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Archive for the 'RAREZAS Y CURIOSIDADES DE LAS LETRAS' Category

Version web del Diccionario Madoz. Un proyecto ambicioso.

Hurgando por la red hemos encontrado un proyecto interesante, muy interesante, para digitalizar el Diccionario Madoz de modo que se puedan buscar las distintas entradas de manera unitaria en vez de tener que manejar un PDF de trescientos megas, como hasta ahora.  Se trata de www.diccionariomadoz.com

Para los que no sepan qué es esta maravilla, copio y pego lo que dice la wikipedia al respecto:

“Diccionario geográfico-estadístico-histórico de España y sus posesiones de Ultramar es una magna obra publicada por Pascual Madoz entre 1846 y 1850.  Compuesta por 16 volúmenes (Madrid, 1845-1850), analiza todas las poblaciones de España.  Supuso en la época una mejora importante respecto al Diccionario geográfico y estadístico de España y Portugal que había terminado de publicarse en 1829 por Sebastián Miñano.

También conocido como “el Madoz”, es una obra a la que según su propio autor, se dedicaron 15 años, 11 meses y 7 días de trabajos literarios.  En esta tarea le ayudaron más de mil colaboradores y veinte corresponsales: No soy yo el autor del Diccionario Geográfico, Estadístico e Histórico: esta gloria corresponde a tantos y tan distinguidos colaboradores que he tenido en todas las provincias y a los buenos amigos que han trabajado en las oficinas de mi redacción, cuyos nombres, los de aquellos y los de estos, figurarán con los de los corresponsales de Cuba, Puerto Rico y Filipinas en lugar oportuno; corresponde a todos los Gobiernos que se han sucedido desde 1836 hasta el día, porque todos sin distinción de colores políticos, han secundado noble y lealmente mis esfuerzos.

Esta obra todavía es consultada por los historiadores, investigadores y arqueólogos, ya que contiene interesante información sobre ruinas, restos y posibles yacimientos arqueológicos con la descripción que en aquel entonces éstos presentaban.”

La idea actual es que esta enorme obra pueda ser consultada como un diccionario, y aunque lso autores reconocen que les llevará mucho tiempo y que el número de erratas es importante, nos parece un avance muy importante en el conocimiento de los pueblos y tierras de España, y casi fundamental para ver la evolución económica, artísitca y del patrimonio cultural.

Echadle un ojo.  A mí me ha encantado.

asombrosa novedad editorial

greco - mano en pecho Publicamos a continuación las obras completas de Vito Publi, de gran éxito en el siglo pasado.

Son dos volúmenes en cuerpo doce. Aquí las hemos comprimido un poco, pero, sin duda, el lector lo agradecerá dado su alto contenido sofístico.

Por razones de espacio, hemos eliminado dos notas a pie de página y la introducción de 1966 a la edición española.

«Enfoca los problemas como lo haría un perro: los olfateas, y si no te los puedes comer o follar, te meas encima y te vas.»

jotamml

Decálogo para escribir necrológicas:

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1. Tenga en cuenta que usted sigue vivo.
2. Evite ponerse (por si acaso), en el lugar del muerto, tipo al él le habría gustado así.
3. Evite las cartas a tumba abierta, tipo allá donde estés amigo quiero que sepas.
4. Evite convertir una muerte natural en un suicidio, tipo se fue tan discretamente como había vivido.
5. No espere una mejora en su conducta, tipo aquel necrologista que riñó a su muerto.
6. Sobre todo no hable de su sonrisa, tipo nos acompañará siempre.
7. Si siempre ocultó lo que pensaba realmente sobre él haga ahora un pequeño y postrero esfuerzo.
8. Examine si supone un acto de respeto haber esperado a su muerte, tipo ahora ya se puede desvelar cómo.
9. No olvide jamás que la necrológica que está escribiendo puede acabar resultando lo único vivo que quedé de él.
10. Y dado que en algún caso, aunque escaso, el muerto se ha levantado y ha leído escriba usted siempre con las precauciones propias del que espera réplica.

 

Arcadi Espada

LA CULTURA COMO ERROR

DIE KULTUR ALS FEHLER Wilhelm Klopper (Universitas Verlag, Berlín)

