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Archive for marzo, 2010

Veinte reglas para escribir ficción

IInspirado por la publicación del libro de Elmore Leonard 10 Rules of Writing[Las 10 reglas de la escritura], al periódico británico The Guardian se le ocurrió plantearle a un nutrido grupo de autores la siguiente pregunta: ¿Cuáles son las diez reglas esenciales para escribir ficción? El artículo resultante, publicado el pasado sábado, me ha parecido sumamente interesante, ya que aunque entre las respuestas hay de todo, creo que reúne un buen número de buenos consejos y de verdades ineludibles que nunca está de más recordar. Además del propio Elmore, han participado en el experimento Diana Athill, Margaret Atwood, Roddy Doyle, Helen Dunmore, Geoff Dyer, Anne Enright, Richard Ford, Jonathan Franzen, Esther Freud, Neil Gaiman, David Hare, PD James, Al Kennedy, Hilary Mantel, Michael Moorcock, Michael Morpurgo, Andrew Motion, Joyce Carol Oates, Annie Proulx, Philip Pullman, Ian Rankin, Will Self, Helen Simpson, Zadie Smith, Colm Tóibín, Rose Tremain, Sarah Waters y Jeanette Winterson. Que se dice pronto. Y de entre todas sus reglas, yo he escogido estas veinte que son las que más me han llamado la atención. Pero por supuesto hay muchas más y os recomiendo vivamente la lectura de todo el artículo, el cual podréis encontrar pinchando aquí.

1. No te plantees escribir. Escribe. Sólo escribiendo, y no soñando con hacerlo, podemos desarrollar un estilo propio.
PD James

2. Si tienes una buena idea para una historia, no asumas que debe de ser necesariamente una narración en prosa. Puede que funcione mejor como obra de teatro, como guión de cine o como poema. Sé flexible.
Hilary Mantel

3. La ficción que no es una aventura personal del autor hacia lo desconocido o lo aterrador no merece la pena ser escrita a no ser que sea únicamente por dinero.
Jonathan Franzen

4. Ten más de una idea en marcha a la vez. Si tengo que elegir entre escribir un libro o no hacer nada, siempre elegiré esto último. Sólo cuando tengo ideas para dos libros soy capaz de elegir entre escribir uno u otro. Siempre siento la necesidad de tener la sensación de que estoy haciendo algo en oposición.
Geoff Dyer

5. Olvida el viejo dicho de que hay que escribir sobre lo que se conoce. En vez de eso, elige un área desconocida pero reconocible que contribuya a ampliar tu comprensión del mundo y escribe sobre eso. En cualquier caso, recuerda que la semilla de la que se alimenta tu imaginación hunde sus raíces en las particularidades de tu vida. Así que no la malgastes escribiendo autobiografía.
Rose Tremain

6. Lo más probable es que necesites un diccionario, una gramática y tener los pies en la tierra. ¿Qué quiero decir con esto último? Que aquí nadie regala nada. Escribir es un trabajo. También es apostar. No viene con un plan de pensiones. Habrá ciertas personas que puedan echarte una mano, pero en esencia te las tendrás que apañar solo. Nadie te obliga a escribir. Si escribes es porque has elegido hacerlo, así que no te quejes.
Margaret Atwood

7. No añadas un falso romanticismo a tu “vocación”. O eres capaz de escribir o no. No hay un “estilo de vida del escritor”. Lo único que importa es lo que dejas sobre la página.
Zadie Smith

8. Cambia de parecer. Las buenas ideas a menudo acaban siendo eliminadas por otras mejores. Yo estaba escribiendo una novela sobre un grupo llamado The Partitions. Hasta que se me ocurrió llamarles The Commitments.
Roddy Doyle

9. Respeta el modo en el que pueden cambiar los personajes en sus primeras 50 páginas de vida. Revisa tus planes y comprueba si debes alterarlos de alguna manera para que se amolden a esos cambios.
Rose Tremain

10. Finaliza la jornada mientras aún tengas ganas de seguir escribiendo.
Helen Dunmore

 11. Recuerda: cuando alguien te dice que algo no encaja o que no lo ha entendido, casi siempre tiene razón. Cuando te dice exactamente lo que le parece que está mal y el modo en el que deberías arreglarlo, casi siempre se equivoca.
Neil Gaiman

12. El estilo es el arte de quitarte a ti mismo de en medio, no el de inmiscuirte en el texto.
David Hare

13. Concentra tus energías narrativas en los puntos de cambio. Esto resulta particularmente importante en la ficción histórica. Cuando tu personaje se enfrenta a un entorno nuevo o las circunstancias cambian a su alrededor, ese es el momento de dar un paso atrás para describir los detalles de su mundo. La gente no suele prestar demasiada atención a los detalles cotidianos de su rutina diaria, por lo que cuando un escritor los describe puede sonar como si estuviera intentando instruir en exceso al lector.
Hilary Mantel

