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Archive for octubre, 2009

Decálogo para escribir necrológicas:

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1. Tenga en cuenta que usted sigue vivo.
2. Evite ponerse (por si acaso), en el lugar del muerto, tipo al él le habría gustado así.
3. Evite las cartas a tumba abierta, tipo allá donde estés amigo quiero que sepas.
4. Evite convertir una muerte natural en un suicidio, tipo se fue tan discretamente como había vivido.
5. No espere una mejora en su conducta, tipo aquel necrologista que riñó a su muerto.
6. Sobre todo no hable de su sonrisa, tipo nos acompañará siempre.
7. Si siempre ocultó lo que pensaba realmente sobre él haga ahora un pequeño y postrero esfuerzo.
8. Examine si supone un acto de respeto haber esperado a su muerte, tipo ahora ya se puede desvelar cómo.
9. No olvide jamás que la necrológica que está escribiendo puede acabar resultando lo único vivo que quedé de él.
10. Y dado que en algún caso, aunque escaso, el muerto se ha levantado y ha leído escriba usted siempre con las precauciones propias del que espera réplica.

 

Arcadi Espada

EL POEMA EVENTUAL

EL POEMA EVENTUAL O, PARA CITAR LIBREMENTE A PICASSO, AÚN ESTÁ PROHIBIDO HABLAR CON EL PILOTO


EL QUE sólo dispone de pocos minutos para hablar puede generalizar. Por eso empiezo con la siguiente frase: Todo poema bueno es un poema eventual; todo poema malo es un poema eventual; sólo los así llamados poemas de laboratorio se reservan la saludable posición del centro: no son nunca muy buenos ni totalmente malos, pero siempre inteligentes e interesantes.

El que aquí lo dice y afirma se cuenta entre los poetas eventuales, y le disgustan los poetas incapaces de esperar su oportunidad, los caballeros en el laboratorio de los sueños, los caballeros con los amplios compendios de diccionarios, los caballeros —también pueden ser damas— que de la mañana a la noche trabajan con lengua, con el material del idioma, que locuaces residen cerca del silencio, que andan siempre sobre la huella de lo inexpresable, que llaman textos a sus poemas, que no quieren que se les diga poetas sino no sé que, que —digámoslo de una vez— no conocen la oportunidad, la musa.

En tanto que el poeta de laboratorio puede llenar páginas enteras describiendo sus métodos y es a menudo un extraordinario ensayista, dar una explicación seria de su procedimiento resultará difícil al poeta eventual; si yo, como empedernido poeta eventual, dijera: En cuanto tengo la sensación de que un poema está flotando en el aire evito estrictamente comer legumbres secas y con frecuencia ando sin razón, aunque con sentido, en taxi, por caro que me resulte, para que se suelte ese poema que se cierne en el aire, el poeta de laboratorio alzaría burlonamente la ceja y me llamaría un discípulo anticuado, si no es que reaccionario del esoterismo, por creer en la influencia de las legumbres secas y los paseos en taxi y por ende en un individualismo que él, el poeta de laboratorio, ya superó hace mucho tiempo, desde antes que X, Y y Z, mediante consecuentes minúsculas y la meritoria eliminación de todos los sustantivos (su colega sólo erradicó las preposiciones). No obstante, me atrae la idea de revelar algunos trucos del poeta eventual. Puesto que no se trata de secretos de laboratorio, es decir, de algo imitable, puedo permitirme con toda confianza ser expansivo, pues mis oportunidades no son las mismas de otro poeta eventual. Por lo tanto, cuando un poema se anuncia en el aire y presiento que esta vez la musa quiere visitarme con una obra de cinco estrofas y tres líneas, no me ayudan ni la renuncia a las legumbres secas ni el andar sin medida en taxi, sino una sola cosa: comprar arenques frescos, destriparlos, freírlos, escabecharlos, rechazar las invitaciones de personas a las que les gusta hablar sobre música electrónica, asistir, en cambio, a fiestas donde los profesores tejen intrigas, escucharlos, tejer con ellos, pero por lo que más quiera no regresar a casa en taxi, aunque sí dormir consecuentemente sin almohada. Es cierto que este método no ayuda siempre. Una vez, debo admitirlo, la inversión total —compré media cabeza de cerdo, la preparé en gelatina, hablé sobre música electrónica con la gente, evité a los profesores y sus intrigas, atrevidamente regresé a casa en taxi, dormí con dos almohadas— me ayudó a producir un poema de cinco estrofas de tres líneas que entretanto ha pasado a formar parte de la historia de la literatura.

