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Archive for septiembre, 2007

Los poetas mueren jóvenes, según un estudio

Ficha de historia o anecdotario:

Los poetas mueren jóvenes, según un estudio


Podría ser porque los poetas suelen sufrir intensamente y tienen tendencias autodestructivas, pero también podría ser porque muchos poetas alcanzan la fama de jóvenes y sus muertes prematuras llaman mucho la atención, expresó James Kaufman, del Instituto de Investigación del Aprendizaje de la Universidad Estatal de California en San Bernardino, según informó Reuters.
En su investigación, publicada en la revista Death Studies, Kaufman estudió a 1.987 escritores que murieron hace varios siglos en Estados Unidos, Europa del Este, China y Turquía; informó IBLNews.

Los poetas mueren más jóvenes que los novelistas, los dramaturgos y otros escritores, dijo un investigador estadounidense

El científico clasificó a los autores como escritores de ficción, poetas, dramaturgos, ensayistas, historiadores y biógrafos. Pero no estudió las causas de su muerte.

"Entre los escritores norteamericanos, chinos y turcos, los poetas murieron mucho más jóvenes que los autores que no escribían obras de ficción", escribió Kaufman en el estudio. "En toda la muestra, los poetas murieron más jóvenes que todos los escritores, tanto los de ficción como los de no ficción".

Como Kaufman estudió a algunos escritores que vivieron hace cientos de años, es posible comparar la edad promedio a la que murieron con la de la población general. "Como promedio, los poetas vivieron 62 años, los dramaturgos 63, los novelistas 66 y los escritores de obras que no son de ficción vivieron 68 años", dijo Kaufman en una entrevista por correo electrónico.

Kaufman también estudió la incidencia de enfermedades mentales entre los poetas. "Lo que encontré fue muy consistente con los hallazgos de muerte. Las poetas tenían más tendencia a las enfermedades mentales que cualquier otro tipo de escritor o cualquier otro tipo de mujer eminente", informó. "He bautizado esto como el Efecto Sylvia Plath", dijo.

Syvia Plath fue una poeta y novelista que se suicidó en 1963 cuando tenía 30 años.

La buena salud de un idioma

Ficha de textos para la polémica o la reflexión:

La buena salud de un idioma

Jesús Marchamalo

Recuerda Manuel Seco un semisótano luminoso en el Edificio Aguilar, en Madrid. Un espacio amplio que había sido utilizado durante años como comedor de empresa, y más tarde como sala para usos diversos, y que la editorial había acondicionado como oficina: una gran mesa, un par de armarios, un archivador, y un mínimo material: bolígrafos y paquetes de fichas. Se iniciaba la que iba a ser una de las últimas aventuras románticas, la redacción del Diccionario del español actual, que treinta años más tarde se convertiría en un fenómeno de ventas. «La diferencia que yo me planteé con respecto a otros diccionarios –recuerda Seco– es que era indispensable documentar las palabras y su uso en su contexto, de modo que empezamos a trabajar con citas que copiábamos de libros y periódicos con las que, a lo largo de más de veinte años, reunimos un corpus documental cercano a los dos millones de fichas, que fue el origen del diccionario».
Corría 1970 y coinciden los expertos en señalar el deterioro que en aquel momento se vivía en España en relación con la lengua coloquial. El fenómeno del pasotismo iba a imponer la moda del desaliño en el habla, una pobreza lingüística que hacía que el mal uso del lenguaje se viviera con absoluta despreocupación. Lidio Nieto es lingüista y editor: «Yo creo que las razones de esta situación fueron diversas; por una parte, la propia Academia había hecho cierta dejación de su razón de ser normativa, quizá también al no encontrar una demanda en la sociedad, pues conviene recordar que la Ortografía se había publicado en el año 1959 y la última Gramática normativa en 1931, de modo que en ese momento la gente no sabía realmente a qué atenerse. A esto se unía un exceso de doctrina gramatical en los planes de estudio, en detrimento de lo que estrictamente tiene que ver con el uso correcto del lenguaje, y el que no hubiera, como hoy, una oferta editorial de manuales y libros de consulta».
En aquel momento la mayoría de los textos de referencia eran de Gredos, la editorial más representativa en lo que respecta a la difusión de estudios lingüísticos. Fundada en 1944, publicaba manuales académicos dirigidos a docentes, investigadores y traductores, entre ellos la Historia de la lengua española, de Rafael Lapesa, o Fonología española, de Emilio Alarcos, y, naturalmente, el diccionario de María Moliner.  