14. Lee. Lee todo aquello a lo que puedas echarle las manos encima. Siempre le recomiendo a aquellas personas que quieren escribir una obra de fantasía o de ciencia ficción que dejen de leer por completo esos géneros y que empiecen a leer todo lo demás, desde Bunyan a Byatt.
Michael Moorcock

15. No intentes escribir para un “lector ideal”. Puede que exista, pero está leyendo el libro de otro.
Joyce Carol Oates

16. No eches la vista atrás hasta que hayas terminado un borrador entero. Limítate a comenzar cada día a partir de la última frase que escribiste el día anterior. Es una manera de evitar el espanto a la vez que te asegura una obra en la que poder volcar el auténtico trabajo, que es la corrección.
Will Self

17. Protege el tiempo y el espacio en los que escribes. No dejes que nadie se inmiscuya en ellos, ni siquiera a las personas más importantes de tu vida.
Zadie Smith

18. Trata la escritura como un trabajo. Sé disciplinado. Muchos autores son particularmente obsesivos en este aspecto. Graham Greene era célebre por escribir 500 palabras al día. Jean Plaidy era capaz de escribir 5,000 antes del almuerzo y luego dedicaba la tarde a contestar cartas de sus fans. Mi mínimo son 1.000 palabras al día, algo que en ocasiones es fácil de conseguir y en otras es, francamente, como cagar un ladrillo. Pero me obligo a permanecer sentada frente a mi escritorio hasta que las tengo, porque sé que así he conseguido hacer avanzar una pizca el libro. Puede que esas 1.000 palabras sean basura. A menudo lo son. Pero siempre es más fácil volver sobre ellas más adelante y mejorarlas.
Sarah Waters

19. No te preocupes nunca por las posibilidades comerciales de un proyecto. Si alguien tiene que preocuparse de eso son los agentes y los editores. O no. Conversación con mi editor norteamericano. Yo: “Estoy escribiendo un libro tan aburrido, de un atractivo comercial tan reducido, que si lo publicas probablemente pierdas tu puesto de trabajo”. Mi editor: “Ese es precisamente el motivo de que quiera un trabajo como este”.
Geoff Dyer

20. Cásate con una persona a la que quieras y a la que le parezca buena idea que seas escritor.
Richard Ford

Y de propina, una más. Dice Jonathan Franzen que duda mucho “que alguien con conexión a internet en su lugar de trabajo sea capaz de escribir buena ficción”. Un consejo que, puedo dar fe, sirve tanto para escritores como para traductores. Que yo ahora mismo debería estar currando y sin embargo aquí me veis. ¡Así no hay quien produzca!


Las mujeres de Galdós

Moviendo libros y revistas viejos en un desván, encontré hace unos días un ejemplar del semanario Cambio 16 del 30 de enero de 1989, con un artículo que escribí sobre Galdós y sus mujeres. Es muy largo, pero creo que aún hoy puede resultar interesante para los seguidores del escritor.

Galdós, la biografía de un escritor mujeriego y seductorAquel amigo suyo, Navarro Ledesma, fue muy claro. “Le gustan las mujeres… lo que nadie puede imaginarse, pero todo se lo calla y de estas cosas ni Dios le saca una palabra”.

Así ha sido durante muchos años. Los historiadores de la literatura apenas habían podido ilustrar la vida privada de Benito Pérez Galdós, uno de los solteros de oro de las letras españolas. La publicación en 1975 de la correspondencia íntima de Emilia Pardo Bazán con el autor de ‘Fortunata y Jacinta’ abrió la veda. Y ahora, una biografía escrita por Carmen Bravo Villasante y editada en septiembre pasado por Mondadori y un libro de Matilde Camus que está a punto de ver la luz editado por la editorial Tintín, de Santander, desvelan muchos más datos sobre la vida amorosa del más importante novelista español del siglo XIX.

El asunto no es baladí. La tormentosa y secreta vida privada de don Benito se está revelando para los especialistas como de vital importancia para estudiar su obra. “Era muy faldero, y gracias a eso escribió tanto”, afirma otro de sus biógrafos, Benito Madariaga. “Los prestamistas y las mujeres le obligaron a escribir mucho y publicar mucho”.

“Era muy enamoradizo y muy mudable en sus sentimientos”, dice Carmen Bravo. “Que yo sepa, tuvo por lo menos seis relaciones largas y muchas otras ocasionales.”

