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EL POEMA EVENTUAL

EL POEMA EVENTUAL O, PARA CITAR LIBREMENTE A PICASSO, AÚN ESTÁ PROHIBIDO HABLAR CON EL PILOTO


EL QUE sólo dispone de pocos minutos para hablar puede generalizar. Por eso empiezo con la siguiente frase: Todo poema bueno es un poema eventual; todo poema malo es un poema eventual; sólo los así llamados poemas de laboratorio se reservan la saludable posición del centro: no son nunca muy buenos ni totalmente malos, pero siempre inteligentes e interesantes.

El que aquí lo dice y afirma se cuenta entre los poetas eventuales, y le disgustan los poetas incapaces de esperar su oportunidad, los caballeros en el laboratorio de los sueños, los caballeros con los amplios compendios de diccionarios, los caballeros —también pueden ser damas— que de la mañana a la noche trabajan con lengua, con el material del idioma, que locuaces residen cerca del silencio, que andan siempre sobre la huella de lo inexpresable, que llaman textos a sus poemas, que no quieren que se les diga poetas sino no sé que, que —digámoslo de una vez— no conocen la oportunidad, la musa.

En tanto que el poeta de laboratorio puede llenar páginas enteras describiendo sus métodos y es a menudo un extraordinario ensayista, dar una explicación seria de su procedimiento resultará difícil al poeta eventual; si yo, como empedernido poeta eventual, dijera: En cuanto tengo la sensación de que un poema está flotando en el aire evito estrictamente comer legumbres secas y con frecuencia ando sin razón, aunque con sentido, en taxi, por caro que me resulte, para que se suelte ese poema que se cierne en el aire, el poeta de laboratorio alzaría burlonamente la ceja y me llamaría un discípulo anticuado, si no es que reaccionario del esoterismo, por creer en la influencia de las legumbres secas y los paseos en taxi y por ende en un individualismo que él, el poeta de laboratorio, ya superó hace mucho tiempo, desde antes que X, Y y Z, mediante consecuentes minúsculas y la meritoria eliminación de todos los sustantivos (su colega sólo erradicó las preposiciones). No obstante, me atrae la idea de revelar algunos trucos del poeta eventual. Puesto que no se trata de secretos de laboratorio, es decir, de algo imitable, puedo permitirme con toda confianza ser expansivo, pues mis oportunidades no son las mismas de otro poeta eventual. Por lo tanto, cuando un poema se anuncia en el aire y presiento que esta vez la musa quiere visitarme con una obra de cinco estrofas y tres líneas, no me ayudan ni la renuncia a las legumbres secas ni el andar sin medida en taxi, sino una sola cosa: comprar arenques frescos, destriparlos, freírlos, escabecharlos, rechazar las invitaciones de personas a las que les gusta hablar sobre música electrónica, asistir, en cambio, a fiestas donde los profesores tejen intrigas, escucharlos, tejer con ellos, pero por lo que más quiera no regresar a casa en taxi, aunque sí dormir consecuentemente sin almohada. Es cierto que este método no ayuda siempre. Una vez, debo admitirlo, la inversión total —compré media cabeza de cerdo, la preparé en gelatina, hablé sobre música electrónica con la gente, evité a los profesores y sus intrigas, atrevidamente regresé a casa en taxi, dormí con dos almohadas— me ayudó a producir un poema de cinco estrofas de tres líneas que entretanto ha pasado a formar parte de la historia de la literatura.

En la esperanza de que hayan podido entender mis explicaciones, en realidad sencillas, descubriré ahora el truco del poema de cuatro líneas. Es el típico poema eventual, su caso original. Al principio está siempre un acontecimiento; no es necesario que sea importante. Fui con el sastre, por ejemplo, para que me tomara las medidas para un traje. El sastre tomó las medidas y preguntó: “¿Lleva usted las cosas en la izquierda o en la derecha?” Mentí y contesté: “En la izquierda.” En cuanto hube dejado la sastrería, contento porque no me descubriera el sastre, me olió a algo y tuve que admitir: un poema flotaba en el aire; si no me engañaba por completo, uno de cuatro líneas. Pasaron casi cuatro semanas antes de que se descargara la nube y naciera el poema. Recogí el traje y he ahí que pese a las indicaciones falsas me quedaba bien, la mentira había perdido su razón de ser, por decirlo de alguna manera; sólo faltaba escribir la acostumbrada postal exhortatoria de cuatro líneas a un amigo que desde hace ocho años me debe 20 marcos, como siempre lo hago poco antes del alumbramiento de un poema de cuatro líneas: y ya estaba echando —aún no se secaba la postal— el título y cuatro líneas sobre el papel preparado de antemano:

La mentira

Tiene más bajo el hombro derecho, dijo mi sastre.

Porque llevé la mochila del lado derecho, contesté sonrojándome.


Debo admitir que no es posible clasificar estas cuatro líneas como un poema moderno. Si bien me he resignado, por ser anticuado y dotado sólo de las dimensiones usuales, a tener que esperar estas oportunidades, siento envidia, especialmente cuando en mis cercanías inmediatas vuelve a cernirse un poema sin disponerse a bajar, del poeta de laboratorio que no tiene que esperar de una oportunidad en otra, que no tiene que recorrer tres veces a la semana el Hohenzollerndamm hasta el amargo final, como yo, con chícharos sin pelar en los zapatos, porque el caminar sobre chícharos sin pelar place a la musa que protege mis oportunidades. No, el poeta de laboratorio permanece sentado en su laboratorio, sin chícharos, calzado con pantuflas en minúsculas, tiene a Max Bense a su espalda, el tarjetero a la mano, y maneja libremente el material siempre dispuesto del idioma, se ríe de las oportunidades, arma y despedaza elementos arbitrarios y botánicos, con seriedad, autocrítica y diligencia, y después de su jornada de ocho horas —en la medida en que sea posible hablarle a este anulador del tiempo de una jornada de ocho horas— sabe qué ha hecho: experimentar, y mañana podrá seguir experimentando.

Con toda mi envidia estoy agradecido —lo reconozco— hacia el poeta de laboratorio. Alivia mi trabajo al realizar experimentos bastante interesantes en áreas que yo también debería cultivar, en las pausas entre oportunidad y oportunidad, pero no tengo que hacerlo porque existe él, el poeta de laboratorio; impertinente y epígono, lo agarro por los resultados y, entendiéndolos mal, aprovecho según la oportunidad, como debe de ser, el fruto de sus experimentos.

Después de estas exposiciones hasta el último de los lectores habrá comprendido que un poeta eventual no carece completamente de ética laboral. También yo sé hablar de oportunidades que no lo fueron; durante meses no hay ningún poema en el aire. Entonces el poeta eventual guarda silencio, lo cual no pretende decir que viva cerca de lo llamado indecible, del silencio.

La amenaza configura pequeñas minorías selectas

Tales fenómenos han venido dándose desde siempre en la historia humana; podríamos contarlos entre las atrocidades que raras veces faltan cuando se producen grandes cambios.  Más desasosiego causa el hecho de que la crueldad amenace con convertirse en un elemento constitutivo, en una institución de las nuevas formaciones de poder, así como el ver entregada inerme a ella la persona singular.
Esto tiene varios motivos; el principal es que el pensamiento racional es cruel.  Esa cualidad suya se contagia luego a los planes que se hacen.  En esto desempeña un papel especial la extinción de la libre competencia.  Tal extinción provoca curiosas imágenes reflejas de sí misma.  Como su propio nombre indica, la competencia o concurrencia se asemeja a la carrera de competición, en la cual conquistan el premio los más hábiles.  Donde desaparece la competencia se corre el riesgo de que surja una especie de estirpe de rentistas mantenida a costa del Estado, mientras en la política exterior perdura la competencia, es decir, la carrera de competición entre los diferentes Estados.  Por esa brecha es por donde penetra el terror.  Sin duda son otras circunstancias las que lo provocan: en esto queda al descubierto uno de los motivos que hacen que subsista el terror.  La velocidad generada por la carrera competitiva de los Estados entre sí causa ahora necesariamente miedo.  En un caso el nivel depende de las altas presiones; en el otro, del vacío.  En el primer caso quien marca el ritmo es el ganador; en el segundo, aquél a quien cada vez le van peor las cosas.
Con esto se halla relacionado el hecho de que el Estado se ve forzado en el segundo caso a someter permanentemente una parte de su población a unas intromisiones horrorosas.  La vida se ha vuelto gris, pero aún puede parecerle soportable a quien divisa a su lado la oscuridad, el negro absoluto.  Ahí, y no en el terreno de la economía, es donde residen los peligros de las grandes planificaciones.
No deja de ser caprichosa la selección de los estratos de la sociedad que son perseguidos de ese modo; siempre se tratará de minorías que o bien llevan por naturaleza una marca que las distingue de los otros o bien han sido inventadas con ese fin.  Es evidente que con ello quedan coamenazados también todos los que sobresalen por herencia y talento.  Este mismo clima se contagia al trato acordado a los vencidos en la guerra; en conexión con la recriminación de una culpabilidad general se llega entonces a dejar morir de hambre a la gente en los campos de concentración, se llega a imponer trabajos forzados, a exterminar a los seres humanos en vastos territorios ya deportar a los supervivientes.
Es comprensible que en una situación como ésa el hombre prefiera Soportar las cargas más pesadas a ser contado entre los «otros».  El automatismo parece quebrantar con gran facilidad, como si lo hiciera jugando, lo que queda de la voluntad libre; la persecución se ha tornado compacta y universal, como un elemento de la naturaleza.  Tal vez algunos privilegiados puedan tener abierta la puerta de la huida; pero la huida suele conducir a cosas peores.  La oposición parece dar estímulos a los dueños de la violencia, les procura el anhelado pretexto para intervenir.  Frente a esto, la última esperanza que queda es que el proceso acabe devorándose a sí mismo, como un volcán que ha arrojado toda su lava.  Pero entretanto sólo puede haber dos preocupaciones para el hombre que está batido de ese modo: ejecutar el trabajo que le asignan y no desviarse de la norma.  Esto repercute incluso en las zonas de seguridad; en ellas se apodera de los seres humanos un pánico propio de la catástrofe.  En este punto surge la cuestión –y lo hace no sólo en la teoría, sino en toda existencia real de hoy–, en este punto surge la cuestión de si no se podrá tomar todavía un camino diferente.  Existen, en efecto, pasos de montaña, senderos de herradura que sólo se descubren después de una prolongada ascensión.  Se ha llegado a una concepción nueva del poder, se ha llegado a unas concentraciones de poder inmediatas, vigorosas.  Para poder plantarles cara se necesita una concepción nueva de la libertad, una concepción que no puede tener nada que ver con los desvaídos conceptos que hoy van asociados a esa palabra.  Esto presupone, para empezar, que uno no quiera simplemente que no lo esquilen, sino que esté dispuesto a que lo despellejen.
Y de hecho habrá que reconocer que no han quedado extinguidos todos los movimientos en estos Estados que disponen de una masa enorme de policías y que han adquirido una ingente superioridad de poder.  Las corazas de los nuevos Leviatanes tienen sus brechas propias, que continuamente están siendo palpadas, y esa operación tiene como premisas una prudencia y una audacia de una especie nunca antes conocida.  Así, uno se inclina a pensar que existen aquí minorías selectas que están iniciando la lucha en favor de una libertad nueva, una lucha que requiere grandes sacrificios; no es lícito dar a esa lucha una interpretación que resulte indigna de ella.  Para encontrar algo parangonable con esa lucha es preciso dirigir la mirada a tiempos y lugares esforzados; por ejemplo, a los de los hugonotes o a los de las guerrillas que Goya vio en sus Desastres.  Comparado con estas cosas, el asalto a La Bastilla, del cual sigue alimentándose todavía hoy la consciencia de libertad del individuo, no pasa de ser un paseo dominguero por las afueras de la ciudad.
En el fondo no es posible considerar por separado la tiranía y la libertad, aunque es cierto que, cuando se las ve temporalmente, la una releva a la otra.  Desde luego puede decirse que la tiranía deja en suspenso la libertad y la aniquila – mas, por otro lado, la tiranía sólo puede llegar a ser posible en aquellos sitios donde la libertad se ha domesticado y diluido en un huero concepto de sí misma.
El ser humano tiende a edificar sobre los aparatos o a seguir cediendo a ellos aun en los sitios donde le es preciso sacar el agua de fuentes que le son propias.  Esto representa un defecto de fantasía.  El ser humano ha de saber cuáles son aquellos puntos donde no le es lícito traficar con su decisión soberana.  Mientras marchen bien las cosas, siempre habrá agua en las tuberías y corriente eléctrica en los enchufes.  Cuando la vida y la propiedad están amenazadas, un simple grito de alarma basta para que hagan acto de presencia, como por arte de magia, los bomberos y la policía.  El gran peligro está en que el hombre confíe demasiado en las ayudas de otros y, cuando faltan aquéllas, quede desvalido.  Todas las comodidades hay que pagarlas.  La situación de animal doméstico arrastra consigo la situación de animal de matadero.
Las catástrofes son una prueba que permite averiguar en qué medida siguen conservando un fundamento originario los hombres y los pueblos.  Allende la civilización y las seguridades que son procuradas por ella, la salud y las esperanzas de vida dependen de que una cuando menos de las raíces continúe nutriéndose directamente del reino telúrico.
Esto se pone de manifiesto en aquellos tiempos en que se atraviesan fases de amenazas muy intensas; en esas fases los aparatos no sólo dejan en la estacada al ser humano, sino que lo baten de tal manera que no parece quedar esperanza ninguna.  Entonces es cuando el hombre ha de decidir si da por perdida la partida o si desea continuarla, apoyándose para ello en su fuerza más íntima, en su fuerza propia.  En este último caso se decide a irse al bosque, a emboscarse.

La libertad de «decir no» es restringida sistemáticamente.

Unas votaciones en las cuales el cien por cien de los votos concuerde con lo deseado es una cosa que casi no plantea ninguna dificultad desde el punto de vista técnico.  Ya ha habido casos en que se ha alcanzado esa cifra; incluso se han dado casos en que se la ha sobrepasado, al aparecer en algunos distritos electorales un número de votos mayor que de votantes.  Lo que tales incidentes ponen de manifiesto son fallos en la dirección escénica, fallos que no todas las poblaciones están dispuestas a consentir.  En los sitios en que operan propagandistas más sagaces, las cosas se presentan más o menos de la manera siguiente: El cien por cien: una cifra ideal y, como todos los ideales, algo que nunca puede alcanzarse.  Pero es posible acercarse a esa cifra – de modo muy similar a como en los deportes cabe acercarse en fracciones de segundo o de metro a ciertos records que también son inalcanzables.  Una muchedumbre de cálculos complicados es lo que a su vez determina en qué grado cabe acercarse al ideal.
En aquellos sitios donde las dictaduras están ya firmemente asentadas, un noventa por ciento de «síes» sería algo que se apartaría demasiado del ideal.  No cabe confiar en que a las masas se les ocurra la idea de que en todo diez por ciento se oculta un enemigo secreto.  En cambio, una cifra de votos nulos y de «noes» que se moviese en torno al dos por ciento sería no sólo soportable, sino también favorable.  Pero nosotros no vamos a considerar ese dos por ciento como algo residual ni a dejarlo, por tanto, de lado.  Ese dos por ciento merece que le dediquemos un estudio detallado.  Precisamente en los residuos es donde hoy en día se encuentran las cosas insospechadas.
El provecho que de ese dos por ciento saca el organizador de las elecciones es doble: por un lado, ese dos por ciento otorga curso legal al restante noventa y ocho por ciento de los votos, pues testifica que cada uno de los que votaron de este último modo podría haber votado en el mismo sentido en que lo hizo aquel dos por ciento.  Con ello adquieren valor los «síes», se convierten en algo auténtico y que tiene completa validez.  Para las dictaduras es importante demostrar que en ellas no está extinguida la libertad de decir «no».  Este es uno de los máximos cumplidos que cabe rendir a la libertad.
La segunda ventaja de ese dos por ciento que estamos estudiando consiste en que mantiene el movimiento continuo del que no pueden prescindir las dictaduras.  Tal es el motivo por el que éstas suelen presentarse siempre a sí mismas como un «partido», cuando en realidad eso es absurdo.  Si se alcanzase el cien por cien de los votos, se alcanzaría el ideal.  Pero esto traería consigo los peligros que siempre van anejos al cumplimiento pleno de algo.  También es posible dormirse en los laureles de la guerra civil.  En presencia de toda gran fraternización es preciso preguntarse: pero el enemigo ¿dónde está?  Tales inclusiones son al mismo tiempo exclusiones – exclusiones de un tercero, de un tercero al que se odia, pero del que no es posible prescindir.  La propaganda ha de recurrir a una situación en la cual, ciertamente, al enemigo del Estado, al enemigo de la clase, al enemigo del pueblo se le han propinado recios golpes en la cabeza y aun se lo ha convertido casi en una cosa ridícula, pero que, a pesar de ello, todavía no se ha extinguido del todo.  Las dictaduras no pueden vivir de la adhesión pura, si al mismo tiempo el odio y con él el terror no procuran los contrapesos.  Ahora bien, el terror se tornaría absurdo si los votos fueran buenos en un cien por cien; en ese caso el terror golpearía Únicamente a hombres justos.  Este es el segundo significado que posee el aludido dos por ciento.  El es la demostración de que los buenos son, sí, una inmensa mayoría, pero no se hallan enteramente libres de peligros.  En cambio, cabe suponer que, en presencia de una unidad tan convicta, solamente una contumacia muy especial puede negarse con su comportamiento a participar en aquélla.  Quienes así actúan son saboteadores que utilizan la papeleta de voto –¿y qué hay más sencillo que pensar que tales individuos pasarán a otras formas de sabotaje, si se les presenta la ocasión?
Este es el punto en que la papeleta de voto se transforma en folio de cuestionario.  Aquí no es necesario suponer que vayan a exigirse responsabilidades individuales por la respuesta dada, mas de lo que sí se puede estar seguro es de que existen relaciones numéricas.  Se puede estar seguro de que ese dos por ciento aparecerá también, de acuerdo con las reglas de la doble contabilidad, en unos registros diferentes de los de la estadística electoral; aparecerá, por ejemplo, en las listas de nombres de los presidios y de los campos de trabajo, o en aquellos lugares donde es Dios el único que cuenta las víctimas.
Tal es la segunda función que esa diminuta minoría desempeña con respecto a la inmensa mayoría – la primera función consistía, como hemos visto, en ser la minoría la que otorgaba valor, más aún, realidad a la mayoría del noventa y ocho por ciento.  Más importante que esto es, empero, lo siguiente: nadie desea que lo cuenten entre ese dos por ciento; ese dos por ciento pone a la vista un insidioso tabú.  Al contrario, cada cual otorgará importancia a que se difunda bien difundido que el voto emitido por él ha sido un voto bueno.  Y si el individuo en cuestión formase por acaso parte del mencionado dos por ciento, ocultará eso aun a sus mejores amigos.
Otra ventaja del aludido tabú consiste en que está dirigido también contra la clase de los que no votan, contra los que se abstienen.  La actitud consistente en no participar en las elecciones es una de las que llenan de inquietud a Leviatán; pero quien es ajeno al asunto tiende a sobreestimar la posibilidad de la abstención.  A la vista de los peligros que la amenazan, esa actitud se esfuma con rapidez.  Siempre podrá contarse, pues, con una participación casi total en las elecciones, y no será mucho menor el número de los votos emitidos en el sentido deseado por quien hizo la pregunta.
El votante dará importancia a que lo vean emitiendo su voto.  Si desea proceder con total seguridad, también mostrará a algunos de sus conocidos la papeleta antes de introducirla en la urna.  Lo mejor es hacer eso recíprocamente; así se podrá luego testificar que la cruz estaba puesta en el lugar debido.  En esto hay un gran número de instructivas variantes; el buen europeo que no ha podido estudiar tales situaciones no puede hacerse idea de ellas ni aun en sueños.  Así, un personaje que siempre se repite es el buen señor que entrega su papeleta al tiempo que dice, más o menos, esta frase: –Pues también cabría depositarla abierta.
A lo que el funcionario electoral responde, con una sonrisa benévola y sibilina: –Desde luego, desde luego… Pero no debe hacerse.
Realizar una visita a tales lugares es algo que aguza la vista para estudiar los problemas del poder.  Uno se aproxima aquí a uno de sus centros vitales.  Pero nos llevaría demasiado lejos el ocuparnos en los pormenores del montaje.  Vamos a contentarnos con el estudio de un personaje singular, el del hombre que entra en uno de esos locales con el firme propósito de votar «no».

