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Archive for the 'RAREZAS Y CURIOSIDADES DE LAS LETRAS' Category

Oscar Wilde, el esteta, el decadente, el esnob

Ficha de historia o anecdotario:

JAVIER MEMBA

Algunos de sus biógrafos sostienen que Oscar Wilde, sabiéndose ya condenado a la cárcel, pudo haber huido. Según ellos, fiel a la sentencia dictada a André Gide, durante el encuentro que ambos escritores mantuvieron en Blida (Argelia) en enero de 1895, aquella que rezaba: "hay que buscar siempre lo más trágico", Wilde prefirió regresar a Inglaterra y ser allí detenido. Sin embargo, el mismo Wilde confiesa en la versión de "De profundis" publicada por su hijo en 1950, que no pudo escapar porque se lo impidió el dueño del hotel donde se albergaba, al que debía una cuenta considerable.

De lo que no hay duda es de que escribió algunas de sus mejores páginas en la cárcel de Reading. Fue consecuente a aquella otra máxima en la que apuntaba: "siendo el dolor la suprema emoción que el hombre puede experimentar, es, al mismo tiempo, el prototipo del gran arte". Sí señor, el esteta, el decadente, el esnob, supo hallar la belleza hasta en la cárcel.

Nacido en Dublín el 16 de octubre de 1854, fue la de Oscar Wilde una familia culta y liberal. Su madre, Jane Elgee, traducía a Dumas y escribía versos; su padre, también con inquietudes literarias, era conocido principalmente como ocultista. Considerando el precoz afrancesamiento del futuro escritor y su no menos temprana inclinación por la poesía, huelga detenerse en la influencia que ejerció su madre en Wilde.

Estudiante en el Trinity College dublinés -centro también ligado a la biografía de Charles Maturin, al que tanto admirara Wilde- antes de serlo en Oxford, su excentricidades y su ingenio le dieron notoriedad desde sus primeras publicaciones. Sus primera composición, "Ravena", data de 1878. Tras la publicación de un segundo volumen de versos, aparecidos en 1881 con el título de "Poemas", viaja a América para pronunciar una serie de conferencias sobre estética y prerrafaelismo. Al otro lado del Atlántico, su calzón corto de terciopelo y sus flores en el ojal causan sensación.

Una de las grandes personalidades

De regreso al Viejo Continente, en 1882 el poeta se instala en París. En la capital francesa, al igual que en Londres, es una de las grandes personalidades de los cenáculos artísticos y literarios. El gran mundo, la misma alta sociedad que le condenará tras el escándalo, le admira. Sus detractores aseguran que todo su mérito radica en su pintoresquismo, pero lo mismo dijeron de Byron, con quien la comparación surge inevitable. Es en Francia donde termina sus primeros dramas: "Vera" y "La duquesa de Padua". Otra vez en Inglaterra, se casa en 1884 con Constance Lloyd. La unión será efímera. Con el primer embarazo, el poeta se cansa de su mujer. Aún así, la pareja engendrará un segundo hijo.

Sus primeros cuentos -"El príncipe feliz", "La casa de las granadas"-, dirigidos al lector infantil, datan 1885, pero es en 1891 cuando da a la estampa sus versiones definitivas. En aquel año, el primero de la última década del siglo XIX, verán la luz todas las grandes obras de Oscar Wilde, quien, una vez más, vuelve a estar en París. Es entonces cuando aparece la que quizá sea su obra más conocida, "El retrato de Dorian Gray", que no tardaría en convertirse en una suerte de "manifiesto" del decadentismo.

Como todos sabemos, se trata de una novela sobre la experiencia de un vicioso exquisito, de juventud inalterable, en tanto que un retrato oculto va dando cuenta de la huella que dejan en sus facciones sus corrupciones y vicios. También en 1891 ven la luz sus ensayos -verdadero corolario de su estética-, que aparecen bajo el título de "Intenciones", y los relatos humorísticos reunidos en "El crimen de lord Arthur Savile". Mientras tanto, el autor comienza a escribir "Salomé" para la actriz Sarah Bernhardt. No obstante, lo más curioso entre tanta excelencia es la publicación de un ensayo político, "El alma bajo el socialismo", donde el esteta nos descubre sus simpatías por dicha ideología.

Ya en 1892, la escena londinense cae rendida ante las comedias que nuestro escritor comienza a estrenar en sus teatros. "El abanico de lady Windermere" es la primera de ellas. La crítica señala en ella modos y formas de origen parisino. Ello no le impide estrenar "Una mujer sin importancia" con idéntico éxito.

Los últimos aplausos

1895 es otro año crucial en la biografía de Wilde. A la sazón estrena "Un marido ideal" y "La importancia de llamarse Ernesto". Es también entonces cuando le retrata Toulouse-Lautrec y cuando escuchará los últimos aplausos. Tras ser acusado de sodomita por el marqués de Queensberry, con cuyo hijo mantenía una relación homosexual, es condenado a dos años de cárcel. La misma aristocracia que le ha lisonjeado hasta entonces le desprecia. Mientras está en prisión se estrena en París "Salomé" (1896) y sus acreedores venden todos sus bienes. Pero lo que cuenta es que la reclusión inspira sus dos últimas grandes obras "Balada de la cárcel de Reading" y la póstuma "De profundis".

