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Archive for julio, 2008

Contra la hegemonía de superficialidad

Ficha de análisis o teoría académica:

Por Claus Spahn para la revista ZEIT
Traducción: Fco. Javier González Velandia
(Rev. José Luis Torá)

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Die ZEIT: Sr. Lachenmann, entre los compositores de música seria existe la preocupación de que ésta quede marginada por la música pop aún en mayor medida de lo que ya lo está.  ¿Está justificada tal preocupación?

Helmut Lachenmann: Ciertamente. En lo que respecta a la cuestión del  balance económico de la cultura, el discurso contra el arte es esgrimido entre los políticos cada vez con más frecuencia. Olvidan que se trata de dos ámbitos de experiencia diferenciados, que nada tienen que ver ni en cuanto a su razón de ser, ni en cuanto a su función en la sociedad.

ZEIT: ¿Teme que se termine por no diferenciar entre arte y pop?

Lachenmann: Si un titán del pop –convertido vertiginosamente en alguien de renombre y un triunfador- carece de vergüenza para ponerse al mismo nivel de los grandes maestros, no hay duda de que se haya inmerso en una corriente de superficialidad que me resulta repugnante.

ZEIT: Se refiere Ud. a Dieter Bohlen, al cual en una revista del Consejo Musical Alemán se le atribuye la siguiente cita: “Bach y Beethoven harían hoy en día la misma música que un Bohlen. Lo contrarió es, en mi opinión, igualmente cierto.” 

Lachenmann: Semejantes imbecilidades son pura charlatanería de la que no queda otra opción que reírnos.

ZEIT: Sin embargo, la impertinencia le enerva.

Lachenmann: De lo ridículo a lo funesto hay tan sólo un pequeño paso. Ello sucede continuamente en la prensa oficial del Consejo Musical Alemán, y por cierto no únicamente en  su edición de Carnaval.  La revista ha sido incluso ensalzada con las mayores bendiciones en un discurso de presentación de la ministra de cultura Christina Weiss, y  en consecuencia – por lo que parece-  tomada en serio.

ZEIT: ¿Qué es lo que se expresa en ella?

Lachenmann: La típica ignorancia “ingeniosa” en los asuntos relacionados con el arte. Y ello en una situación, en la que la nueva música es considerada por los responsables de la cultura simplemente como un mensaje sectario y cargante para elegidos. El arte debe limitarse en general a la función de entretener de forma agradable y dejar,  por lo tanto, de seguir incordiando: Música clásica como servicio para la recreación del espíritu cuando éste lo desee. Llegamos así a un punto en el que una vez más hemos de hablar con todo rigor sobre qué es arte y qué no lo es. La confusión es aquí enorme.

ZEIT: ¿Qué es, pues, arte?

Lachenmann: ¡Ay de nosotros si lográsemos definir el concepto esclerotizándolo y echándolo a perder así del todo!  El arte se reconoce allá donde a través de la experiencia estética  recordamos nuestras posibilidades como criaturas dotadas de espíritu. El arte tiene que ver con la necesidad de transitar nuestros límites. A los hombres se les exige una cierta inquietud por contemplar,  justamente, más allá de su horizonte.

ZEIT: ¿Le pone nervioso el tener que  referirse a ello en profundidad?

Lachenmann: ¿No es doloroso que tras siglos de profundas experiencias artísticas, tengamos que defender desesperadamente una vez más este concepto, simplemente para contestar a un tal Señor Bohlen o para reaccionar ante la indiferencia de determinados responsables de la cultura?

ZEIT: ¿Y cómo le explica Ud. a los fans de Diether Bohlen que su música no tiene nada que ver con el arte?

Lachenmann: Ellos mismo deben preguntarse en qué medida están condicionados por los medios. En mi opinión, ser sólo un animal de rebaño, es algo que nadie desea. La mercancía de la que aquí hablamos se llama “magia”,  ya sea puesta en escena de forma pretenciosa o  barata. El arte, sin embargo, entendido desde nuestra tradición europea, no es solamente magia conjurada, sino además magia rota. Ella remite al espíritu creativo, que ha tomado todo esto bajo sí y lo domina soberanamente. Desde sus orígenes la tradición musical occidental tiene el sello del  momento de “ruptura”. En ninguna otra cultura musical tengo conocimiento del concepto de disonancia, con su juego dialéctico. Ninguna se ha desarrollado tan vertiginosamente y ha producido una riqueza tal de estilos y formas de expresión. Desde el gregoriano, como muy tardíamente, la transformación del individuo con sus continuas y rebeldes  transgresiones mentales ha calado encarnándose en el arte. Bien sea como alma, como conciencia responsable de sí misma, como yo ilustrado, idealista,…  siempre se ha liberado de tutelas. Sea como sea la manera en que ha descubierto su fantasía, su libertad, a veces también su carencia de la misma, su capacidad de impulso, su “Ello” –su “estructura”, como dice el Wozzeck de Büchner-, el caso es que el concepto europeo de música  ha ido transformándose, abriéndose a nuevas posibilidades. No me pida, se lo ruego, que profundice en ello. A no ser que desee que terminemos por convertir la experiencia de lo trascendente en un simple aperitivo.

ZEIT: El Canciller alemán ha nombrado un comisario de la música pop. Ello puede considerarse como un acto simbólico. ¿Se convertirá el más ínfimo común denominador de nuestra democracia en la medida de todas las cosas que afectan al arte?

 Lachenmann: La democracia precisa de una sensibilidad contra el peligro del terror de la mayoría. Debe sentir este peligro. Si deja de sentirlo, entonces está despreciando a los hombres. Es no obstante altamente problemático, cuando nuestra sociedad es sometida a una tendencia política que considera,  que tan sólo se le puede servir  una comida rápidamente digerible. Se afirma con satisfacción, que el pop es la verdadera expresión de nuestro tiempo y su sentimiento vital. Ello puede ser cierto en los casos en los que la sociedad ha optado por hacerse oídos sordos. Pero el arte no es expresión de nuestro sentimiento vital, sino más bien aquello que precisamente falta en nuestro sentimiento vital. La música de Bach y Beethoven tampoco fue expresión de su tiempo. Más bien, fue extraña al mismo.

ZEIT: El que la música contemporánea esté fuera de juego respecto a los fenómenos de masas no es en principio nada nuevo. Los compositores del siglo 20 han tenido que luchar desde sus inicios contra una fuerte resistencia social.  ¿Qué hay cualitativamente de nuevo en el momento actual?

Lachenmann: La vanguardia se benefició tras la guerra de las ventajas de las innovaciones en general. Bien sabe Dios, que no lo tuvo fácil. Sin embargo, lo estético ha tenido que pagar un crédito. No quiero decir, que entre tanto este crédito se haya agotado definitivamente. Pero tal vez ya no deberíamos seguir concediéndoselo sin más.  Ni a la experimentación, ni tampoco a los intentos malogrados. No quiero en absoluto deducir de esto, que hubo compositores que coqueteasen con el fracaso. La desorientación y la confusión son de un modo u otro inevitables al penetrar en lo ignoto. El pensamiento serial, por ejemplo, a pesar de sus fracasos, no ha dejado indiferente a ninguno de nosotros, sin olvidar que es a él a quien  debemos obras maestras tan fascinantes y sobrecogedoras como Gruppen de Stockhausen, Il Canto Sospeso de Nono o la música en torno a Mallarmé de Boulez. Ahora nos hallamos en una fase en la que los políticos dicen que debemos poner prioridades y preguntarnos: ¿por qué hemos de seguir financiando este entretenimiento narcisista? Y el hastío, que a veces puede sentirse en los cursos estivales de Darmstadt y en festivales como Donaueschingen, parece darles la razón. La búsqueda por lo nuevo degenera a veces en una especie de competición de talento para epígonos. “¿A ver quien provoca de forma más estridente?”

ZEIT: Apunta Ud. un aspecto importante que nada tiene que ver con la hegemonía del pop. ¿No se ha desorientado la modernidad musical debido a su propia insistencia en la innovación? Ya no es tan sencillo alcanzar lo nuevo. ¿No le parece?

