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Archive for enero, 2009

Literatura y revolución (leon Trotsky)

Ficha sobre notas de prensa y reportajespublicados en su momento en medios escritos:

La situación del arte puede definirse mediante las siguientes consideraciones generales.

Si el proletariado ruso no hubiera creado su propio ejército tras la toma del poder, el Estado obrero habría dejado de vivir hace tiempo, y ahora no estaríamos pensando en los problemas económicos, y mucho menos en los problemas de la cultura y del espíritu.

Si en el curso de los próximos años la dictadura del proletariado se mostrase incapaz de organizar la economía y de asegurar a la población por lo menos un mínimo vital de bienes materiales, el régimen proletario estaría entonces realmente llamado a desaparecer.  Por eso la economía es en la hora presente el problema de los problemas.

De todos modos, aunque los problemas elementales del alimento, del vestido, del abrigo y también de la educación primaria estuvieran resueltos, no significaría de ningún modo la victoria total del nuevo principio histórico, es decir, la victoria del socialismo.  Sólo un progreso del pensamiento científico a escala nacional y el desarrollo de un arte nuevo supondrán que la semilla histórica no sólo ha crecido hasta dar una planta, sino también que ha florecido.  Desde este enfoque, el desarrollo del arte es la prueba más alta de la vitalidad y de la significación de cualquier época.

La cultura vive de la savia de la economía, pero no basta con lo estrictamente necesario para que la cultura pueda nacer, desarrollarse y refinarse.  Nuestra burguesía se sirvió de la literatura rápidamente en el período en que se fortaleció y enriqueció.  El proletariado conseguirá preparar la formación de una cultura y de una literatura nuevas, es decir, socialistas, no por métodos de laboratorio sobre la base de nuestra pobreza, de nuestras necesidades y de nuestra ignorancia de hoy, sino a partir de vastos medios sociales, económicos y culturales.  El arte necesita bienestar, abundancia incluso.  Los altos hornos deberán calentar más, las ruedas girar con mayor rapidez, las lanzaderas correr más, las escuelas trabajar mejor.

Nuestra vieja literatura y nuestra vieja cultura rusas eran expresión de la nobleza y de la burocracia y se basaban en el mundo campesino.  El noble pagado de sí mismo y el noble "arrepentido" imprimieron su huella en el periodo más importante de la literatura rusa.  Luego apareció el intelectual plebeyo que, basándose en el campesino y en el burgués, escribió también su capítulo en la historia de la literatura rusa.  Tras pasar por el periodo de esquematismo extremo de los viejos narodniki, ese intelectual plebeyo se modernizó, se diferenció e individualizó en el sentido burgués del término.  Ese fue el papel histórico que le tocó cumplir a la escuela decadente y al simbolismo.  Desde principios de siglo, y especialmente después de 1907-1908, la transformación burguesa de la intelligentsia y de la literatura se realizó con celeridad.  La guerra puso fin, patrióticamente, a este proceso.

La revolución dio al traste con la burguesía y este hecho decisivo irrumpió en la literatura.  La literatura centrada sobre un eje burgués ya no existe.  Todo cuanto ha quedado, más o menos viable, en el dominio de la cultura, y especialmente en el de la literatura, se esforzó y se esfuerza aún por encontrar una orientación nueva.  Desde el momento en que la burguesía no existe, el eje no puede ser otro que el pueblo sin la burguesía.  Pero ¿qué es el pueblo?  En primer lugar, el campesinado y, en cierta medida, los pequeños burgueses urbanos; luego los obreros que no pueden ser separados del protoplasma popular del campesinado.  Esto es lo que expresa la tendencia básica de todos los "compañeros de viaje" de la revolución.  Y lo mismo en Pilniak, en los "Hermanos Sérapion", y en los "imaginistas" que están todavía vivos.  Y lo mismo ocurre con algunos de los futuristas (Klebnikov, Kruchenik y W. Kamensky).  La base campesina de nuestra cultura, o mejor dicho, de nuestra incultura, pone de manifiesto de modo indirecto toda su inercia.