El libro del profesor W. Klopper La cultura como error es, sin duda, una obra digna de interés, porque representa una hipótesis antropológica original.  Sin embargo, antes de pasar a su análisis, nc puedo abstenerme de formular una observación respecto a la forma de sus ideas.  ¡Es un libro que sólo pudo ser escrito por un alemán!  El amor a la clasificación, al orden concienzudo que dio origen a innumerables Handbucher, transformó el alma alemana en un archivador.  Al contemplar el impecable ordenamiento del índice de materias de la obra, no podemos evitar el pensamiento de que si Dios fuese de nacionalidad alemana, nuestro mundo sería un lugar tal vez no necesariamente mejor para vivir en él, pero sí más metódico y disciplinado.  La perfección de su orden es literalmente abrumadora, aunque podría suscitar cierto tipo de reservas.  No puedo dedicarme aquí a reflexionar sobre la cuestión de si tanto apego, meramente formal, al ordenamiento, a la simetría, al «-un-dos, un-dos», no habrá tenido una influencia notable en algunas ideas típicas de la filosofía alemana y, sobre todo, en su ontología.  ¡Hegel amaba el cosmos porque le parecía tan bien ordenado como el estado prusiano!  Incluso aquel pensador loco por la estética, Schopenhauer, mostró lo que podía ser la rigidez del método en su disertación Ueber die vierfache Wurzel des Satzes vom zureichenden Grunde.  ¿Y Fichte?  Pero tengo que privarme a mí mismo del placer de divagar, lo que me cuesta mucho, tanto más que no soy alemán.  ¡Al grano!  ¡Al grano!
Klopper proveyó su obra, en dos tomos, de prólogo, introducción y prefacio.
(¡El ideal de la forma: la triada!)  Entrando en el méritum del asunto, primero le ajusta las cuentas a la interpretación de la cultura como error, que considera falsa.  Conforme a esa interpretación (equivocada según el autor) típica de la escuela anglosajona, representada sobre todo por Whistle y Sadbottham, todo lo que constituye una forma de comportamiento del organismo que ni entorpece ni favorece su vida, es erróneo.  En la evolución, el único criterio para determinar la sensatez de las conductas estriba en su capacidad de ayudar a sobrevivir.  De acuerdo con dicho criterio, el animal que gracias a su manera de ser sobrevive a los demás, se comporta más razonablemente que los que mueren.  Los herbívoros desdentados no tienen sentido desde el punto de vista de la evolución, puesto que, apenas nacidos, tienen que morir de hambre.
Análogamente, unos herbívoros que aun teniendo muelas las usaran para masticar piedras en vez de hierba carecerían también de sentido, ya que su especie tendría que extinguirse con gran rapidez.  A continuación, Klopper cita un conocido ejemplo de Whistle: supongamos —dice el autor inglés— que en una manada de babuinos el macho más viejo, jefe de la tribu, por pura casualidad empieza a comer los pájaros cazados por el lado izquierdo.  Lo hace, por ejemplo, porque tiene un corte en un dedo de la mano derecha y le es más cómodo sostener la presa con el lado izquierdo vuelto hacia arriba.  Los babuinos jóvenes observan el comportamiento del jefe, para ellos modélico, y pronto, en la segunda generación, todos los babuinos de la manada darán el primer mordisco a los pájaros cazados por el lado izquierdo.  Desde el punto de vista de la adaptación, su actitud carece de sentido, porque para el organismo de los babuinos el lado del alimento por el que empiecen a comer no tiene la menor importancia.  A pesar de ello, ese tipo de conducta se establece en el grupo.  ¿Y qué es esto?  Es el principio de la cultura (la protocultura), manifestado en un comportamiento insensato bajo el punto de vista de la adaptación.  Esta concepción de Whistley ha sido desarrollada ulteriormente por J. Sadbottham, que no es antropólogo, sino filósofo de la escuela inglesa lógico-analítica; Klopper resume (y ataca) sus ideas en el siguiente capítulo del libro («Das Fehlerhafte der Kulturfehlertheone von Joshua Sadbottham»).
El filósofo británico sostiene en su obra principal que las comunidades humanas crean la cultura a través de errores, pasos en falso, fracasos, tropiezos, equivocaciones y malentendidos.  Los hombres se proponen hacer una cosa y hacen otra.  Desean comprender bien el mecanismo de los fenómenos, pero lo interpretan de una manera falsa.  Buscan la verdad y encuentran la mentira.  Y así nacen las costumbres, los temores, la fe, lo sagrado, los misterios; ése es el origen de preceptos y prohibiciones, totems y tabúes.  Si la humanidad crea una clasificación falsa del mundo que la rodea, aparece el totemismo.  Las generalizaciones equivocadas originan el concepto de lo absoluto.  De las ideas erróneas acerca de la constitución de su propio cuerpo, los humanos deducen las nociones de virtud y pecado.  Si los órganos genitales se pareciesen a las mariposas y la fecundación a una canción (en la que la información hereditaria residiría en unas vibraciones del aire), dichas nociones se hubieran formado de un modo muy distinto.  Los hombres crean las hipóstasis: de ahí el concepto de las deidades; hacen plagios, y ya tenemos unas entretejeduras eclécticas de mitos, o sea, las religiones doctrinales.  En una palabra, se comportan de cualquier manera, imperfectamente bajo el punto de vista de la adaptación, interpretan mal la conducta de otras personas, de su propio cuerpo, de los objetos de la Naturaleza, consideran lo casual como determinado y lo determinado como casual, lo que equivale a inventar cantidades cada vez mayores de existencias imaginarias.  Por ende, los humanos erigen su alrededor las murallas de la cultura, falsean la imagen del mundo para hacerla coincidir con los dictámenes de aquélla, y después, al cabo de milenios, se extrañan de no sentirse demasiado cómodos en esa cárcel.  Al principio, las cosas son innocuas y sin importancia.  Como en el caso de los babuinos que mordían las pechugas de los pajaritos por el lado izquierdo.  Pero cuando esos granitos de arena se componen en un sistema de significados y valores, cuando los errores, equivocaciones y malentendidos se agrupan en cantidad suficiente como para constituir una estructura cerrada (en el sentido matemático), el hombre queda a su vez encerrado en lo que, siendo una mezcolanza totalmente accidental de conceptos, le aparece como una necesidad suprema.
Sadbottham, muy erudito, apoya sus afirmaciones en un sinfín de ejemplos sacados de la etnología.  Recordamos incluso que sus confrontaciones hicieron en su tiempo mucho ruido (sobre todo las tablas «casualidad versus determinismo» en las que evidenciaba las falsas interpretaciones culturales de los fenómenos: en efecto, varias culturas consideran que el hombre era primitivamente inmortal, pero, o él mismo había anulado esa propiedad a causa de su caída, o bien la había perdido por culpa de la intervención de una fuerza maligna.  En cambio, todas las culturas atribuyen a la necesidad ineludible lo que es casual: el aspecto del hombre formado por la evolución física.  En consecuencia, las religiones hoy día imperantes afirman que el hombre no es accidental en su aspecto, puesto que está hecho a semejanza de Dios).
La crítica a la cual Klopper somete la hipótesis de su colega inglés no es la primera ni tampoco original.  Como buen alemán, el profesor la divide en dos partes: la inmanente y la positiva.  En la inmanente, se limita a refutar las tesis de Sadbottham; vamos a dejar de lado esta parte de la obra, puesto que repite las objeciones que la literatura especializada ya había hecho constar.  En la segunda parte de la crítica, la positiva, Wilhelm Klopper pasa finalmente a exponer su propia contrahipótesis.
El autor empieza su exposición, según nuestra opinión de manera eficaz y acertada, por el siguiente ejemplo conceptual: Los pájaros de distintas clases emplean para la construcción de sus nidos materiales diferentes.  Además, los pájaros de la misma clase no usan los mismos materiales en distintas regiones, ya que dependen de lo que encuentran en el lugar.  La casualidad determina el tipo de material que los pájaros encuentran sin mayor esfuerzo, sean briznas de hierba, trocitos de corteza de los árboles, hojas, pequeñas conchas, piedrecitas, etc. Por tanto, en unos nidos habrá más conchas y en otros más piedrecitas; unos estarán construidos preferentemente de tiritas de corteza, y otros, de plumas y musgo.
No obstante, aunque el material de construcción tiene indudablemente una influencia sobre la forma del nido, sería insensato decir que los nidos de los pájaros son obra de la casualidad pura y simple.  Los nidos son un instrumento de la adaptación, aun cuando se construyan con partículas halladas accidentalmente.  También la cultura es un instrumento de la adaptación.  Pero —y aquí el autor plantea una idea nueva— se trata en este caso de una adaptación esencialmente diferente de la típica en el mundo de la flora y la fauna.
