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Archive for enero, 2010

Por qué no se debe leer el Quijote

Voy a ser sincero contigo. Esta vez procuraré hablarte muy claro. En realidad no sólo te escribo para tratar de convencerte de que no leas el Quijote, sino para que, con un poco de suerte, no vuelvas a leer nada, absolutamente nada que esté impreso en una hoja de papel. Como ya sabrás, el Quijote es importante, por supuesto, pero también uno de los libros más nocivos y peligrosos que se han escrito nunca. Pocas veces te harán una advertencia tan útil. Si, a pesar de todo -o precisamente por ello-, haces caso omiso, sabe que ya nada te salvará. Sabe que, a partir de ahora, estarás perdido para siempre.

Primero prescindiré de la obra en sí y trataré de dar respuesta a la cuestión más simple de todas: ¿por qué no debemos leer? Por último, intentaré aclarar, a la luz de la primera pregunta, los motivos principales por los que es necesario cerrar definitivamente el Quijote y hacer un buen fuego con él.

Cuentan que durante la más temprana Edad Media, en los primeros monasterios y congregaciones religiosas, los compañeros de San Ambrosio -uno de ellos es Agustín de Hipona, que relata esta anécdota en sus Confesiones- quedaban asombrados cada vez que éste cogía entre sus manos un libro. ¿Qué hace?, se preguntaban los unos a los otros, ¿acaso no sabe leer? Lo que motivaba tanta expectación no era más que el hecho de que, a diferencia de los demás monjes, él leía en silencio, para sí, sin ni siquiera mover los labios. Hasta la fecha, era costumbre verbalizar las palabras. No se concebía otra cosa que no fuese la lectura para el otro, que bien podía ser un feligrés, un monje o el mismísimo Dios. San Agustín, que pensaba que Dios estaba en uno mismo, tampoco creyó necesario esa comunicación exterior y, a veces, tan expresa. A partir de entonces, la lectura pasó a ser un proceso que acarreaba una mecánica íntima y secreta, dependiente tan sólo de aquel que la ponía en práctica. Todos la hemos experimentado alguna vez. Se trata de integrar la voz narrativa que nos está contando la historia en nuestra propia voz, de tal manera que llega un momento en que somos nosotros los que nos contamos dicha historia, en un proceso que se asemeja al efectuado mediante la reflexión. Es decir, cuando leemos, pensamos, hablamos con nosotros mismos y, por ende, tratamos de conocernos y de conocer también el mundo. Por ello la lectura y los libros llegan a ser tan importantes en nuestra vida. Y por ello he comenzado hablando de este tema, intentado así mostrarte hasta qué punto nos condiciona a la hora de ponernos a escribir o a pensar. Todos somos Ulises y Homero, todos somos Don Quijote y Cervantes, todos somos Jim Hawkins y Stevenson. Todos somos personajes y autores de nosotros mismos cuando leemos.

Sin embargo, a estas alturas de la historia, está ocurriendo algo inesperado: rescatamos, sin darnos cuenta, el primitivo proceso de lectura que se abandonó comenzado ya el periodo de la Edad Media. El hecho que nos lo prueba es la renuncia al silencio, su olvido como elemento fundamental en la lectura y en la reflexión. Observa que ahora todos sienten la necesidad de hablar con todos. Observa que, por mucho que cierres las ventanas de casa, por mucho que trates de aislarte, siempre habrá una llamada de teléfono, una motocicleta que pasa, el camión de la basura, tu hermano pequeño con el televisor a toda pastilla. Ni siquiera las bibliotecas, santuarios del silencio, cumplen este requisito, ni los templos, si lo que se pretende es rezar. Todo es ruido. Y la lectura ha regresado a la verbalización, a la excesiva sonoridad. Cada vez nos cuesta más hacerla nuestra porque hace tiempo que tememos el silencio de las cosas. Desconfiamos de una calle silenciosa. De un paisaje en calma. Desconfiamos, sobre todo, del taciturno, del introvertido. Su mutismo parece amenazarnos. Algo oscuro ha de ocultar, pensamos. Algo sucio. El silencio se ha convertido en una acepción más de la enfermedad. Si no quieres ser marcado tan pronto, es necesario que tires todos tus libros a la basura. La lectura te hará fuerte, bien es cierto, pero al mismo tiempo te convertirá en un apestado. Decir a un adolescente que lea -y no me refiero a toda esa basura que los departamentos de Lengua suelen sugerir-, esto es, que no se integre, que prescinda de sus semejantes y se encierre en las enfermizas sensaciones que la soledad de los libros procura, es condenarlo a una muerte lenta y dolorosa.

En este sentido, el Quijote es toda una lección para la vida. La apuesta de Cervantes, su, por decirlo de alguna manera, genio creador, es aplicable por entero a la tesitura en la que te acabo de situar. El Quijote posee la virtud -que es la virtud de cualquier obra maestra- de ser poliédrico. Se puede abordar su lectura, y también su estudio, desde multitud de enfoques y apriorismos, pero nunca daremos con la clave -si es que la tiene- que permite que sobreviva al vaivén de los siglos. Al hilo del discurso iniciado, dos temas me interesan de su lectura, pues los considero apropiados a tu edad y a la época que te ha tocado vivir. Ambos habrán de revelarte la respuesta a la pregunta de por qué no debes leerlo.

