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Archive for abril, 2009

Lo básico (no se asusten)

Es alucinante, pero hay que poner esto de vez en cuando….

 

ACENTOS: Se acentúan las palabras…
1) Agudas terminadas en  N, S o Vocal.
2) Graves terminadas en consonantes que NO sean N, S, o Vocal.
3) Esdrújulas Siempre.
4) La vocal débil en un diptongo (í, ú) aún en contra de las reglas 1,2,3. Ej.: Río.
5) Los infinitivos Aír, Oír, Eír. Ej.: Oír. Reír. Oírle. Reírse.
6) La combinación UI, sólo si está regida por las reglas 1,2,3.
7) Que, Como, Cuando, Donde y Quien, si forman parte de una pregunta o
exclamación.
8) Mi, Tu, El, Este, Ese, Aquel, con sus femeninos y plurales, si se refieren a un
pronombre.
9) Sólo, cuando significa Solamente.
10) Aún, cuando significa Todavía.
11) Vio, Dio, Fue, Fui, nunca llevan acento.
12) Los monosílabos nunca llevan, excepto marcan diferencias. Ej.: Si, Sí. Te, Té.
El, Él.
13) Las palabras simples que forman una compuesta, pierden el acento como
simples, y la palabra compuesta se rige por las reglas anteriores,
14) La palabras terminadas en MENTE, se acentúan si la palabra por la que está
formada también lo llevara. Ej.: Cortés. Cortésmente.
15) Las palabras unidas por un guión se consideran simples y llevan acento sólo
si la palabra lo llevara. Ej.: Hispano-Francés.
16) Si una forma verbal no lleva acento y se junta con uno o más pronombres
transformándose en esdrújula, sí lleva. Ej.: Di. Dímelo.
RELACIONES:
Infinitivos : Tiempo. Ej.: Leer. Leyó. Reír, Reírse
Pronombre : Ej.: Éste es de quien hablé.
Adjetivo: Relación directa que califica o determina. Ej.: Calor. Frío.

GRAMATICA:
C-CC = Deriva de CT. Ej.: Acto. Perfecto. Acción. Perfección.
C-Z = Ca, Ce, Ci, Co, Cu. Ej.: Caracoles cuestan cinco centavos.
   Za, Zo, Zu. Ej.: Zurdo. Zapatero.
   Al final de una sílaba. Ej.: Reflector. Actor.
   Al final de palabra. Ej.: Tapiz. Perdiz.
D-Z = Sólo se confunden al final de la palabra. Formar el plural de la palabra
dudosa. Si termina en CES, su singular es Z; si termina en DES, su singular es
D. Ej.: Perdiz (Perdices). Césped (Céspedes).
I-Y = Si la palabra que termina con sonido I, lleva acento (tónico o gráfico), se
escribe con I.,  si no lleva acento es con Y.
 Y-LL = Formar el singular de la palabra dudosa. Si sonoramente termina con I,
se escribe con Y; si termina en E, se escribe con LL. Ej.: Ley. Leyes. Calle.
Calles. Si no termina con ese sonido (I o Y), es porque lleva Y. Ej.: Leer. Leyó.
R-RR = La RR sólo se escribe entre dos vocales. Ej. Arrebatar.
S-X = Las palabras compuestas del prefijo EX o EXTRA (que significan “fuera
de”), de lo contrario se escriben con S. Ej.: Extraer, explanada. También llevan X,
las palabras que le siguen una H, o bien pla, ple, pli, plo, plu.

PALABRAS QUE SE ESCRIBEN JUNTAS :
Alrededor. Anteanoche. Anteayer. Besamanos. Bienhablado. Bienintencionado.
Buscapleitos. Buscavidas. Compraventa. Contrabarrera. Contraorden.
Contrapeso. Contrapuesto. Deshonor. Entreacto. Entredicho. Entrelíneas.
Entretiempo. Hazmerreír. Limpiaúñas. Malaventura. Quienquiera. Radioyente.
Rompehielos. Sinnúmero. Sobrentender. Verdinegro.

MAYUSCULAS:
Se escriben con mayúscula: Nombres, al comienzo de cualquier escrito.
Después de un punto. Después de dos puntos cuando se citan palabras
textuales. Los títulos de jerarquía. los nombres seguidos de apodos (Guzmán el
Bueno). instituciones y cargos públicos.

SE ESCRIBEN CON B:
1) Tiempo pasado terminado en BIR. Excepto: Hervir, Servir, Vivir y sus
compuestos.
2) Los verbos: beber, caber, Deber, Haber, Saber.
3) Tiempo pasado terminados en Ba, Bas. Bamos, Bais, Ban. Ej.: Amábamos.
Cantábamos.
4) Las terminadas en Bilidad, Bundo/a. Excepto Movilidad (deriva de móvil).
Civilidad (civil).
5) Toda consonante que preceda a B. Ej.: Abnegación. Abdicar.
6)Todos los derivados y compuestos de Barco. Ej.: Embarcar/se/mos/ramos.
7) Tiempo pasado del verbo Ir. Ej.: Iba, Íbamos.
8) Las sílabas Bla, Ble, Bli, Blo, Blu, Bra, Bre, Bri, Bro, Bru.
9) Los compuestos de Bi, Bis, Biz. (doble) Ej.: binomio. Bicampeón. Bípedo.
10) La palabras que empiezan por Ban, Abo, Bu, Bur, Bus, Ab, Obs, Sub, Tri,
Tur, Nu, Su, Cu, Ca, Al. Excepto Trivial, Cavar, Caverna, Cavilar, Cavidad.
11) Entre las palabras que llevan MB. Ej.: Hombre, Hombría.

SE ESCRIBEN CON C:
La C tiene dos sonidos. Uno es parecido a la Z y el otro a la K.
1) Cuando el sonido parece Z (va siempre antes de E, Y). Ej.: Cereza. Cielito.
2) Cuando es parecido a la K (Va siempre antes de la A, O, U, C, L, R, T). Ej.:
Cáscara, Cuba, Coseno.
3) Se escriben con C las palabras que terminan en Ancia/o. Acia/o. Excepto
Ansia. Asia, Gimnasia, Potasio.
4) Los diminutivos que terminan en Ica/o, Illa/o, Ita/o. Excepto Casilla, Cursillo,
Bolsillo, Risita, Salsita, Cosita, Mansito, Besito.
5) Las palabras terminadas en Icia,/e/o. Excepto derivados de Lisiar y el nombre
Dionicio.
6) El plural de las palabras terminadas en Z. Ej.: Pez, Peces.
7) Los verbos terminados en Cer, Ceder, Cender, Cir, Cibir, Cidir. Excepto
Presidir, residir.
8) Los verbos terminados en Cimiento derivados de verbos terminados en Cer,
Cir. Ej.: Florecer, Florecimiento.
9) Palabras comunes con doble C: Reducción, Restricción, Aflicción, Accidente,
Infección, Diccionario.

SE ESCRIBEN CON G:
La G tiene dos sonidos. Uno es suave, como Amigo, Glosa (antes de la A, O, U);
y el otro es fuerte, parecido a la J, como  Genio, Giro (antes de la E, I).
1) Si es suave con E o I, a la G se le pone una U en medio. Ej.: Guerra.
2) Al final de la sílaba, fuerte, lleva G. Ej.: Signo, Ignición. Excepto Reloj.
3) Las palabras que empiezan con Geo.
4) Las que llevan Gn, Gm.
5) Las que terminan con gia, gio, Gía, gion, gional, gionario, gioso, Gen, Gélico,
Genario, Género, Genio, Génito, Gesiman, Gésimo, Gético, Giénico, Gimal,
Gíneo, Ginoso, Gismo, ogia, ógico/a, ígeno/a, ígero/a, con sus femeninos y
plurales, excepto Aguajinoso, Espejismo, Salvajismo. Bujía, Herejía, Lejía.
6) Tiempo pasado terminado en Ger, Gir, Igerar y similares, excepto las que
tengan sonido Ja/o y las palabras Tejer, Crujir y derivados.
7) Cuando la U colocada entre la G y una de las vocales E, I, con sonido
independiente, llevan dos puntos encima. Ej.: Vergüenza, Pingüino.

SE ESCRIBEN CON H:
1) Las palabras que empiezan con Hum, Hip, Hidr, Hist, Hom, Hon.
2) Las palabras que empiezan con IE, UE, ui, ia y derivados, mientras conserven
el diptongo, de lo contrario van sin H. Ej.: Huida, Huelo, Hiela.
3) Todas las formas del verbo Haber, He, Habías. Has. Ej.: Para saber si el verbo
pertenece a Haber, reemplazar éste por Han. Ha amado = Han amado.
4) Todas las formas del verbo Hacer, Hallar, Hablar, Huir.
5) Los compuestos y derivados de las palabras que se escriben con H. Ej.:
Deshonra, Deshilvanar. Excepto. Óvalo (huevo), Orfandad (Huérfano), Oquedad
(hueco).
6) La palabra Hierro y sus derivados. Ej.: Herrado, Herraje.
7) Las que comiencen con el prefijo Hidro/a, Hecto, Hemi, Hepta, Hexa y demás
griegos.
8) Las palabras simples que forman compuesta, no la pierden. Ej.: hábil, Inhábil,
hacer, deshacer.

SE ESCRIBEN CON J:
1) Las voces fuertes Ja, Jo, Ju, Je, Ji. Aje, Eje, Jera, Jero. Ej.: Dijeron (decir).
Conduje (conducir). Excepción.: Esfinge, Falange, Laringe. Ligero, Exagero.
2) Las palabras Terminadas en Jería.
3) Las personas y el verbo en pasado que lleven J. Ej.: Tejía. Tejeremos.

SE ESCRIBEN CON M:
1) Se usa M, antes de B, P.
2) Palabras comunes con MN: Insomne, Alumnas, Solemnidad.
3) Palabras comunes con NM: Inmaterial, Inmensidad, Conmigo.

SE ESCRIBEN CON N:
1) Se usa N antes de V, f.
2) En las palabras que empiezan con Cons, Ins, Circuns, Trans.

SE ESCRIBEN CON R:
1) Lleva doble RR cuando va entre dos vocales. Ej.: Burro, Carro.

SE ESCRIBEN CON S:
1) Palabras terminadas en Ersa/e/o, Esta/o, Osa/o, Ísimo/a, Sión, Ésimo, Sible,
Sivo, Sor.
2) Palabras que indican oficio o dignidades femeninas terminadas en Esa, Isa.
Ej.: Poetisa, Marquesa.
3) Se usa S en terminaciones ES de adjetivos gentilicios. Ej.: Dinamarqués.
Francés, Portugués.
4) En todos los plurales.

SE ESCRIBEN CON V:
1) Se usa V después de Ad, Ol. Ej.: Advertencia, Advenedizo, Olvida, Disolve.
2) Los adjetivos terminados en Ava, Ave, Avo, Eve, Evo, Iva, Ivo. Exceptuando
Árabe. Concebir, Recibir, Percibir y sus derivados, y Arriba, Derriba.
3) Pasado del verbo Ir. Ej.: Anduvo, Estuvo, Sostuve
4) Las voces que empiezan con Vice, Villa.
5) Las palabras terminadas en Viro, Vira, ívoro, ívora. Excepto Víbora.
6) Derivados y compuestos de Revivir.
7) Palabras que contengan Voca, Serva. Ej.: Revocado. Conservaron.
Exceptuando Boca y sus derivados.
8) Las palabras que empiezan por Ven, Ver, Ves. Exceptuando las palabras
que  se compongan de Bene (bueno).
9) Derivados en tiempo pasado de Tener, Estar, Andar. Ej.: Anduve, Anduviste,
tuve, Tuviese.

SE ESCRIBEN CON Y:
1) Palabras comunes: Yarará, Yeso, Yacer.

SE ESCRIBEN CON Z:
1) La palabras terminadas en Azo, (indican golpe). Ej.: Mazazo, Flechazo.
2) Palabras aumentativas terminadas en Aza/o. Ej.: Piernaza, Manaza.
3) Palabras terminadas en Eza, Izo. Ej.: Limpieza, Huidizo.

USO DE LAS COMAS :
Se escriben entre dos comas las expresiones: Esto es, Es decir, En fin, Por
último, Por consiguiente, Sin embargo, No obstante.

HOMONIMOS: (Palabras de distinto significado pero igual sonido).

Bello (Hermoso)
Bidente (Dos dientes)
Botar (Echar un barco al agua)
Cabo (Extremo de un objeto)
Casar (Matrimonio)
Cegar (Ceguera)
Cesión (Verbo Ceder)
Ciento (Número)
Cima (Cumbre)
Cocido (Cocinado)
Embestir (Ir contra alguien)
Errar (Equivocarse)
Grabar (Labrar)
Ha (Verbo Haber)
Hablando (Hablar)
Habría (Verbo haber)
Hacia ( Preposición)
Hasta (Preposición)
Hierro (Metal)
Hierva (Hervir)
Hola (Saludar)
Huso (Instrumento para hilar)
Lección (Lectura)
Lazo (Atadura)
Losa (Piedra)
Mesa (Mueble)
Rasa (Del verbo rasar)
Revelar (Descubrir)
vello (Pelo corto y fino)
vidente (Que ve)
votar (Dar voto)
Cavo (Verbo cavar)
Cazar (Captura de animales)
Segar (Cortar)
Sesión (Reunión)
Siento (Sentir)
Sima (Profundidad)
Cosido (Costura)
Emvestir (Conferir un cargo)
Herrar (Herradura)
Gravar (Cargar)
A (Preposición)
Ablando (Verbo ablandar)
Abría (Verbo abrir)
Asia (Continente)
Asta (Cuerno)
Yerro (Equivocación)
Hierba (Planta)
Ola (Onda de mar)
Uso (Hábito)
Lesión (Daño)
Laso (Cansado)
Loza (Tipo de vajilla)
Meza (Del verbo mecer, mover)
Raza (Linaje)
Rebelar (Sublevar)

    - * -

MODELOS DE CONJUGACION IRREGULAR

Variaciones gráficas
En la conjugación de algunos verbos se presentan una serie de modificaciones
que no deben ser consideradas como irregularidades, sino que se deben a
reglas puramente ortográficas. Dichas modificaciones son las siguientes:

1. SACAR 2. MECER 3. ZURCIR 4. REALIZAR 5. PROTEGER
6. DIRIGIR 7. LLEGAR 8. DISTINGUIR 9. DELINQUIR

Los verbos terminados en -jar, -jer y -jir conservan la j en todos los tiempos y
personas.

1. SACAR   (la c se convierte en qu delante de e)
Indicativo Indefinido
saqué, sacaste, sacó, sacamos, sacasteis, sacaron.
Subjuntivo Presente
saque, saques, saque, saquemos, saquéis, saquen.
Imperativo
saca (tú), saque (él), saquemos (nos.), sacad (vos.), saquen (ellos).

2. MECER   (la c se convierte en z delante de a y o)
Indicativo Presente
mezo, meces, mece, mecemos, mecéis, mecen.
Subjuntivo Presente
meza, mezas, meza, mezamos, mezáis, mezan.
Imperativo
mece (tú), meza (él), mezamos (nos.), meced (vos.), mezan (ellos).

3. ZURCIR   (la c se convierte en z delante de a y o)
Indicativo Presente
zurzo, zurces, zurce, zurcimos, zurcís, zurcen.
Subjuntivo Presente
zurza, zurzas, zurza, zurzamos, zurzáis, zurzan.
Imperativo
zurce (tú), zurza (él), zurzamos (nos.), zurcid (vos.), zurzan (ellos).

4. REALIZAR   (la z se convierte en c delante de e)
Indicativo Indefinido
realicé, realizaste, realizó, realizamos, realizasteis, realizaron.
Subjuntivo Presente
realice, realices, realice, realicemos, realicéis, realicen.
Imperativo
realiza (tú), realice (él), realicemos (nos.), realizad (vos.), realicen (ellos).

5. PROTEGER   (la g se convierte en j delante de a y o)
Indicativo Presente
protejo, proteges, protege, protegemos, protegéis, protegen.
Subjuntivo Presente
proteja, protejas, proteja, protejamos, protejáis, protejan.
Imperativo
protege (tú), proteja (él), protejamos (nos.), proteged (vos.), protejan (ellos).

6. DIRIGIR   (la g se convierte en j delante de a y o)
Indicativo Presente
dirijo, diriges, dirige, dirigimos, dirigís, dirigen.
Subjuntivo Presente
dirija, dirijas, dirija, dirijamos, dirijáis, dirijan.
Imperativo
dirige (tú), dirija (él), dirijamos (nos.), dirigid (vos.), dirijan (ellos).

7. LLEGAR   (la g se convierte en gu delante de e)
Indicativo Indefinido
llegué, llegaste, llegó, llegamos, llegasteis, llegaron.
Subjuntivo Presente
llegue, llegues, llegue, lleguemos, lleguéis, lleguen.
Imperativo
llega (tú), llegue (él), lleguemos (nos.), llegad (vos.), lleguen (ellos).

8. DISTINGUIR (gu se convierte en g delante de a y o)
Indicativo Presente
distingo, distingues, distingue, distinguimos, distinguís, distinguen.
Subjuntivo Presente
distinga, distingas, distinga, distingamos, distingáis, distingan.
Imperativo
distingue (tú), distinga (él), distingamos (nos.), distinguid (vos.), distingan
(ellos).

9. DELINQUIR   (qu se convierte en c delante de a y o)
Indicativo Presente
delinco, delinques, delinque, delinquimos, delinquís, delinquen.
Subjuntivo Presente
delinca, delincas, delinca, delincamos, delincáis, delincan.
Imperativo
delinque (tú), delinca (él), delincamos (nos.), delinquid (vos.), delincan (ellos).

Modificaciones en la acentuación
Verbos terminados en -uar o -iar
La u o la i pueden permanecer átonas en toda la conjugación y, por tanto, no
llevar nunca tilde o, por el contrario, acentuarse en algunos tiempos y personas.
Aparte de esta peculiaridad, estos verbos son regulares en su conjugación.

10. ADECUAR* 11. ACTUAR 12. CAMBIAR* 13. DESVIAR 14.
AUXILIAR

10. ADECUAR  * (u átona)
Indicativo Presente
adecuo, adecuas, adecua, adecuamos, adecuáis, adecuan.
Subjuntivo Presente
adecue, adecues, adecue, adecuemos, adecuéis, adecuen.
Imperativo
adecua (tú), adecue (él), adecuemos (nos.), adecuad (vos.), adecuen (ellos).

Verbo regular. Se incluye como modelo de conjugación para diferenciarlo de los
otros verbos que rompen el diptongo en determinados tiempos y personas.

11. ACTUAR   (ú acentuada en determinados tiempos y personas)
Indicativo Presente
actúo, actúas, actúa, actuamos, actuáis, actúan.
Subjuntivo Presente
actúe, actúes, actúe, actuemos, actuéis, actúen.
Imperativo
actúa (tú), actúe (él), actuemos (nos.), actuad (vos.), actúen (ellos).

12. CAMBIAR  * (i átona)
Indicativo Presente
cambio, cambias, cambia, cambiamos, cambiáis, cambian.
Subjuntivo Presente
cambie, cambies, cambie, cambiemos, cambiéis, cambien.
Imperativo
cambia (tú), cambie (él), cambiemos (nos.), cambiad (vos.), cambien (ellos).

Verbo regular. Se incluye como modelo de conjugación para diferenciarlo de los
otros verbos que rompen el diptongo en determinados tiempos y personas.

13. DESVIAR   (í acentuada en determinados tiempos y personas)
Indicativo Presente
desvío, desvías, desvía, desviamos, desviáis, desvían.
Subjuntivo Presente
desvíe, desvíes, desvíe, desviemos, desviéis, desvíen.
Imperativo
desvía (tú), desvíe (él), desviemos (nos.), desviad (vos.), desvíen (ellos).

14. AUXILIAR   (la i puede ser átona o tónica)
Indicativo Presente
auxilío, auxilías, auxilía, auxiliamos, auxiliáis, auxilían;
o  auxilio, auxilias, auxilia, auxiliamos, auxiliáis, auxilian.
Subjuntivo Presente
auxilíe, auxilíes, auxilíe, auxiliemos, auxiliéis, auxilíen; o auxilie, auxilies, auxilie,
auxiliemos, auxiliéis, auxilien.
Imperativo
auxilía (tú), auxilíe (él), auxiliemos (nos.), auxiliad, (vos.), auxilíen (ellos)o auxilia
(tú), auxilie (él), auxiliemos (nos.), auxiliad (vos.), auxilien (ellos).

Verbos con diptongos en la raíz.
Algunos verbos rompen el diptongo y, por tanto, la u y la i llevan tilde en
determinados tiempos y personas.

15. AISLAR 16. AUNAR 17. DESCAFEINAR 18. REHUSAR 19.
REUNIR 20. AMOHIUNAR 21. PROHIBIR

* Verbo regular. Se incluye como modelo de conjugación para diferenciarlo de
los otros verbos que rompen el diptongo en determiados tiempos y personas.

15. AISLAR   (í acentuada en determinados tiempos y personas)
Indicativo Presente
aíslo, aíslas, aísla, aislamos, aisláis, aíslan.
Subjuntivo Presente
aísle, aísles, aísle, aislemos, aisléis, aíslen.
Imperativo
aísla (tú), aísle (él), aislemos (nos.), aislad (vos.), aíslen (ellos).

16. AUNAR   (ú acentuada en determinados tiempos y personas)
Indicativo Presente
aúno, aúnas, aúna, aunamos, aunáis, aúnan.
Subjuntivo Presente
aúne, aúnes, aúne, aunemos, aunéis, aúnen.
Imperativo
aúna (tú), aúne (él), aunemos (nos.), aunad (vos.), aúnen (ellos).

17. DESCAFEINAR   (í acentuada en determinados tiempos y personas)
Indicativo Presente
descafeíno, descafeínas, descafeína, descafeinamos, descafeináis,
descafeínan.
Subjuntivo Presente
descafeíne, descafeínes, descafeíne, descafeinemos, descafeinéis,
descafeínen.
Imperativo
descafeína (tú), descafeíne (él), descafeinemos (nos.), descafeinad (vos.),
descafeínen (ellos).

18. REHUSAR   (ú acentuada en determinados tiempos y personas)
Indicativo Presente
rehúso, rehúsas, rehúsa, rehusamos, rehusáis, rehúsan.
Subjuntivo Presente
rehúse, rehúses, rehúse, rehusemos, rehuséis, rehúsen.
Imperativo
rehúsa (tú), rehúse (él), rehusemos (nos.), rehusad (vos.), rehúsen (ellos).

19. REUNIR   (ú acentuada en determinados tiempos y personas)
Indicativo Presente
reúno, reúnes, reúne, reunimos, reunís, reúnen.
Subjuntivo Presente
reúna, reúnas, reúna, reunamos, reunáis, reúnan.
Imperativo
reúne (tú), reúna (él), reunamos (nos.), reunid (vos.), reúnan (ellos).

20. AMOHINAR   (í acentuada en determinados tiempos y personas)
Indicativo Presente
amohíno, amohínas, amohína, amohinamos, amohináis, amohínan.
Subjuntivo Presente
amohíne, amohínes, amohíne, amohinemos, amohinéis, amohínen.
Imperativo
amohína (tú), amohíne (él), amohinemos (nos.), amohinad (vos.), amohínen
(ellos).

21. PROHIBIR   (í acentuada en determinados tiempos y personas)
Indicativo Presente
prohíbo, prohíbes, prohíbe, prohibimos, prohibís, prohíben.
Subjuntivo Presente
prohíba, prohíbas, prohíba, prohibamos, prohibáis, prohíban.
Imperativo
prohíbe (tú), prohíba (él), prohibamos (nos.), prohibid (vos.), prohíban (ellos).

Variaciones gráficas y cambios en la acentuación
En este grupo incluimos aquellos verbos que presentan los dos tipos de
modificaciones a la vez.

22. AVERIGUAR 23. AHINCAR 24. ENRAIZAR 25. CABRAHIGAR
 26. HOMOGENEIZAR

22. AVERIGUAR (ú átona; gu pasa a gü delante de e)
Indicativo Indefinido
averigüé, averiguaste, averiguó, averiguamos, averiguasteis, averiguaron.
Subjuntivo Presente
averigüe, averigües, averigüe, averigüemos, averigüéis, averigüen.
Imperativo
averigua (tú), averigüe (él), averigüemos (nos.), averiguad (vos.), averigüen
(ellos).

23. AHINCAR   (í acentuada en determinados tiempos y personas; la c se
convierte en qu delante de e)
Indicativo Presente
ahínco, ahíncas, ahínca, ahincamos, ahincáis, ahíncan.
Indefinido
ahinqué, ahincaste, ahincó, ahincamos, ahincasteis, ahincaron.
Subjuntivo Presente
ahínque, ahínques, ahínque, ahinquemos, ahinquéis, ahínquen.
Imperativo
ahínca (tú), ahínque (él), ahinquemos (nos.), ahincad (vos.), ahínquen (ellos).

24. ENRAIZAR   (í acentuada en determinados tiempos y personas; la z se
convierte en c delante de e)
Indicativo Presente
enraízo, enraízas, enraíza, enraizamos, enraizáis, enraízan.
Indefinido
enraicé, enraizaste, enraizó, enraizamos, enraizasteis, enraizaron.
Subjuntivo Presente
enraíce, enraíces, enraíce, enraicemos, enraicéis, enraícen.
Imperativo
enraíza (tú), enraíce (él), enraicemos (nos.), enraizad (vos.), enraícen (ellos).

25. CABRAHIGAR  (í acentuada en determinados tiempos y personas; la g
se convierte en gu delante de e)
Indicativo Presente
cabrahígo, cabrahígas, cabrahíga, cabrahigamos, cabrahigáis, cabrahígan.
Indefinido
cabrahigué, cabrahigaste, cabrahigó, cabrahigamos, cabrahigasteis,
cabrahigaron.
Subjuntivo Presente
cabrahígue, cabrahígues, cabrahígue, cabrahiguemos, cabrahiguéis,
cabrahíguen.
Imperativo
cabrahíga (tú), cabrahígue (él), cabrahiguemos (nos.), cabrahigad (vos.),
cabrahíguen (ellos).

26. HOMOGENEIZAR   (í acentuada en determinados tiempos y personas,
la z se convierte en c delante de e)
Indicativo Presente
homogeneízo, homogeneízas, homogeneíza, homogeneizamos,
homogeneizáis, homogeneízan.
Indefinido
homogeneicé, homogeneizaste, homogeneizó, homogeneizamos,
homogeneizasteis, homogeneizaron.
Subjuntivo Presente
homogeneíce, homogeneíces, homogeneíce, homogeneicemos,
homogeneicéis, homogeneícen.
Imperativo
homogeneíza (tú), homogeneíce (él), homogeneicemos (nos.), homogeneizad
(vos.), homogeneícen (ellos).

VERBOS DE IRREGULARIDAD SISTEMATICA
En este grupo incluimos aquellos verbos que presentan los siguientes tipos de
irregularidad:

o Diptongación de la vocal de la raíz en sílaba tónica.
o Debilitación de la vocal de la raíz.
o Pérdida de la vocal de la desinencia por influencia de la consonante de la
raíz.
o Adición de una consonante a la consonante final de la raíz.

27. ACERTAR 28. ENTENDER 29. DISCERNIR 30. ADQUIRIR
31. CONTAR 32. MOVER 33. DORMIR 34. SERVIR 35. HERVIR 36.CEÑIR 37.
REIR 38. TAÑER 39. EMPELLER 40. MUÑIR 41.MULLIR 42. NACER
43.AGRADECER 44. CONOCER 45.LUCIR 46.CONDUCIR

27. ACERTAR   (la e diptonga en ie en sílaba tónica)
Indicativo Presente
acierto, aciertas, acierta, acertamos, acertáis, aciertan.
Subjuntivo Presente
acierte, aciertes, acierte, acertemos, acertéis, acierten.
Imperativo
acierta (tú), acierte (él), acertemos (nos.), acertad (vos.), acierten (ellos).

28. ENTENDER   (la e diptonga en ie en sílaba tónica)
Indicativo Presente
entiendo, entiendes, entiende, entendemos, entendéis, entienden.
Subjuntivo Presente
entienda, entiendas, entienda, entendamos, entendáis, entiendan.
Imperativo
entiende (tú), entienda (él), entendamos (nos.), entended (vos.), entiendan
(ellos).

29. DISCERNIR (la e diptonga en ie en sílaba tónica)
Indicativo Presente
discierno, disciernes, discierne, discernimos, discernís, disciernen.
Subjuntivo Presente
discierna, disciernas, discierna, discernamos, discernáis, disciernan.
Imperativo
discierne (tú), discierna (él), discernamos (nos.), discernid (vos.), disciernan
(ellos).

30. ADQUIRIR   (la i diptonga en ie en sílaba tónica)
Indicativo Presente
adquiero, adquieres, adquiere, adquirimos, adquirís, adquieren.
Subjuntivo Presente
adquiera, adquieras, adquiera, adquiramos, adquiráis, adquieran.
Imperativo
adquiere (tú), adquiera (él), adquiramos (nos.), adquirid (vos.), adquieran
(ellos).

31. CONTAR   (la o diptonga en ue en sílaba tónica)
Indicativo Presente
cuento, cuentas, cuenta, contamos, contáis, cuentan.
Subjuntivo Presente
cuente, cuentes, cuente, contemos, contéis, cuenten.
Imperativo
cuenta (tú), cuente (él), contemos (nos.), contad (vos.), cuenten (ellos).

32. MOVER   (la o diptonga en ue en sílaba tónica)
Indicativo Presente
muevo, mueves, mueve, movemos, movéis, mueven.
Subjuntivo Presente
mueva, muevas, mueva, movamos, mováis, muevan.
Imperativo
mueve (tú), mueva (él), movamos (nos.), moved (vos.), muevan (ellos).

33. DORMIR   (la o diptonga en ue en sílaba tónica o en u en determinados
tiempos y personas)
Indicativo Presente
duermo, duermes, duerme, dormimos, dormís, duermen.
Indefinido
dormí, dormiste, durmió, dormimos, dormisteis, durmieron.
Subjuntivo Presente
duerma, duermas, duerma, durmamos, durmáis, duerman.
Imperfecto
durmiera, durmieras, durmiera, durmiéramos, durmierais, durmieran; o
durmiese, durmieses, durmiese, durmiésemos, durmieseis, durmiesen.
Futuro
durmiere, durmieres, durmiere, durmiéremos, durmiereis, durmieren.
Imperativo
duerme (tú), duerma (él), durmamos (nos.), dormid (vos.), duerman (ellos).

34. SERVIR   (la e debilita en i en determinados tiempos y personas)
Indicativo Presente
sirvo, sirves, sirve, servimos, servís, sirven.
Indefinido
serví, serviste, sirvió, servimos, servisteis, sirvieron.
Subjuntivo Presente
sirva, sirvas, sirva, sirvamos, sirváis, sirvan.
Imperfecto
sirviera, sirvieras, sirviera, sirviéramos, sirvierais, sirvieran; o sirviese, sirvieses,
sirviese, sirviésemos, sirvieseis, sirviesen.
Futuro
sirviere, sirvieres, sirviere, sirviéremos, sirviereis, sirvieren.
Imperativo
sirve (tú), sirva (él), sirvamos (nos.), servid (vos.), sirvan (ellos).

35. HERVIR   (la e diptonga en ie en sílaba tónica o se convierte en ien
determinados tiempos y personas)
Indicativo Presente
hiervo, hierves, hierve, hervimos, hervís, hierven.
Indefinido
herví, herviste, hirvió, hervimos, hervisteis, hirvieron.
Subjuntivo Presente
hierva, hiervas, hierva, hirvamos, hirváis, hiervan.
Imperfecto
hirviera, hirvieras, hirviera, hirviéramos, hirvierais, hirvieran; o  hirviese,
hirvieses, hirviese, hirviésemos, hirvieseis, hirviesen.
Futuro
hirviere, hirvieres, hirviere, hirviéremos, hirviereis, hirvieren.
Imperativo
hierve (tú), hierva (él), hirvamos (nos.), hervid (vos.), hiervan (ellos).

36. CEÑIR   (la i de la desinencia se pierde absorbida por la ñ y la e se
convierte en i en determinados tiempos y personas)
Indicativo Presente
ciño, ciñes, ciñe, ceñimos, ceñís, ciñen.
Indefinido
ceñí, ceñiste, ciñó, ceñimos, ceñisteis, ciñeron.
Subjuntivo Presente
ciña, ciñas, ciña, ciñamos, ciñáis, ciñan.
Imperfecto
ciñera, ciñeras, ciñera, ciñéramos, ciñerais, ciñeran; o  ciñese, ciñeses, ciñese,
ciñésemos, ciñeseis, ciñesen.
Futuro
ciñere, ciñeres, ciñere, ciñéremos, ciñereis, ciñeren.
Imperativo
ciñe (tú), ciña (él), ciñamos (nos.), ceñid (vos.), ciñan (ellos).

37. REIR   (sigue el modelo de ceñir con la diferencia de que la pérdida de la i
no se debe a la influencia de ninguna consonante)
Indicativo Presente
río, ríes, ríe, reímos, reís, ríen.
Indefinido
reí, reíste, rió, reímos, reísteis, rieron.
Subjuntivo Presente
ría, rías, ría, riamos, riáis, rían.
Imperfecto
riera, rieras, riera, riéramos, rierais, rieran; o  riese, rieses, riese, riésemos,
rieseis, riesen.
Futuro
riere, rieres, riere, riéremos, riereis, rieren.
Imperativo
ríe (tú), ría (él), riamos (nos.), reíd (vos.), rían (ellos).

38. TAÑER   (la i de la desinencia se pierde absorbida por la ñ en
determinados tiempos y personas)
Indicativo Indefinido
tañí, tañiste, tañó, tañimos, tañisteis, tañeron.
Subjuntivo Imperfecto
tañera, tañeras, tañera, tañéramos, tañerais, tañeran; o tañese, tañeses,
tañese, tañésemos, tañeseis, tañesen.
Futuro
tañere, tañeres, tañere, tañéremos, tañereis, tañeren.

39. EMPELLER   (la i de la desinencia se pierde absorbida por la ll en
determinados tiempos y personas)
Indicativo Indefinido
empellí, empelliste, empelló, empellimos, empellisteis, empelleron.
Subjuntivo Imperfecto
empellera, empelleras, empellera, empelléramos, empellerais, empelleran; o
empellese, empelleses, empellese, empellésemos, empelleseis, empellesen.
Futuro
empellere, empelleres, empellere, empelléremos, empellereis, empelleren.

40. MUÑIR   (la i de la desinencia se pierde absorbida por la ñ en
determinados tiempos y personas)
Indicativo Indefinido
muñí, muñiste, muñó, muñimos, muñisteis, muñeron.
Subjuntivo Imperfecto
muñera, muñeras, muñera, muñéramos, muñerais, muñeran; o  muñese,
muñeses, muñese, muñésemos, muñeseis, muñesen.
Futuro
muñere, muñeres, muñere, muñéremos, muñereis, muñeren.

41. MULLIR   (la i de la desinencia se pierde absorbida por la ll en
determinados tiempos y personas)
Indicativo Indefinido
mullí, mulliste, mulló, mullimos, mullisteis, mulleron.
Subjuntivo Imperfecto
mullera, mulleras, mullera, mulléramos, mullerais, mulleran; o mullese,
mulleses, mullese, mullésemos, mulleseis, mullesen.
Futuro
mullere, mulleres, mullere, mulléremos, mullereis, mulleren.

42. NACER   (la c se convierte en zc delante de a y o)
Indicativo Presente
nazco, naces, nace, nacemos, nacéis, nacen.
Subjuntivo Presente
nazca, nazcas, nazca, nazcamos, nazcáis, nazcan.
Imperativo
nace (tú), nazca (él), nazcamos (nos.), naced (vos.), nazcan (ellos).

43. AGRADECER (la c se convierte en zc delante de a y o)
Indicativo Presente
agradezco, agradeces, agradece, agradecemos, agradecéis, agradecen.
Subjuntivo Presente
agradezca, agradezcas, agradezca, agradezcamos, agradezcáis,
agradezcan.
Imperativo
agradece (tú), agradezca (él), agradezcamos (nos.), agradeced (vos.),
agradezcan (ellos).