Was ist der Fall?  —pregunta Klopper.  «¿Cuál es la situación?» La situación es la siguiente: en el hombre, como ser corporal, no hay nada inevitablemente necesario.  Según los conocimientos de la biología contemporánea, el hombre podría tener una constitución diferente de la que tiene; podría vivir 600 y no 60 años por término medio; podría poseer el tronco y las extremidades formados de diferente manera, tener un aparato de reproducción distinto, distinto tipo de sistema digestivo, ser exclusivamente herbívoro, ovíparo, adaptado a la vida marina, presentar la capacidad de reproducción una vez al año durante el período de celo, etc. Sin embargo, posee un elemento inevitablemente necesario para que el hombre sea hombre: un cerebro capaz de crear el habla y la reflexión; si el ser humano reflexiona sobre su cuerpo y su destino, obtiene de ello muy poca satisfacción.  Su vida es breve y, por añadidura, su infancia, sujeta a la voluntad ajena, dura mucho tiempo; la edad de su madurez más eficaz forma solamente una pequeña parte de su vida; apenas llegado a su plenitud, empieza a envejecer, sabiendo, a diferencia de todos los otros seres, adonde lo lleva la vejez.  En los ámbitos naturales de la evolución, la vida está siempre expuesta a algún peligro, de modo que para sobrevivir hay que estar incesantemente alerta.  Por esta razón, la evolución desarrolló muy marcadamente en todos los seres vivos los detectores del dolor, los órganos del sufrimiento, para que señalicen la urgencia de emprender las tareas de autoconservación.  En cambio, no hubo ninguna razón evolucionista, ninguna fuerza formadora de los organismos, para equilibrar «con justicia» esa disposición, suministrando a los cuerpos la correspondiente cantidad de órganos de placer y goce.
Nadie negará —dice Klopper— que el sufrimiento provocado por el hambre, el suplicio de la sed y las torturas de la disnea son más intensos en su crueldad que la satisfacción que sentimos respirando normalmente, bebiendo y comiendo.  La única excepción de la regla general de asimetría entre sufrimientos y placer es el sexo.  Es un fenómeno bien comprensible; si no fuéramos seres bisexuales, si nuestro aparato genital estuviera organizado como, por ejemplo, el de las flores, funcionaría fuera de toda vivencia positiva sensual, ya que su actividad no necesitaría ninguna clase de aliciente.  La existencia del goce sexual, peana de los grandes monumentos del amor (Klopper, cuando deja de ser seco y concreto, se vuelve en seguida sentimental y poético), es el resultado directo de la bisexualidad.  Se equivoca quien cree que homo hermafroditicus (si esta especie existiera) sentiría el amor erótico hacia su propia persona.  Nada de eso; se autoprotegería exclusivamente dentro de los límites prescritos por el instinto de conservación.
Lo que llamamos narcicismo, imaginándonos que significa la atracción del hermafrodita hacia sí mismo, es, en realidad, una proyección secundaria, una especie de rebote: el individuo de esta clase traslada en la imaginación a su cuerpo la efigie externa de un compañero ideal (aquí siguen unas setenta páginas de hondas reflexiones acerca de las distintas naturalezas exóticas humanas que se derivarían de la uni, bi y plurisexualidad.  Nos permitimos omitir esas largas consideraciones).
¿Qué tiene que ver la cultura con todo esto?, pregunta Klopper.  La cultura es el instrumento de una adaptación de tipo nuevo, ya que no tanto se elabora en base a las casualidades, cuanto cumple la tarea de adornar todo lo accidental de nuestra condición con la aureola suprema de lo inevitablemente necesario.
Su actividad se efectúa mediante la religión, las costumbres, leyes, órdenes y prohibiciones, a fin de transformar carencias en ideales, minus en plus, desventajas en ventajas, imperfecciones en perfecciones.  ¿El sufrimiento es una tortura?  Sí, pero ennoblece, e incluso trae la salvación.  ¿La vida es corta?
Sí, pero la existencia extraterrena dura eternamente.  ¿La infancia es molesta y boba?  Sí, pero idílica, angelical, poco menos que santa.  ¿La vejez es atroz?  Sí, pero prepara para la vida eterna; a los viejos hay que respetarlos porque son viejos.  ¿El hombre es un monstruo?  Sí, pero no por su culpa: nuestros primeros padres han hecho de las suyas, o bien el demonio se inmiscuyó en el acto divino.  ¿El hombre no sabe qué quiere, busca el sentido de la vida, es desgraciado?  Sí, pero eso es consecuencia de la libertad, que representa el valor supremo; si pagamos caro por poseerla, no debemos quejarnos: el hombre privado de la libertad sería más desgraciado de lo que es ahora.  Los animales —observa Klopper— no diferencian los excrementos de la carroña: evitan ambas cosas como desechos de la vida.  Para un materialista consecuente, la relación de los cadáveres con las heces debería tener el mismo significado.  Sin embargo, de estas últimas nos desprendemos secretamente y de los primeros, con pompa y solemnidad, empaquetando los despojos mortales en envoltorios costosos y complicados.  Así lo exige la cultura, como sistema de apariencias que nos ayudan a aceptar hechos indignos.  Las solemnes ceremonias de los entierros son unos medicamentos tranquilizantes contra nuestra protesta natural, contra nuestra rebelión provocada por la infamia de la mortalidad.  ¿No es, acaso, una infamia el hecho de que el cerebro, nutrido durante toda la vida de conocimientos cada vez más vastos, termine convirtiéndose en un charco de podredumbre?
Así pues, la cultura tiene la misión de suavizar las objeciones, indignaciones y pretensiones del hombre con respecto a la evolución natural, las propiedades del cuerpo, accidentalmente aparecidas, accidentalmente desacertadas, heredadas, sin haberlo deseado, de un proceso de adaptaciones sumarias desarrollado a lo largo de varios millones de años.  Víctimas de esta execrable herencia, marcados por el atropello incoherente de debilidades y estigmas anidados en nuestras células, nuestros huesos y nuestra carne, nos enfrentamos con la cultura, abogado defensor de lo que nos es adverso.  Su defensa se compone de un sinfín de mentiras y embrollos, de argumentos contradictorios, ora dirigidos a nuestros sentimientos, ora a la razón, ya que para este abogado todos los métodos son buenos, con tal de que logren su propósito: la transformación de signos negativos en positivos, la de nuestra miseria, nuestra debilidad e infortunio, en la virtud, la perfección y la necesidad ineludible.
La primera parte de la obra del profesor Klopper, resumida aquí en términos lacónicos, termina de modo altisonante, con un estilo teñido de grandilocuencia académica.  La segunda nos habla de la importancia que posee la comprensión de la función real de la cultura, necesaria para que podamos interpretar correctamente los signos precursores de un futuro que el hombre ha preparado para sí mismo al desarrollar la civilización científico-técnica.
¡La cultura es un error!, declara Klopper; la forma lacónica de esta afirmación nos recuerda la frase de Schopenhauer: «Die Welt ist Wille».  La cultura es un error, pero no en el sentido de su supuesto origen accidental.  No, al contrario, la cultura proviene de una necesidad perentoria, ya que sirve —como se demuestra en la primera parte— a la adaptación.  Sólo que su servicio es puramente mental: el hombre no se transforma realmente en un ser inmortal gracias a los dogmas de la fe y los mandamientos; la cultura no ofrece al hombre accidental, homini accidentali, un Dios Creador real.  No anula realmente el menor átomo de sufrimiento individual, dolor, tormento (aquí también Klopper es fiel a Schopenhauer): lo hace todo a nivel exclusivamente espiritual, teórico e interpretativo.  La cultura confiere un sentido a lo que carece de él en la inmanencia, separa el pecado de la virtud, la gracia de la caída, lo infame de lo sublime.
Pero he aquí que, primero lentamente, paso a paso, arrastrándose al principio sobre la chatarra de unas máquinas primitivas, la civilización técnica se introdujo bajo la cultura.  Tembló el edificio, se hicieron añicos las paredes de cristal, porque la civilización técnica promete mejorar al hombre, arreglar de veras su cuerpo, su cerebro y su alma.  La enorme fuerza, inesperadamente potenciada, de la información recogida durante siglos, que estalló como una bomba en nuestra centuria, proclama la posibilidad de una vida larga, cuyo límite se confunda, tal vez, con la inmortalidad; anuncia una madurez prolongada y pronta, sin envejecimiento; el incremento de los goces corporales y la reducción definitiva de sufrimientos, tanto «naturales» (senilidad), como «casuales» (enfermedad).  Pronostica la libertad donde hasta ahora el azar se asociaba con lo inevitable (libertad de determinar aspectos de la naturaleza humana, reforzar los talentos, conocimientos e inteligencia; libertad de conferir a los miembros humanos, a la cara, al cuerpo y a los sentidos las formas que se prefieran, funciones que duren casi eternamente, etc.). ¿Qué actitud debemos tomar ante esas promesas, confirmadas ya por muchas realizaciones?  Debemos iniciar una danza triunfal y dar la espalda a nuestra anacrónica cultura, ese bastón de cojo, muleta de inválido, silla de ruedas de paralítico, ese montón de parches destinados a cubrir la miseria de nuestro cuerpo y las deficiencias de nuestra penosa condición, esa vieja criada que ha servido demasiado tiempo.  ¿Acaso necesita prótesis alguien a quien pueden crecerle miembros nuevos?  ¿Le sigue haciendo falta el bastón al invidente si le devuelven la vista?  ¿Ha de pedir que lo cieguen de nuevo aquel a quien le quitan la venda de los ojos?  ¿No es más acertado mandar al museo ese trasto inútil y avanzar con paso firme hacia nuevos objetivos, nuevas tareas, difíciles pero magníficas?  Mientras la naturaleza de nuestros cuerpos, la lentitud de su maduración y la rapidez de su decadencia era un muro, una barrera infranqueable y la frontera de la existencia, la cultura facilitó a miles de generaciones la adaptación a ese deplorable estado de cosas.  Permitía aceptarlo y, más aún, se ocupaba —como dice el autor— de metamorfosear las faltas en valores y los defectos en virtudes.  Es como si el propietario de un coche viejo, feo y destartalado se enamorara de sus defectos y viera en su imperfección los síntomas de un ideal supremo, y en sus continuos fallos, las leyes de la Naturaleza y de la Creación, tomando los estornudos del carburador por la mismísima voluntad del Todopoderoso.  Mientras no exista ningún coche nuevo, esta política será justa, conveniente, la única acertada e incluso racional.  ¡Qué duda cabe!  Pero ahora, cuando en el horizonte resplandece un vehículo nuevo, ¿debemos abrazarnos a la carrocería abollada, desesperarnos porque vamos a perder ese colmo de la fealdad, pedir socorro ante la eficiente belleza del modelo nuevo?  Psicológicamente, esta clase de actitud tiene una explicación: demasiado tiempo —¡milenios!— duró el proceso de acostumbrar al hombre a su propia naturaleza remendada por la evolución; durante demasiado tiempo el hombre hizo el enorme esfuerzo de amar su condición con todas sus flaquezas, sus limitaciones, sus miserias y complicaciones fisiológicas.
