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Günter Grass Fue miembro de las SS

Günter Grass: “Fui miembro de las SS”

  Großansicht des Bildes mit der Bildunterschrift: Günter Grass confiesa un lado oscuro de su juventud.

El premio Nobel alemán de Literatura sorprendió a la opinión pública revelando un aspecto hasta ahora desconocido de su vida, que pesó sobre él como un lastre desde el término de la II Guerra Mundial.

   

El premio Nobel de Literatura Günter Grass jamás ocultó que en su juventud había sido permeable a la propaganda del régimen nazi. Pero nunca había confesado que perteneció a las “Waffen SS“, una tropa armada de elite del nazismo. Ahora lo hizo, en una entrevista concedida al periódico Frankfurter Allgemeine Zeitung (FAZ), faltando pocas semanas para que aparezca su autobiografía “Beim häuten der Zwiebel”, que quiere decir tanto como “pelando la cebolla, capa por capa”.

 

El peso de una mácula

 

Esta capa de su juventud probablemente haya sido la más amarga para el autor del “Tambor de Hojalata”, que entretanto se ha convertido en una especie de conciencia crítica de Alemania. “Dando una mirada retrospectiva, siempre lo sentí como una mácula, que me afligía y sobre la que no podía hablar. Era algo que alguna vez debía ser escrito”, indicó el literato a la agencia alemana de prensa. En la entrevista que el FAZ publica este sábado, se explaya más acerca de cómo llegó a las SS. Relata, por ejemplo, que el año 1944 se había presentado de voluntario para servir en un submarino “lo cual era igualmente desquiciado”, pero no lo aceptaron. En cambio, fue reclutado para una división perteneciente a las SS que, según hace notar, en los últimos meses de la guerra tomaba “todo lo que podía encontrar”.

 

Grass explica en la entrevista que, en ese entonces, “las SS no eran nada atemorizante, sino una tropa de elite que siempre era enviada donde las cosas estaban difíciles y que, según se decía, siempre sufría las mayores bajas”. Sin embargo, más adelante, fue invadiéndolo un sentimiento de culpa y de vergüenza, ligado a la una pregunta: “¿Podrías haberte dado cuenta en ese momento de lo que estaba ocurriendo contigo?” Cabe hacer notar que, por aquel tiempo, tenía sólo 17 años.

 

Lección aprendida

 

El literato afirma que el vivió su proceso de aprendizaje y extrajo las conclusiones de lo ocurrido. Pero, el largo silencio guardado a los largo de décadas acerca de estos hecho, reflejan cuán difícil le ha resultado enfrentar este episodio de su juventud, similar a la de tantos otros alemanes de la época. Quizá el hecho de hacerlo ahora públicamente repercuta también en la forma en que se valore su figura. Por lo pronto, obligará a reformular algunas biografías en las que se aborda esta etapa de la guerra.

 

No obstante, su pertenencia a las SS no es el tema predominante en la autobiografía de Grass. Esa “cebolla” tiene muchas capas y cada una representa una faceta, de seguro interesante de conocer de la pluma de este autor.

SOBRE MI MAESTRO DÖBLIN

 

SOBRE MI MAESTRO DÖBLIN

 

No lo conocí nunca, y me lo imagino así: menudo, nervioso, impulsivo y miope, por lo que está situado excesivamente cerca de la realidad; visionario taquígrafo a quien la acometida de las ideas no deja tiempo para armar escrupulosos periodos. Entre libro y libro emprende nuevos comienzos, se rebate a sí mismo y sus cambiantes teorías. Manifiestos, ensayos, libros y pensamientos se pisan mutuamente los talones, creando una congestión impenetrable. ¿Dónde está el autor?

Al hablarse hoy en día de Alfred Döblin —cuando por cualquier motivo se menciona a Döblin—, la mayoría de las veces es con referencia a Alexanderplatz [Plaza Alexander], Esta simplificación de un escritor, a quien quisiera poner junto y frente a Thomas Mann, junto y frente a Bertolt Brecht, este reconocimiento exclusivo a una sola obra, tiene sus razones. El trabajo de Thomas Mann y más aún el de Bertolt Brecht encuadraron conscientemente en el plan clasicista concebido y realizado con detalle por los propios autores. De manera verificable y no desprovista de alusiones a la época clásica prolongada por ellos, estos escritores colocaron un sillar tras otro sobre los claros perfiles de la base; si bien Brecht trató de derribar el concepto con una obra como Die Massnahme [La medida], abandonó el intento con suficiente prontitud como para facilitar la nivelación de esta fase de ruptura a los intérpretes posteriores de su obra.

La bibliografía crítica sobre ambos autores abarrota las estanterías. Con tantas interpretaciones, pronto no habrá quedado nada de Brecht, como ha sucedido con Kafka. Alfred Döblin se salvó de tales secuestros a las alturas olímpicas. Este escritor anticlásico no contó nunca con una comunidad, ni con una comunidad de enemigos; la selección de sus obras efectuada por Walter Muschg para la editorial Walter Verlag ha resultado casi imposible de vender.

Generaciones enteras crecieron “platterdings” con Thomas Mann; la palabrita “kafkiano” nos sale fácilmente en cuanto tenemos problemas con las autoridades; nuestros brechtómanos se reconocen por sus construcciones participiales. Alfred Döblin es el único que no mueve los congresos, atrae rara vez el esfuerzo de nuestros germanistas y seduce a pocos lectores. Incluso el famoso Alexanderplatz no ha podido celebrar un retorno en el Berlín actual: Franz Biberkopf, por frecuentes que sean nuestros encuentros con él en la taberna de cualquier esquina, ha permanecido en Berlín Oriental, a pesar de lo tentadora que pudiera ser hoy en día la venta del Morgenpost para ese voceador esporádico de periódicos nacionales de aquel entonces.

Por ello se permitirá al que esto escribe dejar respetuosamente a un lado a Mann, Brecht y Kafka, pese a su grandeza descollante y tan a menudo citada, y expresar el agradecimiento del alumno hacia su maestro: debo mucho a Alfred Döblin, es más, no puedo imaginarme mi prosa sin los elementos futuristas de su obra, desde Wang-Lun hasta Wallenstein, y desde Berge, Meere und Giganten [Montañas, mares y gigantes] hasta Alexanderplatz; con otras palabras, puesto que los escritores no somos nunca autónomos sino que tenemos nuestro origen, afirmaré lo siguiente: procedo de aquel Döblin que, antes de derivar de Kierkegaard, había venido de Charles de Coster y quien, al escribir Wallenstein, reconoció este origen.

Lo mismo que Ulenspiegel, Wallenstein no es una novela histórica. Döblin ve la historia como un proceso absurdo. Frente a él, ningún espíritu hegeliano del siglo cabalgará sobre los campos de batalla. Sus héroes contra el absurdo —sea Franz Biberkopf en Alexander-platz o Edward en la novela Hamlet— tienen una cosa en común con Tyll Claes de de Coster: la “rectitud” de Kierkegaard, que por cierto no se percibe en Wallenstein, la epopeya influida directamente por de Coster. En la novela Wallenstein, el desarrollo histórico de un absurdo excedido en forma visionaria es expuesto fríamente y como en ausencia del autor, para luego hacerse pedazos varias veces.

Sin embargo, antes de hablar de Wallenstein, que en realidad debería intitularse “Fernando el otro”, trataremos de ubicar este libro entre todos los de Döblin. En uno de sus últimos ensayos, “Epilog” [Epílogo], Döblin habla de su obra, es más, la tilda de superflua. Como si tal cosa, con desidia e impaciencia, la enumera y al mismo tiempo se distancia de ella: según él, sólo tiene importancia el último libro, Hamlet oder die lange Nacht nimmt ein Ende [Hamlet o la larga noche llega a su fin]. Ha adoptado el catolicismo; con la convicción incondicional del católico converso, la propia obra se le antoja vana. Vuelta ya la espalda, echa una mirada atrás: “Nuestro espíritu infame no puede estar quieto… Satanás anda entre nosotros.” Este soñador de la razón, el observador reservado e indiferente de las masas a la deriva y de una realidad contradictoria, el explorador de movimientos simultáneos, frenados y anulados recíprocamente, este arquitecto de un mundo utópico que pintó el deshielo de Groenlandia sobre la pantalla grande, es vencido por la fe; no alcanzo ya a comprenderlo.

Un hombre, el emigrante Döblin, se dedica a leer a Kierkegaard en la Biblioteca Nacional y comienza, inevitablemente, a convertirse primero en cristiano y luego en católico. Otro lee, qué sé yo, la Biblia, y se vuelve marxista. A los 14 años leí Crimen y castigo, no entendí nada y entendí demasiado. ¿Los frutos usuales de la lectura? Lo dudo. Más bien, el libro como detonador retardado: armado por el autor, explota en la cabeza del lector; podemos suponer que Döblin tuvo siempre dispuesto el detonador para el caso de que un día, como por casualidad, en medio de la búsqueda de atlas y relaciones de viaje, y tan solitario como sólo es posible estarlo en la Biblioteca Nacional de París, se topara con Kierkegaard como iniciador, y con ello al menos se insinúa el efecto de un libro, que a menudo es retrasado por décadas. Sabemos poco acerca del efecto de los libros. Aún menos idea tiene el autor de dónde caerá su palabra.

Aquí, el hombre que estudia al pueblo en lo práctico y lo mundano, que sobre todo en Alexanderplatz hace competir, directa e indirectamente, el discurso hablado con el monólogo interior; allá, la cabeza ingeniosa de un hombre cuyas visiones y utopías se dedican incansablemente a buscar el éxtasis místico. ¿Dónde está el autor? Pregunta que demanda una respuesta fija. ¿Debemos buscarlo en las selvas de una nación jesuítica del Amazonas, en el matadero de Berlín o postrado delante de un altar de la Virgen, cuyo carácter pagano nos remite a Vaneska, la reina-madre de su utópico dominio de trovadores posterior al deshielo de Groenlandia? Una cosa es segura: Döblin sabía que un libro debe ser más que el autor, que para un libro el autor es sólo el medio con vistas a un fin y que el autor ha de cultivar escondites que abandona para proclamar su manifiesto y que utiliza para refugiarse detrás del libro.

El epílogo de Döblin comienza de la siguiente manera: “Existe un montón de libros… ‘existir’ es el término equivocado, debe decirse: hay, se escribieron durante un periodo de cinco décadas, pero no existen.” Después de los tempranos cuentos expresionistas, compilados posteriormente en el libro Die Ermordung einer Butterblume [El asesinato de un diente de león], publica su primera novela, Die drei Sprünge des Wang-Lun [Los tres saltos de Wang-Lun], en 1912, y en el acto empieza su existencia, aunque por lo pronto sin éxito.

Wang-Lun

, el líder de los débiles y los indefensos, se hace culpable al querer erigir la debilidad en una ideología. Las atrocidades de los débiles y los vagos del tiempo de los manchúes se enfrentan contra las atrocidades de los gobernantes; Wang-Lun, el apacible guerrero, fracasa y se apaga. No obstante, por mucho que este planteamiento corresponda a la mejor tradición alemana en el sentido de Kohlhaas y Karl Moor, no está desprovisto de lazos ornamentales con el arte nuevo; el lenguaje de la novela es nuevo y las descripciones de las escenas de masas resultan sorprendentemente revolucionarias: seres humanos, puestos en movimiento, toman por asalto montañas, se convierten en una montaña móvil, los elementos se lanzan junto con ellos. Con Die drei Sprünge des Wang-Lun, Döblin nos da la primera novela futurista.

Los expresionistas en torno a Walden, Hille y Stramm lo consideran en adelante como un renegado; no obstante, en una carta abierta a Marinetti, Döblin desaira también a los escritores entre los futuristas (aprecia la pintura futurista). Dice estar de acuerdo con ellos mientras se trate de acercarse a la realidad, pero Marinetti, según él, la reduce; la técnica, el mero mundo de las máquinas, es la realidad para él. Döblin se opone a las proclamaciones categóricas, a la amputación monomaniaca de la sintaxis, al vicio de colmar la prosa de metáforas, análisis y alegorías; él, Marinetti, debe renunciar a las metáforas, la renuncia a las metáforas es el problema del narrador. Y, en sus propias palabras: “…me da igual que contenga o no periodos. No quiero escuchar 50 veces trum trum, tateteretá, etcétera, lo cual no requiere de gran dominio del lenguaje… No quiero que las teorías me priven de la peculiar realidad de una agitada batalla…”

La apasionada carta termina bruscamente: “Cultive su futurismo. ¡Yo cultivaré mi Döblinismo!”

Un año más tarde, el médico, consciente de su propio valor, intenta por su parte una proclamación categórica. Presenta su “Programa berlinés”. Arremete duro contra los novelistas que tenazmente remueven los “problemas de su propia deficiencia”. “Escribir no significa morderse las uñas o escarbarse los dientes, sino que es ¡un asunto público!”

Döblin declara: “El objeto de la novela es la realidad desencadenada, el lector confrontado en forma completamente independiente a un proceso hecho y configurado; ¡que él juzgue, no el autor!”

Döblin exige, excluye, establece reglas:

Deben emplearse cuantiosamente periodos que permitan resumir con brevedad la conjunción de lo complejo, lo mismo que su sucesión. Desenvolvimientos rápidos, la confusión expresada con puras frases programáticas; al igual que en general debe buscarse en cada momento la mayor exactitud posible mediante expresiones sugerentes. El todo no debe parecer hablado, sino como si existiera.

Durante el año 1917, cuando Döblin ya está trabajando con un manuscrito que habrá de confirmar una parte de sus teorías y hacer reventar las reglas demasiado restrictivas, continúa su apodíctica labor teórica. Conserva su tono contundente. En el ensayo “Bemerkungen zum Román” [Observaciones sobre la novela], el autor vuelve a fijar los límites trazados por él mismo, como si deseara asegurarse contra las tentaciones:

La novela no tiene nada que ver con la acción; se sabe que al comienzo ni siquiera el drama tenía algo que ver con ella, y es discutible que haya obrado bien al comprometerse en tal forma. Simplificar, enderezar y ajustar a la acción no es cosa del poeta épico. En la novela hay que amontonar, acumular, revolver, empujar; en el drama, el actual, reducido pobremente a la acción, obsesionado con la acción, se dirá: “¡adelante!” “Adelante” no será nunca la consigna de la novela.

El médico militar Döblin escribe este dictamen en plena primera Guerra Mundial. Los hospitales militares en la Lorena y en Alsacia recogen los pedazos mandados de regreso de Verdún. Mientras la lucha técnica muestra el significado del progreso en la guerra, el médico Döblin se enfrasca, en cuanto se producen pausas entre las visitas, en textos sobre la guerra de los Treinta Años. Al principio esta remota época no es más para él que un sinnúmero de batallas cuyas facciones resultan confusas y difíciles de recordar, pero empieza a amontonar, acumular, revolver y empujar las crónicas, los documentos, las secreciones de papel de la historia. En “Epilog” escribe, 30 años después: “Chapoteaba en los datos. Estaba enamorado, fascinado con esas actas y relaciones. Me hubiera encantado emplearlas en su estado bruto.” No obstante, el comienzo, antes de refugiarse como por arte de magia, con la ayuda de los documentos, en otro siglo o, como en el Wang-Lun, en una China que sólo conoce del atlas; antes de desaparecer en esta forma, habrá de producirse la idea que lo sostendrá todo, la chispeante visión épica.

El año anterior, el médico militar Döblin, debido a su deteriorada salud, se sometió a un tratamiento en Bad Kissingen. Una nota en el periódico, el anuncio de una obra sobre Gustav Adolf, sirvió de detonador. Menudo, inquieto y miope, se sentó debajo de los árboles en el parque del balneario y vio él Báltico, vio el movimiento incesante de las carabelas y las corbetas, vio a Gustav Adolf llegar con su flota desde Suecia.

Buques veloces, veleros hinchados, de pechos altos, azotando las vergas emergen, gotean agua, aún sin nombre, aún sin origen. Suecia permanece oscura, sin arribo ni destino político, un mero deslizarse y ganar espacios que para un médico militar venido a restablecerse en Bad Kissingen borran la realidad actual de Verdún. La visión recibirá pronto un nombre. Las naves se llaman Andrómeda, Arco Iris, Cigüeña, Delfín, Papagayo, Perro Negro. El buque insignia, Merkur, está dotado de 32 cañones. Los hombres son de Svealand y de Gotland, de Finlandia con su abundancia de lagos: desembarcan cerca de Wolgast en Pomerania.

Lo que nadaba como visión entre los árboles del parque del balneario delante del médico militar Döblin ha encontrado su lugar, es más, se ha reducido en relación con el proyecto total. La flota sueca que cruza el mar sirve para introducir el comienzo del quinto libro, llenando una sola página, pero el motivo del gran movimiento simultáneo es transmitido a toda la epopeya. El desenvolvimiento único y perseverante, al que en este punto se alude con la primera frase del tomo ”Suecia” —”Sobre las olas del Báltico gris verdoso se acercó la poderosa flota de los suecos, impulsada por el viento; carabelas, galeones, corbetas”—, está sujeto a todas las variaciones habidas y por haber desde el principio hasta el fin de las seis partes del libro.

Comienzo con el banquete triunfal del emperador Fernando. El transcurso de esta bacanal, el sinnúmero de platos desbordantes decorados en forma ya culinaria, ya alegórica, la jerarquía de los comensales con golas españolas, con verdes jubones acordonados de Hungría, con chalecos franceses, bajo capas de color púrpura, se aprovecha para servir asimismo a la mesa, entretanto, la derrota bohemia y del pobre conde palatino Federico, quien ha perdido sus tierras: “De una mordida, un abad desprendió la pierna a un capón y sumó, mientras la trituraba con los dientes, la vajilla de plata perdida del elector del Palatinado, que en Bohemia le habían entregado los piadosos valones.” Y junto con la música de fondo, poco antes de los pastelitos y las confituras, los cardenales, abades, generales y príncipes, cebados hasta los topes, ven el ejército vencido del …gallardo Federico, con su cabellera rubia y rizada, cruzar el salón, cabalgar a través de la música, el estrépito de las voces, los vasos, los platos, desde el tapiz colgante del coro hacia las dos arañas llameantes, embisten contra la cortina ondulante por la que pasaron los mariscales y los alabarderos: cadáveres palatinos ostentosamente descuartizados, troncos sin cabeza, ojos sin mirada, carros, carros llenos de cadáveres, tirados por burros, envueltos con el humo de la pólvora y hediondos, comprimidos en cajas como ramas de árbol, bamboleantes, oscilantes, arre, arre por el aire.

Así, Döblin pone los acentos: la victoria, la derrota, las acciones del Estado, todo lo que se ha conservado entre los datos registrados como guerra de los Treinta Años le vale para una frase incidental, a menudo sólo para la omisión consciente. Le interesa el confuso ir y venir de los ejércitos en su búsqueda de cuarteles de invierno; le interesan las laberínticas intrigas de la corte, arrastradas por cancillerías, parques y discretos miradores, hasta confesionarios. Sobre labios que apenas se mueven descifra el murmullo de los jesuítas; rosarios y absoluciones desencadenan sucesos cuyos resultados anota brevemente al final. Las embrolladas ceremonias relacionadas con los preparativos astutos tramados en Viena o en la corte de Maximiliano de Baviera se extienden, desfiguradas y como colocadas delante de espejos cóncavos, dentro de una creciente mística y a lo largo de páginas enteras; mientras tanto, el producto de estos afanes de las cortes, sea la destitución de Wallenstein o la negativa del príncipe elector de Sajonia a dejar pasar a Gustav Adolf y su ejército por el territorio, debe anotarse brevemente, si bien con marcada negligencia, porque forma parte del todo; pero historia —y eso significa un sinnúmero de acontecimientos antagónicos y simultáneos— historia, tal como Döblin quiere exhibirla, eso no lo es.

La guerra de los Treinta Años fue e indudablemente seguirá siendo fuente y estímulo para la literatura en lengua alemana. El principio de la novela alemana puede fijarse con Simplizius Simplizissimus. De manera semejante a Döblin, Grimmelshausen hace caso omiso de los datos de las grandes batallas; aún más que Döblin, convierte la restringida perspectiva del sobreviviente sumiso y avisado, que no ve más que el respectivo cuartel de invierno, el sitio alargado durante semanas o el placer de forrajear, en la perspectiva principal del narrador. Wallenstein no aparece en Grimmelshausen.

Bertolt Brecht posteriormente transfirió esta perspectiva al teatro y buscó fabricar el contrario a la trilogía de Schiller sobre Wallenstein, la cual continuamente pone en escena las acciones del Estado.

Por tentadora que resulte la idea de comparar, desde Grimmelshausen hasta Döblin y posiblemente, más adelante, hasta Schlachtbeschreibung [Descripción de batalla] de Alexander Kluge, los testimonios de la literatura alemana sobre la guerra de los Treinta Años y la “operación Barbarroja” y sus diversos puntos de vista al respecto, me permitiré a lo sumo señalar Geschichte des Dreissigjährigen Kriegs [Historia de la guerra de los Treinta Años] de Schiller; pues hay razones para sospechar que Döblin fue un lector obsesionado con los hechos presentados en esta crónica. Es evidente que explotó la diligencia del clásico; el tratado histórico de Schiller le sirvió de material. ¿Nada más? Llaman la atención algunas coincidencias, como la determinación de Schiller en el sentido de que Wallenstein aprendió del Conde Mansfeld el principio de que la guerra debe alimentar a la guerra, determinación, por cierto, que Grimmelshausen pone en práctica y que Brecht eleva a tendencia; no obstante, Döblin derrama sobre todas las páginas la imagen de la guerra alimentada por sí misma. Nos muestra ejércitos que cual plagas invaden la tierra, arrasan con ella y siguen adelante, librando sus batallas de paso, entre saqueo y saqueo.

Schiller se empeñó en presentarnos la guerra de los Treinta Años con un orden inteligible. Una cosa deriva de otra. Su mano ordena, ata vínculos, quiere establecer un sentido. Döblin destroza todo ello reiteradas veces y de manera consciente, para recrear la realidad. No obstante, también el Duque de Friedland adopta una traza completamente diferente bajo la mirada del uno y del otro.

Para simplificar las cosas: el idealismo ilustrado de Schiller pone énfasis, para su imagen de Wallenstein, en el general y estadista; Döblin dibuja para nosotros a un banquero atormentado por la gota. Una y otra vez señala que los estribos de Wallenstein, cuando le es inevitable montar a caballo, están envueltos en algodón, en seda. El ejército de Wallenstein se distingue fundamentalmente de los otros por lo siguiente: es el producto de un genio de las finanzas.

Quedará sin analizar en el presente contexto hasta qué punto la tesis de Döblin corrige al Wallenstein de Schiller en una forma históricamente válida; asimismo, me abstengo de medir la concepción visionaria de Döblin con respecto a los conocimientos alcanzados por la investigación actual sobre Wallenstein, máxime cuando no conozco ningún ensayo histórico que haya tomado en cuenta a Döblin, para contradecirlo, corroborarlo o corregirlo. El Wallenstein de Döblin también es, incidentalmente, un general que de vez en cuando se ve obligado a librar batallas que no pudieron ser diferidas o evitadas; en el fondo, sin embargo, es el primer encargado moderno de dirigir la planificación de una guerra a largo plazo, el primer constructor de un poderoso cartel financiero que, sustentado por la guerra, alimenta a ésta, sin desintegrarse incluso hasta la fecha. Wallenstein supo despertar y —como habremos de ver— enlazar los intereses más disímiles.

Cuatro nombres: el servio Michna, el banquero holandés De Witte, el juez judío Bassewi, de Praga, y el temido coronel von Wallenstein explotan a la Bohemia derrotada. El aprendiz de carnicero, Michna, desvalija, protegido por las tropas de Wallenstein, las ricas casas de los bohemios. Pinturas, joyas, oro y plata se acumulan en la judería de Praga.

Ellos, los proscritos de la boina amarilla, de la estrella amarilla, han aprendido a reunir y enterrar, entre persecuciones, las fortunas de sus opresores; de poco les sirven, excepto para amontonarlas y para pensar en Jerusalén, destruida, cada vez que contemplan sus bienes; este lastimoso placer es el único permitido a los judíos de Praga, hasta que aparece Wallenstein.