44. CONOCER   (la c se convierte en zc delante de a y o)
Indicativo Presente
 conozco, conoces, conoce, conocemos, conocéis, conocen.
Subjuntivo Presente
conozca, conozcas, conozca, conozcamos, conozcáis, conozcan.
Imperativo
conoce (tú), conozca (él), conozcamos (nos.), conoced (vos.), conozcan
(ellos).

45. LUCIR   (la c se convierte en zc delante de a y o)
Indicativo Presente
luzco, luces, luce, lucimos, lucís, lucen.
Subjuntivo Presente
luzca, luzcas, luzca, luzcamos, luzcáis, luzcan.
Imperativo
luce (tú), luzca (él), luzcamos (nos.), lucid (vos.), luzcan (ellos).

46. CONDUCIR   (la c se convierte en zc delante de a y o; el pretérito
indefinido es irregular)
Indicativo Presente
conduzco, conduces, conduce, conducimos, conducís, conducen.
Indefinido
conduje, condujiste, condujo, condujimos, condujisteis, condujeron.
Subjuntivo Presente
conduzca, conduzcas, conduzca, conduzcamos, conduzcáis, conduzcan.
Imperfecto
condujera, condujeras, condujera, condujéramos, condujerais, condujeran; o
condujese, condujeses, condujese, condujésemos, condujeseis, condujesen.
Futuro
condujere, condujeres, condujere, condujéremos, condujereis, condujeren.
Imperativo
conduce (tú), conduzca (él), conduzcamos (nos.), conducid (vos.), conduzcan
(ellos).

VERBOS DE IRREGULARIDAD SISTEMATICA CON VARIACION GRAFICA
En este grupo incluimos aquellos verbos que participan de algunas de las
irregularidades del grupo anterior y también de variaciones gráficas.

47. EMPEZAR 48. REGAR 49. TROCAR 50. FORZAR 51.
AVERGONZAR 52. COLGAR 53. JUGAR 54. COCER 55. ELEGIR 56.
SEGUIR 57. ERRAR 58. AGORAR 59. DESOSAR 60. OLER 61.
LEER 62. HUIR 63. ARGÜIR

47. EMPEZAR   (la e diptonga en ie en sílaba tónica y z se convierte en c
delante de e)
Indicativo Presente
empiezo, empiezas, empieza, empezamos, empezáis, empiezan.
Indefinido
empecé, empezaste, empezó, empezamos, empezasteis, empezaron.
Subjuntivo Presente
empiece, empieces, empiece, empecemos, empecéis, empiecen.
Imperativo
empieza (tú), empiece (él), empecemos (nos.), empezad (vos.), empiecen
(ellos).

48. REGAR   (la e diptonga en ie en sílaba tónica; g se convierte en gu
delante de e)
Indicativo Presente
riego, riegas, riega, regamos, regáis, riegan.
Indefinido
regué, regaste, regó, regamos, regasteis, regaron.
Subjuntivo Presente
riegue, riegues, riegue, reguemos, reguéis, rieguen.
Imperativo
riega (tú), riegue (él), reguemos (nos.), regad (vos.), rieguen (ellos).

49. TROCAR   (la o diptonga en ue en sílaba tónica; c se convierte en qu
delante de e)
Indicativo Presente
trueco, truecas, trueca, trocamos, trocáis, truecan.
Indefinido
troqué, trocaste, trocó, trocamos, trocasteis, trocaron.
Subjuntivo Presente
trueque, trueques, trueque, troquemos, troquéis, truequen.
Imperativo
trueca (tú), trueque (él), troquemos (nos.), trocad (vos.), truequen (ellos).

50. FORZAR   (la o diptonga en ue en sílaba tónica; z se convierte en c
delante de e)
Indicativo Presente
fuerzo, fuerzas, fuerza, forzamos, forzáis, fuerzan.
Indefinido
forcé, forzaste, forzó, forzamos, forzasteis, forzaron.
Subjuntivo Presente
fuerce, fuerces, fuerce, forcemos, forcéis, fuercen.
Imperativo
fuerza (tú), fuerce (él), forcemos (nos.), forzad (vos.), fuercen (ellos).

51. AVERGONZAR  (la en sílaba tónica o se convierte en ue y g to gü; z se
convierte en c delante de e)
Indicativo Presente
avergüenzo, avergüenzas, avergüenza, avergonzamos, avergonzáis,
avergüenzan.
Indefinido
avergoncé, avergonzaste, avergonzó, avergonzamos, avergonzasteis,
avergonzaron.
Subjuntivo Presente
avergüence, avergüences, avergüence, avergoncemos, avergoncéis,
avergüencen.
Imperativo
avergüenza (tú), avergüence (él), avergoncemos (nos.), avergonzad (vos.),
avergüencen (ellos).

52. COLGAR   (la o diptonga en ue en sílaba tónica; g se convierte en gu
delante de e)
Indicativo Presente
cuelgo, cuelgas, cuelga, colgamos, colgáis, cuelgan.
Indefinido
colgué, colgaste, colgó, colgamos, colgasteis, colgaron.
Subjuntivo Presente
cuelgue, cuelgues, cuelgue, colguemos, colguéis, cuelguen.
Imperativo
cuelga (tú), cuelgue (él), colguemos (nos.), colgad (vos.), cuelguen (ellos).

53. JUGAR   (la u diptonga en ue en sílaba tónica y g se convierte en gu
delante de e)
Indicativo Presente
juego, juegas, juega, jugamos, jugáis, juegan.
Indefinido
jugué, jugaste, jugó, jugamos, jugasteis, jugaron.
Subjuntivo Presente
juegue, juegues, juegue, juguemos, juguéis, jueguen.
Imperativo
juega (tú), juegue (él), juguemos (nos.), jugad (vos.), jueguen (ellos).

54. COCER   (la o diptonga en ue en sílaba tónica y c se convierte en z
delante de a y o)
Indicativo Presente
cuezo, cueces, cuece, cocemos, cocéis, cuecen.
Subjuntivo Presente
cueza, cuezas, cueza, cozamos, cozáis, cuezan.
Imperativo
cuece (tú), cueza (él), cozamos (nos.), coced (vos.), cuezan (ellos).

55. ELEGIR   (la e se convierte en i en determinados tiempos y personas; g
se convierte en j delante de a y o)
Indicativo Presente
elijo, eliges, elige, elegimos, elegís, eligen.
Indefinido
elegí, elegiste, eligió, elegimos, elegisteis, eligieron.
Subjuntivo Presente
elija, elijas, elija, elijamos, elijáis, elijan.
Imperfecto
eligiera, eligieras, eligiera, eligiéramos, eligierais, eligieran; o  eligiese,
eligieses, eligiese, eligiésemos, eligieseis, eligiesen.
Futuro
eligiere, eligieres, eligiere, eligiéremos, eligiereis, eligieren.
Imperativo
elige (tú), elija (él), elijamos (nos.), elegid (vos.), elijan (ellos).

56. SEGUIR   (la e se convierte en i en determinados tiempos y personas; gu
se convierte en g delante de a y o)
Indicativo Presente
sigo, sigues, sigue, seguimos, seguís, siguen.
Indefinido
seguí, seguiste, siguió, seguimos, seguisteis, siguieron.
Subjuntivo Presente
siga, sigas, siga, sigamos, sigáis, sigan.
Imperfecto
siguiera, siguieras, siguiera, siguiéramos, siguierais, siguieran; o  siguiese,
siguieses, siguiese, siguiésemos, siguieseis, siguiesen.
Futuro
siguiere, siguieres, siguiere, siguiéremos, siguiereis, siguieren.
Imperativo
sigue (tú), siga (él), sigamos (nos.), seguid (vos.), sigan (ellos).

57. ERRAR   (la e se convierte en ye en sílaba tónica)
Indicativo Presente
yerro, yerras, yerra, erramos, erráis, yerran.
Subjuntivo Presente
yerre, yerres, yerre, erremos, erréis, yerren.
Imperativo
yerra (tú), yerre (él), erremos (nos.), errad (vos.), yerren (ellos).

58. AGORAR   (la o se convierte en ue en sílaba tónica y g se convierte en gü
delante de e)
Indicativo Presente
 agüero, agüeras, agüera, agoramos, agoráis, agüeran.
Subjuntivo Presente
agüere, agüeres, agüere, agoramos, agoréis, agüeren.
Imperativo
agüera (tú), agüere (él), agoremos (nos.), agorad (vos.), agüeren (ellos).

59. DESOSAR   (la o se convierte en hue en sílaba tónica)
Indicativo Presente
deshueso, deshuesas, deshuesa, desosamos, desosáis, deshuesan.
Subjuntivo Presente
deshuese, deshueses, deshuese, desosemos, desoséis, deshuesen.
Imperativo
deshuesa (tú), deshuese (él), desosemos (nos.), desosad (vos.), deshuesen
(ellos).

60. OLER   (la o se convierte en hue en sílabas acentuadas)
Indicativo Presente
huelo, hueles, huele, olemos, oléis, huelen.
Subjuntivo Presente
huela, huelas, huela, olamos, oláis, huelan.
Imperativo
huele (tú), huela (él), olamos (nos.), oled (vos.), huelan (ellos).

61. LEER   (la í de la desinencia se convierte en y delante de o y e)  Indicativo
Indefinido
leí, leíste, leyó, leímos, leísteis, leyeron.
Subjuntivo Imperfecto
leyera, leyeras, leyera, leyéramos, leyerais, leyeran; o  leyese, leyeses, leyese,
leyésemos, leyeseis, leyesen.
Futuro
leyere, leyeres, leyere, leyéremos, leyereis, leyeren.

75. OIR
Indicativo Presente
oigo, oyes, oye, oímos, oís, oyen.
Indefinido
oí, oíste, oyó, oímos, oísteis, oyeron.
Subjuntivo Presente
oiga, oigas, oiga, oigamos, oigáis, oigan.
Imperfecto
oyera, oyeras, oyera, oyéramos, oyerais, oyeran; o  oyese, oyeses, oyese,
oyésemos, oyeseis, oyesen.
Futuro
oyere, oyeres, oyere, oyéremos, oyereis, oyeren.
Imperativo
oye (tú), oiga (él), oigamos (nos.), oíd (vos.), oigan (ellos).

63. ARGÜIR   (la i se convierte en y delante de a, e y o; gü se convierte en gu
delante de y)
Indicativo Presente
arguyo, arguyes, arguye, argüimos, argüís, arguyen.
Indefinido
argüí, argüiste, arguyó, argüimos, argüisteis, arguyeron.
Subjuntivo Presente
arguya, arguyas, arguya, arguyamos, arguyáis, arguyan.
Imperfecto
arguyera, arguyeras, arguyera, arguyéramos, arguyerais, arguyeran; o
arguyese, arguyeses, arguyese, arguyésemos, arguyeseis, arguyesen.
Futuro
arguyere, arguyeres, arguyere, arguyéremos, arguyereis, arguyeren.
Imperativo
arguye (tú), arguya (él), arguyamos (nos.), argüid (vos.), arguyan (ellos).

VERBOS IRREGULARES
Por último, reunimos en este grupo los verbos irregulares propiamente dichos,
cuyas irregularidades son de distintos tipos y no pueden agruparse en una sola
de las clasificaciones previstas.

64. ANDAR  65. ASIR   66. CABER 67. CAER 68. DAR 69.DECIR 70. ERGUIR
71. ESTAR  72. HABER   73. HACER 74. IR 75. OIR 76. PLACER 77. PODER
78. PONER  79. PREDECIR   80. QUERER  81. RAER 82. ROER  83.SABER
84. SALIR  85.SATISFACER  86. SER  87.TENER 88. TRAER 89. VALER
90. VENIR  91. VER   92. YACER

64. ANDAR
Indicativo  Indefinido
anduve, anduviste, anduvo, anduvimos, anduvisteis, anduvieron.
Subjuntivo Imperfecto
anduviera, anduvieras, anduviera, anduviéramos, anduvierais, anduvieran; o
anduviese, anduvieses, anduviese, anduviésemos, anduvieseis, anduviesen.
Futuro
anduviere, anduvieres, anduviere, anduviéremos, anduviereis, anduvieren.

65. ASIR
Indicativo Presente
asgo, ases, ase, asimos, asís, asen.
Subjuntivo Presente
asga, asgas, asga, asgamos, asgáis, asgan.
Imperativo
ase (tú), asga (él), asgamos (nos.), asid (vos.), asgan (ellos).

66. CABER
Indicativo Presente
quepo, cabes, cabe, cabemos, cabéis, caben.
Indefinido
cupe, cupiste, cupo, cupimos, cupisteis, cupieron.
Futuro
cabré, cabrás, cabrá, cabremos, cabréis, cabrán.
Potencial
cabría, cabrías, cabría, cabríamos, cabríais, cabrían.
Subjuntivo Presente
quepa, quepas, quepa, quepamos, quepáis, quepan.
Imperfecto
cupiera, cupieras, cupiera, cupiéramos, cupierais, cupieran; o cupiese,
cupieses, cupiese, cupiésemos, cupieseis, cupiesen.
Futuro
cupiere, cupieres, cupiere, cupiéremos, cupiereis, cupieren.
Imperativo
cabe (tú), quepa (él), quepamos (nos.), cabed (vos.), quepan (ellos).

67. CAER
Indicativo Presente
caigo, caes, cae, caemos, caéis, caen.
Indefinido
 caí, caíste, cayó, caímos, caísteis, cayeron.
Subjuntivo Presente
caiga, caigas, caiga, caigamos, caigáis, caigan.
Imperfecto
cayera, cayeras, cayera, cayéramos, cayerais, cayeran; o  cayese, cayeses,
cayese, cayésemos, cayeseis, cayesen.
Futuro
cayere, cayeres, cayere, cayéremos, cayereis, cayeren.
Imperativo
cae (tú), caiga (él), caigamos (nos.), caed (vos.), caigan (ellos).

68. DAR
Indicativo Presente
doy, das, da, damos, dais, dan.
Indefinido
di, diste, dio, dimos, disteis, dieron.
Subjuntivo Presente
dé, des, dé, demos, deis, den.
Imperfecto
diera, dieras, diera, diéramos, dierais, dieran; o  diese, dieses, diese,
diésemos, dieseis, diesen.
Futuro
diere, dieres, diere, diéremos, diereis, dieren.
Imperativo
da (tú), dé (él), demos (nos.), dad (vos.), den (ellos).

69. DECIR
Indicativo Presente
digo, dices, dice, decimos, decís, dicen.
Indefinido
dije, dijiste, dijo, dijimos, dijisteis, dijeron.
Futuro
diré, dirás, dirá, diremos, diréis, dirán.
Potencial
diría, dirías, diría, diríamos, diríais, dirían.
Subjuntivo Presente
diga, digas, diga, digamos, digáis, digan.
Imperfecto
dijera, dijeras, dijera, dijéramos, dijerais, dijeran; o  dijese, dijeses, dijese,
dijésemos, dijeseis, dijesen.
Futuro
dijere, dijeres, dijere, dijéremos, dijereis, dijeren.
Imperativo
di (tú), diga (él), digamos (nos.), decid (vos.), digan (ellos).
Participio pasado
dicho,-a.

70. ERGUIR
Indicativo Presente
irgo, irgues, irgue, erguimos, erguís, irgen; o  yergo, yergues, yergue,
erguimos, erguís, yergen.
Indefinido
erguí, erguiste, irguió, erguimos, erguisteis, irguieron.
Subjuntivo Presente
irga, irgas, irga, irgamos, irgáis, irgan; o  yerga, yergas, yerga, irgamos, irgáis,
yergan.
Imperfecto
irguiera, irguieras, irguiera, irguiéramos, irguierais,irguieran; o  irguiese,
irguieses, irguiese, irguiésemos, irguieseis, irguiesen.
Futuro
irguiere, irguieres, irguiere, irguiéremos, irguiereis, irguieren.
Imperativo
irgue, yergue (tú), irga, yerga (él), irgamos (nos.), erguid (vos.), irgan, yergan
(ellos).

71. ESTAR
Indicativo Presente
estoy, estás, está, estamos, estáis, están.
Imperfecto
estaba, estabas, estaba, estábamos, estabais, estaban.
Indefinido
estuve, estuviste, estuvo, estuvimos, estuvisteis, estuvieron.
Futuro
estaré, estarás, estará, estaremos, estaréis, estarán.
Potencial
estaría, estarías, estaría, estaríamos, estaríais, estarían.
Subjuntivo Presente
esté, estés, esté, estemos, estéis, estén.
Imperfecto
estuviera, estuvieras, estuviera, estuviéramos, estuvierais, estuvieran; o
estuviese, estuvieses, estuviese, estuviésemos, estuvieseis, estuviesen.
Futuro
estuviere, estuvieres, estuviere, estuviéremos, estuviereis, estuvieren.
Imperativo
está (tú), esté (él), estemos (nos.), estad (vos.), estén (ellos).

72. HABER
Indicativo Presente
he, has, ha, hemos, habéis, han.
Imperfecto
había, habías, había, habíamos, habíais, habían.
Indefinido
hube, hubiste, hubo, hubimos, hubisteis, hubieron.
Futuro
habré, habrás, habrá, habremos, habréis, habrán.
Potencial
habría, habrías, habría, habríamos, habríais, habrían.
Subjuntivo Presente
haya, hayas, haya, hayamos, hayáis, hayan.
Imperfecto
hubiera, hubieras, hubiera, hubiéramos, hubierais, hubieran; o hubiese,
hubieses, hubiese, hubiésemos, hubieseis, hubiesen.
Futuro
hubiere, hubieres, hubiere, hubiéremos, hubiereis, hubieren.
Imperativo
he (tú), haya (él), hayamos (nos.), habed (vos.), hayan (ellos).

73. HACER
Indicativo Presente
hago, haces, hace, hacemos, hacéis, hacen.
Indefinido
hice, hiciste, hizo, hicimos, hicisteis, hicieron.
Futuro
haré, harás, hará, haremos, haréis, harán.
Potencial
haría, harías, haría, haríamos, haríais, harían.
Subjuntivo Presente
haga, hagas, haga, hagamos, hagáis, hagan.
Imperfecto
hiciera, hicieras, hiciera, hiciéramos, hicierais, hicieran; o hiciese, hicieses,
hiciese, hiciésemos, hicieseis, hiciesen
Futuro
hiciere, hicieres, hiciere, hiciéremos, hiciereis, hicieren.
Imperativo
haz (tú), haga (él), hagamos (nos.), haced (vos.), hagan (ellos).
Participio pasado
hecho,-a.

74. IR
Indicativo Presente
voy, vas, va, vamos, vais, van.
Imperfecto
iba, ibas, iba, íbamos, ibais, iban.
Indefinido
fui, fuiste, fue, fuimos, fuisteis, fueron.
Subjuntivo Presente
vaya, vayas, vaya, vayamos, vayáis, vayan.
Imperfecto
fuera, fueras, fuera, fuéramos, fuerais, fueran; o  fuese, fueses, fuese,
fuésemos, fueseis, fuesen.
Futuro
fuere, fueres, fuere, fuéremos, fuereis, fueren.
Imperativo
ve (tú), vaya (él), vayamos (nos.), id (vos.), vayan (ellos).

75. OIR
Indicativo Presente
oigo, oyes, oye, oímos, oís, oyen.
Indefinido
oí, oíste, oyó, oímos, oísteis, oyeron.
Subjuntivo Presente
oiga, oigas, oiga, oigamos, oigáis, oigan.
Imperfecto
oyera, oyeras, oyera, oyéramos, oyerais, oyeran; o  oyese, oyeses, oyese,
oyésemos, oyeseis, oyesen.
Futuro
oyere, oyeres, oyere, oyéremos, oyereis, oyeren.
Imperativo
oye (tú), oiga (él), oigamos (nos.), oíd (vos.), oigan (ellos).

76. PLACER
Indicativo Presente
plazco, places, place, placemos, placéis, placen.
Indefinido
plací, placiste, plació o plugo, placimos, placisteis, placieron o pluguieron.
Subjuntivo Presente
plazca, plazcas, plazca o plegue, plazcamos, plazcáis, plazcan.
Imperfecto
placiera, placieras, placiera o pluguiera, placiéramos, placierais, placieran; o
placiese, placieses, placiese o pluguiese, placiésemos, placieseis, placiesen.
Futuro
placiere, placieres, placiere o pluguiere, placiéremos, placiereis, placieren.
Imperativo
place (tú), plazca (él), plazcamos (nos.), placed (vos.), plazcan (ellos).

77. PODER
Indicativo Presente
puedo, puedes, puede, podemos, podéis, pueden.
Indefinido
pude, pudiste, pudo, pudimos, pudisteis, pudieron.
Futuro
podré, podrás, podrá, podremos, podréis, podrán.
Potencial
podría, podrías, podría, podríamos, podríais, podrían.
Subjuntivo Presente
pueda, puedas, pueda, podamos, podáis, puedan.
Imperfecto
pudiera, pudieras, pudiera, pudiéramos, pudierais, pudieran; o pudiese,
pudieses, pudiese, pudiésemos, pudieseis, pudiesen.
Futuro
pudiere, pudieres, pudiere, pudiéremos, pudiereis, pudieren.
Imperativo
puede (tú), pueda (él), podamos (nos.), poded (vos.), puedan (ellos).

78. PONER
Indicativo Presente
pongo, pones, pone, ponemos, ponéis, ponen.
Indefinido
puse, pusiste, puso, pusimos, pusisteis, pusieron.
Futuro
pondré, pondrás, pondrá, pondremos, pondréis, pondrán.
Potencial
pondría, pondrías, pondría, pondríamos, pondríais, pondrían.
Subjuntivo Presente
ponga, pongas, ponga, pongamos, pongáis, pongan.
Imperfecto
pusiera, pusieras, pusiera, pusiéramos, pusierais, pusieran; o pusiese,
pusieses, pusiese, pusiésemos, pusieseis, pusiesen.
Futuro
pusiere, pusieres, pusiere, pusiéremos, pusiereis, pusieren.
Imperativo
pon (tú), ponga (él), pongamos (nos.), poned (vos.), pongan (ellos).
Participio pasado
puesto,-a.

79. PREDECIR
Indicativo Presente
predigo, predices, predice, predecimos, predecís, predicen.
Indefinido
predije, predijiste, predijo, predijimos, predijisteis, predijeron.
Subjuntivo Presente
prediga, predigas, prediga, predigamos, predigáis, predigan.
Imperfecto
predijera, predijeras, predijera, predijéramos, predijerais, predijeran; o
predijese, predijeses, predijese, predijésemos, predijeseis, predijesen.
Futuro
predijere, predijeres, predijere, predijéremos, predijereis, predijeren.
Imperativo
predice (tú), prediga (él), predigamos (nos.), predecid (vos.), predigan (ellos).

80. QUERER
Indicativo Presente
quiero, quieres, quiere, queremos, queréis, quieren.
Indefinido
quise, quisiste, quiso, quisimos, quisisteis, quisieron.
Futuro
querré, querrás, querrá, querremos, querréis, querrán.
Potencial
querría, querrías, querría, querríamos, querríais, querrían.
Subjuntivo Presente
quiera, quieras, quiera, queramos, queráis, quieran.
Imperfecto
quisiera, quisieras, quisiera, quisiéramos, quisierais, quisieran; o  quisiese,
quisieses, quisiese, quisiésemos, quisieseis, quisiesen.
Futuro
quisiere, quisieres, quisiere, quisiéremos, quisiereis, quisieren.
Imperativo
quiere (tú), quiera (él), queramos (nos.), quered (vos.), quieran (ellos).

81. RAER
Indicativo Presente
rao, o raigo o rayo, raes, rae, raemos, raéis, raen.
Indefinido
raí, raíste, rayó, raímos, raísteis, rayeron.
Subjuntivo Presente
raiga, raigas, raiga, raigamos, raigáis, raigan; o  raya, rayas, raya, rayamos,
rayáis, rayan.
Imperfecto
rayera, rayeras, rayera, rayéramos, rayerais, rayeran; o  rayese, rayeses,
rayese, rayésemos, rayeseis, rayesen.
Futuro
rayere, rayeres, rayere, rayéremos, rayereis, rayeren.
Imperativo
rae (tú), raiga o raya (él), raigamos, rayamos (nos.), raed (vos.), raigan o rayan
(ellos).

82. ROER
Indicativo Presente
roo o roigo o royo, roes, roe, roemos, roéis, roen.
Indefinido
roí, roiste, royó, roímos, roísteis, royeron.
Subjuntivo Presente
roa, roas, roa, roamos, roáis, roan; o roiga, roigas, roiga, roigamos, roigáis,
roigan; o  roya, royas, roya, royamos, royáis, royan.
Imperfecto
royera, royeras, royera, royéramos, royerais, royeran; o royese, royeses,
royese, royésemos, royeseis, royesen.
Futuro
royere, royeres, royere, royéremos, royereis, royeren.
Imperativo
roe (tú), roa, roiga o roya (él), roamos, roigamos o royamos (nos.), roed (vos.),
roan, roigan o royan (ellos).

83. SABER
Indicativo Presente
sé, sabes, sabe, sabemos, sabéis, saben.
Indefinido
supe, supiste, supo, supimos, supisteis, supieron.
Futuro
sabré, sabrás, sabrá, sabremos, sabréis, sabrán.
Potencial
sabría, sabrías, sabría, sabríamos, sabríais, sabrían.
Subjuntivo Presente
sepa, sepas, sepa, sepamos, sepáis, sepan.
Imperfecto
supiera, supieras, supiera, supiéramos, supierais, supieran; o supiese,
supieses, supiese, supiésemos, supieseis, supiesen.
Futuro
supiere, supieres, supiere, supiéremos, supiereis, supieren.
Imperativo
sabe (tú), sepa (él), sepamos (nos.), sabed (vos.), sepan (ellos).

84. SALIR
Indicativo Presente
salgo, sales, sale, salimos, salís, salen.
Futuro
saldré, saldrás, saldrá, saldremos, saldréis, saldrán.
Potencial
saldría, saldrías, saldría, saldríamos, saldríais, saldrían.
Subjuntivo Presente
salga, salgas, salga, salgamos, salgáis, salgan.
Imperativo
sal (tú), salga (él), salgamos (nos.), salid (vos.), salgan (ellos).

85. SATISFACER
Indicativo Presente
satisfago, satisfaces, satisface, satisfacemos, satisfacéis, satisfacen.
Indefinido
satisfice, satisficiste, satisfizo, satisficimos, satisficisteis, satisficieron.
Futuro
satisfaré, satisfarás, satisfará, satisfaremos, satisfaréis, satisfarán.
Potencial
satisfaría, satisfarías, satisfaría, satisfaríamos, satisfaríais, satisfarían.
Subjuntivo Presente
satisfaga, satisfagas, satisfaga, satisfagamos, satisfagáis, satisfagan.
Imperfecto
satisficiera, satisficieras, satisficiera, satisficiéramos, satisficierais,
satisficieran; o  satisficiese, satisficieses, satisficiese, satisficiésemos,
satisficieseis, satisficiesen.
Futuro
satisficiere, satisficieres, satisficiere, satisficiéremos, satisficiereis,
satisficieren.
Imperativo
satisfaz, satisface (tú), satisfaga (él), satisfagamos (nos.), satisfaced (vos.),
satisfagan (ellos).
Participio pasado
satisfecho,-a.

86. SER
Indicativo Presente
 soy, eres, es, somos, sois, son.
Imperfecto
era, eras, era, éramos, erais, eran.
Indefinido
fui, fuiste, fue, fuimos, fuisteis, fueron.
Futuro
seré, serás, será, seremos, seréis, serán.
Potencial
sería, serías, sería, seríamos, seríais, serían.
Subjuntivo Presente
sea, seas, sea, seamos, seáis, sean.
Imperfecto
fuera, fueras, fuera, fuéramos, fuerais, fueran; o  fuese, fueses, fuese,
fuésemos, fueseis, fuesen.
Futuro
fuere, fueres, fuere, fuéremos, fuereis, fueren.
Imperativo
sé (tú), sea (él), seamos (nos.), sed (vos.), sean (ellos).
Participio pasado
sido.

87. TENER
Indicativo Presente
tengo, tienes, tiene, tenemos, tenéis, tienen.
Indefinido
tuve, tuviste, tuvo, tuvimos, tuvisteis, tuvieron.
Futuro
tendré, tendrás, tendrá, tendremos, tendréis, tendrán.
Potencial
tendría, tendrías, tendría, tendríamos, tendríais, tendrían.
Subjuntivo Presente
tenga, tengas, tenga, tengamos, tengáis, tengan.
Imperfecto
tuviera, tuvieras, tuviera, tuviéramos, tuvierais, tuvieran; o tuviese, tuvieses,
tuviese, tuviésemos, tuvieseis, tuviesen.
Futuro
tuviere, tuvieres, tuviere, tuviéremos, tuviereis, tuvieren.
Imperativo
ten (tú), tenga (él), tengamos (nos.), tened (vos.), tengan (ellos).

88. TRAER
Indicativo Presente
traigo, traes, trae, traemos, traéis, traen.
Indefinido
traje, trajiste, trajo, trajimos, trajisteis, trajeron.
Subjuntivo Presente
traiga, traigas, traiga, traigamos, traigáis, traigan.
Imperfecto
trajera, trajeras, trajera, trajéramos, trajerais, trajeran; o trajese, trajeses,
trajese, trajésemos, trajeseis, trajesen.
Futuro
trajere, trajeres, trajere, trajéremos, trajereis, trajeren.
Imperativo
trae (tú), traiga (él), traigamos (nos.), traed (vos.), traigan (ellos).

89. VALER
Indicativo Presente
valgo, vales, vale, valemos, valéis, valen.
Futuro
valdré, valdrás, valdá, valdremos, valdréis, valdrán.
Potencial
valdría, valdrías, valdría, valdríamos, valdríais, valdrían.
Subjuntivo Presente
valga, valgas, valga, valgamos, valgáis, valgan.
Imperativo
vale (tú), valga (él), valgamos (nos.), valed (vos.), valgan (ellos).

90. VENIR
Indicativo Presente
vengo, vienes, viene, venimos, venís, vienen.
Indefinido
vine, viniste, vino, vinimos, vinisteis, vinieron.
Futuro
vendré, vendrás, vendrá, vendremos, vendréis, vendrán.
Potencial
vendría, vendrías, vendría, vendríamos, vendríais, vendrían.
Subjuntivo Presente
venga, vengas, venga, vengamos, vengáis, vengan.
Imperfecto
viniera, vinieras, viniera, viniéramos, vinierais, vinieran; o viniese, vinieses,
viniese, viniésemos, vinieseis, viniesen.
Futuro
viniere, vinieres, viniere, viniéremos, viniereis, vinieren.
Imperativo
ven (tú), venga (él), vengamos (nos.), venid (vos.), vengan (ellos).

91. VER
Indicativo Presente
veo, ves, ve, vemos, veis, ven.
Indefinido
vi, viste, vio, vimos, visteis, vieron.
Subjuntivo Imperfecto
viera, vieras, viera, viéramos, vierais, vieran; o  viese, vieses, viese, viésemos,
vieseis, viesen.
Futuro
viere, vieres, viere, viéremos, viereis, vieren.
Imperativo
ve (tú), vea (él), veamos (nos.), ved (vos.), vean (ellos).
Participio pasado
visto,-a.

92. YACER
Indicativo Presente
yazco o yazgo o yago, yaces, yace, yacemos, yacéis, yacen.
Subjuntivo Presente
yazca, yazcas, yazca, yazcamos, yazcáis, yazcan; o  yazga, yazgas, yazga,
yazgamos, yazgáis, yazgan; o  yaga, yagas, yaga, yagamos, yagáis, yagan.
Imperativo
yace o yaz (tú), yazca, yazga o yaga (él), yazcamos, yazgamos o yagamos
(nos.), yaced (vos.), yazcan, yazgan o yagan (ellos).

          – * -

REGLAS ESPECIALES

1. Para distinguir entre sí los siguientes MONOSÍLABOS HOMÓNIMOS,
unos llevan tilde y otros no:

él pronombre   el artículo
tú  ”   tu poses.
mí  ”   mi ”
mi nota musical
sí  ”   si conjunción
sí adverbio   si nota musical
más  ”   mas conjunción
sé vbo. saber y ser  se pron. refl.
dé vbo. dar   de preposición
té nombre    te letra
te pronombre

No todos los monosílabos homónimos se distinguen por el acento: sol (astro y
nota musical); la (artículo, pronombre y nota musical); di (imperat. de decir y
pretérito de dar); ve (imperat. de ir y presente de indicativo de ver).

Obsérvese que la conjunción o no lleva acento entre letras, pero sí entre cifras:
dos o tres; 2 ó 3. En cambio: de dos a tres y 2 a 3; siete u ocho y 7 u 8.

2. La Real Academia Española en su Ortografía (1974) dice:

La partícula aun llevará tilde (aún) y se pronunciará como bisílaba cuando pueda
sustituirse por todavía sin alterar el sentido de la frase: aún está enfermo. En los
demás casos, es decir, con el significado de hasta, también, inclusive (o siquiera,
con negación), se escribirá sin tilde: aun los sordos han de oírme; no hizo nada
por él ni aun lo intentó.

Y con respecto a la palabra solo señala:

La palabra solo, en función adverbial, podrá llevar acento ortográfico si con ello
se ha de evitar una anfibología: le encontrarás solo en casa (en soledad, sin
compañía); le encontrarás sólo en casa (solamente, únicamente).

3. Para distinguir algunos PRONOMBRES DEMOSTRATIVOS de los
adjetivos demostrativos (determinantes demostrativos), los pronombres
pueden llevar tilde:

Pronombres demostrativos Determinantes demostrativos

éste      este
ése      ese
aquél      aquel

Igual ocurre con sus plurales y femeninos. Se podrá prescindir de la tilde cuando
no exista riesgo de confusión. Las formas neutras esto, eso, aquello, nunca
llevan tilde.

4. En oraciones INTERROGATIVAS directas o indirectas (y dubitativas),
DISYUNTIVAS, EXCLAMATIVAS, por SUBSTANTIVACIÓN, con sentido
DISTRIBUTIVO, por ÉNFASIS y razones análogas, llevan tilde, según los casos,
algunas palabras que por lo común van sin ella:

qué
Interr. Directa. ¿Qué quieres; porqué callas?
Interr. Indirecta. No sé qué quieres. Dime porqué lo hiciste.
Excl. ¡Qué día! ¡Qué de gente!
Énfasis. Sin qué ni para qué.
Substantivación. El qué dirán.

quién
Interr. Directa. ¿Quién llega; a quién temes?
Interr. indirecta . Dime quién llega. No comprendo a quién temes.
Excl. ¡Quién lo hubiera dicho!
Disyuntiv. Quién aconseja la retirada.

cuál
Interr. Directa. ¿Cuál es mejor?
Interr. Indirecta. Ignoro cuál escoger.
Excl. ¡Si supieras cuál tengo!
Disyunt. Todos participaron, cuál más, cuál menos.

cuánto
Interr. Directa. ¿Cuánto vale?
Interr. indirecta . No sé cuánto vale.
Excl. ¡Cuanto llueve!

cómo
Interr. Directa. ¿Cómo te encuentras; cómo no fuiste?
Interr. Indirecta. Cuenta cómo sucedió. No sé cómo sucedió.
Excl. ¡Cómo llueve!
Sustantivación. El cómo y el cuándo.

cuán
Interr. Indirecta. Yo sé cuán afortunado soy.
Excl. ¡Cuán rápidamente pasa el tiempo!

dónde
Interr. Directa. ¿Dónde vives?
Interr. Indirecta. No sé dónde vives.
Excl. ¡Dónde vives, Dios mío!

cuándo
Interr. Directa. ¿Cuándo llegarás?
Interr. Indirecta. No sé cuándo llegarás.
Excl. ¡Cuándo volverás, Dios mío!
Sustantivación. El cuándo es lo que no sé.

porqué
Sustantivación. Ignoro el porqué.
En la interr. dir. e ind. se escribe por qué (V. qué).

ADVERTENCIA: Pueden aparecer las palabras anteriores en oraciones
interrogativas y exclamativas sin tilde, porque no poseen acento de intensidad:
se pregunta o se destacan otras palabras de la frase. Ejemplo: ¿Me lo darás
cuando cobres?

