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Archive for noviembre, 2008

François Villon

Ficha de historia o anecdotario:

Puestos a buscar los orígenes de la poesía maldita, éstos pueden remontarse al italiano Cecco Angiolieri (1260-¿1313?) o al francés Rutebeuf (1250-1285). Pero habría de ser un compatriota de este último, François Villon, nacido, al parecer, en 1431, quien inaugurara tan ilustre nómina. Tantas y tan grandes fueron sus fechorías, que el escritor siempre procuró asociar a su obra, que nadie mejor que él para ocupar tan fascinante puesto. Al menos así lo estimaron los románticos, Baudelaire y los simbolistas, en cuyo manifiesto no dudaron en atribuirle la paternidad de la lengua y la poesía francesas.
François de Montcorbier, verdadero nombre del poeta, vino al mundo en una familia pobre. Protegido del clérigo Guillame de Villon, éste impulsará los estudios eclesiásticos de François. En agradecimiento a él, a quien calificará de "más que un padre" al comienzo de su \’Testamento\’, el joven tomará su nombre. Sus días de estudiante constituyen la gran incógnita de su biografía, pero cabe suponer que fue entonces cuando empezó a frecuentar burdeles y tabernas. Maestro en Artes por la Universidad de París y ya hecho a la vida goliarda, alborotador y pendenciero, en una de sus frecuentes trifulcas dará muerte a otro clérigo, Philippe Sermoise -según todos los indicios en defensa propia-; en otra, recibirá una puñalada que le dejará el labio partido para el resto de su azarosa y apasionante vida.
Irremisiblemente encanallado, la nochebuena de 1456 marca uno de los primeros jalones en su vida y en su obra. Será en ella cuando el poeta, en compañía de otros rufianes, perpetre un atraco en el Colegio de Navarra de París, de donde saldrán con un botín de 1500 escudos de oro. No obstante, finalizado el robo, aún tiene tiempo para escribir \’Legado\’, una de sus más celebradas composiciones. Si bien los expertos se refieren a la dificultad que su lectura entraña, el amor imposible inspirara unos versos en los que no falta el relato una furibunda sátira social en la que los notables del París de la época y los rufianes que han acompañado al escritor en sus crímenes, de los que da cumplida información en sus estrofas, salen igual de mal parados
Delatado en la primavera de 1457 por uno de sus compinches en el robo, Guy Tabaire, Villon habrá de huir de la justicia parisina, yendo a buscar refugio en la corte de Charles d\’Orleans en Blois, donde se protege a los poetas, y en la René d\’Anjou, quien compagina el trono de Sicilia con el cultivo de la poesía. No siendo el nuestro uno de esos autores al gusto de los palacios, en ambos casos, sus intentos resultarán inútiles por más que asegure que sus fuga de París es debida a un desengaño amoroso. Encarcelado en la prisión de Meung-sur-Loire por sus vagabundeos con un grupo de actores, profesión perseguida por la Iglesia en aquellos días, Villon será torturado con frecuencia. Creyendo próximo el fin de sus aventuras, apenas es puesto en libertad por mediación de Luis XI, el poeta ladrón redacta su \’Testamento\’. Considerado por la crítica como uno de los poemas más bellos de toda la Edad Media, se incluyen en él algunas de sus composiciones más concodidas, tal es el caso de "Balada de las damas de antaño".
Otra vez en París, volverá a dar con sus huesos en la cárcel. El robo en el Colegio de Navarra aún no ha sido olvidado. Semanas después, tras jurar que devolverá el dinero, es puesto en libertad. No pasará un mes antes de que sea condenado a la horca tras ser reconocido en una pelea de taberna, en la que habrá varios heridos. Será entonces, convencido de que acabará sus días en el cadalso, cuando escriba su poema más conocido, la "Balada de los ahorcados". Concebida a modo de autoepitafio, en sus versos, quienes van a ser ajusticiados, mantienen un diálogo que es a la vez una súplica de clemencia. Dentro de tan conmovedor asunto, nuestro escritor apunta: "Mediante una cuerda de dos varas, sabrá mi cuello lo que pesa mi culo".
Sin embargo, pese a sus propios pronósticos, el patriarca de los poetas malditos salvará el pellejo. Conmutada la pena capital por el destierro, escribirá un último poema, pleno de emocionado agradecimiento a los miembros del Parlamento que le han perdonado la vida. Corre a la sazón el año 1463. Se calcula que murió poco tiempo después, cuando el maestro apenas contaba 32 años. Pero, a ciencia cierta, nada se sabe de su vida a partir de entonces.

http://www.elmundo.es/elmundolibro/2001/07/15/anticuario/995040203.html

Alejandro Sawa

Ficha de historia o anecdotario:
JAVIER MEMBA

Todo parece indicar que Max Estrella, el protagonista del más célebre esperpento de Valle-Inclán, \’Luces de bohemia\’, es Alejandro Sawa. Pero aunque no lo fuera, como guiadas por la pedantería más que por argumentos ponderados vienen asegurando de un tiempo a esta parte algunas voces, este gran sevillano, de vida tan breve como intensa, merecería ser el fiel compañero de Latino de Hispalis. De lo que no hay ninguna duda es que Sawa, junto a su hermano Miguel, Camilo Bargiela, Alberto Lozano, Joaquín Dicenta, Antonio Palomero y Luis Bonafoux es uno de los más genuinos representantes -si no el que más- de la bohemia de ese Madrid "absurdo, brillante y hambriento" que fuera nuestra capital a finales del siglo XIX. Epígonos de Sawa fueron Emilio Carrere y Rafael Cansinos Asséns y entre sus admiradores, además de Valle, se encontraba Pío Baroja, Rubén Darío, Manuel Machado y Ernesto Bark.

Pese a que su inveterada tendencia a confundir deliberadamente la realidad con la ficción dificulta el apunte biográfico, Alejandro Sawa nació en Sevilla el 15 de marzo de 1862. De ascendencia griega, gustaba comparar la inexorable propensión a la tragedia que encerraba su destino con el del Edipo de Sofloces y como éste acabaría sus días ciego. Mucho antes, tras un primera vocación religiosa, que le hace ingresar en el seminario de Málaga y en la que, sin duda, hay que buscar la explicación al exacerbado anticlericalismo del que hará gala posteriormente, será estudiante de Derecho en Granada durante el curso 1877-1878.

