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	<title>JUAN SIN LETRAS &#187; GRANDES AUTORES DANDO CONSEJOS</title>
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	<description>Concursos literarios, entrevistas a escritores, libros, recursos literarios. Opiniones crÃ­ticas y discursos.</description>
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		<title>10 consejos para hablar en pÃºblico con Ã©xito</title>
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		<pubDate>Wed, 09 Feb 2011 23:53:06 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan sin Letras</dc:creator>
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		<category><![CDATA[10 consejos para hablar en pÃºblico con Ã©xito]]></category>
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		<description><![CDATA[Hablar en pÃºblico impone mucho y, segÃºn se dice, llega a causar casi tanto temor como ir al dentista. Puede ser invitado a hablar en un congreso internacional, unas jornadas de su sociedad profesional o ante unos clientes. Puede ser una oportunidad para hacer un nuevo negocio o ganar reconocimiento dentro de la compaÃ±Ã­a o [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Hablar en pÃºblico impone mucho y, segÃºn se dice, llega a causar casi tanto temor como ir al dentista.</p>
<p>Puede ser invitado a hablar en un congreso internacional, unas jornadas de su sociedad profesional o ante unos clientes. Puede ser una oportunidad para hacer un nuevo negocio o ganar reconocimiento dentro de la compaÃ±Ã­a o del sector, pero esto serÃ¡ asÃ­ si en esta intervenciÃ³n se tiene Ã©xito.</p>
<p>Como oyente, se agradecen las presentaciones que resultan entretenidas y que ademÃ¡s iluminan sobre el tema del que traten. La clave para llegar a ser un ponente eficaz no es otra que la prÃ¡ctica. No obstante, hay una serie de principios que siempre viene bien conocerlos.</p>
<p>Jack Fox, consultor, conferenciante, autor de libros de Ã©xito sobre cÃ³mo poner en marcha negocios y presidente de Accounting Guild, una organizaciÃ³n profesional basada en Internet, con sede en las Vegas, plantea, en un artÃ­culo de accounting.pro2net.com, 10 consejos Ãºtiles para hablar en pÃºblico con Ã©xito.</p>
<p><strong>1.</strong><strong> Conocer a la audiencia<br />
Antes de preparar su presentaciÃ³n, determine quÃ© intereses tiene su auditorio y haga su ponencia a la medida de estas necesidades. Algunas de las cuestiones que se debe plantear son: Â¿quÃ© saben ellos del tema que va a abordar? Â¿QuÃ© saben de usted, de su posiciÃ³n y cuuriculo y de por quÃ© habla sobre ese tema? Â¿CuÃ¡les son sus expectativas y cÃ³mo puede superarlas y sorprenderlos?</p>
<p>Si usted improvisa, corre el riesgo de decepcionar, e incluso ofender, a la audiencia y dejar en evidencia a su empresa, a su anfitriÃ³n y, por supuesto, a usted mismo.</p>
<p></strong><strong>2.</strong><strong> La regla de tres<br />
</strong>Piense que tiene sÃ³lo tres minutos para explicar la esencia de su intervenciÃ³n. Para ello, plantÃ©ese estas tres preguntas:<br />
-Â¿cuÃ¡l es el principal argumento?<br />
-Â¿quÃ© evidencia presenta? y<br />
-Â¿quÃ© actuaciÃ³n se debe emprender?</p>
<p><strong>3.</strong><strong> Prepare el escenario</strong><br />
Incluso si hay otros responsables del equipo tÃ©cnico, como el sonido o las luces, siempre debe revisarlos personalmente y ademÃ¡s es bueno analizar los distintos Ã¡ngulos de visiÃ³n que hay desde la sala. AsegÃºrese de que cuenta con suficiente espacio para desarrollar su exposiciÃ³n con los apoyos que sean necesarios. Estar vacilante con ellos frente al auditorio socava su credibilidad y, ademÃ¡s, le pondrÃ¡ nervioso.</p>
<p><strong>4.</strong><strong> Calme sus nervios</strong><br />
Un poco de nerviosismo es natural y la mejor manera de superarlos es haber hecho un buen trabajo y sentirse seguro de ello.</p>
<p><strong>5.</strong><strong> Sepa exactamente cÃ³mo quiere comenzar</strong><br />
Su audiencia comenzarÃ¡ a juzgarle y evaluarle en los primeros segundos de su apariciÃ³n. Empezar de forma convincente â€“con una historia interesante o una estadÃ­stica sorprendente- captarÃ¡ la atenciÃ³n de su audiencia. El humor es muy efectivo, pero sÃ³lo si se trata con habilidad y medida. Si usted nunca lo ha hecho antes, la presentaciÃ³n no es el mejor lugar para empezar a practicarlo.</p>
<p><strong>6.</strong><strong> Cuide su apariencia</strong><br />
Vista de forma adecuada para la audiencia ante la que va a hablar y, sobre todo, que su indumentaria sea confortable y que le haga sentirse bien.</p>
<p><strong>7.</strong><strong> Salude y haga colegas</strong><br />
Aproveche las oportunidades que le surjan para charlar con alguno de los asistentes o de los otros ponentes antes de iniciar su presentaciÃ³n.</p>
<p><strong>8.</strong><strong> Hable con entusiasmo</strong><br />
Ponga una buena cantidad de energÃ­a fÃ­sica en su intervenciÃ³n. Usted es el centro de atenciÃ³n y debe usar las inflexiones de voz para potenciar las ideas que estÃ¡ presentando. Hable lo bastante alto para que le oigan los que se encuentran al fondo de la sala. Resultar inaudible es el mayor pecado en una conferencia, ya que no hay nada mÃ¡s irritante que tener que estar haciendo esfuerzos para oÃ­r al conferenciante.</p>
<p><strong>9.</strong><strong> Module bien las palabras</strong><br />
Si no vocaliza bien, intente hablar despacio y haga pausas (existen manuales que ayudan a practicar y mejorar la vocalizaciÃ³n). Tenga en cuenta que una voz fuerte y bien modulada es una de las herramientas mÃ¡s Ãºtiles para el Ã©xito en cualquier presentaciÃ³n.</p>
<p><strong>10.</strong><strong> Lo mÃ¡s importante: diga lo que verdaderamente cree</strong><br />
Su presentaciÃ³n transmite de usted tanto como sus teorÃ­as e ideas, sus propuestas o trabajos. En Ãºltima instancia, se estÃ¡ vendiendo usted mismo. Por tanto, sea cual es y compÃ¡rtalo con la audiencia. Le estrÃ¡n agradecidos por ello.</p>

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		<title>Veinte reglas para escribir ficciÃ³n</title>
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		<pubDate>Sun, 07 Mar 2010 15:46:30 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan sin Letras</dc:creator>
				<category><![CDATA[GRANDES AUTORES DANDO CONSEJOS]]></category>
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		<description><![CDATA[IInspirado por la publicaciÃ³n del libro de Elmore LeonardÂ 10 Rules of Writing[Las 10 reglas de la escritura], al periÃ³dico britÃ¡nico The Guardian se le ocurriÃ³ plantearle a un nutrido grupo de autores la siguiente pregunta: Â¿CuÃ¡les son las diez reglas esenciales para escribir ficciÃ³n? El artÃ­culo resultante, publicado el pasado sÃ¡bado, me ha parecido sumamente [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>I<span style="WIDOWS: 2; TEXT-TRANSFORM: none; TEXT-INDENT: 0px; BORDER-COLLAPSE: separate; FONT: medium 'Times New Roman'; WHITE-SPACE: normal; ORPHANS: 2; LETTER-SPACING: normal; COLOR: #000000; WORD-SPACING: 0px; -webkit-border-horizontal-spacing: 0px; -webkit-border-vertical-spacing: 0px; -webkit-text-decorations-in-effect: none; -webkit-text-size-adjust: auto; -webkit-text-stroke-width: 0px"><span style="TEXT-ALIGN: left; LINE-HEIGHT: 20px; FONT-FAMILY: Verdana, 'Sans Serif'; COLOR: #333333; FONT-SIZE: small">Inspirado por la publicaciÃ³n del libro de Elmore LeonardÂ </span><em>10 Rules of Writing</em>[Las 10 reglas de la escritura], al periÃ³dico britÃ¡nico The Guardian se le ocurriÃ³ plantearle a un nutrido grupo de autores la siguiente pregunta: Â¿CuÃ¡les son las diez reglas esenciales para escribir ficciÃ³n? El artÃ­culo resultante, publicado el pasado sÃ¡bado, me ha parecido sumamente interesante, ya que aunque entre las respuestas hay de todo, creo que reÃºne un buen nÃºmero de buenos consejos y de verdades ineludibles que nunca estÃ¡ de mÃ¡s recordar. AdemÃ¡s del propio Elmore, han participado en el experimento Diana Athill, Margaret Atwood, Roddy Doyle, Helen Dunmore, Geoff Dyer, Anne Enright, Richard Ford, Jonathan Franzen, Esther Freud, Neil Gaiman, David Hare, PD James, Al Kennedy, Hilary Mantel, Michael Moorcock, Michael Morpurgo, Andrew Motion, Joyce Carol Oates, Annie Proulx, Philip Pullman, Ian Rankin, Will Self, Helen Simpson, Zadie Smith, Colm TÃ³ibÃ­n, Rose Tremain, Sarah Waters y Jeanette Winterson. Que se dice pronto. Y de entre todas sus reglas, yo he escogido estas veinte que son las que mÃ¡s me han llamado la atenciÃ³n. Pero por supuesto hay muchas mÃ¡s y os recomiendo vivamente la lectura de todo el artÃ­culo, el cual podrÃ©is encontrarÂ </span><a style="COLOR: #3366cc; TEXT-DECORATION: none" href="http://www.guardian.co.uk/books/2010/feb/20/10-rules-for-writing-fiction-part-two" target="_blank">pinchando aquÃ­</a>.</p>
<p>1. No te plantees escribir. Escribe. SÃ³lo escribiendo, y no soÃ±ando con hacerlo, podemos desarrollar un estilo propio.<br />
<strong>PD James</strong></p>
<p>2. Si tienes una buena idea para una historia, no asumas que debe de ser necesariamente una narraciÃ³n en prosa. Puede que funcione mejor como obra de teatro, como guiÃ³n de cine o como poema. SÃ© flexible.<br />
<strong>Hilary Mantel</strong></p>
<p>3. La ficciÃ³n que no es una aventura personal del autor hacia lo desconocido o lo aterrador no merece la pena ser escrita a no ser que sea Ãºnicamente por dinero.<br />
<strong>Jonathan Franzen</strong></p>
<p>4. Ten mÃ¡s de una idea en marcha a la vez. Si tengo que elegir entre escribir un libro o no hacer nada, siempre elegirÃ© esto Ãºltimo. SÃ³lo cuando tengo ideas para dos libros soy capaz de elegir entre escribir uno u otro. Siempre siento la necesidad de tener la sensaciÃ³n de que estoy haciendo algo en oposiciÃ³n.<br />
<strong>Geoff Dyer</strong></p>
<p>5. Olvida el viejo dicho de que hay que escribir sobre lo que se conoce. En vez de eso, elige un Ã¡rea desconocida pero reconocible que contribuya a ampliar tu comprensiÃ³n del mundo y escribe sobre eso. En cualquier caso, recuerda que la semilla de la que se alimenta tu imaginaciÃ³n hunde sus raÃ­ces en las particularidades de tu vida. AsÃ­ que no la malgastes escribiendo autobiografÃ­a.<br />
<strong>Rose Tremain</strong></p>
<p>6. Lo mÃ¡s probable es que necesites un diccionario, una gramÃ¡tica y tener los pies en la tierra. Â¿QuÃ© quiero decir con esto Ãºltimo? Que aquÃ­ nadie regala nada. Escribir es un trabajo. TambiÃ©n es apostar. No viene con un plan de pensiones. HabrÃ¡ ciertas personas que puedan echarte una mano, pero en esencia te las tendrÃ¡s que apaÃ±ar solo. Nadie te obliga a escribir. Si escribes es porque has elegido hacerlo, asÃ­ que no te quejes.<br />
<strong>Margaret Atwood</strong></p>
<p>7. No aÃ±adas un falso romanticismo a tu &#8220;vocaciÃ³n&#8221;. O eres capaz de escribir o no. No hay un &#8220;estilo de vida del escritor&#8221;. Lo Ãºnico que importa es lo que dejas sobre la pÃ¡gina.<br />
<strong>Zadie Smith</strong></p>
<p>8. Cambia de parecer. Las buenas ideas a menudo acaban siendo eliminadas por otras mejores. Yo estaba escribiendo una novela sobre un grupo llamado The Partitions. Hasta que se me ocurriÃ³ llamarles The Commitments.<br />
<strong>Roddy Doyle</strong></p>
<p>9. Respeta el modo en el que pueden cambiar los personajes en sus primeras 50 pÃ¡ginas de vida. Revisa tus planes y comprueba si debes alterarlos de alguna manera para que se amolden a esos cambios.<br />
<strong>Rose Tremain</strong></p>
<p>10. Finaliza la jornada mientras aÃºn tengas ganas de seguir escribiendo.<br />
<strong>Helen Dunmore</strong></p>
<p><span style="FONT-SIZE: x-small">Â </span>11. Recuerda: cuando alguien te dice que algo no encaja o que no lo ha entendido, casi siempre tiene razÃ³n. Cuando te dice exactamente lo que le parece que estÃ¡ mal y el modo en el que deberÃ­as arreglarlo, casi siempre se equivoca.<br />
<strong>Neil Gaiman</strong></p>
<p>12. El estilo es el arte de quitarte a ti mismo de en medio, no el de inmiscuirte en el texto.<br />
<strong>David Hare</strong></p>
<p>13. Concentra tus energÃ­as narrativas en los puntos de cambio. Esto resulta particularmente importante en la ficciÃ³n histÃ³rica. Cuando tu personaje se enfrenta a un entorno nuevo o las circunstancias cambian a su alrededor, ese es el momento de dar un paso atrÃ¡s para describir los detalles de su mundo. La gente no suele prestar demasiada atenciÃ³n a los detalles cotidianos de su rutina diaria, por lo que cuando un escritor los describe puede sonar como si estuviera intentando instruir en exceso al lector.<br />
<strong>Hilary Mantel</strong></p>
<p>14. Lee. Lee todo aquello a lo que puedas echarle las manos encima. Siempre le recomiendo a aquellas personas que quieren escribir una obra de fantasÃ­a o de ciencia ficciÃ³n que dejen de leer por completo esos gÃ©neros y que empiecen a leer todo lo demÃ¡s, desde Bunyan a Byatt.<br />
<strong>Michael Moorcock</strong></p>
<p>15. No intentes escribir para un &#8220;lector ideal&#8221;. Puede que exista, pero estÃ¡ leyendo el libro de otro.<br />
<strong>Joyce Carol Oates</strong></p>
<p>16. No eches la vista atrÃ¡s hasta que hayas terminado un borrador entero. LimÃ­tate a comenzar cada dÃ­a a partir de la Ãºltima frase que escribiste el dÃ­a anterior. Es una manera de evitar el espanto a la vez que te asegura una obra en la que poder volcar el autÃ©ntico trabajo, que es la correcciÃ³n.<br />
<strong>Will Self</strong></p>
<p>17. Protege el tiempo y el espacio en los que escribes. No dejes que nadie se inmiscuya en ellos, ni siquiera a las personas mÃ¡s importantes de tu vida.<br />
<strong>Zadie Smith</strong></p>
<p>18. Trata la escritura como un trabajo. SÃ© disciplinado. Muchos autores son particularmente obsesivos en este aspecto. Graham Greene era cÃ©lebre por escribir 500 palabras al dÃ­a. Jean Plaidy era capaz de escribir 5,000 antes del almuerzo y luego dedicaba la tarde a contestar cartas de sus fans. Mi mÃ­nimo son 1.000 palabras al dÃ­a, algo que en ocasiones es fÃ¡cil de conseguir y en otras es, francamente, como cagar un ladrillo. Pero me obligo a permanecer sentada frente a mi escritorio hasta que las tengo, porque sÃ© que asÃ­ he conseguido hacer avanzar una pizca el libro. Puede que esas 1.000 palabras sean basura. A menudo lo son. Pero siempre es mÃ¡s fÃ¡cil volver sobre ellas mÃ¡s adelante y mejorarlas.<br />
<strong>Sarah Waters</strong></p>
<p>19. No te preocupes nunca por las posibilidades comerciales de un proyecto. Si alguien tiene que preocuparse de eso son los agentes y los editores. O no. ConversaciÃ³n con mi editor norteamericano. Yo: &#8220;Estoy escribiendo un libro tan aburrido, de un atractivo comercial tan reducido, que si lo publicas probablemente pierdas tu puesto de trabajo&#8221;. Mi editor: &#8220;Ese es precisamente el motivo de que quiera un trabajo como este&#8221;.<br />
<strong>Geoff Dyer</strong></p>
<p>20. CÃ¡sate con una persona a la que quieras y a la que le parezca buena idea que seas escritor.<br />
<strong>Richard Ford</strong></p>
<p>Y de propina, una mÃ¡s. Dice Jonathan Franzen que duda mucho &#8220;que alguien con conexiÃ³n a internet en su lugar de trabajo sea capaz de escribir buena ficciÃ³n&#8221;. Un consejo que, puedo dar fe, sirve tanto para escritores como para traductores. Que yo ahora mismo deberÃ­a estar currando y sin embargo aquÃ­ me veis. Â¡AsÃ­ no hay quien produzca!</p>
<div style="TEXT-ALIGN: center; LINE-HEIGHT: 1.6em; MARGIN: 0px 0px 0.75em"><span style="FONT-SIZE: 10px"><br />
</span></div>
<div style="TEXT-ALIGN: center; LINE-HEIGHT: 1.6em; MARGIN: 0px 0px 0.75em"><a href="http://www.culturaimpopular.com/2010/02/veinte-reglas-para-escribir-ficcion.html">http://www.culturaimpopular.com/2010/02/veinte-reglas-para-escribir-ficcion.html</a></div>

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		<title>DecÃ¡logo para escribir necrolÃ³gicas:</title>
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		<pubDate>Sun, 25 Oct 2009 05:40:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan sin Letras</dc:creator>
				<category><![CDATA[GRANDES AUTORES DANDO CONSEJOS]]></category>
		<category><![CDATA[RAREZAS Y CURIOSIDADES DE LAS LETRAS]]></category>
		<category><![CDATA[DecÃ¡logo para escribir necrolÃ³gicas:]]></category>