El primero es el de la melancolía. La palabra melancolía viene del griego y quiere decir literalmente bilis negra. Durante los siglos XVI y XVII -y, sobre todo, tras la publicación del Examen de ingenios para las ciencias, de Juan Huarte de San Juan, en 1575, libro de gran fama en el que se pretendía un análisis riguroso de la inteligencia con vistas a la disposición natural de cada hombre para los oficios- se creía que todo ser humano poseía un temperamento estructurado en cuatro cualidades primarias: frialdad, sequedad, humedad y calor. Estas cualidades y la preponderancia en el carácter de unas sobre otras daban como resultado cuatro tipos psicológicos claros: el colérico -calor-, el sanguíneo (es decir, el optimista, el impetuoso) -humedad-, el flemático (el impasible, el perezoso, el lento) -frialdad- y el melancólico -sequedad-. Cervantes conocía muy bien estas teorías cuando otorga a su caballero el sobrenombre de el de la Triste Figura, entendiendo, por triste, melancólico. El estado melancólico era propio, además, de los poetas y de los artistas, ¿y no es acaso un auténtico creador Don Quijote al tratar de escribir o, en este caso, escrivivir, sus propias hazañas? La melancolía de entonces podría muy bien emparentarse con el típico estado de depresión actual; y es una idea muy extendida que el acto de crear -como el de dar a luz- es doloroso, convirtiendo así al artista en un maníaco depresivo, en un eterno sufridor. Pero lo que hace a Don Quijote vivir en un continuo estado melancólico es la añoranza, que, si nos fijamos bien, es la añoranza del propio Cervantes.

Innumerables veces se ha dicho que Cervantes es un hombre que pertenece al Renacimiento, que es una especie de desterrado en el tiempo -prueba de ello es su continua reivindicación, sobre todo para defenderse de sus enemigos, de la gloriosa batalla de Lepanto y de su participación en ella; pero también es sintomático que fracasara en su auténtica vocación de dramaturgo intentando rivalizar con todo un Lope-. Imagínatelo regresando de su cautiverio en Argel y creyendo que el mundo se ha detenido durante esos cinco años que ha permanecido ausente. La realidad, enseguida, le quita la venda de los ojos. Todo ha continuado su curso sin contar con él. Ésta es la sensación que nos sorprende en cada recoveco de su obra. El famoso discurso de la Edad de Oro así lo constata. Allí justifica la labor para la que ha sido elegido. La restauración de la orden de caballería supone un intento más de reivindicar el pasado histórico, de engañar a la memoria. Tal vez lo que nos estén mostrando Don Quijote y Cervantes con tanta derrota sea la materialización de esa añoranza. Pero para que exista añoranza, además de su objeto, debe existir también esa arma de doble filo que es la esperanza, aunque se conozca de antemano el fracaso que acarrea. En el capítulo XVII de la Segunda Parte, Don Quijote justifica la esperanza con la siguiente exclamación: Bien podrán los encantadores quitarme la ventura, pero el esfuerzo y el ánimo será imposible. Aquí se resume todo el contenido de la palabra melancolía. El melancólico, el auténtico melancólico, es aquel que es capaz de descubrir felicidad, motivos para vivir, en el barro de la tristeza. Muy pocos melancólicos acaban suicidándose porque encuentran un sentido en ese continuo estado de depresión, que es, no lo olvidemos, el propio del artista, del genio, del creador, del estudioso. Por ello Don Quijote, tras este lance con los leones, se hará llamar El Caballero de los Leones y desterrará para siempre el adjetivo triste.

De la melancolía se deduce el segundo tema que me parece interesante tratar aquí: la locura. La locura de Don Quijote tiene dos facetas que ponen de relieve dos maneras de entender la melancolía. Por un lado, Don Quijote es, en la Primera Parte, el típico loco que sufre alucinaciones, que transforma la realidad viendo cosas que no existen. Su tristeza viene del choque con esa misma realidad y le empuja a añorar aquel pasado donde sí tenían cabida todas esas cosas que él imagina que existen. Su locura es un puro anacronismo. Pero es que, para hacer más dolorosa la experiencia, a Cervantes se le ocurre que Don Quijote se vuelva loco a raíz de sus lecturas. Por lo tanto, ¿acaso no estaríamos ante la cuestión del principio? Cervantes no cuestiona el acto de leer, por supuesto, pero sí nos sitúa en el camino de la desconfianza hacia todas esas creaciones que nos obligan a enfrentarnos con nosotros mismos en soledad. La advertencia que te hace Cervantes cuando lees el Quijote es ésta: cuidado, pues la lectura te puede apartar del camino que marca la realidad, te puede volver loco; no porque te creas un caballero andante, un detective privado o una gran señora con una fortuna ilimitada, sino porque te situará ante el mundo y te lo mostrará tal como es, sin piedad alguna, tú solo, cara a cara con la evidencia más nefasta de todas: lo maravilloso, lo fantástico, lo mágico es una cuestión de puertas adentro. Sin embargo, esta locura -que, insisto, es la de la Primera Parte- nos deja, al arrojarnos hacia la tristeza, un camino a la esperanza; a saber: por muy hostil que sea la sociedad, siempre nos quedará el refugio de la imaginación. A eso me refería antes cuando señalaba el hecho de que el melancólico verdaderamente melancólico, el artista con todas sus consecuencias, encuentra la salvación en su propia locura.