El ser humano trabajó tanto en esto a través de las sucesivas formas culturales, tanto se sugestionó a sí mismo, tan fuertemente se convenció de que su destino era definitivo, único, excepcional y, sobre todo, carente de alternativas, que ahora, a la vista de la salvación, retrocede, tiembla, se tapa los ojos, grita de temor, vuelve la espalda al Salvador técnico, quiere huir lejos, al bosque, a cuatro patas o como sea.  Quiere romper con sus propias manos la flor de la ciencia, la maravilla del conocimiento, destrozarla, pisotearla, con tal de no entregar al almacén de chatarra los viejos valores que ha criado con su propia sangre, celado de la vigilia y en el sueño, hasta imponerse la obligación de amarlos.  Pero, desde el punto de vista racional, esta actitud tan absurda, este shock, este miedo, son, sencillamente, una tontería.
¡Sí, la cultura es un error!  Pero sólo en el sentido en que es un error cerrar los ojos a la luz, rechazar el medicamento en la enfermedad, pedir el incienso y las ceremonias de la magia cuando un sabio médico se encuentra junto al lecho del enfermo.  Este error no existía mientras la ciencia no se había elevado hasta la altura necesaria; este error no es otra cosa que las ganas de clavarse para siempre en el mismo sitio, la testarudez del asno, la oscura malevolencia, los espasmos de terror llamados por los «pensadores» el «diagnóstico intelectual de las transformaciones del mundo».  Tenemos que rechazar la cultura, ese sistema de prótesis, para confiarnos a la tutela de la ciencia.  La ciencia nos transfigurará y nos otorgará la perfección.  Y no una perfección imaginaria ni resultante de una convicción falsa, ni deducida de los sofismas de definiciones y dogmas esencialmente contradictorios y torcidos, sino puramente concreta, material, absolutamente objetiva: ¡la misma existencia será perfecta, y no sólo su teoría y su interpretación!  La cultura, el defensor de las Idioteces Operacionales de la Evolución, el abogaducho de una causa perdida, el patrocinador del primitivismo y la incuria somática, ha de largarse de aquí, puesto que el proceso del hombre entra en otro nivel, más alto, puesto que se está resquebrajando el muro de fatalidades hasta ahora inamovibles.  ¿El desarrollo técnico acaba con la cultura?  ¿Trae la libertad donde hasta ahora reinaba la opresión de la biología?  ¡Sí, indudablemente!  Y en vez de verter lágrimas sobre la cárcel que se está desmoronando, hay que apresurar el paso para salir cuanto antes de su oscuro recinto.  Por consiguiente (aquí empiezan las pausadas conclusiones del finale): todo lo que se dice acerca del peligro al que la nueva tecnología expone a la cultura tradicional, es pura verdad.  Pero no debemos preocuparnos por este peligro; no debemos pegar parches sobre las deshilacliadas costuras de la cultura, sujetar con grapas sus dogmas y defendernos contra la invasión de nuestros cuerpos y vidas por una ciencia mejor.  La cultura no deja de ser un valor, pero se convierte en un valor distinto: el anacrónico.  Ha sido la gran incubadora, la matriz, el nido donde proliferaron los inventos y parieron con dolor la ciencia.  Así como el embrión absorbe para desarrollarse la inerte y pasiva substancia del material nutricio del huevo, la técnica absorbe y digiere la cultura, incorporando en su desarrollo el material que la nutre.
Vivimos en una época de transición —dice Klopper— y nunca es tan difícil abarcar con la vista el camino recorrido y el que el futuro nos depara, como en las eras de transición, ya que en ellas suele darse el caos conceptual.  Sin embargo, no hay nada que detenga el implacable proceso.  En cualquier caso, no debemos creer que la transición entre el estado de la esclavitud biológica y el de la libertad autocreadora pueda constituir un solo y único acto.  El hombre no es capaz de perfeccionarse de una vez por todas.  El proceso de autotransformación continuará durante siglos.
«Me atrevo —dice Klopper— a afirmar que este dilema tan ofensivo para el pensamiento del humanista tradicional, atemorizado por la revolución científica, recuerda la nostalgia del perro por el collar que le están quitando.  Ese dilema se reduce a la creencia de que el hombre está formado de un amalgama de contradicciones absolutamente imposibles de eliminar, aunque fuera técnicamente factible.  En otras palabras, que no tenemos derecho a cambiar la forma del cuerpo, debilitar el impulso de agresividad, potenciar el intelecto, equilibrar las emociones, organizar de diferente manera el sexo, liberar al hombre de la vejez y de las complicaciones de la procreación… Y no tenemos derecho a hacerlo simplemente porque nadie lo había hecho hasta ahora: lo que nunca se hizo tiene que ser naturalmente muy malo.  Al humanista no se le puede decir, conforme a la ciencia, que las causas del estado actual del espíritu y el cuerpo humano son la resultante de una larga serie de juegos de azar del destino, de las infinitas convulsiones internas del proceso evolutivo, agitado constantemente por movimientos orogénicos, enormes glaciaciones, estallidos de estrellas, desplazamientos de polos magnéticos y un sinfín de otros incidentes.  ¿Debemos ver una especie de orden sagrado, intocable e inamovible, en lo que la evolución de los animales primero y luego la de los antropoides ha montado como se monta un sorteo de lotería?  ¿En lo que se ha grabado de día en día en los genes como por arte de unos dados tirados sobre la mesa de juego?  ¿Dónde está la razón de hacerlo?  Aparentemente, estamos ultrajando la cultura con nuestro diagnóstico sobre su modo de proceder, defendible en cuanto a la intención, pero que, de hecho, es la mayor, la más difícil, la más fantasiosa y falsa de las mentiras que el homo sapiens ha elaborado, para aferrarse a ella, una vez expulsado al espacio de la existencia racional desde aquel antro tenebroso donde el proceso de la evolución graba sus trucos de tahúr en los cromosomas.  Todo ese juego es una trampa sucia, sin el menor valor ni objetivo de índole superior; si lo dudamos, he aquí un hecho convincente: se trata solamente de vivir hoy, y nadie se preocupa —ni por el amor de Dios ni por el del diablo— de lo que pasará mañana con aquellos que viven su día de hoy con tanta aceptación, oportunismo y obediencia, en una palabra: con tanta bajeza.  Sin embargo, como todo ocurre exactamente al revés de lo que sueña el humanista muerto de miedo, obtuso e ignorante, que se hace pasar sin el menor derecho por racionalista, la cultura será socavada, parcelada, desmontada y mejorada, conforme a los cambios experimentados por el hombre.  En una existencia determinada por el juego sucio de los genes y el oportunismo de la adaptación, no hay ningún misterio: sólo el Katzenjammer de los engañados, el mal recuerdo de nuestro antepasado simiesco, el subir al cielo por una escalera imaginaria, de la cual siempre te vienes abajo (porque la biología te tira de los pies), aunque te pongas alas de pájaro, aureolas, inmaculadas concepciones, o bien quieras afirmarte en un heroísmo hecho por encargo.  Podemos estar seguros de que no será destruido nada que fuera necesario.  Sólo se desvanecerá lentamente el tinglado de supersticiones, desinformaciones, subterfugios, gatos por liebre, en una palabra: toda la sofística a la cual la desgraciada humanidad se había agarrado durante siglos para hacer más soportable su atroz condición.  De la nube de la explosión informática asomará en el siglo próximo el Homo Optimíssans Se Ipse, Autocreátor, y se reirá de nuestras Casandras (si es que tiene con qué reírse).  Debemos alegrarnos de esta posibilidad, considerarla como un concurso de circunstancias cósmicas y planetarias increíblemente ventajoso, y no temblar de miedo ante la fuerza que salvará a nuestra estirpe del cadalso y nos quitará las cadenas que arrastramos hasta el agotamiento de nuestras fuerzas físicas y nos ahogamos en la agonía.  Y aunque el mundo entero continuara expresando su conformidad con el estado de cosas con el que la evolución nos ha marcado como con un hierro candente, yo nunca estaré de acuerdo con él y aun en mi lecho de muerte gritaré: ¡Fuera la Evolución, Viva la Autocreación!» La extensa obra, con cuya cita terminamos nuestra crítica, es muy aleccionadora.  Lo es, sobre todo, porque revela que no hay cosa, por mala y desafortunada que parezca a unos, que otros no tomen por salvadora y digna del mayor encomio.  Este crítico no cree que la evolución tecnológica pueda considerarse una panacea existencial para la humanidad, aunque sólo fuera porque los criterios de optimación son demasiado relativos como para poder establecer una pauta universal (o sea, un código inequívoco de comportamientos salvadores, formulado en el lenguaje empírico).  En cualquier caso, recomendamos La cultura como error a la atención de los lectores, ya que representa un notable intento de esclarecer el futuro, todavía oscuro a pesar de los esfuerzos reunidos de futurólogos y pensadores de la categoría de Wilhelm Klopper.

