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Archive for abril, 2008

en torno a la metáfora

Ficha sobre recursos técnicos:

Y… ¿qué es una metáfora?, ¿para qué sirve una metáfora?, ¿cómo puedo reconocer una metáfora?, ¿también yo digo metáforas? Son preguntas que todos los apasionados de la literatura (por activa y por pasiva) nos hemos hecho alguna vez. Generalmente, son preguntas cuyas repuestas aclaran poco y resultan pobres.

Dice, por ejemplo, el Diccionario de la RAE:

metáfora. (Del lat. metaphŏra, y este del gr. μεταφορά, traslación). f. Ret. Tropo que consiste en trasladar el sentido recto de las voces a otro figurado, en virtud de una comparación tácita; p. ej., Las perlas del rocío. La primavera de la vida. Refrenar las pasiones. || 2. Aplicación de una palabra o de una expresión a un objeto o a un concepto, al cual no denota literalmente, con el fin de sugerir una comparación (con otro objeto o concepto) y facilitar su comprensión; p. ej., el átomo es un sistema solar en miniatura.

Parece una definición satisfactoria en cuanto al qué es una metáfora para el ámbito literario; pero deja el resto de preguntas sin contestación. Realmente, nos interesa saber por qué las metáforas “funcionan”, por qué son capaces de significar lo que pretendemos que signifiquen (y también, por supuesto, por qué no funcionan y hay tanto poeta fracasado por ahí suelto). ¿Realmente se parecen tanto todas las cosas en el mundo como para que hacer metáforas sea simplemente hacer visible uno de los múltiples hilos invisibles que las unen como si el mundo fuese una tela de araña?

Normalmente se asocia la palabra "metáfora" con la literatura y con los consabidos ejemplos de los "dientes que son perlas". En realidad, estamos rodeados de metáforas. Encendemos el ordenador y éste nos escupe la primera metáfora a la cara invitándonos a manipular en el "escritorio". A veces, nos metemos constantemente en la boca del lobo, nos comemos la olla, le damos vueltas a un problema, lloramos a mares porque no encontramos la solución y siempre sabemos que los demás van a entender lo que queremos decir.

Ahora imagínate que vas caminando por Roma (o por un espacio con cipreses) y le dices a tu compañero: mira qué hermoso surtidor de sombra. ¿Cómo puedes estar seguro de que te va a entender? Al hablar, muchas veces, nos arriesgamos y decimos que un ciprés es un surtidor de sombra; o que unos pechos son yunques ahumados; o llamamos, incluso, enemiga de la nieve a una cintura. Pero no tenemos la certeza de que vayamos a ser entendidos. ¿Por qué actuamos así, entonces?

En el primer caso parece bastante claro que estamos seguros de la comprensión con éxito de nuestro mensaje por parte de nuestros oyentes. Son metáforas que ya están fijadas en nuestra tradición, "lexicalizadas", si se quiere. Se trata casi ya de una convención.

En cambio, en el segundo caso, no podemos estar seguros de que nuestros interlocutores comprendan exactamente lo que queremos decir. Así, hablar metafóricamente es una apuesta: una apuesta por la comprensión del otro. Y por tanto, entraña un riesgo. Vamos, que hacer metáforas es como hacer puenting.

Pero seguimos sin saber cómo funcionan las metáforas, por qué llaman tanto la atención, por qué pueden convertir un conjunto de versos en un POEMA, cómo hacemos una metáfora, cómo la identificamos, si efectivamente se trata de un proceso extraordinario…

La metáfora ha sido, la pobre, maltratada a lo largo del tiempo: estirada para cubrir definiciones-corsé; reducida a la consideración de mero ornato conceptista; dejada por imposible; sobreutilizada para todo aquello que aún no tenía definición-corsé, y vuelta a empezar la danza…

Los profesores Rafael Núñez y Guillermo Lorenzo de la Universidad de Oviedo han tenido a bien escribir un librito en el que aportan sus originalísimas respuestas a todo este caos mental del literato incipiente. No se trata de un libro para amantes de la Verdad Mayúscula, sino para los amantes del aprendizaje y la revelación. Ante la metáfora no caben experimentos de laboratorio y probetas llenas de palabras que reaccionen metafóricamente en alambiques llenos de palabras y que arrojen resultados estadísticos sobre la posibilidad combinatoria de verbos, adjetivos y preposiciones. Claro que no. Pero la verdad (o mejor dicho, las verdades) con minúsculas que nos ofrecen estos dos autores tras haber flexionado, reflexionado y genuflexionado en torno a la metáfora durante mucho tiempo, cobra la forma de una teoría sólida, con columnas tan lujosas como Wittgenstein o Hilary Putnam sosteniendo este conjunto de respuestas.

Este libro supone una exquisitez para los interesados puesto que consigue dar respuesta de forma totalmente innovadora pero no carente de justificación, a todas estas cuestiones ya cansinas sobre la metáfora, y porque se plantea interrogantes nuevos, que se revelan mucho más útiles para comprender este empalabrado camino de las metáforas que los totalizadores ¿qué es? y ¿cuándo he de usarla?

Se trata de un punto de vista desmitificador (que no simplificador) que permite acercarse a las metáforas sin miedo a que se nos vuelvan en nuestra contra, sin miedo a que nos den la espalda puerco-espina y provoquen en nosotros una incomprensión literaria total y definitiva. El punto de partida de los autores es el siguiente:

”La esencia y razón de ser de las metáforas [...] no es otra que la esencia y razón de ser de las palabras mismas.”

Así pues, los autores tratan de explicar por qué consideran ellos que las metáforas funcionan como funcionan todas las palabras y cómo han llegado a la conclusión de que no son mecanismos esencialmente diferentes al decir “quiero pan” a la hora de comer.

Para conseguir desembocar en este planteamiento, el torrente de reflexión a dos cabezas (ayudadas eso sí por una galería simpatiquísima, particularísima y muy necesaria de autores como los ya mencionados Ludwig Wittgenstein, Hilary Putnam; Gottlob Frege, Noam Chomsky, W. Ong, Hannah Arendt, Miguel Pardeza, Gregory Bateson, Camarón de la Isla o Umberto Eco entre otros) sigue tres etapas:

La primera parte del libro se dedica a desentrañar qué son los significados de las palabras, cómo funcionan las palabras, por qué nos entendemos cuándo nos entendemos, qué tienen en común un chihuahua y un gran danés, qué es Londres y por qué Wittgenstein no se parecía a su prima Margaret Wittgenstein y a pesar de ello sigue siendo su primo. En definitiva, los autores van explorando, linterna wittgensteniana en mano, el funcionamiento de las palabras, partiendo del mismo punto que Wittgenstein: “el significado es el uso que hacemos de las palabras”.

En esta primera parte del libro, Lorenzo y Núñez se dedican a explicar por qué Wittgenstein se atreve a llegar a esa conclusión y por qué ellos se atreven a corroborarla: cómo nos hace funcionar el lenguaje, a qué aludimos cuando aludimos a algo… aquí se defiende una “teoría pragmática del significado”, lo que en palabras de andar por el blog viene a ser defender la idea de que las palabras no están unidas irrevocablemente al objeto que designan. De hecho, aquí se va más allá y se pretende esclarecer cómo todos los significados son, en realidad, difusos, y cómo esta difuminación de los significados es la vía para conseguir exprimir al lenguaje una gran capacidad de comunicación.