Si el tal Avellaneda no hubiese escrito esa segunda parte apócrifa del Quijote, Cervantes, sin duda, habría salvado a su personaje. Pero, diez años después, obligado por dicho motivo a volver a retomarlo, decide que muera apaciblemente en su cama, una vez recobrada la cordura. No obstante, Don Quijote no regresa a lo racional al final de su vida, sino que es un hombre completamente cuerdo durante toda la Segunda Parte. Es esta cordura la que cerrará cualquier vía de escape, la que echará por tierra cualquier posibilidad de salvación. Como diría Unamuno, Cervantes condena a su personaje a la razón al despojarle de esa capacidad que poseía en la Primera Parte de confundir la realidad con los frutos de su imaginación. Ahora serán los demás personajes, lectores todos ellos de la Primera Parte, quienes construyan las fantasías de Don Quijote. Verá a Dulcinea como Aldonza Lorenzo, eso es cierto, pero no estará alucinando cuando se tope con un caballero andante -el bachiller Sansón Carrasco disfrazado- ni cuando se monte en Clavileño -un caballo de madera con la cualidad de volar-. Aquí la cuestión va mucho más allá del escenario que los demás construyen a su alrededor para burlarse de él. Aquí la cuestión es mucho más dolorosa. Cervantes, diez años después de la publicación de la Primera Parte, entona su canto de cisne exponiendo una visión renovada pero también envejecida del mundo. ¿Y qué nos muestra? Pues una realidad donde, no sólo no tiene cabida lo imaginario -Don Quijote ahora sí ve molinos donde hay molinos y gigantes donde hay gigantes-, sino que, a fuerza de real, se convierte en pura ficción. Nos asoma al abismo de ese espejo multiplicado en el espejo del Barroco, por lo que anula cualquier posibilidad de fuga del laberinto infinito de lo cotidiano. Don Quijote, recobrada la cordura, es ahora, no un caballero andante escapado de una novela de caballería, sino un caballero andante huido de una primera parte escrita hace diez años donde se narran las aventuras de un loco que se cree un caballero andante escapado de una novela de caballería. El círculo, como podrás observar, es perfecto y angustioso. Pero aún hay más. Los personajes ahora son lectores del Quijote; así pues, nosotros, lectores del Quijote, ¿por qué no podríamos ser también personajes? Aquí no hay juego de realidad y de ficción, sino pura y dura ficción. Ficción con mayúscula, donde cualquier dato, rasgo, apunte, vuelco, progreso o retroceso forma parte de ella misma. La Segunda Parte del Quijote es la primera teoría de la conspiración que conocemos.

¿Y cómo queda, después de esto, la melancolía? Devastada. Don Quijote se convierte en El Caballero de los Leones porque de repente ha comprendido aquello de: Bien podrán los encantadores quitarme la ventura, pero el esfuerzo y el ánimo, será imposible. Esto quiere decir que la esperanza, el afán que lo impelía a ver cosas que en realidad no estaban allí, ha quedado reducido al automatismo, al destino prefijado y apático de la marioneta que sabe que, haga lo que haga, jamás podrá escapar de los hilos que la mueven.

Durante tu larga carrera de estudiante, te has encontrado con tipos como yo que han tratado de responder a la pregunta contraria: ¿por qué debemos leer el Quijote?; y no sólo el Quijote, sino cualquier libro, artículo, fragmento o “textículo” que te han puesto delante de tus narices como una condena. En esas ocasiones, es obvio, se trataba de que leyeras; el qué era lo de menos, pues, por si no lo sabes, desde hace unos años la lectura se ha convertido en un tema recurrente de lo políticamente correcto. Tu instituto está repleto de carteles que te animan a leer, de planes de fomento de la lectura, de horas de clase y de tutoría dedicadas a magnificar sus virtudes, a lavarte el cerebro con aquello de que un libro es un amigo. A veces pienso que si tuviera tu edad no me lo pensaría dos veces: rociaría la biblioteca del centro con gasolina y me encendería tranquilamente un pitillo. Porque una cosa está clara: las aficiones impuestas dejan de ser divertidas, y, si te venden algo como divertido y después resulta que no lo es, ¿cómo esperan que reacciones? Todo el mundo se esmera en que comprendas, en que acates una serie de presupuestos que no estás dispuesto a comprender o a acatar. Y así, poco a poco, tus profesores han terminado considerando un fracaso lo que no es más que un error de planteamiento. No, leer no es divertido. No, leer no es beneficioso para los intereses que lentamente han ido creando en ti. Leer es difícil. Leer cuesta trabajo. Y la mayoría de las veces no es nada gratificante. En ciertas ocasiones es doloroso. Hay momentos en que las palabras impresas parecen clavarse como cuchillos en las pupilas y en el corazón. Pero ellos insisten con la misma cantinela. Lentamente, para que la realidad se adapte a sus pifias, han ido desterrando de tus aulas los libros más peligrosos, aquellos que te pueden quitar el velo de la mirada, y los han sustituido por otros mucho más inocuos, placebos que te sugieren, como los personajes de la Segunda Parte del Quijote, que la imaginación no cabe en este mundo, que la literatura no es más que una colección de consignas a la moda.

Los libros que hoy día te mandan leer en el instituto también están llenos de ruido, anegados por la algarabía de drogas, bulimia, padres separados, garitos que nunca cierran. Las autoridades educativas públicas -las que me pagan el sueldo- y las editoriales que se dedican al negocio de la enseñanza saben lo que se hacen. En realidad es una estrategia que trata de protegerte del silencio. Conocen bien a qué silenciosos territorios conduce la lectura, el mal que ésta te puede causar si te dejas tentar por sus ignotas geografías, por sus heroínas de larga cabellera, por sus argumentos políticamente incorrectos. Ellos buscan tu sociabilización. Por eso llenan el mercado de toda esa ruidosa literatura sociabilizante. Desean convencerte de que leer es divertido, de que ha de serlo por narices. Y, para ello, te ofrecen el burdo realismo de un mundo de paradigma y simulacro adolescente. Creen que esto es lo único que te puede enganchar. Aunque fingen ser los guardianes del canon literario, al final siempre terminan justificando su trabajo de sepultureros con las excusas de siempre. El canon está repleto de libros complicados, aducen, obras que ningún alumno entiende, que están anticuadas.

No obstante el canon les importa poco. No son guardianes de ningún canon. En realidad sólo se preocupan por ti. Saben que el Quijote, como tantos otros que ya han ido desapareciendo de tu instituto, es un libro peligroso que muestra esos dos tipos de horror que suscita toda auténtica lectura. Y jamás estarán dispuestos a revelarte el secreto que yo te estoy descubriendo ahora. No, no desean que sepas que leer te hará conocer el pánico de sentirte fuera del mundo, de ir a contracorriente. Pero, sobre todo, por nada del mundo querrían que alguna vez te situases frente a esa sospecha que trasciende tu pequeño mundo de relaciones sociales más o menos afortunadas, que abarca todo aquello que eres capaz de percibir, que te desarma, que te hiere, que termina aniquilándote inevitablemente cuando tienes una obra como el Quijote entre las manos.