Nuestra revolución es la expresión del campesino convertido en proletario que, sin embargo, se apoya en el campesino y le muestra el camino a seguir.  Nuestro arte es la expresión del intelectual que duda entre el campesino y el proletario.  Se halla incapacitado, orgánicamente, para fundirse con uno o con otro, pero se inclina las más de las veces hacia el campesino.  Debido a su posición intermedia y a sus vinculaciones, no puede convertirse en mujik, pero puede cambiar al mujik.  Sin embargo, no puede haber revolución sin la dirección del proletariado.  Tal contradicción es el origen de la dificultad fundamental a la hora de abordar el tema.  Puede afirmarse que los poetas y escritores de estos años extremadamente críticos difieren entre si por la forma en que salen de esta contradicción, y por el modo en que colman el vacío, unos mediante el misticismo, otros mediante el romanticismo, un tercero mediante un prudente distanciamiento, y un cuarto por un grito ensordecedor.  Con independencia de la variedad de métodos empleados para superar la contradicción, ésta sigue siendo una en esencia: consiste en la separación creada por la sociedad burguesa entre el trabajo intelectual, incluido el arte, y el trabajo físico.  La revolución es obra de hombres que realizan un trabajo físico.  Uno de los objetivos últimos de la revolución consiste en superar totalmente la separación entre esas dos clases de actividad.  En tal sentido, como en todos los demás, la creación de un arte nuevo es una tarea que se realiza siguiendo las líneas del trabajo fundamental, el de la construcción de una cultura socialista.

Sería ridículo, absurdo e incluso estúpido hasta más no poder, pretender que el arte permanecerá indiferente a las convulsiones de nuestra época.  Son los hombres los que preparan los acontecimientos, son los hombres los que los realizan, y los acontecimientos a su vez actúan sobre los hombres y los cambian.  El arte refleja, de forma directa o indirecta, la vida de los hombres que realizan o viven los acontecimientos.  Y esto es válido para todas las artes, desde la más monumental a la que se centra en lo más íntimo.  Si la naturaleza, el amor o la amistad no estuvieran ligadas al espíritu social de una época, la poesía lírica habría dejado de existir hace mucho tiempo.  Un profundo viraje histórico, es decir, un reordenamiento de las clases en la sociedad, rompe la individualidad, coloca la percepción de los temas fundamentales de la poesía bajo un nuevo enfoque y salva así al arte de una repetición eterna.

Pero el "espíritu" de una época ¿no actúa de modo indivisible e independiente de la voluntad subjetiva?  Evidentemente, en última instancia este espíritu se refleja en todos; tanto en quienes lo aceptan y encarnan como en aquellos que luchan desesperadamente contra él o en quienes se esfuerzan por librarse de él; quienes le vuelven la espalda mueren poco a poco; quienes se resisten a él pueden, a lo más, reanimar tal o cual llama arcaica: el arte nuevo, al plantear nuevos jalones y ensanchar el campo de la creación artística, sólo podrá ser creado por aquellos que se identifiquen con su época.  Si trazásemos una línea que una el arte actual y el arte socialista del futuro, podríamos decir que hoy apenas hemos superado la fase de preparación de esa preparación propiamente dicha.

Hagamos un breve esbozo de los grupos de la literatura rusa actual.

La literatura que se halla alejada de la revolución, desde los folletinistas del periódico de Suvorín hasta los líricos más sublimes del Valle de Lágrimas de la aristocracia, agoniza como las clases a las que han servido.  Por lo que respecta a la forma, genealógicamente, esa literatura representa el perfeccionamiento de la línea maestra de nuestra vieja literatura, que comenzó como literatura de la nobleza y que terminó como literatura simplemente burguesa.

La literatura "mujik" soviética, que canta al campesino, puede encontrar sus raíces, desde el punto de vista de la forma, aunque de modo menos claro, en las tendencias eslavófilas y populistas de la vieja literatura.  Resulta evidente que los escritores que cantan al mujik no preceden directamente de los mujiks.  No existirían sin la literatura anterior de la nobleza y de la burguesía, de cuya literatura son la rama más joven.  En la actualidad todos ellos tratan de ponerse de acuerdo con la hora de la nueva sociedad.