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		<description><![CDATA[1. Tenga en cuenta que usted sigue vivo. 2. Evite ponerse (por si acaso), en el lugar del muerto, tipo al Ã©l le habrÃ­a gustado asÃ­. 3. Evite las cartas a tumba abierta, tipo allÃ¡ donde estÃ©s amigo quiero que sepas. 4. Evite convertir una muerte natural en un suicidio, tipo se fue tan discretamente [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><span style="FONT-STYLE: italic"><img class="alignleft size-full wp-image-1466" title="image002lil" src="http://www.juansinletras.com/wp-content/uploads/2009/10/image002lil.jpg" alt="image002lil" width="310" height="221" /><br />
<strong>1. Tenga en cuenta que usted sigue vivo.<br />
2. Evite ponerse (por si acaso), en el lugar del muerto, tipo al Ã©l le habrÃ­a gustado asÃ­.<br />
3. Evite las cartas a tumba abierta, tipo allÃ¡ donde estÃ©s amigo quiero que sepas.<br />
4. Evite convertir una muerte natural en un suicidio, tipo se fue tan discretamente como habÃ­a vivido.<br />
5. No espere una mejora en su conducta, tipo aquel necrologista que riÃ±Ã³ a su muerto.<br />
6. Sobre todo no hable de su sonrisa, tipo nos acompaÃ±arÃ¡ siempre.<br />
7. Si siempre ocultÃ³ lo que pensaba realmente sobre Ã©l haga ahora un pequeÃ±o y postrero esfuerzo.<br />
8. Examine si supone un acto de respeto haber esperado a su muerte, tipo ahora ya se puede desvelar cÃ³mo.<br />
9. No olvide jamÃ¡s que la necrolÃ³gica que estÃ¡ escribiendo puede acabar resultando lo Ãºnico vivo que quedÃ© de Ã©l.<br />
10. Y dado que en algÃºn caso, aunque escaso, el muerto se ha levantado y ha leÃ­do escriba usted siempre con las precauciones propias del que espera rÃ©plica.</strong></span></p>
<p><span style="FONT-STYLE: italic"><strong>Â </strong></span></p>
<p><span style="FONT-STYLE: italic"><strong>Arcadi Espada</strong></span></p>

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		<title>LA MUERTE DE LA NOVELA (Mario Vargas LLosa)</title>
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		<pubDate>Wed, 30 Sep 2009 23:09:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan sin Letras</dc:creator>
				<category><![CDATA[GRANDES AUTORES DANDO CONSEJOS]]></category>
		<category><![CDATA[autor]]></category>
		<category><![CDATA[LA MUERTE DE LA NOVELA (Mario Vargas LLosa)]]></category>
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		<category><![CDATA[literatura]]></category>
		<category><![CDATA[novela]]></category>

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		<description><![CDATA[No habrÃ¡ sido la menor sorpresa de este viaje por las abruptas tierras de la frontera entre la RepÃºblica Dominicana y HaitÃ­, encontrarme con un artÃ­culo de Eduardo Mendoza, reproducido en un pequeÃ±o diario de esta apartada regiÃ³n, anunciando la muerte de la novela. Para alguien que lleva tres aÃ±os empeÃ±ado en escribir una novela [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><span style="font-family: Verdana; font-size: x-small;"> No habrÃ¡ sido la menor sorpresa de este  viaje por las abruptas tierras de<br />
la frontera entre la RepÃºblica  Dominicana y HaitÃ­, encontrarme con un<br />
artÃ­culo de Eduardo Mendoza,  reproducido en un pequeÃ±o diario de esta<br />
apartada regiÃ³n, anunciando la  muerte de la novela. Para alguien que lleva<br />
tres aÃ±os empeÃ±ado en  escribir una novela de sofÃ¡, y que ha subido hasta<br />
estas  anfractuosidades cordilleranas exponiÃ©ndose a la voracidad de los<br />
mosquitos a raÃ­z de aquel empeÃ±o, las opiniones de Mendoza sobre el estado<br />
de salud del gÃ©nero novelesco resultan mÃ¡s bien deprimentes. Sobre  todo,<br />
porque su maldito artÃ­culo es bastante persuasivo.<br />
Ã‰l se defiende de quienes lo han criticado por haber extendido una<br />
partida de defunciÃ³n a la novela, alegando que su tesis sÃ³lo afecta a una<br />
subdivisiÃ³n o subgÃ©nero, no a toda la especie; pero esto, en lugar de<br />
arreglar las cosas, las empeora, ya que la variante a la que se refiere,<br />
la llamada &#8220;novela de sofÃ¡&#8221;, es en realidad la Ãºnica que importa (la que<br />
abarca de Tolstoi a Faulkner, de Cervantes a Proust, de Balzac a  Kafka);<br />
las otras, las novelas de &#8220;tumbona&#8221; o &#8220;toalla y sombrilla&#8221;  â€”vasto universo<br />
donde cohabitan de Xavier de MontepÃ­n a Tom Clancey, y  del Caballero Audaz<br />
a Anne Riceâ€” difÃ­cilmente podrÃ­an perecer, pues  nunca llegaron a vivir,<br />
fueron gestadas en series, como las  hamburguesas y hot-dogs, para ser<br />
consumidas y desintegrarse en las  entraÃ±as del consumidor.</p>
<p>Mendoza recuerda, con reprimida nostalgia, la  Ã©poca en la que la novela tenÃ­a<br />
autoridad, porque el conjunto de la sociedad  veÃ­a en ella algo mÃ¡s importante<br />
que un mero pasatiempo: un gÃ©nero encargado  de representar la realidad. Es<br />
decir, de organizar de manera coherente e  inteligible el caos en que transcurren<br />
las existencias humanas y permitir a  Ã©stas entender el mundo al ver expuesto su<br />
funcionamiento, el transcurso del  tiempo, las motivaciones secretas de los actos<br />
y las conductas, en las  ficciones. En efecto, los lectores de Los miserables de<br />
Victor Hugo se  precipitaron a saquear la imprenta donde se horneaban los<br />
volÃºmenes de la  segunda parte de la novela no sÃ³lo porque estaban impacientes<br />
por saber la  evoluciÃ³n de las aventuras de Jean Valjean, Marius y Cosette; sobre<br />
todo,  porque esta omnisciente ficciÃ³n les explicaba el mundo en que vivÃ­an y les<br />
daba pistas sobre quÃ© eran y dÃ³nde estaban, algo que, antes, sÃ³lo la  religiÃ³n<br />
sabÃ­a hacer.<br />
Â¿CuÃ¡ndo se resquebraja esa fe en la novela y se  inicia la &#8220;era de la<br />
sospecha&#8221;, como la bautizÃ³ Nathalie Sarraute? SegÃºn  Mendoza, con esa confusa<br />
transiciÃ³n que se llama el &#8220;posmodernismo&#8221;, que Ã©l  prefiere denominar la<br />
&#8220;posvanguardia&#8221;. El afÃ¡n experimental se apodera del  gÃ©nero y, en los aÃ±os<br />
cincuenta y sesenta, &#8220;aquellos experimentos,  encaminados a forzar los lÃ­mites de<br />
las convenciones narrativas, pusieron en  evidencia lo limitado de los lÃ­mites y<br />
lo convencional de las convenciones&#8221;.  La novela pierde autoridad porque se<br />
convierte en un juego. Muy brillante a  veces, que resulta en audaces pases de<br />
ilusionismo verbal y pirotecnia  constructiva; pero, a esos disforzados juglares,<br />
los novelistas, se les  puede conceder la funciÃ³n de divertir o sorprender, ya no<br />
la de hacer la  vida verosÃ­mil, comprensible el mundo.<br />
Por ese camino, la novela, al  tiempo que pierde ambiciÃ³n y seguridad en sÃ­<br />
misma, se va refugiando cada  vez mÃ¡s en la exclusiva tarea de entretener,<br />
erradicando de sus fines toda  pretensiÃ³n filosÃ³fica, doctrinaria o moral. Ha<br />
principiado la Ã©poca de la  novela ligera, que divierte sin preocupar, como un<br />
partido de futbol o un  programa de preguntas y respuestas en la televisiÃ³n.<br />
Ahora bien, dice  Mendoza, la novela light, &#8220;forma honesta, civilizada e<br />
instructiva de  entretenimiento&#8221;, es la &#8220;novela que, a mi modo de ver, ya no da<br />
mÃ¡s de sÃ­&#8221;.  Â¿Por quÃ© este desahucio? Sospecho que debido a la competencia de<br />
otros  gÃ©neros de ficciÃ³n, los audiovisuales, con los que la novela light serÃ¡<br />
incapaz de medirse. Los primeros en reconocer su extrema indefensiÃ³n contra  las<br />
historias que cuentan la pequeÃ±a y la gran pantalla son los propios  novelistas<br />
light, la inmensa mayorÃ­a de los cuales escriben novelas mÃ¡s para  ser<br />
convertidas en pelÃ­culas que para conquistar a los lectores. De hecho,  los<br />
grandes best-sellers literarios son, hoy, cada dÃ­a mÃ¡s, los libros que  han<br />
pasado ya por la pantalla, chica o grande, y recibido de ella su  consagraciÃ³n<br />
como productos entretenidos. Esta dependencia total de la  palabra respecto de la<br />
imagen es el principio del fin de la novela, y,  acaso, de lo que hasta ahora<br />
entendÃ­amos por literatura.<br />
El  diagnÃ³stico de Eduardo Mendoza es probablemente certero, pero, pese a<br />
ello,  yo no desespero de que la novela de sofÃ¡ sobreviva e, incluso, sea capaz<br />
en  el futuro de dar frutos tan Ã³ptimos como en el pasado. Mi esperanza no es<br />
gratuita, se funda en el siguiente razonamiento. Aunque existe la tendencia  a<br />
considerar a la novela el gÃ©nero literario popular por excelencia, la  verdad es<br />
que siempre fue un gÃ©nero de minorÃ­as, aunque, sin duda, minorÃ­as  mÃ¡s numerosas<br />
que las que leÃ­an poesÃ­a, o frecuentaban los teatros para  espectar dramas y<br />
tragedias. El entretenimiento de veras popular jamÃ¡s lo  proporcionaron los<br />
libros, sino los circos, las ejecuciones e inquisiciones  pÃºblicas, los estadios,<br />
y, en Ã©pocas modernas, la radio, el cine, la  televisiÃ³n y, pronto, el Internet.<br />
Por leve y trivial que sea, un libro  exige un esfuerzo intelectual, una<br />
reelaboraciÃ³n conceptual e imaginaria de  la materia verbal que a la mayorÃ­a de<br />
los seres humanos, aun en las  sociedades mÃ¡s cultas, les divierte muy poco,<br />
mucho menos, en todo caso, que  aquellas actividades o espectÃ¡culos donde pueden<br />
renunciar a toda obligaciÃ³n  de discernimiento crÃ­tico o de co-participaciÃ³n<br />
creativa (algo que es  inconcebible con la operaciÃ³n de leer literatura, aun de<br />
misÃ©rrima calidad).  No digo que estÃ© mal que sea asÃ­; digo sÃ³lo que siempre ha<br />
sido asÃ­, y que,  quienes, leyendo ficciones, la han pasado muy bien, pese, o<br />
precisamente  por, la inversiÃ³n de trabajo intelectual e imaginativo que ello les<br />
exige,  han representado siempre un sector relativamente pequeÃ±o del conjunto de<br />
la  sociedad.<br />
La idea de que la literatura pudiera ser el alimento espiritual  de todos es<br />
una ilusiÃ³n contemporÃ¡nea, derivada de la repugnancia que, para  una nociÃ³n<br />
socialista o democrÃ¡tica de la cultura, reviste la nociÃ³n de  elite, de un<br />
pÃºblico exquisito y minoritario dentro del cual surgirÃ­an y  serÃ­an apreciadas y<br />
cultivadas las artes y las letras. Sin embargo, Ã©sa es  una realidad que en lo<br />
sustancial no ha variado con la democratizaciÃ³n de la  educaciÃ³n y la elevaciÃ³n<br />
de la capacidad adquisitiva de los ciudadanos. Ha  variado sÃ³lo el volumen de las<br />
minorÃ­as interesadas en la literatura, la  mÃºsica, la pintura, la danza, que es<br />
ahora mayor que en el pasado. Pero  nunca ha dejado de ser una porciÃ³n<br />
relativamente pequeÃ±a, comparada al todo  social.<br />
No veo por quÃ© no seguirÃ­a ocurriendo lo mismo en el futuro. Esta<br />
afirmaciÃ³n es el corolario de mi supuesto anterior, segÃºn el cual a la  mayorÃ­a<br />
de la gente jamÃ¡s le resultÃ³ divertido leer ficciones, pues preferÃ­a  verlas<br />
representadas a travÃ©s de formas mucho mÃ¡s triviales, que no exigÃ­an  casi un<br />
esfuerzo de reelaboraciÃ³n intelectual. Tengo la convicciÃ³n de que  siempre<br />
(bueno, en nuestra Ã©poca siempre es un mero sinÃ³nimo de maÃ±ana,  cuando mÃ¡s)<br />
habrÃ¡ unas minorÃ­as para las que esa necesidad de irrealidad, de  salir de sÃ­, de<br />
perderse por un tiempo equis en un mundo de fantasÃ­a, que  parece constitutivo a<br />
la especie humana, jamÃ¡s serÃ¡ suficientemente aplacada  con las imÃ¡genes banales,<br />
directas, elementales, de superficie, o estÃºpidas,  de las autÃ©nticas diversiones<br />
populares.<br />
La literatura light trata de  parecerse a estas diversiones reduciendo al<br />
mÃ¡ximo los obstÃ¡culos al lector,  simplificando la forma y esquematizando los<br />
contenidos de la ficciÃ³n para  que Ã©sta sea digesta y amena como una comedia<br />
cinematogrÃ¡fica o un buen  programa de televisiÃ³n. Esta manera de proceder<br />
tendrÃ¡, sin duda, a la  larga, el efecto contrario al que buscan sus autores: en<br />
vez de salvar para  la literatura a grandes masas de lectores, convencerÃ¡ a Ã©stos<br />
de que la  ficciÃ³n escrita es mucho menos entretenida que la producida por los<br />
grandes  medios audiovisuales de manera serial. Si hay un espacio propio para la<br />
literatura en el mundo del futuro, se definirÃ¡, no por su proximidad y  parecido,<br />
sino por su diferencia y distancia, con el espacio privativo de la  imagen. Es<br />
decir, estarÃ¡ hecho esencialmente de palabras y de fantasÃ­a, y se  ofrecerÃ¡ al<br />
lector como un desafÃ­o y una propuesta de colaboraciÃ³n  intelectual, para,<br />
soÃ±ando aquÃ©l junto al autor, construir una ficciÃ³n que,  a la vez que redime a<br />
ambos temporalmente de las pequeÃ±eces y miserias de la  existencia real, les<br />
sirva de brÃºjula para guiarse con mÃ¡s seguridad â€”con  una visiÃ³n menos ingenua y<br />
mÃ¡s crÃ­ticaâ€” a travÃ©s de las complejidades y  tumultos de la vida. Miro a mi<br />
alrededor y no veo nada que reemplace a la  &#8220;novela de sofÃ¡&#8221; en esta manera<br />
soberbia de defenderse contra la miseria de  esa condiciÃ³n humana que condena a<br />
hombres y mujeres a una sola vida, cuando  desean tener mil.<br />
Eduardo Mendoza sugiere, citando la opiniÃ³n de Ignacio  EchevarrÃ­a y de<br />
otros crÃ­ticos, que la decadencia de la novela podrÃ­a  deberse a que &#8220;el sustrato<br />
Ãºltimo de la novela es la Ã©pica y nuestra Ã©poca  no produce situaciones Ã©picas&#8221;.<br />
No me convence para nada, ante todo porque  no es verdad que nuestra Ã©poca estÃ©<br />
reÃ±ida con la Ã©pica, si entendemos Ã©sta  como la aventura exterior, el ser humano<br />
saliendo de sÃ­ mismo para hacer  frente a lo desconocido y creciÃ©ndose, rompiendo<br />
sus lÃ­mites para combatir  contra los demonios y los dioses, a fin de sobrevivir.<br />
Lo cierto es que,  acaso como nunca antes en el largo discurrir de la<br />
civilizaciÃ³n, ha estado  la existencia humana enfrentada a riesgos tan atroces de<br />
violencia, e  incluso de extinciÃ³n, como en Ã©sta, la era de las armas atÃ³micas y<br />
bacteriolÃ³gicas y de los descubrimientos cientÃ­ficos y la revoluciÃ³n  genÃ©tica,<br />
que, desde los higiÃ©nicos recintos de un laboratorio, permite, por  ejemplo,<br />
deshacer y rehacer cambiada lo que antes llamÃ¡bamos &#8220;naturaleza&#8221;  humana.<br />
Probablemente, la vida actual es mÃ¡s imprevisible, sorprendente,  arriesgada y<br />
misteriosa que aquella, remotÃ­sima, en la que un aeda ciego  cantÃ³ las hazaÃ±as de<br />
los hÃ©roes homÃ©ricos. Que no haya aparecido todavÃ­a, no  me impide creer que, en<br />
este momento, un secreto deicida fragua, empeÃ±ado en  una lucha mortal con las<br />
palabras de una lengua viva, una ficciÃ³n que serÃ¡  para mi tiempo lo que fueron,<br />
para los suyos, el Ulises, Esplendor y miseria  de cortesanas o Tirant lo Blanc,<br />
y que alcanzarÃ© a leerla antes de volverme  fantasma. -<br />
Santo Domingo, 16 de enero de 1999</span></p>

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		<title>MARIO VARGAS LLOSA &#8211; LA MENTIRA DE LAS VERDADES</title>
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		<pubDate>Wed, 30 Sep 2009 23:08:19 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan sin Letras</dc:creator>
				<category><![CDATA[GRANDES AUTORES DANDO CONSEJOS]]></category>
		<category><![CDATA[autor]]></category>
		<category><![CDATA[ensayo]]></category>
		<category><![CDATA[escritor]]></category>
		<category><![CDATA[libro]]></category>
		<category><![CDATA[literatura]]></category>
		<category><![CDATA[MARIO VARGAS LLOSA - LA MENTIRA DE LAS VERDADES]]></category>

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		<description><![CDATA[LA biografÃ­a oficial del ex presidente Reagan, Dutch. A Memoir of Ronald Reagan, escrita por Edmund Morris y reciÃ©n publicada en los Estados Unidos, provoca en estos dÃ­as una efervescente polÃ©mica -donde voy, aquÃ­ en Washington DC, es el eje de todas las conversaciones- que cualquier crÃ­tico literario mÃ¡s o menos atinado zanjarÃ­a en un [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><span style="font-family: Verdana; font-size: x-small;"><br />
LA  biografÃ­a oficial del ex presidente Reagan, Dutch. A Memoir of Ronald<br />
Reagan, escrita por Edmund Morris y reciÃ©n publicada en los Estados<br />