El banquero De Witte sugiere invertir el capital, obtener la concesión de la casa bohemia de la moneda. Admite que dos de sus mejores clientes le hicieron esta propuesta: el distinguido juez judío Bassewi, que con frecuencia ha apoyado al emperador romano con su dinero; y un soldado que, pese a ciertos actos valerosos en Venecia, al igual que durante la batalla de Praga, está desacreditado en Bohemia: el entonces coronel y comandante de la ciudad, Eusebio Albrecht von Wallenstein.

El emperador necesita dinero, el emperador siempre necesita mucho dinero, y se realiza el prometedor negocio. Forman un consorcio. Por seis millones, como precio anual de la concesión, se adjudica la casa imperial de la moneda de Praga a los cuatro empresarios. Pronto son sólo tres los que con la ayuda de la casa de la moneda regulan la circulación del dinero, pues Wallenstein ejerce presión sobre el aprendiz de carniero servio, Michna, y al poco tiempo lo manda detener. Amenaza con acusarlo de pillaje: afirma que Michna oculta su botín, que les suministre plata, que la casa de la moneda carece de material.

Entonces acuñan todo lo que quieren. Recortan el dinero y agregan metal común hasta que el contenido de plata sólo se adivina. Las banderas de Wallenstein, en pie de guerra, defienden la casa de la moneda de día y de noche. Contratan a compradores retribuidos y voluntarios. Penetran en las casas de labor y exprimen hasta los últimos ducados. Se constituyen bandas, los trompetas imperiales proclaman en las plazas que toda la plata debe ser entregada a la casa de la moneda. Después, desaparece. Ya están ofreciéndose cuatro florines nuevos por un viejo rixdale. A menudo el especulador más grande del país, von Wallenstein, “alto, enjuto, de bigote negro y con una valiosa cadena de diamantes en el sombrero”, se queda delante de las troqueladoras. Vislumbra algo. Pronto habrá llegado su hora.

Al expirar el contrato de acuñación, el emperador trata de seguir fabricando moneda. Pero no encuentra nada que pudiera imprimir como tal. Bassewi y De Witte se retiran antes que el pueblo enfurecido y empobrecido tome por asalto la casa de la moneda, donde no halla más que troqueladoras vacías.

La moneda fraudulenta de Wallenstein sólo permanece en circulación durante tres meses. Mediante decreto, el florín “largo” es rebajado a la sexta parte de su valor. Se declara la bancarrota nacional. Las tropas desertan. Y Wallenstein adquiere en subasta, con su fortuna velozmente incrementada, nuevas fincas y propiedades rurales: Friedland y Reichenberg, Welisch, Schuwigara y Gitschin.

Todo esto, riqueza y tierras, es apostado por Wallenstein a una sola carta. Ofrece su ayuda al emperador, quiere construirle un gran ejército imperial, contra los enemigos de dentro y de fuera: para que ya no dependa de Maximiliano de Baviera, con su ejército bajo Tilly, y para que disponga de un arma contra la invasión de Christian de Dinamarca.

¿En qué forma refleja el cuchicheo de los diplomáticos la generosidad de Wallenstein? “Sepan, queridos amigos, que ahora comprendo el motivo por el cual von Wallenstein simpatiza tan extraordinariamente con el emperador. Nos adelanta el dinero para el ejército, pero éste debe devolvérselo con creces desde el imperio…” El ejército como inversión de fondos. La visión retrospectiva de Döblin nos hace estremecer: mucho antes de que Krupp hiciera su gran negocio frente a Verdún, Wallenstein invirtió su fortuna en el armamento. Krupp, lo mismo que Wallenstein, compraron cada uno a su emperador. Y aún nos negamos a reconocer que Hitler no fue el que compró a la industria, sino que la industria —adepta a Wallenstein— se compró a su Hitler. El médico militar Döblin no volvió sin fundamento la mirada de Verdún hacia atrás en el año 1917. Krupp, al igual que todos los que quieren a un Krupp, al igual que todos los que hacen posible a un Krupp, tiene a sus antepasados: un aprendiz de carnicero, un banquero, un juez judío y un coronel integran un consorcio y crean, de esta manera, las condiciones materiales para la prolongada duración de una guerra, la cual continúa hasta el día de hoy, con ciertos respiros que llamamos paz. Los héroes de Schiller y sus semejantes son, en todo caso, los valores máximos en un paquete de acciones cuyo curso ascendente sólo llega a tropezarse por la amenaza de haber negociaciones por la paz. Desde que Döblin nos enseñara a interpretar a Wallenstein como maestro en las altas finanzas, sabemos que las negociaciones por el desarme no siempre fracasan a causa de la falta de voluntad de los que participan en ellas, sino, con gran frecuencia, debido a los intereses de una industria que ha sabido erigirse en defensora de los intereses económicos de todo el mundo: el desarme pudiera meternos en dificultades. El sistema de Wallenstein requiere ejércitos permanentes.

Este banquero, el verdadero vencedor en la batalla del Monte Blanco, se dirige a Viena con veinte carrozas. Es esperado con angustia, es más, con repulsión, y no obstante se quiere su dinero. Habrá festividades, representaciones dramáticas e incineraciones de judíos, para su edificación. Corre la palabra: “…ahí viene uno de los nuevos alquimistas, que fabrican oro con sangre bohemia”.

Se aloja en casa de un comerciante, donde ya vive uno de sus camaradas de Praga, el juez judío Bassewi. Afuera, se amontona la plebe. Los deshollinadores vocean canciones satíricas contra los judíos. “Príncipe judío”, así llaman a Wallenstein porque se ha propuesto ofender a la orgullosa Viena: invitado por el emperador, se hospeda con un judío. Este pacto de Wallenstein con los judíos, un tema que se repite a lo largo de las seis partes de la obra, merece nuestra atención, pues mediante él Döblin confronta a las causas del antisemitismo medieval, de naturaleza cristiana, con la emancipación anticipada de los judíos durante el siglo XIX, y dibuja, simultáneamente, el comienzo del sionismo, su firme perseverancia y sus peligros ideológicos.

Poco antes de negociar Wallenstein su monopolio, vemos al juez judío Bassewi consultar con cinco ancianos en la sinagoga de Praga. Uno de ellos se preocupa: de hacer causa común con Wallenstein y así lograr fama y prestigio, los judíos de Praga sufrirán la misma suerte que los de Francfort: serán expulsados fuera de las murallas de la ciudad; el segundo anciano opone: aquello duró sólo tres años, y luego el mismo trompeta que los había echado fue a proclamar su regreso. Bassewi señala que los católicos han arrojado de Bohemia a todos los calvinistas y partidarios de la Reforma, y ahora hay espacio ahí para los pobres y apiñados judíos; deberían extenderse por Bohemia. La objeción reza así: aunque los dejen entrar al país, no irán, no se establecerán: “¿Qué hay escrito sobre la tierra de Bohemia? ¿Dónde hay algo escrito sobre la tierra de Bohemia? En ninguna parte. Sería un viejo loco si abandonara mi casa para asentarme en Bohemia.” Su vecino replica: “¿Y por cuánto tiempo piensan tú y tus hijos permanecer aquí, en la oscuridad?”

La respuesta inmemorial, imperante hasta la actualidad, dice así: “¿Para qué he de preguntármelo? Todo está claro para nosotros, los judíos. Cuando se diga que hagamos otra vez el hatillo para ir a pie hasta Jerusalén, alabado sea, alabado sea nuestro Señor: entonces lo haré.”

Bassewi procura transigir. Es posible aguardar pacientemente a Jerusalén y no obstante disfrutar, junto a los cristianos, la luz en toda su plenitud. Esto es rebatido: una vez alcanzada la luz por los hijos de Israel, olvidarían Jerusalén y se avergonzarían de ser circuncisos, accediendo a vender Judea por un pueblo de Bohemia.

El juez judío y los cinco ancianos suspiran en la sinagoga. Bassewi es el que halla la solución: deben dar dinero al emperador para recibir, a cambio, una pequeña carta que en adelante permita a los judíos bohemios comerciar en el campo, en los pueblos y en los mercados. Así sucede. No obstante, la Bohemia católica, que acaba de perseguir y desterrar a los otros cristianos mediante perros feroces, incendios y tortura, considera una ofensa el privilegio otorgado a los judíos. El odio se intensifica rápidamente. Por el momento, Wallenstein puede proteger a los judíos bohemios; por el momento, el banquero Wallenstein requiere el apoyo de todos los proscritos de la boina amarilla, de la estrella amarilla. Por eso no se deja amedrentar en Viena y soporta con calma que lo llamen “príncipe judío”.

Durante los días siguientes, la ciudad es colmada de obsequios monetarios. Los telegramas de Wallenstein recorren todas las escribanías de Viena. En forma impertinente y brusca deposita las libranzas de varias cifras extendidas por su banquero De Witte sobre las mesas frente a dignatarios, confesores y ministros. El monto de las dotaciones provoca risas nerviosas, aun escandalizadas, pero se las guardan en las bolsas.

La Viena imperial no es desmoralizada por los turcos ni por algún ejército de los estados protestantes o los príncipes electores, sino por el dinero de Wallenstein. Pues el emperador lo recibe. Los chambelanes se alegran de que haya ido solo, sin el judío Bassewi. Döblin omite el encuentro entre el usurero de Praga y el emperador. Una breve espera, se saca el abrigo en la antecámara, un corte cinematográfico y Wallenstein regresa, dejando solo al emperador. Éste queda asombrado y se cubre los ojos con la mano. ¿Quién estuvo con él? Tiene la impresión de haber visto ya a esa cabeza; tiene la impresión de haberse “encontrado ya muchas veces con [esos] ojillos silenciosamente claros”.

Esta primera reunión entre Wallenstein y Fernando es resumida por el autor en un sueño del monarca. Renuncia a diálogos, negociaciones y fintas y enfoca bajo reflectores la imagen total del emperador, al cruzar los zapatos de hebillas, buscar el brazo del sillón y cubrirse los ojos con la mano hasta que aparece la visión: anda a caballo sobre el musgoso suelo de un bosque, mientras corre una suave brisa.

Clareaba, con el color claro de la boca de los gatitos jóvenes, rosa pálido. Advirtió que hasta ese momento no había oído el sonido de algo que se derramaba, que fluía. Y entonces apareció contra el cielo, encima de la tierra, algo negro, ancho, en lento movimiento. El caballo seguía corriendo. No podía girar el tronco ni apartar la cabeza, para escaparse del aliento que soplaba sobredi desde arriba… Un velloso pecho humano se arrimaba sobre él, cabellos que se deslizaban encima como nubes, como telarañas, brazos humanos hacia los cuales cabalgaba. Entonces, una protuberancia, columnitas carnosas, tersas y resbaladizas, frías como la piel de una salamandra. Había movimientos elásticos; con un impulso hacia aquí y hacia allá, descendió más sobre él. Y fue deslizándose debajo de los brazos siempre nuevos, respiraba con dificultad, jadeaba. Un ciempiés bajo cuya panza avanzaba. Tuvo que encorvarse más sobre el inquieto y ondulante lomo del caballo. Un suave agitar de ese vientre le cortó la respiración, unas bolsas hinchadas, llenas de aire, se sacudían constantemente; el conocimiento lo abandonaba por segundos. Su garganta trató de emitir un “eh, eh”, sus oídos pugnaban por escuchar algún sonido. La cola del monstruo golpeó de arriba abajo, dio una vuelta baja, como un látigo, le rozó primero las plantas de los pies y luego, con un estremecimiento eléctrico, se aproximó al corazón para picarlo; después, finos aguijones contra las narices, para matar profundo, profundo hasta el cerebro. Entonces se dirigió contra el ombligo, desde el frente, giraba como un taladro, hacia el vientre, el cuerpo, la espalda. Y de golpe retumbó una tubería de órgano completa, con un estruendo sin sentido y terrible desde la profundidad hasta la altura, se detuvo en un penetrante silbido que soltaba y callaba, gruñendo como un perro que, atado de las patas a una estaca, se contrae convulsivamente, se estira, se contrae, se estira y muerde, muerde… Despertó con un chillido ronco. Lentamente, se quitó la mano de los ojos; escudriñó la palma, como si un vestigio del sueño se le hubiese podido pegar, y ge la frotó en la rodilla.

Este sueño, esta síntesis de la fascinación y amenaza que emanan de Wallenstein, intensifica el efecto de los decretos y los privilegios otorgados por el emperador al ciempiés y fundador del cartel. La cuenta es simple y conocida por todos los involucrados: “Si Habsburgo no forma un ejército, es probable que esté perdida, con todo y la Liga impotente. De ganar la Liga, por su parte, el emperador será aplastado por el bávaro dentro de pocos años.”

Por lo tanto, se da un decreto imperial al recién designado duque de Friedland, nombrándolo adalid de toda la gente del imperio y de los Países Bajos. Bassewi y De Witte se encargan de arreglar las transacciones monetarias: por un préstamo de 900 mil florines renanos al 6%, compran esta ley de plenos poderes.

Lo que a continuación sucede y se desarrolla es sólo el fruto de la gran acción financiera. Imaginada con amplios alcances, enredada en sus contradicciones y no obstante proyectada de manera consecuente dentro de la cabeza de Wallenstein. Los regimientos se integran pronto: “¡Tomen lo que haya!” “Cuando no se tiene halcón, hay que cazar con cuervos.” Gente peligrosa, ávida de botín, se agrupa bajólas banderas de Wallenstein: las ciudades son extorsionadas para dar una caución con el fin de evitar la amenaza de su acuartelamiento. Un ejército cada vez mayor, cuya provisión de grano debe ser requisada por el entretanto indultado y recién ennoblecido aprendiz de carnicero Michna, inunda el país, comienza a alimentarse de la guerra, se moviliza —al principio una banda abigarrada y mal armada— hasta constituir la perfecta máquina de guerra. Salen las cuentas de Wallenstein.

No hay oportunidad, en el presente contexto, para contemplar los detalles en el fresco de Döblin. Si bien el libro se intitula Wallenstein, Maximiliano y la Liga, el cruzado puritano Gustav Adolf, las intrigas sajonas y del electorado palatino, así como las francesas y las bohemias del Conde Slawata, ocupan un espacio considerable. Y una y otra vez Fernando, del que se dice que confía en Wallenstein como una mujer en su marido. Un emperador ciegamente arrebatado, a merced de otro hombre, cuyo plan de humillar a éste, al dueño del poder, a éste que es la voluntad encarnada, se afianza más al crecer su sometimiento.

El proyecto épico de Döblin —pues no es posible calificar a Wallenstein como una novela redonda y bien equilibrada— termina con una escena que da la espalda a todos los hechos históricos y ya no tiene en cuenta el montón de documentos. Enviado al reino de la fábula, el emperador huye. Se retira de la corte, del imperio, del poder terreno. Al final lo vemos vagar con merodeadores, una figura anónima e igualada, balbuciente, loco ya, alejado de su responsabilidad. Mientras que el asesinato de Wallenstein aún es puesto en escena con base en los datos tomados de las secreciones preformadas de la historia, a pesar de lo cual no se desarrolla en forma paralela al escenario de Schiller —pues no muere el traidor sino el acreedor con el que están endeudados el emperador y el imperio—, Fernando, el emperador fugitivo, es asesinado por un duende del bosque, por una especie de gnomo. El gozo y el arrobamiento impulsan el arma. Del emperador no queda nada. En el regocijo desmaterializado y la irrealidad desprovista de vínculos con la historia, desemboca un libro que tuvo una relación difícil con las narraciones documentales y el lento rodar de la rocalla de los datos. Fernando busca y encuentra la inmovilidad; se desintegra.

No obstante, este capítulo, tan visionario como el desencadenamiento de todo el conjunto de sucesos complejos, o sea, la travesía de la flota sueca, ya tiende el puente de conexión con el siguiente borrador épico de Alfred Döblin: Ferdinands Tod [La muerte de Fernando] es, por una parte, conclusión de la epopeya del Wallenstein y, por otra, comienzo de la novela utópica de aventuras Berge, Meere und Giganten. En sus anotaciones sobre este libro, Döblin escribe: “Cuando al finalizar la guerra traje el Wallenstein a casa desde Alsacia y la Lorena, sin capítulo final, busqué a tientas dentro de mí una forma de determinarlo. Lo mejor, pensaba a veces, sería no hacerlo. Entonces, me conmovió profundamente el aspecto de los troncos negros de unos árboles sobre la calle, a principios de 1919 en Berlín. Entre ésos debe quedar, pensé, el emperador Fernando.”

Valdría la pena investigar en qué medida y con cuánta frecuencia influyó la imagen de unos troncos de árboles, de sus cortezas lisas y secas o negras, húmedas y sudorosas, entre los que algo se lleva a cabo, en la obra de Döblin, o hasta qué grado tuvo el autor conocimiento de esta fijación. Recordaremos: en el parque del balneario, el doctor del ejército ve navegar entre los árboles a la flota sueca; recordaremos: Wallenstein se reúne por primera vez con el emperador Fernando y provoca un sueño; entre árboles cabalga el emperador sobre el suelo cubierto de musgo, debajo del velloso vientre, agitado por la respiración, de un ciempiés; escuchamos: un duende del bosque mata al emperador a puñaladas. “Llovía. Las gotas salpicaban. Fernando estaba tendido sobre dos ramas muy altas. El agua menuda y fresca fluía sobre sus ojos claros. El gnomo había bajado unas ramitas, cuyas hojas lo protegían. Mecía el cuerpo sobre las ramas grandes y gruñía, frunciendo el entrecejo.”

En Alexanderplatz, el séptimo libro también termina en el bosque, que una vez más es testigo de un asesinato. Reinhold estrangula a la Mieze de Biberkopf. Después del hecho, una tormenta convulsiona el bosque. La naturaleza participa. No obstante, mientras la novela Wallenstein conduce al emperador, en su huida del mundo, a un bosque mítico sin lugar determinado, en Alexanderplatz se mata en el Freienwald, cerca de Berlín, o sea, en un sitio preciso, como con la ayuda de un posterior informe policiaco.

Me seduce la idea de buscar este motivo del bosque, estos troncos mojados y sudorosos, en Berge, Meere und Giganten. La magna escena después de la guerra de los Urales: Marduk, el prefecto de la Marca de Brandemburgo, se retracta de la investigación, de la técnica y del progreso. Como él mismo es investigador, prende a la élite científica del país para llevarla a un bosque experimental que ha sembrado; y este bosque comienza a crecer. Los troncos se hinchan, segregan jugos pegajosos, privan a los científicos de espacio, aire y aliento, los absorben y convierten en árboles, que asimismo se amalgaman, tronco con tronco, hasta que, finalmente, una masa de vegetación tropical asimila al espíritu humano, el impulso a la investigación y su voluntad destructora.

Entre la muerte en el bosque mítico de Bohemia y el asesinato de Mieze en el Freienwald cerca de Berlín, Döblin concibió este utópico asesinato masivo en un bosque utópico; y ninguno se reprodujo con mayor realismo fuera del libro para mí, el lector, que la creación sintética del investigador Marduk, el cual, al querer poner fin a toda la ciencia, cuando él mismo era un pensador destructivo, encerró el razonamiento en la vegetación, como causa de todo cataclismo; sólo su pensamiento quedó afuera y pudo continuar.

Sin embargo, antes de embarcarme en aventuras utópicas con ustedes, antes de perderme en Berge, Meere und Giganten y hablar en favor de los velos de turmalina y el deshielo de Groenlandia, antes, pues, de ponerse bestialmente en movimiento los bosques que proliferaron después del deshielo y que ahora están invadiendo Europa,

…en el límite occidental de Hamburgo, en la costa del mar, el acercamiento de los monstruos desvastó secciones enteras de la ciudad. Las fuertes medidas de prevención tomadas por el Senado no sirvieron en absoluto y sólo aceleraron el fin de la población. Los llameantes tiros y rayos desgarraban a los animales, pero las partes de éstos, arrojando líquidos, seguían arrastrándose, se llevaban a otros seres ensartados por las calles y los edificios. Aparecían las desfiguraciones más horripilantes. Arboles calcinados de cuyas copas sobresalían largos cabellos humanos, sobrepuestos por cabezas humanas, terribles caras muertas, del tamaño de casas, de hombres y mujeres. Las aletas caudales de un animal marino, al caer a un pueblo delante de la ciudad, acumularon a su alrededor montones de material muerto, rastrillos, carros, arados, tablas. Campos de papas, perros que corrían, seres humanos, atrapados por la masa al avanzar, brotar, exhalar vapores. Bullía como un pastel, se hinchaba, reptaba sobre el llano sembrado, rodaba despacio hacia el frente, asolador, como una masa de lava. Y por todas partes brotaban de la plasta rezumante, redondeada, troncos, hojas hasta la altura de un piso.

Antes de que deje que el bosque experimental de Marduk destruya los paisajes urbanos y llegue a sus límites máximos de crecimiento —y no dije ni una sola palabra sobre las selvas de la novela ubicada en el Amazonas, ni una sola palabra sobre la función de juez desempeñada por el bosque en el temprano cuento expresionista sobre los dientes de león—, antes de que rastree este tema hasta el final del relato sobre su vida —Döblin se despide como un manzano—, quiero pasar a la última fase de mi reverencia ante el maestro: quien.se mete con él y sus bosques míticos, reales y utópicos corre al final el peligro de pasar por alto la salida de entre tantos árboles mojados, sudorosos y proliferantes, de perder al autor entre libros y teorías que buscan anularse y contradecirse mutuamente.

No obstante, esto era lo que Döblin quería: refugiarse detrás de sus libros. En 1928 contestó de la siguiente manera a la pregunta de un periódico: “Como médico, sólo conozco de lejos al escritor con mi nombre.” Un esbozo autobiográfico nos revela que nació en Stettin en el año 1878. Y también: “Carrera de medicina, doctor en un manicomio por varios años, luego cambio a la medicina interna, ahora consultas como especialista en el este de Berlín.”

Palabras sucintas acompañan la búsqueda del autor. ¿Hasta qué punto influyó en él su padre, un sastre de Stettin, que a los 40 años dejó plantada a su mujer, con cinco hijos, y se largó por vía marítima? Al reflexionar sobre los motivos que pudo tener, Döblin produjo diversas variaciones de la historia de su padre prófugo, caracterizadas por la burla mordaz; no obstante, desfogó sus propios deseos de viajar, el ansia de escapar, con mapas y en archivos. La severidad prusiana lo ató a Berlín Oriental. Por mucho que una excursión a Leipzig lo incitara, en abril de 1923, a intentar la pequeña evasión, el deber lo llamaba y nos legó sólo un suspiro: “Ah, qué bien les va en Leipzig. Debo volver con Ziethen y Scharnhorst.”

Un hombre resignado: encontrará la técnica con Siemens y Borsig; el mito de las turbinas será concebido mediante sus manifiestos caseros. ¿Una especie de creador del mundo con domicilio permanente? ¿Un nuevo Jean Paul entre ficheros?

Aún anda en busca del autor; sigue siendo menudo, nervioso, impulsivo y miope y es, al mismo tiempo, un hombre de la política diaria que no teme intervenir de manera directa. Militante del USPD desde 1921; después, del SPD. Su corte prusiano le permite, por un lado, participar con paciencia en las menudencias del partido y después abandonarlo, por otro, cuando los socialdemócratas también aprueban la “Ley de Basura y Porquerías”, sin que sienta la necesidad de proclamar inmediatamente el hecho de haberse vuelto más radical, quemado las naves o experimentado una gran desilusión. Döblin se atrevía a vivir con sus contradicciones. El baile de moda del distanciamiento personal, practicado asiduamente hasta la fecha, no correspondía a su forma de moverse. En un sinnúmero de ensayos habló en favor de la democracia social. Si bien admiraba en los escritos de Marx su “clara visión histórica y económica de la realidad”, el marxismo del siglo XX era para él la doctrina de un rígido centralismo, el sistema de la fe absoluta en la economía y el militarismo. El médico del seguro en Berlín Oriental declaró no pertenecer a una nación alemana ni judía; su nación era la de los niños y la locura.

¿Filántropo y soñador? ¿Un chiflado productivo? ¿Militante socialdemócrata que en su poema épico Manas celebra a una India mística? ¿Qué más fue? Un verboso detractor del arte y miembro de la Academia Prusiana de las Artes; un judío emancipado y católico kierkegaardiano; un sedentario berlinés e inquieto viajero cartográfico, hasta que junto con Hitler asumieron el poder los Kolbenheyer y Grimm, hasta que fue desterrado y la emigración supo ponerlo en movimiento, contra su voluntad.