”Recuérdese que, en general, nosotros no usamos el lenguaje conforme a reglas estrictas, ni tampoco se nos ha enseñado por medio de reglas estrictas. [...] Somos incapaces de delimitar claramente los conceptos que utilizamos; y no porque no conozcamos su verdadera definición, sino porque no hay “definición” verdadera de ellos.”

Dicen los autores que dice Wittgenstein. Gracias a este primer capítulo podemos ver cómo esto es una realidad que experimentamos todos los hablantes pero de la que no somos plenamente conscientes hasta que Núñez, Lorenzo y Wittgenstein nos cogen de la mano. Se llama este capítulo: “Signos sin sentido”.

En el siguiente, “Sentidos sin signos”, nos sumergimos en la metáfora y su funcionamiento. Esta concepción innovadora de la metáfora permite explicar su esencia, su funcionamiento, su utilidad en el ámbito literario… Los lectores, una vez que hemos aceptado las premisas del capítulo anterior, vamos a aprender aquí que:

”[...] los procesos que se desarrollan en la comprensión y el sentido de las metáforas no difiere en lo esencial de los procesos de comprensión y producción de sentido en las demás expresiones lingüísticas [...]”

Lo que convierte a la metáfora en algo diferente, pues, no es el proceso por el que la “descodificamos”, sino la novedad absoluta en el uso de una palabra. Esta es la esencia de la metáfora: hacer un uso sin precedentes de una palabra que habitualmente se usaba para otra cosa. Aquí es donde entra la metáfora como apuesta, y por tanto, como juego. La comprensión de una metáfora es además reveladora porque pone de manifiesto el conjunto de cosas, experiencias, sentimientos y mundos que el que la profiere y el que la recibe comparten. Una metáfora es un lazo.

Por otra parte, en este capítulo, los autores tratan de huir de una concepción “ornamental” de la metáfora. (La metáfora no es un lazo). No sólo tratan de escapar, sino que explican por qué. Para ellos, la metáfora, la verdadera metáfora es la que

“nace para nombrar lo que todavía no tiene nombre.”

Así, un sentimiento especialísimo de un poeta encuentra su justo modo de expresión en la metáfora: así, el poeta sabe que eso será recibido como algo único: él mismo lo ha creado. La metáfora supone crear lenguaje: hacer nuevos usos de palabras viejas.

Este capítulo también se adentra en los procesos por los que la metáfora es recogida, captada y comprendida por los individuos y por las comunidades.

Los dos últimos capítulos son más breves y suponen una profundización en el contenido de la metáfora y en nuestra capacidad para asignar significados. En ellos, a través de ejemplos, se repite la idea básica del libro sobre el significado de las palabras:

”el significado de una palabra [...] consiste en toda la capacidad potencial de aplicaciones que reconocemos en ella”.

Estamos ante un libro densísimo, ante una mesa de disección de la metáfora en la que, honrando a su objeto de estudio, ni una sola palabra está de más, ninguna es un mero ornato inservible. La galería de personajes del mundo de la filosofía, la semiótica, el fútbol, la teoría de la comunicación, la psicología, el flamenco y la antropología que pueblan estas páginas son el conjunto de semáforos, señales y guardias de tráfico que velan porque nuestro recorrido a lo largo de las ideas de estos dos señores no se confunda, no se extravíe y no se accidente.

El libro puede parecer muy técnico, en algunos casos, quizás incluso resulte incomprensible para “el hombre de la calle” dubuffetiano. En cualquier caso, tampoco se puede decir que el libro sea muy complejo: la forma sencilla de expresar y de exponer las ideas (sin escatimar argumentos, explicaciones o ejemplos) lleva a pensar que no pueden haber sido expresadas de otro modo ni comprendidas de otra manera. En este libro hay chispazo, hay cortocircuito, hay luz donde antes no la había (o no sabíamos que la había).

Abren y cierran el libro dos “Metálogos” (o metadiálogos): se trata de conversaciones entre padre e hija destinadas a aclarar un “asunto problemático”. Esta forma de conversar fue creada por el antropólogo Gregory Bateson. Lo que se pretende con estas conversaciones no es únicamente discutir el famoso “asunto problemático”, sino también conseguir que la forma de discutir dicho “asunto” sea relevante para el propio esclarecimiento de la cuestión.

Podéis leer aquí el metalógo que introduce el libro: "¿Para qué sirve una metáfora?"El libro se cierra con otro que sirve para explicar el título del libro. Pero ese hay que leerlo ya siendo un poco más sabio, es decir, habiendo leído este libro.

Rafael Núñez Ramos (Vigo, 1951) es profesor de Teoría Literaria en la Universidad de Oviedo. Se doctoró por la misma universidad con el trabajo Poética semiológica. El Polifemo de Góngora. Ha escrito el libro La Poesía y ha colaborado en muchos otros. Es autor, asimismo de artículos sobre literatura y comunicación (humor, juego, deporte, teatro y cine).

Guillermo Lorenzo González (Oviedo 1966) es profesor de Lingüística General en la misma universidad. Se doctoró en Oviedo con Geometría de las estructuras nominales. Ha escrito, entre otros, el libro Comprender a Chomsky y ha colaborado en otros. Es autor, asimismo, de artículos sobre lenguaje y comunicación.

En colaboración han escrito los artículos: “Quién difama cuando yo difamo”, “El delito de difamación en el Anteproyecto de Nuevo Código Penal” y “On the Aesthetic Dimension of Humor”.

Que cómo se llama el libro, me dice el clip…
Título: Tres Cerditos. Uso, significado y metáforas.
Autores: Rafael Núñez Ramos y Guillermo Lorenzo González
La pega que tiene es que sólo se puede adquirir en el Servicio de Publicaciones de la Universidad de Oviedo, que se ha encargado de la edición, y en la Librería Ojanguren.

http://blogs.ya.com/lomejordeloslibros/200501.htm

Literatura en torno a Berlín

Ficha de historia o anecdotario:

“Desde el punto de vista de la cantidad, las ciudades son las obras de arte supremas. Son las más grandes en tamaño e incluyen en su interior muchas otras obras de arte que deben ser enjuiciadas.”

Así comienza la entrada de “Ciudad” en el Diccionario de las Artes de Félix de Azúa. Parece bastante razonable y, si nos detenemos a pensar un poco, enseguida nos vendrán a la mente múltiples ejemplos de las ciudades en tanto que obras de arte supremas (Venecia o Praga) y en tanto que albergues de múltiples obras de arte (Roma, París o el museístico caso de Nueva York).

En otros artículos, este mismo autor se ha preocupado de hablar de la ciudad como objeto literario. No se nos escapa que la ciudad dormilona que pinta Leopoldo Alas en La Regenta y que se llama “Vetusta” no es más que un trasunto de la ciudad de Oviedo y que es la verdadera protagonista de la obra. Parece incluso que toda esa galería de caricaturas que se desenvuelven en la ciudad sirvan simplemente para poner aún más de manifiesto la decadencia de la ciudad heroica.