 

ERNST JÜNGER

LA CARRERA CONTRA LAS UTOPIAS

 

LA CARRERA CONTRA LAS UTOPIAS

 

LA CABEZA del ser humano se cree más universal que el propio globo terráqueo y mide más que él. Es capaz de pensarse y de repensarse, a sí misma y a toda la humanidad, desde una distancia cualquiera y en forma independiente de la gravedad terrenal. Se escribe, con anticipación, de un modo diferente de aquel con que posteriormente será leída. La cabeza del ser humano es monstruosa.

De ahí nuestra extravagancia. Por eso apuntamos, como ningún otro animal (ni siquiera el ave), tan arriba de nosotros mismos. De esta manera, nos rebasa el progreso engendrado por la cabeza. No cabemos en nosotros al olfatear nuestra felicidad, y estrechos de corazón vagamos por los vastos sistemas de la cabeza; el ser humano debe equivaler siempre a más de lo que prometería el fardo de sus disposiciones atadas; siempre se pide cosas mayores a sí mismo, se exige demasiado; siempre tiene que aspirar más arriba, buscar un mundo mejor fuera del tiempo que le ha sido adjudicado y anticipándose a su presente.

Mientras los seres humanos están en movimiento —y su búsqueda data de más tiempo atrás que los testimonios reales dejados por su existencia—, se empeñan en alcanzar su utopía, la cual puede ser la seguridad total, de idílicas y estrechas miras, o llamarse, también, el estado teocrático. Durante siglos, se situó allende este valle de lágrimas; luego, se procuró el paraíso sobre la Tierra. No, varios paraísos, pues uno no se daba abasto para comprender tantas concepciones de justicia, del deseo de libertad, de la firmeza de fe, de la voluntad para el orden, de la obsesión con la seguridad. No bastó nunca.

Por lo tanto, el ser humano, con esa cabeza grande, superior a este mundo, recurre a su imaginación. Y lo imaginado se vuelve para él realidad, es concebible para él, puesto que cabe en su imaginación; yo diría: le resulta más real que los hechos angulosos en los que diariamente se golpea las rodillas. Quiere averiguar lo que sucede del otro lado de las montañas, aunque cree saberlo ya. Triunfalmente, habla de la utopía concreta. Necesita dejar todo, incluso el cultivo de hortalizas, en la perspectiva correcta. Al igual que el automóvil en comparación con el carro tirado por caballos, Cezanne debe significar, supuestamente, un avance en comparación con Rafael. Siempre lo que existe ahora tiene que ser más grande que lo anterior; y lo que viene, más perfecto que lo actual y lo del pasado. Incluso el giro conservador —”antes las cosas fueron mejores y ahora sólo pueden empeorar”— no es más que una inversión de este monstruoso pensamiento desligado del presente.

La cabeza prometeica no se está en paz. Califica de creadora su inquietud indagatoria, errante, siempre atenta al rastro de la utopía. Así, deriva lo nuevo, y de lo nuevo lo más nuevo. Porque aún no había suficientes bases para jactarse y las nubes no sirven como fundamento, durante muchísimo tiempo se produjeron y siguen produciéndose cosas nuevas y más grandes en medio de la naturaleza misma, con la ayuda de una naturaleza encadenada y desencadenada controladamente, o dirigiéndose de lleno contra ella: la síntesis inorgánica y otra utopía ya presente: la fuerza nuclear mediante fisión.

En fechas últimas, lo nuevo (y lo más nuevo formado a partir de esto) ha sido creado también fuera de los límites de la naturaleza en su restricción a la Tierra: satélites y estaciones espaciales se encuentran en órbita alrededor de nosotros, nos dejan, visitan otros planetas, regresan y traen conocimientos para lo nuevo que en ciertas cabezas demasiado grandes vuelve concebible, a su vez, lo más nuevo todavía.

Los ovnis, por ejemplo, puesto que resultan concebibles, existen y ahora nos visitan: en el cine y en la realidad. El nuevo concepto de Dios ha adoptado la forma de platillo. La salvación o el azote, una vez más, se esperan de fuera. Están trabajándose arcángeles modernos basados en el modelo astral. La redención de este terrenal valle de lágrimas se llevará a cabo en el nivel del espacio sideral. La única dificultad consiste en la utopía del Apocalipsis de San Juan, pues es difícil superarla; y hay que superarla, a toda costa. Si un Hein-rich Schütz actual quisiera expresar en motetes el ansia moderna de salvación de este sobrepoblado valle de lágrimas, su orquesta tendría que producir un sonido aún más descarnado y esférico que los coros del hambre de Schütz durante el tiempo de la guerra de los Treinta Años. Ha de ser posible. Por fin lo logramos: hacer cantar al éter. Por fin hay esperanzas de ganar, al menos vía imágenes, la carrera contra todas las utopías ideadas en cabezas demasiado grandes. Ya existen películas que han alcanzado y comercializado nuestras últimas y penúltimas utopías. Por lo tanto, vamos al cine con toda la familia, en pareja o individualmente, para conocer nuestro futuro. Y el que no quiera ir al cine, porque las películas, incluso las utópicas, por regla general son abreviadas, puede recurrir a los libros; aún somos capaces de leer, aunque ciertamente nos cueste cada vez más trabajo a causa de la falta de concentración y de tiempo entre tantos compromisos; y ciertamente lo hacemos cada vez con mayor vergüenza debido a la conciencia de lo anticuada que es esta actividad, la cual, sin rendir beneficio alguno, nos roba demasiado tiempo; pero las bibliotecas siguen abiertas, la lectura —si bien dentro de determinados límites— todavía está permitida y aún nos tientan los libros, sobre todo los polvorientos.

Berge, Meere und Giganten

[Montañas, mares y gigantes] es el título de una grande, exaltada y olvidada novela de Alfred Döblin, publicada en 1924 y que hace falta descubrir de nuevo: este proyecto utópico escrito inmediatamente después de la novela sobre Wallenstein, la cual se antoja una utópica huida hacia el pasado. Es un libro que no se alimenta de las tecnologías más novedosas, a la manera de la ciencia ficción, sino que da por sentada la técnica posible y probable; fue escrito, en sus corrientes principales, como bajo un exceso de presión visionaria: tan reales y difusos son, a la vez, sus torrentes de pensamientos, sartas de imágenes e inflamaciones de sentimientos, que deliran hasta lo ampuloso y de súbito se apagan, inundados por la acción inv niada. En Berge, Meere und Giganten hay gente radicada en ciudades que no conoce los ambientes rurales sino vive en extensos paisajes urbanos; sus cuerpos, inactivos desde hace muchas generaciones por estar exonerados de trabajar, pero mantenidos cuidadosamente con el alimento sintético Meki, llevan unas cabezas gigantes sobre organismos débiles, no sólo a fuerza de la imaginación sino con toda naturalidad. ¿Nuestro futuro? Döblin escribe, al echar una mirada retrospectiva a la mitad del siglo xxvi:

Los físicos y los químicos se habían emancipado del cuerpo animal y de las plantas. Hacía mucho tiempo que se recordaban con repugnancia y medias risas las hambrunas que un solo verano de sequía podía provocar en comarcas enteras, esa dependencia absurda del ser humano del calor y de la sequedad. Dichos químicos y físicos no aborrecían nada tanto como los sembradíos verdes, las praderas, la aglomeración burlesca de manadas de ganado…

Un poco más adelante, el pretérito imperfecto del narrador se adelanta para informarnos: “La gente se retiraba a las ciudades gigantes. Se encerraba en ellas. Iba liberando la mayor parte de la Tierra. El suelo descansó…” Y luego:

La rigurosa y apasionada lucha de los trabajadores terminó. Desde entonces, la población occidental, devorada casi en su totalidad por los paisajes urbanos, se dividió entre el pequeño grupo de los productivos y la enorme cantidad de los inactivos. Los integrantes de estos grupos eran intercambiables, según sus inclinaciones y la demanda del momento. Hubo que ocupar a las masas de holgazanes, de números crecientes, con diversiones y trabajos simulados. La educación uniforme fue abandonada pronto. Se desarrolló una confusa multiplicidad. Los gobernantes contaban con la colaboración de grandes equipos de expertos y parlamentos nominales, los cuales se dedicaban a distraer a las masas inactivas.

No es de sorprender que una sociedad dividida en capas semejantes —la cual probablemente veremos realizada, incluso, con los parlamentos nominales ya existentes, más pronto de lo previsto por Döblin— esté en situación de concebir cosas siempre nuevas y nunca antes pensadas, y que lo inventado se vuelva realidad: los magnos reinos transcontinentales, el occidental y el asiático; la guerra de los Urales desatada entre ellos, en la que se manipulan los elementos de la naturaleza; las grandes ligas de mujeres dedicadas a devorar a los hombres en la época del desbordamiento temporal de las ciudades; el deshielo de Groenlandia y otros maravillosos horrores, los cuales sin excepción, descritos en una u otra forma y con variaciones impuestas por el azar, tendrán un futuro gracias a las cabezas humanas demasiado grandes; hasta la página 511 de mi edición de Berge, Meere und Giganten, en la que el último desvarío destructor de la cabeza es asimilado por la fuerza primaria materna Veneska, después de haberse vencido también a los gigantes: “Negro era el éter encima de ellos, con pequeñas esferas solares, montones de estrellas que, centelleantes, se excoriaban. Pecho a pecho, la oscuridad se tendió junto a los hombres, los cuales emanaban una tenue luz.”

Este libro ostentoso, cuyo tema es la ostentación del ser humano al querer tomar por asalto el cielo, fue el que me acompañó, que leí para establecer comparaciones, que confronté con los hechos, al hacer recientemente un viaje a Asia y África, donde en todas partes todo es de actualidad il mismo tiempo: las utopías pasadas y las que vuelven los ojos hacia atrás, las ya alcanzadas, las perdidas y las demás, que aún no figuran en el programa.

No es cierto que la tesis utópica se mantenga exclusivamente con el alimento sintético del futuro; lo que el pasado le dio de comer hasta el hartazgo es excretado en la actualidad, para que en el futuro pueda saciar su hambre. En Japón —el primer término de mi viaje—, conocí uno de los paisajes urbanos de Döblin, en comparación con el cual la cuenca del Ruhr es un idilio ribeteado de verde: el espacio comprendido entre Kioto, Osaka y Kobe. Desde las ciudades portuarias hasta la antigua ciudad imperial situada en la altura, sería posible describirlo como una superficie extendida en todas direcciones hasta el horizonte, sobrepoblada en conjunto por chozas y grandes edificios, obras en construcción, ruinas dejadas por demoliciones, zonas industriales escalonadas en su interior, acosados templos y templitos, canchas deportivas de un verde artificial y chatarra comprimida en paquete, encerrando a la vez unos olvidados arrozales. Todo se funde con lo que tiene al lado. Los diminutos jardines adornados con piedras y estilizados ala manera tradicional, con los desechos industriales en movimiento, cuyas orillas solapan los cementerios. En los sitios donde el culto a los antepasados, cincelado en piedra —el último trocito del Japón que ilustrase los libros de antaño—, aún puede calificarse de vistoso, es protegido por los ángulos muertos de unas vías de ferrocarril, las cuales conducen al territorio de Tokio, que no está muy lejos: tres rápidas horas en tren a través de una región densamente poblada, dejando de lado la ciudad de Nagoya, con sus millones de habitantes, hasta que otra vez las intrincadas terrazas de arroz y los invernaderos cubiertos con hojas plásticas insisten en que todavía —aunque sea dentro de un espacio estrechísimo— quedan restos de la naturaleza.

Pronto, estas zonas metropolitanas se habrán alcanzado en forma de paisajes urbanos. La campiña se conservará sólo como baldío o parque nacional. Y en algún momento —de acuerdo con ciertos indicios occidentales, desde la actualidad; en el libro de Döblin, sólo desde la página 229— comenzará el “desbordamiento de las ciudades”. Pero ¿adonde ir en Japón, donde no hay áreas yermas y que a cada dos pasos limita con el mar? Toda esa diligencia, esa frugalidad entre el arroz y el pescado, esa sonrisa compleja, esa nostalgia reprimida de tierra firme y lontananza, esa capacidad desencadenada ya para alimentar a los mercados del mundo con pequeños aparatos eléctricos y sus accesorios: ¿a dónde irá esta nación que todavía —otra vez— es una potencia en Asia, vencida antaño mediante la fuerza militar y ahora dedicada pacíficamente a buscar su propio provecho?

En los almacenes de Japón, que como en cualquier otra parte están repletos, los japoneses, con cara de japoneses, andan entre maniquís de largas piernas cuyos cuerpos de plástico muestran una tez sonrosada y que, vestidos con cortes occidentales, encarnan a la raza blanca. Así quieren ser, deshacerse de los ojos rasgados. Mirar, con grandes ojos azules de muñeca, por encima de todo lo que sea de escasa talla. Al lugar de donde ellas provienen, las reservadas, rubias, altas, quieren ir cuando desborden las ciudades. Pues es seguro que desbordarán… y antes de lo que decía Alfred Döblin.

Hartas de su libertad de trabajo, asqueadas por el ocio y el diario alimento Meki, no dispuestas ya a llevar la cabeza demasiado grande sobre su débil cuerpo, las masas huyen de las ciudades. Se desplazan como hordas, estableciéndose por poco tiempo en cada lugar, y buscan una utopía olvidada. Luego, se desbordan otros paisajes urbanos, los asiáticos, los africanos, cuyas masas se mezclan con los nómadas occidentales e inundan el continente transformado en estepa; como una esponja, Europa absorbe a los pueblos desbordantes.

La gente de Japón aún permanece en las islas y dentro de los sobrecargados barcos. Aún soporta tener que vivir apretada, encimada, apilada, de una manera parecida a como los miles de millones de pescados secos en los mercados de Japón, ordenados por especie y tamaño y dispuestos en filas entre palitos, se encuentran limpios y salados dentro de cajas en espera de la exportación. Explotan los mares, no sólo los limítrofes sino también los ajenos, lejanos. Pescados, moluscos, algas, hierbas marinas, sargazo, pepinos de mar, varec ártico: todo lo que se pueda secar, prensar, apilar y ordenar en filas, espesar como sustancia ictiológica o moler como harina de pescado lo atrapan y, mientras dure la producción de los mares, alcanzaría para nutrir al mundo. Sólo habría que admitirlos en todas partes: acudirían con su técnica, con su pescado. Ya están extendiendo las plantaciones de sargazo en el mar. Ya encabezan la producción de peces de cría. Ya saben preparar hojas de gelatina, de un color verde subido, con base en una masa de algas, cortarla a discreción a los tamaños de uso corriente, sellarla en envolturas de plástico y acopiarla; hasta el año 2000, por sólo mencionar un número.

Y entre los productos marinos adaptados a las demandas del mercado, los cuales, si fueran asignados a las zonas de escasez del mundo y simultáneamente se dejara los mares y su explotación a los japoneses, que todo lo aprovechan, por fin derivarían en la alimentación total del mundo y obligarían a otra utopía a marchar al compás, vi en las tiendas contiguas pequeños aparatos de diferentes tipos, hasta del tamaño de una uña, aparatos de cuyo funcionamiento no entiendo nada pero que, debido a los bajos costos de su producción con reducidos salarios, alcanzarían para abastecer al mundo, como de algas secas, con máquinas de uso popular para el almacenamiento de datos, con computadoras familiares y otros juguetes bonitos, en la medida en que los mercados estén abiertos.

En el espacio intermedio, nada. Aquí, el inmenso producto natural con olor a pescado; allá, las más recientes chanzas tecnológicas, que no huelen a nada. En medio, el agujero. Un vacío total. Entre el pescado y la electrónica, los japoneses cuelgan de los hilos restantes de una persistente tradición y están atrapados por la red de las neurosis modernas. Son pacíficos, a excepción del terror y el contraterror usuales también en otras partes, en todo el mundo. Diligentes y puntuales a la vez. Ante las dimensiones del pasado agresivo que compartieron y su actualidad saturada de verdades reprimidas, los alemanes y los japoneses pudieran hacer intercambio de lugares comunes nacionales. Supuestamente son comparables, aunque los japoneses tengan, supuestamente, una constitución orgánica distinta: supuestamente, los productos lácteos les hacen daño al estomago. Supuestamente, ambos pueblos se han democratizado en una medida tal, como pecadores arrepentidos, que ya no persiguen a sus minorías, máxime cuando Alemania desde entonces quedó prácticamente despojada de judíos; pues también en Japón se tolera a los etas, a saber: los impuros.

Habrá entre dos y tres millones. Es difícil obtener informes, que sólo se susurran a escondidas. En tiempos remotos, los japoneses comían carne y podían digerir los productos lácteos. Al llegar los budistas en el siglo VI y prohibirles que mataran, la nueva doctrina se restringía a las reses de matanza; el consumo de carne se consideraba impuro. Incluso se dejó de comer productos lácteos. Desde entonces se detesta a los matarifes, los carniceros, los curtidores y los zapateros. Se les llama etas. Existen en todo Japón: congregados en pueblos o dispersos en forma individual, con particular frecuencia dentro y alrededor de Kioto, Osaka e Hiroshima. No sufren persecuciones, pero sí privaciones. Por mucho cuidado que pongan en ocultar su origen, en algún momento sale a la luz que son etas. Así, pierden su posición profesional y, por lo tanto, la social; empiezan a descender, entre toda la gente en vías de ascenso. Desde luego existe un movimiento de emancipación en el Japón moderno, al igual que en otras partes, para defender a las minorías. En el parlamento hay diputados socialistas y comunistas que pertenecen a la clase de los etas pero que por lo pronto aún discuten entre ellos, claro está que por motivos ideológicos.

Casi me alegró que también en Japón, pese a su equilibrio que casi raya en la monotonía, hubiera problemas de minorías. Se trata de algo que aún distingue a este mundo: el hecho de que la humanidad que la habita, a diferencia de las masas futuras de Döblin, que superaron toda separación de razas, esté salpicada de minorías en todas partes. En Japón son los impuros devoradores de carne, a los que los productos lácteos no hacen daño; en Indonesia, los incansables chinos hacen el papel de judíos, al impulsar el comercio pero también el alza del interés usurario. Cuando en 1966, después de la caída de Sukarno, empezó la terrible purga por temor a los comunistas y encubierta con el pretexto de este peligro, entre 200 mil y 400 mil personas fueron muertas, entre ellas muchos miles de chinos que se hicieron sospechosos de comunistas por ser especialmente duchos en los negocios e invertir su capital en forma lucrativa. Y en África Oriental, el último lugar al que me llevó mi viaje, los etas japoneses y los chinos indonesios desempeñan el papel del judío en forma de hindúes. En Uganda, Idi Amin mostró cómo tratar a las minorías. Son necesarias para que, debidamente exprimidas, impulsen la economía; se las mata porque tienen que hacer el papel de enemigos interiores; se deja que sobreviva una parte de ellas porque no es posible quedarse sin un enemigo en el interior.