La sospecha de que todo es una gigantesca, inabarcable mentira que nunca podrás desbaratar, porque tu desobediencia siempre formará parte de ella.

 

http://deseducativos.com/2009/12/02/carta-a-un-alumno-de-bachillerato-o-por-que-no-debemos-leer-el-quijote/

La libertad de prensa (George Orwell) Prólogo a Rebelión en la Granja.

 Este libro fue pensado hace bastante tiempo. Su idea central data de 1937, pero su redacción no quedó terminada hasta finales de 1943. En la época en que se escribió, era obvio que encontra¬ría grandes dificultades para editarse (a pesar de que la escasez de libros existentes garantizaba que cualquier volumen impreso se vendería) y, efectivamente, el libro fue rechazado por cuatro editores. Tan sólo uno de ellos lo hizo por moti¬vos ideológicos; otros dos habían publicado li¬bros antirrusos durante años y el cuarto carecía de ideas políticas definidas. Uno de ellos estaba decidido a lanzarlo pero, después de un primer momento de acuerdo, prefirió consultar con el Ministerio de Información que, al parecer, le ha¬bía avisado y hasta advertido severamente sobre su publicación. He aquí un extracto de una carta del editor, en relación con la consulta hecha: «Me refiero a la reacción que he observado en un importante funcionario del Ministerio de Información con respecto a Rebelión en la granja. Tengo que confesar que su opinión me ha dado mucho que pensar… Ahora me doy cuenta de cuán peligroso puede ser el publicarlo en estos momentos porque, si la fábula estuviera dedica¬da a todos los dictadores y a todas las dictaduras en general, su publicación no estaría mal vista, pero la trama sigue tan fielmente el curso histó¬rico de la Rusia de los Soviets y de sus dos dicta¬dores que sólo puede aplicarse a aquel país, con exclusión de cualquier otro régimen dictatorial. Y otra cosa: sería menos ofensiva si la casta do-minante que aparece en la fábula no fuera la de los cerdos.* Creo que la elección de estos anima¬les puede ser ofensiva y de modo especial para quienes sean un poco susceptibles, como es el caso de los rusos. » * No está claro quién ha sugerido esta modificación, si es idea propia del Sr. X… o si proviene del propio Ministerio. Pero parece tener marchamo oficial. (Nota de G. Orwell.) Asuntos de esta clase son siempre un mal sín¬toma. Como es obvio, nada es menos deseable que un departamento ministerial tenga faculta¬des para censurar libros (excepción hecha de aquellos que afecten a la seguridad nacional, cosa que, en tiempo de guerra, no puede merecer objeción alguna) que no estén patrocinados ofi¬cialmente. Pero el mayor peligro para la libertad de expresión y de pensamiento no proviene de la intromisión directa del Ministerio de Informa¬ción o de cualquier organismo oficial. Si los edi¬tores y los directores de los periódicos se esfuer¬zan en eludir ciertos temas no es por miedo a una denuncia: es porque le temen a la opinión pública. En este país, la cobardía intelectual es el peor enemigo al que han de hacer frente perio¬distas y escritores en general. Es éste un hecho grave que, en mi opinión, no ha sido discutido con la amplitud que merece. Cualquier persona cabal y con experiencia pe¬riodística tendrá que admitir que, durante esta guerra, la censura oficial no ha sido particular¬mente enojosa. No hemos estado sometidos a ningún tipo de «orientación» o «coordinación» de carácter totalitario, cosa que hasta hubiera sido razonable admitir, dadas las circunstan¬cias. Tal vez la prensa tenga algunos motivos de queja justificados pero, en conjunto, la actua-ción del gobierno ha sido correcta y de una clara tolerancia para las opiniones minoritarias. El hecho más lamentable en relación con la censu¬ra literaria en nuestro país ha sido principal¬mente de carácter voluntario. Las ideas impopu¬lares, según se ha visto, pueden ser silenciadas y los hechos desagradables ocultarse sin necesi¬dad de ninguna prohibición oficial. Cualquiera que haya vivido largo tiempo en un país extran¬jero podrá contar casos de noticias sensaciona¬listas que ocupaban titulares y acaparaban espa¬cios incluso excesivos para sus méritos. Pues bien, estas mismas noticias son eludidas por la prensa británica, no porque el gobierno las prohíba, sino porque existe un acuerdo general y tácito sobre ciertos hechos que «no deben» men-cionarse. Esto es fácil de entender mientras la prensa británica siga tal como está: muy centra¬lizada y propiedad, en su mayor parte, de unos pocos hombres adinerados que tienen muchos motivos para no ser demasiado honestos al tra¬tar ciertos temas importantes. Pero esta misma clase de censura velada actúa también sobre los libros y las publicaciones en general, así como sobre el cine, el teatro y la radio. Su origen está claro: en un momento dado se crea una ortodo¬xia, una serie de ideas que son asumidas por las personas bienpensantes y aceptadas sin discu¬sión alguna. No es que se prohíba concretamen¬te decir «esto» o «aquello», es que «no está bien» decir ciertas cosas, del mismo modo que en la época victoriana no se aludía a los pantalones en presencia de una señorita. Y cualquiera que ose desafiar aquella ortodoxia se encontrará silen¬ciado con sorprendente eficacia. De ahí que casi nunca se haga caso a una opinión realmente independiente ni en la prensa popular ni en las pu¬blicaciones minoritarias e intelectuales. En este instante, la ortodoxia dominante exige una admiración hacia Rusia sin asomo de críti¬ca. Todo el mundo está al cabo de la calle de este hecho y, por consiguiente, todo el mundo actúa en consonancia. Cualquier crítica seria al régi¬men soviético, cualquier revelación de hechos que el gobierno ruso prefiera mantener ocultos, no saldrá a la luz. Y lo peor es que esta conspira¬cion nacional para adular a nuestro aliado se produce a pesar de unos probados antecedentes de tolerancia intelectual muy arraigados entre nosotros. Y así vemos, paradójicamente, que no se permite criticar al gobierno soviético, mien¬tras se es libre de hacerlo con el nuestro. Será raro que alguien pueda publicar un ataque con¬tra Stalin, pero es muy socorrido atacar a Chur¬chill desde cualquier clase de libro o periódico. Y en cinco años de guerra -durante dos o tres de los cuales luchamos por nuestra propia supervi¬vencia- se escribieron incontables