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El ensayo y el tratado

 

Todo lo dicho anteriormente al comparar el ensayo con el concepto amplio de prosa didáctica, nos sirve, naturalmente, para caracterizar el tratado, que, en sí, no es más que una de las manifestaciones de la didáctica. Peculiar del tratado, y en ello diametralmente opuesto al ensayo, es el intento de ser un estudio completo sobre el tema que versa, por lo que se presenta como un todo en el que se exponen unas ideas ya pensadas, y entregadas a modo de resultado; mientras que el ensayista, reconociendo que en lo absoluto no hay nada completo, presenta únicamente una faceta, procura una cala, desarrolla un pensamiento; y se manifiesta en un continuo hacerse, que lleva implícito las contradicciones mismas presentes en la vida. Morón Arroyo nos dice a este propósito, refiriéndose al tratado filosófico, pero cuya peculiaridad es propia del tratado mismo: “Toda filosofía es, en primer lugar, un trabajo de la mente; pues bien, si aíslo el producto, y lo expongo separado de la mente que lo piensa, haré categoría; si lo expreso con la vivacidad de lo que está naciendo como un producto viviente, será ensayo” (48). Este aislar el “producto de la mente”, que señala Morón Arroyo, es el proceso que sigue el escritor de tratados, por lo que la personalidad del autor, el elemento subjetivo, se reprime hasta el anonimato, y es el tema el que da carácter a la obra. En el ensayo, como hemos indicado repetidas veces, es la personalidad del autor la que domina y a la que incluso se subordinan los temas. El tratado se dirige al especialista y su verdad, con la que pretende enseñar, es científica; el ensayista, por su parte, se orienta al lector general, a quien sólo le exige que se acerque a su lectura con curiosidad intelectual; sus verdades son estéticas y crean interpretaciones que únicamente se proponen formar. El tratado, en fin, es monólogo cerrado, sistemático, que persigue un fin preestablecido, que, a su vez, le fuerza a seguir estrictamente el tema en cuestión. El ensayo es un diálogo, y, por lo tanto, abierto, y tan asistemático como la vida o el pensar mismo.

Adiós a los padres (Hermann Hesse)

El hecho de que volvamos a oír algo de usted es ya de por sí una alegría, pues entre nosotros no se lo olvida y que suceda con este magnífico libro de la historia de su juventud redobla mi alegría.

 Usted tuvo una infancia distinta a la mía, una infancia mucho más pobre, solitaria y más alejada del mundo intelectual, y cuando pienso en el Peter Weiss que conocí en Montagnola me sorprende lo relativamente intacto que estaba o parecía estar entonces. Y ahora ha hecho usted este libro con la historia de su infancia y su juventud, un libro tan magnífico como terrible que tiene que cautivar y conmover profundamente a todos los lectores. Desde un punto de vista puramente literario es perfecto, memoria y capacidad de observación de extraordinaria precisión coinciden con una conciencia del lenguaje cuya claridad e intensidad tenemos que amar. Si tengo alguna objeción se refiere exclusivamente a una parte de su contenido, la historia de su larga inhibición sexual. Ese es un asunto patológico privado y su relato sólo tendría valor, según mi opinión, si al lector se le explicara también el proceso exacto de su curación.

 La cuestión sobre el valor del tema se me planteó ya con ocasión de «Der Schatten des Körpers des Kutschers» («La sombra del cuerpo del cochero»); me hubiese gustado escribirle entonces pero aunque la impresión fue grande no pude aprobar el conjunto tan categóricamente como su nuevo libro, me parecía demasiado talento y demasiado trabajo derrochados en una banalidad, y los collages no me gustaron en absoluto.

 En la literatura alemana más reciente hay muy pocas obras de semejante fuerza y el hecho de que seamos ahora ambos autores de la misma editorial me alegra.

 (1961)

¿CÓMO SE LO DECIMOS A LOS NIÑOS?

 

¿CÓMO SE LO DECIMOS A LOS NIÑOS?

 

Cuando a fines de marzo (según lo estipulado en el contrato de venta) hubo que desocupar la Gran Sinagoga del hipódromo, Zweifel y los otros alumnos ayudaron a empacar los objetos de culto que al poco tiempo serían enviados a Nueva York, donde hallaron cabida en el Museo Judío como Colección Gieldzinski. (En 1966 los rollos de la Tora se consumieron al estallar un incendio en la biblioteca.)

El pasaje citado de mi libro Aus dem Tagebuch einer Schnecke [Del diario de un caracol] narra la disolución de la comunidad judía de Danzig en la primavera de 1939, cuando hubo que financiar la emigración de sus miembros mediante la venta de los edificios sagrados y de los cementerios judíos. “Dicen que los ancianos y el cantor de la Gran Sinagoga, Leopold Schufftan, lloraron después de haber firmado.”

Cuarenta años más tarde el tesoro de la sinagoga de Danzig se exhibe en Nueva York. Sin embargo, las reflexiones que haga en esta ocasión no pueden girar en torno a la historia cultural, sino que deben derivar de las consecuencias del crimen alemán y de las condiciones propias de mi actividad literaria. El pasado no puede dejar de estar presente para nosotros. Seguimos preguntándonos cómo fue posible que se llegara a eso.

Y seguimos sin respuestas. A 35 años de Auschwitz, la pregunta alemana vuelve a ser: ¿Cómo se lo decimos a los niños? O, con mayor precisión: los padres nacidos después de la guerra, que cuando niños recibieron a sus preguntas sólo medias respuestas, palabras evasivas, mentirosas o desamparadas: ¿cómo van a explicar ahora a sus hijos lo sucedido en Auschwitz, Treblinka y Majdanek “en nombre del pueblo alemán”, lo cual ha persistido desde entonces de generación en generación y permanecerá imborrable en cuanto culpa alemana?

Otros pueblos son discutiblemente más felices, o sea, más olvidadizos. Nadie declarará al pueblo ruso culpable de la carnicería estalinista efectuada en nombre de la revolución. Un número relativamente reducido de ciudadanos de los Estados Unidos de América todavía se siente responsable hoy en día del crimen de guerra cometido por su país en el conflicto de Vietnam. Inglaterra, Francia y Holanda ya archivaron la injusticia de sus dominios coloniales, que hasta la fecha sigue obrando trascendentes consecuencias: son cosas que ya no cuentan. Es historia. Y la historia continúa.

Tan sólo a los alemanes no se nos permite sustraernos a ella. Cuanto más inofensivo es el aire que adoptamos, más inquietantes somos para nuestros vecinos. Nuestro éxito económico no alcanza a tapar el vacío moral de una culpa sin par. Ninguna referencia a los inocentes que nacieron después de los hechos, ningún remitirse a los crímenes de otros pueblos: nada nos exculpa. Otros nos señalan con el dedo, nosotros nos señalamos con el dedo. Con la misma falta de compasión pedante con la que toleramos, planeamos y llevamos a cabo el genocidio de seis millones de judíos, no dejamos de preguntarnos cuáles fueron los motivos, cuál la razón de ello, y lo mismo nos preguntan (en cada generación con mayor urgencia) nuestros hijos. De manera propia del Antiguo Testamento, la culpa perdura y es transmitida.

Hacia finales de la década de 1960 mis hijos, que entonces tenían 4 y 8 años, y 12 los gemelos, me sometieron a un interrogatorio a mí, que desde hacía años estaba dedicado a poner en duda a otra generación, la de mis padres. De acuerdo con sus edades, las preguntas iban así: ¿También mataron niños en las cámaras de gas? O: ¿Por qué a los niños? O se perdían en los detalles técnicos: ¿Qué clase de gas era ése? La cifra millonaria resultaba superior a toda la capacidad de su imaginación. En cuanto los hijos mayores preguntaron cuál había sido el motivo de la monstruosidad, que seguía siendo abstracta para ellos, los padres nos extraviamos entre explicaciones de complicados procesos que pretendían basarse en fundamentos históricos, sociales y religiosos. Una mezcolanza de relaciones cuya causalidad sólo podía parecer absurda. El interés infantil pasó a otras preguntas referentes a lo cotidiano: el hámster, el programa de televisión, las vacaciones próximas.

Sólo al referir un destino individual o la fuga de una familia —ora a la muerte, ora hasta la meta en Palestina— logré captar la atención de mis hijos, sin estar seguro de que oyeran más que la aventura de la huida. Empecé a apuntar sus preguntas y mis respuestas inseguras. En mi libro de garabatos, puesto que desde marzo hasta el otoño de 1969 estuve ocupado con las inminentes elecciones parlamentarias, se mezclaron las anotaciones relativas a la campaña electoral con las preguntas de los niños, para crear la base del manuscrito que comenzaría posteriormente: Del diario de un caracol. En forma paralela a las circunstancias políticas contemporáneas, quería contar la historia de la persecución, el destierro y el aniquilamiento de los judíos de Danzig; suponía que mi ciudad de origen sería lo suficientemente gráfica para mí como para plasmar el inicio del crimen alemán y su desarrollo ulterior. Lo que sucedió en Berlín, Leipzig, Nuremberg, Francfort y Dusseldorf también ocurrió, si bien retardado por su constitución de ciudad-república, en Danzig. Y todo a la plena luz del día. Un odio imposible de pasar por alto, proclamado por carteles y titulares. El silencio cobarde de las Iglesias cristianas. El ciudadano que se adaptaba a los acontecimientos. La incapacitación impuesta a sí mismo por un pueblo enterado al principio, que después, al conocerse la magnitud del crimen, debió entender su propia ignorancia y también, no obstante, su responsabilidad.

Mi decisión de conducir el relato desde un lugar reconocible y conocido por mí, de permitir que se desarrollara el horror de la “solución final” desde el margen y de restringirme, para ello, a mis propios recursos, los literarios, fue dispuesta de antemano por un esfuerzo que databa de años atrás y que entretanto había sido frustrado y abandonado: sin hallar un punto de partida para ello, me había aventurado a concebir el proyecto de completar el fragmento Der Rabbi von Bacherach [El rabino de Bacherach] de Heinrich Heine. La ironía romántica de Heine me había incitado al desacuerdo. Su fracaso ante un material demasiado exigente había despertado mi ambición. Hoy sé que sin este rodeo por el Bacherach de Heine no hubiera hallado la manera de penetrar a la historia de los judíos de Danzig. Aquí se presenta la oportunidad de revivir a la comunidad judía de ese pequeño poblado medieval de Renania, y de seguir los hilos que han quedado enterrados o fueron pasados por alto.

El fragmento que nos ha sido legado de Der Rabbi von Bacherach abarca una extensión de menos de 60 páginas y sólo tres capítulos. Parece terminar a la mitad de una frase. Entre paréntesis, el autor indica a sus lectores que los capítulos siguientes y el final del relato se perdieron debido a circunstancias fuera de su control. Sin embargo, Heinrich Heine no abandonó el tema durante 15 años, por muchas interrupciones que sufriera el trabajo con el manuscrito, por voluminoso e inmanejable que resultara el material al expandirse, por invariables que permanecieran las condiciones contemporáneas que se oponían a la publicación de todo el libro, lo mismo que del fragmento. La historia de la creación del Rabbi se lee como la crónica de un fracaso.

