Análisis estructural de un relato
Ficha sobre recursos técnicos:
Editorial Tiempo Contemporáneo, Buenos Aires, 1970.
Dado que todo sistema es la combinación de unidades cuyas clases son conocidas, hay que dividir primero el relato y determinar los segmentos del discurso narrativo que se puedan distribuir en un pequeño número de clases, en una palabra, hay que definir las unidades narrativas mínimas.
Es necesario que el sentido sea desde el primer momento el criterio de unidad: es el carácter funcional de ciertos segmentos de la historia que hace de ellos unidades: de allí el nombre de funciones que inmediatamente se le ha dado a estas primeras unidades. Las funciones son unidades de contenido, que fecundan el relato con un elemento que madurará más tarde al mismo nivel, o, en otra parte, en otro nivel.
Hay dos clases de unidades: unas son distribucionales y otras integradoras. La distribucionales corresponden a las funciones de Propp: la compra de un revolver tiene correlato el momento en que se lo utilizará (y si no se lo utiliza, la notación se invierte en signo de velidad, etcétera), levantar el auricular tiene como correlato el momento en que se lo colgará, la intrusión de un loro en la casa de Felicité tiene como correlato el episodio del embalsamamiento, etcétera.
Las unidades integradoras comprenden los indicios (en el sentido más general de la palabra), indicios caracterológicos que conciernen a los personajes, informaciones relativas a su identidad, notaciones de "atmósferas". La relación de la unidad con su correlato es integradora ya que para comprender "para qué sirve" una notación indicional, hay que pasar a un nivel superior (acciones de los personajes o narración) pues sólo allí se devela el indicio. Los indicios son unidades semánticas pues remiten a un significado, a diferencia de las funciones que remiten a una operación.
Es posible distinguir indicios propiamente dichos, que remiten a un carácter, a un sentimiento, a una atmósfera (por ejemplo de sospecha), a una filosofía, e informaciones, que sirven para identificar, para situar en el tiempo y el espacio.
Decir que James Bond está de guardia en una oficina cuya ventana abierta deja ver la luna entre espesas nubes que se deslizan, es dar el indicio de una noche de verano tormentosa y esta deducción misma constituye un indicio atmosférico que remite a un clima pesado, angustioso de una acción que aún no se conoce.
La cobertura funcional del relato impone una organización de pausas, cuya unidad de base no puede ser más que un pequeño grupo de funciones que llamaremos aquí una secuencia. Una secuencia es una sucesión lógica de núcleos unidos entre sí por una relación de solidaridad: la secuencia se inicia cuando uno de sus términos no tiene antecedente solidario y se cierra cuando otro de sus términos ya no tiene consecuente. Pedir una consumición, recibirla, consumirla, pagarla: estas diferentes funciones constituyen una secuencia evidentemente cerrada, pues no es posible hacer preceder el pedido o hacer seguir el pago sin salir del conjunto homogéneo "Consumición". La secuencia constituye una unidad nueva, pronta a funcionar como el simple término de otra secuencia más amplia.
A partir de Propp, el personaje no deja de plantear al análisis estructural del relato el mismo problema: por una parte, los personajes (cualquiera sea el nombre con que se los designe: dramatis personae o actantes) constituyen un plano de descripción necesario, fuera del cual las pequeñas "acciones" narradas dejan de ser inteligibles, de modo que se puede decir con razón que no existe en el mundo un solo relato sin personajes.
El análisis estructural define al personaje no como un "ser" sino como un "participante" en una esfera de acciones, siendo esas esferas poco numerosas, típicas, clasificables. Greimas propuso describir y clasificar los personajes del relato, no según lo que son, sino según lo que hacen, (de allí su nombre de actantes), en la medida en que participen de tres grandes ejes semánticos, que son la comunicación, el deseo o la búsqueda y la prueba; como esta participación se ordena por parejas, también el mundo infinito de los personajes está sometido a una estructura paradigmática (Sujeto/Objeto, Donante/Destinatario, Ayudante/Opositor) proyectada a lo largo del relato; y como el actante define una clase, puede ser cubierto por actores diferentes, movilizados según reglas de multiplicación, de sustitución o de carencia.
Al describir al personaje en la esfera de las Acciones, se accede a un segundo nivel de análisis.
El problema de la comunicación narrativa radica en describir el código a través del cual se otorga significado al narrador y al lector a lo largo del mismo.
¿Quién es el dador del relato? Desde nuestro punto de vista el narrador no es una persona, el autor, en quien se mezclan sin cesar la personalidad y el arte de un individuo perfectamente identificado que periódicamente escribe una historia, el relato; no es una conciencia total, aparentemente impersonal, que emite la historia desde un punto de vista superior, el de Dios; tampoco, según una concepción más moderna que señala que el narrador debe limitar su relato a lo que pueden observar o saber los personajes: todo sucede como si cada personaje fuera a su vez el emisor del relato. Desde nuestro punto de vista, narrador y personajes con esencialmente "seres de papel"; el autor (material) de un relato no puede confundirse para nada con el narrador de ese relato; los signos del narrador son inmanentes al relato y, por lo tanto, perfectamente accesibles a un análisis semiológico.
La persona psicológica (de orden referencial) no tiene relación alguna con la persona lingüística, la cual no es definida por disposiciones, intenciones o rasgos, sino sólo por su ubicación (codificada) en el discurso.
El análisis del relato se centra sobre el discurso en situación de relato, esto es un conjunto de protocolos según los cuales es consumido el relato. El nivel narracional está constituido por los signos de la narratividad, el conjunto de operadores que reintegran funciones y acciones en la comunicación narrativa articulada sobre su dador y su destinatario.