¡Bello Tercer Mundo! Indonesia es una pobre tierra rica, verde, exuberante, bendecida con tres cosechas de arroz al año. Arruinada ya por los holandeses, ahora está infestada de la corrupción nativa. Un tercio de su demanda de arroz tiene que importarse, mientras que los japoneses, que también consumen arroz, cuentan con un excedente para la exportación, en medio de los desechos industriales y sin la bendición de tres cosechas. Ventiladores, bicicletas, motocicletas, implementos fotográficos, todas las menudencias técnicas inventadas por el ser humano para multiplicar sus necesidades: casi todo ello proviene de Japón, de Hong Kong y de Singapur, los tres paisajes urbanos dominantes cuyos centros de abastecimiento se elevan hasta el siglo XXI, mientras que a los pies de las fachadas de vidrio y entre sus mutuos reflejos se extienden las zonas de miseria, perdura la Edad Media y es muy de hoy el miedo a los demonios. Artículos baratos y mercancías de contrabando recorren las vías de transporte de la corrupción, las únicas que están abiertas. Y puesto que la práctica de los sobornos acostumbrada en Indonesia abre las puertas de par en par a todo el mundo, desde Siemens hasta Unilever, se permite que los japoneses talen lejos, en Borneo, las últimas selvas de maderas preciosas, de manera tan intensamente racional, por cierto, que no queda ni pizca de sueños tan ignorantes como el de la reforestación. Ya están adentrándose en el mar de Java. Pronto habrán obtenido, por vía de trámite de la corrupción, los derechos de la pesca marítima entre las 12 mil islas; pues el gobierno indonesio se ocupa en forma tan exclusiva de retener el poder, asegurar sus prebendas e hinchar sus cuentas bancarias en Suiza, que no sobra tiempo para hacer lo que es evidente por los 120 millones de indonesios restantes, de los cuales 80 millones se multiplican apiñados en Java: transformar la pobre pesca costera en una pesca de altura que por medio de redes de frigoríficos —¿por qué no con la ayuda de Siemens?— abastezca al país de pescado.

Pero Siemens tiene las miras puestas en negocios más ágiles. Y la pesca de altura hay que dejarla a los japoneses. Ellos saben de eso. No sólo son buenos para sacar cientos de miles de motocicletas y millones de lindas calculadoras de bolsillo; saben que todo depende del pescado y de los otros productos del mar: el futuro y la supervivencia.

Pues todavía no hemos llegado tan lejos como Alfred Döblin, con sus adelantados torrentes de pensamientos. Aún no hay fábricas de Meki que en todo el mundo y en forma gratuita suministren el alimento sintético a los paisajes urbanos y sus zonas de miseria. O quizá ya se haya llegado a tal punto pero aún se oculte el trascendente invento, tal como según Döblin lo hicieron los senados industriales de los paisajes urbanos ingleses. El inventor Meki, un cínico sabio que no vivía más que para sus invenciones, fue encarcelado durante diez años, hasta que se suicidó: “Londres comprendió que había que lograr el dominio exclusivo sobre todos los secretos de la síntesis y las instalaciones, y que de esta manera se entraría en posesión de un medio de poder sin igual.” En Döblin, las cabezas grandes de Europa son las que mediante la representación exclusiva del alimento Meki —más tarde se erigen monumentos al suicida— aseguran la supremacía; opino, más bien, que los japoneses encabezarán este renglón. Son tan discretos, tan cortésmente tenaces. Han transferido su capacidad para realizar el vuelo destructor y autodestructor del kamikaze a objetivos pacíficos. Tranquilos, no bulliciosos como los fanfarrones estadunidenses; modestos, no poseídos por la arrogancia de los europeos de grandes cabezas, introducirán sus innovaciones; aún dominantes en los mercados de motocicletas, implementos fotográficos, computadoras en miniatura y pescado seco, las fábricas japonesas de Meki ya se han adjudicado las primeras participaciones en el mercado del alimento sintético universal. Las ventas son reducidas todavía, el producto resulta un poco cómico y grotesco —¿no leímos sobre esto en un grueso mamotreto futurista cuyo autor se llamaba Döblin?—, pero la demanda sube: entre los mimados, por curiosidad; entre la masa, por necesidad.

Pues ésta aumenta. Posiblemente se estanque todo lo demás. Cualquier avance puede convertirse en retroceso. Quizá en tierras europeas se amontonen las pensiones a pagar y permanezcan vacías las escuelas, porque en algún momento se engendraron muy pocos niñitos, pero Asia no conoce ninguna baja en el índice de natalidad a causa de la pildora: por todas partes hay niños, en los cinturones de miseria, en los pueblos. Niños hermosos, niños alegres. Niños callados, malnutridos y locos por engendrar, a su vez, más niños, porque los niños dan un bullicioso sentido a la vida, porque incluso los más pobres tienen permiso para reproducirse más y más, porque un gran número de niños sustituye el seguro social inexistente, porque a ninguno de los poderosos nacionales se le ocurre remplazar este seguro social de los pobres —que conforman la gran masa de la población—, el cual está basado en la abundancia de niños, con un sistema social. Pues eso sería socialismo. Y el socialismo —lo mismo dice el señor Filbinger muy lejos, en Stuttgart— conduce directamente al comunismo.

Por eso —no por la voluntad de Dios— se desarrolla diariamente, y ya no a cámara lenta, el único crecimiento de la actualidad, la explosión demográfica, la cual tiene como consecuencia otros incrementos: el desempleo, la escasez, la desnutrición, las epidemias, el hambre. Y si los japoneses, que según Döblin son ingleses, no fueran a estar pronto en situación de abastecer a la humanidad de un sintético alimento. Meki, además de computadoras populares y bancos de datos universales, tendríamos que abandonarnos a la desesperación, porque ya no funcionaría nada en absoluto.

Así hablamos los escritores. Para nosotros, la trama siempre continúa: al garantizar las fábricas de Meki la gran satisfacción del hambre por medio de su alimento sintético, la humanidad, inactiva y siempre satisfecha, empezó a perder fuerzas y a cansarse de sí misma.

La peligrosa indiferencia que de súbito surgió para corromper todo… —apunta el autor Döblin—. La suntuosidad, los juegos y las bacanales tenían poco efecto ya. Los objetos de moda producidos por las máquinas, bellos, arrobadores e incitadores a la vida, eran presentados a la gente, que hacía una mueca de disgusto. Todos se dedicaban a resolver los viejos y olvidados trajes.

A fin de contrarrestar dicha debilitación y la peligrosa vuelta retrospectiva de la humanidad, los senados, regidos por la industria en los paisajes urbanos occidentales, provocaron la guerra de los Urales. Cuando las barreras de fuego móvil terminaron de devorarse mutuamente, arrastrando consigo a las masas occidentales y asiáticas, el comienzo de un periodo de paz prometió restituir el cotidiano consumo de Meki. Entonces, los paisajes urbanos se desbordaron. La gente se escapó de los que manejaban los aparatos de alcance cercano y lejano. Los movimientos de colonizadores pusieron en peligro al globo terrestre. Los aperos agrícolas fueron desenterrados. Los chamanes, llamados “embaucadores”, predicaron la vuelta a la naturaleza. Por lo tanto, las cabezas grandes tuvieron que inventar otra vez algo nuevo, una tarea para la humanidad. Emprendieron el deshielo de Groenlandia: un desastre de dimensiones sobrehumanas que enfurecería a la naturaleza, logrado sin la energía atómica creada para los desastres actuales por nosotros, en cabezas demasiado grandes y anticipándonos a cualquier utopía.

No se preocupen, algo sobrevivirá; también en Berge, Meere und Giganten hay supervivencia: reducida y ajustada a medidas arcaicas, ciertamente, pero con cabezas más pequeñas otra vez. En sustancia, todo se lleva a cabo de otra manera en el futuro de Döblin. No tiene lugar ninguna guerra de las galaxias. Ningún cuerpecito astral del tercer tipo nos visita. Como debe de ser, todo permanece sobre el tapete terrenal, el cual a veces nos es sacado lentamente, como por motivos de prudencia, de debajo de los pies, para luego ser quitado de un tirón y hacer tropezar a la humanidad. Las tecnologías más modernas no aparecen tampoco, o sólo por alusión; su diseño es indiferente, como hecho sin cuidado. No se profundiza en ningún detalle a fin de lograr una diestra verosimilitud. Incluso las fábricas de Meki quedan en meras afirmaciones. Durante la guerra de los Urales y otros intentos de traza clásica para resolver los conflictos, se habla como entre paréntesis de armas de rayos a grandes distancias, denominadas, en una palabra, “aparatos”. El deshielo de Groenlandia, ese magno espectáculo, se hace posible mediante los velos de turmalina cuyo poder fue almacenado, en preparación para ello, al hacer estallar y recoger la fuerza de los volcanes de Islandia. Döblin lo dice y he ahí que se hace realidad; tan creíble resulta como el hecho de que en el mundo futuro de Berge, Meere und Giganten no haya escritores.

Desde el principio están ausentes. Nadie escribe y nadie imprime. Puesto que nadie lee, no hay confiscación de libros prohibidos. En una sola ocasión, cuando el sintético alimento Meki produce una debilitación general y peligrosas evocaciones del pasado, se indica: “Los alemanes tomaban la pesada Biblia, hojeaban el libro de misa, cantaban tristemente en el bosque.” Aparte de esto, no hay ejemp’os de tipo literario. Puesto que, pese a toda la violencia y la contraviolencia, con toda la destrucción de individuos y de masas, no se detiene a un solo escritor, no hay necesidad de otros escritores que protesten contra su detención o expulsión. En forma previsora, Döblin se saltó su existencia como autor, la quema de libros, su exilio durante el tiempo de los nazis: su profesión queda como sin futuro.

Sin embargo, no llegamos a tanto. Aún no. En Japón, Hong Kong, Indonesia, Tailandia, la India o Kenia, en África, en todos los lugares a los que llegué para seguir —según previo acuerdo— la agenda fijada por los Institutos Goethe, hay escritores, es decir, personas que de manera vacilante y anticuada, por ser imposible de acelerar con tecnología alguna, crean palabras, forman frases y ayudan a las distintas realidades contradictorio de los que manejaban los aparatos de alcance cercano y lejano. Los movimientos de colonizadores pusieron en peligro al globo terrestre. Los aperos agrícolas fueron desenterrados. Los chamanes, llamados “embaucadores”, predicaron la vuelta a la naturaleza. Por lo tanto, las cabezas grandes tuvieron que inventar otra vez algo nuevo, una tarea para la humanidad. Emprendieron el deshielo de Groenlandia: un desastre de dimensiones sobrehumanas que enfurecería a la naturaleza, logrado sin la energía atómica creada para los desastres actuales por nosotros, en cabezas demasiado grandes y anticipándonos a cualquier utopía.

No se preocupen, algo sobrevivirá; también en Berge, Meere und Giganten hay supervivencia: reducida y ajustada a medidas arcaicas, ciertamente, pero con cabezas más pequeñas otra vez. En sustancia, todo se lleva a cabo de otra manera en el futuro de Döblin. No tiene lugar ninguna guerra de las galaxias. Ningún cuerpecito astral del tercer tipo nos visita. Como debe de ser, todo permanece sobre el tapete terrenal, el cual a veces nos es sacado lentamente, como por motivos de prudencia, de debajo de los pies, para luego ser quitado de un tirón y hacer tropezar a la humanidad. Las tecnologías más modernas no aparecen tampoco, o sólo por alusión; su diseño es indiferente, como hecho sin cuidado. No se profundiza en ningún detalle a fin de lograr una diestra verosimilitud. Incluso las fábricas de Meki quedan en meras afirmaciones. Durante la guerra de los Urales y otros intentos de traza clásica para resolver los conflictos, se habla como entre paréntesis de armas de rayos a grandes distancias, denominadas, en una palabra, “aparatos”. El deshielo de Groenlandia, ese magno espectáculo, se hace posible mediante los velos de turmalina cuyo poder fue almacenado, en preparación para ello, al hacer estallar y recoger la fuerza de los volcanes de Islandia. Döblin lo dice y he ahí que se hace realidad; tan creíble resulta como el hecho de que en el mundo futuro de Berge, Meere und Giganten no haya escritores.

Desde el principio están ausentes. Nadie escribe y nadie imprime. Puesto que nadie lee, no hay confiscación de libros prohibidos. En una sola ocasión, cuando el sintético alimento Meki produce una debilitación general y peligrosas evocaciones del pasado, se indica: “Los alemanes tomaban la pesada Biblia, hojeaban el libro de misa, cantaban tristemente en el bosque.” Aparte de esto, no hay ejemp’os de tipo literario. Puesto que, pese a toda la violencia y la contraviolencia, con toda la destrucción de individuos y de masas, no se detiene a un solo escritor, no hay necesidad de otros escritores que protesten contra su detención o expulsión. En forma previsora, Döblin se saltó su existencia como autor, la quema de libros, su exilio durante el tiempo de los nazis: su profesión queda como sin futuro.

Sin embargo, no llegamos a tanto. Aún no. En Japón, Hong Kong, Indonesia, Tailandia, la India o Kenia, en África, en todos los lugares a los que llegué para seguir —según previo acuerdo— la agenda fijada por los Institutos Goethe, hay escritores, es decir, personas que de manera vacilante y anticuada, por ser imposible de acelerar con tecnología alguna, crean palabras, forman frases y ayudan a las distintas realidades contradictorias a asumir una nueva realidad ficticia, o sea, literaria, y que por lo tanto se dedican a un oficio peligroso, puesto que las realidades no literarias y quienes las manejan por regla general se adjudican un sentido político o, dicho de otra manera, exclusivo. No quieren dejar valer junto a sí a ninguna otra realidad, aunque sea ficticia. De ahí que en todas las regiones del mundo donde tiene validez una sola realidad se haga callar a los escritores mediante la censura, la prohibición y la confiscación de sus libros, mientras que ellos son expulsados del país, arrestados o eliminados definitivamente de todas las realidades.

Esto le ocurrió en Indonesia, hace más de doce años, al escritor Pramudya Ananta Toer, cuyos libros tratan sobre la estrecha realidad de los campesinos sin tierra, oprimidos por los intereses usurarios y la corrupción. Razón suficiente, desde el punto de vista de los sucesores de Sukarno, para encerrarlo por comunista en el campo de concentración de una isla, junto con miles más. Durante doce años no hubo ningún juicio; ninguna amnistía le era aplicable. Las apelaciones y las solicitudes no fueron atendidas. Los militares del estado isleño de Indonesia, preocupados únicamente por su poder, temían al escritor; y con este temor no hacen aisladamente el ridículo, sino que cuentan con compañía.

Ahí de donde soy —dos veces Alemania— y en los lugares a los que llegué —fuese Tailandia o Kenia—, desde siempre se ha sido capaz de tratar a los escritores, o rápidamente se aprendió a hacerlo. No hablemos de la República Democrática Alemana —eso lo sabe cualquiera—; reconozcamos, con una franqueza todavía mayor, que nuestro sistema de espionaje alemán federal está impulsando un desarrollo enraizado en la tradición alemana, el cual en las naciones del Tercer Mundo, apenas lograda la independencia, se ha convertido en una sombría práctica cotidiana.

Desde comienzos del presente año, el escritor Ngugi Wa Thiong’o, de Kikuyu, se encuentra detenido en un sitio ignorado. A la clase dirigente de Nairobi le es indiferente que tal uso de su poder no se distinga en nada de los abusos cometidos en Sudáfrica y en Checoslovaquia, en Chile y en la Unión Soviética. En el trato con las personas que, además o al lado de la realidad prescrita, ven, sueñan, exigen o incluso, como lo hacen los escritores, describen otras realidades, las ideologías se han unificado. Su demanda de seguridad les recomienda esta unificación. Por hostiles y mutuamente exclusivos que pretendan ser los sistemas capitalista y comunista cuando el objetivo es conservar la propia seguridad o —en lenguaje dominical— guardar la paz interna, están de acuerdo en el abuso del poder.

Puesto que soy escritor, esta armonía diabólica se me revela en primera instancia mediante el destino de otros escritores; pero quisiera agregar que cientos de miles que no son escritores deben su exilio, su detención o, con bastante frecuencia, su muerte al mismo convenio ideológico.

No obstante, los escritores se prestan especialmente a ello. Se hacen sospechosos a causa de su anticuada frugalidad. Se dan abasto con casi nada: un poco de papel. Viven de las contradicciones. Lo que inventan adquiere una forma, se vuelve independiente, actúa sin responder de ello. Eso no debe ser posible. Perturba la paz, amenaza la seguridad, promueve el radicalismo, entorpece el progreso, sólo pone en duda, mientras lo que necesitamos son respuestas: unívocas, prácticas, relacionadas con nuestra actualidad. ¡Eso es!

Por ello ya no figuran escritores en Berge, Meere und Giganten. Con Döblin, la humanidad ha avanzado. La gran concordancia entre las ideologías predominantes desa rrollada en nuestra actualidad no los necesita, ni siquiera como adorno, y hace mucho tiempo que se deshizo de estos molestos preguntones; es posible que todavía existan, pero ya no escriben: son las soñadoras figuras al margen de los acontecimientos que no buscan una forma de expresarse sino que se consumen sin medio de comunicación. Queda sólo la literatura viva practicada fuera de las galeras; por ejemplo, el extraño Jonathan.

Su madre pertenecía a la nueva clase dirigente, a la aristocracia tecnológica. Pese a que después de finalizar la guerra de los Urales toda investigación fue prohibida en el paisaje urbano de Berlín por el régimen absoluto de los cónsules Marke y Marduk, ella colaboraba a escondidas con un grupo que se había propuesto como objetivo mejorar el alimento sintético mediante acelerados procesos de crecimiento. El cónsul Marduk también pertenecía a este grupo, del cual se separó para ordenar un retroceso radical: deseaba eliminar incluso el acostumbrado alimento Meki, sólo que en el paisaje urbano densamente poblado que se extendía entre el Oder y el Elba se carecía de campos de cultivo y de pastoreo.

En el curso de una purga, Marduk mandó detener a 21 científicos, entre ellos a la madre de Jonathan, para encerrarlos en un bosque experimental cuyos troncos y ramaje comenzaron a brotar, crecer y segregar fluidos de tal manera que los cuerpos de los científicos quedaron absorbidos por ellos. Una masa natural susceptible de entrar en combinaciones siempre nuevas, sintética, por decirlo así, logró que los inventores del milagro del crecimiento fuesen asimilados completamente por su creación:

El crecimiento descomunal, chorreante, crujiente, aplastó, atoró, trituró.y revolvió a la gente, destrozó sus cajas torácicas, rompió sus vértebras, juntó los huesos de sus cráneos, vertió sus blancos cerebros sobre las raíces. Los troncos se tocaron… Marduk oprimió la cabeza excesivamente grande contra la ventana: “Se acabó. Ustedes ya no podrán más.”

Quedaba el joven Jonathan, un protegido de Marduk, ese hombre obsesionado con el poder, y de diversas mujeres que despóticamente presidían las ligas femeniles, unas corrientes contrarias al mundo de los hombres, pero igualmente ambiciosas. La constante lucha entre los sexos estallaba en reiteradas llamaradas; Jonathan, sufrido y sensible, no estaba ligado unívocamente a ninguno de los dos bandos y se paseaba, tambaleante, en medio de su enfrentamiento. Como potencia sensible pero desprovista de medios de expresión, encarnaba al escritor que ya no escribía: el juguete de los poderes, dentro de cuyo arsenal de terror se reunían todos los atroces recursos de los sistemas contemporáneos; de la misma forma que aquel sintético bosque experimental fundió a sus inventores.

Al igual que en la novela utópica 1984 de George Orwell, en Berge, Meere und Giganten de Döblin todas las ideologías que en la superficie aún son adversarias hoy en día han llegado a un entendimiento. En el colectivismo oligárquico de Orwell, las estructuras fascista y estalinista se han vuelto una sola dentro del sistema universal del poder, es decir, manejan juntas el gran banco de datos que abarca todo, ya sin la distinción de los emblemas contrarios y más bien como síntesis de ambos sistemas de poder; dicha tendencia futura cobra una realidad semejante en la novela de Döblin. En ambos libros, nuestros sistemas sociales del momento, de tipo capitalista o comunista, con sus regímenes militares clerical-fascistas o medio comunistas como características subordinadas, lo mismo que conceptos tales como la democracia y el liberalismo o la autonomía obrera y el socialismo democrático, dejaron de existir o, mejor dicho, se volvieron irreconocibles, puesto que se han fundido en una voluntad de poder única y total, la cual controla todo y cuyas agresiones acumuladas se desfogan, sin las justificaciones ideológicas aún usuales en la actualidad, mediante guerras continentales, acciones regionales de pacificación y, ocasionalmente, luchas entre los sexos.