Como oficial francés regresa a casa, con su última novela, y no encuentra editor en la República Federal. No es sino hasta 1956 que la novela sobre Hamlet se publica en la RDA, con Rütten & Loening. ¿Cómo va el prosaico dicho sobre la tierra de los poetas y los pensadores? Olvidado en tiempo de vida. Döblin no era oportuno. No fue bien recibido. Para la izquierda progresista resultaba demasiado católico; para los católicos, demasiado anarquista; negó tesis sólidas a los moralistas; era muy poco elegante para el horario nocturno de la radio, y las transmisiones escolares lo consideraban demasiado vulgar; ni Wallenstein ni la novela Giganten se dejaban consumir; y el emigrante Döblin osó volver en 1946 a una Alemania que al poco tiempo habría de venderse al consumismo. Hasta ahí la situación del mercado: el valor Döblin no se cotizaba ni se cotiza. En uno de sus sucesores y discípulos recayó un poco de la herencia, en forma de fama, y hoy he tratado de pagarla, aunque sea con morralla.

Al restringirme a la única banda futurista de producción dentro del sistema de trabajo de Döblin, con sus múltiples madejas y productivo hasta el final; al tratar de dirigir nuestra atención sobre la novela Wallenstein, como testimonio de una técnica futurista dentro del género; o sea, al pasar por alto al Döblin de los ensayos políticos y católico; al poner de relieve, dentro del complejo llamado Wallenstein, sólo el análisis del general como gran banquero, esta referencia, diez años después de la muerte de mi maestro, en todo caso contribuirá a despertar la curiosidad de mis lectores, a seducirlos con Döblin para que éste sea leído. Los inquietará; agobiará sus sueños; será un trago difícil, de sabor desagradable; es duro de digerir, indigesto. Cambiará a su lector. Queda prevenido contra Döblin todo el que se baste a sí mismo.

Gunter Grass

UN DIÁLOGO DESCONFIADO

 

 

 

Los poetas Pempelfort y Krudewil se pasean por un prado lleno de flores. Krudewil lleva una maletita y con un palo hurga en las toperas. Pempelfort se inclina y coge una flor con movimientos decididos.

PEMPELFORT: Oh, encontré una metáfora.

KRUDEWIL: No deberías alimentar la poesía con tus conocimientos a medias de botánica. Además, volviste a decir “Oh” por razones meramente ornamentales.

PEMPELFORT (contempla la flor): ¿Cómo iba? ¿Diente de león de la noche del alma? No. Tantán, taran tantán. Florece para mí en el sueño y la ilusión… Tampoco. Ya lo tengo:

Pues en la cuadrícula del diente de león Están consignados ya los espías de la muerte.

Y ahora ¿qué dices?

KRUDEWIL: NO te contentas con menos de dos genitivos por cada frase. Me aburren estos paseos por la pradera.

PEMPELFORT: Y eso que son tan productivos.

KRUDEWIL: En todo caso me gusta usar este palo…

PEMPELFORT: Es una rama de nogal.

KRUDEWIL (con ira): Un palo es un palo, digo yo. Y uso este garrote u otro cualquiera para hurgar en las toperas. Soy un hombre desconfiado.

PEMPELFORT (recita): Palo de nogal

Muerte para el topo

El polvo de las estrellas

Se deslizó sobre el pan.

KRUDEWIL (tira golpes al aire con el palo): Basta de esos cosméticos. El polvo de las estrellas, el hombre en la Luna. Y ni un solo verso en que no abuses de la muerte. ¡Eres un embustero, Pempelfort!

PEMPELFORT (con ademanes sacerdotales): Me gusta soñar. El sueño me embarga los sentidos en una forma indecible. A veces tengo la impresión…

KRUDEWIL: Olvidaste decir “en cierto modo”.

PEMPELFORT: A veces tengo en cierto modo la impresión de que soy un forastero. El tiempo que paso aquí se asemeja a un exilio; nadie entiende mi lengua y sólo las estrellas acatan mis gestos. Por la noche…

KRUDEWIL: Sabes del trato que hicimos. Ya no íbamos a hablar de los sueños.

PEMPELFORT: Sólo esta frase y ya. Por la noche me llaman. El sueño es mi verdadera patria. Vivo de esas constelaciones salidas de los archivos de la infancia olvidada.

KRUDEWIL: Ayer dijiste días lunares.

PEMPELFORT: Da lo mismo, Krudewil. (Con entusiasmo.) ¡Mientras se conserven los archivos! (Se inclina.) Otra metáfora:

Entre manos claras te sostengo

Flor de un instante.

KRUDEWIL: Pamplinas. Se acabó. Te he descubierto, amiguito, estás desenmascarado. Conozco tu receta. Todas las noches, poco antes de acostarte, comes —aunque no porque te guste— tres platos rebosantes de ensalada de papas con pepinillos, cebollas y salchichas. Después vas al catre, pegas la oreja y te duermes. ¿Cierto?

PEMPELFORT: Sí.

KRUDEWIL: ¿Y luego?

PEMPELFORT: Luego sueño. Sueños pesados, oscuros.

KRUDEWIL: No me sorprende, con ese régimen.

PEMPELFORT: Me la paso dando vueltas.

KRUDEWIL: Y en cada vuelta se le ocurre algo metafísica.

PEMPELFORT: Y cuando despierto…

KRUDEWIL: Despierta con regularidad cada dos horas.

PEMPELFORT: Prendo la lámpara en la mesita de noche.

KRUDEWIL: Antes de dormirse, con la boca aún llena de ensalada de papas, sacó una punta muy fina al lápiz.

PEMPELFORT: Hay que estar preparado para el sueño. No debes burlarte, Krudewil. Cada quien su método. Por la mañana reviso los sueños. Al fin y al cabo, no todos sirven para un poema. Puedes creerme. Procedo con verdadero método científico. Los sueños son, como quien dice, sólo el producto bruto. Hay que sujetar todo a la métrica.

KRUDEWIL: Consuélate, Pempelfort. Algún día soñarás en rimas consonantes. Cuando despiertes habrá un editor junto a tu camita, encantadísimo de poder saludar a un poeta prometedor, muy talentoso, vinculado a la naturaleza, los sueños y los sonidos; nacido, además, bajo el sello de la más auténtica, legítima y conmovedora melancolía; y, si bien está algo alejado de la vida, no alberga hostilidad hacia ella. Además, además… Perro que sueña no muerde. (Saca de su maletita dos grandes madejas de lana gris y agujas para tejer.) Toma. Dos derechos, dos revés. Ya no hablemos de los sueños. Hay que tejernos una nueva musa. (Ambos se ponen a tejer.)

PEMPELFORT: ¿Y cómo debe estar constituida?

KRUDEWIL: Gris, desconfiada, sin conocimientos de botánica, del cielo ni de la muerte, trabajadora, parca en palabras en las cuestiones eróticas, y completamente libre de sueños. Ya sabes cómo lo hago yo. Antes de escribir un poema prendo y apago la luz tres veces. Así cualquier milagro pierde su fuerza. Se te fue un punto. Ten cuidado, Pempelfort. Nuestra nueva musa es una escrupulosa ama de casa. Le molestaría un suéter defectuoso. Nos despediría sin piedad, se mandaría deshacer y tejer de nuevo por una máquina.

(Pempelfort y Krudewil se concentran en su trabajo manual. Fin.)

 

FRENTE A LA IMAGINACIÓN

 

Para cerciorarse del estado de los huevos tibios, lo mejor es usar una cuchara. Con el desayuno comienza la desconfianza. Y con la desconfianza llega el correo. ¿Por qué debe el poeta volverse crédulo ahora, poco después del desayuno, cuando aparecen las primeras inspiraciones? Completamente despierto, está sentado frente a su imaginación y con la dura cucharita palpa hoscamente todas las frases y los signos de dos puntos que se le presentan. Quiere escribir un poema sobre una clase particular de alambradas. En Berlín la firma Lerm & Ludewig es la que rodea con red de alambre, de uniformes y estrechas mallas romboidales, no sólo gran parte de los pequeños jardines de las afueras de la ciudad sino también muchas orgullosas mansiones de Grunewald. En cada una de estas cercas cuelgan uno, a veces dos letreritos para indicar que fue la firma Lerm & Ludewig. Nuestro poeta tiene el poema en la cabeza, línea por línea. Sobre el papel está el título: Estrechas alambradas. Ahora se suelta la primera frase: “Cuando paso junto a alambradas estrechas, escondo las manos en las bolsas y finjo no saber de música.” Satisfecho, coloca el punto, desplaza la pluma al principio de la siguiente línea y en el acto comienza una terca lucha con su compañera de mesa, la imaginación. “No es posible empezar un poema así —dice ella—; temporal y localmente está demasiado limitado.” Es indispensable integrar el cosmos; los elementos motores del alambre trenzado deben ir en aumento en un staccato situado más allá de este tiempo y este mundo, hasta disolverse por completo y fundirse en nuevos valores. Además, sin la menor dificultad podría pasarse de la alambrada de mallas estrechas a la electrificada, rozando simbólicamente el alambre de púas, y así llegar a audaces imágenes, atrevidas asociaciones y un final envuelto con la muerte y una profunda melancolía.

El poeta se reclina. No ha visto nunca una cerca de alambre de púas en que la firma Lerm & Ludewig haya colgado su letrerito. Por mucho que lo lamente, por bonito que suene todo, debe rechazar estas dádivas y amenazar a su imaginación con una declaración inmediata de incapacidad si no se atiene al asunto, a las mallas estrechas de Lerm & Ludewig. Al fin y al cabo, no es un soñador. Y no puede restringirse a una agilidad mental que despertaría la suspicacia de todo ladrón de cajas fuertes y estafador matrimonial. Un verdadero poeta debe contar con una proliferación tan incesante de la imaginación que ya no dependa de ella.

La comida es suficiente razón para dejar el papel y desistir de un poema malogrado. Es cierto que la hoja está llena, no, varias hojas llevan el mismo título. Mucho está tachado, el orden invertido, y no obstante se propaga el alambre de púas; un pasaje excelente: “Mi corazón es un queso detrás del mosquitero”, tuvo que ser borrado varias veces. Al parecer le interesaba mucho al poeta, pero Lerm & Ludewig se oponía. Lo intentará otra vez mañana. Inmediatamente después del desayuno, con la cucharita en la mano todavía y sentado en actitud desconfiada delante del papel blanco, sentirá la rebeldía, especialmente si se le ocurre algo.

EL CONTENIDO REBELDE

 

EL CONTENIDO REBELDE

 

KANDINSKY decía: “La forma agradece su buena definición al proporcionar por si sola el contenido.” Frase bella y convincente, frase a la que debemos el tapiz con dibujos pequeños y grandes, compuesto en mayúsculas y minúsculas. Todos la han entendido. Los pintores, los poetas, la industria del embalaje y los inventores de los aparatos de sonido. Sacudamos la frase; su sentido debería soportarlo: “El contenido agradece su buena definición al proporcionar por sí solo la forma.” Sin embargo, la inversion de la frase tampoco convence del todo. No es posible hablar de forma y contenido, de contenido y forma, en una sola frase. Son máximas que a lo sumo sirven para la primera página del catálogo de una exposición de artes plásticas o como sentencia para el dorso de un calendario progresista. Por lo tanto intentaré sembrar la desconfianza entre varios signos de puntuación; es más, entre la forma y el contenido.

Al enumerar actividades cuya falta de sentido ha adquirido un carácter proverbial estamos hablando de virtudes humanas: escupir contra el viento, remar contra la corriente, estrellar la cabeza contra la pared, predicar en el desierto. Y tocamos una virtud más al recordar a aquellos que se afanaron en escribir o pintar a pesar del contenido, o que como Maillol observaron año tras año a la misma muchacha rolliza, para ayudar a la mano creadora a delinear con claridad una rodilla o a incrustar una vértebra cervical que sólo los verdaderos fetichistas sabrían descubrir.

El contenido es el inevitable rebelde, el pretexto para la forma. La forma o la sensibilidad para ella es algo que se tiene, que se lleva como una bomba en el maletín. Sólo se requiere el detonador —llamémoslo historia, anécdota, hilo rojo, tema o también contenido— para concluir los preparativos de un atentado durante largo tiempo planeado, y exhibir unos fuegos artificiales desplegados a la altura correcta y en condiciones climáticas favorables, con la explosión correspondiente unos segundos después de que el ojo pudo deleitarse. Todos los autores de atentados, incluso de los literarios, estarán de acuerdo conmigo en lo siguiente: si el detonador o el contenido permanece en el maletín durante demasiado tiempo, si es desarmado precipitadamente o antes de tiempo, si la relación entre la bomba y el detonante se altera, en suma, si se cazan gorriones con un cañón o cachalotes con pistolas de agua, el sucedáneo aún sin nombre se burlará de los dioses, antes tan fáciles de entretener.

Mencionaré de paso a los que desprecian la forma, calientan todo el voluminoso contenido en su pecho y sólo aportan entusiasmo a la obra de su pluma.

Es difícil hallar y fijar un verdadero contenido, es decir, uno que sea terco, delicado como un caracol y detallado, aunque con frecuencia se encuentre en plena calle haciéndose el desentendido. Los contenidos se desgastan, se disfrazan, se hacen los tontos, se califican de banales y de esta manera esperan sustraerse al penoso tratamiento de la mano del artista.

Cuando la mano del artista busca por un tiempo pero sigue vacía, o no muestra la habilidad suficiente para lo que encontró, la boca del artista reniega de los contenidos y su cabeza se acuerda de aptitudes y cualidades formales muy propias. “El qué no es lo importante, sólo el cómo. El contenido sólo estorba, es una concesión al público. El arte busca la forma en sí. El arte es eterno, debe superar el espacio y el tiempo, ya los ha superado. Sólo los del este todavía practican el realismo social. Nosotros, sin embargo (los artistas hostiles al contenido suelen hablar en plural), nos hemos adelantado a nosotros mismos, el vuelo de nuestras ideas revienta a diario y por los mismos gajes del oficio toda forma importuna.” Cuántas cosas pueden crearse teniendo imaginación. Nuevas perspectivas, constelaciones, estructuras, aspectos, acentos; nada de todo ello existió jamás. Los pintores descubren el plano (como si Rafael hubiese abierto agujeros en el lienzo), los poetas se remiten al subconsciente y sueñan con cierto miedo, si bien de manera literariamente productiva, que ellos mismos pudieran convertirse en epígonos de este edén de las metáforas o ser desvalijados —lo que resultaría aún peor— por ladrones epigonales de los sueños y del subconsciente.

Entretanto los contenidos, hartos de sí mismos, siguen en plena calle y se avergüenzan de su contenido.

 

Gumnter Grass

 

El lenguaje sobre el escenario

 

 Creo que la noción de “espectáculo”, no poco equívoca de por sí, constituye aún un instrumento útil para descifrar algunos aspectos de la multitud postfordista (que es, si se quiere, una multitud de virtuosos, de trabajadores que, para trabajar, recurren a dotes genéricamente “políticas”).

El concepto de “espectáculo”, acuñado durante los años sesenta por los situacionistas, es un concepto propiamente teórico, no extraño a la trama de argumentaciones marxianas. Para Guy Debord (Debord 1967) el “espectáculo” es la comunicación humana devenida mercancía. Aquello que se da en el espectáculo es, precisamente, la facultad humana de comunicarse, el lenguaje verbal en cuanto tal. Como se puede ver, no se trata de una acusación rencorosa contra la sociedad de consumo (siempre un poco sospechada, porque se corre el riesgo, como le sucede a Pasolini, de añorar la buena convivencia en medio del bajo consumo y la miseria). La comunicación humana en cuanto espectáculo es una mercancía entre las demás, desprovista de prerrogativas o cualidades especiales. Pero, por otra parte, es una mercancía que concierne, a partir de un cierto punto, a todos los sectores industriales. Aquí está el problema.

Por un lado el espectáculo es el producto particular de una industria particular, la industria llamada cultural por lo señalado. Por otro lado, en el postfordismo la comunicación humana es también un ingrediente esencial de la cooperación productiva en general; por lo tanto, es la reina de las fuerzas productivas, algo que sobrepasa el propio ámbito sectorial, resguardando más bien a la industria en su conjunto, a la poiesis en su totalidad… En el espectáculo son exhibidas, en forma separada y fetichizada, las fuerzas productivas más relevantes de la sociedad, aquellas fuerzas productivas que deben alcanzar cualquier proceso laboral contemporáneo: competencia lingüística, saber, imaginación, etc. El espectáculo posee, por lo tanto, una doble naturaleza: producto específico de una industria particular, pero también, al mismo tiempo, quintaesencia de modo de producción en su conjunto. Debord escribe que el espectáculo es “la exposición general de la racionalidad del sistema” (ibid. 28). Dan espectáculo, por así decir, las propias fuerzas productivas de la sociedad en cuanto coinciden, en medida creciente, con la competencia lingüística- comunicativa y con el general intellect.

La doble naturaleza del espectáculo trae a la mente, ciertamente, la doble naturaleza del dinero. Como es sabido, el dinero es una mercancía entre las demás, fabricada en la ceca del Estado, en Roma, dotada de un cuerpo metálico o de papel. Pero tiene también una segunda naturaleza: es el equivalente, la unidad de medida, de todas las demás mercancías. Particular y universal al mismo tiempo el dinero; particular y universal al mismo tiempo el espectáculo. El parangón, sin dudas atractivo, es, sin embargo, erróneo. A diferencia del dinero, que mide el resultado de un proceso productivo concluido, el espectáculo concierne más bien al proceso productivo en sí, en sí mismo, en su potencialidad. El espectáculo, según Debord, muestra lo que hombres y mujeres pueden hacer. Mientras que el dinero refleja en sí el valor de las mercancías, por lo tanto aquello que la sociedad ya ha hecho, el espectáculo exhibe en forma separada aquello que el conjunto de la sociedad puede ser o hacer. Si el dinero es la “abstracción real” (para usar una clásica expresión marxiana) que se refiere a las obras concluidas, al pasado del trabajo, el espectáculo, por el contrario, según Dabord, es la “abstracción real” que representa al mismo obrar, al presente del trabajo. Si el dinero señala hacia los cambios, el espectáculo, comunicación humana devenida mercancía, señala a la cooperación productiva. Debe concluirse, por lo tanto, que el espectáculo, la capacidad comunicativa humana devenida mercancía, posee una doble naturaleza, pero distinta a la del dinero. ¿Cuál?

Mi hipótesis es que la industria de la comunicación (o mejor aún, del espectáculo, o, también, la industria cultural) es una industria dentro de las otras, con su técnica específica, sus procedimientos particulares, sus peculiares provechos, etc., pero que, por otra parte, lleva también a cabo el papel de industria de los medios de producción. Tradicionalmente la industria de los medios de producción es la industria que produce máquinas y demás instrumentos, para ser empleados luego en los más diversos sectores productivos. Sin embargo, en una situación en la cual los instrumentos de producción no se reducen a máquinas, sino que consisten en competencia lingüística- cognoscitiva inescindible del trabajo vivo, es lícito pensar que una parte conspicua de los denominados “medios de producción” consista en técnica y procedimientos comunicativos. Y bien ¿dónde son forjadas estas técnicas y estos procedimientos sino en la industria cultural? La industria cultural produce (innova, experimenta) los procedimientos comunicativos que son luego destinados a hacer las veces de medios de producción hasta en los sectores más tradicionales de la economía contemporánea. He allí el papel de la industria de la comunicación, una vez que el postfordismo se ha afirmado plenamente: industria de los medios de comunicación.

Industria cultural: anticipación y paradigma

 

 

 

El virtuosismo se vuelve trabajo masificado con el nacimiento de la industria cultural. Es aquí donde el virtuoso comienza a sellar su tarjeta. En la industria cultural, en efecto, la actividad sin obra, es decir la actividad comunicativa que tiene en sí misma su propio cometido, es el elemento caracterizante, central, necesario. Y es por este motivo que por sobre todo en la industria cultural la estructura del trabajo asalariado ha coincidido con la acción política.

En el sector en el cual se produce comunicación con medios de comunicación, la tarea y la función son, conjuntamente, “virtuosísticas” y “políticas”. Un gran escritor italiano, Luciano Bianciardi, en su romance más importante, La vita agra, cuenta miserias y esplendores de la industria cultural en Milán en los años cincuenta. Una página admirable de este libro ilustra eficazmente aquello que distingue a la industria cultural de la industria tradicional y de la agricultura. El protagonista de La vita agra, llegado a Milán de Grosseto con la intención de vengar la reciente muerte del trabajo en su región, termina empleándose en la naciente industria cultural. Pero, tras un breve período, es licenciado. He aquí el fragmento que hoy posee un indudable valor teórico: “…Y me licenciaron, por el sólo hecho de arrastrar los pies, de moverme lento, me quedo a un lado hasta que no sea indispensable. En nuestra ocupación, en cambio, es preciso separar bien la tierra, los pies, y golpear sonoramente, es necesario moverse, zapatear, saltar, hacer polvo, una nube de polvo y luego ocultarse dentro de ella. No es como hacen el campesino o el obrero. El campesino se mueve lento, porque como su trabajo sigue a las estaciones él no puede sembrar en julio y cosechar en febrero. El obrero se mueve rápidamente, pero está en la cadena, porque le cuentan en tiempo de producción, y si no camina a ese ritmo está en aprietos [...] Pero el hecho es que el campesino pertenece a la actividad primaria, y el obrero a la secundaria. Uno produce de la nada, el otro transforma una cosa en otra. La medida de valoración para el obrero y el campesino es fácil, cuantitativa: cuantas piezas saca la fábrica del horno, cuánto rinde la finca. En nuestra tarea es diferente, no somos mensurables cuantitativamente. ¿Cómo se mide la destreza de un sacerdote, de un publicitario, de un PRM? Ellos no producen de la nada ni transforman. No son ni primarios ni secundarios. Son terciarios, y hasta podemos decir [...] cuaternarios. No son instrumentos de producción, y ni siquiera correa de transmisión. Son lubricantes al máximo, son vaselina pura. ¿Cómo se puede valorar a un sacerdote, a un publicista, a un PRM? ¿Cómo se calcula la cantidad de fe, de deseos de compra, de simpatía, que aquellos hayan logrado obtener? No, no tenemos otro método como no sea la capacidad de cada uno de mantenerse a flote, de emerger por sí mismo, en suma, de llegar a obispo. En otras palabras, aquel que elija una profesión terciaria o cuaternaria necesita dotes y aptitudes de tipo político. La política, como todos sabemos, ha dejado hace tiempo de ser la ciencia del buen gobierno, tornándose en su lugar en el arte de la conquista y la conservación del poder. De este modo, la bondad de un hombre político no se mide según el bien que le haga a los demás, sino por la rapidez con que arribe a la cúspide y el tiempo que pueda mantenerse allí [...] Del mismo modo, en las profesiones terciarias y cuaternarias, no existiendo ninguna producción visible de bienes que sirva de medida, el criterio será el mismo” (Bianciardi 1962: 129-32)

En muchos sentidos el análisis de Bianciardi está visiblemente desactualizado, ya que en él las tareas de la industria cultural aparecen como una excepción marginal y extravagante. Y más aún: es cuando menos superficial la reducción de la política a simple y puro atropello. Sin embargo, en el fragmento que hemos leído brota ante los ojos una formidable intuición, que mezcla y retoma a su modo la tesis de Arendt sobre la semejanza entre virtuosismo y política, y las anotaciones de Marx acerca del trabajo que no tiene por resultado una “obra” independiente. Bianciardi subraya la creciente “politicidad” del trabajo en la industria cultural. Pero, y esto es lo importante, asocia esta politicidad al hecho que en tal industria no se producen obras separadas del propio acto. Allí donde falta una “obra” extrínseca hay acción política. Seamos claros: en la industria cultural (como luego, hoy, en la época postfordista, en la industria en general) no faltan algunos productos acabados para la venta al final del proceso productivo. El punto crucial es que, mientras que la producción material de objetos es demandada al sistema de máquinas automatizadas, las prestaciones del trabajo vivo se asemejan cada vez más a las prestaciones lingüísticas- virtuosísticas.