Roma, peligro para caminantes es todo un libro de poemas que Alberti dedicó a la ciudad que tantos años le albergó durante su exilio. Roma es, en este caso, la musa del poeta.

En ciertas ocasiones, la ciudad aparece incluso tan sumida en el propio poeta que se convierte en un modo de ser del poeta. Así, hablando del heterónimo de Fernando Pessoa, Álvaro de Campos, podemos decir de él que es apasionado, lúcido, pesimista… y lisboeta.

Así pues, parece que hay muchos modos de incorporar la ciudad a la obra de arte. No hay tantos ejemplos como ciudades porque muchas –por desgracia o por fortuna- aún no han topado con un apasionado ciudadano literato dispuestas a “ascenderlas literariamente” a este nuevo Parnaso Urbano.

A cualquier lector, sea de Torrelodones, de Carmona o de Luanco, probablemente le apetecería ir a dar un paseo al París de La Maga o al de Martín Romaña o al Moscú de Anna Karenina. A muchos les entristecería adentrarse en la Barcelona de Carmen Laforet y en cambio, les encantaría encontrarse a Gurb metido en una zanja de la Hidroeléctrica Catalana (si es que tal cosa existe) en la misma ciudad.

Eso sí, esto no nos tiene que llevar a pensar que toda obra que tenga por marco una ciudad con referencia en los mapamundis convierte a dicha ciudad en objeto literario. No, para que la ciudad se convierta en protagonista, en parte del ser de la obra de arte, requiere un tratamiento especial por parte del autor: la ciudad, en estos casos, se convierte en una diosa de la fecundidad (o de la abulia, según los casos) y además de ser el escenario en que se mueven unos personajes, se convierte en el director de escena, en el apuntador y al fin y al cabo, en un nuevo determinante, en una nueva característica de dichos personajes. No hay que confundir la concepción de la ciudad como “un lugar donde ocurren cosas”, como es el Londres de Bridget Jones, con la concepción de la ciudad como “una cosa que ocurre”, como es el Londres de Dickens.

Por otra parte, a ningún lector habitual de novelas se le escapará que las capitales y ciertas ciudades emblemáticas tienen muchísimas papeletas para estar en el bombo de las elegidas. París, Lisboa, Londres, Madrid o Nueva York suelen servir de inspiración, marco y personaje a multitud de obras. Pensemos en títulos como Ventanas de Nueva York o Un invierno en Lisboa, por citar algunas que ventilan su intención desde el propio título.

Berlín con, entre, por, para, según, tras la literatura
Una de estas ciudades es Berlín. Berlín ha sido inspiradora de múltiples novelas como por ejemplo Berlin Alexanderplatz de Alfred Döblin. Pero también ha sido el lugar en que muchos escritores y artistas se desarrollaron como tales aunque su obra no haya tomado como objeto artístico a la ciudad. Pensemos en Else Lasker-Schüler y en su amadísimo y amantísimo Gottfried Benn.

Berlín ha originado distintos tipos de literatura a uno y otro lado del nazismo y a uno y otro lado del muro. Y además, ha sido el objeto a través del cual diferentes artistas han encontrado su modo de expresión. Así, convierten a Berlín en musa, en protagonista y en trasunto de sí mismos autores como Jacob von Hoddis, Erich Kästner, Georg Heym o Günter Grass. Sitios como Potsdamer Platz, el Berlín de los cafés, el barrio judío o el muro de Berlín han sido protagonistas e inspiradoras de muchas obras de arte así como lugares de gestación o reunión de artistas.

Me propongo hacer un recorrido por el Berlín del siglo XX y por algunos de sus barrios más conocidos o más ricos desde el punto de vista artístico, siempre con la linterna de la literatura en la mano. No pretendo ser muy rigurosa, sino más bien dar unas pinceladas sobre las distintas épocas y lugares que han convertido a Berlín en un objeto artístico y literario tan importante como Roma o Nueva York. Quizás, después, me atreva con otras ciudades. De momento, dejo aquí la introducción al tema y la invitación a todos a que os pidáis una plaza en este viaje turístico-espacio-literario-temporal que ya ha empezado. ¿Venís conmigo?

La ciudad de Berlín comienza a convertirse en una gran metrópolis moderna a partir del último cuarto del siglo XIX, la primera línea de tranvía fue construida en 1882 y la primera línea de metro en 1891, a partir de entonces, Berlín no hizo más que crecer. A principios del siglo XX, Berlín tenía en torno a 2 millones y medio de habitantes. Además, era una ciudad cosmopolita. En torno a un millón de estos habitantes eran extranjeros.

SIn embargo, la idea que nos dan estos medios de transporte y otras construcciones como el edificio funcional del ayuntamiento que vemos en la foto, así como su carácter cosmopolita no concuerda para nada con la gestión política. Berlín era la capital del reino de Prusia. En 1888 subió al trono el káiser Wilhelm II, que abdicaría en 1918, y cuyo reinado se enmarca en la tradición más tradicional.

Resulta interesante la figura de este Káiser por dos razones: por un lado, por el empeño que puso en llevar a cabo una reconstrucción de Berlín. Por otro, porque el clima cultural de su época es el que marca el inicio de la modernidad artística en la capital alemana.

De aquellos polvos…
Wilhelm II fue el primero que se dio cuenta de que la capital de su Imperio tenía que ser un escenario que representase su poderío y que por ello, también lo hiciese emanar. (El poder llama al poder, que dicen los sabios de las aldeas). Así pues, el primer gran desarrollo artístico de Berlín se produce de la mano de Wilhelm II, que quería construir un verdadero imperio y convertir Berlín en una nueva Florencia.

El propio Wilhelm II (en la foto)en un discurso establece lo que es “Die wahre Kunst”, “el arte verdadero”. Es el káiser quien avala lo que es arte y lo que no:

“Eine Kunst, die sich über die von Mir bezeichneten Gesetze und Schranken hinwegsetzt, ist keine Kunst mehr”

”Un arte que se establezca por encima de las leyes y los límites por mí diseñados, ya no es arte”

La gran obra que se acometió bajo la supervisión de Wilhelm II fue la construcción de la llamada “Siegesalle” (avenida de la victoria). Festoneándola, se erigieron 32 grupos escultóricos en mármol, con todos los emperadores de Brandenburgo y Prusia… esta avenida interminable fue motivo de burla por parte de todos los berlineses, que la denominaban “Puppenallee” (esto es, avenida de las muñecas). El arte de esta época es naturalista, busca la armonía en la representación y está referido a la naturaleza en sus motivos y en sus formas.

…estos lodos.
Teniendo en cuenta que el criterio artístico final era la voluntad del emperador pero que el arte, esencialmente, mana de la libertad del creador, podemos sospechar que esta situación no duró mucho tiempo. En efecto, porque en torno a 1910 surge el "Expresionismo". Así, diversos artistas que formaban parte de la Akademie für die bildene Kunst (Academia de Bellas Artes) se separan y deciden formar una nueva agrupación en la que poder desarrollar su propia concepción del arte. Es un movimiento que se llamó “Arte de la Secesión”. Esta nueva academia tuvo muchísimo éxito.