Es cierto que seguimos hablando de humanismo; es cierto que como cotorras evocamos los logros del racionalismo europeo, los valores de la ética cristiana, el derecho del individuo y, de manera general, los derechos del hombre y el derecho al trabajo, pero la realidad descrita como futura por Döblin y posteriormente por Orwell ha comenzado ya; existe la perspectiva de alcanzar los banderines de estas metas utópicas antes de llegar al punto en que fueron fijadas y fechadas.

Sea en Asia o en África, ninguno de los sistemas de poder establecidos o a establecer mediante tantos cambios de régimen efectuados a discreción admitiría una definición unívoca de acuerdo con las ideologías tradicionales; antes bien se perfila en todas partes el colectivismo oligárquico predicho por Orwell para 1984 y asignado por Döblin a sus paisajes urbanos como sistema de poder y de control. No importa que en Indonesia o Tailandia las capas dominantes resulten anticomunistas y, por este motivo, totalitarias; no importa que los potentados en Birmania o Camboya se definan como socialistas y ejerzan su gobierno total por razones de anticapitalismo y antimperialismo: el rasgo común a todos los Estados mencionados es que, con su intercambiable máscara ideológica y la sucesión ininterrumpida de las capas dirigentes, están integrándose en un colectivismo universal provisto por las naciones industriales de ambos bloques, de una manera basada libremente en Döblin y en Orwell, de la infraestructura tecnológica necesaria: desde el banco de datos hasta el material fisionable.

No es sorprendente que en este futuro actual los escritores se balanceen entre las potencias como conmovedores anacronismos, al igual que aquel Jonathan: es cierto que siguen escribiendo; es cierto que sus llamados y protestas están suscritos, como siempre, por la pasión del humanismo; es cierto que en uno u otro lugar se atribuye demasiado valor a su peligrosidad, son encerrados, desterrados a islas y expulsados del país, o que se pretende —como Filbinger a mi colega Hochhuth— cerrarles el hocico mediante la decisión de un tribunal; es cierto que aún se les necesita un poco y que con premios y becas se promueve lo que en otras partes sería merecedor de sanciones; es cierto que por regla general se finge querer cuidarlos todavía por un tiempo, como a una especie animal en extinción, pero es posible reconocer, como algo más que sólo una vaga sospecha, por qué los escritores ya no son capaces de expresión alguna en la realidad futura de Döblin; sólo existen como seres histéricos y sensibles, como Jonathan: sin recursos y sin papel.

No obstante, incluso al reducirlos de esta manera resultan molestos, deambulan extrañamente por los paisajes urbanos; y la fuerza de sus sentimientos, que ha quedado sin medios de expresión y por lo tanto brilla con una intensidad mucho mayor, es considerada irritante. Emanan una ternura alegre, una compasión desbordante, la nostalgia de un pasado que desearía soñarse como futuro y un anticuado amor al prójimo. En medio de los insensibles sistemas de poder, conservan su sensibilidad. Ningún terror los intimida lo suficiente como para impedir que comuniquen sus pensamientos. Entre la pobreza de las enormes zonas de miseria de este mundo, en regiones de sequía de cuyos últimos recursos se apodera la corrupción promovida por el Estado, en todos los lugares donde la injusticia calla ante Dios, vi actuar a Jonathan. Como hombre o mujer. No tiene sexo. Es el sentimiento en acción, desprendido de la utilidad y del éxito; probablemente también sea un reflejo de aquel doctor Döblin que en el Hospital Urban de Berlín asistiera a los pobres.

En Tailandia hay un joven médico que dirige un hospital de diez camas en Prathai, el distrito del noroeste, en medio de una provincia asolada por la sequía y el hambre. Es una persona juvenil, a primera vista, de 28 años de edad y alegre: la acostumbrada sonrisa nacional. Lo vi ejercer, concentrado, su actividad prácticamente inútil como el único médico para los 80 mil habitantes del distrito. Las epidemias, la tuberculosis, la tardía solicitud de esterilización, una nutrición equivocada y deficiente y las enfermedades coronarias rigen su jornada laboral. La región es dominada por unos cuantos terratenientes ricos que mediante las bandas armadas a su servicio se apropian de los últimos búfalos de agua de los empobrecidos campesinos. La policía encubre a los terratenientes. El médico lo sabe, pero es impotente. Ha tomado su decisión en favor de los niños desnutridos y sus lombrices.

En forma objetiva, como si sólo desease confirmar los datos recogidos por la estadística regional, nos explicó las causas —una alimentación incompleta basada en el arroz, la falta de vitaminas B,, B2 y A y de proteínas— y nos mostró los síntomas: el cabello descolorido y quebradizo, las enfermedades oculares, las comisuras de la boca infectadas, las erupciones cutáneas, los vientres inflados. Si se opusiera al terror ejercido por las bandas y a la corrupción general del Estado, tendría que abandonar a los niños y los enfermos y refugiarse en la selva, donde se congrega la resistencia. Este médico quiere quedarse donde está, mientras se lo permitan.

Antes había bosques en la región, pero fueron sometidos a tala exhaustiva, como es la costumbre en el país. Nos enteramos de que desde entonces no caen lluvias, ni siquiera durante la temporada de los monzones. El médico no puede transportar a los enfermos de gravedad; carece de ambulancia. Las interrupciones en el suministro de energía eléctrica son cosa de todos los días. Su irrisorio salario mensual. ¿Qué mueve a este médico a aguantar en su hospital sin agua? Es un caso aislado. En los distritos contiguos no hay médicos como él. Nació en Prathai, estudió en Bangkok y regresó, después de concluir la carrera, a su distrito de origen. En Bangkok hay una multitud de médicos. Ninguno de ellos desea ir al campo, a las zonas de sequía. Quieren permanecer en las ciudades, soñar con un consultorio en Europa o Estados Unidos.

¿Por qué hablo de este solitario médico? Porque quiero contraponerlo a él, que volvió a su provincia, con los miles de médicos asiáticos y africanos que estudiaron en Europa y en Estados Unidos para quedarse ahí, que no regresaron a sus provincias: médicos sobre el papel, perdidos para sus países. Muchos se dicen solicitantes de asilo, cuando en verdad han huido de su deber. Ese médico aislado pone en duda a todos. Con base en su comportamiento hay que medir la negativa de aquéllos. Su ejemplo debiera inspirarles vergüenza, pero temo que se rían de él.

En Khlong Toei, el gran cinturón de miseria del distrito portuario de Bangkok, conocí a una joven que podría ser la hermana del médico de Prathai. Nacida y criada en el lugar, permaneció ahí a pesar de ser maestra. Se dedica a dar clases a los niños no registrados que, por no estarlo, no son admitidos en ninguna escuela pública. Khlong Toei consiste en una maraña de chozas de madera colocadas sobre postes que se hunden en un pantano alimentado con desperdicios y excremento, el cual crece, durante la temporada de los monzones, hasta cubrir los pasadizos entre los tinglados. Aquí viven 60 mil personas, de las cuales ocho mil son niños pequeños. La ayuda de la joven maestra alcanza apenas para cien niños. Diariamente les reparte sendas tazas de leche de soya diluida. La leche de soya es donada por Terre des Hommes, que apoya al médico de Prathai con medicamentos.

Las famosas gotas en el mar son las únicas que cuentan todavía. En su inutilidad, el trabajo del médico y la escuela del barrio pobre (incluida la leche de soya) sostenida por la maestra me parecieron más reales y honestos que muchos proyectos de altos vuelos para la ayuda al desarrollo, cuyos recursos se escurren en gran medida por los círculos administrativos y finalmente producen resultados dignos de exhibición que sólo sirven para incrementar el abismo entre la región subdesarrollada y la obra extraordinaria tan altamente dotada: llámese fábrica de acero, fábrica semiautomática de fertilizantes, superclínica o incluso, como en Yakarta, imprenta de fotocomposición, la cual no imprime libros de texto, según prescribía el proyecto, sino que está dedicada principalmente a adornar material de empaque con imágenes. Hay que importar el papel, desde luego, pues en lugar de someterse a la pena de promover una producción indonesia de papel se prefirió dar el segundo paso antes del primero, mediante la construcción de una imprenta, orgullosa de los últimos avances técnicos (y apoyada por las aportaciones de capital donado con beneficios fiscales por editoriales alemanas federales y holandesas), pero sin sentido alguno, la cual, para no caer en números rojos, diariamente vomita unas envolturas que hacen subir los precios de los productos en un país que de suyo es pobre; la planificación equivocada como negocio deducible de impuestos.

¡No, señor Klett y socios! Entonces es mejor Terre des Hommes y las muchas gotas en el mar. Esta pequeña organización de socorro financiada mediante donativos particulares, que no cuenta con el apoyo de medios estatales ni con aportaciones eclesiásticas, se concentra especialmente en la precaria situación de los niños en las zonas de miseria. De ellos no hay escasez. El único crecimiento verdadero de nuestra actualidad —el desenfrenado incremento de la población mundial— viene acompañado, aparte del aumento correspondiente en el desempleo y la desnutrición, de la huida de los campesinos explotados desde sus provincias de sequías y hambre a los cinturones de miseria de las ciudades.

Aquí se perfila el futuro. Aquí se trazan los escenarios para los conflictos masivos de Döblin. Aquí, en los paisajes urbanos, los mundos vecinos sufren un duro choque recíproco. En Bombay, por ejemplo.

Unas 70 mil personas vivían en la Janatha-Colony que actualmente se llama Cheetah-Camp, uno de los suburbios pobres más grandes de la región metropolitana de Bombay donde, entre siete millones de habitantes, aproximadamente dos o tres millones, según las fluctuantes estimaciones, radican en las zonas de miseria. Justo al lado del antiguo terreno de la Janatha-Colony fue erigido el centro de investigaciones nucleares de la India, el cual dio al país su primera bomba nuclear. La cercanía del barrio molestaba a los investigadores nucleares. Consideraban a sus habitantes un riesgo para la seguridad. Por lo tanto, en mayo de 1976 la Janatha-Colony fue sometida a una evacuación forzosa y nivelada con topadoras. Como nuevo territorio de asentamiento se asignó a estas 70 mil personas un terreno abierto a la orilla del mar, que al comienzo de la temporada de lluvias se inunda y se convierte en pantano. Durante los primeros meses murieron varios cientos de niños. Los suicidios se multiplicaron. Mientras tanto, el centro de investigación nuclear dispuso el espacio despejado para una zona de recreo. Desde entonces se ondulan ahí los campos de golf, es posible relajarse con un partido de tenis, no faltará la piscina y los investigadores nucleares han vuelto a encontrar el gusto a la investigación; se sienten seguros, están completamente en confianza: la nueva élite. Los enterados. Los conocedores de las partes y las partecitas. Los de las cabezas demasiado grandes, en las que se concibe aquello que apunta por encima del ser humano y el horizonte de sus cinturones de miseria. Ellos son los importantes. Son valiosos. El futuro les pertenece.

En Berge, Meere und Giganten los científicos eran, como élite, idénticos a los senados autocráticos de los paisajes urbanos. Los parlamentos fueron eliminados por ellos, o degradados a cumplir funciones nominales. Contaban con el respaldo de las industrias: el gran empujón. Por ellos fracasaron los que atacaban las máquinas. Los resultados de sus investigaciones —y no la ahogada necesidad de las masas— les servían de orientación. Pusieron fin a la penosa agricultura y al principio feudal del empleo pleno, al racionalizar sus plantas de producción y asegurar a las masas de obreros así liberadas su pequeña existencia mediante un alimento sintético. Después de que el ocio por decreto amenazara con transformarse en anarquía, inauguraron, como escapatoria para la humanidad, la guerra de los Urales. Fueron científicos los que, después del desbordamiento de las ciudades, sometieron a las masas de colonizadores inquietamente errantes a un nuevo objetivo: el deshielo de Groenlandia. Y cuando los velos de turmalina descubrieron en Groenlandia sus estratificaciones cretáceas, provocando un hervor vegetal, cuando de todo el crecimiento fundido se desprendieron gigantescos lagartos primitivos y dragones voladores largos como calles enteras, que abandonaron Groenlandia, se arrojaron sobre los paisajes urbanos occidentales y sembraron el terror entre las masas, fueron nuevamente los científicos los que supieron el remedio, al encargar la lucha contra los monstruos engendrados por la turmalina a los llamados hombres-torre: unos seres sintéticos de dimensiones colosales dentro de los que, como en los tiempos remotos del bosque experimental de Marduk, que todo lo fundía, se plasmaban bestias y cuerpos humanos, incrementándose hasta alcanzar un crecimiento ciclópeo mediante la irradiación con turmalina. Las masas intimidadas, sin embargo, lo mismo que los laboratorios y las fábricas de Meki, se desplazaron de la superficie de la Tierra a paisajes urbanos subterráneos:

Conforme un nivel tras otro era abierto en las masas de arcilla, se abrían cuevas cada vez más grandes, las masas de tierra y la roca volada se amontonaban formando pilas de escombros entre las filas de casas en la superficie, nadie tuvo miedo ya. No habían huido de los monstruos. Habían emprendido una nueva y prodigiosa expedición. Los senados exclamaron: “Quitemos la tierra”, y con placer se enterraron; el milagro de las capacidades humanas que vivieran los expedicionarios a Groenlandia lo estaban experimentando ahora ellos mismos.

¿Es absurda la visión que Döblin tiene del futuro? Aun en el caso de que el deshielo de Groenlandia, con todas sus fabulosas consecuencias, sólo deba valorarse como un grandioso y espeluznante drama literario, la mudanza de los seres humanos o de una parte de la humanidad debajo de la superficie de la Tierra —la alternativa: inmensos campos de concentración que en forma de satélites giren alrededor de la Tierra— sigue siendo concebible por ser posible; o posible por ser concebible. La aversión de los investigadores nucleares indios (y también su demanda de seguridad) fue lo bastante intensa y plausible como para que a su lado la evacuación del gran barrio pobre pareciera el remedio lógico. El actual suburbio de Cheetah-Camp limita directamente con el arsenal de la marina de guerra india: una vez más se plantea la cuestión de la seguridad. ¿Adonde van a cambiarse, sin embargo, los cinturones de miseria de Bombay, Calcuta, Hong Kong, Yakarta, Bangkok o Nairobi, si su desplazamiento y parcial saneamiento tienen como única consecuencia cinturones de miseria cada vez más grandes y un mayor éxodo de las zonas rurales? “¡Bajo la tierra!”, gritan, según Döblin, los senados de los paisajes urbanos; “¡Al espacio!”, pudiera ser, pasado mañana ya, la recomendación de un comité internacional de saneamiento.

Los suburbios pobres de suyo se encuentran desligados de los servicios metropolitanos: no están integrados en el sistema de limpieza, de drenaje, de educación, de hospitales o de agua. Son unas molestas extremidades que uno se corta para dejarlas tiradas. No obstante, se pudren, hieden, crecen, se unen, amenazan con absorber las ciudades y no existe dónde deshacerse de ellas; de no ser que el autor que escribiera, entre muchos otros, el libro Berge, Meere und Giganten, efectivamente nos haya mostrado el futuro.

Ahora sabemos lo que las cabezas demasiado grandes concibieron y son capaces de concebir. En silencio o entre altas protestas de lo contrario, se acepta que después de nosotros puede venir el diluvio. Es cierto que los inventos más recientes palpan con curiosidad el futuro, pero actualmente nos está alcanzando la Edad Media: van en aumento las epidemias, el temor a los demonios, una nostalgia difusa de redención y el fanatismo religioso. El presidente de los Estados Unidos de América no es el único en acatar instrucciones divinas. En febrero del presente año varios miles de bramanes se reunieron en el centro de la India a fin de ofrendar un sacrificio a los dioses: alimentos por un valor de tres y medio millones de marcos —arroz, leche, grasas vegetales— fueron quemados en medio de una región asolada por el hambre. En una entrevista, un eminente braman afirmó que no tiene sentido ayudar a las víctimas actuales de los ciclones; en cambio, debemos tratar de impedir futuros ciclones mediante grandes sacrificios. Una pequeña aportación contemporánea que cabría en Döblin.

Así, mi viaje concluyó, mientras la carrera de las utopías sigue llevándose a cabo. Habrá que añadir todavía que en los cines de Hong Kong, Yakarta y Bangkok se proyectaba la película Tiburón; que los grandes hoteles japoneses murmuran sólo música clásica, incluso en los elevadores: Bach, Vivaldi, Purcell; que en todas partes —y entre los más pobres con especial colorido— se celebra la vida, aunque sea en forma de peleas de gallos; que en Asia de hecho existen los demonios; que en todo el continente asiático Alemania figura sólo en la sección de economía de los periódicos o en relación con el nombre de Beckenbauer; que sobre ese territorio callado y repleto los turistas alemanes no suenan más que los franceses, holandeses u otros.

En casa, todo el mundo estaba ocupado consigo mismo y con sus pequeños temores. Evidentemente, los muchos comentarios pendencieros y ademanes agresivos van dirigidos, en palabra, estampa y hecho, contra el enemigo interior. Mientras que en Asia la locura es florida, en Europa se sujeta a la razón. Y eso que tenemos de todo, en bonitos envases; lo único que no se consigue es mucho futuro. Para ello es preciso buscar, tomarse un poco de tiempo, volver a empezar desde el principio, leer. En mi calendario estaba inminente el centesimo aniversario del natalicio de Alfred Döblin.

PEQUEÑO DISCURSO PARA ARNO SCHMIDT

HAY que saber honrar a un colega. Es la primera vez que ejerzo este oficio en público: así, se vuelve una aventura alabarlo a usted, estimado Arno Schmidt, y tratar de argumentar en nombre del jurado por qué le adjudicamos el Premio Fontane de Berlín. Para quien no lo sepa aún: Arno Schmidt vive entre nosotros desde hace 50 años; y cuando abrimos la boca —incluso quienes no lo hayan leído—, caemos en su forma de expresión: Arno Schmidt contagia.

Cuando Draussen vor der Tur de Borchert se presentaba en teatros sin calefacción —algunos dicen que ayer, otros que anteayer—, Schmidt nos dio a conocer su Leviathan. La Academia de Ciencias y Literatura de Maguncia le concedió —junto con otros cuatro escritores— el gran Premio de Literatura por este libro en 1950.

Hoy, después de 14 años, espacio durante el cual nuestro autor ha presentado libro tras libro y sacudido nuestros horizontes, hoy nos disponemos a honrar a un escritor a quien amigos y enemigos —aunque sea a causa del propio punto de vista— gustan de designar con el título de marginado, como si estuviésemos cabeza a cabeza en la carrera de caballos, como si valiera la pena apostar a los favoritos, como si un olor a establo se adhiriese a la literatura y tanto los favoritos como los marginados tuviesen la obligación de correr por lo mejor, ya que no es posible que lo hagan por toda Alemania.

No pretendo insinuar que honramos a un olvidado de aquella forma de juego desenterrada de vez en cuando para nosotros por el propio Arno Schmidt; siempre ha contado con amigos que no se cansaron de señalarlo: Alfred Andersch, quien le dio asilo en su revista Texte und Zeichen [Textos y signos] y con el ensayo radial para la Süddeutscher Rundfunk; Helmut Heissenbüttel, quien lo presentó hace poco más o menos un año con un texto crítico relativamente extenso: “Annáherung an Arno Schmidt” [Acercamiento a Arno Schmidt]; pero no se leía, o casi no se leía, a este autor cuyos cuentos y novelas —Die Gelehrtenrepublik [República de eruditos] y Das steinerne Herz [El corazón de piedra]— podrían ser al menos populares.

