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	<title>JUAN SIN LETRAS &#187; GRANDES AUTORES DANDO CONSEJOS</title>
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	<description>Concursos literarios, entrevistas a escritores, libros, recursos literarios. Opiniones críticas y discursos.</description>
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		<title>Veinte reglas para escribir ficción</title>
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		<pubDate>Sun, 07 Mar 2010 15:46:30 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan sin Letras</dc:creator>
				<category><![CDATA[GRANDES AUTORES DANDO CONSEJOS]]></category>

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		<description><![CDATA[IInspirado por la publicación del libro de Elmore Leonard 10 Rules of Writing[Las 10 reglas de la escritura], al periódico británico The Guardian se le ocurrió plantearle a un nutrido grupo de autores la siguiente pregunta: ¿Cuáles son las diez reglas esenciales para escribir ficción? El artículo resultante, publicado el pasado sábado, me ha parecido sumamente [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>I<span style="WIDOWS: 2; TEXT-TRANSFORM: none; TEXT-INDENT: 0px; BORDER-COLLAPSE: separate; FONT: medium 'Times New Roman'; WHITE-SPACE: normal; ORPHANS: 2; LETTER-SPACING: normal; COLOR: #000000; WORD-SPACING: 0px; -webkit-border-horizontal-spacing: 0px; -webkit-border-vertical-spacing: 0px; -webkit-text-decorations-in-effect: none; -webkit-text-size-adjust: auto; -webkit-text-stroke-width: 0px"><span style="TEXT-ALIGN: left; LINE-HEIGHT: 20px; FONT-FAMILY: Verdana, 'Sans Serif'; COLOR: #333333; FONT-SIZE: small">Inspirado por la publicación del libro de Elmore Leonard </span><em>10 Rules of Writing</em>[Las 10 reglas de la escritura], al periódico británico The Guardian se le ocurrió plantearle a un nutrido grupo de autores la siguiente pregunta: ¿Cuáles son las diez reglas esenciales para escribir ficción? El artículo resultante, publicado el pasado sábado, me ha parecido sumamente interesante, ya que aunque entre las respuestas hay de todo, creo que reúne un buen número de buenos consejos y de verdades ineludibles que nunca está de más recordar. Además del propio Elmore, han participado en el experimento Diana Athill, Margaret Atwood, Roddy Doyle, Helen Dunmore, Geoff Dyer, Anne Enright, Richard Ford, Jonathan Franzen, Esther Freud, Neil Gaiman, David Hare, PD James, Al Kennedy, Hilary Mantel, Michael Moorcock, Michael Morpurgo, Andrew Motion, Joyce Carol Oates, Annie Proulx, Philip Pullman, Ian Rankin, Will Self, Helen Simpson, Zadie Smith, Colm Tóibín, Rose Tremain, Sarah Waters y Jeanette Winterson. Que se dice pronto. Y de entre todas sus reglas, yo he escogido estas veinte que son las que más me han llamado la atención. Pero por supuesto hay muchas más y os recomiendo vivamente la lectura de todo el artículo, el cual podréis encontrar </span><a style="COLOR: #3366cc; TEXT-DECORATION: none" href="http://www.guardian.co.uk/books/2010/feb/20/10-rules-for-writing-fiction-part-two" target="_blank">pinchando aquí</a>.</p>
<p>1. No te plantees escribir. Escribe. Sólo escribiendo, y no soñando con hacerlo, podemos desarrollar un estilo propio.<br />
<strong>PD James</strong></p>
<p>2. Si tienes una buena idea para una historia, no asumas que debe de ser necesariamente una narración en prosa. Puede que funcione mejor como obra de teatro, como guión de cine o como poema. Sé flexible.<br />
<strong>Hilary Mantel</strong></p>
<p>3. La ficción que no es una aventura personal del autor hacia lo desconocido o lo aterrador no merece la pena ser escrita a no ser que sea únicamente por dinero.<br />
<strong>Jonathan Franzen</strong></p>
<p>4. Ten más de una idea en marcha a la vez. Si tengo que elegir entre escribir un libro o no hacer nada, siempre elegiré esto último. Sólo cuando tengo ideas para dos libros soy capaz de elegir entre escribir uno u otro. Siempre siento la necesidad de tener la sensación de que estoy haciendo algo en oposición.<br />
<strong>Geoff Dyer</strong></p>
<p>5. Olvida el viejo dicho de que hay que escribir sobre lo que se conoce. En vez de eso, elige un área desconocida pero reconocible que contribuya a ampliar tu comprensión del mundo y escribe sobre eso. En cualquier caso, recuerda que la semilla de la que se alimenta tu imaginación hunde sus raíces en las particularidades de tu vida. Así que no la malgastes escribiendo autobiografía.<br />
<strong>Rose Tremain</strong></p>
<p>6. Lo más probable es que necesites un diccionario, una gramática y tener los pies en la tierra. ¿Qué quiero decir con esto último? Que aquí nadie regala nada. Escribir es un trabajo. También es apostar. No viene con un plan de pensiones. Habrá ciertas personas que puedan echarte una mano, pero en esencia te las tendrás que apañar solo. Nadie te obliga a escribir. Si escribes es porque has elegido hacerlo, así que no te quejes.<br />
<strong>Margaret Atwood</strong></p>
<p>7. No añadas un falso romanticismo a tu &#8220;vocación&#8221;. O eres capaz de escribir o no. No hay un &#8220;estilo de vida del escritor&#8221;. Lo único que importa es lo que dejas sobre la página.<br />
<strong>Zadie Smith</strong></p>
<p>8. Cambia de parecer. Las buenas ideas a menudo acaban siendo eliminadas por otras mejores. Yo estaba escribiendo una novela sobre un grupo llamado The Partitions. Hasta que se me ocurrió llamarles The Commitments.<br />
<strong>Roddy Doyle</strong></p>
<p>9. Respeta el modo en el que pueden cambiar los personajes en sus primeras 50 páginas de vida. Revisa tus planes y comprueba si debes alterarlos de alguna manera para que se amolden a esos cambios.<br />
<strong>Rose Tremain</strong></p>
<p>10. Finaliza la jornada mientras aún tengas ganas de seguir escribiendo.<br />
<strong>Helen Dunmore</strong></p>
<p><span style="FONT-SIZE: x-small"> </span>11. Recuerda: cuando alguien te dice que algo no encaja o que no lo ha entendido, casi siempre tiene razón. Cuando te dice exactamente lo que le parece que está mal y el modo en el que deberías arreglarlo, casi siempre se equivoca.<br />
<strong>Neil Gaiman</strong></p>
<p>12. El estilo es el arte de quitarte a ti mismo de en medio, no el de inmiscuirte en el texto.<br />
<strong>David Hare</strong></p>
<p>13. Concentra tus energías narrativas en los puntos de cambio. Esto resulta particularmente importante en la ficción histórica. Cuando tu personaje se enfrenta a un entorno nuevo o las circunstancias cambian a su alrededor, ese es el momento de dar un paso atrás para describir los detalles de su mundo. La gente no suele prestar demasiada atención a los detalles cotidianos de su rutina diaria, por lo que cuando un escritor los describe puede sonar como si estuviera intentando instruir en exceso al lector.<br />
<strong>Hilary Mantel</strong></p>
<p>14. Lee. Lee todo aquello a lo que puedas echarle las manos encima. Siempre le recomiendo a aquellas personas que quieren escribir una obra de fantasía o de ciencia ficción que dejen de leer por completo esos géneros y que empiecen a leer todo lo demás, desde Bunyan a Byatt.<br />
<strong>Michael Moorcock</strong></p>
<p>15. No intentes escribir para un &#8220;lector ideal&#8221;. Puede que exista, pero está leyendo el libro de otro.<br />
<strong>Joyce Carol Oates</strong></p>
<p>16. No eches la vista atrás hasta que hayas terminado un borrador entero. Limítate a comenzar cada día a partir de la última frase que escribiste el día anterior. Es una manera de evitar el espanto a la vez que te asegura una obra en la que poder volcar el auténtico trabajo, que es la corrección.<br />
<strong>Will Self</strong></p>
<p>17. Protege el tiempo y el espacio en los que escribes. No dejes que nadie se inmiscuya en ellos, ni siquiera a las personas más importantes de tu vida.<br />
<strong>Zadie Smith</strong></p>
<p>18. Trata la escritura como un trabajo. Sé disciplinado. Muchos autores son particularmente obsesivos en este aspecto. Graham Greene era célebre por escribir 500 palabras al día. Jean Plaidy era capaz de escribir 5,000 antes del almuerzo y luego dedicaba la tarde a contestar cartas de sus fans. Mi mínimo son 1.000 palabras al día, algo que en ocasiones es fácil de conseguir y en otras es, francamente, como cagar un ladrillo. Pero me obligo a permanecer sentada frente a mi escritorio hasta que las tengo, porque sé que así he conseguido hacer avanzar una pizca el libro. Puede que esas 1.000 palabras sean basura. A menudo lo son. Pero siempre es más fácil volver sobre ellas más adelante y mejorarlas.<br />
<strong>Sarah Waters</strong></p>
<p>19. No te preocupes nunca por las posibilidades comerciales de un proyecto. Si alguien tiene que preocuparse de eso son los agentes y los editores. O no. Conversación con mi editor norteamericano. Yo: &#8220;Estoy escribiendo un libro tan aburrido, de un atractivo comercial tan reducido, que si lo publicas probablemente pierdas tu puesto de trabajo&#8221;. Mi editor: &#8220;Ese es precisamente el motivo de que quiera un trabajo como este&#8221;.<br />
<strong>Geoff Dyer</strong></p>
<p>20. Cásate con una persona a la que quieras y a la que le parezca buena idea que seas escritor.<br />
<strong>Richard Ford</strong></p>
<p>Y de propina, una más. Dice Jonathan Franzen que duda mucho &#8220;que alguien con conexión a internet en su lugar de trabajo sea capaz de escribir buena ficción&#8221;. Un consejo que, puedo dar fe, sirve tanto para escritores como para traductores. Que yo ahora mismo debería estar currando y sin embargo aquí me veis. ¡Así no hay quien produzca!</p>
<div style="TEXT-ALIGN: center; LINE-HEIGHT: 1.6em; MARGIN: 0px 0px 0.75em"><span style="FONT-SIZE: 10px"><br />
</span></div>
<div style="TEXT-ALIGN: center; LINE-HEIGHT: 1.6em; MARGIN: 0px 0px 0.75em"><a href="http://www.culturaimpopular.com/2010/02/veinte-reglas-para-escribir-ficcion.html">http://www.culturaimpopular.com/2010/02/veinte-reglas-para-escribir-ficcion.html</a></div>
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		<title>Decálogo para escribir necrológicas:</title>
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		<pubDate>Sun, 25 Oct 2009 05:40:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan sin Letras</dc:creator>
				<category><![CDATA[GRANDES AUTORES DANDO CONSEJOS]]></category>
		<category><![CDATA[RAREZAS Y CURIOSIDADES DE LAS LETRAS]]></category>

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		<description><![CDATA[1. Tenga en cuenta que usted sigue vivo. 2. Evite ponerse (por si acaso), en el lugar del muerto, tipo al él le habría gustado así. 3. Evite las cartas a tumba abierta, tipo allá donde estés amigo quiero que sepas. 4. Evite convertir una muerte natural en un suicidio, tipo se fue tan discretamente [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><span style="FONT-STYLE: italic"><img class="alignleft size-full wp-image-1466" title="image002lil" src="http://www.juansinletras.com/wp-content/uploads/2009/10/image002lil.jpg" alt="image002lil" width="310" height="221" /><br />
<strong>1. Tenga en cuenta que usted sigue vivo.<br />
2. Evite ponerse (por si acaso), en el lugar del muerto, tipo al él le habría gustado así.<br />
3. Evite las cartas a tumba abierta, tipo allá donde estés amigo quiero que sepas.<br />
4. Evite convertir una muerte natural en un suicidio, tipo se fue tan discretamente como había vivido.<br />
5. No espere una mejora en su conducta, tipo aquel necrologista que riñó a su muerto.<br />
6. Sobre todo no hable de su sonrisa, tipo nos acompañará siempre.<br />
7. Si siempre ocultó lo que pensaba realmente sobre él haga ahora un pequeño y postrero esfuerzo.<br />
8. Examine si supone un acto de respeto haber esperado a su muerte, tipo ahora ya se puede desvelar cómo.<br />
9. No olvide jamás que la necrológica que está escribiendo puede acabar resultando lo único vivo que quedé de él.<br />
10. Y dado que en algún caso, aunque escaso, el muerto se ha levantado y ha leído escriba usted siempre con las precauciones propias del que espera réplica.</strong></span></p>
<p><span style="FONT-STYLE: italic"><strong> </strong></span></p>
<p><span style="FONT-STYLE: italic"><strong>Arcadi Espada</strong></span></p>
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		<title>LA MUERTE DE LA NOVELA (Mario Vargas LLosa)</title>
		<link>http://www.juansinletras.com/consejos-de-grandes-autores/la-muerte-de-la-novela-mario-vargas-llosa/</link>
		<comments>http://www.juansinletras.com/consejos-de-grandes-autores/la-muerte-de-la-novela-mario-vargas-llosa/#comments</comments>
		<pubDate>Wed, 30 Sep 2009 23:09:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan sin Letras</dc:creator>
				<category><![CDATA[GRANDES AUTORES DANDO CONSEJOS]]></category>

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		<description><![CDATA[No habrá sido la menor sorpresa de este viaje por las abruptas tierras de la frontera entre la República Dominicana y Haití, encontrarme con un artículo de Eduardo Mendoza, reproducido en un pequeño diario de esta apartada región, anunciando la muerte de la novela. Para alguien que lleva tres años empeñado en escribir una novela [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><span style="font-family: Verdana; font-size: x-small;"> No habrá sido la menor sorpresa de este  viaje por las abruptas tierras de<br />
la frontera entre la República  Dominicana y Haití, encontrarme con un<br />
artículo de Eduardo Mendoza,  reproducido en un pequeño diario de esta<br />
apartada región, anunciando la  muerte de la novela. Para alguien que lleva<br />
tres años empeñado en  escribir una novela de sofá, y que ha subido hasta<br />
estas  anfractuosidades cordilleranas exponiéndose a la voracidad de los<br />
mosquitos a raíz de aquel empeño, las opiniones de Mendoza sobre el estado<br />
de salud del género novelesco resultan más bien deprimentes. Sobre  todo,<br />
porque su maldito artículo es bastante persuasivo.<br />
Él se defiende de quienes lo han criticado por haber extendido una<br />
partida de defunción a la novela, alegando que su tesis sólo afecta a una<br />
subdivisión o subgénero, no a toda la especie; pero esto, en lugar de<br />
arreglar las cosas, las empeora, ya que la variante a la que se refiere,<br />
la llamada &#8220;novela de sofá&#8221;, es en realidad la única que importa (la que<br />
abarca de Tolstoi a Faulkner, de Cervantes a Proust, de Balzac a  Kafka);<br />
las otras, las novelas de &#8220;tumbona&#8221; o &#8220;toalla y sombrilla&#8221;  —vasto universo<br />
donde cohabitan de Xavier de Montepín a Tom Clancey, y  del Caballero Audaz<br />