Unidos, provoca en estos dÃ­as una efervescente polÃ©mica -donde voy, aquÃ­<br />
en Washington DC, es el eje de todas las conversaciones- que cualquier<br />
crÃ­tico literario mÃ¡s o menos atinado zanjarÃ­a en un minuto. Pero como<br />
quienes polemizan son comentaristas polÃ­ticos, o polÃ­ticos profesionales,<br />
la controversia no terminarÃ¡ nunca y dejarÃ¡ flotando un aura entre  ominosa<br />
y confusa sobre uno de los libros mÃ¡s esperados de los Ãºltimos  aÃ±os.<br />
Nacido en Kenya en 1940 y venido a los Estados Unidos en 1968,  Edmund<br />
Morris ganÃ³ el prestigioso Premio Pulitzer y el American Book  Award en<br />
1980 con su libro sobre The rise of Theodore Roosevelt, que  fue<br />
unÃ¡nimemente elogiado como un modelo de biografÃ­a, por su  escrupulosa<br />
documentaciÃ³n, su fidelidad histÃ³rica y lo animado de su  relato. Por eso<br />
fue elegido en 1985, entre una mirÃ­ada de historiadores  y publicistas,<br />
para escribir la biografÃ­a de Reagan. El Presidente le  abriÃ³ sus archivos<br />
y su correspondencia, se sometiÃ³ una vez por semana  a sus interrogatorios<br />
en la Casa Blanca, le permitiÃ³ acompaÃ±arlo en  numerosos viajes al<br />
extranjero y asistir a muchas sesiones de trabajo  en el Oval Office (con<br />
exclusiÃ³n de las concernientes a la seguridad  nacional). Nancy, la esposa<br />
de Reagan, y sus parientes, asÃ­ como todos  los colaboradores directos le<br />
facilitaron, tambiÃ©n, entrevistas y  testimonios. La editorial Random House<br />
pagÃ³ a Morris tres millones de  dÃ³lares como anticipo por el libro que<br />
acaba de aparecer.<br />
Los  catorce aÃ±os que le ha tomado escribirlo fueron de intenso trabajo,<br />
pero, tambiÃ©n, de dudas, angustias y frustraciones. Pese a la riqueza del<br />
material, a los seis aÃ±os de tarea, Morris confesÃ³, en un simposio, que su<br />
personaje era &#8220;el hombre mÃ¡s misterioso que jamÃ¡s he conocido. Es<br />
imposible entenderlo&#8221;. En esto, no hacÃ­a mÃ¡s que confirmar lo que han<br />
dicho casi todos los periodistas e historiadores que lo trataron o<br />
escribieron sobre Ã©l: que, detrÃ¡s de la risueÃ±a cortesÃ­a y las anÃ©cdotas<br />
con que toreaba sus preguntas, Ronald Reagan siempre los dejÃ³ con la<br />
desmoralizadora sensaciÃ³n de no haberse enterado de nada verdaderamente<br />
importante sobre la intimidad de su interlocutor. Morris habÃ­a centrado su<br />
investigaciÃ³n en torno a esta pregunta crucial: &#8220;Â¿CuÃ¡nto sabÃ­a Dutch  (el<br />
apodo de juventud de Reagan) de lo que hacÃ­a?&#8221;. Incapaz de  averiguarlo,<br />
pese a toda la masa de datos acumulada, en 1994, el aÃ±o en  que, luego de<br />
despedirse de sus conciudadanos con una carta pÃºblica en  la que revelaba<br />
el avance del Alzheimer, el ex Presidente se convertÃ­a  en un muerto en<br />
vida, Morris cayÃ³ en una profunda depresiÃ³n. Durante  muchos meses padeciÃ³<br />
un bloqueo psicolÃ³gico, que lo incapacitÃ³ para  escribir una lÃ­nea.</p>
<p>SuperÃ³ esta crisis -dice- cuando encontrÃ³  una fÃ³rmula para romper aquella<br />
frontera que lo mantenÃ­a a distancia de  su personaje, y poder acercarse a<br />
Ã©l, e incluso entrar en su vida  afectiva y psicolÃ³gica, una receta o<br />
mÃ©todo que consultÃ³ con sus  editores, y que Ã©stos, luego de algunas<br />
reticencias, terminaron por  aceptar. Â¿En quÃ© consistÃ­a? En introducir, en<br />
esta biografÃ­a, dos o  tres personajes ficticios -el propio Edmund Morris,<br />
entre ellos-,  supuestos compaÃ±eros, amigos, contemporÃ¡neos o prÃ³ximos a<br />
Reagan, que,  dando un testimonio directo y personal de hechos<br />
absolutamente  fidedignos relativos a la vida privada o pÃºblica del ex<br />
Presidente,  romperÃ­an la frialdad e impersonalidad del dato escueto, y lo<br />
impregnarÃ­an de calor humano, de la palpitante autenticidad de lo vivido.<br />
En el curso de la polÃ©mica en torno a si esta manera de proceder, la de<br />
prestarse los recursos de la ficciÃ³n en una biografÃ­a, es legÃ­tima o<br />
intolerable en un ensayo histÃ³rico, Morris ha insistido, enfÃ¡ticamente,<br />
que en su libro no hay un solo episodio, por nimio y transeÃºnte que<br />
parezca, que no sea verÃ­dico, y verificado por Ã©l hasta la saciedad, como<br />
atestigua su voluminosa bibliografÃ­a. De lo cual, concluye, se desprende<br />
que el principio bÃ¡sico de toda investigaciÃ³n emprendida por un<br />
historiador, la estricta fidelidad de su relato a lo ocurrido y<br />
comprobado, ha sido respetada por Ã©l. A su juicio, la introducciÃ³n de<br />
narradores ficticios en su libro no altera la verdad histÃ³rica, sÃ³lo la<br />
colorea y humaniza.<br />
Edmund Morris sabe mucho de historia, pero, me  temo, no sabe gran cosa de<br />
literatura, dos disciplinas o quehaceres que  aunque a veces se parezcan<br />
mucho, son esencialmente diferentes, como la  mentira y la verdad. La<br />
historia cuenta (o deberÃ­a siempre contar)  verdades, y la ficciÃ³n es<br />
siempre una mentira (sÃ³lo puede ser eso),  aunque, a veces, algunos<br />
ficcionistas -novelistas, cuentistas,  dramaturgos- hagan esfuerzos<br />
desesperados por convencer a sus lectores  de que que aquello que inventan<br />
es verdad (&#8220;la vida misma&#8221;). La palabra  `mentira&#8217; tiene una carga negativa<br />
tan grande que muchos escritores se  resisten a admitirla y a aceptar que<br />
ella define su trabajo. Sin  embargo, no hay manera mÃ¡s justa y cabal de<br />
explicar la ficciÃ³n que  diciendo de ella que no es lo que finge ser -la<br />
vida-, sino un  simulacro, un espejismo, una suplantaciÃ³n, una impostura,<br />
que, eso sÃ­,  si logra embaucarnos y nos hace creer que es aquello que no<br />
es, acaba  por iluminarnos extraordinariamente la vida verdadera. En la<br />
ficciÃ³n,  la mentira deja de serlo, porque es explÃ­cita y desembozada, se<br />
muestra  como tal desde la primera hasta la Ãºltima lÃ­nea. Ã‰sa es su verdad:<br />
el  ser mentira. Una mentira de Ã­ndole particular, desde luego, necesaria<br />
para todos aquellos seres a los que la vida tal como es y como la viven no<br />
les basta, porque su fantasÃ­a y sus deseos les piden mÃ¡s o algo  distinto,<br />
y, como no pueden obtenerlo de veras, lo obtienen de  mentiras, gracias a<br />
ese delicado y astuto subterfugio: la ficciÃ³n. Es  decir, la vida que no<br />
es, la vida que no fue, la vida que, por no serlo  y por quererla, la<br />
inventamos, y la vivimos y gozamos en ese sueÃ±o  lÃºcido en que nos sume el<br />
hechizo de la buena lectura.<br />
Las  tÃ©cnicas con que se construye una ficciÃ³n estÃ¡n, todas, encaminadas a<br />
realizar esa operaciÃ³n que es un motivo recurrente de los cuentos de<br />
Borges: contrabandear lo inventado por la imaginaciÃ³n en la realidad<br />
objetiva, trastrocar la mentira en verdad. Y los recursos primordiales de<br />
toda ficciÃ³n, para que Ã©sta simule vivir por cuenta propia y nos persuada<br />
de su `verdad&#8217;, son el narrador y el tiempo, dos invenciones o  creaciones<br />
que constituyen algo asÃ­ como el alma de toda ficciÃ³n. El  narrador es<br />
siempre un personaje inventado, sea un narrador omnisciente  que emula a<br />
Dios y estÃ¡ en todas partes y lo sabe todo, o sea un  narrador implicado en<br />
la acciÃ³n, y, por lo tanto, de una perspectiva  limitada por su experiencia<br />
a la hora de dar un testimonio. En todo  caso, del narrador â€“de sus<br />
movimientos en el espacio, el tiempo y los  planos de la realidadâ€“ depende<br />
todo en una ficciÃ³n: la coherencia o la  incoherencia del relato, su<br />
autonomÃ­a o dependencia del mundo real, y,  sobre todo, la impresiÃ³n de<br />
libertad y autenticidad que transmiten los  personajes o su incapacidad<br />
para engaÃ±arnos como tales y aparecer como  meros muÃ±ecos sin libre<br />
albedrÃ­o, a los que mueven los hilos de un  titiritero y hace hablar un<br />
mismo ventrÃ­locuo.<br />
El narrador no  es separable de la ficciÃ³n, es su esencia, la mentira<br />
central de ese  vasto repertorio de mentiras, el principal personaje de<br />
todas las  historias creadas por la fantasÃ­a humana, aunque en muchas de<br />
ellas se  oculte y, como un espÃ­a o un ladrÃ³n, actÃºe sin dar la cara, desde<br />
la  sombra. Inventar un narrador es inevitablemente mentir, aunque en su<br />
boca sÃ³lo se pongan verdades, porque las verdades histÃ³ricas â€“los hechos<br />
fehacientes y concretosâ€“ se viven, no se cuentan, no tienen narradores,<br />
existen independientes de las versiones que sobre ellos puedan rivalizar,<br />
en tanto que los hechos de las ficciones sÃ³lo existen en funciÃ³n y de  la<br />
manera que determina quien los cuenta. Por eso, el narrador es el  eje, la<br />
columna vertebral, el alfa y el omega de toda ficciÃ³n. Inventar  un<br />
narrador -una mentira- para contar las verdades biogrÃ¡ficas, como ha  hecho<br />
Edmund Morris en su biografÃ­a, es contaminar todos esos datos tan<br />
laboriosamente recolectados en sus catorce aÃ±os de esfuerzos, de<br />
irrealidad y fantasÃ­a, y hacer gravitar sobre ellos la sospecha<br />
(infamante, tratÃ¡ndose de un libro de historia) de la adulteraciÃ³n.<br />
Inventar un narrador es, por otra parte, desnaturalizar sutilmente la<br />
razÃ³n de ser de una biografÃ­a, que se supone debe estar centrada sobre la<br />
vida y milagros del biografiado. Porque el narrador â€“los narradoresâ€“ pasan<br />
a ser los personajes centrales de la historia, como ocurre siempre en  las<br />
ficciones: esa egolatrÃ­a estÃ¡ prohibida a los historiadores  esclavos de<br />
las verdades de lo sucedido, es privilegio de los  propagadores de<br />
mentiras, de los irresponsables narradores de  irrealidades (que, a veces,<br />
parecen muy realistas). &#8220;Soy el escritor  mÃ¡s vilipendiado del mundo&#8221;, le<br />
oÃ­ decir la otra noche al vapuleado  autor de la primera biografÃ­a oficial<br />
de Ronald Reagan. &#8220;Â¿QuÃ© les he  hecho para que me maltraten asÃ­?&#8221;. Les ha<br />
dado usted gato por liebre a  sus lectores, amigo Edmund Morris. Esperaban<br />
una historia verÃ­dica,  atiborrada de revelaciones y exactitudes, una<br />
biografÃ­a que, por fin,  les revelara â€“firme, contundente como una roca,<br />
una fecha o una  enfermedadâ€“ la personalidad secreta de esa inapresable<br />
figura que es  todavÃ­a Ronald Reagan â€“un actor, al fin y al caboâ€“, y usted,<br />
con la  excelente intenciÃ³n de endulzarles y amenizarles la lectura de esos<br />
Ã¡ridos pormenores que conforman una vida pÃºblica, los impregnÃ³ de dudas y<br />
sospechas sobre su integridad intelectual, los sacÃ³ de este mundo y los<br />
catapultÃ³ a la irrealidad, a la mentira de las ficciones. No se puede<br />
meter un fantasma como polizonte de la realidad sin que Ã©sta se vuelva<br />
fantÃ¡stica. Mentir para decir verdades es un monopolio exclusivo de la<br />
literatura, una tÃ©cnica vedada a los historiadores. </span></p>

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		<title>DE LA FALTA DE APLOMO DE LOS BUFONES QUE ESCRIBEN EN ATENCIÃ“N A CORTES INEXISTENTES</title>
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		<pubDate>Thu, 16 Apr 2009 04:28:07 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan sin Letras</dc:creator>
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<p><strong><span style="font-size: large;"></p>
<p align="center">Â </p>
<p></span></strong><span style="font-family: Times New Roman;"></p>
<p align="justify">Â </p>
<p align="justify">EL ENFRENTAMIENTO entre ellos es raro y desacostumbrado para ambos: los agotados polÃ­ticos y los escritores inseguros con sus demandas elocuentes, las cuales siempre quieren ser satisfechas maÃ±ana mismo. Â¿QuÃ© agenda permite a los poderosos, por tiempo definido, presidir una corte, recibir consejos utÃ³picos o recuperarse de los muchos compromisos de la vida cotidiana oyendo utopÃ­as extravagantes? Claro, hubo el periodo de Kennedy, legendario ya; Willy Brandt hasta la fecha presta oÃ­dos rendidos y absortos a escritores que le sacan la cuenta de errores antiguos o presagian, sombrÃ­os, derrotas futuras. Ambos ejemplos son magros y prueban, en todo caso, que no hay cortes ni tampoco, por lo tanto, consejeros y bufones. Sin embargo, pongamos por caso lo siguiente, sÃ³lo en broma: efectivamente existe el bufÃ³n que escribe, que quisiera ser consejero personal de la corte o en algÃºn ministerio de relaciones exteriores; supongamos tambiÃ©n que no existe: el bufÃ³n que escribe es, mÃ¡s bien, el invento de un escritor serio que trabaja lentamente y que en compaÃ±Ã­a de otros teme ser considerado errÃ³neamente como bufÃ³n que escribe, sÃ³lo por haber dado a su alcalde unos consejos que no fueron tomados en cuenta; y si supusiÃ©ramos ambas cosas: existe y no existe, existe como ficciÃ³n y, por lo tanto, en la realidad: Â¿vale la pena hablar de Ã©l, de este bufÃ³n que escribe?</p>
<p align="justify">Al pasar revista al personal bufonesco de Shakespeare y VelÃ¡squez, o sea, al considerar el barroco y sus elementos enanos en el poder â€”los bufones tienen una relaciÃ³n con el poder; los escritores, sÃ³lo en raras ocasionesâ€”, en retrospectiva, pues, desearÃ­a que existiera el bufÃ³n que escribe; y conozco a varios escritores que tendrÃ­an madera para prestar en la corte este servicio, cuyo carÃ¡cter es polÃ­tico, segÃºn demuestra la historia. Lo que sucede es que les da demasiada vergÃ¼enza. AsÃ­ como a la encargada de la limpieza no le agrada la palabra &#8220;sirvienta&#8221;, a ellos no les agrada el tÃ­tulo de bufÃ³n. Quieren que les fijen los impuestos simplemente como &#8220;escritores&#8221;; nadie quiere tampoco volar demasiado alto y llamarse &#8220;poeta&#8221;. La posiciÃ³n pequeÃ±o burguesa, la del centro, elegida por ellos mismos, les permite mirar con desprecio a los burgueses ubicados al margen de la sociedad, es decir, a los bufones y los poetas. Siempre que la sociedad pide a bufones y poetas â€”y la sociedad sabe quÃ© le hace falta y quÃ© le gustaâ€”, siempre que en Alemania, por ejemplo, una anciana o un hombre aÃºn joven, con motivo de una conferencia pÃºblica, se dirige a un poeta o narrador llamÃ¡ndolo &#8220;poeta&#8221;, el poeta o narrador â€”incluso el que esto presentaâ€” se apresurarÃ¡ a seÃ±alar modestamente que prefiere ser llamado &#8220;escritor&#8221;. TÃ­midas frasecitas subrayan esta humildad: &#8220;Ejerzo un oficio como cualquier zapatero.&#8221; &#8220;Trabajo siete horas diarias con la lengua, asÃ­ como otras buenas personas colocan ladrillos durante siete horas.&#8221; TambiÃ©n, de acuerdo con el registro de la voz y la ideologÃ­a del Este o del Oeste: &#8220;En cuanto al partido, asumo mi lugar en la sociedad socialista&#8221;; &#8220;Apruebo la sociedad pluralista y pago impuestos como otro ciudadano mÃ¡s.&#8221;</p>
<p align="justify">Es probable que esta actitud formal, este achicarse, represente en parte una reacciÃ³n al culto rendido a los genios durante el siglo XIX, el cual hizo florecer en Alemania sus plantas de invernadero fuertemente olorosas hasta la Ã©poca del expresionismo inclusive. Â¿QuiÃ©n quiere ser como Stefan George y andar acompaÃ±ado por sus discÃ­pulos de ardiente mirada? Â¿QuiÃ©n hace caso omiso de las recomendaciones de su mÃ©dico para vivir como Rimbaud, con intensa concentraciÃ³n y sin seguro de vida? Â¿QuiÃ©n no teme subir todas las maÃ±anas las escaleras hasta el Olimpo, ejercicio al que aÃºn se sometÃ­a Gerhart Hauptmann, acto de voluntad que incluso Thomas Mann realizÃ³ â€”aunque sÃ³lo fuese para ironizarloâ€” hasta una edad avanzada?</p>
<p align="justify">Hoy vivimos adaptados a la modernidad. NingÃºn Rilke se dedica a hacer gimnasia delante de los espejos; Narciso descubriÃ³ la sociologÃ­a. El genio no existe; y el bufÃ³n no debe de existir, porque el bufÃ³n es un genio vuelto al revÃ©s que conserva demasiado de Ã©ste. AhÃ­ tenemos, pues, al escritor domesticado, quien hasta la hora de dormirse anda asustado con las musas y los laureles. Tiene muchÃ­simos temores. Recapitulemos: el miedo a ser llamado &#8220;poeta&#8221;. Y el miedo a que lo entiendan mal. El miedo a no ser tomado en serio. El miedo a entretener, es decir, a ser disfrutado: el miedo a producir algo opÃ­paro, que fue inventado en Alemania pero entretanto se ha propagado en otros paÃ­ses. Pues si bien el escritor desea, aprensivamente, formar parte de la sociedad, tambiÃ©n le interesa moldear esta sociedad de acuerdo con su ficciÃ³n, aunque desde el principio desconfÃ­e de la ficciÃ³n por ser poÃ©tica y bufonesca; desde el <em>nouveau roman</em> hasta el &#8220;realismo socialista&#8221; todo mundo aspira, con esfuerzos sinceros y apoyado en coros secundarios, a ofrecer mÃ¡s que sÃ³lo ficciÃ³n. El escritor que no quiere ser poeta desconfia de sus propios juegos de manos. Y un bufÃ³n que niega su circo no es chistoso.</p>