5. Las formas verbales con pronombres ENCLÍTICOS conservan la tilde si antes
la tenían: déme, dispónte, manténte, estáte. También llevan tilde cuando del
conjunto resultan supuestas palabras esdrújulas o sobresdrújulas: dárselo,
dímelo, decídnoslo (en contraste con da, di, decid), antójasele, dijérasemelo,
repítemelo. Son incorrectas las formas como dále, dióme, pónte, dióse, héme,
vióse, dénles, pues da, pon, dio, he, vio, den no llevan tilde.

DIPTONGOS Y TRIPTONGOS. Hiato.

Como se ha expuesto al principio de este cuadro, las palabras polisílabas con
sílaba tónica formada por un diptongo o triptongo se rigen por las reglas
generales y llevan la tilde en la vocal que no sea i, u, o en la segunda en los
diptongos ui, iu.

Ejemplos: (V.R. = ver regla o modelos de conjugación 1, 2, 3, etc; pág.9).

Agudas. Después, sepáis, también, lidió, averiguó/é.  V.R. 2.
Llanas. Huésped, estiércol. V.R. 3.
Esdrújulas. Viéselos, piénsalo, miércoles, cuádruple, lingüística. V.R. 1
Triptongos. Despreciéis, amortiguáis, averiguéis.

ADVERTENCIA: palabras como liáis, actuéis, etc., no forman triptongo, llevan
tilde por ser agudas como sepáis o hacéis.

Se llama hiato al encuentro de vocales sin formar diptongo o triptongo. La vocal
tónica en hiato lleva tilde de acuerdo con las normas generales: le-ón, to-re-ó,
tra-éis, arrá-ez, po-é-ti-co (vocales abiertas). Pero, si la vocal tónica en hiato es i
o u (vocales cerradas), se acentúa sin atenerse a las reglas de acentuación; con
esta tilde diacrítica se señala que no hay diptongo o triptongo y se ayuda, a
veces, a una correcta pronunciación. Ejemplos: ha-cí-a, re-ú-no, re-í-an, hu-í, o-ír,
pro-hí-be, re-hú-so, rí-o, ri-ó, fri-ó, gui-ón, tru-hán, com-pren-dí-ais, te-ní-ais, de-cí-
ais.

La combinación ui sigue las reglas generales cualquiera que sea su
pronunciación, pues esta es muy vacilante según los usos regionales y
personales; por lo tanto: hu-í, hu-ís, flu-í (bisílabos agudos terminados en vocal o
s); atribuí, construí (polisílabos agudos terminados en vocal); lingüístico,
casuístico (esdrújulos); atribuir, huir, jesuita, circuito (sin tilde: agudas y llanas
que no cumplen las reglas generales).

OBSERVACIONES:

- Las palabras agudas terminadas en ay, uay, ey, iey, uey, oy, uy; au, eu, ou,
se escribirán sin tilde: taray, Paraguay, virrey, curiey, maguey, convoy, Espeluy;
Aribau, Bayeu, Paolu. Los onomásticos y patronímicos de origen catalán
terminados en iu o ius (con la i tónica) se escriben también sin tilde por respeto a
su forma catalana: Rius, Codorniu, Arderius, etc. La Academia señala que Túy
(bisílabo y llano) lleva tilde en la u.

- La h entre dos vocales no impide que éstas formen diptongo: de-sahu-cio,
por lo tanto, cuando alguna de dichas vocales, por virtud de la regla
correspondiente, haya de ir con tilde por ser tónica, se pondrán como si no
existiera esa h: prohíbe, cohíbe, rehúso, búho, etc.

- Con respecto a las terminaciones uo, ua, ue, la Academia en su Ortografía dice
que cuando ninguna de sus vocales es tónica (averiguó, acentúa, acentúe), se
consideran siempre diptongo a efectos ortográficos, cualquiera que sea su
pronunciación real. Se entiende, pues, que son llanas y no deben llevar tilde en
la vocal tónica tanto palabras como agua, ambiguo, antiguo, exiguo, fragua,
exangüe, bilingüe, que siempre se pronuncian con diptongo, como congrua,
ingenuo, superfluo, donde la pronunciación vacila entre el diptongo y el hiato.

VOCES COMPUESTAS Y DERIVADAS

Las palabras que entran en un compuesto como primer elemento del mismo se
escriben sin la tilde que como simples les hubiera correspondido: asimismo,
decimoséptimo, sabelotodo, metomentodo (estos dos últimos, compuestos de
verbo con enclítico más complemento se escriben sin la tilde que le
correspondería: sábelo). Se exceptúan de esta regla los ADVERBIOS EN -
MENTE, que conservan la tilde si les correspondía llevarla como palabra simple:
ágilmente, fácilmente; pero buenamente, tontamente.

También conservan su tilde los compuestos de dos o más palabras unidas por
un guión: cántabro-astur, histórico-crítico-filosófico.
En los COMPUESTOS ERUDITOS de vocablos latinos o griegos se sigue, por lo
general, la regla del latín, o sea: se acentúa la primera parte si la segunda es
bisílaba y tiene breve la vocal de la primera sílaba: bípedo, centímetro. Si dicha
vocal es larga, en ella recae el acento prosódico: telegrama, centigramo.
Indicamos a continuación la acentuación de algunas palabras eruditas:

VULGARISMOS DE ACENTO

Indicamos a continuación algunos de los errores que vulgarmente se cometen
en la acentuación:

Incorrecto Correcto Incorrecto Correcto
ahi  ahí  mútuo  mutuo
aunqué  aunque  pais  país
bilbaino bilbaíno paises  países
cénit  cenit  peró  pero
circúito circuito ráiz  raíz
cólega  colega  réptil  reptil
conqué  conque  resedá  reseda
cuádriga cuadriga retáhila retahíla
distraido distraído sauco  saúco
fortuíto fortuito sinó  sino
gratuíto gratuito sútil  sutil
intérvalo intervalo traido  traído
mausóleo mausoleo transeunte transeúnte
míope  miope  vamonós  vámonos
miopia  miopía  vizcaino vizcaíno
miramé  mírame

El Diccionario General de la Lengua Española VOX señala en sus artículos otros
casos.

La Academia admite las dos acentuaciones en ciertas palabras: amoniaco-
amoníaco; austriaco-austríaco; bímano-bimano; centímano-centimano;
cuadrúmano-cuadrumano; período-periodo; policromo-polícromo; zodiaco-
zodíaco, etc.

El Diccionario general de la lengua española indica los casos de doble
acentuación.

Notas:

1ª MAYÚSCULAS. La Academia en su Ortografía dice: el uso de mayúscula
no quita la obligatoriedad de la tilde exigida por las normas.
2ª Se escriben sin tilde la preposición a y las conjunciones e, u.
3ª Las palabras agudas terminadas en n o s precedida de otra consonante
se exceptúan de la regla general: Milans, Mayans, Almorox (pronunciado
Almoroks); por lo tanto, las palabras llanas que terminan en consonante seguida
de n o s llevan tilde, a pesar de las reglas generales: fórceps, bíceps, trémens,
fénix.

SINONIMOS COMUNES

ababsorto, pasmado, asombrado, maravillado, abstraido, ensimismado, atónito
abalanzar, arrojar, impeler, despedir
abalanzarse, precipitarse
abandonado, desvalido, desatendido, solo, desamparado, descuidado
abandonar, desamparar, renunciar, dejar, desistir, ceder, descuidar
abandono, cesión, renuncia
abarcar, ceñir, abrazar, rodear
abarrotar, atestar, colmar, llenar
abastecer, avituallar, surtir
abatido, decaído, desanimado, postrado, desalentado
abatimiento, humillación
abatir, rebajar
abatirse, desanimarse, desalentarse
abdicación, dimisión, renunciación, abandono
abdicar, renunciar, resignar, dimitir
abdomen, vientre, panza, tripa
abertura, agujero, boquete, brecha
abiertamente, francamente, claramente
abierto, quebrado, agrietado
abismado, sumido, absorto
abismal, barranco, precipicio, sima
abjuración, retractación
abjurar, abandonar
abnegación, altruismo, generosidad
abobar, atontar, entontecer, enajenar
abocar, asir, acercar
abocarse, avistarse
abochornado, avergonzado, ruborizado
abolir, anular, suprimir, derogar
abominable, detestable, aborrecible, odioso, repugnante, atroz
aborrecible, detestable, abominable
abrasado, quemado
abreasar, incendiar, inflamar, tostar
abreviar, acortar, reducir
abrigar, cobijar, tapar, proteger, cubrir, resguardar
abrigo, amparo, sosten, asilo
abrillantar, pulir, pulimentar
abroncar, fastidiar, molestar
abrumar, cansar, molestar, incomodar, atosigar
absolución, perdon, indulto, remisión
abstenerse, privarse
abstraido, meditabundo
absuelto, perdonado, remitido
abuelo, ascendente, anciano
aburrido, hastiado, cansado, malhumorado, harto
abusar, atropellar, forzar
abuso, atropello, injusticia, exceso
acabado, consumado, rematado, terminado
acabar, concluir, terminar, finalizar, completar, fenecer, morir
acabarse, terminarse
acaecer, acontecer, suceder, pasar
acallar, aplacar, calmar, contener, sosegar
acalorado, fatigado, agitado
acalorarse, apasionarse
acaparar, abarcar, acumular
acariciar, mimar,
acaso, casualidad, azar
acatamiento, sumisión, veneración, abediencia, respeto
acatar, obedecer, respetar, aceptar
acaudalado, rico, poderoso, adinerado
acceder, aceptar, aprobar, conformarse, convenir
accidental, casual, fortuito, impensado
acción, acto, hecho, maniobra
acechar, atisbar, espiar, vigilar, mirar
aceite, oleo, grasa, sebo
acelerar, apresurar, aligerar, apremiar
acento, tono, entonación, pronunciación
acentuar, marcar, recalcar, resaltar
aceptación, beneplácito, aplauso
aceptar, admitir, recibir, tomar
acera, borde, orilla, arcén
acercar, aproximar, arrimar, juntar, unir
acertar, adivinar, descifrar, atinar, encontrar, dar
acertijo, adivinanza, enigma, jeroglífico
aclamar, vitorear, aplaudir, loar, alabar, exaltar
aclaración, esclarecimiento
acogida, hospitalidad, amparo, admisión
acometer, atacar, asaltar, agredir, embestir, arremeter
acomodar, adaptar, adecuar
acordar, concordar, conformar, convenir
acortar, abreviar, reducir, simplificar
afligir, angustiar, entristecer, apenar
agresivo, impetuoso, pendenciero, violento, arrojado
amargar, apenar, entristecer
compañia, escolta, comitiva, séquito
cordura, discrecion, prudencia, tacto, tiento
nefasto, infeliz, infortunado, triste
preparado, dispuesto

La amenaza configura pequeñas minorías selectas

Tales fenómenos han venido dándose desde siempre en la historia humana; podríamos contarlos entre las atrocidades que raras veces faltan cuando se producen grandes cambios.  Más desasosiego causa el hecho de que la crueldad amenace con convertirse en un elemento constitutivo, en una institución de las nuevas formaciones de poder, así como el ver entregada inerme a ella la persona singular.
Esto tiene varios motivos; el principal es que el pensamiento racional es cruel.  Esa cualidad suya se contagia luego a los planes que se hacen.  En esto desempeña un papel especial la extinción de la libre competencia.  Tal extinción provoca curiosas imágenes reflejas de sí misma.  Como su propio nombre indica, la competencia o concurrencia se asemeja a la carrera de competición, en la cual conquistan el premio los más hábiles.  Donde desaparece la competencia se corre el riesgo de que surja una especie de estirpe de rentistas mantenida a costa del Estado, mientras en la política exterior perdura la competencia, es decir, la carrera de competición entre los diferentes Estados.  Por esa brecha es por donde penetra el terror.  Sin duda son otras circunstancias las que lo provocan: en esto queda al descubierto uno de los motivos que hacen que subsista el terror.  La velocidad generada por la carrera competitiva de los Estados entre sí causa ahora necesariamente miedo.  En un caso el nivel depende de las altas presiones; en el otro, del vacío.  En el primer caso quien marca el ritmo es el ganador; en el segundo, aquél a quien cada vez le van peor las cosas.
Con esto se halla relacionado el hecho de que el Estado se ve forzado en el segundo caso a someter permanentemente una parte de su población a unas intromisiones horrorosas.  La vida se ha vuelto gris, pero aún puede parecerle soportable a quien divisa a su lado la oscuridad, el negro absoluto.  Ahí, y no en el terreno de la economía, es donde residen los peligros de las grandes planificaciones.
No deja de ser caprichosa la selección de los estratos de la sociedad que son perseguidos de ese modo; siempre se tratará de minorías que o bien llevan por naturaleza una marca que las distingue de los otros o bien han sido inventadas con ese fin.  Es evidente que con ello quedan coamenazados también todos los que sobresalen por herencia y talento.  Este mismo clima se contagia al trato acordado a los vencidos en la guerra; en conexión con la recriminación de una culpabilidad general se llega entonces a dejar morir de hambre a la gente en los campos de concentración, se llega a imponer trabajos forzados, a exterminar a los seres humanos en vastos territorios ya deportar a los supervivientes.
Es comprensible que en una situación como ésa el hombre prefiera Soportar las cargas más pesadas a ser contado entre los «otros».  El automatismo parece quebrantar con gran facilidad, como si lo hiciera jugando, lo que queda de la voluntad libre; la persecución se ha tornado compacta y universal, como un elemento de la naturaleza.  Tal vez algunos privilegiados puedan tener abierta la puerta de la huida; pero la huida suele conducir a cosas peores.  La oposición parece dar estímulos a los dueños de la violencia, les procura el anhelado pretexto para intervenir.  Frente a esto, la última esperanza que queda es que el proceso acabe devorándose a sí mismo, como un volcán que ha arrojado toda su lava.  Pero entretanto sólo puede haber dos preocupaciones para el hombre que está batido de ese modo: ejecutar el trabajo que le asignan y no desviarse de la norma.  Esto repercute incluso en las zonas de seguridad; en ellas se apodera de los seres humanos un pánico propio de la catástrofe.  En este punto surge la cuestión –y lo hace no sólo en la teoría, sino en toda existencia real de hoy–, en este punto surge la cuestión de si no se podrá tomar todavía un camino diferente.  Existen, en efecto, pasos de montaña, senderos de herradura que sólo se descubren después de una prolongada ascensión.  Se ha llegado a una concepción nueva del poder, se ha llegado a unas concentraciones de poder inmediatas, vigorosas.  Para poder plantarles cara se necesita una concepción nueva de la libertad, una concepción que no puede tener nada que ver con los desvaídos conceptos que hoy van asociados a esa palabra.  Esto presupone, para empezar, que uno no quiera simplemente que no lo esquilen, sino que esté dispuesto a que lo despellejen.
Y de hecho habrá que reconocer que no han quedado extinguidos todos los movimientos en estos Estados que disponen de una masa enorme de policías y que han adquirido una ingente superioridad de poder.  Las corazas de los nuevos Leviatanes tienen sus brechas propias, que continuamente están siendo palpadas, y esa operación tiene como premisas una prudencia y una audacia de una especie nunca antes conocida.  Así, uno se inclina a pensar que existen aquí minorías selectas que están iniciando la lucha en favor de una libertad nueva, una lucha que requiere grandes sacrificios; no es lícito dar a esa lucha una interpretación que resulte indigna de ella.  Para encontrar algo parangonable con esa lucha es preciso dirigir la mirada a tiempos y lugares esforzados; por ejemplo, a los de los hugonotes o a los de las guerrillas que Goya vio en sus Desastres.  Comparado con estas cosas, el asalto a La Bastilla, del cual sigue alimentándose todavía hoy la consciencia de libertad del individuo, no pasa de ser un paseo dominguero por las afueras de la ciudad.
En el fondo no es posible considerar por separado la tiranía y la libertad, aunque es cierto que, cuando se las ve temporalmente, la una releva a la otra.  Desde luego puede decirse que la tiranía deja en suspenso la libertad y la aniquila – mas, por otro lado, la tiranía sólo puede llegar a ser posible en aquellos sitios donde la libertad se ha domesticado y diluido en un huero concepto de sí misma.
El ser humano tiende a edificar sobre los aparatos o a seguir cediendo a ellos aun en los sitios donde le es preciso sacar el agua de fuentes que le son propias.  Esto representa un defecto de fantasía.  El ser humano ha de saber cuáles son aquellos puntos donde no le es lícito traficar con su decisión soberana.  Mientras marchen bien las cosas, siempre habrá agua en las tuberías y corriente eléctrica en los enchufes.  Cuando la vida y la propiedad están amenazadas, un simple grito de alarma basta para que hagan acto de presencia, como por arte de magia, los bomberos y la policía.  El gran peligro está en que el hombre confíe demasiado en las ayudas de otros y, cuando faltan aquéllas, quede desvalido.  Todas las comodidades hay que pagarlas.  La situación de animal doméstico arrastra consigo la situación de animal de matadero.
Las catástrofes son una prueba que permite averiguar en qué medida siguen conservando un fundamento originario los hombres y los pueblos.  Allende la civilización y las seguridades que son procuradas por ella, la salud y las esperanzas de vida dependen de que una cuando menos de las raíces continúe nutriéndose directamente del reino telúrico.
Esto se pone de manifiesto en aquellos tiempos en que se atraviesan fases de amenazas muy intensas; en esas fases los aparatos no sólo dejan en la estacada al ser humano, sino que lo baten de tal manera que no parece quedar esperanza ninguna.  Entonces es cuando el hombre ha de decidir si da por perdida la partida o si desea continuarla, apoyándose para ello en su fuerza más íntima, en su fuerza propia.  En este último caso se decide a irse al bosque, a emboscarse.

Nuestro tiempo es pobre en grandes hombres, pero produce figuras.

Una de las notas características y específicas de nuestro tiempo es que en él van unidas las escenas significativas y los actores insignificantes.  Esto es algo que se pone de manifiesto sobre todo en los grandes hombres que aparecen en su escenario; uno tiene la impresión de que todos ellos son personajes de ésos que pueden encontrarse en las cantidades que se desee tanto en los cafés de Ginebra o de Viena cuanto en provincianos mesas de oficiales del ejército o también en oscuros caravasares.  En aquellos sitios donde, además de la mera fuerza de voluntad, aparecen también rasgos espirituales, nos está permitido sacar la conclusión de que allí perdura un material antiguo; tal es, por ejemplo, el caso de Clemenceau, del que puede decirse que era un hombre de una pieza.
Lo que en este espectáculo resulta irritante es que en él la mediocridad va asociada a un poder funcional enorme.  Estos son los hombres en cuya presencia se ponen a temblar millones de seres humanos, los hombres de cuyas decisiones dependen millones de personas.  Y, sin embargo, son los mismos hombres de los cuales es preciso decir que han sido elegidos con un zarpazo infalible por el Zeitgeist, el Espíritu del Tiempo, si es que queremos contemplar aquí a tal espíritu en uno de sus aspectos posibles, el de un enérgico empresario de demoliciones.  Ninguna de esas expropiaciones, socializaciones, electrificaciones, concentraciones de tierras, fraccionamientos y pulverizaciones que se llevan a cabo presupone ni cultura ni carácter; antes al contrario, esas dos cualidades resultan nocivas para el automatismo.  De ahí que en aquellos sitios del paisaje de talleres donde se puja por el poder, éste sea adjudicado a aquél en quien la insignificancia está peraltada por una voluntad fuerte.  En otro lugar volveremos a abordar este tema y en especial sus implicaciones morales.
Pero en la misma medida en que las actuaciones comienzan a perder interés desde la perspectiva de la psicología, en esa misma medida se tornan más significativas desde la perspectiva de la tipología.  El ser humano penetra en unas circunstancias que él no abarca en seguida con su conocimiento consciente ya las que mucho menos aún configura – sólo con el paso del tiempo va adquiriendo la óptica que hace comprensible el espectáculo.  Sólo entonces será posible el dominio.  Antes de poder actuar sobre un proceso es preciso haberlo comprendido.
Con las catástrofes vemos aflorar a la superficie figuras que muestran estar a la altura de ellas y que las sobrevivirán cuando hayan quedado hace mucho tiempo olvidados los nombres casuales.  Entre esas figuras se cuenta sobre todo la del Trabajador, la cual avanza con paso seguro e imperturbable hacia sus objetivos.  Lo único que el fuego de la catástrofe hace es realzar más y más esa figura, tornarla cada vez más resplandeciente.  Aún brilla iluminada por la incierta luz de los Titanes; no barruntamos en qué ciudades regias, en qué metrópolis cósmicas alzará esa figura su trono.  El mundo lleva ahora el uniforme y las armas de la figura del Trabajador – y alguna vez llevará también su vestido de día de fiesta.  Dado que por el momento esa figura se halla en los primeros pasos de su carrera, el compararla con lo que ya ha llegado a su acabamiento no le hace justicia.
En el séquito de la figura del Trabajador aparecen otras figuras – también aquéllas en que se sublima el sufrimiento.  Entre ellas se encuentra el Soldado Desconocido, el Soldado Anónimo, que precisamente por estar desprovisto de nombre se halla vivo no sólo en todas las capitales, sino también en todas las aldeas, en todas las familias.  Los lugares del combate, sus objetivos temporales, incluso los pueblos de que esos soldados desconocidos fueron representantes, todas esas cosas van difuminándose.  Se enfrían los incendios – y lo que queda es otra cosa, algo que es común a todos y hacia lo cual no se vuelven ya la voluntad y la pasión, sino el arte y la veneración.
¿A qué se debe el que la figura del Soldado Desconocido vaya claramente asociada al recuerdo de la primera guerra mundial, pero no al de la segunda?  Se debe a que en la última resaltan con claridad las modalidades y los objetivos de la guerra civil mundial.  Con ello vuelve a pasar a segundo plano lo propiamente bélico, el soldado.  En cambio, el Soldado Desconocido de la primera guerra mundial continúa siendo un héroe, un dominador de los mundos del fuego, que toma sobre sí grandes cargas en medio de aniquilaciones mecánicas.  Ello lo convierte en un descendiente legítimo de la caballería de Occidente.
La segunda guerra mundial se diferencia de la primera no sólo porque las cuestiones nacionales pasan abiertamente a formar parte de las cuestiones de la guerra civil y quedan subordinadas a éstas, sino a la vez porque en ella se intensifica el desarrollo mecánico y de ese modo se acerca, en el automatismo, a los últimos límites.  Esto comporta ataques exacerbados contra el nomos y contra el ethos.  En este contexto se llega a batidas efectuadas por un poder que supera en mucho el del adversario, a batidas que no dejan ninguna esperanza.  La batalla de material se intensifica hasta convertirse en una batalla de cerco, hasta transformarse en un Cannas, al cual le falta, empero, la grandeza antigua.  El sufrimiento crece hasta tal punto que por fuerza queda excluido lo heroico.  Al igual que todas las otras modalidades de la estrategia, también ésta nos procura una imagen exacta de nuestro tiempo; éste intenta clarificar en el fuego las cuestiones que le son propias.  Desde hace ya mucho está preparada la batida del ser humano, una batida que no deja escapatoria ninguna; y está preparada por teorías que aspiran a dar una explicación lógica y compacta del mundo y que corren parejas con el desarrollo técnico.  Al adversario sé lo cerca primero en el campo de la razón y luego también en el campo social; a esto se agrega, llegada la hora, su exterminio.  No hay destino más desesperanzado que el caer en un proceso como ése, en un proceso en el cual el derecho se ha convertido en un arma.

 

ERNST JÜNGER

La libertad de «decir no» es restringida sistemáticamente.

Unas votaciones en las cuales el cien por cien de los votos concuerde con lo deseado es una cosa que casi no plantea ninguna dificultad desde el punto de vista técnico.  Ya ha habido casos en que se ha alcanzado esa cifra; incluso se han dado casos en que se la ha sobrepasado, al aparecer en algunos distritos electorales un número de votos mayor que de votantes.  Lo que tales incidentes ponen de manifiesto son fallos en la dirección escénica, fallos que no todas las poblaciones están dispuestas a consentir.  En los sitios en que operan propagandistas más sagaces, las cosas se presentan más o menos de la manera siguiente: El cien por cien: una cifra ideal y, como todos los ideales, algo que nunca puede alcanzarse.  Pero es posible acercarse a esa cifra – de modo muy similar a como en los deportes cabe acercarse en fracciones de segundo o de metro a ciertos records que también son inalcanzables.  Una muchedumbre de cálculos complicados es lo que a su vez determina en qué grado cabe acercarse al ideal.
En aquellos sitios donde las dictaduras están ya firmemente asentadas, un noventa por ciento de «síes» sería algo que se apartaría demasiado del ideal.  No cabe confiar en que a las masas se les ocurra la idea de que en todo diez por ciento se oculta un enemigo secreto.  En cambio, una cifra de votos nulos y de «noes» que se moviese en torno al dos por ciento sería no sólo soportable, sino también favorable.  Pero nosotros no vamos a considerar ese dos por ciento como algo residual ni a dejarlo, por tanto, de lado.  Ese dos por ciento merece que le dediquemos un estudio detallado.  Precisamente en los residuos es donde hoy en día se encuentran las cosas insospechadas.
El provecho que de ese dos por ciento saca el organizador de las elecciones es doble: por un lado, ese dos por ciento otorga curso legal al restante noventa y ocho por ciento de los votos, pues testifica que cada uno de los que votaron de este último modo podría haber votado en el mismo sentido en que lo hizo aquel dos por ciento.  Con ello adquieren valor los «síes», se convierten en algo auténtico y que tiene completa validez.  Para las dictaduras es importante demostrar que en ellas no está extinguida la libertad de decir «no».  Este es uno de los máximos cumplidos que cabe rendir a la libertad.
La segunda ventaja de ese dos por ciento que estamos estudiando consiste en que mantiene el movimiento continuo del que no pueden prescindir las dictaduras.  Tal es el motivo por el que éstas suelen presentarse siempre a sí mismas como un «partido», cuando en realidad eso es absurdo.  Si se alcanzase el cien por cien de los votos, se alcanzaría el ideal.  Pero esto traería consigo los peligros que siempre van anejos al cumplimiento pleno de algo.  También es posible dormirse en los laureles de la guerra civil.  En presencia de toda gran fraternización es preciso preguntarse: pero el enemigo ¿dónde está?  Tales inclusiones son al mismo tiempo exclusiones – exclusiones de un tercero, de un tercero al que se odia, pero del que no es posible prescindir.  La propaganda ha de recurrir a una situación en la cual, ciertamente, al enemigo del Estado, al enemigo de la clase, al enemigo del pueblo se le han propinado recios golpes en la cabeza y aun se lo ha convertido casi en una cosa ridícula, pero que, a pesar de ello, todavía no se ha extinguido del todo.  Las dictaduras no pueden vivir de la adhesión pura, si al mismo tiempo el odio y con él el terror no procuran los contrapesos.  Ahora bien, el terror se tornaría absurdo si los votos fueran buenos en un cien por cien; en ese caso el terror golpearía Únicamente a hombres justos.  Este es el segundo significado que posee el aludido dos por ciento.  El es la demostración de que los buenos son, sí, una inmensa mayoría, pero no se hallan enteramente libres de peligros.  En cambio, cabe suponer que, en presencia de una unidad tan convicta, solamente una contumacia muy especial puede negarse con su comportamiento a participar en aquélla.  Quienes así actúan son saboteadores que utilizan la papeleta de voto –¿y qué hay más sencillo que pensar que tales individuos pasarán a otras formas de sabotaje, si se les presenta la ocasión?
Este es el punto en que la papeleta de voto se transforma en folio de cuestionario.  Aquí no es necesario suponer que vayan a exigirse responsabilidades individuales por la respuesta dada, mas de lo que sí se puede estar seguro es de que existen relaciones numéricas.  Se puede estar seguro de que ese dos por ciento aparecerá también, de acuerdo con las reglas de la doble contabilidad, en unos registros diferentes de los de la estadística electoral; aparecerá, por ejemplo, en las listas de nombres de los presidios y de los campos de trabajo, o en aquellos lugares donde es Dios el único que cuenta las víctimas.
Tal es la segunda función que esa diminuta minoría desempeña con respecto a la inmensa mayoría – la primera función consistía, como hemos visto, en ser la minoría la que otorgaba valor, más aún, realidad a la mayoría del noventa y ocho por ciento.  Más importante que esto es, empero, lo siguiente: nadie desea que lo cuenten entre ese dos por ciento; ese dos por ciento pone a la vista un insidioso tabú.  Al contrario, cada cual otorgará importancia a que se difunda bien difundido que el voto emitido por él ha sido un voto bueno.  Y si el individuo en cuestión formase por acaso parte del mencionado dos por ciento, ocultará eso aun a sus mejores amigos.
Otra ventaja del aludido tabú consiste en que está dirigido también contra la clase de los que no votan, contra los que se abstienen.  La actitud consistente en no participar en las elecciones es una de las que llenan de inquietud a Leviatán; pero quien es ajeno al asunto tiende a sobreestimar la posibilidad de la abstención.  A la vista de los peligros que la amenazan, esa actitud se esfuma con rapidez.  Siempre podrá contarse, pues, con una participación casi total en las elecciones, y no será mucho menor el número de los votos emitidos en el sentido deseado por quien hizo la pregunta.
El votante dará importancia a que lo vean emitiendo su voto.  Si desea proceder con total seguridad, también mostrará a algunos de sus conocidos la papeleta antes de introducirla en la urna.  Lo mejor es hacer eso recíprocamente; así se podrá luego testificar que la cruz estaba puesta en el lugar debido.  En esto hay un gran número de instructivas variantes; el buen europeo que no ha podido estudiar tales situaciones no puede hacerse idea de ellas ni aun en sueños.  Así, un personaje que siempre se repite es el buen señor que entrega su papeleta al tiempo que dice, más o menos, esta frase: –Pues también cabría depositarla abierta.
A lo que el funcionario electoral responde, con una sonrisa benévola y sibilina: –Desde luego, desde luego… Pero no debe hacerse.
Realizar una visita a tales lugares es algo que aguza la vista para estudiar los problemas del poder.  Uno se aproxima aquí a uno de sus centros vitales.  Pero nos llevaría demasiado lejos el ocuparnos en los pormenores del montaje.  Vamos a contentarnos con el estudio de un personaje singular, el del hombre que entra en uno de esos locales con el firme propósito de votar «no».

 

ERNST JÜNGER

LA CULTURA COMO ERROR

DIE KULTUR ALS FEHLER Wilhelm Klopper (Universitas Verlag, Berlín)