Desde el verano hasta entrado el invierno de 1824, un año después de que en Prusia se aboliera parcialmente el edicto napoleónico de tolerancia, a raíz de lo cual se prohibió a los judíos el magisterio en las escuelas y las universidades, el estudiante de derecho (y autor del Harzreise [Viaje al Harz]) emprende los trabajos preliminares en la biblioteca de Gotinga. Heine, un poeta suscrito al credo del “indiferentismo”, que se burla de toda religión positiva, para quien el judaismo y la doctrina cristiana son mera expresión de una despreciable y “melindrosa censura de la humanidad”, y que a lo sumo permanece ligado a su origen por emociones sentimentales (y la oposición al predominio cristiano), este liberal cuya única fe era la razón, comienza a profundizar en la milenaria historia de los sufrimientos del pueblo judío. A su amigo Moser, Heine escribe: “Además, estoy estudiando muchas crónicas y, sobre todo, mucha ‘historia judaica’. Esto último se debe al contacto con el rabino y también, quizá, a una necesidad interior. Son sentimientos muy peculiares los que me mueven al hojear estos tristes anales; una plenitud de saber y de dolor.”

Así, desde el mismo principio del primer capítulo se enfoca el tema con una mirada retrospectiva a la historia, después de la presentación romántica de un pueblo renano, Bacherach, y de la pequeña comunidad judía que vive entre sus murallas: “La gran persecución de los judíos empezó con las cruzadas y causó los estragos más terribles a mediados del siglo XIV, al finalizar la gran peste que, como toda calamidad pública, había sido provocada, supuestamente, por los judíos, al despertar la ira de Dios, según se aseverase, y envenenar los pozos con la ayuda de los enfermos de lepra.”

Heine habla de las hordas medievales de flagelantes que “entonando un enajenado himno a la Virgen” atraviesan Renania hacia el sur de Alemania y en el camino cometen mil asesinatos de judíos. Señala el origen de la mentira reiterada una y otra vez a lo largo de los siglos: “…que los judíos robaban hostias consagradas, las cuales perforaban con cuchillos hasta hacer manar la sangre, mientras que en su fiesta de Pascua mataban a niños cristianos para utilizar su sangre en la ceremonia religiosa de la noche”.

Así, se introduce el motivo que desencadenará la desgracia. Con la celebración de la fiesta de Pascua, para la cual la pequeña comunidad congregada en torno a la sinagoga de la ciudad de Bacherach se reúne ante el rabino Abraham, empieza la acción del relato incompleto. Mientras el rabino, un hombre aún joven que realizó sus estudios en la población española de Toledo, donde también se familiarizó con la doctrina cristiana, observa los ritos antiguos en la sala grande de su casa, y la lámpara de plata del sábado derrama “su luz festiva sobre los semblantes piadosamente alegres de jóvenes y viejos”, mientras se festeja pacíficamente la liberación del pueblo de Israel de la esclavitud egipcia, pues, adornada con leyendas, documentada con las escrituras y celebrada con las palabras de la Hagadá (y el pan ázimo) —”¡Ea! ¡Tal es el alimento que disfrutaron nuestros padres en Egipto! ¡Que todos los hambrientos vengan a gozarlo!”—, dos hombres desconocidos, que se dicen correligionarios de paso por el pueblo, penetran en la sala y quieren participar en la fiesta de Pascua. Por suntuoso que se pinte el cuadro de la fiesta de la comunidad, hasta en los detalles—”…los hombres llevaban sus abrigos oscuros, los planos sombreros negros y las golas blancas; las mujeres, con sus vestidos maravillosamente centelleantes de paños lombardos, tenían ceñidas las cabezas y los cuellos con joyas de oro y de perlas…”—, se percibe, no obstante, el precipicio de la catástrofe. El rabino Abraham no tarda mucho en descubrir que uno de los forasteros ha traído y depositado debajo de la mesa el cadáver ensangrentado de un niño. El pretexto para el pogrom está dado. No obstante, Heine ahorra a sus sensibles lectores los detalles, la aniquilación de los judíos de Bacherach. El rabino consigue huir a tiempo, junto con su joven esposa Sara. Un precepto antiguo que le exige dar testimonio impone esta fuga. Abandona su comunidad, sobre la que se cierne “el ángel de la muerte”. A continuación, el relato experimenta un giro romántico. Ambos ocupan un bote del Rin que “el silencioso Wilhelm, un muchacho sordomudo pero hermoso como un sol”, conduce por la noche a Francfort del Meno, en cuya judería se ubican los dos capítulos siguientes sin que se vuelva a espesar la trama.

No sabemos nada sobre la segunda parte de la historia, la cual, según las afirmaciones hechas por el autor en su correspondencia, debía llevarse a cabo en escenarios españoles. La huida del rabino Abraham probablemente se alargó hasta este sitio a fin de desplegar mejor su principio de tolerancia hacia todas las religiones (y la crítica del autor contra cualquier doctrina ortodoxa).

Poco tiempo antes de su examen de doctorado, en junio de 1825, Heinrich Heine se hace bautizar por la Iglesia cristiana protestante. Quiere presentar conferencias filosóficas e históricas en Berlín. Su ambición requiere cierto desenvolvimiento social. Se conduce de manera conforme a las exigencias de sus tiempos, pero a pesar de ello insiste en proseguir el trabajo con el Rabbi von Bacherach, hasta que nuevas interrupciones lo eximen de esta tarea cada vez más penosa. El proyecto de publicar una versión abreviada en la segunda parte de Reisebilder [Estampas de viaje] es abandonado nuevamente. Cuando en 1833 un incendio en la casa de su madre, en Hamburgo, destruye gran parte de los manuscritos ahí guardados, también se pierde el manuscrito sobre el rabino, que entretanto ha crecido hasta comprender dos libros. Quedan sólo los apuntes para el borrador, con base en los cuales el literato, entretanto emigrado a París, pretende reanudar el trabajo.

No obstante, no es sino hasta 1840 que un suceso contemporáneo induce a Heine a volver a su tema: la fiesta de Pascua que termina con un pogrom. El Conde Ratti-Menton, cónsul francés en Damasco, dispone el tormento judicial de varios judíos acusados de haber asesinado a un fraile capuchino y de beber su sangre durante la fiesta de Pascua. Lo que según el relato de Heine se llevara a cabo en medio del obcecamiento de la superstición medieval, durante los tiempos del emperador Maximiliano, se repite en la modernidad, a despecho del racionalismo y de los postulados de la Revolución francesa.

Heine se manifiesta al respecto en una serie de escritos periodísticos, de los cuales algunos son publicados por el Augsburger Allgemeine Zeitung. En uno de estos artículos, suprimido por el departamento de redacción, ataca directamente al presidente francés: “Durante sus audiencias matutinas el señor Thiers asevera… con aire de máxima convicción, que es completamente cierto que los judíos beban sangre cristiana durante la fiesta de Pascua…”

Dicha serie de artículos, recopilada posteriormente en la primera parte del libro Lutetia, figura entre las obras maestras de Heine como periodista. Mediante la ironía, Heine suaviza la seriedad y la pasión de sus acusaciones, encubre el dolor y la vergüenza con ingenio, con un tono aparente de charla casual cuenta aquí los últimos chismes de la ópera y pinta, luego, un retrato de París (en espera del cadáver de Napoleón), pero siempre se mantiene sobre la pista del verdadero tema. Demuestra que el martirio de los judíos en Damasco no significa solamente, acaso, una recaída, aislada en las tinieblas, de la Edad Media sino que, como renovada persecución de los judíos impulsada por el odio cristiano, pudiera tener un futuro mucho más terrible. Es cierto que se levantaron protestas contra el cónsul Ratti-Menton, que desencadenó y promovió el pogrom en Damasco con escritos difamatorios, pero los prejuicios son reales. Heine comprende y analiza con exactitud la explosiva situación en el Cercano Oriente y el error en que incurren los observadores europeos en su evaluación de la misma. Para ello su “indiferentismo”, a menudo lamentado por sus amigos judíos, le ayuda a conservar su lucidez y a presentir (como en otra oportunidad con respecto al marxismo) los crímenes del siglo XX: la mudanza del odio cristiano tradicional a los judíos en el delirio racial organizado del antisemitismo. Como si los acontecimientos en Damasco le hubieran dado un nuevo impulso, produce una versión modificada de su relato, a la que pone como título “Das Passahfest” [La fiesta de Pascua]; no obstante, pese a que está dedicado a la Baronesa Betty Rothschild, pronto debe ceder a un primer tanteo: posiblemente para alejarse del tema y con certeza también para aumentar el volumen de una publicación eventual, el llamado Salón, Heine publica los tres capítulos del fragmento con el que hoy contamos, cuyas aspiraciones literarias se cumplen sólo en la descripción de la fiesta de Pascua, pero que en el desarrollo ulterior se vuelve arbitrario, en sus cuadros floridos, y se encalla en un ingenio forzado. Al cabo de 15 años, Heine se desprende de un material que había sido para él una obligación y una carga. Su trabajo periodístico le ha exigido visiones más exactas sobre la problemática del tema. El fragmento narrativo fracasa a causa del estilo romántico de la época que, atajado de suyo por la ironía, no alcanza a captar la realidad que Heine quería representar mediante una visión retrospectiva y augúrica a la vez. Resignado ya, comunica a su editor Campe: “Escribí este cuadro costumbrista medieval hace unos 15 años y lo que presento aquí es sólo una muestra del libro quemado en la casa de mi madre, quizá para mi propio bien. En su evolución se manifestaban opiniones de suma herejía que hubiesen provocado que tanto judíos como cristianos pusieran el grito en el cielo.”

Antes de empezar a trabajar con la historia del rabino, Heine se había anticipado mejor, en una carta a su amigo Moser, a la irritación que hasta la fecha produce la obra: “Confieso que defenderé con entusiasmo los derechos de los judíos y su asimilación como ciudadanos, y en tiempos duros, que serán inevitables, la plebe germana escuchará resonar mi voz a través de cervecerías y palacios.”

Un enfoque equivocado, en la mayoría de los casos, ha tenido como consecuencia que las opiniones sobre este autor se dividan una y otra vez. No es posible superarlo ni como patriota ilustrado ni como crítico de su patria. Su escrupulosidad fue calificada de corrosiva; su ingenio, criticado por ser ajeno al espíritu nacional. No obstante, aun sus rimas más planas y sus sentimentalismos autoimitadores han guardado, en todos los tiempos, su particular idoneidad para las citas. Los alemanes todavía no podemos tragar a Heine. Su seriedad humorística y riente desesperación nos resultan incomprensibles. No pretendo excluirme de ello, pues el fragmento del Rabbi von Bacherach de Heine, cuando por primera vez lo leí al poco tiempo de finalizar la guerra —era joven y estaba hambriento de la literatura antes prohibida—, significó dos cosas para mí: por poco tiempo, un motivo de escándalo; y luego un interés persistente en afrontarlo. Me propuse continuar el fragmento. Jugué (a título de ensayo) con un estilo que emulaba el suyo. Con la ayuda salvadora del bote del Rin, quería transportar a Abraham y a Sara, los fugitivos del pogrom, al Francfort de la década de 1930, en lugar de la ciudad medieval. Pretendía reanudar el relato de Heine en la actualidad. Un detalle al comienzo del segundo capítulo proporcionaba el punto de partida para ello, pues el rabino, al aproximarse el objetivo de su huida, grita a Sara: “Ahí enfrente, esas casas sonrientes y rodeadas por colinas verdes, son Sachsenhausen, de donde el cojo Gumpert nos lleva las bellas mirras para la fiesta de los Tabernáculos…” Esta mención casual de un poblado que compartiría su nombre con un campo de concentración apuntaba hacia el salto a través del tiempo.