El correcto uso del español

En 1970 se instala en España la editorial argentina Kapelusz con el nombre de Cincel y encarga al lingüista Francisco Marcos Marín una gramática de difusión general muy al estilo de los libros orientados al gran público que se editan en América. Este libro, Aproximación a la gramática española, junto con la Gramática esencial de Manuel Seco y su Diccionario de dudas, publicado en 1961 y del que se habían hecho numerosas ediciones y reimpresiones, fueron tres de las obras más populares en esos años. «A finales de la década –afirma Marcos Marín–, se producen una serie de fenómenos que cambian el panorama, entre ellos, la aparición en los periódicos de secciones dedicadas al buen uso del español. Lázaro, por supuesto, pero también Umbral dedicó artículos a plantear y resolver o comentar dudas lingüísticas. Esto coincide con que la televisión hace programas dedicados al mundo de las palabras y al conocimiento del lenguaje, y todo ello atrae la atención del público. Ya en los años 80, se puede hablar de una eclosión de libros y colecciones dedicados a la lengua. Y creo que también fue muy importante en este fenómeno la aparición de los libros de estilo».
El Departamento de Español Urgente de la agencia EFE nace en octubre de 1980, con el objetivo de conseguir que las noticias elaboradas por la agencia se redactaran en un español correcto. Fernando Lázaro Carreter se encargó de la dirección del manual de estilo. «Antes del libro de Lázaro ya existía desde 1968 un libro de uso interno para la Casa, en el que apenas se trataban cuestiones de lenguaje, sino más de tipo periodístico». Alberto Gómez Font es coordinador del Departamento de Español Urgente de la agencia EFE. «El Manual de estilo se publica en 1976, y en 1986, cuando se vio que mucha gente pedía el libro y venía aquí a buscarlo, se pensó en comercializarlo. Del manual original se quitó toda la parte periodística, y se cambió el título por el de Manual de español urgente, del que hasta el momento se han publicado quince ediciones y numerosas reimpresiones».
Casi al mismo tiempo que el manual de estilo de EFE aparece el Libro de estilo de El País, y más tarde el de La Vanguardia, Canal Sur, ABC, El Mundo, Telemadrid, El Periódico… La moda de los libros de estilo, que permiten una rápida consulta de las dudas y dificultades más habituales, cruza el Atlántico y hoy no hay medio importante en Latinoamérica que no disponga de uno, en un afán de demostrar su preocupación por el lenguaje.
Los libros de estilo constituyen un fenómeno singular en la medida en que en los años ochenta no sólo los utilizan los profesionales y estudiantes de periodismo, a quienes en principio van dirigidos, sino también los profesores, primero, después el mundo universitario en general y, finalmente, los simples curiosos, que encuentran en ellos una herramienta práctica y sencilla para resolver las dudas que les plantea el uso del lenguaje. «Creo que el interés que despierta el idioma en los años ochenta coincide con un interés por la gastronomía, por el vino, por la música, y otra serie de aspectos que se engloban dentro de eso que se llama cultura», afirma Gómez Font. «En esa década acaba el proceso de las anteriores, donde lo importante era conseguir un nivel económico, y surgen nuevos intereses por aspectos que antes no se tenían en cuenta, entre ellos, el lenguaje. También es un momento en el que hay un mayor conocimiento de lo que es y a lo que se dedica la Real Academia, y aparecen una serie de productos cuya demanda se revela al salir al mercado».
Otro aspecto decisivo es el descubrimiento del español de América. Los españoles viajan más y eso les permite conocer una realidad lingüística diferente. También a las televisiones llegan las telenovelas, y al cine, películas en las que se habla español con otro acento. Guillermo Rojo es secretario de la Academia. «Los medios de comunicación son en gran medida responsables del aumento de la cultura lingüística en España. Durante mucho tiempo las personas oían hablar el español de su entorno, leían sus periódicos, escuchaban su radio… Ese mundo cerrado cambia con la televisión y la riqueza de contenidos y programas que llegan de otros países. De sólo conocer la propia forma de hablar, las condiciones del mundo permiten entrar en contacto con una realidad lingüística que siempre había existido, pero a la que no se podía acceder, y eso crea interés y curiosidad. Y desde luego la Academia ha adoptado una actitud diferente en este aspecto buscando la colaboración de las Academias americanas, en la idea de que sus decisiones afectan a cientos de miles de personas, de las que sólo una parte vive en España».