Este nivel narracional es el último que puede alcanzar nuestro análisis sin salirse del objeto-relato, sin transgredir la inmanencia que está en su base. Pero la narración recibe su sentido del mundo que la utiliza: más allá del nivel narracional, comienza el mundo, es decir, otros sistemas (sociales, económicos, ideológicos), cuyos términos ya no son sólo relatos, sino elementos de otra sustancia (hechos históricos, determinaciones, comportamientos, etc.)
El nivel narracional tiene un papel ambiguo: siendo contiguo a la situación de relato (y aún a veces incluyéndola) se abre al mundo, en el que el relato se deshace (se consume); pero, al mismo tiempo, al coronar los niveles anteriores, cierra el relato y lo constituye definitivamente como palabra de una lengua que prevé e incluye su propio metalenguaje.
En la lengua del relato, como en el sistema lingüístico, encontramos un doble proceso: la articulación o segmentación que produce unidades (es la forma según Benveniste) y la integración que reúne estas unidades en unidades de un orden superior (es el sentido).
La complejidad de un relato puede compararse con la de un organigrama, capaz de integrar los movimientos de retroceso y los saltos hacia delante; o más exactamente, es la integración, en sus formas variadas, la que permite compensar la complejidad, aparentemente incontrolables de las unidades de un nivel; es ella la que permite orientar la comprensión de elementos discontinuos, continuos y heterogéneos (tales como el sintagma que no conoce más que una sola dimensión: la sucesión); si llamáramos con Greimas, isotopía a la unidad de significación (por ejemplo, la que impregna un signo y su contexto), diremos que la integración es un factor de isotopía: cada nivel integrador da su isotopía a las unidades del nivel inferior y le impide al sentido oscilar -lo que no dejaría de producirse si no percibiéramos el desajuste de los niveles.
Sin embargo, la integración narrativa no se presenta de un modo serenamente regular; a menudo, el relato se presenta como una sucesión de elementos imbricados que orientan una lectura horizontal y también vertical, hay una suerte de "cojear estructural", como un juego incesante de potenciales cuyas caídas variadas dan al relato su "tono" o su energía: cada unidad es percibida en su aflorar y en su profundidad y es así como el relato avanza: por el concurso de esas dos vías la estructura se ramifica, prolifera, se descubre -y se recobra-: lo nuevo no deja de ser regular.
La función del relato no es la de "representar", sino montar un espectáculo. El relato no hace ver, no imita; la pasión que puede inflamarnos al leer una novela no es la una "visión" (de hecho, nada vemos), es la del sentido, es decir, de un orden superior de la relación, el cual también posee sus emociones, sus esperanzas, sus amenazas, sus triunfos: "lo que sucede" en el relato no es, desde el punto de vista referencial (real), literalmente nada; "lo que pasa", es sólo el lenguaje, la aventura del lenguaje, cuyo advenimiento nunca deja de ser festejado.
BREVES NOCIONES TEÓRICAS SOBRE LA EVOLUCIÓN HISTÓRICA DEL RELATO (T. BASE 2)
El propósito de este punto es ubicar diferentes épocas y escuelas en que la narración fue objeto de estudio para tener una idea general y básica de los desarrollos teóricos sobre este género que está en el origen mismo de la cultura humana.
El recorrido recalará muy brevemente sobre la Antigüedad, la escuela de los formalistas rusos y el estructuralismo francés, a través de tres autores: Aristóteles, Vladimir Propp y Roland Barthes.
En el mundo griego de Aristóteles los géneros literarios predominantes eran la epopeya, la tragedia y la comedia. Las reflexiones del filósofo sobre la narración están enmarcadas en lo que Aristóteles consideraba los géneros "serios", es decir, la epopeya o poesía épica y la tragedia, aunque como ambas estaban escritas en verso, las denomina genéricamente, poesía. Tragedia y épica tienen en común la materia constitutiva: la fábula. "Un remedo de la acción, porque doy este nombre de fábula a la ordenación de los sucesos".
Este fragmento del Arte poética de Aristóteles indica que 400 años antes de la era cristiana ya existe un pensamiento analítico sobre las características de los discursos: se distingue la oposición entre poesía dramática y poesía narrativa, que corresponden a la tragedia griega y a la narración poética homérica. Esta distinción del discurso narrativo incluye conceptos de personajes en acción con intenciones y metas, acciones que se desarrollan en distintas peripecias y ocurren en ambientes determinados.
Alrededor de 1920, el ruso Vladimir Propp se dedica a estudiar las características de los cuentos maravillosos. Sus investigaciones se desarrollan en el marco de un importante movimiento de estudios literarios, conocido como el formalismo ruso, del cual también formaron parte Tinianov, Jakobson, Trubetzkoy, Tomashevski, entre otros.
Propp se dedica a indagar en las características comunes de mitos, fábulas, leyendas y cuentos folklóricos que están en el origen del pueblo ruso. Esas investigaciones lo llevaron a formular una teoría del cuento que describe características uniformes y constantes para todos los cuentos, formas invariantes que se repiten, independientemente de los temas y de los pueblos donde se originan. El eje de esta teoría es el concepto de función.
Propp sostiene que en la variedad de cuentos, cambian los nombres de los personajes y pueden cambiar también sus atributos pero permanecen constantes sus acciones o funciones: qué hacen los personajes se plantea como la cuestión fundamental, mientras que quién hace algo y cómo lo hace se plantea como cuestiones accesorias.
Se dedica, por consiguiente, a aislar las funciones ya que las considera las partes fundamentales del cuento y las caracteriza como la "acción de un personaje, definida desde el punto de vista de su significado en el desarrollo de la intriga". Así describe unidades funcionales como alejamiento, prohibición, engaño, fechoría, prueba, tarea difícil, reconocimiento, regreso, boda, entre otras. Propp describe treinta y una funciones; muchas de ellas aparecen con carácter binario, como prohibición-transgresión de la prohibición, interrogación-información, combate-victoria, persecución-socorro, partida-regreso, carencia-reparación de la carencia; o en conjuntos más numerosos que constituyen el nudo de la intriga, por ejemplo, el héroe es puesto a prueba por su benefactor, cumple la prueba y es recompensado.