<p align="justify">Â¿Es un bayo mÃ¡s bayo si lo calificamos de &#8220;blanco&#8221;? Â¿Y es un escritor que se dice &#8220;comprometido&#8221; un bayo blanco? Lo hemos visto: alejado del poeta y del bufÃ³n e insatisfecho con la designaciÃ³n profesional desprovista de adjetivo, se llama y se hace llamar escritor &#8220;comprometido&#8221;, lo cual siempre me hace pensar â€”dispÃ©nsenme por elloâ€” en repostero real o ciclista catÃ³lico. De antemano, y esto significa desde antes de introducir el papel en la mÃ¡quina, el escritor comprometido no escribe novelas, poemas ni comedias, sino &#8220;literatura comprometida&#8221;. No es de extraÃ±ar que en vista de una literatura signada con tal contundencia sÃ³lo quede, supuestamente, literatura no comprometida a su lado, por debajo y por arriba de ella. El resto, nada insignificante, es difamado como <em>l&#8217;art pour lâ€™art</em>. Los aplausos falsos de la derecha provocan maÃ±osamente aplausos falsos de la izquierda; y el miedo a los aplausos del respectivo lado equivocado hace reverdecer, cual tilo tres veces podado, la esperanza de que exista, telÃ³n tras telÃ³n, el aplauso de la parte correcta. Las condiciones de trabajo tan confusas y angustiosas hacen brotar y asimilarse los manifiestos; en lugar del sudor frÃ­o causado por el miedo, confesiones. Al declarar de sÃºbito Peter Weiss que es un &#8220;escritor humanÃ­stico&#8221;, por ejemplo â€”con todo escribiÃ³ el libro <em>Der Schatten des KÃ¶rpers des Kutschers</em> [La sombra del cuerpo del cochero]â€”; o sea, cuando un narrador y ademÃ¡s poeta que se ha paseado por todos los recovecos de la lengua no percibe que este adjetivo fue estropeado como relleno desde los tiempos de Stalin, la farsa del escritor humanÃ­stico y comprometido adquiere efectos teatrales. OjalÃ¡ se dedicara a ser el bufÃ³n que es.</p>
<p align="justify">Se habrÃ¡ notado que con Ã¡nimo totalmente provinciano me aferro a las circunstancias alemanas, restringiÃ©ndome, por lo tanto, a un aire viciado en el que yo mismo participo. No obstante, confÃ­o en que tambiÃ©n en los Estados Unidos de AmÃ©rica haya poetas y escritores, comprometidos y humanÃ­sticos y el tan fÃ¡cilmente difamado resto, quizÃ¡ incluso bufones que escriban; el tema me fue planteado en estas tierras: consejero personal o bufÃ³n.</p>
<p align="justify">El &#8220;o&#8221; probablemente signifique que el bufÃ³n no puede nunca ser consejero personal; y que el consejero personal de ningÃºn modo debiera sentirse bufÃ³n, tal vez â€”antes bienâ€” escritor comprometido. Este gran enterado, este hombre para el que la reforma financiera no estÃ¡ en chino y que se encuentra por encima del pleito entre los partidos y las fracciones: Ã©l tiene siempre la Ãºltima palabra en los consejos. DespuÃ©s de muchos siglos de enemistad, los opuestos ficticios se han reconciliado. El intelecto y el poder se toman de las manitas, mÃ¡s o menos de la siguiente manera: tras muchas noches pasadas en vela, el canciller federal llama al escritor Heinrich BÃ¶ll a su cabaÃ±a. El escritor comprometido participa, en silencio al principio, de las preocupaciones del canciller; entonces, en cuanto Ã©ste se recuesta en su butaca, lo asesora con palabras concisas e irresistibles. DespuÃ©s de escucharlo, el canciller federal salta, ligero, del sillÃ³n, dispuesto a abrazar al escritor comprometido; no obstante, Ã©ste se muestra reservado. No quiere convertirse en bufÃ³n; exhorta al canciller a que traduzca este consejo de un escritor en la acciÃ³n de un canciller. El mundo, estupefacto, se entera al dÃ­a siguiente de que el canciller federal Erhard ha decidido disolver el ejÃ©rcito de la RepÃºblica Federal de Alemania, reconocer a la RDA y la lÃ­nea del Oder y Neisse, y expropiar a todos los capitalistas.</p>
<p align="justify">Animado por tal buen Ã©xito, el escritor humanÃ­stico Peter Weiss, procedente de Suecia, viaja a la apenas reconocida RDA y anuncia su visita al presidente del Consejo de Estado, Walter Ulbricht. Este, que necesita una buena idea tanto como Ludwig Erhard, recibe en el acto al escritor humanÃ­stico. El consejo es impartido; el abrazo, rechazado; las sugerencias se traducen en acciones; y al dÃ­a siguiente el mundo, estupefacto, se entera de que el presidente del Consejo de Estado ha anulado la orden de disparar en las fronteras de su naciÃ³n y transformado las secciones de todas las cÃ¡rceles y penitenciarÃ­as en jardines de niÃ±os a disposiciÃ³n del pueblo. Atendiendo a los consejos recibidos, el presidente del Consejo de Estado se disculpa con el poeta y cantautor Wolf Biermann y le pide destrozar con rimas divertidas y frescas su propio pasado estalinista.</p>
<p align="justify">Los bufones, en caso de que existan, no pueden desde luego competir con tan prodigiosas hazaÃ±as. Â¿ExagerÃ©? Por supuesto que exagerÃ©. No obstante, al recordar los deseos, con bastante frecuencia murmurados a media voz, de los escritores comprometidos y humanÃ­sticos, pienso que no he exagerado tanto. AdemÃ¡s, resulta fÃ¡cil verme a mÃ­ mismo, en los momentos de mayor debilidad, actuar en forma anÃ¡logamente bienintencionada, o sea, comprometida y humanÃ­stica: despuÃ©s de perder las elecciones parlamentarias, el candidato a canciller de la oposiciÃ³n no sabe quÃ© hacer y llama al escritor que esto presenta. Ã‰ste lo escucha, da su consejo, no se deja abrazar; y al dÃ­a siguiente el mundo descubre, estupefacto, que los socialdemÃ³cratas han hecho tabla rasa del Programa de Godesberg, sustituyÃ©ndolo por un manifiesto que anima a la clase obrera, de manera mordaz, refulgente y al fin otra vez revolucionaria, a usar gorros altos. No, no se suscita una revoluciÃ³n, pues a pesar de su rigor el manifiesto es tan objetivo que ni la Iglesia ni el capital pueden desoÃ­r sus argumentos. El gobierno es entregado sin resistencia a los socialdemÃ³cratas, etcÃ©tera, etcÃ©tera. SerÃ­a posible tambiÃ©n realizar deseos y hazaÃ±as semejantes en los Estados Unidos de AmÃ©rica, supongo, si el presidente Johnson consultara, por ejemplo, a mi antecesor en este discurso, Allen Ginsberg.</p>
<p align="justify">Estas utopÃ­as de poco aliento no tienen lugar; la realidad dispone de otra manera. No hay consejeros personales, no hay bufones. SÃ³lo veo â€”y me incluyo a mÃ­ mismo en elloâ€” a escritores y poetas desconcertados que dudan de su propio oficio, aprovechan o no aprovechan a medias sus diminutas oportunidades para influir en una actualidad a nuestro cargo, no como asesores, ciertamente, sino como actores. En vista de este personaje mÃºltiple provisto de dibujos diversos y sacudido por la ambiciÃ³n, las neurosis y las crisis matrimoniales, carece de sentido hablar globalmente de la posiciÃ³n de los escritores en la sociedad. BufÃ³n o consejero personal, ambos son dibujos de palitos y bolitas como los que aparecen sobre los cuadernos para apuntes de los participantes en aburridas conferencias. No obstante, constituyen el objeto de un culto que sobre todo en Alemania ha adquirido un espÃ­ritu casi sagrado. Los estudiantes, la juventud de los sindicatos, la juventud protestante, los preparatorianos y los exploradores, asociaciones agresivas y no agresivas: todos ellos no se cansan de convocar discusiones que giran en torno a esta pregunta, con sus mÃºltiples variantes: &#8220;Â¿Debe comprometerse el escritor?&#8221; &#8220;Â¿Hasta quÃ© grado debe comprometerse el escritor?&#8221; &#8220;Â¿Es el escritor la conciencia de la naciÃ³n?&#8221; Incluso los amigos jurados de la literatura y apasionados crÃ­ticos como Marcel Reich-Ranicki, a quien tenemos la oportunidad de escuchar todavÃ­a hoy, no paran de convocar a los escritores para protestas, declaraciones y confesiones. No se les pide de ningÃºn modo que tomen partido por los partidos, que se manifiesten a favor o en contra de los socialdemÃ³cratas, por ejemplo; no, desde el punto de vista del escritor, como tÃ­mida Ã©lite, en cierto modo, deben protestar, condenar la guerra, exaltar la paz y mostrar convicciones nobles. Y eso a pesar de que un poco de conocimiento del medio revela que los escritores son individuos excÃ©ntricos, aunque se aglutinen en los congresos, ciertamente conozco a muchos que con cariÃ±o conmovedor cuidan la herencia revolucionaria y utilizan el comunismo â€”ese afelpado divÃ¡n color vino con sus gastados resortesâ€” para sueÃ±os vespertinos, pero tambiÃ©n ellos, los conservadores progresistas, estÃ¡n divididos en sendas facciones de un solo hombre, y cada quien lee a Marx a su manera. A otros, por el contrario, los moviliza brevemente la ojeada diaria al periÃ³dico y la consternaciÃ³n que acompaÃ±a el desayuno: &#8220;HabrÃ­a que hacer algo, Â¡habrÃ­a que hacer algo!&#8221; Cuando la impotencia carece de ingenio, se vuelve quejumbrosa. A pesar de que hay muchÃ­simo quÃ© hacer, mucho mÃ¡s de lo que pudiera expresar con manifiestos y protestas. Y tambiÃ©n hay muchÃ­simos escritores, conocidos y desconocidos, quienes, lejos de la petulancia de querer ser la &#8220;conciencia de la naciÃ³n&#8221;, en ocasiones vuelcan su escritorio&#8230; y se dedican a las nimiedades de la democracia. No obstante, esto significa: aspirar a contemporizar. Cobremos conciencia de ello: el poema no conoce las transigencias, pero nosotros vivimos de ellas. El que soporta activamente esta tirantez es un bufÃ³n y cambia al mundo.</p>
<p align="justify">Â </p>
<p align="justify">Gunter Grass</p>
<p></span></p>

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		<title>Toda buena novela contiene reflexiÃ³n y narraciÃ³n</title>
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		<pubDate>Tue, 14 Apr 2009 15:22:28 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan sin Letras</dc:creator>
				<category><![CDATA[GRANDES AUTORES DANDO CONSEJOS]]></category>
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		<description><![CDATA[MillÃ¡s: &#8220;Toda buena novela contiene reflexiÃ³n y narraciÃ³n&#8221; El escritor y periodista explica su obra â€˜El desorden de tu nombreâ€™ P. LARA El escritor y periodista Juan JosÃ© MillÃ¡s participÃ³ ayer en el ciclo del Ayuntamiento Una dÃ©cada, un libro , del AÃ±o de la Lectura, al explicar en la Biblioteca municipal su novela El [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; mso-outline-level: 2;"><strong style="mso-bidi-font-weight: normal;"><span style="font-size: 20pt; color: #333399; font-family: &quot;Verdana&quot;,&quot;sans-serif&quot;; mso-bidi-font-family: Arial; mso-font-kerning: 18.0pt;">MillÃ¡s: &#8220;Toda buena novela contiene reflexiÃ³n y narraciÃ³n&#8221;</span></strong></p>
<p class="MsoNormal" style="margin: 3pt 0cm 0pt; mso-outline-level: 4;"><strong><span style="font-size: 11pt; color: #333399; font-family: &quot;Verdana&quot;,&quot;sans-serif&quot;; mso-bidi-font-family: Arial;">El escritor y periodista explica su obra â€˜El desorden de tu nombreâ€™ </span></strong></p>
<p class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; mso-margin-top-alt: auto; mso-margin-bottom-alt: auto; mso-outline-level: 4;"><strong style="mso-bidi-font-weight: normal;"><span style="font-size: 8.5pt; color: #333399; font-family: &quot;Verdana&quot;,&quot;sans-serif&quot;; mso-bidi-font-family: Tahoma;">P. LARA</span></strong><span style="font-size: 8.5pt; color: #333399; font-family: &quot;Verdana&quot;,&quot;sans-serif&quot;; mso-bidi-font-family: Tahoma;"> </span><span style="color: #333399; font-family: &quot;Verdana&quot;,&quot;sans-serif&quot;; mso-bidi-font-family: Arial;"></span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin: 12pt 0cm 0pt;"><span style="font-size: 10pt; color: #3c3c3c; font-family: &quot;Verdana&quot;,&quot;sans-serif&quot;; mso-bidi-font-family: Tahoma;">El escritor y periodista Juan JosÃ© MillÃ¡s participÃ³ ayer en el ciclo del Ayuntamiento <em>Una dÃ©cada, un libro </em>, del AÃ±o de la Lectura, al explicar en la Biblioteca municipal su novela <em>El desorden de tu nombre </em>(1987). SegÃºn el autor fue precisamente con esa novela con la que logrÃ³ llegar al gran pÃºblico, puesto que con sus anteriores obras era un escritor de &#8220;pocos lectores, pero fieles&#8221;. </span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin: 6pt 0cm 0pt;"><span style="font-size: 10pt; color: #3c3c3c; font-family: &quot;Verdana&quot;,&quot;sans-serif&quot;; mso-bidi-font-family: Tahoma;">MillÃ¡s especulÃ³ sobre el Ã©xito de <em>El desorden de tu nombre </em>y explicÃ³ que pudo ser por &#8220;el juego que hay entre ficciÃ³n y realidad, en el que se demuestra que somos hijos de nuestras ficciones, puesto que lo que fantaseamos se hace real&#8221;. </span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin: 6pt 0cm 0pt;"><span style="font-size: 10pt; color: #3c3c3c; font-family: &quot;Verdana&quot;,&quot;sans-serif&quot;; mso-bidi-font-family: Tahoma;">En su opiniÃ³n, &#8220;toda buena novela contiene reflexiÃ³n y narraciÃ³n&#8221; y, en concreto, en <em>El desorden de tu nombre </em>&#8220;la reflexiÃ³n es una maquinaria que hace que funcione la historia, pero sin que moleste al lector&#8221;. </span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin: 6pt 0cm 0pt;"><span style="font-size: 10pt; color: #3c3c3c; font-family: &quot;Verdana&quot;,&quot;sans-serif&quot;; mso-bidi-font-family: Tahoma;">MillÃ¡s se confiesa un gran enamorado del reportaje y sus Ãºltimas publicaciones se enmarcan dentro de este gÃ©nero periodÃ­stico mÃ¡s que en la ficciÃ³n. </span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin: 6pt 0cm 0pt;"><span style="font-size: 10pt; color: #3c3c3c; font-family: &quot;Verdana&quot;,&quot;sans-serif&quot;; mso-bidi-font-family: Tahoma;">Para Bernardo RÃ­os, coordinador del ciclo, <em>El desorden de tu nombre </em>es la mejor novela que hasta ahora ha escrito Juan JosÃ© MillÃ¡s y representa a la dÃ©cada de los ochenta. </span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin: 3pt 0cm 0pt;"><span style="font-size: 10pt; font-family: &quot;Verdana&quot;,&quot;sans-serif&quot;;">Â </span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin: 3pt 0cm 0pt;"><span style="font-size: 10pt; font-family: &quot;Verdana&quot;,&quot;sans-serif&quot;;">Â </span></p>

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		<title>Eduardo Mendoza: \&#039;La novela no ha muerto, sino el lector de novelas\&#039;</title>
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		<pubDate>Tue, 30 Nov 1999 00:00:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan sin Letras</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Eduardo Mendoza: &#039;La novela no ha muerto, sino el lector de novelas&#039;]]></category>
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		<description><![CDATA[Ficha referente a opiniones de grandes autores: EL MUNDO, 3 de abril de 2006 PRESENTA \&#8217;MAURICIO O LAS ELECCIONES PRIMARIAS\&#8217; Eduardo Mendoza: \&#8217;La novela no ha muerto, sino el lector de novelas\&#8217; JOSÃ‰ OLIVA (EFE) Eduardo Mendoza. (Foto: Xavier Torres-Bacchetta/Seix Barral) BARCELONA.- El escritor barcelonÃ©s Eduardo Mendoza, que acaba de publicar su Ãºltima novela, \&#8217;Mauricio [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Ficha referente a opiniones de grandes autores: <br/> <strong>
<div>EL MUNDO, 3 de abril de 2006</div>
<p>
<div>PRESENTA \&#8217;MAURICIO O LAS ELECCIONES PRIMARIAS\&#8217;</div>
<p>
<div>Eduardo Mendoza: \&#8217;La novela no ha muerto, sino el lector de novelas\&#8217;</div>
<p>
<div>JOSÃ‰ OLIVA (EFE)</div>
<p>
<div>Eduardo Mendoza. (Foto: Xavier Torres-Bacchetta/Seix Barral)</div>
<p></strong>BARCELONA.- El escritor barcelonÃ©s Eduardo Mendoza, que acaba de publicar su Ãºltima novela, \&#8217;Mauricio o las elecciones primarias\&#8217;, considera que la novela no ha muerto, sino el lector de novelas.