a Anne Rice— difícilmente podrían perecer, pues  nunca llegaron a vivir,<br />
fueron gestadas en series, como las  hamburguesas y hot-dogs, para ser<br />
consumidas y desintegrarse en las  entrañas del consumidor.</p>
<p>Mendoza recuerda, con reprimida nostalgia, la  época en la que la novela tenía<br />
autoridad, porque el conjunto de la sociedad  veía en ella algo más importante<br />
que un mero pasatiempo: un género encargado  de representar la realidad. Es<br />
decir, de organizar de manera coherente e  inteligible el caos en que transcurren<br />
las existencias humanas y permitir a  éstas entender el mundo al ver expuesto su<br />
funcionamiento, el transcurso del  tiempo, las motivaciones secretas de los actos<br />
y las conductas, en las  ficciones. En efecto, los lectores de Los miserables de<br />
Victor Hugo se  precipitaron a saquear la imprenta donde se horneaban los<br />
volúmenes de la  segunda parte de la novela no sólo porque estaban impacientes<br />
por saber la  evolución de las aventuras de Jean Valjean, Marius y Cosette; sobre<br />
todo,  porque esta omnisciente ficción les explicaba el mundo en que vivían y les<br />
daba pistas sobre qué eran y dónde estaban, algo que, antes, sólo la  religión<br />
sabía hacer.<br />
¿Cuándo se resquebraja esa fe en la novela y se  inicia la &#8220;era de la<br />
sospecha&#8221;, como la bautizó Nathalie Sarraute? Según  Mendoza, con esa confusa<br />
transición que se llama el &#8220;posmodernismo&#8221;, que él  prefiere denominar la<br />
&#8220;posvanguardia&#8221;. El afán experimental se apodera del  género y, en los años<br />
cincuenta y sesenta, &#8220;aquellos experimentos,  encaminados a forzar los límites de<br />
las convenciones narrativas, pusieron en  evidencia lo limitado de los límites y<br />
lo convencional de las convenciones&#8221;.  La novela pierde autoridad porque se<br />
convierte en un juego. Muy brillante a  veces, que resulta en audaces pases de<br />
ilusionismo verbal y pirotecnia  constructiva; pero, a esos disforzados juglares,<br />
los novelistas, se les  puede conceder la función de divertir o sorprender, ya no<br />
la de hacer la  vida verosímil, comprensible el mundo.<br />
Por ese camino, la novela, al  tiempo que pierde ambición y seguridad en sí<br />
misma, se va refugiando cada  vez más en la exclusiva tarea de entretener,<br />
erradicando de sus fines toda  pretensión filosófica, doctrinaria o moral. Ha<br />
principiado la época de la  novela ligera, que divierte sin preocupar, como un<br />
partido de futbol o un  programa de preguntas y respuestas en la televisión.<br />
Ahora bien, dice  Mendoza, la novela light, &#8220;forma honesta, civilizada e<br />
instructiva de  entretenimiento&#8221;, es la &#8220;novela que, a mi modo de ver, ya no da<br />
más de sí&#8221;.  ¿Por qué este desahucio? Sospecho que debido a la competencia de<br />
otros  géneros de ficción, los audiovisuales, con los que la novela light será<br />
incapaz de medirse. Los primeros en reconocer su extrema indefensión contra  las<br />
historias que cuentan la pequeña y la gran pantalla son los propios  novelistas<br />
light, la inmensa mayoría de los cuales escriben novelas más para  ser<br />
convertidas en películas que para conquistar a los lectores. De hecho,  los<br />
grandes best-sellers literarios son, hoy, cada día más, los libros que  han<br />
pasado ya por la pantalla, chica o grande, y recibido de ella su  consagración<br />
como productos entretenidos. Esta dependencia total de la  palabra respecto de la<br />
imagen es el principio del fin de la novela, y,  acaso, de lo que hasta ahora<br />
entendíamos por literatura.<br />
El  diagnóstico de Eduardo Mendoza es probablemente certero, pero, pese a<br />
ello,  yo no desespero de que la novela de sofá sobreviva e, incluso, sea capaz<br />
en  el futuro de dar frutos tan óptimos como en el pasado. Mi esperanza no es<br />
gratuita, se funda en el siguiente razonamiento. Aunque existe la tendencia  a<br />
considerar a la novela el género literario popular por excelencia, la  verdad es<br />
que siempre fue un género de minorías, aunque, sin duda, minorías  más numerosas<br />
que las que leían poesía, o frecuentaban los teatros para  espectar dramas y<br />
tragedias. El entretenimiento de veras popular jamás lo  proporcionaron los<br />
libros, sino los circos, las ejecuciones e inquisiciones  públicas, los estadios,<br />
y, en épocas modernas, la radio, el cine, la  televisión y, pronto, el Internet.<br />
Por leve y trivial que sea, un libro  exige un esfuerzo intelectual, una<br />
reelaboración conceptual e imaginaria de  la materia verbal que a la mayoría de<br />
los seres humanos, aun en las  sociedades más cultas, les divierte muy poco,<br />
mucho menos, en todo caso, que  aquellas actividades o espectáculos donde pueden<br />
renunciar a toda obligación  de discernimiento crítico o de co-participación<br />
creativa (algo que es  inconcebible con la operación de leer literatura, aun de<br />
misérrima calidad).  No digo que esté mal que sea así; digo sólo que siempre ha<br />
sido así, y que,  quienes, leyendo ficciones, la han pasado muy bien, pese, o<br />
precisamente  por, la inversión de trabajo intelectual e imaginativo que ello les<br />
exige,  han representado siempre un sector relativamente pequeño del conjunto de<br />
la  sociedad.<br />
La idea de que la literatura pudiera ser el alimento espiritual  de todos es<br />
una ilusión contemporánea, derivada de la repugnancia que, para  una noción<br />
socialista o democrática de la cultura, reviste la noción de  elite, de un<br />
público exquisito y minoritario dentro del cual surgirían y  serían apreciadas y<br />
cultivadas las artes y las letras. Sin embargo, ésa es  una realidad que en lo<br />
sustancial no ha variado con la democratización de la  educación y la elevación<br />
de la capacidad adquisitiva de los ciudadanos. Ha  variado sólo el volumen de las<br />
minorías interesadas en la literatura, la  música, la pintura, la danza, que es<br />
ahora mayor que en el pasado. Pero  nunca ha dejado de ser una porción<br />
relativamente pequeña, comparada al todo  social.<br />
No veo por qué no seguiría ocurriendo lo mismo en el futuro. Esta<br />
afirmación es el corolario de mi supuesto anterior, según el cual a la  mayoría<br />
de la gente jamás le resultó divertido leer ficciones, pues prefería  verlas<br />
representadas a través de formas mucho más triviales, que no exigían  casi un<br />
esfuerzo de reelaboración intelectual. Tengo la convicción de que  siempre<br />
(bueno, en nuestra época siempre es un mero sinónimo de mañana,  cuando más)<br />
habrá unas minorías para las que esa necesidad de irrealidad, de  salir de sí, de<br />
perderse por un tiempo equis en un mundo de fantasía, que  parece constitutivo a<br />
la especie humana, jamás será suficientemente aplacada  con las imágenes banales,<br />
directas, elementales, de superficie, o estúpidas,  de las auténticas diversiones<br />
populares.<br />
La literatura light trata de  parecerse a estas diversiones reduciendo al<br />
máximo los obstáculos al lector,  simplificando la forma y esquematizando los<br />
contenidos de la ficción para  que ésta sea digesta y amena como una comedia<br />
cinematográfica o un buen  programa de televisión. Esta manera de proceder<br />
tendrá, sin duda, a la  larga, el efecto contrario al que buscan sus autores: en<br />
vez de salvar para  la literatura a grandes masas de lectores, convencerá a éstos<br />
de que la  ficción escrita es mucho menos entretenida que la producida por los<br />
grandes  medios audiovisuales de manera serial. Si hay un espacio propio para la<br />
literatura en el mundo del futuro, se definirá, no por su proximidad y  parecido,<br />
sino por su diferencia y distancia, con el espacio privativo de la  imagen. Es<br />
decir, estará hecho esencialmente de palabras y de fantasía, y se  ofrecerá al<br />
lector como un desafío y una propuesta de colaboración  intelectual, para,<br />
soñando aquél junto al autor, construir una ficción que,  a la vez que redime a<br />
ambos temporalmente de las pequeñeces y miserias de la  existencia real, les<br />
sirva de brújula para guiarse con más seguridad —con  una visión menos ingenua y<br />
más crítica— a través de las complejidades y  tumultos de la vida. Miro a mi<br />
alrededor y no veo nada que reemplace a la  &#8220;novela de sofá&#8221; en esta manera<br />
soberbia de defenderse contra la miseria de  esa condición humana que condena a<br />
hombres y mujeres a una sola vida, cuando  desean tener mil.<br />
Eduardo Mendoza sugiere, citando la opinión de Ignacio  Echevarría y de<br />
otros críticos, que la decadencia de la novela podría  deberse a que &#8220;el sustrato<br />
último de la novela es la épica y nuestra época  no produce situaciones épicas&#8221;.<br />
No me convence para nada, ante todo porque  no es verdad que nuestra época esté<br />
reñida con la épica, si entendemos ésta  como la aventura exterior, el ser humano<br />
saliendo de sí mismo para hacer  frente a lo desconocido y creciéndose, rompiendo<br />
sus límites para combatir  contra los demonios y los dioses, a fin de sobrevivir.<br />
Lo cierto es que,  acaso como nunca antes en el largo discurrir de la<br />
civilización, ha estado  la existencia humana enfrentada a riesgos tan atroces de<br />
violencia, e  incluso de extinción, como en ésta, la era de las armas atómicas y<br />
bacteriológicas y de los descubrimientos científicos y la revolución  genética,<br />
que, desde los higiénicos recintos de un laboratorio, permite, por  ejemplo,<br />
deshacer y rehacer cambiada lo que antes llamábamos &#8220;naturaleza&#8221;  humana.<br />
Probablemente, la vida actual es más imprevisible, sorprendente,  arriesgada y<br />
misteriosa que aquella, remotísima, en la que un aeda ciego  cantó las hazañas de<br />
los héroes homéricos. Que no haya aparecido todavía, no  me impide creer que, en<br />
este momento, un secreto deicida fragua, empeñado en  una lucha mortal con las<br />
palabras de una lengua viva, una ficción que será  para mi tiempo lo que fueron,<br />
para los suyos, el Ulises, Esplendor y miseria  de cortesanas o Tirant lo Blanc,<br />
y que alcanzaré a leerla antes de volverme  fantasma. -<br />
Santo Domingo, 16 de enero de 1999</span></p>
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		<item>
		<title>MARIO VARGAS LLOSA &#8211; LA MENTIRA DE LAS VERDADES</title>
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		<pubDate>Wed, 30 Sep 2009 23:08:19 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan sin Letras</dc:creator>
				<category><![CDATA[GRANDES AUTORES DANDO CONSEJOS]]></category>

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		<description><![CDATA[LA biografía oficial del ex presidente Reagan, Dutch. A Memoir of Ronald Reagan, escrita por Edmund Morris y recién publicada en los Estados Unidos, provoca en estos días una efervescente polémica -donde voy, aquí en Washington DC, es el eje de todas las conversaciones- que cualquier crítico literario más o menos atinado zanjaría en un [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><span style="font-family: Verdana; font-size: x-small;"><br />
LA  biografía oficial del ex presidente Reagan, Dutch. A Memoir of Ronald<br />
Reagan, escrita por Edmund Morris y recién publicada en los Estados<br />
Unidos, provoca en estos días una efervescente polémica -donde voy, aquí<br />
en Washington DC, es el eje de todas las conversaciones- que cualquier<br />
crítico literario más o menos atinado zanjaría en un minuto. Pero como<br />
quienes polemizan son comentaristas políticos, o políticos profesionales,<br />
la controversia no terminará nunca y dejará flotando un aura entre  ominosa<br />
y confusa sobre uno de los libros más esperados de los últimos  años.<br />
Nacido en Kenya en 1940 y venido a los Estados Unidos en 1968,  Edmund<br />
Morris ganó el prestigioso Premio Pulitzer y el American Book  Award en<br />
1980 con su libro sobre The rise of Theodore Roosevelt, que  fue<br />
unánimemente elogiado como un modelo de biografía, por su  escrupulosa<br />
documentación, su fidelidad histórica y lo animado de su  relato. Por eso<br />
fue elegido en 1985, entre una miríada de historiadores  y publicistas,<br />
para escribir la biografía de Reagan. El Presidente le  abrió sus archivos<br />
y su correspondencia, se sometió una vez por semana  a sus interrogatorios<br />
en la Casa Blanca, le permitió acompañarlo en  numerosos viajes al<br />
extranjero y asistir a muchas sesiones de trabajo  en el Oval Office (con<br />
exclusión de las concernientes a la seguridad  nacional). Nancy, la esposa<br />
de Reagan, y sus parientes, así como todos  los colaboradores directos le<br />
facilitaron, también, entrevistas y  testimonios. La editorial Random House<br />
pagó a Morris tres millones de  dólares como anticipo por el libro que<br />
acaba de aparecer.<br />
Los  catorce años que le ha tomado escribirlo fueron de intenso trabajo,<br />
pero, también, de dudas, angustias y frustraciones. Pese a la riqueza del<br />
material, a los seis años de tarea, Morris confesó, en un simposio, que su<br />
personaje era &#8220;el hombre más misterioso que jamás he conocido. Es<br />
imposible entenderlo&#8221;. En esto, no hacía más que confirmar lo que han<br />
dicho casi todos los periodistas e historiadores que lo trataron o<br />
escribieron sobre él: que, detrás de la risueña cortesía y las anécdotas<br />
con que toreaba sus preguntas, Ronald Reagan siempre los dejó con la<br />
desmoralizadora sensación de no haberse enterado de nada verdaderamente<br />
importante sobre la intimidad de su interlocutor. Morris había centrado su<br />
investigación en torno a esta pregunta crucial: &#8220;¿Cuánto sabía Dutch  (el<br />
apodo de juventud de Reagan) de lo que hacía?&#8221;. Incapaz de  averiguarlo,<br />
pese a toda la masa de datos acumulada, en 1994, el año en  que, luego de<br />
despedirse de sus conciudadanos con una carta pública en  la que revelaba<br />
el avance del Alzheimer, el ex Presidente se convertía  en un muerto en<br />
vida, Morris cayó en una profunda depresión. Durante  muchos meses padeció<br />
un bloqueo psicológico, que lo incapacitó para  escribir una línea.</p>
<p>Superó esta crisis -dice- cuando encontró  una fórmula para romper aquella<br />
frontera que lo mantenía a distancia de  su personaje, y poder acercarse a<br />
él, e incluso entrar en su vida  afectiva y psicológica, una receta o<br />
método que consultó con sus  editores, y que éstos, luego de algunas<br />
