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Análisis estructural de un relato

Ficha sobre recursos técnicos:

Roland Barthes
Editorial Tiempo Contemporáneo, Buenos Aires, 1970.
Proponemos distinguir en la obra narrativa tres niveles de descripción: el nivel de las funciones, el nivel de las acciones y el nivel de la narración. Los tres niveles están ligados entre sí según una integración progresiva.
Las funciones
Dado que todo sistema es la combinación de unidades cuyas clases son conocidas, hay que dividir primero el relato y determinar los segmentos del discurso narrativo que se puedan distribuir en un pequeño número de clases, en una palabra, hay que definir las unidades narrativas mínimas.
Es necesario que el sentido sea desde el primer momento el criterio de unidad: es el carácter funcional de ciertos segmentos de la historia que hace de ellos unidades: de allí el nombre de funciones que inmediatamente se le ha dado a estas primeras unidades. Las funciones son unidades de contenido, que fecundan el relato con un elemento que madurará más tarde al mismo nivel, o, en otra parte, en otro nivel.
Hay dos clases de unidades: unas son distribucionales y otras integradoras. La distribucionales corresponden a las funciones de Propp: la compra de un revolver tiene correlato el momento en que se lo utilizará (y si no se lo utiliza, la notación se invierte en signo de velidad, etcétera), levantar el auricular tiene como correlato el momento en que se lo colgará, la intrusión de un loro en la casa de Felicité tiene como correlato el episodio del embalsamamiento, etcétera.
Las unidades integradoras comprenden los indicios (en el sentido más general de la palabra), indicios caracterológicos que conciernen a los personajes, informaciones relativas a su identidad, notaciones de "atmósferas". La relación de la unidad con su correlato es integradora ya que para comprender "para qué sirve" una notación indicional, hay que pasar a un nivel superior (acciones de los personajes o narración) pues sólo allí se devela el indicio. Los indicios son unidades semánticas pues remiten a un significado, a diferencia de las funciones que remiten a una operación.
Es posible distinguir indicios propiamente dichos, que remiten a un carácter, a un sentimiento, a una atmósfera (por ejemplo de sospecha), a una filosofía, e informaciones, que sirven para identificar, para situar en el tiempo y el espacio.
Decir que James Bond está de guardia en una oficina cuya ventana abierta deja ver la luna entre espesas nubes que se deslizan, es dar el indicio de una noche de verano tormentosa y esta deducción misma constituye un indicio atmosférico que remite a un clima pesado, angustioso de una acción que aún no se conoce.
La cobertura funcional del relato impone una organización de pausas, cuya unidad de base no puede ser más que un pequeño grupo de funciones que llamaremos aquí una secuencia. Una secuencia es una sucesión lógica de núcleos unidos entre sí por una relación de solidaridad: la secuencia se inicia cuando uno de sus términos no tiene antecedente solidario y se cierra cuando otro de sus términos ya no tiene consecuente. Pedir una consumición, recibirla, consumirla, pagarla: estas diferentes funciones constituyen una secuencia evidentemente cerrada, pues no es posible hacer preceder el pedido o hacer seguir el pago sin salir del conjunto homogéneo "Consumición". La secuencia constituye una unidad nueva, pronta a funcionar como el simple término de otra secuencia más amplia.
Las acciones
A partir de Propp, el personaje no deja de plantear al análisis estructural del relato el mismo problema: por una parte, los personajes (cualquiera sea el nombre con que se los designe: dramatis personae o actantes) constituyen un plano de descripción necesario, fuera del cual las pequeñas "acciones" narradas dejan de ser inteligibles, de modo que se puede decir con razón que no existe en el mundo un solo relato sin personajes.
El análisis estructural define al personaje no como un "ser" sino como un "participante" en una esfera de acciones, siendo esas esferas poco numerosas, típicas, clasificables. Greimas propuso describir y clasificar los personajes del relato, no según lo que son, sino según lo que hacen, (de allí su nombre de actantes), en la medida en que participen de tres grandes ejes semánticos, que son la comunicación, el deseo o la búsqueda y la prueba; como esta participación se ordena por parejas, también el mundo infinito de los personajes está sometido a una estructura paradigmática (Sujeto/Objeto, Donante/Destinatario, Ayudante/Opositor) proyectada a lo largo del relato; y como el actante define una clase, puede ser cubierto por actores diferentes, movilizados según reglas de multiplicación, de sustitución o de carencia.
Al describir al personaje en la esfera de las Acciones, se accede a un segundo nivel de análisis.
La narración
El problema de la comunicación narrativa radica en describir el código a través del cual se otorga significado al narrador y al lector a lo largo del mismo.
¿Quién es el dador del relato? Desde nuestro punto de vista el narrador no es una persona, el autor, en quien se mezclan sin cesar la personalidad y el arte de un individuo perfectamente identificado que periódicamente escribe una historia, el relato; no es una conciencia total, aparentemente impersonal, que emite la historia desde un punto de vista superior, el de Dios; tampoco, según una concepción más moderna que señala que el narrador debe limitar su relato a lo que pueden observar o saber los personajes: todo sucede como si cada personaje fuera a su vez el emisor del relato. Desde nuestro punto de vista, narrador y personajes con esencialmente "seres de papel"; el autor (material) de un relato no puede confundirse para nada con el narrador de ese relato; los signos del narrador son inmanentes al relato y, por lo tanto, perfectamente accesibles a un análisis semiológico.
La persona psicológica (de orden referencial) no tiene relación alguna con la persona lingüística, la cual no es definida por disposiciones, intenciones o rasgos, sino sólo por su ubicación (codificada) en el discurso.
El análisis del relato se centra sobre el discurso en situación de relato, esto es un conjunto de protocolos según los cuales es consumido el relato. El nivel narracional está constituido por los signos de la narratividad, el conjunto de operadores que reintegran funciones y acciones en la comunicación narrativa articulada sobre su dador y su destinatario.
Este nivel narracional es el último que puede alcanzar nuestro análisis sin salirse del objeto-relato, sin transgredir la inmanencia que está en su base. Pero la narración recibe su sentido del mundo que la utiliza: más allá del nivel narracional, comienza el mundo, es decir, otros sistemas (sociales, económicos, ideológicos), cuyos términos ya no son sólo relatos, sino elementos de otra sustancia (hechos históricos, determinaciones, comportamientos, etc.)
El nivel narracional tiene un papel ambiguo: siendo contiguo a la situación de relato (y aún a veces incluyéndola) se abre al mundo, en el que el relato se deshace (se consume); pero, al mismo tiempo, al coronar los niveles anteriores, cierra el relato y lo constituye definitivamente como palabra de una lengua que prevé e incluye su propio metalenguaje.
 
El sistema del relato
En la lengua del relato, como en el sistema lingüístico, encontramos un doble proceso: la articulación o segmentación que produce unidades (es la forma según Benveniste) y la integración que reúne estas unidades en unidades de un orden superior (es el sentido).
La complejidad de un relato puede compararse con la de un organigrama, capaz de integrar los movimientos de retroceso y los saltos hacia delante; o más exactamente, es la integración, en sus formas variadas, la que permite compensar la complejidad, aparentemente incontrolables de las unidades de un nivel; es ella la que permite orientar la comprensión de elementos discontinuos, continuos y heterogéneos (tales como el sintagma que no conoce más que una sola dimensión: la sucesión); si llamáramos con Greimas, isotopía a la unidad de significación (por ejemplo, la que impregna un signo y su contexto), diremos que la integración es un factor de isotopía: cada nivel integrador da su isotopía a las unidades del nivel inferior y le impide al sentido oscilar -lo que no dejaría de producirse si no percibiéramos el desajuste de los niveles.
Sin embargo, la integración narrativa no se presenta de un modo serenamente regular; a menudo, el relato se presenta como una sucesión de elementos imbricados que orientan una lectura horizontal y también vertical, hay una suerte de "cojear estructural", como un juego incesante de potenciales cuyas caídas variadas dan al relato su "tono" o su energía: cada unidad es percibida en su aflorar y en su profundidad y es así como el relato avanza: por el concurso de esas dos vías la estructura se ramifica, prolifera, se descubre -y se recobra-: lo nuevo no deja de ser regular.
La función del relato no es la de "representar", sino montar un espectáculo. El relato no hace ver, no imita; la pasión que puede inflamarnos al leer una novela no es la una "visión" (de hecho, nada vemos), es la del sentido, es decir, de un orden superior de la relación, el cual también posee sus emociones, sus esperanzas, sus amenazas, sus triunfos: "lo que sucede" en el relato no es, desde el punto de vista referencial (real), literalmente nada; "lo que pasa", es sólo el lenguaje, la aventura del lenguaje, cuyo advenimiento nunca deja de ser festejado.
Texto Fuente
BREVES NOCIONES TEÓRICAS SOBRE LA EVOLUCIÓN HISTÓRICA DEL RELATO (T. BASE 2)
TEXTO BASE 2
El propósito de este punto es ubicar diferentes épocas y escuelas en que la narración fue objeto de estudio para tener una idea general y básica de los desarrollos teóricos sobre este género que está en el origen mismo de la cultura humana.
El recorrido recalará muy brevemente sobre la Antigüedad, la escuela de los formalistas rusos y el estructuralismo francés, a través de tres autores: Aristóteles, Vladimir Propp y Roland Barthes.
En el mundo griego de Aristóteles los géneros literarios predominantes eran la epopeya, la tragedia y la comedia. Las reflexiones del filósofo sobre la narración están enmarcadas en lo que Aristóteles consideraba los géneros "serios", es decir, la epopeya o poesía épica y la tragedia, aunque como ambas estaban escritas en verso, las denomina genéricamente, poesía. Tragedia y épica tienen en común la materia constitutiva: la fábula. "Un remedo de la acción, porque doy este nombre de fábula a la ordenación de los sucesos".
Este fragmento del Arte poética de Aristóteles indica que 400 años antes de la era cristiana ya existe un pensamiento analítico sobre las características de los discursos: se distingue la oposición entre poesía dramática y poesía narrativa, que corresponden a la tragedia griega y a la narración poética homérica. Esta distinción del discurso narrativo incluye conceptos de personajes en acción con intenciones y metas, acciones que se desarrollan en distintas peripecias y ocurren en ambientes determinados.
Alrededor de 1920, el ruso Vladimir Propp se dedica a estudiar las características de los cuentos maravillosos. Sus investigaciones se desarrollan en el marco de un importante movimiento de estudios literarios, conocido como el formalismo ruso, del cual también formaron parte Tinianov, Jakobson, Trubetzkoy, Tomashevski, entre otros.
Propp se dedica a indagar en las características comunes de mitos, fábulas, leyendas y cuentos folklóricos que están en el origen del pueblo ruso. Esas investigaciones lo llevaron a formular una teoría del cuento que describe características uniformes y constantes para todos los cuentos, formas invariantes que se repiten, independientemente de los temas y de los pueblos donde se originan. El eje de esta teoría es el concepto de función.
Propp sostiene que en la variedad de cuentos, cambian los nombres de los personajes y pueden cambiar también sus atributos pero permanecen constantes sus acciones o funciones: qué hacen los personajes se plantea como la cuestión fundamental, mientras que quién hace algo y cómo lo hace se plantea como cuestiones accesorias.
Se dedica, por consiguiente, a aislar las funciones ya que las considera las partes fundamentales del cuento y las caracteriza como la "acción de un personaje, definida desde el punto de vista de su significado en el desarrollo de la intriga". Así describe unidades funcionales como alejamiento, prohibición, engaño, fechoría, prueba, tarea difícil, reconocimiento, regreso, boda, entre otras. Propp describe treinta y una funciones; muchas de ellas aparecen con carácter binario, como prohibición-transgresión de la prohibición, interrogación-información, combate-victoria, persecución-socorro, partida-regreso, carencia-reparación de la carencia; o en conjuntos más numerosos que constituyen el nudo de la intriga, por ejemplo, el héroe es puesto a prueba por su benefactor, cumple la prueba y es recompensado.
Este modelo estructural de la sucesión temporal de las acciones, que ocupa la centralidad de esta teoría, se relaciona con otro modelo de Propp que asigna la distribución de funciones a los personajes, modelo dependiente del primero.
Después de 40 años de publicar su obra, Propp fue "descubierto" por el estructuralismo francés de los años 60: los más importantes autores de modelos estructurales de esa época están inspirados en su teoría, entre ellos, Levi-Strauss, Barthes, Greimas, y como autor más actual, Van Dijk.
El punto de partida y eje de la problematización sobre los relatos que también ocupó a Roland Barthes es la siguiente: qué tienen en común todos los relatos. Barthes buscó describir un modelo abstracto que pudiera dar cuenta de los millones de relatos que existen en el mundo y los millones que podrían existir. "Innumerables son los relatos existentes" dice como apertura el texto de Barthes que consideraremos en este punto.
Su búsqueda se apoya en la metodología de la lingüística que aporta al análisis de los relatos un concepto decisivo: el nivel de descripción. Y compara: así como una frase puede ser descripta lingüísticamente a nivel fonético, fonológico, gramatical, contextual, y estos niveles se van integrando en perspectivas jerárquicas de modo que van tomando significación a medida que se integran, también los relatos pueden ser analizados según unidades segmentadas que se integrarán en otra unidad, de jerarquía superior, que es el sentido.
Para concluir, diremos que los tres autores que hemos leído en este apartado nos aportan un marco adecuado para la tarea que, relativa a la narración, nos hemos planteado en este curso: descubrir nuestro pensamiento narrativo y aprender a escribir narraciones desde el conocimiento de sus elementos estructurales.

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el bloqueo en la escritura

Ficha sobre recursos técnicos:

El bloqueo en la escritura es la imposibilidad ya sea ocasional o crónica de escribir palabras sobre un tema; la mayor parte de las veces, éste es experimentado como una limitación exasperante, acompañada de sentimientos frustrantes y negativos ocasionados por el hecho de no poder expresarse con palabras acerca de algún asunto. Además, el bloqueo es mucho más lastimoso cuando ocurre frente a temas en los que nos consideramos expertos. Este lapso en blanco puede presentarse al principio del proceso de escritura, cuando estamos iniciando nuestro texto, o en el transcurso de la redacción cuando, dentro del desarrollo de nuestras ideas, llega un momento en el que ya no podemos continuar y dejamos el escrito incompleto.
El bloqueo da origen a un fuerte sentimiento de frustración. Esta frustración se origina en la incomodidad que produce el reconocer que, a faltos de ideas propias, deberemos destinar nuestro potencial intelectual a tareas más bien receptivas; es decir, tendremos que conformarnos con el papel "menor" de copiar o repetir las ideas de alguien más (el gurú de nuestra disciplina, el líder intelectual en el asunto, la opinión de los demás) y deberemos consumir nuestros mejores esfuerzos en entender sus pensamiento. Pero, más que esto, el bloqueo es fuente de malestar por la fuerte incertidumbre que nos plantea, es decir, por la duda que cultiva en torno a si esta falta de ideas originales es algo pasajero o si verdaderamente revela una característica inherente a nuestra persona. Llega uno a pensar que, en efecto, a lo largo de nuestra existencia no hemos dado muestras de creatividad alguna y que somos unos seres vacíos, sin imaginación, sin contenido, sin nada que aportar al mundo a través de la escritura. En este sentido, el bloqueo puede ser terriblemente aniquilante porque consolida nuestra convicción de que somos entidades por completo carentes de originalidad y que, en contraposición, la creatividad, la fantasía, la fuerza y frescura de las ideas nuevas es una experiencia que sólo les ocurre a los literatos, a los genios o a los inspirados, que viven en otros mundos o que, en definitiva, comparten una naturaleza distinta a la de los seres normales, comunes y corrientes de la vida cotidiana.
Frente a lo anterior, es necesario que reconsideremos la naturaleza del bloqueo en la escritura: lejos de ser un elemento externo o ajeno al proceso creativo, forma parte de él. El bloqueo es como la piel de los esfuerzos creativos y de la intuición de las ideas; en este sentido, en lugar de rodearlo de connotaciones negativas, tenemos que aprender a verlo en su forma positiva, en la función que cumple y cubre. El bloqueo es, en efecto, una forma de protección. El muro que éste representa es una defensa y esa defensa no es contra nadie más sino contra nosotros mismos. El bloqueo en la escritura es una salvaguarda contra nuestras ideas vagas e inexactas acerca de lo que significa escribir y contra las exigencias a que sometemos este acto. Normalmente, la escritura es considerada como una ocupación que se realiza en un breve, sino brevísimo, período y que consiste en la anotación o transcripción de las ideas que nos lleguen a la cabeza sobre el asunto de la composición; en general, se considera que escribir es algo que debe realizarse rápido y bien desde un principio. Entendida así, la escritura es sometida a una serie de exigencias muy dañinas. Una de ellas es el perfeccionismo; éste consiste en querer escribir desde el primer momento la frase exacta que revele nuestros pensamientos; dado que la escritura es considerada como un acto único, no una serie de acercamientos hacia nuestras ideas, resulta que tenemos un solo intento para dar en el blanco y para expresar adecuadamente nuestro razonamiento. Como esto raramente ocurre, el bloqueo es la respuesta a esta expectativa derivada de un agobiante ideal de perfección. Otra exigencia dañina es el criticismo en exceso. Este consiste en la actitud constante de corregir desde el principio del proceso todo lo que escribimos. Dado que, según la noción que describí más arriba, la escritura se resuelve en un solo acto, se pretende realizar al mismo tiempo las actividades de producción y edición de las ideas, la escritura y corrección de las frases. Así, por ejemplo, al mismo tiempo que se elabora la redacción, el excesivo criticismo nos conduce a revisar la puntuación, la tipografía, el empleo de los adjetivos, la acentuación, la ortografía, la posición de los elementos de la oración, etc. El resultado lógico de este proceder es la constante interrupción del flujo de la escritura y el bloqueo es el antídoto a este criticismo extenuante e injustificado.
Finalmente, el bloqueo es una defensa contra la excesiva ambición a que sometemos el acto de escribir; esta ambición desmedida puede tomar la forma de querer abarcarlo todo acerca del asunto de la composición, es decir, desde sus ramificaciones prehistóricas hasta la diversidad de sus manifestaciones actuales. Otra forma en que se presenta la ambición sin límites es la que querer exponer ideas de una trascendencia tal, de una importancia tal, que las consideramos capaces de cambiar drásticamente la forma de entender el asunto o la disciplina sobre la que escribimos; entonces la escritura se presenta como el escenario de una futura transformación, se depositan en ella tantas esperanzas, tantos hechos futuros que, simple y llanamente, dan lugar a un colapso.
La imposibilidad de escribir, en suma, es una reacción contra una idea equivocada de la escritura (escritura como acto único) y contra estrategias inadecuadas para su realización (perfeccionismo a ultranza, excesivo criticismo, ambición ilimitada); en este sentido, el bloqueo confirma una idea frecuente entre los teóricos de la enseñanza de las habilidades escritas en el sentido de que las dificultades más importantes que se presentan en el proceso de composición provienen del escritor mismo. Una forma adicional de corroborar esta circunstancia es examinando una estrategia muy común para resolver la actividad de la escritura: la inspiración. La inspiración como método para escribir consiste en esperar la repentina aparición de un torrente de ideas sobre el asunto de la redacción Este procedimiento consiste en que nos preparemos en el ambiente más adecuado a nuestros gustos (un jardín, un escritorio y con una taza de café, un ambiente con música tranquila) y nos sentamos a esperar… El punto es que la inspiración no resulta una forma muy adecuada para resolver la escritura porque dependemos no de habilidades cultivadas racionalmente por nosotros sino de la súbita aparición de la musa. Como la inspiración nos conduce a un estado de pasividad (no hacemos nada sino esperarla), finalmente durante esta espera no actuamos de manera positiva o constructiva. En este sentido, en lugar de ver la escritura como una actividad en la que podemos realizar diferentes actividades (generar ideas, organización de los pensamientos, esquematizar, crear planeas, proponer tesis o ideas principales, ensayar párrafos, etc.), la inspiración, como método de trabajo para escribir, conduce directamente al bloqueo.
Es importante que entendamos que la creatividad no está prohibida a nadie; en cada uno de nosotros sobrevive un reino de la fantasía, donde nacen y se desarrollan imágenes propias, plenas de sentido y de significado; este imperio de las ideas originales hierve en entidades, valores, esquemas que conducen nuestras intuiciones; tiene un pasado, una historia y un futuro; y así como nos enorgullecemos de nuestras realizaciones conscientes, del mismo modo este dominio de la imaginación ha cultivado logros y realizaciones. Este reino ha sido llamado muchas veces el "inconsciente", el "niño interior" o capacidad de asombro, y se le ha relacionado con el lado derecho del cerebro. Justamente el bloqueo lo que hace es proteger este dominio creativo contra nuestra ansiedad perfeccionista, contra el criticismo incisivo, contra el exceso de ambición. Contra todo aquello que es destructivo y necio de nuestra parte. Por este motivo, el bloqueo cumple una función muy importante: impide que esta faceta rígidamente perfeccionista, destructoramente crítico, ambicioso hasta la enfermedad ingrese al dominio de la creatividad y lo dañe. En cambio, para entrar a ese reino hay que utilizar otras estrategias y en lugar de querer derribar por la fuerza las murallas del bloqueo, hay que entablar relaciones de vecindad, relaciones de amistad, relaciones fructíferas. Entonces tendremos no un asedio, no un sitio sino una relación de colaboración entre nuestras nociones conscientes y nuestras habilidades creativas.
Finalmente, tenemos que reconocer que algo que nos aporta el bloqueo es justamente la hoja en blanco. En la hoja en blanco no siempre es un obstáculo, en ella podemos intentar varias cosas. La hoja en blanco es como un anchuroso mar, podemos ir de viaje y divertirnos, podemos forjarnos identidades falsas, contrarias, diferentes a las de nosotros mismos, podemos intentar cosas que racionalmente no haríamos, podemos decir cosas que nos avergonzarían, podemos imaginar mundos imposibles. El bloqueo, es este sentido, cede ante un simple conjuro, se derrumba ante una simple invitación: sé amable, paciente y tolerante contigo mismo.
Lic. Martín Fontecilla
Departamento de Letras, ITESM, Campus Estado de México, México