Este modelo estructural de la sucesión temporal de las acciones, que ocupa la centralidad de esta teoría, se relaciona con otro modelo de Propp que asigna la distribución de funciones a los personajes, modelo dependiente del primero.
Después de 40 años de publicar su obra, Propp fue "descubierto" por el estructuralismo francés de los años 60: los más importantes autores de modelos estructurales de esa época están inspirados en su teoría, entre ellos, Levi-Strauss, Barthes, Greimas, y como autor más actual, Van Dijk.
El punto de partida y eje de la problematización sobre los relatos que también ocupó a Roland Barthes es la siguiente: qué tienen en común todos los relatos. Barthes buscó describir un modelo abstracto que pudiera dar cuenta de los millones de relatos que existen en el mundo y los millones que podrían existir. "Innumerables son los relatos existentes" dice como apertura el texto de Barthes que consideraremos en este punto.
Su búsqueda se apoya en la metodología de la lingüística que aporta al análisis de los relatos un concepto decisivo: el nivel de descripción. Y compara: así como una frase puede ser descripta lingüísticamente a nivel fonético, fonológico, gramatical, contextual, y estos niveles se van integrando en perspectivas jerárquicas de modo que van tomando significación a medida que se integran, también los relatos pueden ser analizados según unidades segmentadas que se integrarán en otra unidad, de jerarquía superior, que es el sentido.
Para concluir, diremos que los tres autores que hemos leído en este apartado nos aportan un marco adecuado para la tarea que, relativa a la narración, nos hemos planteado en este curso: descubrir nuestro pensamiento narrativo y aprender a escribir narraciones desde el conocimiento de sus elementos estructurales.
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Juan sin Letras :: oct.06.2007 :: CUESTIONES DE TÉCNICA :: No Comments »
el bloqueo en la escritura
Ficha sobre recursos técnicos:
Departamento de Letras, ITESM, Campus Estado de México, México
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Juan sin Letras :: oct.06.2007 :: CUESTIONES DE TÉCNICA :: No Comments »
Una teoría del cuento
Ficha sobre recursos técnicos:
Julio Cortázar
"…la exacerbación de un personaje, de un ámbito o de un hecho. Pero no de todos a la vez".
José Balza
La referencia la hemos hecho con la finalidad de introducimos en la problemática relativa a la delimitación del cuento como tipología textual (el problema del género lo dejamos para otro momento). Parece obvio que Poe ironizaba en este caso sobre la elaboración artificial y los recetarios para confeccionar textos (en este caso narrativos). Lo que parece un simple cuento humorístico se convierte así en la posibilidad de una propuesta teórica que también aparece de manera más o menos explícita en buena parte de su bien conocido trabajo "Filosofía de la composición".
El problema guarda mucha vinculación con el tópico que ahora deseamos abordar. Intentamos aquí plantear la posibilidad de una revisión de algunos de los materiales teóricos publicados acerca del cuento como clase de discurso narrativo, con la finalidad de extraer ideas generales que pudieran resultar de interés a la hora del estudio critico del mismo. Un poco sobre la base de distintas posiciones asumidas al respecto, delimitaremos ciertas características globales para plantear luego una sistematización. La misma girará en torno a cierto conjunto de variables muy importantes dentro de un marco muy específico que considere aspectos relativos no sólo a los rasgos textuales del mismo, sino que se detenga también en elementos de carácter contextual (Van Dijk, 1980, 1983). Dentro de la propuesta teórica de ese autor no podrían excluirse nociones tan importantes como las de autor y lector o receptor modelo (U. Eco, 1981).
El mismo hecho de no sentirse constreñidos por la necesidad de elaborar postulados teóricos que puedan ser utilizados en la delimitación buscada, ha ocasionado que quienes los sustentan no se sientan obligados sino a perfilar una supuesta teoría del cuento desde dos perspectivas básicas: el efecto (sobre el receptor) y la presentación (o estructura), Desde los puntos de vista más generales (Bosch, Poe, Balza, etc.) hasta los que intentan ser muy específicos (Meneses, Cortázar, Quiroga, etc.), la especulación teórica se diluye muchas veces en algún aspecto particular del cuento literario que pareciera no ir más allá de una presunta posición individual al respecto. Otra cuestión sería la relacionada con la metaforización sobre lo que debe ser el relato breve (no olvidemos que se trata principalmente de creadores). Obviamente, también hay quienes se han detenido en el problema desde la visión más pragmática de la crítica o el ensayo (Castagnino, Baquero, Anderson Imbert, Lancelotti, etc.). No obstante, la búsqueda de rasgos que permitan la constitución de una teoría coherente del cuento sigue siendo una necesidad.
Necesidad que, por lo demás, no pretendemos agotar en esta somera reflexión sobre el problema. Nos mueve, más bien, la intención de recopilar buena parte de los materiales existentes al respecto, dispersos y algunas veces desconectados, como una primera tarea para la satisfacción de tal objetivo. Entre otras cosas, pensamos que una teoría del cuento debería ser lo suficientemente amplia como para explicar cada una de las distintas categorías de relatos breves escritos, imaginados o narrados con propósitos estrictamente literarios. Vale recordar que no se conoce hasta ahora ninguna iniciativa que pretenda integrar de algún modo factores de apariencia tan diversa como el texto (objeto de estudio), el receptor (destinatario y juez final), el productor (escritor) y el contexto psicológico y socio-cultural implícito en la elaboración de un cuento.
El estado actual de disciplinas como la lingüística del texto, la etnografía de la comunicación y la narratología pareciera exigir ya un conjunto de teorías que sirvan de marco científico a la hora de abordar el texto literario de un modo más o menos serio y con la finalidad de proponer rasgos delimitativos que vayan más allá de la gastada noción de "género".