Era una idea obstinada que con igual prontitud quedaba sepultada o volvía a renovarse espontáneamente; pero no ponía nada por escrito, ya que entretanto mis propios temas habrían de ocuparme por años enteros. La ubicación de mi relato no podía llamarse Bacherach, Francfort del Meno (Sachsenhausen) ni Toledo. Seguía arraigado en mi origen y tenía que plantear la pregunta “¿Cómo se lo decimos a los niños?” en una manera que me afectara a mí, desde Danzig. El fragmento de Heine perduró como reto, ciertamente, pero se había gastado su atractivo literario.

Cuando a mediados del decenio de 1960 viajé por primera vez a Israel, conocí en Tel Aviv a Erwin Lichtenstein, un antiguo síndico de la comunidad judía de Danzig que ahora se dedicaba, como abogado, a los llamados derechos de reparación. Cuando joven había tenido que negociar con las autoridades nazis y realizar la venta de los edificios sagrados y los cementerios judíos. En sus manos se había acumulado todo el material que atestiguaba la persecución de los judíos en Danzig, su destierro y aniquilamiento. Pese a que llevaba años trabajando en el manuscrito de un libro que publicaría a comienzos de la década de 1970, no poseía una ambición literaria que le impidiese poner a mi disposición las copias de su material. Gracias a su intervención pude visitar, en el transcurso de un posterior viaje a Israel, a algunos sobrevivientes de la comunidad judía de Danzig, entre ellos a Ruth Rosenbaum, la cual, como joven maestra, había construido y dirigido la escuela particular judía que en medio del terror cada vez más grande sembrado por los nazis siguió impartiendo clases, desde 1935 hasta la primavera de 1939. Poco tiempo antes de la “emigración de los 500″, un transporte de judíos de Danzig que al cabo de ciertas correrías y rodeos arribó a Palestina con el buque mercante Astir, la escuela de Rosenbaum fue cerrada, puesto que el número de alumnos había disminuido de más de 200 a 36. “A fines de febrero, ocho alumnos y alumnas todavía pudieron presentar su examen de bachillerato (con certificación por el Senado). (Cuando en Jerusalén pedí los detalles a Eva Gerson, ésta indicó: ‘Nuestro desempeño causó una gran impresión en los nazis del tribunal de exámenes, entre ellos Schramm y otras eminencias.’)”

Apenas entonces, pese a que cuando niño me había criado a la vista de las penalidades judías, adquirí conocimientos que me permitieron ser exacto en mis afirmaciones. La gran cantidad de declaraciones, apuntes de diarios personales, documentos y reportajes periodísticos que hallé con Erwin Lichtenstein dilucidaron el lento proceso de un crimen que desde sus comienzos había ido extendiendo cada vez más su magnitud; sin embargo, no hubiese sido el autor indicado para una crónica lineal. Hacía falta que una constelación contemporánea se erigiese en el tema contrapuesto a fin de poder descubrir, con mi relato, los muchos aspectos del trauma alemán, pues la generación de los que sabían, actuaban y callaban no sólo estaba presente en la actualidad, sin hacerse notar, sino que acudía a los puestos de responsabilidad política como si no hubiese sucedido nada.

A fines de la década de 1960, después de extinguirse lentamente la era de la restauración política interior bajo Adenauer y la “guerra fría”, se presentaba la oportunidad, por primera vez en la historia de la República Federal de Alemania, para un cambio democrático de poderes. No obstante, el gobierno provisional formado por la Gran Coalición entre democratacristianos y socialdemócratas se constituyó simultáneamente, al dejar que se desmedrase la oposición parlamentaria, en el primer desafío a la conciencia democrática aún no consolidada de los alemanes federales. A la izquierda, el movimiento de la protesta estudiantil derivó en una “oposición extraparlamentaria”; del lado de la derecha, la gente acudió en tropel a engrosar las filas de un partido neofascista, el NPD, máxime cuando los antecedentes políticos del canciller de la Gran Coalición, Kurt Georg Kiesinger, debilitaban los argumentos que los partidos gubernamentales pudiesen aducir contra los neonazis: como miembro del NSDAP [Partido Obrero Nacionalsocialista] durante largos años, Kiesinger había desempeñado posiciones importantes en el Tercer Reich hasta el final de éste, sin vacilar por un solo momento pese a los crímenes de los que tuvo conocimiento. Su cargo de canciller representaba un insulto a la resistencia contra el nazismo. La revaloración política de su pasado ponía en duda todo lo que los alemanes federales habían aprendido durante veinte años, como alumnos modelo en cuestiones de democracia clásica: la comprensión de su responsabilidad política, el regreso al derecho liberal, no sólo una conducta buena pero descolorida sino también la vergüenza inspirada por los crímenes alemanes.

El hecho de que el antiguo emigrado Willy Brandt, hasta entonces subliminalmente calumniado, asistiera al antiguo nazi Kiesinger en calidad de vicecanciller y ministro del Exterior, no bastó para encubrir la sospechosa transigencia. La generación de la posguerra, cuya conciencia había cobrado sensibilidad a causa de las protestas contra Vietnam, rechazaba especialmente la inverosímil “alianza de la reconciliación”. A pesar de ello, ninguna protesta callejera estremeció al nuevo cartel en el poder. Tan sólo las elecciones parlamentarias fijadas para el otoño de 1969 resultaban idóneas para relevar a la Gran Coalición, con todo y Kiesinger, y sustituirla por otra de carácter social-liberal, encabezada por el canciller Willy Brandt.

Contribuí al resultado de esta campaña para las elecciones parlamentarias, que constituían una prueba decisiva porque en ellas habían vuelto a manifestarse las contradicciones alemanas subsanadas antes sólo de manera provisional, mediante la creación, junto con algunos amigos, de una organización de electores socialde-mócratas a nivel nacional. Estuve viajando durante siete meses. Los lunes dejaba mi domicilio en Berlín y regresaba a pasar el fin de semana. Al partir y al llegar, me confrontaban las preguntas de mis hijos: ¿Qué estás haciendo? ¿Para quién haces eso? ¿Por qué Kiesinger fue nazi? ¿Por qué Brandt, cuando era joven, tuvo que salir de Alemania? ¿Cómo fue, exactamente, eso de los judíos? ¿Y qué hacías tú entonces?

Por primera vez me vi expuesto a la pregunta: ¿Cómo se lo explicamos a los niños? Me resultó relativamente fácil esclarecer mi propia biografía, la de un niño de las juventudes hitlerianas que al finalizar la guerra tenía 17 años y se convirtió en soldado todavía con el último reclutamiento: era demasiado joven como para haber incurrido en culpa alguna. Sin embargo, la pregunta “¿Pero si hubieras sido mayor?” no admitía una respuesta unívoca. No estaba en situación de ofrecer garantías de mí mismo. El antinazismo recuperado por mi generación no implica compromisos porque estaba desprovisto de peligros. No hubiera habido manera de excluirme de la participación en el gran crimen, de contar sólo con unos ridículos cinco o siete años más, sobre todo en vista de los angustiados sueños que me afligían (con una frecuencia cada vez mayor al aumentar la distancia en el tiempo) y en los que me veía fracasar, hecho culpable. Los límites entre la acción o el delito real y posible iban borrándose. La discutible suerte de pertenecer a la “generación correcta” se ponía en evidencia mediante las frases tartamudeadas que llenaban mi diario detrás de las preguntas de los niños. Entre ellas, referencias a la campaña electoral, apuntes de la provincia. El presente, que padecía la enfermedad del pasado. El carácter sospechoso del idilio. El vertiginoso hoy, rebasado ya por el ayer. Las dislocaciones alemanas del tiempo. El futuro, también fechado de antemano. Las huellas de pasos arrastrados que se leían al derecho y al revés. Del diario de un caracol.

Así debía llamarse mi libro, en el que pretendía contar a mis hijos y a otros niños la historia de la comunidad judía de Danzig, intercalada con las situaciones cotidianas de la lucha electoral, entretejida con la relación recíproca entre la melancolía y la utopía, tejada con el principio de la duda. Quería exigir a los niños que estaban creciendo ahora, a los nacidos después de los hechos, que comprendieran unos procesos evolutivos desfasados, desarrollos retardados e imposibles de acelerar mediante salto alguno, que aquí impedían el progreso social y allá acumulaban la culpa, primero en cantidades pequeñas, hasta permitir la realización del magno crimen, una carga imposible de desmantelar. Quería enseñar a los niños que toda historia que tuviese lugar hoy en día en Alemania arrancaba siglos atrás, que estas historias alemanas, con sus títulos siempre renovados de culpa, no caducarán, no terminarán. El fracaso del intento de llevar al rabino Abraham, creado por Heinrich Heine, del Bacherach del siglo xv a la ciudad de Francfort en el XX halló cierta correspondencia en mi eliminación de todo desarrollo cronológico, en hacer que la década de 1930 alcanzara a la de 1960, y en mi oposición a la fuerza niveladora de lo pasajero.

Si hoy se expone en Nueva York el tesoro de la Gran Sinagoga de Danzig, la colección Gieldzinski que logró salvarse, el acontecimiento implica a algo más que la mera historia del arte. Debería decirse y oírse todo lo que es imposible mostrar dentro de vitrinas y sobre pedestales. Nuestro concepto del tiempo debería liberarse de las restricciones impuestas por una clasificación historicista. Vivimos simultáneamente el Bacherach medieval de Heine y la fiesta de Pascua terminada en pogrom, el Danzig de mi infancia y su comunidad de judíos perseguida debido a razones de obcecación racial, la existencia aún amenazada de Israel y dos Estados alemanes enfermos del siglo de Heine y de las ideologías de éste, que siguen avasallando a los seres humanos. A su pregunta: “¿Qué estás escribiendo?”, mi respuesta fue: “Un escritor, niños, es alguien que escribe contra el transcurrir del tiempo.”

Al concluir el libro, mis hijos ya eran más grandes. Hubieran podido leerlo. Sin embargo, no querían oír historias viejas. Sólo contaba el presente. Y sus palabras evocaban un futuro revolucionario. Los grandes saltos, que siempre acaban en la reincidencia.

Entretanto, el pasado nos vuelve a alcanzar (una vez más). Horrorizados, los niños ya adultos, los jóvenes, sus padres reiteradamente turbados y los abuelos aún perplejos se sientan frente a las familiares pantallas de la televisión para ver la serie Holocausto. Inmediatamente, las encuestas enumeran las primeras reacciones: confesiones, consternación, rechazo y protestas. Algunos descubren un detalle histórico equivocado y declaran, por lo tanto, que todo es mentira; otros se muestran hondamente impresionados, como si nunca antes hubiesen oído, visto ni leído nada semejante. Afirman: ¡No lo sabíamos! No lo habíamos visto en esta forma. ¿Por qué no nos lo dijeron antes?

Treinta y cinco años después de Auschwitz, los medios masivos de comunicación celebran su triunfo. Sólo importa la cobertura horizontal, el elevado número de televisores encendidos. Lo que antes se escribió, se presentó en forma de documentos, se demostró mediante cuidadosos análisis y ha estado al alcance de la mano desde hace 30 años no tiene ningún valor, quedó sin efecto (al compararse con el impacto de la televisión); probablemente fuese demasiado complicado. El lema “instrucción masiva” (el reflejo de “aniquilación masiva’ ‘) acaba con toda crítica de esta serie de televisión tan exitosa como problemática. Y en cuanto a los escritores, esas raras aves que después de todo parecen correr peligro de extinción, que aún (y de manera obstinadamente anticuada) exigen la lectura, como actividad humana, al individuo y a las masas, se les recomienda urgentemente arrojar la estética de su élite por la borda, abandonar las complicaciones y suscribirse, de aquí en adelante, a la instrucción masiva. La pregunta: ¿Cómo se lo decimos a los niños?, debe evidentemente hallar su respuesta (entre cortes comerciales) sólo en la televisión.