libros, ar¬tículos y panfletos que abogaban, sin cortapisa alguna, por llegar a una paz de compromiso, y todos ellos aparecieron sin provocar ningún tipo de crítica o censura. Mientras no se tratase de comprometer el prestigio de la Unión Soviética, el principio de libertad de expresión ha podido mantenerse vigorosamente. Es cierto que exis¬ten otros temas proscritos, pero la actitud hacia la URSS es el síntoma más significativo. Y tiene unas características completamente espontá¬neas, libres de la influencia de cualquier grupo de presión. El servilismo con el que la mayor parte de la intelligentsia británica se ha tragado y repetido los tópicos de la propaganda rusa desde 1941 se¬ría sorprendente, si no fuera porque el hecho no es nuevo y ha ocurrido ya en otras ocasiones. Pu¬blicación tras publicación, sin controversia algu¬na, se han ido aceptando y divulgando los pun¬tos de vista soviéticos con un desprecio absoluto hacia la verdad histórica y hacia la seriedad inte¬lectual. Por citar sólo un ejemplo: la BBC celebró el XXV aniversario de la creación del Ejército Rojo sin citar para nada a Trotsky, lo cual fue algo así como conmemorar la batalla de Trafal¬gar sin hablar de Nelson. Y, sin embargo, el he¬cho no provocó la más mínima protesta por par¬te de nuestros intelectuales. En las luchas de la Resistencia de los países ocupados por los ale¬manes, la prensa inglesa tomó siempre partido al lado de los grupos apoyados por Rusia, en tan¬to que las otras facciones eran silenciadas (a ve¬ces con omisión de hechos probados) con vistas a justificar esta postura. Un caso particularmen¬te demostrativo fue el del coronel Mijáilovich, lí¬der de los chetniks yugoslavos. Los rusos tenían su propio protegido en la persona del mariscal Tito y acusaron a Mijáilovich de colaboración con los alemanes. Esta acusación fue inmediata¬mente repetida por la prensa británica. A los partidarios de Mijáilovich no se les dio oportuni¬dad alguna para responder a estas acusaciones e incluso fueron silenciados hechos que las re¬batían, impidiendo su publicación. En julio de 1943 los alemanes ofrecieron una recompensa de 100.000 coronas de oro por la captura de Tito y otra igual por la de Mijáilovich. La prensa in¬glesa resaltó mucho lo ofrecido por Tito, mien¬tras sólo un periódico (y en letra menuda) citaba la ofrecida por Mijáilovich. Y, entre tanto, las acusaciones por colaboracionismo eran ince¬santes… Hechos muy similares ocurrieron en España durante la Guerra Civil. También enton¬ces los grupos republicanos a quienes los rusos habían decidido eliminar fueron acusados entre la indiferencia de nuestra prensa de izquierdas; y cualquier escrito en su defensa, aunque fuera una simple carta al director, vio rechazada su publicación. En aquellos momentos no sólo se consideraba reprobable cualquier tipo de crítica hacia la URSS, sino que incluso se mantenía se¬creta. Por ejemplo: Trotsky había escrito poco antes de morir una biografía de Stalin. Es de su¬poner que, si bien no era una obra totalmente imparcial, debía ser publicable y, en consecuen¬cia, vendible. Un editor americano se había he¬cho cargo de su publicación y el libro estaba ya en prensa. Creo que habían sido ya corregidas las pruebas, cuando la URSS entró en la guerra mundial. El libro fue inmediatamente retirado. Del asunto no se dijo ni una sola palabra en la prensa británica, aunque la misma existencia del libro y su supresión eran hechos dignos de ser noticia. Creo que es importante distinguir entre el tipo de censura que se imponen voluntariamente los intelectuales ingleses y la que proviene de los grupos de presión. Como es obvio, existen cier¬tos temas que no deben ponerse en tela de juicio a causa de los intereses creados que los rodean. Un caso bien conocido es el tocante a los médi¬cos sin escrúpulos. También la Iglesia Católica tiene considerable influencia en la prensa, una influencia capaz de silenciar muchas críticas. Un escándalo en el que se vea mezclado un sacerdote católico es algo a lo que nunca se dará publicidad, mientras que si el mismo caso ocu¬rre con uno anglicano, es muy probable que se publique en primera página, como ocurrió con el caso del rector de Stiffkey. Asimismo, es muy raro que un espectáculo de tendencia anticatóli¬ca aparezca en nuestros escenarios o en nuestras pantallas. Cualquier actor puede atestiguar que una obra de teatro o una película que se burle de la Iglesia Católica se exponen a ser boicoteados desde los periódicos y condenados al fracaso. Pero esta clase de hechos son comprensibles y además inofensivos. Toda gran organización cuida de sus intereses lo mejor que puede y, si ello se hace a través de una propaganda descu¬bierta, nada hay que objetar. Uno no debe espe¬rar que el Daily Worker publique algo desfavo¬rable para la URSS, ni que el Catholic Herald hable mal del Papa. Esto no puede extrañar a na¬die, pero lo que sí es inquietante es que, donde¬quiera que influya la URSS con sus especiales maneras de actuar, sea imposible esperar cual¬quier forma de crítica inteligente ni honesta por parte de escritores de signo liberal inmunes a todo tipo de presión directa que pudiera hacer-les falsear sus opiniones. Stalin es sacrosanto y muchos aspectos de su política están por encima de toda discusión. Es una norma que ha sido mantenida casi universalmente desde 1941 pero que estaba orquestada hasta tal punto, que su origen parecía remontarse a diez años antes. En todo aquel tiempo las críticas hacia el régimen soviético ejercidas desde la izquierda tenían muy escasa audiencia. Había, sí, una gran canti¬dad de literatura antisoviética, pero casi toda procedía de zonas conservadoras y era clara¬mente tendenciosa, fuera de lugar e inspirada por sórdidos motivos. Por el lado contrario hubo una producción igualmente abundante, y casi igualmente tendenciosa, en sentido pro ruso, que comportaba un boicot a todo el que tratara de discutir en profundidad cualquier cuestión importante. Desde luego que era posible publicar libros an¬tirrusos, pero hacerlo equivalía a condenarse a ser ignorado por la mayoría de los periódicos importantes. Tanto pública como privadamente se vivía consciente de que aquello «no debía» ha¬cerse y, aunque se arguyera que lo que se decía era cierto, la respuesta era tildarlo de «inoportu¬no» y «al servicio de» intereses reaccionarios. Esta actitud fue mantenida apoyándose en la si¬tuación internacional y en la urgente necesidad de sostener la alianza anglorrusa; pero estaba claro que se trataba de una pura racionalización. La gran mayoría de los intelectuales británicos había estimulado una lealtad de tipo nacionalis¬ta hacia la Unión Soviética y, llevados por su de¬voción hacia ella, sentían que sembrar la duda sobre la sabiduría de Stalin era casi una blasfe¬mia. Acontecimientos similares ocurridos en Rusia y en otros países se juzgaban según distin¬tos criterios. Las interminables ejecuciones lle¬vadas a cabo durante las purgas de 1936 a 1938 eran aprobadas por hombres que se habían pa¬sado su vida oponiéndose a la pena capital, del mismo modo que, si bien no había reparo algu¬no en hablar del hambre en la India, se silen¬ciaba la que padecía Ucrania. Y si todo esto era evidente antes de la guerra, esta atmósfera inte-lectual no es, ahora, ciertamente mejor. Volviendo a mi libro, estoy seguro de que la reacción que provocará en la mayoría de los in¬telectuales ingleses será muy simple: «No debió ser publicado». Naturalmente, estos críticos, muy expertos en el arte de difamar, no lo ataca¬rán en -el terreno político, sino en el intelectual. Dirán que es un libro estúpido y tonto y que su edición no ha sido más que un despilfarro de pa¬pel. Y yo digo que esto puede ser verdad, pero no «toda la verdad» del asunto. No se puede afirmar que un libro no debe ser editado tan sólo porque sea malo. Después de todo, cada día se imprimen cientos de páginas de basura y nadie le da importancia. La intelligentsia británica, al menos en su mayor parte, criticará este libro porque en él se calumnia a su líder y con ello se perjudica la cau¬sa del progreso. Si se tratara del caso inverso, nada tendrían que decir aunque sus defectos li¬terarios fueran diez veces más patentes. Por ejemplo, el éxito de las ediciones del Left Book Club durante cinco años demuestra cuán tole¬rante se puede llegar a ser en cuanto a la chaba¬canería y a la mala literatura que se edita, siem¬pre y cuando diga lo que ellos quieren oír. El tema que se debate aquí es muy sencillo: ¿Merece ser escuchado todo tipo de opinión, por impopular que sea? Plantead esta pregunta en estos términos y casi todos los ingleses sentirán que su deber es responder: «Sí». Pero dadle una forma concreta y preguntad: ¿Qué os parece si atacamos a Stalin? ¿Tenemos derecho a ser oí¬dos? Y la respuesta más natural será: «No». En este caso, la pregunta representa un desafío a la opinión ortodoxa reinante y, en consecuencia, el principio de libertad de expresión entra en cri¬sis. De todo ello resulta que, cuando en estos mo¬mentos se pide libertad de expresión, de hecho no se pide auténtica libertad. Estoy de acuerdo en que siempre habrá o deberá haber un cierto grado de censura mientras perduren las socie¬dades organizadas. Pero «libertad», como dice Rosa Luxemburg, es «libertad para los demás». Idéntico principio contienen las palabras de Vol¬taire: «Detesto lo que dices, pero defendería has¬ta la muerte tu derecho a decirlo». Si la libertad intelectual ha sido sin duda alguna uno de los principios básicos de la civilización occidental, o no significa nada o significa que cada uno debe tener pleno derecho a decir y a imprimir lo que él cree que es la verdad, siempre que ello no im¬pida que el resto de la comunidad tenga la posi¬bilidad de expresarse por los mismos inequívo¬cos caminos. Tanto la democracia capitalista como las versiones occidentales del socialismo han garantizado hasta hace poco aquellos prin¬cipios. Nuestro gobierno hace grandes demos¬traciones de ello. La gente de la calle -en parte quizá porque no está suficientemente imbuida de estas ideas hasta el punto de hacerse intole¬rante en su defensa- sigue pensando vagamen¬te en aquello de: «Supongo que cada cual tiene derecho a exponer su propia opinión». Por ello incumbe principalmente a la intelectualidad científica y literaria el papel de guardián de esa libertad que está empezando a ser menosprecia¬da en la teoría y en la práctica. Uno de los fenómenos más peculiares de nues¬tro tiempo es el que ofrece el liberal renegado. Los marxistas claman a los cuatro vientos que la «libertad burguesa» es una ilusión, mientras una creencia muy extendida actualmente argumenta diciendo que la única manera de defender la li¬bertad es por medio de métodos totalitarios. Si uno ama la democracia, prosigue esta argumen¬tación, hay que aplastar a los enemigos sin que importen los medios utilizados. ¿Y quiénes son estos enemigos? Parece que no sólo son quienes la atacan abierta y concienzudamente, sino tam¬bién aquellos que «objetivamente» la perjudican propalando doctrinas erróneas. En otras pala¬bras: defendiendo la democracia acarrean la destrucción de todo pensamiento independien¬te. Éste fue el caso de los que pretendieron justi¬ficar las purgas rusas. Hasta el más ardiente ru¬sófilo tuvo dificultades para creer que todas las víctimas fueran culpables de los cargos que se les imputaban. Pero el hecho de haber sostenido opiniones heterodoxas representaba un perjui¬cio para el régimen y, por consiguiente, la masacre fue un hecho tan normal como las falsas acusaciones de que fueron víctimas. Estos mis¬mos argumentos se esgrimieron para justificar las falsedades lanzadas por la prensa de izquier¬das acerca de los trotskistas y otros grupos repu¬blicanos durante la Guerra Civil española. Y la misma historia se repitió para criticar abierta¬mente el hábeas corpus concedido a Mosley cuando fue puesto en libertad en 1943. Todos los que sostienen esta postura no se dan cuenta de que, al apoyar los métodos totalita¬rios, llegará un momento en que estos métodos serán usados «contra» ellos y río «por» ellos. Ha¬ced una costumbre del encarcelamiento de fas¬cistas sin juicio previo y tal vez este proceso no se limite sólo a los fascistas. Poco después de que al Daily Worker le fuera levantada la suspensión, hablé en un College del sur de Londres. El audi¬torio estaba formado por trabajadores y profesionales de la baja clase media, poco más o me¬nos el mismo tipo de público que frecuentaba las reuniones del Left Book Club. Mi conferencia trataba de la libertad de prensa y, al término de la misma y