Pocos se atreven a dudar actualmente de la importancia que ha alcanzado el cuento como tipología textual, al menos dentro de ciertas culturas donde todavía la novela conserva su merecida ubicación de "género paralelo" (no superior). Todos sabemos del gran auge que esta clase de texto narrativo breve ha alcanzado en la literatura latinoamericana y de las posibilidades de desarrollo que ofrece, aún dentro de aquellos países donde su cultivo no haya tenido mayor éxito. El cuento es motivo de preocupación ya no sólo de creadores, sino que también ha pasado a cobrar importancia en diversas cátedras universitarias y, más aún, dentro de la orientación de ciertas corrientes criticas que lo emparentan con el poema o que le atribuyen una vinculación apenas tangente con su presunta "hermana mayor", la novela.
Sin embargo, la necesidad de sistematizar lo que al respecto se pudiera haber dicho nos llevó a la conclusión de que varias de las características que se han propuesto para el mismo pudieran ser aplicables al relato en general, e incluso al texto narrativo como categoría más amplia. Argumentar que un cuento para serlo deba fundamentarse solamente en lo que se conoce como el "criterio del interés", sería casi como suponer que tal rasgo no sea aplicable a cualquier otro tipo de texto literario (incluso, no narrativo). Presumir que la esencia del cuento resida en el efecto producido por él mismo o que su extensión no sobrepase un determinado número de páginas deviene casi en una contradicción a la hora de evaluar algunos textos propuestos como "cuentos" que no alcanzan a cubrir tales condiciones. Aludir a la brevedad, al tema, al espacio, a la temporalidad, sin especificar sus verdaderas funciones dentro del cuento, no conduce sino a la enumeración que ofrecen algunos manuales para el auxilio pedagógico, pero que a la larga puede llevar más a la confusión que a la claridad.
Con esto hemos querido decir lo siguiente: el cuento parece ser una categoría textual de las más difíciles de aprehender, inclusive desde la perspectiva metodológica de la más reciente narratología. Su caracterización no es una tarea tan fácil como se pudiera creer, pues cuando se cae en tal suposición se presume subyacentemente que la diferencia con la novela es apenas una cuestión de longitud. Una teoría coherente sobre cualquier tipo de texto literario debe despojarse en la medida de lo posible de las comparaciones para centrarse en la especificidad. Un camino distinto a ése conduce a metas erradas y no permite superar las limitaciones que le son inherentes. Pero tampoco parece pertinente el camino de la evasión o de la metaforización. Los creadores metaforizan con la definición del cuento porque es ésa la perspectiva que más justifica su incursión en un terreno tan resbaloso como el de la crítica o el de la teoría literaria. De allí ha surgido buena parte de las metáforas con que se ha resumido el cuento a través de las ideas de algunos cuentistas. Pensamos, sin embargo, que no es posible seguir el mismo camino cuando se intenta sistematizar y organizar una teoría que sirva a todos para el análisis del cuento como clase de texto literario. Expresar la definición del cuento a través de su comparación con animales (tigre, serpiente, caracol…), con efectos (fotografía, golpe fulminante, temblor, relámpago, semilla…), o con actividades (descascaración, carrera veloz, flecha dirigida hacia un blanco, etc.) es en realidad una hermosa manera de describir lo que aparentemente es indescriptible, pero no parece suficiente en el ámbito de la crítica textual.
Lógicamente, tampoco lo contrario es una tarea simple. Se trata de abordar de cierta manera algo que por su misma naturaleza se torna inasible. ¿Cómo buscar una caracterización que igualmente sea útil para explicar un cuento brevísimo de Augusto Monterroso, uno un poco más extenso de Horacio Quiroga y otros mucho más amplios como los de Alejo Carpentier o Guillermo Meneses? ¿Qué orientación seguir cuando se trata de agrupar dentro de una misma tipología los cuentos fantásticos e intrincados de Julio Cortázar o Jorge Luis Borges y los más cercanos a la "realidad" y estructuralmente menos complejos de José Rafael Pocaterra?
En honor a la verdad, las comparaciones a las que hemos aludido arriba permiten por lo menos establecer una cercanía intuida por algunos creadores (y propuesta también por críticos) entre el cuento y el poema (mas que entre el cuento y la novela). El efecto, la intensidad, el estado anímico precisado en el receptor y la dimensión semántica del cuento lo ubican muy cerca de la requisitoria contextual relacionada con la escritura poética. No obstante considerarlos muy distintos, Edgar Allan Poe ha sido uno de los creadores más cercanos a una caracterización concreta, no precisamente metafórica (sobre todo cuando se refiere a la cuentística de Nathaniel Hawthorne). Poe parte, por ejemplo, de la finalidad (el efecto) y plantea que es ésta la que determina el desarrollo del cuento. Presume que tal efecto debe buscarse desde la primera línea y agrega que el cuento no es una estructura literaria encaminada al logro de la belleza. Esto último pudiera resultar discutible por su radicalismo, pero de algún modo también ha sido vislumbrado explícita o implícitamente por otros autores. Sin embargo, puede ser peligroso puesto que sacrificaría el carácter de "cuentos" de algunos textos narrativos de tono eminentemente lírico. Eso sí, igual que el poema, para Poe el cuento debe ser fríamente planificado a conciencia. Intuimos que la meta propuesta para el mismo así lo hacía pensar. De esto es posible deducir que no creía Poe en la literatura como producto de estados especiales ni de situaciones de trance, cuestión que muchos años después sería discutida y planteada también por uno de sus discípulos latinoamericanos más notables, Julio Cortázar (1963), y que en realidad guarda ciertos nexos con la caracterización del relato breve.