Sobre cómo surgió el nombre de “Expressionismus” (expresionismo) hay muchísimas disputas. Hay quien sostiene que es el nombre que se le dio a ciertos pintores (Picasso, Marquet, Puy) en la vigésimo segunda exposición de la Secesión berlinesa, de 1911. Otros consideran que el primero en utilizar el nombre fue un pintor francés, Julien-Auguste Hervé, para designar a un ciclo de pinturas suyas en 1901. En cualquier caso, la mayoría de los historiadores de arte consideran que el nombre se utilizaba ya en Francia cuando pasó a Alemania.

El expresionismo alemán se desarrolla entre 1910 y 1923, aproximadamente. Entre las motivaciones para su surgimiento cabe citar: el desmoronamiento de la concepción artística de la época del Káiser; y la progresiva industrialización y crecimiento de las ciudades, que hace percibir el mundo como un desorden continuo, un caos.

Los movimientos pictóricos de “Der blaue Reiter” (El jinete azul) y “Die Brücke” (El puente, 1905), son las manifestaciones artísticas más conocidas del expresionismo alemán. Sin embargo, el expresionismo literario es importantísimo y fue muy fecundo. En muchos casos, existen interrelaciones interesantísimas. La revista "Der Sturm" (en la foto) de Herwarth Walden, fundada en 1903, fue el soporte difusor del expresionismo por antonomasia. Los cafés “Romanisches Café”, “Neopathetische Cabaret” y “Café des Westens” fueron los lugares en que los artistas secesionistas se reunían, discutían y presentaban sus obras.

Si queremos hablar del expresionismo pictórico típicamente berlinés, tenemos que mencionar a Ludwig Meidner, que utiliza siempre personajes y escenarios de Berlín y de los alrededores. Sus cuadros son caóticos, irreales y oscuros. Las perspectivas se rompen, se retuercen, las proporciones ya no responden a un criterio clásico basado en la armonía de las partes, sino que se fundan en la forma de mirar del artista. Otro pintor típicamente berlinés es Ernst Ludwig Kirchner, que pintó motivos de Berlín: la Potsdamer Platz, la puerta de Brandenburgo… Personajes de la noche, como protagonistas y hombres un poco sospechosos son los protagonistas de sus cuadros. Ambos utilizan múltiples contrastes de color.

PS: Aún no hemos practicamente empezado a hablar del Berlín literario. Pero he pensado que puede ser más divertido así. Os he dejado unas cuantas pistas a lo largo de este texto y con estas dos fotos, para que vosotros vayáis imaginando cómo es la literatura expresionista típicamente berlinesa de esta época… Se admiten elucubraciones y sugerencias. En la próxima estación, nos dedicaremos únicamente a la poesía expresionista, ¿okis?

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He obtenido más de lo que soñé

Ficha entorno al factor humano en la literatura:

LA RAZÓN, 30 de marzo de 2006

Gustavo Martín Garzo

«He obtenido más de lo que soñé»

Juan Carlos Rodríguez – Madrid.-

Es una «rara avis», uno de esos escritores con los que es posible bucear los oceanos de la gran literatura. Lector a tiempo completo, escribe como una pulsión necesaria para sobrevivir. Plaza & Janés inaugura la Biblioteca Gustavo Martín Garzo con «Mi querida Eva» y «La princesa Manca».

   –¿Es usted ya un clásico?

   –No, no. Soy un lector que escribe lo mejor que sabe. Y que ha obtenido mucho más de lo que había soñado. Uno siente algo así como que esta colección hace justicia a los libros, porque son muy laborioso de escribir. Y, por estas leyes de la actualidad, a los tres meses ya no están en las librerías.

   –¿Y le ayuda también a poner en perspectiva sus obras?

   –No. Eso se lo dejo al lector. Una vez editado, nunca releo mis libros. Ni hago cambios, porque supone enfrentarse a sus defectos. Siempre veo diferencias entre el libro que me hubiera gustado escribir y el que realmente he escrito. Cada libro lo siento como un fracaso. Pero sin duda es lo mejor que he podido hacer.

   –Hay dos narrativas en su trayectoria literaria: la fantástica y la realista… ¿en cúal es más usted?

   –Es verdad que hay dos corrientes, pero esto es aparente, porque en el fondo mis obras más realistas no se pueden entender sin la dimensión fantástica. Yo creo que sólo soy un escritor de cuentos fantásticos, que es el mundo que mejor me permite investigar lo real, nuestros sueños, nuestros anhelos.

   –En «Mi querida Eva», por ejemplo, sucede eso…

   –Por ejemplo. Es un viaje a los territorios mal definidos del pasado. Pero como ocurre con otras novelas, no es una obra nostágica, porque no hay anhelo por algo que se perdió. El pasado me interesa porque guarda una zona oscura, unos secretos de los que uno nunca acaba de apropiarse. Y eso ocurre con esta novela. Tiene que ver con la sensación de que todos nosotros hemos tenido vidas equivocadas, incluso los que son felices.

   –Es también una novela de amor…

   –Es una defensa a ultranza del amor romantico, que es triste porque la vida es triste, pero que tiene que ver con la esperanza. Intento mostrar que el amor es un hechizo… y que cuando estamos enamorados hablamos incluso una lengua diferente, la lengua de la creación.

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Nunca me he tomado en serio esa broma de la literatura eterna

Ficha entorno al factor humano en la literatura:

GRANADA HOY, 30 de marzo de 2006

"Nunca me he tomado en serio esa broma de la literatura eterna"

Sus versos hablan entre sí. Se comunican a través de sus libros. Se escapan de las páginas para atrapar al lector en un universo de miedos y huidas, en los vacíos del desierto y la arena. José Carlos Rosales se sitúa entre la emoción de una imagen perfecta y el desasosiego de un pensamiento sincero, trágico. La Fundación Lara acaba de publicar su último poemario, una crónica de verdades irrenunciables.

–Hace tres años apareció \’El horizonte\’, su anterior poemario. ¿Qué se esconde en el \’El desierto, la arena\’?

–Me gusta que cada uno de mis libros sea una continuación del anterior. Al final de El horizonte ya aparecía la figura del desierto, y ahora, en El desierto, la arena, este espacio vacío se ha convertido en uno de los ejes del libro. También hay otros ejes, como el miedo o la huida, pero aparecen relacionados con la idea del desierto. Y en medio, inundándolo todo, está la arena como símbolo de lo olvidado, de lo destruido, de la historia o del tiempo.

–El miedo, la huida, el olvido, el vacío… Se advierte en sus versos un sentido trágico de la vida que en algunos momentos puede generar cierto desasosiego…

–Siempre ha habido motivos para el desasosiego, sea público o privado, y no sólo en esta época. La novedad más preocupante ahora, en medio de toda esta avalancha interminable de información y de datos, tal vez sea la dificultad para distinguir las verdades de las mentiras, las verdades irrenunciables o escondidas de las medias verdades, de las verdades precocinadas.

–¿Es un intento, tal vez, por emocionar, por no dejar impasible al lector?