ante mi asombro, se levantaron va¬rios espectadores para preguntarme «si en mi opinión había sido un error levantar la prohibi¬ción que impedía la publicación del Daily Wor-ker». Hube de preguntarles el porqué y todos di¬jeron que «era un periódico de dudosa lealtad y por tanto no debía tolerarse su publicación en tiempo de guerra». El caso es que me encontré defendiendo al periódico que más de una vez se había salido de sus casillas para atacarme. ¿Dón¬de habían aprendido aquellas gentes puntos de vista tan totalitarios? Con toda seguridad debie¬ron aprenderlos de los mismos comunistas. La tolerancia y la honradez intelectual están muy arraigadas en Inglaterra, pero no son indestructibles y si siguen manteniéndose es, en bue¬na parte, con gran esfuerzo. El resultado de predicar doctrinas totalitarias es que lleva a los pueblos libres a confundir lo que es peligroso y lo que no lo es. El caso de Mosley es, a este efec¬to, muy ilustrativo. En 1940 era totalmente lógi¬co internarlo, tanto si era culpable como si no lo era. Estábamos entonces luchando por nuestra propia existencia y no podíamos tolerar que un posible colaboracionista anduviera suelto. En cambio, mantenerlo encarcelado en 1943, sin que mediara proceso alguno, era un verdadero ultraje. La aquiescencia general al aceptar este hecho fue un mal síntoma, aunque es cierto que la agitación contra la liberación de Mosley fue en gran parte ficticia y, en menor parte, manifesta¬ción de otros motivos de descontento. ¡Sin em¬bargo, cuán evidente resulta, en el actual desliza¬miento hacia los sistemas fascistas, la huella de los antifascismos de los últimos diez años y la falta de escrúpulos por ellos acuñada! Es importante constatar que la corriente rusó¬fila es sólo un síntoma del debilitamiento gene¬ral de la tradición liberal. Si el Ministerio de In¬formación hubiera vetado definitivamente la publicación de este libro, la mayoría de los inte¬lectuales no hubiera visto nada inquietante en todo ello. La lealtad exenta de toda crítica ha¬cia la URSS pasa a convertirse en ortodoxia, y, dondequiera que estén en juego los intereses so¬viéticos, están dispuestos no sólo a tolerar la censura sino a falsificar deliberadamente la His¬toria. Por citar sólo un caso. A la muerte de John Reed, el autor de Diez días que conmovieron al mundo -un relato de primera mano de las jor¬nadas claves de la Revolución rusa-, los dere¬chos del libro pasaron a poder del Partido Co-munista británico, a quien el autor, según creo, los había legado. Algunos años más tarde, los co¬munistas ingleses destruyeron en gran parte la edición original, lanzando después una versión amañada en la que omitieron las menciones a Trotsky así como la introducción escrita por el propio Lenin. Si hubiera existido una auténtica intelectualidad liberal en Gran Bretaña, este acto de piratería hubiera sido expuesto y denun¬ciado en todos los periódicos del país. La reali¬dad es que las protestas fueron escasas o nulas. A muchos, aquello les pareció la cosa más natural. Esta tolerancia que llega a lo indecoroso es más significativa aún que la corriente de admiración hacia Rusia que se ha impuesto en estos días. Pero probablemente esta moda no durará. Pre-veo que, cuando este libro se publique, mi visión del régimen soviético será la más comúnmente aceptada. ¿Qué puede esto significar? Cambiar una ortodoxia por otra no supone necesariamen¬te un progreso, porque el verdadero enemigo está en la creación de una mentalidad «gramofónica» repetitiva, tanto si se está como si no de acuerdo con el disco que suena en aquel momento. Conozco todos los argumentos que se esgri¬men contra la libertad de expresión y de pensamiento, argumentos que sostienen que no «de¬be» o que no «puede» existir. Yo, sencillamente, respondo a todos ellos diciéndoles que no me convencen y que nuestra civilización está basada en la coexistencia de criterios opuestos desde hace más de 400 años. Durante una década he creído que el régimen existente en Rusia era una cosa perversa y he reivindicado mi derecho a de¬cirlo, a pesar de que seamos aliados de los rusos en una guerra que deseo ver ganada. Si yo tuvie¬ra que escoger un texto para justificarme a mí mismo elegiría una frase de Milton que dice así: «Por las conocidas normas de la vieja libertad». La palabra vieja subraya el hecho de que la li¬bertad intelectual es una tradición profundamente arraigada sin la cual nuestra cultura occidental dudosamente podría existir. Muchos intelectuales han dado la espalda a esta tradi¬ción, aceptando el principio de que una obra deberá ser publicada o prohibida, loada o con¬denada, no por sus méritos sino según su opor¬tunidad ideológica o política. Y otros, que no comparten este punto de vista, lo aceptan, sin embargo, por cobardía. Un buen ejemplo de esto lo constituye el fracaso de muchos pacifistas in¬capaces de elevar sus voces contra el militarismo ruso. De acuerdo con estos pacifistas, toda vio¬lencia debe ser condenada, y ellos mismos no han vacilado en pedir una paz negociada en los más duros momentos de la guerra. Pero, ¿cuándo han declarado que la guerra también es cen¬surable aunque la haga el Ejército Rojo? Aparen¬temente, los rusos tienen todo su derecho a defenderse, mientras nosotros, si lo hacemos, caemos en pecado mortal. Esta contradicción sólo puede explicarse por la cobardía de una gran parte de los intelectuales ingleses cuyo pa¬triotismo, al parecer, está más orientado hacia la URSS que hacia la Gran Bretaña. Conozco muy bien las razones por las que los intelectuales de nuestro país demuestran su pusilanimidad y su deshonestidad; conozco por ex¬periencia los argumentos con los que pretenden justificarse a sí mismos. Pero, por eso mismo, se¬ría mejor que cesaran en sus desatinos intentan¬do defender la libertad contra el fascismo. Si la libertad significa algo, es el derecho de decirles a los demás lo que no quieren oír. La gente sigue vagamente adscrita a esta doctrina y actúa según ella le dicta. En la actualidad, en nuestro país —y no ha sido así en otros, como en la republicana Francia o en los Estados Unidos de hoy— los li¬berales le tienen miedo a la libertad y los intelec¬tuales no vacilan en mancillar la inteligencia: es para llamar la atención sobre estos hechos por lo que he escrito este prólogo.

