico a aguantar en su hospital sin agua? Es un caso aislado. En los distritos contiguos no hay médicos como él. Nació en Prathai, estudió en Bangkok y regresó, después de concluir la carrera, a su distrito de origen. En Bangkok hay una multitud de médicos. Ninguno de ellos desea ir al campo, a las zonas de sequía. Quieren permanecer en las ciudades, soñar con un consultorio en Europa o Estados Unidos. ¿Por qué hablo de este solitario médico? Porque quiero contraponerlo a él, que volvió a su provincia, con los miles de médicos asiáticos y africanos que estudiaron en Europa y en Estados Unidos para quedarse ahí, que no regresaron a sus provincias: médicos sobre el papel, perdidos para sus países. Muchos se dicen solicitantes de asilo, cuando en verdad han huido de su deber. Ese médico aislado pone en duda a todos. Con base en su comportamiento hay que medir la negativa de aquéllos. Su ejemplo debiera inspirarles vergüenza, pero temo que se rían de él. En Khlong Toei, el gran cinturón de miseria del distrito portuario de Bangkok, conocí a una joven que podría ser la hermana del médico de Prathai. Nacida y criada en el lugar, permaneció ahí a pesar de ser maestra. Se dedica a dar clases a los niños no registrados que, por no estarlo, no son admitidos en ninguna escuela pública. Khlong Toei consiste en una maraña de chozas de madera colocadas sobre postes que se hunden en un pantano alimentado con desperdicios y excremento, el cual crece, durante la temporada de los monzones, hasta cubrir los pasadizos entre los tinglados. Aquí viven 60 mil personas, de las cuales ocho mil son niños pequeños. La ayuda de la joven maestra alcanza apenas para cien niños. Diariamente les reparte sendas tazas de leche de soya diluida. La leche de soya es donada por Terre des Hommes, que apoya al médico de Prathai con medicamentos. Las famosas gotas en el mar son las únicas que cuentan todavía. En su inutilidad, el trabajo del médico y la escuela del barrio pobre (incluida la leche de soya) sostenida por la maestra me parecieron más reales y honestos que muchos proyectos de altos vuelos para la ayuda al desarrollo, cuyos recursos se escurren en gran medida por los círculos administrativos y finalmente producen resultados dignos de exhibición que sólo sirven para incrementar el abismo entre la región subdesarrollada y la obra extraordinaria tan altamente dotada: llámese fábrica de acero, fábrica semiautomática de fertilizantes, superclínica o incluso, como en Yakarta, imprenta de fotocomposición, la cual no imprime libros de texto, según prescribía el proyecto, sino que está dedicada principalmente a adornar material de empaque con imágenes. Hay que importar el papel, desde luego, pues en lugar de someterse a la pena de promover una producción indonesia de papel se prefirió dar el segundo paso antes del primero, mediante la construcción de una imprenta, orgullosa de los últimos avances técnicos (y apoyada por las aportaciones de capital donado con beneficios fiscales por editoriales alemanas federales y holandesas), pero sin sentido alguno, la cual, para no caer en números rojos, diariamente vomita unas envolturas que hacen subir los precios de los productos en un país que de suyo es pobre; la planificación equivocada como negocio deducible de impuestos. ¡No, señor Klett y socios! Entonces es mejor Terre des Hommes y las muchas gotas en el mar. Esta pequeña organización de socorro financiada mediante donativos particulares, que no cuenta con el apoyo de medios estatales ni con aportaciones eclesiásticas, se concentra especialmente en la precaria situación de los niños en las zonas de miseria. De ellos no hay escasez. El único crecimiento verdadero de nuestra actualidad —el desenfrenado incremento de la población mundial— viene acompañado, aparte del aumento correspondiente en el desempleo y la desnutrición, de la huida de los campesinos explotados desde sus provincias de sequías y hambre a los cinturones de miseria de las ciudades. Aquí se perfila el futuro. Aquí se trazan los escenarios para los conflictos masivos de Döblin. Aquí, en los paisajes urbanos, los mundos vecinos sufren un duro choque recíproco. En Bombay, por ejemplo. Unas 70 mil personas vivían en la Janatha-Colony