SEXPLOSIÓN, de Simón Merril

 Si hemos de creer en lo que dice el autor —y cada vez con mayor frecuencia nos vemos obligados a creer en los autores de ciencia ficción— la actual riada de sexo se va a convertir en un diluvio en los años ochenta.  Pero la acción de la novela Sexplosión empieza veinte años más tarde, en una Nueva York cubierta de masas de nieve, durante un crudo invierno.  Un anciano de nombre desconocido camina con dificultad, hundiéndose en la nieve y chocando con los coches sepultados, llega a un rascacielos oscuro y silencioso, saca del bolsillo una llave ligeramente entibiada por el contacto con su cuerpo, abre un portal de hierro y baja al sótano.  El camino recorrido por el hombre y unos recuerdos intercalados constituyen el contenido de la novela.
Aquel subterráneo sumido en una oscuridad rasgada solamente de trecho en trecho por el débil haz de luz de una linterna, sostenida por la mano temblorosa del anciano, era una especie de museo o, tal vez, una sección de expedición (o más bien sex-pedición) de un consorcio poderoso de la época en que América invadió una vez más Europa.  La manufactura semiartesanal de los europeos se vio enfrentada con la marcha implacable de la producción automatizada, obteniendo una victoria instantánea el coloso postindustrial de la ciencia y la técnica.  En el campo de batalla quedaron en pie tres consorcios: GENERAL EXOTICS, CIBERBORDELICS y LOVE INCORPORATED.  Cuando la producción de estos gigantes estaba en su apogeo, el sexo —hasta entonces una diversión privada, una gimnasia colectiva, un hobby, o un coleccionismo artesanal— se convirtió en la filosofía de la civilización.  McLuhan, un viejo robusto que vivió hasta aquellos tiempos, demostró en su GENITOCRACY que ése, precisamente, ha sido el destino de la humanidad desde que ésta escogió el desarrollo técnico, y que ya los remeros de la antigüedad encadenados a las galeras, los leñadores del Norte con sus sierras, la máquina a vapor con su cilindro y émbolo, habían marcado el ritmo, la forma y el sentido de los movimientos que componen la actividad sexual, o sea, el sentido del hombre.
La despersonalizada industria USA absorbió las sabias posiciones del Oriente y del Occidente, transformó las trabas medievales en cinturones de incastidad, indujo a los artistas a proyectar copuladores, sexarios, magnopenes, megaclitos, vaginetas, pornotas, puso en marcha convoyes esterilizados de los cuales empezaron a bajar sadomóviles, cohabiteros, sodómnicos caseros y gomorcados públicos y fundó, al mismo tiempo, unos institutos científicos de investigación, dedicados a luchar por la liberación del sexo de la servidumbre de perpetuar el género humano.
El sexo dejó de ser una moda, ya que se había convertido en una fe.  El orgasmo pasó a ser un deber ineludible y constante; sus contadores con saetas rojas ocuparon el sitio de los teléfonos en las oficinas y en la calle.  Entonces, ¿quién era el anciano errante por los corredores de las salas subterráneas?
¿Un consejero jurídico de GENERAL EXOTICS?  En sus recuerdos aparecen unas causas famosas, que habían llegado hasta el Tribunal Supremo, sobre el derecho a reproducir mediante maniquíes el aspecto físico de personas famosas, empezando por la First Lady de Estados Unidos.  GENERAL EXOTICS ganó el juicio al precio de doce millones de dólares y ahora la luz trémula de una linterna se refleja en las polvorientas campanas de plástico, bajo las cuales permanecen las primeras estrellas de cine y las primeras damas de la alta sociedad mundial, princesas y reinas con magníficos atuendos, impuestos, como una condición inexcusable, por el fallo del tribunal.
En el transcurso de un decenio, el sexo sintético progresó de un modo espectacular, desde los primeros modelos, hinchables o de cuerda, hasta unos prototipos con regulación térmica y acoplamiento retroactivo.  Los originales habían muerto mucho tiempo atrás, algunos de ellos vivían aún, convertidos en viejas momias; pero el teflón, el nilón, el dralón y el Sexofix habían resistido a la acción del tiempo y, como en un museo de figuras de cera, las bellas damas, arrancadas a las tinieblas por la luz de la linterna, miraban al anciano con una sonrisa fija en los labios.  Todas ellas tenían en la mano una cassette con un programa de seducción grabado (la sentencia del Tribunal Supremo prohibía al vendedor colocar la cinta en el maniquí, pero cada comprador podía hacerlo en privado en su casa).
Los lentos y vacilantes pasos del viejo solitario levantaban torbellinos de polvo, a través de los cuales se transparentaban en rosa pálido, en el fondo de la sala, unas escenas de amor colectivo (las había incluso de treinta personas), parecidas a enormes rosquillas o cocas apretadamente trenzadas.  ¿Era, tal vez, el mismo presidente de GENERAL EXOTICS quien andaba por los estrechos pasadizos entre los gomorcados y los acogedores sodómnicos?  ¿O, quizá, el proyectista principal del consorcio, aquel que había dado forma genital primero a América y luego al mundo entero?  El aposento contiguo estaba lleno de paneles con sus mandos y programas, con aquel precinto de plomo de la censura por el cual se había entablado una causa jurídica a seis niveles, así como de montones de contenedores, listos para el envío a los países de allende los mares, repletos de bolas japonesas, olfatorios, cremas preamatorias y miles de otros artículos de esa clase, previstos de instrucciones para el uso y folletos explicativos.
Era la épica de una democracia por fin conseguida, donde todos podían hacerlo todo con todos.  Atentos a los consejos de sus propios futurólogos, los consorcios contravinieron el decreto antitrust, se repartieron clandestinamente el mercado mundial, desarrollando, cada uno de los tres, una especialización diferente.  El GENERAL EXOTICS promocionaba la igualdad de derechos entre la norma y la desviación, y los dos consorcios restantes invertían grandes capitales en la automatización.  Para convencer al público de que la saturación del mercado era imposible, ya que la gran industria, si es de veras grande, no se limita a cubrir, simplemente, las necesidades sino que las crea, se comercializaron prototipos de mayales para la flagelación, de trilladoras y de azotadoras especiales.  Los medios antiguos de lascivia doméstica fueron a parar junto a los sílex y los palos de los hombres de Neardenthal.  Los hombres de ciencia organizaron unos cursillos preparatorios de seis u ocho años de duración, que daban acceso a la carrera superior de ambas eróticas, e inventaron el neurosexátor y toda clase de silenciadores, filtros antirruidos, masas aislantes y aspiradores especiales de sonidos, para que los vecinos no perturbaran mutuamente su reposo y su goce con gritos inmoderados.
Sin embargo, era preciso seguir adelante, siempre y con valor, ya que el estancamiento es la muerte de la producción.  Ya estaba en vías de planificación y modelado un Olimpo para uso individual, ya se formaban en las rutilantes factorías de CYBER-BORDELICS los primeros androides de plástico parecidos a las diosas y dioses griegos.  Incluso se estaba pensando en los ángeles, para cuya fabricación había sido prevista una reserva financiera para los costos de eventuales juicios intentados por las Iglesias.  Por otra parte, había que dar una solución a ciertos problemas técnicos: ¿Que material usar para las alas?  La pluma natural podía hacer cosquillas en la nariz.  ¿Debían ser movibles?  ¿No sería una molestia?  ¿Y la aureola?  ¿Qué clase de interruptor de su luz y dónde colocarlo?  Etc., etc. Entonces se abatió como un rayo la catástrofe.
La substancia química necesaria para la producción, llamada —en clave— NOSEX, había sido sintetizada ya mucho tiempo atrás, tal vez en los años setenta.  Conocía su existencia sólo un pequeño grupo de profesionales iniciados.  El producto, obtenido por los laboratorios de una modesta empresa relacionada con el Pentágono, fue considerado al principio como un arma secreta.  En efecto, el NOSEX, aplicado en aerosol, podía diezmar la población de cualquier país, ya que la ingestión de una fracción de miligramo de la preparación eliminaba todas las sensaciones que acompañan al acto sexual.  El mismo seguía siendo posible, pero sólo como una especie de trabajo físico bastante agotador, como, por ejemplo, el lavado y planchado de la ropa.
Después se tomó en consideración el proyecto de utilizar el NOSEX para frenar la explosión demográfica en el Tercer Mundo, pero la idea fue archivada, a causa del peligro que implicaba.
¿Cómo ocurrió la catástrofe mundial?  Nadie lo sabe.  ¿Es cierto que los almacenes de NOSEX volaron a consecuencia de un cortocircuito que inflamó un depósito de éter?  ¿Fue, acaso, un acto de sabotaje cometido por unos enemigos industriales de las tres compañías, dueñas del mercado?  ¿O bien tuvo algo que ver con ello una organización revolucionaria, ultraconservadora o religiosa?  Nunca conoceremos la respuesta.
Fatigado por su vagabundeo en la inmensidad de los sótanos, el anciano se sienta en las suaves rodillas de una Cleopatra de plástico (después de haber apretado bien los frenos), y dirije sus pensamientos —como a un abismo— hacia el gran colapso de 1998.  En un día, corno por reflejo de repulsa, el público se volvió de espaldas a todos los productos que colmaban el mercado.
Lo que ayer tentaba, hoy tenía el mismo atractivo para la gente que la vista del hacha puede tener para un leñador cansado, o la de un barreño para una lavandera.  El eterno (al parecer) encanto, aquel embrujo impuesto por la biología al género humano, se esfumó sin dejar rastro.  Desde entonces, los pechos sólo evocaban el recuerdo de que los hombres eran mamíferos, las piernas, de que podían andar, y las posaderas, de que tenían sobre qué sentarse.  ¡Nada más!  ¡Absolutamente nada!  Dichoso McLuhan por no haber llegado en vida a esta catástrofe, él, quien en sus obras había interpretado la catedral y el cohete cósmico, el motor de reacción, la turbina, el molino de viento, el salero, el sombrero, la teoría de la relatividad, los paréntesis de las ecuaciones matemáticas, los ceros y los signos de admiración como otros tantos sucedáneos y sustitutivos de esa única actividad que equivale a la percepción de la existencia en estado puro.
Toda esta argumentación perdió su fuerza en pocas horas.  La humanidad se vio amenazada por el trance de morir sin dejar descendencia.  Todo empezó por una crisis económica, comparada con la cual, la del año 1929 era una bagatela.  Su primera víctima fue el comité de redacción del Playboy, que se prendió fuego y pereció entre las llamas.  Pasaban hambre y saltaban por la ventana los empleados de los locales de strip-tease, hicieron bancarrota las revistas ilustradas, grandes consorcios de publicidad, institutos de belleza, grandes productoras de películas, se tambaleó toda la industria calitécnica y de perfumería, luego la de ropa interior; en el año 1999, en América había 32 millones de parados.
Entonces, ¿qué podía interesar todavía al público?  Fajas para los herniados, jorobas sintéticas, pelucas de pelo gris, individuos afectados de parálisis y temblores, en sus sillas de ruedas, ya que era lo único que no se asociaba con el esfuerzo sexual, esa pesadilla, esos trabajos forzados; interesaba lo único que parecía garantizar la falta de una circunstancia erótica, o sea, el descanso y la tranquilidad.  Por aquel entonces, los gobiernos, conscientes del peligro, emprendieron la movilización de todas las fuerzas, para salvar la especie.  Los artículos de la prensa apelaban a la razón y al sentido de responsabilidad, los sacerdotes de todas las confesiones aparecían en la televisión, desplegando las más convincentes persuasiones y evocando los altos ideales del hombre; pero aquel coro de voces autorizadas no era capaz de vencer la indiferencia de los oyentes.  No surtían efecto ni los manifiestos ni las arengas, que imploraban que los humanos vencieran su repugnancia.  Los resultados eran insignificantes: una nación tan sólo, la japonesa, extremadamente disciplinada, obedeció, apretando las mandíbulas, a las consignas oficiales.  En vista del fracaso, las autoridades instituyeron unos incentivos materiales especiales, diplomas de honor, distinciones, primas, premios, condecoraciones, medallas y concursos de fornicación.  Cuando esta política falló a su vez, vinieron las inevitables represiones.  En respuesta, las poblaciones de regiones enteras se negaron en rotundo al deber procreativo, la juventud buscó refugio en los bosques, la gente mayor producía unos certificados de impotencia falsificados, el soborno corrompía las comisiones sociales de control y vigilancia; cada persona se prestaba a controlar eventualmente al vecino, pero ella misma, en cuanto podía, evitaba aquella tarea agotadora.
La época de la catástrofe ya es solamente un recuerdo surgido en la mente del anciano solitario, sentado en los sótanos en el regazo de Cleopatra.  La especie humana no se extinguió.  La procreación se efectúa actualmente de modo sanitario, aséptico e higiénico, parecido a una vacunación; al cabo de años de inseguridad y peligro, sobrevino una cierta estabilización.  Sin embargo, la cultura no soporta el vacío; la tremenda sensación de falta de vivencias, generada por la implosión del sexo, introdujo la gastronomía en el puesto vacante.  Esta última se divide en normal y viciosa; existen perversiones gulísticas, álbums de pornografía restauradora, y la absorción de alimentos en ciertas posiciones se considera terriblemente indecente.  Está prohibido, por ejemplo, comer fruta de rodillas (la secta de viciosos de la posición arrodillada lucha actualmente por conseguir esta libertad), no se permite comer espinacas ni huevos revueltos con las piernas levantadas hacia el techo.  Pero hay (¡naturalmente!)  Unos locales clandestinos donde los expertos y los «gourmets» disfrutan de espectáculos obscenos: a la vista de los concurrentes, unos plusmarquistas especiales se atiborran de tal suerte que a los espectadores se les hace la boca agua.  De Dinamarca llegan de contrabando unos álbums pornoalimenticios, donde se muestran verdaderos horrores (sin excluir la consumición de huevos revueltos a través de una pajita, mientras el consumidor, removiendo con los dedos un plato de espinacas sazonadas con una gran cantidad de ajo y, al mismo tiempo, oliendo salsa de carne al chile, yace encima de la mesa envuelto en un mantel, con las piernas atadas con una cuerda enganchada al molinillo de café, que sustituye en la orgía descrita la lámpara de techo).  El premio Femina ha sido adiudicado este año a una novela cuyo protagonista frotaba el suelo con crema de trufa y luego lo lamía, habiéndose revolcado previamente en spaghetti.  Cambió también el ideal de la belleza: ahora hay que ser un gordinflón de ciento treinta kilos de peso, ya que así se demuestra una capacidad extraordinaria del sistema digestivo.  También la moda ya no es la de antes: no hay manera de distinguir a la mujer del hombre por lo que lleva encima.  En los parlamentos de los estados más evolucionados se está debatiendo la cuestión de la posibilidad de iniciar a los niños en edad escolar en los secretos de los procesos digestivos.  Hasta ahora, el tema, por indecente, constituye un tabú hermético.
Finalmente, las ciencias biológicas tomaron por objetivo de su desarrollo la liquidación del sexo, un órgano prehistórico superfluo.  Los embriones serían concebidos sintéticamente y criados conforme a los programas de la ingeniería genética, obteniéndose por este sistema unos individuos asexuados, lo que acabaría de una vez por todas con aquellos recuerdos espantosos de los cuales no puede librarse la memoria de los que han vivido la catástrofe del sexo.  En unos laboratorios llenos de luz, verdaderos templos del progreso, nacerá el magnífico hermafrodita, mejor dicho, el ser sin sexo, y la humanidad, lavada de su infamia anterior, podrá hartarse de toda clase de frutos, prohibidos únicamente por la gastronomía.