A eso es a lo que pretendo oponerme a continuación. Los triunfos de la instrucción trivial, en todos los tiempos, han tenido sólo secuelas superficiales. Por mucho que pueda comprobarse (mediante las encuestas) que estremezcan, horroricen, muevan a la compasión y también a la vergüenza al individuo y a las masas —y tal fue el resultado de Holocausto—, no alcanzan a esclarecer los múltiples planos de responsabilidades, la compleja ‘ ‘modernidad” del genocidio. En cuanto a sus motivos, Auschwitz no fue la expresión de una bestialidad humana ordinaria sino el producto reproducible de una responsabilidad organizada, ligada ya sólo a obligaciones circunstanciales y repartida hasta volverse irreconocible, la cual se plasmó como falta de responsabilidad. Cada uno de los participantes o no participantes érfél crimen actuó, con intención o sin ella, a partir de la estrecha premisa de! deber. Sólo fueron condenados los perpetradores directos —llámense Kaduk o Eichmann—, pero los que se limitaron a atender su escritorio como era debido, al igual que todos los que se volvieron mudos, que no hicieron nada en favor ni nada en contra, que estuvieron enterados y permitieron que sucediese, no sufrieron ninguna sentencia, no se ensuciaron un solo dedo.

Hasta la fecha no se evalúa la complicidad decisiva que tuvieron las Iglesias católica y protestante en Alemania, a pesar de que la responsabilidad común de ambas en Auschwitz queda comprobada por su aceptación pasiva del crimen. Las referencias apaciguadoras hechas con respecto a su deber hacia la razón de Estado dejan ver todavía que el cristianismo organizado en forma clerical, siempre y cuando no resulte afectado él mismo, se refugiará en la aseveración de su falta de responsabilidad, salvando el valor de algunos individuos que obraron en contra de las instrucciones de su Iglesia y de la aislada confesión de culpa presentada por la Iglesia protestante de Stuttgart. Desde Auschwitz, las instituciones cristianas (al menos en Alemania) se han hecho indignas de toda pretensión moral.

Las persecuciones de los judíos durante la Edad Media —la descripción que hace Heinrich Heine de la fiesta de Pascua en Bacherach— y el odio a los judíos, arraigado profundamente en los cristianos, han pasado a formar parte del moderno antisemitismo y se han degenerado, en tiempos recientes, hasta la ausencia pasiva de toda responsabilidad. Los que permitieron el crimen no fueron salvajes ni bestias con figuras humanas, sino los representantes cultos de la religión que predica el amor al prójimo: su responsabilidad es mayor que la del culpable aislado bajo los reflectores, llámese Kaduk o Eichmann.

En Danzig, los obispos de ambas Iglesias también apartaron las miradas, imperturbables, al incendiarse las sinagogas de Langfuhr y Zoppot en noviembre de 1938 y entregarse a la reducida comunidad judía al terror del Asalto 96 de la SA. Yo tenía 11 años entonces y, a pesar de pertenecer a las juventudes hitlerianas, era un católico creyente. En la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús en Langfuhr, ubicada a diez minutos a pie de la sinagoga, no escuché, ni siquiera avanzada la guerra, ninguna oración en nombre de los judíos víctimas de la persecución, mientras que sin pensar repetí muchas plegarias por el triunfo de los ejércitos alemanes y el bienestar del Führer Adolf Hitler. El valor mostrado en la resistencia contra el nazismo por parte de algunos individuos y grupos cristianos alcanzó las mismas elevadas dimensiones que la cobardía de las Iglesias católica y protestante en Alemania al convertirse en los cómplices pasivos de aquél.

No hay serie de televisión que informe sobre ello. Sería imposible sujetar la compleja bancarrota moral del Occidente cristiano a una trama conmovedora y perturbadora dedicada a sacar provecho del terror. ¿Cómo se lo decimos a los niños? Vean a los farsantes. Desconfíen de sus bondadosas sonrisas. Teman a sus bendiciones. Los fariseos bíblicos fueron judíos, los actuales son cristianos.

HACIA UNA DEFINICIÓN DE ENSAYO

Ficha sobre recursos técnicos:

Las palabras, al igual que las costumbres, están sujetas a la tiranía de las modas.  En nuestro siglo, y con especial énfasis en los últimos años, tanto los escritores como los editores han dado en denominar "ensayo" a todo aquello difícil de agrupar en las tradicionales divisiones de los géneros literarios.  Si a esto unimos la vaguedad del término y la variedad de las obras a las que pretende dar cobijo, no debe extrañarnos que las definiciones propuestas se expresen sólo en planos generales.  El Diccionario de la Real Academia Española define el ensayo como "escrito, generalmente breve, sin el aparato ni la extensión que requiere un tratado completo sobre la misma materia".  No es necesario un examen meticuloso para determinar lo inoperante de esta definición: sólo hace referencia a la forma y, por otra parte, presenta al ensayo como a un hermano menor del tratado, como algo que no llegó a desarrollar lo que tenía en potencia.  A este particular no son tampoco de gran ayuda las antologías de ensayistas, especialmente las que recogen escritores españoles, pues o incluyen demasiados ejemplos sin verdadero criterio del género, o representan puntos de vista parciales, por lo común determinados por aspectos temáticos.1 En la búsqueda de una definición o caracterización del ensayo, es no sólo conveniente, sino preciso, remontarse a la obra de Miguel de Montaigne, creador del género ensayístico según la posición tradicional de la crítica literaria.  Montaigne, en efecto, fue el primero en usar el término "ensayo", en su acepción moderna, para caracterizar sus escritos, y lo hizo consciente de su arte y de la innovación que éste suponía.  En el ensayo número 50 del libro primero, que tituló "De Democritus et Heraclitus", nos da una "definición" que todavía posee hoy algo más que valor histórico: "Es el juicio un instrumento necesario en el examen de toda clase de asuntos, por eso yo lo ejercito en toda ocasión en estos ensayos.  Si se trata de una materia que no entiendo, con mayor razón me sirvo de él, sondeando el vado desde lejos; y luego, si lo encuentro demasiado profundo para mi estatura, me detengo en la orilla.  El convencimiento de no poder ir más allá es un signo del valor del juicio, y de los de mayor consideración.  A veces imagino dar cuerpo a un asunto baladí e insignificante, buscando en qué apoyarlo y consolidarlo; otras, mis reflexiones pasan a un asunto noble y discutido en el que nada nuevo puede hallarse, puesto que el camino está tan trillado que no hay más recurso que seguir la pista que otros recorrieron.  En los primeros el juicio se encuentra como a sus anchas, escoge el camino que mejor se le antoja, y entre mil senderos decide que éste o aquél son los más convenientes.  Elijo al azar el primer argumento.  Todos para mí son igualmente buenos y nunca me propongo agotarlos, porque a ninguno contemplo por entero: no declaran otro tanto quienes nos prometen tratar todos los aspectos de las cosas.  De cien miembros y rostros que tiene cada cosa, escojo uno, ya para acariciarlo, ya para desflorarlo y a veces para penetrar hasta el hueso.  Reflexiono sobre las cosas, no con amplitud sino con toda la profundidad de que soy capaz, y las más de las veces me gusta examinarlas por su aspecto más inusitado.  Me atrevería a tratar a fondo alguna materia si me conociera menos y me engañara sobre mi impotencia.  Soltando aquí una frase, allá otra, como partes separadas del conjunto, desviadas, sin designio ni plan, no se espera de mí que lo haga bien ni que me concentre en mí mismo.  Varío cuando me place y me entrego a la duda y a la incertidumbre, y a mi manera habitual que es la ignorancia" (289-290).

En España, a pesar de que en el Tesoro de la lengua castellana de Covarrubias (1611), se encuentra ya el término "ensayo", en ninguna de las tres acepciones que se incluyen, se hace referencia a una composición literaria.  Para hallar la palabra "ensayo" con el sentido que le proporcionó Montaigne, habrá que esperar hasta bien entrado el siglo XIX.  En Covarrubias el concepto se encuentra implícito en la voz "discurso": "Tómase por el modo de proceder en tratar algún punto y materia, por diversos propósitos y varios conceptos".2 Así lo emplearon nuestros ensayistas del siglo XVII, especialmente Quevedo en Los sueños y Gracián en Agudeza y arte de ingenio.  La palabra ensayo, si bien aceptada en el siglo XIX para designar una composición literaria (en el Diccionario de la Academia Española aparece ya la definición actual),3 es considerada despectivamente en ciertos sectores de la crítica hasta bien entrado el siglo XX.  En 1906 Baralt, en su Diccionario de Galicismos, señala acerca del término ensayo: "Aplicado como título a algunas obras, ya por modestia de sus autores, ya porque en ellas no se trata con toda profundidad la materia sobre que versan, ya, en fin, porque son primeras producciones o escritos de alguna persona que desconfía del acierto y propone con cautela sus opiniones" (209).  De forma muy semejante se expresa Mir y Noguera en 1908: "Modernamente han dado los escritores extranjeros, ingleses, franceses, italianos, en llamar \’ensayo\’ al escrito que trata superficialmente algún asunto, como si de él echase el escritor las primeras líneas.  Esa palabra exótica va cundiendo entre nosotros.  Exótica digo, por la rareza y especialidad de su significación.  Porque la voz \’ensayo\’ o \’ensaye\’ siempre quiso decir \’prueba, examen, inspección, reconocimiento\’" (703)..

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Mandamientos del escritor (Stephen Vicinczey)

Ficha sobre recursos técnicos:
Escribí esto en respuesta a un ruego de Raymond Lamont–Brown, director de Writer’s Monthly, que me pidió algo «lleno de consejos sensatos y prácticos para quienes son en muchos casos novatos en la ocupación de escribir».