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Una teoría del cuento

Ficha sobre recursos técnicos:

Por LUIS BARRERA LINARES
"El cuento es una maquina literaria de crear interés"
Julio Cortázar
"…la exacerbación de un personaje, de un ámbito o de un hecho. Pero no de todos a la vez".
José Balza
INTRODUCCIÓN
En su interesante texto titulado "Cómo escribir un articulo a la manera del Blackwood", incluido en la recopilación de los cuentos de Edgar Allan Poe (Madrid: Alianza, 1970, prólogo de Julio Cortázar), se plantean desde una perspectiva irónica los problemas relativos a la presunta "originalidad" y el "efecto prefabricado" con que algunos autores asumen elaborar y presentar los textos que han escrito. Uno de los personajes, Mr. Blackwood, se dedica a explicar burlescamente a la "Signora" Psyque Zenobia el sistema inapelable que debe seguir para redactar un artículo (un cuento, pudiéramos decir nosotros) que produzca la sensación de autenticidad buscada a propósito por el autor, y que se corresponda con los modelos utilizados en el magazín Blackwood. "El escritor de intensidades debe procurarse una tinta bien negra y una pluma de tajo bien romo", dice Mr. Blackwood sardónicamente. Habla después de las sensaciones, del conocimiento empírico acerca del tema, del tono para narrar (elevado, metafísico, trascendental, heterogéneo). Agrega luego algunas cuestiones relativas a la erudición y a las frases impactantes (extravías de grandes diccionarios y enciclopedias) que resultarían muy útiles para dar al texto el carácter buscado.
La referencia la hemos hecho con la finalidad de introducimos en la problemática relativa a la delimitación del cuento como tipología textual (el problema del género lo dejamos para otro momento). Parece obvio que Poe ironizaba en este caso sobre la elaboración artificial y los recetarios para confeccionar textos (en este caso narrativos). Lo que parece un simple cuento humorístico se convierte así en la posibilidad de una propuesta teórica que también aparece de manera más o menos explícita en buena parte de su bien conocido trabajo "Filosofía de la composición".
El problema guarda mucha vinculación con el tópico que ahora deseamos abordar. Intentamos aquí plantear la posibilidad de una revisión de algunos de los materiales teóricos publicados acerca del cuento como clase de discurso narrativo, con la finalidad de extraer ideas generales que pudieran resultar de interés a la hora del estudio critico del mismo. Un poco sobre la base de distintas posiciones asumidas al respecto, delimitaremos ciertas características globales para plantear luego una sistematización. La misma girará en torno a cierto conjunto de variables muy importantes dentro de un marco muy específico que considere aspectos relativos no sólo a los rasgos textuales del mismo, sino que se detenga también en elementos de carácter contextual (Van Dijk, 1980, 1983). Dentro de la propuesta teórica de ese autor no podrían excluirse nociones tan importantes como las de autor y lector o receptor modelo (U. Eco, 1981).
DATOS PARA UNA TEORIA DEL CUENTO
Un poco motivados por razones más literarias que practicas, buen número de creadores se ha detenido a reflexionar sobre la posibilidad de una probable "teoría del cuento". Los aportes en realidad han sido diversos aunque todavía la preceptiva literaria no se haya detenido a medir sus exactas dimensiones. Es muy probable que esto se deba al mismo hecho de que sean fundamentalmente narradores (y no críticos o ensayistas) quienes se hayan lanzado por las propuestas más conocidas.
El mismo hecho de no sentirse constreñidos por la necesidad de elaborar postulados teóricos que puedan ser utilizados en la delimitación buscada, ha ocasionado que quienes los sustentan no se sientan obligados sino a perfilar una supuesta teoría del cuento desde dos perspectivas básicas: el efecto (sobre el receptor) y la presentación (o estructura), Desde los puntos de vista más generales (Bosch, Poe, Balza, etc.) hasta los que intentan ser muy específicos (Meneses, Cortázar, Quiroga, etc.), la especulación teórica se diluye muchas veces en algún aspecto particular del cuento literario que pareciera no ir más allá de una presunta posición individual al respecto. Otra cuestión sería la relacionada con la metaforización sobre lo que debe ser el relato breve (no olvidemos que se trata principalmente de creadores). Obviamente, también hay quienes se han detenido en el problema desde la visión más pragmática de la crítica o el ensayo (Castagnino, Baquero, Anderson Imbert, Lancelotti, etc.). No obstante, la búsqueda de rasgos que permitan la constitución de una teoría coherente del cuento sigue siendo una necesidad.
Necesidad que, por lo demás, no pretendemos agotar en esta somera reflexión sobre el problema. Nos mueve, más bien, la intención de recopilar buena parte de los materiales existentes al respecto, dispersos y algunas veces desconectados, como una primera tarea para la satisfacción de tal objetivo. Entre otras cosas, pensamos que una teoría del cuento debería ser lo suficientemente amplia como para explicar cada una de las distintas categorías de relatos breves escritos, imaginados o narrados con propósitos estrictamente literarios. Vale recordar que no se conoce hasta ahora ninguna iniciativa que pretenda integrar de algún modo factores de apariencia tan diversa como el texto (objeto de estudio), el receptor (destinatario y juez final), el productor (escritor) y el contexto psicológico y socio-cultural implícito en la elaboración de un cuento.
El estado actual de disciplinas como la lingüística del texto, la etnografía de la comunicación y la narratología pareciera exigir ya un conjunto de teorías que sirvan de marco científico a la hora de abordar el texto literario de un modo más o menos serio y con la finalidad de proponer rasgos delimitativos que vayan más allá de la gastada noción de "género".
Pocos se atreven a dudar actualmente de la importancia que ha alcanzado el cuento como tipología textual, al menos dentro de ciertas culturas donde todavía la novela conserva su merecida ubicación de "género paralelo" (no superior). Todos sabemos del gran auge que esta clase de texto narrativo breve ha alcanzado en la literatura latinoamericana y de las posibilidades de desarrollo que ofrece, aún dentro de aquellos países donde su cultivo no haya tenido mayor éxito. El cuento es motivo de preocupación ya no sólo de creadores, sino que también ha pasado a cobrar importancia en diversas cátedras universitarias y, más aún, dentro de la orientación de ciertas corrientes criticas que lo emparentan con el poema o que le atribuyen una vinculación apenas tangente con su presunta "hermana mayor", la novela.
Sin embargo, la necesidad de sistematizar lo que al respecto se pudiera haber dicho nos llevó a la conclusión de que varias de las características que se han propuesto para el mismo pudieran ser aplicables al relato en general, e incluso al texto narrativo como categoría más amplia. Argumentar que un cuento para serlo deba fundamentarse solamente en lo que se conoce como el "criterio del interés", sería casi como suponer que tal rasgo no sea aplicable a cualquier otro tipo de texto literario (incluso, no narrativo). Presumir que la esencia del cuento resida en el efecto producido por él mismo o que su extensión no sobrepase un determinado número de páginas deviene casi en una contradicción a la hora de evaluar algunos textos propuestos como "cuentos" que no alcanzan a cubrir tales condiciones. Aludir a la brevedad, al tema, al espacio, a la temporalidad, sin especificar sus verdaderas funciones dentro del cuento, no conduce sino a la enumeración que ofrecen algunos manuales para el auxilio pedagógico, pero que a la larga puede llevar más a la confusión que a la claridad.
Con esto hemos querido decir lo siguiente: el cuento parece ser una categoría textual de las más difíciles de aprehender, inclusive desde la perspectiva metodológica de la más reciente narratología. Su caracterización no es una tarea tan fácil como se pudiera creer, pues cuando se cae en tal suposición se presume subyacentemente que la diferencia con la novela es apenas una cuestión de longitud. Una teoría coherente sobre cualquier tipo de texto literario debe despojarse en la medida de lo posible de las comparaciones para centrarse en la especificidad. Un camino distinto a ése conduce a metas erradas y no permite superar las limitaciones que le son inherentes. Pero tampoco parece pertinente el camino de la evasión o de la metaforización. Los creadores metaforizan con la definición del cuento porque es ésa la perspectiva que más justifica su incursión en un terreno tan resbaloso como el de la crítica o el de la teoría literaria. De allí ha surgido buena parte de las metáforas con que se ha resumido el cuento a través de las ideas de algunos cuentistas. Pensamos, sin embargo, que no es posible seguir el mismo camino cuando se intenta sistematizar y organizar una teoría que sirva a todos para el análisis del cuento como clase de texto literario. Expresar la definición del cuento a través de su comparación con animales (tigre, serpiente, caracol…), con efectos (fotografía, golpe fulminante, temblor, relámpago, semilla…), o con actividades (descascaración, carrera veloz, flecha dirigida hacia un blanco, etc.) es en realidad una hermosa manera de describir lo que aparentemente es indescriptible, pero no parece suficiente en el ámbito de la crítica textual.
Lógicamente, tampoco lo contrario es una tarea simple. Se trata de abordar de cierta manera algo que por su misma naturaleza se torna inasible. ¿Cómo buscar una caracterización que igualmente sea útil para explicar un cuento brevísimo de Augusto Monterroso, uno un poco más extenso de Horacio Quiroga y otros mucho más amplios como los de Alejo Carpentier o Guillermo Meneses? ¿Qué orientación seguir cuando se trata de agrupar dentro de una misma tipología los cuentos fantásticos e intrincados de Julio Cortázar o Jorge Luis Borges y los más cercanos a la "realidad" y estructuralmente menos complejos de José Rafael Pocaterra?
En honor a la verdad, las comparaciones a las que hemos aludido arriba permiten por lo menos establecer una cercanía intuida por algunos creadores (y propuesta también por críticos) entre el cuento y el poema (mas que entre el cuento y la novela). El efecto, la intensidad, el estado anímico precisado en el receptor y la dimensión semántica del cuento lo ubican muy cerca de la requisitoria contextual relacionada con la escritura poética. No obstante considerarlos muy distintos, Edgar Allan Poe ha sido uno de los creadores más cercanos a una caracterización concreta, no precisamente metafórica (sobre todo cuando se refiere a la cuentística de Nathaniel Hawthorne). Poe parte, por ejemplo, de la finalidad (el efecto) y plantea que es ésta la que determina el desarrollo del cuento. Presume que tal efecto debe buscarse desde la primera línea y agrega que el cuento no es una estructura literaria encaminada al logro de la belleza. Esto último pudiera resultar discutible por su radicalismo, pero de algún modo también ha sido vislumbrado explícita o implícitamente por otros autores. Sin embargo, puede ser peligroso puesto que sacrificaría el carácter de "cuentos" de algunos textos narrativos de tono eminentemente lírico. Eso sí, igual que el poema, para Poe el cuento debe ser fríamente planificado a conciencia. Intuimos que la meta propuesta para el mismo así lo hacía pensar. De esto es posible deducir que no creía Poe en la literatura como producto de estados especiales ni de situaciones de trance, cuestión que muchos años después sería discutida y planteada también por uno de sus discípulos latinoamericanos más notables, Julio Cortázar (1963), y que en realidad guarda ciertos nexos con la caracterización del relato breve.
PROBLEMAS GENERALES RELATIVOS A LA DEFINICION DEL CUENTO
Partiendo de una definición muy provisional, y ampliando la idea recocida en Meneses (1966), digamos que el cuento literario (el texto) es indudablemente una clase de mensaje narrativo breve, elaborado con la intención muy específica (por parte del autor) de generar un efecto o impresión momentánea e impactante en el destinatario (el lector) y cuya composición lingüística pareciera restringida por la escogencia focalizadora de un solo tema ("un hecho, un ámbito o un personaje" según Balza), narrado a partir de una serie de macro proposiciones únicas (Van Dijk, 1983), no vinculadas semánticamente con ningún otro texto narrativo adherente o coexistente, lo que a su vez lo reviste de una relativa autonomía semántica y formal. Esto significa que todo texto narrativo postulado como cuento, luego de elaborado en su versión definitiva, debe ser único y que sus secuencias se organizan dentro de un espacio semántico cerrado, lo que implica como necesaria una resolución que no traspase su propia esfera significativa. "El autor no sólo debe exponer enigmas, milagros y misterios sino que debe resolverlos", para decirlo con palabras de Meneses (1955). Por otra parte, se impone la participación del contexto socio-cultural en la producción y percepción del texto asumido como cuento: la competencia literaria de cuentistas y lectores acepta tanto individual como socialmente la clasificación de tal texto como cuento: ambos poseen esquemas previos de conocimiento en relación con la manera como se organizan habitualmente los cuentos y utilizan estos esquemas no sólo para elaborarlos sino también para comprenderlos y procesarlos. Ya lo dijo Borges (1987) alguna vez con mucha claridad:
"Quien lee un cuento sabe o espera leer algo que lo distraiga de su vida cotidiana, que lo haga entrar en un mundo, no diré fantástico -muy ambiciosa es la palabra- pero sí ligeramente distinto del mundo de las experiencias comunes".
Intervienen en esto una serie de reglas estéticas convencionales que opera en la memoria semántica de emisor y receptor, al permitirles distinguir entre textos literarios diferentes como la novela, el poema y el cuento, para citar únicamente tres ejemplos.
LA RAZÓN DE LA BREVEDAD
Una de esas reglas parece ser la brevedad. Todo texto narrativo clasificado y aceptado socialmente como cuento suele ser de una extensión relativamente breve. Sin embargo, debe quedar claro que la longitud viene determinada por la función que subyace a la producción de todo cuento. En realidad, la extensión breve es más una consecuencia (Bosch, 1967), un síntoma (Friedman, 1977), que un rasgo inherente. La finalidad socio-estética del cuento pudiera guardar vínculos con otros factores condicionados también por la competencia literaria. Veamos algunos:
El tiempo de lectura requerido para el "consumo" de un cuento no permite que el mismo pueda extenderse demasiado. Poe sostiene, por ejemplo, que ese lapso parece estar ubicado entre 30 minutos y dos horas. Pero es obvio que este criterio resulta absolutamente arbitrario y relativo. Digamos que pudiera llegar a incluir hasta la lectura de una novela corta y excluir algunos cuentos brevísimos (pensemos en algunos minirrelatos de Monterroso, Arreola, Anderson Imbert, Jiménez Emán, Sequera, Liendo, etc.). En último caso, y para no dejar fuera estos últimos, digamos que el tiempo de lectura ideal de un cuento es aquel que, siendo siempre breve, nos permite captar el efecto que se haya propuesto su autor.
La limitación a un solo hecho central pareciera también restringir la posibilidad de que un cuento se extienda demasiado en su conformación textual. El hecho seleccionado como foco del cuento debería ser presentado de tal manera que parezca verdaderamente uno solo y no un conjunto de ellos. Sin duda, uno de los asuntos básicos relacionados con la longitud radica en que los mismos rasgos semánticos pertinentes al cuento ameritan de una presentación en pocas palabras, so pena de desvirtuar su objetivo. Así, ese recurso conocido como la "catálisis" parece más bien estar reservado a otras tipologías narrativas. El inventario lingüístico de un cuento tiene que ajustarse necesariamente a las palabras imprescindibles para que cumpla con su función de impacto, ni más ni menos. El lector avezado suele intuir muchas veces la carencia o el exceso de lenguaje que pueda haber en algo que le ha sido "presentado" como cuento (fundamentalmente cuando se trata de secuencias verbales extensas como oraciones, párrafos, periodos, etc.). Tal cuestión ha sido experimentalmente comprobada por la investigación psico-lingüística reciente. Esa es precisamente una de las armas que le proporciona al lector su competencia literaria y textual.
Por otro lado, si su finalidad está realmente dirigida a producir un efecto de intensidad, cuestión en la que coinciden casi todos los autores, entonces un cuento no debería extenderse demasiado, puesto que dejaría espacio para el desvío de tal objetivo en el receptor. Las sesiones de tregua, la lectura a destajo, no es que no puedan ser practicadas con el abordaje de un cuento, pero es muy seguro que desvirtúen su finalidad lingüístico – estético – pragmática. Habría lectores que se verían forzados al reinicio cuando por alguna circunstancia tuvieran que abandonar la lectura. El cuento parece ser una tipología discursiva cuyo efecto primigenio debe ser captado en una sola sesión ("una sola sentada", con palabras de James Cooper Ladronee), su relativa autonomía semántica así lo requiere. Muy acertadamente. Julio Cortázar sostiene que el ritmo de los cuentos debe guardar un acoplamiento necesario con el ritmo de los sucesos en ellos desarrollados (la acción).
En suma, pareciera que la conformación semántica y la finalidad que lo origina son factores determinantes para la forma del cuento. La brevedad pasaría a ser entonces una condición de coherencia, más que un fenómeno cuantitativo: intensidad, tiempo de lectura, desarrollo del hecho planteado, esfericidad semántica y estructura lingüística deben corresponderse e interconectarse de manera organizada para que un cuento cumpla con el objetivo para el cual fue escrito: la generación de un efecto particular en el receptor. Todas estas características desembocan en la brevedad textual, manifestada por lo general en un número limitado de palabras. No en vano, muchos autores se han visto tentados a emparentar el cuento con el poema, más que con la novela. Y de allí que haya que afirmar también que cuento y novela no solamente son bien diferentes en su forma, sino también en muchas de sus otras características (Hanson, 1989).
TEXTO Y CONTEXTO DEL CUENTO
Como texto literario, el cuento no debe ser caracterizado solamente desde la perspectiva de su estructura, A partir de los planteamientos de la lingüística textual y de la narratología, debería ser analizado más integralmente como parte de un proceso general en el cual participan las diversas variables implicadas en cualquier evento comunicativo, Aparte de la ya analizada variable del texto mismo, entrarían en este abordaje otros factores como el destinatario, el productor real, y el contexto de producción. Esa ha sido precisamente la perspectiva que aquí hemos adoptado y que ahora nos permitimos retomar. Recordemos entonces que la función que debe cumplir el cuento es indudablemente condicionada por la forma que adquiere (premisa que por lo demás es atribuible a toda clase de texto). La frase breve, la sugerencia, el significar cosas sin expresarlas, parecen requisitos inherentes a su lenguaje (el cuento debe mostrar, no decir demasiado ni explicar). Su sintaxis esta constreñida por estructuras oracionales muy concretas y directas, con muy poco o ningún escarceo retórico. Tal condición viene dada por la exigencia de un ritmo que no admite disonancias, A partir de esto podemos considerar el resto de las variables más importantes que participan del funcionamiento de cualquier texto inserto en un acto comunicativo.
EL PRODUCTOR
Muchos autores coinciden en que no todo gran narrador es compulsivamente un buen cuentista. Pero en general, el dominio del cuento parece condicionado por dos variables muy particulares. Sin duda que el cuentista debe ser esencialmente un buen narrador, debe conocer muy bien la técnica para relatar historias (Bosch). Asimismo, la competencia literaria del productor de cuentos debe incluir el dominio y el conocimiento (aunque sea intuitivo) de las técnicas formales y la función del relato breve. El escritor de cuentos debe entonces tener un criterio muy claro acerca de la función estético-comunicativa que el contexto socio-cultural les atribuye. De allí que no deba plantearse de antemano el problema de la brevedad.
Lo que sí debe tener presente es que todo texto literario cumple una función específica y que en el caso del cuento, la misma admite menos ambigüedad que en otros discursos narrativos como la novela. El productor del cuento está casi siempre sujeto a que se perciban nítidamente sus aciertos y sus fallas. Si no mide cuidadosamente el desarrollo de su propuesta, corre el riesgo permanente de dejar insatisfecho al receptor o lector concreto. "En el creador, el cuento literario es consumación del arte de narrar y el cuentista condiciona la realidad a su designio artístico" (Castagnino, 1977, p. 30). Se trata entonces de una clase de mensaje narrativo preciso en su forma y definitivo en su función. Es muy posible que ello tenga que ver con ese arduo proceso de planificación del que hablara Poe: la palabra, el hecho y el desarrollo, todos relacionados de manera premeditada y precisa con un objetivo después recordado por Horacio Quiroga: perturbar al lector a partir de una proposición particular que en la dimensión del emisor pudiera ser semánticamente univoca.
EL DESTINATARIO
Pareciera que un lector de cuentos busca en ellos la instauración de estados momentáneos de escapatoria. Si el cuento no posee esas condiciones de "maravilloso" y de "jamás oído", de las que habla Meneses (1955), es casi seguro que el lector abandone lo que generalmente inicia como un reto. Con un texto extenso se puede correr el riesgo del aburrimiento. Pero un buen cuento no debe dejar espacio para el tedio o el cansancio" como sugería Quiroga, aunque es obvio que esto se relaciona mucho con la competencia literaria (los gustos, las épocas, las estéticas, los referentes, etc.). Todo cuento tiene entonces un único y decisivo inicio del cual parece depender la persistencia del lector dentro de la atmósfera que el cuentista le propone. En eso radicaría la importancia extrema de las primeras palabras. La permanencia de la relación de enfrentamiento texto – receptor viene dada por la finalidad misma del cuento: se abandona una novela porque ha dejado de interesarnos a medida que avanzamos en su desarrollo; se aparta un cuento porque no nos ha permitido iniciar el avance. Se deduce de allí que el éxito de un cuento con el receptor depende fundamentalmente de que su efecto cautivante comience en las palabras que lo inician y, por supuesto, perdure hasta su línea final.
Pero naturalmente, el cumplimiento de tal requisito no guarda ningún vínculo directo con un permanente estado de tensión. Esta sería característica sólo de algún tipo especial de cuentos (quizás el tipo de relato al que se refería Poe) y por lo demás no es ajena a otras clases de mensajes narrativos. Más que de tensión, debe generalizarse a partir de la noción de intensidad, como la plantea entre otros Cortázar. Pero también debe quedar claro que la recepción del cuento puede distar considerablemente de la proposición monosémica que haga el productor. Lógicamente, como ocurre con cualquier objeto artístico logrado, la dimensión amplia y abstracta del receptor universal apunta siempre hacia la polisemia; entran en este proceso una serie de mecanismos relacionados con la memoria semántica del lector, con su competencia literaria y con la variabilidad a que el acontecer histórico suele someter a los referentes literarios. Aparte de la función específica del efecto, el productor no será entonces responsable de la significación que el destinatario integre a su competencia narrativa.
EL CONTEXTO
La relación contextual de producción del cuento implica una necesaria coordinación entre algo que se presenta como novedoso (criterio del interés. Van Dijk, 1983) y la motivación de esa novedad en quien lo lee. El efecto del cuento suele sobrepasar el simple contexto histórico o espacial en que se ha originado. Un cuento debe de alguna manera rebasar los límites de la localización, aunque su tema parezca reducido a un cierto espacio geográfico muy específico. "Luvina" (de Juan Rulfo) no es buen cuento porque plantee la situación particular de un pueblo mexicano abatido por la soledad, sino porque a partir de allí el lector es motivado a intuir una situación similar para cualquier pueblo del mundo en cualquier época. Si hablamos de su operatividad semántica, el cuento debe traspasar las perspectivas del tiempo y el espacio particulares. Su planteamiento apunta casi siempre hacia lo universal, mucho más que en la novela (James Cooper Lawrence, 1927, 1976). El hecho, el enigma, el misterio, el personaje o el ámbito que sirve de foco a un cuento tiene que ser capaz de vencer la contextualidad inmediata en que ha sido producido.
Borges, Rulfo, Cortázar, Quiroga, Fonseca -en el ámbito latinoamericano-, Meneses, Garmendia, Trejo, Balza, Márquez Salas -en Venezuela-, parecen autores paradigmáticos dentro de esta dimensión. Todo buen cuento debe apuntar hacia un lector universal (Lázaro Carreter, 1980) no limitado por variables históricas. Tentativamente puede decirse que, igual que un gran poema, un cuento orientado en ese sentido sobreviviría con mucha más firmeza a los avalares de los diferentes contextos históricos que una novela. Es posible que sus referentes sean más limitados que los de la novela, pero ello mismo pudiera contribuir a expandir su foco de irradiación témporo-espacial.
CONCLUSIONES
El "paseo por el cuento" que hemos realizado nos permite concretar algunas conclusiones específicas al respecto.
Queda claro que buena parte de las propuestas teóricas acerca del cuento se sustentan en una recreación metafórica. Tal situación viene dada no sólo por el hecho de que la mayoría de las mismas hayan sido planteadas por cuentistas, sino también por la dificultad extrema que ofrece tan "engañosa especie" para ser caracterizada con "precisión y nitidez inconfundible" (Castagnino, 1977, p. 28). Sin embargo, algunos rasgos pueden ser extraídos a la hora de concretar una aproximación. Atmósfera, personajes, lenguaje, espacio y acciones adquieren significación muy particular a la hora de funcionar dentro del cuento. Su manejo preciso y seguro, ajustado a ciertas técnicas específicas, es un requisito indispensable para la narración de un buen cuento. Buena parte del abordaje teórico tradicional ha sido centralizada en dos variables básicas: el receptor y la estructura.
Hacia el primero estarían dirigidos aspectos como el efecto, la intensidad y la relativa autonomía semántica. Hacia lo segundo apuntan factores como la sintaxis verbal propia del cuento (lenguaje directo y limpio de retórica, ritmo narrativo, importancia del principio y el final) y la extensión, condicionada esta última por el tiempo de lectura, la focalización en un solo hecho y la coherencia semántica. Proponer un determinado número de páginas para la consecución de este propósito sería absurdo, pero no hay duda de que el lector discrimina perfectamente entre un cuento y otro texto narrativo que no lo sea, gracias a su competencia literaria.
Una propuesta más integral debe contemplar también otras variables implícitas en todo hecho literario, tales como el receptor del texto, el contexto socio-cultural, y los referentes en que el mismo se genera. El caso del cuento resulta muy particular, dada la obligatoriedad del cuentista para sostener el texto sobre la base del criterio de interés y la relativa autonomía semántica ("esfericidad" la llama Cortázar). El contexto socio-cultural juega igualmente un papel fundamental en la concepción del cuento, ya que se propone aquí la posibilidad de que éste debe vencer su contexto inmediato, más que cualquier otra clase de texto narrativo, con la finalidad de proyectarse en una dimensión a-temporal y a-espacial. Ello, independientemente del referente concreto o imaginario (real o fantástico) que haya servido de excusa al escritor. Otro tipo de contexto, el psicológico, sirve también de soporte a la hora de la catalogación de un texto como "cuento" por parte del receptor concreto. Si bien la conformación lingüística y la brevedad no son suficientes para el logro de tal objetivo, puesto que son apenas rasgos indiciales, más que tipificadores decisivos; otros recursos aportados por la memoria semántica completan el esquema necesario en tales casos: entre ellos se pueden citar, por ejemplo, la narratividad (el cuento es un tipo de mensaje narrativo), la superestructura y su organización en una serie de macroproposiciones enfiladas todas hacia un universo semántico más o menos cerrado, la actualización en pasado: todo cuento es percibido como un hecho ocurrido y acabado, independientemente del tiempo gramatical en que aparezcan narradas sus secuencias.