Indudablemente, el futurismo también era un brote de la vieja literatura.  Pero el futurismo ruso no había alcanzado su completo desarrollo en el marco de la vieja literatura, ni había sufrido la adaptación burguesa que le hubiera valido ser reconocido oficialmente.  Cuando estalló la guerra y luego la revolución, el futurismo era todavía bohemio, como todas las escuelas literarias en los países capitalistas.  Gracias al impulso de los acontecimientos, el futurismo se adentró por los nuevos derroteros de la revolución.  Un arte revolucionario no podía nacer de ahí por la misma naturaleza de las cosas.  Aunque sigue siendo, por muchas razones, un brote revolucionario bohemio del arte antiguo, el futurismo contribuye en mayor medida, más directa y más activamente que cualquier otra tendencia, a la formación del arte nuevo.

Por significativas que puedan ser en líneas generales las obras de determinados poetas proletarios, su sedicente "arte proletario" no hace otra cosa sino cumplir un período de aprendizaje.  Siembra por doquier los elementos de la cultura artística, ayuda a la nueva clase a asimilar las obras antiguas, aunque de modo superficial.  En este sentido es una de las corrientes que llevan al arte socialista del futuro.

Carece de todo fundamento oponer la cultura burguesa y el arte burgués a la cultura proletaria y al arte proletario.  De hecho, estos últimos no existirán jamás, porque el régimen proletario es temporal y transitorio.  La significación histórica y la grandeza moral de la revolución proletaria residen precisamente en que ésta sienta las bases de una cultura que no será ya una cultura de clase, sino la primera cultura auténticamente humana.

Durante el período de transición, nuestra política artística puede y debe consistir en ayudar a los diferentes grupos y escuelas artísticas salidos de la revolución a captar correctamente el sentido histórico de la época y una vez haberles colocado ante el siguiente criterio categórico, "por la revolución o contra la revolución", concederles una total libertad de autodeterminación en el terreno del arte.

Por el momento, la revolución se refleja en el arte de modo parcial solamente, una vez que el artista deja de mirarla como una catástrofe exterior, y en la medida en que todos los artistas y poetas, tanto los viejos como los nuevos, se conviertan en una parte de la trama viviente de la revolución y aprendan a verla no desde fuera, sino desde el interior.

El torbellino social no se calmará pronto.  Ante nosotros tenemos decenios de lucha en Europa y en América.  No sólo los hombres y las mujeres de nuestra generación, sino también los de la generación venidera, serán partícipes, héroes y víctimas de esta lucha.  El arte de nuestra época será colocado enteramente bajo el signo de la revolución.

Este arte necesita una nueva conciencia.  Por encima de todo es incompatible con el misticismo, sea éste sincero o se disfrace de romanticismo: la revolución tiene por punto de partida la idea central de que el hombre colectivo debe convertirse en el único señor y de que los límites de su poder sólo están determinados por su conocimiento de las fuerzas naturales y por su capacidad de utilizarlas.  Este arte nuevo es también incompatible con el pesimismo, con el escepticismo, con todas las demás formas de abatimiento espiritual.  Es realista, activo, colectivista, de forma vital y henchido de una confianza ilimitada en el porvenir.

29 de julio de 1924.

LEON TROTSKY

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HACIA UNA DEFINICIÓN DE ENSAYO

Ficha sobre recursos técnicos:

Las palabras, al igual que las costumbres, están sujetas a la tiranía de las modas.  En nuestro siglo, y con especial énfasis en los últimos años, tanto los escritores como los editores han dado en denominar "ensayo" a todo aquello difícil de agrupar en las tradicionales divisiones de los géneros literarios.  Si a esto unimos la vaguedad del término y la variedad de las obras a las que pretende dar cobijo, no debe extrañarnos que las definiciones propuestas se expresen sólo en planos generales.  El Diccionario de la Real Academia Española define el ensayo como "escrito, generalmente breve, sin el aparato ni la extensión que requiere un tratado completo sobre la misma materia".  No es necesario un examen meticuloso para determinar lo inoperante de esta definición: sólo hace referencia a la forma y, por otra parte, presenta al ensayo como a un hermano menor del tratado, como algo que no llegó a desarrollar lo que tenía en potencia.  A este particular no son tampoco de gran ayuda las antologías de ensayistas, especialmente las que recogen escritores españoles, pues o incluyen demasiados ejemplos sin verdadero criterio del género, o representan puntos de vista parciales, por lo común determinados por aspectos temáticos.1 En la búsqueda de una definición o caracterización del ensayo, es no sólo conveniente, sino preciso, remontarse a la obra de Miguel de Montaigne, creador del género ensayístico según la posición tradicional de la crítica literaria.  Montaigne, en efecto, fue el primero en usar el término "ensayo", en su acepción moderna, para caracterizar sus escritos, y lo hizo consciente de su arte y de la innovación que éste suponía.  En el ensayo número 50 del libro primero, que tituló "De Democritus et Heraclitus", nos da una "definición" que todavía posee hoy algo más que valor histórico: "Es el juicio un instrumento necesario en el examen de toda clase de asuntos, por eso yo lo ejercito en toda ocasión en estos ensayos.  Si se trata de una materia que no entiendo, con mayor razón me sirvo de él, sondeando el vado desde lejos; y luego, si lo encuentro demasiado profundo para mi estatura, me detengo en la orilla.  El convencimiento de no poder ir más allá es un signo del valor del juicio, y de los de mayor consideración.  A veces imagino dar cuerpo a un asunto baladí e insignificante, buscando en qué apoyarlo y consolidarlo; otras, mis reflexiones pasan a un asunto noble y discutido en el que nada nuevo puede hallarse, puesto que el camino está tan trillado que no hay más recurso que seguir la pista que otros recorrieron.  En los primeros el juicio se encuentra como a sus anchas, escoge el camino que mejor se le antoja, y entre mil senderos decide que éste o aquél son los más convenientes.  Elijo al azar el primer argumento.  Todos para mí son igualmente buenos y nunca me propongo agotarlos, porque a ninguno contemplo por entero: no declaran otro tanto quienes nos prometen tratar todos los aspectos de las cosas.  De cien miembros y rostros que tiene cada cosa, escojo uno, ya para acariciarlo, ya para desflorarlo y a veces para penetrar hasta el hueso.  Reflexiono sobre las cosas, no con amplitud sino con toda la profundidad de que soy capaz, y las más de las veces me gusta examinarlas por su aspecto más inusitado.  Me atrevería a tratar a fondo alguna materia si me conociera menos y me engañara sobre mi impotencia.  Soltando aquí una frase, allá otra, como partes separadas del conjunto, desviadas, sin designio ni plan, no se espera de mí que lo haga bien ni que me concentre en mí mismo.  Varío cuando me place y me entrego a la duda y a la incertidumbre, y a mi manera habitual que es la ignorancia" (289-290).

En España, a pesar de que en el Tesoro de la lengua castellana de Covarrubias (1611), se encuentra ya el término "ensayo", en ninguna de las tres acepciones que se incluyen, se hace referencia a una composición literaria.  Para hallar la palabra "ensayo" con el sentido que le proporcionó Montaigne, habrá que esperar hasta bien entrado el siglo XIX.  En Covarrubias el concepto se encuentra implícito en la voz "discurso": "Tómase por el modo de proceder en tratar algún punto y materia, por diversos propósitos y varios conceptos".2 Así lo emplearon nuestros ensayistas del siglo XVII, especialmente Quevedo en Los sueños y Gracián en Agudeza y arte de ingenio.  La palabra ensayo, si bien aceptada en el siglo XIX para designar una composición literaria (en el Diccionario de la Academia Española aparece ya la definición actual),3 es considerada despectivamente en ciertos sectores de la crítica hasta bien entrado el siglo XX.  En 1906 Baralt, en su Diccionario de Galicismos, señala acerca del término ensayo: "Aplicado como título a algunas obras, ya por modestia de sus autores, ya porque en ellas no se trata con toda profundidad la materia sobre que versan, ya, en fin, porque son primeras producciones o escritos de alguna persona que desconfía del acierto y propone con cautela sus opiniones" (209).  De forma muy semejante se expresa Mir y Noguera en 1908: "Modernamente han dado los escritores extranjeros, ingleses, franceses, italianos, en llamar \’ensayo\’ al escrito que trata superficialmente algún asunto, como si de él echase el escritor las primeras líneas.  Esa palabra exótica va cundiendo entre nosotros.  Exótica digo, por la rareza y especialidad de su significación.  Porque la voz \’ensayo\’ o \’ensaye\’ siempre quiso decir \’prueba, examen, inspección, reconocimiento\’" (703)..