1. No beberás, ni fumarás, ni te drogarás.
Para ser escritor necesitas todo el cerebro que tienes.
2. No tendrás costumbres caras.
Un escritor nace del talento y del tiempo… Tiempo para observar, estudiar, pensar. Por consiguiente, no puede permitirse el lujo de desperdiciar una sola hora ganando dinero para cosas no esenciales. A menos que tenga la suerte de haber nacido rico, es mejor que se prepare para vivir sin demasiados bienes terrenales.
Es cierto que Balzac obtenía una inspiración especial de la compra de objetos y la acumulación de enormes deudas, pero la mayoría de las personas con hábitos caros son propensas a fracasar como escritores.
A la edad de 24 años, tras la derrota de la revolución húngara, me encontré en Canadá con unas 50 palabras de inglés. Cuando me dí cuenta de que era un escritor sin una lengua, subí en ascensor al último piso de un alto edificio de Dorchester Street, en Montreal, con la intención de arrojarme al vacío. Al mirar hacia abajo desde la azotea, con terror ante la idea de morirme, pero todavía más de romperme la columna vertebral y pasar el resto de mi vida en una silla de ruedas, decidí tratar de convertirme en un escritor inglés.
Al final, aprender a escribir en otra lengua fue menos difícil que escribir algo bueno, y viví durante seis años al borde de la miseria antes de estar listo para escribir En brazos de la mujer madura.
No podría haberlo hecho si me hubiesen interesado los trajes o los coches… En realidad, si no hubiera visto otra alternativa que la azotea de aquel rascacielos.
Algunos escritores inmigrantes que conocía trabajaban como camareros o vendedores para ahorrar dinero y crearse una base financiera antes de intentar ganarse la vida escribiendo; uno de ellos posee ahora toda una cadena de restaurantes y es más rico de lo que yo podría llegar a ser, pero ni él ni los otros volvieron a escribir.
Es preciso decidir qué es más importante para uno: vivir bien o escribir bien. No hay que atormentarse con ambiciones contradictorias.
3. Soñarás y escribirás y soñarás y volverás a escribir.
No dejes a nadie decirte que estás perdiendo el tiempo cuando tienes la mirada perdida en el vacío. No existe otra forma de concebir un mundo imaginario.
Nunca me siento ante una página en blanco para inventar algo. Sueño despierto con mis personajes, sus vidas y sus luchas, y cuando una escena se ha desarrollado en mi imaginación y creo saber qué han sentido, dicho y hecho mis personajes, tomo pluma y papel e intento relatar lo que he presenciado.
Una vez que he escrito mi relato, a mano y a máquina, lo leo y encuentro que la mayor parte de lo escrito es a) confuso o b) inexacto, o c) tedioso, o d) sencillamente no puede ser verídico. Así, utilizo el borrador mecanografiado como una especie de informe crítico de lo que he imaginado y vuelvo a soñar mejor toda la escena.
Fue este modo de trabajar lo que me hizo comprender, cuando aprendía inglés, que mi principal problema no es la lengua, sino, como siempre, ordenar las cosas en la cabeza.
4. No serás vanidoso.
La mayor parte de los libros malos lo son porque sus autores están ocupados en tratar de justificarse a sí mismos.
Si un autor vanidoso es alcohólico, el personaje de su libro descrito con mayor simpatía será un alcohólico. Este tipo de asunto es muy aburrido para los extraños.
Si crees ser sabio, racional, bueno, una bendición para el sexo opuesto, una víctima de las circunstancias, es porque no te  conoces a ti mismo lo suficiente como para escribir.
Dejé de tomarme en serio a la edad de 27 años. y desde entonces me he considerado sencillamente materia prima. Me utilizo del mismo rnodo que se utiliza a sí mismo un actor: todos mis personajes —hombres y mujeres, buenos y malos— están hechos de mí mismo, más la observación.
5. No serás modesto.
La modestia es una excusa para la chapucería, la pereza, la complacencia; las ambiciones pequeñas suscitan esfuerzos pequeños. Nunca he conocido a un buen escritor que no intentara ser grande.
6. Pensarás sin cesar en los que son verdaderamente grandes.
«Las obras del genio están regadas con sus lágrimas», escribió Balzac en Ilusiones perdidas. Rechazo, mofa, pobreza, fracaso, una lucha constante contra las propias limitaciones…, tales son los principales sucesos en las vidas de la mayoría de los grandes artistas, y si aspiras a conseguir su destino debes fortalecerte aprendiendo de ellos.
Yo me he animado con frecuencia al releer el primer volumen de la autobiografía de Graham Greene, Una especie de vida, que trata de sus primeras luchas. También he tenido ocasión de visitarle en Antibes, donde vive en un pequeño piso de dos habitaciones (un lugar diminuto para un hombre tan alto) con los lujos de un aire suave y una vista del mar, pero pocas posesiones aparte de libros. Parece tener pocas necesidades materiales, y estoy seguro que esto tiene algo que ver con la libertad interior que emana de sus obras. Aunque afirma que ha escrito sus «entretenimientos» por dinero, es un escritor dirigido por sus obsesiones sin hacer caso de modas cambiantes e ideologías populares, y esta libertad se comunica a sus lectores. Uno se siente liberado del peso de los propios compromisos, al menos mientras lo lee. Esta clase de logro sólo es posible para un escritor de costumbres espartanas.
Ninguno de nosotros tiene oportunidad de conocer personalmente a muchos grandes hombres, pero podemos estar en su compañía leyendo sus memorias, diarios y cartas. Hay que evitar, sin embargo, las biografias, en especial las que han sido convertidas en películas o series de televisión. Casi todo lo que nos llega sobre los artistas a través de los medios es pura palabrería, escrita por perezosos autores mercenarios que no tienen la menor idea del arte ni del trabajo duro. Un ejemplo reciente es Amadeus, que intenta convencernos de que es fácil ser un genio como Mozart y muy difícil ser una mediocridad como Salieri.
Hay que leer, en cambio, las cartas de Mozart. En cuanto a literatura específica sobre la vida del escritor, yo recomendaría Una habitación propia, de Virginia Woolf; el prefacio de La dama morena de los sonetos, de Shaw; Martin Eden, de Jack London, y sobre todo, Ilusiones perdidas, de Balzac.
7. No dejarás pasar un solo día sin releer algo grande.
En mi adolescencia estudié para ser director de orquesta, y de mi educación musical adopté una costumbre que considero esencial para los escritores: el estudio constante y diario de las obras maestras. La mayor parte de los músicos profesionales de dicha categoría conocen de memoria centenares de partituras; la mayor parte de los escritores, en cambio, sólo tienen el más vago recuerdo de los clásicos, lo cual explica que haya más músicos expertos que escritores expertos. Un violinista que poseyera la técnica de la mayor parte de los novelistas publicados no encontraría nunca una orquesta en la que tocar. Lo cierto es que sólo absorbiendo las obras perfectas, los modos específicos inventados por los grandes maestros para desarrollar una toma, construir una frase, un párrafo, un capítulo, se puede aprender todo lo que hay que aprender sobre la técnica. Nada de lo que ya se ha hecho puede decirte cómo hacer algo nuevo, pero si comprendes las técnicas de los maestros tienes más posibilidades de desarrollar las propias. Para decirlo en términos de ajedrez: aún no ha existido un gran maestro que no conociera de memoria las partidas de campeonato de sus predecesores.
No se debe cometer el error común de intentar leerlo todo para estar bien informado. Estar bien informado sirve para brillar en las fiestas, pero resulta absolutamente inútil para un escritor. Leer un libro para poder charlar sobre él no es lo mismo que comprenderlo. Es mucho más útil leer una y otra vez unas cuantas novelas hasta comprender por qué son buenas y cómo las han construido los escritores. Hay que leer una novela unas cinco veces para comprender su estructura, qué la hace dramática y qué le presta ritmo e impulso. Sus variaciones en compás y escala de tiempo, por ejemplo: el autor describe un minuto en dos páginas y luego cubre dos años con una frase… ¿Por qué? Cuando hayas comprendido esto sabrás realmente algo.
Cada escritor elegirá sus propios favoritos entre aquellos de quienes cree que puede aprender más, pero desaconsejo con firmeza la lectura de novelas victorianas, que están infestadas de hipocresía e hinchadas de redundancias. Incluso George Eliot escribió demasiado sobre demasiado poco.
Cuando te sientas tentado de escribir cosas superfluas deberás leer los relatos de Henrich von Kleist, quien dijo más con menos palabras que cualquier otro escritor en la historia de la literatura occidental. Lo leo constantemente, así como a Swift y a Sterne, a Shakespeare y a Mark Twain. Por lo menos una vez al año releo algunas obras de Pushkin, Gogol, Tolstoi, Dostoyevski, Stendhal y Balzac. A mi juicio, Kleist y estos novelistas franceses y rusos del siglo XIX son los más grandes maestros de la prosa, una constelación de genios no superados, como los que encontramos en la música, de Bach a Beethoven, y todos los días intento aprender algo de ellos. Esta es mi técnica.
8. No adorarás Londres–Nueva York–París.
Conozco a menudo aspirantes a escritores de lugares apartados que creen que las personas que viven en las capitales de los medios de comunicación tienen sobre el arte alguna información interna especial que ellos no poseen. Leen las páginas de críticas literarias, ven programas sobre arte en televisión para averiguar qué es importante, qué es el arte en realidad, qué debería preocupar a los intelectuales. El provinciano suele ser una persona inteligente y dotada que acaba por adoptar la idea de algún periodista o académico de mucha labia sobre lo que constituye la excelencia literaria, y traiciona su talento imitando a retrasados mentales que sólo tienen talento para medrar.
Aunque no hay razón para sentirse aislado. Si posees una buena colección de ediciones en rústica de grandes escritores y no dejas de releerlos, tienes acceso a más secretos de la literatura que todos los farsantes de la cultura que marcan el tono en  las grandes ciudades. Conozco a un destacado crítico de Nueva York que no ha leído nunca a Tolstoi, y además está orgulloso de ello. No hay que perder el tiempo, por tanto, preocupándote por lo que está de moda, del tema idóneo, el estilo idóneo o qué clase de cosas ganan los premios. Cualquier persona que haya tenido éxito en literatura lo ha conseguido en sus propios términos.
9. Escribirás para tu propio placer.
Ningún escritor ha logrado jamás complacer a lectores que no estuvieran aproximadamente en su mismo nivel de inteligencia general, que no compartieran su actitud básica ante la vida, la muerte, el sexo, la política o el dinero. Los dramaturgos son afortunados: con ayuda de los actores pueden extender su mensaje hasta más allá del círculo de los espíritus afines. No obstante, hace sólo un par de años leí en los periódicos americanos las críticas más condescendientes de Medida por medida…, la obra en sí, ¡no la producción! Si Shakespeare no puede complacer a todo el mundo, ¿por qué intentarlo siquiera nosotros?
Esto significa que no vale la pena que te esfuerces por interesarte en algo que te resulta aburrido. Cuando era joven perdí mucho tiempo intentando describir vestidos y muebles. No sentía el menor interés por los vestidos ni por los muebles, pero Balzac experimentaba hacia ellos un apasionado interés, que consiguió comunicarme mientras le leía, así que pensé que debía dominar el arte de escribir excitantes párrafos sobre armarios si quería ser algún día un buen novelista. Mis esfuerzos estaban condenados, y agotaron todo mi entusiasmo por aquello que me había propuesto escribir en primer lugar.
Ahora sólo escribo sobre lo que no me interesa. No busco temas: cualquier cosa en la que no pueda dejar de pensar es mi tema.
Stendhal dijo que la literatura es el arte de la omisión. y omito todo lo que no me parece importante. Describo a las personas sólo en los términos de aquellas de sus acciones, afirmaciones, ideas, sentimientos, que me hayan escandalizado–intrigado–divertido– deleitado a mí mismo o a otros.
No es fácil, por supuesto, ser fiel a lo que realmente nos importa; a todos nos gustaría ser considerados personas llenas de curiosidad por todo. ¿Quién asistió jamás a una fiesta sin fingir interés por algo? Pero cuando escribes tienes que resistir la tentación, y cuando lees lo que has escrito debes preguntarte siempre: «¿Me interesa de verdad esto?».
Si te ves a ti mismo —a tu yo verdadero, no a un concepto imaginario de ti mismo como la más noble de las personas que sólo se preocupan por los niños hambrientos de Africa—, tienes la posibilidad de escribir un libro que agrade a millones. Esto es así porque, quienquiera que seas, hay en el mundo millones de personas más o menos parecidas a ti. Pero nadie quiere leer a un novelista que no piense realmente lo que escribe. El éxito editorial más ramplón tiene una cosa en común con una gran novela: ambos son auténticos.
10. Serás difícil de complacer.
La mayoría de los libros nuevos que leo se me antojan a medio terminar. El escritor se contentó con hacer su trabajo más o menos bien, y luego pasó a algo nuevo.
Para mí, escribir empieza a ser emocionante de verdad cuando vuelvo a un capítulo un par de meses después de haberlo escrito. En esta fase lo miro menos como autor que como lector, y por muchas veces que reescribiera originalmente el capítulo, todavía encuentro frases que son vagas, adjetivos que son inexactos o superfluos. De hecho encuentro escenas enteras que, aunque ciertas, no añaden nada a mi comprensión de los personajes o de la historia y, por consiguiente, pueden eliminarse.
Es en este punto cuando examino el capítulo durante el tiempo suficiente para aprendérmelo de memoria —lo recito palabra por palabra a cualquiera dispuesto a escuchar— y si no puedo recordar algo, suelo descubrir que no era correcto. La memoria es un buen crítico.

