La amenaza configura pequeñas minorías selectas
![]() Esto tiene varios motivos; el principal es que el pensamiento racional es cruel. Esa cualidad suya se contagia luego a los planes que se hacen. En esto desempeña un papel especial la extinción de la libre competencia. Tal extinción provoca curiosas imágenes reflejas de sí misma. Como su propio nombre indica, la competencia o concurrencia se asemeja a la carrera de competición, en la cual conquistan el premio los más hábiles. Donde desaparece la competencia se corre el riesgo de que surja una especie de estirpe de rentistas mantenida a costa del Estado, mientras en la política exterior perdura la competencia, es decir, la carrera de competición entre los diferentes Estados. Por esa brecha es por donde penetra el terror. Sin duda son otras circunstancias las que lo provocan: en esto queda al descubierto uno de los motivos que hacen que subsista el terror. La velocidad generada por la carrera competitiva de los Estados entre sí causa ahora necesariamente miedo. En un caso el nivel depende de las altas presiones; en el otro, del vacío. En el primer caso quien marca el ritmo es el ganador; en el segundo, aquél a quien cada vez le van peor las cosas. Con esto se halla relacionado el hecho de que el Estado se ve forzado en el segundo caso a someter permanentemente una parte de su población a unas intromisiones horrorosas. La vida se ha vuelto gris, pero aún puede parecerle soportable a quien divisa a su lado la oscuridad, el negro absoluto. Ahí, y no en el terreno de la economía, es donde residen los peligros de las grandes planificaciones. No deja de ser caprichosa la selección de los estratos de la sociedad que son perseguidos de ese modo; siempre se tratará de minorías que o bien llevan por naturaleza una marca que las distingue de los otros o bien han sido inventadas con ese fin. Es evidente que con ello quedan coamenazados también todos los que sobresalen por herencia y talento. Este mismo clima se contagia al trato acordado a los vencidos en la guerra; en conexión con la recriminación de una culpabilidad general se llega entonces a dejar morir de hambre a la gente en los campos de concentración, se llega a imponer trabajos forzados, a exterminar a los seres humanos en vastos territorios ya deportar a los supervivientes. Es comprensible que en una situación como ésa el hombre prefiera Soportar las cargas más pesadas a ser contado entre los «otros». El automatismo parece quebrantar con gran facilidad, como si lo hiciera jugando, lo que queda de la voluntad libre; la persecución se ha tornado compacta y universal, como un elemento de la naturaleza. Tal vez algunos privilegiados puedan tener abierta la puerta de la huida; pero la huida suele conducir a cosas peores. La oposición parece dar estímulos a los dueños de la violencia, les procura el anhelado pretexto para intervenir. Frente a esto, la última esperanza que queda es que el proceso acabe devorándose a sí mismo, como un volcán que ha arrojado toda su lava. Pero entretanto sólo puede haber dos preocupaciones para el hombre que está batido de ese modo: ejecutar el trabajo que le asignan y no desviarse de la norma. Esto repercute incluso en las zonas de seguridad; en ellas se apodera de los seres humanos un pánico propio de la catástrofe. En este punto surge la cuestión –y lo hace no sólo en la teoría, sino en toda existencia real de hoy–, en este punto surge la cuestión de si no se podrá tomar todavía un camino diferente. Existen, en efecto, pasos de montaña, senderos de herradura que sólo se descubren después de una prolongada ascensión. Se ha llegado a una concepción nueva del poder, se ha llegado a unas concentraciones de poder inmediatas, vigorosas. Para poder plantarles cara se necesita una concepción nueva de la libertad, una concepción que no puede tener nada que ver con los desvaídos conceptos que hoy van asociados a esa palabra. Esto presupone, para empezar, que uno no quiera simplemente que no lo esquilen, sino que esté dispuesto a que lo despellejen. Y de hecho habrá que reconocer que no han quedado extinguidos todos los movimientos en estos Estados que disponen de una masa enorme de policías y que han adquirido una ingente superioridad de poder. Las corazas de los nuevos Leviatanes tienen sus brechas propias, que continuamente están siendo palpadas, y esa operación tiene como premisas una prudencia y una audacia de una especie nunca antes conocida. Así, uno se inclina a pensar que existen aquí minorías selectas que están iniciando la lucha en favor de una libertad nueva, una lucha que requiere grandes sacrificios; no es lícito dar a esa lucha una interpretación que resulte indigna de ella. Para encontrar algo parangonable con esa lucha es preciso dirigir la mirada a tiempos y lugares esforzados; por ejemplo, a los de los hugonotes o a los de las guerrillas que Goya vio en sus Desastres. Comparado con estas cosas, el asalto a La Bastilla, del cual sigue alimentándose todavía hoy la consciencia de libertad del individuo, no pasa de ser un paseo dominguero por las afueras de la ciudad. En el fondo no es posible considerar por separado la tiranía y la libertad, aunque es cierto que, cuando se las ve temporalmente, la una releva a la otra. Desde luego puede decirse que la tiranía deja en suspenso la libertad y la aniquila – mas, por otro lado, la tiranía sólo puede llegar a ser posible en aquellos sitios donde la libertad se ha domesticado y diluido en un huero concepto de sí misma. El ser humano tiende a edificar sobre los aparatos o a seguir cediendo a ellos aun en los sitios donde le es preciso sacar el agua de fuentes que le son propias. Esto representa un defecto de fantasía. El ser humano ha de saber cuáles son aquellos puntos donde no le es lícito traficar con su decisión soberana. Mientras marchen bien las cosas, siempre habrá agua en las tuberías y corriente eléctrica en los enchufes. Cuando la vida y la propiedad están amenazadas, un simple grito de alarma basta para que hagan acto de presencia, como por arte de magia, los bomberos y la policía. El gran peligro está en que el hombre confíe demasiado en las ayudas de otros y, cuando faltan aquéllas, quede desvalido. Todas las comodidades hay que pagarlas. La situación de animal doméstico arrastra consigo la situación de animal de matadero. Las catástrofes son una prueba que permite averiguar en qué medida siguen conservando un fundamento originario los hombres y los pueblos. Allende la civilización y las seguridades que son procuradas por ella, la salud y las esperanzas de vida dependen de que una cuando menos de las raíces continúe nutriéndose directamente del reino telúrico. Esto se pone de manifiesto en aquellos tiempos en que se atraviesan fases de amenazas muy intensas; en esas fases los aparatos no sólo dejan en la estacada al ser humano, sino que lo baten de tal manera que no parece quedar esperanza ninguna. Entonces es cuando el hombre ha de decidir si da por perdida la partida o si desea continuarla, apoyándose para ello en su fuerza más íntima, en su fuerza propia. En este último caso se decide a irse al bosque, a emboscarse. |
Juan sin Letras :: 17/abr/2009 :: COLUMNAS Y PRENSA LITERARIA :: No hay Comentarios »