 

Vacío Perfecto. Stanislaw Lem

La crítica de libros inexistentes

  La crítica de libros inexistentes no es una invención de Lem.  Encontramos intentos parecidos no sólo en un escritor contemporáneo como J. L. Borges (por ejemplo, Examen de la obra de Herbert Quain, en el tomo Ficciones), sino en otros mucho más antiguos, y ni siquiera Rabelais fue el primero en poner en práctica esa idea.  Sin embargo, Vacío perfecto constituye una especie de curiosum, por cuanto la intención del autor es presentarnos toda una antología de esta clase de críticas.  ¿Cuál fue su propósito?  ¿El de sistematizar la pedantería o la broma?  Sospechamos que en este caso se trata de un subterfugio jocoso, viéndose confirmada esta impresión por la introducción, interminable y muy teórica, donde leemos: «Al escribir una novela se pierde en cierta forma la libertad creativa.  (.  ) La tarea de criticar los libros, es, a su vez, una especie de trabajos forzados, aún más faltos de nobleza.  Del autor podemos decir, al menos, que se aliena a sí mismo sometiéndose al tema que ha escogido.  El crítico se encuentra en una situación peor: como el presidiario a su carretilla, así está él encadenado a la obra que analiza.  El escritor pierde la libertad en su propio libro; el crítico, en el ajeno.» La exageración de estas simplificaciones es demasiado patente para que la tomemos en serio.  En el párrafo siguiente de la introducción (Autozoilo) leemos: «La literatura nos ha hablado hasta ahora de personajes de ficción.
Nosotros iremos más lejos: hablaremos de libros de ficción.  En ello vemos una posibilidad de recuperar la libertad creativa y un ensamblaje de dos espíritus contradictorios: el del autor y el del crítico.» El Autozoilo —razona Lem— será una creación libre «al cuadrado», puesto que el crítico del texto, si está integrado en el mismo, tendrá una mayor posibilidad de maniobra de la que tiene el narrador de una literatura más o menos tradicional.  Con esto sí podemos estar de acuerdo, ya que la literatura, hoy día pone todo su afán en situarse a la mayor distancia de la obra creada, como el atleta se afana en no perder el aliento hasta el final de la prueba.  Lo malo es que la erudita introducción no termina nunca.  Lem habla en ella de los aspectos positivos de la nada, de objetos ideales de las matemáticas y de nuevos metaniveles del lenguaje.  Todo esto, si es una broma, resulta un tanto cargante.  Y, lo que es más, esta introducción sirve a Lem para engañar al lector (y tal vez a sí mismo), ya que Vacío perfecto se compone de unas seudorreseñas que no son, tan sólo, un compendio de chistes.  Yo las dividiría, en desacuerdo con el autor, en los tres grupos siguientes: 1) Parodias, «pastiches» y burlas: a este grupo pertenecen Robinsonadas, Nada o la consecuencia (ambos textos satirizan, cada uno a su manera, el «Nouveau Román»), y, eventualmente, también Tú y Gigamesh.  Señalemos que la posición adoptada en Tú es bastante arriesgada, ya que inventar un libro malo para poder destrozarlo en una crítica porque es malo es realmente un recurso fácil.  Formalmente, la más original es Nada o la consecuencia, por la sencilla razón de que nadie podría escribir ese libro, de modo que en este caso el subterfugio de una seudorreseña representa una hazaña casi acrobática: se nos ofrece la crítica de una obra que no sólo no existe, sino que no puede existir.  La que menos me gusta es Gigamesh.  Se trata del típico «gato por liebre», y me pregunto si tiene sentido ridiculizar con estos procedimientos una auténtica obra de arte.  Tal vez sí, si uno mismo no es capaz de escribirla.
2) Apuntes en borrador (al fin y al cabo, no son más que unos borradores sui géneris), tales como: «Gruppenführer Louis XVI», «Idiota», o bien «Cuestión del tempo».  Cada uno de ellos podría ser, quizás, el embrión de una buena novela.  Sólo que esas novelas primero tendrían que ser escritas.  El resumen, crítico o no, no es, en última instancia, sino un aperitivo que nos abre el apetito para una comida que nadie se cuidó de preparar.  ¿Por qué nos privan de ella?
La crítica a base de insinuaciones no es juego limpio, pero, por una vez, me permitiré el lujo de hacerla.  El autor tenía ideas para cuya realización íntegra no estaba capacitado; no sabía escribir novelas, pero le dolía dejar de escribirlas: he aquí la explicación de esta parte de Vacío perfecto.  Lem, lo bastante sagaz como para prever una objeción de este tipo, decidió refugiarse tras una introducción.  Por eso habla en Autozoilo de la pobreza de la materia prima creativa, de la pesadez artesanal de fabricar frases del tipo «la marquesa salió de casa a las cinco», etc. Pero la buena materia prima no es pobre.  Lem tuvo miedo de las dificultades implicadas en cada uno de los tres títulos (citados por mí sólo a modo de ejemplo).  Prefirió no arriesgarse, nadar y guardar la ropa y salirse por la tangente.  Al decir que «cada libro es la tumba de un sinfín de otros, eliminados y desplazados por él», da a entender que la cantidad de sus ideas es mayor que la de su tiempo biológico (Ars longa, vita brevis).  Sin embargo, en Vacío perfecto no hay demasiada profusión de ocurrencias relevantes y prometedoras.  Lo que en el libro abunda son las exhibiciones de habilidad que he mencionado antes, concretadas en una serie de bromas.  Así y todo, sospecho que hay otra cosa, más seria, la nostalgia de algo imposible de realizar.
Me convence de que no me equivoco el último grupo de obras contenidas en el volumen, al que pertenecen, por ejemplo, De Imposibilitate Vitae, La Cultura como error y, sobre todo, La Nueva Cosmogonía.
La Cultura como error contradice por completo las opiniones que Lem había proclamado a menudo, tanto en sus novelas como en sus ensayos.  La eclosión de la tecnología, que antes tachara de liquidadora de la cultura, es elevada aquí al rango de libertadora de la humanidad.  Lem se manifiesta apóstata por segunda vez en De Imposibilitate Vitae.  No nos dejemos engañar por el divertido absurdo de las largas cadenas causales de la crónica familiar: no se trata de la comicidad anecdótica, sino del ataque al Sancta sanctorum de Lem, es decir, a la teoría de la probabilidad, el azar, la categoría sobre la cual edificó sus numerosas y vastas concepciones.  El ataque tiene lugar en una situación bufonesca, lo que atempera un poco su actitud.  ¿Estuvo tal vez concebida, aunque fuera por un momento, como obra no grotesca?
La Nueva Cosmogonía nos saca de dudas; es una verdadera piéce de resistance del libro, escondida en él como un caballo de Troya.  Ni es una broma, ni una reseña de ficción; ¿qué es, pues?  Una broma, armada de argumentación científica tan masiva, resultaría plomiza: todos sabemos que Lem se tragó todas las enciclopedias y que basta con sacudirle un poco para que hormigueen por doquier logaritmos y fórmulas.  La Nueva Cosmogonía es un discurso imaginario de un premio Nobel, donde se nos propone una imagen revolucionaria del universo.  Si no conociese ningún otro libro de Lem, podría suponer que se trata de un chiste para unos treinta iniciados, físicos y relativistas del mundo entero.  Sin embargo, esta interpretación no parece verosímil.  ¿Qué queda?  Vuelvo a sospechar que se trata de un concepto que deslumbró al autor y que le asustó.  Naturalmente, nunca lo recoconocerá, y ni yo ni nadie podrá demostrar que se tomó en serio la imagen de un Cosmos- Juego.  Siempre puede aducir lo humorístico del contexto y el mismo título del libro, Vacío perfecto: se está hablando «de nada»; por otra parte, la licentia poética es el mejor pretexto.
No obstante, yo creo que en todos esos textos se oculta la seriedad.  ¿El Cosmos entendido como Juego?  ¿Una física intencional?  Lem, adorador de la ciencia, postrado a los pies de su santa metodología, no podía asumir el papel de su mayor heresiarca y apóstata.  Por consiguiente, no pudo introducir semejantes ideas en ninguno de sus ensayos.  Tampoco le convenía convertir estos conceptos en el eje de una intriga narrativa, ya que ello equivaldría a escribir un libro más, entre tantos, del género de la ciencia ficción convencional.
¿A qué acogerse, pues?  Lo más razonable hubiera sido callarse.  Por otro lado, los libros que un autor no escribe ni escribiría por nada del mundo, los libros que se pueden atribuir a escritores imaginarios, ¿no se asemejan acaso, por el mero hecho de no existir, a un silencio solemne?  ¿Se puede poner una distancia mayor entre uno mismo y los propios pensamientos heterodoxos?  Si se habla de esos libros, esas manifestaciones, como de una obra ajena, significa casi que se habla guardando silencio.  Especialmente si todo transcurre en una escenificación humorística.
Una larga y lenta gestación del hambre de un realismo sólido, unos pensamientos demasiado atrevidos (aun confrontados con la propia ideología del autor), para que se los pueda expresar directamente, unos ensueños inalcanzables: he aquí lo que engendró Vacío perfecto.  La introducción teórica que pretende justificar este «nuevo género de literatura» es, de hecho, una maniobra para desviar la atención, al igual que el prestidigitador, con un movimiento muy ostensible, desvía nuestra vista de lo que hace en realidad.
Lem quiere hacernos creer que asistimos a una exhibición de su habilidad, pero en realidad se trata de algo muy distinto.  No es el truco de la «seudocrítica» lo que dio origen a esos escritos, sino éstos los que, buscando —en vano— la manera de ser expresados, se sirvieron del truco, hallando en él la excusa y el pretexto.  En ausencia del truco, todo esto hubiera quedado en los dominios del silencio, ya que representa una traición a la fantasía en provecho de un realismo bien concreto, una abjuración del empirismo y una herejía contra la ciencia.  ¿Creyó Lem que su maquinación pasaría desapercibida?  Con lo sencilla que es de descubrir: proferir a gritos, riéndose, lo que no se hubiera atrevido a decir, ni siquiera en voz baja, en serio.  A pesar de lo que leemos en la introducción, el crítico no está «encadenado al libro como el condenado a trabajos forzados a su carreta».  Su libertad estriba, no en su poder de alabar o denigrar el libro, sino en la posibilidad de observar al autor de la obra criticada como si lo hiciera a través de un microscopio: en este caso.  Vacío perfecto es una narración sobre las cosas deseadas, pero imposibles de obtener.  Es un libro sobre sueños que jamás se cumplen.  Y el único ardid que le queda todavía a Lem sería un contraataque: afirmar que no fui yo, el crítico, sino él mismo, el autor, quien escribió la presente reseña, e incluirla, como un texto más, en Vacío perfecto.
 