"Quien lee un cuento sabe o espera leer algo que lo distraiga de su vida cotidiana, que lo haga entrar en un mundo, no diré fantástico -muy ambiciosa es la palabra- pero sí ligeramente distinto del mundo de las experiencias comunes".
Intervienen en esto una serie de reglas estéticas convencionales que opera en la memoria semántica de emisor y receptor, al permitirles distinguir entre textos literarios diferentes como la novela, el poema y el cuento, para citar únicamente tres ejemplos.
El tiempo de lectura requerido para el "consumo" de un cuento no permite que el mismo pueda extenderse demasiado. Poe sostiene, por ejemplo, que ese lapso parece estar ubicado entre 30 minutos y dos horas. Pero es obvio que este criterio resulta absolutamente arbitrario y relativo. Digamos que pudiera llegar a incluir hasta la lectura de una novela corta y excluir algunos cuentos brevísimos (pensemos en algunos minirrelatos de Monterroso, Arreola, Anderson Imbert, Jiménez Emán, Sequera, Liendo, etc.). En último caso, y para no dejar fuera estos últimos, digamos que el tiempo de lectura ideal de un cuento es aquel que, siendo siempre breve, nos permite captar el efecto que se haya propuesto su autor.
La limitación a un solo hecho central pareciera también restringir la posibilidad de que un cuento se extienda demasiado en su conformación textual. El hecho seleccionado como foco del cuento debería ser presentado de tal manera que parezca verdaderamente uno solo y no un conjunto de ellos. Sin duda, uno de los asuntos básicos relacionados con la longitud radica en que los mismos rasgos semánticos pertinentes al cuento ameritan de una presentación en pocas palabras, so pena de desvirtuar su objetivo. Así, ese recurso conocido como la "catálisis" parece más bien estar reservado a otras tipologías narrativas. El inventario lingüístico de un cuento tiene que ajustarse necesariamente a las palabras imprescindibles para que cumpla con su función de impacto, ni más ni menos. El lector avezado suele intuir muchas veces la carencia o el exceso de lenguaje que pueda haber en algo que le ha sido "presentado" como cuento (fundamentalmente cuando se trata de secuencias verbales extensas como oraciones, párrafos, periodos, etc.). Tal cuestión ha sido experimentalmente comprobada por la investigación psico-lingüística reciente. Esa es precisamente una de las armas que le proporciona al lector su competencia literaria y textual.
Por otro lado, si su finalidad está realmente dirigida a producir un efecto de intensidad, cuestión en la que coinciden casi todos los autores, entonces un cuento no debería extenderse demasiado, puesto que dejaría espacio para el desvío de tal objetivo en el receptor. Las sesiones de tregua, la lectura a destajo, no es que no puedan ser practicadas con el abordaje de un cuento, pero es muy seguro que desvirtúen su finalidad lingüístico – estético – pragmática. Habría lectores que se verían forzados al reinicio cuando por alguna circunstancia tuvieran que abandonar la lectura. El cuento parece ser una tipología discursiva cuyo efecto primigenio debe ser captado en una sola sesión ("una sola sentada", con palabras de James Cooper Ladronee), su relativa autonomía semántica así lo requiere. Muy acertadamente. Julio Cortázar sostiene que el ritmo de los cuentos debe guardar un acoplamiento necesario con el ritmo de los sucesos en ellos desarrollados (la acción).
En suma, pareciera que la conformación semántica y la finalidad que lo origina son factores determinantes para la forma del cuento. La brevedad pasaría a ser entonces una condición de coherencia, más que un fenómeno cuantitativo: intensidad, tiempo de lectura, desarrollo del hecho planteado, esfericidad semántica y estructura lingüística deben corresponderse e interconectarse de manera organizada para que un cuento cumpla con el objetivo para el cual fue escrito: la generación de un efecto particular en el receptor. Todas estas características desembocan en la brevedad textual, manifestada por lo general en un número limitado de palabras. No en vano, muchos autores se han visto tentados a emparentar el cuento con el poema, más que con la novela. Y de allí que haya que afirmar también que cuento y novela no solamente son bien diferentes en su forma, sino también en muchas de sus otras características (Hanson, 1989).
Lo que sí debe tener presente es que todo texto literario cumple una función específica y que en el caso del cuento, la misma admite menos ambigüedad que en otros discursos narrativos como la novela. El productor del cuento está casi siempre sujeto a que se perciban nítidamente sus aciertos y sus fallas. Si no mide cuidadosamente el desarrollo de su propuesta, corre el riesgo permanente de dejar insatisfecho al receptor o lector concreto. "En el creador, el cuento literario es consumación del arte de narrar y el cuentista condiciona la realidad a su designio artístico" (Castagnino, 1977, p. 30). Se trata entonces de una clase de mensaje narrativo preciso en su forma y definitivo en su función. Es muy posible que ello tenga que ver con ese arduo proceso de planificación del que hablara Poe: la palabra, el hecho y el desarrollo, todos relacionados de manera premeditada y precisa con un objetivo después recordado por Horacio Quiroga: perturbar al lector a partir de una proposición particular que en la dimensión del emisor pudiera ser semánticamente univoca.
Pero naturalmente, el cumplimiento de tal requisito no guarda ningún vínculo directo con un permanente estado de tensión. Esta sería característica sólo de algún tipo especial de cuentos (quizás el tipo de relato al que se refería Poe) y por lo demás no es ajena a otras clases de mensajes narrativos. Más que de tensión, debe generalizarse a partir de la noción de intensidad, como la plantea entre otros Cortázar. Pero también debe quedar claro que la recepción del cuento puede distar considerablemente de la proposición monosémica que haga el productor. Lógicamente, como ocurre con cualquier objeto artístico logrado, la dimensión amplia y abstracta del receptor universal apunta siempre hacia la polisemia; entran en este proceso una serie de mecanismos relacionados con la memoria semántica del lector, con su competencia literaria y con la variabilidad a que el acontecer histórico suele someter a los referentes literarios. Aparte de la función específica del efecto, el productor no será entonces responsable de la significación que el destinatario integre a su competencia narrativa.