Es de preguntarse qué papel jugó la industria cultural en la superación del fordismo- taylorismo. Creo que ella había puesto a punto el paradigma de la producción postfordista en su conjunto. Creo, en consecuencia, que los procedimientos de la industria han devenido, a partir de un cierto momento, ejemplares e invasivos. En la industria cultural, incluso en aquella arcaica examinada por Benjamin y Adorno, es posible encontrar el preanuncio de un modo de producir que luego, con el postfordismo, se generalizará, alcanzando el rango de canon.

Para entender mejor esto, retornemos momentáneamente a la crítica de la industria de la comunicación por parte de los pensadores de la Escuela de Frankfurt. En Dialéctica del iluminismo (Adorno, Horckheimer 1947: 130-80), los autores sostenían, en forma general, que también las “fábricas del alma” (editoriales, cine, radio, televisión, etc.), se conformaban según los criterios fordistas de la serialidad y la parcelización. En ellas parecía afirmarse la cadena de montaje, símbolo preclaro de las fábricas de automóviles. El capitalismo- es esta la tesis- muestra poder mecanizar y especializar incluso la producción espiritual, tal como ha hecho con la agricultura y la elaboración de los metales. Serialidad, insignificancia de la tarea única, econometría de las emociones y los sentimientos: son los estribillos permanentes. Esta aproximación crítica admitía, por supuesto, que en el caso peculiar de la industria cultural permanecieran algunos aspectos refractarios a una asimilación completa a la organización fordista del proceso laboral. En la industria cultural, por ello, era necesario mantener abierto un determinado espacio para la informalidad, lo no programado, el escape imprevisto, la improvisación comunicativa e ideativa: no para favorecer a la creatividad humana, sino a fin de obtener una productividad empresaria satisfactoria. Pero para la Escuela de Frankfurt estos aspectos eran nada más que residuos sin importancia, escoria del pasado, detritus. Sólo importaba la fordización general de la industria cultural. Ahora me parece que, observando todo esto desde la perspectiva de nuestro presente, no es difícil reconocer que aquellos pretendidos residuos (un cierto espacio concedido a lo informal, a lo imprevisto, a lo “fuera de programa”) eran, en verdad, avances del futuro.

No se trataba de residuos sino de presagios anticipatorios. La informalidad del accionar comunicativo, la interacción competitiva típica de una reunión, las bruscas variaciones que pueden animar un programa televisivo, en general todo aquello que está disfuncionalmente rígido y reglamentado hasta un cierto umbral es visto hoy, en la época postfordista, como un rasgo típico de la totalidad de la producción social. Y no sólo de la actual industria cultural, sino hasta de la Fiat de Melfi. Si Bianciardi hablaba del trabajo en el cual regía un nexo entre actividad- sin- obra (virtuosa) y aptitudes políticas como si fuera una extravagancia marginal, hoy se trata de la regla. El entramado entre virtuosismo, política y trabajo está hoy propagado por todas partes. Resta preguntarse, a lo sumo, qué función específica asume hoy la industria de las comunicaciones, cuando todos los sectores industriales se inspiran en su modelo. Aquella que en su momento anticipó el viraje postfordista ¿qué función cumple ahora que el postfordismo está plenamente desplegado? Para responder conviene detenerse por un momento en los conceptos de “espectáculo” y “sociedad del espectáculo”.

El hablante como artista ejecutor

 

Todos nosotros somos, desde siempre, virtuosos, artistas ejecutantes. Tal vez mediocres o torpes pero, a todos los efectos, virtuosos. En efecto, el modelo básico del virtuosismo, la experiencia en que se funda el concepto, es la actividad del hablante. No la actividad de un locutor sabio, sino la de cualquier locutor. El lenguaje verbal humano, no siendo un simple utensilio o un complejo de señales instrumentales (característica esta que asemeja, en el peor de los casos al lenguaje de los animales no humanos: pensemos en las abejas, en las señales mediante las cuales coordinan el aprovisionamiento de comida), posee en sí mismo su propia realización, no produce (al menos no necesariamente, no regularmente) un “objeto” independiente de la propia ejecución enunciativa.

El lenguaje es “sin obra”. Toda enunciación es una prestación virtuosa. Y lo es, obviamente, porque está conectada (directa o indirectamente) a la presencia ajena. El lenguaje presupone y al mismo tiempo instituye siempre de nuevo el “espacio de estructura pública” del cual habla Arendt. Debemos releer el pasaje de la Etica Nicomachea sobre la diferencia entre poiesis (producción) y praxis (política) en estrecha referencia a la noción de palabra en Saussure (Saussure 1922: 28-30) y, sobre todo, al análisis de Emile Benveniste (Benveniste 1970) sobre la enunciación (donde por enunciación se entiende no el contenido del enunciado, el “qué se dice”, sino la toma de palabra como tal, el mismo hecho de hablar). De tal modo se constata que los rasgos diferenciales de la praxis respecto de la poiesis coinciden en todo y por todo con los rasgos diferenciales del lenguaje verbal respecto de la motilidad o también a la comunicación no- verbal.

Es más. Sólo el parlante- a diferencia del pianista, del bailarín, del actor- puede actuar sin una copia o una partitura. El suyo es un virtuosismo dual: no sólo no produce una obra que sea distinguible en la ejecución sino que ni siquiera tiene a sus espaldas una obra para actualizar mediante la ejecución. En efecto, el acto de la palabra se sirve solamente de la potencialidad de la lengua, o, mejor, de la facultad genérica del lenguaje: no de un texto prefijado al detalle. El virtuosismo del parlante es prototipo y culminación de todo otro virtuosismo, exactamente porque incluye en sí la relación potencia/ acto, allí donde el virtuosismo ordinario o derivado presupone un acto determinado (las Variaciones Goldberg de Bach, por ejemplo), para ser revivido siempre de nuevo. Volveremos sobre este punto.

Baste decir, por ahora, que la producción contemporánea se vuelve “virtuosística” (y por ende política) porque incluye en sí la experiencia lingüística como tal. Si esto es así, la matriz del postfordismo se encontrará en el sector industrial en el que haya “producción de comunicación por medios de comunicación”. Por lo tanto, en la industria cultural.

La tonalidad emotiva de la multitud

Deseo hablar brevemente ahora de la situación emotiva de la multitud contemporánea. Con la expresión “situación emotiva” no me refiero, que quede claro, a una mezcla de propensiones psicológicas, sino a modos de ser y de sentir tan extendidos que resultan comunes a los más diversos contextos de la experiencia (trabajo, ocio, afectos, política, etc.). La situación emotiva, además de ubicua, es siempre ambivalente. Ella puede manifestarse, además, tanto como aquiescencia o como conflicto, ya con la semblanza de la resignación como con la de la inquietud crítica. Dicho de otro modo: la situación emotiva tiene un núcleo neutro sujeto a declinaciones diversas e incluso opuestas. Este núcleo neutro indica un modo de ser fundamental. Ahora es indudable que la situación emotiva de la multitud se manifiesta hoy con “malos sentimientos”: oportunismo, cinismo, integración social, abjuración incansable, alegre resignación. Sin embargo, necesita remontarse desde estos “malos sentimientos” hasta el núcleo neutro, es decir al modo de ser fundamental que, en principio, podría dar origen a desarrollos muy diferentes a los que prevalecen hoy. Lo difícil de entender es que el antídoto, por así llamarlo, puede ser hallado en aquello que hoy se muestra como veneno.

La situación emotiva de la multitud postfordista se caracteriza por la coincidencia inmediata entre producción y ética, “estructura” y “superestructura”, revolución del proceso laboral y sentimientos, tecnología y tonalidad emotiva, desarrollo material y cultura. Detengámonos un momento en estas coincidencias. ¿Cuáles son hoy los principales requisitos exigidos a los trabajadores dependientes? Acostumbramiento a la movilidad, capacidad de adaptarse a las reconversiones más bruscas, adaptabilidad asociada con algunas iniciativas, ductilidad en el transcurrir entre uno y otro grupo de reglas, disposición a una interacción lingüística tan banalizada como omnilateral, capacidad de ingeniarse más allá de posibilidades alternativas limitadas. Pues bien, estos requisitos no son el fruto del disciplinamiento industrial, sino más bien el resultado de una socialización que tiene su epicentro fuera del trabajo. La “profesionalidad” efectivamente requerida y ofrecida consiste en las dotes adquiridas durante una prolongada permanencia en un estadio pre- laboral o precario. Diría: en la espera de un empleo se han venido desarrollando aquellos talentos genéricamente sociales y aquel hábito de no contraer hábitos perdurables, que funcionan luego, una vez que se ha hallado trabajo, como verdaderos “gajes del oficio”.

La empresa postfordista usufructúa estos hábitos de no tener hábitos, este adiestramiento para la precariedad y la variabilidad. Pero el hecho decisivo es una socialización (con este término designo a la relación con el mundo, con los otros y con uno mismo) que proviene esencialmente de fuera del trabajo, una socialización esencialmente extra laboral. Son los chocs metropolitanos de los que hablaba Benjamin, la proliferación de juegos lingüísticos, las variaciones ininterrumpidas de las reglas y las técnicas que constituirán el gimnasio donde se forjarán las aptitudes y requisitos que, a continuación, se volverán dotes y requisitos “profesionales”. Entendamos bien: la socialización extra laboral (que luego confluye en el “ámbito laboral” postfordista) consiste en experiencias y sentimientos en los cuales la principal filosofía y sociología del último siglo, desde Heidegger y Simmel en más, ha reconocido los rasgos distintivos del nihilismo. Nihilística es una praxis que ya no goza de un fundamento sólido, de estructura recursiva de la cual dar cuenta, de hábitos protectores. Durante el Novecientos el nihilismo pareció un contrapunto colateral a los procesos de racionalización de la producción y del Estado. Diría: por una parte el trabajo, por otra la precariedad y la variabilidad de la vida metropolitana. Ahora, en cambio, el nihilismo (habituarse a no tener hábitos, etc.) entra en producción, deviene requisito profesional, es puesto a trabajar. Sólo aquel que es experto en la aleatoria variabilidad de la forma de vida metropolitana sabe cómo comportarse en la fábrica del just in time (justo a tiempo: en inglés en el original. N. del T.)

Casi es inútil agregar que, de este modo, se hace añicos el esquema mediante el cual la mayor parte de la tradición sociológica y filosófica ha representado a los procesos de “modernización”. De acuerdo con tales esquemas, las innovaciones (tecnológicas, emotivas, éticas) desconciertan a las sociedades tradicionales, donde prevalecen costumbres repetitivas. Filemón y Bauci, los pacíficos campesinos que Goethe describe en Fausto, supieron despegarse del empresario moderno. Hoy, nada de todo esto. No se puede hablar más de “modernización” allí donde intervienen las innovaciones, por lo demás, con periodicidad cada vez más breve, sobre un escenario completamente caracterizado por el desarraigo, la aleatoriedad, el anonimato, etc. el punto crucial es que el actual movimiento productivo se sirve, como su más precioso recurso, de todo aquello que los esquemas de la modernización consideraban dentro de sus efectos: incertidumbre de expectativas, contingencia de las colocaciones, identidades frágiles, valores siempre cambiantes. La tecnología avanzada no provoca una “desorientación” para disipar una progresiva “familiaridad”, sino que reduce a perfil profesional la misma experiencia de la desorientación más radical. El nihilismo, en un principio a la sombra de la potencia técnica- productiva, deviene luego en ingrediente fundamental, dote muy estimada en el mercado laboral.

Éste es el trasfondo sobre el que se destacan sobre todo dos tonalidades emotivas no exactamente edificantes: el oportunismo y el cinismo. Tratemos de tamizar estos “malos sentimientos”, identificando en ellos un modo de ser que, de por sí, puede ser expresado de modo no desdeñoso.

 

Oportunismo

. El oportunismo hunde sus raíces en una socialización extra laboral signada por virajes repentinos, chocs perceptivos, innovaciones permanentes, inestabilidad crónica. Oportunista es aquel que afronta un flujo de posibilidades siempre intercambiables, estando disponible para el mayor número de ellas, sometiéndose a la más próxima y luego desviándose con presteza de una a otra. Esta es una definición estructural, sobria, no-moralista del oportunismo. En cuestión es una sensibilidad aguzada por las mutables oportunidades, una familiaridad con el caleidoscopio de las oportunidades, un íntima relación con lo posible en cuanto tal. En el modo postfordista de producción el oportunismo adquiere un indudable relieve técnico. Es la reacción cognoscitiva y de comportamiento de la multitud contemporánea al hecho que la praxis ya no está ordenada según directrices uniformes, sino que presenta un alto grado de indeterminación. Ahora, la misma capacidad de ingeniarse entre oportunidades abstractas e intercambiables constituye una cualidad profesional en ciertos sectores de la producción postfordista, allí donde el proceso laboral no está regulado por una finalidad particular única, sino por una clase de posibilidad equivalente, a especificar cada vez. La máquina informática, antes que medio para un fin unívoco, es premisa de elaboraciones sucesivas y “oportunistas”. El oportunismo se hace valer como recurso indispensable cada vez que el proceso de trabajo concreto está invadido de un difuso “obrar comunicativo”, ni identificándose más con el “obrar instrumental” mudo. O también, retomando un tema tratado en la segunda jornada del seminario, toda vez que el Trabajo incluye en sí los rasgos salientes de la Acción política. En el fondo ¿qué otra cosa es el oportunismo si no una dote del hombre político?

 

 

Cinismo

. También el cinismo es conexo a la inestabilidad crónica de la forma de vida y de los juegos lingüísticos. Esta inestabilidad crónica expone a la vista, tanto en el trabajo como en el tiempo libre, las reglas desnudas que estructuran artificialmente los ámbitos de acción. La situación emotiva de la multitud está caracterizada, por lo señalado, por la extrema vecindad de los “muchos” a las reglas que enervan los contextos singulares. En la base del cinismo contemporáneo está el hecho que los hombres y las mujeres experimentan las reglas, sino los “hechos”, antes que los eventos concretos. Pero tener una experiencia directa de las reglas significa también reconocer su convencionalismo y falta de fundamentos. De modo que no se está más inmerso en un “juego” predefinido, participando con verdadera adhesión, sino que se vislumbra un “juego” singular, despojado de toda obviedad y seriedad, ahora sólo el lugar de la inmediata afirmación de sí. Afirmación de sí tanto más brutal y arrogante, en suma cínica, en tanto más se sirve, sin ilusiones pero con perfecta adhesión momentánea, de aquellas mismas reglas de las cuales se había percibido el convencionalismo y la mutabilidad.

Pienso que hay una relación muy fuerte entre el general intellect y el cinismo contemporáneo. O mejor: pienso que el cinismo es uno de los modos posibles de reaccionar al general intellect (no el único, cierto: retorna aquí el tema de la ambivalencia de las situaciones emotivas). Veamos mejor este nexo. El general intellect es el saber social devenido principal fuerza productiva; es el conjunto de paradigmas epistémicos, lenguajes artificiales, constelaciones conceptuales que enervan la comunicación social y la forma de vida. El general intellect se distingue de las “abstracciones reales” típicas de la modernidad, todas ancladas al principio de equivalencia. “Abstracción real” es, sobre todo, el dinero, que representa la conmensurabilidad de los trabajos, de los productos, de los sujetos. Pues bien, el general intellect no tiene nada que ver con el principio de equivalencia. Los modelos del saber social no son unidad de medida, sino que constituyen el presupuesto para posibilidades operativas heterogéneas. Los códigos y paradigmas técnico- científicos se presentan como “fuerza productiva inmediata”, es decir, como principios constructivos. No se equiparan a nada, pero hacen las veces de premisa para todo género de acciones.

El hecho que el ordenamiento de las relaciones sociales provenga del saber abstracto antes que del intercambio de equivalentes, se refleja en la figura contemporánea del cínico. ¿Por qué? Porque el principio de equivalencia constituía la base, aún contradictoria, para las ideologías igualitarias que propugnaban el ideal de un reconocimiento recíproco sin constricciones, aquel de una comunicación lingüística universal y transparente. Viceversa, el general intellect, en tanto premisa apodíptica de la praxis social, no ofrece ninguna unidad de medida para una equiparación. El cínico reconoce, en el contexto particular en el cual actúa, el papel preeminente de ciertas premisas epistémicas y la simultánea ausencia de equivalencias reales. Comprime preventivamente la aspiración a una comunicación dialógica paritaria. Renuncia desde el principio a la búsqueda de un fundamento intersubjetivo para su praxis, como también a la reivindicación de un criterio unificado de valoración moral. La caída del principio de equivalencia, íntimamente correlacionado con los intercambios de mercancías, es vestida, en el comportamiento del cínico, como insoportable abandono de la instancia de igualdad. Al punto que él confía la afirmación de sí a la multiplicación (y fluidificación) de jerarquías y desigualdades, que la sobrevenida centralidad del saber en la producción parece comportar.

Oportunismo y cinismo: “malos sentimientos”, sin duda. Sin embargo, es lícito hipotetizar que cada conflicto o protesta de la multitud arraigará en el propio modo de ser (el “núcleo neutro” al que aludíamos antes) que, por el momento, se manifiesta con esta modalidad algo repugnante. El núcleo neutro de la situación emotiva contemporánea, susceptible de manifestaciones opuestas, consiste en la familiaridad con lo posible en cuanto posible y en una extrema aproximación a las reglas convencionales que estructuran los diversos contextos de acción. Aquella familiaridad y esta proximidad, de las cuales derivan ahora el oportunismo y el cinismo, constituyen, de todos modos, un signo distintivo indeleble de la multitud.

Bibliografía general para una teoría del ensayo

 Adorno, Theodor W. “El ensayo como forma”. Notas de literatura (Barcelona: Ariel, 1962), pp. 11-36. (Escrito originalmente en alemán: “Der Essay als Form”. Noten zur Literatur (Frankfurt am Main: Suhrkamp Verlag, 1958), pp. 9-49. Cree Adorno que “la actualidad del ensayo es la actualidad de lo anacrónico”, pues “se ve aplastado” entre la ciencia y la filosofía. Reflexiona, entre otros aspectos, sobre el “carácter fragmentario” e “impulso asistemático” del ensayo, y lo enfrenta a las cuatro reglas cartesianas).