La poesía no es un hobbit

La poesía no es un hobbit
Pronto se darán a conocer en castellano poemas inéditos de J. R. R. Tolkien escritos entre los años ’20 y los ’60. A pesar de haber sido opacada por su obra narrativa, su producción lírica fue la fuente de muchos temas y personajes de El señor de los anillos.

La editorial Minotauro presentará el próximo 15 de noviembre en España Las aventuras de Tom Bombadil, una edición bilingüe de 16 poemas inéditos de Tolkien, que contará con las ilustraciones de Pauline Baynes. La obra poética que escribió entre 1922 y 1962, si bien se vio eclipsada por su costado narrativo, fue muy importante en su carrera. A tal punto que amplios fragmentos de sus obras en prosa fueron desarrollados previamente en verso, y algunos de esos versos inspiraron pasajes y personajes de El Hobbit y El señor de los anillos, como es el caso de Tom Bombadil y Baya de Oro, que se han convertido en algunos de sus personajes más conocidos y entrañables.

Además de haber escrito la exitosísima saga, Tolkien era un filólogo que dominaba más de veinte idiomas y cuya pasión por la lingüística lo llevó a crear cinco lenguas a partir de las cuales desarrolló su mitología. Alguna vez escribió que, de ser coherentes, hablaríamos como poetas “porque la esencia del mundo se ha ido ensanchando, y ahora la realidad tan sólo es comunicable de mente en mente por medio de actos creativos, de nuevas maneras de designar la multiplicidad del ser de las cosas”. Es así que la raíz, tanto de su literatura como de sus postulados teóricos, se encuentra en el valor metafórico de las palabras, ya que, según él mismo reconocía, el complejo significado del mundo exige las herramientas necesarias para la invención de mundos secundarios, es decir, la poesía. Y es que sólo él se ha atrevido a experimentar –por ejemplo– una actualización del metro anglosajón en el inglés actual, lengua que encontraba escasa y pobre para designar la realidad.

Precisamente, a Tom Bombadil lo hizo hablar en versos aliterados, siguiendo la métrica del verso anglosajón adaptada al inglés moderno. De hecho, este personaje canta más que habla. Bombadil era el nombre que Tolkien le puso a un muñeco holandés, vestido con chaqueta azul brillante y zapatos amarillos, que habiéndoselo regalado a su caprichoso hijo, terminó en el inodoro. La serie de los poemas inspirados en este muñeco la completó en 1962, aunque nunca se publicó. Finalmente, el personaje fue utilizado para protagonizar un episodio bastante aislado en El señor de los anillos. Algunos críticos y traductores como Fernando Savater coincidieron en leer este libro inédito de Tolkien como una valiosa herencia de los románticos, desde Coleridge hasta Tennyson. De esa herencia presentamos un fragmento:

Las aventuras de Tom Bombadil

Tom Bombadil el viejo era un alegre tipo;
chaqueta azul brillante, zapatos amarillos,
de verde cinturón, las calzas de buen cuero,
y una pluma de cisne sujeta en el sombrero.
Vivía en la Colina; por allí el Tornasauce
de su fuente yerbosa se escurría hacia el valle.

El viejo Tom cruzaba los prados en verano
haciendo a las abejas cosquillas con la mano,
recogiendo ranúnculos, corriendo tras las sobras,
sentado en la ribera durante horas y horas.

“¡Eh, Tom Bombadil! Dime, ¿a dónde te diriges?”,
le dijo Baya de Oro. “Tus burbujas afligen
a peces escamosos y a pardas ratas de agua,
¡y al somormujo asustas, y tu sombrero empapas!”
“Simpática doncella, el sombrero has de darme”,
le respondió Tom Bombadil. “No quiero ya mojarme.
¡Sumérgete! ¡A dormir a las oscuras charcas
bajo raíz de sauce, pequeña dama de agua!”

Leo Ferré, el último de los poetas malditos de Francia

Ficha de historia o anecdotario:

JAVIER MEMBA
Más conocido como cantante -tal vez fuera la figura más compleja no ya de la canción francesa, sino de la universal- Leo Ferré fue también el último de los poetas malditos que diera la lengua de Baudelaire, además de un estimable novelista en títulos como la autobiográfica \’Benoît Misère\’.  No es en modo alguno baladí que Alain Verjat lo incluyera en el capítulo dedicado a la literatura gala de postguerra de la "Historia universal de la literatura" o que Raymond Queneau escribiera sobre él, y el resto de los cantantes que animaban los establecimientos donde bebían los existencialistas: "La canción no es en absoluto un arte menor.  En pocos años se ha convertido en algo inteligente, divertido, sensible, satírico, en una palabra, interesante".

Nacido en Mónaco, el 24 de agosto de 1916, el origen de su rebeldía se remonta a su estancia en el colegio de Saint-Charles, de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, en la localidad italiana de Bordighera.  Señala Sergio Laguna, el biógrafo español del gran Ferré, que "las pequeñas injusticias gratuitas, los sórdidos y lamentables sentimientos de egoísmo que le rodearon" le impulsaron a desarrollar el "juicio crítico y a conocer la trama de los escondidos intereses que gobiernan la sociedad".  El mismo Ferré titula "En prisión" el capítulo dedicado a su internado de \’Benoît Misère\’ y apunta en él: "sotanas negras de mi duelo de ocho años, que tenían debajo de los faldones de hombre un sexo de hombre, y una verdadera enfermedad de la soledad.  Gigantescos bolsillos agujereaban la virtud de estos miserables, en los que sus manos removían, pienso hoy día, toda una ciénaga de húmedos deseos".

Estudiante de leyes, Ciencias Políticas y Filosofía en el París de 1935, lo que verdaderamente le interesa a la sazón es la poesía y la música.  Aunque acaba las tres carreras que empieza obedeciendo a los deseos de su familia, nunca llegará a ejercer ninguna de ellas.  Émulo de Thoreau, inicia una experiencia rural en una granja abandonada de Provenza.  Pero a Madelaine, su mujer de entonces le aburre el campo y el poeta ha de regresar a la ciudad.  Tras una experiencia como locutor en Radio Montecarlo, Leo Ferré llega a París en 1946.  Sus canciones de entonces son "Le Scaphandrier", "Les temps de roses rouges", "L’inconnu de Londres" y las interpreta en Le Boeuf sur le Toit, un cabaret frecuentado por Jean Cocteau, René Clair y la crema de la intelectualidad.  El éxito no se hace esperar.  Durante las cinco décadas siguientes compondrá casi 600 piezas, pero jamás llegará a entrar en los cauces al uso por los cantantes convencionales.  Lo suyo "es la locura lúcida", escribe Laguna.