Turismo rural más allá de lo que conoces. Otra cosa.

de la nada a la idea

Ficha sobre recursos técnicos:

Rafael González
Un cuento, una novela, la noticia del atentado contra las Torres Gemelas, el
diario de Ana Frank, un corto… se diferencian en muchas cosas, pero hay
algo que los vincula: cuentan historias. Unos (el cuento, la novela, el corto
o el largo, la obra de teatro) cuentan una historia de ficción, es decir, algo
que, salvo excepciones, no ha sucedido en la vida real tal como se cuenta
en el texto pero quiere pasar ante los ojos del lector y del espectador como
realmente real, sobre todo verosímil; el periodismo, las memorias, los
diarios, la biografía… –si son honrados- querrán, por el contrario, atenerse a
la verdad, a lo que realmente sucedió, de la manera más fiel posible.
Cuando se trata de contar una historia tal como ha sucedido, como
debe hacer el periodista, el biógrafo o el memorialista, el problema de
encontrar la idea germinal desaparece; sin embargo, ése es uno de los
asuntos principales al abordar la creación de historias de ficción. Es, como
decía antes, una de las cosas que más preocupa a quienes quieren iniciarse
en la actividad de contar historias: pero de dónde salen las ideas para
comenzar a escribir. Patricia Higsmith -la autora de Extraños en un tren,
que Hitchcok convirtió en una magnífica película, o de El amigo
americano- tenía una buena respuesta.
1. De dónde salen las ideas
“Es imposible quedarse sin ideas; éstas se encuentran en todas partes”,
decía Higsmith. “Probablemente en todo hay el germen de una idea: en un
niño que cae sobre la acera y derrama el helado que lleva en la mano; en un
señor de aspecto respetable que está en una verdulería y, furtivamente pero
como si no pudiera evitarlo, se mete una pera en el bolsillo sin pagarla; o
puede estar en una breve secuencia de acción que se nos ocurre
inesperadamente, sin que hayamos visto u oído nada que nos la inspire. Así
pues, los gérmenes de los que nace una idea para un relato pueden ser
pequeños o grandes, sencillos o complejos, fragmentarios o bastante
completos, quietos o móviles. Lo importante es reconocerlos cuando se
presentan. Yo los reconozco gracias a cierta excitación que siento
enseguida”. Eso, esa capacidad de descubrir el germen de una historia en
algo que aparentemente sucede sin ningún tipo de trascendencia, también le
parece a Stephen King el rasgo más definitorio de un contador de historias:
“El trabajo del narrador –dice- no es encontrar una idea, sino reconocerla
cuando aparece”. Él, por ejemplo, reconoció la idea que encendería la
creación de una de sus más conocidas novelas, Carrie –también llevada al
cine-, en un baño femenino y ante una máquina expendedora de compresas
Támpax, no me pregunten por qué.
Hay una idea que tiene que quedar muy clara cuando comenzamos
nuestro trabajo creativo en el ámbito de la ficción: todo es contable,
cualquier historia se puede narrar, cualquier historia puede atraer la
atención del lector; el único truco para conseguirlo es contarla con interés,
para lo cual es imprescindible el conocimiento de la técnica: el dibujo de
los personajes, la elección del mejor punto de vista, la creación del
ambiente, la construcción de la intriga… Giovanni Papini creía que “Si un
hombre cualquiera, incluso el más vulgar, supiera narrar su propia vida,
escribiría una de las más grandes novelas que jamás se hayan escrito”. Por
tanto es preciso conocer bien esa carpintería que permite ensamblar todos
los elementos que componen el relato sin que quede el más mínimo
resquicio por el que el interés del lector/espectador pueda fugarse. Y otro
mandamiento más: es imprescindible desechar la excusa (pésima, por otra
parte) de “No se me ocurre nada”, que únicamente esconde cansancio, falta
de ánimo, holgazanería… Contra esa flojedad también existen los remedios
(trucos, consejos, disparadores o como se les quiera llamar) que veremos
más adelante; pero tal vez el mejor consejo que puede darse –al menos el
primero- sería: para empezar hay que ponerse las cosas fáciles. Muchas
personas comienzan o quieren comenzar su labor creativa invocando temas
tremendamente vastos, casi inabarcables, sobre los que se han escrito
millones de páginas y aún se podrían escribir millones más; consecuencia:
la labor resulta agotadora, frustrante. No es buena idea plantearse escribir
sobre la Vida, o la Muerte, o el Amor, o la Paz, o la Libertad, así, con
mayúsculas y en abstracto; es mucho más razonable contar lo que sentimos
el día que nos descubrimos la primera cana (y levantar una historia a partir
de aquella experiencia: cómo nos dimos cuenta, qué sentimos al
encontrarla, a quién se lo contamos y qué nos dijo…) que intentar escribir la
novela definitiva sobre la Vejez, sobre el Paso del Tiempo. Así mismo,
algo que nos haya sucedido más o menos recientemente puede ser un buen
generador de un relato; basta con empezar a contarlo y, poco a poco, hurgar
en él: quizá todo podría haber acabado de un modo mucho más excitante
que en la vida real, o puede que el final real hubiese merecido un comienzo
totalmente delirante, o tal vez ni el principio ni el final de eso que nos
sucedió cualquier día estuviesen a la altura de lo que ocurrió de por medio.
Sea como fuere Teresa Imízcoz, en un muy recomendable libro titulado
Manual para cuentistas, advirtió “Da igual lo que se cuente. Lo que
importa es que el lector se dé cuenta de que, sin la lectura de ese relato, se
habría perdido una mirada al mundo distinta de la suya”.
2. Fuentes de la creación
Por tanto, ya tenemos fijado el primer filón fundamental para la obtención
de ideas que, convenientemente traspasadas al folio mediante los
procedimientos técnicos debidos, acabaran convirtiéndose en cuentos o
cortometrajes, en novelas o largos: la vida. “La raíz de todas las historias –
suele decir Vargas Llosa- es la experiencia de quien las inventa, lo vivido
es la fuente que irriga las ficciones. La invención químicamente pura no
existe en el dominio literario”. A Vargas Llosa le gusta comparar al escritor
con un catoblepas, ese animal imaginario, con cuerpo de búfalo negro y
cabeza de cerdo cuya mirada mata, que, cuando no tiene con qué
alimentarse, se devora a sí mismo empezando por las patas delanteras; para
Vargas Llosa el escritor también hace eso: se alimenta de sí mismo -de su
experiencia, de cuanto le sucede u observa- para ser lo que es, un inventor
de historias que están ahí, al alcance de todos, esperando a que alguien –el
narrador, como decían Patricia Higsmith y Stephen King- se dé cuenta de
que son ideas perfectas para acabar siendo leídas por alguien, vistas en
cualquier cine, cualquier teatro.
Pero aún quedaría por explotar otro filón extraordinario de ideas: los
libros. Gracias a ellos un señor manco acabó escribiendo la historia de un
tipo al que se le secaba el cerebro por leer novelas de caballerías y se
convertía en un ridículo caballero andante en el tiempo en que los
caballeros andantes ya eran agua pasada. Cervantes no habría escrito jamás
esa novela de no ser él mismo lector de relatos de caballerías; y en alguna
de aquellas lecturas debió de encendérsele la chispa y descubrir el juego
que acabaría convirtiéndose en la mejor novela de todos los tiempos. Otro
de los grandes, García Márquez, también sabe que es eso de sentir la –
digamos- inspiración entre las páginas escritas por otros: su primer cuento,
“La tercera resignación”, nació tras la -para él- impresionante lectura de La
metamorfosis de Franz Kafka.
3. Algunos trucos para disparar la imaginación
Pero sí, pese a lo dicho, sigue siendo un problema encontrar una buena idea
para empezar a escribir, aún queda una solución de urgencia. Unos los
llaman trucos, otros consejos, otros disparadores. A mí me gusta lo de
trucos porque, aunque suene cursi, la literatura se parece a la magia, lo es,
y un escritor es también un mago. Los que siguen son, pues, cuatro o cinco
trucos, o seis, para despertar la imaginación, para dejar sin argumentos a
aquellos que estén pensado en argüir otra vez esa mala excusa: “Es que no
se me ocurre nada”.
El primero tiene que ver con Borges y una palabra, inolvidable. Así
escribió Borges uno de sus mejores relatos, “El zahir”: hurgando en esa
palabra, intentando profundizar en ella hasta descubrir qué podría querer
decir realmente, como si no le convenciera la definición del diccionario. Se
trata únicamente de intentar ejemplificar con una historia el significado que
para nosotros debería tener uno de esos términos que todos utilizamos más
o menos, pero quizá sin saber muy bien qué significa, seguro que sin haber
pensado jamás que él también puede llevar colgada una historia a sus
espaldas.
El binomio fantástico, el segundo truco para convocar a la
imaginación, tiene padre: Gianni Rodari, autor de la Gramática de la
fantasía. Rodari propone la relación entre un par de términos o conceptos
para descubrir la historia que pueda generar dicha relación. En ocasiones
surgen propuestas de arranque de la historia, que, al menos a priori pero
conviene no descartar sorpresas, pueden resultar poco sugerentes, como
“La mesa y la casa” o “La niña y su perro”; aun así el truco es válido
puesto que sigue propiciando que el alumno estruje su capacidad de
inventar. En todo caso, siempre se pueden lanzar propuestas algo más
arriesgadas: ¿qué historia podría surgir de la relación entre un pigmeo y la
Fontana de Trevi, pongo por caso; o entre una foca y el reloj de pulsera de
mi padre?
Otra propuesta es la denominada hipótesis fantástica, y consiste
esencialmente en plantear suposiciones sobre los asuntos más diversos,
muchos de los cuales pueden tener que ver con la propia vida del alumno.
Qué hubiese pasado si su padre fuese torero, en vez de informático; o si
cierta noche hubiese salido de marcha, en vez de haber ido al cine; o si,
como se plantea en muchas películas, hubiésemos cogido el sendero de la
izquierda en vez del de la derecha. Como decía Novalis, “Las hipótesis son
redes: lanzas la red y, tarde o temprano, encuentras algo”. Hace algún
tiempo apareció un anuncio en prensa que utilizaba una técnica similar:
“¿Te imaginas vivir sin…?”, y planteaba una sucesión de productos sin los
cuales nuestras vidas serían, por lo menos, distintas: “Té, chocolate, café,
kleenex y celo; fregonas, plásticos y butano; bikini, futbolines y
vaqueros…”. Yo, por ejemplo, no me imagino la vida sin chocolate –me
refiero al que se come-, y seguro que, poniéndome a ello, podría imaginar
una historia, no sé si mejor o peor, para demostrar que el chocolate es un
elemento básico en nuestras vidas, al menos en la mía.
También adentrarse en una imagen puede dar buenos resultados a la
hora de encontrar gérmenes para inventar. Toda imagen puede evocarnos
algo, bien en su conjunto o bien alguno de los elementos que fija. Un buen
ejercicio consiste en plantear un severo interrogatorio sobre lo que, a
simple vista, se observa en determinada fotografía o cuadro o dibujo: qué
personajes aparecen, qué están haciendo, por qué lo hacen, dónde se
encuentran, de qué estarán hablando… Lo importante es desparramar el
mayor número posible de hipótesis que la imaginación de los alumnos sea
capaz de plantear; en última instancia se tratará de decidirse por alguno de
los muchos cabos sueltos que hayan quedado por ahí, y empezar a contar.
A García Márquez el truco le ha solido dar buenos resultados: “Yo siempre
parto de una imagen”, dice; y así escribió el que él mismo considera su
mejor cuento, “La siesta del martes”: “Surgió de la visión de una mujer y
una niña vestidas de negro y con un paraguas negro caminando bajo un sol
ardiente en un pueblo desierto”. La hojarasca, una de sus propias novelas,
tiene así mismo su origen en otra imagen, la de “un viejo que lleva a su
nieto a un entierro”, y el punto de partida de El coronel no tiene quien le
escriba fue “la imagen de un hombre esperando una lancha en el mercado
de Barranquilla. La esperaba con una especie de silenciosa zozobra”. Por
fin, la primera idea que tuvo para escribir su mejor novela, Cien años de
soledad, “fue la imagen de un viejo llevando a un niño a conocer el hielo
[...] una curiosidad del circo, porque el pueblo era terriblemente caliente, y
el hielo venía como venía un elefante o un camello”.
Por supuesto que se podrían citar otros muchos disparadores o trucos
o simplemente juegos, hay tantos como se quieran imaginar. Muchas
noticias de periódico encierran ideas magníficas para convertir en un
cuento o en el guión de un cortometraje (y si no que le pregunten a Muñoz
Molina cómo se le ocurrió su estupendo cuento “La colina de los
sacrificios”), también muchas citas más o menos famosas, incluso
simplemente algo que alguien dice a nuestro lado, aunque ese alguien no
sea en absoluto célebre. Sólo se trata, como decían –y regreso una vez más
a ellos- King y Higsmith, de reconocer la validez de la idea, y enseguida
ponerse a cincelarla para descubrir la historia que lleva dentro. Es un
trabajo laborioso, debe serlo; pero también, y lo digo por propia
experiencia, absolutamente apasionante.