Fragmento autógrafo

Llegado a Madrid por primera vez 1885, es en este punto de sus notas biográficas donde todos los comentaristas incluyen el mismo fragmento autógrafo a modo de ilustración: "Mis primeros tiempos de vida madrileña fueron estupendos de vulgaridad -¿por qué no decirlo?- y de grandeza. Una día de invierno que Pi y Margall me ungió con su diestra reverenda, concediéndome jerarquía intelectual, me quedé a dormir en el hueco de una escalera por no encontrar sitio menos agresivo en que cobijarme. Sé muchas cosas del país Miseria; pero creo que no habría de sentirme completamente extranjero viajando por las inmensidades estrelladas".

Todo aquel de Madrid de sus primeros años en la capital, bajo el nombre de Z, será retratada por el escritor en \’La mujer de todo el mundo\’ (1885), título que rezuma toda esa tristeza de burdel que tanto inspirara con posterioridad a Carrere. A ésta seguirán \’Crimen legal\’ (1886), \’Declaración de un vencido\’ (1887), \’Criadero de curas\’ (1888) -estas dos últimas reeditadas en fechas recientes- \’Noche\’ (1888) y \’La sima de Igúzquiza\’ (1888).

Delito de imprenta

Huido a París por delito de imprenta, aunque según algunos de sus biógrafos el escritor marchó a la capital francesa obedeciendo a las mismas inquietudes que todos los jóvenes de su tiempo. Corría a la sazón el año 1890. Estilándose en los cenáculos literarios de la Ciudad de la Luz el simbolismo, el español conocerá a Verlaine, Daudet y algunos otros destacados poetas de esta estética, además de autores como Rubén Darío. Mientras sobrevive gracias a un empleo en Garnier, empresa que edita un diccionario enciclopédico, Alejandro traduce a los hermanos Goncourt y vive la etapa más feliz de su existencia. "Mi vida transcurrió fuera de España -apuntaría como recuerda Jean-Claude Mbarga en el prólogo a su edición de \’Crimen legal\’-, en París generalmente y a esa porción de tiempo corresponden los bellos días en que vivir me fue dulce". Será entonces, al otro lado de los Pirineos, cuando el escritor se case y vea nacer a su hija.

Cuando regresa a España, pese a que Manuel Manchado habría de recordarle recitando a Verlaine, don Alejandro ya está mortalmente herido, la miseria, la locura y la ceguera se suceden mientras realidades y ficciones se confunden peligrosamente en su cabeza. Salvo una recopilación de artículos periodísticos y misceláneas, que aparecerá en 1910, un año después de su muerte, apenas publica. Muere en Madrid, en 1909, sin haber cumplido aún los cincuenta años y siendo admirado por los intelectuales más prestigiosos de su tiempo.

http://www.elmundo.es/elmundolibro/2001/07/08/anticuario/994439390.html

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Algernon Blackwood

Ficha de historia o anecdotario:

JAVIER MEMBA

El aficionado al cuento de miedo, al menos el español medio, sabe mucho más de la obra de Algernon Blackwood, de la que sólo se ha traducido a nuestro idioma una pequeña parte, que de su vida. Seguro que esta paradoja viene a dar prueba de algo bueno. De él escribe H. P. Lovecraft en \’El horror en la literatura\’ (Alianza Editorial, 1984): "Comprende, mejor que nadie, cuán plenamente viven algunos espíritus sensibles en el límite del sueño, y cuán relativamente leve es la distinción entre las imágenes formadas por objetos reales y las suscitadas por el fuego de la imaginación".

La coincidencia del apellido del último gran maestro del cuento preternatural inglés con el nombre de las más famosa revista de literatura gótica que conocieran las islas británicas en el siglo XIX, la escocesa "Blackwood\’s Magazine", bien nos podría llevar a pensar en un seudónimo. Pero lo cierto es que no tenemos datos para afirmarlo, ya que el editor de la publicación a partir de 1817, también respondía al mismo apellido, William Blackwood. En cuanto a su lugar de nacimiento, está localizado en la Inglaterra de 1869, pero ninguno de sus antólogos españoles llega a darnos datos más concretos.

Halo de misterio

Rodeada siempre ese halo de misterio que impregna sus páginas -muchas de ellas basadas en experiencias personales-, las primeras referencias de la biografía de Algernon Blackwood lo llevan al Canadá de 1890. Parece ser que allí el futuro escritor fue granjero, de lo que no hay duda es de que los bosques de aquel país le inspiraron con posterioridad \’El Wendigo\’. Incluida por Rafael Llopis en \’Los mitos de Cthulhu\’ (Alianza Editorial, 1969), acaso fuera ésta la primera de las narraciones Blackwood traducidas a nuestro idioma. La historia que en ella se nos refería era la de una antigua divinidad maligna, que acecha a los cazadores, para devorarles, en los yermos.

Trasladado a Estados Unidos al cabo de unos años, el futuro escritor -su tardía vocación aún no se ha manifestado- será buscador de oro gerente de un hotel y periodista en un diario sensacionalista. Debió de ser entonces cuando descubrió sus actitudes literarias, a la par que toda la sordidez que puede encerrar una gran urbe, unida a una difícil situación económica y a un precario estado de salud, harán que observe la ciudad "con intolerancia y agresividad". Pese a todo, sus artículos tienen tanta fuerza que no tardará en ser contratado por el "New York Times". Ni así consiguen convencerle de que se quede en América: en 1899 cruza el Atlántico de regreso a Inglaterra.

Innumerables viajes

De nuevo en su país natal, coincide con Arthur Machen, el otro grande de la literatura de terror inglesa del siglo XX, en una de las muchas sociedades esotéricas a las que pertenece. Las experiencias allí adquiridas, unidas a las que vive durante sus innumerables viajes -como tantos de sus personajes, Blackwood fue un viajero infatigable- serán el germen de sus mejores relatos. La primera selección aparece en 1906 con el título de \’The Empy House and Other Ghost Stories\’, pero no será hasta dos años después, cuando el éxito de su tercera colección, \’John Silence, Physician Extraordinary\’ le haga dedicarse profesionalmente a la literatura. Es aquí cuando aparece por primera vez el investigador de lo extraordinario John Silence. Dos de las narraciones por el protagonizadas, "El campamento del perro" y "Culto secreto", cuentan entre las piezas del maestro traducidas al español. La primera de ellas, un texto sobre la licantropía, se incluye en \’Los hombres-lobo\’ (Siruela, 1993); la segunda, da título a la última selección del autor publicada en nuestro país. Aparecida ésta en Alianza Editorial el pasado año, su índice también incluye \’El hombre al que amaban los árboles\’, \’El ocupante de la habitación\’, \’Complicidad previa al hecho\’ y \’Descenso a Egipto\’.