Lachenmann: En el fondo nunca lo fue. Como fin en sí mismo es por principio algo ya caduco. En la cartografía de los sonidos no existen regiones inexploradas. El valor de novedad de determinados descubrimientos sonoros está agotado. El concepto de lo nuevo debe determinarse en sí mismo nuevamente  desde otro lugar, esto es: en referencia a la realidad, a la cual reacciona la actividad compositiva.

ZEIT: Ha hablado Ud. de la ruptura, que tan decisiva fue para el progreso en el arte. ¿No hemos alcanzado un punto en el desarrollo de la modernidad, en el que lo nuevo en general ya no puede madurar un nuevo nivel de conciencia o un nuevo standard? ¿Cómo puede fracturarse algo, si  ya nada es capaz de alcanzar una solidez?

Lachenmann: Ud. quiere decir, que el medio de ruptura [Brechungsmittel] se convierte en un vomitivo [Brechmittel]  (risas). Las cosas no suceden de tal modo, que yo me siente en mi escritorio y me diga a mi mismo: “vamos a destruir  una vez más”. Cuando esto se intenta, nunca funciona. Por cierto, que continuamente estamos descubriendo parálisis de la escucha. Componer significa, seguir los sueños propios y exponerlos indefensos a la sociedad. El concepto de lo  “indefenso” precisamente en conexión con la idea de lo nuevo, ha llegado a ser para mí importante. La indefensión es la única forma de provocación, que no me es sospechosa. Las obras de Schönberg, Webern, Nono: es a través de la indefensión como han provocado esa radicalidad, con la que han fracturado el concepto de música tonal. Indefenso puede, no obstante, ser también un retorno a algo aparentemente superado, si puede ser iluminado una vez más desde una nueva luz.

ZEIT:  ¿No significa esto una nueva orientación importante para su creación?

Lachenmann: Tal vez, sí. Yo habría podido seguir comportándome como un botánico de los sonidos y obteniendo en mi música cada vez con mayor efectividad  los ruidos más diversos. En el mundo de los sonidos rascados y estridentes me manejaba mejor que otros. Pero puesto que no se trata de crear continuamente objetos sonoros, sino de la renovación de la escucha, ésta ha de preservarse, y muy en especial de lo aparentemente ya conocido y habitual. Yo me siento en disposición de no difamar siempre por principio la mirada hacia atrás como un paso atrás. Por eso no es de extrañar, que en mi último cuarteto emplee de nuevo una triada en do mayor – que en la Creación de Haydn suena igual y, sin embargo, diferente que en la obertura de los maestros cantores de Wagner- sacada,  por así decirlo, estilísticamente fuera de contexto. Algo así es a lo que yo llamo relación dialéctica con el pasado, con lo desgastado: de repente se muestra una vez más intacto. Y es precisamente en la búsqueda en torno a lo aparentemente conocido donde quiero encontrar lo que desconozco.  Quiero salir de mi yo, del trastero opaco de mis ideas pregrabadas. A veces se me pregunta: “¿Ha escuchado Ud. interiormente lo que ha compuesto?” Y entonces digo: no, todavía no, pero me gustaría escucharlo por fin. Y por eso lo he escrito.  O también: “¿Sabe Ud. lo que quiere?” Un compositor que sabe lo que quiere, tan sólo quiere lo que sabe. Y esta es la razón de algunas de mis ocasionales críticas a determinados compositores.

ZEIT: ¿Cuáles críticas?

Lachenmann: A lo largo del tiempo han ido apareciendo toda una serie de compositores, que se ha apuntado al carro de la música avanzada, han encontrado su receta y se han relajado de acuerdo al lema: “el diseño va bien con la sociedad, así que ya podemos lanzarlo”. El peligro de tal tentación es grande.

ZEIT: ¿Insiste Ud. por lo tanto, en que existe aún un avance en el arte? ¿La modernidad progresiva no se tornado problemática?

Lachenmann: Siempre fue un problema.

ZEIT: ¿No más que antes?

Lachemann: No.

ZEIT: Que hay un problema puede, sin embargo, verse por ejemplo en lo difícil que es confrontarse en la actualidad con el concepto de “vanguardia”, el cual ciertamente hace referencia a “avanzar”. Ud. mismo ha escrito recientemente, que los héroes vanguardistas de hoy le recuerdan a soldados japoneses diseminados esperando, enojados,  refuerzos en una isla solitaria, y que aún no se han enterado de que la guerra mundial ya ha pasado y las batallas han cambiado de lugar.

Lachenmann: La vanguardia sigue siendo en la actualidad una etiqueta manierista, que se emplea con frecuencia por su brevedad. Hans Werner Henze ya hizo hace bastantes años la pregunta: “¿dónde está realmente el frente?” En tanto que la vanguardia siempre marcha valientemente  en una dirección determinada, corre el peligro de descomponerse heroicamente en un brazo muerto del río de la historia. El avance debe ser reflejado de nuevo en cada situación.

ZEIT: Ud. ha escrito, que las batallas se han desplazado. ¿Hacia donde?

Lachenmann: A ningún otro lugar, sino la propia interioridad del compositor cuando busca una escucha libre en una sociedad sin perspectivas. En cualquier caso, lejos de la vieja definición académica del concepto de material con sus pedantes “parámetros”. Precisamente debido a que aspecto del material es tan decisivo, carece de sentido dejarse hipnotizar por momias.

ZEIT: Con ese tipo de discurso, ¿no podría decirse que los postmodernos, contra los que Ud. ha polemizado siempre fuertemente, han triunfado: “por fin, lo ha entendido Lachenmann”?

Lachenmann: No. Los postmodernos han considerado lo convencional del mismo modo que siempre se ha hecho. Han paseado por el supermercado de la tradición con sus estanterías  y se han surtido sin complejos. A la pregunta: “¿por qué?”, la respuesta era: “¿por qué no?”

ZEIT: ¿Cómo describiría la  evolución de su actitud ante la  composición?

Lachenmann: Me he vuelto increíblemente tolerante conmigo mismo (risas).

ZEIT: ¿Fue alguna vez más estricto consigo mismo?

Lachenmann: Aún sigo siendo muy estricto y la vez soy absolutamente abierto. Pero este es otro tema. Al componer siempre deseo llegar a donde nunca estuve antes.  De lo contrario tengo una sensación como de no haberme limpiado los dientes.

ZEIT: Permítame que retomemos de nuevo la situación políticocultural.  En otra ocasión Ud. nos ha advertido del peligro de lamentarse de las precariedades. Ello es sencillamente “Música comercial [U-Musik] en los oídos de los irresponsables”.  ¿Por qué es tan difícil criticar aquello que amenaza a los compositores?

Lachenmann: Porque entonces nos situaríamos en un idílico valle de las lamentaciones, como pudimos leer recientemente en un malicioso editorial del Süddeutsche Zeitung. Nos volvemos ridículos cuando nos indignamos. Y quien posee ironía, no tiene que preocuparse por las pérdidas.

ZEIT: ¿Ello significa, que el nuevo gusto por la superficialidad es incontestable? ¿Que posee una estructura de teflón, en la que todo resbala, inmune a todo?

Lachenmann: Ciertamente. 

ZEIT: Los compositores no son precisamente un grupo de presión fuerte en lo que atañe a sus propios asuntos. Ellos están políticamente, si se me permite decirlo así, bastante aletargados. 

Lachenmann: Una cierta distancia del mundo no puedo en principio tomárselo a mal. En muchos de ellos se debe obviamente a la déformation professionelle. A un escalador que pende de una pared no le resulta fácil dar a la vez una conferencia sobre las virtudes del alpinismo. Debe simplemente seguir escalando.

La entrevista ha sido realizada por Claus Spahn 

DIE ZEIT 20.04.2

Traducción de Fº. Javier González-Velandia.

Revisado y corregido por José Luís Torá.