Recobrada la libertad, despreciado por la siempre pacata sociedad inglesa, se instala en su querido París. Se dispone a iniciar una nueva vida bajo el nombre de Sebastian Melmoth, en homenaje al protagonista de la novela de Maturin. Ni que decir tiene que no tarda en entregarse a sus pasiones de antaño. En esta ocasión la suerte se le presentará en forma de meningitis, enfermedad que le llevará a la muerte en 1900, librando así al dandi decadente de la miseria a la que había quedado reducida su existencia.

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Literatura erótica. Y a veces un poco más que eso.

Jack London, un hombre con un destino fatal

Ficha de historia o anecdotario:

JAVIER MEMBA

Tanto o más que su insólita experiencia vital, evocada "Martin Eden" (1909), sorprende comprobar cómo Jack London pudo presagiar en esas mismas páginas su suicidio siete años antes de matarse. Decidió marcharse agobiado por los delirios del alcohol, cuando su "vida dejó de ser ávida de vida". Así las cosas, "Martin Eden" no es sólo la crónica novelada de una existencia, también es la de una muerte: la de un hombre a quien ni el dinero ni la gloria pudieron redimir de su destino fatal.

Nacido en San Francisco (California), John Griffith -verdadero nombre de London-, vio la luz por primera vez el 12 de enero de 1876. Hijo de un astrólogo ambulante, al que la madre del futuro escritor abandonó apenas nacido éste, sería su padrastro, un droguero de Oakland llamado John London, quien diera el apellido de pluma al escritor. Por lo demás, bien poco fue lo que London dio al joven John. Obligado por su padrastro a trabajar siendo aún adolescente, Jack abandonó el hogar paterno con tan solo quince años para enrolarse en su primer barco dos después. Posteriormente sería soldado, descargador de muelle, buscador de oro en Alaska y alguna otra cosa al margen de la ley. Aquellos empleos de sus primeros años le aportarían los argumentos de todas sus novelas.

Un lector empedernido

Pero, además de hombre de acción, London, acaso consciente de que en la literatura estaba su redención, fue un lector empedernido. Así, mientras la lectura de "El manifiesto comunista" le convierte al socialismo militante, la idea del superhombre de Nietzsche le hace ser más racista que el mismísimo Kipling, a quien también lee. Entre unas cosas y otras, tal y como se nos cuenta en "Martin Eden", las revistas comienzan a publicar sus relatos a partir de 1899.

En los quince años siguientes, Jack London se convertirá, por así decirlo, en el primer autor de "best-sellers". Es el escritor mejor pagado de Estados Unidos, tal vez por eso la critica le desprecia. En el mejor de los casos le reconocen un "talento natural para la narración", pero todavía es ahora cuando se le ignora en las historias de la literatura. Como mucho, se le adjudica un puesto junto a Emilio Salgari, Zane Grey, Julio Verne y el resto de los autores tradicionalmente incluidos en las colecciones juveniles. En cualquier caso, la primera novela de London, "La llamada de la selva", data de 1903. Es la primera de las emotivas ficciones que dedica a los perros que ha conocido en sus días de Alaska. El éxito no se hace esperar.

Extensa producción literaria

A partir de entonces, London se entrega a la producción literaria con la misma energía que anteriormente lo hiciera a la aventura. Tanto es así que su bibliografía se cifra en torno a los 50 títulos. Destacan entre ellos "El pueblo del abismo" (1903), un trabajo periodístico sobre la pobreza en el East End londinense; "El lobo de mar" (1904), novela surgida de su experiencia marinera; "Colmillo blanco" (1907), otra aventura canina; y "El talón de hierro" (1908), fábula de política ficción de inspiración socialista. El dinero entra en su casa a espuertas. El escritor dilapida en sus excesos varias fortunas. Cuanto escribe conoce ventas millonarias, es conocido internacionalmente, pero London no encuentra el sosiego.

La simpatía que le siguen inspirando los pobres lleva al escritor a intentar meterse en política a su regreso de la guerra ruso-japonesa, conflicto al que fuera enviado como enviado especial merced al interés que despiertan sus crónicas periodísticas. No se tiene noticia de que el éxito le acompañara en esta nueva aventura. Sí hay constancia por el contrario de que escribió "Martin Eden" a bordo de "The Snark", el lujoso yate que se hiciera construir. Con el castillo que intentara levantar, tampoco tuvo suerte: antes de estar terminado fue pasto de las llamas. Muy probablemente, el incendio fue el resultado de una de las muchas juergas que celebraba allí con
sus amigos. De lo que no hay duda es de que no hubo nada capaz de salvar a Jack London de sí mismo. Alcoholizado, víctima de los delirios del borracho, puso fin a sus días en su lujoso rancho el 22 de noviembre de 1916.

Pierre Boulle, un escritor tardío, prolífico y aplaudido

Ficha de historia o anecdotario:
JAVIER MEMBA

Pierre Boulle, cuyos textos proporcionaron al cine películas del calibre de "El puente sobre el río Kwai" (1952) o "El planeta de los simios" (1963), fue un escritor tardío. Su primera novela, "El sacrilegio malayo" (1951), apareció cuando contaba 39 años de edad. Anteriormente, su vida había sido una sucesión de aventuras que hubieran satisfecho al mismísimo Blaise Cendrars. Como tan atinadamente se dice en la solapa de la última edición española de "El puente sobre el río Kwai" (Celeste, 2001), sólo cuando la muerte se le presentó como único futuro, Boulle decidió dedicarse a la literatura. Ahora bien puso tanto empeño en la nueva empresa que, aunque de vocación tardía, fue un escritor prolífico y aplaudido desde su primeras entregas.