  • Alazraki, Jaime. “Borges: una nueva técnica ensayística”. El ensayo y la crítica literaria en Iberoamérica. Editado por Kurt L. Levy y Keith Ellis (Toronto: Universidad de Toronto, 1970), pp. 137-143. (El estudio se propone “definir la aportación de Borges al ensayo”. En el proceso compara los ensayos de Borges sobre Kafka con los de Ezequiel Martínez Estrada y observa que en Borges, “en sus ‘inquisiciones’ hay una dimensión imaginativa nueva en el ensayo hispanoamericano”. Los ensayos de Borges, pues, se apartan de los “términos de estructura discursiva del ensayo tradicional”. Y en “el tratamiento de los temas de los ensayos no difiere del empleado en sus narraciones”).
  • Alazraki, Jaime. “Tres formas del ensayo contemporáneo: Borges, Paz, Cortázar”. Revista Iberoamericana 118-119 (1982): 9-20. (Explora tres “direcciones en las que el ensayo hispanoamericano se aventura en formas que lo renuevan como género”. Lo hace a través de las obras de Borges, Paz y Cortázar que, “han obligado al ensayo a cruzar sus propios límites”. “Borges dispone los materiales de sus ensayos según un modelo más próximo a la narración breve que al discurso ensayístico”. “El ensayo de Paz es un ejercicio de reconciliación entre dos géneros-ensayo y poesía”. “Los ensayos de Cortázar se aproximan a la novela por su actitud de diálogo”).
  • Alonso-Fueyo, Sabino. “La intelectualidad y el periodismo”. La Estafeta Literaria 315 (1965): 3. (Breve reflexión en torno a la función del intelectual -el ensayista, aunque no use el término- en el periodismo. “El intelectual de nuestro tiempo no puede habitar en una torre de marfil -lo que equivaldría a negarse de plano”. Por eso “está dispuesto siempre a la comunicación, al diálogo, al coloquio”: ya que “es el más llamado a interpretar y expresar los sentimientos colectivos”).
  • Alonso Pedraz, Martín. “Segunda forma: el ensayismo”. Ciencia del lenguaje y arte del estilo (Madrid: Aguilar, 1960), pp. 470-472. (El estudio consta de tres partes. En la primera incluye un intento, sin mucho éxito de definición del ensayo; en la segunda anota opiniones sobre el ensayo de Ortega y Gasset, Azorín y Unanumo; en la tercera parte incluye, con un criterio un poco caprichoso, listas de nombres de “ensayistas” españoles, hispanoamericanos y filipinos).
  • Alvar, Manuel. “Historia de la palabra ensayo en español”. En Ensayo (Málaga: Diputación Provincial de Málaga, 1980), pp. 11-43. (Estudio sistemático y documentado del término “ensayo” en sus diversos significados, con énfasis en el origen y desarrollo de la palabra ensayo para designar un género literario).
  • Alvar, Manuel. “La turbada historia de la palabra ensayo“. Dispositio 22-23 (1983): 145-168.
  • Anderson Imbert, Enrique. “Defensa del ensayo”. Ensayos (Tucumán: Talleres Gráficos Miguel Violetto, 1946), pp. 119-124. (Defensa del ensayo ante la filosofía, motivada por el desdén que algunos profesores de filosofía muestran hacia los ensayistas. Concluye diciendo: “Descreo, por lo tanto, del prejuicio de que un ensayo no es tan digno como un tratado de filosofía”. En el proceso de la defensa incluye enjundiosas reflexiones que culminan en un conseguido intento de definición).
  • Anderson Imbert, Enrique. “¿Quién es el padre del ensayo?” Los domingos del profesor (Buenos Aires: Editorial Cultura, 1965), pp. 1-3. (Niega que se pueda conceder un origen concreto al ensayo, para lo cual comenta y compara los ensayos de Montaigne con los de Bacon. Para él, el ensayo, “en tanto género abstracto y universal, no existe sino en la cabeza de los profesores. Lo que sí existe son ‘los ensayos’, concretos, sigularísimos e irrepetibles en la historia de la literatura”).
  • Anónimo. “The Ego in the Essay”. Essays of Today. Editado por Rose A. Witham. (Cambridge: The Riverside Press, 1931), págs. 3-6.
  • Aparicio, Juan. “Ensayistas políticos y políticos ensayistas”. La Estafeta Literaria 322-323 (1965): 113-114. (No considera el aspecto teórico. El estudio se enfoca en los “ensayistas” gallegos y en el deseo de “deslindar ensayismo y política como contradiciones antitéticas”).
  • Araya, Guillermo. “Fondo y forma de los ‘genera dicendi’”. Claves filológicas para la compresión de Ortega. (Madrid: Gredos, 1971), pp. 23-60. (Reflexión sobre el concepto de género como aproximación teórica previa al estudio de la obra de Ortega. Considera lo que él denomina a) género literario -”productos lingüísticos [...] que valen fundamentalmente como fornas estéticas”-; y b) género cogitativo -”todo hablar vital guiado teleológicamente por el criterio verdad-error y que fragüe formas determinadas”).
  • Arciniegas, Germán. “El ensayo en nuestra América”. Cuadernos 19 (París, 1956): 125-130.
  • Arciniegas, Germán. “Nuestra América es un ensayo”. Cuadernos 73 (París, 1963): 9-16. (Ambos estudios poseen un contenido semejante que se podría representar mediante la unión de los dos títulos en uno solo. Se contesta en ellos a la pregunta: “¿Por qué la predilección por el ensayo -como género literario- en nuestra América?” Para Arciniegas, el ensayo iberoamericano “no es un divertimiento literario, sino una reflexión obligada frente a los problemas que cada época nos impone”. En ambos estudios establece un paralelismo entre la historia iberoamericana y los ensayos que aparecieron en cada época. No considera directamente el aspecto teórico del ensayo).
  • Atkinson, Geoffroy. “La forme de l’essai avant Montaigne”. Bibliothèque d’Humanisme et Renaissance 8 (1946): 129-136.
  • Ayscough, John (Count Francis B. D. Bickerstaffe-Drew). “An Essay on Essayists”. Levia-Pondera (Freeport: Books for Libraries Press, 1967), pp. 131-145.
  • Azofeifa, Isaac Felipe. “Teoría y función del ensayo”. Káñina. Revista de Artes y Letras 6.1-2 (1982): 19-22.
  • Bachmann, Dieter. Essay und Essayismus. Stuttgart: Kohlhamer, 1969. 220 pp. (Comentarios críticos acerca de diversos ensayistas. Se incluyen fragmentos de ensayos de M. Rychner, R. Kassner, H. Mann, W. Benjamin, H. Broch, R. Musil. Finaliza con un estudio acerca del ensayismo y una bibliografía sobre cada uno de los autores mencionados).
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  • Baldwin, Charles Sears. “Essays”. Renaissance Literary Theory and Practice (Gloucester: Columbia University Press, 1959), pp. 223-239.
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  • Baroja, Pio. “Las biografías y los ensayos”. Obras completas (Madrid: Biblioteca Nueva, 1948), vol. 5, p. 1108. (Habla despectivamente de los ensayos como obras de divulgación carentes de originalidad. Se manifiesta también contra los intentos de considerar el género ensayístico como algo nuevo).
  • Baumgart, Reinhard. “Die Jünger des Interessanten”. Merkur 11 (1957): 599-604.
  • Becker, Klaus. Der Stil in den Essays von H. D. Thoreau. Marburg, 1952. 140 pp. (Tesis doctoral). (Está dividida en siete partes; la primera es un estudio preliminar de los conceptos de estilo y ensayo. Partes dos a la seis son estudios acerca de Thoreau, su vida y obra, y las críticas de sus contemporáneos acerca de su estilo. En la parte siete concluye su estudio con unas consideraciones sobre el estilo y la forma interna de los ensayos de Thoreau).
  • Belloc, Hilaire. “An Essay upon Essays upon Essays”. One Thing and Another (London: Hollis and Carter, 1956), pp. 11-14.
  • Bennett, Roger E. “Sir William Cornwallis’s Use of Montaigne”. PMLA 48 (1933): 1080-1089.
  • Bense, Max. “Über den Essay und seine Prosa”. Merkur 1 (1947): 414-424. (También en Plakatwelt. Stuttgart: Deutsche Verlags-Anstalt, 1952, pp. 23-37).
  • Bensmaïa, Réda. The Barthes Effect: The Essay as Reflective Text. Minneapolis: University of Minnesota Press, 1987.
  • Benson, Arthur Christopher. “The Art of the Essayist”. Types and Times in the Essay. Editado por Warner Taylor (New York: Harper and Brothers Publishers, 1932), pp. 3-12.
  • Berger, Bruno. Der Essay, Form und Geschichte. Bern: Francke Verlag, 1964. 283 pp. (Trata los siguientes temas: “Aproximación al ensayo y al ensayista”, “el tema”, “la forma”, “el pseudo-ensayo”, “el ensayo ideal”, y “sumario de una historia del ensayo”. Incluye una bibliografía e índice de nombres).
  • Beyer, H. “Essay”. Reallexikon der deutschen Literaturgeschichte 1 (1925-1926): 329-330.
  • Binkley, Harold C. “Essays and Letter-Writing”. PMLA 41 (1926): 342-361.
  • Birkett, Norman. “Essay”. Cassell’s Encyclopaedia of Literature (London: Cassell and Company, 1953), pp. 205-211.
  • Blasi, Alberto. “Hacia una caracterización del ensayo decimonónico”. El ensayo hispánico (Columbia: University of South Carolina, 1984), pp. 1-8.
  • Bleznick, Donald W. El ensayo español del siglo XVI al XX. México: Ediciones de Andrea, 1964, pp. 140. (Historia esquemática de la ensayística española. En el capítulo primero, “Naturaleza del ensayo” (pp. 6-9). Se propone una definición, se anotan algunas reflexiones sobre el ensayo y se delínea su desarrollo histórico. En los capítulos que siguen se estudian brevemente los ensayistas más sobresalientes, sus obras y se incluye, a continuación de cada uno, una bibliografía básica).
  • Blinkenberg, Andreas. “Quel sens Montaigne a-t-il voulu donner au mot ‘essai’ dans le titre de son oeuvre?” Mélanges de Linguistique et de Littérature Romanes Offerts à Mario Roques (París, 1950), Vol. I, pp. 3-14.
  • Boase, Alan M. “The Early History of the Essai Title in France and Britain”. Studies in French Literature Presented to H. W. Lawton (New York: Manchester University Press, 1968), pp. 67-73.
  • Bonenfant, Joseph. “La pensée inachevée de l’essai”. Etudes Littéraires 5 (1972): 15-21.
  • Borinski, Ludwig. “Die Vorgeschichte des englischen Essay”. Anglia 83 (1965): 48-77.
  • Bradley, C. B. “The English Essay: Its Development, and some of its Perfected Types”. University Chronicle (Berkeley) 1 (1898): 383-407.
  • Brandes, Ursula. Der Essay als psychologische Quelle. Heidelberg, 1951.
  • Bréchon, Robert. “Los ensayos”. Armas y Letras 4, No. 1 (1961): 75-85. (Es un ensayo en torno al ensayo, en cuyo desarrollo se le compara con la filosofía para establecer su diferencia, y se le presenta como una forma de pensar. Señala igualmente ciertas diferencias con la novela. Finaliza dando énfasis a una característica que él considera esencial, al señalar que sus ensayos “son, ante todo, probablemente tentativas de comunicación”).
  • Brooks, Charles S. “Lazy Ink-Pots”. Like Summer’s Cloud (New York: Harcourt, Brace and Company, 1925), pp. 183-193.
  • Brooks, Charles S. “The Writing of Essays”. Modern Essays and Stories. Editado por Frederick H. Law (New York: The Century C., 1922), pp. 219-222.
  • Brouillette, Claude. “L’essai: une frivolité littéraire?” Etudes Littéraires 5 (1972): 37-46.
  • Bryan, William Frank and Ronald S. Crane. “A History of the English Familiar Essay”. The English Familiar Essay (New York: Ginnand Co., 1916), pp. XI-LX.
  • Bueno Martínez, Gustavo. “Sobre el concepto de ‘ensayo’”. El P. Feijoo y su siglo (Oviedo: Universidad de Oviedo, 1966), pp. 89-112. (Se propone “formular los criterios esenciales discriminatorios del ensayo y otras formas literarias, así como determinar la raíz de ciertos rasgos comunes a las obras consideradas como ensayos”. No consigue totalmente su propósito. Reflexiona sobre los diversos tipos de ensayos y critica algunas de las definiciones propuestas. Compara la novela con el ensayo, al que considera un género literario dirigido a la generalidad de los cultos, por lo que en el ensayo no tiene cabida el lenguaje técnico. En el estudio se hace repetidas referencias a Feijoo y, en ocasiones, el concepto “ensayo” queda subordinado a los ensayos de éste).
  • Bugella, José María. “Los periodistas literarios”. La Estafeta Literaria 322-323 (1965): 124-127. (A pesar de contener una sección titulada “El ensayo periodístico”, el estudio es, en realidad, una semblanza impresionista sobre escritores gallegos. No se trata el aspecto teórico).
  • Burton, Richard. “The Essay as Mood and Form”. Forces in Fiction and Other Essays (Indianapolis: The Bobbs-Merrill Company, 1902), pp. 85-99.
  • Bush, Douglas. “Essays and Characters”. English Literature in the Earlier Seventeenth Century (Oxford: Oxford University Press, 1946), pp. 181-208.
  • Canby, Henry Seidel. “Out with the Dilettante”. Definitions. First Series (New York: Kennikat Press, 1967), pp. 246-248.
  • Canby, Henry Seidel. “The Essay as Barometer”. The Saturday Review of Literature 11 (16 Feb. 1935): 488.
  • Carballo Picazo, Alfredo. “El ensayo como género literario. Notas para su estudio en España”. Revista de Literatura, 5 (1954): 93-156. (Es el estudio más completo hasta su fecha. Comienza con una crítica de lo escrito sobre teoría del ensayo, para detenerse en el significado del término ensayo y su desarrollo hasta nuestros días. El resto del estudio podemos agruparlo en las siguientes secciones: reflexiones en torno al ensayo como género literario; análisis del ensayo de Montaigne y su influencia en España; decadencia de la novela y éxito del ensayo; la preocupación por España y el ensayo; el ensayo como respuesta a la circunstancia de nuestro tiempo y estudio del ensayo a través de la obra de Ortega y Gasset).
  • Carpintero, Helio. “Los ensayistas contemporáneos”. Insula 224-225 (1965): 11, 30. (No considera el aspecto teórico del ensayo. El estudio se concentra en el tema de las generaciones, de 1901 y de 1916, con énfasis en los ensayistas españoles).
  • Cerda, Martín. La palabra quebrada. Ensayo sobre el ensayo. Valparaíso: Ediciones Universitarias, 1982, 138 pp. (Sólo la primera parte, pp. 17-35, se refiere al aspecto teórico del ensayo. Sigue en sus reflexiones a Georg Lukács y Theodor W. Adorno).
  • Cerezales, Manuel. “La creación y la crítica literaria en los periódicos”. La Estafeta Literaria 315 (1965): 4-5.
  • Clemente, José Edmundo. El ensayo. Buenos Aires: Ediciones Culturales Argentinas, 1961. (La obra se divide en dos partes: una introducción teórica y una antología de ensayos. El estudio teórico, pp. 7-32, queda estructurado en tres partes: A) “Qué es el ensayo”, pp. 7-15, donde establece diferencias entre el ensayo y la novela, la crítica, la poesía y la filosofía; B) “Breve historia del ensayo”, pp. 16-26, que es un desarrollo y evolución esquemática del ensayo con énfasis en el iberoamericano; C) “Teoría del ensayo”, pp. 27-32, donde reflexiona sobre la extensión, las digresiones, el estilo y la intuición en el ensayo).
  • Cockayne, Charles A. “Introduction”. Modern Essays of Various Types (New York: Charles E. Merrill Co., 1927), pp. 11-17.
  • Cody Sherwin. “The English Essay and English Prose Style”. A Selection from the Best English Essays (Chicago: A. C. McClury and Co., 1926), pp. XII-XLIII.
  • Colman, George and Bonnell Thornton. “Essay Writing”. Periodical Essays of the Eighteenth Century. Editado por George Carver (Garden City: Doubleday, Doran and Co., 1930), pp. 234-238.
  • Concejo, Pilar. “La actitud ensayística de Antonio de Guevara”. Los Ensayistas 3 (1977): 5-10. (Reflexiones generales sobre el ensayo en su relación con las Epístolas familiares de Guevara).
  • Concejo, Pilar. “El origen del ensayo hispánico y el género epistolar”. Cuadernos Hispanoamericanos 373 (1981): 158-164. (En torno a dos preguntas básicas, “¿Qué relación existe entre carta y ensayo? ¿Qué debe el nacimiento del ensayo al género epistolar?” Estudia el origen del ensayo español a través de los escritos epistolares de los siglos XV y XVI).
  • Conway, Adaline M. “Introduction”. The Essay in American Literature (New York: The Faculty of the Graduate School, University of N.Y., 1914), pp. 5-11.
  • Cornwallis, Sir William. “Of Essaies and Bookes”. Essayes. Editado por Don Cameron Allen (Baltimore: The Johns Hopkins Press, 1946), pp. 190-202.
  • Cortés Ahumada, Ernesto. El rostro del ensayo. Bogotá: Editorial Iqueima, 1958, 180 pp. (No considera el aspecto teórico. En realidad es una colección de ensayos sobre diversos temas).
  • Coy, José Luis. “La introducción a las Generaciones y semblanzas como ensayo historiográfico”. Los ensayistas 2 (1976): 7-12. (Señala las características del ensayo que se dan en esta obra de Pérez de Guzmán: enfrentamiento, análisis y exposición de las soluciones a un problema, reflexión, actualidad, personalismo).
  • Croce, Elena. “Hinweise auf Essayisten”. Akzente 19 (1972): 251-257.
  • Croll, Morris W. “Attic Prose in the 17th Century”. Studies in Philology 18, No. 2 (1921): 79-128.
  • Crothers, Samuel McChord. The Modern Essay. Chicago: American Library Association, 1926. 37 pp. (A forma de introducción y comentando la frase “la lectura con un objetivo”, compara diferentes estilos de ciertos ensayistas modernos. No da énfasis al aspecto teórico).
  • Cvitanovic, Dinko. “Ortega y el ensayo literario hispánico”. Cuadernos Americanos 5 (1985): 165-177. (Considera elementos ensayísticos presentes en Ortega y su vinculación con la tradición hispánica).
  • Chabanis, Christian. “L’essai est-il un genre?” Les Nouvelles Littéraires (Enero 7, 1973): 6.
  • Chadbourne, Richard M. “Renan and the Art of the Essay”. Ernest Renan as an Essayist (Ithaca: Cornell University Press, 1957), pp. 193-213.
  • Chadbourne, Richard M. “A Puzzling Literary Genre: Comparative Views of the Essay”. Comparative Literature Studies 20, No. 2 (1983): 133-153. (La sección V de este trabajo, páginas 143-145, trata de “The Spanish and Latin-American Essays”).
  • Chamberlain, Essie. “Introduction”. Essays Old and New (New York: Harcourt, Brace and Company, 1938), pp. XXI-XXXVII.
  • Chamizo Domínguez, Pedro José. “El Discurso del método de Descartes como ensayo”. Aporía 4, Nos. 15-16 (1982): 69-82.
  • Chamizo Domínguez, Pedro José. “El ensayo como género literario filosófico”. La doctrina de la verdad en Michel de Montaigne (Málaga: Universidad de Málaga, 1984), pp. 13-19.
  • Champigny, Robert. Pour une estétique de l’essai. París: Lettres Modernes, Minard, 1967. 111 pp. (Analiza cuatro ensayos de tres autores: Breton, Sartre y Robbe-Grillet. Se concentra en el análisis estilístico de los ensayos).
  • Chesterton, G. K. “On Essays”. Come to Think of it. (New York: Dobb, Mead and Company, 1931), pp. 1-6.
  • Chesterton, G. K. “The Essay”. Essays of the Year, 1931-1932 (London: the Argonaut Press, 1932), pp. XI-XVIII.
  • Christadler, Martin. Der amerikanische Essay. 1720-1820. Heidelberg: Carl Winter Universitätsverlag, 1968. 410 pp. (Dividido en cuatro partes ordenadas cronológicamente y una introducción. 1. El ensayo en la época colonial. 2. El ensayo a principios de la república, 1780-1815: a) La ensayística en los periódicos, b) Autores de diferentes generaciones. 3. Temas y formas. 4. El ensayo en los años 1820. Incluye una extensa bibliografía).
  • Daiches, David. “Reflections on the Essay”. A Century of the Essay, British and American. Editado por David Daiches (New York: Harcourt, Brace, 1951), pp. 1-8.
  • Dallal, Alberto. “Periodismo y literatura”. Diálogos 70 (1976): 28-31.
  • Davis, Robert Gorham. “Introduction”. Ten Masters of the Modern Essay. Editado por Robert Gorham Davis (New York: Harcourt, Brace, 1966), pp. 1-15.
  • Davis, William Hawley. English Essayists. Boston: Richard G. Badger, 1916. (Origen del ensayo y primeros exponentes ensayísticos del siglo dieciocho y diecinueve. Incluye tres apéndices: tipos de ensayos; ensayistas ingleses secundarios y ensayistas contemporáneos).
  • Dawson, William J. and Coningsby W. Dawson. “The Genesis of the Essay”. The Great English Essayists (New York: Harper and Brothers Publishers, 1909), pp. 3-18.
  • Dellepiane, Angela B. “Sábato y el ensayo hispanoamericano”. Asomante 22, No. 1 (1966): 47-59. (Sin detenerse en considerar el aspecto teórico del ensayo, estudia los ensayos de Sábato en su relación con la tradición iberoamericana y europea).
  • Díaz-Plaja, Guillermo. “El ensayista y su soledad”. Memoria de una generación destruida (1930-1936) (Barcelona: Editorial Delos-Ayma, 1966), pp. 115-118. (Reflexión en torno al escritor de ensayos y su situación actual).
  • Díaz-Plaja, Guillermo. “El escritor y la obra”. La ventana de papel. Ensayos sobre el fenómeno literario (Barcelona: Editorial Apolo, 1939), pp. 153-171.
  • Díaz-Plaja, Guillermo. “Los límites del ensayo”. La Estafeta Literaria 582 (15 de febrero de 1976): 236-239. (Penetrante reflexión sobre la esencia del ensayo y su diferencia con el tratado).
  • Dobree, Bonamy. English Essayists. London: Collins, 1946. 48 pp. (Introducción general al tema. Esbozo histórico-literario hasta la época presente. La forma en los diferentes tipos de ensayos utilizando ejemplos de ensayistas. Posee ilustraciones).
  • Doren, Carl Van. “A Note on the Essay”. Readings in the Modern Essay. Editado por Edward S. Noyes (New York: Books for Libraries Press, 1971), pp. 449-451.
  • Drescher, Horst W. Themen und Formen des periodischen Essays im späten 18. Jahrhundert (Untersuchungen zu den schottischen Wochenschriften ‘The Mirror’ und ‘The Lounger’). Frankfurt am Main: Athenäum Verlag, 1971.
  • Drew, Elizabeth. “The Lost Art of the Essay”. How Writers Write. Editado por Nettie S. Tillett (New York: Thomas Y. Crowell Company, 1937), pp. 35-49. (Apareció también en: The Saturday Review of Literature, Feb. 16, 1935: 485-486).
  • Drew, Elizabeth. “The Essay”. The Enjoyment of Literature (New York: W. W. Norton, 1935), pp. 38-61.
  • Earle, Peter G. “El ensayo hispanoamericano como experiencia literaria”. El ensayo y la crítica literaria en Iberoamérica. Editado por Kurt L. Levy y Keith Ellis (Toronto: Universidad de Toronto, 1970), pp. 23-32. (Divide el estudio en tres partes: considera primero “las circunstancias” en los géneros literarios y en el éxito del ensayo iberoamericano en el que se “buscó y se encontró un equilibrio de lo nacional y lo universal”. En la segunda parte, que denomina “Definición”, es donde expone sus reflexiones teóricas al considerar el ensayo como “la forma más dramática desde el punto de vista del escritor mismo”. Este dramatismo “se debe a tres factores fundamentales del género: a) su calidad de autobiografía espiritual; b) su perspectiva de diálogo directo entre autor y lector; c) el predominio de la experiencia sobre la creación, como fin del deber artístico”. La tercera parte, “Los ensayistas”, son profundas reflexiones desde una perspectiva de conjunto, en torno a los ensayistas iberoamericanos).