En la esperanza de que hayan podido entender mis explicaciones, en realidad sencillas, descubriré ahora el truco del poema de cuatro líneas. Es el típico poema eventual, su caso original. Al principio está siempre un acontecimiento; no es necesario que sea importante. Fui con el sastre, por ejemplo, para que me tomara las medidas para un traje. El sastre tomó las medidas y preguntó: “¿Lleva usted las cosas en la izquierda o en la derecha?” Mentí y contesté: “En la izquierda.” En cuanto hube dejado la sastrería, contento porque no me descubriera el sastre, me olió a algo y tuve que admitir: un poema flotaba en el aire; si no me engañaba por completo, uno de cuatro líneas. Pasaron casi cuatro semanas antes de que se descargara la nube y naciera el poema. Recogí el traje y he ahí que pese a las indicaciones falsas me quedaba bien, la mentira había perdido su razón de ser, por decirlo de alguna manera; sólo faltaba escribir la acostumbrada postal exhortatoria de cuatro líneas a un amigo que desde hace ocho años me debe 20 marcos, como siempre lo hago poco antes del alumbramiento de un poema de cuatro líneas: y ya estaba echando —aún no se secaba la postal— el título y cuatro líneas sobre el papel preparado de antemano:

La mentira

Tiene más bajo el hombro derecho, dijo mi sastre.

Porque llevé la mochila del lado derecho, contesté sonrojándome.


Debo admitir que no es posible clasificar estas cuatro líneas como un poema moderno. Si bien me he resignado, por ser anticuado y dotado sólo de las dimensiones usuales, a tener que esperar estas oportunidades, siento envidia, especialmente cuando en mis cercanías inmediatas vuelve a cernirse un poema sin disponerse a bajar, del poeta de laboratorio que no tiene que esperar de una oportunidad en otra, que no tiene que recorrer tres veces a la semana el Hohenzollerndamm hasta el amargo final, como yo, con chícharos sin pelar en los zapatos, porque el caminar sobre chícharos sin pelar place a la musa que protege mis oportunidades. No, el poeta de laboratorio permanece sentado en su laboratorio, sin chícharos, calzado con pantuflas en minúsculas, tiene a Max Bense a su espalda, el tarjetero a la mano, y maneja libremente el material siempre dispuesto del idioma, se ríe de las oportunidades, arma y despedaza elementos arbitrarios y botánicos, con seriedad, autocrítica y diligencia, y después de su jornada de ocho horas —en la medida en que sea posible hablarle a este anulador del tiempo de una jornada de ocho horas— sabe qué ha hecho: experimentar, y mañana podrá seguir experimentando.

Con toda mi envidia estoy agradecido —lo reconozco— hacia el poeta de laboratorio. Alivia mi trabajo al realizar experimentos bastante interesantes en áreas que yo también debería cultivar, en las pausas entre oportunidad y oportunidad, pero no tengo que hacerlo porque existe él, el poeta de laboratorio; impertinente y epígono, lo agarro por los resultados y, entendiéndolos mal, aprovecho según la oportunidad, como debe de ser, el fruto de sus experimentos.

Después de estas exposiciones hasta el último de los lectores habrá comprendido que un poeta eventual no carece completamente de ética laboral. También yo sé hablar de oportunidades que no lo fueron; durante meses no hay ningún poema en el aire. Entonces el poeta eventual guarda silencio, lo cual no pretende decir que viva cerca de lo llamado indecible, del silencio.