Heissenbüttel dice: “Es un escritor popular, pero impedido.” Y eso que sería posible consumirlo en la cocina, en mi opinión, como los viajes de Gulliver. Sus narraciones —Brands Heide [El brezal de Brand], Die Umsiedler [Los desplazados] o Aus dem Leben eines Fauns [De la vida de un fauno]— seducen a salir de paseo con él y su comprensivo informe meteorológico. No conozco a otro escritor que haya espiado así a la lluvia, llevado con tal frecuencia la contraria al viento y dado a las nubes apellidos tan literarios. Mil y más instantáneas en tierras llanas; pues, según una instantánea entre paréntesis: “(No me gustan las sierras: ni el dialecto pastoso de sus habitantes ni el sinnúmero de accidentes del terreno, el barroquismo del suelo. Mi paisaje debe ser llano, liso en muchas leguas alrededor, cubierto de brezos, bosques, praderas, niebla, silencioso.)” Y no se cansa de analizar el clima sobre este plano: “La lluvia susurraba al camino alquitranado”. “Sabe Dios, ya lloviznaba, pero el tren apareció puntual a través del chisporroteo”. “El viento se hizo más ruidoso, saltó aquí y allá, encorvado, se estiró, respiró con aliento cavernoso y curioseó cómicamente en el lodo; luego se acercó a mi ventana, devanó tres frases en gaélico, reventó (de risa, por mi cara) y desapareció…”

Al producirse cierta humedad atmosférica particularmente apropiada para él, deja la técnica de las instantáneas y pinta una acuarela, que de inmediato vuelve a enjuagar: “El aire inmóvil del pantanal: un campesino surgió diez pasos delante de mí; al principio sólo gris, como un soplo de humo; (luego parecía traer pantalones azules; la espalda encorvada permanecía sin colores); el humo de las manos se enroscó lentamente alrededor de él; se acomodó a lo ancho y chasqueó el látigo, haciendo gemir de dolor al aire hueco: entonces desapareció el caballo de remiendos de sombra a su lado y él tampoco volvió a formarse para mí más tarde. (Probablemente se transformó en nabo; fue sembrado; algo.)” Podría conservar esta fuente de citas sin la menor dificultad y encargar una docena de trabajos de seminario o más: Arno Schmidt y el clima; el camionero de larga distancia en la obra de Arno Schmidt; las salas de espera en Arno Schmidt; el motivo y la aplicación de los manuales de Estado en la novela Das steinerne Herz; Heissenbüttel ya hizo constar en qué medida depende la Luna de las designaciones de Arno Schmidt.

En cambio destacaré mi cuento preferido, “Seelandschaft mit Pocahontas” [Paisaje lacustre con Pocahontas], en una obra que aún ha de descubrirse desde el Leviathan hasta el recién publicado ensayo sobre el carácter, la obra y la influencia de Karl May. Y trataré inútilmente de trazar a grandes rasgos algo tan poco fraccionable como el contenido de esta historia de amor. “Ratatán ratatán ratatán.” Comienza con un recorrido en tren desde el Saar por Tréveris, Gerolstein y Colonia, a través de la zona del Ruhr, vía Ibbenbüren, hasta Diepholz. En estas cuatro páginas de viaje en tren figuran: la cédula de refugiado y James Fenimore Cooper; la mojigata Renania y una novela corta en el compartimiento contiguo; la batalla en el bosque de Teutoburgo del año 1945 después de Cristo y el tiempo como plano sobre el que todo existe “simultáneamente”: es decir, destellos e instantáneas, la multitud: “Pensamientos como sillones vacíos puestos al sol: ratatán.” “Tréveris: los hombres corrían al lado de maletas galopantes”; y todo —las “manchografías de los árboles”, la “soñolienta muchacha campesina, rodeada por ladradores tarros de leche”, los “Cubos Mágicos” y la “blusa calada”— encaja a la perfección, está “presente simultáneamente” y no obstante permite avanzar a la trama. El viajero llega, se dirige a una sala de madera, muy al estilo de Arno Schmidt, y toma su cerveza clara mientras afuera se acerca el maestro pintor Erich Kendziak sobre su NSU. Jerga militar. Camarada, ¿te acuerdas? Después de buenos ocho años, los dos compañeros vuelven a verse, toman una cerveza y otra más, el pintor invita. Afuera, el día se vuelve “claro como papel y vacío…” Ambos se montan en el NSU, se encaminan por la carretera número 51 del Reich y atraviesan el paisaje de Arno Schmidt, haciendo colección de instantáneas: “Es bonito el terreno completamente plano, la pradera y los pantanos, adornados hábilmente con todo tipo de nieblas…”, hasta llegar al lago Dümmersee y alojarse en la casa de huéspedes de Holkenbrink.

Al principio del tercer capítulo, antes de conocerse, incluso, la casa de huéspedes, contemplamos delante de los trazos aún pálidos de la acuarela “paisaje lacustre” un doble retrato, a la vez terrible y encantador: se esboza a las amigas Annemarie Waniek y Selma Wientge, en el acto repartidas entre los interesados: Selma —después, la princesa india Pocahontas— tiene una estatura de seis pies, brazos muy morenos y delgados, como varas sin fin, un supuesto anillo de compromiso, ningún busto que se note, anteojos sin armazón y perfil de iroqués. Estornuda: “(Y ciertamente fue un espectáculo desconsolador, tieso y tambaleante, como si estornudara una construcción gótica de ladrillos o un poste para cables de alta tensión.)”

Annemarie, que como “compañera nata de motocicleta” pronto será adjudicada al maestro pintor, se lee de la siguiente manera: “Menuda y regordeta, con aspecto rústico; boca bordada con rojo en la cara de un amarillento color de sebo, de rasgos eslavos; los dedos estrechaban desordenadamente la taza, claros y torcidos como cepilladuras de madera; y entre la abundante mezcla de vocales brotaban alegremente las duras erres…”

Y de ahí en adelante, hasta que el autobús saque a las dos muchachas del cuento y por lo tanto del paisaje lacustre, este cuarteto hará el amor, descansará después de hacer el amor, se preparará para más amor, es decir: aplicará crema Nivea, remará y no remará en la canoa, espantará a los somormujos, se paseará bajo el viento, volverá a intentarlo con la canoa, cantará “dos guitarras junto al mar”, observará los relámpagos e inminentes tormentas, escuchará las noticias de la noche, tomará a sorbos champán pagado por el maestro pintor, realizará pequeños exámenes: Gustav Freytag y Kant, pondrá nombres a las nubes, jugará al caballito, nadará y escribirá nombres en el agua —con lo que Undine entra en el juego y también, por consiguiente, Fouqué—, jugará al caballito repetidamente y a toda velocidad, después se tenderá de espaldas y chupará leche condensada de la lata, criticará a los otros huéspedes de la casa, volverá a escuchar las noticias y escribirá rápidamente unas postales, en el ínterin lavará unas calcetas para mañana, comerá pasteles de tocino oldenburgueses, vomitará pasteles de tocino oldenburgueses, deseará poder regresar a la edad de piedra, comerá guindas, enseguida volverá a manosearse, se instalará a vivir por parejas, para mayor facilidad, dará y tomará clases de coser botones, comerá gelatina y la imprescindible ensalada de apio, vagará, con todo y muchachas, una botella de aguardiente y el Manual del Estado de Hanover de 1839, a través de una niebla de Orion, polemizará con Jean Paul, se dormirá en el gris del amanecer, intercambiará revistas ilustradas, jugará ajedrez y también escuchará las noticias, porque Alfred Döblin festeja sus 75 años y porque todo “existe simultáneamente”, pero luego llorará las primeras lágrimas, correrá a través del agua del pantano, consumirá cuatro porciones dobles de anguilas del Dümmer, coserá un último botón, recibirá un reloj como regalo, por una parte, y tendrá la regla, por otra, y finalmente, con la ayuda del autobús que se aleja, será otra vez separado en parejas del mismo sexo; sólo el paisaje lacustre, ahora sin Pocahontas, permanece igual: “Este lago veraniego, este canal cubierto de vaho…” Tanto y tan poco ocurre en Arno Schmidt; pero ahora podría crear un segundo índice de contenido, y ni así terminaría de quitar la última capa a esta cebolla realmente inagotable. Habría que establecer un ordenado catálogo de todos los apodos y nombres de cariño dedicados a la muchacha Selma Wientge —llamada Pocahontas—, desde el espectro nocturno del principio por la avanzada posición de predicador hasta la hembra de la edad de piedra, Pultuke. Asimismo, sería posible analizar cómo los acontecimientos contemporáneos llegan hasta el lago Dümmer en el curso de la narración, con la ayuda de las noticias nocturnas, donde por una parte animan la conversación de los dos hombres: “…o EVG o la reunificación; ¡no es posible tener las dos cosas!”, mientras por otro lado dan oportunidad al autor para elogiar el “Comentario de la semana” presentado por el ”Doctor Walter María Guggenheimer”: “…y asentí con la cabeza, en señal de aprobación: ¡vaya mente lúcida!”

No obstante, se agota el tiempo que me fue concedido para alabar y encomiar. ¿Deberé hacer constar rápidamente todavía alguna relación entre Arno Schmidt y Fontane, porque el premio…? ¿O satisfacer la necesidad más apremiante de nuestros tiempos y reducir a este autor a un denominador fijo? No, mejor vamos a montarnos otra vez en el NSU para visitar el paisaje lacustre con Pocahontas, donde encontraremos, incrustrado entre tomas instantáneas, el credo de Arno Schmidt: “Pensar. No limitarse a creer: seguir adelante. Recorrer otra vez las esferas del conocimiento, de los amigos y los enemigos. No interpreten: aprendan y describan. No vivan para el futuro: sean y mueran sin ambiciones: existieron. A lo sumo llenos de curiosidad. La eternidad no es nuestra (¡a pesar de Lessing!): pero este lago veraniego, este canal cubierto de vaho, los cuadros multicolores de las sombras, la picadura de avispa en el antebrazo, la bolsa impresa de las ciruelas amarillas. Allá, el largo y agitado vientre de una mujer…”

Literatura y revolución (leon Trotsky)

Ficha sobre notas de prensa y reportajespublicados en su momento en medios escritos:

La situación del arte puede definirse mediante las siguientes consideraciones generales.

Si el proletariado ruso no hubiera creado su propio ejército tras la toma del poder, el Estado obrero habría dejado de vivir hace tiempo, y ahora no estaríamos pensando en los problemas económicos, y mucho menos en los problemas de la cultura y del espíritu.

Si en el curso de los próximos años la dictadura del proletariado se mostrase incapaz de organizar la economía y de asegurar a la población por lo menos un mínimo vital de bienes materiales, el régimen proletario estaría entonces realmente llamado a desaparecer.  Por eso la economía es en la hora presente el problema de los problemas.

De todos modos, aunque los problemas elementales del alimento, del vestido, del abrigo y también de la educación primaria estuvieran resueltos, no significaría de ningún modo la victoria total del nuevo principio histórico, es decir, la victoria del socialismo.  Sólo un progreso del pensamiento científico a escala nacional y el desarrollo de un arte nuevo supondrán que la semilla histórica no sólo ha crecido hasta dar una planta, sino también que ha florecido.  Desde este enfoque, el desarrollo del arte es la prueba más alta de la vitalidad y de la significación de cualquier época.

La cultura vive de la savia de la economía, pero no basta con lo estrictamente necesario para que la cultura pueda nacer, desarrollarse y refinarse.  Nuestra burguesía se sirvió de la literatura rápidamente en el período en que se fortaleció y enriqueció.  El proletariado conseguirá preparar la formación de una cultura y de una literatura nuevas, es decir, socialistas, no por métodos de laboratorio sobre la base de nuestra pobreza, de nuestras necesidades y de nuestra ignorancia de hoy, sino a partir de vastos medios sociales, económicos y culturales.  El arte necesita bienestar, abundancia incluso.  Los altos hornos deberán calentar más, las ruedas girar con mayor rapidez, las lanzaderas correr más, las escuelas trabajar mejor.

Nuestra vieja literatura y nuestra vieja cultura rusas eran expresión de la nobleza y de la burocracia y se basaban en el mundo campesino.  El noble pagado de sí mismo y el noble "arrepentido" imprimieron su huella en el periodo más importante de la literatura rusa.  Luego apareció el intelectual plebeyo que, basándose en el campesino y en el burgués, escribió también su capítulo en la historia de la literatura rusa.  Tras pasar por el periodo de esquematismo extremo de los viejos narodniki, ese intelectual plebeyo se modernizó, se diferenció e individualizó en el sentido burgués del término.  Ese fue el papel histórico que le tocó cumplir a la escuela decadente y al simbolismo.  Desde principios de siglo, y especialmente después de 1907-1908, la transformación burguesa de la intelligentsia y de la literatura se realizó con celeridad.  La guerra puso fin, patrióticamente, a este proceso.

La revolución dio al traste con la burguesía y este hecho decisivo irrumpió en la literatura.  La literatura centrada sobre un eje burgués ya no existe.  Todo cuanto ha quedado, más o menos viable, en el dominio de la cultura, y especialmente en el de la literatura, se esforzó y se esfuerza aún por encontrar una orientación nueva.  Desde el momento en que la burguesía no existe, el eje no puede ser otro que el pueblo sin la burguesía.  Pero ¿qué es el pueblo?  En primer lugar, el campesinado y, en cierta medida, los pequeños burgueses urbanos; luego los obreros que no pueden ser separados del protoplasma popular del campesinado.  Esto es lo que expresa la tendencia básica de todos los "compañeros de viaje" de la revolución.  Y lo mismo en Pilniak, en los "Hermanos Sérapion", y en los "imaginistas" que están todavía vivos.  Y lo mismo ocurre con algunos de los futuristas (Klebnikov, Kruchenik y W. Kamensky).  La base campesina de nuestra cultura, o mejor dicho, de nuestra incultura, pone de manifiesto de modo indirecto toda su inercia.

Nuestra revolución es la expresión del campesino convertido en proletario que, sin embargo, se apoya en el campesino y le muestra el camino a seguir.  Nuestro arte es la expresión del intelectual que duda entre el campesino y el proletario.  Se halla incapacitado, orgánicamente, para fundirse con uno o con otro, pero se inclina las más de las veces hacia el campesino.  Debido a su posición intermedia y a sus vinculaciones, no puede convertirse en mujik, pero puede cambiar al mujik.  Sin embargo, no puede haber revolución sin la dirección del proletariado.  Tal contradicción es el origen de la dificultad fundamental a la hora de abordar el tema.  Puede afirmarse que los poetas y escritores de estos años extremadamente críticos difieren entre si por la forma en que salen de esta contradicción, y por el modo en que colman el vacío, unos mediante el misticismo, otros mediante el romanticismo, un tercero mediante un prudente distanciamiento, y un cuarto por un grito ensordecedor.  Con independencia de la variedad de métodos empleados para superar la contradicción, ésta sigue siendo una en esencia: consiste en la separación creada por la sociedad burguesa entre el trabajo intelectual, incluido el arte, y el trabajo físico.  La revolución es obra de hombres que realizan un trabajo físico.  Uno de los objetivos últimos de la revolución consiste en superar totalmente la separación entre esas dos clases de actividad.  En tal sentido, como en todos los demás, la creación de un arte nuevo es una tarea que se realiza siguiendo las líneas del trabajo fundamental, el de la construcción de una cultura socialista.

Sería ridículo, absurdo e incluso estúpido hasta más no poder, pretender que el arte permanecerá indiferente a las convulsiones de nuestra época.  Son los hombres los que preparan los acontecimientos, son los hombres los que los realizan, y los acontecimientos a su vez actúan sobre los hombres y los cambian.  El arte refleja, de forma directa o indirecta, la vida de los hombres que realizan o viven los acontecimientos.  Y esto es válido para todas las artes, desde la más monumental a la que se centra en lo más íntimo.  Si la naturaleza, el amor o la amistad no estuvieran ligadas al espíritu social de una época, la poesía lírica habría dejado de existir hace mucho tiempo.  Un profundo viraje histórico, es decir, un reordenamiento de las clases en la sociedad, rompe la individualidad, coloca la percepción de los temas fundamentales de la poesía bajo un nuevo enfoque y salva así al arte de una repetición eterna.

Pero el "espíritu" de una época ¿no actúa de modo indivisible e independiente de la voluntad subjetiva?  Evidentemente, en última instancia este espíritu se refleja en todos; tanto en quienes lo aceptan y encarnan como en aquellos que luchan desesperadamente contra él o en quienes se esfuerzan por librarse de él; quienes le vuelven la espalda mueren poco a poco; quienes se resisten a él pueden, a lo más, reanimar tal o cual llama arcaica: el arte nuevo, al plantear nuevos jalones y ensanchar el campo de la creación artística, sólo podrá ser creado por aquellos que se identifiquen con su época.  Si trazásemos una línea que una el arte actual y el arte socialista del futuro, podríamos decir que hoy apenas hemos superado la fase de preparación de esa preparación propiamente dicha.

Hagamos un breve esbozo de los grupos de la literatura rusa actual.

La literatura que se halla alejada de la revolución, desde los folletinistas del periódico de Suvorín hasta los líricos más sublimes del Valle de Lágrimas de la aristocracia, agoniza como las clases a las que han servido.  Por lo que respecta a la forma, genealógicamente, esa literatura representa el perfeccionamiento de la línea maestra de nuestra vieja literatura, que comenzó como literatura de la nobleza y que terminó como literatura simplemente burguesa.

La literatura "mujik" soviética, que canta al campesino, puede encontrar sus raíces, desde el punto de vista de la forma, aunque de modo menos claro, en las tendencias eslavófilas y populistas de la vieja literatura.  Resulta evidente que los escritores que cantan al mujik no preceden directamente de los mujiks.  No existirían sin la literatura anterior de la nobleza y de la burguesía, de cuya literatura son la rama más joven.  En la actualidad todos ellos tratan de ponerse de acuerdo con la hora de la nueva sociedad.

Indudablemente, el futurismo también era un brote de la vieja literatura.  Pero el futurismo ruso no había alcanzado su completo desarrollo en el marco de la vieja literatura, ni había sufrido la adaptación burguesa que le hubiera valido ser reconocido oficialmente.  Cuando estalló la guerra y luego la revolución, el futurismo era todavía bohemio, como todas las escuelas literarias en los países capitalistas.  Gracias al impulso de los acontecimientos, el futurismo se adentró por los nuevos derroteros de la revolución.  Un arte revolucionario no podía nacer de ahí por la misma naturaleza de las cosas.  Aunque sigue siendo, por muchas razones, un brote revolucionario bohemio del arte antiguo, el futurismo contribuye en mayor medida, más directa y más activamente que cualquier otra tendencia, a la formación del arte nuevo.

Por significativas que puedan ser en líneas generales las obras de determinados poetas proletarios, su sedicente "arte proletario" no hace otra cosa sino cumplir un período de aprendizaje.  Siembra por doquier los elementos de la cultura artística, ayuda a la nueva clase a asimilar las obras antiguas, aunque de modo superficial.  En este sentido es una de las corrientes que llevan al arte socialista del futuro.

Carece de todo fundamento oponer la cultura burguesa y el arte burgués a la cultura proletaria y al arte proletario.  De hecho, estos últimos no existirán jamás, porque el régimen proletario es temporal y transitorio.  La significación histórica y la grandeza moral de la revolución proletaria residen precisamente en que ésta sienta las bases de una cultura que no será ya una cultura de clase, sino la primera cultura auténticamente humana.

Durante el período de transición, nuestra política artística puede y debe consistir en ayudar a los diferentes grupos y escuelas artísticas salidos de la revolución a captar correctamente el sentido histórico de la época y una vez haberles colocado ante el siguiente criterio categórico, "por la revolución o contra la revolución", concederles una total libertad de autodeterminación en el terreno del arte.

Por el momento, la revolución se refleja en el arte de modo parcial solamente, una vez que el artista deja de mirarla como una catástrofe exterior, y en la medida en que todos los artistas y poetas, tanto los viejos como los nuevos, se conviertan en una parte de la trama viviente de la revolución y aprendan a verla no desde fuera, sino desde el interior.

El torbellino social no se calmará pronto.  Ante nosotros tenemos decenios de lucha en Europa y en América.  No sólo los hombres y las mujeres de nuestra generación, sino también los de la generación venidera, serán partícipes, héroes y víctimas de esta lucha.  El arte de nuestra época será colocado enteramente bajo el signo de la revolución.