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Breve reseña de algunas teorías lésbicas, Por Jules Falquet

Ficha sobre notas de prensa y reportajespublicados en su momento en medios escritos:

Este trabajo presenta algunas teorías y luchas de las lesbianas y de sus movimientos en diferentes partes del mundo.  Deja de lado muchos temas más conocidos, como la patologización y represión del lesbianismo, y también la mayor parte de las tendencias insertadas en el movimiento homosexual mixto.  Generalmente vinculadas con la lucha contra el SIDA, y más recientemente con reivindicaciones hacía el « matrimonio » y la igualdad de derechos, estas tendencias se enmarcan en una defensa de la « preferencia sexual » y de la « tolerancia », o sea en una búsqueda de « reconocimiento » por parte de la sociedad heterosexual.  Se perfilan por tanto como luchas de signo “liberal” por la libertad individual y la integración, que, aunque importantes, no cuestionan de fondo el sistema social.  Aquí quiero rescatar más bien elementos menos conocidos que tienden a una crítica radical, tanto de la sexualidad en su conjunto, como de la heterosexualidad como sistema político, y del sistema patriarcal, racista y clasista imperante.  También quiero señalar que el presente texto se basa sobre todo en grupos y reflexiones provenientes del mundo francófono por una parte, norteamericano por otra parte, y también latinoamericano y del Caribe.  La historia lésbica de Asia, Africa y Oceanía, deberá ser buscada en otras partes.  Finalmente, debo subrayar que por la misma situación política de hegemonía occidental, tienden a ser producidas más teorías en los países del Norte y por parte de mujeres blancas, urbanas y de clase media, teorías que gozan de más amplia difusión que las que se originan en otras lesbianas, lo que refleja este artículo y que no deja de ser una limitación.

En este texto entonces, que invita sobre todo a la profundización, presentó seis puntos que intentan reconstruir cierto orden cronológico e hilación política-lógica —aunque a costa de simplificaciones y arbitrariedades, como toda reconstitución a posteriori y desde una posición de implicación en el movimiento.

Primero, evoco la relatividad de lo que se llama « lesbianismo » y a la vez la importancia de usar el término « lesbiana » frente a una concepción general-masculina de la homosexualidad.  En un segundo momento, abordo los conflictivos lazos del movimiento lésbico con los movimientos homosexual y feminista, así como los fundamentos teóricos del movimiento lésbico autónomo (1), el cual se forma progresivamente.  A continuación, presento otros desarrollos de la teoría y de las luchas lésbicas, en especial los aportes y cuestionamientos de las lesbianas no-blancas y de los sectores populares.  Finalmente, evoco las teorías liberales “prosexo” y “queer”, que se dibujan más bien como una vuelta hacía posiciones fuertemente influenciadas por el pensamiento masculino.

1. Variedad de las prácticas sexuales y amorosas entre mujeres y de sus interpretaciones En muy diferentes culturas y épocas, ha habido mujeres que se relacionan sexualmente, amorosamente y/o afectivamente con otras mujeres.  Los ejemplos son de los más variados.  Se encuentra una larga lista de poetas quienes en primera persona dieron testimonio de su vivencia lésbica, desde Sapho, de la antigue isla de Lesbos, hasta la afronorteamericana Audre Lorde, desaparecida en 1993, quien fue a la vez teórica, militante y notable escritora (Lorde, 1982 a, 1984).  En la India en la época pre-védica, se encuentran mitos que hablan del papel destacado de las mujeres y esculturas muy explícitas de relaciones sexuales entre mujeres (Thadani, 1996).  En Zimbabwe, la recién desaparecida Tsitsi Tiripano y el grupo lésbico-gay GALZ en el que militaba son una prueba fehaciente de que el lesbianismo existe en culturas africanas (Aarmo,

1999) .  En Sumatra, Indonesia, las « tomboy » son mujeres « masculinas » que establecen relaciones de pareja con otras mujeres (Blackwood, 1999).  La antropología por su parte señaló hace mucho el caso de las y los « berdaches » en las poblaciones indígenas de los llanos del norte del continente americano : son personas que, a pesar de haber nacido hombres o mujeres, son consideradas socialmente como pertenecientes al sexo/género opuesto y por tanto buscan pareja de su propio sexo (2).  De forma mas general, varias poblaciones indígenas del continente manejan la noción de personas de « doble espíritu », que a menudo tienen poderes mágicos-chamánicos y cuyo comportamiento sexual podría ser visto como homosexual en el marco de las concepciones occidentales actuales (Lang, 1999).