<div>El autor vuelve a esa cÃ©lebre frase que pronunciÃ³ en los a&ntilde;os 90 sobre la muerte de la novela y Ã©l mismo reconoce: &quot;Pienso mucho sobre este trasunto y voy cambiando de opiniÃ³n, en ocasiones hasta dos veces el mismo dÃ­a&quot;.</div>
<p>
<div>Mendoza opina que &quot;<strong>la novela no tiene la fuerza que tenÃ­a antes</strong>, pero no porque ahora prefieran ver culebrones, sino porque se ha producido un desplazamiento del discurso de una tribuna a otra&quot;.</div>
<p>
<div>Antes, continÃºa, la novela era una tribuna y ahora debe conformarse con ser &quot;una plataforma de entre-tenimiento y de literatura&quot;, lo cual no quiere decir que sea algo vacÃ­o.</div>
<p>
<div>En su reflexiÃ³n, Mendoza piensa que la novela<strong> ha perdido la influencia directa que tenÃ­a</strong>, no porque haya cambiado la propia novela, sino porque &quot;el lector se ha transformado&quot;. Ante esa crisis, la propia novela busca salidas mÃ¡s o menos honrosas y aquÃ­ encuentra Mendoza una justificaciÃ³n al Ã©xito actual de la novela histÃ³rica.</div>
<p><strong>
<div>El Ã©xito de la novela histÃ³rica</div>
<p></strong>
<div>&quot;La novela histÃ³rica conserva todo lo que tiene la novela como fuente de conocimiento de la realidad, que ofrece al lector una visiÃ³n global del mundo, como tambiÃ©n lo hacen la televisiÃ³n o el periodismo&quot;.</div>
<p>
<div>MÃ¡s allÃ¡ de<strong> ejemplos &quot;ridÃ­culos&quot; como \&#8217;El cÃ³digo da Vinci\&#8217;</strong>, los Ã©xitos masivos de ese gÃ©nero se explican entonces por que &quot;la historia despierta una gran curiosidad y la novela histÃ³rica permite al lector entender fÃ¡cilmente una ciencia Ã¡rida de naturaleza&quot;.</div>
<p>
<div>\&#8217;Mauricio o las elecciones primarias\&#8217; (Seix Barral) es la historia de un dentista de Barcelona tentado por los socialistas para participar en las elecciones autonÃ³micas de 1984.</div>
<p>
<div>Con una <strong>ironÃ­a hacia la vida y la ciudad</strong> y un sarcasmo del que no se salva en esta ocasiÃ³n de manera especial la polÃ­tica, Mendoza describe los ambientes peque&ntilde;o burgueses y obreros que de una u otra manera ya salieron en sus anteriores libros como la Barcelona modernista de \&#8217;<strong>La ciudad de los prodigios</strong>\&#8217; o la de la posguerra de \&#8217;Una comedia ligera\&#8217;.</div>
<p>
<div>Admite el autor de \&#8217;El a&ntilde;o del diluvio\&#8217; que transmiten los personajes de su novela un cierto &quot;desencanto por la polÃ­tica&quot; y reconoce que, de todos sus protagonistas, &quot;Mauricio es quizÃ¡ con el que mÃ¡s me identifico, aunque no sea autobiogrÃ¡fico&quot;.</div>
<p>
<div>Mauricio y Mendoza tienen en comÃºn su <strong>vuelta a Barcelona en 1983</strong>, &quot;cuando se empieza a decorar la casa de la democracia&quot;, y un desencanto hacia la polÃ­tica que no es exclusivo de aquÃ­, sino de cualquier paÃ­s occidental.</div>
<p>
<div>Sin embargo, ese desencanto es tambiÃ©n matizado: &quot;A ratos pienso que<strong> habrÃ­a que fusilarlos a todos</strong>, y a ratos que habrÃ­a que fusilarlos, pero sabiendo que la alternativa es o una junta militar o una figura providencial salvadora&quot;.</div>
<p>
<div>Escribir una novela ambientada en los a&ntilde;os 80, cuando Mendoza percibÃ­a ese &quot;<strong>desencanto en la sociedad</strong>&quot; hacia la cosa polÃ­tica es para el escritor &quot;jugar con ventaja, porque ya sabes cÃ³mo acabÃ³, con los Roldanes y Guerras que hicieron tanto da&ntilde;o no sÃ³lo al partido socialista, sino a todo el paÃ­s&quot;.</div>
<p><strong>
<div>Licencias literarias</div>
<p></strong>
<div>Lejos del corsÃ© periodÃ­stico, Mendoza se permite licencias narrativas como poner en boca de sus personajes lo que se decÃ­a en la calle en aquel entonces y asÃ­ de personajes como Clotilde o FontÃ¡n surgen calificativos como &quot;partido de fracasados y zascandiles&quot; referido al PSOE o asociaciÃ³n de empresarios que administran el paÃ­s como un negocio, con relaciÃ³n a CiU.</div>
<p>
<div>Mauricio tiene, al igual que su creador, una <strong>concepciÃ³n pragmÃ¡tica de la polÃ­tica </strong>-&quot;todo podrÃ­a ir mejor, pero tambiÃ©n peor&quot;, dice- y, en una muestra de combinaciÃ³n de &quot;cinismo y realismo&quot;, Mendoza apunta que &quot;al final hay que pensar que tenemos que llevar la comida a casa y aquÃ­, afortunadamente, la comida es buena, con mucha proteÃ­na&quot;.</div>
<p>
<div>Pragmatismo, sÃ­; pero no ingenuidad. El propio Mendoza hace balance de la actual Barcelona: &quot;Nos hemos convertido en <strong>ciudad a escala mundial sin muchos mÃ©ritos</strong>, sacando mucho partido de un buen clima y una cocina fantasiosa y con unos precios que antes eran buenos y ahora no tanto; pero hemos de saber que en realidad somos pobres&quot;.</div>
<p>
<div>La polÃ­tica de &quot;centro moderado&quot; que al final hemos acabado aceptando, apunta Mendoza, es un reconocimiento de que &quot;las aventuras (en polÃ­tica) son malas&quot;.</div>
<p>
<div>Confiesa que situar la novela en esa dÃ©cada previa a los JJOO de 1992 tiene una dificultad a&ntilde;adida por &quot;la <strong>falta de perspectiva histÃ³rica</strong>&quot;, pero ello no evita que Mendoza descarte ambientar su prÃ³xima novela en la Barcelona del tripartito, algo que de momento no se ha planteado.</div>
<p>
<div>Encontrar un tema diferente para una nueva novela es cada vez mÃ¡s dificultoso para Mendoza, no sÃ³lo por la competencia, sino tambiÃ©n porque &quot;los escritores vivimos cada vez mÃ¡s a&ntilde;os&quot;.</div>
<p>
<div>El escritor barcelonÃ©s echa de menos las crÃ­ticas literarias polÃ©micas, hoy sustituidas por unas <strong>&quot;crÃ­ticas moderadas&quot; homogÃ©neas en todos los medios de comunicaciÃ³n</strong>, pero cuando ha sabido que en Italia casi ningÃºn periÃ³dico tiene un suplemento literario, como sucede en Espa&ntilde;a, piensa entonces que &quot;lo importante en Espa&ntilde;a es que el cadÃ¡ver no se muera&quot;.</div>
<p></p>

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		<title>Sobre los cl&#225;sicos (Jorge Luis Borges)</title>
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		<pubDate>Tue, 30 Nov 1999 00:00:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan sin Letras</dc:creator>
				<category><![CDATA[GRANDES AUTORES DANDO CONSEJOS]]></category>
		<category><![CDATA[autor]]></category>
		<category><![CDATA[libro]]></category>
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		<category><![CDATA[Sobre los clásicos (Jorge Luis Borges)]]></category>

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		<description><![CDATA[Ficha referente a opiniones de grandes autores: Escasas disciplinas habrÃ¡ de mayor interÃ©s que la etimologÃ­a; ello se debe a las imprevisibles transformaciones del sentido primitivo de las palabras, a lo largo del tiempo. Dadas tales transformaciones, que pueden lindar con lo paradÃ³jico, de nada o de muy poco nos servirÃ¡ para la aclaraciÃ³n de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Ficha referente a opiniones de grandes autores: <br/> Escasas disciplinas habrÃ¡ de mayor interÃ©s que la etimologÃ­a; ello se debe a las imprevisibles transformaciones del sentido primitivo de las palabras, a lo largo del tiempo. Dadas tales transformaciones, que pueden lindar con lo paradÃ³jico, de nada o de muy poco nos servirÃ¡ para la aclaraciÃ³n de un concepto el origen de una palabra. Saber que cÃ¡lculo, en latÃ­n, quiere decir piedrita y que los pitagÃ³ricos las usaron antes de la invenciÃ³n de los nÃºmeros, no nos permite dominar los arcanos del Ã¡lgebra; saber que <em>hipÃ³crita </em>era actor, y <em>persona</em>, mÃ¡scara, no es un instrumento valioso para el estudio de la Ã©tica. Parejamente, para fijar lo que hoy entendemos por clÃ¡sico, es inÃºtil que este adjetivo descienda del latÃ­n <em>classis</em>, flota, que luego tomarÃ­a el sentido de orden. (Recordemos de paso, la formaciÃ³n anÃ¡loga de <em>ship-shape</em>.)
<div align="\justify\">&iquest;QuÃ© es, ahora, un libro clÃ¡sico? Tengo al alcance de la mano las definiciones de Eliot, de Arnold y de Sainte-Beuve, sin duda razonables y luminosas, y me serÃ­a grato estar de acuerdo con esos ilustres autores, pero no los consultarÃ©. He cumplido sesenta y tantos a&ntilde;os; a mi edad, las coincidencias o novedades importan menos que lo que uno cree verdadero. Me limitarÃ©, pues, a declarar lo que sobre este punto he pensado. </div>
<p>Mi primer estÃ­mulo fue una <em>Historia de la literatura china </em>(1901) de Herbert Allen Giles. En su capÃ­tulo segundo leÃ­ que uno de los cinco textos canÃ³nicos que Confucio editÃ³ es el Libro de los Cambios o <em>I King</em>, hecho de 64 hexagramas, que agotan las posibles combinaciones de seis lÃ­neas partidas o enteras. Uno de los esquemas, por ejemplo, consta de dos lÃ­neas enteras, de una partida y de tres enteras, verticalmente dispuestas. Un emperador prehistÃ³rico los habrÃ­a descubierto en la caparazÃ³n de una de las tortugas sagradas. Leibniz creyÃ³ ver en los hexagramas un sistema binario de numeraciÃ³n; otros, una filosofÃ­a enigmÃ¡tica; otros, como Wilhelm, un instrumento para la adivinaciÃ³n del futuro, ya que las 64 figuras corresponden a las 64 fases de cualquier empresa o proceso; otros, un vocabulario de cierta tribu; otros, un calendario. Recuerdo que Xul Solar solÃ­a reconstruir ese texto con palillos o fÃ³sforos. Para los extranjeros, el Libro de los Cambios corre el albur de parecer una mera <em>chinoiserie</em>; pero generaciones milenarias de hombres muy cultos lo han leÃ­do y releÃ­do con devociÃ³n y seguirÃ¡n leyÃ©ndolo. Confucio declarÃ³ a sus discÃ­pulos que si el destino le otorgara cien a&ntilde;os mÃ¡s de vida, consagrarÃ­a la mitad a su estudio y al de los comentarios o <em>alas</em>. Deliberadamente he elegido un ejemplo extremo, una lectura que reclama un acto de fe. Llego, ahora, a mi tesis. ClÃ¡sico es aquel libro que una naciÃ³n o un grupo de naciones o el largo tiempo han decidido leer como si en sus pÃ¡ginas todo fuera deliberado, fatal, profundo como el cosmos y capaz de interpretaciones sin tÃ©rmino. Previsiblemente, esas decisiones varÃ­an. Para los alemanes y austrÃ­acos el Fausto es una obra genial; para otros, una de las mÃ¡s famosas formas del tedio, como el segundo <em>ParaÃ­so </em>de Milton o la obra de Rabelais. Libros como el de <em>Job, la Divina Comedia, Macbeth </em>(y, para mÃ­, algunas de las sagas del Norte) prometen una larga inmortalidad, pero nada sabemos del porvenir, salvo que diferirÃ¡ del presente. Una preferencia bien puede ser una supersticiÃ³n.
<div align="\justify\">No tengo vocaciÃ³n de iconoclasta. Hacia el a&ntilde;o treinta creÃ­a, bajo el influjo de Macedonio FernÃ¡ndez, que la belleza es privilegio de unos pocos autores; ahora sÃ© que es comÃºn y que estÃ¡ acechÃ¡ndonos en las casuales pÃ¡ginas del mediocre o en un diÃ¡logo callejero. AsÃ­, mi desconocimiento de las letras malayas o hÃºngaras es total, pero estoy seguro de que si el tiempo me deparara la ocasiÃ³n de su estudio, encontrarÃ­a en ellas todos los alimentos que requiere el espÃ­ritu. AdemÃ¡s de las barreras ling&uuml;Ã­sticas intervienen las polÃ­ticas o geogrÃ¡ficas. Burns es un clÃ¡sico en Escocia; al sur del Tweed interesa menos </div>
<p>
<p align="\justify\">&nbsp;</p>
<div align="\justify\">que Dunbar o que Stevenson. La gloria de un poeta depende en suma, de la excitaciÃ³n o de la apatÃ­a de las generaciones de hombres anÃ³nimos que la ponen a prueba, en la soledad de sus bibliotecas. </div>
<p>
<div align="\justify\">Las emociones que la literatura suscita son quizÃ¡ eternas, pero los medios deben constantemente variar, siquiera de un modo levÃ­simo, para no perder su virtud. Se gastan a medida que los reconoce el lector. De ahÃ­ el peligro de afirmar que existen obras clÃ¡sicas y que lo serÃ¡n para siempre. </div>
<p>
<div align="\justify\">Cada cual descree de su arte y de sus artificios, Yo, que me he resignado a poner en duda la indefinida perduraciÃ³n de Voltaire o de Shakespeare creo (esta tarde de uno de los Ãºltimos dÃ­as de 1965) en la de Schopenhauer y en la de Berkeley. </div>
<p>
<div align="\justify\">ClÃ¡sico no es un libro (lo repito) que necesariamente posee tales o cuales mÃ©ritos; es un libro que las generaciones de los hombres, urgidas por diversas razones, leen con previo fervor y con una misteriosa lealtad. </div>
<p><a href="http://www.lavueltadetuerca.com" /a>  Turismo rural mÃ¡s allÃ¡ de lo que conoces. Otra cosa. </p>

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		<title>Cr&#237;tica Al Periodismo (Umberto Eco)</title>
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		<pubDate>Tue, 30 Nov 1999 00:00:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan sin Letras</dc:creator>
				<category><![CDATA[GRANDES AUTORES DANDO CONSEJOS]]></category>
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		<category><![CDATA[Crítica Al Periodismo (Umberto Eco)]]></category>
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		<description><![CDATA[Ficha referente a opiniones de grandes autores: El poder que han adquirido los medios es incuestionable, algunas veces creen tener mÃ¡s poder del que realmente detentan y buscan convertirse en protagonistas y jueces de la cosa pÃºblica, en mÃ¡s de una ocasiÃ³n desvirtuÃ¡ndola hasta convertirla en espectÃ¡culo. A partir de algunos ejemplos de su paÃ­s, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Ficha referente a opiniones de grandes autores: <br/><br />
El poder que han adquirido los medios es incuestionable, algunas veces creen tener mÃ¡s poder del que realmente detentan y buscan convertirse en protagonistas y jueces de la cosa pÃºblica, en mÃ¡s de una ocasiÃ³n desvirtuÃ¡ndola hasta convertirla en espectÃ¡culo. A partir de algunos ejemplos de su paÃ­s, Eco analiza en este ensayo gran parte de los males de la prensa italiana, los cuales, afirma el pensador italiano, son comunes a casi todos los paÃ­ses<br />
El documento<br />
Estimado presidente, seÃ±ores senadores, colegas directores, lo que estoy por presentarles brevemente es un cahier de dolÃ©ances (libro de quejas. N. del T.) sobre la situaciÃ³n de la prensa italiana, especialmente en sus relaciones con el mundo polÃ­tico. Puedo hacerlo, no a espaldas sino en presencia de los representantes de la prensa, porque todo lo que dirÃ© ya lo he escrito desde los aÃ±os 60, y en gran parte de los diarios y semanarios italianos. Esto significa que en nuestro paÃ­s existe una prensa libre y desprejuiciada, capaz de enjuiciarse incluso a sÃ­ misma.<br />
La funciÃ³n del cuarto poder es ciertamente la de controlar y criticar a los otros poderes tradicionales, pero puede hacerlo en un paÃ­s libre, porque su crÃ­tica no tiene funciones represivas: los medios pueden influir en la vida polÃ­tica del paÃ­s solamente creando opiniÃ³n.<br />
Los poderes tradicionales no pueden, en cambio, controlar criticando a los medios sino a travÃ©s de los mismos medios, de otra manera su intervenciÃ³n se convierte en sanciÃ³n ya sea ejecutiva, legislativa o judicial, lo que puede suceder sÃ³lo si los medios delinquen o parecen configurar situaciones de desequilibrio polÃ­tico e institucional (vÃ©ase el debate sobre la par condicio). Pero, como quiera que los medios, en nuestro caso la prensa, no pueden estar exentos de crÃ­tica es condiciÃ³n de salud para un paÃ­s democrÃ¡tico que la propia prensa se pueda cuestionar a sÃ­ misma.<br />
Sin embargo, a menudo no basta que lo haga: es mÃ¡s, el hacerlo puede constituir una sÃ³lida coartada, o bien, para ser estrictos, un caso de \&#8221;tolerancia represiva\&#8221;, como la definÃ­a Marcuse: una vez demostrada la propia falta de prejuicios autoflagelatoria, la prensa ya no se interesa en reformarse.<br />
Al presentar mi cahier de dolÃ©ances no intento criticar a la prensa ni sus relaciones con el mundo polÃ­tico como si Ã©ste fuera vÃ­ctima inocente de los abusos de la prensa. Considero que es plenamente corresponsable de la situaciÃ³n que tratarÃ© de delinear.<br />