reticencias, terminaron por  aceptar. ¿En qué consistía? En introducir, en<br />
esta biografía, dos o  tres personajes ficticios -el propio Edmund Morris,<br />
entre ellos-,  supuestos compañeros, amigos, contemporáneos o próximos a<br />
Reagan, que,  dando un testimonio directo y personal de hechos<br />
absolutamente  fidedignos relativos a la vida privada o pública del ex<br />
Presidente,  romperían la frialdad e impersonalidad del dato escueto, y lo<br />
impregnarían de calor humano, de la palpitante autenticidad de lo vivido.<br />
En el curso de la polémica en torno a si esta manera de proceder, la de<br />
prestarse los recursos de la ficción en una biografía, es legítima o<br />
intolerable en un ensayo histórico, Morris ha insistido, enfáticamente,<br />
que en su libro no hay un solo episodio, por nimio y transeúnte que<br />
parezca, que no sea verídico, y verificado por él hasta la saciedad, como<br />
atestigua su voluminosa bibliografía. De lo cual, concluye, se desprende<br />
que el principio básico de toda investigación emprendida por un<br />
historiador, la estricta fidelidad de su relato a lo ocurrido y<br />
comprobado, ha sido respetada por él. A su juicio, la introducción de<br />
narradores ficticios en su libro no altera la verdad histórica, sólo la<br />
colorea y humaniza.<br />
Edmund Morris sabe mucho de historia, pero, me  temo, no sabe gran cosa de<br />
literatura, dos disciplinas o quehaceres que  aunque a veces se parezcan<br />
mucho, son esencialmente diferentes, como la  mentira y la verdad. La<br />
historia cuenta (o debería siempre contar)  verdades, y la ficción es<br />
siempre una mentira (sólo puede ser eso),  aunque, a veces, algunos<br />
ficcionistas -novelistas, cuentistas,  dramaturgos- hagan esfuerzos<br />
desesperados por convencer a sus lectores  de que que aquello que inventan<br />
es verdad (&#8220;la vida misma&#8221;). La palabra  `mentira&#8217; tiene una carga negativa<br />
tan grande que muchos escritores se  resisten a admitirla y a aceptar que<br />
ella define su trabajo. Sin  embargo, no hay manera más justa y cabal de<br />
explicar la ficción que  diciendo de ella que no es lo que finge ser -la<br />
vida-, sino un  simulacro, un espejismo, una suplantación, una impostura,<br />
que, eso sí,  si logra embaucarnos y nos hace creer que es aquello que no<br />
es, acaba  por iluminarnos extraordinariamente la vida verdadera. En la<br />
ficción,  la mentira deja de serlo, porque es explícita y desembozada, se<br />
muestra  como tal desde la primera hasta la última línea. Ésa es su verdad:<br />
el  ser mentira. Una mentira de índole particular, desde luego, necesaria<br />
para todos aquellos seres a los que la vida tal como es y como la viven no<br />
les basta, porque su fantasía y sus deseos les piden más o algo  distinto,<br />
y, como no pueden obtenerlo de veras, lo obtienen de  mentiras, gracias a<br />
ese delicado y astuto subterfugio: la ficción. Es  decir, la vida que no<br />
es, la vida que no fue, la vida que, por no serlo  y por quererla, la<br />
inventamos, y la vivimos y gozamos en ese sueño  lúcido en que nos sume el<br />
hechizo de la buena lectura.<br />
Las  técnicas con que se construye una ficción están, todas, encaminadas a<br />
realizar esa operación que es un motivo recurrente de los cuentos de<br />
Borges: contrabandear lo inventado por la imaginación en la realidad<br />
objetiva, trastrocar la mentira en verdad. Y los recursos primordiales de<br />
toda ficción, para que ésta simule vivir por cuenta propia y nos persuada<br />
de su `verdad&#8217;, son el narrador y el tiempo, dos invenciones o  creaciones<br />
que constituyen algo así como el alma de toda ficción. El  narrador es<br />
siempre un personaje inventado, sea un narrador omnisciente  que emula a<br />
Dios y está en todas partes y lo sabe todo, o sea un  narrador implicado en<br />
la acción, y, por lo tanto, de una perspectiva  limitada por su experiencia<br />
a la hora de dar un testimonio. En todo  caso, del narrador –de sus<br />
movimientos en el espacio, el tiempo y los  planos de la realidad– depende<br />
todo en una ficción: la coherencia o la  incoherencia del relato, su<br />
autonomía o dependencia del mundo real, y,  sobre todo, la impresión de<br />
libertad y autenticidad que transmiten los  personajes o su incapacidad<br />
para engañarnos como tales y aparecer como  meros muñecos sin libre<br />
albedrío, a los que mueven los hilos de un  titiritero y hace hablar un<br />
mismo ventrílocuo.<br />
El narrador no  es separable de la ficción, es su esencia, la mentira<br />
central de ese  vasto repertorio de mentiras, el principal personaje de<br />
todas las  historias creadas por la fantasía humana, aunque en muchas de<br />
ellas se  oculte y, como un espía o un ladrón, actúe sin dar la cara, desde<br />
la  sombra. Inventar un narrador es inevitablemente mentir, aunque en su<br />
boca sólo se pongan verdades, porque las verdades históricas –los hechos<br />
fehacientes y concretos– se viven, no se cuentan, no tienen narradores,<br />
existen independientes de las versiones que sobre ellos puedan rivalizar,<br />
en tanto que los hechos de las ficciones sólo existen en función y de  la<br />
manera que determina quien los cuenta. Por eso, el narrador es el  eje, la<br />
columna vertebral, el alfa y el omega de toda ficción. Inventar  un<br />
narrador -una mentira- para contar las verdades biográficas, como ha  hecho<br />
Edmund Morris en su biografía, es contaminar todos esos datos tan<br />
laboriosamente recolectados en sus catorce años de esfuerzos, de<br />
irrealidad y fantasía, y hacer gravitar sobre ellos la sospecha<br />
(infamante, tratándose de un libro de historia) de la adulteración.<br />
Inventar un narrador es, por otra parte, desnaturalizar sutilmente la<br />
razón de ser de una biografía, que se supone debe estar centrada sobre la<br />
vida y milagros del biografiado. Porque el narrador –los narradores– pasan<br />
a ser los personajes centrales de la historia, como ocurre siempre en  las<br />
ficciones: esa egolatría está prohibida a los historiadores  esclavos de<br />
las verdades de lo sucedido, es privilegio de los  propagadores de<br />
mentiras, de los irresponsables narradores de  irrealidades (que, a veces,<br />
parecen muy realistas). &#8220;Soy el escritor  más vilipendiado del mundo&#8221;, le<br />
oí decir la otra noche al vapuleado  autor de la primera biografía oficial<br />
de Ronald Reagan. &#8220;¿Qué les he  hecho para que me maltraten así?&#8221;. Les ha<br />
dado usted gato por liebre a  sus lectores, amigo Edmund Morris. Esperaban<br />
una historia verídica,  atiborrada de revelaciones y exactitudes, una<br />
biografía que, por fin,  les revelara –firme, contundente como una roca,<br />
una fecha o una  enfermedad– la personalidad secreta de esa inapresable<br />
figura que es  todavía Ronald Reagan –un actor, al fin y al cabo–, y usted,<br />
con la  excelente intención de endulzarles y amenizarles la lectura de esos<br />
áridos pormenores que conforman una vida pública, los impregnó de dudas y<br />
sospechas sobre su integridad intelectual, los sacó de este mundo y los<br />
catapultó a la irrealidad, a la mentira de las ficciones. No se puede<br />
meter un fantasma como polizonte de la realidad sin que ésta se vuelva<br />
fantástica. Mentir para decir verdades es un monopolio exclusivo de la<br />
literatura, una técnica vedada a los historiadores. </span></p>
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		<title>DE LA FALTA DE APLOMO DE LOS BUFONES QUE ESCRIBEN EN ATENCIÓN A CORTES INEXISTENTES</title>
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		<pubDate>Thu, 16 Apr 2009 04:28:07 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan sin Letras</dc:creator>
				<category><![CDATA[GRANDES AUTORES DANDO CONSEJOS]]></category>

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		<description><![CDATA[      EL ENFRENTAMIENTO entre ellos es raro y desacostumbrado para ambos: los agotados políticos y los escritores inseguros con sus demandas elocuentes, las cuales siempre quieren ser satisfechas mañana mismo. ¿Qué agenda permite a los poderosos, por tiempo definido, presidir una corte, recibir consejos utópicos o recuperarse de los muchos compromisos de la [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p> </p>
<p><strong><span style="font-size: large;"></p>
<p align="center"> </p>
<p></span></strong><span style="font-family: Times New Roman;"></p>
<p align="justify"> </p>
<p align="justify">EL ENFRENTAMIENTO entre ellos es raro y desacostumbrado para ambos: los agotados políticos y los escritores inseguros con sus demandas elocuentes, las cuales siempre quieren ser satisfechas mañana mismo. ¿Qué agenda permite a los poderosos, por tiempo definido, presidir una corte, recibir consejos utópicos o recuperarse de los muchos compromisos de la vida cotidiana oyendo utopías extravagantes? Claro, hubo el periodo de Kennedy, legendario ya; Willy Brandt hasta la fecha presta oídos rendidos y absortos a escritores que le sacan la cuenta de errores antiguos o presagian, sombríos, derrotas futuras. Ambos ejemplos son magros y prueban, en todo caso, que no hay cortes ni tampoco, por lo tanto, consejeros y bufones. Sin embargo, pongamos por caso lo siguiente, sólo en broma: efectivamente existe el bufón que escribe, que quisiera ser consejero personal de la corte o en algún ministerio de relaciones exteriores; supongamos también que no existe: el bufón que escribe es, más bien, el invento de un escritor serio que trabaja lentamente y que en compañía de otros teme ser considerado erróneamente como bufón que escribe, sólo por haber dado a su alcalde unos consejos que no fueron tomados en cuenta; y si supusiéramos ambas cosas: existe y no existe, existe como ficción y, por lo tanto, en la realidad: ¿vale la pena hablar de él, de este bufón que escribe?</p>
<p align="justify">Al pasar revista al personal bufonesco de Shakespeare y Velásquez, o sea, al considerar el barroco y sus elementos enanos en el poder —los bufones tienen una relación con el poder; los escritores, sólo en raras ocasiones—, en retrospectiva, pues, desearía que existiera el bufón que escribe; y conozco a varios escritores que tendrían madera para prestar en la corte este servicio, cuyo carácter es político, según demuestra la historia. Lo que sucede es que les da demasiada vergüenza. Así como a la encargada de la limpieza no le agrada la palabra &#8220;sirvienta&#8221;, a ellos no les agrada el título de bufón. Quieren que les fijen los impuestos simplemente como &#8220;escritores&#8221;; nadie quiere tampoco volar demasiado alto y llamarse &#8220;poeta&#8221;. La posición pequeño burguesa, la del centro, elegida por ellos mismos, les permite mirar con desprecio a los burgueses ubicados al margen de la sociedad, es decir, a los bufones y los poetas. Siempre que la sociedad pide a bufones y poetas —y la sociedad sabe qué le hace falta y qué le gusta—, siempre que en Alemania, por ejemplo, una anciana o un hombre aún joven, con motivo de una conferencia pública, se dirige a un poeta o narrador llamándolo &#8220;poeta&#8221;, el poeta o narrador —incluso el que esto presenta— se apresurará a señalar modestamente que prefiere ser llamado &#8220;escritor&#8221;. Tímidas frasecitas subrayan esta humildad: &#8220;Ejerzo un oficio como cualquier zapatero.&#8221; &#8220;Trabajo siete horas diarias con la lengua, así como otras buenas personas colocan ladrillos durante siete horas.&#8221; También, de acuerdo con el registro de la voz y la ideología del Este o del Oeste: &#8220;En cuanto al partido, asumo mi lugar en la sociedad socialista&#8221;; &#8220;Apruebo la sociedad pluralista y pago impuestos como otro ciudadano más.&#8221;</p>
<p align="justify">Es probable que esta actitud formal, este achicarse, represente en parte una reacción al culto rendido a los genios durante el siglo XIX, el cual hizo florecer en Alemania sus plantas de invernadero fuertemente olorosas hasta la época del expresionismo inclusive. ¿Quién quiere ser como Stefan George y andar acompañado por sus discípulos de ardiente mirada? ¿Quién hace caso omiso de las recomendaciones de su médico para vivir como Rimbaud, con intensa concentración y sin seguro de vida? ¿Quién no teme subir todas las mañanas las escaleras hasta el Olimpo, ejercicio al que aún se sometía Gerhart Hauptmann, acto de voluntad que incluso Thomas Mann realizó —aunque sólo fuese para ironizarlo— hasta una edad avanzada?</p>
<p align="justify">Hoy vivimos adaptados a la modernidad. Ningún Rilke se dedica a hacer gimnasia delante de los espejos; Narciso descubrió la sociología. El genio no existe; y el bufón no debe de existir, porque el bufón es un genio vuelto al revés que conserva demasiado de éste. Ahí tenemos, pues, al escritor domesticado, quien hasta la hora de dormirse anda asustado con las musas y los laureles. Tiene muchísimos temores. Recapitulemos: el miedo a ser llamado &#8220;poeta&#8221;. Y el miedo a que lo entiendan mal. El miedo a no ser tomado en serio. El miedo a entretener, es decir, a ser disfrutado: el miedo a producir algo opíparo, que fue inventado en Alemania pero entretanto se ha propagado en otros países. Pues si bien el escritor desea, aprensivamente, formar parte de la sociedad, también le interesa moldear esta sociedad de acuerdo con su ficción, aunque desde el principio desconfíe de la ficción por ser poética y bufonesca; desde el <em>nouveau roman</em> hasta el &#8220;realismo socialista&#8221; todo mundo aspira, con esfuerzos sinceros y apoyado en coros secundarios, a ofrecer más que sólo ficción. El escritor que no quiere ser poeta desconfia de sus propios juegos de manos. Y un bufón que niega su circo no es chistoso.</p>