La propia Bravo Villasante publicó en 1975 una treintena de cartas de amor de Emilia Pardo Bazán a Pérez Galdós. La relación, volcánica por parte de la autora de ‘Los pazos de Ulloa’, pudo comenzar hacia 1889. Don Benito tenía entonces 46 años. Doña Emilia andaba en los 38 y acababa de separarse de su marido. “Sí, yo me acuesto contigo y me acostaré siempre, y si es para algo execrable, bien, muy bien, sabe a gloria, y si no, también muy bien, siempre será una felicidad inmensa, que contigo y sólo contigo se pueda saborear, porque tienes la gracia del mundo y me gustas más que ningún libro”, le escribía en una de sus cartas la condesa.

Mujer de “desatadas pasiones”, como ella misma se define, doña Emilia fatiga el diccionario en busca de vocativos con que dirigirse a su amante. “Dulce vidiña”, “amado compañero”, “miquiño adorado”, “ratonciño del alma”, “mi ratón”, “amado roedor mío”. Son algunos de los apelativos con que Porcia y Matilde –que así firma sus secretas cartas Emilia Pardo Bazán- se dirige a Benito Pérez Galdós. Otras veces, la pasión hace que la escritora agreda la gramática. “En cuantique te vea te como”, despide una de sus misivas.

“¿Quieres que te diga la verdad?”, escribe un día ella. “Siempre me he reprimido algo contigo por miedo a causarte daño físico; a alterar tu querida salud. Siempre te he mirado (no te rías ni me pegues) como los maridos robustos a las mujeres delicaditas y tiernamente amadas, que tienen con ellas ménagements”. Pero no siempre se sujeta la fementida Porcia. “Adiós, o mejor hasta luego, que ciña con mis mórbidos brazos tu elegante cintura y te coma”, se despide un día.

Carmen Bravo no quiere aún hoy revelar el lugar donde encontró esta apasionada correspondencia. Pero sí confiesa que muy probablemente se hayan perdido cartas mucho más encendidas, que reposaban en el Pazo de Meirás, propiedad de la Pardo Bazán que fue después cedido a Francisco Franco. “Al parecer se destruyeron algunos cajoncitos con papeles privados de la condesa”.

La relación de don Benito con doña Emilia pasó por momentos delicados cuando ella se permitió una aventura con Lázaro Galdiano, “un error momentáneo de los sentidos, fruto de las circunstancias imprevistas”, según lo calificó ella. Al escritor le dolió profundamente la infidelidad, que, debidamente disfrazada, quedó reflejada en dos novelas de él –’La incógnita’ y ‘Realidad’- y en una de ella -’Insolación’-.

El lector curioso advertirá, como ha advertido Carmen Bravo Villasante, que el mismo hecho resultaba dramático y doloroso para él y simplemente anecdótico para ella. Doña Emilia, posiblemente llevada por su natural concupiscente, tenía un pensamiento más abierto en temas de infidelidades, y acostumbraba a hablar de ellas entre chanzas. “Te quiero, te abrazo, y pido a Dios que estés hecho una torre de fuerte, aunque sitíen esa torre dueñas libertinas y suspironas doncellas”, le dice en una ocasión.

Torre sitiada y tomada era Galdós. Algunos de sus biógrafos creen que su relación con Emilia Pardo Bazán es simultánea a las que mantiene con Lorenza Cobián y con Concha Ruth Morell.

Lorenza era una mujer del pueblo, casi analfabeta, con la que don Benito tuvo su única hija conocida y reconocida, María, que nació en 1891. Quince años después de aquel nacimiento, la madre acabó sus días de forma trágica, colgándose con un pañuelo en los calabozos del Gobierno Civil de Madrid, a los que había sido trasladada después de que intentara arrojarse sobre una vía al paso de un tren. En la obra del escritor sólo queda un rastro de esta mujer, el nombre de la protagonista de la novela ‘Ángel Guerra’.

Las relaciones de Galdós con Concha Morell –una feminista radical y actriz fracasada que adoptó el nombre de Ruth tras convertirse al judaísmo- eran hasta ahora poco conocidas. El reciente libro de Carmen Bravo Villasante y el que está apunto de aparecer de Matilde Camus -’Efemérides de Monte, editorial Tintín- van a aclarar muchos misterios.

Bravo Villasante ha encontrado una descripción de la judía hecha en 1902 por un director de aduanas a un amigo del escritor, Narcís Oller. “Era Concha una hermosa mujer de facciones correctas y delicadas, rubia , fresca, blanca, bien formada, esbelta, elegante, agradable y simpática. En una palabra, una criatura encantadora”. Matilde Camus ha encontrado otro testimonio, mucho más reciente, en el que se advierte en el lenguaje el paso de los tiempos. “Era una real hembra”, dijo de Concha un vecino suyo, Ángel Fernández, un hombre que falleció el pasado año, con 98 cumplidos, y fue testigo en su infancia de las visitas de don Benito a la casa de Monte, cerca de Santander, donde residía la judía.