Borges, Rulfo, Cortázar, Quiroga, Fonseca -en el ámbito latinoamericano-, Meneses, Garmendia, Trejo, Balza, Márquez Salas -en Venezuela-, parecen autores paradigmáticos dentro de esta dimensión. Todo buen cuento debe apuntar hacia un lector universal (Lázaro Carreter, 1980) no limitado por variables históricas. Tentativamente puede decirse que, igual que un gran poema, un cuento orientado en ese sentido sobreviviría con mucha más firmeza a los avalares de los diferentes contextos históricos que una novela. Es posible que sus referentes sean más limitados que los de la novela, pero ello mismo pudiera contribuir a expandir su foco de irradiación témporo-espacial.
Queda claro que buena parte de las propuestas teóricas acerca del cuento se sustentan en una recreación metafórica. Tal situación viene dada no sólo por el hecho de que la mayoría de las mismas hayan sido planteadas por cuentistas, sino también por la dificultad extrema que ofrece tan "engañosa especie" para ser caracterizada con "precisión y nitidez inconfundible" (Castagnino, 1977, p. 28). Sin embargo, algunos rasgos pueden ser extraídos a la hora de concretar una aproximación. Atmósfera, personajes, lenguaje, espacio y acciones adquieren significación muy particular a la hora de funcionar dentro del cuento. Su manejo preciso y seguro, ajustado a ciertas técnicas específicas, es un requisito indispensable para la narración de un buen cuento. Buena parte del abordaje teórico tradicional ha sido centralizada en dos variables básicas: el receptor y la estructura.
Hacia el primero estarían dirigidos aspectos como el efecto, la intensidad y la relativa autonomía semántica. Hacia lo segundo apuntan factores como la sintaxis verbal propia del cuento (lenguaje directo y limpio de retórica, ritmo narrativo, importancia del principio y el final) y la extensión, condicionada esta última por el tiempo de lectura, la focalización en un solo hecho y la coherencia semántica. Proponer un determinado número de páginas para la consecución de este propósito sería absurdo, pero no hay duda de que el lector discrimina perfectamente entre un cuento y otro texto narrativo que no lo sea, gracias a su competencia literaria.
Una propuesta más integral debe contemplar también otras variables implícitas en todo hecho literario, tales como el receptor del texto, el contexto socio-cultural, y los referentes en que el mismo se genera. El caso del cuento resulta muy particular, dada la obligatoriedad del cuentista para sostener el texto sobre la base del criterio de interés y la relativa autonomía semántica ("esfericidad" la llama Cortázar). El contexto socio-cultural juega igualmente un papel fundamental en la concepción del cuento, ya que se propone aquí la posibilidad de que éste debe vencer su contexto inmediato, más que cualquier otra clase de texto narrativo, con la finalidad de proyectarse en una dimensión a-temporal y a-espacial. Ello, independientemente del referente concreto o imaginario (real o fantástico) que haya servido de excusa al escritor. Otro tipo de contexto, el psicológico, sirve también de soporte a la hora de la catalogación de un texto como "cuento" por parte del receptor concreto. Si bien la conformación lingüística y la brevedad no son suficientes para el logro de tal objetivo, puesto que son apenas rasgos indiciales, más que tipificadores decisivos; otros recursos aportados por la memoria semántica completan el esquema necesario en tales casos: entre ellos se pueden citar, por ejemplo, la narratividad (el cuento es un tipo de mensaje narrativo), la superestructura y su organización en una serie de macroproposiciones enfiladas todas hacia un universo semántico más o menos cerrado, la actualización en pasado: todo cuento es percibido como un hecho ocurrido y acabado, independientemente del tiempo gramatical en que aparezcan narradas sus secuencias.
Turismo rural más allá de lo que conoces. Otra cosa.
Juan sin Letras :: oct.06.2007 :: CUESTIONES DE TÉCNICA :: No Comments »
de la nada a la idea
Ficha sobre recursos técnicos:
diario de Ana Frank, un corto… se diferencian en muchas cosas, pero hay
algo que los vincula: cuentan historias. Unos (el cuento, la novela, el corto
o el largo, la obra de teatro) cuentan una historia de ficción, es decir, algo
que, salvo excepciones, no ha sucedido en la vida real tal como se cuenta
en el texto pero quiere pasar ante los ojos del lector y del espectador como
realmente real, sobre todo verosímil; el periodismo, las memorias, los
diarios, la biografía… –si son honrados- querrán, por el contrario, atenerse a
la verdad, a lo que realmente sucedió, de la manera más fiel posible.
Cuando se trata de contar una historia tal como ha sucedido, como
debe hacer el periodista, el biógrafo o el memorialista, el problema de
encontrar la idea germinal desaparece; sin embargo, ése es uno de los
asuntos principales al abordar la creación de historias de ficción. Es, como
decía antes, una de las cosas que más preocupa a quienes quieren iniciarse
en la actividad de contar historias: pero de dónde salen las ideas para
comenzar a escribir. Patricia Higsmith -la autora de Extraños en un tren,
que Hitchcok convirtió en una magnífica película, o de El amigo
americano- tenía una buena respuesta.