<p align="justify">¿Es un bayo más bayo si lo calificamos de &#8220;blanco&#8221;? ¿Y es un escritor que se dice &#8220;comprometido&#8221; un bayo blanco? Lo hemos visto: alejado del poeta y del bufón e insatisfecho con la designación profesional desprovista de adjetivo, se llama y se hace llamar escritor &#8220;comprometido&#8221;, lo cual siempre me hace pensar —dispénsenme por ello— en repostero real o ciclista católico. De antemano, y esto significa desde antes de introducir el papel en la máquina, el escritor comprometido no escribe novelas, poemas ni comedias, sino &#8220;literatura comprometida&#8221;. No es de extrañar que en vista de una literatura signada con tal contundencia sólo quede, supuestamente, literatura no comprometida a su lado, por debajo y por arriba de ella. El resto, nada insignificante, es difamado como <em>l&#8217;art pour l’art</em>. Los aplausos falsos de la derecha provocan mañosamente aplausos falsos de la izquierda; y el miedo a los aplausos del respectivo lado equivocado hace reverdecer, cual tilo tres veces podado, la esperanza de que exista, telón tras telón, el aplauso de la parte correcta. Las condiciones de trabajo tan confusas y angustiosas hacen brotar y asimilarse los manifiestos; en lugar del sudor frío causado por el miedo, confesiones. Al declarar de súbito Peter Weiss que es un &#8220;escritor humanístico&#8221;, por ejemplo —con todo escribió el libro <em>Der Schatten des Körpers des Kutschers</em> [La sombra del cuerpo del cochero]—; o sea, cuando un narrador y además poeta que se ha paseado por todos los recovecos de la lengua no percibe que este adjetivo fue estropeado como relleno desde los tiempos de Stalin, la farsa del escritor humanístico y comprometido adquiere efectos teatrales. Ojalá se dedicara a ser el bufón que es.</p>
<p align="justify">Se habrá notado que con ánimo totalmente provinciano me aferro a las circunstancias alemanas, restringiéndome, por lo tanto, a un aire viciado en el que yo mismo participo. No obstante, confío en que también en los Estados Unidos de América haya poetas y escritores, comprometidos y humanísticos y el tan fácilmente difamado resto, quizá incluso bufones que escriban; el tema me fue planteado en estas tierras: consejero personal o bufón.</p>
<p align="justify">El &#8220;o&#8221; probablemente signifique que el bufón no puede nunca ser consejero personal; y que el consejero personal de ningún modo debiera sentirse bufón, tal vez —antes bien— escritor comprometido. Este gran enterado, este hombre para el que la reforma financiera no está en chino y que se encuentra por encima del pleito entre los partidos y las fracciones: él tiene siempre la última palabra en los consejos. Después de muchos siglos de enemistad, los opuestos ficticios se han reconciliado. El intelecto y el poder se toman de las manitas, más o menos de la siguiente manera: tras muchas noches pasadas en vela, el canciller federal llama al escritor Heinrich Böll a su cabaña. El escritor comprometido participa, en silencio al principio, de las preocupaciones del canciller; entonces, en cuanto éste se recuesta en su butaca, lo asesora con palabras concisas e irresistibles. Después de escucharlo, el canciller federal salta, ligero, del sillón, dispuesto a abrazar al escritor comprometido; no obstante, éste se muestra reservado. No quiere convertirse en bufón; exhorta al canciller a que traduzca este consejo de un escritor en la acción de un canciller. El mundo, estupefacto, se entera al día siguiente de que el canciller federal Erhard ha decidido disolver el ejército de la República Federal de Alemania, reconocer a la RDA y la línea del Oder y Neisse, y expropiar a todos los capitalistas.</p>
<p align="justify">Animado por tal buen éxito, el escritor humanístico Peter Weiss, procedente de Suecia, viaja a la apenas reconocida RDA y anuncia su visita al presidente del Consejo de Estado, Walter Ulbricht. Este, que necesita una buena idea tanto como Ludwig Erhard, recibe en el acto al escritor humanístico. El consejo es impartido; el abrazo, rechazado; las sugerencias se traducen en acciones; y al día siguiente el mundo, estupefacto, se entera de que el presidente del Consejo de Estado ha anulado la orden de disparar en las fronteras de su nación y transformado las secciones de todas las cárceles y penitenciarías en jardines de niños a disposición del pueblo. Atendiendo a los consejos recibidos, el presidente del Consejo de Estado se disculpa con el poeta y cantautor Wolf Biermann y le pide destrozar con rimas divertidas y frescas su propio pasado estalinista.</p>
<p align="justify">Los bufones, en caso de que existan, no pueden desde luego competir con tan prodigiosas hazañas. ¿Exageré? Por supuesto que exageré. No obstante, al recordar los deseos, con bastante frecuencia murmurados a media voz, de los escritores comprometidos y humanísticos, pienso que no he exagerado tanto. Además, resulta fácil verme a mí mismo, en los momentos de mayor debilidad, actuar en forma análogamente bienintencionada, o sea, comprometida y humanística: después de perder las elecciones parlamentarias, el candidato a canciller de la oposición no sabe qué hacer y llama al escritor que esto presenta. Éste lo escucha, da su consejo, no se deja abrazar; y al día siguiente el mundo descubre, estupefacto, que los socialdemócratas han hecho tabla rasa del Programa de Godesberg, sustituyéndolo por un manifiesto que anima a la clase obrera, de manera mordaz, refulgente y al fin otra vez revolucionaria, a usar gorros altos. No, no se suscita una revolución, pues a pesar de su rigor el manifiesto es tan objetivo que ni la Iglesia ni el capital pueden desoír sus argumentos. El gobierno es entregado sin resistencia a los socialdemócratas, etcétera, etcétera. Sería posible también realizar deseos y hazañas semejantes en los Estados Unidos de América, supongo, si el presidente Johnson consultara, por ejemplo, a mi antecesor en este discurso, Allen Ginsberg.</p>
<p align="justify">Estas utopías de poco aliento no tienen lugar; la realidad dispone de otra manera. No hay consejeros personales, no hay bufones. Sólo veo —y me incluyo a mí mismo en ello— a escritores y poetas desconcertados que dudan de su propio oficio, aprovechan o no aprovechan a medias sus diminutas oportunidades para influir en una actualidad a nuestro cargo, no como asesores, ciertamente, sino como actores. En vista de este personaje múltiple provisto de dibujos diversos y sacudido por la ambición, las neurosis y las crisis matrimoniales, carece de sentido hablar globalmente de la posición de los escritores en la sociedad. Bufón o consejero personal, ambos son dibujos de palitos y bolitas como los que aparecen sobre los cuadernos para apuntes de los participantes en aburridas conferencias. No obstante, constituyen el objeto de un culto que sobre todo en Alemania ha adquirido un espíritu casi sagrado. Los estudiantes, la juventud de los sindicatos, la juventud protestante, los preparatorianos y los exploradores, asociaciones agresivas y no agresivas: todos ellos no se cansan de convocar discusiones que giran en torno a esta pregunta, con sus múltiples variantes: &#8220;¿Debe comprometerse el escritor?&#8221; &#8220;¿Hasta qué grado debe comprometerse el escritor?&#8221; &#8220;¿Es el escritor la conciencia de la nación?&#8221; Incluso los amigos jurados de la literatura y apasionados críticos como Marcel Reich-Ranicki, a quien tenemos la oportunidad de escuchar todavía hoy, no paran de convocar a los escritores para protestas, declaraciones y confesiones. No se les pide de ningún modo que tomen partido por los partidos, que se manifiesten a favor o en contra de los socialdemócratas, por ejemplo; no, desde el punto de vista del escritor, como tímida élite, en cierto modo, deben protestar, condenar la guerra, exaltar la paz y mostrar convicciones nobles. Y eso a pesar de que un poco de conocimiento del medio revela que los escritores son individuos excéntricos, aunque se aglutinen en los congresos, ciertamente conozco a muchos que con cariño conmovedor cuidan la herencia revolucionaria y utilizan el comunismo —ese afelpado diván color vino con sus gastados resortes— para sueños vespertinos, pero también ellos, los conservadores progresistas, están divididos en sendas facciones de un solo hombre, y cada quien lee a Marx a su manera. A otros, por el contrario, los moviliza brevemente la ojeada diaria al periódico y la consternación que acompaña el desayuno: &#8220;Habría que hacer algo, ¡habría que hacer algo!&#8221; Cuando la impotencia carece de ingenio, se vuelve quejumbrosa. A pesar de que hay muchísimo qué hacer, mucho más de lo que pudiera expresar con manifiestos y protestas. Y también hay muchísimos escritores, conocidos y desconocidos, quienes, lejos de la petulancia de querer ser la &#8220;conciencia de la nación&#8221;, en ocasiones vuelcan su escritorio&#8230; y se dedican a las nimiedades de la democracia. No obstante, esto significa: aspirar a contemporizar. Cobremos conciencia de ello: el poema no conoce las transigencias, pero nosotros vivimos de ellas. El que soporta activamente esta tirantez es un bufón y cambia al mundo.</p>
<p align="justify"> </p>
<p align="justify">Gunter Grass</p>
<p></span></p>
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		<title>Toda buena novela contiene reflexión y narración</title>
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		<pubDate>Tue, 14 Apr 2009 15:22:28 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan sin Letras</dc:creator>
				<category><![CDATA[GRANDES AUTORES DANDO CONSEJOS]]></category>

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		<description><![CDATA[Millás: &#8220;Toda buena novela contiene reflexión y narración&#8221; El escritor y periodista explica su obra ‘El desorden de tu nombre’ P. LARA El escritor y periodista Juan José Millás participó ayer en el ciclo del Ayuntamiento Una década, un libro , del Año de la Lectura, al explicar en la Biblioteca municipal su novela El [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; mso-outline-level: 2;"><strong style="mso-bidi-font-weight: normal;"><span style="font-size: 20pt; color: #333399; font-family: &quot;Verdana&quot;,&quot;sans-serif&quot;; mso-bidi-font-family: Arial; mso-font-kerning: 18.0pt;">Millás: &#8220;Toda buena novela contiene reflexión y narración&#8221;</span></strong></p>
<p class="MsoNormal" style="margin: 3pt 0cm 0pt; mso-outline-level: 4;"><strong><span style="font-size: 11pt; color: #333399; font-family: &quot;Verdana&quot;,&quot;sans-serif&quot;; mso-bidi-font-family: Arial;">El escritor y periodista explica su obra ‘El desorden de tu nombre’ </span></strong></p>
<p class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; mso-margin-top-alt: auto; mso-margin-bottom-alt: auto; mso-outline-level: 4;"><strong style="mso-bidi-font-weight: normal;"><span style="font-size: 8.5pt; color: #333399; font-family: &quot;Verdana&quot;,&quot;sans-serif&quot;; mso-bidi-font-family: Tahoma;">P. LARA</span></strong><span style="font-size: 8.5pt; color: #333399; font-family: &quot;Verdana&quot;,&quot;sans-serif&quot;; mso-bidi-font-family: Tahoma;"> </span><span style="color: #333399; font-family: &quot;Verdana&quot;,&quot;sans-serif&quot;; mso-bidi-font-family: Arial;"></span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin: 12pt 0cm 0pt;"><span style="font-size: 10pt; color: #3c3c3c; font-family: &quot;Verdana&quot;,&quot;sans-serif&quot;; mso-bidi-font-family: Tahoma;">El escritor y periodista Juan José Millás participó ayer en el ciclo del Ayuntamiento <em>Una década, un libro </em>, del Año de la Lectura, al explicar en la Biblioteca municipal su novela <em>El desorden de tu nombre </em>(1987). Según el autor fue precisamente con esa novela con la que logró llegar al gran público, puesto que con sus anteriores obras era un escritor de &#8220;pocos lectores, pero fieles&#8221;. </span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin: 6pt 0cm 0pt;"><span style="font-size: 10pt; color: #3c3c3c; font-family: &quot;Verdana&quot;,&quot;sans-serif&quot;; mso-bidi-font-family: Tahoma;">Millás especuló sobre el éxito de <em>El desorden de tu nombre </em>y explicó que pudo ser por &#8220;el juego que hay entre ficción y realidad, en el que se demuestra que somos hijos de nuestras ficciones, puesto que lo que fantaseamos se hace real&#8221;. </span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin: 6pt 0cm 0pt;"><span style="font-size: 10pt; color: #3c3c3c; font-family: &quot;Verdana&quot;,&quot;sans-serif&quot;; mso-bidi-font-family: Tahoma;">En su opinión, &#8220;toda buena novela contiene reflexión y narración&#8221; y, en concreto, en <em>El desorden de tu nombre </em>&#8220;la reflexión es una maquinaria que hace que funcione la historia, pero sin que moleste al lector&#8221;. </span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin: 6pt 0cm 0pt;"><span style="font-size: 10pt; color: #3c3c3c; font-family: &quot;Verdana&quot;,&quot;sans-serif&quot;; mso-bidi-font-family: Tahoma;">Millás se confiesa un gran enamorado del reportaje y sus últimas publicaciones se enmarcan dentro de este género periodístico más que en la ficción. </span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin: 6pt 0cm 0pt;"><span style="font-size: 10pt; color: #3c3c3c; font-family: &quot;Verdana&quot;,&quot;sans-serif&quot;; mso-bidi-font-family: Tahoma;">Para Bernardo Ríos, coordinador del ciclo, <em>El desorden de tu nombre </em>es la mejor novela que hasta ahora ha escrito Juan José Millás y representa a la década de los ochenta. </span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin: 3pt 0cm 0pt;"><span style="font-size: 10pt; font-family: &quot;Verdana&quot;,&quot;sans-serif&quot;;"> </span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin: 3pt 0cm 0pt;"><span style="font-size: 10pt; font-family: &quot;Verdana&quot;,&quot;sans-serif&quot;;"> </span></p>
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		<item>
		<title>Eduardo Mendoza: \&#039;La novela no ha muerto, sino el lector de novelas\&#039;</title>
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		<pubDate>Tue, 30 Nov 1999 00:00:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan sin Letras</dc:creator>
				<category><![CDATA[GRANDES AUTORES DANDO CONSEJOS]]></category>

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		<description><![CDATA[Ficha referente a opiniones de grandes autores: EL MUNDO, 3 de abril de 2006 PRESENTA \&#8217;MAURICIO O LAS ELECCIONES PRIMARIAS\&#8217; Eduardo Mendoza: \&#8217;La novela no ha muerto, sino el lector de novelas\&#8217; JOSÉ OLIVA (EFE) Eduardo Mendoza. (Foto: Xavier Torres-Bacchetta/Seix Barral) BARCELONA.- El escritor barcelonés Eduardo Mendoza, que acaba de publicar su última novela, \&#8217;Mauricio [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Ficha referente a opiniones de grandes autores: <br/> <strong>
<div>EL MUNDO, 3 de abril de 2006</div>
<p>
<div>PRESENTA \&#8217;MAURICIO O LAS ELECCIONES PRIMARIAS\&#8217;</div>
<p>
<div>Eduardo Mendoza: \&#8217;La novela no ha muerto, sino el lector de novelas\&#8217;</div>
<p>
<div>JOSÉ OLIVA (EFE)</div>
<p>
<div>Eduardo Mendoza. (Foto: Xavier Torres-Bacchetta/Seix Barral)</div>
<p></strong>BARCELONA.- El escritor barcelonés Eduardo Mendoza, que acaba de publicar su última novela, \&#8217;Mauricio o las elecciones primarias\&#8217;, considera que la novela no ha muerto, sino el lector de novelas.