Literatura erótica. Y a veces un poco más que eso.

¿Interviene Dios en la historia? (un texto religioso)

Ficha sobre recursos técnicos:

A continuación, un ejemplo de texto teológico o religioso, que será útil para cpomprtender otro tipo de texto exhorativo.
Procede la comunidad menonita en España  (http://www.menonitas.org)

por Juan Sánchez

Creo que es una de las preguntas más cruciales que todo creyente se formula cuando se encuentra impotente ante el dolor, el sufrimiento, la injusticia, la muerte….. En estas situaciones uno se siente incapaz de pronunciar una palabra que explique o aclare algo… y sin embargo seguimos diciendo que creemos en un Dios Omnipotente, Creador del cielo y de la tierra, Salvador de la muerte, Señor de la vida, Rey del universo, “El Todopoderoso”….

Sí, sí… será todo eso, pero en situaciones como las que mencionábamos anteriormente, dudamos y casi nos inclinamos a pensar que no interviene, que no se manifiesta: ¿de qué nos sirve que sea Todopoderoso si en esas circunstancias permanece callado, mudo…  si no interviene?

¿Qué creyente no se ve, una y otra vez, sumido en esta problemática? Frente a la enfermedad de un ser querido, frente a las dificultades de la vida, frente a las pruebas, las injusticias… uno se pregunta: ¿dónde está Dios?, ¿por qué  no se manifiesta?….¿Interviene o no interviene?; y casi siempre, si uno es sincero consigo mismo, se tiene que responder: No, no interviene… No, como yo quisiera; No, como debiera hacerlo; No como lo imaginaba… No lo veo. Y es que en nuestra imaginación, en nuestra mente, hay relatos y relatos de acciones grandiosas de Dios… resuenan en nosotros esos hechos maravillosos que nos narra tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento: Dios da la victoria a su pueblo, Dios sana a los enfermos, Dios libera a los angustiados….pero, ¿por qué hoy en día no interviene? Hoy parece que deja que ‘ganen los malos’… El refranero español, con fina ironía, se hace eco de esta  “no-intervención” con una coplilla que describe gráficamente esta impresión: “Vinieron los sarracenos / y nos molieron a palos / que Dios ayuda a los malos / cuando son más que los buenos”. Efectivamente, como Dios no interviene, si los malos son más fuertes que los buenos: ‘triunfan’, y…. Dios: no interviene.

En todas estas preguntas, en todas estas expresiones, hay implícitas una ideas, unos esquemas, un modo de entender la acción de Dios en la historia, en la vida… que tiene raíces muy profundas y sobre las cuales me gustaría hablar en este artículo. Creo que detrás de estas ideas está presente un modelo, muy extendido en todas las religiones, un modelo que concibe a un Dios que suple las carencias del ser humano, de tal forma que donde el hombre no llega, allí llega Dios; lo que el hombre no puede…. lo puede Dios; lo que el hombre no sabe…. lo sabe Dios…. Pero un Dios así, necesariamente entra en competencia con el hombre, y cuando el hombre consigue saber, poder…. ese Dios disminuye. Si el hombre consigue explicar algo, o hacer algo que antes no podía  (por ej., curar una enfermedad con antibióticos…), ya no necesita a ese Dios y puede prescindir de él.

Y esto ¿por qué? Porque se coloca a Dios en los “agujeros” que tiene el hombre en su conocimiento, o en su capacidad… convirtiendo a ese Dios en un “tapa-agujeros” que suple nuestra ignorancia o nuestra impotencia. Si el hombre se pregunta: ¿quién sostiene el universo..?, ¿cómo apareció el mundo y el hombre…?, ¿quién curará a mi hijo…? siempre responde: Dios; pues El es, el mejor “médico”, el mejor “arquitecto”… No es difícil deducir que a medida que el hombre vaya bastándose a sí mismo podrá ir prescindiendo de un ‘Dios’ semejante. Hay un ejemplo muy ilustrativo de esta tendencia. Sabemos que Aristóteles creía que los cuerpos celestes… eran movidos por los dioses.  Newton logró explicar, a través de la ley de la gravitación universal, las órbitas de los planetas…. casi totalmente, pues según sus cálculos había dos planetas que cada cierto tiempo necesitaban un “pequeño servicio de mantenimiento”, era necesario volver a colocarlos en su órbita, había que “ajustarlos”…. y ¿quién hacía esto?, Newton no tuvo ningún reparo en decir que era Dios. Fue Laplace en su “Tratado de la Mecánica Celeste” quien encontró la explicación científica de estas “irregularidades”. Cuando Napoleón le preguntó qué lugar ocupaba Dios en su obra; Laplace, orgulloso de su conocimiento, respondió; “no me hizo falta tal hipótesis”.

Frente a esta forma de entender la relación de Dios con el mundo, Bonhoeffer nos dice: “Veo con toda claridad que no debemos utilizar a Dios como “tapa-agujeros” de nuestro conocimiento imperfecto. Porque entonces; sí los límites del conocimiento van retrocediendo cada vez más, -lo cual objetivamente es inevitable-, Dios es desplazado continuamente con ellos, y por consiguiente, se halla en constante retirada. Hemos de hallar a Dios en las cosas que conocemos, y no en las que ignoramos”. Hemos de encontrar a Dios en el centro de la vida, no en sus márgenes.

Como vemos ha sido la teología actual la que ha reformulado profundamente el modo de concebir la relación Dios/mundo. Pero creo que encontramos sus raíces en Lutero, en   lo que él llamó “teología de la cruz” en oposición a la “teología de la gloria”. Es en la tesis 19 de su “Controversia de Heidelberg” que nos dice: “No puede llamarse en justicia teólogo (creyente) al que crea que las cosas invisibles de Dios pueden aprehenderse a partir de lo creado… Las cosas invisibles de Dios son la fuerza, la divinidad, la sabiduría, la justicia, la bondad, etc. Conocerlo no hace a nadie digno ni sabio”.  Que Dios es Todopoderoso es algo tan obvio que conocerlo, según Lutero,  no hace a nadie digno ni sabio. Pero continua en la tesis 20: “Sino, mejor, sólo puede llamarse en justicia teólogo (creyente) a quien aprehende las cosas visibles e inferiores de Dios a partir de la pasión y de la cruz”.

Vemos que hay dos imágenes de Dios: la imagen del Dios eterno y todopoderoso, del Dios de la Gloria, que por sí solo no es el Dios cristiano… y por otro lado, la imagen del Dios cristiano. Quien cree que Dios es eterno y todopoderoso será un hombre religioso; sí, pero no será cristiano. El cristiano, además de pensar a Dios eterno y todopoderoso, piensa a Dios como débil, como crucificado. Y esto, como ya advertía Pablo a los corintios “es un escándalo”. Escándalo que llega a nuestros días y que el bueno de Antonio Machado reflejó meridianamente en su “Saeta”:

“¿Quién me presta una escalera,
para subir al madero,
para quitarle los clavos
a Jesús el Nazareno?”.
¡Oh, la saeta, el cantar
al Cristo de los gitanos,
siempre con sangre en las manos,
siempre por desenclavar!.
¡Cantar del pueblo andaluz,
que todas las primaveras
anda pidiendo escaleras,
para subir a la cruz!
¡Cantar de la tierra mía,
que echa flores al Jesús de la agonía
y es la fe de mis mayores!
¡Oh, no eres tu mi cantar!
¡No puedo cantar ni quiero,
a ese Jesús del madero,
sino al que anduvo en el mar!

Dos imágenes de Jesús. Jesús colgado del madero y Jesús triunfante, caminando sobre el agua del mar. Machado no puede cantar, ni quiere, al Jesús del madero. Sí, al que domina la fuerza del mar.

También nuestra imagen de Dios, el Dios que “nos gusta”, por decirlo así, es el Dios al que podemos pedirle cosas… ¡y nos las concede!… el Dios salvador de la muerte, de las incapacidades, del dolor. Es el Dios que llena nuestras necesidades, el Dios que nos ayuda… pero resulta que el Dios del madero, es el Dios que no cede a la tentación del poder y de la fuerza; es el Dios que está a merced del hombre. “Teología de la cruz” en oposición a “Teología de la gloria”.

¿Cómo vemos al Dios que se revela en el crucificado? Lo vemos a merced del hombre, entregado a los sacerdotes (poder religioso), a los romanos (poder político)… a merced de la actuación humana, de la conciencia y de la responsabilidad de los hombres.

Reflexionando sobre esto nos dice González Faus: “No es Dios el que tiene que evitar el dolor del hombre en la historia; sino que es el hombre el que tiene que evitar el dolor de Dios en la historia”.

Estamos, por tanto, ante una visión bipolar de Dios; una imagen de Dios “en tensión”.  El Dios todopoderoso, convertido en impotente; el Dios eterno, hecho hombre mortal; el Dios infinito, llorando, necesitando que le cuiden, afectado por el sufrimiento y el dolor. Dios, al encarnarse, ha asumido nuestra historia; y desde entonces, nuestra historia es “su vida”. Jesús puede decirle a Pablo en el camino de Damasco: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?”; o en Mateo: “todo lo que hicisteis a uno de estos pequeños, a mí me lo hicisteis”.

El creyente cristiano ve la relación de Dios con el mundo desde Jesús. En Jesús el Dios eterno y todopoderoso, Principio y Fin de todas las cosas, “ha perdido” su poder y está a nuestra disposición. Dios se ha unido a nuestro destino y queda afectado por nuestra situación. Es Dios entregado por amor; o sea, que el Dios revelado en Jesús no es tanto el Dios del poder, cuanto el Dios del amor. ¡Estamos ante una verdadera revolución en el modo de concebir la relación Dios/mundo! Estamos ante un giro “copernicano”, que otra vez en palabras de Bonhoeffer nos es expresado con claridad meridiana, nos dice este teólogo protestante que esta nueva imagen de Dios nos lleva a vivir en el mundo “como si Dios no existiera” (etsi deus non daretur). Escuchémosle:

“Nosotros no podemos ser honestos sin reconocer que hemos de vivir en el mundo “etsi deus non daretur”. Y eso es precisamente lo que reconocemos… ¡ante Dios!; es el mismo Dios quien nos obliga a dicho reconocimiento. Así nuestro acceso a la mayoría de edad nos lleva a un veraz reconocimiento de nuestra situación ante Dios. Dios nos hace saber que hemos de vivir como hombres que logran vivir sin Dios. ¡El Dios que está con nosotros es el Dios que nos abandona (Mc.15,34)!. El Dios que nos hace vivir en el mundo sin la hipótesis de trabajo “Dios”, es el Dios ante el cual nos hallamos constantemente. Ante Dios y con Dios vivimos sin Dios. Dios, clavado en la cruz, permite que lo echen del mundo. Dios es impotente y débil en el mundo, y precisamente sólo así está Dios con nosotros y nos ayuda. Mt. 8,17 indica claramente que Cristo no nos ayuda por su omnipotencia sino por su debilidad y sufrimiento.