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El lenguaje simbólico en los cuentos populares

Ficha sobre recursos técnicos:
 

Víctor Montoya*
Los cuentos populares son alimentos para el alma del niño, estimulan su fantasía y cumplen una función terapéutica; primero, porque reflejan sus experiencias, pensamientos y sentimientos; y, segundo, porque le ayudan a superar sus ataduras emocionales por medio de un lenguaje simbólico, haciendo hincapié en todas las etapas -periodos o fases- por las que atraviesa a lo largo de su infancia.
Cuando el niño lee o escucha un cuento popular, pone en juego el poder de su fantasía y, en el mejor de los casos, logra reconocerse a sí mismo en el personaje central, en sus peripecias y en la solución de sus dificultades, en virtud de que el tema de los cuentos le permiten trabajar con los conflictos de su fuero interno. El psicoanalista Bruno Bettelheim ha manifestado que en el campo de la literatura infantil no existe otra cosa más enriquecedora que los viejos cuentos populares, no sólo por su forma literaria y su belleza estética, sino también porque son comprensibles para el niño, cosa que ninguna otra forma de arte es capaz de conseguir. Bettelheim, en su Psicoanálisis de los cuentos de hadas, afirma que: “A través de los siglos (si no milenios), al ser repetidos una y otra vez, los cuentos se han ido refinando y han llegado a transmitir, al mismo tiempo, sentidos evidentes y ocultos; han llegado a dirigirse simultáneamente a todos los niveles de la personalidad humana y a expresarse de un modo que alcanza la mente no educada del niño, así como la del adulto sofisticado. Aplicando el modelo psicoanalítico de personalidad humana, los cuentos aportan importantes mensajes al consciente, preconsciente e inconsciente, sea cual sea el nivel de funcionamiento de cada uno en aquel instante. Al hacer referencia a los problemas humanos universales, especialmente aquellos que preocupan a la mente del niño, estas historias hablan a su pequeño yo en formación y estimulan su desarrollo, mientras que, al mismo tiempo, liberan al preconsciente y al inconsciente de sus pulsiones. A medida que las historias se van descifrando, dan crédito consciente y cuerpo a las pulsiones del ello y muestran los distintos modos de satisfacerlas, de acuerdo con las exigencias del yo y del super-yo” (Bettelheim, B., 1986, p. 12-13).
Conforme a lo señalado por Bettelheim, no cabe duda de que casi todos los cuentos que provienen de la tradición oral abordan el mismo tema: la sublimación de los conflictos emocionales y los problemas existenciales que aquejan a los niños. No es extraño que las niñas, que son víctimas de abusos sexuales, asocien a sus violadores con los personajes “malditos” de los cuentos populares, cuyos protagonistas -lobos, ogros, gnomos, brujas y otros- se tornan en individuos del mundo real.
Si bien existen libros pedagógicos que ayudan a desarrollar las funciones cognoscitivas del niño, existen también libros que ayudan a superar los traumas psicológicos por medio de la ficción y el lenguaje simbólico, que representa cosas que no están al alcance del entendimiento humano. Ya Carl G. Jung, en “El hombre y sus símbolos”, dice: “usamos constantemente términos simbólicos para representar conceptos que no podemos definir o comprender del todo. Esta es una de las razones por las cuales todas las religiones emplean lenguaje simbólico o imágenes. Pero esta utilización consciente de los símbolos es sólo un aspecto de un hecho psicológico de gran importancia: el hombre también produce símbolos inconscientes y espontáneamente en forma de sueños” (Jung, C.G., 1995, p. 21).
La tesis de Betellheim parte de la base de que todos los cuentos populares reflejan la evolución física, psíquica, intelectual y social del niño; por ejemplo, el fracaso del egocentrismo, la soledad y falta de afecto, la satisfacción del deseo (casa de chocolate) y el triunfo sobre el peligro (la bruja) está simbolizado en el cuento “Hansel y Gretel”; el complejo de Edipo en “Blancanieves”; la pubertad en “Caperucita roja”; la rivalidad entre hermanos en “La Cenicienta”; el temor sexual en “La Bella y la Bestia” y el incesto en “Piel de asno”, un tema tabú del que todos saben algo, pero del que pocos se atreven a hablar. El rey y la reina simbolizan a los padres, la flor al desarrollo sexual y la casa a la seguridad y armonía en el hogar. El árbol simboliza la vida, el crecimiento o la maduración física y psíquica del individuo. Así como el perro simboliza la fidelidad, las aves simbolizan la libertad y la ayuda; esto ocurre en el cuento de “La Cenicienta”, cuando su madrastra echa ante ella un montón de guisantes buenos y malos y le dice que los separe. Aunque parece una tarea imposible, Cenicienta comienza, pacientemente, a separarlos y, de pronto, las palomas (los ratones, según otras versiones) acuden a ayudarla. Asimismo, la rama que Cenicienta planta en la tumba de su madre, se convierte en un árbol, en cuyas ramas vive un pájaro que, cada vez que Cenicienta llora, le concede sus deseos; por lo tanto, el árbol y el pájaro simbolizan el espíritu o la reencarnación de la madre de Cenicienta.
En el cuento de “Blancanieves”, justo cuando ésta yace en el ataúd de vidrio, que simboliza su muerte espiritual, tres pájaros acuden a llorar junto a los siete enanitos; la lechuza (pájaro de la muerte y la sabiduría), el cuervo (pájaro de Odín, jefe de las fuerzas oscuras) y la paloma (pájaro de Afrodita, de la inocencia y el amor). Los tres pájaros, aparte de constituir piezas claves en la trama del cuento, simbolizan un número mágico que también aparece en otros cuentos. El genio en Las mil y una noches concede tres deseos a Aladino; tres son las dificultades o pruebas que deben vencer los héroes de los cuentos fantásticos para liberar a la mujer amada y coronar su triunfo; tres veces la madrastra de Blancanieves visita la casa de los siete enanitos. “En su primera visita, disfrazada de una vieja buhonera, intenta estrangular a la hijastra con un corsé (no un “lasito” como dice la versión española), dramatizando su deseo de contrarrestar la pubescencia en proceso de la joven. Blancanieves, medio muerta, es reavivada por los enanos, y el espejo informa a la reina malvada del hecho. En la segunda visita la madrastra le da un peine envenenado, que igualmente la deja \’como muerta\’. El envenenar los cabellos parece ser otro signo de la culpa que la madrastra le achaca a Blancanieves por crecer. Esto es confirmado por la tercera visita, después de que los enanos nuevamente procuran salvarla. Esta vez la madrastra, disfrazada de campesina, le ofrece una manzana \’con un veneno de lo más virulento\’. La bruja come de la mitad blanca para demostrar su inofensividad, pero cuando Blancanieves la recoge y come de la mitad roja, se desmaya con la manzana atorada en la garganta” (Heisig, J.W., 1976, p. 76).
El siete es otro de los números mágicos en los cuentos populares. Ahí tenemos a los siete enanitos en el cuento de “Blancanieves”, quien se convierte en una niña hermosa a los siete años. Siete son los colores primarios, siete los días de la semana, siete los planetas de la antigüedad, siete las virtudes, siete los pecados capitales, siete los misterios, siete las maravillas del mundo y, según el mito de creación, el séptimo día es sagrado y de descanso.
Los animales salvajes simbolizan los conflictos no resueltos y los instintos de agresión. La víbora y el elefante, por su forma, pueden simbolizar la masculinidad, mientras que la manzana (los senos de la madre) es un viejo símbolo del amor y el matrimonio, pero también del peligro y el pecado. En la Biblia se dice que Adán y Eva incurren en el pecado por comer la fruta (manzana) del árbol de la ciencia del bien y del mal. La madrastra de Blancanieves, asaltada por los celos y la envidia, le procura la muerte con una manzana envenenada. De otro lado, el color rojo o colorado de la manzana -simbolismo extensamente repetido en ritos primitivos de la pubertad- representa la menstruación, la culminación de la etapa latente y la maduración sexual; lo mismo que la caperuza roja es un atributo de la primera menstruación de Caperucita roja, quien, aparte de sentirse acosada por la sexualidad masculina, es capaz de concebir y ser madre desde el punto de vista biológico.
La belleza está simbolizada por el color rojo, blanco y negro. De ahí que el cuento de “Blancanieves”, en algunas versiones, comienza con un rey y una reina que viajan por un camino cubierto de nieve, circunstancia en que el rey dice: “Deseo tener una hija blanca como la nieve“, Más adelante, al divisar un hueso lleno de sangre, exclama: “Deseo tener una hija con las mejillas rojas como la sangre“ y cuando ve a tres cuervos, volando a cielo abierto, el rey dice: “Deseo tener una hija con los cabellos color de cuervo”. En otras versiones modernas, el cuento comienza así: Es invierno y la nieve cae como ovillos blancos. La reina está cosiendo junto a la ventana, cuyos marcos están decorados en ébano. De pronto, la reina se pincha en la mano y saca el dedo herido a través de la ventana, dejando caer tres gotas de sangre sobre la nieve. Entonces se dice: “Quiero tener una hija blanca como la nieve, con las mejillas rojas como la sangre y los cabellos negros como el ébano“.
El complejo de Edipo, ese conjunto de sentimientos amorosos y hostiles que cada niño siente en relación con sus padres (atracción sexual hacia el progenitor del sexo opuesto y odio hacia el del mismo sexo, que considera rival), está simbolizado en varios cuentos populares. . Ahora bien, ¿qué es el complejo de Edipo? Según refiere una de las tragedias griegas, un oráculo había predicho que Edipo, hijo del rey de Tebas, mataría a su padre y se casaría con su propia madre, profecía que se cumplió fatalmente. Los psicólogos -a partir de Freud- designan con este nombre la atracción que el niño -alrededor de los 4-6 años de edad- experimenta por el progenitor del sexo contrario.
En los cuentos populares, de un modo general, el conflicto de Edipo está representado por el héroe que mata al dragón para liberar a la princesa; un hecho que simboliza la rivalidad inconsciente que el niño experimenta contra el padre (dragón) y el amor desmedido que siente por la madre (princesa). El conflicto de Electra, a su vez, está representado por Cenicienta y Blancanieves, quienes, en procura de liberar el amor sojuzgado del padre, se enfrentan a la crueldad de la madrastra, figura que, desde el principio, encarna el peligro y la maldad. Empero, valga aclarar que el complejo de Edipo, en algunas versiones adaptadas para los niños, es apenas una sugerencia sutil, debido a que un mensaje más directo podría provocarles angustias y ahondar sus conflictos emocionales.
El tema de la envidia y la rivalidad entre hermanos está simbolizado en el cuento de “La Cenicienta”, quien no sólo es presa del trato inhumano de su madrastra, sino también del odio y la envidia de sus hermanastras. Otros símbolos constituyen el zapato de cristal (en la versión antigua era una zapatilla de cuero suave), que Cenicienta pierde al salir de la fiesta, en la ceniza (símbolo del desprecio y la humillación), en el árbol que planta en la tumba de su madre y en el príncipe que la revive y la toma por esposa.
El narcisismo de la madrastra de Blancanieves está simbolizado por el espejo mágico y la madurez sexual por el corpiño, el anillo y la manzana. Si la combinación del color rojo, blanco y negro es símbolo de belleza, entonces el “Príncipe sapo” y “la Bestia” son símbolos de la agresividad inconsciente de la personalidad humana.
El incesto, al menos como intento, aparece expuesto en “Piel de asno”. Todo comienza con un rey todopoderoso, amado y respetado por su pueblo, y una reina que, sintiendo acercarse su última hora, le dice al rey: “Cuando te vuelvas a casar, júrame que lo harás con una princesa que sea más bella y mejor formada que yo.” El rey le jura que así lo hará. Sin embargo, al cabo de un tiempo, no resiste a la tentación de pensar en la princesa -su hija-, quien no sólo es bella y admirablemente bien formada, sino que sobrepasa en mucho a la reina -su madre- en donaire y encantos. De modo que el rey, seducido por la juventud y belleza de su hija, decide tomarla en matrimonio. La princesa, consternada por la actitud de su padre, le ruega no obligarla a cometer un crimen. Mas el rey no desiste en su propósito y manda a preparar la boda. La princesa pide ayuda a la Hada de las Lilas -su madrina-, quien, para salvarla del dolor y el infortunio, le aconseja pedirle al rey la piel de un asno. Entonces el rey, obsesionado por casarse con su hija, no le niega su deseo y deja matar a su asno preferido. La princesa se disfraza con la piel del animal y huye del palacio sin ser reconocida. El rey moviliza a sus guardias y mosqueteros para dar con el paradero de la princesa, quien se convierte en fugitiva y llega hasta tierras lejanas, donde contrae matrimonio con un príncipe que la pone a salvo del incesto y la conducta perversa de su padre.
La relación de las niñas con su sexualidad está reflejada en varios cuentos. Pero quizás el más representativo sea “La Bella y la Bestia”. La versión más conocida de esta historia cuenta cómo la Bella, la menor de cuatro hermanas, se convierte en la favorita de su padre, debido a su bondad desinteresada y su actitud cariñosa. No obstante, lo que desconoce la Bella es que, al pedir una rosa blanca, pone en peligro la vida de su padre y las relaciones ideales con él, pues la rosa blanca es robada en el jardín encantado de la Bestia, quien, llena de cólera, le impone el castigo de que en el lapso de tres meses debe entregarle a su hija menor, a cambio de poner a salvo su vida. Así es como la Bella se ve obligada a vivir con la Bestia, hasta el día en que, redimido por el amor, vuelve a su condición humana trocado en un hermoso príncipe. De entrada, el cuento simboliza la animalidad integrada en la condición humana, pues en muchísimos mitos y cuentos populares se habla de un príncipe convertido por arte de hechicería en un animal salvaje o en un monstruo, que es redimido por el beso y el amor de una doncella; un proceso que, según el psiquiatra M-L. von Franz, simboliza la forma en que el ánimus se hace consciente. En muchos mitos, el amante de una mujer es una figura misteriosa y desconocida que ella nunca debe ver y al que sólo puede encontrar en la oscuridad. De lo contrario, si enciende una luz y revela su identidad, corre el riesgo de no redimirlo de su condición monstruosa. El ejemplo está en la doncella Psique, quien era amada por Eros, pero tenía prohibido que intentara mirarlo. Eros la visitaba sólo por las noches y desaparecía al despuntar el alba. Las hermanas de Psique le advirtieron que el hombre con quien vivía era un monstruo horrible que no se atrevía a mostrarse a la luz del día. Entonces Psique, curiosa por descubrir el misterio que guardaba su amante, encendió el mechero y se enfrentó a la hermosa imagen del hombre que dormía a su lado. Pero como estaba nerviosa y sorprendida, agitó el mechero y dejó caer una gota de aceite sobre el hombro de Eros, quien despertó y la abandonó por haber visto lo que no debía. De modo que Psique pudo recuperar su amor sólo después de larga búsqueda y muchos sufrimientos.
Cabe añadir que en los cuentos populares, como en gran parte de los cuentos de la literatura infantil moderna, existe una dicotomía maniquea entre los personajes, cuyos atributos representan la bondad o la maldad, dependiendo del rol que se les asigna en la trama del cuento. Las fuerzas del bien están simbolizadas por el protagonista central y los personajes secundarios -el príncipe, las hadas, las palomas y los magos-, entretanto las fuerzas tenebrosas del mal están simbolizadas por los personajes -humanos y animales- que representan la insensatez, la astucia y el peligro, como es el caso del lobo feroz, los gnomos, las brujas y los ogros.

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cómo escribir un cuento

Ficha sobre recursos técnicos:

La Idea Principal: debe ser el punto de partida del cuento, es la esencia de lo que se quiere expresar; puede ser Un hecho, ya sea real o imaginario, Una imagen o Un sueño. En muchos casos la idea es un problema que se le presenta a unos personajes; por ejemplo, el robo de algo muy valioso.
El Mapa del Cuento: en todo cuento hay un narrador que conduce al lector por un camino desde la situación inicial, la cual se va desarrollando y complicando, constituyendo el conflicto o nudo, hasta llegar al desenlace o solución. En la situación inicial se precisan el tiempo y el espacio narrativo, que sirven de marco para la historia.
Narradores: la posición que asume el narrador está determinada por la persona verbal que utilice el escritor, que puede ser primera persona, donde el narrador participa como un personaje más del cuento, ya sea como protagonista, que experimenta en carne propia los hechos, o como testigo que observa y tiene una participación limitada como personaje.
La narración en tercera persona se da cuando el narrador no participa de los hechos que cuenta; éste es el caso del narrador omnisciente, que lo sabe todo, incluso los sentimientos y los pensamientos de todos los personajes.
Los Personajes: es necesario que dentro del relato haya información sobre las características o rasgos físicos y psicológicos de los personajes, para que el lector los conozca bien y pueda entenderlos.
En todo cuento hay personajes principales y personajes secundarios; en los relatos más elementales, por lo general los personajes principales están claramente definidos como “buenos”, y en ese caso se llaman protagonistas; y los “malos” como antagonistas. En los cuentos más realistas y complejos, tanto los personajes principales como los secundarios tienen rasgos positivos y negativos, tal como ocurre en la vida real.
El Marco de un Cuento: el tiempo que se plantea en un relato es una ficción, ya que el autor realiza cortes temporales arbitrarios e imaginarios con el único fin de abarcar el período en el que ocurre el cuento, e incluso puede comenzar a narrar por el final o el medio de la historia.
El espacio narrativo: es una recreación de un espacio real, donde el autor maneja el grado de hostilidad u hospitalidad del lugar para determinar el carácter o los estados de ánimo de sus personajes.
La Acción del Cuento: es todo lo que les ocurre a los personajes y lo que ellos hacen dentro de una historia. Las acciones son generalmente en orden cronológico, es decir, en el orden en que ocurrieron; sin embargo, puede romperse la secuencia temporal haciendo “viajes” a tiempos pasados o futuros, desfasándose el tiempo real y el subjetivo o deteniendo el transcurrir del tiempo. Cuando el cuento es largo conviene organizarlo en episodios.
El Siglo XIX
El cuento tal como lo conocemos hoy alcanza su madurez a lo largo del siglo XIX en las numerosas publicaciones aparecidas en las revistas literarias, que a menudo reflejan las principales modas de la época. Durante el romanticismo destacan los relatos de Heinrich von Kleist y E.T.A. Hoffmann en Alemania; Edgar Allan Poe y Nathaniel Hawthorne en Estados Unidos, y Nikolái Gógol en Rusia. El realismo florece en Francia durante la década de 1830 y hacia finales del siglo desemboca en el naturalismo, basado en la posibilidad de predecir científicamente las acciones y reacciones humanas. Otras influencias estilísticas dignas de mención en el relato del siglo XIX son el simbolismo y el regionalismo.
Estados Unidos
Hasta la llegada del siglo XIX el cuento tiene como elemento principal la narración de determinados acontecimientos. A partir de este momento, los escritores se interesan más por las motivaciones de los personajes que por los propios sucesos. Simultáneamente, su atención se dirige hacia una economía narrativa: estructuración elaborada de los hechos, exclusión de todo material secundario, control estricto del punto de vista y concisión. Edgar Allan Poe definió de este modo el relato y demostró su teoría artística en algunos de sus propios cuentos, manipulando el escenario, los personajes y los diálogos para crear inexorablemente en el lector el estado de ánimo propicio para el crimen perfecto. Los cuentos de Hawthorne, por su parte, ponían seriamente a prueba el carácter y la importancia moral de los hechos, ofreciendo una descripción ambigua de su realidad física. Henry James destacó la importancia de una “inteligencia central” para configurar y filtrar los elementos del relato. En algunos de sus relatos James se sirve del narrador para transmitir una sensación de proximidad y realismo psicológico, mientras que en otros, como “El fajo de cartas”, experimenta con el punto de vista para presentar la historia a través de una serie de cartas escritas por seis personas que viven en una pensión francesa.
Alemania
El relato heredero de la novella italiana se desarrolló en Alemania con autores como Hoffmann, Kleist y Theodor Storm. La novella se centra en un único acontecimiento de carácter extraordinario que afecta a uno o más personajes y concluye de manera sorprendente a partir de un giro significativo en la historia.
Rusia 
Durante la primera mitad del siglo XIX los cuentos rusos se ocupan de hechos fantásticos o sobrenaturales, y abundan en ellos, como en otras literaturas europeas, los relatos de fantasmas, apariciones y seres de otros mundos. Posteriormente se desarrolló una corriente realista que analizaba los pensamientos y emociones del ser humano o criticaba la sociedad de su época. Entre los principales autores del género cabe citar a Lérmontov, Turguéniev, Tolstoi y Chéjov. Gógol influyó en el desarrollo posterior del género al fundir el sueño y la realidad en "El abrigo", la historia de un insignificante oficinista que se derrumba psicológicamente cuando le roban su abrigo nuevo y más tarde regresa de entre los muertos convertido en fantasma con el propósito de hacer justicia. La influencia de Gógol se observa en "El cocodrilo" de Dostoievski, en que un funcionario es devorado por un cocodrilo y comienza a desarrollar sus teorías económicas desde el vientre del animal. Los relatos realistas de Tolstoi se inscriben en una línea diferente dentro de la ficción rusa. Así, por ejemplo, en "La muerte de Ivan Illych" analiza los pensamientos y emociones de un hombre a punto de morir, al tiempo que critica la frivolidad de la familia y amigos, que se niegan a afrontar la realidad de la muerte. Pero, sin duda, el maestro de la ironía fue Chéjov. Para Chéjov el personaje es más importante que la trama. En "El ataque al corazón" ("La tristeza") un cochero intenta transmitir a sus pasajeros el dolor que siente ante la muerte de su hijo, pero el único que lo escucha es su caballo. En Vania un niño escribe a su abuelo pidiéndole que lo rescate de sus duras condiciones de vida, pero envía la carta sin la dirección correcta y sin sello.
Francia
Durante el siglo XIX Honoré de Balzac y Gustave Flaubert, más conocidos por sus novelas, escribieron también cuentos que gozaron de un amplio y merecido reconocimiento. Próspero Mérimée, por su parte, puso todo su talento al servicio del relato. Pese al estilo desafectado y fluido de sus obras maestras ("Colomba" o "Carmen"), Mérimée logra expresar la pasión en toda su fuerza. El maestro del relato naturalista en Francia fue Guy de Maupassant, autor de más de 300 cuentos en los que pone de manifiesto su talento para encontrar un perfecto equilibrio entre la economía y la estructura formal del relato. Tomados en conjunto, sus relatos ofrecen una detallada descripción de la sociedad francesa de finales de siglo.
El Siglo XX
A partir de 1900 se ha publicado una enorme cantidad de cuentos en casi todas las lenguas. Los experimentos temáticos y narrativos rivalizan con la maestría en el arte de narrar cuentos a la manera tradicional, como se observa en la obra del escritor inglés Somerset Maugham. Discípulo de Maupassant, Maugham figura entre los escritores de cuentos más prolíficos y populares. La mayoría de los países cuentan al menos con un gran escritor de relatos en el siglo XX. Cabe mencionar a la escritora neozelandesa Katherine Mansfield, en cuyo personal estilo se deja sentir la influencia de Chéjov. El gran talento de Mansfield para captar y reflejar las ironías de la vida ha servido de estímulo a varias generaciones de escritores.
Otras tradiciones
A lo largo del siglo XX se han escrito cuentos en todas las lenguas europeas, así como en las lenguas de Asia, Oriente Próximo y algunas lenguas africanas. Una lista que incluyera sólo a los principales exponentes del género resultaría ya excesivamente larga. Entre los más sugerentes y cautivadores cabe citar al escritor checo Franz Kafka. En sus relatos míticos y experimentales, la realidad se funde magistralmente con la fantasía, al tiempo que aborda temas eternos como la soledad humana, la ansiedad y la relación entre el arte y la vida.
Los autores del África subsahariana, ya sean negros o blancos, comparten invariablemente la fusión de fantasía, realidad y compromiso político. Son de destacar en este ámbito los Cuentos africanos de Doris Lessing o los Cuentos escogidos de Nadine Gordimer.
Los cuentos asiáticos se mueven entre la fidelidad a la tradición y el experimentalismo contemporáneo. Los autores más conocidos en Occidente son el japonés Yukio Mishima y el indio Rabindranath Tagore.
 