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[*] Nota: debo agradecer la colaboración inestimable de José Luís Torá -conocedor de primera mano del gran compositor- en la difícil tarea de verter al castellano el rico, peculiar –y yo diría que hasta musical- alemán de Helmut Lachenmann. Igualmente quiero dar las gracias a Carlos Bermejo –compositor también ligado directamente a Helmut- por sus observaciones y correcciones. 
 

Turismo rural y actividades literarias.

El reñidero español

Ficha entorno al factor humano en la literatura:
El reñidero español
JOAQUIN LEGUINA

«El castellano es la lengua española oficial del Estado. Todos los españoles tienen el deber de conocerla y el derecho a usarla»

(Art. 3 de la Constitución Española)

El pasado 23 de junio, Fernando Savater presentaba junto a un grupo de intelectuales de ideología variopinta un Manifiesto por la Lengua Común que levantó, de inmediato, todo tipo de ronchas y descalificaciones. Pero no se produjo ni un solo argumento en su contra. Porque en España hace ya mucho tiempo que cuando algo no gusta no se exhiben razonamientos para contradecir lo afirmado por otros, no, se recurre al insulto o -entre los más finolis- al eslogan político descalificador.

El diario zapaterista Público recibía el Manifiesto de esta guisa: «El nacionalismo español hace de nuevo política con las lenguas». Por su parte, Miquel Iceta, la nueva estrella rutilante del PSC, se limitó a señalar que el Manifiesto era «innecesario» y José Montilla (que es natural de Córdoba) afirmó que el Manifiesto incitaba a la «catalanofobia». Gran honestidad intelectual la de este charnego reconvertido en catalanista.

En efecto, el PSC es un partido que, según Félix de Azúa, se parece cada vez más a la corte de Catalina la Grande.

El aparato mediático del catalanismo lanzó 800 (sí, 800) artículos contra el Manifiesto, pero en ninguno de ellos se aludía a su contenido ni se argumentaba contra él.

Las fuerzas localistas del nordeste de España, como un solo hombre, se dieron al insulto -esa práctica tan española-: «Ataque contra el catalán», «franquistas», «fachas», «españolistas de mierda», «miserables» (Jordi Sánchez), todo eso y más lindezas dijeron. Antoni Puigvert aseguró -él, tan moderado- que el Manifiesto rompía los últimos puentes entre Cataluña y España… Naturalmente, todos esos artículos estaban escritos y publicados en español, la lengua que, según estos atacantes, quiere asesinar al catalán… y, para guinda del pastel, lo de Jordi Pujol sonó como el Tambor del Bruc: «Combatir con decisión y confianza, sin miedo y sin respeto para quien no nos respeta», eso dijo el veterano y, ahora, radicalizado líder.

Entretanto, las firmas de adhesión al documento escrito por Savater crecían, eso sí, movidas en parte por EL MUNDO, lo cual le vino de perlas a Rodríguez Zapatero, quien aprovechó que el Tormes pasa por Salamanca para sentar doctrina: «La derecha quiere apropiarse de la lengua común como antes lo intentó con la bandera común», dijo… y después de soltar semejante sandez, el actual presidente del Gobierno se fumó un puro.

De poco vale que más del 50% de los catalanes prefiera el castellano como primera lengua porque el nacionalismo catalán y sus adláteres están dispuestos -así lo dice el nuevo Estatuto- a obligar a todos quienes pisen (o sobrevuelen) el territorio de Cataluña a hacerles aprender y obligarles a usar aquella lengua «propia». Ya se sabe: «La letra con sangre entra».

Pero dejémonos de darle vueltas a la noria y recordemos, en primer lugar, que los poderes públicos -y desde luego el Gobierno de España- están obligados a guardar y hacer guardar la Constitución. Así lo han jurado o prometido todos ellos. Vayamos, pues, al grano.

1. ¿Puede un profesor, nacido pongamos que en Valladolid, ir a trabajar a una universidad catalana dando sus clases en castellano? La respuesta es no. Por lo tanto, a ese profesor se le está privando de uno de sus derechos (el de usar el castellano) y el Gobierno de España no puede mirar para otro lado.

2. ¿Puede un niño catalán que tenga como lengua materna el castellano ser escolarizado en ese idioma? La respuesta es no. Un derecho del que se le priva y que no puede dejar indiferente al Gobierno de España.

3. ¿Puede un funcionario español trasladarse a trabajar a Cataluña sin haber aprendido antes concienzudamente el catalán? La respuesta es no.

Y así podríamos seguir con los rótulos de las tiendas, los de las carreteras, con la expulsión de facto del castellano del Parlamento de Cataluña, con la exclusión de los escritores catalanes en castellano, pues sus obras -según los nacionalistas y sus abducidos del PSC- no pertenecen a la cultura catalana y por eso no se les permite acudir a la Feria de Fráncfort, etcétera.

En resumen, el derecho a usar el castellano que la Constitución consagra no se puede ejercer en los foros públicos de Cataluña… y el Gobierno no puede mirar para otro lado diciendo -como dicen sus voceros- que reclamar estos derechos elementales es de derechas (al parecer, en estos nuevos tiempos todo lo que no sea aplaudir a ZP y sus ocurrencias es de derechas).

Pero lo más peligroso -por irresponsable- del discurso de ZP y de sus conmilitones es que para ellos el nacionalismo periférico (vasco, catalán, gallego…) no existe y como no existe no puede hacer mal a nadie ni tener aspiraciones a la independencia. Por ejemplo, Convergencia Democrática de Cataluña, con Artur Mas a la cabeza, acuerda, imitando a Ibarreche, que su objetivo político es una «Cataluña Libre y Soberana»… y el Gobierno español no tiene nada que comentar.

¿Por qué no hablamos claro de una vez? Los nacionalistas y sus adláteres detestan el bilingüismo en sus territorios, lo mismo que rechazan el oír hablar de un Estado Federal… y de poco vale ocultar esa verdad haciendo oídos sordos a los voceros nacionalistas que no se cansan de repetir: «Derecho a decidir», «independencia», «fuera el castellano» y otras muchas lindezas anticonstitucionales.

Pero no es ésa -la de mirar para otro lado- una práctica que sólo concierna a este Gobierno. Sin ir más lejos, Aznar en 1997 se negó a recurrir la Ley de Política Lingüística de Pujol ante el Tribunal Constitucional, porque necesitaba los votos de CiU. Tampoco la recurrió el Defensor del Pueblo (Alvarez de Miranda), sobre quien se ejerció todo tipo de presiones para que no presentara recurso de inconstitucionalidad. Una ley que era y es anticonstitucional por los cuatro costados.

El Estatuto aprobado el 18 de junio de 2006 (con un apoyo popular, simplemente, ridículo, que todo hay que decirlo) echa un par de paletadas más sobre el asunto: 1) «Todas las personas en Cataluña tienen el derecho de utilizar y el deber de conocer las dos lenguas oficiales». Se establece así la obligatoriedad de dominar el catalán para todas las personas que vivan en Cataluña y 2) «La lengua propia de Cataluña es el catalán. Como tal, el catalán es la lengua de uso normal y preferente de todas las administraciones públicas y de los medios de comunicación públicos en Cataluña, y es también la lengua normalmente utilizada como vehicular y de aprendizaje en la enseñanza».

Si esto es constitucional, yo soy el obispo de Mondoñedo, pero sí es una discriminación contra los castellanohablantes. Y por serlo es también una discriminación para los menos dotados económica y socialmente, los inmigrantes del resto de España y sus descendientes. Estamos ante una descarada y consentida política que pretende tratar a los castellanohablantes como extranjeros en su propio país. «Si un español emigra a Inglaterra, lo que ha de hacer es aprender el inglés» es un argumento que los catalanistas suelen exhibir para exigir a todo el mundo en Cataluña el uso del catalán. Se olvidan -y no por casualidad- que un andaluz en Inglaterra es un extranjero, pero cuando se desplaza a Cataluña no sale de su propia nación.