MÃ¡s aÃºn, no serÃ© de esos provincianos para los cuales estÃ¡ mal sÃ³lo aquello que ocurre en nuestro paÃ­s. No caerÃ© en el error de mucha de nuestra prensa, a menudo xenÃ³fila, que cuando se refiere a un diario extranjero lo hace adelantando siempre el adjetivo \&#8221;autorizado\&#8221;, llegando asÃ­ a hablar del \&#8221;autorizado\&#8221; New York Post cuando quiere citarlo, ignorando el hecho de que el New York Post es un periodicucho de cuarta que se avergonzarÃ­an de leer en Omaha, Nebraska. </p>
<p>Gran parte de los males de los que sufre la prensa italiana son hoy comunes a casi todos los paÃ­ses. Pero tomarÃ© algÃºn ejemplo sÃ³lo cuando me parezca que contiene una lecciÃ³n que puede ser positiva tambiÃ©n para nosotros. Una Ãºltima precisiÃ³n: usarÃ© como textos de referencia La Repubblica, Il Corriere della Sera y LÂ´Espresso y esto no sÃ³lo por razones de tiempo sino tambiÃ©n de correcciÃ³n. Son tres publicaciones sobre las que he escrito y aÃºn escribo y, por tanto, mis crÃ­ticas no podrÃ¡n ser consideradas preconcebidas o inspiradas por la inquina. Pero los problemas que pondrÃ© sobre la mesa se refieren en un alto porcentaje a la prensa italiana en general<br />
Las polÃ©micas de los aÃ±os 1960-1970<br />
En los aÃ±os 60 y 70, la polÃ©mica sobre la naturaleza y funciÃ³n de la prensa se desarrollaba sobre estos dos temas: 1) diferencia entre noticia y comentario y, por tanto, una llamada a la objetividad (recuerdo a propÃ³sito duelos histÃ³ricos con Ottone); 2) los diarios son instrumentos de poder, administrados por partidos o por grupos econÃ³micos, que utilizan un lenguaje intencionalmente crÃ­ptico en cuanto a que su verdadera funciÃ³n no es dar noticias a los ciudadanos sino enviar mensajes cifrados a otro grupo de poder, pasando por encima de los lectores. Al respecto ya existe una bibliografÃ­a vastÃ­sima.<br />
El presidente Carlo Scognamiglio ha citado incluso una expresiÃ³n como \&#8221;convergencias paralelas\&#8221;, que ha quedado en la bibliografÃ­a sobre los mass media como sÃ­mbolo de este lenguaje, apenas comprensible en los pasillos de Montecitorio, pero impermeable para la cÃ©lebre ama de casa de Voghera<br />
Estos dos temas son en gran parte obsoletos. Por un lado, habÃ­a tenido lugar una amplia polÃ©mica sobre la objetividad y muchos de nosotros sostenÃ­amos que (con excepciÃ³n de los boletines de las precipitaciones atmosfÃ©ricas) no existe jamÃ¡s una noticia verdaderamente objetiva. Aun separando cuidadosamente comentario y noticia, la misma elecciÃ³n de la noticia y su compaginaciÃ³n constituyen un elemento de juicio implÃ­cito<br />
En las Ãºltimas dÃ©cadas se ha instaurado el estilo de la asÃ­ llamada tematizaciÃ³n: la misma pÃ¡gina incluye noticias de algÃºn modo relacionadas. He tomado, casi al azar, la pÃ¡gina 17 de La Repubblica del 22 de enero. Contiene cuatro artÃ­culos: \&#8221;Brescia: da a luz y mata a la hija\&#8221;; \&#8221;Roma: solo en casa, a los cuatro aÃ±os juega sobre el alfÃ©izar, el padre termina en Regina Coelli\&#8221;; \&#8221;Roma: puede dar a luz en el hospital aun quien no quiere tener el hijo\&#8221;; \&#8221;Treviso: una madre divorciada renuncia a ser mamÃ¡\&#8221;. Como ven, se tematiza el riesgo de la infancia abandonada.<br />
El problema que debemos plantearnos es: Â¿se trata de un caso de actualidad tÃ­pico de este periodo? Â¿Son todas las noticias sobre casos del mismo tipo? Si se tratara sÃ³lo de cuatro casos, el asunto serÃ­a estadÃ­sticamente irrelevante; pero la tematizaciÃ³n eleva a la noticia a aquello que la clÃ¡sica retÃ³rica judicial y deliberativa llamaba exemplum: un solo caso, o pocos casos, de lo que se extrae (o se sugiere subrepticiamente extraer) una regla. Si se trata sÃ³lo de cuatro casos el diario nos hace pensar que existen mÃ¡s; si hubiesen mÃ¡s, el diario no nos lo dirÃ­a. La tematizaciÃ³n no proporciona cuatro noticias: expresa una fuerte opiniÃ³n sobre la situaciÃ³n de la infancia, aunque el redactor quisiera o pensara que, tal vez, ya bien entrada la noche ha compaginado asÃ­ la pÃ¡gina 17 porque no sabÃ­a cÃ³mo llenarla. Con esto no estoy diciendo que la tÃ©cnica de la tematizaciÃ³n sea equivocada o peligrosa: sÃ³lo digo que nos demuestra cÃ³mo se pueden expresar opiniones dando noticias totalmente objetivas. </p>
<p>En cuanto al problema del lenguaje crÃ­ptico, dirÃ­a que nuestra prensa lo ha abandonado, porque ha cambiado tambiÃ©n el lenguaje de los polÃ­ticos, los cuales ya no leen sobre una hoja frente al micrÃ³fono frases oscuras y elaboradas, sino que dicen apertis verbis que su compaÃ±ero de sector es un traidor, mientras que el otro magnifica a voz en cuello las cualidades erÃ©ctiles del propio Ã³rgano reproductivo.<br />
La prensa recurre incluso en la primera plana al lenguaje de esa entidad magmÃ¡tica que hoy se llama \&#8221;la gente\&#8221;; considera que la gente sÃ³lo habla con frases hechas. Y he aquÃ­ (estoy usando los datos recogidos por mis alumnos en un mes de frases hechas en la prensa italiana) en un solo artÃ­culo de Il Corriere della Sera del 11 de enero, la siguiente lista de frases hechas: la esperanza es la Ãºltima que muere; estamos contra la pared; Dini anuncia lÃ¡grimas y sangre; el Quirinale listo para la guerra; el recinto se construyÃ³ despuÃ©s de que los bueyes dejaron el establo; Pannella ataca sin piedad; el tiempo apremia; no hay lugar para un malestar de estÃ³mago; el gobierno tiene mucho camino por andar; habremos perdido nuestra batalla; estamos con el agua hasta el cuello.<br />
En La Repubblica del 28 de diciembre de 1994 se encuentra: es necesario conciliar intereses; quien mucho abarca poco aprieta; Dios me salve de los amigos; los peores pasos del vals; Fininvest vuelve a la lucha; todo estÃ¡ perdido; no hay a quiÃ©n recurrir; yerba mala nunca muere; los vientos cambian; la televisiÃ³n hace la parte del leÃ³n y nos deja sÃ³lo las migajas; la dolorosa espina en el costado; rendir honor a las armas del enemigo&#8230; Esto no es un periÃ³dico es el Barbanera. Hay que preguntarse si estos clichÃ©s son finalmente mÃ¡s transparentes, o menos, que las \&#8221;convergencias paralelas\&#8221;.<br />
Se nota que a estas frases hechas, vÃ¡lidas para la \&#8221;gente\&#8221;, son en 50% inventadas, en el sentido de la inventio retÃ³rica, encontradas por los articulistas, y en 50% citadas de declaraciones de parlamentarios. Apenas puse la cabeza dentro del aula del Senado y escuchÃ© decir: seÃ±or presidente, queremos hechos no palabras. Tuve una impresiÃ³n de dejÃ  vu y de dejÃ  entendu y y me regresÃ© al pasillo. Para usar otra frase hecha, \&#8221;el cerco se cierra\&#8221; y estamos poniendo en el fuego una diabÃ³lica alianza en la que no se sabe quiÃ©nes son los corruptos y quiÃ©nes los corruptores<br />
El diario se vuelve semanario<br />
En los aÃ±os 60 los diarios no sufrÃ­an todavÃ­a por la competencia de la televisiÃ³n. SÃ³lo Achille Campanile, en un encuentro sobre la televisiÃ³n en Grosseto, en septiembre de 1962, habÃ­a tenido una intuiciÃ³n luminosa. DecÃ­a: hubo un tiempo en que los diarios daban primero una noticia, despuÃ©s intervenÃ­an otras publicaciones que profundizaban en la cuestiÃ³n; el periÃ³dico era un telegrama que terminaba con \&#8221;sigue carta\&#8221;. Ya en 1962, la noticia telegrÃ¡fica se daba a las ocho de la noche en el noticiero televisivo. A la maÃ±ana siguiente el diario daba la misma noticia: era una carta que terminaba con \&#8221;sigue, es mÃ¡s, precede telegrama\&#8221;<br />
Â¿Por quÃ© sÃ³lo un genio de la comicidad como Campanile se habÃ­a percatado de esta situaciÃ³n paradÃ³jica? Porque la televisiÃ³n se limitaba entonces a uno o quizÃ¡ dos canales, no recuerdo, llamados de rÃ©gimen y, por tanto, no se consideraba (y en buena parte no era) una fuente confiable; los diarios decÃ­an mÃ¡s cosas y en un modo menos vago; los cÃ³micos nacÃ­an en el cine o en el cabaret y no siempre llegaban a la televisiÃ³n; la comunicaciÃ³n polÃ­tica tenÃ­a lugar en la plaza, cara a cara, o mediante manifiestos sobre los muros.<br />
Un estudio sobre el comicio televisivo de los aÃ±os 60, hecho por Paolo Fabbri, comprobaba mediante un anÃ¡lisis de numerosas tribunas polÃ­ticas que en el intento de adecuar las propias propuestas a una media de los espectadores televisivos el<br />
representante del PCI (Partido Comunista Italiano) terminaba por decir cosas muy parecidas a las del representante de la DC (Democracia Cristiana), o bien se anulaban las diferencias, y cada uno trataba de aparecer como el mÃ¡s neutro y seguro posible. Por lo tanto, la polÃ©mica, la lucha polÃ­tica, ocurrÃ­a en otra parte y en buena medida en los diarios.<br />
DespuÃ©s ocurriÃ³ el salto cuantitativo (los canales se multiplicaron cada vez mÃ¡s) y cualitativo: incluso dentro de la televisiÃ³n estatal se distinguÃ­an tres canales orientados polÃ­ticamente de distinta forma; la sÃ¡tira, el debate encendido, la fÃ¡brica de primicias, pasaron a la televisiÃ³n que rompiÃ³ incluso las barreras del sexo, de modo que algunos programas de las once de la noche ya eran mÃ¡s audaces que las monjiles portadas de LÂ´Espresso o de Panorama, que se detenÃ­an en la frontera del glÃºteo.<br />
TodavÃ­a al inicio de los aÃ±os 70 recuerdo que publicaba yo una reseÃ±a sobre los talk shows estadounidenses, como el lugar de una conversaciÃ³n civil, animada, que podÃ­a tener a los espectadores clavados hasta altas horas de la noche frente al televisor y los proponÃ­a apasionadamente para la televisiÃ³n italiana. DespuÃ©s, apareciÃ³ cada vez mÃ¡s triunfalmente en la pantalllas caseras italianas el talk shows que, sin embargo, poco a poco se convertÃ­a en lugar de un encuentro violento, a veces incluso de violencia fÃ­sica, en escuela de un lenguaje sin tÃ©rminos medios (en honor a la verdad, una evoluciÃ³n de este gÃ©nero tuvo lugar parcialmente tambiÃ©n en algunos talk shows de otros paÃ­ses).<br />
AsÃ­, la televisiÃ³n se convertÃ­a en la primera fuente de difusiÃ³n de las noticias y frente a los diarios se abrÃ­an solamente dos caminos. Del primer camino posible, que por ahora definirÃ© como \&#8221;atenciÃ³n prolongada\&#8221;, hablarÃ© mÃ¡s adelante. Creo, sin embargo, que se puede afirmar que la prensa siguiÃ³ en buena medida el segundo camino: se ha hecho semanal. El diario se ha vuelto mÃ¡s parecido a un semanario, con el enorme espacio que dedica a la variedad, a la discusiÃ³n de sucesos de la moda, de chismes de la vida polÃ­tica, de atenciÃ³n al mundo del espectÃ¡culo. Esto pone en crisis a los semanarios de primer nivel (de Panorama a LÂ´Espresso) y al semanario le quedan dos alternativas: o se vuelve mensual, pero ya existen publicaciones mensuales especializadas en embarcaciones de vela, relojes, computadoras, con un mercado propio fiel y seguro; o bien debe invadir el espacio de los sociales, que pertenecÃ­a y continÃºa perteneciendo a los semanarios de nivel medio (Gente y Oggi) para los apasionados de las bodas principescas, o de bajo nivel (Novella 2000, Stop, Eva Express) para los devotos del adulterio espectacular y los cazadores de senos descubiertos en la intimidad de los ministerios de la decencia.<br />
Pero los semanarios de primer nivel no pueden descender al nivel bajo o medio sino en las pÃ¡ginas finales, y ya lo hacen; allÃ­ es donde hay que buscar los senos, las amistades afectuosas, los esponsales en Montecarlo. Por otro lado, haciendo esto pierden la fisonomÃ­a del propio pÃºblico: entre mÃ¡s un semanario de primer nivel roza el nivel medio o bajo, mÃ¡s consigue un pÃºblico que no es el suyo tradicional y, por tanto, ya no sabe a quiÃ©n se dirige; aumenta el tiraje y pierde identidad.<br />
Por otra parte, el semanario recibe un golpe mortal sucesivo de los suplementos semanales de los diarios. A este punto, el semanario tendrÃ­a una sola soluciÃ³n: tomar la vÃ­a de las publicaciones del tipo de las que en Estados Unidos se dirigen a un altÃ­simo nivel de lectores como, por ejemplo, el New Yorker, que ofrece la lista de los espectÃ¡culos teatrales, dibujos animados de alto nivel, breves antologÃ­as poÃ©ticas, pero puede aparecer un artÃ­culo de 50 cuartillas solamente sobre la biografÃ­a de una gran dama del mundo editorial, como ha sucedido con Helen Wolff. O bien podrÃ­a tomar la vÃ­a del Time o Newsweek, los cuales aceptan ser semanarios que hablan de acontecimientos de los que ya han hablado los diarios y la televisiÃ³n, pero que ofrecen al respecto un resumen esencial o dossiers que profundizan en otros Ã¡ngulos, cada uno de los cuales requiere de meses de programaciÃ³n y de trabajo y una documentaciÃ³n cuidada hasta la exageraciÃ³n, de modo que es raro que estos semanarios publiquen desmentidos respecto de datos sobre los hechos.<br />
Por otra parte, tambiÃ©n un artÃ­culo para el New Yorker es encargado con meses de anticipaciÃ³n, y si despuÃ©s se juzga que ya no es actual al autor igualmente se le paga (generosamente) y el artÃ­culo se desecha. Este tipo de semanarios tiene costos altÃ­simos y puede existir sÃ³lo para un mercado mundial de anglÃ³fonos y no para un mercado restringido de italianÃ³fonos, donde los Ã­ndices de lectura son todavÃ­a lamentables.<br />
Por tanto, el semanario se esfuerza por seguir al diario sobre su misma ruta y cada uno trata de superar al otro para conquistar a los mismos lectores. Ello explica por quÃ© el glorioso Europeo cierra, Epoca busca desesperadamente una vÃ­a alternativa sosteniÃ©ndose con anuncios televisivos y LÂ´Espresso y Panorama luchan por diferenciarse; lo hacen, pero el pÃºblico lo nota cada vez menos. A veces me sucede que encuentro conocidos incluso cultos, que me felicitan por la hermosa secciÃ³n que escribo semanalmente en Panorama; es mÃ¡s, afirman, con adulaciÃ³n, que compran Panorama y sÃ³lo Panorama exclusivamente para leer mi secciÃ³n.<br />
La ideologÃ­a del espectÃ¡culo<br />
Para volverse semanales, los diarios aumentan las pÃ¡ginas; para aumentar las pÃ¡ginas luchan por la publicidad; para tener publicidad aumentan de nuevo las pÃ¡ginas e inventan los suplementos; para ocupar todas esas pÃ¡ginas deben entonces contar cualquier cosa; para hacerlo deben ir mÃ¡s allÃ¡ de la sola noticia (que por otra parte ya dio la televisiÃ³n) y, por tanto, se hacen cada vez mÃ¡s semanales, hasta el punto de tener que inventar y transformar en noticia lo que no es<br />
Tomo un ejemplo de la vida cultural y no polÃ­tica, y que se relaciona con un caso personal para no herir susceptibilidades. Hace unos meses, al recibir un premio en Grinzane, fui presentado por mi colega y amigo Gianni Vattimo. Quien se dedica a la filosofÃ­a sabe que mis posiciones son divergentes de las de Vattimo, pero nos profesamos mutua estima. Otros saben que somos amigos fraternos desde la juventud y que amamos zaherirnos mutuamente en ocasiÃ³n de algÃºn encuentro. Ese dÃ­a Vattimo habÃ­a elegido precisamente la vÃ­a de la convivencia social, habÃ­a hecho una presentaciÃ³n afectuosa y animada y yo le habÃ­a respondido de modo igualmente bromista, subrayando con aspavientos y paradojas nuestras eternas divergencias.<br />
Al dÃ­a siguiente, un periÃ³dico italiano dedicaba casi una pÃ¡gina completa al encuentro de Grinzane que habrÃ­a marcado, segÃºn el articulista, el nacimiento de una nueva, dramÃ¡tica e inÃ©dita, fractura en el campo filosÃ³fico italiano. El autor del artÃ­culo sabÃ­a muy bien que no se trataba de una noticia, ni siquiera cultural; habÃ­a creado simplemente un caso que no existÃ­a. Les dejo a ustedes encontrar ejemplos equivalentes en el campo polÃ­tico. Pero tambiÃ©n el ejemplo cultural es interesante: el periÃ³dico debÃ­a construir un caso porque debÃ­a llenar muchas pÃ¡ginas dedicadas a la cultura, a la variedad y a la moda, dominadas por una ideologÃ­a del espectÃ¡culo.<br />
Tomemos Il Corriere della Sera y La Repubblica del lunes 23 de enero. El primero tiene 44 pÃ¡ginas, el segundo 54, pero considerando la densidad de las pÃ¡ginas del primero, los dos se corresponden. El lunes es un dÃ­a difÃ­cil, no hay noticias polÃ­ticas y econÃ³micas frescas, cuando mucho queda el deporte.<br />