El libro del profesor W. Klopper La cultura como error es, sin duda, una obra digna de interés, porque representa una hipótesis antropológica original.  Sin embargo, antes de pasar a su análisis, nc puedo abstenerme de formular una observación respecto a la forma de sus ideas.  ¡Es un libro que sólo pudo ser escrito por un alemán!  El amor a la clasificación, al orden concienzudo que dio origen a innumerables Handbucher, transformó el alma alemana en un archivador.  Al contemplar el impecable ordenamiento del índice de materias de la obra, no podemos evitar el pensamiento de que si Dios fuese de nacionalidad alemana, nuestro mundo sería un lugar tal vez no necesariamente mejor para vivir en él, pero sí más metódico y disciplinado.  La perfección de su orden es literalmente abrumadora, aunque podría suscitar cierto tipo de reservas.  No puedo dedicarme aquí a reflexionar sobre la cuestión de si tanto apego, meramente formal, al ordenamiento, a la simetría, al «-un-dos, un-dos», no habrá tenido una influencia notable en algunas ideas típicas de la filosofía alemana y, sobre todo, en su ontología.  ¡Hegel amaba el cosmos porque le parecía tan bien ordenado como el estado prusiano!  Incluso aquel pensador loco por la estética, Schopenhauer, mostró lo que podía ser la rigidez del método en su disertación Ueber die vierfache Wurzel des Satzes vom zureichenden Grunde.  ¿Y Fichte?  Pero tengo que privarme a mí mismo del placer de divagar, lo que me cuesta mucho, tanto más que no soy alemán.  ¡Al grano!  ¡Al grano!
Klopper proveyó su obra, en dos tomos, de prólogo, introducción y prefacio.
(¡El ideal de la forma: la triada!)  Entrando en el méritum del asunto, primero le ajusta las cuentas a la interpretación de la cultura como error, que considera falsa.  Conforme a esa interpretación (equivocada según el autor) típica de la escuela anglosajona, representada sobre todo por Whistle y Sadbottham, todo lo que constituye una forma de comportamiento del organismo que ni entorpece ni favorece su vida, es erróneo.  En la evolución, el único criterio para determinar la sensatez de las conductas estriba en su capacidad de ayudar a sobrevivir.  De acuerdo con dicho criterio, el animal que gracias a su manera de ser sobrevive a los demás, se comporta más razonablemente que los que mueren.  Los herbívoros desdentados no tienen sentido desde el punto de vista de la evolución, puesto que, apenas nacidos, tienen que morir de hambre.
Análogamente, unos herbívoros que aun teniendo muelas las usaran para masticar piedras en vez de hierba carecerían también de sentido, ya que su especie tendría que extinguirse con gran rapidez.  A continuación, Klopper cita un conocido ejemplo de Whistle: supongamos —dice el autor inglés— que en una manada de babuinos el macho más viejo, jefe de la tribu, por pura casualidad empieza a comer los pájaros cazados por el lado izquierdo.  Lo hace, por ejemplo, porque tiene un corte en un dedo de la mano derecha y le es más cómodo sostener la presa con el lado izquierdo vuelto hacia arriba.  Los babuinos jóvenes observan el comportamiento del jefe, para ellos modélico, y pronto, en la segunda generación, todos los babuinos de la manada darán el primer mordisco a los pájaros cazados por el lado izquierdo.  Desde el punto de vista de la adaptación, su actitud carece de sentido, porque para el organismo de los babuinos el lado del alimento por el que empiecen a comer no tiene la menor importancia.  A pesar de ello, ese tipo de conducta se establece en el grupo.  ¿Y qué es esto?  Es el principio de la cultura (la protocultura), manifestado en un comportamiento insensato bajo el punto de vista de la adaptación.  Esta concepción de Whistley ha sido desarrollada ulteriormente por J. Sadbottham, que no es antropólogo, sino filósofo de la escuela inglesa lógico-analítica; Klopper resume (y ataca) sus ideas en el siguiente capítulo del libro («Das Fehlerhafte der Kulturfehlertheone von Joshua Sadbottham»).
El filósofo británico sostiene en su obra principal que las comunidades humanas crean la cultura a través de errores, pasos en falso, fracasos, tropiezos, equivocaciones y malentendidos.  Los hombres se proponen hacer una cosa y hacen otra.  Desean comprender bien el mecanismo de los fenómenos, pero lo interpretan de una manera falsa.  Buscan la verdad y encuentran la mentira.  Y así nacen las costumbres, los temores, la fe, lo sagrado, los misterios; ése es el origen de preceptos y prohibiciones, totems y tabúes.  Si la humanidad crea una clasificación falsa del mundo que la rodea, aparece el totemismo.  Las generalizaciones equivocadas originan el concepto de lo absoluto.  De las ideas erróneas acerca de la constitución de su propio cuerpo, los humanos deducen las nociones de virtud y pecado.  Si los órganos genitales se pareciesen a las mariposas y la fecundación a una canción (en la que la información hereditaria residiría en unas vibraciones del aire), dichas nociones se hubieran formado de un modo muy distinto.  Los hombres crean las hipóstasis: de ahí el concepto de las deidades; hacen plagios, y ya tenemos unas entretejeduras eclécticas de mitos, o sea, las religiones doctrinales.  En una palabra, se comportan de cualquier manera, imperfectamente bajo el punto de vista de la adaptación, interpretan mal la conducta de otras personas, de su propio cuerpo, de los objetos de la Naturaleza, consideran lo casual como determinado y lo determinado como casual, lo que equivale a inventar cantidades cada vez mayores de existencias imaginarias.  Por ende, los humanos erigen su alrededor las murallas de la cultura, falsean la imagen del mundo para hacerla coincidir con los dictámenes de aquélla, y después, al cabo de milenios, se extrañan de no sentirse demasiado cómodos en esa cárcel.  Al principio, las cosas son innocuas y sin importancia.  Como en el caso de los babuinos que mordían las pechugas de los pajaritos por el lado izquierdo.  Pero cuando esos granitos de arena se componen en un sistema de significados y valores, cuando los errores, equivocaciones y malentendidos se agrupan en cantidad suficiente como para constituir una estructura cerrada (en el sentido matemático), el hombre queda a su vez encerrado en lo que, siendo una mezcolanza totalmente accidental de conceptos, le aparece como una necesidad suprema.
Sadbottham, muy erudito, apoya sus afirmaciones en un sinfín de ejemplos sacados de la etnología.  Recordamos incluso que sus confrontaciones hicieron en su tiempo mucho ruido (sobre todo las tablas «casualidad versus determinismo» en las que evidenciaba las falsas interpretaciones culturales de los fenómenos: en efecto, varias culturas consideran que el hombre era primitivamente inmortal, pero, o él mismo había anulado esa propiedad a causa de su caída, o bien la había perdido por culpa de la intervención de una fuerza maligna.  En cambio, todas las culturas atribuyen a la necesidad ineludible lo que es casual: el aspecto del hombre formado por la evolución física.  En consecuencia, las religiones hoy día imperantes afirman que el hombre no es accidental en su aspecto, puesto que está hecho a semejanza de Dios).
La crítica a la cual Klopper somete la hipótesis de su colega inglés no es la primera ni tampoco original.  Como buen alemán, el profesor la divide en dos partes: la inmanente y la positiva.  En la inmanente, se limita a refutar las tesis de Sadbottham; vamos a dejar de lado esta parte de la obra, puesto que repite las objeciones que la literatura especializada ya había hecho constar.  En la segunda parte de la crítica, la positiva, Wilhelm Klopper pasa finalmente a exponer su propia contrahipótesis.
El autor empieza su exposición, según nuestra opinión de manera eficaz y acertada, por el siguiente ejemplo conceptual: Los pájaros de distintas clases emplean para la construcción de sus nidos materiales diferentes.  Además, los pájaros de la misma clase no usan los mismos materiales en distintas regiones, ya que dependen de lo que encuentran en el lugar.  La casualidad determina el tipo de material que los pájaros encuentran sin mayor esfuerzo, sean briznas de hierba, trocitos de corteza de los árboles, hojas, pequeñas conchas, piedrecitas, etc. Por tanto, en unos nidos habrá más conchas y en otros más piedrecitas; unos estarán construidos preferentemente de tiritas de corteza, y otros, de plumas y musgo.
No obstante, aunque el material de construcción tiene indudablemente una influencia sobre la forma del nido, sería insensato decir que los nidos de los pájaros son obra de la casualidad pura y simple.  Los nidos son un instrumento de la adaptación, aun cuando se construyan con partículas halladas accidentalmente.  También la cultura es un instrumento de la adaptación.  Pero —y aquí el autor plantea una idea nueva— se trata en este caso de una adaptación esencialmente diferente de la típica en el mundo de la flora y la fauna.
Was ist der Fall?  —pregunta Klopper.  «¿Cuál es la situación?» La situación es la siguiente: en el hombre, como ser corporal, no hay nada inevitablemente necesario.  Según los conocimientos de la biología contemporánea, el hombre podría tener una constitución diferente de la que tiene; podría vivir 600 y no 60 años por término medio; podría poseer el tronco y las extremidades formados de diferente manera, tener un aparato de reproducción distinto, distinto tipo de sistema digestivo, ser exclusivamente herbívoro, ovíparo, adaptado a la vida marina, presentar la capacidad de reproducción una vez al año durante el período de celo, etc. Sin embargo, posee un elemento inevitablemente necesario para que el hombre sea hombre: un cerebro capaz de crear el habla y la reflexión; si el ser humano reflexiona sobre su cuerpo y su destino, obtiene de ello muy poca satisfacción.  Su vida es breve y, por añadidura, su infancia, sujeta a la voluntad ajena, dura mucho tiempo; la edad de su madurez más eficaz forma solamente una pequeña parte de su vida; apenas llegado a su plenitud, empieza a envejecer, sabiendo, a diferencia de todos los otros seres, adonde lo lleva la vejez.  En los ámbitos naturales de la evolución, la vida está siempre expuesta a algún peligro, de modo que para sobrevivir hay que estar incesantemente alerta.  Por esta razón, la evolución desarrolló muy marcadamente en todos los seres vivos los detectores del dolor, los órganos del sufrimiento, para que señalicen la urgencia de emprender las tareas de autoconservación.  En cambio, no hubo ninguna razón evolucionista, ninguna fuerza formadora de los organismos, para equilibrar «con justicia» esa disposición, suministrando a los cuerpos la correspondiente cantidad de órganos de placer y goce.
Nadie negará —dice Klopper— que el sufrimiento provocado por el hambre, el suplicio de la sed y las torturas de la disnea son más intensos en su crueldad que la satisfacción que sentimos respirando normalmente, bebiendo y comiendo.  La única excepción de la regla general de asimetría entre sufrimientos y placer es el sexo.  Es un fenómeno bien comprensible; si no fuéramos seres bisexuales, si nuestro aparato genital estuviera organizado como, por ejemplo, el de las flores, funcionaría fuera de toda vivencia positiva sensual, ya que su actividad no necesitaría ninguna clase de aliciente.  La existencia del goce sexual, peana de los grandes monumentos del amor (Klopper, cuando deja de ser seco y concreto, se vuelve en seguida sentimental y poético), es el resultado directo de la bisexualidad.  Se equivoca quien cree que homo hermafroditicus (si esta especie existiera) sentiría el amor erótico hacia su propia persona.  Nada de eso; se autoprotegería exclusivamente dentro de los límites prescritos por el instinto de conservación.
Lo que llamamos narcicismo, imaginándonos que significa la atracción del hermafrodita hacia sí mismo, es, en realidad, una proyección secundaria, una especie de rebote: el individuo de esta clase traslada en la imaginación a su cuerpo la efigie externa de un compañero ideal (aquí siguen unas setenta páginas de hondas reflexiones acerca de las distintas naturalezas exóticas humanas que se derivarían de la uni, bi y plurisexualidad.  Nos permitimos omitir esas largas consideraciones).
¿Qué tiene que ver la cultura con todo esto?, pregunta Klopper.  La cultura es el instrumento de una adaptación de tipo nuevo, ya que no tanto se elabora en base a las casualidades, cuanto cumple la tarea de adornar todo lo accidental de nuestra condición con la aureola suprema de lo inevitablemente necesario.
Su actividad se efectúa mediante la religión, las costumbres, leyes, órdenes y prohibiciones, a fin de transformar carencias en ideales, minus en plus, desventajas en ventajas, imperfecciones en perfecciones.  ¿El sufrimiento es una tortura?  Sí, pero ennoblece, e incluso trae la salvación.  ¿La vida es corta?
Sí, pero la existencia extraterrena dura eternamente.  ¿La infancia es molesta y boba?  Sí, pero idílica, angelical, poco menos que santa.  ¿La vejez es atroz?  Sí, pero prepara para la vida eterna; a los viejos hay que respetarlos porque son viejos.  ¿El hombre es un monstruo?  Sí, pero no por su culpa: nuestros primeros padres han hecho de las suyas, o bien el demonio se inmiscuyó en el acto divino.  ¿El hombre no sabe qué quiere, busca el sentido de la vida, es desgraciado?  Sí, pero eso es consecuencia de la libertad, que representa el valor supremo; si pagamos caro por poseerla, no debemos quejarnos: el hombre privado de la libertad sería más desgraciado de lo que es ahora.  Los animales —observa Klopper— no diferencian los excrementos de la carroña: evitan ambas cosas como desechos de la vida.  Para un materialista consecuente, la relación de los cadáveres con las heces debería tener el mismo significado.  Sin embargo, de estas últimas nos desprendemos secretamente y de los primeros, con pompa y solemnidad, empaquetando los despojos mortales en envoltorios costosos y complicados.  Así lo exige la cultura, como sistema de apariencias que nos ayudan a aceptar hechos indignos.  Las solemnes ceremonias de los entierros son unos medicamentos tranquilizantes contra nuestra protesta natural, contra nuestra rebelión provocada por la infamia de la mortalidad.  ¿No es, acaso, una infamia el hecho de que el cerebro, nutrido durante toda la vida de conocimientos cada vez más vastos, termine convirtiéndose en un charco de podredumbre?
Así pues, la cultura tiene la misión de suavizar las objeciones, indignaciones y pretensiones del hombre con respecto a la evolución natural, las propiedades del cuerpo, accidentalmente aparecidas, accidentalmente desacertadas, heredadas, sin haberlo deseado, de un proceso de adaptaciones sumarias desarrollado a lo largo de varios millones de años.  Víctimas de esta execrable herencia, marcados por el atropello incoherente de debilidades y estigmas anidados en nuestras células, nuestros huesos y nuestra carne, nos enfrentamos con la cultura, abogado defensor de lo que nos es adverso.  Su defensa se compone de un sinfín de mentiras y embrollos, de argumentos contradictorios, ora dirigidos a nuestros sentimientos, ora a la razón, ya que para este abogado todos los métodos son buenos, con tal de que logren su propósito: la transformación de signos negativos en positivos, la de nuestra miseria, nuestra debilidad e infortunio, en la virtud, la perfección y la necesidad ineludible.
La primera parte de la obra del profesor Klopper, resumida aquí en términos lacónicos, termina de modo altisonante, con un estilo teñido de grandilocuencia académica.  La segunda nos habla de la importancia que posee la comprensión de la función real de la cultura, necesaria para que podamos interpretar correctamente los signos precursores de un futuro que el hombre ha preparado para sí mismo al desarrollar la civilización científico-técnica.
¡La cultura es un error!, declara Klopper; la forma lacónica de esta afirmación nos recuerda la frase de Schopenhauer: «Die Welt ist Wille».  La cultura es un error, pero no en el sentido de su supuesto origen accidental.  No, al contrario, la cultura proviene de una necesidad perentoria, ya que sirve —como se demuestra en la primera parte— a la adaptación.  Sólo que su servicio es puramente mental: el hombre no se transforma realmente en un ser inmortal gracias a los dogmas de la fe y los mandamientos; la cultura no ofrece al hombre accidental, homini accidentali, un Dios Creador real.  No anula realmente el menor átomo de sufrimiento individual, dolor, tormento (aquí también Klopper es fiel a Schopenhauer): lo hace todo a nivel exclusivamente espiritual, teórico e interpretativo.  La cultura confiere un sentido a lo que carece de él en la inmanencia, separa el pecado de la virtud, la gracia de la caída, lo infame de lo sublime.
Pero he aquí que, primero lentamente, paso a paso, arrastrándose al principio sobre la chatarra de unas máquinas primitivas, la civilización técnica se introdujo bajo la cultura.  Tembló el edificio, se hicieron añicos las paredes de cristal, porque la civilización técnica promete mejorar al hombre, arreglar de veras su cuerpo, su cerebro y su alma.  La enorme fuerza, inesperadamente potenciada, de la información recogida durante siglos, que estalló como una bomba en nuestra centuria, proclama la posibilidad de una vida larga, cuyo límite se confunda, tal vez, con la inmortalidad; anuncia una madurez prolongada y pronta, sin envejecimiento; el incremento de los goces corporales y la reducción definitiva de sufrimientos, tanto «naturales» (senilidad), como «casuales» (enfermedad).  Pronostica la libertad donde hasta ahora el azar se asociaba con lo inevitable (libertad de determinar aspectos de la naturaleza humana, reforzar los talentos, conocimientos e inteligencia; libertad de conferir a los miembros humanos, a la cara, al cuerpo y a los sentidos las formas que se prefieran, funciones que duren casi eternamente, etc.). ¿Qué actitud debemos tomar ante esas promesas, confirmadas ya por muchas realizaciones?  Debemos iniciar una danza triunfal y dar la espalda a nuestra anacrónica cultura, ese bastón de cojo, muleta de inválido, silla de ruedas de paralítico, ese montón de parches destinados a cubrir la miseria de nuestro cuerpo y las deficiencias de nuestra penosa condición, esa vieja criada que ha servido demasiado tiempo.  ¿Acaso necesita prótesis alguien a quien pueden crecerle miembros nuevos?  ¿Le sigue haciendo falta el bastón al invidente si le devuelven la vista?  ¿Ha de pedir que lo cieguen de nuevo aquel a quien le quitan la venda de los ojos?  ¿No es más acertado mandar al museo ese trasto inútil y avanzar con paso firme hacia nuevos objetivos, nuevas tareas, difíciles pero magníficas?  Mientras la naturaleza de nuestros cuerpos, la lentitud de su maduración y la rapidez de su decadencia era un muro, una barrera infranqueable y la frontera de la existencia, la cultura facilitó a miles de generaciones la adaptación a ese deplorable estado de cosas.  Permitía aceptarlo y, más aún, se ocupaba —como dice el autor— de metamorfosear las faltas en valores y los defectos en virtudes.  Es como si el propietario de un coche viejo, feo y destartalado se enamorara de sus defectos y viera en su imperfección los síntomas de un ideal supremo, y en sus continuos fallos, las leyes de la Naturaleza y de la Creación, tomando los estornudos del carburador por la mismísima voluntad del Todopoderoso.  Mientras no exista ningún coche nuevo, esta política será justa, conveniente, la única acertada e incluso racional.  ¡Qué duda cabe!  Pero ahora, cuando en el horizonte resplandece un vehículo nuevo, ¿debemos abrazarnos a la carrocería abollada, desesperarnos porque vamos a perder ese colmo de la fealdad, pedir socorro ante la eficiente belleza del modelo nuevo?  Psicológicamente, esta clase de actitud tiene una explicación: demasiado tiempo —¡milenios!— duró el proceso de acostumbrar al hombre a su propia naturaleza remendada por la evolución; durante demasiado tiempo el hombre hizo el enorme esfuerzo de amar su condición con todas sus flaquezas, sus limitaciones, sus miserias y complicaciones fisiológicas.
El ser humano trabajó tanto en esto a través de las sucesivas formas culturales, tanto se sugestionó a sí mismo, tan fuertemente se convenció de que su destino era definitivo, único, excepcional y, sobre todo, carente de alternativas, que ahora, a la vista de la salvación, retrocede, tiembla, se tapa los ojos, grita de temor, vuelve la espalda al Salvador técnico, quiere huir lejos, al bosque, a cuatro patas o como sea.  Quiere romper con sus propias manos la flor de la ciencia, la maravilla del conocimiento, destrozarla, pisotearla, con tal de no entregar al almacén de chatarra los viejos valores que ha criado con su propia sangre, celado de la vigilia y en el sueño, hasta imponerse la obligación de amarlos.  Pero, desde el punto de vista racional, esta actitud tan absurda, este shock, este miedo, son, sencillamente, una tontería.
¡Sí, la cultura es un error!  Pero sólo en el sentido en que es un error cerrar los ojos a la luz, rechazar el medicamento en la enfermedad, pedir el incienso y las ceremonias de la magia cuando un sabio médico se encuentra junto al lecho del enfermo.  Este error no existía mientras la ciencia no se había elevado hasta la altura necesaria; este error no es otra cosa que las ganas de clavarse para siempre en el mismo sitio, la testarudez del asno, la oscura malevolencia, los espasmos de terror llamados por los «pensadores» el «diagnóstico intelectual de las transformaciones del mundo».  Tenemos que rechazar la cultura, ese sistema de prótesis, para confiarnos a la tutela de la ciencia.  La ciencia nos transfigurará y nos otorgará la perfección.  Y no una perfección imaginaria ni resultante de una convicción falsa, ni deducida de los sofismas de definiciones y dogmas esencialmente contradictorios y torcidos, sino puramente concreta, material, absolutamente objetiva: ¡la misma existencia será perfecta, y no sólo su teoría y su interpretación!  La cultura, el defensor de las Idioteces Operacionales de la Evolución, el abogaducho de una causa perdida, el patrocinador del primitivismo y la incuria somática, ha de largarse de aquí, puesto que el proceso del hombre entra en otro nivel, más alto, puesto que se está resquebrajando el muro de fatalidades hasta ahora inamovibles.  ¿El desarrollo técnico acaba con la cultura?  ¿Trae la libertad donde hasta ahora reinaba la opresión de la biología?  ¡Sí, indudablemente!  Y en vez de verter lágrimas sobre la cárcel que se está desmoronando, hay que apresurar el paso para salir cuanto antes de su oscuro recinto.  Por consiguiente (aquí empiezan las pausadas conclusiones del finale): todo lo que se dice acerca del peligro al que la nueva tecnología expone a la cultura tradicional, es pura verdad.  Pero no debemos preocuparnos por este peligro; no debemos pegar parches sobre las deshilacliadas costuras de la cultura, sujetar con grapas sus dogmas y defendernos contra la invasión de nuestros cuerpos y vidas por una ciencia mejor.  La cultura no deja de ser un valor, pero se convierte en un valor distinto: el anacrónico.  Ha sido la gran incubadora, la matriz, el nido donde proliferaron los inventos y parieron con dolor la ciencia.  Así como el embrión absorbe para desarrollarse la inerte y pasiva substancia del material nutricio del huevo, la técnica absorbe y digiere la cultura, incorporando en su desarrollo el material que la nutre.
Vivimos en una época de transición —dice Klopper— y nunca es tan difícil abarcar con la vista el camino recorrido y el que el futuro nos depara, como en las eras de transición, ya que en ellas suele darse el caos conceptual.  Sin embargo, no hay nada que detenga el implacable proceso.  En cualquier caso, no debemos creer que la transición entre el estado de la esclavitud biológica y el de la libertad autocreadora pueda constituir un solo y único acto.  El hombre no es capaz de perfeccionarse de una vez por todas.  El proceso de autotransformación continuará durante siglos.
«Me atrevo —dice Klopper— a afirmar que este dilema tan ofensivo para el pensamiento del humanista tradicional, atemorizado por la revolución científica, recuerda la nostalgia del perro por el collar que le están quitando.  Ese dilema se reduce a la creencia de que el hombre está formado de un amalgama de contradicciones absolutamente imposibles de eliminar, aunque fuera técnicamente factible.  En otras palabras, que no tenemos derecho a cambiar la forma del cuerpo, debilitar el impulso de agresividad, potenciar el intelecto, equilibrar las emociones, organizar de diferente manera el sexo, liberar al hombre de la vejez y de las complicaciones de la procreación… Y no tenemos derecho a hacerlo simplemente porque nadie lo había hecho hasta ahora: lo que nunca se hizo tiene que ser naturalmente muy malo.  Al humanista no se le puede decir, conforme a la ciencia, que las causas del estado actual del espíritu y el cuerpo humano son la resultante de una larga serie de juegos de azar del destino, de las infinitas convulsiones internas del proceso evolutivo, agitado constantemente por movimientos orogénicos, enormes glaciaciones, estallidos de estrellas, desplazamientos de polos magnéticos y un sinfín de otros incidentes.  ¿Debemos ver una especie de orden sagrado, intocable e inamovible, en lo que la evolución de los animales primero y luego la de los antropoides ha montado como se monta un sorteo de lotería?  ¿En lo que se ha grabado de día en día en los genes como por arte de unos dados tirados sobre la mesa de juego?  ¿Dónde está la razón de hacerlo?  Aparentemente, estamos ultrajando la cultura con nuestro diagnóstico sobre su modo de proceder, defendible en cuanto a la intención, pero que, de hecho, es la mayor, la más difícil, la más fantasiosa y falsa de las mentiras que el homo sapiens ha elaborado, para aferrarse a ella, una vez expulsado al espacio de la existencia racional desde aquel antro tenebroso donde el proceso de la evolución graba sus trucos de tahúr en los cromosomas.  Todo ese juego es una trampa sucia, sin el menor valor ni objetivo de índole superior; si lo dudamos, he aquí un hecho convincente: se trata solamente de vivir hoy, y nadie se preocupa —ni por el amor de Dios ni por el del diablo— de lo que pasará mañana con aquellos que viven su día de hoy con tanta aceptación, oportunismo y obediencia, en una palabra: con tanta bajeza.  Sin embargo, como todo ocurre exactamente al revés de lo que sueña el humanista muerto de miedo, obtuso e ignorante, que se hace pasar sin el menor derecho por racionalista, la cultura será socavada, parcelada, desmontada y mejorada, conforme a los cambios experimentados por el hombre.  En una existencia determinada por el juego sucio de los genes y el oportunismo de la adaptación, no hay ningún misterio: sólo el Katzenjammer de los engañados, el mal recuerdo de nuestro antepasado simiesco, el subir al cielo por una escalera imaginaria, de la cual siempre te vienes abajo (porque la biología te tira de los pies), aunque te pongas alas de pájaro, aureolas, inmaculadas concepciones, o bien quieras afirmarte en un heroísmo hecho por encargo.  Podemos estar seguros de que no será destruido nada que fuera necesario.  Sólo se desvanecerá lentamente el tinglado de supersticiones, desinformaciones, subterfugios, gatos por liebre, en una palabra: toda la sofística a la cual la desgraciada humanidad se había agarrado durante siglos para hacer más soportable su atroz condición.  De la nube de la explosión informática asomará en el siglo próximo el Homo Optimíssans Se Ipse, Autocreátor, y se reirá de nuestras Casandras (si es que tiene con qué reírse).  Debemos alegrarnos de esta posibilidad, considerarla como un concurso de circunstancias cósmicas y planetarias increíblemente ventajoso, y no temblar de miedo ante la fuerza que salvará a nuestra estirpe del cadalso y nos quitará las cadenas que arrastramos hasta el agotamiento de nuestras fuerzas físicas y nos ahogamos en la agonía.  Y aunque el mundo entero continuara expresando su conformidad con el estado de cosas con el que la evolución nos ha marcado como con un hierro candente, yo nunca estaré de acuerdo con él y aun en mi lecho de muerte gritaré: ¡Fuera la Evolución, Viva la Autocreación!» La extensa obra, con cuya cita terminamos nuestra crítica, es muy aleccionadora.  Lo es, sobre todo, porque revela que no hay cosa, por mala y desafortunada que parezca a unos, que otros no tomen por salvadora y digna del mayor encomio.  Este crítico no cree que la evolución tecnológica pueda considerarse una panacea existencial para la humanidad, aunque sólo fuera porque los criterios de optimación son demasiado relativos como para poder establecer una pauta universal (o sea, un código inequívoco de comportamientos salvadores, formulado en el lenguaje empírico).  En cualquier caso, recomendamos La cultura como error a la atención de los lectores, ya que representa un notable intento de esclarecer el futuro, todavía oscuro a pesar de los esfuerzos reunidos de futurólogos y pensadores de la categoría de Wilhelm Klopper.

SEXPLOSIÓN, de Simón Merril

 Si hemos de creer en lo que dice el autor —y cada vez con mayor frecuencia nos vemos obligados a creer en los autores de ciencia ficción— la actual riada de sexo se va a convertir en un diluvio en los años ochenta.  Pero la acción de la novela Sexplosión empieza veinte años más tarde, en una Nueva York cubierta de masas de nieve, durante un crudo invierno.  Un anciano de nombre desconocido camina con dificultad, hundiéndose en la nieve y chocando con los coches sepultados, llega a un rascacielos oscuro y silencioso, saca del bolsillo una llave ligeramente entibiada por el contacto con su cuerpo, abre un portal de hierro y baja al sótano.  El camino recorrido por el hombre y unos recuerdos intercalados constituyen el contenido de la novela.
Aquel subterráneo sumido en una oscuridad rasgada solamente de trecho en trecho por el débil haz de luz de una linterna, sostenida por la mano temblorosa del anciano, era una especie de museo o, tal vez, una sección de expedición (o más bien sex-pedición) de un consorcio poderoso de la época en que América invadió una vez más Europa.  La manufactura semiartesanal de los europeos se vio enfrentada con la marcha implacable de la producción automatizada, obteniendo una victoria instantánea el coloso postindustrial de la ciencia y la técnica.  En el campo de batalla quedaron en pie tres consorcios: GENERAL EXOTICS, CIBERBORDELICS y LOVE INCORPORATED.  Cuando la producción de estos gigantes estaba en su apogeo, el sexo —hasta entonces una diversión privada, una gimnasia colectiva, un hobby, o un coleccionismo artesanal— se convirtió en la filosofía de la civilización.  McLuhan, un viejo robusto que vivió hasta aquellos tiempos, demostró en su GENITOCRACY que ése, precisamente, ha sido el destino de la humanidad desde que ésta escogió el desarrollo técnico, y que ya los remeros de la antigüedad encadenados a las galeras, los leñadores del Norte con sus sierras, la máquina a vapor con su cilindro y émbolo, habían marcado el ritmo, la forma y el sentido de los movimientos que componen la actividad sexual, o sea, el sentido del hombre.
La despersonalizada industria USA absorbió las sabias posiciones del Oriente y del Occidente, transformó las trabas medievales en cinturones de incastidad, indujo a los artistas a proyectar copuladores, sexarios, magnopenes, megaclitos, vaginetas, pornotas, puso en marcha convoyes esterilizados de los cuales empezaron a bajar sadomóviles, cohabiteros, sodómnicos caseros y gomorcados públicos y fundó, al mismo tiempo, unos institutos científicos de investigación, dedicados a luchar por la liberación del sexo de la servidumbre de perpetuar el género humano.
El sexo dejó de ser una moda, ya que se había convertido en una fe.  El orgasmo pasó a ser un deber ineludible y constante; sus contadores con saetas rojas ocuparon el sitio de los teléfonos en las oficinas y en la calle.  Entonces, ¿quién era el anciano errante por los corredores de las salas subterráneas?
¿Un consejero jurídico de GENERAL EXOTICS?  En sus recuerdos aparecen unas causas famosas, que habían llegado hasta el Tribunal Supremo, sobre el derecho a reproducir mediante maniquíes el aspecto físico de personas famosas, empezando por la First Lady de Estados Unidos.  GENERAL EXOTICS ganó el juicio al precio de doce millones de dólares y ahora la luz trémula de una linterna se refleja en las polvorientas campanas de plástico, bajo las cuales permanecen las primeras estrellas de cine y las primeras damas de la alta sociedad mundial, princesas y reinas con magníficos atuendos, impuestos, como una condición inexcusable, por el fallo del tribunal.
En el transcurso de un decenio, el sexo sintético progresó de un modo espectacular, desde los primeros modelos, hinchables o de cuerda, hasta unos prototipos con regulación térmica y acoplamiento retroactivo.  Los originales habían muerto mucho tiempo atrás, algunos de ellos vivían aún, convertidos en viejas momias; pero el teflón, el nilón, el dralón y el Sexofix habían resistido a la acción del tiempo y, como en un museo de figuras de cera, las bellas damas, arrancadas a las tinieblas por la luz de la linterna, miraban al anciano con una sonrisa fija en los labios.  Todas ellas tenían en la mano una cassette con un programa de seducción grabado (la sentencia del Tribunal Supremo prohibía al vendedor colocar la cinta en el maniquí, pero cada comprador podía hacerlo en privado en su casa).
Los lentos y vacilantes pasos del viejo solitario levantaban torbellinos de polvo, a través de los cuales se transparentaban en rosa pálido, en el fondo de la sala, unas escenas de amor colectivo (las había incluso de treinta personas), parecidas a enormes rosquillas o cocas apretadamente trenzadas.  ¿Era, tal vez, el mismo presidente de GENERAL EXOTICS quien andaba por los estrechos pasadizos entre los gomorcados y los acogedores sodómnicos?  ¿O, quizá, el proyectista principal del consorcio, aquel que había dado forma genital primero a América y luego al mundo entero?  El aposento contiguo estaba lleno de paneles con sus mandos y programas, con aquel precinto de plomo de la censura por el cual se había entablado una causa jurídica a seis niveles, así como de montones de contenedores, listos para el envío a los países de allende los mares, repletos de bolas japonesas, olfatorios, cremas preamatorias y miles de otros artículos de esa clase, previstos de instrucciones para el uso y folletos explicativos.
Era la épica de una democracia por fin conseguida, donde todos podían hacerlo todo con todos.  Atentos a los consejos de sus propios futurólogos, los consorcios contravinieron el decreto antitrust, se repartieron clandestinamente el mercado mundial, desarrollando, cada uno de los tres, una especialización diferente.  El GENERAL EXOTICS promocionaba la igualdad de derechos entre la norma y la desviación, y los dos consorcios restantes invertían grandes capitales en la automatización.  Para convencer al público de que la saturación del mercado era imposible, ya que la gran industria, si es de veras grande, no se limita a cubrir, simplemente, las necesidades sino que las crea, se comercializaron prototipos de mayales para la flagelación, de trilladoras y de azotadoras especiales.  Los medios antiguos de lascivia doméstica fueron a parar junto a los sílex y los palos de los hombres de Neardenthal.  Los hombres de ciencia organizaron unos cursillos preparatorios de seis u ocho años de duración, que daban acceso a la carrera superior de ambas eróticas, e inventaron el neurosexátor y toda clase de silenciadores, filtros antirruidos, masas aislantes y aspiradores especiales de sonidos, para que los vecinos no perturbaran mutuamente su reposo y su goce con gritos inmoderados.
Sin embargo, era preciso seguir adelante, siempre y con valor, ya que el estancamiento es la muerte de la producción.  Ya estaba en vías de planificación y modelado un Olimpo para uso individual, ya se formaban en las rutilantes factorías de CYBER-BORDELICS los primeros androides de plástico parecidos a las diosas y dioses griegos.  Incluso se estaba pensando en los ángeles, para cuya fabricación había sido prevista una reserva financiera para los costos de eventuales juicios intentados por las Iglesias.  Por otra parte, había que dar una solución a ciertos problemas técnicos: ¿Que material usar para las alas?  La pluma natural podía hacer cosquillas en la nariz.  ¿Debían ser movibles?  ¿No sería una molestia?  ¿Y la aureola?  ¿Qué clase de interruptor de su luz y dónde colocarlo?  Etc., etc. Entonces se abatió como un rayo la catástrofe.
La substancia química necesaria para la producción, llamada —en clave— NOSEX, había sido sintetizada ya mucho tiempo atrás, tal vez en los años setenta.  Conocía su existencia sólo un pequeño grupo de profesionales iniciados.  El producto, obtenido por los laboratorios de una modesta empresa relacionada con el Pentágono, fue considerado al principio como un arma secreta.  En efecto, el NOSEX, aplicado en aerosol, podía diezmar la población de cualquier país, ya que la ingestión de una fracción de miligramo de la preparación eliminaba todas las sensaciones que acompañan al acto sexual.  El mismo seguía siendo posible, pero sólo como una especie de trabajo físico bastante agotador, como, por ejemplo, el lavado y planchado de la ropa.
Después se tomó en consideración el proyecto de utilizar el NOSEX para frenar la explosión demográfica en el Tercer Mundo, pero la idea fue archivada, a causa del peligro que implicaba.
¿Cómo ocurrió la catástrofe mundial?  Nadie lo sabe.  ¿Es cierto que los almacenes de NOSEX volaron a consecuencia de un cortocircuito que inflamó un depósito de éter?  ¿Fue, acaso, un acto de sabotaje cometido por unos enemigos industriales de las tres compañías, dueñas del mercado?  ¿O bien tuvo algo que ver con ello una organización revolucionaria, ultraconservadora o religiosa?  Nunca conoceremos la respuesta.
Fatigado por su vagabundeo en la inmensidad de los sótanos, el anciano se sienta en las suaves rodillas de una Cleopatra de plástico (después de haber apretado bien los frenos), y dirije sus pensamientos —como a un abismo— hacia el gran colapso de 1998.  En un día, corno por reflejo de repulsa, el público se volvió de espaldas a todos los productos que colmaban el mercado.
Lo que ayer tentaba, hoy tenía el mismo atractivo para la gente que la vista del hacha puede tener para un leñador cansado, o la de un barreño para una lavandera.  El eterno (al parecer) encanto, aquel embrujo impuesto por la biología al género humano, se esfumó sin dejar rastro.  Desde entonces, los pechos sólo evocaban el recuerdo de que los hombres eran mamíferos, las piernas, de que podían andar, y las posaderas, de que tenían sobre qué sentarse.  ¡Nada más!  ¡Absolutamente nada!  Dichoso McLuhan por no haber llegado en vida a esta catástrofe, él, quien en sus obras había interpretado la catedral y el cohete cósmico, el motor de reacción, la turbina, el molino de viento, el salero, el sombrero, la teoría de la relatividad, los paréntesis de las ecuaciones matemáticas, los ceros y los signos de admiración como otros tantos sucedáneos y sustitutivos de esa única actividad que equivale a la percepción de la existencia en estado puro.
Toda esta argumentación perdió su fuerza en pocas horas.  La humanidad se vio amenazada por el trance de morir sin dejar descendencia.  Todo empezó por una crisis económica, comparada con la cual, la del año 1929 era una bagatela.  Su primera víctima fue el comité de redacción del Playboy, que se prendió fuego y pereció entre las llamas.  Pasaban hambre y saltaban por la ventana los empleados de los locales de strip-tease, hicieron bancarrota las revistas ilustradas, grandes consorcios de publicidad, institutos de belleza, grandes productoras de películas, se tambaleó toda la industria calitécnica y de perfumería, luego la de ropa interior; en el año 1999, en América había 32 millones de parados.
Entonces, ¿qué podía interesar todavía al público?  Fajas para los herniados, jorobas sintéticas, pelucas de pelo gris, individuos afectados de parálisis y temblores, en sus sillas de ruedas, ya que era lo único que no se asociaba con el esfuerzo sexual, esa pesadilla, esos trabajos forzados; interesaba lo único que parecía garantizar la falta de una circunstancia erótica, o sea, el descanso y la tranquilidad.  Por aquel entonces, los gobiernos, conscientes del peligro, emprendieron la movilización de todas las fuerzas, para salvar la especie.  Los artículos de la prensa apelaban a la razón y al sentido de responsabilidad, los sacerdotes de todas las confesiones aparecían en la televisión, desplegando las más convincentes persuasiones y evocando los altos ideales del hombre; pero aquel coro de voces autorizadas no era capaz de vencer la indiferencia de los oyentes.  No surtían efecto ni los manifiestos ni las arengas, que imploraban que los humanos vencieran su repugnancia.  Los resultados eran insignificantes: una nación tan sólo, la japonesa, extremadamente disciplinada, obedeció, apretando las mandíbulas, a las consignas oficiales.  En vista del fracaso, las autoridades instituyeron unos incentivos materiales especiales, diplomas de honor, distinciones, primas, premios, condecoraciones, medallas y concursos de fornicación.  Cuando esta política falló a su vez, vinieron las inevitables represiones.  En respuesta, las poblaciones de regiones enteras se negaron en rotundo al deber procreativo, la juventud buscó refugio en los bosques, la gente mayor producía unos certificados de impotencia falsificados, el soborno corrompía las comisiones sociales de control y vigilancia; cada persona se prestaba a controlar eventualmente al vecino, pero ella misma, en cuanto podía, evitaba aquella tarea agotadora.
La época de la catástrofe ya es solamente un recuerdo surgido en la mente del anciano solitario, sentado en los sótanos en el regazo de Cleopatra.  La especie humana no se extinguió.  La procreación se efectúa actualmente de modo sanitario, aséptico e higiénico, parecido a una vacunación; al cabo de años de inseguridad y peligro, sobrevino una cierta estabilización.  Sin embargo, la cultura no soporta el vacío; la tremenda sensación de falta de vivencias, generada por la implosión del sexo, introdujo la gastronomía en el puesto vacante.  Esta última se divide en normal y viciosa; existen perversiones gulísticas, álbums de pornografía restauradora, y la absorción de alimentos en ciertas posiciones se considera terriblemente indecente.  Está prohibido, por ejemplo, comer fruta de rodillas (la secta de viciosos de la posición arrodillada lucha actualmente por conseguir esta libertad), no se permite comer espinacas ni huevos revueltos con las piernas levantadas hacia el techo.  Pero hay (¡naturalmente!)  Unos locales clandestinos donde los expertos y los «gourmets» disfrutan de espectáculos obscenos: a la vista de los concurrentes, unos plusmarquistas especiales se atiborran de tal suerte que a los espectadores se les hace la boca agua.  De Dinamarca llegan de contrabando unos álbums pornoalimenticios, donde se muestran verdaderos horrores (sin excluir la consumición de huevos revueltos a través de una pajita, mientras el consumidor, removiendo con los dedos un plato de espinacas sazonadas con una gran cantidad de ajo y, al mismo tiempo, oliendo salsa de carne al chile, yace encima de la mesa envuelto en un mantel, con las piernas atadas con una cuerda enganchada al molinillo de café, que sustituye en la orgía descrita la lámpara de techo).  El premio Femina ha sido adiudicado este año a una novela cuyo protagonista frotaba el suelo con crema de trufa y luego lo lamía, habiéndose revolcado previamente en spaghetti.  Cambió también el ideal de la belleza: ahora hay que ser un gordinflón de ciento treinta kilos de peso, ya que así se demuestra una capacidad extraordinaria del sistema digestivo.  También la moda ya no es la de antes: no hay manera de distinguir a la mujer del hombre por lo que lleva encima.  En los parlamentos de los estados más evolucionados se está debatiendo la cuestión de la posibilidad de iniciar a los niños en edad escolar en los secretos de los procesos digestivos.  Hasta ahora, el tema, por indecente, constituye un tabú hermético.
Finalmente, las ciencias biológicas tomaron por objetivo de su desarrollo la liquidación del sexo, un órgano prehistórico superfluo.  Los embriones serían concebidos sintéticamente y criados conforme a los programas de la ingeniería genética, obteniéndose por este sistema unos individuos asexuados, lo que acabaría de una vez por todas con aquellos recuerdos espantosos de los cuales no puede librarse la memoria de los que han vivido la catástrofe del sexo.  En unos laboratorios llenos de luz, verdaderos templos del progreso, nacerá el magnífico hermafrodita, mejor dicho, el ser sin sexo, y la humanidad, lavada de su infamia anterior, podrá hartarse de toda clase de frutos, prohibidos únicamente por la gastronomía.