  • Earle, Peter G. “Hacia una teoría de los géneros: Hispanoamérica, siglo XIX”. Insula 352 (marzo de 1976): 1, 10. (Aunque no considera de forma aislada el ensayo, constituye un estudio básico para la comprensión del ensayo iberoamericano en su relación a los demás géneros literarios. Concluye señalando que “lo importante, entonces [siglo XIX] y ahora, ha sido la necesidad de ver que lo fundamental se halla siempre en las circunstancias…[que significan] más que los géneros, [los cuales] han sido desde la creación de las obras más notables del siglo XIX en Hispanoamérica lo que son las alas para el pingüino”).
  • Earle, Peter G. “On the Contemporary Displacement of the Hispanic American Essay”. Hispanic Review 46 (1978): 329-341. (Es un profundo estudio de la situación actual del ensayo y sobre todo del ensayo iberoamericano. Analiza por qué el ensayo se encuentra en el presente en un estado de letargo, para termiar afirmando que el género ensayístico posee en sí mismo todos los elementos de regeneración que le garantizan una nueva primavera).
  • Earle, Peter G. “El ensayo argentino”. Los Ensayistas 6-7 (1979): 7-17. (Considera que el ensayo argentino -iberoamericano- ya en el siglo XIX “se americanizó”, al participar “de la amplia concepción americana de que el escritor es artista en segundo término; lo primero es ser hombre de acción”. Parte de que el ensayo, en cuanto género literario, es “el máximo equilibrio posible de los tres elementos” siguientes: 1. “Expresar una sensibilidad autobiográfica [...] Arte del testimonio parecido al de la narración”; 2. “Superar mediante la voluntad personal a la conciencia colectiva [...] Eficacia persuasiva basada en convicción”; 3. “Lograr en todo momento la comprensión recíproca entre autor y lector [...] Invitación abierta al lector a participar”.
  • Earle, Peter G. “El ensayo hispanoamericano, del Modernismo a la Modernidad”. Revista Iberoamericana 118-119 (1982): 47-57. (Estudia el desarrollo del ensayo iberoamericano en su segunda etapa, la simbolista -según Peter Earle la primera es la romántica y la tercera la de vanguardia-. En esta segunda etapa “se quiere objetivar la belleza, revelarla en pausadas epifanías. . . Pero en este período (1880-1920), el ensayo encuentra su base en la historia y en el pensamiento sobre el significado múltiple del Nuevo Mundo”. Encuentra en el ensayo iberoamericano modernista tres motivos esenciales: 1. La autocontemplación o el ideal romántico; 2. La independencia del arte o el ideal clásico; 3. La misión cultural o el ideal histórico).
  • Earle, Peter G. “Meditación sobre una lectura: los ensayos de Ariel Dorfman”. Insula 545 (1992): 26-27. (Sobre el ensayo como el género menos vulnerable a la tiranía de las teorías literarias que se ven a sí mismas como fin con indiferencia de la realidad del texto).
  • Earle, Peter G. y Robert G. Mead. Historia del ensayo hispanoamericano. México: Ediciones de Andrea, 1973. 173 pp. Edición revisada y aumentada del libro de Robert G. Mead. Breve historia del ensayo hispanoamericano. (Véase bajo esta entrada).
  • Egner, Fritz. Der dichterische Essay, die Prosaform der Englischen Romantik. Marburg: Verlagsdruckerei Hans Blasnick, 1931. 65 pp. (Dividido en dos secciones: a) los dos primeros capítulos versan sobre las características del ensayo en general; b) los capítulos tres y cuatro estudian el ensayo inglés).
  • Eleanore, Sister M. “Introduction”. The Literary Essay in English. (Boston: Ginn and Co., 1923), pp. 1-21.
  • Eliécer Ruiz, Jorge. “Prólogo”. Ensayistas colombianos del siglo XX (Bogotá: Biblioteca Básica Colombiana. Instituto Colombiano de Cultura, 1976), pp. 7-12. (Divide el estudio en dos partes. En la primera reflexiona en torno al ensayo como género y considera su desarrollo desde Montaigne hasta nuestros días, ya que “los más grandes escritores de todos los tiempos han vinculado su nombre al ensayo”. En la segunda parte considera el ensayo colombiano).
  • Etiemble, René. “Sens et structure dans un essai de Montaigne”. Cahiers de l’Association Internationale des Etudes Françaises 14 (1962): 263-274.
  • Exner, Richard. “Roman und Essay bei Thomas Mann. Probleme und Beispiele”. Schweizer Monatshefte 44 (1964-65): 243-258.
  • Exner, Richard. “Zum Problem einer Definition und einer Methodik des Essays als dichterischer Kunstform”. Neophilologus 46 (1962): 169-182.
  • Exner, Richard. “Zur essayistik Thomas Manns”. Germanisch-Romanische Monatsschrift 12 (1962): 51-78.
  • Fadiman, Clifton. “A gentle Dirge for the Familiar Essay”. Party of One (New York: The World Publishing Company, 1955), pp. 349-353.
  • Fernández de la Mora, Gonzalo. “El artículo como fragmento”. Antología literaria de ABC: El artículo 1905-1955 (Madrid: Editorial Prensa Española, 1955), pp. VII-XXV. (Es propiamente un estudio sobre el artículo de periódico. Posee una sección, “Artículos y ensayos”, donde establece las semejanzas y diferencias entre el artículo y el ensayo).
  • Ferrero, Luis. Ensayistas costarricenses. San José: Antonio Lehmann, 1971, 97 pp. (El primer capítulo, pp. 9-20, está dedicado a un estudio teórico del ensayo a través de la “simultaneidad” de las siguientes características: carácter didáctico, carácter trascendental, el ensayo como fragmento, la subjetividad y la variedad temática en el ensayo. Finaliza esta sección con unas reflexiones en torno a las diferentes modalidades de ensayos. En los demás capítulos presenta un panorama histórico del ensayo costarricense y unas reflexiones de conjunto).
  • Finalayson, Clarence. “El ensayo en Hispanoamérica”. Repertorio Americano 10 de marzo de 1945, pp. 268-270. (Es un balance de los ensayistas iberoamericanos de la primera mitad del siglo XX; no considera el aspecto teórico del ensayo).
  • Fischer, Andreas. Studien zum historischen Essay und zur historischen Porträtkunst an ausgewählten Beispielen. Berlin: Walter de Gryter, 1968. 226 pp. (Estudia el ensayo a través de la obra de A. Cowley, H. von Treitschke, H. Oncken, T. Macauly, T. Mann, H. Mann y W. Andreas. Posee una amplia introducción, “Überblick über das Gesamtgebiet”, y bibliografía. En el último capítulo resume las ideas expuestas en el libro).
  • Fischer, Herbert. Die Literarische Form des Essays und seine besondere geistesgeschichtliche Bedeutung. Munich, 1950. (Tesis doctoral). (Divide el estudio en dos partes: a) origen e historia del ensayo y b) la temática, análisis teórico y ensayistas del siglo XX. Conclusiones y bibliografía).
  • Fitzpatrick, Juan J. “Montaigne: Meditación del ensayo”. Cuadernos Americanos 115 (1961): 129-140. (Sobre el ensayo como “indagación de las fuentes originarias de la experiencia vital”).
  • Foster, Richard. “Literature and the Literary Essay”. The New Romantics. A Reappraisal of the New Criticism. (Bloomington: Indiana University Press, 1962), pp. 193-210.
  • Fraser, Theodore P. The French Essay. Boston: Twayne Publishers, 1986. 189 pp.
  • Freeman, John. “The English Essayist”. English Portraits and Essays (London: Hodder and Stoughton, 1924), pp. 223-244.
  • Friedrich, Hugo. Montaigne. París: Gallimard, 1968. 434 pp. (De especial interés para el estudio teórico del ensayo es el último capítulo que versa sobre la conciencia literaria de Montaigne y la forma de sus ensayos).
  • Frise, Adolf. “Roman und Essay”. Definitionen: Essays zur Literatur. Editado por Adolf Frisé (Frankfurt am Main: Vittorio Klostermann, 1963), pp. 137-156.
  • le Gallienne, Richard. “Sad demise of Pleasurable Reading”. Facts and Ideas. Editado por John O. Beaty y otros (New York: F. S. Crofts and Co., 1931), pp. 225-232.
  • García Gual, Carlos. “Ensayando el ‘ensayo’: Plutarco como precursor”. Revista de Occidente 116 (1991): 25-42. (Reflexiones generales sobre precursores del ensayo y algunas de sus características).
  • Gerke, Ernst-Otto. Der Essay als Kunstform bei Hugo von Hofmannsthal. Hamburg: Matthiesen Verlag, 1970.
  • Gerould, Katharine F. “An Essay on Essays”. Ringside Seats (Freeport: Books for Libraries Press, 1971), pp. 49-59.
  • Ghiano, Juan Carlos. “De ensayistas”. Ficción 27, (1961): 88-90. (Estudio panorámico sobre ensayistas del siglo XX argentino. Comienza con unas reflexiones en torno al ensayo como género literario, donde desarrolla su posición de que “el ensayo se sostiene casi exclusivamente por la personalidad del autor”).
  • Gide, André. “Presenting Montaigne”. The Living Thoughts of Montaigne (New York: Longmans, Green and Co., 1939), pp. 1-27.
  • Giménez Caballero, Ernesto. “Cuatro posturas ante el ensayo”. La Estafeta Literaria 15 (1944): 21. (Breve comentario contra el ensayo que según él “no debe fomentarse”. Cree que en España se ha “reaccionado salvadoramente contra ese género tan liberal, tan encantador y tan maléfico que ha sido el ensayo”. Es parte de una encuesta que hizo La Estafeta Literaria).
  • Giordano, Jaime. “El ensayo como escritura inteligente: ejemplos contemporáneos”. El ensayo hispánico. Editado por Isaac J. Lévy y Juan Loveluck. (Columbia: University of South Carolina, 1984), pp. 9-15.
  • Giordano, Jaime. “Sobre novela y ensayo en Hispanoamérica”. La edad de la náusea (Santiago de Chile: Monografías del Maitén, 1985), pp. 205-213. (Sobre el carácter reflexivo de la narrativa iberoamericana en la novela-ensayo).
  • Giordano, Jaime. “El ensayo hispanoamericano de las últimas generaciones”. Mundo (México) 1. No. 1 (1987): 73-79. (A pesar de su brevedad, presenta uno de los panoramas mejor logrados del ensayo contemporáneo iberoamericano. Sus conclusiones en forma de cuatro proposiciones caracterizán y proyectan la ensayística actual).
  • Gold, Herbert. “How Else Can a Novelist Say It”. First Person Singular (New York: The Dial Press, 1963), pp. 9-14. (Estudia brevemente la relación novela-ensayo).
  • Gómez Aparicio, Pedro. “Raíces literarias del articulismo”. La Estafeta Literaria 315 (1965): 6-7. (Sin mencionar el término “ensayo”, presenta una defensa y un comentario de su uso en el periódico a través de lo que él denomina el “articulismo como género literario”).
  • Gómez de Baquero, Eduardo. “El ensayo y los ensayistas españoles contemporáneos”. El renacimiento de la novela en el siglo XIX (Madrid: Editorial Mundo Latino, 1924), pp. 119-195. (Cree ver una relación íntima entre “la sucesión del triunfo de los géneros” y las circunstancias de cada época. La sección IV de su estudio, “el ensayo y su índole mixta” (pp. 139-145), está dedicada al aspecto teórico del ensayo. Considera que “el ensayo es la didáctica hecha literatura”, por lo que “está en la frontera de dos reinos: el de la didáctica y el de la poesía”. El resto del estudio lo dedica a los ensayistas españoles de principios del siglo XX).
  • Gómez de Baquero, Eduardo. “La prosa periodística y el ensayo”. Nacionalismo e hispanismo y otros ensayos (Madrid: Historia Nueva, 1928), pp. 191-218. (Es un estudio de la prosa periodística y a través de ésta, como culminación, del ensayo. Al ensayo y su aspecto teórico dedica especialmente la sección tercera de su estudio, “La crítica. De la crónica al ensayo” (pp. 208-218), que es una serie de reflexiones en torno a ciertas características del ensayo: subjetivismo, voluntad de estilo, carácter didáctico, literatura de ideas).
  • Gómez Haedo, Juan Carlos. “La crítica y el ensayo en la literatura uruguaya”. Revista del Instituto Histórico y Geográfico del Uruguay 7 (1930): 195-227. (Panorama histórico del desarrollo de la crítica y del ensayo en Uruguay en el siglo XIX y primer tercio del XX. No incluye consideraciones teóricas sobre el ensayo).
  • Gómez-Martínez, José Luis. “El ensayo como género literario: Una bibliografía selecta de su estudio en el mundo hispánico” Los Ensayistas 1 (1976): 19-24. (Posee 80 entradas y es la primera bibliografía comprensiva del aspecto teórico del ensayo en las letras hispánicas).
  • Gómez-Martínez, José Luis. “El ensayo y su función social”. Diálogos 69 (1976): 14-15. (Junto a consideraciones teóricas generales sobre el ensayo, se estudia su carácter dialogal, su relación con el periódico y su función en la sociedad actual. Se reproduce en Teoría de la crítica y el ensayo en Hispanoamérica, La Habana: Editorial Academia, 1990, pp. 112-115).
  • Gómez-Martínez, José Luis. “El ‘Premio Montaigne’ y la ensayística española”. Revista Mexicana de Cultura (18 de julio de 1976), p. 4.
  • Gómez-Martínez, José Luis. “El ensayo como género literario: estudio de sus características”. Abside 40 (1976): 3-38. (Estudio sistemático de algunas características del ensayo. Consta de las siguientes secciones: “Hacia una definición del ensayo”, “Origenes y desarrollo del ensayo”, “La palabra ‘ensayo’ y su uso en España”, “Actualidad del tema tratado”, “El ensayo no pretende ser exhaustivo”, “El ensayo y el especialista”, “Imprecisión en las citas”. Se trata de una primera versión de algunas secciones de Teoría del ensayo).
  • Gómez-Martínez, José Luis “El ensayo como género literario: estudio de sus características”. (Parte II) Abside 42 (1978): 200-233. (La primera parte apareció en 1976; en ésta se incluyen las siguientes secciones: “Lo subjetivo en el ensayo: el ensayo como confesión”, “El carácter dialogal del ensayo”, “El ensayo como forma de pensar”, “Continuación de los ensayos en orden cronológico”).
  • Gómez-Martínez, José Luis. “Teoría del ensayo, un estudio bibliográfico”. Cuadernos Salmantinos de Filosofía 4 (1978): 313-328. (Contiene 312 entradas. Incluye estudios publicados en alemán, español, francés e inglés. Las entradas de libros llevan una breve anotación).
  • Gómez-Martínez, José Luis. Teoría del ensayo. Salamanca: Universidad de Salamanca, 1980. 165 pp. (Primera edición de este libro).
  • Gómez-Martínez, José Luis. “El ensayo en la literatura costumbrista”. El ensayo hispánico. Editado por Isaac J. Lévy y Juan Loveluck. (Columbia: University of South Carolina, 1984), pp. 83-91.
  • Gómez-Martínez, José Luis. “Teoría del ensayo: una bibliografía anotada de su estudio en el mundo hispánico”. El ensayo hispánico. Editado por Isaac J. Lévy y Juan Loveluck. (Columbia: University of South Carolina, 1984), pp. 171-197.
  • Gómez-Martínez, José Luis. “Krausismo, modernismo y ensayo”. Nuevos asedios al modernismo. Editor Ivan A. Schulman (Madrid: Taurus, 1987), pp. 210-226.
  • Gómez y Contreras, Gilberto. “Ensayo y crítica”. México en el mundo de hoy (México: Editorial Guaranía, 1952), pp. 521-541. (Sólo incluye una rápida caracterización teórica del ensayo, para comentar brevemente a los ensayistas mexicanos de mediados de siglo).
  • Good, Graham. The Observing Self: Rediscovering the Essay. London: Routledge, 1988.
  • Graham, Walter. “Introduction”. English Literary Periodicals (New York: Thomas Nelson and Sons, 1930), pp. 13-18.
  • Gray, Rockwell. “The Essay Tradition”. Book Forum 4.3 (1978-79): 541-545.
  • Grimm, Herman. “Einführung”. Aus den letzten fünf Jahren (Gütersloh: C. Bertelsmann, 1890), pp. V-XXII.
  • Grolman, Adolf von. “Vom tapferen Versuch. Wesen und Sinn des Essays”. Eckart 13 (1937): 328-333.
  • Gullón, Ricardo. “España, 1962. El ensayo como género literario”. Asomante 18, No. 2 (1962): 58-67. (Bajo el supuesto de que “el ensayo es el género literario más adecuado para apresar la fecundidad imaginativa y la aversión al sistema características del genio español”, reflexiona en torno al ensayo y su posible definición. En la segunda parte estudia ensayos de Pedro Salinas y Aranguren).
  • Haacke, Wilmont. “Essay”. Handbuch des Feuilletons (Emsdetten: Verlag Lechte, 1951-1953), Vol. 2, pp. 172-174.
  • Haas, Gerhard. Essay. Stuttgart: Metzlersche Verlag, 1969. 88 pp. (Divide el libro en ocho secciones: I. El concepto y el término ensayo. II. Historia del ensayo. III. Delimitaciones (problemas metodológicos). IV. Aspectos y formas del ensayo. V. Características principales. VI. Limitaciones. VII. Ensayo y novela. VIII. Ensayo y sociedad).
  • Haas, Gerhard. Studien zur Form des Essays und zu seinen Vorformen im Roman. Tübingen: Max Niemeyer Verlag, 1966. 148 pp. (De especial interés es la sección que dedica a comparar el ensayo con la novela, y el origen y función de lo ensayístico en la novela).
  • Haas, Helmut De. “Die Kunst des literarischen Essays”. Hochland 47 (1954-55): 569-76.
  • Hall, James Norman. “A Word for the Essayist”. Under a Thatched Roof (Freeport: Books for Libraries Press, 1970), pp. 1-10.
  • Hamburger, Michael. “Essay über den Essay”. Akzente 12 (1965): 290-292.
  • Hamilton, Carlos Depassier. El ensayo hispano-americano. (Madrid: Ediciones Iberoamericanas, 1972), 206 pp. (En la introducción, pp. 7-13, dedica una pequeña sección, pp. 7-10, a comentar en rasgos generales el concepto de ensayo y su desarrollo. El resto del libro son selecciones de ensayistas iberoamericanos).
  • Hany, Arthur. “Der Essay”. Schweizer Monatshefte 47 (1967): 395-401.
  • Harrison, Thomas. Essayism. Baltimore: The Johns Hopkins University Press, 1992. 276 pp. (Sobre la obra literario-filosófica de Robert Musil, Joseph Conrad y Luigi Pirandello).
  • Hazlitt, William. “On the Periodical Essayists”. Hazlitt on English Literature. Editado por Jacob Zeitlin (New York: Ams Press, 1970), pp. 133-154.
  • Hennecke, Hans. “Die vierte literarische Gattung. Reflexionen über den Essay”. Kritik. Gesammelte Essays zur modernen Literatur (Gütersloh: C. Bertelsmann Verlag, 1958), pp. 7-10.
  • Hennecke, Hans. “Essay-Zum Wort und zur Sache”. Neue Literarische Welt 3, No. 4 (1952): 2.
  • Hewlett, Maurice H. “The Maypole and the Column”. Extemporary Essays (New York: Kennikat Press, 1968), pp. 7-12.
  • Hewlett, Maurice H. “Montaigne”. Extemporary Essays (New York: Kennikat Press, 1968), pp. 139-145.
  • Hilsbecher, Walter. “Essay über den Essay”. Frankfurter Hefte 27 (1962): 49-54.
  • Holliday, Robert Cortes. “An Article Without an Idea”. Broome Street Straws (New York: George H. Doran Co., 1919), pp. 80-87.
  • Horl, Sabine. “Der lateinamerikanische Essay im 20. Jahrhundert”. Romanistisches Jahrbuch 30 (1979): 309-336. (El lugar del ensayo en la búsqueda de la identidad iberoamericana y análisis sistemático de la crítica sobre el ensayo iberoamericano).
  • Horl, Sabine. Der Essay als literarische Gattung in Lateinamerika: Eine Bibliographie. Frankfurt a M.: Verlag Peter D. Lang, 1980, 100 pp. (Bibliografía de 722 entradas en las que se incluyen libros, artículos y tesis doctorales. Posee una breve introducción, pp. V-XIII, en la que se destaca la importancia del ensayo en Iberoamérica. Horl parece identificar ensayo con prosa no-ficticia, por lo que gran parte de las entradas no se refieren directamente al ensayo, sino al campo más amplio de las ideas en Iberoamérica).
  • Horst, Karl August. Kritischer Führer durch die deutsche Literatur der Gegenwart. Munich: Nymphenburger Verlagshandlung, 1962. 520 pp. (Divide el libro en dos secciones. En la primera estudia la novela y la poesía; en la segunda, “Figuren des Essays”, pp. 279-501, considera el ensayo a través de los ensayistas alemanes. De especial interés es la relación que establece entre el ensayo y el escrito científico).
  • Horst, Karl August. “Wandlungen des Essays”. Jahresring (1955-1956), pp. 350-354.
  • Iglesias, Antonio. “An Open Letter to Montaigne”. The Saturday Review of Literature 34 (Dic. 22, 1951): 20-21.
  • Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana. El ensayo y la crítica literaria en Iberoamérica. Editado por Kurt L. Levy y Keith Ellis. Toronto: Universidad de Toronto, 1970. (Aquellos estudios que se relacionan directamente con el ensayo y su aspecto teórico se anotan bajo el nombre de su autor).
  • Iser, Wolfgang, “Essay”. Walter Pater. Die Autonomie des Asthetischen (Tübingen: Max Niemeyer Verlag, 1960), pp. 23-26.
  • Jack, Jane H. “The Periodical Essayists”. The Pelican Guide to English Literature: From Dryden to Johnson (Middlesex, 1973), pp. 217-229.
  • Jancke, Oskar. “Einige Grundsätze über den Essay”. Neue Literarische Welt 3, No. 3 (1952): 3.
  • Jarauta, Francisco. “Para una filosofía del ensayo”. Revista de Occidente 116 (1991): 43-49. (Sobre la dimensión “errante” de ensayo).
  • Johnson, Helen K. “Essays and Essayists”. Great Essays (New York: D. Appleton and Co., 1900), pp. III-XIII.
  • Just, Klaus Gunther. “Essay”. Deutsche Philologie im Aufriss. Band II. Editado por Wolfgang Stammler (Berlin: Erich Schmidt Verlag, 1960), pp. 1897-1948.
  • Just, Klaus Gunther. “Versuch und Versuchung: Zur Geschichte des europäischen Essays”. Ubergänge. Probleme und Gestalten der Literatur (Bern: Francke Verlag, 1966), pp. 7-24.
  • Kayser, Rudolf. “Wegen des Essays”. Die Neue Rundschau Vol. 2, No. 36 (1925): 1313-1318.
  • Klie, Barbara. Des deutsche Essay als Gattung. Berlin, 1944 (tesis doctoral). (Divide el estudio en tres secciones: a) desarrollo y carácter del ensayo; b) medios estilísticos y relaciones literarias; c) comparación entre ensayismo y periodismo).
  • Koremblit, Bernardo Ezequiel. El ensayo en la Argentina. Buenos Aires: Dirección General de Relaciones Culturales, 1964, 29 pp. (Relación de ensayistas: no considera el aspecto teórico del género).
  • Kostelanetz, Richard. “Essaying the Essay”. Book Forum 1 (1974-75): 417-423.
  • Kruger, Horst. “Der Radio Essay: Versuch einer Bestimmung”. Neue Deutsche Hefte 101 (1964): 97-110.
  • Krutch, Joseph Wood. “No Essays, Please!” The Saturday Review of Literature 34 (March 10, 1951): 18-19, 35.
  • Krywalski, Diether. “Essay”. Handlexikon zur Literaturwissenschaft (München: Franz Ehrenwirth Verlag, 1974), pp. 121-127.
  • Kurnberger, Ferdinand. “Die Feuilletonisten”. Gesammelte Werke: Literarische Herzensachen (München-Leipzig: G. Müller, 1911), Vol. 2, pp. 430-439.
  • Lagmanovich, David. “Un ensayo de Ernesto Sábato: ‘Sobre los dos Borges’”. Homenaje a Ernesto Sábato. Editado por Helmy F. Giacoman (New York: Anaya-Las Américas, 1973), pp. 275-293. (En la primera parte del estudio desarrolla lo que entiende por ensayo a partir de la definición de Anderson Imbert y de las siguientes “características básicas del género: 1) brevedad; 2) amplio registro temático; 3) aceptación de la digresión; 4) recursos artísticos en la exposición de las ideas; y 5) punto de vista personal”. En la segunda parte analiza el ensayo de Sábato).