Blackwood continuó viajando -parece ser que recorrió toda la costa mediterránea española en plena Guerra Civil- y publicando con regularidad hasta finales de los años 30. Escribió un total de 150 relatos, 8 novelas, un par de obras autobiográficas y algunas teatrales, pero los expertos estiman que el talento del que hizo gala en sus primeras piezas ya le había abandonado. Muerto en 1951, dedicó sus últimos años a la aparición en programas televisivos. Su especialidad eran los asuntos esotéricos.
http://www.elmundo.es/elmundolibro/2001/07/01/anticuario/993817193.html

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Boris Vian

Ficha de historia o anecdotario:

JAVIER MEMBA

Tal vez sea una canción, \’El desertor\’ -la más bella expresión del pacifismo que la historia registra-, su obra más conocida, pero Boris Vian -sentado a la derecha de Sartre en la mesa del existencialista-, fue muchas más cosas además de un gran cantante. El más aventajado discípulo de Alfred Jarry también fuer un escritor de variados registros, compositor musical, trompetista ingeniero y actor. Ahora bien, su diversificación no le impidió demostrar idéntico talento en todas las labores emprendidas.

Diríase que Boris Vian siempre supo que habría de vivir muy poco -murió con 39 años- y que por ello desarrolló una actividad tan frenética. Diríase también, a tenor de su diversidad, que fue un hombre del renacimiento, pero lo cierto es que fue una de las mentes más preclaras de la postguerra, un verdadero precursor del pensamiento progresista de la segunda mitad del siglo XX. Lo más sorprendente, habiendo hecho tantas cosas en tan poco tiempo, es que, pese a su prematura muerte, su bibliografía, que sobrepasa la veintena de títulos, incluyendo sus novelas, piezas teatrales, ensayos y colecciones de poemas, sea una obra completa. Boris Vian murió joven, en efecto, pero todas sus grandes páginas ya estaban escritas. A diferencia de tantos autores cuya obra queda truncada por su repentina muerte, la del maestro francés es una bibliografía completa.

Pasión por el jazz

Nacido en Ville-d\’Avray en1920, la enfermedad -un reumatismo articular que acabaría degenerando en una cardipatía- se manifiesta por primera vez en él cuando el futuro ingeniero sólo cuenta 12 años. Meses después, apenas recuperado, forma su primera orquesta de jazz. El jazz habría de ser una de sus grandes pasiones, de ahí su simpatía por los negros, que inspiraría una de sus mejores novelas: \’Escupiré sobre vuestra tumba\’. Mucho antes, en 1938, esa misma pasión por los sonidos estadounidenses le lleva a comenzar a estudiar trompeta. De nada sirve que los médicos le digan que los esfuerzos que requiere la práctica de dicho instrumento son perniciosos para su afección cardíaca.

Licenciado en Ingeniería en 1943, ideará insólitos puentes para París para que los coches se dejen caer por ellos sin gastar gasolina. De más está decir que nunca llegarán a construirse. Lo que sí llama la atención en el París de 1946 son las colaboraciones de Vian en publicaciones como \’Temps Modernes\’, \’Combat\’ y \’Jazz Hot\’. Unas y otras posibilitan la publicación de su primera novela, \’Vercoquin y el plancton\’ (1946), donde ironiza sobre el desenfreno de la juventud del momento. Pero será el éxito obtenido por la ya citada \’Escupiré sobre vuestra tumba\’, publicada ese mismo año, la que le permita dedicarse profesionalmente a la literatura. Firmada con el seudónimo de Vernon Sullivan -"non de plume" con el que aparecerán todos sus "thrillers", genero que cultivará con asiduidad- la historia que se nos cuenta en ella es la de un negro blanco que, aprovechando su peculiaridad epidérmica, venga a su hermano -de piel oscura- asesinado por racistas blancos. Durante varios meses, todo París creerá que la obra es original de un negro estadounidense. Cuando se descubre que su autor es Boris Vian, el escritor y su editor se verán sometidos a un proceso judicial en el que se les condenara por "ultraje a la moral y a las buenas costumbres". Al cabo, todo el escándalo redundará en un insospechado éxito de ventas para el libro.

Sarcástico sentido del humor

Siempre imbuido por un sarcástico sentido del humor, y sin dejar por ello de tocar la trompeta y cantar en las "caves" de Saint-Germain-des-Près, las publicaciones bien firmadas con su nombre, bien con el de Vernon Sullivan, se suceden a un ritmo vertiginoso. Así, en 1947 aparecen \’La espuma de los días\’, \’El otoño en Pekín\’ -verdadero homenaje a su maestro, Jarry- y \’Todos los muertos tienen la misma piel\’. En el 48 aparecerán \’Que se mueran los feos\’ y \’Con las mujeres no hay manera\’, dos nuevos "thrillers" de Sullivan, y su primera pieza teatral \’L\’Equarrissage pour tous\’. Sin detenerse apenas a saborear las mieles del éxito, siendo ya uno de los más aplaudidos representantes de la bohemia del Barrio Latino, acepta la dirección de un par de compañías discográficas e incluso interpreta un pequeño papel en la película "Nuestra señora de París". En su otoño años, la misma crítica que antaño le ensalzara comienza a denostarle: sus últimas novelas, son ignoradas por la prensa. Ya en 1959, cuando Boris Vian muere en París, desaparece con él una de las mentes más preclaras de la orilla izquierda del Sena.

Emilio Carrere

Ficha de historia o anecdotario:

JAVIER MEMBA

Si la bohemia literaria que conoció Madrid a finales del siglo XIX fuera un reino, su trono contaría con dos pretendientes igualmente legítimos: Alejandro Sawa y Emilio Carrere. Emplazando al lector para la lectura de la glosa de aquel, que ofreceremos en breve, hoy daremos noticia de éste, pese a saber que por más elogios que dispensemos a su talento, nunca serán todos los que don Emilio -permítasenos la expresión a cuenta de la sincera admiración que le profesamos, aún a sabiendas de que el maestro se revolverá en su tumba ante semejante tratamiento- se merece.

Olvidado durante largos años en la nómina de los malditos, se nos hablaba de Verlaine y Rimbaud -a los que ni queremos ni podríamos menoscabar en modo alguno- puestos a hacer recuento de los grandes bohemios que en la literatura han sido. A sus discípulos a este lado de los Pirineos, también grandes bebedores de absenta, alucinados y descreídos, se les ignoraba sin mayor problema. Tanto fue así que tuvimos que descubrir a Carrere gracias a la adaptación de una de sus novelas -\’La torre de los siete jorobados\’- llevada a cabo en 1944 por Edgar Neville, una de las mejores películas de la historia del cine español.