 

Vacío Perfecto. Stanislaw Lem

La crítica de libros inexistentes

  La crítica de libros inexistentes no es una invención de Lem.  Encontramos intentos parecidos no sólo en un escritor contemporáneo como J. L. Borges (por ejemplo, Examen de la obra de Herbert Quain, en el tomo Ficciones), sino en otros mucho más antiguos, y ni siquiera Rabelais fue el primero en poner en práctica esa idea.  Sin embargo, Vacío perfecto constituye una especie de curiosum, por cuanto la intención del autor es presentarnos toda una antología de esta clase de críticas.  ¿Cuál fue su propósito?  ¿El de sistematizar la pedantería o la broma?  Sospechamos que en este caso se trata de un subterfugio jocoso, viéndose confirmada esta impresión por la introducción, interminable y muy teórica, donde leemos: «Al escribir una novela se pierde en cierta forma la libertad creativa.  (.  ) La tarea de criticar los libros, es, a su vez, una especie de trabajos forzados, aún más faltos de nobleza.  Del autor podemos decir, al menos, que se aliena a sí mismo sometiéndose al tema que ha escogido.  El crítico se encuentra en una situación peor: como el presidiario a su carretilla, así está él encadenado a la obra que analiza.  El escritor pierde la libertad en su propio libro; el crítico, en el ajeno.» La exageración de estas simplificaciones es demasiado patente para que la tomemos en serio.  En el párrafo siguiente de la introducción (Autozoilo) leemos: «La literatura nos ha hablado hasta ahora de personajes de ficción.
Nosotros iremos más lejos: hablaremos de libros de ficción.  En ello vemos una posibilidad de recuperar la libertad creativa y un ensamblaje de dos espíritus contradictorios: el del autor y el del crítico.» El Autozoilo —razona Lem— será una creación libre «al cuadrado», puesto que el crítico del texto, si está integrado en el mismo, tendrá una mayor posibilidad de maniobra de la que tiene el narrador de una literatura más o menos tradicional.  Con esto sí podemos estar de acuerdo, ya que la literatura, hoy día pone todo su afán en situarse a la mayor distancia de la obra creada, como el atleta se afana en no perder el aliento hasta el final de la prueba.  Lo malo es que la erudita introducción no termina nunca.  Lem habla en ella de los aspectos positivos de la nada, de objetos ideales de las matemáticas y de nuevos metaniveles del lenguaje.  Todo esto, si es una broma, resulta un tanto cargante.  Y, lo que es más, esta introducción sirve a Lem para engañar al lector (y tal vez a sí mismo), ya que Vacío perfecto se compone de unas seudorreseñas que no son, tan sólo, un compendio de chistes.  Yo las dividiría, en desacuerdo con el autor, en los tres grupos siguientes: 1) Parodias, «pastiches» y burlas: a este grupo pertenecen Robinsonadas, Nada o la consecuencia (ambos textos satirizan, cada uno a su manera, el «Nouveau Román»), y, eventualmente, también Tú y Gigamesh.  Señalemos que la posición adoptada en Tú es bastante arriesgada, ya que inventar un libro malo para poder destrozarlo en una crítica porque es malo es realmente un recurso fácil.  Formalmente, la más original es Nada o la consecuencia, por la sencilla razón de que nadie podría escribir ese libro, de modo que en este caso el subterfugio de una seudorreseña representa una hazaña casi acrobática: se nos ofrece la crítica de una obra que no sólo no existe, sino que no puede existir.  La que menos me gusta es Gigamesh.  Se trata del típico «gato por liebre», y me pregunto si tiene sentido ridiculizar con estos procedimientos una auténtica obra de arte.  Tal vez sí, si uno mismo no es capaz de escribirla.
2) Apuntes en borrador (al fin y al cabo, no son más que unos borradores sui géneris), tales como: «Gruppenführer Louis XVI», «Idiota», o bien «Cuestión del tempo».  Cada uno de ellos podría ser, quizás, el embrión de una buena novela.  Sólo que esas novelas primero tendrían que ser escritas.  El resumen, crítico o no, no es, en última instancia, sino un aperitivo que nos abre el apetito para una comida que nadie se cuidó de preparar.  ¿Por qué nos privan de ella?
La crítica a base de insinuaciones no es juego limpio, pero, por una vez, me permitiré el lujo de hacerla.  El autor tenía ideas para cuya realización íntegra no estaba capacitado; no sabía escribir novelas, pero le dolía dejar de escribirlas: he aquí la explicación de esta parte de Vacío perfecto.  Lem, lo bastante sagaz como para prever una objeción de este tipo, decidió refugiarse tras una introducción.  Por eso habla en Autozoilo de la pobreza de la materia prima creativa, de la pesadez artesanal de fabricar frases del tipo «la marquesa salió de casa a las cinco», etc. Pero la buena materia prima no es pobre.  Lem tuvo miedo de las dificultades implicadas en cada uno de los tres títulos (citados por mí sólo a modo de ejemplo).  Prefirió no arriesgarse, nadar y guardar la ropa y salirse por la tangente.  Al decir que «cada libro es la tumba de un sinfín de otros, eliminados y desplazados por él», da a entender que la cantidad de sus ideas es mayor que la de su tiempo biológico (Ars longa, vita brevis).  Sin embargo, en Vacío perfecto no hay demasiada profusión de ocurrencias relevantes y prometedoras.  Lo que en el libro abunda son las exhibiciones de habilidad que he mencionado antes, concretadas en una serie de bromas.  Así y todo, sospecho que hay otra cosa, más seria, la nostalgia de algo imposible de realizar.
Me convence de que no me equivoco el último grupo de obras contenidas en el volumen, al que pertenecen, por ejemplo, De Imposibilitate Vitae, La Cultura como error y, sobre todo, La Nueva Cosmogonía.
La Cultura como error contradice por completo las opiniones que Lem había proclamado a menudo, tanto en sus novelas como en sus ensayos.  La eclosión de la tecnología, que antes tachara de liquidadora de la cultura, es elevada aquí al rango de libertadora de la humanidad.  Lem se manifiesta apóstata por segunda vez en De Imposibilitate Vitae.  No nos dejemos engañar por el divertido absurdo de las largas cadenas causales de la crónica familiar: no se trata de la comicidad anecdótica, sino del ataque al Sancta sanctorum de Lem, es decir, a la teoría de la probabilidad, el azar, la categoría sobre la cual edificó sus numerosas y vastas concepciones.  El ataque tiene lugar en una situación bufonesca, lo que atempera un poco su actitud.  ¿Estuvo tal vez concebida, aunque fuera por un momento, como obra no grotesca?
La Nueva Cosmogonía nos saca de dudas; es una verdadera piéce de resistance del libro, escondida en él como un caballo de Troya.  Ni es una broma, ni una reseña de ficción; ¿qué es, pues?  Una broma, armada de argumentación científica tan masiva, resultaría plomiza: todos sabemos que Lem se tragó todas las enciclopedias y que basta con sacudirle un poco para que hormigueen por doquier logaritmos y fórmulas.  La Nueva Cosmogonía es un discurso imaginario de un premio Nobel, donde se nos propone una imagen revolucionaria del universo.  Si no conociese ningún otro libro de Lem, podría suponer que se trata de un chiste para unos treinta iniciados, físicos y relativistas del mundo entero.  Sin embargo, esta interpretación no parece verosímil.  ¿Qué queda?  Vuelvo a sospechar que se trata de un concepto que deslumbró al autor y que le asustó.  Naturalmente, nunca lo recoconocerá, y ni yo ni nadie podrá demostrar que se tomó en serio la imagen de un Cosmos- Juego.  Siempre puede aducir lo humorístico del contexto y el mismo título del libro, Vacío perfecto: se está hablando «de nada»; por otra parte, la licentia poética es el mejor pretexto.
No obstante, yo creo que en todos esos textos se oculta la seriedad.  ¿El Cosmos entendido como Juego?  ¿Una física intencional?  Lem, adorador de la ciencia, postrado a los pies de su santa metodología, no podía asumir el papel de su mayor heresiarca y apóstata.  Por consiguiente, no pudo introducir semejantes ideas en ninguno de sus ensayos.  Tampoco le convenía convertir estos conceptos en el eje de una intriga narrativa, ya que ello equivaldría a escribir un libro más, entre tantos, del género de la ciencia ficción convencional.
¿A qué acogerse, pues?  Lo más razonable hubiera sido callarse.  Por otro lado, los libros que un autor no escribe ni escribiría por nada del mundo, los libros que se pueden atribuir a escritores imaginarios, ¿no se asemejan acaso, por el mero hecho de no existir, a un silencio solemne?  ¿Se puede poner una distancia mayor entre uno mismo y los propios pensamientos heterodoxos?  Si se habla de esos libros, esas manifestaciones, como de una obra ajena, significa casi que se habla guardando silencio.  Especialmente si todo transcurre en una escenificación humorística.
Una larga y lenta gestación del hambre de un realismo sólido, unos pensamientos demasiado atrevidos (aun confrontados con la propia ideología del autor), para que se los pueda expresar directamente, unos ensueños inalcanzables: he aquí lo que engendró Vacío perfecto.  La introducción teórica que pretende justificar este «nuevo género de literatura» es, de hecho, una maniobra para desviar la atención, al igual que el prestidigitador, con un movimiento muy ostensible, desvía nuestra vista de lo que hace en realidad.
Lem quiere hacernos creer que asistimos a una exhibición de su habilidad, pero en realidad se trata de algo muy distinto.  No es el truco de la «seudocrítica» lo que dio origen a esos escritos, sino éstos los que, buscando —en vano— la manera de ser expresados, se sirvieron del truco, hallando en él la excusa y el pretexto.  En ausencia del truco, todo esto hubiera quedado en los dominios del silencio, ya que representa una traición a la fantasía en provecho de un realismo bien concreto, una abjuración del empirismo y una herejía contra la ciencia.  ¿Creyó Lem que su maquinación pasaría desapercibida?  Con lo sencilla que es de descubrir: proferir a gritos, riéndose, lo que no se hubiera atrevido a decir, ni siquiera en voz baja, en serio.  A pesar de lo que leemos en la introducción, el crítico no está «encadenado al libro como el condenado a trabajos forzados a su carreta».  Su libertad estriba, no en su poder de alabar o denigrar el libro, sino en la posibilidad de observar al autor de la obra criticada como si lo hiciera a través de un microscopio: en este caso.  Vacío perfecto es una narración sobre las cosas deseadas, pero imposibles de obtener.  Es un libro sobre sueños que jamás se cumplen.  Y el único ardid que le queda todavía a Lem sería un contraataque: afirmar que no fui yo, el crítico, sino él mismo, el autor, quien escribió la presente reseña, e incluirla, como un texto más, en Vacío perfecto.
 

¿CÓMO SE LO DECIMOS A LOS NIÑOS?

 

¿CÓMO SE LO DECIMOS A LOS NIÑOS?

 

Cuando a fines de marzo (según lo estipulado en el contrato de venta) hubo que desocupar la Gran Sinagoga del hipódromo, Zweifel y los otros alumnos ayudaron a empacar los objetos de culto que al poco tiempo serían enviados a Nueva York, donde hallaron cabida en el Museo Judío como Colección Gieldzinski. (En 1966 los rollos de la Tora se consumieron al estallar un incendio en la biblioteca.)

El pasaje citado de mi libro Aus dem Tagebuch einer Schnecke [Del diario de un caracol] narra la disolución de la comunidad judía de Danzig en la primavera de 1939, cuando hubo que financiar la emigración de sus miembros mediante la venta de los edificios sagrados y de los cementerios judíos. “Dicen que los ancianos y el cantor de la Gran Sinagoga, Leopold Schufftan, lloraron después de haber firmado.”

Cuarenta años más tarde el tesoro de la sinagoga de Danzig se exhibe en Nueva York. Sin embargo, las reflexiones que haga en esta ocasión no pueden girar en torno a la historia cultural, sino que deben derivar de las consecuencias del crimen alemán y de las condiciones propias de mi actividad literaria. El pasado no puede dejar de estar presente para nosotros. Seguimos preguntándonos cómo fue posible que se llegara a eso.

Y seguimos sin respuestas. A 35 años de Auschwitz, la pregunta alemana vuelve a ser: ¿Cómo se lo decimos a los niños? O, con mayor precisión: los padres nacidos después de la guerra, que cuando niños recibieron a sus preguntas sólo medias respuestas, palabras evasivas, mentirosas o desamparadas: ¿cómo van a explicar ahora a sus hijos lo sucedido en Auschwitz, Treblinka y Majdanek “en nombre del pueblo alemán”, lo cual ha persistido desde entonces de generación en generación y permanecerá imborrable en cuanto culpa alemana?

Otros pueblos son discutiblemente más felices, o sea, más olvidadizos. Nadie declarará al pueblo ruso culpable de la carnicería estalinista efectuada en nombre de la revolución. Un número relativamente reducido de ciudadanos de los Estados Unidos de América todavía se siente responsable hoy en día del crimen de guerra cometido por su país en el conflicto de Vietnam. Inglaterra, Francia y Holanda ya archivaron la injusticia de sus dominios coloniales, que hasta la fecha sigue obrando trascendentes consecuencias: son cosas que ya no cuentan. Es historia. Y la historia continúa.

Tan sólo a los alemanes no se nos permite sustraernos a ella. Cuanto más inofensivo es el aire que adoptamos, más inquietantes somos para nuestros vecinos. Nuestro éxito económico no alcanza a tapar el vacío moral de una culpa sin par. Ninguna referencia a los inocentes que nacieron después de los hechos, ningún remitirse a los crímenes de otros pueblos: nada nos exculpa. Otros nos señalan con el dedo, nosotros nos señalamos con el dedo. Con la misma falta de compasión pedante con la que toleramos, planeamos y llevamos a cabo el genocidio de seis millones de judíos, no dejamos de preguntarnos cuáles fueron los motivos, cuál la razón de ello, y lo mismo nos preguntan (en cada generación con mayor urgencia) nuestros hijos. De manera propia del Antiguo Testamento, la culpa perdura y es transmitida.

Hacia finales de la década de 1960 mis hijos, que entonces tenían 4 y 8 años, y 12 los gemelos, me sometieron a un interrogatorio a mí, que desde hacía años estaba dedicado a poner en duda a otra generación, la de mis padres. De acuerdo con sus edades, las preguntas iban así: ¿También mataron niños en las cámaras de gas? O: ¿Por qué a los niños? O se perdían en los detalles técnicos: ¿Qué clase de gas era ése? La cifra millonaria resultaba superior a toda la capacidad de su imaginación. En cuanto los hijos mayores preguntaron cuál había sido el motivo de la monstruosidad, que seguía siendo abstracta para ellos, los padres nos extraviamos entre explicaciones de complicados procesos que pretendían basarse en fundamentos históricos, sociales y religiosos. Una mezcolanza de relaciones cuya causalidad sólo podía parecer absurda. El interés infantil pasó a otras preguntas referentes a lo cotidiano: el hámster, el programa de televisión, las vacaciones próximas.

Sólo al referir un destino individual o la fuga de una familia —ora a la muerte, ora hasta la meta en Palestina— logré captar la atención de mis hijos, sin estar seguro de que oyeran más que la aventura de la huida. Empecé a apuntar sus preguntas y mis respuestas inseguras. En mi libro de garabatos, puesto que desde marzo hasta el otoño de 1969 estuve ocupado con las inminentes elecciones parlamentarias, se mezclaron las anotaciones relativas a la campaña electoral con las preguntas de los niños, para crear la base del manuscrito que comenzaría posteriormente: Del diario de un caracol. En forma paralela a las circunstancias políticas contemporáneas, quería contar la historia de la persecución, el destierro y el aniquilamiento de los judíos de Danzig; suponía que mi ciudad de origen sería lo suficientemente gráfica para mí como para plasmar el inicio del crimen alemán y su desarrollo ulterior. Lo que sucedió en Berlín, Leipzig, Nuremberg, Francfort y Dusseldorf también ocurrió, si bien retardado por su constitución de ciudad-república, en Danzig. Y todo a la plena luz del día. Un odio imposible de pasar por alto, proclamado por carteles y titulares. El silencio cobarde de las Iglesias cristianas. El ciudadano que se adaptaba a los acontecimientos. La incapacitación impuesta a sí mismo por un pueblo enterado al principio, que después, al conocerse la magnitud del crimen, debió entender su propia ignorancia y también, no obstante, su responsabilidad.

Mi decisión de conducir el relato desde un lugar reconocible y conocido por mí, de permitir que se desarrollara el horror de la “solución final” desde el margen y de restringirme, para ello, a mis propios recursos, los literarios, fue dispuesta de antemano por un esfuerzo que databa de años atrás y que entretanto había sido frustrado y abandonado: sin hallar un punto de partida para ello, me había aventurado a concebir el proyecto de completar el fragmento Der Rabbi von Bacherach [El rabino de Bacherach] de Heinrich Heine. La ironía romántica de Heine me había incitado al desacuerdo. Su fracaso ante un material demasiado exigente había despertado mi ambición. Hoy sé que sin este rodeo por el Bacherach de Heine no hubiera hallado la manera de penetrar a la historia de los judíos de Danzig. Aquí se presenta la oportunidad de revivir a la comunidad judía de ese pequeño poblado medieval de Renania, y de seguir los hilos que han quedado enterrados o fueron pasados por alto.

El fragmento que nos ha sido legado de Der Rabbi von Bacherach abarca una extensión de menos de 60 páginas y sólo tres capítulos. Parece terminar a la mitad de una frase. Entre paréntesis, el autor indica a sus lectores que los capítulos siguientes y el final del relato se perdieron debido a circunstancias fuera de su control. Sin embargo, Heinrich Heine no abandonó el tema durante 15 años, por muchas interrupciones que sufriera el trabajo con el manuscrito, por voluminoso e inmanejable que resultara el material al expandirse, por invariables que permanecieran las condiciones contemporáneas que se oponían a la publicación de todo el libro, lo mismo que del fragmento. La historia de la creación del Rabbi se lee como la crónica de un fracaso.

Desde el verano hasta entrado el invierno de 1824, un año después de que en Prusia se aboliera parcialmente el edicto napoleónico de tolerancia, a raíz de lo cual se prohibió a los judíos el magisterio en las escuelas y las universidades, el estudiante de derecho (y autor del Harzreise [Viaje al Harz]) emprende los trabajos preliminares en la biblioteca de Gotinga. Heine, un poeta suscrito al credo del “indiferentismo”, que se burla de toda religión positiva, para quien el judaismo y la doctrina cristiana son mera expresión de una despreciable y “melindrosa censura de la humanidad”, y que a lo sumo permanece ligado a su origen por emociones sentimentales (y la oposición al predominio cristiano), este liberal cuya única fe era la razón, comienza a profundizar en la milenaria historia de los sufrimientos del pueblo judío. A su amigo Moser, Heine escribe: “Además, estoy estudiando muchas crónicas y, sobre todo, mucha ‘historia judaica’. Esto último se debe al contacto con el rabino y también, quizá, a una necesidad interior. Son sentimientos muy peculiares los que me mueven al hojear estos tristes anales; una plenitud de saber y de dolor.”

Así, desde el mismo principio del primer capítulo se enfoca el tema con una mirada retrospectiva a la historia, después de la presentación romántica de un pueblo renano, Bacherach, y de la pequeña comunidad judía que vive entre sus murallas: “La gran persecución de los judíos empezó con las cruzadas y causó los estragos más terribles a mediados del siglo XIV, al finalizar la gran peste que, como toda calamidad pública, había sido provocada, supuestamente, por los judíos, al despertar la ira de Dios, según se aseverase, y envenenar los pozos con la ayuda de los enfermos de lepra.”

Heine habla de las hordas medievales de flagelantes que “entonando un enajenado himno a la Virgen” atraviesan Renania hacia el sur de Alemania y en el camino cometen mil asesinatos de judíos. Señala el origen de la mentira reiterada una y otra vez a lo largo de los siglos: “…que los judíos robaban hostias consagradas, las cuales perforaban con cuchillos hasta hacer manar la sangre, mientras que en su fiesta de Pascua mataban a niños cristianos para utilizar su sangre en la ceremonia religiosa de la noche”.

Así, se introduce el motivo que desencadenará la desgracia. Con la celebración de la fiesta de Pascua, para la cual la pequeña comunidad congregada en torno a la sinagoga de la ciudad de Bacherach se reúne ante el rabino Abraham, empieza la acción del relato incompleto. Mientras el rabino, un hombre aún joven que realizó sus estudios en la población española de Toledo, donde también se familiarizó con la doctrina cristiana, observa los ritos antiguos en la sala grande de su casa, y la lámpara de plata del sábado derrama “su luz festiva sobre los semblantes piadosamente alegres de jóvenes y viejos”, mientras se festeja pacíficamente la liberación del pueblo de Israel de la esclavitud egipcia, pues, adornada con leyendas, documentada con las escrituras y celebrada con las palabras de la Hagadá (y el pan ázimo) —”¡Ea! ¡Tal es el alimento que disfrutaron nuestros padres en Egipto! ¡Que todos los hambrientos vengan a gozarlo!”—, dos hombres desconocidos, que se dicen correligionarios de paso por el pueblo, penetran en la sala y quieren participar en la fiesta de Pascua. Por suntuoso que se pinte el cuadro de la fiesta de la comunidad, hasta en los detalles—”…los hombres llevaban sus abrigos oscuros, los planos sombreros negros y las golas blancas; las mujeres, con sus vestidos maravillosamente centelleantes de paños lombardos, tenían ceñidas las cabezas y los cuellos con joyas de oro y de perlas…”—, se percibe, no obstante, el precipicio de la catástrofe. El rabino Abraham no tarda mucho en descubrir que uno de los forasteros ha traído y depositado debajo de la mesa el cadáver ensangrentado de un niño. El pretexto para el pogrom está dado. No obstante, Heine ahorra a sus sensibles lectores los detalles, la aniquilación de los judíos de Bacherach. El rabino consigue huir a tiempo, junto con su joven esposa Sara. Un precepto antiguo que le exige dar testimonio impone esta fuga. Abandona su comunidad, sobre la que se cierne “el ángel de la muerte”. A continuación, el relato experimenta un giro romántico. Ambos ocupan un bote del Rin que “el silencioso Wilhelm, un muchacho sordomudo pero hermoso como un sol”, conduce por la noche a Francfort del Meno, en cuya judería se ubican los dos capítulos siguientes sin que se vuelva a espesar la trama.

No sabemos nada sobre la segunda parte de la historia, la cual, según las afirmaciones hechas por el autor en su correspondencia, debía llevarse a cabo en escenarios españoles. La huida del rabino Abraham probablemente se alargó hasta este sitio a fin de desplegar mejor su principio de tolerancia hacia todas las religiones (y la crítica del autor contra cualquier doctrina ortodoxa).

Poco tiempo antes de su examen de doctorado, en junio de 1825, Heinrich Heine se hace bautizar por la Iglesia cristiana protestante. Quiere presentar conferencias filosóficas e históricas en Berlín. Su ambición requiere cierto desenvolvimiento social. Se conduce de manera conforme a las exigencias de sus tiempos, pero a pesar de ello insiste en proseguir el trabajo con el Rabbi von Bacherach, hasta que nuevas interrupciones lo eximen de esta tarea cada vez más penosa. El proyecto de publicar una versión abreviada en la segunda parte de Reisebilder [Estampas de viaje] es abandonado nuevamente. Cuando en 1833 un incendio en la casa de su madre, en Hamburgo, destruye gran parte de los manuscritos ahí guardados, también se pierde el manuscrito sobre el rabino, que entretanto ha crecido hasta comprender dos libros. Quedan sólo los apuntes para el borrador, con base en los cuales el literato, entretanto emigrado a París, pretende reanudar el trabajo.

No obstante, no es sino hasta 1840 que un suceso contemporáneo induce a Heine a volver a su tema: la fiesta de Pascua que termina con un pogrom. El Conde Ratti-Menton, cónsul francés en Damasco, dispone el tormento judicial de varios judíos acusados de haber asesinado a un fraile capuchino y de beber su sangre durante la fiesta de Pascua. Lo que según el relato de Heine se llevara a cabo en medio del obcecamiento de la superstición medieval, durante los tiempos del emperador Maximiliano, se repite en la modernidad, a despecho del racionalismo y de los postulados de la Revolución francesa.

Heine se manifiesta al respecto en una serie de escritos periodísticos, de los cuales algunos son publicados por el Augsburger Allgemeine Zeitung. En uno de estos artículos, suprimido por el departamento de redacción, ataca directamente al presidente francés: “Durante sus audiencias matutinas el señor Thiers asevera… con aire de máxima convicción, que es completamente cierto que los judíos beban sangre cristiana durante la fiesta de Pascua…”

Dicha serie de artículos, recopilada posteriormente en la primera parte del libro Lutetia, figura entre las obras maestras de Heine como periodista. Mediante la ironía, Heine suaviza la seriedad y la pasión de sus acusaciones, encubre el dolor y la vergüenza con ingenio, con un tono aparente de charla casual cuenta aquí los últimos chismes de la ópera y pinta, luego, un retrato de París (en espera del cadáver de Napoleón), pero siempre se mantiene sobre la pista del verdadero tema. Demuestra que el martirio de los judíos en Damasco no significa solamente, acaso, una recaída, aislada en las tinieblas, de la Edad Media sino que, como renovada persecución de los judíos impulsada por el odio cristiano, pudiera tener un futuro mucho más terrible. Es cierto que se levantaron protestas contra el cónsul Ratti-Menton, que desencadenó y promovió el pogrom en Damasco con escritos difamatorios, pero los prejuicios son reales. Heine comprende y analiza con exactitud la explosiva situación en el Cercano Oriente y el error en que incurren los observadores europeos en su evaluación de la misma. Para ello su “indiferentismo”, a menudo lamentado por sus amigos judíos, le ayuda a conservar su lucidez y a presentir (como en otra oportunidad con respecto al marxismo) los crímenes del siglo XX: la mudanza del odio cristiano tradicional a los judíos en el delirio racial organizado del antisemitismo. Como si los acontecimientos en Damasco le hubieran dado un nuevo impulso, produce una versión modificada de su relato, a la que pone como título “Das Passahfest” [La fiesta de Pascua]; no obstante, pese a que está dedicado a la Baronesa Betty Rothschild, pronto debe ceder a un primer tanteo: posiblemente para alejarse del tema y con certeza también para aumentar el volumen de una publicación eventual, el llamado Salón, Heine publica los tres capítulos del fragmento con el que hoy contamos, cuyas aspiraciones literarias se cumplen sólo en la descripción de la fiesta de Pascua, pero que en el desarrollo ulterior se vuelve arbitrario, en sus cuadros floridos, y se encalla en un ingenio forzado. Al cabo de 15 años, Heine se desprende de un material que había sido para él una obligación y una carga. Su trabajo periodístico le ha exigido visiones más exactas sobre la problemática del tema. El fragmento narrativo fracasa a causa del estilo romántico de la época que, atajado de suyo por la ironía, no alcanza a captar la realidad que Heine quería representar mediante una visión retrospectiva y augúrica a la vez. Resignado ya, comunica a su editor Campe: “Escribí este cuadro costumbrista medieval hace unos 15 años y lo que presento aquí es sólo una muestra del libro quemado en la casa de mi madre, quizá para mi propio bien. En su evolución se manifestaban opiniones de suma herejía que hubiesen provocado que tanto judíos como cristianos pusieran el grito en el cielo.”

Antes de empezar a trabajar con la historia del rabino, Heine se había anticipado mejor, en una carta a su amigo Moser, a la irritación que hasta la fecha produce la obra: “Confieso que defenderé con entusiasmo los derechos de los judíos y su asimilación como ciudadanos, y en tiempos duros, que serán inevitables, la plebe germana escuchará resonar mi voz a través de cervecerías y palacios.”

Un enfoque equivocado, en la mayoría de los casos, ha tenido como consecuencia que las opiniones sobre este autor se dividan una y otra vez. No es posible superarlo ni como patriota ilustrado ni como crítico de su patria. Su escrupulosidad fue calificada de corrosiva; su ingenio, criticado por ser ajeno al espíritu nacional. No obstante, aun sus rimas más planas y sus sentimentalismos autoimitadores han guardado, en todos los tiempos, su particular idoneidad para las citas. Los alemanes todavía no podemos tragar a Heine. Su seriedad humorística y riente desesperación nos resultan incomprensibles. No pretendo excluirme de ello, pues el fragmento del Rabbi von Bacherach de Heine, cuando por primera vez lo leí al poco tiempo de finalizar la guerra —era joven y estaba hambriento de la literatura antes prohibida—, significó dos cosas para mí: por poco tiempo, un motivo de escándalo; y luego un interés persistente en afrontarlo. Me propuse continuar el fragmento. Jugué (a título de ensayo) con un estilo que emulaba el suyo. Con la ayuda salvadora del bote del Rin, quería transportar a Abraham y a Sara, los fugitivos del pogrom, al Francfort de la década de 1930, en lugar de la ciudad medieval. Pretendía reanudar el relato de Heine en la actualidad. Un detalle al comienzo del segundo capítulo proporcionaba el punto de partida para ello, pues el rabino, al aproximarse el objetivo de su huida, grita a Sara: “Ahí enfrente, esas casas sonrientes y rodeadas por colinas verdes, son Sachsenhausen, de donde el cojo Gumpert nos lleva las bellas mirras para la fiesta de los Tabernáculos…” Esta mención casual de un poblado que compartiría su nombre con un campo de concentración apuntaba hacia el salto a través del tiempo.

Era una idea obstinada que con igual prontitud quedaba sepultada o volvía a renovarse espontáneamente; pero no ponía nada por escrito, ya que entretanto mis propios temas habrían de ocuparme por años enteros. La ubicación de mi relato no podía llamarse Bacherach, Francfort del Meno (Sachsenhausen) ni Toledo. Seguía arraigado en mi origen y tenía que plantear la pregunta “¿Cómo se lo decimos a los niños?” en una manera que me afectara a mí, desde Danzig. El fragmento de Heine perduró como reto, ciertamente, pero se había gastado su atractivo literario.

Cuando a mediados del decenio de 1960 viajé por primera vez a Israel, conocí en Tel Aviv a Erwin Lichtenstein, un antiguo síndico de la comunidad judía de Danzig que ahora se dedicaba, como abogado, a los llamados derechos de reparación. Cuando joven había tenido que negociar con las autoridades nazis y realizar la venta de los edificios sagrados y los cementerios judíos. En sus manos se había acumulado todo el material que atestiguaba la persecución de los judíos en Danzig, su destierro y aniquilamiento. Pese a que llevaba años trabajando en el manuscrito de un libro que publicaría a comienzos de la década de 1970, no poseía una ambición literaria que le impidiese poner a mi disposición las copias de su material. Gracias a su intervención pude visitar, en el transcurso de un posterior viaje a Israel, a algunos sobrevivientes de la comunidad judía de Danzig, entre ellos a Ruth Rosenbaum, la cual, como joven maestra, había construido y dirigido la escuela particular judía que en medio del terror cada vez más grande sembrado por los nazis siguió impartiendo clases, desde 1935 hasta la primavera de 1939. Poco tiempo antes de la “emigración de los 500″, un transporte de judíos de Danzig que al cabo de ciertas correrías y rodeos arribó a Palestina con el buque mercante Astir, la escuela de Rosenbaum fue cerrada, puesto que el número de alumnos había disminuido de más de 200 a 36. “A fines de febrero, ocho alumnos y alumnas todavía pudieron presentar su examen de bachillerato (con certificación por el Senado). (Cuando en Jerusalén pedí los detalles a Eva Gerson, ésta indicó: ‘Nuestro desempeño causó una gran impresión en los nazis del tribunal de exámenes, entre ellos Schramm y otras eminencias.’)”

Apenas entonces, pese a que cuando niño me había criado a la vista de las penalidades judías, adquirí conocimientos que me permitieron ser exacto en mis afirmaciones. La gran cantidad de declaraciones, apuntes de diarios personales, documentos y reportajes periodísticos que hallé con Erwin Lichtenstein dilucidaron el lento proceso de un crimen que desde sus comienzos había ido extendiendo cada vez más su magnitud; sin embargo, no hubiese sido el autor indicado para una crónica lineal. Hacía falta que una constelación contemporánea se erigiese en el tema contrapuesto a fin de poder descubrir, con mi relato, los muchos aspectos del trauma alemán, pues la generación de los que sabían, actuaban y callaban no sólo estaba presente en la actualidad, sin hacerse notar, sino que acudía a los puestos de responsabilidad política como si no hubiese sucedido nada.

A fines de la década de 1960, después de extinguirse lentamente la era de la restauración política interior bajo Adenauer y la “guerra fría”, se presentaba la oportunidad, por primera vez en la historia de la República Federal de Alemania, para un cambio democrático de poderes. No obstante, el gobierno provisional formado por la Gran Coalición entre democratacristianos y socialdemócratas se constituyó simultáneamente, al dejar que se desmedrase la oposición parlamentaria, en el primer desafío a la conciencia democrática aún no consolidada de los alemanes federales. A la izquierda, el movimiento de la protesta estudiantil derivó en una “oposición extraparlamentaria”; del lado de la derecha, la gente acudió en tropel a engrosar las filas de un partido neofascista, el NPD, máxime cuando los antecedentes políticos del canciller de la Gran Coalición, Kurt Georg Kiesinger, debilitaban los argumentos que los partidos gubernamentales pudiesen aducir contra los neonazis: como miembro del NSDAP [Partido Obrero Nacionalsocialista] durante largos años, Kiesinger había desempeñado posiciones importantes en el Tercer Reich hasta el final de éste, sin vacilar por un solo momento pese a los crímenes de los que tuvo conocimiento. Su cargo de canciller representaba un insulto a la resistencia contra el nazismo. La revaloración política de su pasado ponía en duda todo lo que los alemanes federales habían aprendido durante veinte años, como alumnos modelo en cuestiones de democracia clásica: la comprensión de su responsabilidad política, el regreso al derecho liberal, no sólo una conducta buena pero descolorida sino también la vergüenza inspirada por los crímenes alemanes.