Nacido en Avignon el 20 de febrero de 1912, Pierre Boulle llegó a París para estudiar ingeniería eléctrica cuando la capital francesa era también la capital cultural de todo el mundo. No obstante, Boulle, que no ha sentido aún la llamada literaria, pero sí la de la acción, decide abandonar Francia para llevar una vida aventurera en Asia. Plantador de caucho en Malasia en 1936, tres años después se traslada a Indochina. Allí le sorprenderá el estallido de la Segunda Guerra Mundial, lo que le lleva a alistarse en el ejercito francés de aquel país asiático. Cuando el general Petain, títere de Berlín, instituye el régimen de Vichy, Boulle regresa a Singapur para engrosar las tropas de la Francia Libre de De Gaulle. Como tal, tras la invasión japonesa combate en Birmania, donde será hecho prisionero. Cuando consigue escapar del campo de concentración, se lleva consigo el argumento de lo que más tarde será "El puente sobre el río Kwai". Como es bien sabido merced a su celebrada adaptación cinematográfica, lo narrado en ella son las tribulaciones de una tropa de soldados ingleses, prisioneros de los japoneses. Obligados por éstos a construir un puente de gran valor estratégico, que unirá por ferrocarril el golfo de Bengala con Bangkok y Singapur, las desdichas de los británicos oscilarán entre el absurdo sentido del deber -próximo a la traición- de su jefe y las duras condiciones del cautiverio.

De inspiración asiática

Otra vez en Francia tras la liberación (1944), Boulle comienza a escribir. "El sacrilegio malayo", como su propio título indica primera de sus obras de inspiración asiática, aparece en 1951. El éxito le será dado con "El puente…", su siguiente entrega. Definida en su momento por la crítica como una perspicaz novela psicológica, no faltan quienes ven en ella una tragedia llena de ironía. En cualquier caso, traducida a más de veinte idiomas, constituye un fenómeno literario internacional sin precedentes.

Aunque la temática asiática será una constante en su producción, que se prolongará en títulos como "Le Bourreau" (1954) -donde también se incluye una fábula filosófica a la manera de Voltaire- "Un métier de seigneur" (1960) y "En las fuentes del Kwai" (1966), el Boulle que cuenta para el admirador de los autores alucinados es el autor de ciencia ficción. Este se pone en marcha en 1957 con "E=mc2" (1957), una nueva ironía, en esta ocasión sobre el torbellino social e intelectual al que se ve arrastrado el hombre moderno. Pero la obra maestra de nuestro autor será "El planeta de los simios", antiutopía sobradamente conocida por todos merced a las dos adaptaciones cinematográficas de las que ha sido objeto.

Entre su producción posterior, que ya no llegara nunca a alcanzar las cotas de sus dos obras maestras, los biógrafos de nuestro escritor destacan "Oídos en la jungla" (1972), "Las virtudes del infierno" (1974) y la sátira ecologista "El buen Leviatán" (1978). Pierre Boulle murió en París, el 31 de enero de 1994.

Jean Cocteau, un vanguradista de la literatura, el cine y la pintura

Ficha de historia o anecdotario:
 
JAVIER MAMBA

De vida larga aunque conoció el exceso, Jean Cocteau nació en Maisons-Laffitte (Seine-et-Oise) en 1889 y murió en Fontainebleau 74 años después. En su larga existencia -sobre todo para un hombre que había sido opiómano como él mismo fue a manifestar en "Opio. Diario de una desintoxicación" (1930)- tuvo tiempo de cultivar el cine, la música y la pintura. Maestro por igual en todas estas artes, no obstante, habría de ser la literatura la que le llevara a la Academia Francesa en 1963. Pero que no haya dudas, Cocteau no fue en modo alguno un autor bendito, al gusto de los juegos florales por los que invariablemente discurre la cultura oficial.

La de nuestro poeta fue una experiencia alucinada e innovadora. Referencia obligada en la nómina de todas las vanguardias, Jean Cocteau -quien nunca llega a adherirse por completo a ninguna de ellas- es uno de los grandes nombres de la heterodoxia francesa del pasado siglo. Promotor de los primeros conciertos de jazz que se organizaron en París, fue amigo de Picasso, Stranvinski y Apollinaire.

Los comienzos de su carrera literaria, la que compete a esta galería, se remontan al año 1912, cuando aparece su primera colección de versos. En ellos combina la fantasía resultante de su contacto con los pintores cubistas con la métrica del siglo del siglo XVI. A la sazón, ese escándalo, que más de 50 años después añoraría André Breton en sus últimas conversaciones con Luis Buñuel, aún era la reacción habitual por parte de la burguesía ante determinadas manifestaciones artísticas y el Cocteau de sus primeros libros no tardaría en convertirse en uno de los mejores ejemplos de autor escandaloso. Ahora bien, la provocación, en modo alguno, va a amparar la falta de calidad. Con el mismo acierto que se se adhiere a las singularidades tipográficas de Mallarme, Cocteau puede volver a las formas de Rosanrd.

Si variada fue su actividad artística en general no lo fue menos la literaria. Así, tras darse a conocer como poeta lírico, lo hace como dramático en "Antígona" (1927), primera de sus distintas interpretaciones escénicas de los mitos clásicos. En tanto que el Cocteau ensayista se puso en marcha con un volumen dedicado a Picasso a aparecido en 1924, el novelista lo había hecho un año antes con la publicación en 1923 de "Thomas el impostor", fascinante fábula acerca del revés de la impostura. Su obra maestra, en cuanto a su actividad novelística se refiere, data de 1929. "Los niños terribles" es su título y su propuesta, la crónica de un incesto entre unos hermanos caprichosos e insoportables que ejercen un especial magnetismo en cuantos se acercan a ellos. Como no podía ser de otra manera, "Los niños terribles" concluirá con un suicidio.