LA MUERTE DE LA NOVELA (Mario Vargas LLosa)

No habrá sido la menor sorpresa de este viaje por las abruptas tierras de
la frontera entre la República Dominicana y Haití, encontrarme con un
artículo de Eduardo Mendoza, reproducido en un pequeño diario de esta
apartada región, anunciando la muerte de la novela. Para alguien que lleva
tres años empeñado en escribir una novela de sofá, y que ha subido hasta
estas anfractuosidades cordilleranas exponiéndose a la voracidad de los
mosquitos a raíz de aquel empeño, las opiniones de Mendoza sobre el estado
de salud del género novelesco resultan más bien deprimentes. Sobre todo,
porque su maldito artículo es bastante persuasivo.
Él se defiende de quienes lo han criticado por haber extendido una
partida de defunción a la novela, alegando que su tesis sólo afecta a una
subdivisión o subgénero, no a toda la especie; pero esto, en lugar de
arreglar las cosas, las empeora, ya que la variante a la que se refiere,
la llamada “novela de sofá”, es en realidad la única que importa (la que
abarca de Tolstoi a Faulkner, de Cervantes a Proust, de Balzac a Kafka);
las otras, las novelas de “tumbona” o “toalla y sombrilla” —vasto universo
donde cohabitan de Xavier de Montepín a Tom Clancey, y del Caballero Audaz
a Anne Rice— difícilmente podrían perecer, pues nunca llegaron a vivir,
fueron gestadas en series, como las hamburguesas y hot-dogs, para ser
consumidas y desintegrarse en las entrañas del consumidor.