Las normas internacionales, por ejemplo, las de la Unesco, respecto a la enseñanza recomiendan una obviedad: los niños deben ser escolarizados en su lengua materna. Es tan paradigmático como penoso anotar cómo notables pedagogos catalanes han sacrificado estas elementales normas en el altar de su catalanismo.

Pero no han sido sólo los pedagogos quienes han teorizado, practicado y ejecutado el ombliguismo catalanista. Muy representativos escritores también se han pronunciado en la misma dirección en lo tocante a la creación literaria. Veámoslo.

En el número de julio y agosto de 1977 -inmediatamente después de las primeras elecciones democráticas y en vísperas del debate constitucional- la revista Taula del Canvi, catalanista de izquierdas, planteaba una pregunta a una serie de intelectuales antifranquistas de indudable valía (Salvador Espriu, Manuel de Pedrolo, Joaquín Molas, Antoni Comas…).

El asunto se las traía desde la propia formulación de la pregunta, que era ésta:

¿A los catalanes (de origen o radicación) que se expresen literariamente en lengua castellana hay que considerarlos como un fenómeno de conjunto que hay que liquidar a medida que Cataluña asuma sus propios órganos de gestión política y cultural?

Antes de considerar las respuestas ha de tenerse en cuenta que a ese «fenómeno de conjunto» pertenecían -y pertenecen- los hermanos Juan, José Agustín y Luis Goytisolo, Vázquez Montalbán, Carlos Barral, Juan Marsé, Félix de Azúa, Eduardo Mendoza y un largo etcétera, amigos y compadres de quienes respondían así:

Salvador Espriu: «Espero y deseo que sí».

Manuel de Pedrolo: «No hemos de discutir a nadie el derecho a escribir en la lengua que quiera, pero nadie tiene derecho a convertir una lengua forastera en un arma de destrucción de la identidad del pueblo al cual pertenece o en el cual se inserta».

Antoni Comas: «Como hecho colectivo, como fenómeno de conjunto, hay que liquidarlo a medida que Cataluña recupere su autonomía».

Joaquín Molas: «Si las soluciones son las que deberían ser, los que utilizan la lengua castellana tenderían a desaparecer».

Entre tanto ardor guerrero y exterminador destaca, por extraña, una propuesta razonable:

Francesc Vallverdú: «La cultura catalana se puede manifestar y de hecho se manifiesta en diversas lenguas».

Tan tempranas y amenazadoras manifestaciones de catalanismo identitario y arrasador deberían haber puesto en guardia, al menos, a dos entes políticos: 1) A los inmigrantes llegados a Cataluña y, en general, a los castellanohablantes y a sus representantes políticos y 2) A los partidos de ámbito nacional. Pero todos prefirieron mirar para otro lado, pensando, quizá, que la sangre no llegaría al río, que tales posiciones radicales, como otras muchas de entonces, se atemperarían en el marco constitucional que ya se estaba elaborando. Mas, fuera como fuera, el hecho fue que nadie quiso señalar unos límites, al menos intelectuales, a semejante desbarre.

Dado que los artículos del Nuevo Estatuto referidos a la obligatoriedad de la lengua catalana están recurridos ante el Tribunal Constitucional (TC), conviene recordar aquí una sentencia de este Alto Tribunal; la del 26 de junio de 1986, cuando lo presidía Francisco Tomás y Valiente. En esa sentencia -contraria a la obligatoriedad de una lengua cooficial- se lee lo siguiente: «Pues el citado artículo (el 3 de la Constitución) no establece para las lenguas cooficiales ese deber (el de ser conocidas), sin que ello pueda considerarse discriminatorio».

Cabría esperar que el TC se atuviera en este asunto a su propia jurisprudencia, mas, para decirlo todo, los miembros actuales del TC han demostrado sobradamente que no son ni Tomás Moro ante Enrique VIII ni Becket ante Enrique Plantagenet; se parecen más a los jueces obedientes y obsecuentes que pululaban por España no hace tantos años… y a los que convendría olvidar para siempre. En fin, que mi fe respecto a las actuales instituciones políticas y judiciales es descriptible, por eso estoy dispuesto a pelear contra las canalladas que se están perpetrando contra el derecho a usar el castellano y contra los canallas que las cometen o que las permiten.

Joaquín Leguina es ex presidente de la Comunidad de Madrid.

La pequeña biblioteca de Auschwitz

Ficha de historia o anecdotario:



La lectura en las barracas

Por Alberto Manguel

En la segunda guerra mundial, en medio del horror de la locura nazi, muchos judíos consumaron un poderoso acto de resistencia. Continuaron leyendo. Ocultaron libros prohibidos que se distribuían entre sí. También, en algunos casos, aquellas obras fluían, como en la conocida novela de Bradbury Farenheit 451, de boca en boca, a través del recitado y el poder de la memoria. El ensayista argentino Alberto Manguel, a partir de un hecho personal, inicia una incursión por aquel acontecimiento extraordinario, no muchas veces atendido por los historiadores: las bibliotecas ambulantes que sobrevivieron en el espanto de los campos de concentración como una forma decidida de la esperanza. Un símbolo que brota, desde el vientre doloroso de la historia, del valor de los hombres y mujeres que, hasta el último momento, lucharon por el resplandor de su dignidad.

E.I

El fragmento que presentamos aquí pertenece a una obra de futura publicación. Agradecemos por habernos puesto en conocimiento de tan valioso texto a Pablo Hacker para quien, a través de sus palabras:

"A partir del hallazgo de un libro litúrgico judío en el mercado de pulgas de Berlín, el ensayista argentino (Alberto Manguel) remonta el circuito secreto de los libros en los campos de exterminio nazi".

Mágicamente, cada uno de mis libros guarda la historia de su supervivencia. Cada uno de ellos logró escapar del fuego, del agua, del paso del tiempo y de la mano del censor, para contarme su historia.

Hace unos años, en un puesto del mercado de pulgas de Berlín, encontré un delgado libro negro encuadernado con tapas duras de tela, sin ningún tipo de leyenda. La página de portada, en una delicada caligrafía gótica, declaraba que era un Gebet-Ordnung für den Jugendgottesdienst in der jüdisschen Gemeinde zu Berlin (Sabbath-Nachmittag), en castellano, Libro litúrgico del servicio de jóvenes en la comunidad judía de Berlín (Noche de Sabbath). Entre las oraciones se incluye una "para nuestro rey, Guillermo II, Kaiser del Reich Alemán". Se trataba de la octava edición, impresa por Julius Gittenfeld en Berlín en 1908, y había sido comprado en la librería de C. Boas Nachf, en el número 69 de la Neue Friedrichstrasse, "en la esquina de Klosterstrasse", una esquina que ya no existe. En ninguna parte se mencionaba el nombre de su dueño.

Un año antes de que el libro fuera impreso, Alemania había rechazado las limitaciones de armamentos propuestas por la Conferencia de Paz de La Haya; unos meses después, la Ley de Expropiación decretada por el canciller del Reich y Presidente de Prusia Fürst Bernhard von Bülow autorizaba más asentamientos alemanes en Polonia y, a pesar de que prácticamente nunca fue aplicada contra los terratenientes polacos, le otorgaba a Alemania derechos territoriales que permitieron, en junio de 1940, el establecimiento de un campo de concentración en Auschwitz.

El dueño original del libro de oraciones probablemente tuviera trece años cuando compró el volumen o se lo regalaron, la edad a la que le habrían permitido sumarse a las plegarias de la sinagoga. Si sobrevivió a la Primera Guerra Mundial, habría tenido treinta y ocho años cuando nació el Tercer Reich en 1933; si se quedó en Berlín, es probable que haya sido deportado, como muchos otros judíos de Berlín, a Polonia. Tal vez tuvo tiempo de entregarle el libro de oraciones a alguien antes de que se lo llevaran; quizá lo ocultó o lo dejó, junto con los otros libros que seguramente había coleccionado. Habría sido casi inconcebible para un hogar berlinés de los años 30 no hacer alarde de una biblioteca. Qué lecciones se aprendían de esos libros es otra cuestión. Sus bibliotecas no ayudaron a salvar a las víctimas.