Sin embargo, cada sociedad construye e interpreta estas prácticas sexuales y amorosas entre mujeres de forma diferente, y su visibilidad y legitimidad varían enormemente según la concepción que cada sociedad tiene de lo que es ser mujer u hombre, como lo analiza la antropóloga francesa Nicole Claude Mathieu en un profundo artículo sobre la diversidad de las formas de articulación entre sexo, género y sexualidad (Mathieu, 1991).  Por ejemplo, hay sociedades que solo conciben la existencia de un género (el masculino), que luego se divide en dos sexos, como la sociedad africana !Kung del desierto del Kalahari.  A su vez, la 2 sociedad Inuit, cerca del círculo polar, atribuye un(os) género(s) a las-los recién nacidas en función del género de la(s) persona(s) que en ella o él se reincarnaron.  De esta manera, una bebé hembra puede ser considerada socialmente como un varón, si en ella regresa el espíritu de su abuelo.  Sin embargo, al llegar a la edad reproductiva, sufren una reubicación social en su sexo biológico, en vista al matrimonio reproductivo.  En varias sociedades africanas, existe matrimonio entre mujeres, sin embargo ello no significa que sean lesbianas.  Más bien se trata de una forma para mujeres mayores y relativamente ricas de asegurarse una descendencia, obteniéndola de la mujer más joven que toman como esposa y quien para este fin tiene relaciones sexuales con varones.

En medio de esta complejidad de los arreglos culturales en torno al sexo, al género y a la sexualidad, no es tan simple definir, ni lo que es una mujer, ni aún menos lo que son entonces la heterosexualidad y la homosexualidad.  Sin embargo, en la mayoría de las culturas hoy conocidas y existentes, dominan arreglos sociales netamente patriarcales y basados en la heterosexualidad como norma obligatoria.  Muchas religiones se encargan además de condenar absolutamente todo lo que no sirve explícitamente a la reproducción.  Por tanto, las relaciones sexuales y amorosas entre mujeres son casi siempre a la vez tabúes, severamente condenadas e invisibilizadas.  De allí que esas relaciones hayan sido muy poco estudiadas y muchas veces desformadas y tratadas con poca seriedad científica, como lo ejemplifica el caso de las famosas Amazonas.  De ellas se ha dicho alternativamente que vivían en la Grecia antigua o en la Amazonía, y se han inventado toda clase de fantasías en torno a sus supuestas formas de vida, mezclando esas mitificaciones con el estudio posterior de las feroces guerreras del rey de Dahomey.  Hasta hoy, ningún estudio histórico serio ha demostrado la existencia de las Amazonas, ni mucho menos ha podido dar cuenta de sus prácticas sexuales —a pesar de que constituyen uno de los más poderosos símbolo del lesbianismo.

Solo es de forma muy reciente, y en el marco del pensamiento occidental, que se empieza a atribuir a la gente una personalidad e identidad sexual específica y supuestamente fija, en base a sus prácticas sexuales.  Aún así, la categoría y el término de lesbiana se construyeron de forma progresiva.  Algunas historiadoras documentan la aparición del término « tribadismo » para nombrar las relaciones sexuales entre mujeres al comienzo del siglo XVIII (Bonnet, 1995).  Ya a mitad del siglo XIX, la medicina y sobre todo la psiquiatría nasciente empiezan a interesarse por lo que llaman el « tercer sexo », interviniendo fuertemente en su categorización como «invertidas-os» y su patologización, para luego buscar su « curación » (Lhomond, 1991).  La sexología, que aparece a finales del siglo XIX, continua esta tendencia clasificadora y normalizadora (Jaspard, 1997).  Havelock Ellis, uno de sus fundadores, desarrolla la hipótesis de un origen congénito de la homosexualidad, con la esperanza de sustraer a las y los homosexuales a la represión y a los intentos de « curación ».  El modelo sexológico se complejiza al incorporar elementos del psicoanálisis — igualmente determinista, aunque ya no ubique la causa de la homosexualidad en la biología sino que en la psicología.  Básicamente, Freud interpreta la homosexualidad femenina como una simple simetría de la homosexualidad masculina y una prueba de « inmadurez » en el desarrollo psíco-sexual de las mujeres.

