Discurso de aceptación del Premio Xavier Villaurrutia 2007
Ficha sobre notas de prensa y reportajespublicados en su momento en medios escritos:
"… La literatura, por suerte, es una planta que crece en los terrenos más ingratos y sorprendentes. Lo cual indica que más que un adorno es un instrumento de salvación. La vida complaciente en manera alguna garantiza escritura excitante y novedosa. Un destino de ronroneante gato lujoso a lo mejor nos deja unos versos insípidos y una prosa amarillenta. Pero atención, no hay fatalidades: una vida cuidada e insonorizada puede darnos nada menos que a Juan Ramón Jiménez. La comodidad es una cosa y la felicidad otra. ¿Será verdad que la felicidad adormece el impulso hacia la literatura? ¿Para qué pasar –se preguntarán esos bienaventurados– por lo que Flaubert llamaba "la tortura de la composición"? Más allá de las múltiples respuestas circunstanciales, al hombre le es esencial construir la realidad con palabras y en algún momento de la evolución descubrió ese misterio para el cual carecemos de nombre adecuado: emoción estética o conciencia de la belleza, eso que de pronto aparece en la obra de los hombres. Ese golpe interior, ese clic de que algo está ajustado, ése es el estímulo irresistible, el que nos somete a la tortura y al posible placer de la composición. Ser escritor es, por definición, una empresa de ejecución íntima, casi siempre muy aislada, porque el escritor está como del "otro lado" de la escena social, a una distancia que lo convierte en observador más que en actor, condición necesaria para el artista de obra secreta y cifrada y también para la crónica más hediondamente realista. Es natural, pues, que en ocasiones al escritor le parezca insoportable la aridez de la vida privada y que aspire a entremezclarse –digámoslo así– con la vivacidad de la historia, en el sueño tal vez de modificarla y hasta de mejorarla. La literatura necesita la aceleración de las ideas y de las pasiones. En el México de los últimos sesenta años la tentación era convertirse en consejero del Príncipe, acceder al más exclusivo tímpano de la Nación y, en su defecto, a los más modestos pabellones de los visires. Parece que hoy la tendencia ha cambiado y más bien se favorece la figura del tribuno inspirado y, en su extremo, la del Profeta redentor. Pero recordemos que la literatura se alimenta de todo, de dietas blandas y de dietas duras, de carnes blancas y de carnes negras y que las circunstancias materiales más insólitas se transforman en letras inmortales. Mi confianza en la literatura mexicana es infinita.
El jurado ha tenido a bien premiar Edén. Vida imaginada, un libro enaltecido por la hermosa edición que imprimió el Fondo de Cultura Económica, nuestra nave almirante. Reciban la directora, Consuelo Sáizar y Joaquín Díez-Canedo, el agradecimiento del autor por el cuidado y el esmero. A la lista añado el nombre de Miguel Cervantes, quien imaginó la carátula y me unió a Pierre Bonnard. Este libro salda una vieja deuda narrativa con una historia –porque de eso se trata, de una historia con un final– que se hacía presente una y otra vez y que yo más balbuceaba que contaba a los amigos de la intimidad. Hay recuerdos adorables, esenciales que, sin embargo, no exigen integrarse a una narración más amplia: se quedan quietos, en una autonomía colmada. Pero hay otros sedientos de asociación, como si supieran que solos no alcanzan a expresar su significado, que apuntan hacia el siguiente apelando a toda clase de mañas –suspenso, ambigüedad, ira, humor, piedad– y no se satisfacen hasta que la narración dice la última palabra. Lo puedo decir de otra manera: como si la fotografía no fuera suficiente y aspiraran, esos recuerdos impacientes, a las magias de la cinematografía. En este caso tuvieron que conformarse, lo siento, con la mera literatura. Quisiera ahora agregar que esos recuerdos, no por ser míos, son más fáciles de entender. El escritor, el hombre mayor, los enfrenta como lo que son, personajes lejanos, e intenta comprender la secuencia y el ritmo de sus vidas. Me pareció que escribir en tercera persona era la mejor manera de escucharlos y distinguirlos. He citado con frecuencia la frase "el niño dicta, el hombre escribe", pero habría que observar que en ocasiones las palabras del niño son enredadas, confusas y que el hombre mayor, el escritor, debe interpretarlas, tender puentes, agregar escenas y figuras. Así es Edén. Vida imaginada: la voz urgente del niño y también la ilusión del viejo de contar a su manera la antigua historia. El propósito del libro sería convertir el tiempo histórico en tiempo mítico. La literatura, nos dejó escrito Héctor Libertella, es ese ir y venir sobre una huella que nadie eligió."
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Juan sin Letras :: 28/ago/2007 :: COLUMNAS Y PRENSA LITERARIA :: No hay Comentarios »