Ya prestigioso escritor, la diversificación de su talento no impedirá a Jean Cocteau desarrollar una dilatada bibliografía. En lo que a los dramas se refiere, se impone dar noticia de los ballets "Les mariés de la Tour Eiffel" (1928) y "Oedipus Rex" (1929), este último con música de Stravinski, así como "El águila de dos cabezas" (1946). Lo más granado de su obra varia pasa por títulos como "Potomak, Essai de critique indirecte" (1932)", "Mon premier voyage" (1937) o "Maalesh" (1950).

Cineasta desde que "La sangre de un poeta" (1930) se convirtió en un clásico del cine experimental, tras la guerra, Cocteau volvió a emplazar su cámara para rodar todo un clásico "La sangre de un poeta". Otro gran cineasta galo, François Truffaut, diría de él: "Cocteau era de un cinismo muy especial, a base de magnanimidad (…). Era amable con todos y esperaba que lo fueran con él", explicaba.

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H. G. Wells, el \"padre\" de la ciencia ficción

Ficha de historia o anecdotario:
 
JAVIER MEMBA

Más alucinado que maldito o heterodoxo, H. G. Wells es, junto con Julio Verne, el "padre" de la ciencia ficción. Una de las claves de su gran obra, aquella que nace de la convicción de que la especie humana -al igual que el resto de las especies- es el resultado de un proceso evolutivo, hay que buscarla en sus días de estudiante de Biología en la Universidad de Londres (1888). En sus aulas, el futuro escritor fue el más agradecido discípulo del biólogo Thomas H. Huxley, quien -además de abuelo de Aldous Huxley- fue el mayor propagador de las ideas de Charles Darwin que tuviera la docencia inglesa en las postrimerías del siglo XIX.

Nacido en Kent el 11 de septiembre de 1866, la Herbert George Wells fue familia modesta. Ya autor aclamado, su extracción social habría de inspirar algunas de sus más célebres antiutopías, a la vez que le llevaba a ingresar en clubes como el de los Fabianos, nacidos para la difusión del socialismo en Inglaterra. Redimido por la educación -Wells siempre fue un gran amante de la cultura- una beca le sacó del taller textil en que era aprendiz para llevarle a la Normal School of Science de Londres. No obstante, pese a su avidez de sabiduría, no superó su examen final.

Maestro de provincias

Maestro el mismo en una pequeña escuela de provincias, en 1893 abandona la enseñanza para dedicarse por entero a la literatura. "La máquina del tiempo", la primera de sus grandes novelas, aparece en 1895. Su protagonista, merced al prodigio aludido en el título, tiene la oportunidad de viajar en el futuro hasta el final de la humanidad y del planeta. Antes de asistir a la auténtica consunción de los siglos, será testigo de cómo la evolución ha obrado en contra de nuestra especie, dividiendo a los hombres en dos clases: los "eloi", tan bellos como inútiles, y los "morlocks", tan rudos como trabajadores. Siendo la época de la publicación de "La
máquina del tiempo" aquella en la que libraban sus más enfebrecidas batallas la lucha de clases, huelga decir el éxito obtenido por Wells en su primera novela.

Su siguiente ficción, "La isla del doctor Moreau", aparecida en 1896, vuelve a dar prueba del interés de Wells por los problemas de la evolución. Pieza fundamental de ese inquietante subgénero que es el de los doctores locos, el que aquí se nos presenta ha realizado los más terribles experimentos con animales a los que ha querido dar forma humana, llegando a conseguir únicamente unos híbridos a mitad de camino entre el hombre y la bestia. El aplauso que despertara en su primera entrega no tarda en verse revalidado.

Novelas de tesis

Otro científico loco, cuya ambición también será su perdición, es el protagonista de "El hombre invisible" (1897). Las mejores páginas de nuestro autor prosiguen en "La guerra de los mundos" (1898), donde narra una invasión alienígena ante la que se verá impotente la humanidad. Finalmente serán nuestros gérmenes quienes nos salvarán de los marcianos. El Wells que sienta las bases de la ciencia ficción, el gran Wells sigue adelante en títulos como "Cuando el durmiente despierte" (1899), "Los primeros hombres en la Luna" (1901) y "El alimento de los dioses" (1904). A partir de entonces, el interés de nuestro autor por esta clase de ficciones va dejando paso a una nueva inquietud por la realidad. No en vano, en 1903 ha pasado a formar parte de los
Fabianos, asociación en la que coincide con George Bernad Shaw y otros grandes intelectuales de la época.

El resto de su larga vida -murió en Londres, el 13 de agosto de 1946- lo dedicó a una copiosa producción de novelas que podríamos llamar de tesis, tesis de marcado carácter social. No falta entre ellas algún título de ciencia ficción en el que se atisba el esplendor de sus primeras páginas. Tal es el caso de "The Holy Terror" (1939) antiutopía ambientada en un tiempo de carismáticos dictadores. Pero la prosa de H. G. Wells ya no tiene el esplendor de antaño. De hecho, en su bibliografía del siglo XX, tienen más peso las novelas biográficas -"Kipps" (1905)- o seudofilosóficas -"Mundos nuevos en lugar de los viejos" (1908). Ya cuarentón, parece ser que a H. G. Wells le interesaron mucho más las damas que la anticipación. Así, John Clute, en su "Enciclopedia de la ciencia ficción" apunta: "Su piel olía a miel. Amó a sus esposas, pero se acostaba con cualquier mujer que (embriagada por el olor a miel) le hiciera un sitio en su cama".

