Deseo hablar brevemente ahora de la situación emotiva de la multitud contemporánea. Con la expresión “situación emotiva” no me refiero, que quede claro, a una mezcla de propensiones psicológicas, sino a modos de ser y de sentir tan extendidos que resultan comunes a los más diversos contextos de la experiencia (trabajo, ocio, afectos, política, etc.). La situación emotiva, además de ubicua, es siempre ambivalente. Ella puede manifestarse, además, tanto como aquiescencia o como conflicto, ya con la semblanza de la resignación como con la de la inquietud crítica. Dicho de otro modo: la situación emotiva tiene un núcleo neutro sujeto a declinaciones diversas e incluso opuestas. Este núcleo neutro indica un modo de ser fundamental. Ahora es indudable que la situación emotiva de la multitud se manifiesta hoy con “malos sentimientos”: oportunismo, cinismo, integración social, abjuración incansable, alegre resignación. Sin embargo, necesita remontarse desde estos “malos sentimientos” hasta el núcleo neutro, es decir al modo de ser fundamental que, en principio, podría dar origen a desarrollos muy diferentes a los que prevalecen hoy. Lo difícil de entender es que el antídoto, por así llamarlo, puede ser hallado en aquello que hoy se muestra como veneno.
La situación emotiva de la multitud postfordista se caracteriza por la coincidencia inmediata entre producción y ética, “estructura” y “superestructura”, revolución del proceso laboral y sentimientos, tecnología y tonalidad emotiva, desarrollo material y cultura. Detengámonos un momento en estas coincidencias. ¿Cuáles son hoy los principales requisitos exigidos a los trabajadores dependientes? Acostumbramiento a la movilidad, capacidad de adaptarse a las reconversiones más bruscas, adaptabilidad asociada con algunas iniciativas, ductilidad en el transcurrir entre uno y otro grupo de reglas, disposición a una interacción lingüística tan banalizada como omnilateral, capacidad de ingeniarse más allá de posibilidades alternativas limitadas. Pues bien, estos requisitos no son el fruto del disciplinamiento industrial, sino más bien el resultado de una socialización que tiene su epicentro fuera del trabajo. La “profesionalidad” efectivamente requerida y ofrecida consiste en las dotes adquiridas durante una prolongada permanencia en un estadio pre- laboral o precario. Diría: en la espera de un empleo se han venido desarrollando aquellos talentos genéricamente sociales y aquel hábito de no contraer hábitos perdurables, que funcionan luego, una vez que se ha hallado trabajo, como verdaderos “gajes del oficio”.
La empresa postfordista usufructúa estos hábitos de no tener hábitos, este adiestramiento para la precariedad y la variabilidad. Pero el hecho decisivo es una socialización (con este término designo a la relación con el mundo, con los otros y con uno mismo) que proviene esencialmente de fuera del trabajo, una socialización esencialmente extra laboral. Son los chocs metropolitanos de los que hablaba Benjamin, la proliferación de juegos lingüísticos, las variaciones ininterrumpidas de las reglas y las técnicas que constituirán el gimnasio donde se forjarán las aptitudes y requisitos que, a continuación, se volverán dotes y requisitos “profesionales”. Entendamos bien: la socialización extra laboral (que luego confluye en el “ámbito laboral” postfordista) consiste en experiencias y sentimientos en los cuales la principal filosofía y sociología del último siglo, desde Heidegger y Simmel en más, ha reconocido los rasgos distintivos del nihilismo. Nihilística es una praxis que ya no goza de un fundamento sólido, de estructura recursiva de la cual dar cuenta, de hábitos protectores. Durante el Novecientos el nihilismo pareció un contrapunto colateral a los procesos de racionalización de la producción y del Estado. Diría: por una parte el trabajo, por otra la precariedad y la variabilidad de la vida metropolitana. Ahora, en cambio, el nihilismo (habituarse a no tener hábitos, etc.) entra en producción, deviene requisito profesional, es puesto a trabajar. Sólo aquel que es experto en la aleatoria variabilidad de la forma de vida metropolitana sabe cómo comportarse en la fábrica del just in time (justo a tiempo: en inglés en el original. N. del T.)