"Toda víctima exige lealtad", escribió Graham Greene en El revés de la trama, y las víctimas literarias muchas veces ascienden al rango inesperado de héroes. Tal vez suceda que ninguna narrativa es posible sin una víctima dado que, paradójicamente, un protagonista es, en muchos casos, alguien a quien le suceden cosas. Privada de un papel verdaderamente activo, la víctima de todas maneras adquiere una identidad activa a través del discurso. La víctima se convierte en testigo (o lo invoca); la víctima tiene en mente la acción infame o la imprime en la mente de alguien que luego contará la historia. Porque la voz de la víctima es importantísima; el victimario muchas veces intentará silenciar a las víctimas: cortándoles literalmente la lengua, como en el caso de la violada Filomela en Ovidio, o escondiéndolas, como hace el rey con Segismundo en La vida es sueño, o negando su historia, como en El fin de la historia, de Liliana Heker. En la vida real, las víctimas "desaparecen", se las encierra en un ghetto, se las envía a prisión o a campos de tortura, se les niega credibilidad. Los métodos son los mismos. Sólo cambian las metáforas. Existe cierta justificación para el intento, a través de la creación artística, de recordar a las víctimas, de restablecer su visibilidad, de erigir monumentos conmemorativos literarios que, gracias a un arte inspirado, actúen como pilares de algo que se acerque a la comprensión del sufrimiento de una víctima. Y esto, sin un objetivo visible o explícito: los autores de los libros en mis estantes no pueden haber sabido quién los leería, pero cada una de las historias que relatan anticipa o implica mi existencia, da testimonio de experiencias que todavía no tuvieron lugar.

Cuando los nazis iniciaron su destrucción y saqueo de las bibliotecas judías, el librero a cargo de la Biblioteca Sholem Aleichem en Biala Podlaska decidió salvar los libros transportando, día tras día, tantos como él y un colega pudieran trasladar, aunque creyera que muy pronto "no quedarían más lectores". Después de dos semanas, las posesiones habían sido trasladadas a un ático secreto, donde fueron descubiertas por el historiador Tuvia Borzykowski mucho después de que hubiera terminado la guerra. Al escribir sobre la acción del librero, Borzykowski observó que fue llevada a cabo "sin siquiera considerar si alguien alguna vez necesitaría los libros salvados": fue un acto de rescate de la memoria per se. El universo (según creían los antiguos cabalistas) no depende de lo que leamos, sino de la posibilidad de que lo leamos.

Desde la emblemática quema de libros llevada a cabo en una plaza de Unter en Linden, frente a la Universidad de Berlín, en la noche del 10 de mayo de 1933, los libros se convirtieron en un blanco específico de los nazis. Menos de cinco meses después de que Hitler se convirtiera en canciller, el nuevo ministro de Propaganda del Reich, el doctor Paul Joseph Goebbels, declaró que la quema pública de autores como Heinrich Mann, Stefan Zweig, Freud, Zola, Proust, Gide, Helen Keller, H.G. Wells le permitía "al alma del pueblo alemán volver a expresarse. Esas llamas no sólo iluminan el punto final de una era pasada; también echan luz sobre la nueva".

La nueva era proscribía la venta o circulación de miles de libros, tanto en negocios como en bibliotecas, así como la publicación de otros nuevos. Los libros que comúnmente se conservaban en los estantes de la sala de estar porque eran prestigiosos, informativos o entretenidos, de pronto se volvieron peligrosos. La posesión privada de los libros registrados estaba prohibida; muchos fueron confiscados y destruidos. Cientos de bibliotecas judías en toda Europa fueron quemadas, tanto colecciones personales como tesoros públicos. Un enviado nazi alegremente informó sobre la destrucción de la famosa biblioteca del Lublin Yeshiva en 1939: "Para nosotros fue una cuestión de especial orgullo destruir la Academia Talmúdica, conocida como la más grande de Polonia. Arrojamos la inmensa biblioteca talmúdica fuera del edificio y llevamos los libros al mercado, donde les prendimos fuego. El fuego duró veinte horas. Los judíos de Lublin se reunieron alrededor y lloraban con amargura, casi acallándonos con sus lamentos. Convocamos a la banda militar y, con gritos vivaces, los soldados ahogaron el ruido de los gritos judíos".

Al mismo tiempo, los nazis decidieron salvar algunos libros con fines comerciales y de archivo. En 1938 Alfred Rosenberg, uno de los principales teóricos nazis, propuso que las colecciones judías, inclusive la literatura secular y religiosa, se preservaran en un instituto dedicado al estudio de "la cuestión judía". Dos años más tarde, se inauguró el Institut zur Erforschung der Judenfrage en Francfort del Meno. Para procurar el material necesario, el propio Hitler autorizó a Rosenberg a crear un grupo de trabajo constituido por expertos libreros alemanes para seleccionar los tesoros robados: la notable ERR, "Einsatzstab Reichsleiter Rosenberg". Entre las colecciones confiscadas que se incorporaron al Instituto estaban las bibliotecas de los seminarios rabínicos de Breslau y Viena, los departamentos Hebreo y Judaico de la Biblioteca Municipal de Francfort, la biblioteca del Collegio Rabbinico de Roma, de la Societas Spinoziana de La Haya y la Casa Spinoza de Rijnburg, de las editoriales holandesas Querido, Pegazus y Fischer-Berman, del Instituto Internacional de Historia Social de Amsterdam, la biblioteca de Beth Maidrash Etz Hayim, las bibliotecas del Seminario Israelita de Amsterdam, del Seminario Israelita Portugués y la Rosenthaliana, la biblioteca del rabino Moshe Pessah en Volo, la Biblioteca Strashun en Vilna (el nieto del fundador se suicidó cuando le ordenaron ayudar a catalogar los libros), bibliotecas en Hungría (donde se estableció un instituto paralelo sobre "la cuestión judía" en Budapest), bibliotecas en Dinamarca y Noruega, decenas de bibliotecas en Polonia (especialmente la gran biblioteca de la sinagoga de Varsovia y del Instituto para Estudios Judíos). De este volumen gigantesco, el equipo de Rosenberg seleccionó los libros que serían enviados a su Instituto; todos los demás fueron destruidos. En febrero de 1943, el Instituto emitió las siguientes directivas para la selección del material de biblioteca: "todos los escritos que tengan que ver con la historia, cultura y naturaleza del judaísmo, así como los libros escritos por autores judíos en otros idiomas que no sean el hebreo y el yiddish, deben ser enviados a Francfort". Pero "los libros en hebreo o yiddish de fecha reciente, posteriores al año 1800, deben reducirse a pulpa; esto también se aplica a los libros de oraciones, Memorbücher, y a otros trabajos religiosos en idioma alemán". Con respecto a los muchos rollos de la Tora, se sugirió que "Tal vez se puede usar el cuero para encuadernación". Milagrosamente, mi libro de oraciones logró salvarse.

Siete meses después de que fueran pronunciadas estas directivas, en septiembre de 1943, los nazis establecieron un llamado "campo familiar" como una extensión de Auschwitz, en el bosque de abedules de Birkenau, que incluía un bloque separado, el "número 31", construido especialmente para los niños. El objetivo de este bloque era demostrarle al mundo que los judíos deportados al Este no eran asesinados. En realidad, se les permitía vivir seis meses antes de ser enviados al mismo destino que las otras víctimas deportadas. Finalmente, después de haber cumplido con su propósito propagandístico, el "campo familiar" fue cerrado de manera permanente.