Esta es la diferencia decisiva con respecto a todas las demás religiones. La religiosidad humana remite al hombre, en su necesidad, al poder de Dios en el mundo: así Dios es el “deus ex machina”.[3] Pero la Biblia lo remite a la debilidad y al sufrimiento de Dios; sólo el Dios sufriente puede ayudarnos”.

Bonhoeffer nos invita a asumir nuestra mayoría de edad y a dejar de concebir a Dios como el mejor “médico”, el mejor “arquitecto”, nuestro mejor “psicoterapeuta”… No, hay que creer en Dios por la sencilla razón de que existe, y no porque nos vaya a sacar las castañas del fuego. El Dios que se manifestó en el calvario es un Dios “in-útil”. Exige que todo lo haga el hombre.

¿Qué todo lo haga el hombre?, quizás nos preguntemos admirados, y es posible que vengan a nuestra memoria las palabras de Jesús en Juan 15,5: “Sin mí, nada podéis hacer”. ¿Entonces?

Pues bien, no hay ninguna contradicción entre ambas afirmaciones. Para desesperación de los matemáticos, el hombre lo hace todo y a la vez, Dios lo hace todo. Es decir, Dios no está al lado nuestro, interviniendo en el mundo. Si Dios estuviera a nuestro lado, podría El hacer las cosas y ahorrárnoslas a nosotros (lo cual sería una pesadilla para cualquier humanista). Dios está dentro de nosotros; no nos suplanta, sino que actúa a través de nosotros. Nos da un empujón interior porque es, según feliz expresión de Is. 49,5 “la fuerza de mi fuerza”. Por eso, como decían los antiguos: “cuando Dios trabaja, el hombre suda”. Quizás un ejemplo tomado del ser humano nos ayude a entender esto: cuando movemos un brazo podemos decir que es a la vez totalmente resultado de mi libertad y totalmente el resultado de unos procesos bioquímicos, sin que ambos aspectos entren en conflicto ni el uno pueda sustituir al otro. Extraña matemática esta, ¿no?

Tenemos que aprender a ver que lo que Dios hace en la historia y lo que el hombre hace en la historia, es al cien por cien divino y al cien por cien humano. Por ejemplo: la fe, ¿es don de Dios o es decisión humana?: es cien por cien don de Dios y cien por cien decisión humana. La iglesia, ¿es obra del Espíritu o es construcción de los hombres?: es cien por cien obra del Espíritu y cien por cien construcción del hombre. Nuestra historia, ¿es obra de Dios o es obra de los hombres?: es cien por cien obra de Dios y cien por cien actuación del hombre. Lo que Dios hace, no lo hace sustituyéndonos, y lo que nosotros hacemos, no lo conseguimos arrancándoselo a Dios. Lo que ocurre es que lo que Dios hace, lo hace dentro de nosotros; lo que Dios hace, lo hace moviéndonos; y lo que nosotros hacemos, lo hacemos porque Dios está dentro de nosotros. La única excepción a este cien por cien obra de Dios y cien por cien obra nuestra, es la presencia del pecado, que siempre lo realizamos en oposición a la acción del Espíritu de Dios.

Empezábamos este artículo preguntándonos: ¿interviene Dios en nuestra historia?. Y hemos resumido brevemente el modo en que hoy en día la teología concibe su “intervención”. Quizás nos podamos preguntar; ¿sólo así actúa Dios en la historia?.

Y debemos responder: ¡Sí, sólo así!. Dios actúa en nosotros los seres humanos, y en la creación, por el Espíritu Santo, pero respetando siempre la autonomía de la creación y de sus leyes. Si tuviéramos que ilustrar esto con un ejemplo diríamos que “cuando nos estamos ahogando, Dios no nos salva haciéndonos caminar sobre las aguas; sino que nos salva dándonos fuerzas desde dentro para nadar”. Entonces…., seguimos preguntando: ¿Dios no sirve para nada?, ¿qué puede esperar el ser humano de Dios?. La pregunta suena a negocio. Nadie que esté en su sano juicio, se atrevería a preguntar a la persona a la que ama: ¿qué puedo obtener de ti?. Un verdadero amante busca el bien del otro y a él mismo, pero no sus cosas. Tomás de Aquino decía: “No hay que esperar de Dios algo menor que El mismo”. Debemos empezar a pensar que las cosas “menores que Dios”  debe conseguirlas el ser humano con la fuerza que Dios le ha dado. No podemos imaginar la providencia de Dios como la acción de un actor que mueve los hilos de sus marionetas…. Lo que Dios mueve son seres humanos libres; y los mueve dándoles vida desde dentro. La providencia de Dios en la historia es el hombre.

Y llegados a este punto, cualquiera de nosotros que, como decíamos al principio, estamos acostumbrados a leer en la Biblia relatos maravillosos, relatos en los cuáles Dios interviene de un modo claro y rotundo: enviando plagas destructoras, dividiendo el mar en dos, dando de comer a todo un pueblo en el desierto,  derrotando a los enemigos de ese pueblo….etc.; nosotros, cuando leemos esto, nos preguntamos: ¿entonces Dios intervenía así en el pasado y ahora ya no lo hace?  La respuesta debe ser negativa. No, nunca en la historia Dios ha sido un mero agente histórico más, situado en el mismo plano de intervención que el hombre; su acción no es finita y relativa, parcial  y limitada… la acción de Dios siempre es divina, trascendente, absoluta, infinita.

Intentar colocarlo en el mismo plano que los hombres es interpretar muy mal los relatos bíblicos. Por eso es que, para terminar, me gustaría hablar del esfuerzo que es necesario hacer para interpretar estos textos, y acceder así al valor que encierran, sin que nos perdamos en lo “maravilloso” y “extraordinario” de los mismos. Porque evidentemente, si los cristianos seguimos volviendo a ellos, leyéndolos y releyéndolos una y otra vez, es porque siguen inspirando nuestra vida y nuestra fe.

Ahora bien, cuando nos acercamos a estos relatos no debemos hacerlo ignorando el esfuerzo de análisis y comprensión que han hecho las ciencias literarias, históricas, bíblicas, etc. actuales. Y hay algo que considero de importancia vital para no confundir las cosas: como todo texto literario, el texto bíblico está para ser interpretado, no para ser imaginado. Y lo primero que uno debe preguntarse es: ¿qué literatura estoy leyendo? Parece algo obvio, pero se suele olvidar fácilmente.

La Biblia es la literatura religiosa de un pueblo, y en ella lo que se nos transmite es la experiencia de Dios que ese pueblo ha tenido. Es la literatura en la que el pueblo de Israel ha ido reflejando a lo largo de su historia, su modo de percibir a Dios, de entenderlo, de sentirlo… el modo en que ellos experimentaban la presencia de Dios en sus vidas; una presencia siempre trascendente, invisible, inmaterial…. (“A Dios nadie le ha visto jamás….”)., y para comunicarnos esto, no pudiendo ser de otro modo, han recurrido a un lenguaje religioso, que por su naturaleza, “transforma” el significado “material” del lenguaje “histórico”, dotándolo de significado “religioso”,  ¿o es que acaso se puede transmitir un significado religioso de otra manera?

Es ésta una distinción esencial. Cuando el pueblo de Israel narra su historia, no nos está proporcionando, en primer lugar, una información histórica, sino religiosa, (su valor histórico es secundario); el interés que le mueve al escribir es religioso, es comunicarnos, cómo ellos, desde su fe, han percibido una serie de hechos, como “revelación” de Dios. Pero no perdamos de vista que, esos mismos hechos, no han tenido ningún significado religioso para nadie que no compartiera su fe; porque Dios no estaba “interviniendo” en la historia de un modo “palpable”  (¡?) para todos.

Por ejemplo, en los relatos del Exodo, sean cuales sean los hechos históricos que haya debajo,  Dios no fue perceptible para los egipcios, si así hubiera sido: ¿no nos sorprende que después de manifestaciones tan contundentes lo ignorasen, en vez de “convertirse” en masa al Dios de los hebreos…?. Lo que la ciencia histórica nos dice es que posiblemente la salida del pueblo hebreo de Egipto pueda reducirse a una serie de escaramuzas de algunas  pequeñas tribus nómadas que consiguen escapar del yugo imperialista de Egipto. Y, sin embargo, el pueblo hebreo pudo leer en esos hechos que Dios es “liberador” de la esclavitud, que salva al oprimido, que quiere condiciones de vida dignas para todos los miembros del pueblo…. y transmitir esta valiosa experiencia de Dios a toda la humanidad.

Es obvio que lo hace a través de relatos escritos según el gusto de la época, tal y como se escribía en una cultura oral, según las posibilidades a su alcance.  Obviamente, no podía ser de otra manera. Son relatos con un estilo grandilocuente, como el de toda literatura épica, se narra la intervención de Dios con toda la pompa y ampulosidad “que Dios se merece”…  Pero lo fundamental, cuando uno lee estos textos, es comprender lo que su autor quiso decirnos: algo acerca de su modo de percibir a Dios. No podemos permitir que las hojas y las ramas del relato (lo extraordinario y maravilloso), nos impidan captar el tronco, es decir, el núcleo esencial del mismo; en realidad el único mensaje que ese relato quiere transmitirnos: su experiencia de Dios.

Y no debemos pensar que esto, que es lo esencial,  se puede ver afectado por el carácter legendario del relato, porque utilice libremente, modificándolos, incluso alterándolos, datos históricos o geográficos… cuando es práctica habitual de este tipo de literatura, ya que no son tratados de historia, ni de geografía, ni de sociología, ni de economía, ni de zoología, etc.  (¿¡No es realmente sorprendente imaginarse a Jonás en el vientre de un pez durante tres días, sin respirar, salir vivo del “trance”….etc. y perderse el valioso mensaje religioso que contiene este relato!?).

Los relatos bíblicos son literatura religiosa que nos hablan de Dios y de su presencia en la vida de los seres humanos, en la creación; presencia misteriosa que sólo puede ser percibida en la apertura acogedora de la fe humana. Hermanos, no confundamos por tanto, el lenguaje religioso y el lenguaje histórico. Ambos utilizan el mismo “material”, pero cada uno desde su punto de vista específico. El científico pretendiendo establecer una interpretación plausible de los hechos económicos, políticos, sociales, etc.; el religioso pretendiendo sacar a la luz la profunda experiencia de Dios que se hace presente,  en esos mismos hechos, al que mira desde la fe.

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Analogía

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 Es la semejanza que se establece entre términos, conceptos o cosas que se comparan. Mediante la analogía, a veces entendida en sentido metafórico, pueden agruparse distintos conjuntos de cosas de los que se afirma una característica común por semejanza: el niño, el río, el vino o el vinagre y hasta la lengua tienen todos «madre»; el aspecto, el clima o el alimento son «sanos», pero en un sentido que a la vez coincide y que difiere, aunque en realidad todo predicado ha de entenderse analógicamente, cuando no se hace abstracción de la realidad: hablar de la vida vegetal y de la vida animal es un uso analógico del término, que se aplica en realidad de forma distinta a un vegetal o a un animal. El concepto cuya analogía ha sido objeto de tratamiento específico en filosofía es el de ser. La proporción a que se refiere la etimología, y que ha fundamentado su uso tanto en el lenguaje ordinario como en el filosófico, es la proporción matemática, llamada propiamente geométrica, que se expresa según la secuencia a:b::b:c, en la que el primer término se refiere al segundo igual como éste al tercero; cada uno de estos términos se llama analogado; la relación o proporción, cuantitativa en origen, pasó luego a ser cualitativa.