Casi es inútil agregar que, de este modo, se hace añicos el esquema mediante el cual la mayor parte de la tradición sociológica y filosófica ha representado a los procesos de “modernización”. De acuerdo con tales esquemas, las innovaciones (tecnológicas, emotivas, éticas) desconciertan a las sociedades tradicionales, donde prevalecen costumbres repetitivas. Filemón y Bauci, los pacíficos campesinos que Goethe describe en Fausto, supieron despegarse del empresario moderno. Hoy, nada de todo esto. No se puede hablar más de “modernización” allí donde intervienen las innovaciones, por lo demás, con periodicidad cada vez más breve, sobre un escenario completamente caracterizado por el desarraigo, la aleatoriedad, el anonimato, etc. el punto crucial es que el actual movimiento productivo se sirve, como su más precioso recurso, de todo aquello que los esquemas de la modernización consideraban dentro de sus efectos: incertidumbre de expectativas, contingencia de las colocaciones, identidades frágiles, valores siempre cambiantes. La tecnología avanzada no provoca una “desorientación” para disipar una progresiva “familiaridad”, sino que reduce a perfil profesional la misma experiencia de la desorientación más radical. El nihilismo, en un principio a la sombra de la potencia técnica- productiva, deviene luego en ingrediente fundamental, dote muy estimada en el mercado laboral.
Éste es el trasfondo sobre el que se destacan sobre todo dos tonalidades emotivas no exactamente edificantes: el oportunismo y el cinismo. Tratemos de tamizar estos “malos sentimientos”, identificando en ellos un modo de ser que, de por sí, puede ser expresado de modo no desdeñoso.
Oportunismo
. El oportunismo hunde sus raíces en una socialización extra laboral signada por virajes repentinos, chocs perceptivos, innovaciones permanentes, inestabilidad crónica. Oportunista es aquel que afronta un flujo de posibilidades siempre intercambiables, estando disponible para el mayor número de ellas, sometiéndose a la más próxima y luego desviándose con presteza de una a otra. Esta es una definición estructural, sobria, no-moralista del oportunismo. En cuestión es una sensibilidad aguzada por las mutables oportunidades, una familiaridad con el caleidoscopio de las oportunidades, un íntima relación con lo posible en cuanto tal. En el modo postfordista de producción el oportunismo adquiere un indudable relieve técnico. Es la reacción cognoscitiva y de comportamiento de la multitud contemporánea al hecho que la praxis ya no está ordenada según directrices uniformes, sino que presenta un alto grado de indeterminación. Ahora, la misma capacidad de ingeniarse entre oportunidades abstractas e intercambiables constituye una cualidad profesional en ciertos sectores de la producción postfordista, allí donde el proceso laboral no está regulado por una finalidad particular única, sino por una clase de posibilidad equivalente, a especificar cada vez. La máquina informática, antes que medio para un fin unívoco, es premisa de elaboraciones sucesivas y “oportunistas”. El oportunismo se hace valer como recurso indispensable cada vez que el proceso de trabajo concreto está invadido de un difuso “obrar comunicativo”, ni identificándose más con el “obrar instrumental” mudo. O también, retomando un tema tratado en la segunda jornada del seminario, toda vez que el Trabajo incluye en sí los rasgos salientes de la Acción política. En el fondo ¿qué otra cosa es el oportunismo si no una dote del hombre político?