Zamacois Joaquín

 Santiago, Chile, 14 de diciembre 1894? d Barcelona, Septiembre 8, 1976,).

Español compositor y profesor de parentesco vasco-catalán. Estudió en el Liceo Musicale de Barcelona, donde su maestro de composición fue Gavagnach Sánchez, y en la Escuela Municipal de Música. En 1914 fue nombrado profesor en el Liceo, la transferencia en 1940 a la Escuela Municipal de Música, donde en 1945 fue nombrado director. Transformó la institución en un Estado reconocido conservatorio, retirándose en 1965. Zamacois fue miembro del Consejo Nacional de Educación y escribió una serie de influyentes textos didácticos. Fue un compositor versátil y prolífico que, aunque influenciados por Franck (por ejemplo en la Sonata para violín y clarinete), Wagner, Richard Strauss y Stravinsky, aún poseía un estilo muy personal impregnado de poesía y pasión.

OBRAS

(lista selectiva)

Stage (all zars): Margaritiña, Barcelona, 1925; El aguilón, Bilbao, 1928; El caballero del mar, Barcelona, 1931
Orch: Los ojos verdes, sym. poem, 1920; Scherzo humorístico, 1924; Margarita, sardana sym., 1927, La siega, sym. picture, 1928; Suite poemático, 1955; Diana, sardana, cobla orch, 1967; Raimon, sardana, cobla orch, 1968, Ricard, sardana, cobla orch, 1968; Irene, sardana, cobla orch, 1975; other sardanas
CHBr: Sonata, vn, cl, 1918; Str Qt, D, 1922; Aguafuertes, suite, PF, 1940; Allegro appassionato, VII, PF; Rêverie, VII, PF; QNT
Vocal: Por San Juan, chorus; Canto da alegría, chorus, 1932; Himno ibérico (J. Maragall), chorus; Lieder catalanes, 1965; Villancicos castellanos, 1965

ESCRITOS

Método de solfeo (Barcelona, 1941)

Tratado de armonía (Barcelona, 1945-8/R)

La teoría de la música dividida en cursos de (Barcelona, 1949-54, many later editions) vol. i (1949, 15/1979); vol. ii (1954, 6/1978)

Ejercicios de armonía (Barcelona, 1950)

Curso de formas musicales (Barcelona, 1960)

Realización de los ejercicios de armonía (Barcelona, 1960)

Temas de pedagogía musical (Madrid, 1973)

Trazar la historia de la música (Madrid, 1975)

Temas de estética y de historia de la música (Barcelona, 1975, 3 /1986)

Ejercicios de contrapunto, In (Barcelona, 1977)

BIBLIOGRAFÍA

MGG1 (G. Bourligueux)

Diccionario enciclopédico de la música, Ed. A. Albert Torrellas (Barcelona, 1947-52)

K.B. Sandred y otros: El mundo de la música (Madrid, 1962) [SP. trad. de El Mundo de la Música, Londres, 1954]

GUY BOURLIGUEUX

Zalzal [Mansur Zalzal al-Darib]

(d después de 842). Árabe músico. Era un famoso instrumentista (de ahí el nombre ‘Al-el DARIB’: ‘player’) durante el período abasí temprana. Ishaq al-Mawsili declaró que no tenía igual como laudista, y en el ‘Iqd al-far?d ( “El collar único”) (siglo 10) se afirmó que era “el más agradable de los instrumentistas de cuerda». También es conocido como el inventor de un “laúd perfecto”, el ‘?d al-shabb?t, Que sustituye el laúd persa utilizado anteriormente. Su forma era probablemente como el de los portugueses diseños. Por encima de todo, su nombre está asociado con el traste neutral 3 (Wus?á Zalzal) Situado a medio camino entre la 3 ª mayor y menor trastes, que reconoce por primera vez la existencia de los intervalos de neutral todavía característica de la música persa y árabe en la actualidad.