–En parte sí. Al fin y al cabo un poema ha de plantearse siempre, entre otras cosas, emocionar a los lectores. Sin olvidar, claro está, que un poema no sólo tiene que emocionar, también debe hacernos pensar, o mirar aquellas cosas en las que antes quizás no habíamos reparado. El miedo y el olvido están ahí, en la calle y en los noticieros, y muchas veces vivimos como si todo eso no existiera. Así que, desde ese punto de vista, me gustaría que mis lectores no se quedaran impasibles, me gustaría que se emocionaran y que después alzaran los ojos del libro.

–Su actitud como escritor y poeta siempre ha sido muy crítica. ¿Es irrenunciable trasladar a la poesía los sentimientos de estos convulsos años?

–Un poema nunca es una crónica, pero tampoco puede ser una divagación atemporal. Por eso procuro estar atento a lo que hay a nuestro alrededor, mirar en todas direcciones, y no sólo en las que nos señalan los distintos pensamientos únicos que tratan de silenciarlo todo. A algunos de esos sentimientos arrinconados yo procuro darles un sitio en mis poemas, intento que respiren allí, que encuentren un hueco.

–¿Cree que ha cambiado la voz de aquel joven poeta que comenzó su camino con \’El buzo incorregible\’?

–Me gustaría pensar que mi voz no ha cambiado, sigo fijándome en las mismas cosas, siguen emocionándome los mismos lugares, me siguen atrayendo las mismas palabras. Sólo que ahora trato de ser más cauto, pero también más preciso o más claro.

–El poeta siempre ha querido ser inmortal, que sus palabras no quedaran en el olvido… Para usted, ¿dónde se encuentra el límite entre lo perdurable y lo eterno?

–Un poeta, como todo escritor, tiene que procurar que sus textos perduren. Forma parte del oficio. Es una de las cualidades de la expresión escrita que, por otra parte, no puede ni debe eludirse. Pero de ahí a creerse lo de la eternidad hay un largo trecho. Además, lo que llamamos eternidad artística no debe ser muy eterno porque cambia constantemente, así que nunca me he tomado muy en serio toda esa broma de la literatura eterna.

–Pese a que es un intento de todos los poetas construir un camino personal, tener una voz propia y diferenciada, es inevitable hablar de grupos, de generaciones, de escuelas… ¿dónde se enmarca José Carlos Rosales?, ¿dónde querría situar su obra?

–Pues, la verdad, no lo sé. Desde un punto de vista estético habría que preguntárselo a los críticos, que para eso están; desde un punto de vista personal me siento amistosamente próximo a muchos poetas vivos como Francisco Brines, Caballero Bonald, Tomás Segovia o José Emilio Pacheco, sin olvidarme, claro está, de José Hierro que, aunque parezca lo contrario, sigue más vivo que nunca.

–Desde un punto de vista estilístico, sus versos son cada vez más sencillos y depurados. Su lenguaje claro, directo y cercano. ¿Es la marca del poeta del siglo XXI?

–Nunca me gustó la verborrea, ni en el campo de la literatura, ni en el campo de la política. Creo que siempre han sido perjudiciales, y hoy más que nunca. Por eso me dejo guiar con frecuencia por las recomendaciones de Italo Calvino en sus Seis propuestas para el próximo milenio; entre aquellas propuestas hay dos imprescindibles, la levedad y la exactitud, que, por otra parte, remiten a esa máxima tan estupenda de Mies van der Rohe, "menos es más". Una idea que reaparece en este libro en una cita de Elias Canetti: "He visto poco, pero ha sido verdaderamente demasiado. Más hubiera sido aún menos".

–El título \’El desierto, la arena\’, ¿es un guiño al mundo cernudiano?

–Luis Cernuda siempre está cerca, al menos para mí. Uno de sus mejores libros se titula Un río, un amor, y algo de esa dualidad yuxtapuesta hay, desde su mismo título, en el El desierto, la arena. Pero el guiño, o el homenaje, a la obra de Cernuda, van bastante más lejos del uso de una coma en el título.

–¿Cómo ha influido en esta publicación su admiración hacia Neruda, Juan Ramón o Miguel Hernández?

–La capacidad de nombrar las cosas sencillas es lo que más me atrae de Neruda. De Juan Ramón me interesa su propósito de eliminar todo lo accesorio, todo lo anecdótico. Y de Miguel Hernández me gusta mucho toda su poesía última, la que escribió en la cárcel; de hecho, una cita del Romancero de ausencias abre la última sección de mi libro. Pero también me interesan otros registros como, por ejemplo, ese pesimismo lúcido de Cernuda, del que ya hemos hablado antes, la armonía envolvente de Darío, la mesura sentimental de Garcilaso o Villamediana, la desolada esperanza de Ángel González… Sin olvidarme, claro, del humanismo trágico de César Vallejo.

–El premio Nobel Harold Pinter, uno de los grandes dramaturgos del siglo XX, decía hace unos días que se ha dado cuenta de que ahora "sólo escribiría poesía"… ¿Es la poesía un refugio para desesperados?

–Yo creo que sí, siempre que entendamos que un desesperado no es alguien irritado o enfurecido, sino aquel que ha visto derrumbarse casi todas sus esperanzas.

Los libreros destacan que es \'insostenible\' que la edición crezca un 55% y las ventas un 3,5%

Ficha sobre concursos literarios y eventos sociales en torno a la literatura:

EL MUNDO, 30 de marzo de 2006

CONVENCIÓN NACIONAL EN SEVILLA

Los libreros destacan que es \’insostenible\’ que la edición crezca un 55% y las ventas un 3,5%

EFE

SEVILLA.- La Convención Nacional de Libreros celebrada en Sevilla considera "poco sostenible" que entre 1995 y 2004 las ventas de libros se hayan incrementado un 3,5% mientras que la edición de nuevos títulos lo ha hecho en un 55%.

Así lo explicó Narciso Sánchez en la presentación de esta Convención, organizada por la editorial andaluza MAD para conmemorar su 25 aniversario y en la que participa casi un centenar de libreros en representación de todas las comunidades autónomas. Sánchez, director ejecutivo de la editorial MAD, señaló que a estas cifras hay que añadir que los títulos disponibles que tienen los editores en sus almacenes han crecido en el mismo periodo hasta un 70%.

Los libreros también han expresado su inquietud por la anunciada nueva ley del sector del libro, ya que, según dijeron, ni su sector ni el de la edición han sido aún consultados por el Ministerio de Cultura, y por el mantenimiento del precio fijo para el libro en general y para los de texto en particular.

El librero gaditano Pedro Rivera, en referencia al libro de texto, dijo que la ley debe impedir que se utilice "como arma comercial, para atraer a los clientes hacia otro tipo de productos", como consideró que hacen las grandes superficie al relacionar su precio con el de otro material escolar o deportivo que nada tiene que ver con los libros.

Rivera achacó la proliferación de títulos a "una huida hacia delante de los editores, para tratar de mantenerse en el mercado" con esa estrategia de publicar más, lo que en su opinión implica una menor selección de los títulos publicados, y lamentó que desaparezcan las librerías de las pequeñas poblaciones en las que, en ocasiones, son su único agente cultural.