Prologuista de \’Poemas Saturninos\’ en una de las ediciones más logradas del texto de Verlaine, la bibliografía de Ferré incluye ensayos, críticas y monólogos.  Tal vez estos últimos, que el artista recitaba en el escenario con violencia, sean lo más representativo de su personalidad.  Anarquista confeso, sus recitales fueron auténticos mítines libertarios: "Hablo, ladro como un perro.  Soy un perro", repetía en "Le chien".

Autor de óperas como "La canción del mal amado", fruto de su admiración por Apollinaire y "L’ ópera du pauvre", de entre su bibliografía, integrada por 10 títulos, cabe destacar los poemas reunidos en "Paroles el musiques de tout une vie", "Alma Matrix", "Le Methode" o una última novela, "Marie Jeanne".  Inmerso en distintos proyectos, como era su costumbre, Léo Ferré murió en 1993.

Literatura erótica. Y a veces un poco más que eso.

Turismo rural más allá de lo que conoces. Otra cosa.

Samuel Butler, de ganadero a mentor de la ciencia-ficción

Ficha de historia o anecdotario:

JAVIER MEMBA
Maldito y alucinado, maldito porque siendo inglés osó alzarse contra la sociedad victoriana, alucinado porque para ello concibió una utopía inimaginable para una mente sosegada, Samuel Butler Yeats legó a la posteridad una sátira sobre la aplicación a la gente de la satánica ciencia que habría de convertirle en uno de los primeros clásicos de la ciencia ficción.

Nacido el 4 de diciembre de 1835 en Bingham (Nottingham), el destino de Samuel Butler ya estaba decidido desde entonces por su progenitor.  Siendo éste un eclesiástico, el futuro escritor debiera haberle seguido por la divina senda, pero surgió en él el espíritu de la contestación.  Terminados sus estudios en el St. John’s College de Cambridge, en vez de tomar los hábitos decide emigrar a Nueva Zelanda y dedicarse allí a la cría de ovejas.  Corre el año 1860 y el aún joven Butler se dedica a su cabaña bovina hasta 1864.

De nuevo en Londres, cultiva la música y la pintura.  No será hasta 1872 cuando su amiga, musa y amante, Mary Anne Savage -la Alethea de \’El camino de la carne\’- le convence para dar a la estampa su primer libro.  \’Erewhon\’ -anagrama de nowehe (en ninguna parte)-, el texto en cuestión, publicado a expensas del autor, bajo la forma de un género tan inglés como el de la utopía y protagonizado por un personaje tan inglés como Higgs -quien reproduce la experiencia en Nueva Zelanda de Butler-, es una sutil sátira contra Inglaterra.  A Erewhon, se llega tras atravesar una cordillera que nadie se atreve a atravesar, en la que el lector bien puede imaginar una representación de la moral y los convencionalismos de la época.  Una vez allí, el visitante descubre un mundo en el que el están condenados los ingenios mecánicos, los desdichados y los que enferman antes de cumplir 70 años.  Lo único que se intenta sanar como si fuera una enfermedad es la inmoralidad.  Siendo esta última ocurrencia una clara alusión a la rectitud imperante en la sociedad victoriana -que a la postre habrían de ser los lectores del libro- si la novela se convirtió en un clásico de la ciencia ficción -en unos días en que las historias adscritas al género se publicaban a cientos- fue debido a que se entendió como una disertación irónica sobre los \’Viajes de Gulliver\’, de Swift, más como ese libelo contra la Inglaterra victoriana que en realidad era.

Sin duda consciente de que \’El camino de la carne\’ -donde el autor elevaba su critica contra la institución familiar- no sería tomada por una nueva fantasía, decidió no publicarla en vida.  De hecho, esta segunda y última gran ficción de Butler no apareció hasta 1903, un año después de la muerte del artista.  Tras la publicación de \’Erewhon\’, Butler publicó libros de viajes, tratados filológicos y científicos.  Discrepó de las teorías de Darwin y puso en duda que Homero fuera el autor de la \’Odisea\’ en \’The Authoress of Odissey\’ (1897) y volvió a su utopía en \’Erewhon revisitado\’ (1901).  A sus primeros biógrafos les llamaba mucho la atención que, siendo inglés, no perteneciera nunca a ningún club.

Murió en Londres, el 18 de junio de 1902.  Tras el éxito de \’El camino de la carne\’, sus \’Cuadernos\’ fueron publicados en 1912.  Por entonces, Wells ya le consideraba uno de sus mentores.  Orwell lo haría más tarde.  Hoy es un clásico.

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Mijail Bakunin, el principal ideólogo del anarquismo

Ficha de historia o anecdotario:

JAVIER MEMBA
Si bien Godwin, además de padre de Mary Shelley fue el primer anarquista especulativo, el austríaco Max Nettlau (1865-1944) -el Herodoto de la anarquía, que lo llamó Rudolf Rocker (1873-1958)- ya ve inspiración libertaria en la aversión al estado del filósofo griego Zenon de Cicio (333-263 a.C.). La desobediencia, como poco, es tan antigua como la sumisión.  Pero de cuantos pensadores ha dado desde entonces el sentir libertario, fue Mijail Bakunin el principal ideólogo del anarquismo como acción revolucionaria.  El resto de sus predecesores el pensamiento ácrata -además de Godwin lo fueron Max Steiner (1806-1856) y Pierre-Joseph Proudhon (1809-1865)- eran, como con tanto acierto señala Bert F. Hoselitz, anarquistas especulativos.

Lo primero que sorprende al estudiar la figura de Bakunin es que un hombre, que vivió tan entregado a la acción revolucionaria que jamás tuvo tiempo de terminar un libro -todos sus volúmenes son compilaciones de cartas y textos ocasionales, muchos de ellos escritos en la cárcel- pasé por ser el principal teórico de algo.  Sólo si consideramos que para la anarquía lo que cuenta es la práctica, que no la teoría, el enigma queda explicado.  Apasionado de las sociedades clandestinas y radicales, bien en las barricadas, bien apoyándolas de una u otra manera, Bakunin participó en todas las insurrecciones de las que tuvo noticia, que no fueron pocas teniendo en cuenta que la época que le tocó vivir fue la de las grandes revoluciones.

Los círculos revolucionarios

Nació en Torjok, muy cerca de Moscú, en 1814, fue la suya una familia de terratenientes.  Siguiendo el deseo paterno ingresó en la academia militar, pero abandonó la carrera de las armas en 1836, siendo oficial de la Guardia Imperial.  "Me enamorisqué, me enredé, me descarrié", apunta el mismo Mijail en la confesión que dirigiera al zar Nicolás I, preso el rebelde de por vida en una mazmorra de la fortaleza de San Pedro y San Pablo.  "En 1840 obtuve de mi padre, no sin grandes dificultades, la autorización de salir al extranjero para estudiar en la Universidad de Berlín".  Sumergido en la metafísica alemana, "noche y día no veía otra cosa que las categorías de Hegel".  Traslado a Dresde algunos meses después, entra allí en contacto con los círculos revolucionarios en los que llama la atención por la exaltación con que se expresa.

Los años siguientes llevaran a Bakunin, que malvive de las traducciones del alemán y del ruso, a Bélgica, Suiza, Polonia y Francia.  Expulsado de París en 1847 a instancias de la embajada rusa, después de haber pronunciado una conferencia sobre el alzamiento polaco de 1831 contra la dominación zarista, se exilia en Bruselas.  Tras su participación en las insurrecciones de Praga y Dresde (1848), es detenido en Sajonia (1849) y condenado a muerte.  Entregado a Rusia, el zar, que está al corriente de toda la actividad subversiva de Bakunin, ordena personalmente que se le confine de por vida en la mazmorra ya aludida.

Tan ateo como colectivista

Tras siete años de cautiverio, perdidos los dientes a consecuencia del escorbuto que padece y viendo que va a morir sin realizar su proyecto revolucionario, Mijail accede a llevar a cabo la confesión que Nicolás I le ordena para suavizar su condena.  Repleto de un falso arrepentimiento, no en vano en sus párrafos leemos: "El motor principal en Rusia es el miedo.  (…). En todas partes se roba, en todas partes se soborna y, por dinero, se cometen injusticias (…), pero eso, en Rusia, sucede en mayor grado que en los restantes estados".

Conmutada la cadena perpetua por destierro en Siberia, logrará evadirse en 1861 a través de Japón y Estados Unidos.  Instalado en Londres en 1861 su pensamiento ha pasado del paneslavismo democrático anterior a su confinamiento al anarquismo.  A diferencia de la idea generalizada, para Bakunin la acracia no es el desorden gratuito, sino la base para una sociedad fraternal.  "La solidaridad y la libertad son la esencia del género humano", apuntará en "El estado y la anarquía" (1873).  Tan ateo como colectivista, sostiene que "el Estado es el producto de la religión.  Nació en todos los países del maridaje de la violencia (…) con los dioses creados por la fantasía teológica de los hombres".  Estos planteamientos le llevarán a fundar en 1869 la Alianza Socialdemocráta, que no tardará en adherirse a la Primera Internacional.

En el seno de esta última organización, Bakunin conocerá al que junto con el Zar habría de ser su otro gran enemigo: Karl Marx.  Producida la inevitable ruptura entre anarquistas y autoritarios, los libertarios -la gran mayoría- fundarán la Asociación Internacional de los Trabajadores.  Retirado a Suiza en 1872, morirá cuatro años más tarde.  "En Bakunin todo era colosal.  Estaba lleno de fuerza y exuberancia", diría de él Richard Wagner, su compañero en las barricadas de Dresde.  Las obras completas del revolucionario verían la luz en seis volúmenes aparecidos en París entre 1985 y 1913.

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