Afortunadamente ese dÃ­a Italia estaba en plena crisis de gobierno y los diarios podÃ­an dedicar los artÃ­culos de fondo al duelo Dini-Berlusconi. Una matanza en Israel el dÃ­a del aniversario de Auschwitz permitÃ­a llenar la mayor parte de la primera plana, con el aÃ±adido del caso Andreotti y, para Il Corriere della Sera, la muerte de la matriarca Kennedy que, en cambio, La Repubblica ubica en pÃ¡ginas interiores. CrÃ³nicas de Chechenia, alguna noticia de Bonn. Â¿CÃ³mo llenar el resto? La Repubblica e Il Corriere della Sera dedican respectivamente siete y cuatro pÃ¡ginas a la crÃ³nica de ciudad; 14 y siete pÃ¡ginas al deporte, dos y tres pÃ¡ginas a la cultura, dos y cinco a la economÃ­a y de ocho a nueve a crÃ³nicas de la moda, espectÃ¡culos y televisiÃ³n. En ambos casos, de 32 pÃ¡ginas al menos 15 se dedican a servicios de tipo semanal.<br />
Tomemos ahora el New York Times del mismo lunes. De 53 pÃ¡ginas, 16 se dedican al deporte, diez a problemas metropolitanos, diez a la economÃ­a; quedan 16 pÃ¡ginas. En Estados Unidos no hay una crisis en curso. Washington no requiere de mucho espacio y entonces cinco pÃ¡ginas de national report se ocupan de asuntos internos. DespuÃ©s de la noticia obvia de la matanza ocurrida en Israel se encuentran al menos diez artÃ­culos sobre PerÃº, HaitÃ­, Ruanda, refugiados cubanos, Bosnia, Argelia, conferencia internacional sobre la pobreza, JapÃ³n despuÃ©s del terremoto, el caso del obispo Gaillot. Siguen dos densas pÃ¡ginas de comentarios y anÃ¡lisis polÃ­ticos.<br />
Dejo de lado entonces que los diarios italianos no hablan de PerÃº, HaitÃ­, Cuba, Ruanda. Admitamos tambiÃ©n que los tres primeros temas interesen mÃ¡s a los estadounidenses que a los europeos; el resultado es que eran argumentos de actualidad internacional que los periÃ³dicos italianos han dejado de lado para aumentar la parte dedicada a los espectÃ¡culos y a la televisiÃ³n.<br />
El New York Times, pero sÃ³lo porque es lunes, un dÃ­a en que no se sabe quÃ© decir, dedica dos pÃ¡ginas al media business, pero no se trata de adelantos sobre personajes del espectÃ¡culo, sino de reflexiones y anÃ¡lisis econÃ³micos sobre el show business<br />
Que la selecciÃ³n es explÃ­cita lo dicen Il Corriere della Sera y La Repubblica del lunes 30, que dedican una plana, con anuncio en la primera, al hecho de que Coco Chanel haya sido espÃ­a nazi. Ante todo la noticia ya la habÃ­amos leÃ­do hace mucho tiempo. Â¿Por quÃ© se le menciona ahora? Porque la ha mencionado un dÃ­a antes una transmisiÃ³n por televisiÃ³n de la BBC.<br />
Ahora, Coco Chanel es francesa, pero el diario Le Monde no toma en cuenta la noticia. Â¿Chovinismo francÃ©s, temor de reabrir antiguas heridas de Vichy? Sin embargo, Â¿por quÃ© no lo menciona ni siquiera el Herald Tribune? Â¿Por quÃ© el hecho de que un libro o una transmisiÃ³n televisiva se ocupen de un acontecimiento histÃ³rico es argumento para un semanario de cultura y espectÃ¡culo? Â¿A quÃ© se ha renunciado dando tanto espacio al caso Chanel? Si se confronta con el Herald Tribune se encuentran 15 noticias de actualidad descuidadas por los diarios italianos: \&#8221;Chechenia envÃ­a un embajador a Clinton\&#8221;, pero no puede hacerlo porque no tiene el estatus jurÃ­dico necesario; \&#8221;Francia decide aumentar a 300 hombres su contingente en Bosnia\&#8221;; \&#8221;Mandela escoge un blanco como jefe de policÃ­a\&#8221;; \&#8221;Muere el director de la UNICEF\&#8221;, y asÃ­ tocando China, PakistÃ¡n, Camboya, Libia, Egipto y MÃ©xico. </p>
<p>EstÃ¡ claro que yo como lector me divertÃ­ mÃ¡s leyendo la historia de Coco Chanel que la biografÃ­a del director de la UNICEF, pero la selecciÃ³n es clara: el periÃ³dico querÃ­a divertirme y lo hizo, y querÃ­a divertirme a partir de una noticia ofrecida por la televisiÃ³n inglesa<br />
Cuando domina la TV<br />
La lecciÃ³n. La prensa italiana lo he dicho muchas veces es hoy esclava de la televisiÃ³n. La televisiÃ³n es la que fija la agenda de la prensa. No existe prensa en el mundo donde las noticias de la televisiÃ³n terminen en la primera plana, a menos que la tarde anterior Clinton o Mitterrand hayan hablado en la TV o haya sido sustituido el administrador delegado de una cadena nacional. No se me responda que se deben llenar las pÃ¡ginas.<br />
Tengo aquÃ­ The New York Times del domingo 22 de enero: son solamente 569 pÃ¡ginas, porque estamos en enero, mientras que antes de la Navidad los nÃºmeros eran mÃ¡s voluminosos. En ese nÃºmero de pÃ¡ginas se incluyen tambiÃ©n los espacios publicitarios, la revista de los libros, el semanario de variedades, viajes, autos, etcÃ©tera. Veamos dÃ³nde se menciona a la TV, que ademÃ¡s es un electrodomÃ©stico que ocupa mucho espacio en el imaginario estadounidense. Se menciona en el suplemento \&#8221;Artes y espectÃ¡culo\&#8221; en la pÃ¡gina 32, donde hay una reflexiÃ³n sobre los estereotipos raciales en los programas y una larga reseÃ±a referente a un magnÃ­fico documental sobre los volcanes. EstÃ¡ despuÃ©s el cuaderno con la programaciÃ³n (es obvio), pero el tema de la TV no aparece ni siquiera en el suplemento de variedades y modas, que corresponde al \&#8221;Sette\&#8221; de Il Corriere della Sera o a \&#8221;Il Venerdi\&#8221; de La Repubblica. Entonces no es cierto que se necesita hablar de la TV para llenar las pÃ¡ginas e interesar al pÃºblico; es una elecciÃ³n y no una necesidad<br />
El mismo dÃ­a los diarios italianos daban amplio espacio a un prÃ³ximo programa de Chiambretti y, por tanto, se trataba de publicidad gratuita, donde la noticia central era que le habÃ­a dado por entrar con las cÃ¡maras en las aulas universitarias donde estaba dando mi clase y yo, por respeto al lugar y su funciÃ³n, no se lo permitÃ­. Si esa era una noticia por quÃ© es noticia que cualquier santuario permanezca inmaculado para la televisiÃ³n valÃ­a cuatro lÃ­neas entre los suplementos de publicidad.<br />
Pero, Â¿si en esa aula hubiese tocado, cÃ¡mara en mano, un hombre polÃ­tico cualquiera y yo lo hubiera invitado a desistir? Hubiera tenido, sin entrar en el aula y sin aparecer en video, las primeras pÃ¡ginas de los diarios. En Italia, el mundo polÃ­tico puede fijar la agenda de las prioridades periodÃ­sticas afirmando cualquier cosa en la TV o directamente haciendo saber que lo afirmarÃ¡, y al dÃ­a siguiente la prensa no hablarÃ¡ de lo que ocurre en el paÃ­s sino de lo que se dijo o podrÃ­a haberse dicho en la televisiÃ³n.<br />
Ciertamente somos un paÃ­s en el cual, mÃ¡s que en ningÃºn otro, la vida de la televisiÃ³n se entreteje estrechamente con la vida polÃ­tica, de otro modo no se discutirÃ­a de par condicio, y esto ocurrÃ­a ya en tiempo de Bernabei e incluso antes de que apareciese en el horizonte la Fininvest; por tanto, la prensa debe dar cuenta de este entramado.<br />
Un amigo extranjero me hacÃ­a notar, el domingo 29 de enero, que sÃ³lo en Italia podÃ­a ocurrir que ese dÃ­a apareciese en muchas columnas resumida la primera plana, y luego en interiores, la histÃ³rica declaraciÃ³n de Chiambretti: \&#8221;No me voy\&#8221; (sÃ³lo porque Santoro habÃ­a lanzado una provocaciÃ³n el dÃ­a anterior). Cierto, la decisiÃ³n profesional de un cÃ³mico no deberÃ­a ser noticia de primera plana, especialmente si el cÃ³mico decide no interrumpir la transmisiÃ³n que estÃ¡ conduciendo.<br />
Si es noticia el hombre que muerde al perro y no el perro que muerde al hombre, Ã©se era el caso de un perro que aparentemente no habÃ­a mordido a nadie<br />
Y, sin embargo, todos sabemos que detrÃ¡s de aquel debate, que involucraba incluso a Enzo Biagi, habÃ­a un sentimiento de incomodidad, una polÃ©mica de claro sabor polÃ­tico. Debemos decir que la prensa estaba obligada a poner aquella noticia en primera plana y no por culpa propia sino de la situaciÃ³n italiana. No obstante, es un azar que la situaciÃ³n italiana sea la que es incluso por responsabilidad de la prensa.<br />
Desde hace tiempo la prensa, para atraerse al pÃºblico de la televisiÃ³n, ha impuesto a la propia televisiÃ³n como espacio polÃ­tico privilegiado haciendo publicidad (hecho Ãºnico en la historia de la competencia econÃ³mica) mÃ¡s allÃ¡ de lo debido, al propio competidor natural. Los polÃ­ticos han extraÃ­do las debidas consecuencias: han elegido la TV, han adoptado el lenguaje y las formas, seguros de que sÃ³lo asÃ­ tendrÃ­an la atenciÃ³n de la prensa. La prensa ha politizado el espectÃ¡culo mÃ¡s allÃ¡ de lo debido. Entonces era obvio que el polÃ­tico tratara de hacerse notar llevando a la Cicciolina al Parlamento; y el de la Cicciolina es un caso tÃ­pico porque, por instintiva pruderie, la TV no le habÃ­a dado el espacio que le ha asegurado de inmediato la prensa.<br />
La entrevista. Mientras que depende de la televisiÃ³n para su agenda, la prensa ha decidido emularla en su estilo. La entrevista se ha convertido en el modo mÃ¡s tÃ­pico de divulgar cada noticia de polÃ­tica, literatura y ciencia. La entrevista es obligatoria en la TV, donde no se puede hablar de alguien sin presentarlo pero, en cambio, es un instrumento que la prensa siempre habÃ­a usado con mucha cautela.<br />
Entrevistar quiere decir regalar el propio espacio a alguien para hacerlo decir lo que Ã©l quiere. Piensen en lo que ocurre cuando un autor ha publicado un libro. El lector espera de la prensa un juicio y una orientaciÃ³n y se fÃ­a de la opiniÃ³n de un crÃ­tico importante o de la seriedad del tÃ­tulo. Pero hoy un periÃ³dico se siente abatido si no consigue tener antes que nada una entrevista con el autor.<br />
Â¿QuÃ© es una entrevista con el autor? Es fatalmente autopublicidad: es rarÃ­simo que el autor afirme que ha escrito un libro innoble. Es habitual un chantaje implÃ­cito, que sucede tambiÃ©n en otros paÃ­ses: si no se concede la entrevista, no se hace ni siquiera la reseÃ±a. En todo caso el lector ha sido defraudado; la publicidad ha precedido o sustituido al juicio crÃ­tico y a menudo el crÃ­tico, cuando finalmente escribe, ya no discute el libro, sino lo que el autor ha dicho en el curso de varias entrevistas<br />
Con mayor razÃ³n la entrevista con un polÃ­tico deberÃ­a ser un gesto de cierta trascendencia: o es solicitada por el polÃ­tico, que quiere usar al periÃ³dico como vehÃ­culo (y el periÃ³dico tiene que evaluar si quiere darle el espacio), o es solicitada por el periÃ³dico, que quiere profundizar una cierta posiciÃ³n del polÃ­tico. Una entrevista seria debe tomar mucho tiempo y el entrevistado como sucede en casi todo el mundo despuÃ©s debe revisar el entrecomillado para evitar malentendidos y desmentidos.<br />
Hoy, los diarios publican una decena de entrevistas al dÃ­a, cocidas y masticadas, donde el entrevistado dice lo que ha dicho en otros periÃ³dicos pero, para ganarle a la competencia, se necesita que la entrevista de ese dÃ­a sea mÃ¡s sabrosa que la del otro. Entonces el juego estÃ¡ en arrancar al polÃ­tico una ligera aceptaciÃ³n que, deliberadamente subrayada, harÃ¡ explotar el escÃ¡ndalo. </p>
<p>Entonces el polÃ­tico, siempre en escena al dÃ­a siguiente para desmentir lo que ha declarado el dÃ­a anterior, Â¿es una vÃ­ctima de la prensa? Debemos entonces preguntarle: \&#8221;Â¿Por quÃ© no adopta la eficaz tÃ©cnica del no comment?\&#8221;. Parece que en octubre pasado Bossi escogiÃ³ esta vÃ­a, cuando prohibiÃ³ a sus diputados hablar con los periodistas. Â¿VÃ­a errÃ³nea, porque lo expone a los ataques de la prensa? Â¿VÃ­a acertada, porque le ha redituado al menos dos dÃ­as de presencia a plana completa en todos los periÃ³dicos, lo que en precio de publicidad vale una fortuna?<br />
Los periodistas parlamentarios, por su parte, afirman que en todos los casos de declaraciÃ³n seguida de virulento desmentido, es el polÃ­tico el que verdaderamente ha hecho esa media declaraciÃ³n para que la publicase el periÃ³dico, con objeto de poder desmentirla un dÃ­a despuÃ©s, lanzando mientras tanto un ballon d\&#8217; essai y haciendo llegar una insinuaciÃ³n o una seÃ±al de amenaza. DespuÃ©s de los cual habrÃ­a que preguntarle al cronista parlamentario vÃ­ctima inocente del polÃ­tico astuto: \&#8221;Â¿Por quÃ© lo permite?\&#8221;, \&#8221;Â¿por quÃ© no exige que lo controlen y subraya el entrecomillado?\&#8221;. La respuesta es simple: en este juego cada uno tiene algo que ganar y nada que perder. En la medida en que el juego es vertiginoso, las declaraciones se suceden a diario, el lector pierde la cuenta y olvida lo que se ha dicho. En compensaciÃ³n, el periÃ³dico resume la noticia y el polÃ­tico logra la ventaja que se ha propuesto previamente.<br />
Es un pactum sceleris a los daÃ±os, al lector y a los ciudadanos, y es tan difuso y aceptado que se ha vuelto una costumbre no de daciÃ³n sino permÃ­taseme de dicciÃ³n ambiental. Como todos los delitos, sin embargo, al final no paga: el precio, sea para la prensa o para el polÃ­tico, la inadmisibilidad, y la reacciÃ³n indiferente del lector.<br />
Para volver la entrevista mÃ¡s apetitosa, se ha agregado, como ya se decÃ­a, el cambio radical del lenguaje polÃ­tico, el cual asumiendo la forma del debate y del altercado televisivo, ya no es cuidadoso sino pintoresco e inmediato.<br />
Por mucho tiempo nos lamentamos de los polÃ­ticos italianos que leÃ­an una parca y oscura declaraciÃ³n sobre una hoja y admirÃ¡bamos a esos polÃ­ticos estadounidenses que frente al micrÃ³fono, con las manos en los bolsillos, parecÃ­an hablar espontÃ¡neamente, improvisando e incluso salpicando el discurso con ingeniosas ocurrencias. Y bien, no era asÃ­: la mayor parte de ellos habÃ­a seguido cursos en varios speech centers de su universidad; seguÃ­a y sigue reglas de una oratoria aparentemente improvisada, pero en cambio controlada hasta el milÃ­metro; decÃ­a y dice ocurrencias registradas en manuales especializados o preparadas en la noche por ghost writers<br />
Tomado de la oratoria curial de la primera RepÃºblica, el polÃ­tico de la segunda improvisa realmente; habla de un modo mÃ¡s comprensible, pero a menudo incontrolado. No es necesario decir que para los periÃ³dicos, especialmente si han decidido volverse semanales, esto es manÃ¡, para usar una frase hecha. Me perdonarÃ¡n la comparaciÃ³n irreverente, pero el mecanismo psicolÃ³gico normal en la hosterÃ­a de pueblo es que, si alguno que ha empinado demasiado el codo suelta una indiscreciÃ³n, todo el auditorio harÃ¡ lo posible para animarlo y llevarlo mÃ¡s allÃ¡ del lÃ­mite.<br />
Esta es la dinÃ¡mica de la provocaciÃ³n que se establece en el talk show y es la misma que se instaura entre cronista y polÃ­tico. La mitad de los fenÃ³menos que hoy estamos definiendo como \&#8221;envenenamiento de la lucha polÃ­tica\&#8221; proviene de esta dinÃ¡mica incontrolable. He dicho, ciertamente, que en el torbellino los lectores olvidan la declaraciÃ³n especÃ­fica, pero lo que se vuelve costumbre es el tono del debate, el convencimiento de que todo estÃ¡ permitido </p>
<p>La prensa habla de la prensa<br />
En esta afanosa caza de declaraciones, sucede cada vez mÃ¡s que la prensa habla solamente de la otra prensa. Es cada vez mÃ¡s frecuente en el periÃ³dico A el artÃ­culo que anuncia una entrevista que aparece al dÃ­a siguiente en el periÃ³dico B. Es cada vez mÃ¡s frecuente la carta que desmiente haber dado nunca una declaraciÃ³n al diario A, a la que sigue la respuesta del periodista que afirma haber leÃ­do la declaraciÃ³n en una entrevista en el periÃ³dico B, sin preocuparse de si B no sustrajo indirectamente la noticia del periÃ³dico C. Colecciono un dossier sobre el argumento y no me pidan que lo muestre.<br />
Entonces, cuando no habla de televisiÃ³n, la prensa habla de sÃ­ misma; ha aprendido de la televisiÃ³n, que habla bastante de televisiÃ³n.<br />
En lugar de suscitar una preocupada indignaciÃ³n, esta situaciÃ³n anÃ³mala hace el juego al polÃ­tico, que encuentra Ãºtil que de cada declaraciÃ³n suya en un solo medio se haga eco la caja de resonancia de todos los otros medios unidos. AsÃ­, los mass media, de ventana al mundo, se transforma en espejo, los espectadores y los lectores miran un mundo polÃ­tico que a su vez se mira a sÃ­ mismo, como la reina de Blancanieves.<br />