El hecho de que el antiguo emigrado Willy Brandt, hasta entonces subliminalmente calumniado, asistiera al antiguo nazi Kiesinger en calidad de vicecanciller y ministro del Exterior, no bastó para encubrir la sospechosa transigencia. La generación de la posguerra, cuya conciencia había cobrado sensibilidad a causa de las protestas contra Vietnam, rechazaba especialmente la inverosímil “alianza de la reconciliación”. A pesar de ello, ninguna protesta callejera estremeció al nuevo cartel en el poder. Tan sólo las elecciones parlamentarias fijadas para el otoño de 1969 resultaban idóneas para relevar a la Gran Coalición, con todo y Kiesinger, y sustituirla por otra de carácter social-liberal, encabezada por el canciller Willy Brandt.

Contribuí al resultado de esta campaña para las elecciones parlamentarias, que constituían una prueba decisiva porque en ellas habían vuelto a manifestarse las contradicciones alemanas subsanadas antes sólo de manera provisional, mediante la creación, junto con algunos amigos, de una organización de electores socialde-mócratas a nivel nacional. Estuve viajando durante siete meses. Los lunes dejaba mi domicilio en Berlín y regresaba a pasar el fin de semana. Al partir y al llegar, me confrontaban las preguntas de mis hijos: ¿Qué estás haciendo? ¿Para quién haces eso? ¿Por qué Kiesinger fue nazi? ¿Por qué Brandt, cuando era joven, tuvo que salir de Alemania? ¿Cómo fue, exactamente, eso de los judíos? ¿Y qué hacías tú entonces?

Por primera vez me vi expuesto a la pregunta: ¿Cómo se lo explicamos a los niños? Me resultó relativamente fácil esclarecer mi propia biografía, la de un niño de las juventudes hitlerianas que al finalizar la guerra tenía 17 años y se convirtió en soldado todavía con el último reclutamiento: era demasiado joven como para haber incurrido en culpa alguna. Sin embargo, la pregunta “¿Pero si hubieras sido mayor?” no admitía una respuesta unívoca. No estaba en situación de ofrecer garantías de mí mismo. El antinazismo recuperado por mi generación no implica compromisos porque estaba desprovisto de peligros. No hubiera habido manera de excluirme de la participación en el gran crimen, de contar sólo con unos ridículos cinco o siete años más, sobre todo en vista de los angustiados sueños que me afligían (con una frecuencia cada vez mayor al aumentar la distancia en el tiempo) y en los que me veía fracasar, hecho culpable. Los límites entre la acción o el delito real y posible iban borrándose. La discutible suerte de pertenecer a la “generación correcta” se ponía en evidencia mediante las frases tartamudeadas que llenaban mi diario detrás de las preguntas de los niños. Entre ellas, referencias a la campaña electoral, apuntes de la provincia. El presente, que padecía la enfermedad del pasado. El carácter sospechoso del idilio. El vertiginoso hoy, rebasado ya por el ayer. Las dislocaciones alemanas del tiempo. El futuro, también fechado de antemano. Las huellas de pasos arrastrados que se leían al derecho y al revés. Del diario de un caracol.

Así debía llamarse mi libro, en el que pretendía contar a mis hijos y a otros niños la historia de la comunidad judía de Danzig, intercalada con las situaciones cotidianas de la lucha electoral, entretejida con la relación recíproca entre la melancolía y la utopía, tejada con el principio de la duda. Quería exigir a los niños que estaban creciendo ahora, a los nacidos después de los hechos, que comprendieran unos procesos evolutivos desfasados, desarrollos retardados e imposibles de acelerar mediante salto alguno, que aquí impedían el progreso social y allá acumulaban la culpa, primero en cantidades pequeñas, hasta permitir la realización del magno crimen, una carga imposible de desmantelar. Quería enseñar a los niños que toda historia que tuviese lugar hoy en día en Alemania arrancaba siglos atrás, que estas historias alemanas, con sus títulos siempre renovados de culpa, no caducarán, no terminarán. El fracaso del intento de llevar al rabino Abraham, creado por Heinrich Heine, del Bacherach del siglo xv a la ciudad de Francfort en el XX halló cierta correspondencia en mi eliminación de todo desarrollo cronológico, en hacer que la década de 1930 alcanzara a la de 1960, y en mi oposición a la fuerza niveladora de lo pasajero.

Si hoy se expone en Nueva York el tesoro de la Gran Sinagoga de Danzig, la colección Gieldzinski que logró salvarse, el acontecimiento implica a algo más que la mera historia del arte. Debería decirse y oírse todo lo que es imposible mostrar dentro de vitrinas y sobre pedestales. Nuestro concepto del tiempo debería liberarse de las restricciones impuestas por una clasificación historicista. Vivimos simultáneamente el Bacherach medieval de Heine y la fiesta de Pascua terminada en pogrom, el Danzig de mi infancia y su comunidad de judíos perseguida debido a razones de obcecación racial, la existencia aún amenazada de Israel y dos Estados alemanes enfermos del siglo de Heine y de las ideologías de éste, que siguen avasallando a los seres humanos. A su pregunta: “¿Qué estás escribiendo?”, mi respuesta fue: “Un escritor, niños, es alguien que escribe contra el transcurrir del tiempo.”

Al concluir el libro, mis hijos ya eran más grandes. Hubieran podido leerlo. Sin embargo, no querían oír historias viejas. Sólo contaba el presente. Y sus palabras evocaban un futuro revolucionario. Los grandes saltos, que siempre acaban en la reincidencia.

Entretanto, el pasado nos vuelve a alcanzar (una vez más). Horrorizados, los niños ya adultos, los jóvenes, sus padres reiteradamente turbados y los abuelos aún perplejos se sientan frente a las familiares pantallas de la televisión para ver la serie Holocausto. Inmediatamente, las encuestas enumeran las primeras reacciones: confesiones, consternación, rechazo y protestas. Algunos descubren un detalle histórico equivocado y declaran, por lo tanto, que todo es mentira; otros se muestran hondamente impresionados, como si nunca antes hubiesen oído, visto ni leído nada semejante. Afirman: ¡No lo sabíamos! No lo habíamos visto en esta forma. ¿Por qué no nos lo dijeron antes?

Treinta y cinco años después de Auschwitz, los medios masivos de comunicación celebran su triunfo. Sólo importa la cobertura horizontal, el elevado número de televisores encendidos. Lo que antes se escribió, se presentó en forma de documentos, se demostró mediante cuidadosos análisis y ha estado al alcance de la mano desde hace 30 años no tiene ningún valor, quedó sin efecto (al compararse con el impacto de la televisión); probablemente fuese demasiado complicado. El lema “instrucción masiva” (el reflejo de “aniquilación masiva’ ‘) acaba con toda crítica de esta serie de televisión tan exitosa como problemática. Y en cuanto a los escritores, esas raras aves que después de todo parecen correr peligro de extinción, que aún (y de manera obstinadamente anticuada) exigen la lectura, como actividad humana, al individuo y a las masas, se les recomienda urgentemente arrojar la estética de su élite por la borda, abandonar las complicaciones y suscribirse, de aquí en adelante, a la instrucción masiva. La pregunta: ¿Cómo se lo decimos a los niños?, debe evidentemente hallar su respuesta (entre cortes comerciales) sólo en la televisión.

A eso es a lo que pretendo oponerme a continuación. Los triunfos de la instrucción trivial, en todos los tiempos, han tenido sólo secuelas superficiales. Por mucho que pueda comprobarse (mediante las encuestas) que estremezcan, horroricen, muevan a la compasión y también a la vergüenza al individuo y a las masas —y tal fue el resultado de Holocausto—, no alcanzan a esclarecer los múltiples planos de responsabilidades, la compleja ‘ ‘modernidad” del genocidio. En cuanto a sus motivos, Auschwitz no fue la expresión de una bestialidad humana ordinaria sino el producto reproducible de una responsabilidad organizada, ligada ya sólo a obligaciones circunstanciales y repartida hasta volverse irreconocible, la cual se plasmó como falta de responsabilidad. Cada uno de los participantes o no participantes érfél crimen actuó, con intención o sin ella, a partir de la estrecha premisa de! deber. Sólo fueron condenados los perpetradores directos —llámense Kaduk o Eichmann—, pero los que se limitaron a atender su escritorio como era debido, al igual que todos los que se volvieron mudos, que no hicieron nada en favor ni nada en contra, que estuvieron enterados y permitieron que sucediese, no sufrieron ninguna sentencia, no se ensuciaron un solo dedo.

Hasta la fecha no se evalúa la complicidad decisiva que tuvieron las Iglesias católica y protestante en Alemania, a pesar de que la responsabilidad común de ambas en Auschwitz queda comprobada por su aceptación pasiva del crimen. Las referencias apaciguadoras hechas con respecto a su deber hacia la razón de Estado dejan ver todavía que el cristianismo organizado en forma clerical, siempre y cuando no resulte afectado él mismo, se refugiará en la aseveración de su falta de responsabilidad, salvando el valor de algunos individuos que obraron en contra de las instrucciones de su Iglesia y de la aislada confesión de culpa presentada por la Iglesia protestante de Stuttgart. Desde Auschwitz, las instituciones cristianas (al menos en Alemania) se han hecho indignas de toda pretensión moral.

Las persecuciones de los judíos durante la Edad Media —la descripción que hace Heinrich Heine de la fiesta de Pascua en Bacherach— y el odio a los judíos, arraigado profundamente en los cristianos, han pasado a formar parte del moderno antisemitismo y se han degenerado, en tiempos recientes, hasta la ausencia pasiva de toda responsabilidad. Los que permitieron el crimen no fueron salvajes ni bestias con figuras humanas, sino los representantes cultos de la religión que predica el amor al prójimo: su responsabilidad es mayor que la del culpable aislado bajo los reflectores, llámese Kaduk o Eichmann.

En Danzig, los obispos de ambas Iglesias también apartaron las miradas, imperturbables, al incendiarse las sinagogas de Langfuhr y Zoppot en noviembre de 1938 y entregarse a la reducida comunidad judía al terror del Asalto 96 de la SA. Yo tenía 11 años entonces y, a pesar de pertenecer a las juventudes hitlerianas, era un católico creyente. En la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús en Langfuhr, ubicada a diez minutos a pie de la sinagoga, no escuché, ni siquiera avanzada la guerra, ninguna oración en nombre de los judíos víctimas de la persecución, mientras que sin pensar repetí muchas plegarias por el triunfo de los ejércitos alemanes y el bienestar del Führer Adolf Hitler. El valor mostrado en la resistencia contra el nazismo por parte de algunos individuos y grupos cristianos alcanzó las mismas elevadas dimensiones que la cobardía de las Iglesias católica y protestante en Alemania al convertirse en los cómplices pasivos de aquél.

No hay serie de televisión que informe sobre ello. Sería imposible sujetar la compleja bancarrota moral del Occidente cristiano a una trama conmovedora y perturbadora dedicada a sacar provecho del terror. ¿Cómo se lo decimos a los niños? Vean a los farsantes. Desconfíen de sus bondadosas sonrisas. Teman a sus bendiciones. Los fariseos bíblicos fueron judíos, los actuales son cristianos.

LA CARRERA CONTRA LAS UTOPIAS

 

LA CARRERA CONTRA LAS UTOPIAS

 

LA CABEZA del ser humano se cree más universal que el propio globo terráqueo y mide más que él. Es capaz de pensarse y de repensarse, a sí misma y a toda la humanidad, desde una distancia cualquiera y en forma independiente de la gravedad terrenal. Se escribe, con anticipación, de un modo diferente de aquel con que posteriormente será leída. La cabeza del ser humano es monstruosa.

De ahí nuestra extravagancia. Por eso apuntamos, como ningún otro animal (ni siquiera el ave), tan arriba de nosotros mismos. De esta manera, nos rebasa el progreso engendrado por la cabeza. No cabemos en nosotros al olfatear nuestra felicidad, y estrechos de corazón vagamos por los vastos sistemas de la cabeza; el ser humano debe equivaler siempre a más de lo que prometería el fardo de sus disposiciones atadas; siempre se pide cosas mayores a sí mismo, se exige demasiado; siempre tiene que aspirar más arriba, buscar un mundo mejor fuera del tiempo que le ha sido adjudicado y anticipándose a su presente.

Mientras los seres humanos están en movimiento —y su búsqueda data de más tiempo atrás que los testimonios reales dejados por su existencia—, se empeñan en alcanzar su utopía, la cual puede ser la seguridad total, de idílicas y estrechas miras, o llamarse, también, el estado teocrático. Durante siglos, se situó allende este valle de lágrimas; luego, se procuró el paraíso sobre la Tierra. No, varios paraísos, pues uno no se daba abasto para comprender tantas concepciones de justicia, del deseo de libertad, de la firmeza de fe, de la voluntad para el orden, de la obsesión con la seguridad. No bastó nunca.

Por lo tanto, el ser humano, con esa cabeza grande, superior a este mundo, recurre a su imaginación. Y lo imaginado se vuelve para él realidad, es concebible para él, puesto que cabe en su imaginación; yo diría: le resulta más real que los hechos angulosos en los que diariamente se golpea las rodillas. Quiere averiguar lo que sucede del otro lado de las montañas, aunque cree saberlo ya. Triunfalmente, habla de la utopía concreta. Necesita dejar todo, incluso el cultivo de hortalizas, en la perspectiva correcta. Al igual que el automóvil en comparación con el carro tirado por caballos, Cezanne debe significar, supuestamente, un avance en comparación con Rafael. Siempre lo que existe ahora tiene que ser más grande que lo anterior; y lo que viene, más perfecto que lo actual y lo del pasado. Incluso el giro conservador —”antes las cosas fueron mejores y ahora sólo pueden empeorar”— no es más que una inversión de este monstruoso pensamiento desligado del presente.

La cabeza prometeica no se está en paz. Califica de creadora su inquietud indagatoria, errante, siempre atenta al rastro de la utopía. Así, deriva lo nuevo, y de lo nuevo lo más nuevo. Porque aún no había suficientes bases para jactarse y las nubes no sirven como fundamento, durante muchísimo tiempo se produjeron y siguen produciéndose cosas nuevas y más grandes en medio de la naturaleza misma, con la ayuda de una naturaleza encadenada y desencadenada controladamente, o dirigiéndose de lleno contra ella: la síntesis inorgánica y otra utopía ya presente: la fuerza nuclear mediante fisión.

En fechas últimas, lo nuevo (y lo más nuevo formado a partir de esto) ha sido creado también fuera de los límites de la naturaleza en su restricción a la Tierra: satélites y estaciones espaciales se encuentran en órbita alrededor de nosotros, nos dejan, visitan otros planetas, regresan y traen conocimientos para lo nuevo que en ciertas cabezas demasiado grandes vuelve concebible, a su vez, lo más nuevo todavía.

Los ovnis, por ejemplo, puesto que resultan concebibles, existen y ahora nos visitan: en el cine y en la realidad. El nuevo concepto de Dios ha adoptado la forma de platillo. La salvación o el azote, una vez más, se esperan de fuera. Están trabajándose arcángeles modernos basados en el modelo astral. La redención de este terrenal valle de lágrimas se llevará a cabo en el nivel del espacio sideral. La única dificultad consiste en la utopía del Apocalipsis de San Juan, pues es difícil superarla; y hay que superarla, a toda costa. Si un Hein-rich Schütz actual quisiera expresar en motetes el ansia moderna de salvación de este sobrepoblado valle de lágrimas, su orquesta tendría que producir un sonido aún más descarnado y esférico que los coros del hambre de Schütz durante el tiempo de la guerra de los Treinta Años. Ha de ser posible. Por fin lo logramos: hacer cantar al éter. Por fin hay esperanzas de ganar, al menos vía imágenes, la carrera contra todas las utopías ideadas en cabezas demasiado grandes. Ya existen películas que han alcanzado y comercializado nuestras últimas y penúltimas utopías. Por lo tanto, vamos al cine con toda la familia, en pareja o individualmente, para conocer nuestro futuro. Y el que no quiera ir al cine, porque las películas, incluso las utópicas, por regla general son abreviadas, puede recurrir a los libros; aún somos capaces de leer, aunque ciertamente nos cueste cada vez más trabajo a causa de la falta de concentración y de tiempo entre tantos compromisos; y ciertamente lo hacemos cada vez con mayor vergüenza debido a la conciencia de lo anticuada que es esta actividad, la cual, sin rendir beneficio alguno, nos roba demasiado tiempo; pero las bibliotecas siguen abiertas, la lectura —si bien dentro de determinados límites— todavía está permitida y aún nos tientan los libros, sobre todo los polvorientos.

Berge, Meere und Giganten

[Montañas, mares y gigantes] es el título de una grande, exaltada y olvidada novela de Alfred Döblin, publicada en 1924 y que hace falta descubrir de nuevo: este proyecto utópico escrito inmediatamente después de la novela sobre Wallenstein, la cual se antoja una utópica huida hacia el pasado. Es un libro que no se alimenta de las tecnologías más novedosas, a la manera de la ciencia ficción, sino que da por sentada la técnica posible y probable; fue escrito, en sus corrientes principales, como bajo un exceso de presión visionaria: tan reales y difusos son, a la vez, sus torrentes de pensamientos, sartas de imágenes e inflamaciones de sentimientos, que deliran hasta lo ampuloso y de súbito se apagan, inundados por la acción inv niada. En Berge, Meere und Giganten hay gente radicada en ciudades que no conoce los ambientes rurales sino vive en extensos paisajes urbanos; sus cuerpos, inactivos desde hace muchas generaciones por estar exonerados de trabajar, pero mantenidos cuidadosamente con el alimento sintético Meki, llevan unas cabezas gigantes sobre organismos débiles, no sólo a fuerza de la imaginación sino con toda naturalidad. ¿Nuestro futuro? Döblin escribe, al echar una mirada retrospectiva a la mitad del siglo xxvi:

Los físicos y los químicos se habían emancipado del cuerpo animal y de las plantas. Hacía mucho tiempo que se recordaban con repugnancia y medias risas las hambrunas que un solo verano de sequía podía provocar en comarcas enteras, esa dependencia absurda del ser humano del calor y de la sequedad. Dichos químicos y físicos no aborrecían nada tanto como los sembradíos verdes, las praderas, la aglomeración burlesca de manadas de ganado…

Un poco más adelante, el pretérito imperfecto del narrador se adelanta para informarnos: “La gente se retiraba a las ciudades gigantes. Se encerraba en ellas. Iba liberando la mayor parte de la Tierra. El suelo descansó…” Y luego:

La rigurosa y apasionada lucha de los trabajadores terminó. Desde entonces, la población occidental, devorada casi en su totalidad por los paisajes urbanos, se dividió entre el pequeño grupo de los productivos y la enorme cantidad de los inactivos. Los integrantes de estos grupos eran intercambiables, según sus inclinaciones y la demanda del momento. Hubo que ocupar a las masas de holgazanes, de números crecientes, con diversiones y trabajos simulados. La educación uniforme fue abandonada pronto. Se desarrolló una confusa multiplicidad. Los gobernantes contaban con la colaboración de grandes equipos de expertos y parlamentos nominales, los cuales se dedicaban a distraer a las masas inactivas.

No es de sorprender que una sociedad dividida en capas semejantes —la cual probablemente veremos realizada, incluso, con los parlamentos nominales ya existentes, más pronto de lo previsto por Döblin— esté en situación de concebir cosas siempre nuevas y nunca antes pensadas, y que lo inventado se vuelva realidad: los magnos reinos transcontinentales, el occidental y el asiático; la guerra de los Urales desatada entre ellos, en la que se manipulan los elementos de la naturaleza; las grandes ligas de mujeres dedicadas a devorar a los hombres en la época del desbordamiento temporal de las ciudades; el deshielo de Groenlandia y otros maravillosos horrores, los cuales sin excepción, descritos en una u otra forma y con variaciones impuestas por el azar, tendrán un futuro gracias a las cabezas humanas demasiado grandes; hasta la página 511 de mi edición de Berge, Meere und Giganten, en la que el último desvarío destructor de la cabeza es asimilado por la fuerza primaria materna Veneska, después de haberse vencido también a los gigantes: “Negro era el éter encima de ellos, con pequeñas esferas solares, montones de estrellas que, centelleantes, se excoriaban. Pecho a pecho, la oscuridad se tendió junto a los hombres, los cuales emanaban una tenue luz.”

Este libro ostentoso, cuyo tema es la ostentación del ser humano al querer tomar por asalto el cielo, fue el que me acompañó, que leí para establecer comparaciones, que confronté con los hechos, al hacer recientemente un viaje a Asia y África, donde en todas partes todo es de actualidad il mismo tiempo: las utopías pasadas y las que vuelven los ojos hacia atrás, las ya alcanzadas, las perdidas y las demás, que aún no figuran en el programa.

No es cierto que la tesis utópica se mantenga exclusivamente con el alimento sintético del futuro; lo que el pasado le dio de comer hasta el hartazgo es excretado en la actualidad, para que en el futuro pueda saciar su hambre. En Japón —el primer término de mi viaje—, conocí uno de los paisajes urbanos de Döblin, en comparación con el cual la cuenca del Ruhr es un idilio ribeteado de verde: el espacio comprendido entre Kioto, Osaka y Kobe. Desde las ciudades portuarias hasta la antigua ciudad imperial situada en la altura, sería posible describirlo como una superficie extendida en todas direcciones hasta el horizonte, sobrepoblada en conjunto por chozas y grandes edificios, obras en construcción, ruinas dejadas por demoliciones, zonas industriales escalonadas en su interior, acosados templos y templitos, canchas deportivas de un verde artificial y chatarra comprimida en paquete, encerrando a la vez unos olvidados arrozales. Todo se funde con lo que tiene al lado. Los diminutos jardines adornados con piedras y estilizados ala manera tradicional, con los desechos industriales en movimiento, cuyas orillas solapan los cementerios. En los sitios donde el culto a los antepasados, cincelado en piedra —el último trocito del Japón que ilustrase los libros de antaño—, aún puede calificarse de vistoso, es protegido por los ángulos muertos de unas vías de ferrocarril, las cuales conducen al territorio de Tokio, que no está muy lejos: tres rápidas horas en tren a través de una región densamente poblada, dejando de lado la ciudad de Nagoya, con sus millones de habitantes, hasta que otra vez las intrincadas terrazas de arroz y los invernaderos cubiertos con hojas plásticas insisten en que todavía —aunque sea dentro de un espacio estrechísimo— quedan restos de la naturaleza.

Pronto, estas zonas metropolitanas se habrán alcanzado en forma de paisajes urbanos. La campiña se conservará sólo como baldío o parque nacional. Y en algún momento —de acuerdo con ciertos indicios occidentales, desde la actualidad; en el libro de Döblin, sólo desde la página 229— comenzará el “desbordamiento de las ciudades”. Pero ¿adonde ir en Japón, donde no hay áreas yermas y que a cada dos pasos limita con el mar? Toda esa diligencia, esa frugalidad entre el arroz y el pescado, esa sonrisa compleja, esa nostalgia reprimida de tierra firme y lontananza, esa capacidad desencadenada ya para alimentar a los mercados del mundo con pequeños aparatos eléctricos y sus accesorios: ¿a dónde irá esta nación que todavía —otra vez— es una potencia en Asia, vencida antaño mediante la fuerza militar y ahora dedicada pacíficamente a buscar su propio provecho?

En los almacenes de Japón, que como en cualquier otra parte están repletos, los japoneses, con cara de japoneses, andan entre maniquís de largas piernas cuyos cuerpos de plástico muestran una tez sonrosada y que, vestidos con cortes occidentales, encarnan a la raza blanca. Así quieren ser, deshacerse de los ojos rasgados. Mirar, con grandes ojos azules de muñeca, por encima de todo lo que sea de escasa talla. Al lugar de donde ellas provienen, las reservadas, rubias, altas, quieren ir cuando desborden las ciudades. Pues es seguro que desbordarán… y antes de lo que decía Alfred Döblin.

Hartas de su libertad de trabajo, asqueadas por el ocio y el diario alimento Meki, no dispuestas ya a llevar la cabeza demasiado grande sobre su débil cuerpo, las masas huyen de las ciudades. Se desplazan como hordas, estableciéndose por poco tiempo en cada lugar, y buscan una utopía olvidada. Luego, se desbordan otros paisajes urbanos, los asiáticos, los africanos, cuyas masas se mezclan con los nómadas occidentales e inundan el continente transformado en estepa; como una esponja, Europa absorbe a los pueblos desbordantes.

La gente de Japón aún permanece en las islas y dentro de los sobrecargados barcos. Aún soporta tener que vivir apretada, encimada, apilada, de una manera parecida a como los miles de millones de pescados secos en los mercados de Japón, ordenados por especie y tamaño y dispuestos en filas entre palitos, se encuentran limpios y salados dentro de cajas en espera de la exportación. Explotan los mares, no sólo los limítrofes sino también los ajenos, lejanos. Pescados, moluscos, algas, hierbas marinas, sargazo, pepinos de mar, varec ártico: todo lo que se pueda secar, prensar, apilar y ordenar en filas, espesar como sustancia ictiológica o moler como harina de pescado lo atrapan y, mientras dure la producción de los mares, alcanzaría para nutrir al mundo. Sólo habría que admitirlos en todas partes: acudirían con su técnica, con su pescado. Ya están extendiendo las plantaciones de sargazo en el mar. Ya encabezan la producción de peces de cría. Ya saben preparar hojas de gelatina, de un color verde subido, con base en una masa de algas, cortarla a discreción a los tamaños de uso corriente, sellarla en envolturas de plástico y acopiarla; hasta el año 2000, por sólo mencionar un número.

Y entre los productos marinos adaptados a las demandas del mercado, los cuales, si fueran asignados a las zonas de escasez del mundo y simultáneamente se dejara los mares y su explotación a los japoneses, que todo lo aprovechan, por fin derivarían en la alimentación total del mundo y obligarían a otra utopía a marchar al compás, vi en las tiendas contiguas pequeños aparatos de diferentes tipos, hasta del tamaño de una uña, aparatos de cuyo funcionamiento no entiendo nada pero que, debido a los bajos costos de su producción con reducidos salarios, alcanzarían para abastecer al mundo, como de algas secas, con máquinas de uso popular para el almacenamiento de datos, con computadoras familiares y otros juguetes bonitos, en la medida en que los mercados estén abiertos.

En el espacio intermedio, nada. Aquí, el inmenso producto natural con olor a pescado; allá, las más recientes chanzas tecnológicas, que no huelen a nada. En medio, el agujero. Un vacío total. Entre el pescado y la electrónica, los japoneses cuelgan de los hilos restantes de una persistente tradición y están atrapados por la red de las neurosis modernas. Son pacíficos, a excepción del terror y el contraterror usuales también en otras partes, en todo el mundo. Diligentes y puntuales a la vez. Ante las dimensiones del pasado agresivo que compartieron y su actualidad saturada de verdades reprimidas, los alemanes y los japoneses pudieran hacer intercambio de lugares comunes nacionales. Supuestamente son comparables, aunque los japoneses tengan, supuestamente, una constitución orgánica distinta: supuestamente, los productos lácteos les hacen daño al estomago. Supuestamente, ambos pueblos se han democratizado en una medida tal, como pecadores arrepentidos, que ya no persiguen a sus minorías, máxime cuando Alemania desde entonces quedó prácticamente despojada de judíos; pues también en Japón se tolera a los etas, a saber: los impuros.

Habrá entre dos y tres millones. Es difícil obtener informes, que sólo se susurran a escondidas. En tiempos remotos, los japoneses comían carne y podían digerir los productos lácteos. Al llegar los budistas en el siglo VI y prohibirles que mataran, la nueva doctrina se restringía a las reses de matanza; el consumo de carne se consideraba impuro. Incluso se dejó de comer productos lácteos. Desde entonces se detesta a los matarifes, los carniceros, los curtidores y los zapateros. Se les llama etas. Existen en todo Japón: congregados en pueblos o dispersos en forma individual, con particular frecuencia dentro y alrededor de Kioto, Osaka e Hiroshima. No sufren persecuciones, pero sí privaciones. Por mucho cuidado que pongan en ocultar su origen, en algún momento sale a la luz que son etas. Así, pierden su posición profesional y, por lo tanto, la social; empiezan a descender, entre toda la gente en vías de ascenso. Desde luego existe un movimiento de emancipación en el Japón moderno, al igual que en otras partes, para defender a las minorías. En el parlamento hay diputados socialistas y comunistas que pertenecen a la clase de los etas pero que por lo pronto aún discuten entre ellos, claro está que por motivos ideológicos.

Casi me alegró que también en Japón, pese a su equilibrio que casi raya en la monotonía, hubiera problemas de minorías. Se trata de algo que aún distingue a este mundo: el hecho de que la humanidad que la habita, a diferencia de las masas futuras de Döblin, que superaron toda separación de razas, esté salpicada de minorías en todas partes. En Japón son los impuros devoradores de carne, a los que los productos lácteos no hacen daño; en Indonesia, los incansables chinos hacen el papel de judíos, al impulsar el comercio pero también el alza del interés usurario. Cuando en 1966, después de la caída de Sukarno, empezó la terrible purga por temor a los comunistas y encubierta con el pretexto de este peligro, entre 200 mil y 400 mil personas fueron muertas, entre ellas muchos miles de chinos que se hicieron sospechosos de comunistas por ser especialmente duchos en los negocios e invertir su capital en forma lucrativa. Y en África Oriental, el último lugar al que me llevó mi viaje, los etas japoneses y los chinos indonesios desempeñan el papel del judío en forma de hindúes. En Uganda, Idi Amin mostró cómo tratar a las minorías. Son necesarias para que, debidamente exprimidas, impulsen la economía; se las mata porque tienen que hacer el papel de enemigos interiores; se deja que sobreviva una parte de ellas porque no es posible quedarse sin un enemigo en el interior.

¡Bello Tercer Mundo! Indonesia es una pobre tierra rica, verde, exuberante, bendecida con tres cosechas de arroz al año. Arruinada ya por los holandeses, ahora está infestada de la corrupción nativa. Un tercio de su demanda de arroz tiene que importarse, mientras que los japoneses, que también consumen arroz, cuentan con un excedente para la exportación, en medio de los desechos industriales y sin la bendición de tres cosechas. Ventiladores, bicicletas, motocicletas, implementos fotográficos, todas las menudencias técnicas inventadas por el ser humano para multiplicar sus necesidades: casi todo ello proviene de Japón, de Hong Kong y de Singapur, los tres paisajes urbanos dominantes cuyos centros de abastecimiento se elevan hasta el siglo XXI, mientras que a los pies de las fachadas de vidrio y entre sus mutuos reflejos se extienden las zonas de miseria, perdura la Edad Media y es muy de hoy el miedo a los demonios. Artículos baratos y mercancías de contrabando recorren las vías de transporte de la corrupción, las únicas que están abiertas. Y puesto que la práctica de los sobornos acostumbrada en Indonesia abre las puertas de par en par a todo el mundo, desde Siemens hasta Unilever, se permite que los japoneses talen lejos, en Borneo, las últimas selvas de maderas preciosas, de manera tan intensamente racional, por cierto, que no queda ni pizca de sueños tan ignorantes como el de la reforestación. Ya están adentrándose en el mar de Java. Pronto habrán obtenido, por vía de trámite de la corrupción, los derechos de la pesca marítima entre las 12 mil islas; pues el gobierno indonesio se ocupa en forma tan exclusiva de retener el poder, asegurar sus prebendas e hinchar sus cuentas bancarias en Suiza, que no sobra tiempo para hacer lo que es evidente por los 120 millones de indonesios restantes, de los cuales 80 millones se multiplican apiñados en Java: transformar la pobre pesca costera en una pesca de altura que por medio de redes de frigoríficos —¿por qué no con la ayuda de Siemens?— abastezca al país de pescado.

Pero Siemens tiene las miras puestas en negocios más ágiles. Y la pesca de altura hay que dejarla a los japoneses. Ellos saben de eso. No sólo son buenos para sacar cientos de miles de motocicletas y millones de lindas calculadoras de bolsillo; saben que todo depende del pescado y de los otros productos del mar: el futuro y la supervivencia.

Pues todavía no hemos llegado tan lejos como Alfred Döblin, con sus adelantados torrentes de pensamientos. Aún no hay fábricas de Meki que en todo el mundo y en forma gratuita suministren el alimento sintético a los paisajes urbanos y sus zonas de miseria. O quizá ya se haya llegado a tal punto pero aún se oculte el trascendente invento, tal como según Döblin lo hicieron los senados industriales de los paisajes urbanos ingleses. El inventor Meki, un cínico sabio que no vivía más que para sus invenciones, fue encarcelado durante diez años, hasta que se suicidó: “Londres comprendió que había que lograr el dominio exclusivo sobre todos los secretos de la síntesis y las instalaciones, y que de esta manera se entraría en posesión de un medio de poder sin igual.” En Döblin, las cabezas grandes de Europa son las que mediante la representación exclusiva del alimento Meki —más tarde se erigen monumentos al suicida— aseguran la supremacía; opino, más bien, que los japoneses encabezarán este renglón. Son tan discretos, tan cortésmente tenaces. Han transferido su capacidad para realizar el vuelo destructor y autodestructor del kamikaze a objetivos pacíficos. Tranquilos, no bulliciosos como los fanfarrones estadunidenses; modestos, no poseídos por la arrogancia de los europeos de grandes cabezas, introducirán sus innovaciones; aún dominantes en los mercados de motocicletas, implementos fotográficos, computadoras en miniatura y pescado seco, las fábricas japonesas de Meki ya se han adjudicado las primeras participaciones en el mercado del alimento sintético universal. Las ventas son reducidas todavía, el producto resulta un poco cómico y grotesco —¿no leímos sobre esto en un grueso mamotreto futurista cuyo autor se llamaba Döblin?—, pero la demanda sube: entre los mimados, por curiosidad; entre la masa, por necesidad.

Pues ésta aumenta. Posiblemente se estanque todo lo demás. Cualquier avance puede convertirse en retroceso. Quizá en tierras europeas se amontonen las pensiones a pagar y permanezcan vacías las escuelas, porque en algún momento se engendraron muy pocos niñitos, pero Asia no conoce ninguna baja en el índice de natalidad a causa de la pildora: por todas partes hay niños, en los cinturones de miseria, en los pueblos. Niños hermosos, niños alegres. Niños callados, malnutridos y locos por engendrar, a su vez, más niños, porque los niños dan un bullicioso sentido a la vida, porque incluso los más pobres tienen permiso para reproducirse más y más, porque un gran número de niños sustituye el seguro social inexistente, porque a ninguno de los poderosos nacionales se le ocurre remplazar este seguro social de los pobres —que conforman la gran masa de la población—, el cual está basado en la abundancia de niños, con un sistema social. Pues eso sería socialismo. Y el socialismo —lo mismo dice el señor Filbinger muy lejos, en Stuttgart— conduce directamente al comunismo.

Por eso —no por la voluntad de Dios— se desarrolla diariamente, y ya no a cámara lenta, el único crecimiento de la actualidad, la explosión demográfica, la cual tiene como consecuencia otros incrementos: el desempleo, la escasez, la desnutrición, las epidemias, el hambre. Y si los japoneses, que según Döblin son ingleses, no fueran a estar pronto en situación de abastecer a la humanidad de un sintético alimento. Meki, además de computadoras populares y bancos de datos universales, tendríamos que abandonarnos a la desesperación, porque ya no funcionaría nada en absoluto.

Así hablamos los escritores. Para nosotros, la trama siempre continúa: al garantizar las fábricas de Meki la gran satisfacción del hambre por medio de su alimento sintético, la humanidad, inactiva y siempre satisfecha, empezó a perder fuerzas y a cansarse de sí misma.

La peligrosa indiferencia que de súbito surgió para corromper todo… —apunta el autor Döblin—. La suntuosidad, los juegos y las bacanales tenían poco efecto ya. Los objetos de moda producidos por las máquinas, bellos, arrobadores e incitadores a la vida, eran presentados a la gente, que hacía una mueca de disgusto. Todos se dedicaban a resolver los viejos y olvidados trajes.