Este arte necesita una nueva conciencia.  Por encima de todo es incompatible con el misticismo, sea éste sincero o se disfrace de romanticismo: la revolución tiene por punto de partida la idea central de que el hombre colectivo debe convertirse en el único señor y de que los límites de su poder sólo están determinados por su conocimiento de las fuerzas naturales y por su capacidad de utilizarlas.  Este arte nuevo es también incompatible con el pesimismo, con el escepticismo, con todas las demás formas de abatimiento espiritual.  Es realista, activo, colectivista, de forma vital y henchido de una confianza ilimitada en el porvenir.

29 de julio de 1924.

LEON TROTSKY

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Breve reseña de algunas teorías lésbicas, Por Jules Falquet

Ficha sobre notas de prensa y reportajespublicados en su momento en medios escritos:

Este trabajo presenta algunas teorías y luchas de las lesbianas y de sus movimientos en diferentes partes del mundo.  Deja de lado muchos temas más conocidos, como la patologización y represión del lesbianismo, y también la mayor parte de las tendencias insertadas en el movimiento homosexual mixto.  Generalmente vinculadas con la lucha contra el SIDA, y más recientemente con reivindicaciones hacía el « matrimonio » y la igualdad de derechos, estas tendencias se enmarcan en una defensa de la « preferencia sexual » y de la « tolerancia », o sea en una búsqueda de « reconocimiento » por parte de la sociedad heterosexual.  Se perfilan por tanto como luchas de signo “liberal” por la libertad individual y la integración, que, aunque importantes, no cuestionan de fondo el sistema social.  Aquí quiero rescatar más bien elementos menos conocidos que tienden a una crítica radical, tanto de la sexualidad en su conjunto, como de la heterosexualidad como sistema político, y del sistema patriarcal, racista y clasista imperante.  También quiero señalar que el presente texto se basa sobre todo en grupos y reflexiones provenientes del mundo francófono por una parte, norteamericano por otra parte, y también latinoamericano y del Caribe.  La historia lésbica de Asia, Africa y Oceanía, deberá ser buscada en otras partes.  Finalmente, debo subrayar que por la misma situación política de hegemonía occidental, tienden a ser producidas más teorías en los países del Norte y por parte de mujeres blancas, urbanas y de clase media, teorías que gozan de más amplia difusión que las que se originan en otras lesbianas, lo que refleja este artículo y que no deja de ser una limitación.

En este texto entonces, que invita sobre todo a la profundización, presentó seis puntos que intentan reconstruir cierto orden cronológico e hilación política-lógica —aunque a costa de simplificaciones y arbitrariedades, como toda reconstitución a posteriori y desde una posición de implicación en el movimiento.

Primero, evoco la relatividad de lo que se llama « lesbianismo » y a la vez la importancia de usar el término « lesbiana » frente a una concepción general-masculina de la homosexualidad.  En un segundo momento, abordo los conflictivos lazos del movimiento lésbico con los movimientos homosexual y feminista, así como los fundamentos teóricos del movimiento lésbico autónomo (1), el cual se forma progresivamente.  A continuación, presento otros desarrollos de la teoría y de las luchas lésbicas, en especial los aportes y cuestionamientos de las lesbianas no-blancas y de los sectores populares.  Finalmente, evoco las teorías liberales “prosexo” y “queer”, que se dibujan más bien como una vuelta hacía posiciones fuertemente influenciadas por el pensamiento masculino.

1. Variedad de las prácticas sexuales y amorosas entre mujeres y de sus interpretaciones En muy diferentes culturas y épocas, ha habido mujeres que se relacionan sexualmente, amorosamente y/o afectivamente con otras mujeres.  Los ejemplos son de los más variados.  Se encuentra una larga lista de poetas quienes en primera persona dieron testimonio de su vivencia lésbica, desde Sapho, de la antigue isla de Lesbos, hasta la afronorteamericana Audre Lorde, desaparecida en 1993, quien fue a la vez teórica, militante y notable escritora (Lorde, 1982 a, 1984).  En la India en la época pre-védica, se encuentran mitos que hablan del papel destacado de las mujeres y esculturas muy explícitas de relaciones sexuales entre mujeres (Thadani, 1996).  En Zimbabwe, la recién desaparecida Tsitsi Tiripano y el grupo lésbico-gay GALZ en el que militaba son una prueba fehaciente de que el lesbianismo existe en culturas africanas (Aarmo,

1999) .  En Sumatra, Indonesia, las « tomboy » son mujeres « masculinas » que establecen relaciones de pareja con otras mujeres (Blackwood, 1999).  La antropología por su parte señaló hace mucho el caso de las y los « berdaches » en las poblaciones indígenas de los llanos del norte del continente americano : son personas que, a pesar de haber nacido hombres o mujeres, son consideradas socialmente como pertenecientes al sexo/género opuesto y por tanto buscan pareja de su propio sexo (2).  De forma mas general, varias poblaciones indígenas del continente manejan la noción de personas de « doble espíritu », que a menudo tienen poderes mágicos-chamánicos y cuyo comportamiento sexual podría ser visto como homosexual en el marco de las concepciones occidentales actuales (Lang, 1999).

Sin embargo, cada sociedad construye e interpreta estas prácticas sexuales y amorosas entre mujeres de forma diferente, y su visibilidad y legitimidad varían enormemente según la concepción que cada sociedad tiene de lo que es ser mujer u hombre, como lo analiza la antropóloga francesa Nicole Claude Mathieu en un profundo artículo sobre la diversidad de las formas de articulación entre sexo, género y sexualidad (Mathieu, 1991).  Por ejemplo, hay sociedades que solo conciben la existencia de un género (el masculino), que luego se divide en dos sexos, como la sociedad africana !Kung del desierto del Kalahari.  A su vez, la 2 sociedad Inuit, cerca del círculo polar, atribuye un(os) género(s) a las-los recién nacidas en función del género de la(s) persona(s) que en ella o él se reincarnaron.  De esta manera, una bebé hembra puede ser considerada socialmente como un varón, si en ella regresa el espíritu de su abuelo.  Sin embargo, al llegar a la edad reproductiva, sufren una reubicación social en su sexo biológico, en vista al matrimonio reproductivo.  En varias sociedades africanas, existe matrimonio entre mujeres, sin embargo ello no significa que sean lesbianas.  Más bien se trata de una forma para mujeres mayores y relativamente ricas de asegurarse una descendencia, obteniéndola de la mujer más joven que toman como esposa y quien para este fin tiene relaciones sexuales con varones.

En medio de esta complejidad de los arreglos culturales en torno al sexo, al género y a la sexualidad, no es tan simple definir, ni lo que es una mujer, ni aún menos lo que son entonces la heterosexualidad y la homosexualidad.  Sin embargo, en la mayoría de las culturas hoy conocidas y existentes, dominan arreglos sociales netamente patriarcales y basados en la heterosexualidad como norma obligatoria.  Muchas religiones se encargan además de condenar absolutamente todo lo que no sirve explícitamente a la reproducción.  Por tanto, las relaciones sexuales y amorosas entre mujeres son casi siempre a la vez tabúes, severamente condenadas e invisibilizadas.  De allí que esas relaciones hayan sido muy poco estudiadas y muchas veces desformadas y tratadas con poca seriedad científica, como lo ejemplifica el caso de las famosas Amazonas.  De ellas se ha dicho alternativamente que vivían en la Grecia antigua o en la Amazonía, y se han inventado toda clase de fantasías en torno a sus supuestas formas de vida, mezclando esas mitificaciones con el estudio posterior de las feroces guerreras del rey de Dahomey.  Hasta hoy, ningún estudio histórico serio ha demostrado la existencia de las Amazonas, ni mucho menos ha podido dar cuenta de sus prácticas sexuales —a pesar de que constituyen uno de los más poderosos símbolo del lesbianismo.

Solo es de forma muy reciente, y en el marco del pensamiento occidental, que se empieza a atribuir a la gente una personalidad e identidad sexual específica y supuestamente fija, en base a sus prácticas sexuales.  Aún así, la categoría y el término de lesbiana se construyeron de forma progresiva.  Algunas historiadoras documentan la aparición del término « tribadismo » para nombrar las relaciones sexuales entre mujeres al comienzo del siglo XVIII (Bonnet, 1995).  Ya a mitad del siglo XIX, la medicina y sobre todo la psiquiatría nasciente empiezan a interesarse por lo que llaman el « tercer sexo », interviniendo fuertemente en su categorización como «invertidas-os» y su patologización, para luego buscar su « curación » (Lhomond, 1991).  La sexología, que aparece a finales del siglo XIX, continua esta tendencia clasificadora y normalizadora (Jaspard, 1997).  Havelock Ellis, uno de sus fundadores, desarrolla la hipótesis de un origen congénito de la homosexualidad, con la esperanza de sustraer a las y los homosexuales a la represión y a los intentos de « curación ».  El modelo sexológico se complejiza al incorporar elementos del psicoanálisis — igualmente determinista, aunque ya no ubique la causa de la homosexualidad en la biología sino que en la psicología.  Básicamente, Freud interpreta la homosexualidad femenina como una simple simetría de la homosexualidad masculina y una prueba de « inmadurez » en el desarrollo psíco-sexual de las mujeres.

Simultáneamente, en Europa, en los años veinte y treinta, las lesbianas se hacen bastante visibles : en París, la celebre pareja norteamericana compuesta por Gertrude Stein y Alice Toklas organiza círculos literarios en el barrio artístico de Montparnasse.  En Berlín se multiplican los lugares de sociabilidad lésbica antes de que el fascismo arrase con todo, asesinando u obligando al exilio o a la clandestinidad a lesbianas y homosexuales.  En Londres, Radclyffe Hall publica su celebre « Pozo de la soledad » que le valdrá la violenta condena de la sociedad bien pensante (3) (Tamagne, 2000).  A manera de contrafoco, en Francia la literatura heterosexual y la industria de la moda popularizan el ambiguo personaje de « la garçonne », mujer « moderna » de pelo corto y moralidad desafiante, pero que en sí no necesariamente es lesbiana.

2. Lesbianas u homosexuales femeninas?1 Aunque muchas veces se usen de forma relativamente indistinta los términos lesbianas, homosexual femenina o mujer gay, existe un debate político en torno al tema, derivado de la reflexión feminista.

De hecho, la palabra homosexual se refiere a un conjunto de prácticas sexuales, amorosas, afectivas, entre dos o más personas del mismo sexo.  Al ser « descubiertas », éstas prácticas « privadas » conllevan diferentes grados de represión.  Sin embargo, las personas involucradas las pueden dar a conocer públicamente en forma voluntaria, haciéndo su « coming out » o « salida del clóset », reivindicando orgullosamente una « identidad » estigmatizada.  Llarmarse a si misma « gay » u « homosexual » tiene la ventaja de visibilizar una vivencia (sexual, pero también social y cotidiana) en parte diferente de aquella de quienes se apegan a la norma social de la heterosexualidad.  Sin embargo, el paralelismo que establecen 3 los términos “homosexual” o “gay” con la situación de los hombres es muy reductor y engañoso, cuando se aplica a mujeres.  De hecho, el feminismo ha demostrado ampliamente que la opresión patriarcal las coloca en una posición social estructuralmente muy diferente a la de los varones en casi todas las culturas que se conocen.  Para habitar su cuerpo, ejercer su sexualidad y simplemente, vivir, las mujeres están ubicadas en condiciones bastante menos ventajosas que los varones, aunque fuesen ellos homosexuales.  Usar el término de lesbiana, por tanto, permite evitar la confusión entre prácticas que si bien son todas homosexuales, no tienen en absoluto el mismo significado, las mismas condiciones de posibilidad, ni mucho menos el mismo alcance político, según el sexo de quienes las llevan a cabo.

Es así como en Francia por ejemplo, se usa poco el término “gay” para referirse a las mujeres, y si bien es cierto que últimamente, la palabra lesbiana ha pasado en el lenguaje común para designar a las mujeres homosexuales, inicialmente su uso fue especialmente reivindicado por el movimiento lésbico feminista para subrayar el sentido colectivo y político de dichas prácticas.  En este contexto, la palabra lesbiana refiere a un lesbianismo político, que se plantea como una crítica en actos y un cuestionamiento teórico al sistema heterosexual de organización social.  Según el análisis lésbico-feminista, dicho sistema heterosexual descansa sobre la estricta división de la humanidad en dos sexos que sirven de base para construir dos géneros rigurosamente opuestos y forzados a mantener unas muy desiguales relaciones de « complementariedad ».  Esta “complementariedad” no es otra cosa que la justificación de una división sexual del trabajo rígida, que se basa en una despiadada explotación de las mujeres, en lo doméstico, en lo laboral, en lo reproductivo, en lo sexual y en lo psico-emocional.  En este sentido, al problematizar y criticar el sistema heterosexual, el lesbianismo en su dimensión política cuestiona profundamente el sistema dominante.  Representa una ruptura epistemológica fundamental e invita a una revolución cultural y social de gran alcance.

3. Movimiento lésbico, movimiento homosexual y movimiento feminista Es a finales de los 60 que el movimiento social lésbico aparece, tanto en el mundo occidental como en muchas metrópolis del Sur.  Nace en una atmósfera de prosperidad económica y de profundos cambios sociales y políticos que incluyen tanto el desarrollo de la sociedad de consumo y la « modernidad » triunfante, como la descolonización y un auge de las más variadas perspectivas revolucionarias.  Aunque haya sido bastante menos estudiado que el movimiento de los derechos civiles, Negro, Indígena, estudiantil

o de mujeres, es uno de los llamados « nuevos movimientos sociales » que surgen en la época, desbordando las organizaciones de corte clasista que dominaban hasta aquél entonces.  El movimiento lésbico se desarrolla en estrecha vinculación ideológica y organizativa con otros dos movimientos muy fuertes : por un lado, el movimiento feminista llamado de la « segunda ola », y por el otro, el movimiento homosexual, que se va construyendo rápidamente después de la « insurrección urbana » de 1969 en Stonewall (« insurreción » que responde a una provocación policiaca en bares homosexuales de Nueva York, y que hoy es celebrada cada final de junio a través del mundo por las manifestaciones del « orgullo lésbico y gay »).

Sin embargo, progresivamente, el movimiento lésbico se va autonomizando.  Por un lado, en diferentes países se repite la misma experiencia : como mujeres, las lesbianas no tardan en criticar la misoginia, el funcionamiento patriarcal y los objetivos falocéntricos del movimiento homosexual, dominado por los hombres (Frye, 1983; Mogrovejo, 2000).  Armadas de la crítica feminista, explican públicamente sus desacuerdos y fundan sus propias organizaciones, como las Gouines Rouges (Marimachas Rojas) en Francia.  Por el otro lado y en forma más o menos simultánea, como mujeres homosexuales, muchas lesbianas no terminan de sentirse plenamente identificadas con el movimiento feminista.  Más bien dicho, el movimiento feminista constituye para ellas, al principio, un espacio muy importante en el que luchar y encontrar mujeres que, como ellas, combaten los estereotipos y limitaciones sociales asociados a la femineidad, y la opresión de las mujeres.  También constituye un bienvenido lugar de encuentro con otras lesbianas, favorable a la elevación de su auto-estima y a su “salida del clóset”.  Por tanto, muchas lesbianas contribuyen muy activamente a la construcción del movimiento feminista, del cual al principio se sienten totalmente parte, ya sea como personas o como grupos lésbicos.  Sin embargo, se van dando cuenta con el tiempo que algunas feministas las perciben como un cuestionamiento amenazador a su posición heterosexual o a su lesbianismo « de clóset », lo que a menudo provoca roces interpersonales.  Sobre todo, en lo colectivo, buena parte del movimiento feminista se deja intimidar por el mensaje social que exige al feminismo, para ser mínimamente respetado, silenciar, invisibilizar y postergar al lesbianismo.  Mientras que las lesbianas luchan por todas las causas de las mujeres, aunque no les atañen tan directamente (por ejemplo, para la anticoncepción o la interrupción voluntaria del embarazo), las demás mujeres se muestran 4 generalmente reacias a la hora de luchar por causas lésbicas o cuestionar la heterosexualidad (CLEF,

1989) .  Algunas lesbianas empiezan entonces a buscar una vía propia, generando espacios autónomos de quehacer político lésbico.

4. Afirmación teórica del movimiento lésbico Frente a este doble desafío, a finales de los 70, se van multiplicando los análisis teóricos específicamente lésbicos, especialmente desde una profundización de las reflexiones feministas.  Dos grandes pensadoras encauzan la reflexión, en orden de ideas un poco diferentes.

Por un lado, la poeta norteamericana Adrienne Rich abre una profunda brecha con su famoso artículo « Compulsory heterosexuality and lesbian existence » (Heterosexualidad obligatoria y existencia lésbica), publicado en 1980 por la revista feminista Signs (Rich, 1980).  En él, Rich denuncia la heterosexualidad forzada en cuanto norma social que exige y causa la invisibilización del lesbianismo, incluso en el mismo movimiento feminista.  Enfoca el lesbianismo en la perspectiva de un « contínuum lésbico » que une a todas las mujeres que de una u otra forma se alejan de la heterosexualidad e intentan crear o reforzar los vínculos entre mujeres, compartiendo sus energías en la perspectiva de la lucha en contra del sistema patriarcal.

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Tratan mal a Ramón Trecet

Ficha sobre notas de prensa y reportajespublicados en su momento en medios escritos:
Ramón Trecet: \’Me están haciendo mobbing en RNE\’

  • El periodista presenta espacios musicales en RNE desde 1974
  • La nueva directora de Radio 3 fue discípula suya
MADRID.- Radio Nacional ha dejado de ser la casa de Ramón Trecet. Después de 34 años, ya no tiene fuerzas para acudir a hacer \’Diálogos 3\’, el programa de música que presenta en Radio 3. El motivo: "La nueva directora, Lara López, no cuenta conmigo y me están haciendo mobbing".

"Fue este lunes. Como siempre, me levanté a las 7.15 horas y me di cuenta de que no tenía fuerzas para ir a trabajar. No tengo palabras para expresar cómo me sentí". Hasta mayo de este año, RNE era la casa de Ramón Trecet. Más que su casa, parte de su vida, a la que ha dedicado 34 años. Pero con el nombramiento de Lara López como nueva directora de Radio 3 todo cambió.

"En mayo, López me dice que no ve mi programa en la nueva programación", relata Trecet. La dirección de Radio 3 trabajaba desde septiembre de 2007 en la nueva parrilla. José Angel Esteban, director de programas de RNE, decide formar un equipo -en el que estaba incluida López- para cambiar la programación. Ocho meses después, "López me comunica que piensa que no debo seguir".

Trecet denuncia que éste ha sido todo el contacto que ha tenido con jefe alguno desde mayo del año pasado. "Nadie hablaba conmigo. Sí, había rumores, pero nadie se dirigía a mí". Según el periodista, no ha vuelto a hablar con López desde el 25 de mayo. Se da la circunstancia de que la directora de Radio 3 fue discípula de Trecet desde 1987 hasta 1993.

Silencio absoluto hasta el pasado 25 de septiembre. Ese día, "por fin", Benigno Moreno, el actual director de programas de RNE, habla con él. "Moreno me dice que Lara López piensa que no debo seguir en la radio, pero que no se atreve a darme la noticia". ¿Explicación? "Está convencida de que hablo mal de ella por los pasillos". Trecet cogió vacaciones en RNE a mediados de julio para poder desarrollar su trabajo en \’Marca\’ durante los Juegos, hasta el 1 de septiembre.

Pero, según Trecet, ese "vacío" no se queda ahí: "López y el director adjunto de Radio 3, Diego A. Manrique, empiezan a contactar con las discográficas para que no me manden discos. Además, me amenazan de que si voy a la prensa y lo cuento, que me atenga a las consecuencias. Es entonces cuando empiezo a pensar que me están haciendo mobbing".

Desde este lunes, \’Diálogos 3\’ son reposiciones. "Me llaman para decirme que tengo que ir tal día y tal hora a grabar el programa, pero nunca es López. Me llama su secretaria", cuenta Trecet, para quien no se trata más que de una maniobra para poder culparle a él de no hacer su trabajo. "Para mí es una tragedia personal que a una persona a la que enseñé el oficio durante seis años llegue a esto".