Simultáneamente, en Europa, en los años veinte y treinta, las lesbianas se hacen bastante visibles : en París, la celebre pareja norteamericana compuesta por Gertrude Stein y Alice Toklas organiza círculos literarios en el barrio artístico de Montparnasse.  En Berlín se multiplican los lugares de sociabilidad lésbica antes de que el fascismo arrase con todo, asesinando u obligando al exilio o a la clandestinidad a lesbianas y homosexuales.  En Londres, Radclyffe Hall publica su celebre « Pozo de la soledad » que le valdrá la violenta condena de la sociedad bien pensante (3) (Tamagne, 2000).  A manera de contrafoco, en Francia la literatura heterosexual y la industria de la moda popularizan el ambiguo personaje de « la garçonne », mujer « moderna » de pelo corto y moralidad desafiante, pero que en sí no necesariamente es lesbiana.

2. Lesbianas u homosexuales femeninas?1 Aunque muchas veces se usen de forma relativamente indistinta los términos lesbianas, homosexual femenina o mujer gay, existe un debate político en torno al tema, derivado de la reflexión feminista.

De hecho, la palabra homosexual se refiere a un conjunto de prácticas sexuales, amorosas, afectivas, entre dos o más personas del mismo sexo.  Al ser « descubiertas », éstas prácticas « privadas » conllevan diferentes grados de represión.  Sin embargo, las personas involucradas las pueden dar a conocer públicamente en forma voluntaria, haciéndo su « coming out » o « salida del clóset », reivindicando orgullosamente una « identidad » estigmatizada.  Llarmarse a si misma « gay » u « homosexual » tiene la ventaja de visibilizar una vivencia (sexual, pero también social y cotidiana) en parte diferente de aquella de quienes se apegan a la norma social de la heterosexualidad.  Sin embargo, el paralelismo que establecen 3 los términos “homosexual” o “gay” con la situación de los hombres es muy reductor y engañoso, cuando se aplica a mujeres.  De hecho, el feminismo ha demostrado ampliamente que la opresión patriarcal las coloca en una posición social estructuralmente muy diferente a la de los varones en casi todas las culturas que se conocen.  Para habitar su cuerpo, ejercer su sexualidad y simplemente, vivir, las mujeres están ubicadas en condiciones bastante menos ventajosas que los varones, aunque fuesen ellos homosexuales.  Usar el término de lesbiana, por tanto, permite evitar la confusión entre prácticas que si bien son todas homosexuales, no tienen en absoluto el mismo significado, las mismas condiciones de posibilidad, ni mucho menos el mismo alcance político, según el sexo de quienes las llevan a cabo.

Es así como en Francia por ejemplo, se usa poco el término “gay” para referirse a las mujeres, y si bien es cierto que últimamente, la palabra lesbiana ha pasado en el lenguaje común para designar a las mujeres homosexuales, inicialmente su uso fue especialmente reivindicado por el movimiento lésbico feminista para subrayar el sentido colectivo y político de dichas prácticas.  En este contexto, la palabra lesbiana refiere a un lesbianismo político, que se plantea como una crítica en actos y un cuestionamiento teórico al sistema heterosexual de organización social.  Según el análisis lésbico-feminista, dicho sistema heterosexual descansa sobre la estricta división de la humanidad en dos sexos que sirven de base para construir dos géneros rigurosamente opuestos y forzados a mantener unas muy desiguales relaciones de « complementariedad ».  Esta “complementariedad” no es otra cosa que la justificación de una división sexual del trabajo rígida, que se basa en una despiadada explotación de las mujeres, en lo doméstico, en lo laboral, en lo reproductivo, en lo sexual y en lo psico-emocional.  En este sentido, al problematizar y criticar el sistema heterosexual, el lesbianismo en su dimensión política cuestiona profundamente el sistema dominante.  Representa una ruptura epistemológica fundamental e invita a una revolución cultural y social de gran alcance.