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Blaise Cendrards, el favorito de Henry Miller

Ficha de historia o anecdotario:
 

JAVIER MEMBA

"Cendrards consiguió transmitirme un mundo de información con la misma calidez y ternura que rezuman sus libros. Como la tierra misma bajo nuestros pies, sus pensamientos llegaban acribillados por toda suerte de parajes subterráneos", apunta acerca de Blaise Cendrards Henry Miller en "Los libros en mi vida". Es Cendrards, junto con el hoy injustamente menospreciado Henry Rider Haggard, el gran favorito del autor de los "Trópicos". Ahora bien, si el interés por el segundo se remonta a las lecturas de infancia, en cuanto al Blaise no podemos decir lo mismo. Sí señor, como el mismo Miller escribe en el emotivo capítulo dedicado a él, el que hoy proponemos fue uno de los grandes amigos del norteamericano en la capital francesa: "Cendrards fue el primer escritor que se dignó mirarme durante mi estancia en París (1930-1939) y el último hombre al que vi al abandonar esa ciudad". ¿Quién era?, podemos y debemos preguntarnos un autor tan influyente para Henry Miller como desconocido para el lector de hoy.

Frédéric Louis Sauser, Blaise Cendrards era el "nom de plume", nació el 1 de septiembre de 1887 en La Chaux-de-Fonds (Suiza). Hijo de un suizo y una francesa, dicha condición imbuiría en él un cosmopolitismo que, manifestado en una insaciable ansia viajera, le acompañaría hasta la vejez. Por si esa mezcla de sangres en sus venas no hubiera sido bastante, sus padres le inculcaron la afición a los nuevos horizontes en los viajes que realizaron con él cuando apenas contaba nueve años. A tan temprana edad, ni Egipto ni Italia eran desconocidos para el futuro escritor. Así las cosas, nada más lógico que su escaso interés por el colegio. Mal alumno incluso en el estricto liceo alemán en el que fuera internado para entrar en vereda, a los quince años el joven Frédéric Louis parte para Asia en compañía de un traficante en piedras preciosas. Apenas ha cumplido los 17 cuando aprende ruso merced a los incesantes viajes que hace a lo largo y ancho de todo el país.

Entregado a la bohemia

Otra vez en Suiza, estudia Medicina y Filosofía en Berna durante dos años (1908-1909). Pero lo suyo es viajar. Tras nuevos peregrinajes por la vieja Europa, da a la estampa sus primeras obras, ni que decir tiene que inspiradas en sus periplos, en el Nueva York de 1912. A decir de los expertos, aquellas colecciones de versos -"La légende de l’or gris et du silence" e "Hic, Haec, Hoc, Pascuas en Nueva York"-, pues eso son las primeras publicaciones de Blaise, no tienen más interés que el que les confiere ser un precedente de la poesía de Apollinaire.

Fuera como fuese, Cendrards se instala en París en 1912. Son aquellos los días en que las vanguardias hacen furor y nuestro autor se entrega por completo a la bohemia que generan dichos movimientos estéticos. Aquellas alegres noches parisinas se verán truncadas de pronto por el estallido de la Primera Guerra Mundial. Nuestro escritor, hombre de acción y por ello pionero de esa ética y estética del combate que tanto fascinará en la inmediata postguerra a Drieu La Rochelle y Céline, se alista en la Legión Extranjera. Combatiendo con su bandera Champagne, pierde el antebrazo derecho. Será entonces, privado -por así decirlo, ya que su minusvalía nunca le amedrentó- cuando el gran escritor se ponga en marcha. De su copiosa bibliografía a partir de entonces, nos limitaremos a dar cuenta de la traducida y publicada a este lado de los Pirineos. En 1918 ven la luz su "Yo he matado", al que seguirán "Diecinueve poemas elásticos" (1919).

El registro narrativo

Nacionalizado francés en 1926, el gran Blaise escribe guiones para la pantalla y ballets -música incluida- para la escena. Pero su verdadero registro se encuentra en la narrativa. De su experiencia como corresponsal de la prensa parisina en Brasil nacen "El Oro" (1925), "Moravagine" (1926), "Cuentos de negros para los niños de los blancos" (1928) y "Ron" (1930). Descubre el ensayo durante una convalecencia en Biarritz, de la que nacerá su "Elogio de la vida peligrosa" (1933). Otra vez como reportero de la prensa francesa, viaja por América. Vuelve a Europa para dar cuenta de la Guerra Civil española. Acabada nuestra contienda, cuando se anuncia la de Europa, toma partido abiertamente por los aliados en "Chez l’Armée anglaise" (1940). Ni que decir tiene que cuando los alemanes invaden Francia se ve obligado a abandonar París.

Acabada la guerra, Blaise Cendrards regresa a la capital francesa (1950). Entre sus últimas obras, dará a conocer al gran público al gran fotógrafo Robert Doisneau merced a las instantáneas que este último realiza para un emotivo libro de nuestro autor dedicado a la ciudad de la luz.

Blaise Cendrards, tras una vida larga que nadie hubiera augurado en base a los excesos de su juventud, muere en la ciudad del Sena el 21 de enero de 1961.