Un aire mágico

Muchos y variados son los elogios que se pueden dispensar a su ingenio, pero tal vez sea uno el que mejor le define: dio a algo tan prosaico como el casticismo un aire mágico, maravilloso, capaz de convertir una calle tan hermosa -y a la vez tan cierta- como el Paseo de la Virgen del Puerto en un lugar pleno de arcanos prodigiosos, donde las artes del sigilo de los cheposos habían sido capaces de construir una ciudad subterránea.

Nacido en Madrid, el 18 de diciembre de 1881, se dio a conocer como escritor publicando algunos volúmenes de poesía modernista -\’El caballero de la muerte\’, \’Del amor, del dolor y del misterio\’, \’El otoño dorado\’, \’Ruta sentimental de Madrid\’-. Pero tal vez sea su obra narrativa la que merece un mayor interés para el lector actual, aún atento al supuesto "boom" de la novela urbana vivido durante los años 90. La clave del entusiasmo que suscita Carrere en sus pocos, pero apasionados lectores de hoy en día, hay que buscarla en la singularidad de todas sus mezclas: así, en sus más bellas páginas se juntan el costumbrismo con la decadencia, el sainete con el terror materialista, Madrid -el amado foro tan de todos los días- con los más sugerentes infiernos. Con tales planteamientos, escribió don Emilio obras de título elocuente: \’La tristeza del burdel\’, \’La cofradía de la pirueta\’, \’La calavera de Atahualpa\’ o \’Los ojos de la diablesa\’… Salvo error u omisión, todas ellas están protagonizadas, como bien señala el profesor Montero Padilla -junto con Jesús Palacios uno de los grandes conocedores de Carrere- por los madrileños más humildes.

Poeta popular

Poeta popular en su momento, querido en los antros y lupanares en los que bebía con la sed de cualquier bohemio que se precie, con cierta displicencia -que desde luego condenamos- Gerardo Diego escribió de él 24 horas después de hacerse pública la noticia de su muerte: "Si había entre nosotros algún poeta popular, popular entre el pueblo ciudadano y no sólo de Madrid, sino de todas las provincias españolas, era el bueno de Emilio Carrere". La inspiración del maestro madrileño, a diferencia del cántabro, no radicaba en exquisitas formulaciones estéticas. No en vano, una de sus piezas más aplaudidas lleva por título \’La musa del arroyo\’. Fue el silencio que sucedió a su muerte lo que le convirtió en maldito, pero en vida, como apuntaba el crítico Federico Carlos Sainz de Robles en 1971, Carrere era el favorito de las señoras y las porteras, de la gentes del casino y la de las peñas, algo así como un baile de criadas y de horteras.

Fuimos nosotros -hipócritas lectores- quienes le descubrimos cuando el maestro ya estaba condenado al silencio que sucedió a su muerte, acaecida el 30 de abril de 1947. Sus ediciones no abundan entre nosotros. Mejor así, con esa \’De la torre de los siete jorobados\’ puesta en el mercado en 1998 por Valdemar, y la antología de clásicos Castalia en su colección de autores madrileños, aparecida ese mismo año, nos basta para reconocer en don Emilio a uno de los mejores escritores madrileños que haya dado la capital desde que existe.

http://www.elmundo.es/elmundolibro/2001/06/17/anticuario/992616096.html

Yukio Mishima

Ficha de historia o anecdotario:

JAVIER MEMBA

Prácticamente reducido al ecuador de los años 80, cuando el estrenó de la película de Paul Schrader -«Mishima» (1984)- y la reedición de la traducción de Juan Marsé de «El pabellón de oro» (Seix Barral, 1963, 1985) llamaron la atención de los medios de comunicación sobre él, el interés del lector español medio por la obra de Yukio Mishima puede calificarse de tibio. Según parece, el novelista y dramaturgo nipón viajó por nuestro país meses antes de quitarse la vida. Es más, incluso se cuenta que llegó a tratar en repetidas ocasiones al doctor Vallejo Nájera, quien aparentemente se nos antoja tan alejado a su torturado colega oriental. Pero, en honor a la verdad, hay que apuntar la obra del escritor, que durante años fue el novelista japonés más conocido en Occidente, en líneas generales, en España ha inspirado la misma indiferencia que el resto de las manifestaciones culturales niponas.

La primera, de las no pocas contradicciones que presenta su biografía, es que, siendo la principal preocupación de su vida y de su obra la preservación de los valores del Japón tradicional, anterior a la occidentalización, Mishima sintiera a la vez la mismo interés por Occidente que Occidente por él. De hecho, los estudiosos de la literatura japonesa, enmarcan su obra dentro de la influida por la impronta occidental.

¿Descendiente de samurais?

El 14 de enero de 1921, cuando Hiraoka Kimitake –Yukio Mishima es un seudónimo– nace, la literatura socialista y pacifista, que ha florecido en el país del Sol naciente desde comienzos de siglo, ha sido atajada violentamente. De los autores que en la estela de Émile Zola no han dudado en escribir contra la guerra ruso japonesa (1905), KotoKu Shusui, el principal de ellos, ha sido condenado a muerte y ejecutado en 1911. Kobayashi Takiji, militante comunista que años después intentará tomar el relevo a Shusui en la novela comprometida, morirá en 1933, al ser torturado por la policía en un interrogatorio. Mientras tanto, el pequeño Mishima, quien pese a pertenecer a la burguesía media se hace pasar por descendiente de una familia de samurais -los samurais serían una de sus principales referencias hasta el final de sus días- se educa en Gakushüin, la escuela por excelencia de la nobleza.

Estudiante universitario aún, cuando el escritor publica sus primeros relatos, la literatura japonesa asiste a una explosión de romántica exaltación nacional, que va preparando el camino de la Segunda Guerra Mundial. Antes de que esta confrontación acabe; Mishima publicará su primer relato «El bosque en flor» (1941) y el ejército le destinará a una misión suicida, de la que finalmente será relevado. No cabe duda, es en esta imposibilidad de autoinmolarse por la patria donde hemos de buscar otra de las claves de su vida.