decía Higsmith. “Probablemente en todo hay el germen de una idea: en un
niño que cae sobre la acera y derrama el helado que lleva en la mano; en un
señor de aspecto respetable que está en una verdulería y, furtivamente pero
como si no pudiera evitarlo, se mete una pera en el bolsillo sin pagarla; o
puede estar en una breve secuencia de acción que se nos ocurre
inesperadamente, sin que hayamos visto u oído nada que nos la inspire. Así
pues, los gérmenes de los que nace una idea para un relato pueden ser
pequeños o grandes, sencillos o complejos, fragmentarios o bastante
completos, quietos o móviles. Lo importante es reconocerlos cuando se
presentan. Yo los reconozco gracias a cierta excitación que siento
enseguida”. Eso, esa capacidad de descubrir el germen de una historia en
algo que aparentemente sucede sin ningún tipo de trascendencia, también le
parece a Stephen King el rasgo más definitorio de un contador de historias:
“El trabajo del narrador –dice- no es encontrar una idea, sino reconocerla
cuando aparece”. Él, por ejemplo, reconoció la idea que encendería la
creación de una de sus más conocidas novelas, Carrie –también llevada al
cine-, en un baño femenino y ante una máquina expendedora de compresas
Támpax, no me pregunten por qué.
nuestro trabajo creativo en el ámbito de la ficción: todo es contable,
cualquier historia se puede narrar, cualquier historia puede atraer la
atención del lector; el único truco para conseguirlo es contarla con interés,
para lo cual es imprescindible el conocimiento de la técnica: el dibujo de
los personajes, la elección del mejor punto de vista, la creación del
ambiente, la construcción de la intriga… Giovanni Papini creía que “Si un
hombre cualquiera, incluso el más vulgar, supiera narrar su propia vida,
escribiría una de las más grandes novelas que jamás se hayan escrito”. Por
tanto es preciso conocer bien esa carpintería que permite ensamblar todos
los elementos que componen el relato sin que quede el más mínimo
resquicio por el que el interés del lector/espectador pueda fugarse. Y otro
mandamiento más: es imprescindible desechar la excusa (pésima, por otra
parte) de “No se me ocurre nada”, que únicamente esconde cansancio, falta
de ánimo, holgazanería… Contra esa flojedad también existen los remedios
(trucos, consejos, disparadores o como se les quiera llamar) que veremos
más adelante; pero tal vez el mejor consejo que puede darse –al menos el
primero- sería: para empezar hay que ponerse las cosas fáciles. Muchas
personas comienzan o quieren comenzar su labor creativa invocando temas
tremendamente vastos, casi inabarcables, sobre los que se han escrito
millones de páginas y aún se podrían escribir millones más; consecuencia:
la labor resulta agotadora, frustrante. No es buena idea plantearse escribir
sobre la Vida, o la Muerte, o el Amor, o la Paz, o la Libertad, así, con
mayúsculas y en abstracto; es mucho más razonable contar lo que sentimos
el día que nos descubrimos la primera cana (y levantar una historia a partir
de aquella experiencia: cómo nos dimos cuenta, qué sentimos al
encontrarla, a quién se lo contamos y qué nos dijo…) que intentar escribir la
novela definitiva sobre la Vejez, sobre el Paso del Tiempo. Así mismo,
algo que nos haya sucedido más o menos recientemente puede ser un buen
generador de un relato; basta con empezar a contarlo y, poco a poco, hurgar
en él: quizá todo podría haber acabado de un modo mucho más excitante
que en la vida real, o puede que el final real hubiese merecido un comienzo
totalmente delirante, o tal vez ni el principio ni el final de eso que nos
sucedió cualquier día estuviesen a la altura de lo que ocurrió de por medio.
Sea como fuere Teresa Imízcoz, en un muy recomendable libro titulado
Manual para cuentistas, advirtió “Da igual lo que se cuente. Lo que
importa es que el lector se dé cuenta de que, sin la lectura de ese relato, se
habría perdido una mirada al mundo distinta de la suya”.
de ideas que, convenientemente traspasadas al folio mediante los
procedimientos técnicos debidos, acabaran convirtiéndose en cuentos o
cortometrajes, en novelas o largos: la vida. “La raíz de todas las historias –
suele decir Vargas Llosa- es la experiencia de quien las inventa, lo vivido
es la fuente que irriga las ficciones. La invención químicamente pura no
existe en el dominio literario”. A Vargas Llosa le gusta comparar al escritor
con un catoblepas, ese animal imaginario, con cuerpo de búfalo negro y
cabeza de cerdo cuya mirada mata, que, cuando no tiene con qué
alimentarse, se devora a sí mismo empezando por las patas delanteras; para
Vargas Llosa el escritor también hace eso: se alimenta de sí mismo -de su
experiencia, de cuanto le sucede u observa- para ser lo que es, un inventor
de historias que están ahí, al alcance de todos, esperando a que alguien –el
narrador, como decían Patricia Higsmith y Stephen King- se dé cuenta de
que son ideas perfectas para acabar siendo leídas por alguien, vistas en
cualquier cine, cualquier teatro.
libros. Gracias a ellos un señor manco acabó escribiendo la historia de un
tipo al que se le secaba el cerebro por leer novelas de caballerías y se
convertía en un ridículo caballero andante en el tiempo en que los
caballeros andantes ya eran agua pasada. Cervantes no habría escrito jamás
esa novela de no ser él mismo lector de relatos de caballerías; y en alguna
de aquellas lecturas debió de encendérsele la chispa y descubrir el juego
que acabaría convirtiéndose en la mejor novela de todos los tiempos. Otro
de los grandes, García Márquez, también sabe que es eso de sentir la –
digamos- inspiración entre las páginas escritas por otros: su primer cuento,
“La tercera resignación”, nació tras la -para él- impresionante lectura de La
metamorfosis de Franz Kafka.
para empezar a escribir, aún queda una solución de urgencia. Unos los
llaman trucos, otros consejos, otros disparadores. A mí me gusta lo de
trucos porque, aunque suene cursi, la literatura se parece a la magia, lo es,
y un escritor es también un mago. Los que siguen son, pues, cuatro o cinco
trucos, o seis, para despertar la imaginación, para dejar sin argumentos a
aquellos que estén pensado en argüir otra vez esa mala excusa: “Es que no
se me ocurre nada”.