  • Lagmanovich, David. “Paul Groussac, ensayista del 80″. Revista Inter-Americana de Bibliografía 32.1 (1982): 28-46. (De las cinco partes en que estructura el estudio, la primera, “Groussac en el ensayismo argentino”, y la tercera, “caracteres de lo ensayístico”, contienen reflexiones teóricas sobre el ensayo).
  • Lagmanovich, David. “Hacia una teoría del ensayo hispanoamericano”. El ensayo hispánico. Editado por Isaac J. Lévy y Juan Loveluck. (Columbia: University of South Carolina, 1984), pp. 17-28. (Se aproxima en su estudio a través de cinco “funciones o variantes”: la actitud testimonial, la conativa, la dialogal, la búsqueda de la expresión, los desplazamientos temáticos).
  • Lancelotti, Mario A. “Apuntes sobre el ensayo”. Opiniones Latinoamericanas 3 (1978): 59-60. (Publicado anteriormente en La Prensa de Buenos Aires, julio de 1978, es una breve pero enjundiosa reflexión sobre el ensayo. Se trata de presentar una visión totalizadora del ensayo a través de sus características más sobresalientes).
  • Latcham, Ricardo A. “El ensayo en Chile en el siglo XX”. Cuadernos Hispanoamericanos 46 (1935): 56-77. (Estudio de los ensayistas chilenos más importanes de la primera mitad del siglo XX. No considera el aspecto teórico).
  • Latcham, Ricardo A. “Un ensayo sobre el ensayo”. Carnet crítico (Montevideo: Ediciones Alfa, 1962), pp. 108-116. (Publicado anteriormente en El Nacional, Caracas, 16 de enero de 1958, pp. 1, 6. A pesar del título es un comentario-reseña del libro de Alberto Zum Felde. Indice crítico de la literatura hispanoamericana. Los ensayistas. No considera el aspecto teórico del ensayo).
  • Law, Frederick Houk. “The Writing of Essays”. Modern Essays and Stories (New York: The Century Co., 1922), pp. IX-XVII.
  • Law, Marie Hamilton. The English Familiar Essay in the Early Nineteenth Century. Philadelphia, 1934. 238 pp. (Contiene dos partes: la primera habla del ensayo periodístico en el siglo dieciocho y las influencias de los siglos diecisiete y dieciocho en los ensayos de Hund, Lamb y Hazlitt. La segunda parte destaca los elementos románticos en el ensayo familar).
  • Leenhardt, Jacques. “Función de la estructura ensayística en la novela hispanoamericana”. Revista de Estudios Hispánicos 7 (1980): 9-17. (“La ironía como forma de combate es el modo de presencia que tiene la estética ensayística en la novela; esa ironía, con ayuda de lo fantástico para iluminar las escenas, asume la ‘función activa’ con respecto al lector que caracteriza al ensayo”).
  • Létourneau, Francine Belle-Isle. “L’essai littéraire: un inconnu à plusieurs visages…”. Etudes Littéraires 5 (1972): 47-57.
  • Lima, Silvio. Ensaio sôbre a essência do ensaio. Coimbra: Arménio Amado, 1944. 207 pp. (Divide su estudio en las siguientes secciones: a) antecedentes histórico-ideológicos de los ensayos de Montaigne; b) principios y características del ensayo en general; c) personalización del ensayo de Montaigne; d) el aparente escepticismo de Montaigne; e) Montaigne, Descartes, Galileo, Bacon; f) el ensayismo en Portugal; g) los géneros literarios y el ensayismo como una justificación racional y estética).
  • Link, Franz H. “Tale, Sketch, Essay und Short Story”. Die Neueren Sprachen 6 (1957): 345-352.
  • Lizaso, Félix. Ensayistas contemporáneos: 1900-1920. La Habana: Editorial Trópico, 1938. (Estudios críticos, con bibliografía, sobre veinticuatro ensayistas cubanos; posee una breve introducción teórica de carácter muy general).
  • Lobban, J. H. “Introduction”. English Essays (London: Blackie and Son, Ltd., 1896), pp. IX-LXI.
  • Lockitt, C. H. “Introduction”. the Art of the Essayist (London: Longmans, 1949), pp. 9-15.
  • López Campillo, Evelyne. “Apuntes sobre una evolución en la temática del ensayo español (1895-1930)”. Cuadernos Hispanoamericanos 211 (1971): 455-460. (Partiendo del supuesto de que el ensayo es “un hacer en rebeldía contra la ciencia oficial”, lo estudia como una de las formas de la prosa de ideas, a través de los ensayistas españoles del primer tercio del siglo XX).
  • Loveluck, Juan. “El ensayo hispanoamericano y su naturaleza”. Los Ensayistas 1 (1976): 7-13. (A pesar de su brevedad es uno de los estudios básicos sobre el aspecto teórico del ensayo y en particular del ensayo iberoamericano. Incluye tres secciones centrales: “Intentos difinidores”, “Rasgos del ensayo hipanoamericano” y “Ensayo y novela en Hispanoamérica”. Establece asímismo una distinción entre “ensayismo” y “ensayístico”).
  • Loveluck, Juan. “Esquividad y concreción del ensayo”. Literatura Chilena 22 (1982): 2-7. (Reflexión panorámica y precisa a la vez, estructurada en tres partes: 1. características y definición a través de su “esquividad”; 2. reflexión en torno a la palabra “ensayo” y 3. su conexión con Iberoamérica. Se reproduce este estudio en El ensayo hispánico, Columbia: University of South Carolina, 1984, pp. 29-43).
  • Loveman, Amy. “A Disappearing Art”. The Saturday Review of Literature 9 (23 Julio, 1932): 1.
  • Loveman, Amy. “Arm Chair Philosophy”. The Saturday Review of Literature 7 (23 Agosto, 1930): 65.
  • Lukács, Georg von. “Über Wesen und Form des Essays”. Die Seele und die Formen: Essays (Berlin: Egon Fleischel und Co., 1911), pp. 3-39.
  • Lynd, Robert. “The Essay”. Essays of the Year, 1930-1931 (London: The Argonaut Press, 1931), pp. XI-XIX.
  • Lloréns, Noel. “Breve ensayo sobre el ensayo”. Boletín de la Academia de Artes y Ciencias (Puerto Rico), 3, No. (1967): 341-353. (Divagación superficial en torno al carácter del ensayo).
  • MacDonald, W. L. “Beginnings of the English Essay”. University of Toronto Studies (Philological Series) 3 (1914): 1-122. (Compuesto de cinco secciones: tres capítulos, conclusión y bibliografía. El primer capítulo trata de definir el tipo y uso del término ensayo. El segundo, habla de diferentes períodos histórico-literarios. El tercero, acerca de otras formas relacionadas con el ensayo).
  • MacDonald, W. L. “Charles Lamb, the Greatest of the Essayists”. PMLA 32 (1917): 547-572.
  • MacDonald, W. L. “The Earliest English Essayists”. Englische Studien 64 (1929-30): 20-52.
  • Maldonado de Guevara, Francisco. Cinco salvaciones. Madrid: Revista de Occidente, 1953. (El término “salvación” se usa con un valor semejante al de ensayo. En el prólogo a la obra, pp. 9-28, desarrolla el concepto de “salvación” y lo compara y diferencia del ensayo, basándose principalmente en la obra de Ortega y Gasset).
  • Maldonado de Guevara, Francisco. “Cuatro posturas ante el ensayo”. La Estafeta Literaria 15 (1 de noviembre de 1944): 21. Señala que “debe rechazarse la impregnación por el ensayo de los demás géneros tradicionales de la literatura”. Forma parte de una encuesta que hizo La Estafeta Literaria).
  • Marañón, Gregorio. “Cuatro posturas ante el ensayo”. Estafeta Literaria 15 (1 de Nov. 1944): 21.
  • Maree, Cathy M. y A. Wurfl. “Probemática del ensayo como género literario”. El análisis socio-cultural de la literatura hispanoamericana (Pretoria: University of South Africa, 1990), pp. 81-104.
  • Marías, Julián. “Cuantro posturas ante el ensayo”. La Estafeta Literaria 15 (1 de noviembre de 1944): 21. (Reflexión en torno a la definición y valor del ensayo. Forma parte de una encuesta que hizo La Estafeta Literaria).
  • Marías, Julián. “Ensayo y novela”. Insula 98 (1954): 1-2. (Compara el ensayo con la novela y estudia el ensayismo en la novela contemporánea basándose ante todo en la obra de Unamuno. Piensa que “lo normal es que la novela descarrile en el ensayo”. Reproduce este ensayo en Obras, Vol. III, pp. 244-249).
  • Marías, Julián. “Los géneros literarios en filosofía”. Obras de Juilán Marías (Madrid: Revista de Occidente, 1959), Vol. IV, pp. 317-340. (Es una reflexión, un ensayo, en torno al quehacer filosófico y su manifestación escrita. Considera el ensayo como uno de los géneros literarios en filosofía. Aunque sus reflexiones, en la mayor parte, no hacen referencia directa al ensayo, son de gran valor en el momento de diferenciar el ensayo del tratado filosófico).
  • Marías, Julián. Ortega: I. Circunstancia y vocación. Madrid: Revista de Occidente, 1960, 569 pp. (Para el aspecto teórico del ensayo es de interés la “Sección segunda: el escritor”, pp. 259-353; y dentro de ésta tiene especial interés la parte III, “Los géneros literarios”, pp. 311-328, sobre todo para la relación entre artículo de periódico y ensayo. En realidad, varias de las características que atribuye a los escritos de Ortega, no son tanto de él como del género en que se expresó).
  • Marichal, Juan. “Notas sobre la literatura de ensayos”. Origenes 8, No. 28 (1951): 40-42. (Estructura el estudio en cuatro partes, tomando como base una cita de Mosén Diego de Valera en torno al examen de una obra literaria: “La primera es el motivo del que fase la obra, segund quién es quel con quien fabla, tercera qué es la materia de que trata, cuarta cuál es el fin a que la obra es fecha”).
  • Marichal, Juan. La voluntad de estilo. Teoría e historia del ensayismo hispánico. Madrid: Revista de Occidente, 1971, 271 pp. (Primera edición, Barcelona: Seix Barral, 1957. Las reflexiones en torno a una teoría del ensayo se encuentran en la introducción, pp. 15-23; en ella se desarrolla el concepto de “voluntad de estilo” y se medita sobre las características del ensayo. Uno de sus puntos primordiales es la consideración de que, “hablando estrictamente, no hay ensayos sino ensayistas”).
  • Marr, George S. The Periodical Essayists of the Eighteenth Century. New York: Appleton and Co., 1924.
  • Martínez, José Luis. El ensayo mexicano moderno. 2 vols. México: Fondo de Cultura Económica, 1958. 498 y 411 pp. (Se incluyen selecciones de 59 ensayistas mexicanos. La base teórica se expone en la introducción, pp. 7-31, especialmente en las siguientes dos secciones: “Orígenes y definición del ensayo” y “Formas afines y modalidades del ensayo”, donde se estudian, entre otras, la del “ensayo teórico”, del “ensayo de crítica”, del “ensayo interpretativo”, etc.).
  • Martini, Fritz. “Essay”. Reallexikon der deutschen Literaturgeschichte. Vol. I (Berlín: Walter de Gruyter, 1958), pp. 408-410.
  • Matthews, Brander. “A Note on the Essay”. The Book Buyer 16 (1898): 201-204.
  • McCallum, James Dow. “What is the Essay?” The College Book of Essays (New York: Harcourt, Brace and Co., 1939), pp. 3-11.
  • McCarthy, John A. Crossing Boundaries: A Theory and History of Essay Writing in German, 1680-1815. Philadelphia: University of Pennsylvania Press, 1989. 346 pp. (El capítulo tres, “Essay or Essayism?”, pp. 27-65, trata los distintos conceptos del ensayo).
  • Mead, Robert G. Breve historia del ensayo hispanoamericano. México: Ediciones de Andrea, 1956. (En 1973 apareció una segunda edición muy aumentada en colaboración con Peter G. Earle. El capítulo primero, “El ensayo como género literario” (pp. 7-13), a pesar de su brevedad, presena una visión totalizadora del ensayo; se le diferencia al mismo tiempo del artículo, del estudio crítico y de la monografía).
  • Mejía Sánchez, Ernesto. “Ensayo sobre el ensayo hispanoamericano”. el ensayo y la crítica literaria en Iberoamérica. Editado por Kurt L. Levy y Keith Ellis (Toronto: Universidad de Toronto, 1970), pp. 17-22. (Se limita al comentario de obras en torno al ensayo iberoamericano, sin que se considere el aspecto teórico).
  • Mejía Sánchez, Ernesto. El ensayo actual latinoamericano. México: Ediciones de Andrea, 1971, 288 pp. (Es una antología con selecciones de autores de los diversos países iberoamericanos. En el prólogo incluye el estudio publicado anteriormente (1970) en El ensayo y la crítica…).
  • Merk, Heinrich. “Deutsche Essayisten”. Neue Jahrbücher für Wissenschaft und Jugenbildung 13 (1937): 542-557.
  • Mestschies, Michael. Zitat und Zitierkunst in Montaignes Essais. Köln: Romanische Seminar der Universität Köln, 1966.
  • Mignolo, Walter D. “Discurso ensayístico y tipología textual”. El ensayo hispánico. Editado por Isaac J. Lévy y Juan Loveluck. (Columbia: University of South Carolina, 1984), pp. 45-61.
  • Millán, María del Carmen. “La generación del Ateneo y el ensayo mexicano”. Nueva Revista de Filología Hispánica 15 (1961): 625-636. (En la primera parte del estudio, pp. 625-627, expone ciertas consideraciones teóricas, siguiendo en ellas la definición de Montaigne y las reflexiones de Vitier. Estudia luego a algunos miembros de la Generación del Ateneo).
  • Misenheimer, James B., Jr. “Dr. Johnson on the Essay”. New Rambler (Johnson Society) Ser. B, Vol. 18 (1966): 13-17.
  • Montaigne, Michel E. Oeuvres complètes. Editado por Albert Thibaudet y Maurice Rat. Bruges: Bibliothèque de la Pléiade, 1967. (En el ensayo número 50 del libro primero, “De Democritus et Heraclitus”, habla Montaigne explícitamente de las características de sus ensayos).
  • Morón-Arroyo, Ciriaco. El sistema de Ortega y Gasset. Madrid: Ediciones Alcalá, 1968, 469 pp. (Considera el aspecto teórico del ensayo en “Ortega, literato”,. “Ensayo y placer”, “Ensayo y prueba implícita”, pp. 40-53. De acuerdo con Ortega y D’Ors, define el ensayo en los siguientes términos: “toda filosofía es, en primer lugar, un trabajo de la mente: pues bien, si aislo el producto, y lo expongo separado de la mente que lo piensa, haré categoría; si lo expreso con la vivacidad de lo que está naciendo como un producto viviente, será ensayo”).
  • Morón-Arroyo, Ciriaco. “Sobre el diálogo y sus funciones literarias”. Hispanic Review 41 (1973): 275-284.
  • Muñoz G., Luis. “El ensayo como discurso. Algunos rasgos formales”. Acta Literaria 3-4 (Concepción, 1978-79): 85-92. (A través de un metodo y terminología estructuralista, examina el discurso ensayístico en dos planos: a) “El enunciado” -”La secuencia argumentativa”, “Exposición”, “Dimensión temporal”, “Lo implícito”, “La plurivalencia”, “La figurabilidad”, “La dimensión simbólica”-, y b) “La enunciación” -”Indicios de persona”, “Relación del sujeto con el discurso o con su referencia”, “La interpretación”, “El monólogo”).
  • Murdoch, Walter. “The Essay”. Collected Essays (Sydney: Angus and Robertson, 1938), pp. 284-287.
  • Muth, Karl. “Über die kunst des Essays”. Hochland 24 (1926-27): 345-347.
  • N.G. de Amarilla, Lidia. El ensayo literario contemporáneo. Buenos Aires: Universidad Nacional de La Plata, 1951, 91 pp. (El libro queda dividido en dos partes, “Origenes y evolución del ensayo” y “el ensayo literario contemporáneo”; en ambas partes se estudia el desarrollo del ensayo en español, francés, inglés e italiano. El aspecto teórico se considera, de forma muy esquemática, en las siguientes secciones: “Características del ensayo”, pp. 43-45; “Algunos temas del ensayo contemporáneo”, pp. 81-85; y “Conclusiones”, pp. 85-91).
  • Negwer, Georg. Essay und Gedanke, Beitrag zur Erforschung der Problematik des essays am Beispiel der französischem. (Tesis doctoral) Berlín, 1953.
  • Newbolt, Henry. “Introduction”. Essays and Essayists (London: Thomas Nelson and Sons, 1927), pp. VII-XVI.
  • Nicol, Eduardo. “Ensayo sobre el ensayo”. El problema de la filosofía hispánica (Madrid: Editorial Tecnos, 1961), pp. 206-279. (Profundo ensayo sobre el ensayo. Considera principalmente las semejanzas y diferencias entre el ensayo y la filosofía).
  • Nuez, Antonio de la. “Antiguos y nuevos métodos de penetración del ensayo”. Anuario de Filología (Caracas 1965): 7-94. (El estudio está estructurado en las siguientes secciones: “Orígenes históricos”, pp. 9-32, rastreo de las manifestaciones ensayísticas desde los escritos egipcios hasta nuestros días. “Génesis intelectual”, pp. 32-46, donde se trata de “analizar cómo fue pensado el ensayo”; es la parte más rica en reflexiones sobre el aspecto teórico, y en ella, p. 39, se anotan hasta 25 características del ensayo. “Los géneros literarios y el ensayo”, pp. 46-71, donde se relaciona con la poesía, novela, cuento y teatro, para concluir que una obra será tanto más alta “cuanto más profunda sea la cala en la realidad humana y más se acerque al pensamiento del ensayo”. “El ensayo en su área geográfica: América”, pp. 71-91, se concentra aquí en la temática del ensayo iberoamericano).
  • Núñez, Estuardo. “Proceso y teoría del ensayo”. Revista Hispánica Moderna 31 (1965): 357-364. (Presenta una visión de conjunto, en la que establece los orígenes y desarrollo, reflexiona en torno a una definición del ensayo y comenta, en un “intento de ordenación”, las clasificaciones de Angel del Rio y José Luis Martínez).
  • O’Leary, Ralph Dorman. Der Essay. New York: Thomas Y. Crowell Company, 1928. 230 pp. (Incluye las siguientes secciones: a) ¿qué es el ensayo? b) la mentalidad del ensayista; c) aspectos del ensayo; d) su sustancia; e) su estructura; f) su tono y estilo).
  • Omil de Piérola, Alba. “Jorge Luis Borges: del ensayo a la ficción narrativa”. El ensayo y la crítica literaria en Iberoamérica. Editado por Kurt L. Levy y Keith Ellis (Toronto: Universidad de Toronto, 1970), pp. 155-160. (Se pretende “señalar la íntima conexión que hay entre los ensayos y las ficciones narrativas”, pero sin que se llegue a considerar el aspecto teórico”).
  • Onís, Federico de. “El ensayo contemporáneo”. España en América (Puerto Rico: Editorial Universitaria, 1968), pp. 378-382. (Se publicó originalmente como introducción a Antología de ensayos españoles, Boston: Heath, 1936. Considera sólo en términos generales el aspecto teórico).
  • Orage, A. R. “On Essay Writing”. Selected Essays and Critical Writings (London: Stanley Nott, 1934), pp. 46-50.
  • D’Ors, Eugenio. “Pensar por ensayos”. Clavileño 19 (1953): 1-6. (Partiendo de que la calidad propia del género ensayístico proviene de su “orientación centrípeta o centrífuga respecto de conjuntos que le sirven de base”, estudia el ensayo a través de los ensayistas españoles desde Séneca a nuestros días).
  • Osses, José Emilio. “El fenómeno de creación ensayística y su sentido en Ortega”. Revista Chilena de Literatura 24 (1984): 5-18.
  • Osses, José Emilio. “El ensayo: función interpretativa de un género de creación”. Revista Chilena de Literatura 25 (1985): 43-56.
  • Ouellette, Fernand. “Divagations sur l’essai”. Etudes Littéraires 5 (1972): 9-13.
  • Ovares, Flora. y Hazel Vargas. Trincheras de ideas: el ensayo en Costa Rica. San Jose: Editorial Costa Rica, 1986. 135 pp.
  • Oviedo, José Miguel. “Naturaleza y origen de un género”. Breve historia del ensayo hispanoamericano (Madrid: Alianza Editorial, 1991), pp. 11-20.
  • Palacios, María Fernanda. “Miserias y fulgores del ensayo en la Venezuela de hoy” y “Notas sobre el ensayo en Venezuela”. Sabor y saber de la lengua (Caracas: Monte Avila Editores, 1987), pp. 109-126.
  • Paquette, Jean-Marcel “Forme et fonction de l’essai dans la littérature espagnole”. Etudes Littéraires 5 (1972): 75-88.
  • Pareja Diezcanseco, Alfredo. “El ensayo en la literatura ecuatoriana actual”. Cuadernos Americanos 94 (1957): 232-245. (El ensayo como punto de unión y expresión de nuestra cultura actual. Características).
  • Peffer, Nathaniel. “Editors and Essays”. Essay Annual, 1936. (New York: Scott, Foresman, and Company, 1936), pp. 212-223.
  • Pérez de Ayala, Ramón. “El buen Plutarco, patriarca de los ensayistas”. ABC 22 de agosto de 1952. (Considera a Plutarco “el primero y el mayor, o sea el maestro” del ensayo: señala las características ensayísticas de sus obras y la influencia que ejerció en los ensayistas de los siglos XVI, XVII y XVIII).
  • Pérez de Ayala, Ramón. “El periodismo literario”. Obras completas (Madrid: Aguilar, 1969). Vol. IV, pp. 992-1004. (Con el término de “periodismo literario” se refiere a los ensayos en el periódico. Reflexiona aquí sobre el carácter dialogal y autobiográfico del género y en especial de su obra escrita).
  • Pérez-Embid, Florentino. “El ensayo en la España actual”. La Estafeta Literaria 133 (1958): 8-11. Estudia veinte años de la ensayística española, 1939-1958, en una exposición rápida de los temas y ensayistas más destacados. No considera el aspecto teórico del ensayo).
  • Pérez U., Jorge. “En busca de una noción histórica de ensayo”. Cuadernos Americanos 219 (1978): 96-112. El estudio queda estructurado en dos partes: en la primera trata de la palabra ensayo y su uso en España -de acuerdo con lo ya expuesto por Alfredo Carballo Picazo y otros-; en la segunda parte pretende llegar a una definición del concepto ensayo (en cuento género literario), pero lo hace comparando únicamente aquellas obras que en su título llevan el término ensayo usado en sus multiples acepciones, sin establecer diferencias entre las mismas).
  • Picón, Gaetan. “Problèmes contemporains: Les Essayistes”. Panorama de la nouvelle littérature française (París: Gallimard, 1949), pp. 205-242.
  • Picón-Salas, Mariano. “En torno al ensayo”. Cuadernos 8 (París, 1954): 31-33. (Reflexiones en torno al concepto de ensayo -que “se desarrolla de preferencia en época de crisis”- y a la función del ensayista, que “tiende un extraño puente entre el mundo de las imágenes y el de los conceptos”. Se publicó después, bajo el título “Y va de ensayo”, en Crisis, cambio, tradición (Madrid: Ediciones Edime, 1955), pp. 140-145. Con el título de “Formula del ensayo” se reprodujo en La Nueva Democracia 42 (enero 1962): 18-20).
  • Piñera Llera, Humberto. “El ensayo en Hispanoamérica”. Revista Interamericana de Bibliografía 17 (1967): 316-321. (Es un amplio comentario a propósito del libro de Carlos Ripoll, Conciencia intelectual de América. No profundiza en el aspecto teórico del ensayo).
  • Pire, G. “De l’influence de Sénèque sur les Essais de Montaigne”. Les Études Classiques 22 (1954): 270-286.
  • Portuondo, José Antonio. “El ensayo y la crítica”. Universidad de la Habana 186-188 (1967): 99-105. (Relación de escritos ensayísticos y de crítica cubanos publicados principalmente durante los dos primeros tercios de la década de los sesenta. No se detiene a considerar el aspecto teórico del ensayo).
  • Pottinger, David T. “Introduction”. English Essays. An Anthology of Essays from Bacon to Lucas (New York: The MacMillan Co., 1917), pp. IX-XXI.
  • Pouilloux, Jean-Ives. Lire les “Essais” de Montaigne. París: François Maspero, 1969. 112 pp. (Analiza las características del ensayo de Montaigne).
  • Praz, Mario. “Saggio”. Enciclopedia Italiana (Roma: Instituto della Enciclopedia Italiana, 1949), XXX, pp. 434-435.
  • Priestley, J. B. “Introduction”. Essayists Past and Present (New York: Books for Libraries Press, 1967), pp. 7-32.
  • Priestley, J. B. “On Beginning”. I for One (Freeport: Books for Libraries Press, 1967), pp. 3-11.