A fin de contrarrestar dicha debilitación y la peligrosa vuelta retrospectiva de la humanidad, los senados, regidos por la industria en los paisajes urbanos occidentales, provocaron la guerra de los Urales. Cuando las barreras de fuego móvil terminaron de devorarse mutuamente, arrastrando consigo a las masas occidentales y asiáticas, el comienzo de un periodo de paz prometió restituir el cotidiano consumo de Meki. Entonces, los paisajes urbanos se desbordaron. La gente se escapó de los que manejaban los aparatos de alcance cercano y lejano. Los movimientos de colonizadores pusieron en peligro al globo terrestre. Los aperos agrícolas fueron desenterrados. Los chamanes, llamados “embaucadores”, predicaron la vuelta a la naturaleza. Por lo tanto, las cabezas grandes tuvieron que inventar otra vez algo nuevo, una tarea para la humanidad. Emprendieron el deshielo de Groenlandia: un desastre de dimensiones sobrehumanas que enfurecería a la naturaleza, logrado sin la energía atómica creada para los desastres actuales por nosotros, en cabezas demasiado grandes y anticipándonos a cualquier utopía.

No se preocupen, algo sobrevivirá; también en Berge, Meere und Giganten hay supervivencia: reducida y ajustada a medidas arcaicas, ciertamente, pero con cabezas más pequeñas otra vez. En sustancia, todo se lleva a cabo de otra manera en el futuro de Döblin. No tiene lugar ninguna guerra de las galaxias. Ningún cuerpecito astral del tercer tipo nos visita. Como debe de ser, todo permanece sobre el tapete terrenal, el cual a veces nos es sacado lentamente, como por motivos de prudencia, de debajo de los pies, para luego ser quitado de un tirón y hacer tropezar a la humanidad. Las tecnologías más modernas no aparecen tampoco, o sólo por alusión; su diseño es indiferente, como hecho sin cuidado. No se profundiza en ningún detalle a fin de lograr una diestra verosimilitud. Incluso las fábricas de Meki quedan en meras afirmaciones. Durante la guerra de los Urales y otros intentos de traza clásica para resolver los conflictos, se habla como entre paréntesis de armas de rayos a grandes distancias, denominadas, en una palabra, “aparatos”. El deshielo de Groenlandia, ese magno espectáculo, se hace posible mediante los velos de turmalina cuyo poder fue almacenado, en preparación para ello, al hacer estallar y recoger la fuerza de los volcanes de Islandia. Döblin lo dice y he ahí que se hace realidad; tan creíble resulta como el hecho de que en el mundo futuro de Berge, Meere und Giganten no haya escritores.

Desde el principio están ausentes. Nadie escribe y nadie imprime. Puesto que nadie lee, no hay confiscación de libros prohibidos. En una sola ocasión, cuando el sintético alimento Meki produce una debilitación general y peligrosas evocaciones del pasado, se indica: “Los alemanes tomaban la pesada Biblia, hojeaban el libro de misa, cantaban tristemente en el bosque.” Aparte de esto, no hay ejemp’os de tipo literario. Puesto que, pese a toda la violencia y la contraviolencia, con toda la destrucción de individuos y de masas, no se detiene a un solo escritor, no hay necesidad de otros escritores que protesten contra su detención o expulsión. En forma previsora, Döblin se saltó su existencia como autor, la quema de libros, su exilio durante el tiempo de los nazis: su profesión queda como sin futuro.

Sin embargo, no llegamos a tanto. Aún no. En Japón, Hong Kong, Indonesia, Tailandia, la India o Kenia, en África, en todos los lugares a los que llegué para seguir —según previo acuerdo— la agenda fijada por los Institutos Goethe, hay escritores, es decir, personas que de manera vacilante y anticuada, por ser imposible de acelerar con tecnología alguna, crean palabras, forman frases y ayudan a las distintas realidades contradictorio de los que manejaban los aparatos de alcance cercano y lejano. Los movimientos de colonizadores pusieron en peligro al globo terrestre. Los aperos agrícolas fueron desenterrados. Los chamanes, llamados “embaucadores”, predicaron la vuelta a la naturaleza. Por lo tanto, las cabezas grandes tuvieron que inventar otra vez algo nuevo, una tarea para la humanidad. Emprendieron el deshielo de Groenlandia: un desastre de dimensiones sobrehumanas que enfurecería a la naturaleza, logrado sin la energía atómica creada para los desastres actuales por nosotros, en cabezas demasiado grandes y anticipándonos a cualquier utopía.

No se preocupen, algo sobrevivirá; también en Berge, Meere und Giganten hay supervivencia: reducida y ajustada a medidas arcaicas, ciertamente, pero con cabezas más pequeñas otra vez. En sustancia, todo se lleva a cabo de otra manera en el futuro de Döblin. No tiene lugar ninguna guerra de las galaxias. Ningún cuerpecito astral del tercer tipo nos visita. Como debe de ser, todo permanece sobre el tapete terrenal, el cual a veces nos es sacado lentamente, como por motivos de prudencia, de debajo de los pies, para luego ser quitado de un tirón y hacer tropezar a la humanidad. Las tecnologías más modernas no aparecen tampoco, o sólo por alusión; su diseño es indiferente, como hecho sin cuidado. No se profundiza en ningún detalle a fin de lograr una diestra verosimilitud. Incluso las fábricas de Meki quedan en meras afirmaciones. Durante la guerra de los Urales y otros intentos de traza clásica para resolver los conflictos, se habla como entre paréntesis de armas de rayos a grandes distancias, denominadas, en una palabra, “aparatos”. El deshielo de Groenlandia, ese magno espectáculo, se hace posible mediante los velos de turmalina cuyo poder fue almacenado, en preparación para ello, al hacer estallar y recoger la fuerza de los volcanes de Islandia. Döblin lo dice y he ahí que se hace realidad; tan creíble resulta como el hecho de que en el mundo futuro de Berge, Meere und Giganten no haya escritores.

Desde el principio están ausentes. Nadie escribe y nadie imprime. Puesto que nadie lee, no hay confiscación de libros prohibidos. En una sola ocasión, cuando el sintético alimento Meki produce una debilitación general y peligrosas evocaciones del pasado, se indica: “Los alemanes tomaban la pesada Biblia, hojeaban el libro de misa, cantaban tristemente en el bosque.” Aparte de esto, no hay ejemp’os de tipo literario. Puesto que, pese a toda la violencia y la contraviolencia, con toda la destrucción de individuos y de masas, no se detiene a un solo escritor, no hay necesidad de otros escritores que protesten contra su detención o expulsión. En forma previsora, Döblin se saltó su existencia como autor, la quema de libros, su exilio durante el tiempo de los nazis: su profesión queda como sin futuro.

Sin embargo, no llegamos a tanto. Aún no. En Japón, Hong Kong, Indonesia, Tailandia, la India o Kenia, en África, en todos los lugares a los que llegué para seguir —según previo acuerdo— la agenda fijada por los Institutos Goethe, hay escritores, es decir, personas que de manera vacilante y anticuada, por ser imposible de acelerar con tecnología alguna, crean palabras, forman frases y ayudan a las distintas realidades contradictorias a asumir una nueva realidad ficticia, o sea, literaria, y que por lo tanto se dedican a un oficio peligroso, puesto que las realidades no literarias y quienes las manejan por regla general se adjudican un sentido político o, dicho de otra manera, exclusivo. No quieren dejar valer junto a sí a ninguna otra realidad, aunque sea ficticia. De ahí que en todas las regiones del mundo donde tiene validez una sola realidad se haga callar a los escritores mediante la censura, la prohibición y la confiscación de sus libros, mientras que ellos son expulsados del país, arrestados o eliminados definitivamente de todas las realidades.

Esto le ocurrió en Indonesia, hace más de doce años, al escritor Pramudya Ananta Toer, cuyos libros tratan sobre la estrecha realidad de los campesinos sin tierra, oprimidos por los intereses usurarios y la corrupción. Razón suficiente, desde el punto de vista de los sucesores de Sukarno, para encerrarlo por comunista en el campo de concentración de una isla, junto con miles más. Durante doce años no hubo ningún juicio; ninguna amnistía le era aplicable. Las apelaciones y las solicitudes no fueron atendidas. Los militares del estado isleño de Indonesia, preocupados únicamente por su poder, temían al escritor; y con este temor no hacen aisladamente el ridículo, sino que cuentan con compañía.

Ahí de donde soy —dos veces Alemania— y en los lugares a los que llegué —fuese Tailandia o Kenia—, desde siempre se ha sido capaz de tratar a los escritores, o rápidamente se aprendió a hacerlo. No hablemos de la República Democrática Alemana —eso lo sabe cualquiera—; reconozcamos, con una franqueza todavía mayor, que nuestro sistema de espionaje alemán federal está impulsando un desarrollo enraizado en la tradición alemana, el cual en las naciones del Tercer Mundo, apenas lograda la independencia, se ha convertido en una sombría práctica cotidiana.

Desde comienzos del presente año, el escritor Ngugi Wa Thiong’o, de Kikuyu, se encuentra detenido en un sitio ignorado. A la clase dirigente de Nairobi le es indiferente que tal uso de su poder no se distinga en nada de los abusos cometidos en Sudáfrica y en Checoslovaquia, en Chile y en la Unión Soviética. En el trato con las personas que, además o al lado de la realidad prescrita, ven, sueñan, exigen o incluso, como lo hacen los escritores, describen otras realidades, las ideologías se han unificado. Su demanda de seguridad les recomienda esta unificación. Por hostiles y mutuamente exclusivos que pretendan ser los sistemas capitalista y comunista cuando el objetivo es conservar la propia seguridad o —en lenguaje dominical— guardar la paz interna, están de acuerdo en el abuso del poder.

Puesto que soy escritor, esta armonía diabólica se me revela en primera instancia mediante el destino de otros escritores; pero quisiera agregar que cientos de miles que no son escritores deben su exilio, su detención o, con bastante frecuencia, su muerte al mismo convenio ideológico.

No obstante, los escritores se prestan especialmente a ello. Se hacen sospechosos a causa de su anticuada frugalidad. Se dan abasto con casi nada: un poco de papel. Viven de las contradicciones. Lo que inventan adquiere una forma, se vuelve independiente, actúa sin responder de ello. Eso no debe ser posible. Perturba la paz, amenaza la seguridad, promueve el radicalismo, entorpece el progreso, sólo pone en duda, mientras lo que necesitamos son respuestas: unívocas, prácticas, relacionadas con nuestra actualidad. ¡Eso es!

Por ello ya no figuran escritores en Berge, Meere und Giganten. Con Döblin, la humanidad ha avanzado. La gran concordancia entre las ideologías predominantes desa rrollada en nuestra actualidad no los necesita, ni siquiera como adorno, y hace mucho tiempo que se deshizo de estos molestos preguntones; es posible que todavía existan, pero ya no escriben: son las soñadoras figuras al margen de los acontecimientos que no buscan una forma de expresarse sino que se consumen sin medio de comunicación. Queda sólo la literatura viva practicada fuera de las galeras; por ejemplo, el extraño Jonathan.

Su madre pertenecía a la nueva clase dirigente, a la aristocracia tecnológica. Pese a que después de finalizar la guerra de los Urales toda investigación fue prohibida en el paisaje urbano de Berlín por el régimen absoluto de los cónsules Marke y Marduk, ella colaboraba a escondidas con un grupo que se había propuesto como objetivo mejorar el alimento sintético mediante acelerados procesos de crecimiento. El cónsul Marduk también pertenecía a este grupo, del cual se separó para ordenar un retroceso radical: deseaba eliminar incluso el acostumbrado alimento Meki, sólo que en el paisaje urbano densamente poblado que se extendía entre el Oder y el Elba se carecía de campos de cultivo y de pastoreo.

En el curso de una purga, Marduk mandó detener a 21 científicos, entre ellos a la madre de Jonathan, para encerrarlos en un bosque experimental cuyos troncos y ramaje comenzaron a brotar, crecer y segregar fluidos de tal manera que los cuerpos de los científicos quedaron absorbidos por ellos. Una masa natural susceptible de entrar en combinaciones siempre nuevas, sintética, por decirlo así, logró que los inventores del milagro del crecimiento fuesen asimilados completamente por su creación:

El crecimiento descomunal, chorreante, crujiente, aplastó, atoró, trituró.y revolvió a la gente, destrozó sus cajas torácicas, rompió sus vértebras, juntó los huesos de sus cráneos, vertió sus blancos cerebros sobre las raíces. Los troncos se tocaron… Marduk oprimió la cabeza excesivamente grande contra la ventana: “Se acabó. Ustedes ya no podrán más.”

Quedaba el joven Jonathan, un protegido de Marduk, ese hombre obsesionado con el poder, y de diversas mujeres que despóticamente presidían las ligas femeniles, unas corrientes contrarias al mundo de los hombres, pero igualmente ambiciosas. La constante lucha entre los sexos estallaba en reiteradas llamaradas; Jonathan, sufrido y sensible, no estaba ligado unívocamente a ninguno de los dos bandos y se paseaba, tambaleante, en medio de su enfrentamiento. Como potencia sensible pero desprovista de medios de expresión, encarnaba al escritor que ya no escribía: el juguete de los poderes, dentro de cuyo arsenal de terror se reunían todos los atroces recursos de los sistemas contemporáneos; de la misma forma que aquel sintético bosque experimental fundió a sus inventores.

Al igual que en la novela utópica 1984 de George Orwell, en Berge, Meere und Giganten de Döblin todas las ideologías que en la superficie aún son adversarias hoy en día han llegado a un entendimiento. En el colectivismo oligárquico de Orwell, las estructuras fascista y estalinista se han vuelto una sola dentro del sistema universal del poder, es decir, manejan juntas el gran banco de datos que abarca todo, ya sin la distinción de los emblemas contrarios y más bien como síntesis de ambos sistemas de poder; dicha tendencia futura cobra una realidad semejante en la novela de Döblin. En ambos libros, nuestros sistemas sociales del momento, de tipo capitalista o comunista, con sus regímenes militares clerical-fascistas o medio comunistas como características subordinadas, lo mismo que conceptos tales como la democracia y el liberalismo o la autonomía obrera y el socialismo democrático, dejaron de existir o, mejor dicho, se volvieron irreconocibles, puesto que se han fundido en una voluntad de poder única y total, la cual controla todo y cuyas agresiones acumuladas se desfogan, sin las justificaciones ideológicas aún usuales en la actualidad, mediante guerras continentales, acciones regionales de pacificación y, ocasionalmente, luchas entre los sexos.

Es cierto que seguimos hablando de humanismo; es cierto que como cotorras evocamos los logros del racionalismo europeo, los valores de la ética cristiana, el derecho del individuo y, de manera general, los derechos del hombre y el derecho al trabajo, pero la realidad descrita como futura por Döblin y posteriormente por Orwell ha comenzado ya; existe la perspectiva de alcanzar los banderines de estas metas utópicas antes de llegar al punto en que fueron fijadas y fechadas.

Sea en Asia o en África, ninguno de los sistemas de poder establecidos o a establecer mediante tantos cambios de régimen efectuados a discreción admitiría una definición unívoca de acuerdo con las ideologías tradicionales; antes bien se perfila en todas partes el colectivismo oligárquico predicho por Orwell para 1984 y asignado por Döblin a sus paisajes urbanos como sistema de poder y de control. No importa que en Indonesia o Tailandia las capas dominantes resulten anticomunistas y, por este motivo, totalitarias; no importa que los potentados en Birmania o Camboya se definan como socialistas y ejerzan su gobierno total por razones de anticapitalismo y antimperialismo: el rasgo común a todos los Estados mencionados es que, con su intercambiable máscara ideológica y la sucesión ininterrumpida de las capas dirigentes, están integrándose en un colectivismo universal provisto por las naciones industriales de ambos bloques, de una manera basada libremente en Döblin y en Orwell, de la infraestructura tecnológica necesaria: desde el banco de datos hasta el material fisionable.

No es sorprendente que en este futuro actual los escritores se balanceen entre las potencias como conmovedores anacronismos, al igual que aquel Jonathan: es cierto que siguen escribiendo; es cierto que sus llamados y protestas están suscritos, como siempre, por la pasión del humanismo; es cierto que en uno u otro lugar se atribuye demasiado valor a su peligrosidad, son encerrados, desterrados a islas y expulsados del país, o que se pretende —como Filbinger a mi colega Hochhuth— cerrarles el hocico mediante la decisión de un tribunal; es cierto que aún se les necesita un poco y que con premios y becas se promueve lo que en otras partes sería merecedor de sanciones; es cierto que por regla general se finge querer cuidarlos todavía por un tiempo, como a una especie animal en extinción, pero es posible reconocer, como algo más que sólo una vaga sospecha, por qué los escritores ya no son capaces de expresión alguna en la realidad futura de Döblin; sólo existen como seres histéricos y sensibles, como Jonathan: sin recursos y sin papel.

No obstante, incluso al reducirlos de esta manera resultan molestos, deambulan extrañamente por los paisajes urbanos; y la fuerza de sus sentimientos, que ha quedado sin medios de expresión y por lo tanto brilla con una intensidad mucho mayor, es considerada irritante. Emanan una ternura alegre, una compasión desbordante, la nostalgia de un pasado que desearía soñarse como futuro y un anticuado amor al prójimo. En medio de los insensibles sistemas de poder, conservan su sensibilidad. Ningún terror los intimida lo suficiente como para impedir que comuniquen sus pensamientos. Entre la pobreza de las enormes zonas de miseria de este mundo, en regiones de sequía de cuyos últimos recursos se apodera la corrupción promovida por el Estado, en todos los lugares donde la injusticia calla ante Dios, vi actuar a Jonathan. Como hombre o mujer. No tiene sexo. Es el sentimiento en acción, desprendido de la utilidad y del éxito; probablemente también sea un reflejo de aquel doctor Döblin que en el Hospital Urban de Berlín asistiera a los pobres.

En Tailandia hay un joven médico que dirige un hospital de diez camas en Prathai, el distrito del noroeste, en medio de una provincia asolada por la sequía y el hambre. Es una persona juvenil, a primera vista, de 28 años de edad y alegre: la acostumbrada sonrisa nacional. Lo vi ejercer, concentrado, su actividad prácticamente inútil como el único médico para los 80 mil habitantes del distrito. Las epidemias, la tuberculosis, la tardía solicitud de esterilización, una nutrición equivocada y deficiente y las enfermedades coronarias rigen su jornada laboral. La región es dominada por unos cuantos terratenientes ricos que mediante las bandas armadas a su servicio se apropian de los últimos búfalos de agua de los empobrecidos campesinos. La policía encubre a los terratenientes. El médico lo sabe, pero es impotente. Ha tomado su decisión en favor de los niños desnutridos y sus lombrices.

En forma objetiva, como si sólo desease confirmar los datos recogidos por la estadística regional, nos explicó las causas —una alimentación incompleta basada en el arroz, la falta de vitaminas B,, B2 y A y de proteínas— y nos mostró los síntomas: el cabello descolorido y quebradizo, las enfermedades oculares, las comisuras de la boca infectadas, las erupciones cutáneas, los vientres inflados. Si se opusiera al terror ejercido por las bandas y a la corrupción general del Estado, tendría que abandonar a los niños y los enfermos y refugiarse en la selva, donde se congrega la resistencia. Este médico quiere quedarse donde está, mientras se lo permitan.

Antes había bosques en la región, pero fueron sometidos a tala exhaustiva, como es la costumbre en el país. Nos enteramos de que desde entonces no caen lluvias, ni siquiera durante la temporada de los monzones. El médico no puede transportar a los enfermos de gravedad; carece de ambulancia. Las interrupciones en el suministro de energía eléctrica son cosa de todos los días. Su irrisorio salario mensual. ¿Qué mueve a este médico a aguantar en su hospital sin agua? Es un caso aislado. En los distritos contiguos no hay médicos como él. Nació en Prathai, estudió en Bangkok y regresó, después de concluir la carrera, a su distrito de origen. En Bangkok hay una multitud de médicos. Ninguno de ellos desea ir al campo, a las zonas de sequía. Quieren permanecer en las ciudades, soñar con un consultorio en Europa o Estados Unidos.

¿Por qué hablo de este solitario médico? Porque quiero contraponerlo a él, que volvió a su provincia, con los miles de médicos asiáticos y africanos que estudiaron en Europa y en Estados Unidos para quedarse ahí, que no regresaron a sus provincias: médicos sobre el papel, perdidos para sus países. Muchos se dicen solicitantes de asilo, cuando en verdad han huido de su deber. Ese médico aislado pone en duda a todos. Con base en su comportamiento hay que medir la negativa de aquéllos. Su ejemplo debiera inspirarles vergüenza, pero temo que se rían de él.

En Khlong Toei, el gran cinturón de miseria del distrito portuario de Bangkok, conocí a una joven que podría ser la hermana del médico de Prathai. Nacida y criada en el lugar, permaneció ahí a pesar de ser maestra. Se dedica a dar clases a los niños no registrados que, por no estarlo, no son admitidos en ninguna escuela pública. Khlong Toei consiste en una maraña de chozas de madera colocadas sobre postes que se hunden en un pantano alimentado con desperdicios y excremento, el cual crece, durante la temporada de los monzones, hasta cubrir los pasadizos entre los tinglados. Aquí viven 60 mil personas, de las cuales ocho mil son niños pequeños. La ayuda de la joven maestra alcanza apenas para cien niños. Diariamente les reparte sendas tazas de leche de soya diluida. La leche de soya es donada por Terre des Hommes, que apoya al médico de Prathai con medicamentos.

Las famosas gotas en el mar son las únicas que cuentan todavía. En su inutilidad, el trabajo del médico y la escuela del barrio pobre (incluida la leche de soya) sostenida por la maestra me parecieron más reales y honestos que muchos proyectos de altos vuelos para la ayuda al desarrollo, cuyos recursos se escurren en gran medida por los círculos administrativos y finalmente producen resultados dignos de exhibición que sólo sirven para incrementar el abismo entre la región subdesarrollada y la obra extraordinaria tan altamente dotada: llámese fábrica de acero, fábrica semiautomática de fertilizantes, superclínica o incluso, como en Yakarta, imprenta de fotocomposición, la cual no imprime libros de texto, según prescribía el proyecto, sino que está dedicada principalmente a adornar material de empaque con imágenes. Hay que importar el papel, desde luego, pues en lugar de someterse a la pena de promover una producción indonesia de papel se prefirió dar el segundo paso antes del primero, mediante la construcción de una imprenta, orgullosa de los últimos avances técnicos (y apoyada por las aportaciones de capital donado con beneficios fiscales por editoriales alemanas federales y holandesas), pero sin sentido alguno, la cual, para no caer en números rojos, diariamente vomita unas envolturas que hacen subir los precios de los productos en un país que de suyo es pobre; la planificación equivocada como negocio deducible de impuestos.

¡No, señor Klett y socios! Entonces es mejor Terre des Hommes y las muchas gotas en el mar. Esta pequeña organización de socorro financiada mediante donativos particulares, que no cuenta con el apoyo de medios estatales ni con aportaciones eclesiásticas, se concentra especialmente en la precaria situación de los niños en las zonas de miseria. De ellos no hay escasez. El único crecimiento verdadero de nuestra actualidad —el desenfrenado incremento de la población mundial— viene acompañado, aparte del aumento correspondiente en el desempleo y la desnutrición, de la huida de los campesinos explotados desde sus provincias de sequías y hambre a los cinturones de miseria de las ciudades.

Aquí se perfila el futuro. Aquí se trazan los escenarios para los conflictos masivos de Döblin. Aquí, en los paisajes urbanos, los mundos vecinos sufren un duro choque recíproco. En Bombay, por ejemplo.

Unas 70 mil personas vivían en la Janatha-Colony que actualmente se llama Cheetah-Camp, uno de los suburbios pobres más grandes de la región metropolitana de Bombay donde, entre siete millones de habitantes, aproximadamente dos o tres millones, según las fluctuantes estimaciones, radican en las zonas de miseria. Justo al lado del antiguo terreno de la Janatha-Colony fue erigido el centro de investigaciones nucleares de la India, el cual dio al país su primera bomba nuclear. La cercanía del barrio molestaba a los investigadores nucleares. Consideraban a sus habitantes un riesgo para la seguridad. Por lo tanto, en mayo de 1976 la Janatha-Colony fue sometida a una evacuación forzosa y nivelada con topadoras. Como nuevo territorio de asentamiento se asignó a estas 70 mil personas un terreno abierto a la orilla del mar, que al comienzo de la temporada de lluvias se inunda y se convierte en pantano. Durante los primeros meses murieron varios cientos de niños. Los suicidios se multiplicaron. Mientras tanto, el centro de investigación nuclear dispuso el espacio despejado para una zona de recreo. Desde entonces se ondulan ahí los campos de golf, es posible relajarse con un partido de tenis, no faltará la piscina y los investigadores nucleares han vuelto a encontrar el gusto a la investigación; se sienten seguros, están completamente en confianza: la nueva élite. Los enterados. Los conocedores de las partes y las partecitas. Los de las cabezas demasiado grandes, en las que se concibe aquello que apunta por encima del ser humano y el horizonte de sus cinturones de miseria. Ellos son los importantes. Son valiosos. El futuro les pertenece.

En Berge, Meere und Giganten los científicos eran, como élite, idénticos a los senados autocráticos de los paisajes urbanos. Los parlamentos fueron eliminados por ellos, o degradados a cumplir funciones nominales. Contaban con el respaldo de las industrias: el gran empujón. Por ellos fracasaron los que atacaban las máquinas. Los resultados de sus investigaciones —y no la ahogada necesidad de las masas— les servían de orientación. Pusieron fin a la penosa agricultura y al principio feudal del empleo pleno, al racionalizar sus plantas de producción y asegurar a las masas de obreros así liberadas su pequeña existencia mediante un alimento sintético. Después de que el ocio por decreto amenazara con transformarse en anarquía, inauguraron, como escapatoria para la humanidad, la guerra de los Urales. Fueron científicos los que, después del desbordamiento de las ciudades, sometieron a las masas de colonizadores inquietamente errantes a un nuevo objetivo: el deshielo de Groenlandia. Y cuando los velos de turmalina descubrieron en Groenlandia sus estratificaciones cretáceas, provocando un hervor vegetal, cuando de todo el crecimiento fundido se desprendieron gigantescos lagartos primitivos y dragones voladores largos como calles enteras, que abandonaron Groenlandia, se arrojaron sobre los paisajes urbanos occidentales y sembraron el terror entre las masas, fueron nuevamente los científicos los que supieron el remedio, al encargar la lucha contra los monstruos engendrados por la turmalina a los llamados hombres-torre: unos seres sintéticos de dimensiones colosales dentro de los que, como en los tiempos remotos del bosque experimental de Marduk, que todo lo fundía, se plasmaban bestias y cuerpos humanos, incrementándose hasta alcanzar un crecimiento ciclópeo mediante la irradiación con turmalina. Las masas intimidadas, sin embargo, lo mismo que los laboratorios y las fábricas de Meki, se desplazaron de la superficie de la Tierra a paisajes urbanos subterráneos:

Conforme un nivel tras otro era abierto en las masas de arcilla, se abrían cuevas cada vez más grandes, las masas de tierra y la roca volada se amontonaban formando pilas de escombros entre las filas de casas en la superficie, nadie tuvo miedo ya. No habían huido de los monstruos. Habían emprendido una nueva y prodigiosa expedición. Los senados exclamaron: “Quitemos la tierra”, y con placer se enterraron; el milagro de las capacidades humanas que vivieran los expedicionarios a Groenlandia lo estaban experimentando ahora ellos mismos.

¿Es absurda la visión que Döblin tiene del futuro? Aun en el caso de que el deshielo de Groenlandia, con todas sus fabulosas consecuencias, sólo deba valorarse como un grandioso y espeluznante drama literario, la mudanza de los seres humanos o de una parte de la humanidad debajo de la superficie de la Tierra —la alternativa: inmensos campos de concentración que en forma de satélites giren alrededor de la Tierra— sigue siendo concebible por ser posible; o posible por ser concebible. La aversión de los investigadores nucleares indios (y también su demanda de seguridad) fue lo bastante intensa y plausible como para que a su lado la evacuación del gran barrio pobre pareciera el remedio lógico. El actual suburbio de Cheetah-Camp limita directamente con el arsenal de la marina de guerra india: una vez más se plantea la cuestión de la seguridad. ¿Adonde van a cambiarse, sin embargo, los cinturones de miseria de Bombay, Calcuta, Hong Kong, Yakarta, Bangkok o Nairobi, si su desplazamiento y parcial saneamiento tienen como única consecuencia cinturones de miseria cada vez más grandes y un mayor éxodo de las zonas rurales? “¡Bajo la tierra!”, gritan, según Döblin, los senados de los paisajes urbanos; “¡Al espacio!”, pudiera ser, pasado mañana ya, la recomendación de un comité internacional de saneamiento.

Los suburbios pobres de suyo se encuentran desligados de los servicios metropolitanos: no están integrados en el sistema de limpieza, de drenaje, de educación, de hospitales o de agua. Son unas molestas extremidades que uno se corta para dejarlas tiradas. No obstante, se pudren, hieden, crecen, se unen, amenazan con absorber las ciudades y no existe dónde deshacerse de ellas; de no ser que el autor que escribiera, entre muchos otros, el libro Berge, Meere und Giganten, efectivamente nos haya mostrado el futuro.

Ahora sabemos lo que las cabezas demasiado grandes concibieron y son capaces de concebir. En silencio o entre altas protestas de lo contrario, se acepta que después de nosotros puede venir el diluvio. Es cierto que los inventos más recientes palpan con curiosidad el futuro, pero actualmente nos está alcanzando la Edad Media: van en aumento las epidemias, el temor a los demonios, una nostalgia difusa de redención y el fanatismo religioso. El presidente de los Estados Unidos de América no es el único en acatar instrucciones divinas. En febrero del presente año varios miles de bramanes se reunieron en el centro de la India a fin de ofrendar un sacrificio a los dioses: alimentos por un valor de tres y medio millones de marcos —arroz, leche, grasas vegetales— fueron quemados en medio de una región asolada por el hambre. En una entrevista, un eminente braman afirmó que no tiene sentido ayudar a las víctimas actuales de los ciclones; en cambio, debemos tratar de impedir futuros ciclones mediante grandes sacrificios. Una pequeña aportación contemporánea que cabría en Döblin.

Así, mi viaje concluyó, mientras la carrera de las utopías sigue llevándose a cabo. Habrá que añadir todavía que en los cines de Hong Kong, Yakarta y Bangkok se proyectaba la película Tiburón; que los grandes hoteles japoneses murmuran sólo música clásica, incluso en los elevadores: Bach, Vivaldi, Purcell; que en todas partes —y entre los más pobres con especial colorido— se celebra la vida, aunque sea en forma de peleas de gallos; que en Asia de hecho existen los demonios; que en todo el continente asiático Alemania figura sólo en la sección de economía de los periódicos o en relación con el nombre de Beckenbauer; que sobre ese territorio callado y repleto los turistas alemanes no suenan más que los franceses, holandeses u otros.

En casa, todo el mundo estaba ocupado consigo mismo y con sus pequeños temores. Evidentemente, los muchos comentarios pendencieros y ademanes agresivos van dirigidos, en palabra, estampa y hecho, contra el enemigo interior. Mientras que en Asia la locura es florida, en Europa se sujeta a la razón. Y eso que tenemos de todo, en bonitos envases; lo único que no se consigue es mucho futuro. Para ello es preciso buscar, tomarse un poco de tiempo, volver a empezar desde el principio, leer. En mi calendario estaba inminente el centesimo aniversario del natalicio de Alfred Döblin.

KAFKA Y SUS EJECUTANTES

 

KAFKA Y SUS EJECUTANTES

 

—JUZGA tú mismo —dijo Olga—, la cosa parece muy sencilla y al principio no se comprende cómo puede tener una gran importancia. En El Castillo hay un funcionario muy importante que se llama Sortini.

—Me han hablado ya de él —dijo K.—, fue uno de los que intervinieron en el asunto de mi llamada.

—No lo creo —dijo Olga—, Sortini apenas se muestra en público. ¿No le confundirás con Sordini, escrito con “d”?

—Tienes razón —dijo K. —, era Sordini.

—Sí —dijo Olga—, Sordini es muy conocido, uno de los funcionarios más diligentes, del que se habla mucho; Sortini, en cambio, es muy retraído y no trata con casi nadie. Hace más de tres años que lo vi por primera y última vez. Fue el tres de julio, con motivo de una fiesta del servicio de incendios, El Castillo participaba también y había comprado una bomba nueva. Sortini, que se tenía que ocupar en parte de los asuntos de los bomberos (o que quizás ostentase la representación de otro, porque los funcionarios se representan unos a otros, con lo que es muy difícil saber de qué se ocupa uno u otro de los funcionarios), participaba en la entrega de la bomba; naturalmente habían acudido además otras personas del Castillo, funcionarios y criados, y Sortini estaba, como correspondía a su carácter, totalmente apartado, al fondo…

Esta cita de la novela El Castillo de Franz Kafka, la cual empezó a escribir en 1922 y dejó incompleta, lo mismo que Amerika y El proceso, pretende servir de introducción a algunas reflexiones en torno al décimo aniversario de la ocupación de Checoslovaquia, como modelo del carácter “kafkiano” de la burocracia y punto de partida literario. Puesto que no escasean los análisis políticos de los sucesos que condujeron al 21 de agosto de 1968, quiero derivar de esta visión de Kafka sobre la administración total algunas preguntas acerca de las estructuras a que las sociedades del Este y del Oeste, dejando aparte su poderío militar, económico e ideológico, están más que nunca sometidas.

¿En qué forma prosigue la actividad de Sortini y de Sordini? ¿Qué persona o qué agente inevitable encubre sus competencias? ¿En qué se basan las atribuciones para todo y nada? ¿Cuál es la relación recíproca entre el aumento o el descenso de la burocracia y la corrupción? ¿En qué momento los aparatos administrativos comienzan a volverse inmateriales y parabólicos, en el sentido establecido por Kafka?

No es posible dar una respuesta unívoca a estas preguntas, pues la naturaleza de la burocracia, incluso en el ámbito insignificante de la antesala, es ambigua: aproximarse al Castillo significa perder de vista sus contornos. No importa la ideología que acompañe: en la expansión del poder por múltiples y aparentemente confusas vías administrativas radica su ubicuidad, la cual ya no posee el anticuado estilo imperial y real que conociera el escritor Kafka, sino que tiene una vigencia actual y perspectivas para el futuro, es decir, está provista de tecnologías modernas, si bien conserva el carácter anónimo que a lo sumo permita vacilar entre Sortini y Sordini. Sigue dominando a la sociedad humana, a la cual sabe clasificar y afirma salvaguardar; hace valer su control sobre el individuo —sea éste funcionario o ciudadano— o lo enreda en infracciones, en nombre de ciertas leyes tanto con aire antiguo como alteradas.

La burocracia es la única organización internacional colocada por encima de las potencias ideológicas que en todo el mundo defienden su pretensión a ser los dueños únicos de la verdad, que con base en ella se excluyen mutuamente y a menudo se enfrascan en luchas hasta la destrucción total. Se considera omnipotente. Sola se certifica. Después de cualquier cambio en el sistema ideológico continúa trabajando, casi sin trastornos, porque sabe integrarse en los respectivos sistemas nuevos, sin atender a consideraciones de valores. Nada es capaz de sustituirla. Aun durante los tiempos de máxima agitación política, en medio del caos revolucionario, confiará en su propia legalidad: sobrevive e incluso guarda su olor.

Tal calidad convence. Cuando todo se hace pedazos, hay una gran demanda de estabilidad. ¿Qué sabríamos sobre nosotros mismos y sobre los demás si no perdurasen (como perpetuas rendiciones de cuentas) la cédula de identidad, el Cuestionario, el legajo personal, el expediente? Nada saldría a la luz, de no ser por estas secreciones de papel de la existencia humana, llamadas documentos.

Sin la intervención de la burocracia, que todo lo conserva, no se hubiera logrado, por ejemplo, hacer reconocible, hasta un grado excesivo de claridad, el retrato del juez de la marina y posterior presidente del Consejo de Ministros, Hans Filbinger. Espanta el hecho de deber tanto conocimiento a la burocracia. La circunstancia de que Filbinger, dedicado a hacer averiguaciones sobre otros, se haya convertido él mismo en una víctima de este método, no mitiga la naturaleza problemática del asunto, sino muestra que el disimulo partidista y aún más la piedad son ajenos a la esencia burocrática. Ni rango ni nombre hacen mella en su memoria. Si Filbinger se llamara Fildinger y admitiera una confusión parecida a la de los funcionarios del Castillo de Kafka, Sortini y Sordini, Fildinger, que no ascendió a presidente del Consejo de Ministros sino siguió ejerciendo con éxito su carrera de abogado, no tendría nada qué temer, aunque el conocimiento que por medio de la burocracia pudiera adquirirse acerca de él fuese más aterrador todavía que la revelación que nos espantara con respecto a Filbinger. Sólo se constituyó en un caso importante por haber sido presidente del Consejo de Ministros.