HIST. El término procede de los escritos de los pitagóricos, donde significa proporción matemática (ver cita), concepto que aplican tanto a la armonía musical como a las magnitudes del cosmos. Platón utiliza la noción de analogía como proporción (matemática) para explicar sobre todo la función del Bien en su teoría fundamental de los dos mundos («lo que es el sol en el mundo visible es el bien en el mundo invisible»; ver cita), así como para señalar el grado de claridad y verdad que poseen los segmentos a que se refiere la metáfora de la línea (ver texto ). Aristóteles, además de utilizarla como método comparativo en ética y biología -iniciando así el uso del argumento de analogía- funda la teoría de la analogía del ser (ver texto ), que se convertirá en punto fundamental de la metafísica de la filosofía escolástica medieval, que establece una relación metafísica u ontológica, por lo mismo de algún modo real, entre los analogados. Tras perder esta carga metafísica, no tiene en la actualidad la analogía más que usos muy específicos en campos determinados del pensamiento, como la lingüística (metáfora), la biología (analogía-homología) o la lógica (isomorfismo, modelos, argumento de analogía).

Alegoría

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 Etimológicamente significaría, pues, un hablar o un decir con términos propios de otro) Se la ha definido como una metáfora continuada en la que se expresan ideas mediante imágenes, pero en la que predomina un aspecto más intelectual que en la mera metáfora. Por ello, se opone también al símbolo. En la alegoría predomina el aspecto de un doble sentido, en el cual, el verdadero debe ser descubierto más allá de su aspecto manifiesto, y se expresa mediante representaciones en las que lo particular significa lo universal. El símbolo, en cambio, es una síntesis entre lo universal y lo particular, en la que no cabe ningún reduccionismo de lo universal a lo particular ni viceversa. Esta oposición entre alegoría y símbolo la desarrollaron los autores románticos y, en especial, Goethe, Schiller, Schlegel y Schelling.
En la perspectiva de la interpretación de las sagradas escrituras, la hermenéutica efectuada por Filón de Alejandría, y especialmente por Orígenes, se basaba en el método alegórico, que quiere descubrir , más allá de la literalidad del texto, las verdades permanentes. Así, los textos sagrados no deben entenderse literalmente, sino que deben ser interpretados alegóricamente. Este recurso a la interpretación alegórica existía ya en la tradición griega, especialmente entre los estoicos, y la alegoría misma fue usada por Platón, por ejemplo, en la famosa alegoría de la caverna (texto conocido también como mito de la caverna). En la Edad Media dicho método alegórico se utilizaba también para la interpretación de la función del arte, en general, y de la poesía, en particular que, además, tendía a expresarse alegóricamente. De hecho, uno de los ejemplos más acabados del uso de la alegoría en la literatura lo proporciona la Divina comedia de Dante. En la estética moderna, en cambio, bajo la influencia de los autores románticos mencionados, se rechaza que la alegoría deba expresar conceptos bien definidos ya que, si bien es cierto que surge de una correlación entre imágenes y conceptos, esta correlación, por una parte, es meramente arbitraria y, por otra parte, si la alegoría tuviera que atenerse de manera fija a un corpus de esquemas conceptuales definidos, perdería toda su función estética.
Diccionario de filosofía Herder

aforismo

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Género literario de uso relativamente frecuente en filosofía, que consiste en expresar, mediante formulaciones breves e independientes entre sí, opiniones generalmente de matiz moral, y al cual el autor recurre para destacar y sugerir su pensamiento, más que para exponerlo con profundidad o demostrarlo; la profundidad se alcanza o insinúa mediante la sugerencia y la concisión, no exenta de ambigüedad y paradojas, y no precisamente a través de una exposición razonada. A lo largo de la historia de la filosofía no son pocos los autores que han expresado parte por lo menos de su pensamiento mediante aforismos: Heráclito, Marco Aurelio, Bacon, Lichtenberg, Nietzsche, Schopenhauer, Wittgenstein, Adorno, entre otros, han recurrido a ellos.

LA TEORÍA DE LA ACCIÓN COMUNICATIVA DE JÜNGER HABERMAS

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LA TEORÍA DE LA ACCIÓN COMUNICATIVA DE JÜNGER HABERMAS

Extracto de,

Guillermo Briones,

FILOSOFÍA Y TEORÍAS DE LAS CIENCIAS SOCIALES,

Dilemas y propuestas para su construcción.

Domen, 1999, Pág. 171.

 

 

Jünger Habermas, nacido en 1922, se inscribió en sus comienzos en la Teoría Crítica o Escuela de Frankfurt de Horkheimer, Adorno, Marcuse y Fromm. Posteriormente sus ideas tomaron características propias, si bien basadas en Marx y Weber, con una preocupación básica por la transformación político-social. Por ello, su teoría fue considerada como una forma de neomarxismo. Sin embargo, su interés posterior y la utilización que hace de ideas de Herbert Mead, Talcott Parsons y Schutz lo ubican en un campo de confluencia entre las tendencia explicativas y comprensiva – interpretativa de las ciencias sociales. Sus obras más recientes son Teoría de la acción comunicativa I: Racionalidad de la acción y racionalización social (Madrid, Taurus, 1984) y Teoría de la acción comunicativa II: Crítica de la razón funcionalista (Madrid, Taurus, 1987).

 

La teoría crítica de los fundadores y de sus mismos primeros trabajos experimentan en Habermas una importante modificación y reorientación. Es menos crítica, menos negativa y más sistemática, más orientada a la construcción de una teoría social más coherente. En el fondo, sin embargo, se mantiene la importancia central dada a la racionalidad, entendida como la forma en que las personas que usan el lenguaje y son capaces de actuar mediante el conocimiento. De ahí que se pregunte por el tipo de racionalidad que debe estudiar la ciencia social y en qué sentido la modernización puede ser considerada como un proceso de racionalización. Ambas preocupaciones tienen especial importancia ya que para Habermas la sociedad democrática debe basarse en la razón.

 

En la línea de la teoría crítica tradicional, Habermas afirma que existe una racionalidad de los fines y que la ciencia social debe preocuparse por la resolución de problemas prácticos. Todo conocimiento obedece a un interés pero mientras las ciencias naturales tienen interés en controlar la naturaleza, las ciencias sociales tienen interés en la emancipación de las personas respecto de cualquiera forma de coacción.

 

Teoría de la acción comunicativa.

 

Habermas comienza por señalar que Marx considera como uno de los puntos de partida de su teoría el concepto de acción instrumental o conducta racional de las personas para elegir los medios más apropiados parta lograr un cierto fin. Tal acción se relaciona en Marx con el trabajo de cuyo concepto deriva las relaciones sociales. Para él, en cambio, en el análisis social es más importante la acción comunicativa que permite una comprensión comunicativa entre los actores en interacción. En ese proceso, no se hace, principalmente, cálculos egoístas (instrumentales) para alcanzar el éxito, sino que se trata de lograr definiciones comunes de la situación para dentro de ellas, perseguir metas individuales.

 

Habermas deriva el concpeto de acción comunicativa de los diversos tipos de acción que distinguió Max Weber (racional, orientada por valores, afectiva y acción tradicional). Al redefinir los tipo weberianos, coloca frente a la acción instrumental la acción comunicativa como una relación interpersonal lingüística que busca el mutuo entendimiento, el concenso. Mientras en Marx la acción y la racionalidad instrumental se relacionan con el trabajo, la acción y la racionalidad comunicativa re relacionan con la interacción. Cuando la acción comunicativa se basa en argumentaciones recionales yh tiene pretensiones de universalidad se denomina discurso.

 

El concepto de acción comunicativa "fuerza u obliga a considerar también a los actores como hablantes u oyentes que se refieren a algo en el mundo objetivo, en el mundo social y en el mundo subjetivo, y se entablan recíprocamente a este respecto pretensiones de validez que pueden ser aceptadas o ponerse en tela de juicio. Los actores no se refieren sin más intentione recta a algo en el mundo objetivo, en el mundo social o en el mundo subjetivo, sino que relativizan sus emisiones sobre algo en el mundo teniendo presente la posibilidad de que la validez de ellas pueda ser puesta en cuestión por otros actores" (Teoría de la acción comunicativa: complementos a estudios previos, Madrid, Cátedra, 1089, Pág. 493).

 

Es en discurso, una forma especial de comunicación, donde, por medio de la argumentación se determina lo que es válido o verdadero. Es decir, la verdad no es una copia de la "realidad" a la cual se refieren los argumentos de los participantes en el discurso, sino que es un resultado consensual sobre el cual no actúa ninguna influencia que lo distorsione. Ese consenso se logra cuando se dan cuatro condiciones de validez aceptadas por todos los participantes: a) que el enunciado que hace un hablante sea comprensible; b) que el hablante sea fiable; c) que la acción pretendida sea correcta por referencia a un contexto normativo vigente; y d) que la intención manifiesta del hablante sea, en efecto, la que él expresa.

 

Con las características señaladas, Habermas sostiene que la acción comunicativa, y no la acción racional instrumental, como lo hizo Marx, es la conducta que caracteriza a las interacciones que se dan en la sociedad. Por eso, la acción comunicativa debe tener un lugar central en la teoría. Uno de los objetivos de tal teoría debe ser la identificación y eliminación de los factores estructurales que distorsionan la comunicación.

 

El papel central que ocupa la comunicación en la propuesta teórica y política de Habermas lo lleva a preocuparse por la racionalización de la acción comunicativa, siguiendo el camino tomado por Marx y Weber sobre ese tema. La racionalidad final se dará cuando se supriman las barreras a la comunicación. El medio para hacerlo lo constituye la modificación en profundidad del sistema normativo vigente. La evolución social no consiste, precisamente, en cambios en el sistema de producción (en el cambio de las bases materiales, como diría el marxismo original de Marx), sino en el transito de una sociedad racional en la cual la comunicación de las ideas se expondrá sin restricciones.

 

El mundo de la vida.

 

Habermas distingue en la sociedad dos niveles: el "sistema" y el "mundo de la vida". La preocupación por el mundo de la vida es una extensión de la teoría de la acción comunicativa que relaciona a Habermas con Herbert Medad y, de manera principal, con Durkheim (la conciencia colectiva), Husserl, Schutz y Luckmann. Desde ya digamos que la acción comunicativa sucede siempre en el mundo de la vida.

 

El mundo de la vida –en una concepción similar a la de Parsons y a la de Luhmann– está constituido por la cultura, la sociedad y la personalidad. La racionalización de tal mundo implica una creciente diferenciación entre sus tres componentes. Habermas destaca que el mundo de la vida representa el "punto de vista de los sujetos" que actúan en la sociedad. Pero para una perspectiva externa a ella, para su análisis desinteresado, la sociedad aparece como un sistema con diferentes configuraciones estructurales (la familia, el estado, la economía, etc.) cuya racionalización progresiva las va alejando del mundo de la vida en un proceso de "colonización" de este último por el sistema. La lucha contra la explotación (en términos que vuelve a Habermas al marxismo), y los movimientos sociales que buscan una mayor igualdad, mayores niveles de autorrealización, la paz y la preservación del medio ambiente (que constituye una de las reclamaciones del neomarxismo) deben contribuir a impedir una "colonización" negativa del mundo de la vida y a buscar una convivencia adecuada entre éste y el sistema.

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