Cinismo
. También el cinismo es conexo a la inestabilidad crónica de la forma de vida y de los juegos lingüísticos. Esta inestabilidad crónica expone a la vista, tanto en el trabajo como en el tiempo libre, las reglas desnudas que estructuran artificialmente los ámbitos de acción. La situación emotiva de la multitud está caracterizada, por lo señalado, por la extrema vecindad de los “muchos” a las reglas que enervan los contextos singulares. En la base del cinismo contemporáneo está el hecho que los hombres y las mujeres experimentan las reglas, sino los “hechos”, antes que los eventos concretos. Pero tener una experiencia directa de las reglas significa también reconocer su convencionalismo y falta de fundamentos. De modo que no se está más inmerso en un “juego” predefinido, participando con verdadera adhesión, sino que se vislumbra un “juego” singular, despojado de toda obviedad y seriedad, ahora sólo el lugar de la inmediata afirmación de sí. Afirmación de sí tanto más brutal y arrogante, en suma cínica, en tanto más se sirve, sin ilusiones pero con perfecta adhesión momentánea, de aquellas mismas reglas de las cuales se había percibido el convencionalismo y la mutabilidad.
Pienso que hay una relación muy fuerte entre el general intellect y el cinismo contemporáneo. O mejor: pienso que el cinismo es uno de los modos posibles de reaccionar al general intellect (no el único, cierto: retorna aquí el tema de la ambivalencia de las situaciones emotivas). Veamos mejor este nexo. El general intellect es el saber social devenido principal fuerza productiva; es el conjunto de paradigmas epistémicos, lenguajes artificiales, constelaciones conceptuales que enervan la comunicación social y la forma de vida. El general intellect se distingue de las “abstracciones reales” típicas de la modernidad, todas ancladas al principio de equivalencia. “Abstracción real” es, sobre todo, el dinero, que representa la conmensurabilidad de los trabajos, de los productos, de los sujetos. Pues bien, el general intellect no tiene nada que ver con el principio de equivalencia. Los modelos del saber social no son unidad de medida, sino que constituyen el presupuesto para posibilidades operativas heterogéneas. Los códigos y paradigmas técnico- científicos se presentan como “fuerza productiva inmediata”, es decir, como principios constructivos. No se equiparan a nada, pero hacen las veces de premisa para todo género de acciones.
El hecho que el ordenamiento de las relaciones sociales provenga del saber abstracto antes que del intercambio de equivalentes, se refleja en la figura contemporánea del cínico. ¿Por qué? Porque el principio de equivalencia constituía la base, aún contradictoria, para las ideologías igualitarias que propugnaban el ideal de un reconocimiento recíproco sin constricciones, aquel de una comunicación lingüística universal y transparente. Viceversa, el general intellect, en tanto premisa apodíptica de la praxis social, no ofrece ninguna unidad de medida para una equiparación. El cínico reconoce, en el contexto particular en el cual actúa, el papel preeminente de ciertas premisas epistémicas y la simultánea ausencia de equivalencias reales. Comprime preventivamente la aspiración a una comunicación dialógica paritaria. Renuncia desde el principio a la búsqueda de un fundamento intersubjetivo para su praxis, como también a la reivindicación de un criterio unificado de valoración moral. La caída del principio de equivalencia, íntimamente correlacionado con los intercambios de mercancías, es vestida, en el comportamiento del cínico, como insoportable abandono de la instancia de igualdad. Al punto que él confía la afirmación de sí a la multiplicación (y fluidificación) de jerarquías y desigualdades, que la sobrevenida centralidad del saber en la producción parece comportar.
Oportunismo y cinismo: “malos sentimientos”, sin duda. Sin embargo, es lícito hipotetizar que cada conflicto o protesta de la multitud arraigará en el propio modo de ser (el “núcleo neutro” al que aludíamos antes) que, por el momento, se manifiesta con esta modalidad algo repugnante. El núcleo neutro de la situación emotiva contemporánea, susceptible de manifestaciones opuestas, consiste en la familiaridad con lo posible en cuanto posible y en una extrema aproximación a las reglas convencionales que estructuran los diversos contextos de acción. Aquella familiaridad y esta proximidad, de las cuales derivan ahora el oportunismo y el cinismo, constituyen, de todos modos, un signo distintivo indeleble de la multitud.
Juan sin Letras :: abr.14.2009 ::
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