Homosexualidad

Publicada en 1949, «Confesiones de una máscara», donde el protagonista proclama abiertamente su homosexualidad tras recordarnos toda su existencia, será la novela que le catapulte a la cima de las letras japonesas. A ella le seguirán, entre otras, «La muerte en mitad del verano» (1953), «El tumulto de las olas» (1954) y «El pabellón de oro» (1956). Esta última, su obra más conocida, narra la historia del joven Mizoguchi, un aprendiz de bonzo obsesionado por sus complejos, «Cinco no modernos» y comienza a llevar una vida filocastrense que tiene su primera manifestación en una obsesiva práctica del culturismo. La fuerza, junto con la violencia, la belleza, la muerte y el erotismo, son las principales preocupaciones de sus páginas.

Aclamado en Oriente y Occidente, viaja por primera vez a Estados Unidos en 1958. Tal vez fuera entonces, en el país vencedor del imperio del sol naciente, donde comenzará a gestar el exacerbado nacionalismo que le inspirara durante todos los años 60. Aguijoneado ante el nuevo Japón occidentalizado, anhelante de unos tiempos que no van a volver, en 1968 escribe «Por el camino del samurai» y «En defensa de la cultura». Una y otra son sus obras más nacionalistas. Cuando esos mismos planteamientos le llevan a pronunciar conferencias en la universidad, es abucheado por los estudiantes. No obstante, consigue fundar entre algunos de ellos una organización de extrema derecha llamada Asociación de los Escudos.

Finalmente, obedeciendo a los seculares códigos nipones del honor, en 1970 decide hacerse el harakiri delante del jefe del estado mayor del ejército para protestar por la desmilitarización de su país.

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Literatura erótica. Y a veces un poco más que eso.

Jean Genet

Ficha de historia o anecdotario:

JAVIER MEMBA

De cuantos escritores retrata Binnet en su \’Patrix, Saint-Germain-des-Prés\’: Boubal, Boris Vian, Jacques Prevert, Jean-Paul Sartre, etcétera, en ese lienzo que pasa por ser la imagen oficial del existencialismo, no hay duda de que el más rebelde de todos es Jean Genet. Así como la gran cantante Juliette Gréco -también incluida en la tela- era la imagen turistica de aquella intelectualidad que ahogaba su desencanto en el Pernord bebido en el Café de Flore, Genet fue a representar al anticristo del grupo. Como con tanto acierto apunta Alain Verjat en la \’Historia Universal de la literatura\’, lo suyo era cultivar la abyección con la esperanza de contaminar al mundo entero. Motivos no le faltaban, unos meses antes de que el pintor lo inmortalizara, Genet -delincuente habitual y pederasta- había sido eximido de pasar el resto de sus días en la cárcel merced a una petición de indulto, encabezada por Sartre y Jean Cocteau y secundada por los más prestigiosos intelectuales, dirigida al presidente de la República Francesa.

Tal vez sea Francia -si se nos permite la expresión- la patria de la literatura maldita. Allí nacieron François Villon, Sade, Rimbaud y Baudelaire, pero sería con Genet con quien el malditismo alcanzaría su máxima expresión. Para él, lo sagrado era el sacrilegio contra los valores ensalzados por la moral al uso. Así, su inspiración puede resumirse en tres cuestiones: el crimen, la homosexualidad y la traición, trinidad en torno a la cual girará toda su obra.

Orfanatos o campesinos

Nacido en París, el 19 de diciembre de 1919, hijo de padre desconocido, el futuro escritor también será abandonado por su madre. Aunque en alguna de las solapas de sus novelas se dice que su infancia transcurrió orfanatos y correcciones, el autor apunta en \’Diario del ladrón\’ (1949) que su educación estuvo al cuidado de una familia de campesinos de Morvan. En cualquier caso, a los 16 años, Genet se alista en la Legión Extranjera, de la que no tardará en desertar para convertirse en un vagabundo. Como tal visitará España, entre otros lugares de Europa, y nuestro país le inspirará algunas de las mejores páginas de \’Diario del ladrón\’. Lejos de esos vagabundos idealizados que nos presentan Chaplin y Gorki, Genet conocerá todas las miserias inherente al truhán: roba, se prostituye con otros hombres e incluso intentará asesinar a algunos de sus compañeros…

Ya convertido en delincuente habitual, pasará largas temporadas en la cárcel. Allí, entre rejas, escribirá una impresionante elegía, \’El condenado a muerte\’ (1942), cuyo título no deja lugar a dudas. Dedicados a un amante ejecutado por homicidio, los versos en cuestión comenzarán a ser difundidos en ediciones clandestinas. Si bien la literatura de ladrones, distribuida casi siempre con todo el secretismo que el tema requiere, constituye un pequeño género de las letras galas, que conoció su días de gloría a finales del siglo XVI y principios de XVII y, como recuerda Jorge Urrutia en el prólogo a la edición castellana de \’Diario del ladrón\’ (Seix Barral, 1983), tiene uno de sus mejores ejemplos en \’La desordenada codicia de los bienes ajenos\’ -escrito, curiosamente, por el emigrado español Carlos García-, será con Genet con quien tan peculiar variedad literaria alcance su mayor registro. La lírica del escritor es tan intensa que inspirará a Sartre \’San Genet, comediante y mártir\’ y acabará por sacarle de la cárcel.

Recuerdos de vagabundo

Redimido de su triste destino por la literatura, siempre basadas en sus recuerdos de vagabundo, homosexual y convicto publicará las novelas \’Nuestra señora de las flores\’ (1944), \’El milagro de la rosa\’ (1946), \’Pompas fúnebres\’ y \’Querella de Brest\’, las dos últimas de 1947. En todas ellas, para muchos consideradas poemas en prosa, el crimen adquiere una dimensión que la crítica sitúa próxima al misticismo.

Los comienzos del Genet dramaturgo, para algunos superior al novelista habida cuenta de que su ritual de la profanación encontrará en las tablas un medio más idóneo, también datan del 47. Es entonces, con todo Saint-Germain rendido a sus pies, cuando estrena \’Las criadas\’, acaso su obra más celebrada. A ella seguirán \’Estricta vigilancia\’ (1949), \’El balcón\’ (1956) -cuyo título alude a un burdel donde los clientes pretenden transformarse en quienes quisieron ser-, \’Los negros\’ (1958) y \’Los biombos\’ (1961). Saïd, el protagonista de esta última pieza, pronuncia en ella una frase que bien puede resumir el espíritu del Genet dramaturgo: "Seguiré pudriéndome a mí mismo hasta el fin del mundo para pudrir al mundo entero".