3. Movimiento lésbico, movimiento homosexual y movimiento feminista Es a finales de los 60 que el movimiento social lésbico aparece, tanto en el mundo occidental como en muchas metrópolis del Sur.  Nace en una atmósfera de prosperidad económica y de profundos cambios sociales y políticos que incluyen tanto el desarrollo de la sociedad de consumo y la « modernidad » triunfante, como la descolonización y un auge de las más variadas perspectivas revolucionarias.  Aunque haya sido bastante menos estudiado que el movimiento de los derechos civiles, Negro, Indígena, estudiantil

o de mujeres, es uno de los llamados « nuevos movimientos sociales » que surgen en la época, desbordando las organizaciones de corte clasista que dominaban hasta aquél entonces.  El movimiento lésbico se desarrolla en estrecha vinculación ideológica y organizativa con otros dos movimientos muy fuertes : por un lado, el movimiento feminista llamado de la « segunda ola », y por el otro, el movimiento homosexual, que se va construyendo rápidamente después de la « insurrección urbana » de 1969 en Stonewall (« insurreción » que responde a una provocación policiaca en bares homosexuales de Nueva York, y que hoy es celebrada cada final de junio a través del mundo por las manifestaciones del « orgullo lésbico y gay »).

Sin embargo, progresivamente, el movimiento lésbico se va autonomizando.  Por un lado, en diferentes países se repite la misma experiencia : como mujeres, las lesbianas no tardan en criticar la misoginia, el funcionamiento patriarcal y los objetivos falocéntricos del movimiento homosexual, dominado por los hombres (Frye, 1983; Mogrovejo, 2000).  Armadas de la crítica feminista, explican públicamente sus desacuerdos y fundan sus propias organizaciones, como las Gouines Rouges (Marimachas Rojas) en Francia.  Por el otro lado y en forma más o menos simultánea, como mujeres homosexuales, muchas lesbianas no terminan de sentirse plenamente identificadas con el movimiento feminista.  Más bien dicho, el movimiento feminista constituye para ellas, al principio, un espacio muy importante en el que luchar y encontrar mujeres que, como ellas, combaten los estereotipos y limitaciones sociales asociados a la femineidad, y la opresión de las mujeres.  También constituye un bienvenido lugar de encuentro con otras lesbianas, favorable a la elevación de su auto-estima y a su “salida del clóset”.  Por tanto, muchas lesbianas contribuyen muy activamente a la construcción del movimiento feminista, del cual al principio se sienten totalmente parte, ya sea como personas o como grupos lésbicos.  Sin embargo, se van dando cuenta con el tiempo que algunas feministas las perciben como un cuestionamiento amenazador a su posición heterosexual o a su lesbianismo « de clóset », lo que a menudo provoca roces interpersonales.  Sobre todo, en lo colectivo, buena parte del movimiento feminista se deja intimidar por el mensaje social que exige al feminismo, para ser mínimamente respetado, silenciar, invisibilizar y postergar al lesbianismo.  Mientras que las lesbianas luchan por todas las causas de las mujeres, aunque no les atañen tan directamente (por ejemplo, para la anticoncepción o la interrupción voluntaria del embarazo), las demás mujeres se muestran 4 generalmente reacias a la hora de luchar por causas lésbicas o cuestionar la heterosexualidad (CLEF,

1989) .  Algunas lesbianas empiezan entonces a buscar una vía propia, generando espacios autónomos de quehacer político lésbico.

4. Afirmación teórica del movimiento lésbico Frente a este doble desafío, a finales de los 70, se van multiplicando los análisis teóricos específicamente lésbicos, especialmente desde una profundización de las reflexiones feministas.  Dos grandes pensadoras encauzan la reflexión, en orden de ideas un poco diferentes.

Por un lado, la poeta norteamericana Adrienne Rich abre una profunda brecha con su famoso artículo « Compulsory heterosexuality and lesbian existence » (Heterosexualidad obligatoria y existencia lésbica), publicado en 1980 por la revista feminista Signs (Rich, 1980).  En él, Rich denuncia la heterosexualidad forzada en cuanto norma social que exige y causa la invisibilización del lesbianismo, incluso en el mismo movimiento feminista.  Enfoca el lesbianismo en la perspectiva de un « contínuum lésbico » que une a todas las mujeres que de una u otra forma se alejan de la heterosexualidad e intentan crear o reforzar los vínculos entre mujeres, compartiendo sus energías en la perspectiva de la lucha en contra del sistema patriarcal.

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