Mientras estuvo abierto, el Bloque 31 albergó a 500 niños que convivían con varios "consejeros" y, a pesar de la estricta vigilancia, poseía, sorprendentemente, una biblioteca infantil clandestina. La biblioteca era minúscula: abarcaba ocho libros que incluían una Breve historia del mundo, de H.G. Wells, un libro de texto escolar ruso y una prueba de geometría analítica. En una o dos ocasiones, un prisionero de otro campo logró ingresar un nuevo libro de contrabando, de modo que la cantidad de unidades aumentó a nueve o diez. Por las noches, se guardaban los libros con otros bienes de valor como medicamentos y raciones de comida, en la pequeña habitación del niño de más edad del bloque. Una de las niñas se encargaba de ocultar los libros en un lugar diferente cada vez. Irónicamente, aquéllos que estaban prohibidos en todo el Reich (los de H.G. Wells, por ejemplo) podían encontrarse en las bibliotecas de los campos de concentración. Ocho o diez libros conformaban la colección física de la Biblioteca Infantil de Birkenau, pero había otros que sólo circulaban de boca en boca. Cuando lograban evitar la vigilancia, los consejeros recitaban a los niños libros que ellos mismos habían aprendido de memoria en otros tiempos, turnándose para que diferentes consejeros "leyeran" a diferentes niños cada vez: esta rotación se conocía como "intercambio de libros en la biblioteca".

Resulta casi imposible imaginar que bajo las condiciones intolerables impuestas por los nazis, la vida intelectual pudiera continuar. Una vez le preguntaron al historiador Yitzhak Schipper, que escribió un libro sobre los jázaros mientras era un prisionero del ghetto de Varsovia, cómo hizo su trabajo sin poder sentarse e investigar en archivos apropiados. "Para escribir historia", respondió, "hace falta una cabeza, no un trasero". Muchos se hicieron eco de su sentimiento, reemplazando "escribir" por "leer". Había incluso una continuación de las rutinas comunes y cotidianas de la lectura. Saber de esta persistencia del espíritu agudiza el asombro y el horror: que en este tipo de condiciones espeluznantes hombres y mujeres aún siguieran leyendo sobre el Jean Valjean de Hugo y la Natasha de Tolstoi, completaran tarjetas de pedido de libros y pagaran multas por devoluciones retrasadas, discutieran los méritos de un autor moderno o siguieran una vez más los versos cadenciados de Heine. La lectura y los rituales de la lectura se convirtieron en actos de resistencia: como observó el psicólogo italiano Andrea Devoto, "todo podía considerarse resistencia porque todo estaba prohibido". En el campo de concentración de Bergen-Belsen circulaba entre los prisioneros una copia de La montaña mágica, de Thomas Mann; un niño recordó los minutos que le asignaban para tener el libro en sus manos como "uno de los mejores momentos del día, cuando alguien me lo pasaba. Iba a un rincón para estar tranquilo y luego tenía una hora para leerlo". Un joven lector polaco, recordando los días de miedo y abatimiento, dijo: "El libro era mi mejor amigo, nunca me traicionaba; me reconfortaba en mi desesperación; me decía que no estaba solo". Es difícil entender cómo los gestos humanos de la vida diaria continuaban aún cuando la vida diaria en sí se había vuelto inhumana; cómo en medio del hambre y la enfermedad, los golpes y la carnicería, hombres y mujeres persisten en rituales civilizados de curiosidad y ternura, inventando estratagemas de supervivencia en pos de un pedacito de algo amado, por un libro rescatado entre miles, un lector entre decenas de miles, por una voz que repetirá hasta el fin de los tiempos las palabras del sirviente de Job. "Y soy el único que escapó sólo para contarles."

A lo largo de la historia, la biblioteca del vencedor se erige como un emblema del poder, depositaria de la versión oficial, pero la versión que nos obsesiona es siempre la otra, la voz de las cenizas. La biblioteca de la víctima es la que constantemente formula las preguntas: ¿Cómo es posible? ¿Y qué puede conseguirse con la lectura mientras los libros se consumen entre las llamas? Mi libro de oraciones pertenece a esa biblioteca cuestionadora.

He aquí una respuesta. Un día de junio de 1944, Jacob Edelstein, ex superior del ghetto de Theresienstadt que había sido trasladado a Birkenau, estaba en sus barracas, envuelto en su manto ritual, diciendo las plegarias matutinas que había aprendido hacía mucho tiempo en un libro sin duda similar al mío. Acababa de comenzar cuando el teniente Franz Hoessler, de las SS, entró a las barracas para llevarse a Edelstein. Otro prisionero, Yossl Rosensaft, recordó la escena un año después: "De repente se abrió la puerta bruscamente y entró Hoessler, con un aire altanero, acompañado por tres hombres de las SS. Gritó el nombre de Jacob. Jacob no se movió. Hoessler vociferó: \’\'Lo estoy esperando, apúrese\’\’. Jacob se dio vuelta muy lentamente, miró de frente a Hoessler y dijo en tono parsimonioso: \’\'En los últimos momentos sobre esta tierra que me conceda el Todopoderoso, yo soy el amo, no usted\’\’. Acto seguido, volvió a darse vuelta para mirar a la pared y terminó sus oraciones. Luego dobló su manto de oración sin apuro, lo entregó a uno de los prisioneros y le dijo a Hoessler: \’\'Ahora estoy listo\’\'". (*)

Fuente: www.temakel.com

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El bibliocausto nazi

Ficha de historia o anecdotario:

Por Fernando Báez, Universidad de Los Andes

 "Cada libro quemado ilumina el mundo"  – R.W. Emerson

I. Todos han oído hablar del Holocausto Judío, nombre dado a la aniquilación sistemática de millones de judíos a manos de los nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Pero es oportuno señalar que este genocidio tuvo su equivalente. También hubo un Bibliocausto, donde millares de libros fueron destruidos por el mismo régimen. Entender cómo se gestó puede permitirnos comprender que Heinrich Heine tenía razón cuando escribió proféticamente: [...]donde los libros son quemados, al final también son quemados los hombres[...]. La destrucción de libros de 1933 fue, a mi juicio, apenas un prólogo a la matanza que vendría después. Las hogueras de libros fueron las que inspiraron los hornos crematorios. Y esto merece una reflexión detenida, porque se trata de un acontecimiento que ha marcado para siempre la vida de millones de hombres y que va seguir siendo uno de los hitos más siniestros de la historia.

El comienzo de esta barbarie tiene fecha: el 30 de enero de 1933, cuando el presidente de la llamada República de Weimar, en Alemania, Paul Ludwig Hans Anton Von Beneckendorff Und Von Hindenburg (1847-1934), designó a Adolfo Hitler como canciller. Trataba de reconocer la inestable mayoría de este iracundo político; viejo y cortés, Hindenburg ignoró lo que sobrevino casi de inmediato: un período político y militar que sería conocido posteriormente como El Tercer Reich (´reich´ es ´imperio´). Hitler, que había sido cabo en el ejército, que había querido ser un pintor de fama mundial y fracasó, que había intentado dar un golpe de Estado en 1923, utilizó una estrategia de intimidación contra los judíos, los sindicatos y el resto de los partidos políticos. No era, como puede pensarse ligeramente, un loco, sino la voz más visible de una idiosincracia germana totalitaria.

El 4 de febrero, la Ley para la Protección del Pueblo Alemán restringió la libertad de prensa y definió los nuevos esquemas de confiscación de cualquier material que fuera considerado peligroso. Al día siguiente, las sedes de los partidos comunistas fueron atacadas salvajemente y sus bibliotecas destruidas. El 27, el Parlamento Alemán, el famoso Reichstag, fue incendiado, junto con todos sus archivos. El 28, la reforma de la Ley para la Protección del Pueblo Alemán y el Estado, legitimó medidas excepcionales en todo el país. La libertad de reunión, la libertad de prensa y la de opinión, quedaron restringidas. En unas elecciones controladas, el Partido de Hitler, conocido como Partido Nazi, obtuvo la mayoría del nuevo Parlamento y se decretó oficialmente el nacimiento del Tercer Reich.