Al parecer, Galdós conoció a Concha en 1881. Unos años más tarde, en 1889, ya debían de estar unidos sentimentalmente, pues en el estreno de ‘Realidad’ el escritor hizo que le dieran a ella un pequeño papel, el de Clotilde. Y algo debía de sospechar por entonces de ello la Pardo Bazán, que en una carta al escritor se despide: “Sé José para la judía Academia, ya que no piensas serlo para mi odiosa rival.”

Hija de un ebanista catalán y de una mujer cordobesa, fracasada como actriz y rechazada en algunos ámbitos por su conversión al judaísmo, que se materializó en un acto en la sinagoga de Bayona, Concha acabó instalándose en Monte, un pequeño pueblo cerca de Santander, junto al cabo Mayor. Allí la visitaba don Benito, que desde 1872 veraneaba en la capital cántabra y desde 1892 tenía una casa propia cerca del Sardinero, la villa San Quintín, en la que pasaba gran parte del año.

Según Matilde Camus, las largas estancias en Cantabria del autor de los ‘Episodios Nacionales’ no se debieron tanto a su amistad con los también escritores José Mª Pereda y Amós de Escalante cuanto a la apasionada relación con Concha Ruth Morell. “Se aproxima la época feliz de las canas al aire”, escribía Galdós a Pereda en junio de 1977, “y yo, si no las echo en Santander me parece que me falta algo en la vida”.

A lo largo de sus investigaciones, Matilde Camus ha acabado conociendo muy bien a Concha Morell. “Ella era una mujer muy caprichosa y algo neurasténica. Vestía muy bien y, pese a que se declaraba anarquista y feminista radical, siempre aceptó la ayuda económica de don Benito”.

Carmen Bravo ha recogido en su reciente libro una anécdota que informa de la ayuda económica que Galdós pasaba a su amante. Fermín Berquín Carral, un prestamista muy conocido en Santander, salió un día al paso de los comentarios que hablaban de Galdós como de un avaro que no pagaba ni a las mujeres. “¿Avaro Galdós? Eso no es verdad, precisamente yo lo sé de buena tinta que no lo era, porque yo tuve el encargo de pagar a la hebrea quinientas pesetas mensuales, cuando él no estaba aquí”. Las quinientas pesetas de finales de siglo pasado debían de ser cantidad considerable.

“Me siento anarquista por mi rebeldía, por mi aversión a la autoridad”, escribió Concha Morell en un artículo periodístico hallado ahora por Matilde Camus. Mujer rebelde, avanzada para su tiempo, quizás Galdós tomó de Concha algunas cartas de ‘Tristana’ y algunos de los rasgos que le puso a su Electra, el personaje galdosiano que mayor impacto provocó en la opinión pública, hasta el punto de que hay quien mantiene que en el estreno de la obra teatral que toma el nombre del personaje está el origen de la caída del gobierno Azcárraga, en 1901.

La amante judía de Galdós murió de tuberculosis en 1906. Tenían entonces 42 años, veintiuno menos que el escritor. De Concha queda, además de su huella en la obra del novelista, un rizo de su cabello que se guarda en la Casa-Museo Pérez Galdós de Las Palmas, un rizo sospechoso, como algunas reliquias, ya que es de pelo castaño, y si hemos de dar crédito al informante de Narcís Oller, la amante judía de Galdós era rubia.

Sesentón, con los ojos casi cegados por las cataratas y el público lector alejándose poco a poco de su devoción, don Benito aún tuvo tiempo de una relación amorosa crepuscular. Ella se llamaba Teodosia Gandarias y era una maestra muy culta que leía a Maquiavelo y estudiaba inglés. Con ella debió de departir largamente Galdós sobre cuestiones literarias. Ella fue sus manos copiando escritos y sus ojos corrigiendo galeradas, antes de que la absoluta ceguera obligara al escritor a tomar un secretario.

Bravo Villasante publica en su obra algunas de las cartas que se cruzaron. El 31 de julio de 1908, don Benito le envió desde Santander unas cortas y apasionadas líneas. “Mujer inteligentísima y guapísima, te mando una postal de las vendedoras de langosta en la pescadería, para que te rías… Adiós, mi cielito, mi paz, mi alegría, mi ensueño, mi realidad, mi quitapenas, mi zozobra…, mi consuelo, mi norma, mi consultora, mi guía, mi maestra, mi goce, mi estudio, mi bien muy amado y mi centro magnético…”.

¿Así las seducía? Escribe Carmen Bravo. “Gran tipo, alto, varonil, esbelto, un poco misterioso porque no era locuaz a la manera común, con una mirada algo chispeante y ademanes lentos, el hombre mira de soslayo a la mujer, inicia una leve sonrisa y es suya”.

Doña Emilia supo muy bien de la capacidad seductora de su amante y colega. Le escribe en una de sus cartas: “Eres digno del amor de la misma Santa Teresa que resucitase”.

Arsenio Escolar