El librero compostelano Rafael Silva aseguró que también fallan los programas educativos porque la demanda de los libros relacionados con las letras hispánicas ha bajado drásticamente en los últimos treinta años en proporción a la de otro tipo de libros.

"El libro goza de buena salud a pesar de todo, porque el libro lo es todo", añadió Silva, quien también detectó en el sector librero de los últimos decenios cierta falta de profesionalidad y de entusiasmo.

El tinerfeño Domingo Lemus incidió en el precio fijo de los libros, sin el cual consideró que no se podrá competir contra las grandes superficies, mientras que coincidió con todos sus colegas en el quebranto que para cualquier librero supone recibir un aluvión de novedades que él mismo debe devolver en el escaso plazo de unos días por la falta de espacio material para albergarlas o por falta de demanda real.

Esta situación, en opinión de Lemus, está generando para los editores unas "falsas expectativas", en el sentido de que no venden más porque más editen.

Intento no estafar a los lectores que se gastan 19 euros en un libro

Ficha entorno al factor humano en la literatura:

EL COMERCIO DE GIJÓN, 29 de marzo de 2006

LUIS DEL VAL. PERIODISTA Y ESCRITOR

«Intento no estafar a los lectores que se gastan 19 euros en un libro»

Presentó ayer en Oviedo su última publicación, \’Cuentos de Medianoche\’, un conjunto de 60 relatos llenos de misterio y fantasmas cotidianos

MARTA FRECHILLA/OVIEDO

Con 14 años, cuando probablemente no soñaba con un premio Ondas o con un espacio propio en un \’prime time\’ radiofónico, Luis del Val (Zaragoza, 1944) comenzó a escribir relatos. «Me parecía un sueño imposible publicarlos». Lo consiguió. Tras sus primeros escarceos de juventud y sus recientes \’Cuentos del mediodía\’, ahora lanza sus \’Cuentos de Medianoche\’ en los que coquetea con misterios que desafían la percepción de la realidad. Ayer, estuvo en el Foro Abierto de la librería Cervantes para presentarlos.

-Con estos relatos llenos de intriga, ¿busca atemorizar, desconcertar o hacer reflexionar?

-Uno cuando escribe una historia es porque siente necesidad de contarla. Excepto el primero y el último, que son relatos largos de 40 páginas, los demás son de dos páginas. Busco sorprender; si puedo, emocionar; y fundamentalmente, entretener. A medida que pasa el tiempo siento mucho respeto por las personas que se gastan 19 euros, intento que no se sientan estafados. El primer mandamiento es no aburrir.

-¿Acaso usted se aburre leyendo?

-Yo como lector me aburro mucho. Me cuesta mucho encontrar cosas que me diviertan, que me atrapen. Por eso una de mis obsesiones es no aburrir. Yo no termino la mayoría de los libros que empiezo.

-¿Y si coge un clásico?

-Si cojo un clásico probablemente ya me lo he leído. Yo a Quevedo lo tengo en mi mesilla de noche. Volver al clásico es absolutamente necesario.

-¿Y desde cuándo nota que se aburre leyendo?

-Antes ya me aburría, pero me daban tanto respeto los libros, que tenía que aguantar hasta el final. Un día un crítico literario me dijo «no se puede leer más que un número limitado de libros. Uno a la semana. En 20 años no puedes leer más de 1.000».

-¿Cuántos habrá leído usted?

-Como tengo más de 20 años, habré leído más de 1.000. Esa sensación de que no puedes leer todos los libros te hace ser muy selectivo.

-¿Pero se aburre porque se hace mala literatura o porque se ha vuelto usted más exigente?

-Porque te haces más exigente. Tu paladar ya se acostumbra a otras cosas y quieres que te sorprendan, y cada día es más difícil. Y como autor creo que cada día es más difícil sorprender.

-Da la impresión que son relatos abiertos, con diferentes finales en función de cada lector.

-Sí, sí. Me encantan los finales abiertos. Excepto cuando por necesidades del guión tiene que morir el protagonista.

-En sus relatos da la impresión de que la mujer sale mejor parada que el hombre.

-Como escritor, me interesan más los personajes femeninos que los masculinos. Son más complejos y los masculinos son siempre más previsibles. El hombre es muy unidireccional mentalmente, si está haciendo una cosa no puede hacer otra.

-Pregunta obligada. ¿Qué está escribiendo ahora?

-Una novela.

-¿Va a mantener el secreto? ¿Rescató la novela histórica que el año pasado tenía «en el escritorio»?

-La he dejado otra vez. Me da mucho miedo la documentación. Tengo que estudiar tanto, que no quiero meter la pata. Estoy escribiendo una novela que transcurre en el año actual y en la época actual.

-Su escritura es sencilla, directa, sin grandes florituras. ¿Debe ser así para llegar al lector?

-Es un proceso de decantación. Cuando empiezas a escribir, no es que te quieras gustar a ti mismo, es que quieres gustar a los demás escritores. A medida que eres más veterano te das cuenta de que lo importante es ser eficaz contando una historia.

-En España se editan 63.000 títulos y 300 millones de libros al año, lo que significa que cada español compra -y lee- al menos 7 ejemplares.

-No es cierto. El 40% no lee nada. Sólo lee el 60%, y del 60%, sólo el 20% es lector habitual.

-\’Cuentos del mediodía\’, primero; ahora, de la medianoche. ¿Va a haber cuentos de la mañana?

-Los \’Cuentos vespertinos\’, podría ser (bromea). Ahora estoy con la novela, pero lo apunto como idea.

Muere a los 84 años el escritor polaco Stanislaw Lem, autor de \'Solaris\'

Ficha sobre concursos literarios y eventos sociales en torno a la literatura:

EL PAÍS, 28 de marzo de 2006

Muere a los 84 años el escritor polaco Stanislaw Lem, autor de \’Solaris\’ 

El escritor, que falleció en Cracovia, era uno de los grandes maestros de la ciencia-ficción

JACINTO ANTÓN - Barcelona (Foto: REUTERS)

El escritor polaco Stanislaw Lem, uno de los grandes maestros de la ciencia-ficción y una enorme voz de la literatura europea en general, falleció ayer en una clínica de Cracovia a los 84 años a causa de problemas circulatorios. Lem nació en 1921 en Lwow (Polonia), actualmente Lviv (Ucrania), y estaba considerado como uno de los grandes intelectuales contemporáneos polacos. Ha sido traducido a 40 idiomas y ha vendido más de 27 millones de ejemplares de sus libros, entre los que se cuentan títulos como Ciberiada y, sobre todo, Solaris, llevado al cine y al teatro. Lem, que padecía una fuerte sordera, se caracterizó por su amplia cultura, su humor negro y su interés de raíces filosóficas por el desarrollo de la humanidad.

Con la muerte de Stanislaw Lem desaparece la gran referencia de la ciencia-ficción centroeuropea, un maestro de la especulación científica, filosófica y política que contribuyó a dignificar el género y a difuminar las fronteras, a menudo absurdas, que lo separan de la corriente general de la literatura.