que actualmente se llama Cheetah-Camp, uno de los suburbios pobres más grandes de la región metropolitana de Bombay donde, entre siete millones de habitantes, aproximadamente dos o tres millones, según las fluctuantes estimaciones, radican en las zonas de miseria. Justo al lado del antiguo terreno de la Janatha-Colony fue erigido el centro de investigaciones nucleares de la India, el cual dio al país su primera bomba nuclear. La cercanía del barrio molestaba a los investigadores nucleares. Consideraban a sus habitantes un riesgo para la seguridad. Por lo tanto, en mayo de 1976 la Janatha-Colony fue sometida a una evacuación forzosa y nivelada con topadoras. Como nuevo territorio de asentamiento se asignó a estas 70 mil personas un terreno abierto a la orilla del mar, que al comienzo de la temporada de lluvias se inunda y se convierte en pantano. Durante los primeros meses murieron varios cientos de niños. Los suicidios se multiplicaron. Mientras tanto, el centro de investigación nuclear dispuso el espacio despejado para una zona de recreo. Desde entonces se ondulan ahí los campos de golf, es posible relajarse con un partido de tenis, no faltará la piscina y los investigadores nucleares han vuelto a encontrar el gusto a la investigación; se sienten seguros, están completamente en confianza: la nueva élite. Los enterados. Los conocedores de las partes y las partecitas. Los de las cabezas demasiado grandes, en las que se concibe aquello que apunta por encima del ser humano y el horizonte de sus cinturones de miseria. Ellos son los importantes. Son valiosos. El futuro les pertenece. En Berge, Meere und Giganten los científicos eran, como élite, idénticos a los senados autocráticos de los paisajes urbanos. Los parlamentos fueron eliminados por ellos, o degradados a cumplir funciones nominales. Contaban con el respaldo de las industrias: el gran empujón. Por ellos fracasaron los que atacaban las máquinas. Los resultados de sus investigaciones —y no la ahogada necesidad de las masas— les servían de orientación. Pusieron fin a la penosa agricultura y al principio feudal del empleo pleno, al racionalizar sus plantas de producción y asegurar a las masas de obreros así liberadas su pequeña existencia mediante un alimento sintético. Después de que el ocio por decreto amenazara con transformarse en anarquía, inauguraron, como escapatoria para la humanidad, la guerra de los Urales. Fueron científicos los que, después del desbordamiento de las ciudades, sometieron a las masas de colonizadores inquietamente errantes a un nuevo objetivo: el deshielo de Groenlandia. Y cuando los velos de turmalina descubrieron en Groenlandia sus estratificaciones cretáceas, provocando un hervor vegetal, cuando de todo el crecimiento fundido se desprendieron gigantescos lagartos primitivos y dragones voladores largos como calles enteras, que abandonaron Groenlandia, se arrojaron sobre los paisajes urbanos occidentales y sembraron el terror entre las masas, fueron nuevamente los científicos los que supieron el remedio, al encargar la lucha contra los monstruos engendrados por la turmalina a los llamados hombres-torre: unos seres sintéticos de dimensiones colosales dentro de los que, como en los tiempos remotos del bosque experimental de Marduk, que todo lo fundía, se plasmaban bestias y cuerpos humanos, incrementándose hasta alcanzar un crecimiento ciclópeo mediante la irradiación con turmalina. Las masas intimidadas, sin embargo, lo mismo que los laboratorios y las fábricas de Meki, se desplazaron de la superficie de la Tierra a paisajes urbanos subterráneos: Conforme un nivel tras otro era abierto en las masas de arcilla, se abrían cuevas cada vez más grandes, las masas de tierra y la roca volada se amontonaban formando pilas de escombros entre las filas de casas en la superficie, nadie tuvo miedo ya. No habían huido de los monstruos. Habían emprendido una nueva y prodigiosa expedición. Los senados exclamaron: “Quitemos la tierra”, y con placer se enterraron; el milagro de las capacidades humanas que vivieran los expedicionarios a Groenlandia lo estaban experimentando ahora ellos mismos. ¿Es absurda la visión que Döblin tiene del futuro? Aun en el caso de que el deshielo de Groenlandia, con