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Kurt Siodmak

Ficha de historia o anecdotario:
Kurt Siodmak, uno de los pilares de la ciencia ficción de calidad (LVII)

JAVIER MEMBA

Dos son las versiones que ofrece la biografía de Kurt Siodmak y las dos son igualmente válidas y representativas de este autor. La primera nos le presenta como uno de los más inquietantes guionistas del Hollywood clásico, avalado por libretos de la talla de "El hombre lobo" (1941), "Yo anduve con un zombie" (1943) o "La zíngara y los monstruos" (1944). Pero el Kurt Siodmak alucinado, autor de relatos llamados a convertirse en clásicos de la ciencia ficción, también existe. Eterno rival de su hermano, el gran realizador Robert Siodmak, para el amante de la literatura fantástica cuentan más sus novelas que sus películas.

Nacido en Dresde, el 10 de agosto de 1902, obedeciendo a un deseo paterno cursó estudios de ingeniería. Pero su verdadera vocación, ya manifestada en los relatos que comienza a publicar en revistas infantiles a partir de 1911, eran las letras. Así pues, una vez se hace ingeniero, no tarda en empezar a colaborar en la prensa de su ciudad natal. Entre artículo y artículo publica sigue publicando relatos que le van dando a conocer como autor de ficciones fantásticas. Sin embargo, el primer argumento en el que colabora "Menschen am Sonntag" (1929) es un clásico del cine realista alemán.

Artífice del cine de terror

La persecución que comienza a desatarse contra los hebreos le hace huir de su país en 1937, llega a Hollywood en compañía de su hermano y de Billy Wilder. Pero los lectores de la revista "Amazing" aún recuerdan un relato suyo aparecido en 1928, \’Los huevos del lago Tanganyka\’. Cuando, ya con Siodmak establecido en América el texto en cuestión, corregido y aumentado aparece como novela, no tarda en convertirse en uno de los pilares de la ciencia ficción de calidad. Nos encontramos en una edad dorada del género y el nombre de nuestro autor figura entre los de Edgar Rice Burroughs, Thea von Harbou, Aldous Huxley y H. G Welles.

Será su prestigio como novelista lo que llame la atención de Erich Pommer, quien contrata a Siodmak como guionista en la Universal. En dicho estudio se convierte en uno de los artífices de los grandes éxitos del cine de terror. Es Siodmak quien dispone que el licántropo lo sea tras ser mordido por otro, que su transformación tenga lugar en noches de luna llena y que sólo se le pueda dar muerte con un objeto de plata. Pese a lo fantasioso que se antoja, el ritual obedece, según confesaría el escritor en una de sus últimas entrevistas, a un intento deliberado de denunciar la barbarie nazi que, a la sazón, asola Europa.

Adaptado por Welles

Su obra maestra, \’El cerebro de Donovan\’, data del año 1944. Será su novela más celebrada. Orson Welles no tarda en realizar una de sus sonadas adaptaciones radiofónicas, el éxito obtenido con ella es semejante al obtenido unas semanas antes con la adaptación de "La guerra de los mundos" de H. G. Wells. Diríase que Siodmak está condenado a ir a la zaga de su insigne colega inglés. Tal vez por ello, mediados los años 40, decide dedicarse definitivamente a los guiones cinematográficos. Para desdicha de los amantes de la ciencia ficción, su actividad como narrador quedó reducida a la publicaciónde algunas piezas breves en revistas.

Kurt Siodmak, uno de los grandes alucinados de la Alemania expresionista, tuvo una vida larga. Murió el 2 de septiembre del año 2000.

Mary Wollstoncraft Shelley

Ficha de historia o anecdotario:
Mary Wollstoncraft Shelley, creadora de uno de los mitos del terror
JAVIER MEMBA

Sabido es que los hijos o cónyuges de una gran personalidad creadora, inevitablemente se ven condicionados, cuando no eclipsados, por ésta. Mary Wollstoncraft Shelley, hija de Mary Wollstoncraft -una de las primeras impulsoras del pensamiento feminista- y de William Godwin -el primer filósofo anarquista- y casada Percy Bysshe Shelley -el gran romántico inglés-, fue una de las pocas excepciones a dicha regla. He ahí la prueba irrefutable del valor de su obra.

Ya desde su nacimiento, la vida de la creadora de uno de los grandes mitos de la terna que preside la literatura de terror estuvo marcada por la fatalidad. Su madre, autora de "Reivindicación de los derechos de la mujer" (1792), murió al alumbrar a Mary. La futura escritora vino al mundo el 30 de agosto de 1797. Casado Godwin posteriormente con una viuda que ya tenía dos hijas con la que el filósofo alumbraría un nuevo vástago, huelga decir lo agitada que fue la infancia de nuestra autora.

Toda clase de desórdenes

Perdidamente enamorada de Percy B. Shelley desde la primera vez que lo vio, Godwin -autor, por cierto "Las aventuras de Caleb Williams" (1794), novela próxima a los presupuestos góticos- en consecuencia a sus teorías, no puso ningún reparo en que corriera tras él. No fue ese el caso de la esposa del poeta quien, humillada, ofendida y embaraza siguió a la feliz pareja hasta La Spezia, localidad de la costa italiana en que se establecieron. A los desarreglos deducibles de semejante situación no tardó en sumarse el mismísimo Byron, siempre afecto a toda clase de desórdenes. John Clute, en su interesante "Enciclopedia de la Ciencia Ficción", no duda en afirmar que una hermana de Mary, a la sazón también alojada en La Spezia, frecuentaba la cama del lord. En cualquier caso, la comunidad se deshace con los suicidios de una segunda hermana de Mary y de la esposa de Shelley.