Edición popular del Diccionario

En 1992 se publica la 21ª edición del Diccionario de la Academia, que por primera vez sale al mercado en edición popular, en dos tomos y al precio de 4.600 pesetas. De esta edición se venden cerca de un millón de ejemplares en siete años. «Es un dato que no tiene comparación con cifras anteriores». Marisol Palés es directora editorial del área de referencia de Espasa. «Y esto marca el inicio de un fenómeno que ha tenido continuidad después con otras obras de la Academia, y es que el gran público se da cuenta no sólo de que es importante tenerlas en casa, sino de que además son asequibles».
Esta tendencia se repite con la edición en CD-ROM del Diccionario, de la que se venden 25.000 ejemplares, una cifra también alta, sobre todo en una época en que no estaba tan extendido el uso de ordenadores, y se confirma en 2001 con la 22ª edición del Diccionario, que vuelve a convertirse en un fenómeno de ventas. Desde octubre de ese año hasta marzo de 2004 se han vendido en sus diferentes versiones más de 900.000 ejemplares. «Ocurre una importante novedad con esta edición». Es de nuevo Marisol Palés. «Y es que hay compradores nuevos, desde luego, pero también mucha gente que renueva el anterior diccionario, lo que demuestra que se ha asumido que la lengua es algo vivo y que conviene estar actualizado».
También fueron muy importantes las ventas de otro libro, El dardo en la palabra, de Fernando Lázaro Carreter, publicado por Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores, y del que se han vendido más de 350.000 ejemplares. Los dardos de Lázaro se habían publicado desde mediados de los años 70 en diversos periódicos, y Hans Meinke había intentado convencerle en diversas ocasiones de la posibilidad de recopilarlos en un libro, algo a lo que se resistía, no tanto por el trabajo de compilación y selección, sino por sus dudas respecto a la demanda que pudiera tener. Cuando el libro salió al mercado, en 1997, se mantuvo no menos de medio año en las listas de libros más vendidos. «Recuerdo que se presentó el 1 de abril», afirma Meinke. «Fue un acto entrañable, al que yo llegué lleno de moratones y magulladuras después de un secuestro que había sufrido en Barcelona unos días antes, un suceso extraño que nunca se ha aclarado del todo y que había sido enormemente traumático. Y recuerdo que la presentación del libro de Lázaro fue como recuperar mi vida. El libro despegó de inmediato, se vendía reimpresión tras reimpresión, y se convirtió en un auténtico fenómeno. Incluso me enviaron el recorte de un periódico alemán en el que el corresponsal en España contaba cómo hasta los taxistas lo llevaban en el asiento del copiloto, y lo iban hojeando en los semáforos».

Obras de difusión general

El éxito de Lázaro tuvo que ver con su capacidad de recoger el lenguaje de la calle, sus incorrecciones, y comentarlo con humor y complicidad de una manera que hacía que muchas personas se vieran retratadas. Eso permitió que se tomara conciencia de la capacidad del lenguaje para comunicarse, y se aceptara de buen grado la defensa de la lengua. «Creo que ése fue un cambio muy importante: la búsqueda de un estilo sencillo y didáctico con el que llegar al gran público». Leonardo Gómez Torrego es lingüista y autor, entre otras obras, del Nuevo manual de español correcto. «De repente comenzamos a pensar no en expertos sino en gente que tiene curiosidad por la lengua, y hay multitud de libros que comienzan a escribirse con un estilo asequible y sencillo que hace que la gente se acerque sin recelo a este tipo de obras».
Las editoriales amplían su espectro, y comienzan a aparecer gran cantidad de obras de difusión general; La punta de la lengua, de Álex Grijelmo; Manual de estilo, de Arturo Ramoneda, o Así hablan las mujeres, de Pilar García Moutón, son algunas de las que hoy pueden encontrarse en las librerías. «El que un público amplio empezara a interesarse por estos productos fue una muy buena noticia para las editoriales». García Mouton es consejera de Gredos. «Y, de hecho, aunque nosotros sigamos trabajando fundamentalmente para el mundo académico, sí hemos ido incluyendo en nuestro catálogo determinados guiños, por ejemplo, el libro de Emilio Lorenzo Anglicismos hispánicos, o El buen uso de las palabras, de Valentín García Yebra, y por supuesto el diccionario de María Moliner, cuya segunda edición se hizo con una voluntad, que ya expresó su autora, de dirigirlo a un público lo más amplio posible».
En 1999 coinciden en las librerías tres obras que se convierten en seguida en éxitos de ventas: la Ortografía de la Academia, que permaneció durante más de veinte semanas en la lista de libros más vendidos; el Diccionario del español actual coordinado por Manuel Seco, y la Gramática descriptiva de Ignacio Bosque y Violeta Demonte, un libro en principio dirigido a un lector especializado que, sin embargo, tuvo una importante acogida. «Creo que hay dos tipos de actitudes respecto al lenguaje –afirma Ignacio Bosque–. Una más prescriptiva, que tiene que ver con cómo utilizar correctamente las palabras, y otra reflexiva, que trata de entender el idioma. Ocurre como con los coches, hay quien quiere saber qué hay que hacer si se enciende un piloto en el salpicadero, y quien quiere saber algo de mecánica. La diferencia es que la lengua es algo interno, y es inevitable que de la curiosidad se pase a un interés más profundo por el lenguaje».