<div>El autor vuelve a esa célebre frase que pronunció en los a&ntilde;os 90 sobre la muerte de la novela y él mismo reconoce: &quot;Pienso mucho sobre este trasunto y voy cambiando de opinión, en ocasiones hasta dos veces el mismo día&quot;.</div>
<p>
<div>Mendoza opina que &quot;<strong>la novela no tiene la fuerza que tenía antes</strong>, pero no porque ahora prefieran ver culebrones, sino porque se ha producido un desplazamiento del discurso de una tribuna a otra&quot;.</div>
<p>
<div>Antes, continúa, la novela era una tribuna y ahora debe conformarse con ser &quot;una plataforma de entre-tenimiento y de literatura&quot;, lo cual no quiere decir que sea algo vacío.</div>
<p>
<div>En su reflexión, Mendoza piensa que la novela<strong> ha perdido la influencia directa que tenía</strong>, no porque haya cambiado la propia novela, sino porque &quot;el lector se ha transformado&quot;. Ante esa crisis, la propia novela busca salidas más o menos honrosas y aquí encuentra Mendoza una justificación al éxito actual de la novela histórica.</div>
<p><strong>
<div>El éxito de la novela histórica</div>
<p></strong>
<div>&quot;La novela histórica conserva todo lo que tiene la novela como fuente de conocimiento de la realidad, que ofrece al lector una visión global del mundo, como también lo hacen la televisión o el periodismo&quot;.</div>
<p>
<div>Más allá de<strong> ejemplos &quot;ridículos&quot; como \&#8217;El código da Vinci\&#8217;</strong>, los éxitos masivos de ese género se explican entonces por que &quot;la historia despierta una gran curiosidad y la novela histórica permite al lector entender fácilmente una ciencia árida de naturaleza&quot;.</div>
<p>
<div>\&#8217;Mauricio o las elecciones primarias\&#8217; (Seix Barral) es la historia de un dentista de Barcelona tentado por los socialistas para participar en las elecciones autonómicas de 1984.</div>
<p>
<div>Con una <strong>ironía hacia la vida y la ciudad</strong> y un sarcasmo del que no se salva en esta ocasión de manera especial la política, Mendoza describe los ambientes peque&ntilde;o burgueses y obreros que de una u otra manera ya salieron en sus anteriores libros como la Barcelona modernista de \&#8217;<strong>La ciudad de los prodigios</strong>\&#8217; o la de la posguerra de \&#8217;Una comedia ligera\&#8217;.</div>
<p>
<div>Admite el autor de \&#8217;El a&ntilde;o del diluvio\&#8217; que transmiten los personajes de su novela un cierto &quot;desencanto por la política&quot; y reconoce que, de todos sus protagonistas, &quot;Mauricio es quizá con el que más me identifico, aunque no sea autobiográfico&quot;.</div>
<p>
<div>Mauricio y Mendoza tienen en común su <strong>vuelta a Barcelona en 1983</strong>, &quot;cuando se empieza a decorar la casa de la democracia&quot;, y un desencanto hacia la política que no es exclusivo de aquí, sino de cualquier país occidental.</div>
<p>
<div>Sin embargo, ese desencanto es también matizado: &quot;A ratos pienso que<strong> habría que fusilarlos a todos</strong>, y a ratos que habría que fusilarlos, pero sabiendo que la alternativa es o una junta militar o una figura providencial salvadora&quot;.</div>
<p>
<div>Escribir una novela ambientada en los a&ntilde;os 80, cuando Mendoza percibía ese &quot;<strong>desencanto en la sociedad</strong>&quot; hacia la cosa política es para el escritor &quot;jugar con ventaja, porque ya sabes cómo acabó, con los Roldanes y Guerras que hicieron tanto da&ntilde;o no sólo al partido socialista, sino a todo el país&quot;.</div>
<p><strong>
<div>Licencias literarias</div>
<p></strong>
<div>Lejos del corsé periodístico, Mendoza se permite licencias narrativas como poner en boca de sus personajes lo que se decía en la calle en aquel entonces y así de personajes como Clotilde o Fontán surgen calificativos como &quot;partido de fracasados y zascandiles&quot; referido al PSOE o asociación de empresarios que administran el país como un negocio, con relación a CiU.</div>
<p>
<div>Mauricio tiene, al igual que su creador, una <strong>concepción pragmática de la política </strong>-&quot;todo podría ir mejor, pero también peor&quot;, dice- y, en una muestra de combinación de &quot;cinismo y realismo&quot;, Mendoza apunta que &quot;al final hay que pensar que tenemos que llevar la comida a casa y aquí, afortunadamente, la comida es buena, con mucha proteína&quot;.</div>
<p>
<div>Pragmatismo, sí; pero no ingenuidad. El propio Mendoza hace balance de la actual Barcelona: &quot;Nos hemos convertido en <strong>ciudad a escala mundial sin muchos méritos</strong>, sacando mucho partido de un buen clima y una cocina fantasiosa y con unos precios que antes eran buenos y ahora no tanto; pero hemos de saber que en realidad somos pobres&quot;.</div>
<p>
<div>La política de &quot;centro moderado&quot; que al final hemos acabado aceptando, apunta Mendoza, es un reconocimiento de que &quot;las aventuras (en política) son malas&quot;.</div>
<p>
<div>Confiesa que situar la novela en esa década previa a los JJOO de 1992 tiene una dificultad a&ntilde;adida por &quot;la <strong>falta de perspectiva histórica</strong>&quot;, pero ello no evita que Mendoza descarte ambientar su próxima novela en la Barcelona del tripartito, algo que de momento no se ha planteado.</div>
<p>
<div>Encontrar un tema diferente para una nueva novela es cada vez más dificultoso para Mendoza, no sólo por la competencia, sino también porque &quot;los escritores vivimos cada vez más a&ntilde;os&quot;.</div>
<p>
<div>El escritor barcelonés echa de menos las críticas literarias polémicas, hoy sustituidas por unas <strong>&quot;críticas moderadas&quot; homogéneas en todos los medios de comunicación</strong>, pero cuando ha sabido que en Italia casi ningún periódico tiene un suplemento literario, como sucede en Espa&ntilde;a, piensa entonces que &quot;lo importante en Espa&ntilde;a es que el cadáver no se muera&quot;.</div>
<p></p>
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		</item>
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		<title>Sobre los cl&#225;sicos (Jorge Luis Borges)</title>
		<link>http://www.juansinletras.com/consejos-de-grandes-autores/sobre-los-clsicos-jorge-luis-borges/</link>
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		<pubDate>Tue, 30 Nov 1999 00:00:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan sin Letras</dc:creator>
				<category><![CDATA[GRANDES AUTORES DANDO CONSEJOS]]></category>

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		<description><![CDATA[Ficha referente a opiniones de grandes autores: Escasas disciplinas habrá de mayor interés que la etimología; ello se debe a las imprevisibles transformaciones del sentido primitivo de las palabras, a lo largo del tiempo. Dadas tales transformaciones, que pueden lindar con lo paradójico, de nada o de muy poco nos servirá para la aclaración de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Ficha referente a opiniones de grandes autores: <br/> Escasas disciplinas habrá de mayor interés que la etimología; ello se debe a las imprevisibles transformaciones del sentido primitivo de las palabras, a lo largo del tiempo. Dadas tales transformaciones, que pueden lindar con lo paradójico, de nada o de muy poco nos servirá para la aclaración de un concepto el origen de una palabra. Saber que cálculo, en latín, quiere decir piedrita y que los pitagóricos las usaron antes de la invención de los números, no nos permite dominar los arcanos del álgebra; saber que <em>hipócrita </em>era actor, y <em>persona</em>, máscara, no es un instrumento valioso para el estudio de la ética. Parejamente, para fijar lo que hoy entendemos por clásico, es inútil que este adjetivo descienda del latín <em>classis</em>, flota, que luego tomaría el sentido de orden. (Recordemos de paso, la formación análoga de <em>ship-shape</em>.)
<div align="\justify\">&iquest;Qué es, ahora, un libro clásico? Tengo al alcance de la mano las definiciones de Eliot, de Arnold y de Sainte-Beuve, sin duda razonables y luminosas, y me sería grato estar de acuerdo con esos ilustres autores, pero no los consultaré. He cumplido sesenta y tantos a&ntilde;os; a mi edad, las coincidencias o novedades importan menos que lo que uno cree verdadero. Me limitaré, pues, a declarar lo que sobre este punto he pensado. </div>
<p>Mi primer estímulo fue una <em>Historia de la literatura china </em>(1901) de Herbert Allen Giles. En su capítulo segundo leí que uno de los cinco textos canónicos que Confucio editó es el Libro de los Cambios o <em>I King</em>, hecho de 64 hexagramas, que agotan las posibles combinaciones de seis líneas partidas o enteras. Uno de los esquemas, por ejemplo, consta de dos líneas enteras, de una partida y de tres enteras, verticalmente dispuestas. Un emperador prehistórico los habría descubierto en la caparazón de una de las tortugas sagradas. Leibniz creyó ver en los hexagramas un sistema binario de numeración; otros, una filosofía enigmática; otros, como Wilhelm, un instrumento para la adivinación del futuro, ya que las 64 figuras corresponden a las 64 fases de cualquier empresa o proceso; otros, un vocabulario de cierta tribu; otros, un calendario. Recuerdo que Xul Solar solía reconstruir ese texto con palillos o fósforos. Para los extranjeros, el Libro de los Cambios corre el albur de parecer una mera <em>chinoiserie</em>; pero generaciones milenarias de hombres muy cultos lo han leído y releído con devoción y seguirán leyéndolo. Confucio declaró a sus discípulos que si el destino le otorgara cien a&ntilde;os más de vida, consagraría la mitad a su estudio y al de los comentarios o <em>alas</em>. Deliberadamente he elegido un ejemplo extremo, una lectura que reclama un acto de fe. Llego, ahora, a mi tesis. Clásico es aquel libro que una nación o un grupo de naciones o el largo tiempo han decidido leer como si en sus páginas todo fuera deliberado, fatal, profundo como el cosmos y capaz de interpretaciones sin término. Previsiblemente, esas decisiones varían. Para los alemanes y austríacos el Fausto es una obra genial; para otros, una de las más famosas formas del tedio, como el segundo <em>Paraíso </em>de Milton o la obra de Rabelais. Libros como el de <em>Job, la Divina Comedia, Macbeth </em>(y, para mí, algunas de las sagas del Norte) prometen una larga inmortalidad, pero nada sabemos del porvenir, salvo que diferirá del presente. Una preferencia bien puede ser una superstición.
<div align="\justify\">No tengo vocación de iconoclasta. Hacia el a&ntilde;o treinta creía, bajo el influjo de Macedonio Fernández, que la belleza es privilegio de unos pocos autores; ahora sé que es común y que está acechándonos en las casuales páginas del mediocre o en un diálogo callejero. Así, mi desconocimiento de las letras malayas o húngaras es total, pero estoy seguro de que si el tiempo me deparara la ocasión de su estudio, encontraría en ellas todos los alimentos que requiere el espíritu. Además de las barreras ling&uuml;ísticas intervienen las políticas o geográficas. Burns es un clásico en Escocia; al sur del Tweed interesa menos </div>
<p>
<p align="\justify\">&nbsp;</p>
<div align="\justify\">que Dunbar o que Stevenson. La gloria de un poeta depende en suma, de la excitación o de la apatía de las generaciones de hombres anónimos que la ponen a prueba, en la soledad de sus bibliotecas. </div>
<p>
<div align="\justify\">Las emociones que la literatura suscita son quizá eternas, pero los medios deben constantemente variar, siquiera de un modo levísimo, para no perder su virtud. Se gastan a medida que los reconoce el lector. De ahí el peligro de afirmar que existen obras clásicas y que lo serán para siempre. </div>
<p>
<div align="\justify\">Cada cual descree de su arte y de sus artificios, Yo, que me he resignado a poner en duda la indefinida perduración de Voltaire o de Shakespeare creo (esta tarde de uno de los últimos días de 1965) en la de Schopenhauer y en la de Berkeley. </div>
<p>
<div align="\justify\">Clásico no es un libro (lo repito) que necesariamente posee tales o cuales méritos; es un libro que las generaciones de los hombres, urgidas por diversas razones, leen con previo fervor y con una misteriosa lealtad. </div>
<p><a href="http://www.lavueltadetuerca.com" /a>  Turismo rural más allá de lo que conoces. Otra cosa. </p>
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		<title>Cr&#237;tica Al Periodismo (Umberto Eco)</title>
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		<pubDate>Tue, 30 Nov 1999 00:00:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan sin Letras</dc:creator>
				<category><![CDATA[GRANDES AUTORES DANDO CONSEJOS]]></category>

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		<description><![CDATA[Ficha referente a opiniones de grandes autores: El poder que han adquirido los medios es incuestionable, algunas veces creen tener más poder del que realmente detentan y buscan convertirse en protagonistas y jueces de la cosa pública, en más de una ocasión desvirtuándola hasta convertirla en espectáculo. A partir de algunos ejemplos de su país, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Ficha referente a opiniones de grandes autores: <br/><br />
El poder que han adquirido los medios es incuestionable, algunas veces creen tener más poder del que realmente detentan y buscan convertirse en protagonistas y jueces de la cosa pública, en más de una ocasión desvirtuándola hasta convertirla en espectáculo. A partir de algunos ejemplos de su país, Eco analiza en este ensayo gran parte de los males de la prensa italiana, los cuales, afirma el pensador italiano, son comunes a casi todos los países<br />
El documento<br />
Estimado presidente, señores senadores, colegas directores, lo que estoy por presentarles brevemente es un cahier de doléances (libro de quejas. N. del T.) sobre la situación de la prensa italiana, especialmente en sus relaciones con el mundo político. Puedo hacerlo, no a espaldas sino en presencia de los representantes de la prensa, porque todo lo que diré ya lo he escrito desde los años 60, y en gran parte de los diarios y semanarios italianos. Esto significa que en nuestro país existe una prensa libre y desprejuiciada, capaz de enjuiciarse incluso a sí misma.<br />
La función del cuarto poder es ciertamente la de controlar y criticar a los otros poderes tradicionales, pero puede hacerlo en un país libre, porque su crítica no tiene funciones represivas: los medios pueden influir en la vida política del país solamente creando opinión.<br />
Los poderes tradicionales no pueden, en cambio, controlar criticando a los medios sino a través de los mismos medios, de otra manera su intervención se convierte en sanción ya sea ejecutiva, legislativa o judicial, lo que puede suceder sólo si los medios delinquen o parecen configurar situaciones de desequilibrio político e institucional (véase el debate sobre la par condicio). Pero, como quiera que los medios, en nuestro caso la prensa, no pueden estar exentos de crítica es condición de salud para un país democrático que la propia prensa se pueda cuestionar a sí misma.<br />
Sin embargo, a menudo no basta que lo haga: es más, el hacerlo puede constituir una sólida coartada, o bien, para ser estrictos, un caso de \&#8221;tolerancia represiva\&#8221;, como la definía Marcuse: una vez demostrada la propia falta de prejuicios autoflagelatoria, la prensa ya no se interesa en reformarse.<br />
Al presentar mi cahier de doléances no intento criticar a la prensa ni sus relaciones con el mundo político como si éste fuera víctima inocente de los abusos de la prensa. Considero que es plenamente corresponsable de la situación que trataré de delinear.<br />
Más aún, no seré de esos provincianos para los cuales está mal sólo aquello que ocurre en nuestro país. No caeré en el error de mucha de nuestra prensa, a menudo xenófila, que cuando se refiere a un diario extranjero lo hace adelantando siempre el adjetivo \&#8221;autorizado\&#8221;, llegando así a hablar del \&#8221;autorizado\&#8221; New York Post cuando quiere citarlo, ignorando el hecho de que el New York Post es un periodicucho de cuarta que se avergonzarían de leer en Omaha, Nebraska. </p>
<p>Gran parte de los males de los que sufre la prensa italiana son hoy comunes a casi todos los países. Pero tomaré algún ejemplo sólo cuando me parezca que contiene una lección que puede ser positiva también para nosotros. Una última precisión: usaré como textos de referencia La Repubblica, Il Corriere della Sera y L´Espresso y esto no sólo por razones de tiempo sino también de corrección. Son tres publicaciones sobre las que he escrito y aún escribo y, por tanto, mis críticas no podrán ser consideradas preconcebidas o inspiradas por la inquina. Pero los problemas que pondré sobre la mesa se refieren en un alto porcentaje a la prensa italiana en general<br />