Alemania, obviamente, estaba transformando sus instituciones después de la terrible derrota sufrida durante la I Guerra Mundial. Hitler, que no era alemán, fue considerado como un estadista idóneo para rescatar la autoestima colectiva, y sus purgas contra la oposición lo convirtieron en un líder temido. Su eficacia, no obstante, estaba sustentada en varios hombres. Uno de ellos era Hermann Göring; el otro era Joseph Goebbels. Ambos eran fanáticos, pero el segundo fue quien convenció a Hitler de la necesidad de extremar las medidas que ya venían ejecutando, y logró ser designado al frente de un nuevo órgano del Estado que vendría a ser conocido como Reichsministerium für Volksaufklärung und Propaganda (Ministerio del Reich para la Ilustración de Pueblo y para la Propaganda).

Goebbels sabía lo que hacía, y Hitler le dio carta blanca. Tenía una fe absoluta en su amigo, y tenía muy buenas razones para creer ciegamente en sus aciertos. Goebbels, quien no había ingresado al Ejército por ser patituerto, se había doctorado como Filólogo, en 1922, en la Universidad de Heidelberg, donde fue profesor Friedrich Hegel en el siglo XIX. Era un lector apasionado de los clásicos griegos y, en cuanto a pensamiento político, prefería el estudio de los textos marxistas y de todo lo escrito que existiera contra la burguesía. Admiraba a Friedrich Nietzsche, recitaba poemas de memoria, y, por lo que se sabe, escribía textos dramáticos y ensayos. Cuando se unió a Hitler, reconoció su verdadera vocación, como lo dijo muchas veces, y ya con el cargo de Ministro, en 1933, reunió un equipo de trabajo para redactar la Ley Relativa al Gobierno del Estado, que fue sancionada el 7 de abril de ese año. Indudablemente, ahora tenía un control absoluto sobre la educación y fomentó un cambio total en las escuelas y universidades.

El 8 de abril, fue enviado un memorandun a las Organizaciones Estudiantiles Nazis, donde se proponía la destrucción de todos aquellos libros peligrosos que estuvieran en las bibliotecas de Alemania. De cualquier forma, ya el mes anterior, exactamente el día 26 de marzo, fueron quemados libros en Schillerplatz, en un lugar desconocido y tranquilo llamado Kaiserslautern. El primero de abril, Wuppertal sufrió saqueos y quemas de libros en Brausenwerth y en Rathausvorplatz.

Algo terrible se gestó entonces. Una especie de fervor inusitado que estaba limitado por la presión internacional europea, despertó entre los estudiantes e intelectuales alemanes. Un odio manejado por osadas ráfagas de propaganda se extendió en las aulas, y el resultado no se hizo esperar. El 11 de abril, en Düsseldorf, fueron destruidos libros de contenido comunista y judío. Algunos de los más importantes filósofos alemanes, sin ser obligados a ello, como Martin Heidegger , adhirieron las ideas de Goebbels. En abril, Heidegger fue designado Rector de la Universidad de Friburgo y el 1 de mayo, se hizo miembro del NSDAP .

II. El 2 de mayo, en Leipzig en Gewerkschaftshaus, se destruyeron textos, pero fue realmente el 5 de mayo de 1933 cuando empezó todo. Los estudiantes de la Universidad de Colonia fueron a la biblioteca, y en medio de lágrimas y risas, recogieron todos los libros de autores judíos o de procedencia judía. Horas más tarde, los quemaron. Estaba bastante claro que esa era la vía elegida para mandar un mensaje al mundo entero. Y los actos que siguieron así lo probaron.

Los estudiantes estaban frenéticos. El día 6, del mismo mes, la juventud del Partido Nazi y miembros de otras organizaciones, sacaron media tonelada de libros y folletos del Instituto de Investigación Sexual de Berlín. Goebbels, indetenible, preparaba reuniones todas las noches porque se había decidido iniciar un gran acto de desagravio a la cultura alemana. Como fecha tentativa, se propuso el 10 de mayo. El 8 de mayo hubo algunos desórdenes en Friburgo, y destrucciones de libros.

El 10 de mayo fue un día agitado desde muy temprano. La Asociación de Estudiantes Alemanes se agolpó en la biblioteca de la Universidad Wilhelm Von Humboldt y comenzaron a recoger todos los libros prohibidos por el régimen. Había una euforia inesperada. Finalmente, los libros, junto con los que se habían obtenido en otros centros, como el Instituto de Investigaciones Sexuales o en las bibliotecas de judíos capturados, fueron transportados a Opernplatz. En total, el número de libros sobrepasaba los 25.000. Muy pronto se concentró una multitud alrededor de los estudiantes. Éstos comenzaron a cantar un himno que causó gran impresión entre los espectadores. La primera consigna fue fulminante:

Contra la clase materialista y utilitaria. Por una comunidad de Pueblo y una forma ideal de vida. Marx, Kautsky .

La hoguera ya estaba encendida. Tal vez nadie podía creer lo que pasaba, pero no dejó de sorprender a cualquier observador que una de las capitales más cultas del mundo, donde se encontraban algunas de las más importantes universidades europeas, era el centro de una de las quemas de libros más impresionante de la época. Joseph Goebbels, quien dirigía todas las acciones, levantó la voz y después de saludar a todos con un estruendoso Heil, explicó los motivos de la quema:

"La época extremista del intelectualismo judío ha llegado a su fin y la revolución de Alemania ha abierto las puertas nuevamente para un modo de vida que permita llegar a la verdadera esencia del ser alemán. Esta revolución no comienza desde arriba, sino desde abajo, y va en ascenso. Y es, por esa razón, en el mejor sentido de la palabra, la expresión genuina de la voluntad del Pueblo[...]
"Durante los pasados catorce años Uds., estudiantes, sufrieron en silencio vergonzoso la humillación de la República de Noviembre, y sus bibliotecas fueron inundadas con la basura y la corrupción del asfalto literario de los judíos. Mientras las ciencias de la cultura estaban aisladas de la vida real, la juventud alemana ha reestablecido ahora nuevas condiciones en nuestro sistema legal y ha devuelto la normalidad a nuestra vida[...]
"Las revoluciones que son genuinas no se paran en nada. Ningún área debe permanecer intocable[...]
Por tanto, Uds. están haciendo lo correcto cuando Uds., a esta hora de medianoche, entregan a las llamas el espíritu diabólico del pasado[...]
"El anterior pasado perece en las llamas; los nuevos tiempos renacen de esas llamas que se queman en nuestros corazones[...]"

Los cantos prosiguieron y al final de cada estrofa se arrojaban algunos libros cuyos autores se mencionaban:

Contra la decadencia misma y la decadencia moral. Por la disciplina, por la decencia en la familia y en la propiedad.

Heinrich Mann, Ernst Glaeser, E. Kaestner

Contra el pensamiento sin principios y la política desleal. Por la dedicación al Pueblo y al Estado.

F.W. Foerster.

Contra el desmenuzamiento del alma y el exceso de énfasis en los instintos sexuales. Por la nobleza del alma humana.

Escuela de Freud.

Contra la distorsión de nuestra historia y la disminución de las grandes figuras históricas. Por el respeto a nuestro pasado.

Emil Ludwig, Werner Hegemann.

Contra los periodistas judíos demócratas, enemigos del Pueblo. Por una cooperación responsable para reconstruir la nación.

Theodor Wolff, Georg Bernhard.

Contra la deslealtad literaria perpetrada contra los soldados de la Guerra Mundial. Por la educación de la nación en el espíritu del poder militar.

E.M. Remarque

Contra la arrogancia que arruina el idioma alemán. Por la conservación de la más preciosa pertenencia del Pueblo.

Alfred Kerr

Contra la impudicia y la presunción. Por el respeto y la reverencia debida a la eterna mentalidad alemana.

Tucholsky, Ossietzky

La operación, cuyas características se habían mantenido hasta ese instante en secreto, se reveló pronto en su verdadera dimensión porque el mismo 10 de mayo, hubo una quema de libros en numerosas ciudades alemanas. La lista de quemas incluyó varias ciudades y fue casi simultánea para causar pánico: Bonn, Braunschweig, Bremen, Breslau, Dortmund, Dresden, Frankfurt/Main, Göttingen, Greifswald, Hannover, Hannoversch-Münden, Kiel, Königsberg, Marburg, München, Münster, Nürenberg, Rostock y Worms. Finalmente hay que mencionar Würzburg, en cuya Residenzplatz se incineraron cientos de escritos.