Aplaudido internacionalmente, en los años 60 Genet abandona la literatura para dedicarse a lo que él mismo llamará la causa de "los proscritos y oprimidos". Esto le llevará a Estados Unidos, donde se solidariza con los movimientos de liberación de los negros, para viajar posteriormente al Líbano y escribir varios textos en favor de los palestinos. \’Cartas a Robert Blin\’ (1966), donde expone sus teorías sobre la dramaturgia, y el libro póstumo \’El cautivo enamorado\’, aparecido en 1986, meses después de su muerte, acaecida el 15 de abril de ese mismo año, son sus últimas publicaciones.
http://www.elmundo.es/elmundolibro/2001/05/03/anticuario/991395132.html

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Literatura erótica. Y a veces un poco más que eso.

Howard Phillips Lovecraft

Ficha de historia o anecdotario:
Howard Phillips Lovecraft

JAVIER MEMBA

En mayor o menor medida, la creación literaria siempre obedece a las obsesiones de su autor. Ahora bien, en lo que a Howard Phillips Lovecraft se refiere, podemos ser categóricos al afirmar que construyó toda su obra, una de las más singulares e influyentes de la literatura fantástica, en base a sus fobias y complejos. Así, su aversión al pescado, le llevó a imaginar una serie de abominaciones procedentes del mar; su racismo, a las monstruosidades surgidas del apareamiento de los humanos con ellas; y las pesadillas, que invariablemente poblaron sus sueños, a la creación de un universo onírico que supera a las visiones producidas por la ingestión de alucinógenos.

Bien en solitario o bien en colaboración con alguno de sus muchos discípulos, que ya en vida le rindieron culto, Lovecraft escribió alrededor de 70 relatos, decenas de artículos y cientos de poemas. Paralelamente, su inveterada costumbre de contestar a cuantas misivas le remitieron sus lectores, hace que sus cartas estén cifradas alrededor de las 100.000. 60 años después de su muerte, Cthulhu, la más célebre de las siniestras divinidades por él imaginadas, ocupa el mismo lugar en la galería de la literatura de miedo -digámoslo con las palabras de Rafael Torres Oliver, uno de los mejores traductores del maestro- que Frankenstein, Drácula o el Bilbo Bolsón de Tolkien.

Padre viajante y madre autoritaria

Nacido en Providence (Rhode Island) el 20 de agosto de 1890, fue su padre un viajante de comercio -según algunos autores alcoholizado- que murió, sin haber conocido apenas a su hijo, cuando el futuro escritor contaba ocho años. Quedó así la educación del joven Lovecraft al cuidado de su madre, una mujer posesiva y autoritaria que le inculcó su misantropía en base a la creencia de que su ascendencia británica los hacía superiores al resto de los norteamericanos. Es curioso que tanta vanidad no le impidiera recordar constantemente su fealdad al pequeño Howard. En efecto, una de las claves de cuanto a él se refiere hay que buscarla en su ingrata apariencia; otra, en la espléndida biblioteca de su abuelo materno. Despreciado por el resto de los niños, solitario, fantástico y reprimido, Howard Phillips hallará refugio en las lecturas tempranas. Sólo tiene seis años y ya conoce las leyendas del paganismo clásico. Así las cosas, no tardará en llamar a la antigüedad clásica "la Edad de Oro del mundo".

Ya avanzada su experiencia como lector, los autores que más le influirán serán Edgar Allan Poe -a quien define como "deidad y fuente de toda ficción diabólica"-, lord Dunsany, Arthur Machen y el resto de los que, con el correr del tiempo, reunirá en su ensayo \’El horror en la literatura\’, la más lúcida reflexión sobre el género. Muerta su madre en 1921 y agotada la fortuna familiar que le ha permitido vivir hasta entonces, por primera vez en su vida H. P. Lovecraft se ve en la necesidad de trabajar. Como lo único que sabe hacer es escribir, será crítico, corrector de estilo y, lo que verdaderamente cuenta para nosotros: autor de cuentos de terror. Entre sus primeros lectores se encuentran algunos de los escritores que no tardarán en convertirse en sus discípulos: August Derleth, Frank Belknap Long, Clark Ashton Smith, Donald Wandrei o Robert Bloch. A ellos -con quienes superará su antigua misantropía- dirige algunas de sus primeras cartas, que a menudo firma con el seudónimo de Abdul Alhazred, evocando el más célebre de sus personajes.

Un texto fabuloso

Es Abdul un árabe que perdió el juicio durante la redacción del \’Necronomicón\’, texto fabuloso en donde se recopilan los ritos de Cthulhu y los sortilegios para invocar a los Dioses Arquetípicos y demás divinidades que esperan volver a dominar nuestro planeta, como lo hicieran antes de la llegada a él del hombre. La saga de Cthulhu -"un monstruo de perfil vagamente antropomórfico, pero con una cabeza semejante a la de un pulpo cuya cara fuera una masa de tentáculos; un cuerpo con escamas de aspecto gomoso; tremendas garras en las extremidades delanteras y traseras, y alas largas y estrechas detrás"- constituye lo mejor de su producción.

Casado con Sonia Greene en 1924, se iría con ella a vivir a Brooklin para separarse dos años después. De regreso a su Providence natal, Lovecraft volvió a ser el misántropo de siempre, sin más interés que sus lecturas y sus escritos. Murió de cáncer intestinal el 15 de marzo de 1937. Desde entonces, su prestigio entre los lectores de las más variadas nacionalidades ha ido en aumento.

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Mandamientos del escritor (Stephen Vicinczey)

Ficha sobre recursos técnicos:
Escribí esto en respuesta a un ruego de Raymond Lamont–Brown, director de Writer’s Monthly, que me pidió algo «lleno de consejos sensatos y prácticos para quienes son en muchos casos novatos en la ocupación de escribir».