Cuentos tradicionales
Término genérico que engloba varios tipos de narraciones de tradición oral en todo el mundo. Como manifestación del folclore, los cuentos tradicionales se han transmitido de generación en generación, sufriendo con el tiempo muchas alteraciones debido a las incorporaciones o eliminaciones que realizaban los narradores. Durante este proceso de difusión cultural algunos se escribieron, como hizo don Juan Manuel con Doña Truhana (La lechera), pasando de nuevo a la transmisión oral, que es el rasgo fundamental de los cuentos tradicionales y de toda la literatura popular.
En general, los principales tipos de cuentos tradicionales, los mitos (véase Mitología), las leyendas y los cuentos fantásticos, se intercambian entre sí y se refieren a cualquier tipo de narración ficticia producto de la imaginación que por lo común implica falsedad o inverosimilitud. Sin embargo, para los eruditos del folclor cada uno de estos tres tipos representa una forma característica de este género. Otros tipos son los cuentos de animales y fábulas, las patrañas o relatos fantásticos, las anécdotas y chistes, el grupo formado por cuentos reiterativos, retahíla (como los cuentos de nunca acabar) y fábulas cantadas, cuya narración incluye canciones o rimas. Véase también Balada.
Investigaciones de los cuentos tradicionales
A comienzos del siglo XIX, los filólogos alemanes Jacob y Wilhelm Grimm (véase Hermanos Grimm) publicaron Cuentos para la infancia y el hogar (2 volúmenes, 1812-1815) animando a muchos escritores de otros países a recopilar y publicar materiales similares de sus propios pueblos, como el escocés Andrew Lang y el escritor danés Hans Christian Andersen. Los hermanos Grimm observaron muchas semejanzas entre los cuentos europeos y los de otros continentes.
La mayor parte de los eruditos del siglo XIX se centró en detallar estas semejanzas, pero, en general, ignoró el extenso acervo de los folclores africano, oceánico y de los indígenas americanos, que existían al margen de la tradición indoeuropea, e investigaron sólo en aquellas partes del mundo que creyeron las más importantes. Así, los hermanos Grimm postularon un origen común de los cuentos tradicionales; el filólogo alemán Theodor Benfey y el escritor escocés William Clouston creyeron que los cuentos se difundieron gracias a los viajeros que emigraron de la India hacia Oriente y Occidente. Estas teorías, sin embargo, han resultado ser incompletas o incorrectas, a pesar de que las investigaciones de estos y otros estudiosos estimularon, en gran medida, el interés por el folclor y por los cuentos tradicionales. Max Muller, erudito alemán, sostuvo que los mitos se originaron cuando el sánscrito y otras lenguas antiguas empezaron a declinar, opinión que rebatió el clasicista y folclorista escocés Andrew Lang. Los cuentos tradicionales empezaron a ser objeto de una atención más detenida a partir de la inmensa popularidad que alcanzó La rama dorada (1890), obra de doce volúmenes del antropólogo británico James George Frazer, y que contribuyó a estimular la investigación.
Más recientemente, los investigadores, muchos influidos por el antropólogo germano-estadounidense Franz Boas, han profundizado en el estudio del folclor y recogido los cuentos de todas las partes del mundo. Algunos, siguiendo las directrices del folclorista finlandés Antti Aarne y del estadounidense Sitih Thompson, han realizado estudios muy completos, geográficos e históricos, de todas las variantes conocidas de los cuentos más extendidos, tratando siempre de descubrir y catalogar los tipos y temas básicos. Aarne realizó un catálogo en 1910 que Thomson amplió y tradujo en 1928. Este catálogo se convirtió en el índice que clasifica los argumentos de muchos cuentos tradicionales. El índice temático de Thompson cataloga los elementos narrativos tales como los objetivos, animales característicos, ideas, acciones o personajes, que aparecen en los cuentos tradicionales. Como resultado de la obra de los investigadores, pocos folcloristas creen en la actualidad que exista una teoría que sea satisfactoria para explicar las semejanzas y variaciones en los cuentos tradicionales y el folclor mundial.
Algunos autores modernos y críticos literarios, muy influidos por el sicoanálisis de Sigmund Freud y Carl Jung, emplean la palabra mito de una forma más amplia a como se emplea en este artículo. La palabra mito se utiliza para referirse a símbolos y temas que comparten todos los pueblos en todo el mundo y que se sirven de lenguaje común para expresar las ideas, los valores y las emociones. Cuando se emplea en este sentido, el mito no se diferencia mucho de la leyenda o del cuento fantástico, o incluso de géneros literarios como novelas y dramas, consideradas como formas más recientes adoptadas por la necesidad de los tiempos para expresarse a través de los mitos.
Mitos
Los mitos, estrictamente definidos, son cuentos tradicionales que están cargados de elementos religiosos que explican el universo y sus primeros pobladores. Son historias que tanto el narrador como su audiencia consideran verdaderas y narran la creación y la ordenación del mundo, tareas normalmente llevadas a cabo por una deidad (dios o diosa) que existe en el caos, en el vacío o en algún mundo aparte. Con una serie de hijos y compañeros, la deidad da forma al mundo y lo llena de vida, e inicia una serie de aventuras y luchas en las que él o ella logra liberar el sol, la luna, las aguas o el fuego, regula los vientos, crea el maíz, las alubias o los frutos secos, derrota monstruos y enseña a los mortales cómo cazar y arar la tierra.
El ser que lleva a cabo estas tareas, el arquetipo o héroe cultural, puede presentar una forma antropomórfica (como Zeus en la antigua mitología griega) o animal (como el coyote y el cuervo en los cuentos de los indios norteamericanos) y con frecuencia cambia de forma. Algunas mitologías, como las americanas y las de África occidental, encierran ciclos completos en los que el héroe cultural es un embaucador, pequeño, ingenioso, codicioso, presumido, embustero y estúpido a la vez; una criatura paradójica que es engañada o se engaña a sí misma tanto como engaña a los demás. Anansi, la araña heroína de un gran número de cuentos tradicionales de África occidental, muestra a los seres humanos lo que no hay que hacer e ilustra el precio de la rebelión que supone apartarse del camino recto. Personajes parecidos de otras culturas son el conejo Brer de los cuentos afroamericanos, o el coyote, el cuervo y la liebre en los cuentos estadounidenses.
Leyendas
Las leyendas equivalen a una historia popular, e incluso cuando tratan de temas religiosos se diferencian de los mitos en que narran lo que sucedió en el mundo una vez concluida la creación. Tanto el narrador como su audiencia creen en ellas y abarcan un gran número de temas: los santos, los hombres lobo, los fantasmas y otros seres sobrenaturales, aventuras de héroes y heroínas reales, recuerdos personales, y explicaciones de aspectos geográficos y topónimos de lugares, son las llamadas leyendas locales.
Las leyendas se diferencian de la historia formal en su estilo de presentación, énfasis y propósito. Como otras formas de cuento tradicional tienden a adoptar fórmulas concretas, utilizando patrones fijos y descripciones características de los personajes. Por ejemplo, apenas se preocupan en detallar cómo son en realidad sus héroes. Jesse James, un bandido estadounidense, puede aparecer como un Robin Hood moderno o un Luis Candelas: un personaje de buen corazón que robaba a los ricos para repartir el botín entre los pobres. Los exploradores estadounidenses Davy Crockett y Kit Carson son prácticamente el mismo personaje en la leyenda. De la misma manera, Helena de Troya y Cleopatra (del antiguo Egipto), Deirdre (en la leyenda irlandesa) y más recientemente la actriz Marilyn Monroe han entrado a formar parte del folclor como símbolos de la belleza femenina casi sin matices diferenciadores. Algo similar, en cuanto a las pautas de los personajes, sucede en las historias de miedo, las leyendas locales y en algunos casos hasta en los recuerdos familiares, relatos que, aunque pueden presentarse como históricos, están demasiado trillados para ser tomados como verdaderos y objetivamente históricos.
Las "leyendas urbanas" son historias contemporáneas ambientadas en una ciudad; se toman como verdaderas, pero tienen patrones y temas que revelan su carácter legendario. El contexto de estas leyendas puede ser contemporáneo, pero las historias reflejan preocupaciones eternas sobre la vida urbana, incluyendo las intimidad, la muerte, la decadencia y, muy en especial, las gentes marginadas y fuera de la ley.
Coincidencias formales
Los intentos por definir con precisión las leyendas, los cuentos fantásticos y los mitos, pueden ser útiles, pero esas clasificaciones y definiciones nunca deberán tomarse como campos separados radicalmente, ya que las tres formas se superponen. Ciclos de cuentos como los relativos a los trabajos de Hércules o los del rey Arturo son una mezcla de leyenda y mito que funde ambas formas, y con frecuencia emplean ideas y temas que aparecen también en el cuento fantástico. Una de las razones principales por las que esto ocurre es que los cuentos cambian constantemente de función (y por ello de definición) conforme unas sociedades conquistan o se asimilan a otras, mezclándose y cambiando, por lo tanto, las creencias de los pueblos en contacto.
Sucede también que una narración que deja de ser aceptada como religiosa o filosófica puede sobrevivir como cuento o fantasía. Por otra parte, las heroínas y los héroes legendarios pueden asumir propiedades divinas, y sus aventuras adoptar significados mitológicos.
La definición de cuento tradicional depende de su función social y de la forma en que el narrador y la audiencia lo consideran en el momento de su existencia. Antes de ser llevados como esclavos a América, los africanos occidentales recitaban los relatos del conejo Brer como parte de su mitología, pero en América el cristianismo casi borró la religión africana y, aunque los afroamericanos continuaron recitando los cuentos del conejo Brer, esas historias perdieron su carácter mitológico.
Otras formas de cuentos tradicionales
Existen otras formas de cuento tradicional muy extendidas por todo el mundo. Los relatos de animales se engloban en dos categorías principales: los protagonizados por animales que pueden hablar y se comportan como seres humanos, y aquellos en los que las cualidades humanas de los animales son simplemente una convención que se acepta durante el curso de la narración; así sucede en los ciclos medievales de animales (por ejemplo, los cuentos de Reynard el Zorro) o en las fábulas, que se caracterizan por su moraleja. Cuando no son mitológicos, los cuentos de animales cumplen una función de sátira social o política, encubierta por la narración literaria.
Los cuentos de fórmula reiterativa incluyen las historias interminables o los cuentos de nunca acabar; los cuentos acumulativos, que parten de una frase básica a la que se van añadiendo otras nuevas (por ejemplo, el famoso A mi burro le duele la garganta), y los cuentos con un final inesperado, que abarcan desde las historias serias o ingeniosas a los juegos de palabras. Muchos de estos cuentos, como las patrañas, están relacionados con la gran cantidad de chistes y anécdotas graciosas que circulan en todas las sociedades. Este género comprende un amplio material, tanto lineal como equívoco, desde retratos sobre gente ignorante y loca, encuentros sexuales y confusiones producidas por equívocos lingüísticos o dialectos diferentes, como los modernos chistes malos.
Los cuentos cantados o recitados, otra forma de cuento tradicional oral, fueron muy populares en la región del Caribe (véase Literatura caribeña). Se trata de historias, a menudo un cuento de animales o un Märchen, con una canción o estribillo intercalada en la narración oral.
El papel del cuento tradicional
Los seres humanos siempre han sido contadores de cuentos, y allí donde no tuvieron una Biblia, libros de historia, novelas o relatos han formado a las generaciones más jóvenes con historias conservadas en su memoria, ya fueran personales, familiares, del clan o de la sociedad más amplia, y se han entretenido al amor de la lumbre con diversos tipos de cuentos tradicionales. Esta función social sigue viva: en la actualidad se practica tanto en la escuela, bien de manera oral bien a través de la literatura infantil -que ha recogido por escrito y en distintas versiones los cuentos tradicionales de todo el mundo-, bien en las familias o comunidades siempre que una persona mayor cuente una historia relacionada con la familia o un hecho histórico vivido personalmente y matizado por su experiencia
Cuentos de hadas
Historias de las intervenciones en los asuntos mortales a través de la magia de unos pequeños seres sobrenaturales del folclor, generalmente de aspecto humano, que habitan en una región imaginaria llamada tierra de las hadas.
En este mundo mágico se engloba además, de forma imprecisa, a los duendes, gnomos, elfos, genios, trasgos, trolls, enanos, banshees, silfos, espíritus y ondinas. La imaginación folclórica no concibe la tierra de las hadas como un mundo aparte, sino que hace vivir a los duendes en parajes tan comunes como las colinas, los árboles o los arroyos, y además usan ropas, adornos, muebles, casas y otros objetos semejantes a los de los humanos.
La creencia en los duendes y hadas fue casi un atributo universal de la cultura popular primitiva. En la antigua literatura griega, las sirenas de la Odisea de Homero son seres con poderes mágicos, y varios de los héroes de su Iliada tienen amantes que son hadas en forma de ninfas. Los gandharvas de la poesía sánscrita (véase Literatura sánscrita), eran duendes y hadas, igual que los hathors, o genios femeninos, del antiguo Egipto, que aparecían en el momento del nacimiento de un niño y predecían su futuro.
El primer testimonio escrito de cuentos fantásticos no aparece en Europa hasta el siglo XVI, con la obra de Giovan Francesco Straparola Noches agradables (1550). Pero es Charles Perrault con Cuento de mamá Oca quien despierta gran interés por estos temas. Las traducciones de Las mil y una noches ayudaron al desarrollo de este género literario. El triunfo llegó con el romanticismo de la mano de los hermanos Grimm, que realizaron una recopilación y estudio de cuentos de hadas de la tradición europea en Cuentos para niños y familias, obra de la que se hicieron siete reimpresiones de 1812 a 1857. Hoffmann, Andersen, Collodi, Bécquer y Fernán Caballero cultivaron este tipo de narración.
En el siglo XX se realizaron estudios sobre estos cuentos, entre los que destacan Morfología del cuento (1928) del soviético Vladímir Yakóvlevich Propp. El español Antonio Rodríguez Almodóvar en Los cuentos maravillosos españoles (1982) analiza los temas, periodos y autores del género en España.
Cuento hispanoamericano
Género narrativo cuya evolución en el continente muestra, al mismo tiempo, el influjo de las grandes corrientes literarias europeas y la capacidad para recrearlas, adaptarlas a las nuevas realidades estéticas y sociales, y finalmente superarlas en un esfuerzo de imaginación. Por todas estas circunstancias el cuento hispanoamericano es una de las manifestaciones literarias más notables en este siglo.
Siglo XIX
Aunque las fantasías exóticas elaboradas, a comienzos del siglo XIX a partir de modelos europeos, por el cubano Heredia pueden invocarse como un antecedente, se considera que la primera expresión cuentística que refleja la realidad hispanoamericana de un modo original es "El matadero", escrito por el romántico argentino Esteban Echeverría hacia 1839, y considerado una obra maestra del periodo. La obra permaneció inédita hasta 1871, cuando el crítico Juan María Gutiérrez la publicó en una revista de Buenos Aires; es decir, en una situación literaria y social completamente distinta, lo que permitía apreciar mejor sus valores permanentes. El relato es una síntesis notable de todas las formas narrativas de su tiempo y adelanta algunas de épocas posteriores: el artículo de costumbres, la leyenda romántica, la narración ejemplarizante, el realismo social, el naturalismo, y muchos más detalles. Nadie en ese periodo estuvo a su altura, pese a las esporádicas contribuciones del cubano Juan José Morillas, la argentina Juana Manuel Gorriti y el ecuatoriano Juan Montalvo. En el último tercio del siglo, los relatos con elementos fantásticos del mexicano José María Roa Bárcena y las irónicas tradiciones de Ricardo Palma agregan interesantes variaciones en el crepúsculo del romanticismo. Pero la expresión más original y moderna del cuento finisecular es la que brinda Eduardo Wilde, un autor que pertenece a la llamada generación de 1880 en Argentina, pero literariamente inclasificable por el carácter insólito de su imaginación.
Por el mismo periodo en que ese escritor empezaba a escribir, dos tendencias surgen con gran fuerza en el cuento: el realismo y el naturalismo, ambos de origen francés. El rasgo testimonial y crítico del primero y el determinismo cientifista y el pesimismo ideológico del segundo pueden encontrarse fusionados -a veces con rastros modernistas- en algunos de los grandes cuentistas alineados en estas tendencias: los uruguayos Eduardo Acevedo Díaz y Javier de Viana; los chilenos Federico Gana, Baldomero Lillo y Augusto D’Halmar; y los argentinos Roberto J. Payró y Fray Mocho.
El Modernismo y Las Vanguardias
La fase modernista y posmodernista, que comienza en las últimas dos décadas del XIX, significan un profundo cambio en estos modelos cuentísticos: surge el relato artístico, refinado, sugerente, con anécdota mínima y brillantes ambientaciones, con símbolos sensuales y decadentes. Las variedades del cuento modernista (véase Modernismo) son múltiples: la crónica-cuento de Manuel Gutiérrez Nájera, las brillantes parábolas y aguafuertes de Rubén Darío, las historias decadentistas de Manuel Díaz Rodríguez, y otros. Pero, sin duda, los dos grandes maestros asociados al postmodernismo son el argentino Leopoldo Lugones y el uruguayo Horacio Quiroga. Posteriores a ellos y vinculados en mayor o menor grado a las tendencias de vanguardia, aparecerán los argentinos Macedonio Fernández y Roberto Arlt, el guatemalteco Rafael Arévalo Martínez, el uruguayo Felisberto Hernández y el ecuatoriano Pablo Palacio. En la vertiente opuesta, neorrealista, criollista o indigenista, pueden mencionarse el peruano José María Arguedas, el uruguayo Enrique Amorim, el chileno Manuel Rojas y el puertorriqueño José Luis González.
Desde Jorge Luis Borges
A partir de la década de 1940 hay una notable renovación del género que escapa a las clasificaciones convencionales pues son una verdadera síntesis de formas estéticas muy diversas, que ya no tiene correspondencias europeas. La indiscutible gran figura es Jorge Luis Borges, creador de un mundo propio de fantásticas especulaciones basadas en fuentes metafísicas y teológicas. La madurez artística que el cuento hispanoamericano ha alcanzado a partir de 1950 queda ejemplificada en la obra de autores tan trascendentes como los argentinos Adolfo Bioy Casares y Julio Cortázar, los cubanos Alejo Carpentier y Virgilio Piñera, los guatemaltecos Miguel Ángel Asturias y Augusto Monterroso, el uruguayo Juan Carlos Onetti, los colombianos Gabriel García Márquez y Álvaro Mutis, el peruano Julio Ramón Ribeyro, los mexicanos Juan Rulfo, Juan José Arreola, Carlos Fuentes y José Emilio Pacheco, el uruguayo Mario Benedetti y los chilenos José Donoso y Jorge Edwards.