Mendoza recuerda, con reprimida nostalgia, la época en la que la novela tenía
autoridad, porque el conjunto de la sociedad veía en ella algo más importante
que un mero pasatiempo: un género encargado de representar la realidad. Es
decir, de organizar de manera coherente e inteligible el caos en que transcurren
las existencias humanas y permitir a éstas entender el mundo al ver expuesto su
funcionamiento, el transcurso del tiempo, las motivaciones secretas de los actos
y las conductas, en las ficciones. En efecto, los lectores de Los miserables de
Victor Hugo se precipitaron a saquear la imprenta donde se horneaban los
volúmenes de la segunda parte de la novela no sólo porque estaban impacientes
por saber la evolución de las aventuras de Jean Valjean, Marius y Cosette; sobre
todo, porque esta omnisciente ficción les explicaba el mundo en que vivían y les
daba pistas sobre qué eran y dónde estaban, algo que, antes, sólo la religión
sabía hacer.
¿Cuándo se resquebraja esa fe en la novela y se inicia la “era de la
sospecha”, como la bautizó Nathalie Sarraute? Según Mendoza, con esa confusa
transición que se llama el “posmodernismo”, que él prefiere denominar la
“posvanguardia”. El afán experimental se apodera del género y, en los años
cincuenta y sesenta, “aquellos experimentos, encaminados a forzar los límites de
las convenciones narrativas, pusieron en evidencia lo limitado de los límites y
lo convencional de las convenciones”. La novela pierde autoridad porque se
convierte en un juego. Muy brillante a veces, que resulta en audaces pases de
ilusionismo verbal y pirotecnia constructiva; pero, a esos disforzados juglares,
los novelistas, se les puede conceder la función de divertir o sorprender, ya no
la de hacer la vida verosímil, comprensible el mundo.
Por ese camino, la novela, al tiempo que pierde ambición y seguridad en sí
misma, se va refugiando cada vez más en la exclusiva tarea de entretener,
erradicando de sus fines toda pretensión filosófica, doctrinaria o moral. Ha
principiado la época de la novela ligera, que divierte sin preocupar, como un
partido de futbol o un programa de preguntas y respuestas en la televisión.
Ahora bien, dice Mendoza, la novela light, “forma honesta, civilizada e
instructiva de entretenimiento”, es la “novela que, a mi modo de ver, ya no da
más de sí”. ¿Por qué este desahucio? Sospecho que debido a la competencia de
otros géneros de ficción, los audiovisuales, con los que la novela light será
incapaz de medirse. Los primeros en reconocer su extrema indefensión contra las
historias que cuentan la pequeña y la gran pantalla son los propios novelistas
light, la inmensa mayoría de los cuales escriben novelas más para ser
convertidas en películas que para conquistar a los lectores. De hecho, los
grandes best-sellers literarios son, hoy, cada día más, los libros que han
pasado ya por la pantalla, chica o grande, y recibido de ella su consagración
como productos entretenidos. Esta dependencia total de la palabra respecto de la
imagen es el principio del fin de la novela, y, acaso, de lo que hasta ahora
entendíamos por literatura.
El diagnóstico de Eduardo Mendoza es probablemente certero, pero, pese a
ello, yo no desespero de que la novela de sofá sobreviva e, incluso, sea capaz
en el futuro de dar frutos tan óptimos como en el pasado. Mi esperanza no es
gratuita, se funda en el siguiente razonamiento. Aunque existe la tendencia a
considerar a la novela el género literario popular por excelencia, la verdad es
que siempre fue un género de minorías, aunque, sin duda, minorías más numerosas
que las que leían poesía, o frecuentaban los teatros para espectar dramas y
tragedias. El entretenimiento de veras popular jamás lo proporcionaron los
libros, sino los circos, las ejecuciones e inquisiciones públicas, los estadios,
y, en épocas modernas, la radio, el cine, la televisión y, pronto, el Internet.
Por leve y trivial que sea, un libro exige un esfuerzo intelectual, una
reelaboración conceptual e imaginaria de la materia verbal que a la mayoría de
los seres humanos, aun en las sociedades más cultas, les divierte muy poco,
mucho menos, en todo caso, que aquellas actividades o espectáculos donde pueden
renunciar a toda obligación de discernimiento crítico o de co-participación
creativa (algo que es inconcebible con la operación de leer literatura, aun de
misérrima calidad). No digo que esté mal que sea así; digo sólo que siempre ha
sido así, y que, quienes, leyendo ficciones, la han pasado muy bien, pese, o
precisamente por, la inversión de trabajo intelectual e imaginativo que ello les