1. No beberás, ni fumarás, ni te drogarás.
Para ser escritor necesitas todo el cerebro que tienes.
2. No tendrás costumbres caras.
Un escritor nace del talento y del tiempo… Tiempo para observar, estudiar, pensar. Por consiguiente, no puede permitirse el lujo de desperdiciar una sola hora ganando dinero para cosas no esenciales. A menos que tenga la suerte de haber nacido rico, es mejor que se prepare para vivir sin demasiados bienes terrenales.
Es cierto que Balzac obtenía una inspiración especial de la compra de objetos y la acumulación de enormes deudas, pero la mayoría de las personas con hábitos caros son propensas a fracasar como escritores.
A la edad de 24 años, tras la derrota de la revolución húngara, me encontré en Canadá con unas 50 palabras de inglés. Cuando me dí cuenta de que era un escritor sin una lengua, subí en ascensor al último piso de un alto edificio de Dorchester Street, en Montreal, con la intención de arrojarme al vacío. Al mirar hacia abajo desde la azotea, con terror ante la idea de morirme, pero todavía más de romperme la columna vertebral y pasar el resto de mi vida en una silla de ruedas, decidí tratar de convertirme en un escritor inglés.
Al final, aprender a escribir en otra lengua fue menos difícil que escribir algo bueno, y viví durante seis años al borde de la miseria antes de estar listo para escribir En brazos de la mujer madura.
No podría haberlo hecho si me hubiesen interesado los trajes o los coches… En realidad, si no hubiera visto otra alternativa que la azotea de aquel rascacielos.
Algunos escritores inmigrantes que conocía trabajaban como camareros o vendedores para ahorrar dinero y crearse una base financiera antes de intentar ganarse la vida escribiendo; uno de ellos posee ahora toda una cadena de restaurantes y es más rico de lo que yo podría llegar a ser, pero ni él ni los otros volvieron a escribir.
Es preciso decidir qué es más importante para uno: vivir bien o escribir bien. No hay que atormentarse con ambiciones contradictorias.
3. Soñarás y escribirás y soñarás y volverás a escribir.
No dejes a nadie decirte que estás perdiendo el tiempo cuando tienes la mirada perdida en el vacío. No existe otra forma de concebir un mundo imaginario.
Nunca me siento ante una página en blanco para inventar algo. Sueño despierto con mis personajes, sus vidas y sus luchas, y cuando una escena se ha desarrollado en mi imaginación y creo saber qué han sentido, dicho y hecho mis personajes, tomo pluma y papel e intento relatar lo que he presenciado.
Una vez que he escrito mi relato, a mano y a máquina, lo leo y encuentro que la mayor parte de lo escrito es a) confuso o b) inexacto, o c) tedioso, o d) sencillamente no puede ser verídico. Así, utilizo el borrador mecanografiado como una especie de informe crítico de lo que he imaginado y vuelvo a soñar mejor toda la escena.
Fue este modo de trabajar lo que me hizo comprender, cuando aprendía inglés, que mi principal problema no es la lengua, sino, como siempre, ordenar las cosas en la cabeza.
4. No serás vanidoso.
La mayor parte de los libros malos lo son porque sus autores están ocupados en tratar de justificarse a sí mismos.
Si un autor vanidoso es alcohólico, el personaje de su libro descrito con mayor simpatía será un alcohólico. Este tipo de asunto es muy aburrido para los extraños.
Si crees ser sabio, racional, bueno, una bendición para el sexo opuesto, una víctima de las circunstancias, es porque no te  conoces a ti mismo lo suficiente como para escribir.
Dejé de tomarme en serio a la edad de 27 años. y desde entonces me he considerado sencillamente materia prima. Me utilizo del mismo rnodo que se utiliza a sí mismo un actor: todos mis personajes —hombres y mujeres, buenos y malos— están hechos de mí mismo, más la observación.
5. No serás modesto.
La modestia es una excusa para la chapucería, la pereza, la complacencia; las ambiciones pequeñas suscitan esfuerzos pequeños. Nunca he conocido a un buen escritor que no intentara ser grande.
6. Pensarás sin cesar en los que son verdaderamente grandes.
«Las obras del genio están regadas con sus lágrimas», escribió Balzac en Ilusiones perdidas. Rechazo, mofa, pobreza, fracaso, una lucha constante contra las propias limitaciones…, tales son los principales sucesos en las vidas de la mayoría de los grandes artistas, y si aspiras a conseguir su destino debes fortalecerte aprendiendo de ellos.
Yo me he animado con frecuencia al releer el primer volumen de la autobiografía de Graham Greene, Una especie de vida, que trata de sus primeras luchas. También he tenido ocasión de visitarle en Antibes, donde vive en un pequeño piso de dos habitaciones (un lugar diminuto para un hombre tan alto) con los lujos de un aire suave y una vista del mar, pero pocas posesiones aparte de libros. Parece tener pocas necesidades materiales, y estoy seguro que esto tiene algo que ver con la libertad interior que emana de sus obras. Aunque afirma que ha escrito sus «entretenimientos» por dinero, es un escritor dirigido por sus obsesiones sin hacer caso de modas cambiantes e ideologías populares, y esta libertad se comunica a sus lectores. Uno se siente liberado del peso de los propios compromisos, al menos mientras lo lee. Esta clase de logro sólo es posible para un escritor de costumbres espartanas.
Ninguno de nosotros tiene oportunidad de conocer personalmente a muchos grandes hombres, pero podemos estar en su compañía leyendo sus memorias, diarios y cartas. Hay que evitar, sin embargo, las biografias, en especial las que han sido convertidas en películas o series de televisión. Casi todo lo que nos llega sobre los artistas a través de los medios es pura palabrería, escrita por perezosos autores mercenarios que no tienen la menor idea del arte ni del trabajo duro. Un ejemplo reciente es Amadeus, que intenta convencernos de que es fácil ser un genio como Mozart y muy difícil ser una mediocridad como Salieri.
Hay que leer, en cambio, las cartas de Mozart. En cuanto a literatura específica sobre la vida del escritor, yo recomendaría Una habitación propia, de Virginia Woolf; el prefacio de La dama morena de los sonetos, de Shaw; Martin Eden, de Jack London, y sobre todo, Ilusiones perdidas, de Balzac.
7. No dejarás pasar un solo día sin releer algo grande.
En mi adolescencia estudié para ser director de orquesta, y de mi educación musical adopté una costumbre que considero esencial para los escritores: el estudio constante y diario de las obras maestras. La mayor parte de los músicos profesionales de dicha categoría conocen de memoria centenares de partituras; la mayor parte de los escritores, en cambio, sólo tienen el más vago recuerdo de los clásicos, lo cual explica que haya más músicos expertos que escritores expertos. Un violinista que poseyera la técnica de la mayor parte de los novelistas publicados no encontraría nunca una orquesta en la que tocar. Lo cierto es que sólo absorbiendo las obras perfectas, los modos específicos inventados por los grandes maestros para desarrollar una toma, construir una frase, un párrafo, un capítulo, se puede aprender todo lo que hay que aprender sobre la técnica. Nada de lo que ya se ha hecho puede decirte cómo hacer algo nuevo, pero si comprendes las técnicas de los maestros tienes más posibilidades de desarrollar las propias. Para decirlo en términos de ajedrez: aún no ha existido un gran maestro que no conociera de memoria las partidas de campeonato de sus predecesores.
