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El lenguaje sobre el escenario

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 Creo que la noción de “espectáculo”, no poco equívoca de por sí, constituye aún un instrumento útil para descifrar algunos aspectos de la multitud postfordista (que es, si se quiere, una multitud de virtuosos, de trabajadores que, para trabajar, recurren a dotes genéricamente “políticas”).

El concepto de “espectáculo”, acuñado durante los años sesenta por los situacionistas, es un concepto propiamente teórico, no extraño a la trama de argumentaciones marxianas. Para Guy Debord (Debord 1967) el “espectáculo” es la comunicación humana devenida mercancía. Aquello que se da en el espectáculo es, precisamente, la facultad humana de comunicarse, el lenguaje verbal en cuanto tal. Como se puede ver, no se trata de una acusación rencorosa contra la sociedad de consumo (siempre un poco sospechada, porque se corre el riesgo, como le sucede a Pasolini, de añorar la buena convivencia en medio del bajo consumo y la miseria). La comunicación humana en cuanto espectáculo es una mercancía entre las demás, desprovista de prerrogativas o cualidades especiales. Pero, por otra parte, es una mercancía que concierne, a partir de un cierto punto, a todos los sectores industriales. Aquí está el problema.

Por un lado el espectáculo es el producto particular de una industria particular, la industria llamada cultural por lo señalado. Por otro lado, en el postfordismo la comunicación humana es también un ingrediente esencial de la cooperación productiva en general; por lo tanto, es la reina de las fuerzas productivas, algo que sobrepasa el propio ámbito sectorial, resguardando más bien a la industria en su conjunto, a la poiesis en su totalidad… En el espectáculo son exhibidas, en forma separada y fetichizada, las fuerzas productivas más relevantes de la sociedad, aquellas fuerzas productivas que deben alcanzar cualquier proceso laboral contemporáneo: competencia lingüística, saber, imaginación, etc. El espectáculo posee, por lo tanto, una doble naturaleza: producto específico de una industria particular, pero también, al mismo tiempo, quintaesencia de modo de producción en su conjunto. Debord escribe que el espectáculo es “la exposición general de la racionalidad del sistema” (ibid. 28). Dan espectáculo, por así decir, las propias fuerzas productivas de la sociedad en cuanto coinciden, en medida creciente, con la competencia lingüística- comunicativa y con el general intellect.

La doble naturaleza del espectáculo trae a la mente, ciertamente, la doble naturaleza del dinero. Como es sabido, el dinero es una mercancía entre las demás, fabricada en la ceca del Estado, en Roma, dotada de un cuerpo metálico o de papel. Pero tiene también una segunda naturaleza: es el equivalente, la unidad de medida, de todas las demás mercancías. Particular y universal al mismo tiempo el dinero; particular y universal al mismo tiempo el espectáculo. El parangón, sin dudas atractivo, es, sin embargo, erróneo. A diferencia del dinero, que mide el resultado de un proceso productivo concluido, el espectáculo concierne más bien al proceso productivo en sí, en sí mismo, en su potencialidad. El espectáculo, según Debord, muestra lo que hombres y mujeres pueden hacer. Mientras que el dinero refleja en sí el valor de las mercancías, por lo tanto aquello que la sociedad ya ha hecho, el espectáculo exhibe en forma separada aquello que el conjunto de la sociedad puede ser o hacer. Si el dinero es la “abstracción real” (para usar una clásica expresión marxiana) que se refiere a las obras concluidas, al pasado del trabajo, el espectáculo, por el contrario, según Dabord, es la “abstracción real” que representa al mismo obrar, al presente del trabajo. Si el dinero señala hacia los cambios, el espectáculo, comunicación humana devenida mercancía, señala a la cooperación productiva. Debe concluirse, por lo tanto, que el espectáculo, la capacidad comunicativa humana devenida mercancía, posee una doble naturaleza, pero distinta a la del dinero. ¿Cuál?

Mi hipótesis es que la industria de la comunicación (o mejor aún, del espectáculo, o, también, la industria cultural) es una industria dentro de las otras, con su técnica específica, sus procedimientos particulares, sus peculiares provechos, etc., pero que, por otra parte, lleva también a cabo el papel de industria de los medios de producción. Tradicionalmente la industria de los medios de producción es la industria que produce máquinas y demás instrumentos, para ser empleados luego en los más diversos sectores productivos. Sin embargo, en una situación en la cual los instrumentos de producción no se reducen a máquinas, sino que consisten en competencia lingüística- cognoscitiva inescindible del trabajo vivo, es lícito pensar que una parte conspicua de los denominados “medios de producción” consista en técnica y procedimientos comunicativos. Y bien ¿dónde son forjadas estas técnicas y estos procedimientos sino en la industria cultural? La industria cultural produce (innova, experimenta) los procedimientos comunicativos que son luego destinados a hacer las veces de medios de producción hasta en los sectores más tradicionales de la economía contemporánea. He allí el papel de la industria de la comunicación, una vez que el postfordismo se ha afirmado plenamente: industria de los medios de comunicación.

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