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estructura y desarrollo del cuento

Ficha sobre recursos técnicos:
Presentación/Introducción

El objetivo fundamental de esta investigación es profundizar en los conocimientos acerca de la estructura y el desarrollo de los cuentos.
Definiendo al cuento como un breve relato o narración, se penetrará en su panorama histórico, que resulta más difícil de fijar que el de la mayoría de los géneros literarios. Originariamente, el cuento es una de las formas más antiguas de literatura popular de transmisión oral. El término se emplea a menudo para designar diversos tipos de narraciones breves, como el relato fantástico, el cuento infantil o el cuento folclórico o tradicional. Entre los autores universales de cuentos infantiles figuran Perrault, los Hermanos Grimm y Andersen, creadores y refundidores de historias imperecederas desde "Caperucita Roja" a "Pulgarcito", "Blancanieves", "Barba Azul" o "La Cenicienta". También veremos las condiciones, los elementos, y el análisis que debe reunir un cuento para su elaboración, con el fin de captar la atención del lector.
El desarrollo de la vida literaria en el mundo se ha hecho posible gracias a numerosos cuentistas importantes que con su sabia experiencia y capacitación han logrado traspasar las fronteras, poniendo muy en alto el nombre de sus respectivos países. Éstos se han destacado tanto que son reconocidos hoy en día en el mundo entero.
Cuento
Narración breve, oral o escrita, de un suceso imaginario. Aparecen en él un reducido número de personajes que participan en una sola acción con un sólo foco temático. Su finalidad es provocar en el lector una única respuesta emocional. La novela, por el contrario, presenta un mayor número de personajes, más desarrollados a través de distintas historias interrelacionadas, y evoca múltiples reacciones emocionales.
Etimológicamente, cuento deriva de la palabra latina computum, que significa cálculo, cómputo, enumeración, clasificación,. De cálculo y enumeración pasó a significar la enumeración de hechos, y, por extensión, "cuento" significa recuento de acciones o sucesos reales o ficticios.
Es más difícil decir con exactitud cuándo se originó el cuento, y ello se debe en gran parte a los equívocos que conlleva su mismo nombre. Cabría, por lo tanto, distinguir en el concepto cuento, dos aspectos distintos: el relato fantástico y la narración literaria de corta extensión, oponiéndose así a la idea de novela, estos dos aspectos no son excluyentes, a menudo se dan en la misma obra, y tienen como base común el hecho de tratarse de relatos breves, generalmente en prosa; pero suelen representar dos vertientes claramente diferenciadas del mismo genero literario.
No se sabe con exactitud cuándo comenzó a utilizarse la palabra "cuento" para señalar un determinado tipo de narrativa, ya que en los siglos XIV y XV se hablaba indistintamente de apólogo, ejemplo y cuento para indicar un mismo producto narrativo. Boccaccio utilizó las palabras fábula, parábola, historia y relato. Estos nombres han ido identificándose con una forma de narración claramente delineada.
Ramón Menéndez Pidal, en el estudio preliminar de su antología de cuentos de la literatura universal, dice: “Al terminar la Edad Media, la conciencia creadora del narrador se ha impuesto, y, de ser refundidor, adaptador o traductor, se convertiría en artista, en elaborador de ficciones. Así, a través de un lento pero firme proceso de transformación, la Edad Media europea trasvasa a la Moderna el género cuentístico como creación absoluta de una individualidad con su propio rango de estructura literaria, autónoma, tan válida por sí misma como el poema, la novela o el drama”.
Esta concepción del cuento como estructura literaria autónoma predomina hoy día, y esto significa que lo rige una organización y forma determinadas que lo dotan de un carácter peculiar, intrínseco e individual. No por ello, sin embargo, se habrán descartado las ambigüedades, porque en el siglo XIX, cuando el género nace a la vida hispanoamericana, y aun en el siglo XX, se le confunde con las tradiciones, los artículos de costumbres, las leyendas, las fábulas, y más tarde con la novela corta. Con el correr del tiempo, los géneros anteriores se van definiendo, y el cuento se separa definitivamente como signo literario, como mundo poético, como fragmento de realidad con límites determinantes. En ese proceso, también el cuento se ha ido modificando.
Actualmente se ha generalizado la idea de que la palabra cuento significa "relación de un suceso". Más precisamente, la relación, oralmente o por escrito, de un suceso falso o de pura invención. Valga esta apreciación, porque sin ella, en épocas pretéritas, cuando los hombres aun no escribían y conservaban sus recuerdos en la tradición oral, cuento hubiera sido cuando hablaban.
No obstante ser esta definición un tanto ambigua por su amplitud; existen numerosas definiciones sobre la naturaleza del cuento, las cuales reproduciremos, por creer que ellas ayudarán a comprender mejor lo que implica el cuento como género literario.
Sainz de Robles, en su libro Cuentistas españoles del siglo XX, dice: “El cuento es, de los géneros literarios el más difícil y selecto. No admite ni las divagaciones ni los preciosismos del estilo. El cuento exige en su condición fundamental, como una síntesis de todos los valores narrativos: tema, película justa del tema, rapidez dialogal, caracterización de los personajes con un par de rasgos felices. Como miniatura que es de la novela, el cuento debe agradar en conjunto”.
Raúl A. Omil Alba y Piérola, en su libro El cuento y sus claves, dice: “Cuento es el acto de narrar una cosa única en su fragmento vital y temporal, así como el poema poetiza una experiencia única e irrespetable. El narrador de cuentos está en posesión de un suceso que cobra forma significativa y estética en la fluencia lógico-poética de lo narrado.
Carlos Mastrángelo, en su libro El cuento argentino, define el cuento de la siguiente manera:
   1. Un cuento es una seria breve y escrito de incidentes;
   2. de ciclo acabado y perfecto como un círculo;
   3. siendo muy esencial el argumento, el asunto o los incidentes en sí;
   4. trabados éstos en una única e ininterrumpida ilación;
   5. sin grandes intervalos de tiempo y espacio;
   6. rematados por un final imprevisto, adecuado y natural.
Abelardo Díaz Alfaro, citado en La gran enciclopedia de Puerto Rico, cuyas autoras son Margarita Vázquez y Daisy Caraballo, dice “El cuento es, para mí, síntesis poética; se acerca en mi concepto a lo que es en poesía el soneto. No puede en este género perderse una sola línea, un solo trazo. La trama es secundaria en el cuento. Ésta puede ser elemental y, sin embargo, resultar efectiva si el tratamiento es adecuado… El trazo que se da debe ser definitivo, no hay lugar a enmiendas”.
René Marqués, citado en la misma obra anterior, dice “El cuento es, para mí, de modo esencial y en último análisis, la dramática revelación que un ser humano -hecho personaje literario- se opera, a través de determinada crisis, respecto al mundo, la vida o su propia alma. Lo psicológico es, por lo tanto, lo fundamental en el cuento. Todo otro elemento estético ha de operar en función del personaje. De lo contrario, deja de ser “funcional” y se convierte en materia extemporánea, muerta. Dada la brevedad que, en términos de extensión, dicta el genero, el cuento se presta, quizás más que otras expresiones en prosa, al uso afortunado del símbolo como recurso de síntesis práctica…”
M Baquero Goyanes, en su libro El cuento español en el siglo XX, dice lo siguiente: “El cuento es un precioso género literario que sirve para expresar un tipo especial de emoción, de signo muy semejante a la poética, pero que no siendo apropiado para ser expuesta poéticamente, encarna en una forma narrativa, próxima a la novela pero diferente a ella en la técnica e intención. Se trata, pues, de un genero intermedio entre poesía y novela, apresador del matiz semipoético, seminovelesco, que sólo es expresado en las dimensiones del cuento”.
Definiciones de Cuento
1. Narración breve, escrita generalmente en prosa, y que por su enfoque constituye un género literario típico, distinto de la novela y de la novela corta.
2. Breve relato de sucesos ficticios y de carácter sencillo, hecho con fines morales o educativos.
3. Relación de suceso – Relación de un suceso falso o de pura invención – Fábula que se cuenta a los muchachos para divertirlos.
4. Es un relato breve y artístico de hechos imaginarios. Son esenciales en el cuento el carácter narrativo, la brevedad del relato, la sencillez de la exposición y del lenguaje y la intensidad emotiva.
5. Breve narración en prosa, que desarrolla un tema preferentemente fantástico y cuyo fin es divertir.
6. Es una narración corta, breve, de hechos reales o ficticios, cuyo origen es la anécdota y su finalidad es entretener; a veces algo moralizadora.
7. Es un relato corto donde se narra una acción realizada por unos personajes en un ambiente determinado.
Antecedentes
Los cuentos más antiguos aparecen en Egipto en torno al año 2000 a.C. Más adelante cabe mencionar las fábulas del griego Esopo y las versiones de los escritores romanos Ovidio y Lucio Apuleyo, basadas en cuentos griegos y orientales con elementos fantásticos y transformaciones mágicas. Junto a la eternamente popular colección de relatos indios conocida como Panchatantra (siglo IV d.C.), la principal colección de cuentos orientales es sin duda Las mil y una noches. Cada noche, por espacio de 1001 días, Scheherazade se salva de morir a manos de su marido, el sultán, contándole apasionantes cuentos recogidos de diversas culturas. La influencia de esta obra fue decisiva para el desarrollo posterior del género en Europa.
Históricamente el cuento es una de las más antiguas formas de literatura popular de transmisión oral, que sigue viva, como lo demuestran las innumerables recopilaciones modernas que reúnen cuentos folclóricos, exóticos, regionales y tradicionales. El origen último de estas narraciones ha sido muy discutido, pero lo innegable es que lo esencial de muchas de ellas se encuentra en zonas geográficas muy alejadas entre sí y totalmente incomunicadas. Sus principales temas, que han sido agrupados en familias, se han transmitido por vía oral o escrita, y reelaborados incesantemente; es decir, contados de nuevo por los autores más diversos.
Desde el punto de vista histórico, el cuento proviene de las narraciones y relatos de Oriente, y aunque durante siglos ha tenido significados equívocos e imprecisos, a menudo se confunde con la fábula. Debemos considerar como cuentos numerosas manifestaciones literarias de la antigüedad, de características muy diversas, como: La Historia de Sinuhé, en la literatura egipcia, o la de Rut en el Antiguo Testamento, y más modernamente, escritos hagiográficos como las florecillas de San Francisco o La leyenda áurea. Sin ninguna duda, son cuentos algunos de los relatos de Libro del buen amor, la historia que narra Turmeda o los exiemplos del Conde Lucanor. Sin embargo, hasta el siglo XIV, con el Decamerón, de Boccaccio, cuyos relatos cortos están enmarcados por una leve trama que los unifica, no se afirma y consolida la idea de cuento en el sentido moderno de la palabra.
El Heptamerón (1588), de Margarita de Navarra, en Francia, y la Novelle, de Bandello, en Italia, corresponden aproximadamente al concepto boccaccesco del género. También Los cuentos de Canterbury, de Chaucer, escritos en la última parte del siglo XVI, colección de los relatos versificados con prosa intercalada, organizados en una trama general que consiste en que varios peregrinos de distintas clases y profesiones se comprometen a narrar historietas. En el siglo XVII, en Francia, La Fontaine titula Contes (cuentos) a unas narraciones versificadas, de cierta vinculación con la literatura folclórica. Cabe señalar que tanto en Francia como en España, casi al término del siglo XVII, la palabra cuento aun está cargada de ciertos matices folclórico-fantásticos. En el siglo siguiente, Perrault, con su colección de cuentos populares titulada Cuentos de mi madre la gansa (1697), así como los cuentos de Voltaire Cándido, Zadig, Micromegas, etc., revisten este tipo de narración con un ropaje eminentemente literario.
El romanticismo inspira un florecimiento del relato corto, sobre todo del cuento, que, como se sabe, resultó uno de los géneros favoritos de ese movimiento. Los escritores románticos darán una nueva vida al elemento maravilloso como soporte fundamental del cuento: Nodier en Francia, Hoffmann en Alemania, Poe en Estados Unidos y Bécquer en España, son nombres representativos de esta fase. Pero la aportación más significativa en este campo es la del danés Andersen, quien en 1835 publicó su libro titulado Cuentos para niños.
En la primera mitad del siglo XIX el relato costumbrista, de aldea, y el relato de vida campesina, adquieren gran interés durante la época realista, y lo cultivan con éxito, entre otros, Gottfried Séller, Gogol y Bjornson. Ya en la segunda mitad del siglo, el cuento adquiere plena vigencia y popularidad con Chejov, uno de los eximios creadores universales en esta modalidad narrativa. En Francia, Flaubert, en sus Tres cuentos, aplica al genero la prosa de arte que había experimentado en sus novelas; su discípulo Maupassant fue, sin duda, uno de los grandes maestros del cuento como esbozo narrativo que condensa en pocas páginas una rápida y penetrante impresión. En España, Clarín, Valera, Pereda y Pardo Bazán son los cuentistas mas destacados.
A fines del siglo XIX el cuento parece, pues, haberse desembarcado de sus significados primigenios, para ponerse en un plano semejante al de la novela, de la que viene a ser como un apunte. Se identifica el relato breve con la historia de sabor popular, como Daudet, la fantasía, con autores como Stevenson y Gutiérrez Nájera; o la poesía imaginativa de los niños, como Wilde y Lewis Carroll. En la primera mitad del siglo XX los escritores norteamericanos, al igual que en la novela, han aportado su propia versión de cuento, cuyas fórmulas de singular eficacia narrativa han fortalecido el género. Algunos de esos escritores que han incursionado en el cuento han sido: Scott Fitzgerald y Hemingway. Es España, después de la guerra civil, el cuento ha conocido un nuevo florecimiento; algunos de los autores que más se han destacado son: Cela, Laforet, Aldecoa, Carredano, etc.
En Hispanoamérica, a partir del siglo XIX, el cuento ha tenido un auge extraordinario. En líneas generales, lo dicho anteriormente para la novelística contemporánea se puede también aplicar al cuento actual. Salvadas las diferencias básicas de extensión y complejidad por el lado de la novela, la narrativa cuentística sufre parecidas transformaciones en cuanto a los temas, el lenguaje y la técnica señalados para la novela. Algunos rasgos generales de la cuentística hispanoamericana, que no necesariamente deberán encontrarse en todos y cada uno de los relatos, son: diversidad de tendencias; ruptura del hilo narrativo; dislocación en los planos temporales; un personaje narrador (o narrador oculto y variable); búsqueda de un nuevo significado del habla popular, casi siempre de valor impactante y utilizado como lenguaje del narrador o de los personajes. Algunos de los narradores que se destacan en este género son: Borges, Cortázar, Onetti, Carpentier, Lezana Lima, Rulfo, García Márquez, Fuentes, Roa, Bastos, entre otros.
Tipos de cuentos
La clasificación del cuento puede ser muy variada. Depende del punto de vista que adoptemos en cuanto a contenido, época literaria, enlace con la realidad, elemento sobresaliente, etc., lo que permite que un mismo cuento pertenezca a varios encasillados simultáneamente. Esbozaremos, en líneas generales, los principales tipos de cuentos que existen:
Cuentos en verso y prosa: los primeros se consideran como poemas épicos menores; los segundos son narraciones breves, desde el punto de vista formal. Los teóricos sajones, atendiendo a la extensión del relato, clasifican como novela corta toda narración que fluctué entre 10.000 y 35.000 palabras, y como cuento el relato que no sobrepase las 10.000 palabras.
Cuentos populares y eruditos: los primeros son narraciones anónimas, de origen remoto, que generalmente conjugan valores folclóricos, tradiciones y costumbres, y tienen un fondo moral; los segundos poseen origen culto, estilo artístico y variedad de manifestaciones.
Tanto unos como otros pueden subclasificarse en: infantiles, fantásticos, poéticos y realistas.
Cuentos infantiles: se caracterizan porque contienen una enseñanza moral; su trama es sencilla y tienen un libre desarrollo imaginativo. Se ambientan en un mundo fantástico donde todo es posible. Autores destacados en este genero son Andersen y Perrault.
Cuentos fantásticos o de misterio: su trama es más compleja desde el punto de vista estructural; impresionan por lo extraordinario del relato o estremecen por el dominio del horror. Autores destacados en este genero son Hoffmann y Poe.
Cuentos poéticos: se caracterizan por una gran riqueza de fantasía y una exquisita belleza temática y conceptual. Autores destacados en este genero son Wilde y Rubén Darío.
Cuentos realistas: reflejan la observación directa de la vida en sus diversas modalidades: sicológica, religiosa, humorística, satírica, social, filosófica, histórica, costumbrista o regionalista. Autores destacados en este genero son Palacio Valdés, Unamuno, Quiroga, etc.
Elementos del cuento
En un cuento se conjugan varios elementos, cada uno de los cuales debe poseer ciertas características propias: los personajes, el ambiente, el tiempo, la atmósfera, la trama, la intensidad, la tensión y el tono.
Los personajes o protagonistas de un cuento, una vez definidos su número y perfilada su caracterización, pueden ser presentados por el autor en forma directa o indirecta, según los describa él mismo, o utilizando el recurso del diálogo de los personajes o de sus interlocutores. En ambos casos, la conducta y el lenguaje de los personajes deben de estar de acuerdo con su caracterización. Debe existir plena armonía entre el proceder del individuo y su perfil humano.
El ambiente incluye el lugar físico y el tiempo donde se desarrolla la acción; es decir, corresponde al escenario geográfico donde los personajes se mueven. Generalmente, en el cuento el ambiente es reducido, se esboza en líneas generales.
El tiempo corresponde a la época en que se ambienta la historia y la duración del suceso narrado. Este último elemento es variable.
La atmósfera corresponde al mundo particular en que ocurren los hechos del cuento. La atmósfera debe traducir la sensación o el estado emocional que prevalece en la historia. Debe irradiar, por ejemplo, misterio, violencia, tranquilidad, angustia, etc.
La trama es el conflicto que mueve la acción del relato. Es leitmotiv de la narración. El conflicto da lugar a una acción que provoca tensión dramática. La trama generalmente se caracteriza por la oposición de fuerzas. Ésta puede ser: externa, por ejemplo, la lucha del hombre con el hombre o la naturaleza; o interna, la lucha del hombre consigo mismo.
La intensidad corresponde al desarrollo de la idea principal mediante la eliminación de todas las ideas o situaciones intermedias, de todos los rellenos o fases de transición que la novela permite e incluso exige, pero que el cuento descarta.
La tensión corresponde a la intensidad que se ejerce en la manera como el autor acerca al lector lentamente a lo contado. Así atrapa al lector y lo aísla de cuanto lo rodea, para después, al dejarlo libre, volver a conectarlo con sus circunstancias de una forma nueva, enriquecida, más honda o más hermosa. La tensión se logra únicamente con el ajuste de los elementos formales y expresivos a la índole del tema, de manera que se obtiene el clima propio de todo gran cuento, sometido a una forma literaria capaz de transmitir al lector todos sus valores, y toda su proyección en profundidad y en altura.
El tono corresponde a la actitud del autor ante lo que está presentando. Éste puede ser humorístico, alegre, irónico, sarcástico, etc.
Estructura
Desde el punto de vista estructural (orden interno), todo cuento debe tener unidad narrativa, es decir, una estructuración, dada por: una introducción o exposición, un desarrollo, complicación o nudo, y un desenlace o desenredo.
La introducción, palabras preliminares o arranque, sitúa al lector en el umbral del cuento propiamente dicho. Aquí se dan los elementos necesarios para comprender el relato. Se esbozan los rasgos de los personajes, se dibuja el ambiente en que se sitúa la acción y se exponen los sucesos que originan la trama.
El desarrollo, consiste en la exposición del problema que hay que resolver. Va progresando en intensidad a medida que se desarrolla la acción y llega al clímax o punto culminante (máxima tensión), para luego declinar y concluir en el desenlace.
El desenlace, resuelve el conflicto planteado; concluye la intriga que forma el plan y el argumento de la obra.
Extensión
Respecto a la extensión de las partes que componen el cuento, ésta deben guardar relación con la importancia concreta que cada una tenga dentro del relato. Debemos señalar que la estructura descrita se refiere al cuento tradicional, que es organizado de forma lineal o narrado cronológicamente. Actualmente, los escritores no se ciñen a dicha estructura: utilizan el criterio estético libre, el que permite que un cuento pueda empezar por el final, para luego retroceder al principio; o comenzar por el medio, seguir hasta el final y terminar en el principio.
Técnica
Respecto a la técnica, conjunto de recursos o procedimientos que utiliza el autor para conseguir la unidad narrativa y conducirnos al tema central, ésta suele variar según el autor. Si bien es cierto que la técnica es un recurso literario completo, pues está integrada por varios elementos que se mezclan y se condicionan mutuamente, se distinguen el punto de vista, el centro de interés, la retrospección, y el suspenso.
El punto de vista, se relaciona con la mente o los ojos espirituales que ven la acción narrada; puede ser el del propio autor, el de un personaje o el de un espectador de la acción. Los puntos de vista suelen dividirse en dos grupos: de tercera y de primera persona. Si el relato se pone en boca del protagonista, de un personaje secundario o de un simple observador, el punto de vista está en primera persona; si proviene del autor, en tercera persona.
Se puede dar cualquiera de estas posibilidades:
Primera persona central: el protagonista narra sus peripecias en forma autobiográfica.
Primera persona periférica: el supuesto narrador, en papel de personaje observador nos cuenta en primera persona el resultado de sus observaciones sobre los acontecimientos acaecidos a los otros personajes.
Tercera persona limitada: el autor cuenta la historia imaginada desde fuera de sus personajes, en tercera persona, pero desde la perspectiva de uno de ellos.
Tercera persona omnisciente: el autor ve la acción y la comunica al lector con conocimiento total y absoluto de todo, no sólo de los sucesos exteriores, sino también de los sentimientos íntimos del personaje. El autor puede adoptar una actitud subjetiva, intervenir como autor y dejar oír su voz; u objetiva, borrando su participación personal y adoptando la actitud de una voz narradora despersonalizada.
El centro de interés, corresponde a algún elemento en cuyo derredor gira el cuento. El centro de interés constituye el armazón, el esqueleto de la historia. Es su soporte y puede ser uno o varios personajes, un objeto, un paisaje, una idea, un sentimiento, etc.
La retrospección ("flash-back"), consiste en interrumpir el desenvolvimiento cronológico de la acción para dar paso a la narración de sucesos pasados.
El suspenso, corresponde a la retardación de la acción, recurso que despierta el interés y la ansiedad del lector. Generalmente, en el cuento, el suspenso termina junto con el desenlace.
Estilo
El estilo que corresponde al modo, a la manera particular que tiene cada escritor de expresar sus ideas, vivencias y sentimientos. Sobre este punto debemos decir que todo escritor forja su propio estilo, que se manifiesta en la forma peculiar de utilizar el lenguaje. La imaginación, la afectividad, la elaboración intelectual y las asociaciones síquicas contribuyen a la definición de un estilo.
Debido a la diversidad de estilos que existen, nos limitaremos a decir que muchos autores para lograr efecto musical y poético, se dejan llevar por la sonoridad de las palabras. Algunos, para lograr mayos expresividad, adornan su prosa con múltiples modificadores, mientras que otros, pretendiendo crear un mundo más conceptual, prefieren la exactitud en el decir y eliminan todo elemento decorativo.
Análisis de un cuento
Todo cuento está constituido por varios elementos literarios que, en el momento de realizar un análisis, debemos distinguir:
1. Titulo
    1.1. Significación y función del título. ¿Es literal o simbólico?
    1.2. ¿Refleja el contenido del cuento?
2. Asunto
    2.1. ¿De qué trata el cuento?
    2.2. Hacer una breve reseña.
    2.3. ¿El asunto o argumento tiene fuerza expresiva o contenido dramático? ¿Por qué?
3. Tema
    3.1. ¿Cuál es la idea central del cuento?
    3.2. ¿Cuáles son las ideas secundarias?
    3.3. Hacer una relación del tema central con las ideas secundarias.
4. Personajes
    4.1. Caracterización. ¿Cómo caracteriza el autor a los personajes?, ¿directa o indirectamente?
    4.2. ¿La caracterización es profunda o superficial?
    4.3. ¿Actúan los personajes de acuerdo a su índole y propósito, o a expensas del autor?
    4.4. ¿Los personajes son reales, simbólicos o tipos?
    4.5. ¿Hay personajes que conjuguen algún tipo de valor ético, estético, ideológico u otro?
    4.6. ¿Existe alguna relación entre los personajes y el ambiente?
    4.7. ¿Hay relación entre los personajes y la acción?
5. Ambiente
    5.1. ¿En qué tipo de escenario se desarrolla el hilo de la acción?
    5.2. ¿En qué época?
    5.3. La atmósfera es ¿sórdida o diáfana?, ¿de misterio o de amor?, ¿de angustia o de paz?
6. Acción
    6.1. ¿Cuánto tiempo dura la acción?
    6.2. La acción del cuento es ¿complicada o sencilla?, ¿lenta o rápida?
    6.3. ¿La acción es externa o interna? ¿Existe algún tipo de conflicto entre los personajes que determine la acción? ¿Entre un personaje y alguna fuerza natural? ¿Un personaje consigo?
Condiciones del Cuento
Las condiciones que debe reunir un cuento son:
1. Adecuación a la Edad: El cuento que sirve para una edad o época infantil, puede no convenir para otra.
2. Manejo de la Lengua: Se deben considerar dos aspectos: el que se refiere al empleo de palabras según su significado y el que se relaciona con el uso de las mismas consideradas como recurso estilístico; es decir, eligiéndolas y combinándolas para obtener determinados efectos.
Conviene tener presente (y siempre en torno a la edad) que siendo el cuento una de las múltiples formas del juego (a la que se puede llamar intelectual), está sujeto a los matices diferenciales que existen entre el desarrollo psíquico y el desarrollo intelectual.
3. Comparación: Por ser mucho más clara y comprensible que la metáfora, es importante preferir su empleo, sobre todo en los cuentos para los niños menores. Las comparaciones con objetos de la naturaleza (cielo, nubes, pájaro, flores, etc.) enriquecen el alma infantil envolviéndolo desde temprano en un mundo de poesía.
4. Empleo del Diminutivo: Conviene evitar el exceso de éstos en los relatos para niños, pero se considera importante su empleo, especialmente en las partes que quieren provocar una reacción afectiva que puede ir desde la tierna conmiseración hasta la burla evidente.
5. Repetición: La repetición deliberada de algunas palabras (artículos o gerundios), o de frases (a veces rimas), tiene su importancia porque provoca resonancias de índole psicológica y didáctica. Toda repetición es por sí misma un alargamiento, pérdida de tiempo, un compás de espera y de suspenso que permite (especialmente al niño) posesionarse de lo que lee y, más aún, de lo que escucha.
6. Título: Deberá ser sugestivo, o sea, que al oírse pueda imaginarse qué tratará el cuento. También puede despertar el interés del lector un título en el cual, junto al nombre del protagonista, vaya indicada una característica o cualidad.
Del mismo modo, tienen su encanto los títulos onomatopéyicos, como "La matraca de la urraca flaca", o aquellos con reiteración de sonidos; por ejemplo, "El ahorro de un abejorro".
7. El Argumento: Es aquí donde fundamentalmente el escritor deberá tener en cuenta la edad de sus oyentes o lectores, que será la que habrá de condicionar el argumento. A medida que aumenta la edad, aumentará la complejidad del argumento y la variedad y riqueza del vocabulario.
Las partes que constituyen al argumento son:
    * La Exposición: Es una especie de presentación de los elementos que conformarán el relato. Será breve, clara, sencilla, y en ella quedarán establecidos el lugar de la acción y los nombres de los personajes principales.
    * La Trama: o nudo, constituye la parte principal del cuento, aunque no la esencial. El mecanismo de la exposición cobra aquí movimiento y desarrollo; y del acierto estético y psicológico del autor para manejar los diversos elementos, dependerá en gran parte el valor de la obra.
    * Desenlace: es la última y esencial parte del argumento. Deberá ser siempre feliz. Aun aceptando las alternativas dolorosas o inquietantes que se suceden en el transcurso de la acción, el final del cuento habrá de ser sinónimo de reconciliación, sosiego y justicia; vale decir, felicidad total y duradera.