El asco

Ficha sobre notas de prensa y reportajespublicados en su momento en medios escritos:
Ya estamos. De nuevo, la peonada del miedo. Leo que "Random House ha retirado la novela \’La joya de Medina\’, de la periodista Sherry Jones, por miedo a que pudiera \’incitar a la violencia\’". ¿Ladrarán algunos contra una prosa cutre? No. Es sólo, dice un portavoz, que temen "por la seguridad del autor, de los empleados, de los libreros y de cualquier otra persona que estuviera involucrada".

Como explicó Norman Mailer cuando \’Los versos satánicos\’ fue retirada de muchas librerías, "¿Para qué sirve la movilidad ascendente en el empleo en una gran cadena empresarial si no se puede garantizar la integridad física? ¿Asesinado por vender un libro? Es el fin del mundo. ¡Peor aún! Asesinado por comprar un libro. ¿Quién perdonaría jamás a la empresa?". O sea, condenaron el libro porque "venden sus productos como si fueran latas de conserva. Sólo los sin techo arriesgarían su integridad por una lata de conserva".

No he leído \’La joya de Medina\’, claro, ¿cómo iba a hacerlo? Confieso, por otro lado, mi apatía. Me la soplan bastante los amores de Mahoma, Julio César, Hernán Cortés o Iván el Terrible. Creo que el historicismo, en novela, no sobrevivirá, ni siquiera en el caso de titantes como Gore Vidal. Además, cuando Jones explica que imaginó que su libro "podría ser un puente", arrugó el hocico. Qué quieren. Los puentes, a los ingenieros. Mucho mejor si los novelistas pasan de levantar autovías, pavimentadas para contribuir al diálogo de civilaciones y bla bla blá. Con tanto trasiego de buenas intenciones acaban por endosarnos novelones asmáticos, en los que el mensaje voluntarista deshilvana cualquier posibilidad literaria.

Ahora, desde el momento en que los editores rechazan la novela, no por mala, buena, etc., sino por miedo, debiéramos plantarnos. Coleccionamos demasiados casos. ¿Recuerdan las viñetas de Mahoma, como hubo quien las criticó por atizar la hoguera? Ah, la hoguera. No es responsable, dijeron. Cuesta creer que algunos ausculten con tanto mimo los sentimientos del dolido creyente, despreciando, al trote, la hoguera real, el fuego asesino, maduro y mafioso, criminal, donde crepitará el hereje.

 
Vista de una librería de Random House. (Foto: Phototram/Flickr).

Herejes, quiéranlo o no, Random House o los intelectuales que no condenaron la caza del dibujante, los que hablaron de tiempos, mano izquierda o eficacia, somos o debiéramos ser todos, y disculpen el tópico. En esta dictadura de lo políticamente correcto vivimos ahormados por los paladines del qué dirán, no los enfades. Pero qué coño de conversación tendrás, digo, con quien acude a dialogar revólver mediante. Pecado, y gordo, incluso mórbido, es acuchillar al vecino en la pira de tus creencias (cielo, infierno, equipo de fútbol, hombre socialista, bucólico terruño, tanto da). Pecado, vómito, es ponerse del lado de quienes calumnian en nombre del paraíso, de los violadores de la libertad, de los dinamiteros, los verdugos, los profesionales de la censura, los matarifes bendecidos y los amigos del velo femenino, el tiro en la nuca o la lapidación a domicilio. Vómito o diárrea, sí, provocan estos jueces de la moralidad y los efectos colaterales, que olvidan como ganamos cada centímetro a base de parrilladas de astrónomos.

"Si no creemos en nada, ¿cómo podremos soportar la muerte?", abundó Mailer, "Los sabios de Irán saben eso de nosotros. Habría que respetar la perspicacia de este análisis, si no fuera porque el hecho de que los sabios de Irán son por completo indiferentes al destino de nuestra literatura y se oponen salvajemente a la libertad de expresión que tanto nos gusta creer que apreciamos".

Pues eso, el asco.

Julio Valdeón en www.elmundo.es

El cuento de terror. Una semblanza histórica

 Por Joan Escudé González

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   Este estudio expone el recorrido por la historia del relato breve de terror hasta su época de máximo esplendor, es decir, el final del siglo XIX y principios del siglo XX. Generalmente se ha organizado según los géneros o influencias predominantes. Pero, en alguna ocasión, la historia se detiene en un autor especialmente significativo debido a su importancia.

Los orígenes del género

   Tal y como bien ilustra la conocida frase de H. P. Lovecraft, «La emoción más antigua y más intensa de la humanidad es el miedo, y el más antiguo y más intenso de los miedos es el miedo a lo desconocido», y como es lógico esperar de un género tan estrechamente relacionado con las emociones primitivas, el cuento de horror es tan viejo como el pensamiento y el lenguaje humanos. Efectivamente, el terror aparece como un ingrediente del folklore más antiguo de todas las razas, y cristaliza en las narraciones orales y en las canciones, crónicas y textos sagrados más arcaicos. En efecto, constituyó una característica destacada de la magia ceremonial prehistórica y se desarrolló ampliamente en todas las cultura antiguas, desde la egipcia hasta la celta, cuyas antiguas leyendas eran un medio para intentar encontrar una explicación ante las leyes físicas de un mundo que les resultaba hostil y espantoso. Eran el espejo de las pesadillas, historias surgidas del inconsciente, de los impulsos de destrucción y deseo que se encuentran ocultos en nuestra más profunda y escondida consciencia interior. El germen del terror se encuentra no más allá de la misma naturaleza humana, ese es el motivo de las intensas emociones que lo producen y que él mismo hace nacer.

   Pero a pesar de estos antecedentes, más o menos remotos, el relato de terror tuvo sus verdaderas referencias en la literatura fantástica que irrumpió con fuerza en el panorama del romanticismo de finales del siglo XVIII y durante el siglo XIX, tiempo en que los autores clásicos del género rescataron el cuento de terror de la leyenda y el cuento popular. En estos relatos modernos, los eventos sobrenaturales, a diferencia de las leyendas tradicionales, no ocurren en lugares exóticos o ignotos, sino que suceden aquí y ahora, en el entorno cotidiano. Aún así, no deja de llamar la atención el hecho, aparentemente contradictorio, de que justamente en uno de los períodos históricos más racionalistas, en que la ciencia comienza a dar explicación a algunos de los misterios de la humanidad y el hombre deja de creer en mitos y supersticiones que desde siempre alimentaron su alma de terror, el fantasma comience a poblar una parte no despreciable de la literatura. No es, naturalmente, una obsesión nueva en el hombre, ni tampoco aparece por vez primera en la historia de la literatura, sin embargo, en pocas ocasiones ha despertado tanto interés como en el siglo XIX, y nunca se había erigido, como entonces, en personaje fundamental de un tipo de literatura que, con los años, iría creando sus propias pautas hasta adquirir la categoría de género literario.

   Pero ya desde su nacimiento, la literatura fantástica no presenta las mismas características en los diferentes países en que se cultivó. Rafael Llopis, en su Historia natural de los cuentos de miedo(1), distingue entre la tradición anglosajona y la germánica, denominadas respectivamente de raíz negra y blanca, según la tendencia se encamine hacia el gusto por lo macabro y truculento o hacia lo maravilloso y poético.

El desarrollo del género en el continente

 

   En este apartado se explica el recorrido histórico de la literatura en el continente europeo, es decir, se describe la llamada tradición blanca. Esta corriente se instauró mayormente en Alemania, más respetuosa con los muertos, y que siguió su tradición de cuentos poéticos y legendarios de ambiente brumoso y melancólico, basándose en su folklore y su cultura oral, que permanecían vivos en la mente del pueblo y que los escritores románticos recuperaron en la literatura. También se hace especial hincapié en el autor más significativo del período y la corriente, el alemán Hoffmann.

 

La tradición blanca

   Los relatos fantásticos alemanes suelen evocar ambientes maravillosos mezclados con elementos de la vida diaria. Ludwin Tieck (1773-1853) y Adelbert von Chamisso (1781-1838) fueron dos de los representantes más característicos de esta tendencia. La maravillosa historia de Peter Schlemihl, novela escrita por Chamisso el 1814, es considerada por algunos como la mejor novela fantástica jamás escrita. En ella conviven elementos de cuentos y leyendas tradicionales junto con otros de la realidad cotidiana, pero el libro se recuerda sobre todo por la sugerente historia del hombre que perdió su sombra.

Ernst Theodor Amadeus Hoffmann

   
   

   La figura más importante de cuento fantástico alemán, la que marcaría una fuerte impronta y trascendería las fronteras de su país, dejando muchos seguidores en la literatura europea de la primera mitad del siglo XIX, fue E. T. A. Hoffmann (1776-1822), cuya obra más propiamente fantástica es Las minas de Falún, relato ambientado en la revolución industrial que consigue provocar el efecto fantástico y ejemplifica lo que será el relato fantástico moderno, en el que encontramos indicios de la tecnología moderna, no como explicación del fenómeno irracional, sino como parte de un decorado racional.

   Italo Calvino, en su antología (2) , observó y analizó el particular modo de ver la realidad de Hoffmann, que él denominó lo fantástico visionario, una de las tendencias dominantes de este género en el siglo XIX. En los primeros decenios de ese siglo, particularmente, abunda este tipo de relato donde un elemento visual extraño es motivo desencadenante del conflicto. En todos los casos, nos hallamos ante algo cuya apariencia ambigua esconde un poder maligno capaz de trastornar totalmente la mente del protagonista, llegando, en algunos casos, a producirle la muerte. Otra de las grandes aportaciones de Hoffmann a la literatura fantástica es la del recurso del doble, que consiste en la presencia de un personaje que, poco a poco, va apropiándose de la identidad de otro personaje o bien en el desdoblamiento físico de un ser humano.

El desarrollo del género en las islas británicas

   Gran Bretaña, con su novela gótica, fue la pionera de la novela negra de terror. A lo largo del siglo XVII, y hasta bien entrado el XVIII, aparece un número cada vez mayor de fugaces leyendas y baladas de carácter tenebroso que, no obstante, se conservan bajo el aspecto de literatura aceptada y cortés. Se multiplican las coplas de tema horroroso y espectral, y se observa un gran interés del pueblo por sencillas obras de autores como Daniel Defoe. Pero las clases superiores de la sociedad fueron perdiendo la fe en lo sobrenatural, lo que dio paso a una etapa de racionalismo clásico. Luego, empezando con las traducciones de relatos orientales, y adquiriendo forma definitiva hacia mediados de siglo, acontece el despertar del sentimiento romántico, la era de un goce nuevo de la naturaleza, así como del esplendor de los tiempos pasados, de los escenarios extraños, las acciones valerosas y de las maravillas increíbles. Finalmente, tras la tímida aparición de unas cuantas escenas espectrales en novelas de la época, el instinto de liberación dio origen a una nueva escuela narrativa: la escuela «gótica» de la narración fantástica y de horror, y su evolución en relato corto, la denominada generalmente ghost story, es decir, historia de fantasmas.

La novela gótica

   La tendencia más destacada del relato fantástico surgida en la Gran Bretaña debe su nombre a la presencia casi obligada del castillo medieval, verdadero protagonista de este tipo de literatura, y a su compleja arquitectura repleta de pasadizos secretos, puertas falsas y un sinfín de habitaciones. Esta estructura laberíntica se presta a crear ambientes inquietantes de sombras, ruidos extraños y cadáveres a discreción. De hecho, el castillo se perfila en todas estas narraciones como núcleo del suspense y del espanto demoníaco. El esquema general incluye, además, a un noble malvado y tirano que desempeñaba el papel de villano; a la inocente y virtuosa doncella, largamente perseguida, que sufre los mayores terrores y sirve de punto de vista y centro de las simpatías del lector; al héroe valeroso e inmaculado, de alta cuna pero vestido a menudo con humilde disfraz; y también el convencionalismo de rimbombantes nombres extranjeros para los personajes, y una serie interminable de elementos escenográficos, tales como luces extrañas, trampas húmedas, lámparas apagadas, manuscritos ocultos y mohosos, goznes chirriantes, tapices que se estremecen y demás. Todo este aparato aparece una y otra vez con divertida invariabilidad, a veces con tremendo efecto, a lo largo de la historia de la novela gótica; y no ha desaparecido hoy, ni mucho menos, aunque una técnica más sutil le confiere una forma menos ingenua y evidente.

   La primera novela gótica donde aparecen todos los elementos que constituyen la esencia del género es El castillo de Otranto (1764), de Horace Walpole (1717-1798). La historia tiene un estilo animado y prosaico cuya vivacidad impide la creación de una atmósfera auténticamente espectral en ningún momento. Nos habla de Manfredo, príncipe usurpador y sin escrúpulos, decidido a fundar una dinastía, el cual, tras la muerte súbita y misteriosa de su único hijo, intenta casarse con la dama destinada al malogrado hijo, Isabel, que huye ante los designios de Manfredo, y encuentra en las criptas subterráneas del castillo a un noble y joven protector, Teodoro, con aspecto de campesino, aunque tiene un sorprendente parecido con el antiguo señor que gobernaba el dominio antes de la época de Manfredo. Poco después, el castillo se ve asediado por fenómenos sobrenaturales de diverso carácter: aquí y allá aparecen fragmentos de una armadura gigantesca, un retrato se sale del cuadro y camina, un trueno destruye el edificio, y un espectro colosal y armado surge de las ruinas del castillo. Finalmente se descubre que Teodoro es hijo del anterior señor del castillo y legítimo heredero de las posesiones.

   La historia creada por Walpole, del que vemos un retrato en la ilustración, se considera acartonada, y completamente desprovista del horror que caracteriza a la literatura preternatural. Pero era tal la apetencia que la época sentía por estas pinceladas de extrañeza, y por la espectral antigüedad reflejada en ellas, que la obra fue acogida con toda seriedad por los lectores más sesudos, y puesta en un encumbrado pedestal dentro de la historia literaria. Lo que hizo por encima de todo lo demás fue crear un tipo de escenario, de personajes y de incidentes enteramente nuevos, los cuales, manejados con habilidad por manos más diestras darían lugar a grandes novelas de la escuela gótica.

   Una de las autoras más importantes del género fue Anne Radcliffe (1746-1823), cuyas famosas novelas hicieron del terror y el suspense una moda, e instauraron nuevas pautas en lo que atañe a la atmósfera aterradora y macabra. La autora inglesa escribió alrededor de seis novelas, de la que destaca Los misterios de Udolpho (1794). Puede considerarse a esta novela prototipo de la novela gótica del primer período. Sin embargo, las obras consideradas culminantes de este género son: El monje y Melmoth el errabundo.

 

   El monje (1795) de Matthew Gregory Lewis (1775-1818), autor educado en Alemania, saturado de delirantes tradiciones teutonas desconocidas por sus predecesores y del que podemos ver un retrato, dio al terror formas más violentas de lo que nadie se habría atrevido a pensar; y el resultado fue una obra maestra de viva pesadilla cuyo carácter gótico esta sazonado con cantidades adicionales de elementos macabros.

   La historia trata de un monje español, Ambrosio, a quien hace caer desde su estado de orgullosa virtud al fondo mismo del mal un demonio que adopta la forma de la joven Matilde, el cual, cuando finalmente el desdichado espera la muerte a manos de la Inquisición, le induce a comprar su huida al Demonio, quien pone como precio su alma, porque, le dice que tanto el cuerpo como el alma los tiene perdidos. Seguidamente, el Demonio lo lleva a un paraje solitario, le dice que ha vendido su alma en vano, ya que estaba a punto de concedérsele el perdón y una posibilidad de salvarse en el momento de su horrenda transacción, y consuma la sarcástica traición reprochándole sus crímenes enormes, y arrojándole al precipicio, con lo que hunde su alma en la perdición eterna. La novela contiene descripciones sobrecogedoras, como los conjuros en la cripta bajo el cementerio del convento, la quema del convento y el fin último del desdichado abad. Sin embargo, El monje es una novela que resulta demasiado larga y difusa, y pierde fuerza a causa de su ligereza, así como por la exagerada reacción contra aquellos cánones del decoro que Lewis despreciaba al principio por considerarlos mojigatos.

   Las novelas góticas empezaron a aparecer ahora, tanto en Inglaterra como en Alemania, en profusión multitudinaria y mediocre, pero la mayoría eran simplemente ridículas a la luz del gusto maduro. La escuela de lo gótico se estaba agotando; sin embargo, antes de su desaparición surgió su última y más grande figura en la persona de Charles Robert Maturin (1782-1824) que concibió finalmente la obra maestra del horror, Melmoth el errabundo (1820), en la que la novela gótica alcanza unas alturas de pavor espiritual como jamás había conocido.

   
   

   Melmoth es la historia de un caballero irlandés que, en el siglo XVII, consigue prolongar la vida por mediación del Diablo, a cambio de su alma. Si logra persuadir a otro de que le libere de esta transacción y asuma su estado, se salvará; pero no consigue llevar a efecto este intercambio, por muy insistentemente que acosa a aquellos a los que la desesperación vuelve imprudentes y frenéticos. La estructura del relato es muy torpe y exageradamente larga, pero en diversos momentos de la novela se siente el pulso de una fuerza inexistente en las obras anteriores de este género, una afinidad con la verdad esencial de la naturaleza humana, una comprensión de las fuentes más hondas del auténtico miedo y una abrasadora pasión de simpatía por parte del escritor. Realmente, el estilo de Maturin, al que vemos en la ilustración, merece un elogio especial, pues su forma directa y su vitalidad se elevan por encima de las pomposas artificiosidades de que pecan sus predecesores.

   La novela gótica cumple finalmente con su ciclo, el que comenzó como una rebelión ante la Edad de la Razón y finaliza con la incorporación de la razón como determinante del terror.

La ghost story

   De la novela gótica, y en plena época victoriana, derivan los populares relatos de fantasmas o ghost stories que proporcionarían placenteras y aterradoras veladas a los lectores hasta el primer cuarto del siglo XX. Brevedad, humorismo y realismo son sus principales características. Brevedad, porque era mucho más sencillo mantener el suspense durante unas pocas páginas que pretender prolongarlo en obras extensas; el lector, además, quería un poco de emoción condensada. Humorismo, porque era la fórmula más idónea para que el lector inglés aceptara los elementos fantásticos e increíbles que la historia le proponía; de ese modo, si los personajes mantenían una actitud escéptica o irónica ante acontecimientos extraños, el lector se identificaba con aquéllos y, en el desenlace final, unos y otros no tenían más remedio que rendirse ante la evidencia. Finalmente, realismo como reacción a los ambientes góticos del romanticismo. Ahora los relatos se desarrollan en un escenario cotidiano donde personajes normales y corrientes viven sus días de forma rutinaria, recurso utilizado para desarmar al lector cuando el terror aceche, ya que, por el trasfondo realista, puede identificarse plenamente con la historia y sus protagonistas.

 

   La historia de Willie el vagabundo (1824) y La cámara de los tapices (1829), del novelista escocés Sir Walter Scott (1771-1832), en la ilustración, son las primeras obras maestras de este género. Pero, diez años más tarde aparecen los relatos de Joseph Sheridan Le Fanu (1814-1873), que crean un terror misterioso superior al logrado por cualquier otro. Este autor fue el verdadero impulsor del relato de fantasmas y el primero en recurrir, de modo efectivo, a teorías filosóficas para hacer verosímiles sus relatos. El público victoriano no se contentaba con las argumentaciones pseudofilosóficas extraídas de creencias populares con que los románticos fundamentaban sus obras, sino que exigía mayor rigor y coherencia lógica para racionalizar lo sobrenatural y poder creer, durante unos instantes, en ello.