L\&#8217;Espresso ha lanzado a menudo campaÃ±as que han hecho Ã©poca. PiÃ©nsese en el cÃ©lebre e inicial \&#8221;Capital corrupta, naciÃ³n infecta\&#8221;. Pero, Â¿cuÃ¡l era la tÃ©cnica de esta campaÃ±a? Tengo en casa sÃ³lo un aÃ±o completo de L\&#8217;Espresso, de 1965, y el otro dÃ­a lo estuve hojeando. Del nÃºmero 1 al 7, los artÃ­culos van de la polÃ­tica a la moda, sin revelaciones extraordinarias. En el nÃºmero 7 aparece una investigaciÃ³n de Jannuzzi, \&#8221;La cedular de San Pedro\&#8221;, donde se acusa al Vaticano de haber sustraÃ­do en tres aÃ±os 40 mil millones al fisco, con el consenso del gobierno italiano. Estamos en periodo de sesiones, se estÃ¡ discutiendo de nuevo el artÃ­culo 7 de la ConstituciÃ³n, el tema es candente. En el nÃºmero 8 no se retoma el tema fiscal. Aparece en cambio un servicio sobre Il Vicario de Hochhut, cuya representaciÃ³n habÃ­a sido bloqueada por la jefatura de policÃ­a de Roma, con comentarios de Scalfari y un artÃ­culo no firmado de indiscreciones sobre el Concilio. Sin que el lector se dÃ© cuenta al primer golpe, el tema de Il Vicario se retoma en la secciÃ³n teatral de Sandro De Feo. En el nÃºmero 9 cae la polÃ©mica, pero del 9 al 13 tenemos un monitoreo, un largo servicio de Camila Cederna sobre los entretelones del Concilio<br />
Es hasta el nÃºmero 13 y estamos a dos meses despuÃ©s que un artÃ­culo de Livio Zanetti abre el problema polÃ­tico de las discusiones sobre la revisiÃ³n del Concordato y sÃ³lo al final del artÃ­culo el problema se liga al de los presuntos fraudes fiscales del Vaticano. Se regresa al tema en el nÃºmero 14, no en primera plana. En el nÃºmero 15 Falconi explora los casos de los curas rebeldes y de la iglesia de Barbiana, en el nÃºmero 16 un editorial en primera plana habla del peso polÃ­tico de una visita de Nenni al Vaticano con la pregunta: Â¿sabrÃ¡ el Estado italiano hacer valer sus derechos? En el nÃºmero 18 inicia una nueva indagaciÃ³n, sobre los misterios de la magistratura.<br />
El periÃ³dico tenÃ­a evidentemente su estrategia, sabÃ­a que no podÃ­a gritar \&#8221;el lobo, el lobo\&#8221; todas las semanas, dosificaba los tonos y las noticias, dejaba que el lector, poco a poco, se formara una opiniÃ³n, hacÃ­a sentir a la clase polÃ­tica el peso de una atenciÃ³n discreta pero constante, dejando entender que, en caso de necesidad, podrÃ­a volver al descubierto.<br />
Â¿PodrÃ­a un semanario comportarse actualmente de la misma manera? No. </p>
<p>En primer lugar, L\&#8217;Espresso de entonces se dirigÃ­a, por su tiraje y su presentaciÃ³n grÃ¡fica, a la clase dirigente; hoy sus lectores han aumentado al menos cinco veces; ya no puede seguir la tÃ©cnica de la insinuaciÃ³n sutil, progresiva, gradual.<br />
En segundo lugar, hoy la exclusiva inicial el primer artÃ­culo del nÃºmero 7 serÃ­a inmediatamente retomada y ampliada por el resto de la prensa y de los otros media y para poder retomar el tema el semanario deberÃ­a inmediatamente subir el tiraje, encontrar noticias mÃ¡s explosivas a costa de inflar datos no suficientemente comprobados.<br />
En tercer lugar, en el mundo polÃ­tico y en sus apariciones en la televisiÃ³n, el tema habrÃ­a alcanzado el nivel del altercado; el objeto de la noticia ya no serÃ­a el hecho de que existe sospecha de fraude fiscal, o un problema de Concordato, sino la pintoresca confrontaciÃ³n que se ha dado sobre ese problema y el semanario hablarÃ­a solamente de cÃ³mo otros periÃ³dicos o noticieros televisivos enfrentan la cuestiÃ³n.<br />
Finalmente, en cuarto lugar, entre los elementos de transformaciÃ³n de la prensa, no podemos dejar de considerar el nuevo comportamiento de la magistratura. La prensa intervenÃ­a allÃ­ donde las fuerzas polÃ­ticas callaban y la magistratura no veÃ­a. DespuÃ©s de Manos Limpias, la magistratura ha conseguido tal intensidad en la denuncia, a todos los niveles, que a la prensa le queda muy poco por descubrir. No le queda sino repetir (o anticipar, en una frenÃ©tica carrera hacia la indiscreciÃ³n) las denuncias que parten del Palacio de Justicia, o cambiar de juego y denunciar a la magistratura, pero tambiÃ©n allÃ­ a la zaga de la televisiÃ³n. El juego de las partes se convulsiona.<br />
Si en un tiempo un periÃ³dico debÃ­a enviar sus propios espÃ­as a los pasillos de los palacios romanos para arrebatar alguna cautelosa declaraciÃ³n a personas que sabÃ­an, hoy debe, eventualmente, procurarse alguien que le proporcione, no solicitados, sabrosos dossier de quien, si no se controla la autenticidad, se convierte en amplificador truculento, perdiendo credibilidad. Es decir, que debe jugar a la defensiva, parar golpes que vienen de afuera. No quisiera ser pesimista, pero se corre el riesgo de que quede Pecorelli (que jugaba a medio camino entre acontecimientos, mundo polÃ­tico, servicios y periodismo) por encima de Arrigo Benedetti (que pensaba en el periodismo como un cuarto poder autÃ³nomo)<br />
La prensa incÃ³moda. Inicios de cambio<br />
En cuanto a la exclusiva, no es que en otras partes las cosas sean diferentes de como son en Italia, y Francia ha lamentado recientemente que la carrera por la exclusiva a cualquier costo haya violado la mÃ¡s celosa intimidad del Presidente de la RepÃºblica. CuÃ¡les serÃ¡n las consecuencias de esta carrera por la exclusiva, lo dice una comparaciÃ³n entre el caso Nixon y el caso Clinton.<br />
Antes de la investigaciÃ³n del Washington Post sobre Watergate, no hubo jamÃ¡s ataques, que no fueran polÃ­ticos, a la Presidencia y a su honorabilidad. Si consideramos en sÃ­ la entidad del dolo, Nixon hubiera salido fÃ¡cilmente acusando a los colaboradores demasiado diligentes. Pero ha cometido el error de decir una mentira. A ese punto la campaÃ±a periodÃ­stica ha seÃ±alado el hecho de que el Presidente de Estados Unidos habÃ­a mentido y Nixon cayÃ³ finalmente, no porque fuera indirectamente culpable de espionaje, sino por ser reo del embuste. Quiero decir que la elecciÃ³n fue precisa, puntual, calibrada y justo por eso eficaz.<br />
Lo que hace la campaÃ±a contra Clinton mÃ¡s dÃ©bil y desarticulada es que ahora ya aparece una exclusiva por dÃ­a, y a mÃ¡s de hacerlo no vacila en atribuir a Clinton e<br />
Hillary cualquier falta, de la especulaciÃ³n inmobiliaria a la alimentaciÃ³n del gato con dinero del Estado. Es demasiado. La opiniÃ³n pÃºblica estÃ¡ confundida, y permanece fundamentalmente escÃ©ptica. El resultado, tambiÃ©n allÃ¡, es el envenenamiento de la lucha polÃ­tica: ahora se sustituye un lÃ­der sÃ³lo si se logra meterlo a la cÃ¡rcel<br />
Â¿QuÃ© hacer?<br />
Para sustraerse a estas condiciones quedan a la prensa dos caminos, ambos difÃ­ciles, porque incluso los diarios extranjeros que hasta ahora los han practicado deben de alguna manera transformarse para adaptarse a los nuevos tiempos.<br />
La primera es la que llamo la \&#8221;vÃ­a fidjiana\&#8221;. En 1990 estuve durante casi un mes en las islas Fidji y el aÃ±o pasado casi un mes en el Caribe. PodÃ­a leer, en aquellas islitas, solamente el diario local: ocho o 12 pÃ¡ginas, la mayor parte publicidad de restaurantes, noticias de carÃ¡cter local y el resto de agencias. Bien, estaba en las islas Fidji cuando explotÃ³ la crisis del Golfo, y en el Caribe cuando en Italia se discutÃ­a el caso del decreto Biondi, y me mantuve al corriente de todos los hechos esenciales. Estos periÃ³dicos paupÃ©rrimos, trabajando sÃ³lo con servicios de agencias, lograban dar en pocas lÃ­neas las noticias mÃ¡s importantes del dÃ­a anterior. A esa distancia comprendÃ­a que aquello de lo que los periÃ³dicos no hablaban no era tan importante.<br />
La vÃ­a fidjiana. Seguir la \&#8221;vÃ­a fidjiana\&#8221; implica naturalmente, para un periÃ³dico, una tremenda merma en sus ventas. Se convertirÃ­a en un boletÃ­n para una Ã©lite como la que lee el boletÃ­n de la bolsa; porque para comprender el peso de una noticia dada en forma esencial se necesita un ojo educado. SerÃ­a, sin embargo, una fatalidad incluso para la vida polÃ­tica, que perderÃ­a la funciÃ³n crÃ­tica de la prensa, su aguijÃ³n. Los polÃ­ticos superficiales podrÃ­an pensar que a este punto les bastarÃ­a la televisiÃ³n: pero la televisiÃ³n, como toda forma de espectÃ¡culo, acaba. Fanfani sobreviviÃ³ mÃ¡s tiempo que Nilla Pizzi. Una clase polÃ­tica crece y madura tambiÃ©n a travÃ©s de una confrontaciÃ³n amplia, tranquila y reflexiva, como sÃ³lo lo puede permitir la relaciÃ³n con la prensa.<br />
La clase polÃ­tica es la primera que tiene todo que perder (aferrando sÃ³lo alguna ventaja de breve alcance: pocos, malditos y rÃ¡pido), de una prensa diaria totalmente semanalizada y sometida a la televisiÃ³n.<br />
La atenciÃ³n prolongada. La otra vÃ­a serÃ­a aquella que he definido, al principio, como la atenciÃ³n prolongada: el diario renuncia a convertirse en un semanario de variedades y se vuelve una austera y confiable mina de noticias de lo que ocurre en el mundo; es decir, no hablarÃ¡ del golpe de Estado ocurrido ayer en un paÃ­s del Tercer Mundo sino que dedicarÃ¡ a los acontecimientos de ese paÃ­s una atenciÃ³n continua, aun cuando los hechos por venir estuvieran en incubaciÃ³n, logrando explicar al lector por quÃ© (por cuÃ¡les intereses econÃ³micos o polÃ­ticos, incluso nacionales) se debÃ­a prestar atenciÃ³n a cuanto ocurrÃ­a. Sin embargo, este tipo de prensa cotidiana requiere de una lenta educaciÃ³n del lector. Hoy en Italia un diario, antes de llegar a educar en ese sentido a los propios lectores, los habrÃ­a perdido. Incluso el New York Times, que tenÃ­a lectores educados y funcionaba en Nueva York con un rÃ©gimen prÃ¡cticamente monopÃ³lico, enfrenta ahora al muy coloreado y mÃ¡s ligero USA Today que le roba mercado.<br />
PodrÃ­a suceder tambiÃ©n otra cosa. Con el desarrollo de la telemÃ¡tica y de la televisiÃ³n interactiva, pronto cada uno de nosotros podrÃ­a componer e incluso imprimir en casa con el telecomando, el propio diario esencial, escogiendo de una gran cantidad de fuentes<br />
El diario telemÃ¡tico<br />
PodrÃ­an morir los diarios, no los editores de diarios que venderÃ­an informaciones con costos reducidos. Sin embargo, el periÃ³dico hecho en casa podrÃ­a decir solamente aquello en lo que el usuario estÃ¡ ya interesado de antemano y lo alejarÃ­a de un flujo de informaciones, juicios y alarmas que habÃ­an podido reclamar su atenciÃ³n; le quitarÃ­a la posibilidad de atrapar, hojeando el resto del periÃ³dico, la noticia inesperada y no deseada. TendrÃ­amos una Ã©lite de usuarios informadÃ­simos, que saben dÃ³nde y cuÃ¡ndo buscar la noticia, y una masa de subproletarios de la informaciÃ³n, satisfechos con saber solamente que en los alrededores naciÃ³ un becerro con dos cabezas: es lo que ya sucede en los diarios del Middle West estadounidense.<br />
TambiÃ©n en este caso serÃ­a una desgracia para los polÃ­ticos, obligados a replegarse a la televisiÃ³n; se tendrÃ­a un rÃ©gimen de repÃºblica plebiscitaria, donde los electores reaccionarÃ­an solamente a las emociones del momento, transmisiÃ³n por transmisiÃ³n, como se suele decir, en el tiempo real. A alguien le puede parecer una situaciÃ³n ideal, pero hay que tener cuidado, pues en tal caso no sÃ³lo el hombre polÃ­tico sino los propios grupos y movimientos tendrÃ­an la vida breve de una modelo<br />
Â¿Un futuro Internet?<br />
Queda abierto un futuro Internet y polÃ­ticos como Al Gore lo comprendieron desde hace tiempo. Entonces la informaciÃ³n se difunde por innumerables canales autÃ³nomos, el sistema es acÃ©falo e incontrolable; cada uno discute con los otros, no sÃ³lo reacciona emotivamente al sondeo en el tiempo real, sino que dirige mensajes incluso profundizados que descubre poco a poco, relaciones y discusiones entretejidos mÃ¡s allÃ¡ de lo que es la dialÃ©ctica parlamentaria o la vetusta polÃ©mica periodÃ­stica. Pero, Â¿quÃ© sucederÃ­a, al menos por algunos aÃ±os?<br />
Ante todo, las redes telemÃ¡ticas seguirÃ¡n siendo un instrumento para una Ã©lite culturizada y joven, no para el ama de casa catÃ³lica, no para el marginado al que se dirige RefundaciÃ³n Comunista, no para el pensionado al que convoca el PDI (Partido DemocrÃ¡tico de Izquierda, ex PCI), no para la seÃ±ora burguesa que se manifiesta por el Polo (se refiere al llamado Polo de la Libertad, coaliciÃ³n de partidos de derecha. N. del T.).<br />
En segundo lugar, no se ha dicho que estas redes puedan realmente permanecer acÃ©falas, sustraÃ­das de todo control de las alturas, porque estamos ya en una situaciÃ³n de congestionamiento y maÃ±ana un Gran Hermano podrÃ­a controlar los canales de acceso, Â¡y entonces, olvÃ­dense de la par condicio!<br />
En tercer lugar, la enormidad de informaciones que permiten estas redes podrÃ­a llevar a una censura por exceso. El New York Times del domingo contiene realmente all the news that\&#8217;s fit to print, todo lo que vale la pena publicar, y no se diferencia mucho del Pravda de los tiempos de Stalin porque, dado que no es posible leerlo todo en siete dÃ­as, es como si las noticias que ofrece fueran censuradas; demasiadas noticias, ninguna noticia. El exceso de informaciÃ³n lleva a criterios casuales de destrucciÃ³n o a cuidadas selecciones permitidas, de nuevo, a una Ã©lite educadÃ­sima<br />
FunciÃ³n fundamental<br />
Â¿CÃ³mo concluir? Considero que la prensa, en el sentido tradicional del diario y del semanario hechos de papel, que se consiguen voluntariamente en el quiosco, tiene aÃºn una funciÃ³n fundamental, no sÃ³lo por la evoluciÃ³n civil de un paÃ­s, sino tambiÃ©n<br />
para nuestra satisfacciÃ³n y por el placer de estar acostumbrados, desde hace siglos, a considerar con Hegel la lectura de los diarios como la plegaria matutina del hombre moderno.<br />
Pero asÃ­ como van las cosas, la prensa italiana manifiesta en sus propias columnas una incomodidad de la que es consciente, sin saber cÃ³mo salir de ella. Ya que las alternativas como hemos visto son difÃ­ciles de intentar, es necesario que inicie una lenta transformaciÃ³n a la cual el mundo polÃ­tico no puede permanecer ajeno.<br />
Para comenzar, ocurre a menudo que un hombre polÃ­tico envÃ­e a un periÃ³dico un artÃ­culo que aparece bajo la leyenda: \&#8221;recibimos y publicamos con mucho gusto\&#8221;. Es un modo de contribuir a la reflexiÃ³n, de asumir la responsabilidad de las propias declaraciones. Que pida el polÃ­tico que se le permita revisar cada entrevista y que suscriba el entrecomillado. AparecerÃ¡ menos en los periÃ³dicos, pero cuando lo haga serÃ¡ tomado en serio. GanarÃ¡n ventaja tambiÃ©n los periÃ³dicos, que no se verÃ¡n condenados a registrar solamente golpes de humor arrancados entre uno y otro cafÃ©.<br />
Â¿CÃ³mo llenarÃ¡ la prensa estos vacÃ­os? Tal vez buscando otras noticias en el resto del mundo, que no es el pequeÃ±o cuadrado entre Montecitorio y el Palazzo Madama, cuadrado que a millones de personas no les importa en absoluto. Y tambiÃ©n se trata de millones de personas que deben importarnos, de las que la prensa debe hablar mÃ¡s, no sÃ³lo porque miles de nuestros conciudadanos construyen algo con ellos, sino porque de su crecimiento o de su crisis depende el futuro de nuestra sociedad, y querrÃ­a decir de la sociedad europea, sometida a flujos no ya inmigratorios sino migratorios de alcance histÃ³rico.<br />
Esta es una invitaciÃ³n tanto para la prensa como para el mundo polÃ­tico, a mirar mÃ¡s al mundo y menos al espejo.<br />
Texto leÃ­do por Umberto Eco en un seminario promovido por la presidencia del Senado, en Italia, a fines de enero de 1995 y publicado originalmente en L\&#8217;UnitÃ , febrero de 1995. etcÃ©tera, en su primera Ã©poca, lo reprodujo en junio de ese aÃ±o. </p>
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<p><a href="http://www.tusrelatoscalientes.com" /a> Literatura erÃ³tica. Y a veces un poco mÃ¡s que eso.</p>

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