El siguiente episodio en la vida de nuestra escritora nos la sitúa en Villa Diodati, inmersa en aquellas jornadas junto a su ya marido Percy, Byron y el médico de éste último, el tan injusta como frecuentemente menospreciado John Polidori. Durante aquellas veladas en que el mal tiempo fue combatido con desafíos literarios, Mary Shelley, con tan sólo 20 años, alumbra, como tanto acierto reza el subtítulo de la obra, al moderno Prometeo. La electricidad galvanizada que da la vida a un cuerpo formado con restos de varios cadáveres y demás pasajes de la novela están tan enraizados en la memoria colectiva que sobre comentarlos. Cabe, no obstante, una pequeña puntualización: lejos de la imagen que tan frecuentemente nos ha dado de él el cine -y eso que la creación de Víctor Frankenstein es uno de los personajes literarios que ha conocido más versiones cinematográficas-, el monstruo de Mary Shelley es más víctima que verdugo.

La educación de su hijo

La aparición de "Frankenstein o el moderno Prometeo" (1818) consagra a su autora como la gran escritora que fue. Ello no le libra de la muerte de su hijo William en 1819, a consecuencia de la cual sufre su primera crisis de melancolía. Tres años después es su marido quien se ahoga mientras navega en la bahía de la Spezia. La melancolía, ya de un modo patológico, vuelve a apoderarse de Mary. En 1823 aparece su segunda novela, en esta ocasión de transfondo histórico "Valperga". Pero el verdadero interés de Mary radica en la educación de su segundo hijo, Percy, y en la edición de las obras de su esposo. Ello no quita para que se gane la vida escribiendo artículos, novelas y biografías. De su producción de entonces destaca un relato posholocausto, "El último hombre" (1926), ambientado en 2090 en un mundo como el nuestro pero sin humanidad. Sólo aquel al que alude el título ha conseguido escapar a la plaga que ha borrado al género humano de la faz de la tierra.

Desgraciadamente, cuando el acaudalado abuelo de su hijo decide pasarle una asignación mensual, Mary Shelley deja de escribir. Moriría en 1851, tras tres décadas de viudedad seguía amando al poeta de quien se enamoró cuando contaba 16 años. Su legado, por encima de géneros, fue una de las grandes obras de la historia de la literatura.

Sheridan Le Fanu, un escalofriante heredero de la tradición gótica

Ficha de historia o anecdotario:

JAVIER MEMBA

Merecedor de una simple referencia en "El horror en la literatura", que viene a ser algo así como el canon del género según Howard Phillips, Joseph Sheridan Le Fanu es, no obstante, uno de sus principales maestros.

Considerado por muchos como el precursor de la actual "ghost story" fue un genuino heredero de la tradición de la novela gótica, a cuyos escalofríos consiguió insuflar una nueva turbación: la aportada por la verosimilitud de una sus mejores propuestas.  Nace en ella el terror no de planteamientos sobrenaturales, si no de la más estricta exposición de unas atrocidades que podían haber sido tan ciertas como los enterramientos prematuros que gravitan en "La habitación de el Dragón Volador", el título en cuestión.

Es ésta una novela corta en la que un viajero inglés por la Francia posterior a Napoleón se ve envuelto en la trama de unos estafadores.  Éstos, valiéndose de los encantos de una bella actriz, quien se hace pasar por una aristócrata brutalizada por su marido, y de un doctor, que les hace ingerir una droga que les provoca un coma semejante a la muerte, roban y hacen sepultar vivos a cuantos incautos caen en sus manos.  Para desvalijamiento se valen de las súplicas de la actriz, que dice necesitar mucho dinero para huir de su brutal esposo; para sus siniestras inhumaciones, del mejunje del doctor.  Una vez bajo tierra, los desdichados son dados por desaparecidos sin que haya ninguna prueba de la terrible celada de la que han sido objeto.  Como se ve, la angustia que aquí se palpa no nace de los fantasmas, aunque en lo que a la literatura de espectros se refiere, Sheridan Le Fanu también es digno del más encendido aplauso.

Irlandés y editor

Irlandés como Charles Maturin y Bram Stoker, Joseph Sheridan Le Fanu nació en Dublín en 1818.  Fue la suya una familia hugonote emigrada a la ciudad que viera nacer al futuro escritor en 1730.  Entre sus parientes maternos se encontraba un dramaturgo, Richard Birnsley Sheridan, muy apreciado en su tiempo, según parece.  Tras graduarse en el Trinity College de Dublín, el futuro escritor ejerció durante algún tiempo como abogado, pero sería su actividad editorial la que le ocuparía la mayor parte de su vida.  Propietario del rotativo dublinés "Evening Mail", de las revistas por él puestas en marcha cumple destacar la "Dublin University Magazine", ganadora en su momento de prestigio internacional.

Tan reacio a los viajes como lo fuera Baudelaire, parece ser que Sheridan Le Fanu nunca abandonó su Dublín natal.  Es más, en su "Antología de cuentos de terror", Rafael Llopis apunta que el escritor era conocido como "El príncipe invisible" merced a su inveterada misantropía.  Ninguna visita le era más grata que el estudio de las doctrinas de Swedenborg y la producción literaria.  Como escritor se dio a conocer copilando baladas y leyendas irlandesas, cultivando igualmente la novela histórica en la estela de Walter Scott en títulos como "Guy Deverell" (1865).