Lem ha sido traducido a 40 lenguas, entre ellas el castellano, al que desde hace años se vierten regularmente sus obras, editadas por Minotauro, Edhasa y Alianza, y ha vendido más de 27 millones de ejemplares de sus libros. Es Lem una figura mayúscula cuyo nombre cabe situar, por su interés por la sociedad y el ser humano, junto al de H. G. Wells. Se le ha relacionado por su espíritu crítico y mordaz con Swift o Voltaire. Ese espíritu le hizo ser expulsado de la asociación de escritores de ciencia-ficción norteamericanos, de la que era miembro honorífico, en 1973 por señalar que el género en EE UU era de muy baja calidad.

Pese a que comúnmente se le califica de escritor de ciencia-ficción, es difícil circunscribir sus libros, en los que hay humor, pero también crueldad y un sentido muy polaco de lo grotesco, a géneros y temas (escribió poesía y ensayos). Dos de sus obras más interesantes, La investigación y La fiebre del heno, pueden adscribirse a algo así como una mezcla de policiaco y metafísico. Ambas novelas se centran en la pesquisa sobre extraños casos -desaparición de cadáveres en una morgue, en el primero, y extrañas muertes coincidentes en la otra-, que ponen en tela de juicio la visión racional comúnmente aceptada de la realidad e invitan a apasionantes reflexiones epistemológicas.

Seguramente, la imagen que primero le vendrá a la gente al recordar a Lem es la del mar pensante de Solaris (1961), su novela más conocida, llevada al cine de manera sumamente poética por Andrei Tarkovsky -ganó un premio en Cannes en 1972- y luego otra vez, con menos fortuna, en 2002, por Steven Sodenbergh, con George Clooney. La novela fue llevada al teatro en Polonia, donde Lem era muy popular. El tema del contacto entre humanos y extraterrestres lo trató también en otra de sus grandes novelas, El invencible, asimismo con una visión problemática de esa relación: los alienígenas matan a todos los humanos de la nave espacial del título.

Las maravillosas y absurdas historias del cosmonauta Tichy -recogidas en los volúmenes de Diarios de las estrellas o en Congreso de futurología- constituyen otra de las obras más populares de Lem. Es difícil que alguien olvide, después de leerla, la hilarante aventura en que Tichy, atrapado en una paradoja espacio-temporal, se va encontrando con diferentes versiones de sí mismo: uno de los grandes momentos de la ciencia-ficción. Pirx, el piloto, es otro de sus grandes personajes.

La vida de Lem, que él mismo relató en una obra autobiográfica, Wysoki Zamek (1966), ofrece algunas claves sobre su producción. Estudió Medicina, pero la II Guerra Mundial y la ocupación nazi le obligaron a dejar esos estudios y a trabajar como mecánico. Aunque de ascendencia judía, Lem y su familia pudieron evitar la deportación y el exterminio. Tras la guerra, su ciudad pasó a formar parte de la Unión Soviética y fue repatriado a Cracovia. Su labor en instituciones científicas como ayudante de investigación fomentó en Lem el interés por la metodología de la ciencia, mientras que su obligado contacto con el comunismo totalitario le inclinó a escribir sobre utopías, a cultivar una mirada ferozmente satírica sobre las burocracias y a desarrollar una visión pesimista y determinista sobre el ser humano. Summa technologiae es otra de sus grandes obras. Una de sus ideas más curiosas fue la redacción de prólogos y críticas de libros inexistentes, recogidas en las deliciosas Un valor imaginario y Vacío perfecto, respectivamente.

Aunque no lo parezca, el cuento es más difícil de leer que la novela

Ficha entorno al factor humano en la literatura:

DIARIO DE JEREZ, 28 de marzo de 2006

"Aunque no lo parezca, el cuento es más difícil de leer que la novela"

El escritor José Manuel Benítez Ariza desgranó ayer su personal visión sobre el relato en el ciclo literario \’La costumbre de leer\’ de la Fundación Bonald

PILAR NIETO

jerez. El escritor José Manuel Benítez Ariza estuvo ayer en la Fundación Bonald, dentro del ciclo \’La costumbre de leer\’, para comentar dos relatos: \’El oficio\’, perteneciente al libro \’Lluvia ácida\’ y el inédito \’Huecos en la pared\’. La introducción estuvo a cargo del escritor José Mateos.

Benítez Ariza explicó su impresión de que "el relato que predomina ahora en España es básicamente semi humorístico, ingenioso y con un final más o menos sorprendente. Es una fórmula que está bien y tiene precedentes ilustres como Edgar Alan Poe, pero el éxito de esa fórmula en España ahora creo que se debe sobre todo a que el principal medio de supervivencia de este género son los premios, y esta fórmula es más atractiva y engancha con mucha facilidad a los miembros de un jurado que tiene que leer cientos de cuentos". En su opinión, esto "no es que esté mal, pero se nota mucho en el relato español contemporáneo el peso de una fórmula que tiene sus pros y sus contras". Para este escritor el peligro estriba precisamente "en que se trata de una fórmula y un escritor debe luchas contra los clichés y las fórmulas". Es más, insiste en que "a un cuento le sienta bien la disgresión, que no sea todo un chiste que se resuelve en un final gracioso u ocurrente. Hay otras maneras que pueden ser tan sugerentes para el lector como esta". Reconoció no obstante que la mencionada anteriormente "es una fórmula acreditada y que ha dado buenos frutos, pero también se puede agotar. La moda actual me la explico por los premios, porque como la cobertura editorial del relato es tan mala, la salida que le queda a un autor de relatos es presentarse a un premio. En otros países el ámbito natural de los relatos son las revistas como New Yorker o incluso Play Boy, pero ese tipo de revistas no abundan en España, no existen". A Benítez Ariza le preocupa "que se están borrando las lindes entre la literatura personal y la comercial. Hay quien escribe de cara al mercado y quien lo hace porque quiere expresar una serie de preocupaciones por medio de la escritura. Últimamente la comercialización de la literatura ha llegado a unos extremos que muchos escritores de talento están siguiendo esas fórmulas de moda, aunque eso también se puede hacer bien o mal".

También recuerda que "editoriales pretendidamente literarias están rechazando libros más difíciles a favor de otros más próximos a los comerciales. Hay una coyuntura muy conservadora ahora en la novela. La experimentación y el riesgo no lo aceptan tanto".

Tampoco cree que el actual sea un buen momento para el relato. "La novela siempre se vende más -dice- e incluso cuando una editorial le publica un libro de relatos a un escritor conocido siempre lo hace a regañadientes, porque piensa que el esfuerzo que hace publicando ese libro de relatos, en una novela le rendiría mucho más. Un libro de relatos de un autor reconocido vende diez veces menos que una novela de ese mismo autor".

Benítez Ariza insiste en que "algunos dicen que el relato es el género ideal para el lector de hoy, breve, que se puede leer en cualquier momento, pero yo creo que eso no es cierto. El relato exige más del lector que la novela. Una novela, una vez que te sumerges en ella, casi la puedes leer pensando en otra cosa. Si se te va el santo al cielo, lees tres páginas de las que no te enteras porque estás pensando en otra cosa no importa, porque la propia extensión de la obra hace que recuperes el hilo, pero en un relato de diez páginas te tienes que enterar de principio a fin".