   Los relatos de fantasmas alcanzan su madurez, sin embargo, con M. R. James (1862-1936), que se dedicó a escribir este tipo de literatura para amenizar las veladas navideñas de sus compañeros del aristocrático colegio de Eton, del que era director, y para distraerse de sus aburridas tareas profesionales. Sus relatos tienen el ambiente erudito y acogedor de Cambridge; sus personajes viven rodeados de libros y antigüedades y sus preocupaciones giran en torno al saber y la investigación. En sus cuentos no falta un fino sentido del humor que suele practicar con juegos de palabras y equívocos producidos por diferencias de acento característico de los distintos condados y clases sociales inglesas. La aparición del fantasma suele ir precedida de una serie de preparativos que van enrareciendo el clima de placentero bienestar que el protagonista disfrutaba. Premoniciones, avisos y sospechas asaltan a los personajes, que ve incluso cómo el espacio y cuanto le rodea, descrito con minuciosidad y realismo al principio, se vuelve activo y malicioso. En muchos cuentos además, para dar mayor verosimilitud a sus relatos y complacer así a su descreída y docta audiencia, James recurría a citas, referencias, libros y documentos que servían de apoyo a las teorías expuestas y, de paso, ofrecía una imagen irónica y a veces autoburlesca.

   Después de M. R. James, los relatos de fantasmas inician su decadencia y, al igual que sucedió con la novela gótica, surge una nueva tendencia de la mano de Arthur Machen y Algernon Blackwood, quienes ofrecen al público terrores acordes con los nuevos tiempos. Y es que la crisis del racionalismo y las convulsiones políticas y sociales de principios de siglo, por un lado, y el aumento del número de los adelantos científicos, por otro, contribuyen a crear un sentimiento de inseguridad y de cambio de los valores tradicionales; el fantasma, pues, deja de provocar miedo y el cuento fantástico retrocede a épocas primitivas para buscar los terrores más antiguos de la humanidad.

Edgar Allan Poe

   Capítulo aparte merece Edgar Allan Poe, maestro indiscutible del arte de narrar que representará la perfecta síntesis de las tradiciones blanca y negra, lo macabro y lo feérico, lo fantástico visionario y lo fantástico interior; su obra nos muestra con igual intensidad a la ensangrentada muchacha que se levanta de la tumba después de permanecer varios días enterrada de La caída de la casa Usher como la sugestión de un asesino psicópata que quiere liberar su alma mediante un monólogo cargado de tensión en El corazón delator.

   
   

   Los temas de Poe nacen de forma irremediable de su mundo interior: obsesiones, alucinaciones, sueños… se transforman en materia literaria que el escritor elabora y ordena creando mundos habitados por extraños personajes, que actúan movidos por impulsos ajenos a la mayoría de los humanos, a pesar de la tendencia reflexiva y racionalizadora que les suele caracterizar. Sin embargo, la fascinación que los cuentos de Poe ejercen se debe, principalmente, a su capacidad para crear ambientes densos y compactos donde el lector se sumerge de forma irremediable desde el principio hasta el fin. Y es que Poe tenía una gran habilidad para expresar con palabras justas lo que quería decir, sin añadir nada que pudiera estorbar el centro de la historia. Este sentido económico del lenguaje, junto con su capacidad para la creación de mundos herméticos donde la intriga se mantiene hasta el final, hacia el que confluye toda la historia, le han dado la justa fama de creador del relato breve moderno.

   Antes de Poe, los cultivadores del relato preternatural habían trabajado generalmente sin comprender la base psicológica del atractivo del horror, y obstaculizados por una mayor o menor adecuación a convencionalismos literarios vacíos tales como el final feliz, la virtud recompensada y, en general, una didáctica moral huera, una aceptación de modelos y valores populares y una imposición a sus propias emociones en el relato, tomando el partido de los defensores de las ideas artificiosas de la mayoría. Poe, por otra parte, percibía la impersonalidad esencial del artista verdadero, y sabía que la función de la ficción creadora consiste meramente en expresar e interpretar los sucesos y los sentimientos tal como son, sin tener en cuenta hacia dónde tienden o qué demuestran, si el bien o el mal, lo atractivo o lo repulsivo, lo estimulante o lo deprimente, haciendo siempre de cronista vivo e independiente, más que de maestro, simpatizante o vendedor de opiniones. Vio claramente que, para el artista, todas las fases de la vida y del pensamiento son igualmente elegibles como tema; y dado que por temperamento se sentía inclinado a lo extraño y lo melancólico, decidió hacerse intérprete de esos poderosos sentimientos y sucesos a los que suele acompañar el dolor más que el placer, la decadencia más que el esplendor, el terror más que la serenidad, y que son fundamentalmente adversos o indiferentes a los gustos y sentimientos tradicionales y externos de la humanidad, así como a la salud, la cordura o el bienestar normal y expansivo de la especie.

   
   

   Los espectros de Poe adquieren de este modo una malignidad convincente que no posee ninguno de sus predecesores, e instauran un nuevo modelo de realismo en los anales de la literatura de horror. Su intención impersonal y artística estuvo favorecida, además, por una actitud científica que no es frecuente encontrar antes de él, por lo que Poe estudia la mente humana más que los usos de la ficción gótica, trabaja con unos conocimientos analíticos de las verdaderas fuentes del terror que duplican la fuerza de sus relatos y los libran de todos los absurdos inherentes al estremecimiento convencional y estereotipado. Consiguió la elevación de la enfermedad, la perversión y la corrupción a la categoría de motivos artísticamente expresables. De hecho, puede decirse con justicia que Poe inventó el relato corto en su forma actual.

Herederos de Hoffmann

   La literatura fantástica no sólo proliferó en países de cultura anglosajona y germánica, como hemos visto, sino que fue cultivada con gran éxito en distintos ámbitos geográficos y, particularmente, en Francia. El descubrimiento de Hoffmann y de Poe en este país originó una serie de imitadores que crearon piezas literarias de indudable valor. Entre los autores mas destacados cabe mencionar a Charles Nodier, introductor de la novela gótica en Francia, donde tuvo una gran acogida; a Honoré de Balzac, que junto a su conocida obra La comedia humana escribió importantes relatos fantásticos, sobre todo en su primera época; y, finalmente, Téophile Gautier (1811-1872), principal seguidor de Hoffmann en Francia y autor, entre otros muchos relatos, de La muerte enamorada, obra maestra del género que trata sobre el tema del vampirismo.

   
   

   En la segunda mitad del siglo XIX, ya lejos del romanticismo y en pleno movimiento naturalista, surge un escritor, Guy de Maupassant (1850-1893), cuya obra fantástica no pertenece a ninguna escuela y que es más conocido por sus obras de tinte realista, como sucede con otros autores del género. A partir de 1884, cuando ya era un escritor conocido y de prestigio dentro del movimiento naturalista, empezaron a manifestarse en él los síntomas de una enfermedad que, paulatinamente, enajenaría su mente y lo arrastraría hasta la locura y la muerte. Fue también a partir de entonces cuando empezó a escribir relatos fantásticos que surgieron, en parte, como una necesidad de expresar el terror que iba apoderándose de su alma enferma, de ahuyentar las pesadillas que lo acosaban y que él convertía, de esta manera, en materia artística. Cuentos como El Horla, ¿Quién sabe?, La mano o Un loco son la expresión desesperada de un enfermo que siente, poco a poco, su desintegración.

El relato materialista de terror del siglo XX

   
   

   Como ya habíamos adelantado, a finales del siglo XIX y principios del XX se produjo un cambio bastante radical en las temáticas en que se basaban los cuentos de horror. En cierto modo, el fantasma se podría decir que ya no producía terror, el miedo a la muerte había sido sustituido por el miedo a las atrocidades que podrían ocurrir en vida. Estas nuevas temáticas que estudiaron los más profundos miedos del ser humano fueron ampliamente tratados por diversos autores, de los que citaremos los más importantes y representativos.

   El galés Arthur Machen (1863-1947) es el primer escritor totalmente desinteresado por los fantasmas y preocupado, en cambio, por lo que Llopis denomina los “arquetipos”, es decir, «los fenómenos naturales de ahora y de siempre, las constantes de la naturaleza y del hombre vividas desde un nivel primordial de la conciencia que quedó acuñado para siempre en épocas remotas, modelado por anhelos y terrores ancestrales»(3) . Los personajes de Machen dedican todo su saber secreto y terrible a la búsqueda de las fuerzas ocultas que alguna vez gobernaron el mundo y que hoy permanecen olvidadas para la mayoría de los mortales. Sus héroes son seres extraños a los ojos de la sociedad y cumplen de forma irremediable la misión que parece habérseles encomendado: el conocimiento de estas divinidades antiguas, de estas fuerzas espantosas y secretas para las que no existe ningún nombre capaz de designarlas y bajo las cuales las almas de los hombres se marchitan, mueren y ennegrecen, como dice un personaje de El gran dios Pan (1894), obra maestra del autor, que se centra en un terrible y singular experimento y sus consecuencias, y donde encontramos una frase que describe de manera formidable el terror que sus narraciones pueden llegar a provocar. Uno de los personajes hace la siguiente reflexión: «Es demasiado increíble, demasiado monstruoso; tales cosas no pueden existir en este mundo pacífico… Porque, mire usted, si tal cosa fuese posible, nuestra tierra sería una pesadilla».

   
   

   Al igual que Machen, Algernon Blackwood (1869-1951) pretendió ir un poco más allá del relato de fantasmas tradicional, y, para ello, elige la naturaleza como medio para apelar a los terrores del alma. Sus obras se desarrollan en solitarios parajes, tanto campestres como urbanos, pero siempre aislados, que nos sobrecogen por su grandiosidad y misterio. Sus personajes buscan, con cierta nostalgia, lo que podríamos llamar el paraíso perdido, el estado natural y primitivo de la conciencia humana cuando se sentía plenamente integrada en la naturaleza y formando parte de ella.

   Los cambios producidos por Machen y Blackwood, entre otros escritores, confluyen en la obra, plenamente enmarcada ya en el siglo XX, de H. P. Lovecraft, máximo exponente del relato materialista de terror.

Howard Philips Lovecraft

   
   

   Lovecraft, un hombre enfermizo y misántropo de Nueva Inglaterra, marcaría una nueva revolución en la literatura de terror. Por ese motivo y por su gran relevancia, exige que se le dedique un apartado de forma íntegra para analizarlo con la profundidad adecuada. Básicamente, tal y como mantiene en su estudio teórico, consideraba que la literatura fantástica tiene como fundamento el miedo a lo desconocido, elemento que utilizó abundantemente en su obra y que podemos afirmar como su leit motiv.

   Una de las grandes aportaciones de Lovecraft fue el pequeño mundo creado por y para sus cuentos. El autor creó una mitología, una geografía y una cultura completamente propias:

   - Lovecraft imaginó su propia mitología, que detallaremos más adelante, con un panteón regido por criaturas ciclópeas sumidas en una muerte-sueño milenaria, esperando volver a este mundo cuando algún hombre recite las invocaciones arcanas. Estos dioses son seres más poderosos que el hombre y de una dimensión diferente. Criaturas amenazadoras, enemigos de la raza humana, que pretenden aniquilar a los seres humanos y dominar el planeta. Los dioses de Lovecraft simbolizan arquetipos poderosos que pueblan el inconsciente colectivo de la humanidad y yacen reprimidos en una enorme ciudad sumergida situada en mitad del Pacífico, esperando la oportunidad para avasallar la conciencia y dominar nuestros actos.

   - Creó también una serie de localidades de Nueva Inglaterra en las que localizar sus cuentos. Son claros ejemplos las ciudades imaginarias de Arkham, Dunwich, Innsmouth y la Universidad de Miskatonic, centro del estudio y del culto a los Primigenios. Estos lugares donde tiende a ocurrir lo sobrenatural, a pesar de no existir en la realidad, no dejan de ser realistas pues no presentan ningún aspecto fuera de lo normal.

   - También creó una cultura bibliográfica verosímil, la cual sustentaba sus mitos y era citada en varias de sus obras. El famoso Libro de Al Azif o Necronomicón, escrito por el árabe loco Abdul al Hazred, es el punto de contacto entre el mundo arcano y el real.

   Destaca El horror de Dunwich como modelo de su obra fantástica, ya que en este relato encontramos elementos propios de este género: el contacto con la otra dimensión, las criaturas que la habitan y el Necronomicón como la llave entre nuestro mundo y el otro. Por otra parte, la ciencia y sus limitaciones suelen estar presentes en la literatura fantástica en el enfrentamiento con el fenómeno sobrenatural, en la piel de profesores o científicos que tratan de resolver las incertidumbres de lo fantástico. Un ejemplo de esto lo tenemos en ese mismo cuento, en el que un profesor de la Universidad de Miskatonic define un monstruo como “una imposibilidad en un mundo normal”.

Teogonía de los dioses Lovecraftianos

   
   

   Lovecraft llegó a crear un verdadero panteón de Dioses, comparable casi a las mitologías tradicionales de las culturas humanas o a la creada por Tolkien para su Tierra Media. Pero, a pesar que Lovecraft fue el creador de la nueva religión, él nunca intentó sistematizar los mitos como lo hiciera Hesíodo con los mitos griegos. Solo dejó clara la base sobre la cual se inventarían las más terribles historias. Esta idea central era que antes de que apareciera el hombre, la Tierra había tenido otros amos. El verdadero sistematizador de los mitos fue sobre todo August Derleth. Él fue el creador de lo benignos Dioses arquetípicos y del sello sagrado de estos: una piedra en forma de estrella de cinco puntas que es el talismán más eficaz contra los Primordiales. Pero Derleth intentó sistematizarlos mediante sus propios relatos mientras que Lin Carter(4) , erudito, teólogo, y bibliógrafo de la relación Lovecraftiana, resume los mitos de la manera siguiente:

   «Estudiando las divinidades y los demonios que aparecen en los mitos de Cthulu se induce que la tesis de Lovecraft, la fuente misma de los mitos, es que, en épocas geológicas muy remotas nuestro mundo fue habitado y gobernado por grupos de dioses diabólicos y de divinidades benévolas mucho antes de que apareciese el hombre en la Tierra, ésta era compartida por los primigenios y la Gran Raza de Yith, quienes cayeron en discordia y se alzaron contra sus propios creadores, es decir, contra los misteriosos Dioses Arquetípicos, primeros pobladores de los espacios estelares. La Gran Raza, constituida por seres espirituales e inmateriales que parasitaban cuerpos ajenos, abandonó las zonas terráqueas por ella dominadas y huyó a través del tiempo hasta el siglo CC, en el que se apoderaron de los cuerpos de una raza de escarabajos que sucederá al hombre, en esa época remota, como forma de vida dominante en el planeta. Los Primigenios, sin rival ya, quisieron dominar el mundo y en combate con los Dioses Arquetípicos que moraban en Betelgeuse, les robaron ciertos talismanes y sellos y determinadas tablillas de piedra cubiertas de jeroglíficos, que ocultaron en un planeta próximo a la estrella Celaeno.

   Los Dioses Arquetípicos castigaron esta inoportuna e impropia rebelión. Aunque los Primigenios, bajo la orden de Azathoth, combatieron largamente, por último fueron vencidos y expulsados o apresados. Hastur el Inefable fue exiliado al lago de Hali, cerca de Carcosa, en las Híadas próximas a Aldebarán; el Gran Cthulhu fue mantenido en un letargo mágico, similar a la muerte, en la cósmica ciudad sumergida de R’lyeh, situada no lejos de Ponapé, en el Pacífico; Ithaqua, El Que Camina En el Viento fue desterrado a los helados desiertos árticos, de los que un sello poderoso le impide escapar. Yog-Sothoth fue expulsado de nuestro continuo espacio-tiempo y fue lanzado al Caos junto con Azathoth, a quien, además por haber sido el cabecilla de la rebelión, los Dioses Arquetípicos privaron de inteligencia y de voluntad. Tsathoggua fue arrojado a una caverna situada bajo el Monte Voormithadreth en Hyperbórea, junto con algunos dioses menores como Abhoth y Atlach-Nacha. Cthugha fue exiliado en la estrella Fomalhaut. Ghatanothoa, el Dios-Demonio, fue sellado en las criptas que se extienden bajo una arcaica fortaleza construida por los crustáceos de Yuggoth en la cima del Monte Yadith-Gho, que domina la primitiva ciudad de Mu. Muchos dioses menores fueron obligados a refugiarse en el negro castillo de ónice que corona la ciudad de Kadath, situada en el Desierto de Hielo, en la zona en que el mundo de los sueños penetra en nuestra Tierra. De los Primigenios Mayores, solo Nyarlathotep parece haber evitado tanto prisión como exilio.

   Pero, antes de ser derrotados en la primera de las guerras, los Primigenios Mayores habían engendrado una multitud de sicarios infernales que desde entonces se esforzaran por liberarlos de nuevo; sin embargo, ni siquiera los Profundos de R’lyeh, seres marítimos y anfibios, pueden levantar ni tocar el Signo Arquetípico, poderoso Sello de estos Dioses, que mantiene a Cthulhu dormido en la muerte. Y, aunque en la página 751 de la edición completa del Necronomicón figura el famoso Noveno Verso que, debidamente entonado, devolverá la libertad a Yog-Sothoth y dará origen a su retorno anunciado por los profetas, ninguno de sus adoradores humanos o inhumanos ha conseguido hasta la fecha liberarlo. En ocasiones alguien ha conseguido levantar el Sello Arquetípico, pero siempre ha sido vuelto a colocar en su sitio, bien por intervención directa de los propios Dioses, bien de sus muchos servidores humanos. Sin embargo, Al Hazred ha profetizado que, por fin, los Primigenios serán liberados y regresarán. Debemos suponer, pues, que, en algún futuro incierto, volverán a disputar una vez más el Universo a los Dioses Arquetípicos.»

La bibliografía de Lovecraft. El Necronomicón.

   La mitología lovecraftiana no solamente es rica en dioses y lugares sagrados en los cuales ocurrieron hechos trascendentales sino que también posee multitud de libros proscritos y profanos que no deberían ser leídos. Al parecer, en ellos se alude veladamente, bajo parábolas y símbolos y a menudo en forma fragmentaria, a oscuros arcanos que solo los adeptos saben interpretar.

   Algunos de dichos libros tienen existencia real, como el The saurus Chemicus de Bacon, la Turba Philosophorum, The Witch-Cult in Western Europe de Murray, De Masticatione Mortuorum in tumulis de Raufft, el Libro de Dzyan, la Ars Magna et Ultima de Llull, el Libro de Thoth, el Zohar, la Cryptomensis Patefacta de Falconer o la Polygraphia de Trithemius. Estos libros se citan sobre todo por sus nombres rimbombantes y misteriosos, pero, naturalmente, tienen en realidad muy poco o nada que ver con los Mitos. De los demás, sin embargo, la mayoría es puramente inventada y tratan directamente de los Mitos entre otros temas esotéricos. Entre ellos, los principales son el Libro de Eibon, El texto R’lyeh, los Fragmentos de Celaeno, los Cultes des Goules del conde d’Erlette, De Vermis Mysteriis de Ludvig Prinn, las Arcillas de Eltdown, el People of the Monolith de Justin Geoffrey, los Manuscritos Pnakóticos, los Siete libros Crípticos de Hsan, los Unaussprechlichen Kulten de Von Junzt y, sobre todo, el Necronomicón de Abdul Al Hazred. Libro este que fue descrito con tal lujo de detalles que mucha gente llegó a creer en su existencia real. De hecho, Derleth relata en un divertido artículo cómo, al principio, algunos lectores engañados empezaron a insertar anuncios, solicitándolo, en las revistas más serias y respetables. Luego, ya como broma, ya como estafa, el Necronomicón comenzó a aparecer en la sección de ofertas de la prensa y, por fin, hasta en los catálogos de los libreros de viejo. Derleth cita el siguiente anuncio, aparecido en 1962 en el Antiquarian Bookman: «Al Hazred, Abdul. Necronomicón, España, 1647. Encuadernado en piel algo arañada descolorida, por lo demás buen estado. Numerosísimos grabaditos madera signos y símbolos místicos. Parece tratado (en latín) de Magia Ceremonial. Ex libris. Sello en guardas indica procede de Biblioteca Universidad Miskatonic. Mejor postor.» Asimismo, el libro ha sido a menudo solicitado en las bibliotecas públicas y, lo que es más gracioso, incluso ha aparecido en los propios ficheros de éstas. En 1960 se descubrió, en el archivo de la Biblioteca General de la Universidad de California, una ficha, elaborada sin duda por un estudiante, que detallaba las características editoriales del Necronomicón, situándolo en la selección restringida de la sección de religiones primitivas.

 

 

 

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