exige, han representado siempre un sector relativamente pequeño del conjunto de
la sociedad.
La idea de que la literatura pudiera ser el alimento espiritual de todos es
una ilusión contemporánea, derivada de la repugnancia que, para una noción
socialista o democrática de la cultura, reviste la noción de elite, de un
público exquisito y minoritario dentro del cual surgirían y serían apreciadas y
cultivadas las artes y las letras. Sin embargo, ésa es una realidad que en lo
sustancial no ha variado con la democratización de la educación y la elevación
de la capacidad adquisitiva de los ciudadanos. Ha variado sólo el volumen de las
minorías interesadas en la literatura, la música, la pintura, la danza, que es
ahora mayor que en el pasado. Pero nunca ha dejado de ser una porción
relativamente pequeña, comparada al todo social.
No veo por qué no seguiría ocurriendo lo mismo en el futuro. Esta
afirmación es el corolario de mi supuesto anterior, según el cual a la mayoría
de la gente jamás le resultó divertido leer ficciones, pues prefería verlas
representadas a través de formas mucho más triviales, que no exigían casi un
esfuerzo de reelaboración intelectual. Tengo la convicción de que siempre
(bueno, en nuestra época siempre es un mero sinónimo de mañana, cuando más)
habrá unas minorías para las que esa necesidad de irrealidad, de salir de sí, de
perderse por un tiempo equis en un mundo de fantasía, que parece constitutivo a
la especie humana, jamás será suficientemente aplacada con las imágenes banales,
directas, elementales, de superficie, o estúpidas, de las auténticas diversiones
populares.
La literatura light trata de parecerse a estas diversiones reduciendo al
máximo los obstáculos al lector, simplificando la forma y esquematizando los
contenidos de la ficción para que ésta sea digesta y amena como una comedia
cinematográfica o un buen programa de televisión. Esta manera de proceder
tendrá, sin duda, a la larga, el efecto contrario al que buscan sus autores: en
vez de salvar para la literatura a grandes masas de lectores, convencerá a éstos
de que la ficción escrita es mucho menos entretenida que la producida por los
grandes medios audiovisuales de manera serial. Si hay un espacio propio para la
literatura en el mundo del futuro, se definirá, no por su proximidad y parecido,
sino por su diferencia y distancia, con el espacio privativo de la imagen. Es
decir, estará hecho esencialmente de palabras y de fantasía, y se ofrecerá al
lector como un desafío y una propuesta de colaboración intelectual, para,
soñando aquél junto al autor, construir una ficción que, a la vez que redime a
ambos temporalmente de las pequeñeces y miserias de la existencia real, les
sirva de brújula para guiarse con más seguridad —con una visión menos ingenua y
más crítica— a través de las complejidades y tumultos de la vida. Miro a mi
alrededor y no veo nada que reemplace a la “novela de sofá” en esta manera
soberbia de defenderse contra la miseria de esa condición humana que condena a
hombres y mujeres a una sola vida, cuando desean tener mil.
Eduardo Mendoza sugiere, citando la opinión de Ignacio Echevarría y de
otros críticos, que la decadencia de la novela podría deberse a que “el sustrato
último de la novela es la épica y nuestra época no produce situaciones épicas”.
No me convence para nada, ante todo porque no es verdad que nuestra época esté
reñida con la épica, si entendemos ésta como la aventura exterior, el ser humano
saliendo de sí mismo para hacer frente a lo desconocido y creciéndose, rompiendo
sus límites para combatir contra los demonios y los dioses, a fin de sobrevivir.
Lo cierto es que, acaso como nunca antes en el largo discurrir de la
civilización, ha estado la existencia humana enfrentada a riesgos tan atroces de
violencia, e incluso de extinción, como en ésta, la era de las armas atómicas y
bacteriológicas y de los descubrimientos científicos y la revolución genética,
que, desde los higiénicos recintos de un laboratorio, permite, por ejemplo,
deshacer y rehacer cambiada lo que antes llamábamos “naturaleza” humana.
Probablemente, la vida actual es más imprevisible, sorprendente, arriesgada y
misteriosa que aquella, remotísima, en la que un aeda ciego cantó las hazañas de
los héroes homéricos. Que no haya aparecido todavía, no me impide creer que, en
este momento, un secreto deicida fragua, empeñado en una lucha mortal con las
palabras de una lengua viva, una ficción que será para mi tiempo lo que fueron,
para los suyos, el Ulises, Esplendor y miseria de cortesanas o Tirant lo Blanc,
y que alcanzaré a leerla antes de volverme fantasma. -
Santo Domingo, 16 de enero de 1999