 

  • Primo Sánchez, Francisco. “Montaigne, encrucijada”. Cruz y Raya 15 (1934): 33-78. (Crítica impresionista de los ensayos de Montaigne. Comenta su pensamiento, sin detenerse a considerar el aspecto teórico del ensayo).

 

  • Randak, Ernst. “Über den Essayisten”. Wort in der Zeit 7, Nº 2 (1961): 38-40.
  • Read, Herbert. “On Something in Particular”. The Tenth Muse (New York: Horizon Press, 1958), pp. 1-4.
  • Real de Azúa, Carlos. “¿Un género ilimitado?” y “Un género limitable”. Antología del ensayo uruguayo contemporáneo (Montevideo: Universidad de la República, Departamento de Publicaciones, 1964), pp. 11-30. (Los títulos corresponden a dos secciones que forman parte de la introducción a la antología. En la primera traza el desarrollo del ensayo desde Montaigne para destacar la riqueza y amplitud -y también confusión- que encierra el concepto ensayo. En la segunda sección, mucho más amplia, pp. 15-30, reflexiona en torno a los “rasgos” del ensayo, que resume señalando que el ensayo es “más comentario que información [...], más interpretación que dato, más reflexión que materia bruta de ella, más creación que erudición, más postulación que demostración, más opinión que afirmación dogmática”).
  • Rehder, Helmut. “Die Anfängue des deutschen Essays”. Deutsche Vierteljahrsschrift für Literaturwissenschaft 40 (1966): 24-42.
  • Remos y Rubio, Juan J. “La crítica y el ensayo”. Micrófono (La Habana: Molina y Cía, 1937), pp. 90-99. (Comenta sobre el ensayo a través de dos aproximaciones concretas: desde la crítica literaria que “forma parte específica del ensayo”, y desde la filosofía; “la crítica y la filosofía, fundiéndose en el crisol del arte”).
  • Rey, Juan. “El ensayo y su importancia actual”. Preceptiva literaria (Santander: Editorial Sal Terrae, 1958), pp. 235-238. (Concebido como libro de texto -de carácter elemental-, la sección sobre el ensayo es en extremo superficial).
  • Rey de Guido, Clara. Contribución al estudio del ensayo en Hispanoamérica. Caracas: biblioteca de la Academia Nacional de la Historia, 1985. 143 pp. (La primera parte, pp. 13-50, es un estudio sobre el origen, caracterización y clasificación del ensayo. En la segunda parte, pp. 53-143, se incluye una bibliografía con extensas anotaciones).
  • Reyes, Alfonso. “Las nuevas artes”. Obras completas (México: Fondo de Cultura Económica, 1959) Vol. IX, 400-403.
  • Richter, Helen. “Der Literarische Essay”. Geschichte der englische Romantik (Halle A. S.: Verlag von Max Niemeyer, 1916), II. Band, 1. teil, pp. 1-346.
  • Rico, Francisco. “Del ensayo a la novela: estructuras y reflejos de estructuras en el Guzmán de Alfarache“. En Ensayo (Málaga: Diputación Provincial de Málaga, 1980), pp. 125-140. Estudio del Guzmán sin reflexiones en torno al aspecto teórico del ensayo).
  • Río, Angel del y José Bernadete. El concepto contemporáneo de España. New York: Las Américas, 1962, 741 pp. (En la introducción, pp. 13-39, incluye una sección, “El desarrollo del ensayo y sus formas”, pp. 30-33, que ha tenido gran influencia en estudios posteriores, a pesar de su forzoso carácter esquemático. Reconoce tres grupos de ensayos: a) “el ensayo puro”, “el ensayo poético-descriptivo” y “el ensayo crítico-erudito”).
  • Ripoll, Carlos. Conciencia intelectual de América. Antología del ensayo hispanoamericano. New York: Las Américas, 1966; tercera edición corregida y aumentada. New York: Eliseo Torres, 1974, 459 pp. (El libro “pretende ser una colección de ensayos”, y lo es en el sentido de que “el ensayo es el resultado de una reflexión y de la voluntad de transmitir artísticamente las conclusiones o impresiones que de ella se derivan”. Se reflexiona sobre el concepto de ensayo en las páginas 28 y 29 de la introdución).
  • Robb, James Willis. El estilo de Alfonso Reyes. Imagen y estructura. México: Fondo de Cultura Económica, segunda edición revisada y aumentada, 1978, 303 pp. (Aunque de modo directo sólo hace una somera mención al aspecto teórico del ensayo en la sección “Definiciones y límites”, pp. 21-23, de la introducción, todo el libro, y en especial el capítulo cinco, supone un intento de comprensión de lo que es ensayo. Es de especial interés su clasificación de los ensayos, pp. 180 y ss., donde sigue y amplía la de José Luis Martínez).
  • Robb, James Willis. “Variedades del ensayismo en Alfonso Reyes y Germán Arciniegas”. Thesaurus, Boletín del Instituto Caro y Cuervo 36 (1981): 1-14. (Analiza varias manifestaciones ensayísticas de la obra de Reyes y Arciniegas. Encabeza su estudio con unas reflexiones en torno al concepto de ensayo y de acuerdo con Reyes señala que “la flexible forma del ensayo permite la exploración libre (sin compromisos formales ni pretensiones de agotar la materia) de cualquier tema, en prosas de variable extensión y desde cualquier punto de vista”).
  • Robb, James Willis. “El ensayo: Alfonso Reyes y el centauro”. Los Ensayistas 1, No. 2 (1976): 5-6.
  • Robles de Cardona, Mariana. “El ensayo puertorriqueño en los últimos veinte años”. Asomante 20 (1964): 24-51. (Ambos estudios presentan una relación de ensayistas puertorriqueños y sus obras, sin que se conceda atención al aspecto teórico del ensayo).
  • Robles de Cardona, Mariana y Margot Arce de Vázquez. “Veinticinco años del ensayo puertorriqueño (1930-1955)”. Asomante 11 (1955): 7-19.
  • Rodríguez Monegal, Emir. “El ensayo y la crítica en la América Hispánica”. El ensayo y la crítica literaria en Iberoamérica. Editado por Kurt L. Levy y Keith Ellis (Toronto: Universidad de Toronto, 1970), pp. 221-227. (Este estudio, en el que se equipara al término de crítico con el de ensayista, es una defensa del valor de la crítica como obra creativa. Aunque algunas de las reflexiones sobre la crítica tienen valor con relación al ensayo, en realidad no se considera el aspecto teórico de éste).
  • Rohner, Ludwig. Der deutsche Essay. Materialien zur Geschichte und Asthetik einer literarischen Gattung. Berlín: Luchterhand, 1966. 927 pp. (“Sección introductoria”: a) comparaciones entre Bacon y Montaigne; b) una apreciación histórica. “Sección fenomenológica”, ejemplos divergentes de ciertos ensayistas. “Sección teórica”: a) estudio detallado del ensayo; b) estudio comparativo. “Sección de documentación”: textos -temas, métodos, documentos-. Tanto el estudio como la bibliografía se concentra únicamente en los ensayistas alemanes).
  • Rohner, Ludwig. “Anfänge des Essays”. Akzente 12 (1965): 303-321.
  • Rohner, Ludwig. “Versuch über den Essay”. Deutsche Essays, (Prosa aus zwei Jahrhunderten) (Berlín: Luchterland, 1968), Vol. I, pp. 7-24.
  • Rojas Garcidueñas, José. “El ensayo y la novela”. Mexico, realización y esperanza (México: Editorial Superación, 1952), pp. 135-141.
  • Routh, H. V. “The origins of the Essay Compared in French and English Literatures”. Modern Language Review 15 (1920): 28-40; y 143-151.
  • Roy, Fernand. “Un tombeau littéraire pour l’essai?” Etudes Littéraires 5 (1972): 23-36.
  • Roy, Joaquín. “Del ensayo y la crítica”. El Urogallo 6, No. 35-36 (1975): 129-134. (Se reflexiona sobre la función de la crítica en relación a la producción ensayística, cuyos escritos se analizan casi siempre “con la perspectiva de la historia de las ideas, de la filosofía, del contenido histórico o político”: esto causa “que el ensayo literario no logre ingresar por méritos propios en las categorías de los géneros literarios”).
  • Roy, Joaquín. “Cristóbal Colón, periodista”. Texto Crítico 6, Nos. 16-17 (1980): 114-134. (Estudio profundo en torno a las relaciones entre ensayo y periodismo. Consta de las siguientes secciones: 1. “El ensayo: un género con complejo de inferioridad”, 2. “Cohabitación con el periodismo”, 3. “La lengua del periodismo”, 4. “Cartas, historia, biografía, crónica”, 5. “Colón, periodista”, 6. “El ensayo y el periodismo en América Latina: diacronía”, 7. “Tema y transfiguración del ensayo hispanoamericano”).
  • Roy, Joaquín. “Periodismo y ensayo”. El ensayo hispánico. Editado por Isaac J. Lévy y Juan Loveluck. (Columbia: University of South Carolina, 1984), pp. 63-80.
  • Rudat, Eva M. Kahiluoto. “El ensayo como género literario en el siglo dieciocho”. Los ensayistas de la Ilustración en España (Boulder: SISU Press, Ltd., 1976), pp. 39-45. (Aproximación al concepto y desarrollo del ensayo durante el siglo XVIII: reconoce a Feijoo “como el padre del ensayo español moderno”. En su exposición sigue la definición de ensayo de Julián Marías en el diccionario de literatura española).
  • Ruel, Édouard. Du sentiment artistique dans la morale de Montaigne. Genève: Slatkine Reprints, 1970. 430 pp.
  • Sacoto, Antonio. “El ensayo como género”. El indio en el ensayo de la América española (New York: Las Américas, 1971), pp. 11-19. (Aproximación al concepto de ensayo a través de las definiciones de Gómez de Baquero, Díaz-Plaja, Vitier y Estuardo Núñez. Resalta la importancia del ensayo en Iberoamérica).
  • Sacoto, Antonio. “El ensayo hispanoamericano contemporáneo”. Cuadernos Americanos 9 (1988): 107-120.
  • Sacoto, Antonio. “El ensayo como género”. Del ensayo hispanoamericano del siglo XIX (Quito: Casa de la Cultura Ecuatoriana, 1988), pp. 11-17. (Breve clasificación del ensayo según consideraciones temáticas).
  • Salaverría, José María. “El arte del artículo”. Antología literaria de ABC: El artículo, 1905-1955 (Madrid: Editorial Prensa Española, 1955), pp. 408-410. (El término “articulo” tiene aquí el sentido de ensayo escrito para el periódico; el estudio es de carácter muy general).
  • Sánchez, Luis Alberto. “The Essay in Spanish America”. Américas 9, No. 6 (1957): 27-31. (Reflexión en una perspectiva de conjunto sobre el sentido y algunas características del ensayo iberoamericano, que compara con el español y el inglés).
  • Sánchez Reulet, Anibal. “Los ensayistas del Caribe”. Revista Interamericana de Bibliografía 7 (1957): 143-153. Partiendo de que “el ensayismo es una de las manifestaciones más ricas” y “quizás la forma literaria en que los hispanoamericanos han alcanzado el más alto grado de madurez”, pasa a mencionar a los más destacados. No comenta el aspecto téorico).
  • Sanjuán, Pilar A. El ensayo hispánico: Estudio y antología. Madrid: Editorial Gredos, 1954. (A pesar de la considerable extensión del estudio introductorio, escrito en inglés, pp. 9-105, sólo se dedica una página a reflexiones en torno a una teoría del ensayo; en el resto, se estudian los comienzos y desarrollo del ensayo y pensamiento español e iberoamericano).
  • Sayce, Richard A. “L’ordre des Essais de Montaigne”. Bibliothèque d’Humanisme et Renaissance 18 (1956): 7-22.
  • Sayce, Richard A. “The Form of the Essays”. The Essays of Montaigne. A Critical Exploration (London: Weidenfild and Nicolson, 1972), pp. 260-279.
  • Schelling, Felix E. “The Familiar Essay”. Appraisements and Asperities (Philadelphia: J. B. Lippincott Company, 1922), pp. 9-14.
  • Schirmer-Imhoff, Ruth. “Montaigne und die Frühzeit des englischen Essays”. Germanisch-Romanische Monatschrift 34 (1953): 121-135.
  • Scholes, Robert. Elements of the Essay. New York: Oxford University Press, 1969. 83 pp. (Comprende cuatro partes: primera, un estudio crítico-comparativo con otras formas literarias; segunda, cuatro ejemplos de ensayos y comentarios al respecto; tercera, el ensayo dramático y un ejemplo; cuarta, un resumen de las diferentes sugerencias de cómo abordar la forma ensayística).
  • Schon, Peter. Vorformen des Essays in Antike und Humanismus: Eine Beitrag zur Entstehungsgeschichte der “Essais” von Montaigne. Wiesbaden: Steiner, 1954.
  • Schultz Cazeneuve de Mantovani, Fryda. Ensayo sobre el ensayo. Bahía Blanca: Universidad Nacional del Sur, 1967, 22 pp. (Divagaciones acerca de ciertas características muy generales del ensayo, a través de Montaigne, Sor Juana Inés de la Cruz y José Martí).
  • Schultz, Braucks, Ludwig. Zur Geschichte des englischen Essays von Montaigne bis Cowley. Marburg, 1919 (tesis). (Consta de tres secciones: estudio de Montaigne y su ensayo; aparición y desarrollo del ensayo hasta Cowley, ensayistas ingleses y la represión del ensayo, y el renacimiento y desarrollo del ensayo).
  • Schumacher, Hans. “Der deutsche Essay im 20. Jahrhundert”. Deutsche Literatur im 20. Jahrhundert. Editado por otto Mann (Bern: Francke Verlag, 1967), I. 267-296.
  • Shelly, Percy van Dyke. “The Familiar Essay”. University Lectures Delivered by Members of the Faculty. 1916-1917 (Philadelphia: University of Pennsylvania, 1917), pp. 227-253.
  • Sheran, William H. “The Essay”. A Handbook of Literary Criticism (New York: Hinds, Noble and Eldredge, 1905), pp. 150-192.
  • Sherman, Stuart P. “An Apology for Essayists of the Press”. Points of View (New York: Charles Scribner and Sons, 1924), pp. 173-185.
  • Silva Castro, Raúl. “El ensayo en Chile”. Journal of Interamerican Studies 4 (1962): 441-461. (Sin detenerse “a precisar qué debe entenderse por ensayo”, estudia el ensayo chileno, desde el punto de vista de prosa de ideas, del siglo XIX y primera mitad del XX).
  • Skirius, John. “Este centauro de los géneros”. El ensayo hispanoamericano del siglo XX. Editado por John Skirius (México: Fondo de Cultura Económica, 1981, 407 pp.), pp. 9-32. (Estructura su estudio introductorio en tres partes. En la primera, pp. 9-17, presenta una rápida y, en su brevedad, muy completa caracterización del ensayo como género literario, basándose en las definiciones propuestas por Montaigne, Bacon, Vitier, Ortega y Gasset, Anderson Imbert, entre otros. La segunda parte, “Radiografía del siglo XX”, pp. 17-29, introduce bajo una perspectiva histórico-literaria la selección de ensayos. La tercera parte es una breve pero selecta, bibliografía sobre el ensayo, pp. 29-32).
  • Smith, Alexander. “On the Writing of Essays”. Dreamthorp (New York: Doubleday, Doran and Co, 1934), pp. 21-25.
  • Speare, M. Edmund. The Essay. New York: Oxford University Press, 1927.
  • Squire, Sir John C. “An Essay on Essays”. Essays of the Year (1929-1930) (London: Argonaut Press, 1930), pp. IX-XVIII.
  • Squire, Sir John C. “The Essay”. Flowers of Speech. 2 ed. (New York: Books for Libraries Press, Inc. 1967), pp. 108-115.
  • Stabb, Martin S. “Not text but texture: Cortázar and the New Essay”. Hispanic Review 52.1 (1984): 19-40. (Estudio del ensayo como género a través de la obra ensayística de Cortázar para establecer un marco que permita investigar las nuevas e innovadoras expresiones formales del ensayo iberoamericano).
  • Starobinski, Jean. “Les enjeux de l’essai”. La Revue de Belles-Lettres 106, Nos. 2-3 (1983): 93-105.
  • Stephen, Leslie. “The Essayists”. Men, Books, and Mountains (Minneapolis: University of Minnesota Press, 1956), pp. 45-73.
  • Stoessl, Otto. “Der Essay”. Geist und Gestalt (Wien: Saturn-Verlag, 1935), pp. 107-108.
  • Suskind, Wilhelm Emanuel. “Der Essay-sonst und heute”. Deutsche Rundschau 80 (1954): 785-790.
  • Sutherland, W. O. S. “Essay Forms in the Prompter“. Studies in the Early English Periodical. Ed. R. P. Bond (Chapel Hill: The University of North Carolina Press, 1957), pp. 136-149.
  • Taffe, Valentine. “Bacon et Montaigne essayistes”. Revue Anglo-Américaine 1 (1924): 505-516.
  • Tanner, William Maddux. Essays and Essay-writing (Boston: The Atlantic Monthly Co., 1918), 301 pp. (Estudio de cinco clases de ensayos, con una introducción sobre los orígenes del ensayo y el ensayo familar: 1. Experiencias personales, confesiones y autoanálisis. II. Reflexiones y comentarios existenciales. III. Observaciones de tipo familiar. IV. Ensayos de naturaleza. V. Comentarios y opiniones del autor).
  • Telle, E. V. “A Propos du mot ‘essai’ chez Montaigne”. Bibliotèque d’Humanisme et Renaissance 30 (1968): 225-247.
  • Thompson, Francis. “The Essay: Ancient and Modern”. The Real Robert Louis Stevenson and Other Critical Essays (New York: University Publishers Incorporated, 1959), pp. 286-291.
  • Toro, Fernando de. “El laberinto de la soledad y la forma del ensayo”. Cuadernos Hispanoamericanos 343-345 (1979): 401-416.
  • Torre, Guillermo de. “El ensayo y algunos ensayistas americanos”. Cuadernos 53 (París, 1961): 166-170. (Considera el ensayo como “lo más logrado y característico” de lo iberoamericano, si bien cree que no debe excluirse del ensayo ninguna producción por su contenido, al mismo tiempo que se debe “exigir” “calidad literaria” para que un escrito sea tenido por ensayo).
  • Torre, Guillermo de. “José Ortega y Gasset: el ensayista literario”. Las metamorfosis de Proteo (Buenos Aires: Editorial Losada, 1956), pp. 43-50. (Incluye una sección, “¿Qué es el ensayo?” donde, junto a reflexiones varias, éste es considerado como obra de arte. Se basa en los escritos de Ortega y Gasset, pues en él “la parte de creación no es inferior a la parte de reflexión”).
  • Torres-Rioseco, Arturo. “El ensayo en la América colonial”. Cuadernos 71 (París, 1963): 36-42. (En la exposición teórica sigue a Jacob Zeitling, Seventeenth Century Essays, y en la clasificación de los ensayos a Angel del Río, El concepto contemporáneo de España. Considera como “elementos esenciales del ensayo” su carácter de “género literario, brevedad de desarrollo, uso de la prosa, facilidad y cierta ‘liviandad’ de tratamiento, carácter expositivo y provocación del sentimiento del autor”).
  • Torri, Julio. “El ensayo corto”. Tres libros (México: Fondo de Cultura Económica, 1981), pp. 33-34. (Ensayo sobre la brevedad del ensayo).
  • Uhde-Bernays, Hermann. “Gedanken über den Essay”. Neue Literarische Welt 3, No. 5 (1952): 2.
  • Upham, Alfred H. “The Personal Essay”. The Typical Forms of English Literature (New York: Oxford University Press, 1917), pp. 117-147.
  • Uribe Echevarría, Juan. El ensayo: estudios. Santiago: Editorial Universitaria, 1958, 255 pp. (Antología de estudios sobre el aspecto teórico del ensayo y su desarrollo en el mundo hispánico. Incluye selecciones de: Julián Marías, Lidia N.G. de Amarilla, Eduardo Gómez de Baquero, Medardo Vitier, Francisco Maldonado de Guevara, André Gide, Alfredo Carballo Picazo, Angel del Río, Pilar A. Sanjuán, Martín Alonso).
  • Valdivieso, Jorge H. “El ensayo de Octavio Paz y la Generación del 98″. Los Ensayistas 2, No. 3 (1977): 21-25.
  • Varela, José Luis. “La ‘literatura mixta’ como antecedente del ensayo feijoniano”. El P. Feijoo y su siglo (Oviedo: Universidad de Oviedo, 1966). pp. 79-88. (Tomando como base el estudio de Alfredo Carballo Picazo, “El ensayo como género literario”, estudia el ensayo de Feijoo, y señala que tanto la voz “discurso” como la expresión de “literatura mixta”, poseen un significado próximo al que se da actualmente al término ensayo).
  • Varela, José Luis. “Raíz y función del ensayo español de hoy”. Ensayo (Málaga: Diputación Provincial de Málaga, 1980), pp. 45-63. (Parte del supuesto de que “cabe mantener, respecto a otros géneros, el carácter orientador y precursor del ensayo en el orden formal y en el ideológico, con lo que su función intelectual y literaria no sólo se justifica, sino que se nos presenta como necesaria”).
  • Vázquez, Alberto. El ensayo en Hispanoamérica. New Orleans: El Colibrí, 1972, 259 pp. (Antología de ensayistas iberoamericanos. No posee estudio teórico).
  • Victoria, Marcos. Teoría del ensayo. Buenos Aires: Emecé, 1975, 151 pp. (A pesar del título, el aspecto teórico queda relegado a un mínimo. El libro es más bien una colección de ensayos sobre ensayistas -Luciano de Samosata, Erasmo, Montaigne, Saint-Evremond y Vauvenargues, Rousseau, Taine, etc.-, donde se reflexiona ocasionalmente sobre el carácter del ensayo).
  • Vigneault, Robert. “L’essai québécois: la naissance d’une pensée”. Etudes Littéraires 5 (1972): 59-73.
  • Villey-Desmeserets, Pierre Louis. Les sources et l’évolution des Essais de Montaigne 2 vols. París: Librairie Hachette, 1908. (Posee una extensa introducción donde describe el papel de Montaigne en el movimiento de las ideas morales en el siglo XVI. El vol. I está dividido en dos secciones, en las que analiza las lecturas de Montaigne y su cronología, 1580-1588. Posee un apéndice con tablas cronológicas de composiciones y lecturas de Montaigne. El vol. II se refiere a la evolución del ensayo y la conquista de su personalidad).
  • Virasoro, Rafael. “El ensayo”. Universidad (Santa Fe), 78 (1969): 67-84. (Reflexiona sobre el origen del ensayo para llegar a establecer una serie de características definitorias, a través de su comparación con la poesía y su diferenciación de los demás géneros literarios).
  • Vitier, Medardo. “El ensayo como género”. Del ensayo americano (México: Fondo de Cultura Económica, 1945), pp. 45-61. Presenta una visión de conjunto: orígenes, desarrollo, temas, función, equilibrio entre la forma y el contenido, y su diferencia del artículo, estudio crítico y monografía).
  • Wais, Kurt. “Antwort auf eine Umfrage über den Essay”. An den Grenzen der Nationalliteraturen (Berlín: Walter de Gruyter, 1958), pp. 338-340.
  • Wais, Kurt. “Essay-Zum Wort und zur Sache”. Neue Literarische Welt 3, No. 4 (1952): 2.
  • Walker, Hugh. The English Essay and Essayists. New York: AMS Press, 1975. 343 pp. (Estudio acerca de las diferentes formas del ensayo y los diversos ensayistas de los siglos diecisiete al diecinueve).
  • Wann, Louis. “The Development of the Essay in English”. Century Readings in the English Essay (New York: Appleton-Century Crofts, Inc., 1954), pp. 3-34.
  • Watson, Melvin R. Magazine Serials and the Essay Tradition 1746-1820. Louisiana State University Press, 1956.
  • Weber, Horst. Studien zur Form des Essays bei Charles Lamb. Heidelberg: Carl Winter Universitätverlag, 1964.
  • Whitmore, Charles E. “The Field of the Essay”. PMLA 36 (1921): 551-564.
  • Williams, Orlo. The Essay. London: Martin Secker, 1924, 63 pp. (Es un estudio panorámico del ensayo inglés con ocasionales reflexiones sobre el carácter del ensayo).
  • Williams, Orlo. “The Essay”. Essays for Our Day. Editado por L. B. Shackelford y F. P. Gass (New York: W. W. Norton, 1931), pp. 352-360.
  • Williams, William E. “The Essay”. The Craft of Literature (New York: Books for Libraries Press, 1967), pp. 140-147.
  • Williamson, George. “The Equation of the Essay”. The Sewanee Review 35 (1927): 73-77.
  • Witham, Rose A. “Introduction”. Essays of Today (Cambridge: The Riverside Press, 1931), pp. 15-33.
  • Withington, Robert. “Of the Romantic Essay”. The South Atlantic Quarterly 23 (1924): 269-276.
  • Wolffheim, Hans. “Der Essay als Kunstform. Thesen zur einer neuen Forschungsaufgabe”. Festgruss für Hans Pyritz (Heidelberg: Universitätsverlag, 1955), pp. 27-30.
  • Woolf, Virginia. “The Modern Essay”. Collected Essays. Vol. II (London: The Hogarth Press, 1966), pp. 41-50.
  • Wylie, Laura Johnson. “The English Essay: A Study in Literary Development”. Social Studies in English Literature (New York: Benjamin Blum Inc., 1971), pp. 3-74.
  • Zavaleta, Carlos E. “El ensayo en el Perú, 1950-1975″. En Ensayo (Málaga: Diputación Provincial de Málaga, 1980), pp. 66-74. (Reseña del desarrollo intelectual en el perú, a través de sus pensadores. No incluye reflexiones en torno al aspecto teórico del ensayo).
  • Zeitlin, Jacob. “Introduction”.. Seventeenth Century Essays (New York: Scribner’s Sons, 1926), pp. V-XXXIX.
  • Zum Felde, Alberto. “Introducción”. Índice crítico de la literatura hispanoamericana: Los ensayistas (México: Guaranía, 1954), pp. 7-22. Zum Felde usa el término “ensayo” en el sentido de prosa de ideas; por lo que en su exposición hace referencia únicamente al contenido. No considera el aspecto teórico del ensayo).

El cine se apoya en historias avaladas por éxitos literarios

El cine se apoya en historias avaladas por éxitos literarios
El 20% de las producciones españolas proceden de adaptaciones de novelas

 

CRISTINA SAVALL
BARCELONA
La semilla de muchas películas crece en las tramas de las novelas. El Centre de Desenvolupament Audiovisual (CDA) quiere tender puentes entre el sector literario y el audiovisual propiciando el acercamiento entre autores, agentes, editores, directores y productores para encontrar historias capaces de convertirse en potentes guiones cinematográficos.

 

Esta entidad, que depende del Institut Català de les Indústries Culturals (ICIC), ha convocado en el Salón del Libro de Barcelona la primera edición de la Mostra Iberoamericana de Drets Audiovisuals (MIDA). En ella, se ha presentado un detallado estudio de mercado en el que se analiza la presencia de adaptaciones literarias en el cine español de reciente producción y también informa de la recaudación de las películas inspiradas en novelas.

El informe se refiere sólo a los largometrajes estrenados en salas comerciales en los últimos años. Pere Roca, director del CDA, destaca que del 1 de enero del 2002 hasta junio del 2005 en España se han estrenado en salas comerciales 296 filmes que adaptan obras literarias, de los cuales 78 son producciones con participación española y 218, extranjeros. “Un 20,35% de los 1.454 películas estrenadas en ese periodo provienen de adaptaciones”, señala Roca.

Los países suramericanos son los que trasladan más novelas al cine, y los asiáticos, los que menos. “Hay grandes terrenos vírgenes”, agrega el director del CDA en referencia a que Portugal y Brasil tienen obras literarias de gran calidad y poquísimas adaptaciones.

Los datos estadísticos de este informe elaborado por la empresa Media Research indican que Catalunya es la comunidad con mayor número de versiones. Ya lleva 37 desde el 2002. Este recuento se basa en la procedencia del escritor por lo que Javier Cercas aporta un punto a Extremadura por Soldados de Salamina, que propició la película homónima de David Trueba.

Pedro Almodóvar, ganador del Oscar al mejor guión original por Hable con ella, paradójicamente es el director que mayor recaudación ha logrado en España por trasladar un relato literario a un filme. Fue con Carne trémula, un libre trasvase de la novela de la británica Ruth Rendell. El director manchego no es el único guionista de prestigio que se entusiasma por una novela. Alicia Garciadiego, célebre por los relatos de las películas de Arturo Ripstein, llevó La verdadera historia de la muerte, de Max Aub, al cine. Se tituló La virgen de la lujuria. Vicente Aranda recurrió a Joaquín Jordà para pasar al celuloide Carmen, la novela de Prosper Mérimée.

Isabel Coixet también quedó seducida por un relato breve escrito por Nancy Kincaid. De allí surgió Mi vida sin mí.

 

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