Y, como si se tratara de una avalancha, Goebbels insistió en continuar con estas quemas de libros prohibidos. No hubo un rincón en el que los estudiantes y los miembros de las juventudes hitlerianas no destruyeran obras. El 12 de mayo, fueron eliminados libros en Erlangen Schloßplatz, en la Universitätsplatz de Halle-Wittenberg. Al parecer, el 15 de mayo, algunos miembros apilaron textos en Kaiser-Friedrich-Ufer, en Hamburgo, y a las once de la noche, después de un discurso ante una escasa multitud, los quemaron. La apatía preocupó a los integrantes de los incipientes servicios de inteligencia del partido y se decidió repetir el acto. El 17, la Universitätsplatz, de Heidelberg se conmovió cuando hasta los niños participaron en las quemas de libros. El 17 de junio, la Jubiläumsplatz, en Heidelberg, volvió a ser utilizada para las quemas. Hubo otras destrucciones adicionales el 17 de mayo: en la Universidad de Colonia, en la ciudad de Karlsruhe.

El 19 de mayo, Hitler estaba totalmente emocionado. Y Goebbels, seguro de los efectos de este éxito, pidió a los jóvenes que no se detuvieran. El mismo 19, el horror se mantuvo en el Museo Fridericanum, en Kassel, y en la Meßplatz, de Mannheim. El 21 de junio, tres regiones quemaron libros. Por una parte, estaba Darmstadt, en cuya Mercksplatz se llevaron a cabo los hechos; por otra, estaba Essen y la mítica ciudad de Weimar. Varios años más tarde, específicamente el 30 de abril de 1938, la Residenzplatz, de la famosa Salzburgo, fue utilizada por estudiantes y militares para una destrucción masiva de ejemplares condenados.

El impacto que produjeron las quemas de mayo 1933 fue enorme. Sigmund Freud, cuyos libros fueron seleccionados para ser destruidos, dijo irónicamente a un periodista que, a pesar de lo que pudiera comentarse, semejante hoguera era un avance en la historia humana:

En la Edad Media ellos me habrían quemado. Ahora se contentan con quemar mis libros [...]

Lo que olvidó Freud en su broma es que hubiera sido quemado si hubiera permanecido en Alemania.
Varios grupos intelectuales marcharon en Nueva York contra estas medidas . La revista Newsweek no vaciló en hablar de un "holocausto de libros" y la revista Time utilizó por primera vez el término de "bibliocausto" . Los japoneses, impresionados, condenaron los ataques contra los libros. El repudio, en suma, fue total.

No obstante, según W. Jütte , el rechazo no evitó que los libros de más de 5.500 autores fueran aniquilados. Los principales textos de los más destacados representantes de inicios del siglo XX alemán recibieron vetos continuos y ardieron sin piedad. Entre otros muchos, los autores que fueron censurados, vetados o eliminados, conforman una larga lista que puede muy bien reducirse como sigue. No es completa, pero intenta una aproximación bastante exhaustiva:

Nathan Asch
Schalom Asch (1880 – 1957)
Henri Barbusse (1873 – 1935)
Richard Beer-Hofmann (1866 – 1945)
Georg Bernhard
Günther Birkenfeld
Bertolt Brecht (1898 – 1956)
Hermann Broch (1886-1951)
Max Brod (1884 – 1968)
Martin Buber (1878-1965)
Robert Carr
Hermann Cohen (1842-1918)
Otto Dix (1891-1969)
Alfred Döblin (1878 – 1957)
Kasimir Edschmid (1890 – 1966)
Ilja Ehrenburg (1891 – 1967)
Albert Ehrenstein (1886 – 1950)
Albert Einstein (1879-1955)
Lion Feuchtwanger (1884 – 1958)
Georg Fink
Friedrich W. Foerster (1869-1966)
Bruno Frank (1887-1945)
Sigmund Freud (1856 – 1939)
Rudolf Geist
Fjodor Gladkow
 

Ernst Glaeser (1902 – 1963)
Iwan Goll (1891 – 1950)
Oskar Maria Graf (1894-1967)
George Grosz (1893-1959)
Karl Grünberg
Jaroslav Hasek (1883 – 1923)
Walter Hasenclever (1890 – 1940)
Werner Hegemann
He (1797-1856)
Ernst Hemingway (1899-1961)
Georg Hermann (1871-1943)
Arthur Holitscher (1869 – 1941)
Albert Hotopp Heinrich
Eduard Jacob
Franz Kafka (1883-1924)
Georg Kaiser (1878-1945)
Josef Kallinikow Gina Kaus (1894-?)
Rudolf Kayser (1889-1964)
Alfred Kerr (1867 – 1948)
Egon Erwin Kisch (1885 – 1948)
Kurt Kläber
Alexandra Kollantay
Karl Kraus (1874-1936)
Michael A. Kusmin (1875 – 1936)
Peter Lampel (1894 – 1965)
Else Lasker-Schuler (1869-1945)
Vladimir Ilich Lenin (1870-1924)
Wladimir Lidin
Sinclair Lewis (1885-1951)
Mechtilde Lichnowsky (1879-1958)
Heinz Liepmann
Jack London (1876 – 1916)
Emil Ludwig
Heinrich Mann (1871 – 1950)
Klaus Mann (1906 – 1949)
Thomas Mann (1875-1955)
Karl Marx (1818 – 1883)
Erich Mendelsohn (1887-1953)
Robert Musil (1880-1942)
Robert Neumann (1897 – 1975)
Alfred Neumann (1895-1952)
Iwan Olbracht (1882 – 1952)
Carl von Ossietzky (1889 – 1938)
Ernst Ottwald
Leo Perutz (1882-1957)
Kurt Pinthus (1886 – 1975)
Alfred Polgar (1873-1955)
Plivier (1892 – 1955)
Marcel Proust (1871-1922)
Hans Reimann (1889-1969)
Erich Maria Remarque (1898 – 1970)
Ludwig Renn (1889 – 1979)
Joachim Ringelnatz (1883-1934)
Iwan A. Rodionow
Joseph Roth (1894-1939)
Ludwig Rubiner (1881 – 1920)
Rahel Sanzara
Alfred Schirokauer Schlump
Arthur Schnitzler (1862 – 1931)
Karl Schroeder
Anna Seghers (1900 – 1983)
Upton Sinclair (1878 – 1968)
Hans Sochaczewer
Michael Sostschenko
Fjodor Ssologub
Adrienne Thomas
Ernst Toller (1893 – 1939)
Bernard Traven (1890-?)
Kurt Tucholsky (1890 – 1935)
Werner Türk
Fritz von Unruh (1885-1970)
Karel Vanek
Jakob Wassermann (1873 – 1934)
Arnim T. Wegner (1886 – 1978)
H. G. Wells (1866-1946)
Franz Werfel (1890 – 1945)
Ernst Emil Wiechert (1887-1950)
Theodor Wolff (1868 – 1943)
Karl Wolfskehl (1869-1948)
Émile Zola (1840-1902)
Stefan Zweig (1881 – 1942)
Arnold Zweig (1887 – 1968)

[Fuentes: Encyclopaedia Britannica; Enciclopedia Espasa-Calpe; Dr. Birgitt Ebbert]

Hitler no olvidó nunca a Goebbels y le perdonó todo, hasta sus reiterados deslices con prostitutas. El día de su suicidio, en 1945, lo nombró Canciller del Reich. Y Goebbels, aceptó este honor, pero por unas horas. Casi como si se tratara de una simetría perversa, el 1 de mayo, el mes de la gran quema de libros, acabó con todos sus hijos, mató a su esposa, y luego, no sin esbozar una sonrisa de triunfo y alzar la mano celebrando al Führer, se dio muerte.

Literatura erótica. Y a veces un poco más que eso.