MARIO VARGAS LLOSA – LA MENTIRA DE LAS VERDADES


LA biografía oficial del ex presidente Reagan, Dutch. A Memoir of Ronald
Reagan, escrita por Edmund Morris y recién publicada en los Estados
Unidos, provoca en estos días una efervescente polémica -donde voy, aquí
en Washington DC, es el eje de todas las conversaciones- que cualquier
crítico literario más o menos atinado zanjaría en un minuto. Pero como
quienes polemizan son comentaristas políticos, o políticos profesionales,
la controversia no terminará nunca y dejará flotando un aura entre ominosa
y confusa sobre uno de los libros más esperados de los últimos años.
Nacido en Kenya en 1940 y venido a los Estados Unidos en 1968, Edmund
Morris ganó el prestigioso Premio Pulitzer y el American Book Award en
1980 con su libro sobre The rise of Theodore Roosevelt, que fue
unánimemente elogiado como un modelo de biografía, por su escrupulosa
documentación, su fidelidad histórica y lo animado de su relato. Por eso
fue elegido en 1985, entre una miríada de historiadores y publicistas,
para escribir la biografía de Reagan. El Presidente le abrió sus archivos
y su correspondencia, se sometió una vez por semana a sus interrogatorios
en la Casa Blanca, le permitió acompañarlo en numerosos viajes al
extranjero y asistir a muchas sesiones de trabajo en el Oval Office (con
exclusión de las concernientes a la seguridad nacional). Nancy, la esposa
de Reagan, y sus parientes, así como todos los colaboradores directos le
facilitaron, también, entrevistas y testimonios. La editorial Random House
pagó a Morris tres millones de dólares como anticipo por el libro que
acaba de aparecer.
Los catorce años que le ha tomado escribirlo fueron de intenso trabajo,
pero, también, de dudas, angustias y frustraciones. Pese a la riqueza del
material, a los seis años de tarea, Morris confesó, en un simposio, que su
personaje era “el hombre más misterioso que jamás he conocido. Es
imposible entenderlo”. En esto, no hacía más que confirmar lo que han
dicho casi todos los periodistas e historiadores que lo trataron o
escribieron sobre él: que, detrás de la risueña cortesía y las anécdotas
con que toreaba sus preguntas, Ronald Reagan siempre los dejó con la
desmoralizadora sensación de no haberse enterado de nada verdaderamente
importante sobre la intimidad de su interlocutor. Morris había centrado su
investigación en torno a esta pregunta crucial: “¿Cuánto sabía Dutch (el
apodo de juventud de Reagan) de lo que hacía?”. Incapaz de averiguarlo,
pese a toda la masa de datos acumulada, en 1994, el año en que, luego de
despedirse de sus conciudadanos con una carta pública en la que revelaba
el avance del Alzheimer, el ex Presidente se convertía en un muerto en
vida, Morris cayó en una profunda depresión. Durante muchos meses padeció
un bloqueo psicológico, que lo incapacitó para escribir una línea.