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uso de los guiones de diálogo

Ficha sobre recursos técnicos:
Eduardo Scarletti

1. El guión largo (—) sirve generalmente para indicar tanto las intervenciones o parlamentos de los personajes (guiones de diálogo) como los incisos del narrador. En el primer caso, el guión va pegado a la inicial de la palabra con la que comienza el parlamento, con la sangría de la primera línea del párrafo (es decir, texto «entrado»). En el segundo caso, va precedido de un espacio cuando comienza el inciso, y seguido de espacio cuando termina (este último guión sólo se emplea cuando el inciso está dentro del parlamento; cuando está situado al final nunca debe cerrarse: véase, más adelante, el punto 1.9). Estos diez ejemplos recogen sus usos más frecuentes:
—He descubierto que tengo cabeza y estoy empezando a leer. [1]
—Oh, gracias. Muchas gracias por sus palabras —murmuró Jacqueline. [2]
—Somos muchos de familia —terció Agostino— y trabajamos todos. [3]
—Seguro que, a la larga —replicó Carlota con decisión—, todo se arreglará. [4]
—¡Sophie, vuelve! —insistía Stingo—. He de hablar contigo ahora mismo. [5]
—¿Y tú qué entiendes de eso? —saltó Stephen—. No has leído un verso en tu vida. [6]
—Con lo que me hubiera gustado escribir… —susurró—. Poesía. Ensayo. Una buena novela. [7]
—Esto no puede continuar así. La cosa ha ido demasiado lejos —se levantó, al tiempo que se miraba las manos—. Tengo que sobreponerme, acabar con esta locura. [8]
—Esto no puede continuar así. La cosa ha ido demasiado lejos. —Se levantó, al tiempo que se miraba las manos—. Tengo que sobreponerme, acabar con esta locura. [8 bis]
—Sí, amigo mío, me asombra tu valentía —dijo ella con aplomo. Y tras una breve pausa, añadió—: Admiro de veras tu sangre fría. [9]
—Ya sé en qué está pensando —dijo la propietaria—: en el color rojo. Todos hacen lo mismo. [10]
Comentemos brevemente, punto por punto, estos ejemplos.
Caso 1
—He descubierto que tengo cabeza y estoy empezando a leer.
1.1. El caso más sencillo es el primero. Adviértase simplemente que el guión de arranque de diálogo va pegado a la primera palabra del parlamento. Sería un error indicarlo así:
— He descubierto que tengo cabeza y estoy empezando a leer.
1.2. Como se ve en el segundo ejemplo, el guión de cierre se considera superfluo —y por tanto se elimina— cuando el párrafo termina con un inciso del narrador. Es incorrecto indicarlo así:
—Oh, gracias. muchas gracias por sus palabras —murmuró Jacqueline—.
1.3. En el tercer ejemplo, obsérvese que los guiones que encierran el inciso del narrador van pegados a éste, no separados de él; pero adviértase que tampoco van pegados al parlamento del personaje. Así pues, sería erróneo indicarlo de estas dos maneras:
—Somos muchos de familia — terció Agostino — y trabajamos todos.
—Somos muchos de familia—terció Agostino—y trabajamos todos.
1.4. En el cuarto ejemplo, la coma que va después de la palabra «larga» debe ir después del inciso, nunca antes. O sea, no debe indicarse así:
—Seguro que, a la larga, —replicó Carlota con decisión— todo se arreglará.
1.5, 1.6, 1.7. En los ejemplos quinto, sexto y séptimo puede observarse que figura un punto de cierre después del inciso del narrador, aun cuando el parlamento del personaje previo al inciso lleve signos de exclamación, de interrogación o puntos suspensivos (signos que, en realidad, no tienen función de cierre propiamente dicha). Por consiguiente, estos diálogos no deberían indicarse así:
—¡Sophie, vuelve! —insistía Stingo— He de hablar contigo ahora mismo.
—¿Y tú qué entiendes de eso?—saltó Stephen— No has leído un verso en tu vida.
—Con lo que me hubiera gustado escribir… —susurró— Poesía. Ensayo. Una buena novela.
1.8. En la primera variante del ejemplo octavo [8] vemos que antes del inciso del narrador no figura punto. Puede justificarse esta elección aduciendo que, si bien el inciso no tiene relación directa con el diálogo, se considera implícito un verbo dicendi, como decir, afirmar, añadir, preguntar, insistir, terciar, etc. («—dijo y se levantó», «—dijo levantándose», «—dijo y, acto seguido, se levantó», etc.).
Pero si se considera que el inicio no tiene relación directa con el parlamento anterior, el diálogo puede disponerse tal como se indicaba en el ejemplo [8 bis]. Obsérvese, en el ejemplo que ofrecemos a continuación, que ponemos punto después de "lejos" y que el inciso del narrador comienza con mayúscula.
—Esto no puede continuar así. La cosa ha ido demasiado lejos. —Se levantó, al tiempo que se miraba las manos—. Tengo que sobreponerme, acabar con esta locura.
En cualquier caso, en lo que respecta al guión de cierre del inciso, no debe marcarse con el punto antes del guión, como en este ejemplo (que es, por tanto, erróneo):
—Esto no puede continuar así. La cosa ha ido demasiado lejos. —Se levantó, al tiempo que se miraba las manos.— Tengo que sobreponerme, acabar con esta locura.
1.9, 1.10. También en los ejemplos noveno y décimo hay una marcada tendencia a la unificación, en el sentido de que los dos puntos suelen figurar después del guión que cierra el inciso del narrador. Conforme a este criterio —que también tiene la virtud de la simplicidad—, se pasa por alto esta distinción: en el noveno ejemplo, los dos puntos pertenecen al inciso del narrador, mientras que en el décimo forman parte del parlamento del personaje; ello se ve claramente si suprimimos los incisos:
—Sí, amigo mío, me asombra tu valentía. Admiro de veras tu sangre fría.
—Ya sé en qué está pensando: en el color rojo. Todos hacen lo mismo.
Caso 2
—He descubierto que tengo cabeza y estoy empezando a leer.
2. Cuando la intervención de un personaje se dispone en varios párrafos a causa de su extensión, a partir del segundo párrafo no hay que usar guiones sino sólo comillas de seguir que —conviene insistir en ello— no deben cerrarse al final.
—Sí. Porque no me lo había planteado antes. No había querido hacerlo. Los detalles adquirieron entonces una increíble importancia. Me aturdía encontrarme otra vez en Nueva York, sinceramente. Me sentía como una extraña, como si aquella no fuera mi ciudad.
»Cuando llegamos a Hamond Hill estaban todos allí en la sala. Y la misma ansiedad que había sentido antes se repitió en aquellos momentos con mis hermanos y mi hermana. No me cansaba de mirarlos. Los veía también como unos extraños, como si no fueran de mi misma carne…
»Y recuerda lo que te digo. Me has pedido que te lo cuente y eso es lo que estoy haciendo. Nos reunimos con los demás y hablamos con papá y mamá, que habían organizado la reunión como si se tratara de un congreso. Lo único que faltaba eran tarjetas en las solapas.
2.1. También usaremos este tipo de comillas siempre que un diálogo aparezca dentro de otro diálogo, pero en este caso, después de las comillas (que tampoco se cerrarán) sí debe ir el guión correspondiente.
—La historia de Arturo y Raquel sería incluso divertida si no fuera tan trágica. Hacían una sola comida al día, hasta que a él se le ocurrió la idea. Y recuerdo perfectamente —seguía explicando Jacques— la conversación que tuvieron:
»—Deja de quejarte —le dijo él—. Ya sé cómo podemos comer.
»—¿Cómo? —preguntó ella, atónita.
»—Muy sencillo —contestó él—. Ve a la Maternidad y les dices que estás embarazada. Te darán comida y no te preguntarán nada.
»—¡Pero yo no estoy embarazada! —chilló ella.
»—¿Y qué? —repuso él—. Basta con una almohada o dos. Es nuestra última oportunidad y no podemos dejarla escapar.
Obsérvese que los incisos de los personajes cuya conversación transcribe Jacques van también con guiones, en vez de abrir y cerrar comillas cada vez. En estos casos puede sacrificarse la normativa a la superior claridad expositiva, puesto que el riesgo de confusión es mínimo (véase el punto 3). Creemos que esta disposición resulta más sencilla que la que figura a continuación, hecha a base de comillas latinas e inglesas, en la que llegan a acumularse nada menos que tres signos de puntuación (,"¿):
»"Deja ya de quejarte", dijo él. "Ya sé cómo podemos comer."
»"¿Como?", preguntó ella, atónita.
Y ello por no hablar de las dudas sobre si la coma del primer parlamento debe ir antes o después de las comillas, en caso de que quisiéramos unificarlo con la segunda parte del parlamento, que termina con punto y comillas («Deja ya de quejarte,» dijo él).
Caso 3
—Somos muchos de familia —terció Agostino— y trabajamos todos.
3. En los diálogos, los incisos que correspondan al personaje que está hablando han de ir entre paréntesis, no entre guiones, porque podrían confundirse con un inciso del narrador (el segundo ejemplo muestra la manera incorrecta de marcarlos):
—Aquella noche soñé (o al menos eso creo recordar) que Teresa y tú paseabais por la orilla del lago —confesó inquieto Miguel.
—Aquella noche soñé —o al menos eso creo recordar— que Teresa y tú…
Caso 4
—Seguro que, a la larga —replicó Carlota con decisión—, todo se arreglará.
4. Es posible que un diálogo empiece con puntos suspensivos y con inicial minúscula. Ello ocurre cuando un personaje retoma una conversación interrumpida por el parlamento de otro personaje. Adviértase, en el tercer ejemplo, que los puntos suspensivos van pegados al guión, y por tanto separados de la primera palabra del diálogo ("y"):
—Depende de cómo se interpreten sus palabras —dijo insegura la señorita Fischer—. Quiero decir que cuando una muchacha no puede acercarle la mantequilla a un hombre sin ruborizarse hasta las orejas…
—Comprendo perfectamente su turbación —cortó con aspereza la señorita Pearl.
—… y cuando le da las gracias y luego le pregunta si quiere una galleta como si él fuera el médico de la familia… No sé si entiende lo que quiero decir.
Caso 5
—¡Sophie, vuelve! —insistía Stingo—. He de hablar contigo ahora mismo.
5. Es un error inadmisible usar, a lo largo de una obra de narrativa, comillas de apertura y de cierre —que aparecen sistemáticamente en obras anglosajonas, alemanas y con frecuencia, aunque no siempre, en las italianas— en vez de guiones. Las comillas deben reservarse para los diálogos sueltos que aparecen dentro de una descripción larga del narrador.
5.1. Si al uso de comillas en vez de guiones se le suma una excesiva fidelidad tipográfica al original, el resultado puede ser teóricamente injustificable y contrario a toda normativa (véase, en el ejemplo siguiente, la curiosa manera (errónea) de introducir los verbos dicendi, que aparecen en minúscula aunque vayan precedidos de punto). El fragmento que ofrecemos está tomado de la última versión castellana —la mejor, literariamente hablando— de la novela de William Faulkner El ruido y la furia (1987):
«Hace demasiado frío». dijo Versh. «No irá usted a salir».
«Qué sucede ahora». dijo Madre.
«Que quiere salir». dijo Versh.
«Que salga». dijo el tío Maury.
«Hace demasiado frío». dijo Madre. «Es mejor que se quede dentro. Benjamín. Vamos. Cállate».
5.2. Tampoco debe seguirse la disposición que suele aparecer en obras francesas, una curiosa mezcla de comillas, comas y guiones: el primer parlamento se inicia con comillas, en los sucesivos se usan guiones y el diálogo vuelve a cerrarse generalmente con comillas:
«Je n\’ai pas envie de te voir comme une étrangère.
—Tu aimes mieux ne pas me voir du tout?, insistai-je.
—Mettons que ce soit ça», dit-il séchement.
Caso 6
—¿Y tú qué entiendes de eso? —saltó Stephen—. No has leído un verso en tu vida.
6. Al contrario de lo que ocurre con frecuencia en obras anglosajonas e italianas, los diálogos en narrativa irán habitualmente en punto y aparte (excepto, claro está, cuando sean breves y vayan dentro de un párrafo que es preferible no dividir; véase el punto 5). Adviértase —y esta regla debe seguirse sin fisuras— que las comillas que aparecen en los diálogos del original se sustituyen sistemáticamente por guiones, como ya hemos dicho.
Este es el original inglés:
For herself, Jane wanted to find out diplomatically, before asking straight out, whether the blue suit was here or whether it had gone off too. «I thought I saw John,» she said. «Dashing out of the Post Office. What was he wearing?» «A raincoat,» said Martha. «And that good-looking blue suit?» persisted Jane. «Why, yes, I think so", said Martha. «Yes, he was,» she added, more positively. Jane caught her breath. «How long is he going to he gone?» «Just today,» said Martha. ~He has to see somebody for dinner. He\’ll be back late tonight. «Oh,» said Jane.
Y ésta la versión castellana:
Jane quería descubrir con diplomacia, sin preguntarlo directamente, si el traje azul estaba allí o si también había desaparecido.
—Me parece que he visto a John —dijo— cuando salía de Correos. ¿Qué era lo que llevaba puesto? [1]
—Un impermeable —dijo Martha.
—¿Y aquel hermoso traje azul? —insistió Jane.
—Pues, sí, creo que sí —respondió Martha, y luego añadió con seguridad—: Sí, lo llevaba. [2]
Jane contuvo el aliento: [3]
—¿Cuánto tiempo estará fuera?
—Sólo hoy —dijo Martha—. Tiene que cenar con alguien. Llegará esta noche, tarde.
—Ah —repuso Jane.
Véanse, en los párrafos marcados con [1], [2] y [3], las libertades que en lo relativo a la puntuación se toma el traductor (buen conocedor del tema, por cierto). Su versión es indudablemente más fluida que una puntuación demasiado fiel al original inglés, como ésta:
—Me parece que he visto a John —dijo—. Cuando salía de Correos.
—Pues sí, creo que sí —dijo Martha—. Sí, lo llevaba —añadió luego con seguridad.
Jane contuvo el aliento.
Obsérvese que en el párrafo [1] se elimina un punto y la frase gana en fluidez; en el [2] se unifican en un solo inciso las dos intervenciones de Martha; y en el [3] se sustituye el punto de cierre por dos puntos, para aclarar qué personaje habla.
6.1. Salvo casos excepcionales, la norma del punto 6 debe seguirse con rigor cuando son varios los personajes que hablan: poner los diálogos uno tras otro, aunque sea con guiones, resulta confuso y complica innecesariamente la lectura. Véase este ejemplo, perteneciente a la novela El grupo, de Mary McCarthy (1966):
Libby se puso exageradamente pensativa. Se llevó un dedo a la frente. —Creo que sí —afirmó, asintiendo tres veces—. ¿Pensáis realmente…? —empezó con presteza. Lakey hizo señales a un taxi con la mano. —Kay dejó al primo en la sombra, con la esperanza de que alguna de nosotras le proporcionara algo mejor. —¡Lakey! —murmuró Dottie, moviendo con reproche la cabeza. —Caramba, Lakey —dijo con risa de falsete Libby—; sólo a ti se te ocurren estas cosas.
6.2. El punto y aparte también suele usarse en aquellos casos en que el inciso del narrador empieza con un verbo dicendi y continúa, después de punto, con un texto de extensión considerable (por ejemplo, una descripción sobre las características del personaje que habla, una puntualización sobre el lugar donde se desarrolla la acción o precisiones de diversa naturaleza). Véase el ejemplo:
—Todo está bien —dijo Arturo.
Iba vestido con una camiseta y pantalones cortos de deporte, y llevaba sandalias de jardín. Vestido de esta manera, fascinó aún más al agente con el que se había encontrado en junio, el día que alquiló la casa. Arturo le parecía misterioso y fuerte. Su rostro le traía al pensamiento sal, viento, mujeres extranjeras, soledad y sol