escribió Borges uno de sus mejores relatos, “El zahir”: hurgando en esa
palabra, intentando profundizar en ella hasta descubrir qué podría querer
decir realmente, como si no le convenciera la definición del diccionario. Se
trata únicamente de intentar ejemplificar con una historia el significado que
para nosotros debería tener uno de esos términos que todos utilizamos más
o menos, pero quizá sin saber muy bien qué significa, seguro que sin haber
pensado jamás que él también puede llevar colgada una historia a sus
espaldas.
imaginación, tiene padre: Gianni Rodari, autor de la Gramática de la
fantasía. Rodari propone la relación entre un par de términos o conceptos
para descubrir la historia que pueda generar dicha relación. En ocasiones
surgen propuestas de arranque de la historia, que, al menos a priori pero
conviene no descartar sorpresas, pueden resultar poco sugerentes, como
“La mesa y la casa” o “La niña y su perro”; aun así el truco es válido
puesto que sigue propiciando que el alumno estruje su capacidad de
inventar. En todo caso, siempre se pueden lanzar propuestas algo más
arriesgadas: ¿qué historia podría surgir de la relación entre un pigmeo y la
Fontana de Trevi, pongo por caso; o entre una foca y el reloj de pulsera de
mi padre?
esencialmente en plantear suposiciones sobre los asuntos más diversos,
muchos de los cuales pueden tener que ver con la propia vida del alumno.
Qué hubiese pasado si su padre fuese torero, en vez de informático; o si
cierta noche hubiese salido de marcha, en vez de haber ido al cine; o si,
como se plantea en muchas películas, hubiésemos cogido el sendero de la
izquierda en vez del de la derecha. Como decía Novalis, “Las hipótesis son
redes: lanzas la red y, tarde o temprano, encuentras algo”. Hace algún
tiempo apareció un anuncio en prensa que utilizaba una técnica similar:
“¿Te imaginas vivir sin…?”, y planteaba una sucesión de productos sin los
cuales nuestras vidas serían, por lo menos, distintas: “Té, chocolate, café,
kleenex y celo; fregonas, plásticos y butano; bikini, futbolines y
vaqueros…”. Yo, por ejemplo, no me imagino la vida sin chocolate –me
refiero al que se come-, y seguro que, poniéndome a ello, podría imaginar
una historia, no sé si mejor o peor, para demostrar que el chocolate es un
elemento básico en nuestras vidas, al menos en la mía.
hora de encontrar gérmenes para inventar. Toda imagen puede evocarnos
algo, bien en su conjunto o bien alguno de los elementos que fija. Un buen
ejercicio consiste en plantear un severo interrogatorio sobre lo que, a
simple vista, se observa en determinada fotografía o cuadro o dibujo: qué
personajes aparecen, qué están haciendo, por qué lo hacen, dónde se
encuentran, de qué estarán hablando… Lo importante es desparramar el
mayor número posible de hipótesis que la imaginación de los alumnos sea
capaz de plantear; en última instancia se tratará de decidirse por alguno de
los muchos cabos sueltos que hayan quedado por ahí, y empezar a contar.
A García Márquez el truco le ha solido dar buenos resultados: “Yo siempre
parto de una imagen”, dice; y así escribió el que él mismo considera su
mejor cuento, “La siesta del martes”: “Surgió de la visión de una mujer y
una niña vestidas de negro y con un paraguas negro caminando bajo un sol
ardiente en un pueblo desierto”. La hojarasca, una de sus propias novelas,
tiene así mismo su origen en otra imagen, la de “un viejo que lleva a su
nieto a un entierro”, y el punto de partida de El coronel no tiene quien le
escriba fue “la imagen de un hombre esperando una lancha en el mercado
de Barranquilla. La esperaba con una especie de silenciosa zozobra”. Por
fin, la primera idea que tuvo para escribir su mejor novela, Cien años de
soledad, “fue la imagen de un viejo llevando a un niño a conocer el hielo
[...] una curiosidad del circo, porque el pueblo era terriblemente caliente, y
el hielo venía como venía un elefante o un camello”.
o simplemente juegos, hay tantos como se quieran imaginar. Muchas
noticias de periódico encierran ideas magníficas para convertir en un
cuento o en el guión de un cortometraje (y si no que le pregunten a Muñoz
Molina cómo se le ocurrió su estupendo cuento “La colina de los
sacrificios”), también muchas citas más o menos famosas, incluso
simplemente algo que alguien dice a nuestro lado, aunque ese alguien no
sea en absoluto célebre. Sólo se trata, como decían –y regreso una vez más
a ellos- King y Higsmith, de reconocer la validez de la idea, y enseguida
ponerse a cincelarla para descubrir la historia que lleva dentro. Es un
trabajo laborioso, debe serlo; pero también, y lo digo por propia
experiencia, absolutamente apasionante.
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Juan sin Letras :: oct.06.2007 :: CUESTIONES DE TÉCNICA :: No Comments »
El lenguaje simbólico en los cuentos populares
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Literatura erótica. Y a veces un poco más que eso.
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cómo escribir un cuento
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estructura y desarrollo del cuento
Ficha sobre recursos técnicos:
Presentación/Introducción
2. de ciclo acabado y perfecto como un círculo;
3. siendo muy esencial el argumento, el asunto o los incidentes en sí;
4. trabados éstos en una única e ininterrumpida ilación;
5. sin grandes intervalos de tiempo y espacio;
6. rematados por un final imprevisto, adecuado y natural.
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uso de los guiones de diálogo
Ficha sobre recursos técnicos:
Eduardo Scarletti
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Uso y abuso de la adjetivación
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Vano remedo del postrer lamento
de un cadáver sombrío y macilento
que en sucio polvo dormirá mañana. (Zorrilla)
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Cómo corregir los errores más comunes
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Ricard de la Casa
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