Superó esta crisis -dice- cuando encontró una fórmula para romper aquella
frontera que lo mantenía a distancia de su personaje, y poder acercarse a
él, e incluso entrar en su vida afectiva y psicológica, una receta o
método que consultó con sus editores, y que éstos, luego de algunas
reticencias, terminaron por aceptar. ¿En qué consistía? En introducir, en
esta biografía, dos o tres personajes ficticios -el propio Edmund Morris,
entre ellos-, supuestos compañeros, amigos, contemporáneos o próximos a
Reagan, que, dando un testimonio directo y personal de hechos
absolutamente fidedignos relativos a la vida privada o pública del ex
Presidente, romperían la frialdad e impersonalidad del dato escueto, y lo
impregnarían de calor humano, de la palpitante autenticidad de lo vivido.
En el curso de la polémica en torno a si esta manera de proceder, la de
prestarse los recursos de la ficción en una biografía, es legítima o
intolerable en un ensayo histórico, Morris ha insistido, enfáticamente,
que en su libro no hay un solo episodio, por nimio y transeúnte que
parezca, que no sea verídico, y verificado por él hasta la saciedad, como
atestigua su voluminosa bibliografía. De lo cual, concluye, se desprende
que el principio básico de toda investigación emprendida por un
historiador, la estricta fidelidad de su relato a lo ocurrido y
comprobado, ha sido respetada por él. A su juicio, la introducción de
narradores ficticios en su libro no altera la verdad histórica, sólo la
colorea y humaniza.
Edmund Morris sabe mucho de historia, pero, me temo, no sabe gran cosa de
literatura, dos disciplinas o quehaceres que aunque a veces se parezcan
mucho, son esencialmente diferentes, como la mentira y la verdad. La
historia cuenta (o debería siempre contar) verdades, y la ficción es
siempre una mentira (sólo puede ser eso), aunque, a veces, algunos
ficcionistas -novelistas, cuentistas, dramaturgos- hagan esfuerzos
desesperados por convencer a sus lectores de que que aquello que inventan
es verdad (“la vida misma”). La palabra `mentira’ tiene una carga negativa
tan grande que muchos escritores se resisten a admitirla y a aceptar que
ella define su trabajo. Sin embargo, no hay manera más justa y cabal de
explicar la ficción que diciendo de ella que no es lo que finge ser -la
vida-, sino un simulacro, un espejismo, una suplantación, una impostura,
que, eso sí, si logra embaucarnos y nos hace creer que es aquello que no
es, acaba por iluminarnos extraordinariamente la vida verdadera. En la
ficción, la mentira deja de serlo, porque es explícita y desembozada, se
muestra como tal desde la primera hasta la última línea. Ésa es su verdad:
el ser mentira. Una mentira de índole particular, desde luego, necesaria
para todos aquellos seres a los que la vida tal como es y como la viven no
les basta, porque su fantasía y sus deseos les piden más o algo distinto,
y, como no pueden obtenerlo de veras, lo obtienen de mentiras, gracias a
ese delicado y astuto subterfugio: la ficción. Es decir, la vida que no
es, la vida que no fue, la vida que, por no serlo y por quererla, la
inventamos, y la vivimos y gozamos en ese sueño lúcido en que nos sume el
hechizo de la buena lectura.
Las técnicas con que se construye una ficción están, todas, encaminadas a
realizar esa operación que es un motivo recurrente de los cuentos de
Borges: contrabandear lo inventado por la imaginación en la realidad
objetiva, trastrocar la mentira en verdad. Y los recursos primordiales de
toda ficción, para que ésta simule vivir por cuenta propia y nos persuada
de su `verdad’, son el narrador y el tiempo, dos invenciones o creaciones
que constituyen algo así como el alma de toda ficción. El narrador es
siempre un personaje inventado, sea un narrador omnisciente que emula a
Dios y está en todas partes y lo sabe todo, o sea un narrador implicado en
la acción, y, por lo tanto, de una perspectiva limitada por su experiencia
a la hora de dar un testimonio. En todo caso, del narrador –de sus
movimientos en el espacio, el tiempo y los planos de la realidad– depende
todo en una ficción: la coherencia o la incoherencia del relato, su
autonomía o dependencia del mundo real, y, sobre todo, la impresión de
libertad y autenticidad que transmiten los personajes o su incapacidad
para engañarnos como tales y aparecer como meros muñecos sin libre
albedrío, a los que mueven los hilos de un titiritero y hace hablar un
mismo ventrílocuo.
El narrador no es separable de la ficción, es su esencia, la mentira
central de ese vasto repertorio de mentiras, el principal personaje de
todas las historias creadas por la fantasía humana, aunque en muchas de
ellas se oculte y, como un espía o un ladrón, actúe sin dar la cara, desde
la sombra. Inventar un narrador es inevitablemente mentir, aunque en su
boca sólo se pongan verdades, porque las verdades históricas –los hechos
fehacientes y concretos– se viven, no se cuentan, no tienen narradores,
existen independientes de las versiones que sobre ellos puedan rivalizar,
en tanto que los hechos de las ficciones sólo existen en función y de la
manera que determina quien los cuenta. Por eso, el narrador es el eje, la
columna vertebral, el alfa y el omega de toda ficción. Inventar un
narrador -una mentira- para contar las verdades biográficas, como ha hecho
Edmund Morris en su biografía, es contaminar todos esos datos tan
laboriosamente recolectados en sus catorce años de esfuerzos, de
irrealidad y fantasía, y hacer gravitar sobre ellos la sospecha
(infamante, tratándose de un libro de historia) de la adulteración.
Inventar un narrador es, por otra parte, desnaturalizar sutilmente la
razón de ser de una biografía, que se supone debe estar centrada sobre la
vida y milagros del biografiado. Porque el narrador –los narradores– pasan
a ser los personajes centrales de la historia, como ocurre siempre en las
ficciones: esa egolatría está prohibida a los historiadores esclavos de
las verdades de lo sucedido, es privilegio de los propagadores de
mentiras, de los irresponsables narradores de irrealidades (que, a veces,
parecen muy realistas). “Soy el escritor más vilipendiado del mundo”, le
oí decir la otra noche al vapuleado autor de la primera biografía oficial
de Ronald Reagan. “¿Qué les he hecho para que me maltraten así?”. Les ha
dado usted gato por liebre a sus lectores, amigo Edmund Morris. Esperaban
una historia verídica, atiborrada de revelaciones y exactitudes, una
biografía que, por fin, les revelara –firme, contundente como una roca,
una fecha o una enfermedad– la personalidad secreta de esa inapresable
figura que es todavía Ronald Reagan –un actor, al fin y al cabo–, y usted,
con la excelente intención de endulzarles y amenizarles la lectura de esos
áridos pormenores que conforman una vida pública, los impregnó de dudas y
sospechas sobre su integridad intelectual, los sacó de este mundo y los
catapultó a la irrealidad, a la mentira de las ficciones. No se puede
meter un fantasma como polizonte de la realidad sin que ésta se vuelva
fantástica. Mentir para decir verdades es un monopolio exclusivo de la
literatura, una técnica vedada a los historiadores.