Sin tener en cuenta la autoridad de su cargo y la sensibilidad que muestra la democracia hacia los dignatarios elevados, tanto Filbinger como Fildinger supo llevar a cabo sin contratiempos el cambio de la estructura de poder bajo el imperio pangermanista del nacionalsocialismo a la República Federal de Alemania: comprometido siempre con la ley, se ocupó con la complicación de conocimientos sobre otros. Aunque Filbinger ya no tenga permiso para ello, Fildinger no deja de trabajar con diligencia.

En este sentido, Sortini y Sordini se han mantenido fieles a sí mismos: en coordinación con distintos servicios de reconocimiento, cumplían y cumplen con su deber. Se reconocen por la posibilidad de confundirlos.

Pueden ser intercambiados mutuamente. Son idénticos sólo a aquellos procesos de papel, legalmente asegurados en todo momento y que entretanto se antojan eternos, que representan la esencia de la burocracia, pero nunca a adjudicaciones ideológicas que se dejen evocar y de las que se pueda abjurar.

Después de la caída del aparato de poder fascista, y pese a las reformas democráticas esforzadas, por regla general, el carácter de la administración que sobrevivió al sistema no fue dañado en su sustancia y retuvo fuerza suficiente para vencer, con la ayuda de un vigoroso alimento, como por ejemplo el llamado decreto de radicales, todas las barreras erigidas por las reformas, volviendo a desplegar su actividad en una forma desmedidamente libre de valores, es decir, bastándose a sí misma. De igual manera se conservó la sustancia de la administración en el país que brindara sus realidades gráficas al escritor Franz Kafka: pese a las confusas peripecias ideológicas ocurridas desde los remotos tiempos imperialistas y monárquicos hasta la actualidad del comunismo real, El Castillo de la novela del mismo nombre ha podido guardar, como metáfora, su multiplicidad de significados, ha rechazado y desgastado a miles de agrimensores lo mismo que a los buscadores de la verdad. Ha penetrado, incluso, en todas las dimensiones. Más alto, más ancho, provisto de diversos sótanos nuevos, El Castillo por fin descansa también sobre un fundamento ideológico.

Desde que el comunismo de cuño leninista-estalinista impusiera la burocracia de partido a la burocracia general consagrada por el uso, para decirlo de alguna manera, y desde que logró reunir a todos los órganos detrás de una sola voluntad, el poder anónimo de la burocracia engloba totalmente al ser humano individual.

En la novela El proceso de Kafka, el acusado Josef K. no averigua nunca de qué se le acusa ni quién lo condena. El agrimensor K. traba, ciertamente, conocimiento con algunos señores del Castillo y funcionarios de nivel medio, en parte debido a su tenacidad y en parte por conducto de las mujeres a las que usa astutamente, pero no avanza hasta El Castillo, hasta la estructura interna del poder que lo envuelve también a él. El agrimensor K. se embrolla en acciones y episodios. A menudo parece haber olvidado las razones de sus esfuerzos. Se hace culpable. Se desgasta. Se agota con las tramitaciones oficiales.

Dicha pasión existe desde hace décadas como literatura y se cuenta entre los clásicos modernos. Asimismo, el modelo utópico que el autor nos legó, una visión tan precisa como significativa, fue alcanzado y se ha vuelto realidad en todas las naciones totalitarias, en todos los lugares donde coinciden el poder y la administración. Una de ellas es su tierra de origen. La República Socialista de Checoslovaquia ha salvado sin perjuicio la estructura de poder de su burocracia partidista, pese al vehemente intento de reforma de la “primavera de Praga”. Es cierto que la ocupación de Checoslovaquia fijó hace diez años una fecha de poderío político, pero los motores de los tanques de las potencias de la ocupación habían sido encendidos desde mucho tiempo antes. A principios de la década de 1960 surgieron las fuerzas y las contrafuerzas. Un suceso periférico servirá para reflejar esa ostentación de poder. Resulta más adecuado que las conocidas acciones del Estado para poner al descubierto las causas del persistente conflicto. Entre otras cosas, se habló también del agrimensor K.

El 27 y 28 de mayo de 1963 un grupo de letrados, filósofos y escritores se reunió en El castillo Liblice de Bohemia para hablar sobre un autor cuyos libros hasta entonces habían sido desacreditados, si no es que tabús, y cuya edición como obras completas hasta la fecha ha resultado imposible en las naciones del bloque oriental. Al dar por sentado que desde el 20° Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética no sólo había cobrado importancia la tesis política de la coexistencia sino que también se permitía, dentro de ciertos límites, la crítica al estalinismo, principalmente bajo el lema de “La pasada fase del culto a la personalidad”, es posible concebir la conferencia sobre Kafka llevada a cabo en El castillo Liblice como una temprana señal de la primavera de Praga.

Los participantes en dicha conferencia se consideraban, sin excepción, como marxistas. Todas las ponencias, 27 en total, expedían al escritor Franz Kranz el certificado más o menos franco, en algunos casos vergonzante y sujeto a restricciones, a menudo rimbombante pero fiel, en términos generales, a la doctrina del marxismo, de haber sido, pese a su concepto pesimista de la vida, un escritor humanístico y de formar parte, por lo tanto, del patrimonio humanístico comunista. Fue calificado de progresista.

Si bien actualmente estos dictámenes parecen ridículos, en ese entonces fueron muy necesarios: sólo esa muletilla admitía discutir a Kafka. Presentárase con convicción o guiñando el ojo, el testimonio de que el escritor hasta entonces proscrito o callado fuese un humanista despejó el camino para reflexiones ulteriores.

A manera de resumen, más tarde se hizo la siguiente declaración:

La conferencia se esforzó por lograr una aclaración ideológica de los problemas literarios relacionados con la obra de Kafka. Algunas ponencias plantearon asimismo, naturalmente, preguntas referentes a la política cultural de ciertos países, sobre todo la cuestión de si deberían editarse las obras de Kafka. El intercambio de opiniones fue provechoso también a este respecto, aunque la conferencia desde luego no gozaba de la autoridad como para participar en la solución de estos asuntos, ni podía tenerla.

El posterior destino de algunos asistentes a la conferencia pone de manifiesto las conmociones que han afectado al comunismo desde entonces. El presidente de la misma, Eduard Goldstücker, lo fue también de la asociación checoslovaca de escritores durante el efímero periodo de Dubcek; actualmente vive como emigrado en Inglaterra. El austríaco Ernst Fischer fue expulsado del Partido Comunista de su país por protestar contra la ocupación de Checoslovaquia. Roger Garaudy tuvo que abandonar el Partido Comunista de Francia por decisión de su Comité Central.

Para finalizar su intervención, Garaudy cita un diálogo entre Kafka y Gustav Janouch, amigo de éste, sobre Picasso. Con motivo de la primera exposición cubista en Praga, el amigo dice: “Es un deformador petulante.” Y Kafka replica: “No lo creo. Sólo hace constar las desfiguraciones que aún no penetran en nuestra conciencia: el arte es un espejo que ‘se adelanta’ como un reloj… a veces.”

La comparación entre Picasso y Kafka no tuvo eco en las otras ponencias. Ninguno de los participantes deseaba ir tan lejos. Fueron más frecuentes los intentos de demostrar una temprana relación del joven Kafka con el socialismo. Una y otra vez se aseveró que Kafka había logrado, especialmente, revelar la enajenación del ser humano dentro del sistema capitalista. La crítica burguesa del oeste fue censurada por mistificar a Kafka y suprimir su posición crítica ante la sociedad.

A esto, el filósofo polaco Román Karst respondió en la siguiente forma:

“…la crítica burguesa ha sido acusada de falsear el sentido de la obra de Kafka; es más, incluso se afirma la necesidad de defender a Kafka contra ella. Tales asertos olvidan, sin embargo, que durante muchos años después de la última Guerra Mundial no escribimos una sola palabra sobre Kafka, sino que lo callamos. Muchos nos han exhortado a leer de manera racional a Kafka; pero ¿es posible siquiera leer racionalmente a un novelista? En mi opinión debe ser leído y, sobre todo, impreso.

Ernst Fischer, por su parte, pidió una aplicación práctica al socialismo:

Kafka es un novelista que nos atañe a todos. La enajenación del ser humano, pintada por él con máxima intensidad, alcanza dimensiones monstruosas en el mundo capitalista. Sin embargo, el mundo socialista no la ha superado tampoco, de ningún modo. Vencerla paso a paso, mediante la lucha contra el dogmatismo y el burocratismo, en nombre de la democracia, la iniciativa y la responsabilidad socialistas, constituye un proceso que tomará mucho tiempo y representa un enorme cometido. La lectura de obras como El proceso y El Castillo es indicada para contribuir a la solución de dicha labor. El lector socialista hallará en ellas algunos trazos de su propia problemática y el funcionario socialista se verá obligado a presentar argumentos mejor documentados y diferenciados con respecto a muchas cuestiones.

El publicista y traductor Alexej Kusák, de Praga, se adelantó un paso más:

Sobre todo el hecho de que Kafka sea también el narrador de nuestras absurdidades, de que las situaciones kafkianas sirvan como modelo de ciertas circunstancias que en los países socialistas conocemos desde la época del culto a la personalidad, habla en favor de Kafka y de su capacidad genial para tipificar, o sea, de su método artístico, el cual lo puso en condiciones de reconocer que determinado grado de opacidad en las relaciones sociales y el absolutismo del poder institucional engendran, día con día, situaciones absurdas en las que inocentes son acusados de crímenes que no cometen…

Otras colaboraciones llegaron al extremo de comparar al siempre activo, insistente y ambicioso agrimensor K. de la novela del Castillo, que a veces llega incluso a las manos, con el pasivo, huidizo y evasivo Josef K. de El proceso, equiparación que adjudica al agrimensor un papel de precursor o revolucionario. Goldstücker sugiere que en el agrimensor se vea al repartidor de tierras. Con razón se levantaron protestas contra este intento de sacar provecho de Kafka, para el uso doméstico del comunismo, no sólo como humanista sino también como revolucionario. Franz Kafka no se deja asignar a ninguna ideología; previo la evolución de todas las corrientes ideológicas de sus tiempos.

En su biografía de Kafka, Heinz Politzer cita un acontecimiento del año 1920 incluido en las Gespräche mit Kafka [Conversaciones con Kafka] de Gustav Janouch. Los interlocutores se topan con un grupo de obreros que, cargados de banderas y estandartes, salen de una asamblea. Kafka dice: “Esa gente tiene tanto aplomo, seguridad de sí y buen ánimo. Domina la calle y por consiguiente cree dominar al mundo. En realidad se equivoca. Detrás de ellos ya están los secretarios, los funcionarios, los políticos, todos los sultanes modernos para los que preparan el camino al poder. Y cuando Janouch pregunta, a continuación, si Kafka no cree que vaya a difundirse la Revolución rusa, éste contesta: “Cuanto más se extiende una inundación, menos profunda y más turbia se vuelve el agua. La revolución se evapora y sólo queda el fango de una nueva burocracia. Las ataduras de la humanidad vejada son de papel oficio.”

Alguien que habla así no sacará ningún mito progresista del apremiante proceso de la historia, sino que la sufre. El concepto que Kafka tuvo del mundo era ca-tastrofista. De ello también se habló, en forma contradictoria, durante la conferencia del castillo Liblice. Al fin y al cabo, se trataba de preparar una nueva fase histórica después del pretendido término del estalinismo: dentro de un “comunismo humano”, tal como aspiraban a él los reformadores checoslovacos de la “primavera de Praga”, también Kafka, interpretado de una o de otra manera, debía ser posible.

Ya es un lugar común denominar “kafkiano” al mundo de los trámites administrativos, a la reducción de la existencia humana a un expediente de actas y al despliegue de la burocracia y la corrupción. El cuadro exacto de la jerarquía burocrática y el contraste, que una y otra vez adquiere trazas de metáfora, entre el celo burocrático y una negligencia dedicada sólo a alborotar el polvo de las actas, ese mundo constituido totalmente de papel y construido de palabras que cobra realidad para el lector mediante la novela de Kafka El Castillo, admite la comparación con una realidad ajena a la literatura. No obstante, al mismo tiempo la obra de Kafka se reduce si en su conjunto es limitada a esta única interpretación, según la cual el agrimensor K. lucha contra un mal doble: la burocracia y la corrupción. Cor fundamentos igualmente justificados es posible interpretar la actividad del agrimensor como una búsqueda de Dios y de la verdad. El Castillo, que en su impenetrabilidad permanece inalcanzable, puede ser entendido como metáfora del concepto teológico de la misericordia. Asimismo, de la novela El proceso el lector pudiera derivar, pese a que el libro recrea el aparato triturador de la justicia terrena hasta en sus más terribles detalles, una divina instancia suprema. Al agrimensor K. le han sido atribuidos rasgos fáusticos. Y si se subordinara la obra de Kafka al concepto “laberíntico”, sería posible respaldarlo en forma concluyente con los términos de la mística judía. El gran número de interpretaciones posibles, incluso las extravagantes, sólo pone en evidencia que las obras literarias —como toda obra artística— poseen y deben poseer significados múltiples, porque no obedecen a los ritos de la lógica sino a las leyes de la estética.

El afán de la interpretación única, correcta y de valor universal, se debe, la mayoría de las veces, a exigencias ideológicas o morales. En todos los lugares donde hay una sola forma de existir, con todo y una doctrina y moral de la verdad, surge también la pobre urgencia de una única interpretación cierta de las obras artísticas. (Allí, el arte es la vaca que se ordeña. Y lo que produce, aunque tenga un sabor amargo, debe corresponder a la idea común de la leche.)

Por lo tanto, mi intento de interpretar la novela El Castillo de Franz Kafka, de manera particular en relación con la burocracia total, sólo se refiere a un aspecto parcial en la obra de este escritor. El hecho de que dicho aspecto parcial puede documentarse queda comprobado no sólo por el desarrollo de la trama, saturada de detalles, sino también por la retoñada realidad de nuestro mundo actual, que diariamente vuelve a ganarse como calificativo el lugar común “kafkiano”.

Puesto que las burocracias del este y del oeste se igualan cada vez más, su pretensión total de dominio sobre el ser humano, como un ser definido mediante las actas, es expresada en una forma tan ubicua (y como fuera de todo control terreno) que les corresponde esa dimensión difusa, hasta trascendente, que no obstante puede denominarse divina y kafkiana.

Pretendo afirmar que el orden fragmentario creado por Franz Kafka con recursos literarios, como la metáfora del Castillo, tuvo un carácter visionario, en cuanto a su significado burocrático trivial así como al teológico, en el momento de ser plasmado por escrito; ahora se ha transformado en una realidad ajena a la literatura. La visión fue alcanzada; la utopía, superada. En Praga y en nuestra propia casa, Kafka ha encontrado a sus ejecutantes.

En todo el mundo se propagan las excrecencias burocráticas cuyo despotismo no sólo se sustrae al control democrático procurado aquí y allá, sino que también se cierra a toda razón sensata de ser. En su absurdidad, la burocracia de nuestros días se aproxima a Dios. Aunque fabricada y manejada por seres humanos, es superior a éstos en su funcionamiento espontáneo; y es sólo ahora, cerca de alcanzar la perfección, que muestra su modelo sobrehumano, que el autor Kafka debió representarse como algo real.

Parece que la burocracia de nuestros tiempos ya no pertenece en suficiente grado a este mundo como para ser eliminada mediante reformas administrativas o, mucho menos, con un cataclismo revolucionario. Ya hubo intenciones semejantes. ¡Mayor cercanía al ciudadano! ¡Atreverse a una mayor democracia!, rezaban las consignas. Miles se levantaron en protesta para emprender la “marcha a través de las instituciones”. ¿Dónde quedaron? ¿En qué oficinas empezaron a confundirse entre sí, como Sortini y Sordini?

A más tardar desde la reciente ampliación de la potencia burocrática general por medio de la tecnología nos hemos percatado del peligro inherente a los todopoderosos aparatos, como conceptos objetivados de Dios. Ya no nos enfrentamos a inconveniencias burocráticas que con todo pudieran mitigarse, sino con el destino correctamente impuesto. Así, debemos someternos: en Praga o en nuestra propia casa. Así, nos atrevemos, en Praga o aquí, a protestar contra ese poder universal. Al igual que el agrimensor K., tratamos de descifrar la jerarquía de la administración del Castillo, de obtener la famosa “admisión”, de entrar al Castillo… aunque sólo lo logremos por medio de sobornos.

El Castillo

se muestra benévolo con nosotros. Así como al agrimensor K. fueron asignados los llamados ayudantes, Jeremías y Arthur, a nosotros también nos conceden espías, en forma de micrófonos ocultos o la clásica pareja. Nos ayudan, son nuestros ángeles de la guarda. Se encargan de que no erremos en un sentido más elevado. Presienten nuestras acciones. Se alimentan con más datos referentes a nosotros de los que pudiéramos retener, en vista de la falta mortal de memoria que padecemos. Son una de las demostraciones divinas de benevolencia ofrecidas por la burocracia universal, con implicaciones vulgares y realistas y, a la vez, trascendentes.

Puesto que los secretarios y los señores del Castillo de Kafka se quejan, como nuestros funcionarios de nivel inferior, medio y alto, de la carga y la responsabilidad que implica su deber burocrático —de la misma manera como el ciudadano afectado se queja de la protección y la pesada benevolencia de la burocracia— y, además, porque los funcionarios con deseos reformadores se empeñan, por iniciativa propia o a petición de los ciudadanos administrados, en reducir el tiempo de circulación de las actas, en fortalecer la jurisdicción administrativa a manera de contraburocracia, en humanizar los despachos oficiales con la ayuda de plantas de interior, en volver, de manera democrática, más transparente la actividad de los espías y en proteger nuestros datos, una vez recogidos, contra nosotros mismos y otros, es posible afirmar, con razón y sin admitir excepciones, que todos —los señores del Castillo y el agrimensor K., nuestros funcionarios medios y altos y los ciudadanos afectados—, todos los involucrados son trabajadores en la viña del Señor.

Pues así quiere la burocracia, en Praga y en nuestra propia casa, que se le conciba. Aunque no podamos abarcar todo el conjunto —sea éste el que fuera: El Castillo o la viña o el Estado, con sus pretensiones absolutas—, formamos parte de él y se nos considera imprescindibles mientras sigamos trabajando en la viña del Señor. Debemos labrar y se nos permite quejarnos. Tenemos que guardar conciencia de nuestras relativas limitaciones; no todo el mundo puede saber y mucho menos hacerlo todo. Incluso desde una posición elevada, el conjunto a menudo resulta incomprensible. De ahí que ciertos encumbrados señores, de los que uno supondría que son poderosos y tienen todo bajo control, hayan sido capaces, últimamente, de hacer ademanes de impotencia.

Hace poco, por ejemplo, se oyó al presidente del Consejo de Estado, Erich Honecker, exhortar a la burocracia de la otra nación alemana a ser, por Marx y Engels —y por el hombre socialista—, menos burocrática. Por supuesto, dicha exhortación quedó sin respuesta. Pese a la multiplicidad de sus formas, la burocracia no tiene boca.

Y aquí, entre nosotros, el canciller y sus ministros se quejan elocuentemente de una impotencia que, si bien no puede compararse con aquélla, sí se le asemeja. Encuentran lamentable el hecho de ya no reconocer, simplemente, sus proyectos de canciller o de ministros, una vez que éstos son introducidos en la burocracia ministerial y devueltos nuevamente a ellos después del debido tiempo de circulación. Es cierto que la maquinaria aún funciona sin contratiempos, es más, con menos contratiempos que nunca antes, pero ya no de una manera conforme a sus instrucciones.

Leemos, por ejemplo: en el fondo, el llamado decreto de radicales es nulo desde hace mucho tiempo. Sin embargo, la burocracia no quiere reconocer esta declaración de nulidad hecha por el poder gubernamental. En cambio, redobla los esfuerzos por realizar, hasta en sus últimas consecuencias, un decreto lanzado hace años, condicionado desde entonces en varias ocasiones y, finalmente, casi abolido. Salta a la vista que la burocracia se ha independizado. Hay que admitirlo, lamentablemente, por mucho que se aprecie la eficiencia de nuestros funcionarios.

De esta manera, se habría identificado al culpable, si fuese posible dirigirle la palabra. Los poderosos se zafan del asunto: la burocracia tiene la culpa. Es la que convierte las leyes progresistas en su opuesto reaccionario. Constituye un Estado dentro del Estado. ¿No sería, pues, razonable y provechoso que el Estado constitucional introdujera al mayor número posible de radicales en el servicio público, a fin de acabar con ese Estado dentro del Estado?

Hace diez años la gente estaba decidida, en Praga y en nuestra propia casa, a tomar por asalto los castillos burocráticos y vencer al Estado dentro del Estado. Recuérdese que la primavera de Praga tuvo su efímera correspondencia entre nosotros, en forma de la protesta estudiantil. En todas partes: París, Varsovia, Berlín, Praga, la “imaginación [aspiraba] al poder”, se invocaba el “principio de la esperanza”. No obstante, sólo en Praga la cosa no quedó en la protesta.

A los pocos años de la conferencia literaria efectuada sobre Kafka en El castillo Liblice, primer impulso de una evolución trascendente, la primavera de Praga empezó a adquirir peso político. Coincidió con esa época mi primer viaje a Checoslovaquia, seguido por muchas visitas hasta el año siguiente a la ocupación. Más o menos por el mismo periodo también tuvo comienzo mi correspondencia abierta con el escritor checo Pavel Kohout, la cual fue publicada primero, bajo el título general “Cartas a través de la frontera”, en el semanario Die Zeit y luego en el periódico Student de Praga.

Era insólito el simple hecho de que un escritor comunista y otro socialdemócrata se tomasen la libertad, que debía ser natural, de entablar una discusión crítica y autocrítica en forma epistolar, teniendo como fondo político la era posestalinista de Novotny en Checoslovaquia y el paralizador desconcierto del Partido Socialdemócrata de Alemania dentro de la Gran Coalición que regía en ese entonces; refutaba la triste experiencia histórica que había hecho de comunistas y socialdemócra-tas enemigos a muerte. Por escépticas que fuesen las actitudes de Kohout y mías ante nuestras propias posiciones políticas y las del otro, las cartas no estaban desprovistas de esperanza: Kohout creía al comunismo susceptible de reformas; yo confiaba en la capacidad de los socialdemócratas para realizar profundas transformaciones y en una síntesis entre la democracia y el socialismo. Ambos opinábamos que dicha síntesis tenía futuro.

Cuando se obligó a Novotny a renunciar, y con el comienzo de una nueva era bajo Alexander Dubcek, parecía que en Checoslovaquia, el único país comunista con una tradición democrática, podría moverse la montaña y nuestras esperanzas hacerse realidad. Durante unos pocos meses se puso de manifiesto, en la vida cotidiana de Checoslovaquia, que la democracia y el socialismo se motivan solidariamente. Al parecer se habían sacudido el yugo de la burocracia ubicua del Partido. Todo el mundo hablaba abiertamente y ensayaba su libre expresión como un lujo desacostumbrado, la lucía en público y por ello creía haberse librado de los espías de siempre, condenándolos al desempleo. Con orgullo, si bien con un poco de incredulidad y asombro todavía, era demostrado recíprocamente que la libertad de opiniones y el comunismo no tienen que ser mutuamente excluyentes. Ya se conjeturaba que las otras naciones comunistas habrían reconocido la utilidad que una reforma de esta naturaleza pudiera tener también para ellas, cuando el comunismo propagado por los tanques de la Unión Soviética llegó a poner fin a este gran ensayo fundado en la teoría y, no obstante, espontáneo.

Para formularlo con mayor precisión: dentro de la esfera del poder soviético el intento de rajar la estructura leninista-estalinista del comunismo dogmático y también, por lo tanto, la dictadura ejercida por la burocracia del Partido, fue reprimido violentamente; en el oeste, sin embargo, el impulso emanado de Praga sigue vigente hasta la fecha. Sin él, los partidos comunistas de la Europa Occidental se hubiesen desarrollado de manera menos concreta, con mayores diferencias en su relación recíproca, y no se hubieran desprendido de la influencia soviética. La manifestación y el fracaso del socialismo democrático en Checoslovaquia volvieron a poner delante de los ojos de los partidos socialistas y socialdemócratas de la Europa Occidental sus propias demandas, les fijaron una escala. Sólo la “nueva izquierda” —residuo de las protestas estudiantiles— se interesaba aún en la teoría y se desintegró en grupos y sectas; vana fue para ella la lección de Praga.

No obstante, opino que todos los análisis de esos acontecimientos, desde los cuales han transcurrido, entretanto, diez años, seguirán siendo insuficientes si se limitan a buscar las causas de aquéllos en la esfera militar, económica e ideológica. Baso la conclusión de que Kafka ha hallado a sus ejecutantes en el incremento de poder de la burocracia. En forma anónima, tal como corresponde a su naturaleza, sobrevivió al cambio político en Checoslovaquia, de Novotny a Dubcek y de Dubcek a Husak. Inmediatamente, entró otra vez en funcionamiento. Es probable que ni siquiera haya suspendido su actividad durante el interludio democrático. En todo caso, se habrá permitido, como siempre le será posible, dejar la marcha en vacío, confiando en la imposibilidad de ser sustituida. Se traspasa, es independiente de la moda. La demanda perpetua de seguridad que tenemos los seres humanos alimenta sus órganos. Cada nueva ley —por bienintencionado que sea su deseo de simplificar las disposiciones de seguridad vigentes hasta ese momento— engendra nuevos departamentos administrativos que, después de fusionar las secciones nuevas con las más antiguas, se multiplican sin fin mediante la derivación de divisiones subordinadas y diarias pruebas de su utilidad.

La seguridad social que necesita el ser humano, la cual a menudo ha ingresado al plano legal sólo después de décadas enteras de luchas políticas, exige organización, aparatos que funcionen y una operación regular, libre de valores ideológicos, para garantizar al individuo y a la sociedad la pensión, la educación escolar y vocacional y el sitio en la universidad, para asegurarlo contra enfermedades y accidentes, proporcionar el mínimo necesario para la existencia a los afectados por la pérdida de su empleo, defender a todo mundo, en términos generales, contra un gran número de peligros e incluso para ofrecer seguridad contra los enemigos del Estado y de la sociedad.

Necesitamos, pues, la burocracia. De poder y querer deshacernos de ella, quedaríamos sin defensas, en el caos. Franz Kafka fue durante muchos años empleado e investigador de casos en la oficina para los seguros de obreros contra accidentes. Pese al agobio, apreciaba la utilidad de su trabajo en vista del gran número de accidentes sufridos por los obreros y la insuficiencia del servicio de seguros contra accidentes. De ser necesario, sería posible sustituir una fuente de energía faltante —petróleo o electricidad— por otra, pero nada serviría para remplazar una burocracia faltante, a menos que se propusiera como opción una burocracia nueva, más universal todavía, moderna y que racionalizara nuestra creciente demanda de seguridad.

Por ese camino vamos. El tiempo de las oficinas con olor a enmohecido y de los estorbosos archiveros se acerca a su fin. En ocasiones se ha dicho, en defensa de la burocracia, que crea y conserva puestos de trabajo, pero en el futuro este argumento ya no podrá hacerse valer porque en el curso de la racionalización general, incluso en la esfera administrativa, con su alto número de puestos de trabajo, las computadoras grandes y minúsculas, los sistemas de almacenamiento de datos, las instalaciones electrónicas una y otra vez mejoradas, los centros de informática que trabajan por diversos medios de comunicación y los otros productos de la segunda revolución técnica remplazarán o, para decirlo en forma más agradable, liberarán a los señores y los secretarios del Castillo de Kafka y a sus sucesores, los empleados y funcionarios de la burocracia.

Lo llamamos progreso y nos infunde un poco de miedo. Ciertamente, dichas evoluciones progresistas abolirán, y en parte ya lo están haciendo, nuestros conceptos consuetudinarios del trabajo como realización de uno mismo o como esclavitud; pero los trabajadores así “liberados”, los empleados y los funcionarios se sentirán tan enajenados con este excesivo tiempo de ocio como antes en sus empleos acostumbrados. Peor aún: este cambio previsible, que no obstante habrá de tomarnos desprevenidos, no modificará el carácter de la burocracias En todo caso, será más perfecta. Se multiplicará, porque tanta inactividad en los complejos espacios de ocio requerirá ser administrada, asegurada y protegida contra los abusos. Las masas inactivas tienden a salirse fuera de control. Se apelotonan, son capaces de emociones irracionales. Ya que supuestamente han quedado sin rumbo fijo, es posible que busquen un sentido y se fijen objetivos fuera del orden legal. Mientras que el agrimensor K. arremetía inútilmente contra El Castillo, la masa K. podría tener éxito en su acción destructora y romper los aparatos que la liberaron.

No obstante, la nueva burocracia se asegurará también contra estos peligros preprogramados: alimentará a la sociedad del ocio con efímeras razones de ser y permitirá, incluso, restringidos juegos revolucionarios; o bien, desarrollará ulteriormente el moderno Estado policiaco en un sentido orwelliano. Con toda seguridad, el oeste dominará más pronto la evolución del futuro, pero no es posible descartar la posibilidad de que el este, a pesar de su cerrazón ideológica, lo iguale en ello, aunque sea con el retraso de siempre. Al resto del mundo, sea de orientación occidental u oriental, no le quedará más que aprender de ellos e imitarlos, máxime cuando las masas asiáticas, africanas y sudamericanas todavía se encuentran desempleadas o en el estado liberado de acuerdo con la estructura tradicional; es decir, a causa de su demanda acumulada desarrollarán la clasificación administrativa, asegurada y afianzadora de las masas y, por consiguiente, la burocracia total.

Esta dimensión futura ya se anuncia. Es inevitable para todas las ideologías. La pregunta de una alternativa sólo puede contestarse en forma radical, es decir, llegando hasta su raíz. El que desee sustraerse al sistema de seguridad de la burocracia deberá elegir, en lugar de la seguridad, el riesgo. El que elija el riesgo decaerá en el terrorismo o tendrá que disponerse a una larga y penosa lucha política. El que quiera el riesgo deberá empeñarse, como el agrimensor K. de Franz Kafka, en penetrar en un Castillo cada vez más lejano. El que actúe como el agrimensor K. pudiera llamarse Rudolf Bahro, quien escogió el riesgo. Puso por escrito lo que pasaba en El Castillo. No buscaba esa seguridad total. Se liberó de la oferta de esa seguridad. Ahora El Castillo cree tenerlo bajo llave. Pero con todo se hace oír. Es imposible tener sus palabras bajo llave. Su voz, empañada por el riesgo, se nos antoja conocida. Con la misma precisión, con la misma falta de seguridad, con la misma humanidad hablaron muchos hace diez años: en Praga y en Bratislava. El manifiesto de las dos mil palabras. Finalmente, dirigieron sus palabras contra los tanques.

Hoy son los portavoces de la Carta 77 los que, como Rudolf Bahro, como el agrimensor K. de Kafka, han elegido el riesgo a pesar de la opción de la seguridad total. No importa que la novela El Castillo de Franz Kafka sea interpretada como auténtica imagen de la burocracia total o como metáfora de la verdad absoluta que debe buscarse: todos los aludidos se encuentran en camino hacia El Castillo. No sabemos si consigan llegar. Esta pregunta no ha sido planteada al riesgo. La novela de Kafka también quedó en el fragmento.

Al echar una ojeada retrospectiva al 21 de agosto de 1968 no me interesaba redactar otro análisis más sobre las ya familiares estructuras del poder, ni un estudio que evaluara tan sólo el aspecto político e ideológico del comunismo de la reforma checoslovaca y su aborto, sino que en calidad de escritor tenía la intención de hacer girar mis reflexiones en torno a la conferencia realizada sobre Kafka en El castillo Liblice, la cual, si bien periférica, anunciaba la primavera de Praga. Por lo tanto, me quedaré con la literatura y sus efectos en esta última arremetida.

El escritor Franz Kafka no sólo ha sido interpretado hasta volverse totalmente impenetrable, sino que también ha engendrado epígonos. Estos fenómenos fundados, por una parte, en su ambigüedad y sujetos, por otra, a la moda, no deben disfrazar el hecho de que algunos autores han logrado seguir los pasos de Kafka sin renunciar a su individualidad.

El año pasado se publicó en la República Federal el libro Versuchte Nähe [Intento de cercanía] de mi colega Hans Joachim Schädlich. La delgada antología de cuentos no había encontrado editor en la RDA, y Schädlich emigró con su familia a la República Federal. Aún más que el relato que da el título al libro, la breve narración “Unter den achtzehn Türmen der María vor dem Teyn” [Debajo de las 18 torres de la María vor dem Teyn], escrita en 1971, nos muestra la forma modificada en que El Castillo de Kafka perdura hoy en día y la manera en que el servicio de seguridad del Estado se asegura de los ciudadanos que tiene a su merced, como burocracia y con la ayuda de la tecnología moderna. Con algunos cambios insignificantes, la historia podría llevarse a cabo en la República Federal, pero está ubicada en la Praga del 1968 y en Berlín Oriental: dos jóvenes ciudadanos de la RDA presencian el arribo de los tanques. Instalados debajo del arco de una puerta, contestan las preguntas de un reportero de la televisión occidental. Los espías de la RDA no pueden identificarlos: estaban con la espalda hacia la cámara; pero atraparon sus voces. Un dialecto matiza estas voces. Existen personas que estudian los dialectos. Por rendir un servicio a la seguridad del Estado, una de ellas está dispuesta, mediante grabaciones de las más diversas variantes dialectales, a confrontar, cercar y fijar en una población determinada las voces captadas. Después, resulta fácil encontrar a los dos jóvenes viajeros a Praga entre el conjunto de los pocos que fueron registrados en dicha población, arrestarlos e interrogarlos hasta que confiesan.

Cito a continuación el octavo parágrafo del relato de Schädlich:

Un supuesto portafolios cruza la puerta del instituto de la lengua vernácula. Siete armarios en un rincón bajo, abarrotados sin recelo con los productos de las extensas compilaciones efectuadas por conocedores aficionados al idioma materno, por el momento degeneran en siete factores de seguridad. Sobre 1 500 cintas y dentro de siete armarios sobreviven las arbitrariedades cometidas localmente —al norte, al este, al sur, al oeste y al centro— contra el resto de la lengua nacional.

Unas manos comisionadas corren los pasadores en las cerraduras del portafolios, el pulgar y el índice derechos extraen de su custodia portátil una grabadora, dos voces atrapadas.

La técnica adecuada induce a las voces a repetir opiniones de protesta; su capricho lingüístico los señala como habitantes de cierta región. ¿De cuál?

Dos de los tres conocedores de lo vernáculo que se tienen a la mano no responden a las atentas exhortaciones, a las advertencias amables, a las encarecidas demandas.

El tercero y el comisionado desdoblan el territorio de la nación asequible, deliberan con pericia sobre la ubicación de la zona buscada y cierran la trampa con un plumón azul. Abren los armarios llenos de la perecedera lengua, recorren la trampa a lo largo de los cortes frontales establecidos por las cajas en los armarios, comparan el idioma atrapado con los restos del lenguaje rural que la mitad del pueblo de buen grado dejó guardar en las cajas, desechan, confirman la orientación de la empresa y se aproximan, con base en sonidos imposibles de pasar por alto, a los habitantes de cierta región. De esta región. Más precisamente, de este distrito.

En la novela El Castillo de Franz Kafka, en medio del ambiente pobre del pueblo, aparece al principio de la narración un teléfono, el único instrumento de naturaleza técnica. Está asignado a la comunicación con El Castillo.

Hasta ahí habían llegado a comienzos del siglo. Hace diez años ya se sabía aprovechar grabaciones televisivas y magnetofónicas. Entretanto, hemos logrado mayores adelantos, tanto aquí como del otro lado. El agrimensor K. tiene que mantenerse al corriente. El Castillo no caduca.

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