Interés por el idioma

El Diccionario del español actual, de Manuel Seco, del que se vendieron más de treinta mil ejemplares en sólo tres meses, contenía más de 80.000 voces repartidas en 4.500 páginas. Era el resultado del trabajo que se había iniciado treinta años antes en el antiguo comedor de la editorial Aguilar. «No creo que se pueda hablar de una explosión, o de una moda –opina el autor–. El interés por el idioma es algo que se ha ido cociendo de forma lenta pero creciente a lo largo de los años, y que se manifestó de forma especialmente llamativa en 1999 por esta podríamos llamarla conjunción astral que hizo que aparecieran de forma prácticamente simultánea estos tres libros. Los periódicos comenzaron entonces a hablar de una oleada de preocupación lingüística, y sí hubo una cierta sensación de boom de la que los tres libros salieron beneficiados».
Resta hablar del aspecto mercantil del idioma, que tiene que ver con el desarrollo económico en Hispanoamérica, y el florecimiento de un mercado cada vez más importante que compra en español, lo que ayudaría también a entender este estado de buena salud del que innegablemente disfruta nuestra lengua.
De momento, y en un futuro inmediato, conviene ir ahorrando para el Diccionario panhispánico de dudas, la Gramática, y el Diccionario del escolar, sólo por citar las obras de la Academia.

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Una visión global del teatro

Ficha de análisis o teoría académica:

EL ESPECTADOR, 11 de abril de 2004


Una visión global del teatro

Por Verónica Cárdenas / Especial para El Espectador

En este IX Festival Iberoamericano de Teatro se pudieron apreciar diferentes tipos de teatro, como el teatro realista y el no realista. Al primero pertenece Chéjov, y al segundo, obras como El condenado por desconfiado o Frágil, y El inspector: una combinación de ambas. A propósito, quizá una de las joyas de este Festival fue El condenado por desconfiado, de Tirso de Molina, puesto en escena por el director colombiano Alejandro González.

Esta versión de la obra del escritor del Siglo de Oro español tiene la particularidad de que combina elementos del Pacífico colombiano. Así, es un Tirso bellamente revivido en esta cultura, en donde además se usan instrumentos tradicionales de la región que están intrínsecamente ligados a las emociones y al espíritu de la obra.

Frágil, a través de una interpretación no realista muestra el conflicto de una adolescente por tener que renunciar a su niñez y entrar al mundo adulto. También, en medio de lo absurdo, se muestran sentimientos cargados de dolor: el que trae el proceso de crecer y en que se ven involucrados los sentimientos de Lucía en relación con sus padres, sus familiares y ella misma. Sus emociones desbordan de sentimiento. La actuación divertida del padre refleja también estas emociones, así como la de la madre, cuyos sentimientos vívidos y profundos la transportan hacia su propia infancia. Así, también, el cura y el abuelo juegan un papel importante para hacer llevar en dos aspectos más –la religión y el refugio afectivo– a lo más frágil de los sentimientos de una persona.

En El inspector, del director lituano Rimas Tuminas, los personajes, la escenografía y las costumbres correspondientes a la Rusia del siglo XIX, representan estos aspectos como podrían ser en la realidad. Los elementos no reales aparecen en el papel que juegan los personajes, que en su forma más cruda ridiculizan al Alcalde y los demás funcionarios de un pueblo, tremendamente corruptos, así como a las mismas mujeres, en especial, la esposa y la hija del Alcalde. Un viajero que por falta de dinero se ve obligado a permanecer indefinidamente en este pueblo, es tomado por un inspector de quien temen su llegada y que así descubriría las atrocidades que ahí se cometen.

Este personaje, bellamente interpretado, hace el papel del más tonto de los tontos, que logra engañar y robarlos a todos. Imágenes como la escena en que el Alcalde –quien jura no haber desperdiciado nunca el tiempo en jugar cartas– y el tonto se retan haciendo malabares con las barajas, o el momento en que éste en sus sueños se eleva de embriaguez como un pollo y el Alcalde le responde como si fuera una gallina, son el colmo de la burla contra este tipo de funcionarios públicos y la pequeñez de su vida.