No se debe cometer el error común de intentar leerlo todo para estar bien informado. Estar bien informado sirve para brillar en las fiestas, pero resulta absolutamente inútil para un escritor. Leer un libro para poder charlar sobre él no es lo mismo que comprenderlo. Es mucho más útil leer una y otra vez unas cuantas novelas hasta comprender por qué son buenas y cómo las han construido los escritores. Hay que leer una novela unas cinco veces para comprender su estructura, qué la hace dramática y qué le presta ritmo e impulso. Sus variaciones en compás y escala de tiempo, por ejemplo: el autor describe un minuto en dos páginas y luego cubre dos años con una frase… ¿Por qué? Cuando hayas comprendido esto sabrás realmente algo.
Cada escritor elegirá sus propios favoritos entre aquellos de quienes cree que puede aprender más, pero desaconsejo con firmeza la lectura de novelas victorianas, que están infestadas de hipocresía e hinchadas de redundancias. Incluso George Eliot escribió demasiado sobre demasiado poco.
Cuando te sientas tentado de escribir cosas superfluas deberás leer los relatos de Henrich von Kleist, quien dijo más con menos palabras que cualquier otro escritor en la historia de la literatura occidental. Lo leo constantemente, así como a Swift y a Sterne, a Shakespeare y a Mark Twain. Por lo menos una vez al año releo algunas obras de Pushkin, Gogol, Tolstoi, Dostoyevski, Stendhal y Balzac. A mi juicio, Kleist y estos novelistas franceses y rusos del siglo XIX son los más grandes maestros de la prosa, una constelación de genios no superados, como los que encontramos en la música, de Bach a Beethoven, y todos los días intento aprender algo de ellos. Esta es mi técnica.
8. No adorarás Londres–Nueva York–París.
Conozco a menudo aspirantes a escritores de lugares apartados que creen que las personas que viven en las capitales de los medios de comunicación tienen sobre el arte alguna información interna especial que ellos no poseen. Leen las páginas de críticas literarias, ven programas sobre arte en televisión para averiguar qué es importante, qué es el arte en realidad, qué debería preocupar a los intelectuales. El provinciano suele ser una persona inteligente y dotada que acaba por adoptar la idea de algún periodista o académico de mucha labia sobre lo que constituye la excelencia literaria, y traiciona su talento imitando a retrasados mentales que sólo tienen talento para medrar.
Aunque no hay razón para sentirse aislado. Si posees una buena colección de ediciones en rústica de grandes escritores y no dejas de releerlos, tienes acceso a más secretos de la literatura que todos los farsantes de la cultura que marcan el tono en  las grandes ciudades. Conozco a un destacado crítico de Nueva York que no ha leído nunca a Tolstoi, y además está orgulloso de ello. No hay que perder el tiempo, por tanto, preocupándote por lo que está de moda, del tema idóneo, el estilo idóneo o qué clase de cosas ganan los premios. Cualquier persona que haya tenido éxito en literatura lo ha conseguido en sus propios términos.
9. Escribirás para tu propio placer.
Ningún escritor ha logrado jamás complacer a lectores que no estuvieran aproximadamente en su mismo nivel de inteligencia general, que no compartieran su actitud básica ante la vida, la muerte, el sexo, la política o el dinero. Los dramaturgos son afortunados: con ayuda de los actores pueden extender su mensaje hasta más allá del círculo de los espíritus afines. No obstante, hace sólo un par de años leí en los periódicos americanos las críticas más condescendientes de Medida por medida…, la obra en sí, ¡no la producción! Si Shakespeare no puede complacer a todo el mundo, ¿por qué intentarlo siquiera nosotros?
Esto significa que no vale la pena que te esfuerces por interesarte en algo que te resulta aburrido. Cuando era joven perdí mucho tiempo intentando describir vestidos y muebles. No sentía el menor interés por los vestidos ni por los muebles, pero Balzac experimentaba hacia ellos un apasionado interés, que consiguió comunicarme mientras le leía, así que pensé que debía dominar el arte de escribir excitantes párrafos sobre armarios si quería ser algún día un buen novelista. Mis esfuerzos estaban condenados, y agotaron todo mi entusiasmo por aquello que me había propuesto escribir en primer lugar.
Ahora sólo escribo sobre lo que no me interesa. No busco temas: cualquier cosa en la que no pueda dejar de pensar es mi tema.
Stendhal dijo que la literatura es el arte de la omisión. y omito todo lo que no me parece importante. Describo a las personas sólo en los términos de aquellas de sus acciones, afirmaciones, ideas, sentimientos, que me hayan escandalizado–intrigado–divertido– deleitado a mí mismo o a otros.
No es fácil, por supuesto, ser fiel a lo que realmente nos importa; a todos nos gustaría ser considerados personas llenas de curiosidad por todo. ¿Quién asistió jamás a una fiesta sin fingir interés por algo? Pero cuando escribes tienes que resistir la tentación, y cuando lees lo que has escrito debes preguntarte siempre: «¿Me interesa de verdad esto?».
Si te ves a ti mismo —a tu yo verdadero, no a un concepto imaginario de ti mismo como la más noble de las personas que sólo se preocupan por los niños hambrientos de Africa—, tienes la posibilidad de escribir un libro que agrade a millones. Esto es así porque, quienquiera que seas, hay en el mundo millones de personas más o menos parecidas a ti. Pero nadie quiere leer a un novelista que no piense realmente lo que escribe. El éxito editorial más ramplón tiene una cosa en común con una gran novela: ambos son auténticos.
10. Serás difícil de complacer.
La mayoría de los libros nuevos que leo se me antojan a medio terminar. El escritor se contentó con hacer su trabajo más o menos bien, y luego pasó a algo nuevo.
Para mí, escribir empieza a ser emocionante de verdad cuando vuelvo a un capítulo un par de meses después de haberlo escrito. En esta fase lo miro menos como autor que como lector, y por muchas veces que reescribiera originalmente el capítulo, todavía encuentro frases que son vagas, adjetivos que son inexactos o superfluos. De hecho encuentro escenas enteras que, aunque ciertas, no añaden nada a mi comprensión de los personajes o de la historia y, por consiguiente, pueden eliminarse.
Es en este punto cuando examino el capítulo durante el tiempo suficiente para aprendérmelo de memoria —lo recito palabra por palabra a cualquiera dispuesto a escuchar— y si no puedo recordar algo, suelo descubrir que no era correcto. La memoria es un buen crítico.

Literatura erótica. Y a veces un poco más que eso.