Vampiras

Pero el Sheridan Le Fanu que se aplaude hoy en día es el de ficciones como "The house by Churchyard" (1863), "Wylder’s Hand" y "El tío Silas" (ambas de 1864).  Ahora bien, dentro de esa constante por la que el género alcanza su mejores cotas en el relato breve, nuestro escritor da lo mejor de su producción en la colección "Las criaturas del espejo" (1872).  Entre las piezas allí reunidas destaca "Carmilla", acaso el primer cuento de vampiras, inspirador a su vez de cuantos súcubos se han visto en la pantalla.  Se impone igualmente la referencia a "Schalken el pintor".  Gótica pura, en sus párrafos se mezcla el tema del alma en pena con algo tan terreno como los amores perdidos a consecuencia de una palabra mal dicha en un momento dado.

"La obra de Sheridan Le Fanu -escribe Roberto Cueto- marca la transición de la corriente clásica de los Radcliffe y Maturin a la llamada novela sensacionalista de la era victoriana (…). Esa tensión entre el pasado terrorífico y el presente cotidiano será una de las claves para entender gran parte del fantástico posterior".

Sin embargo, ese punto de inflexión que supone al género no fue suficiente para librar al escritor del olvido en que cayó su obra tras su muerte, acaecida en 1873.  Habría de ser uno de sus discípulos, el también aplaudido autor de terrores M.  R.  James, quien, reivindicándolo como una de sus principales influencias, recuperara al gran Sheridan Le Fanu para el público lector.

Hostales, pensiones, casas rurales baratas. Con precio. Eche un ojo.

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Maurice Sachs, el más abominable colaborador francés de los nazis

Ficha de historia o anecdotario:

JAVIER MEMBA

El encanto de Maurice Sachs, el más abominable de cuantos autores incluye el paquete de escritores franceses que colaboraron con los alemanes cuando los nazis invadieron su país, no es otro que el de la abyección.  Céline, Pierre Drieu La Rochelle, Lucien Rebatet y Robert Brasillach, el resto de los colaboracionistas, pueden tener mayor o menor justificación según sea la admiración que despierten en el lector.  Pero Sachs, el más miserable de todos ellos, habida cuenta de que su condición de judío no le impidió convertirse en delator de los nazis, no tiene más atractivo que su mezquindad.  Para el lector de hoy del año 2002, incluso para el que apoya esa Francia de Vichy que hoy vuelve a despuntar, Sachs se presenta como un Ed Wood de la maldad.También a diferencia de Céline y La Rochelle, Sachs no es un héroe de la Primera Guerra Mundial.

Nacido en París (1906), en el seno de una rica familia hebrea de origen alsaciano, Maurice Ettingshausen -verdadero nombre del escritor- atendiendo a una primera vocación, ingresó en un seminario del que no tardaría en salir para pasar a formar parte de los ambientes literarios del París de su tiempo.  Una vez instalado como diletante en la bohemia intelectual de la capital, sus simpatías comunistas habrían de ser tan breves como sus inquietudes religiosas.

La maldad

A Sachs -y eso es lo único que hace dudar de la autenticidad de su abyección- lo que en verdad le interesaba era la maldad.  Fuera como fuese, de sus escándalos entre la intelectualidad, su amistad con Jean Cocteau y André Gide -de quienes probablemente sería amante-, habría de dar prueba El aquelarre (1942), la única de sus publicaciones que apareció en vida del escritor.  Entre sus páginas se refiere a "su pereza, falta de equilibrio, pasión, curiosidad, amor por las letras, frivolidad, un cierto buen gusto y una extraña forma de egoísmo, la más dura, que es una especie de indiferencia fundamental".

Alcohólico, aventurero y estafador, como le definen las escasas notas biográficas suyas que han llegado hasta nosotros, cuando la bandera con la cruz gamada ondea en su ciudad, la bohemia da paso a la delación.  Para la Gestapo, a quienes denunciaba a cuantos se negaban a ser sus amantes, era un agente poco fiable que respondía a la sigla G 177.  Los invasores de su país saben que Sachs trafica con drogas, "trapichea" en el mercado negro, tiene una red de prostitución masculina y compra oro robado.

"Trabajador voluntario"

Ese desconfianza que los nazis siempre tuvieron en él fue la que en 1944 debió mandarle a Hamburgo como "trabajador voluntario".  En efecto, aunque su destino acabó siendo el mismo que el de muchos a los que él acusara, sus amos aún tienen cierta consideración con el escritor.  En pago a ello, Sachs sigue delatando a "comunistas" y "no airos", como él mismo.  Según escribe, lo hace "por el puro placer de urgar en las existencias ajenas y cambiar el destino de una persona, tirando de un hilo, como si fuese una marioneta".  Al margen de sus maldades, entre los recuerdos que le acompañan en el confinamiento, destaca el de Marcel Proust.

En agosto de ese mismo año 44, durante un traslado de prisioneros, acaso por primera vez en su vida, Maurice Sachs se siente un hombre digno y se niega a moverse cuando el miebro de las SS que le custodia se lo ordena.  El nazi no se lo piensa dos veces, olvidándose de las contemplaciones que sus compañeros tienen con el antiguo delator, le descerraja un par de tiros que acaban con la vida del escritor.  Si bien no faltan autores que prefieren apuntar que murió durante un bombardeo aliado.

Con posterioridad a su fallecimiento aparecerán "Recuerdos de una juventud tumultuosa" (1946) y "Cuadro de costumbres de este tiempo" (1953).  Sus apuntes sobre algunos de los protagonistas de la cultura gala son tan lúcidos que consiguen que el lector se olvide de que Sachs colaboró con el invasor.

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