todas sus fabulosas consecuencias, sólo deba valorarse como un grandioso y espeluznante drama literario, la mudanza de los seres humanos o de una parte de la humanidad debajo de la superficie de la Tierra —la alternativa: inmensos campos de concentración que en forma de satélites giren alrededor de la Tierra— sigue siendo concebible por ser posible; o posible por ser concebible. La aversión de los investigadores nucleares indios (y también su demanda de seguridad) fue lo bastante intensa y plausible como para que a su lado la evacuación del gran barrio pobre pareciera el remedio lógico. El actual suburbio de Cheetah-Camp limita directamente con el arsenal de la marina de guerra india: una vez más se plantea la cuestión de la seguridad. ¿Adonde van a cambiarse, sin embargo, los cinturones de miseria de Bombay, Calcuta, Hong Kong, Yakarta, Bangkok o Nairobi, si su desplazamiento y parcial saneamiento tienen como única consecuencia cinturones de miseria cada vez más grandes y un mayor éxodo de las zonas rurales? “¡Bajo la tierra!”, gritan, según Döblin, los senados de los paisajes urbanos; “¡Al espacio!”, pudiera ser, pasado mañana ya, la recomendación de un comité internacional de saneamiento. Los suburbios pobres de suyo se encuentran desligados de los servicios metropolitanos: no están integrados en el sistema de limpieza, de drenaje, de educación, de hospitales o de agua. Son unas molestas extremidades que uno se corta para dejarlas tiradas. No obstante, se pudren, hieden, crecen, se unen, amenazan con absorber las ciudades y no existe dónde deshacerse de ellas; de no ser que el autor que escribiera, entre muchos otros, el libro Berge, Meere und Giganten, efectivamente nos haya mostrado el futuro. Ahora sabemos lo que las cabezas demasiado grandes concibieron y son capaces de concebir. En silencio o entre altas protestas de lo contrario, se acepta que después de nosotros puede venir el diluvio. Es cierto que los inventos más recientes palpan con curiosidad el futuro, pero actualmente nos está alcanzando la Edad Media: van en aumento las epidemias, el temor a los demonios, una nostalgia difusa de redención y el fanatismo religioso. El presidente de los Estados Unidos de América no es el único en acatar instrucciones divinas. En febrero del presente año varios miles de bramanes se reunieron en el centro de la India a fin de ofrendar un sacrificio a los dioses: alimentos por un valor de tres y medio millones de marcos —arroz, leche, grasas vegetales— fueron quemados en medio de una región asolada por el hambre. En una entrevista, un eminente braman afirmó que no tiene sentido ayudar a las víctimas actuales de los ciclones; en cambio, debemos tratar de impedir futuros ciclones mediante grandes sacrificios. Una pequeña aportación contemporánea que cabría en Döblin. Así, mi viaje concluyó, mientras la carrera de las utopías sigue llevándose a cabo. Habrá que añadir todavía que en los cines de Hong Kong, Yakarta y Bangkok se proyectaba la película Tiburón; que los grandes hoteles japoneses murmuran sólo música clásica, incluso en los elevadores: Bach, Vivaldi, Purcell; que en todas partes —y entre los más pobres con especial colorido— se celebra la vida, aunque sea en forma de peleas de gallos; que en Asia de hecho existen los demonios; que en todo el continente asiático Alemania figura sólo en la sección de economía de los periódicos o en relación con el nombre de Beckenbauer; que sobre ese territorio callado y repleto los turistas alemanes no suenan más que los franceses, holandeses u otros. En casa, todo el mundo estaba ocupado consigo mismo y con sus pequeños temores. Evidentemente, los muchos comentarios pendencieros y ademanes agresivos van dirigidos, en palabra, estampa y hecho, contra el enemigo interior. Mientras que en Asia la locura es florida, en Europa se sujeta a la razón. Y eso que tenemos de todo, en bonitos envases; lo único que no se consigue es mucho futuro. Para ello es preciso buscar, tomarse un poco de tiempo, volver a empezar desde el principio, leer. En mi calendario estaba inminente el centesimo aniversario del natalicio de Alfred Döblin. |
Juan sin Letras :: 16/abr/2009 :: COLUMNAS Y PRENSA LITERARIA :: No hay Comentarios »