Las polémicas de los años 1960-1970<br />
En los años 60 y 70, la polémica sobre la naturaleza y función de la prensa se desarrollaba sobre estos dos temas: 1) diferencia entre noticia y comentario y, por tanto, una llamada a la objetividad (recuerdo a propósito duelos históricos con Ottone); 2) los diarios son instrumentos de poder, administrados por partidos o por grupos económicos, que utilizan un lenguaje intencionalmente críptico en cuanto a que su verdadera función no es dar noticias a los ciudadanos sino enviar mensajes cifrados a otro grupo de poder, pasando por encima de los lectores. Al respecto ya existe una bibliografía vastísima.<br />
El presidente Carlo Scognamiglio ha citado incluso una expresión como \&#8221;convergencias paralelas\&#8221;, que ha quedado en la bibliografía sobre los mass media como símbolo de este lenguaje, apenas comprensible en los pasillos de Montecitorio, pero impermeable para la célebre ama de casa de Voghera<br />
Estos dos temas son en gran parte obsoletos. Por un lado, había tenido lugar una amplia polémica sobre la objetividad y muchos de nosotros sosteníamos que (con excepción de los boletines de las precipitaciones atmosféricas) no existe jamás una noticia verdaderamente objetiva. Aun separando cuidadosamente comentario y noticia, la misma elección de la noticia y su compaginación constituyen un elemento de juicio implícito<br />
En las últimas décadas se ha instaurado el estilo de la así llamada tematización: la misma página incluye noticias de algún modo relacionadas. He tomado, casi al azar, la página 17 de La Repubblica del 22 de enero. Contiene cuatro artículos: \&#8221;Brescia: da a luz y mata a la hija\&#8221;; \&#8221;Roma: solo en casa, a los cuatro años juega sobre el alféizar, el padre termina en Regina Coelli\&#8221;; \&#8221;Roma: puede dar a luz en el hospital aun quien no quiere tener el hijo\&#8221;; \&#8221;Treviso: una madre divorciada renuncia a ser mamá\&#8221;. Como ven, se tematiza el riesgo de la infancia abandonada.<br />
El problema que debemos plantearnos es: ¿se trata de un caso de actualidad típico de este periodo? ¿Son todas las noticias sobre casos del mismo tipo? Si se tratara sólo de cuatro casos, el asunto sería estadísticamente irrelevante; pero la tematización eleva a la noticia a aquello que la clásica retórica judicial y deliberativa llamaba exemplum: un solo caso, o pocos casos, de lo que se extrae (o se sugiere subrepticiamente extraer) una regla. Si se trata sólo de cuatro casos el diario nos hace pensar que existen más; si hubiesen más, el diario no nos lo diría. La tematización no proporciona cuatro noticias: expresa una fuerte opinión sobre la situación de la infancia, aunque el redactor quisiera o pensara que, tal vez, ya bien entrada la noche ha compaginado así la página 17 porque no sabía cómo llenarla. Con esto no estoy diciendo que la técnica de la tematización sea equivocada o peligrosa: sólo digo que nos demuestra cómo se pueden expresar opiniones dando noticias totalmente objetivas. </p>
<p>En cuanto al problema del lenguaje críptico, diría que nuestra prensa lo ha abandonado, porque ha cambiado también el lenguaje de los políticos, los cuales ya no leen sobre una hoja frente al micrófono frases oscuras y elaboradas, sino que dicen apertis verbis que su compañero de sector es un traidor, mientras que el otro magnifica a voz en cuello las cualidades eréctiles del propio órgano reproductivo.<br />
La prensa recurre incluso en la primera plana al lenguaje de esa entidad magmática que hoy se llama \&#8221;la gente\&#8221;; considera que la gente sólo habla con frases hechas. Y he aquí (estoy usando los datos recogidos por mis alumnos en un mes de frases hechas en la prensa italiana) en un solo artículo de Il Corriere della Sera del 11 de enero, la siguiente lista de frases hechas: la esperanza es la última que muere; estamos contra la pared; Dini anuncia lágrimas y sangre; el Quirinale listo para la guerra; el recinto se construyó después de que los bueyes dejaron el establo; Pannella ataca sin piedad; el tiempo apremia; no hay lugar para un malestar de estómago; el gobierno tiene mucho camino por andar; habremos perdido nuestra batalla; estamos con el agua hasta el cuello.<br />
En La Repubblica del 28 de diciembre de 1994 se encuentra: es necesario conciliar intereses; quien mucho abarca poco aprieta; Dios me salve de los amigos; los peores pasos del vals; Fininvest vuelve a la lucha; todo está perdido; no hay a quién recurrir; yerba mala nunca muere; los vientos cambian; la televisión hace la parte del león y nos deja sólo las migajas; la dolorosa espina en el costado; rendir honor a las armas del enemigo&#8230; Esto no es un periódico es el Barbanera. Hay que preguntarse si estos clichés son finalmente más transparentes, o menos, que las \&#8221;convergencias paralelas\&#8221;.<br />
Se nota que a estas frases hechas, válidas para la \&#8221;gente\&#8221;, son en 50% inventadas, en el sentido de la inventio retórica, encontradas por los articulistas, y en 50% citadas de declaraciones de parlamentarios. Apenas puse la cabeza dentro del aula del Senado y escuché decir: señor presidente, queremos hechos no palabras. Tuve una impresión de dejà vu y de dejà entendu y y me regresé al pasillo. Para usar otra frase hecha, \&#8221;el cerco se cierra\&#8221; y estamos poniendo en el fuego una diabólica alianza en la que no se sabe quiénes son los corruptos y quiénes los corruptores<br />
El diario se vuelve semanario<br />
En los años 60 los diarios no sufrían todavía por la competencia de la televisión. Sólo Achille Campanile, en un encuentro sobre la televisión en Grosseto, en septiembre de 1962, había tenido una intuición luminosa. Decía: hubo un tiempo en que los diarios daban primero una noticia, después intervenían otras publicaciones que profundizaban en la cuestión; el periódico era un telegrama que terminaba con \&#8221;sigue carta\&#8221;. Ya en 1962, la noticia telegráfica se daba a las ocho de la noche en el noticiero televisivo. A la mañana siguiente el diario daba la misma noticia: era una carta que terminaba con \&#8221;sigue, es más, precede telegrama\&#8221;<br />
¿Por qué sólo un genio de la comicidad como Campanile se había percatado de esta situación paradójica? Porque la televisión se limitaba entonces a uno o quizá dos canales, no recuerdo, llamados de régimen y, por tanto, no se consideraba (y en buena parte no era) una fuente confiable; los diarios decían más cosas y en un modo menos vago; los cómicos nacían en el cine o en el cabaret y no siempre llegaban a la televisión; la comunicación política tenía lugar en la plaza, cara a cara, o mediante manifiestos sobre los muros.<br />
Un estudio sobre el comicio televisivo de los años 60, hecho por Paolo Fabbri, comprobaba mediante un análisis de numerosas tribunas políticas que en el intento de adecuar las propias propuestas a una media de los espectadores televisivos el<br />
representante del PCI (Partido Comunista Italiano) terminaba por decir cosas muy parecidas a las del representante de la DC (Democracia Cristiana), o bien se anulaban las diferencias, y cada uno trataba de aparecer como el más neutro y seguro posible. Por lo tanto, la polémica, la lucha política, ocurría en otra parte y en buena medida en los diarios.<br />
Después ocurrió el salto cuantitativo (los canales se multiplicaron cada vez más) y cualitativo: incluso dentro de la televisión estatal se distinguían tres canales orientados políticamente de distinta forma; la sátira, el debate encendido, la fábrica de primicias, pasaron a la televisión que rompió incluso las barreras del sexo, de modo que algunos programas de las once de la noche ya eran más audaces que las monjiles portadas de L´Espresso o de Panorama, que se detenían en la frontera del glúteo.<br />
Todavía al inicio de los años 70 recuerdo que publicaba yo una reseña sobre los talk shows estadounidenses, como el lugar de una conversación civil, animada, que podía tener a los espectadores clavados hasta altas horas de la noche frente al televisor y los proponía apasionadamente para la televisión italiana. Después, apareció cada vez más triunfalmente en la pantalllas caseras italianas el talk shows que, sin embargo, poco a poco se convertía en lugar de un encuentro violento, a veces incluso de violencia física, en escuela de un lenguaje sin términos medios (en honor a la verdad, una evolución de este género tuvo lugar parcialmente también en algunos talk shows de otros países).<br />
Así, la televisión se convertía en la primera fuente de difusión de las noticias y frente a los diarios se abrían solamente dos caminos. Del primer camino posible, que por ahora definiré como \&#8221;atención prolongada\&#8221;, hablaré más adelante. Creo, sin embargo, que se puede afirmar que la prensa siguió en buena medida el segundo camino: se ha hecho semanal. El diario se ha vuelto más parecido a un semanario, con el enorme espacio que dedica a la variedad, a la discusión de sucesos de la moda, de chismes de la vida política, de atención al mundo del espectáculo. Esto pone en crisis a los semanarios de primer nivel (de Panorama a L´Espresso) y al semanario le quedan dos alternativas: o se vuelve mensual, pero ya existen publicaciones mensuales especializadas en embarcaciones de vela, relojes, computadoras, con un mercado propio fiel y seguro; o bien debe invadir el espacio de los sociales, que pertenecía y continúa perteneciendo a los semanarios de nivel medio (Gente y Oggi) para los apasionados de las bodas principescas, o de bajo nivel (Novella 2000, Stop, Eva Express) para los devotos del adulterio espectacular y los cazadores de senos descubiertos en la intimidad de los ministerios de la decencia.<br />
Pero los semanarios de primer nivel no pueden descender al nivel bajo o medio sino en las páginas finales, y ya lo hacen; allí es donde hay que buscar los senos, las amistades afectuosas, los esponsales en Montecarlo. Por otro lado, haciendo esto pierden la fisonomía del propio público: entre más un semanario de primer nivel roza el nivel medio o bajo, más consigue un público que no es el suyo tradicional y, por tanto, ya no sabe a quién se dirige; aumenta el tiraje y pierde identidad.<br />
Por otra parte, el semanario recibe un golpe mortal sucesivo de los suplementos semanales de los diarios. A este punto, el semanario tendría una sola solución: tomar la vía de las publicaciones del tipo de las que en Estados Unidos se dirigen a un altísimo nivel de lectores como, por ejemplo, el New Yorker, que ofrece la lista de los espectáculos teatrales, dibujos animados de alto nivel, breves antologías poéticas, pero puede aparecer un artículo de 50 cuartillas solamente sobre la biografía de una gran dama del mundo editorial, como ha sucedido con Helen Wolff. O bien podría tomar la vía del Time o Newsweek, los cuales aceptan ser semanarios que hablan de acontecimientos de los que ya han hablado los diarios y la televisión, pero que ofrecen al respecto un resumen esencial o dossiers que profundizan en otros ángulos, cada uno de los cuales requiere de meses de programación y de trabajo y una documentación cuidada hasta la exageración, de modo que es raro que estos semanarios publiquen desmentidos respecto de datos sobre los hechos.<br />
Por otra parte, también un artículo para el New Yorker es encargado con meses de anticipación, y si después se juzga que ya no es actual al autor igualmente se le paga (generosamente) y el artículo se desecha. Este tipo de semanarios tiene costos altísimos y puede existir sólo para un mercado mundial de anglófonos y no para un mercado restringido de italianófonos, donde los índices de lectura son todavía lamentables.<br />
Por tanto, el semanario se esfuerza por seguir al diario sobre su misma ruta y cada uno trata de superar al otro para conquistar a los mismos lectores. Ello explica por qué el glorioso Europeo cierra, Epoca busca desesperadamente una vía alternativa sosteniéndose con anuncios televisivos y L´Espresso y Panorama luchan por diferenciarse; lo hacen, pero el público lo nota cada vez menos. A veces me sucede que encuentro conocidos incluso cultos, que me felicitan por la hermosa sección que escribo semanalmente en Panorama; es más, afirman, con adulación, que compran Panorama y sólo Panorama exclusivamente para leer mi sección.<br />
La ideología del espectáculo<br />
Para volverse semanales, los diarios aumentan las páginas; para aumentar las páginas luchan por la publicidad; para tener publicidad aumentan de nuevo las páginas e inventan los suplementos; para ocupar todas esas páginas deben entonces contar cualquier cosa; para hacerlo deben ir más allá de la sola noticia (que por otra parte ya dio la televisión) y, por tanto, se hacen cada vez más semanales, hasta el punto de tener que inventar y transformar en noticia lo que no es<br />
Tomo un ejemplo de la vida cultural y no política, y que se relaciona con un caso personal para no herir susceptibilidades. Hace unos meses, al recibir un premio en Grinzane, fui presentado por mi colega y amigo Gianni Vattimo. Quien se dedica a la filosofía sabe que mis posiciones son divergentes de las de Vattimo, pero nos profesamos mutua estima. Otros saben que somos amigos fraternos desde la juventud y que amamos zaherirnos mutuamente en ocasión de algún encuentro. Ese día Vattimo había elegido precisamente la vía de la convivencia social, había hecho una presentación afectuosa y animada y yo le había respondido de modo igualmente bromista, subrayando con aspavientos y paradojas nuestras eternas divergencias.<br />
Al día siguiente, un periódico italiano dedicaba casi una página completa al encuentro de Grinzane que habría marcado, según el articulista, el nacimiento de una nueva, dramática e inédita, fractura en el campo filosófico italiano. El autor del artículo sabía muy bien que no se trataba de una noticia, ni siquiera cultural; había creado simplemente un caso que no existía. Les dejo a ustedes encontrar ejemplos equivalentes en el campo político. Pero también el ejemplo cultural es interesante: el periódico debía construir un caso porque debía llenar muchas páginas dedicadas a la cultura, a la variedad y a la moda, dominadas por una ideología del espectáculo.<br />
Tomemos Il Corriere della Sera y La Repubblica del lunes 23 de enero. El primero tiene 44 páginas, el segundo 54, pero considerando la densidad de las páginas del primero, los dos se corresponden. El lunes es un día difícil, no hay noticias políticas y económicas frescas, cuando mucho queda el deporte.<br />
Afortunadamente ese día Italia estaba en plena crisis de gobierno y los diarios podían dedicar los artículos de fondo al duelo Dini-Berlusconi. Una matanza en Israel el día del aniversario de Auschwitz permitía llenar la mayor parte de la primera plana, con el añadido del caso Andreotti y, para Il Corriere della Sera, la muerte de la matriarca Kennedy que, en cambio, La Repubblica ubica en páginas interiores. Crónicas de Chechenia, alguna noticia de Bonn. ¿Cómo llenar el resto? La Repubblica e Il Corriere della Sera dedican respectivamente siete y cuatro páginas a la crónica de ciudad; 14 y siete páginas al deporte, dos y tres páginas a la cultura, dos y cinco a la economía y de ocho a nueve a crónicas de la moda, espectáculos y televisión. En ambos casos, de 32 páginas al menos 15 se dedican a servicios de tipo semanal.<br />
Tomemos ahora el New York Times del mismo lunes. De 53 páginas, 16 se dedican al deporte, diez a problemas metropolitanos, diez a la economía; quedan 16 páginas. En Estados Unidos no hay una crisis en curso. Washington no requiere de mucho espacio y entonces cinco páginas de national report se ocupan de asuntos internos. Después de la noticia obvia de la matanza ocurrida en Israel se encuentran al menos diez artículos sobre Perú, Haití, Ruanda, refugiados cubanos, Bosnia, Argelia, conferencia internacional sobre la pobreza, Japón después del terremoto, el caso del obispo Gaillot. Siguen dos densas páginas de comentarios y análisis políticos.<br />
Dejo de lado entonces que los diarios italianos no hablan de Perú, Haití, Cuba, Ruanda. Admitamos también que los tres primeros temas interesen más a los estadounidenses que a los europeos; el resultado es que eran argumentos de actualidad internacional que los periódicos italianos han dejado de lado para aumentar la parte dedicada a los espectáculos y a la televisión.<br />
El New York Times, pero sólo porque es lunes, un día en que no se sabe qué decir, dedica dos páginas al media business, pero no se trata de adelantos sobre personajes del espectáculo, sino de reflexiones y análisis económicos sobre el show business<br />