Literatura erótica. Y a veces un poco más que eso.

Turismo rural más allá de lo que conoces. Otra cosa.

Uso y abuso de la adjetivación

Ficha sobre recursos técnicos:
 

Carmen Javaloyes
La literatura emplea todos los medios de los que dispone el lenguaje para embellecer su discurso y la adjetivación es el método más empleado para lograr sus fines; sin embargo, un abuso puede provocar el efecto contrario.
Las especiales características del adjetivo nos explican porqué.
Ni los gramáticos griegos ni los latinos consideraron al adjetivo como una categoría independiente. En general, unos lo incluían dentro de la categoría verbal y otros dentro de la nominal. La más interesante es la que lo consideraba en la categoría verbal dentro de las predicaciones del verbo (Gramática de Platón). Esta concepción se basaba en consideraciones de tipo sintáctico y formal y es lo que conocemos como predicado nominal.
La consideración del adjetivo como categoría independiente se da en la Edad Media con los Modistas que ya tratan al adjetivo con un modo de significación distinto del sustantivo, el único con categoría nominal (este concepto lo comparten con los estoicos griegos) aquí influyen las características de tipo morfológico o flexivo. A partir de esta consideración, se estudiará al adjetivo como categoría propia.
Desde el punto de vista semántico, el adjetivo puede diferenciarse del sustantivo porque éste “considera” los objetos, es decir “piensa” los objetos con existencia independiente, mientras que cuando el hablante considera los objetos con dependencia del significado de otra categoría, los expresa desde el adjetivo.
Esta consideración semántica es la que considera Guillaume: El proceso de adjetivación es un proceso de tipo general, que se acerca al universal semántico, va más allá de la generalización. En este sentido distingue entre incidencia interna e incidencia externa: el sustantivo goza de incidencia interna mientras que el adjetivo posee incidencia externa (es decir, necesita para significar la presencia del sustantivo). Según este criterio, también el verbo posee incidencia externa, y sin embargo en el verbo aparece un criterio de tipo temporal, se hace una alusión al tiempo, cosa que no ocurre ni en el sustantivo ni en el adjetivo.
Otra definición de tipo semántico es la que dan Amado Alonso y Henríquez Ureña: indican que al sustantivo corresponden conceptos independientes, mientras que al adjetivo y al verbo corresponden conceptos dependientes.
Desde el punto de vista formal, el adjetivo comparte con el sustantivo los formantes constitutivos (género y número) y facultativos (prefijos, sufijos…). La principal diferencia entre éstos, se da en el proceso de concordancia al depender el adjetivo del sustantivo y en el hecho de que el adjetivo admite grados (superlativo, comparativo…).
El grado es la principal característica del adjetivo y lo que distingue la simple enunciación de la cualidad frente a enunciaciones de tipo comparativo o valorativo. En el caso de la literatura, se trata de expresar valoraciones con interés peyorativo o de exaltación de características…
Formalmente, los comparativos de superioridad de tipo sintáctico que se emplean son: más que; de igualdad tan + adj. + como, igual de + adj. + que, lo mismo de + adj. + que; inferioridad menos + adj. + que.
El empleo de estas formas con intención literaria demuestra un conocimiento de la lengua poética tan pobre como un chiste de Chiquito.
Procedimientos de grado de tipo morfológico son: los sufijos del superlativo absoluto -ísimo -érrimo (forma culta) y si añadimos connotaciones de tipo enfático, los prefijos archi- super- re- requete- que añaden matices sociales: supermolón, archifamoso, remalo, requetemalo; formas que también debemos desechar a no ser que las empleemos con la semiótica que implican… Restos de formaciones latinas que van despareciendo son -ior, -ius.
No todos los adjetivos admiten grados, hay algunos que indican cualidades o características que no se pueden calificar: eléctrico =/ más eléctrico, muerto =/ menos muerto, casos que poéticamente sólo se admiten si poseen significación literaria no errónea: tan muerto como un gusano??? Un muerto muy muerto (ironía enfática).
La gramática tradicional ha clasificado los adjetivos como calificativos y determinativos, y los define funcionalmente por cómo inciden o modifican al sustantivo.
Los adjetivos calificativos designan cualidades, en general son los que aportan un contenido semántico nuevo, mientras que los determinativos designan relaciones, sitúan al sustantivo al que acompañan con respecto de una serie de referencias lingüísticas (de espacio, tiempo y persona); su significación es relativa y ocasional. El epíteto, sin embargo, al tratarse de una repetición, está dentro de la zona de las atribuciones del sustantivo, por eso se le considera más calificativo que determinativo. El epíteto (Moreu de la Cruz) es una palabra, no necesariamente un adjetivo, pero que toma su función, y que se une al sustantivo no para determinarlo sino para ampliar su significado.
El uso de epítetos en la literatura ha de ser mesurado: el abuso de determinadas formas puede provocar el efecto contrario al buscado: Él era un clérigo cerbatana, largo sólo en el talle, una cabeza pequeña, pelo bermejo (Quevedo).
Otra categoría de adjetivos que habría que considerar son los relacionantes, que se caracterizan por servir de puente entre dos oraciones -referente y antecedente- y que se sitúan entre la oración principal y la que hace de subordinado. En este tipo incluimos los relativos, interrogativos y exclamativos, pero no vamos a centrarnos en éstos porque su uso en literatura, como en la sintaxis, es estrictamente necesario.
La posición del adjetivo es otro tema a discutir en la literatura. En principio, la gramática tradicional indica que la posición del adjetivo indica ya de por sí matices de significado. En estas variaciones de colocación influyen valores de tipo histórico, morfosintácticos, rítmicos y semánticos.
El adjetivo antepuesto al sustantivo es de tipo explicativo, insiste en una de las cualidades del sustantivo, precisando y concretando su significado: refrescante bebida (de las muchas cualidades que posee esa bebida -dulce, cítrica, de determinado color…- se hace referencia sólo a una de ellas). Así, el adjetivo antepuesto matiza una de las características -de las muchas que posee un nombre- mientras que si está pospuesto esta característica no es esencial sino “accidental”: bebida refrescante (Bello-Salvà). Este aspecto en literatura es esencial, ya que implica, con el cambio de orden del adjetivo, toda una serie de matices:
Ese vago clamor que rasga el viento
es la voz funeral de una campana.
Vano remedo del postrer lamento
de un cadáver sombrío y macilento
que en sucio polvo dormirá mañana. (Zorrilla)
Otros autores dicen que en el español hay un orden lógico según el cual el complementado precede al complemento: sustantivo + adjetivo, y toda alteración de ese orden se percibe como una desviación de tipo estilístico “La humana naturaleza”. Desde el punto de vista psicológico Hansseny Lenz indica que el adjetivo antepuesto indica un carácter subjetivo, ya sea moral o estético, y el pospuesto un carácter objetivo de tipo lógico: un gran emperador; un hombre grande. Esto explica el que determinados adjetivos antepuestos varíen completamente el significado de una palabra; son muy populares los juegos de palabras: No es lo mismo un pobre hombre que un hombre pobre.
La principal diferencia formal entre sustantivo y adjetivo es que éste no admite artículo y sí admite grado.
Esta diferencia formal hace que en la mente del hablante-lector se identifiquen como características esenciales todo lo que sea sustantivo: camisa, mujer, y como características complementarias su adjetivación: grande, carmesí, y se consideran “extraños del lenguaje” las alteraciones lógicas del orden, determinar con artículos a los adjetivos, añadir grados al sustantivo y se les asignen valores estilísticos.
En la lengua coloquial son muy comunes las metáforas, las metonimias y las comparaciones, y por ende en la literatura: lleva una camisa tan grande como una plaza de toros; es una mujer carmesí (pasional).
Esta forma de expresarse que comparten literatura y habla, influidas mutuamente, provoca frecuentemente el abuso de esta categoría.
La adjetivación, como hemos visto, es una categoría gramatical que tiene una función específica: la de complementar al sustantivo. Su misión en literatura se amplía, como hemos visto, a la de embellecer el discurso a través de la calificación, o del empleo de epítetos, o de traslaciones (adjetivación de sustantivos, adverbios, verbos…). El proceso de traslación por el cual una categoría diferente a la del adjetivo pasa a desempeñar su función es muy común en la lengua literaria: naricísimo, mañanísimas. El problema surge, como en todo, con el abuso.
Un mal texto literario es aquel que abusa de los adjetivos ante la falta de vocabulario: Era un muchacho muy pobre = paupérrimo; por un empleo equivocado de las palabras: Hicimos un superperiplo por el barrio chino (ejemplo auténtico); por exceso de adjetivación: Oscura y turbia noche invernal.
El caso es que la adjetivación en literatura ha de entenderse como el arte de intensificar la expresión, sin dejarse llevar por la tentación de sobreadjetivar un texto que ya de por sí, en la mayoría de los casos, posee ya significado

Cómo corregir los errores más comunes

Ficha sobre recursos técnicos:
 Ricard de la Casa

Todos cometemos errores, es humano según dice la famosa cita en latín. Es importante que entendamos que, aún con mucha experiencia como bagaje, los seguimos cometiendo, otros errores, desde luego, y en algunos casos los mismos, pero alguien también decía que somos la única especie que es capaz de tropezar con la misma piedra dos y tres y hasta cuatro veces. He aquí unos cuantos errores comunes de una obra. Algunos se deslizan casi sin darnos cuenta, y son difíciles de encontrar.
1/ El Personaje principal se vuelve pasivo
Eso suele suceder generalmente porque al cabo de poco tiempo en que nos hemos sumergido completamente en la elaboración de la obra, los personajes suelen cobrar "vida" en nuestro interior y algún personaje secundario toma mayor relevancia. Puede que sea porque el personaje principal ha dejado de gustarnos o justamente porque alguno de secundario nos agrada más o encontramos que la obra mejora o da más juego con ese personaje. Es fácil que suceda así, pensemos que los personajes que actúan de contrapunto del principal, suelen ser los "malos de la película" y estos son, en la mayoría de los casos, mucho más atractivos. En cualquier caso es un error. Desde luego seguimos siendo libres para hacer lo que nos venga en gana, pero seguirá siendo un error de planteamiento. Debemos entonces repasar el texto (las escenas) y ver dónde el personaje se vuelve pasivo y devolverle la fuerza perdida. Si eso no nos apetece, o es muy complicado y acabamos prefiriendo al personaje secundario, deberíamos reestructurar la obra para el intercambio de roles o tener más de un personaje principal, esta solución es un poquito más complicada, pero la experiencia vale la pena.
 
2/ No presentar al Personaje Principal en los primeros párrafos
El lector busca, tiene, quiere identificarse con el personaje principal, al menos quiere hallarlo rápidamente para saber cómo y a quién prestar mayor atención. Es vital que en la primera escena, se presente al personaje principal. El comienzo es un tiempo delicado no sólo porque debemos captar la atención del lector, sino porque tenemos que presentar al personaje. Hay muchas formas de hacerlo, no se preocupe por ello, pero si no aparece, el lector tiende a confundirse y creer que algún secundario es el principal (por desgracia somos de costumbres fijas) y cuando éste aparece, la confusión se hace mayor y puede llegar a molestar. Intente mostrar alguna emoción del personaje, eso le servirá para darle profundidad, para caracterizarlo, sin necesidad de describirlo completamente. Ese es un punto importante, no lo haga de forma descarada, sensiblera ni gratuita, la inclusión debe ser natural, si no es así recomponga la escena hasta conseguirlo.
 
3/ Derrochar Ideas – Argumentos – Caracteres
Un error típico de principiante. Tenemos demasiadas ideas en la cabeza y las queremos meter todas para dar una sensación de complejidad de la trama, de riqueza; no es necesario en absoluto. Servirá, como mucho, para que el lector avezado se dé cuenta de la falta de seguridad en nosotros mismos. A menudo utilizamos un personaje para explicar una cosa en el primer capítulo, otro en el segundo, otro en el tercero. Hay que aprovechar a los mismos, utilizarlos más intensamente, eso les dará mayor profundidad psicológica y por ello facilitaremos la labor del lector para seguir la trama. Al utilizar los mismos personajes secundarios y aunque estos no puedan mostrar cambios importantes en su carácter, se debería escoger algunos, por ejemplo el que dé la réplica al personaje principal, para mostrar pequeños cambios.
 
4/ ¿Qué estoy haciendo yo aquí?
No se desespere, a todos les pasa, hasta al más experimentado. Es simplemente falta de previsión, falta de un esquema general del relato o de la novela. Y nos pasa porque a pesar de tener las cosas muy controladas, a todos nos gusta dejar correr la imaginación y ver a dónde nos lleva la escena en la que estamos metidos. Tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Es bueno que antes de empezar hayamos diseñado la obra en sus partes principales: personajes, conflictos, escenas. Sólo así sabemos por dónde vamos y si nos desviamos deberíamos tener una buena razón. Experimentar no es malo, pero cuanto más organizados estemos, mejor sacaremos provecho de esa experimentación, pues un buen escritor no debería pasar toda una vida escribiendo una sola novela.
 
5/ Diálogo
Es una parte fundamental en la obra, cuanto más larga sea ésta, más importante se vuelve. Pero tampoco se obsesione con ello. Intente no dejar soliloquios, conferencias, largas parrafadas ni explicaciones. Un sistema sencillo de comprobar si vamos por buen camino es visualizar la hoja de papel como si fuera una imagen, si hay mucho texto quiere decir que hay una pobreza de diálogo, si hay mucho espacio en blanco pasa lo contrario, estamos abusando de él. Con todo, sólo usted puede evaluar si en una escena es necesario más o menos cantidad de diálogo. Tenga cuidado con el Slang, con los dialectos, si los utiliza debe intentar que el lector pueda interpretar correctamente sus significados. Debemos buscar la manera para que quede claro lo que se está intentando decir. No tema utilizar "dijo" en los diálogos, esa palabra se utiliza normalmente en el 90% de las ocasiones. Desde luego debe intercalarse con otras palabras, sobre todo cuando el personaje hace algo o lo dice de cierta manera, pero intente mostrar esas emociones, no de señalarlas simplemente.
 
6/ Parar demasiado pronto
Otro fallo de escritor novel. Estamos tan ansiosos por acabar una obra (llevamos tantas inacabadas…) que generalmente precipitamos el fin. Las historias acaban demasiado abruptamente (habitualmente por falta de un esquema general). Fuércese a continuar escribiendo cuando crea que ya a acabado, normalmente podemos encontrarnos con una sorpresa. Y en todo caso si no consigue mejorarla será un excelente ejercicio.
 
7/ No dejar descansar la historia
Cuando acabamos una historia estamos demasiado metidos en ella. Somos incapaces de juzgarla con absoluta imparcialidad. Hay que darse tiempo para olvidarse-distanciarse, y dependiendo de nuestro trabajo estar al menos unos días-semanas alejados de ella. Una vez ha pasado ese tiempo, hace falta chequear la historia para una aceptación general, leerla como lector -directamente- sin pretender ni pensar en corregir-cambiar etc.
 
8/ No ensayar comienzos diferentes.
No valoramos nuestra capacidad en su justa medida, sea por arriba o por abajo. Quizá el principio escogido no sea el más adecuado aunque lo parezca. Una vez se tiene la historia, se debería ensayar varios comienzos alternativos, no muy complejos, sólo dos o tres párrafos, de forma rápida, escogiendo diferentes formas de presentar la información, puntos de entrada en la historia. Una vez que eso se hace varias veces, se vuelve algo natural en nosotros y aprovecharemos mejor todo nuestro potencial creativo
9/ No planear el clímax desde el principio
Una cosa es la previsión, la organización, tener un esquema general del relato o de la novela y otra llegar hasta el extremo de tener previsto hasta el clímax, algo que ocurre generalmente al final de la novela. No debemos atarnos las manos hasta ese extremo y dejarnos la posibilidad de cambios. Es evidente que deberíamos desarrollarla de acuerdo con la promesa original, pero que eso no nos coarte como para que la obra se convierta en algo rígido.
10/ Tomar demasiado tiempo para repasar
Más que error, vicio que hace falta erradicar. Corrija todo lo que crea necesario, pero defina un tiempo concreto para ello, sino esta abocado a la necesidad ilógica de corregir un texto cada vez que lo lea y eso más que ralentizar su producción acabará paralizándola. Acepte como artículo de fe que toda obra es susceptible de mejora, y que nosotros mismos evolucionamos y que con ello nuestra capacidad y experiencia aumenta. Tenemos que parar en algún momento, si no estaremos siempre dando vueltas al mismo molino.
11/ Estructuras ilógicas
Un error del que hay que huir como del diablo. La obra se sustenta en una realidad (incluida la ciencia ficción y la fantasía más desbocada), la que el escritor desea y debe aferrarse a ella. Debe respetarse a sí mismo y sobre todo al lector. Construirla de forma inverosímil o fuera de contacto de la realidad hará que la gente no se crea lo que está leyendo, pensarán con toda razón que usted, el escritor, les está tomando el pelo, se molestarán y simplemente dejarán de leerla. La obra ha de ser consistente con todos sus planteamientos y ser honestos con ellos. Y, sobre todo, al final del relato o la novela, no se saque un conejo de la chistera para solucionar sus fallos de estructura, sólo conseguirá hacer más visibles estos.

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