Las manías de un creador

Ficha de historia o anecdotario:

EL UNIVERSAL, 26 de marzo de 2006

Las manías de un creador

Brown comienza a trabajar a las 4 de la mañana, por la tarde juega tenis y sigue dando clases de literatura, pero sin duda, su vida ya no es la misma

La vida de Dan Brown y sus dos hermanos, cuando eran pequeños, estaba regulada por estrictos principios cristianos. No había televisión en casa, de modo que los principales entretenimientos familiares eran la lectura y la conversación.

Dan y sus hermanos, Valery y Gregory, cantaban en el coro de la iglesia, asistían a la escuela dominical y pasaban los veranos en campamentos organizados por religiosos.

Además, en las navidades y cumpleaños, Richard Brown, el padre de los niños, solía esconder los regalos y proporcionar a sus hijos pistas y códigos para descifrar los escondites.

Cada uno de los chicos debía resolver acertijos para obtener las pistas. Esa práctica, que emocionaba a Dan y sus hermanos en su niñez, fue tomada por el escritor para narrar la infancia de uno de sus personajes.

Con el tiempo, Dan se aficionó a la literatura, sobre todo la medieval (aunque en la lista de sus autores favoritos también está incluido Shakespeare) y decidió estudiar letras en el Amherst College y la Phillips Exeter Academy.

Al graduarse, comenzó una carrera como músico siguiendo el ejemplo de su madre. Se dedicó a crear efectos sonoros con teclados electrónicos. Reunió esos efectos, más similares a una ambientación de selva con animales que a una melodía, y grabó un compacto para niños llamado SynthAnimals.

Formó su propia empresa productora de discos y grabó otro dirigido al público adulto con sonidos más elaborados. De ambas producciones se vendieron algunos cientos de copias, con lo que Dan se sintió motivado para mudarse a Hollywood, dispuesto a lanzarse en serio como compositor.

Al llegar de la ciudad del cine, su primer trabajo fue como maestro de español en la preparatoria Beverly Hills.

En Los Ángeles se inscribió en la Academia Nacional de Compositores, donde conoció a Blythe Newlon, una profesora que tomó en sus manos la promoción de los discos de Brown.

Durante su estancia en Los Ángeles produjo un material que llevaba su nombre. El disco Dan Brown contenía, básicamente, canciones de amor.

Se ignora si fue el mediano éxito de sus discos, la pasión por la vieja controversia entre ciencia y religión (que aún debatía dentro de él), o tal vez su afición (rayana en lo obsesivo) por descifrar códigos secretos. Una o tal vez todas esas circunstancias lo llevaron de regreso a su natal New Hampshire, pero no se fue solo: Blythe se mudó con él y varios años después, en 1997, contrajeron matrimonio a pesar de que ella es 12 años mayor que él.

En la década de los 90, Dan se convirtió en maestro de literatura inglesa, pero a partir de 1996 decidió abrazar su vocación real: se convertiría en escritor de tiempo completo. Su afición desencriptadora y su pasión artística encontraban por fin un cauce común.

Así nacieron sus novelas: Ángeles y Demonios, La Fortaleza Digital, La Conspiración y el texto que se ha convertido en fenómeno literario de todos los tiempos, El Código Da Vinci.

Dan vive con su esposa Blythe, historiadora y pintora, con gran influencia en el trabajo de su marido. Poseen una casa de estilo victoriano decorada con docenas de objetos relativos a la iglesia medieval: cruces, pinturas, báculos de jerarcas de la institución, etcétera.

A pesar de que es espaciosa, la residencia de los Brown parece siempre oscura debido a que muchas de las paredes están forradas con madera.

El estudio del escritor ostenta una decoración similar, llena de globos terráqueos con la división política del mundo entre los siglos VIII y XI, libros antiguos, sillas de madera pesada.

Su escritorio es una joya para cualquier anticuario. Sobre éste, un reloj de arena le sirve para recordarle que debe tomar descansos cada hora y media: intercala la escritura con sentadillas, lagartijas u otros ejercicios sencillos que pueda realizar en la habitación.

Brown comienza a trabajar a las 4 de la mañana, pues entre esa hora y las 12 del día dice tener sus momentos más fecundos. Según comenta, sus periodos de ejercicio ayudan a su creatividad, pues el cerebro se irriga y puede concentrarse mejor.

Algo que también ayuda, cuenta, es usar un par de botas antigravedad, provistas de unas gomas muy resistentes con las cuales uno puede trepar por la pared y permanecer colgado del techo. Sí, como vampiro.

"Después de estar unos minutos en esa posición, escribo con mayor fluidez", explica.

Por las tardes, juega tenis con su esposa o amigos, un deporte del que se ha convertido en fanático.

Unos días a la semana aún da clases de literatura y comenta con sus alumnos cómo dar a una novela policíaca el ritmo perfecto.

Sin embargo, como para la mayoría de sus personajes, después de El Código Da Vinci su vida nunca volverá a ser la misma.

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Presentan una denuncia penal contra la escritora alicantina Matilde Asensi por presunto plagio

Ficha de historia o anecdotario:

DIARIO INFORMACIÓN, 25 de marzo de 2006

Presentan una denuncia penal contra la escritora alicantina Matilde Asensi por presunto plagio

Dos arqueólogos interpusieron hoy una denuncia penal en Bolivia contra la escritora española Matilde Asensi, por un plagio supuestamente cometido en su novela "El origen perdido"
AGENCIAS

Esta obra, que narra las peripecias de unos piratas informáticos en territorio boliviano, es un nuevo éxito de ventas de la autora de "Iacobus" (2000) y "El último catón" (2001).

El periodista argentino Pablo Cingolani y el etnógrafo boliviano Alvaro Díez Astete, ambos también arqueólogos, presentaron la demanda en la Corte Superior de Distrito de La Paz, por considerar que Asensi usó "abusiva e ilegalmente" sus investigaciones, publicadas en la prensa e Internet, a la hora de escribir la obra.

Los denunciantes sostienen que la escritora cometió los delitos penales de hurto agravado, por "apropiarse en su novela ilegítimamente de un bien mueble ajeno de valor histórico, arqueológico y científico", y de alteración, acceso y uso indebido de datos informáticos.

Cingolani y Díez Astete se refieren a tres expediciones arqueológicas realizadas desde el año 2000 al Parque Nacional Madidi, uno de los núcleos de mayor biodiversidad del planeta, en el norte amazónico del departamento de La Paz, y a los trabajos difundidos sobre esos viajes.

Uno de los objetivos de estas incursiones en la selva fue hallar a los "toromonas", una etnia que los especialistas califican de "no contactada" y que probablemente desapareció a finales del siglo XIX por la voraz explotación del caucho en la zona.

Los expedicionarios también trataron de dar con el paradero del noruego Lars Harkfold, un ingeniero agrónomo de 37 años al que se tragó la jungla en 1997, tras partir en solitario siguiendo la huella de este grupo indígena.

Los resultados de las investigaciones fueron divulgados "nacional e internacionalmente" para "sensibilizar a personas e instituciones del extranjero" con la idea de obtener financiación para nuevas expediciones y proseguir la búsqueda de Lars Harkfold y de los ´toromonas´, indica el texto de la denuncia.

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