Que la selección es explícita lo dicen Il Corriere della Sera y La Repubblica del lunes 30, que dedican una plana, con anuncio en la primera, al hecho de que Coco Chanel haya sido espía nazi. Ante todo la noticia ya la habíamos leído hace mucho tiempo. ¿Por qué se le menciona ahora? Porque la ha mencionado un día antes una transmisión por televisión de la BBC.<br />
Ahora, Coco Chanel es francesa, pero el diario Le Monde no toma en cuenta la noticia. ¿Chovinismo francés, temor de reabrir antiguas heridas de Vichy? Sin embargo, ¿por qué no lo menciona ni siquiera el Herald Tribune? ¿Por qué el hecho de que un libro o una transmisión televisiva se ocupen de un acontecimiento histórico es argumento para un semanario de cultura y espectáculo? ¿A qué se ha renunciado dando tanto espacio al caso Chanel? Si se confronta con el Herald Tribune se encuentran 15 noticias de actualidad descuidadas por los diarios italianos: \&#8221;Chechenia envía un embajador a Clinton\&#8221;, pero no puede hacerlo porque no tiene el estatus jurídico necesario; \&#8221;Francia decide aumentar a 300 hombres su contingente en Bosnia\&#8221;; \&#8221;Mandela escoge un blanco como jefe de policía\&#8221;; \&#8221;Muere el director de la UNICEF\&#8221;, y así tocando China, Pakistán, Camboya, Libia, Egipto y México. </p>
<p>Está claro que yo como lector me divertí más leyendo la historia de Coco Chanel que la biografía del director de la UNICEF, pero la selección es clara: el periódico quería divertirme y lo hizo, y quería divertirme a partir de una noticia ofrecida por la televisión inglesa<br />
Cuando domina la TV<br />
La lección. La prensa italiana lo he dicho muchas veces es hoy esclava de la televisión. La televisión es la que fija la agenda de la prensa. No existe prensa en el mundo donde las noticias de la televisión terminen en la primera plana, a menos que la tarde anterior Clinton o Mitterrand hayan hablado en la TV o haya sido sustituido el administrador delegado de una cadena nacional. No se me responda que se deben llenar las páginas.<br />
Tengo aquí The New York Times del domingo 22 de enero: son solamente 569 páginas, porque estamos en enero, mientras que antes de la Navidad los números eran más voluminosos. En ese número de páginas se incluyen también los espacios publicitarios, la revista de los libros, el semanario de variedades, viajes, autos, etcétera. Veamos dónde se menciona a la TV, que además es un electrodoméstico que ocupa mucho espacio en el imaginario estadounidense. Se menciona en el suplemento \&#8221;Artes y espectáculo\&#8221; en la página 32, donde hay una reflexión sobre los estereotipos raciales en los programas y una larga reseña referente a un magnífico documental sobre los volcanes. Está después el cuaderno con la programación (es obvio), pero el tema de la TV no aparece ni siquiera en el suplemento de variedades y modas, que corresponde al \&#8221;Sette\&#8221; de Il Corriere della Sera o a \&#8221;Il Venerdi\&#8221; de La Repubblica. Entonces no es cierto que se necesita hablar de la TV para llenar las páginas e interesar al público; es una elección y no una necesidad<br />
El mismo día los diarios italianos daban amplio espacio a un próximo programa de Chiambretti y, por tanto, se trataba de publicidad gratuita, donde la noticia central era que le había dado por entrar con las cámaras en las aulas universitarias donde estaba dando mi clase y yo, por respeto al lugar y su función, no se lo permití. Si esa era una noticia por qué es noticia que cualquier santuario permanezca inmaculado para la televisión valía cuatro líneas entre los suplementos de publicidad.<br />
Pero, ¿si en esa aula hubiese tocado, cámara en mano, un hombre político cualquiera y yo lo hubiera invitado a desistir? Hubiera tenido, sin entrar en el aula y sin aparecer en video, las primeras páginas de los diarios. En Italia, el mundo político puede fijar la agenda de las prioridades periodísticas afirmando cualquier cosa en la TV o directamente haciendo saber que lo afirmará, y al día siguiente la prensa no hablará de lo que ocurre en el país sino de lo que se dijo o podría haberse dicho en la televisión.<br />
Ciertamente somos un país en el cual, más que en ningún otro, la vida de la televisión se entreteje estrechamente con la vida política, de otro modo no se discutiría de par condicio, y esto ocurría ya en tiempo de Bernabei e incluso antes de que apareciese en el horizonte la Fininvest; por tanto, la prensa debe dar cuenta de este entramado.<br />
Un amigo extranjero me hacía notar, el domingo 29 de enero, que sólo en Italia podía ocurrir que ese día apareciese en muchas columnas resumida la primera plana, y luego en interiores, la histórica declaración de Chiambretti: \&#8221;No me voy\&#8221; (sólo porque Santoro había lanzado una provocación el día anterior). Cierto, la decisión profesional de un cómico no debería ser noticia de primera plana, especialmente si el cómico decide no interrumpir la transmisión que está conduciendo.<br />
Si es noticia el hombre que muerde al perro y no el perro que muerde al hombre, ése era el caso de un perro que aparentemente no había mordido a nadie<br />
Y, sin embargo, todos sabemos que detrás de aquel debate, que involucraba incluso a Enzo Biagi, había un sentimiento de incomodidad, una polémica de claro sabor político. Debemos decir que la prensa estaba obligada a poner aquella noticia en primera plana y no por culpa propia sino de la situación italiana. No obstante, es un azar que la situación italiana sea la que es incluso por responsabilidad de la prensa.<br />
Desde hace tiempo la prensa, para atraerse al público de la televisión, ha impuesto a la propia televisión como espacio político privilegiado haciendo publicidad (hecho único en la historia de la competencia económica) más allá de lo debido, al propio competidor natural. Los políticos han extraído las debidas consecuencias: han elegido la TV, han adoptado el lenguaje y las formas, seguros de que sólo así tendrían la atención de la prensa. La prensa ha politizado el espectáculo más allá de lo debido. Entonces era obvio que el político tratara de hacerse notar llevando a la Cicciolina al Parlamento; y el de la Cicciolina es un caso típico porque, por instintiva pruderie, la TV no le había dado el espacio que le ha asegurado de inmediato la prensa.<br />
La entrevista. Mientras que depende de la televisión para su agenda, la prensa ha decidido emularla en su estilo. La entrevista se ha convertido en el modo más típico de divulgar cada noticia de política, literatura y ciencia. La entrevista es obligatoria en la TV, donde no se puede hablar de alguien sin presentarlo pero, en cambio, es un instrumento que la prensa siempre había usado con mucha cautela.<br />
Entrevistar quiere decir regalar el propio espacio a alguien para hacerlo decir lo que él quiere. Piensen en lo que ocurre cuando un autor ha publicado un libro. El lector espera de la prensa un juicio y una orientación y se fía de la opinión de un crítico importante o de la seriedad del título. Pero hoy un periódico se siente abatido si no consigue tener antes que nada una entrevista con el autor.<br />
¿Qué es una entrevista con el autor? Es fatalmente autopublicidad: es rarísimo que el autor afirme que ha escrito un libro innoble. Es habitual un chantaje implícito, que sucede también en otros países: si no se concede la entrevista, no se hace ni siquiera la reseña. En todo caso el lector ha sido defraudado; la publicidad ha precedido o sustituido al juicio crítico y a menudo el crítico, cuando finalmente escribe, ya no discute el libro, sino lo que el autor ha dicho en el curso de varias entrevistas<br />
Con mayor razón la entrevista con un político debería ser un gesto de cierta trascendencia: o es solicitada por el político, que quiere usar al periódico como vehículo (y el periódico tiene que evaluar si quiere darle el espacio), o es solicitada por el periódico, que quiere profundizar una cierta posición del político. Una entrevista seria debe tomar mucho tiempo y el entrevistado como sucede en casi todo el mundo después debe revisar el entrecomillado para evitar malentendidos y desmentidos.<br />
Hoy, los diarios publican una decena de entrevistas al día, cocidas y masticadas, donde el entrevistado dice lo que ha dicho en otros periódicos pero, para ganarle a la competencia, se necesita que la entrevista de ese día sea más sabrosa que la del otro. Entonces el juego está en arrancar al político una ligera aceptación que, deliberadamente subrayada, hará explotar el escándalo. </p>
<p>Entonces el político, siempre en escena al día siguiente para desmentir lo que ha declarado el día anterior, ¿es una víctima de la prensa? Debemos entonces preguntarle: \&#8221;¿Por qué no adopta la eficaz técnica del no comment?\&#8221;. Parece que en octubre pasado Bossi escogió esta vía, cuando prohibió a sus diputados hablar con los periodistas. ¿Vía errónea, porque lo expone a los ataques de la prensa? ¿Vía acertada, porque le ha redituado al menos dos días de presencia a plana completa en todos los periódicos, lo que en precio de publicidad vale una fortuna?<br />
Los periodistas parlamentarios, por su parte, afirman que en todos los casos de declaración seguida de virulento desmentido, es el político el que verdaderamente ha hecho esa media declaración para que la publicase el periódico, con objeto de poder desmentirla un día después, lanzando mientras tanto un ballon d\&#8217; essai y haciendo llegar una insinuación o una señal de amenaza. Después de los cual habría que preguntarle al cronista parlamentario víctima inocente del político astuto: \&#8221;¿Por qué lo permite?\&#8221;, \&#8221;¿por qué no exige que lo controlen y subraya el entrecomillado?\&#8221;. La respuesta es simple: en este juego cada uno tiene algo que ganar y nada que perder. En la medida en que el juego es vertiginoso, las declaraciones se suceden a diario, el lector pierde la cuenta y olvida lo que se ha dicho. En compensación, el periódico resume la noticia y el político logra la ventaja que se ha propuesto previamente.<br />
Es un pactum sceleris a los daños, al lector y a los ciudadanos, y es tan difuso y aceptado que se ha vuelto una costumbre no de dación sino permítaseme de dicción ambiental. Como todos los delitos, sin embargo, al final no paga: el precio, sea para la prensa o para el político, la inadmisibilidad, y la reacción indiferente del lector.<br />
Para volver la entrevista más apetitosa, se ha agregado, como ya se decía, el cambio radical del lenguaje político, el cual asumiendo la forma del debate y del altercado televisivo, ya no es cuidadoso sino pintoresco e inmediato.<br />
Por mucho tiempo nos lamentamos de los políticos italianos que leían una parca y oscura declaración sobre una hoja y admirábamos a esos políticos estadounidenses que frente al micrófono, con las manos en los bolsillos, parecían hablar espontáneamente, improvisando e incluso salpicando el discurso con ingeniosas ocurrencias. Y bien, no era así: la mayor parte de ellos había seguido cursos en varios speech centers de su universidad; seguía y sigue reglas de una oratoria aparentemente improvisada, pero en cambio controlada hasta el milímetro; decía y dice ocurrencias registradas en manuales especializados o preparadas en la noche por ghost writers<br />
Tomado de la oratoria curial de la primera República, el político de la segunda improvisa realmente; habla de un modo más comprensible, pero a menudo incontrolado. No es necesario decir que para los periódicos, especialmente si han decidido volverse semanales, esto es maná, para usar una frase hecha. Me perdonarán la comparación irreverente, pero el mecanismo psicológico normal en la hostería de pueblo es que, si alguno que ha empinado demasiado el codo suelta una indiscreción, todo el auditorio hará lo posible para animarlo y llevarlo más allá del límite.<br />
Esta es la dinámica de la provocación que se establece en el talk show y es la misma que se instaura entre cronista y político. La mitad de los fenómenos que hoy estamos definiendo como \&#8221;envenenamiento de la lucha política\&#8221; proviene de esta dinámica incontrolable. He dicho, ciertamente, que en el torbellino los lectores olvidan la declaración específica, pero lo que se vuelve costumbre es el tono del debate, el convencimiento de que todo está permitido </p>
<p>La prensa habla de la prensa<br />
En esta afanosa caza de declaraciones, sucede cada vez más que la prensa habla solamente de la otra prensa. Es cada vez más frecuente en el periódico A el artículo que anuncia una entrevista que aparece al día siguiente en el periódico B. Es cada vez más frecuente la carta que desmiente haber dado nunca una declaración al diario A, a la que sigue la respuesta del periodista que afirma haber leído la declaración en una entrevista en el periódico B, sin preocuparse de si B no sustrajo indirectamente la noticia del periódico C. Colecciono un dossier sobre el argumento y no me pidan que lo muestre.<br />
Entonces, cuando no habla de televisión, la prensa habla de sí misma; ha aprendido de la televisión, que habla bastante de televisión.<br />
En lugar de suscitar una preocupada indignación, esta situación anómala hace el juego al político, que encuentra útil que de cada declaración suya en un solo medio se haga eco la caja de resonancia de todos los otros medios unidos. Así, los mass media, de ventana al mundo, se transforma en espejo, los espectadores y los lectores miran un mundo político que a su vez se mira a sí mismo, como la reina de Blancanieves.<br />
L\&#8217;Espresso ha lanzado a menudo campañas que han hecho época. Piénsese en el célebre e inicial \&#8221;Capital corrupta, nación infecta\&#8221;. Pero, ¿cuál era la técnica de esta campaña? Tengo en casa sólo un año completo de L\&#8217;Espresso, de 1965, y el otro día lo estuve hojeando. Del número 1 al 7, los artículos van de la política a la moda, sin revelaciones extraordinarias. En el número 7 aparece una investigación de Jannuzzi, \&#8221;La cedular de San Pedro\&#8221;, donde se acusa al Vaticano de haber sustraído en tres años 40 mil millones al fisco, con el consenso del gobierno italiano. Estamos en periodo de sesiones, se está discutiendo de nuevo el artículo 7 de la Constitución, el tema es candente. En el número 8 no se retoma el tema fiscal. Aparece en cambio un servicio sobre Il Vicario de Hochhut, cuya representación había sido bloqueada por la jefatura de policía de Roma, con comentarios de Scalfari y un artículo no firmado de indiscreciones sobre el Concilio. Sin que el lector se dé cuenta al primer golpe, el tema de Il Vicario se retoma en la sección teatral de Sandro De Feo. En el número 9 cae la polémica, pero del 9 al 13 tenemos un monitoreo, un largo servicio de Camila Cederna sobre los entretelones del Concilio<br />
Es hasta el número 13 y estamos a dos meses después que un artículo de Livio Zanetti abre el problema político de las discusiones sobre la revisión del Concordato y sólo al final del artículo el problema se liga al de los presuntos fraudes fiscales del Vaticano. Se regresa al tema en el número 14, no en primera plana. En el número 15 Falconi explora los casos de los curas rebeldes y de la iglesia de Barbiana, en el número 16 un editorial en primera plana habla del peso político de una visita de Nenni al Vaticano con la pregunta: ¿sabrá el Estado italiano hacer valer sus derechos? En el número 18 inicia una nueva indagación, sobre los misterios de la magistratura.<br />
El periódico tenía evidentemente su estrategia, sabía que no podía gritar \&#8221;el lobo, el lobo\&#8221; todas las semanas, dosificaba los tonos y las noticias, dejaba que el lector, poco a poco, se formara una opinión, hacía sentir a la clase política el peso de una atención discreta pero constante, dejando entender que, en caso de necesidad, podría volver al descubierto.<br />
¿Podría un semanario comportarse actualmente de la misma manera? No. </p>
<p>En primer lugar, L\&#8217;Espresso de entonces se dirigía, por su tiraje y su presentación gráfica, a la clase dirigente; hoy sus lectores han aumentado al menos cinco veces; ya no puede seguir la técnica de la insinuación sutil, progresiva, gradual.<br />
En segundo lugar, hoy la exclusiva inicial el primer artículo del número 7 sería inmediatamente retomada y ampliada por el resto de la prensa y de los otros media y para poder retomar el tema el semanario debería inmediatamente subir el tiraje, encontrar noticias más explosivas a costa de inflar datos no suficientemente comprobados.<br />
En tercer lugar, en el mundo político y en sus apariciones en la televisión, el tema habría alcanzado el nivel del altercado; el objeto de la noticia ya no sería el hecho de que existe sospecha de fraude fiscal, o un problema de Concordato, sino la pintoresca confrontación que se ha dado sobre ese problema y el semanario hablaría solamente de cómo otros periódicos o noticieros televisivos enfrentan la cuestión.<br />
Finalmente, en cuarto lugar, entre los elementos de transformación de la prensa, no podemos dejar de considerar el nuevo comportamiento de la magistratura. La prensa intervenía allí donde las fuerzas políticas callaban y la magistratura no veía. Después de Manos Limpias, la magistratura ha conseguido tal intensidad en la denuncia, a todos los niveles, que a la prensa le queda muy poco por descubrir. No le queda sino repetir (o anticipar, en una frenética carrera hacia la indiscreción) las denuncias que parten del Palacio de Justicia, o cambiar de juego y denunciar a la magistratura, pero también allí a la zaga de la televisión. El juego de las partes se convulsiona.<br />
Si en un tiempo un periódico debía enviar sus propios espías a los pasillos de los palacios romanos para arrebatar alguna cautelosa declaración a personas que sabían, hoy debe, eventualmente, procurarse alguien que le proporcione, no solicitados, sabrosos dossier de quien, si no se controla la autenticidad, se convierte en amplificador truculento, perdiendo credibilidad. Es decir, que debe jugar a la defensiva, parar golpes que vienen de afuera. No quisiera ser pesimista, pero se corre el riesgo de que quede Pecorelli (que jugaba a medio camino entre acontecimientos, mundo político, servicios y periodismo) por encima de Arrigo Benedetti (que pensaba en el periodismo como un cuarto poder autónomo)<br />
La prensa incómoda. Inicios de cambio<br />
En cuanto a la exclusiva, no es que en otras partes las cosas sean diferentes de como son en Italia, y Francia ha lamentado recientemente que la carrera por la exclusiva a cualquier costo haya violado la más celosa intimidad del Presidente de la República. Cuáles serán las consecuencias de esta carrera por la exclusiva, lo dice una comparación entre el caso Nixon y el caso Clinton.<br />
Antes de la investigación del Washington Post sobre Watergate, no hubo jamás ataques, que no fueran políticos, a la Presidencia y a su honorabilidad. Si consideramos en sí la entidad del dolo, Nixon hubiera salido fácilmente acusando a los colaboradores demasiado diligentes. Pero ha cometido el error de decir una mentira. A ese punto la campaña periodística ha señalado el hecho de que el Presidente de Estados Unidos había mentido y Nixon cayó finalmente, no porque fuera indirectamente culpable de espionaje, sino por ser reo del embuste. Quiero decir que la elección fue precisa, puntual, calibrada y justo por eso eficaz.<br />
Lo que hace la campaña contra Clinton más débil y desarticulada es que ahora ya aparece una exclusiva por día, y a más de hacerlo no vacila en atribuir a Clinton e<br />
Hillary cualquier falta, de la especulación inmobiliaria a la alimentación del gato con dinero del Estado. Es demasiado. La opinión pública está confundida, y permanece fundamentalmente escéptica. El resultado, también allá, es el envenenamiento de la lucha política: ahora se sustituye un líder sólo si se logra meterlo a la cárcel<br />
¿Qué hacer?<br />
Para sustraerse a estas condiciones quedan a la prensa dos caminos, ambos difíciles, porque incluso los diarios extranjeros que hasta ahora los han practicado deben de alguna manera transformarse para adaptarse a los nuevos tiempos.<br />
La primera es la que llamo la \&#8221;vía fidjiana\&#8221;. En 1990 estuve durante casi un mes en las islas Fidji y el año pasado casi un mes en el Caribe. Podía leer, en aquellas islitas, solamente el diario local: ocho o 12 páginas, la mayor parte publicidad de restaurantes, noticias de carácter local y el resto de agencias. Bien, estaba en las islas Fidji cuando explotó la crisis del Golfo, y en el Caribe cuando en Italia se discutía el caso del decreto Biondi, y me mantuve al corriente de todos los hechos esenciales. Estos periódicos paupérrimos, trabajando sólo con servicios de agencias, lograban dar en pocas líneas las noticias más importantes del día anterior. A esa distancia comprendía que aquello de lo que los periódicos no hablaban no era tan importante.<br />
La vía fidjiana. Seguir la \&#8221;vía fidjiana\&#8221; implica naturalmente, para un periódico, una tremenda merma en sus ventas. Se convertiría en un boletín para una élite como la que lee el boletín de la bolsa; porque para comprender el peso de una noticia dada en forma esencial se necesita un ojo educado. Sería, sin embargo, una fatalidad incluso para la vida política, que perdería la función crítica de la prensa, su aguijón. Los políticos superficiales podrían pensar que a este punto les bastaría la televisión: pero la televisión, como toda forma de espectáculo, acaba. Fanfani sobrevivió más tiempo que Nilla Pizzi. Una clase política crece y madura también a través de una confrontación amplia, tranquila y reflexiva, como sólo lo puede permitir la relación con la prensa.<br />
La clase política es la primera que tiene todo que perder (aferrando sólo alguna ventaja de breve alcance: pocos, malditos y rápido), de una prensa diaria totalmente semanalizada y sometida a la televisión.<br />
La atención prolongada. La otra vía sería aquella que he definido, al principio, como la atención prolongada: el diario renuncia a convertirse en un semanario de variedades y se vuelve una austera y confiable mina de noticias de lo que ocurre en el mundo; es decir, no hablará del golpe de Estado ocurrido ayer en un país del Tercer Mundo sino que dedicará a los acontecimientos de ese país una atención continua, aun cuando los hechos por venir estuvieran en incubación, logrando explicar al lector por qué (por cuáles intereses económicos o políticos, incluso nacionales) se debía prestar atención a cuanto ocurría. Sin embargo, este tipo de prensa cotidiana requiere de una lenta educación del lector. Hoy en Italia un diario, antes de llegar a educar en ese sentido a los propios lectores, los habría perdido. Incluso el New York Times, que tenía lectores educados y funcionaba en Nueva York con un régimen prácticamente monopólico, enfrenta ahora al muy coloreado y más ligero USA Today que le roba mercado.<br />
Podría suceder también otra cosa. Con el desarrollo de la telemática y de la televisión interactiva, pronto cada uno de nosotros podría componer e incluso imprimir en casa con el telecomando, el propio diario esencial, escogiendo de una gran cantidad de fuentes<br />
El diario telemático<br />
Podrían morir los diarios, no los editores de diarios que venderían informaciones con costos reducidos. Sin embargo, el periódico hecho en casa podría decir solamente aquello en lo que el usuario está ya interesado de antemano y lo alejaría de un flujo de informaciones, juicios y alarmas que habían podido reclamar su atención; le quitaría la posibilidad de atrapar, hojeando el resto del periódico, la noticia inesperada y no deseada. Tendríamos una élite de usuarios informadísimos, que saben dónde y cuándo buscar la noticia, y una masa de subproletarios de la información, satisfechos con saber solamente que en los alrededores nació un becerro con dos cabezas: es lo que ya sucede en los diarios del Middle West estadounidense.<br />
También en este caso sería una desgracia para los políticos, obligados a replegarse a la televisión; se tendría un régimen de república plebiscitaria, donde los electores reaccionarían solamente a las emociones del momento, transmisión por transmisión, como se suele decir, en el tiempo real. A alguien le puede parecer una situación ideal, pero hay que tener cuidado, pues en tal caso no sólo el hombre político sino los propios grupos y movimientos tendrían la vida breve de una modelo<br />
¿Un futuro Internet?<br />
Queda abierto un futuro Internet y políticos como Al Gore lo comprendieron desde hace tiempo. Entonces la información se difunde por innumerables canales autónomos, el sistema es acéfalo e incontrolable; cada uno discute con los otros, no sólo reacciona emotivamente al sondeo en el tiempo real, sino que dirige mensajes incluso profundizados que descubre poco a poco, relaciones y discusiones entretejidos más allá de lo que es la dialéctica parlamentaria o la vetusta polémica periodística. Pero, ¿qué sucedería, al menos por algunos años?<br />
Ante todo, las redes telemáticas seguirán siendo un instrumento para una élite culturizada y joven, no para el ama de casa católica, no para el marginado al que se dirige Refundación Comunista, no para el pensionado al que convoca el PDI (Partido Democrático de Izquierda, ex PCI), no para la señora burguesa que se manifiesta por el Polo (se refiere al llamado Polo de la Libertad, coalición de partidos de derecha. N. del T.).<br />
En segundo lugar, no se ha dicho que estas redes puedan realmente permanecer acéfalas, sustraídas de todo control de las alturas, porque estamos ya en una situación de congestionamiento y mañana un Gran Hermano podría controlar los canales de acceso, ¡y entonces, olvídense de la par condicio!<br />
En tercer lugar, la enormidad de informaciones que permiten estas redes podría llevar a una censura por exceso. El New York Times del domingo contiene realmente all the news that\&#8217;s fit to print, todo lo que vale la pena publicar, y no se diferencia mucho del Pravda de los tiempos de Stalin porque, dado que no es posible leerlo todo en siete días, es como si las noticias que ofrece fueran censuradas; demasiadas noticias, ninguna noticia. El exceso de información lleva a criterios casuales de destrucción o a cuidadas selecciones permitidas, de nuevo, a una élite educadísima<br />
Función fundamental<br />
¿Cómo concluir? Considero que la prensa, en el sentido tradicional del diario y del semanario hechos de papel, que se consiguen voluntariamente en el quiosco, tiene aún una función fundamental, no sólo por la evolución civil de un país, sino también<br />
para nuestra satisfacción y por el placer de estar acostumbrados, desde hace siglos, a considerar con Hegel la lectura de los diarios como la plegaria matutina del hombre moderno.<br />
Pero así como van las cosas, la prensa italiana manifiesta en sus propias columnas una incomodidad de la que es consciente, sin saber cómo salir de ella. Ya que las alternativas como hemos visto son difíciles de intentar, es necesario que inicie una lenta transformación a la cual el mundo político no puede permanecer ajeno.<br />
Para comenzar, ocurre a menudo que un hombre político envíe a un periódico un artículo que aparece bajo la leyenda: \&#8221;recibimos y publicamos con mucho gusto\&#8221;. Es un modo de contribuir a la reflexión, de asumir la responsabilidad de las propias declaraciones. Que pida el político que se le permita revisar cada entrevista y que suscriba el entrecomillado. Aparecerá menos en los periódicos, pero cuando lo haga será tomado en serio. Ganarán ventaja también los periódicos, que no se verán condenados a registrar solamente golpes de humor arrancados entre uno y otro café.<br />
¿Cómo llenará la prensa estos vacíos? Tal vez buscando otras noticias en el resto del mundo, que no es el pequeño cuadrado entre Montecitorio y el Palazzo Madama, cuadrado que a millones de personas no les importa en absoluto. Y también se trata de millones de personas que deben importarnos, de las que la prensa debe hablar más, no sólo porque miles de nuestros conciudadanos construyen algo con ellos, sino porque de su crecimiento o de su crisis depende el futuro de nuestra sociedad, y querría decir de la sociedad europea, sometida a flujos no ya inmigratorios sino migratorios de alcance histórico.<br />
Esta es una invitación tanto para la prensa como para el mundo político, a mirar más al mundo y menos al espejo.<br />
Texto leído por Umberto Eco en un seminario promovido por la presidencia del Senado, en Italia, a fines de enero de 1995 y publicado originalmente en L\&#8217;Unità, febrero de 1995. etcétera, en su primera época, lo reprodujo en junio de ese año. </p>
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		<title>El espa&#241;ol y el ingl&#233;s libran una guerra a muerte</title>
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		<pubDate>Tue, 30 Nov 1999 00:00:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan sin Letras</dc:creator>
				<category><![CDATA[GRANDES AUTORES DANDO CONSEJOS]]></category>

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		<description><![CDATA[Ficha referente a opiniones de grandes autores: EL COMERCIO, 14 de octubre de 2004 ARTURO PÉREZ REVERTE. ACADÉMICO &#171;El espa&#241;ol y el inglés libran una guerra a muerte&#187; Avala el \&#8217;Diccionario de las Dudas\&#8217; como un arma de defensa de la lengua EVA FUENTEVILLA / SAN MILLÁN Es uno de los académicos más jóvenes y [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Ficha referente a opiniones de grandes autores: <br/> <strong>
<div>EL COMERCIO, 14 de octubre de 2004</div>
<p></strong>
<div>ARTURO PÉREZ REVERTE. ACADÉMICO</div>
<p><strong>
<div>&laquo;El espa&ntilde;ol y el inglés libran una guerra a muerte&raquo;</div>
<p>
<div>Avala el \&#8217;Diccionario de las Dudas\&#8217; como un arma de defensa de la lengua</div>
<p></strong>
<div>EVA FUENTEVILLA / SAN MILLÁN</div>
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<div>Es uno de los académicos más jóvenes y de más reciente incorporación. El padre literario del Capitán Alatriste, que acaba de publicar \&#8217;Cabo de Trafalgar\&#8217;, es un firme defensor del idioma espa&ntilde;ol. El \&#8217;propietario\&#8217; del sillón \&#8217;T\&#8217; de la RAE no duda en usar palabras como guerra, muerte o tanque para combatir a favor de la cohesión del idioma y no vacila al afirmar que el \&#8217;Diccionario Panhispánico de Dudas\&#8217; será un arma fundamental en esta batalla.</p>
<p>-&iquest;Es saludable dudar a la hora de escribir?</p>
<p>-La cuestión es que es una lengua amplia, compleja, rica y unida. Faltaba un instrumento de choque. Las palabras van y vienen y era necesario este diccionario.</p>
<p>-&iquest;Más aún en estos tiempos?</p>
<p>-Ahora está Internet y los anglicismos aparecen por todas partes. El diccionario es un arma defensiva del espa&ntilde;ol, que permite que evolucione a medida que van surgiendo nuevas situaciones. Ahora, el espa&ntilde;ol libra una guerra a muerte con el inglés y vamos ganando. En esa guerra el diccionario es el ariete, la lanza, el tanque, la artillería más eficaz.</p>
<p>-Usted ha comentado que un campesino colombiano habla mejor que un universitario espa&ntilde;ol. &iquest;A qué se debe que al otro lado del charco conserven un lenguaje más rico?</p>
<p>-En América hay una realidad muy importante, y es que hay un respeto mayor por la lengua. Al haber gente muy humilde, que no ha tenido la suerte de disfrutar de situaciones económicas privilegiadas como la nuestra, piensa que la lengua es se&ntilde;al de educación.</p>
<p>-Entonces, &iquest;la cuidan más porque es un símbolo de prestigio?</p>
<p>-Siguen creyendo que la lengua es educación y que permite progresar en la vida, por eso la respetan. La ven como una forma de progreso personal, social, económico&#8230; Creen que quien habla bien podrá ser algo el día de ma&ntilde;ana. De ahí ese respeto, ese amor por la lengua y esa transmisión oral.</p>
<p>-&iquest;Hemos perdido ese respeto en Espa&ntilde;a?</p>
<p>-Por desgracia sí. En Espa&ntilde;a no hay ese respeto por la lengua.</p>
<p>-&iquest;Tenemos cierto complejo de superioridad al tratar el espa&ntilde;ol como algo sólo nuestro?</p>
<p>-Cuando voy a América y oigo hablar a un campesino colombiano tengo complejo de inferioridad. Me doy cuenta de que ellos cuidan más el patrimonio que nosotros. La gente piensa que son como una filial nuestra, cuando es al revés.</p>
<p>-&iquest;Por qué al revés?</p>
<p>-Algún sitio tiene que hacerse cargo de la centralización del trabajo, pero la riqueza del espa&ntilde;ol y su futuro nos vienen de allá. Nos están enriqueciendo a nosotros y eso es importantísimo decirlo.</p>
<p>-Al ser elegido académico dijo que pensaba ir a todas las reuniones, pero de momento sólo a oír y callar. &iquest;Ha abierto ya la boca?</p>
<p>-Ahora asumo mis responsabilidades. Sigo defendiendo que hay dos tipos de académicos.</p>
<p>-&iquest;Cuáles son?</p>
<p>-Los ling&uuml;istas, filólogos y lexicógrafos, que son los coroneles, y luego estamos los que trabajamos todos los días en la calle con la lengua; en suma, los que traemos de la calle el botín, lo echamos encima de la mesa y con eso es con lo que trabajamos.</p></div>
<p><strong>
<div><a href="\http://www.cumbresborrascosas.net/\">http://www.cumbresborrascosas.net</a> </div>
<p></strong></p>
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