Obras como Next, del grupo suizo Mummenchanz, representan otro tipo de teatro, cuyo mayor elemento es la calidad visual y original de los objetos y personajes inventados que a través de imágenes juegan con las emociones. Por ejemplo, una masa gigante en plástico gris se resbala hacia el borde de la tarima para caer encima del público. A partir de la angustia que genera, ingeniosamente se convierte en la boca gigante de un tiburón. También aparecen figuras geométricas gigantes, como un cuadrado, un triángulo y un círculo en colores primarios, que se debaten por saber cuál es más significativo.

Dentro de las muchas actividades que hicieron parte del Festival, aparte de las obras presentadas, se llevaron a cabo una serie de seminarios y clases maestras ofrecidas por los directores y actores de las compañías invitadas, así como por reconocidos profesores de diferentes nacionalidades vinculados al teatro. Gracias a estos encuentros, fue posible tener acceso directo al pensamiento de artistas tan maravillosos como Josef Nadj, director y coreógrafo francés de la Comedia Tempio; Jan Fabre, director y coreógrafo belga; Rimas Tuminas y Alejandro González, entre otros. Así mismo, personajes como Spencer Gollub, profeso y director de la Universidad de Brown; Orietta Crispino, del Piccolo Teatro de Milán; y directores como el argentino Lito Cruz y el norteamericano Robert Woodruf, del American Theatre (EU), hablaron sobre aspectos relacionados con la creación del personaje y la escena, así como técnicas de actuación.

Tener acceso a un grupo tan diverso de artistas como este se hizo posible gracias a la organización y coordinación del joven y valioso director colombiano Pedro Salazar. Así mismo, para una ciudad ávida de cultura como Bogotá, haber podido gozar de las magníficas obras que trajo el Festival, así como de los demás eventos relacionados con el teatro, se debe al monumental y admirable esfuerzo de Fanny Mickey y su equipo de trabajo. Así, no quedan más que aplausos para el cierre del telón.

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Los restos del avión de Saint-Exupéry avivan la tesis de que se su

Ficha de historia o anecdotario:

EL PERIÓDICO, 9 de abril de 2004

PERSONAJES DESCUBRIMIENTO
Los restos del avión de Saint-Exupéry avivan la tesis de que se suicidó

EL PERIÓDICO
PARÍS

El hallazgo de restos del avión del piloto y escritor francés Antoine de Saint-Exupéry desvela, en parte, el misterio sobre la desaparición, hace 60 años, del autor de El Principito. La noticia ha sacado de nuevo a la luz diversas teorías sobre la personalidad del escritor, como la defendida por Bernard Mark, historiador de la aviación, según la cual Saint-Exupéry murió como consecuencia de sus
"ideas suicidas".

El descubrimiento frente a las costas de Marsella confirma que el autor se estrelló en el mar, el 31 de julio de 1944, cuando a bordo de un Lightning 38 realizaba una misión de reconocimiento para preparar el desembarco aliado en Provenza. Parte del fuselaje del avión fue detectada por un submarinista profesional, Luc Vanrell, en mayo de 2000, aunque los expertos debieron esperar hasta octubre de 2003 para obtener el permiso para extraer los restos y su posterior análisis, cuyos resultados se han hecho públicos ahora.

Mark declaró ayer que Saint-Exupéry estaba enfermo cuando efectuó el último vuelo, para el que utilizó un avión que los americanos sólo dejaban a pilotos experimentados, jóvenes y que se hubieran acostado el día anterior a las ocho de la tarde. El escritor no reunía ninguna de esas exigencias, ni siquiera la última porque, según el historiador, pasó toda la noche de juerga. Aún no se sabe por qué el Lightning 38 cayó al mar, pero a la temeridad del aviador hay que sumar las condiciones meteorológicas, un día muy claro que impidió que el aparato pasara desapercibido para los alemanes.

Mandamientos creativos

Ficha sobre recursos técnicos:

EL PERIÓDICO, 9 de abril de 2004

Mandamientos creativos

• Un novelista, William Somerset Maugham, y un crítico, Marcel Reich-Ranicki, abordan en dos fascinantes títulos recién publicados en España las tablas de la ley de la ficción desde la vida y la obra de 17 grandes autores.

David Guzmán

Diez grandes novelas y sus autores
Autor: William Somerset Maugham
Traducción: Fabián Chueca
Editorial: Tusquets
Páginas: 378
Precio: 18 €
William Somerset Maugham Fabián ChuecaTusquets 37818 €
Apetición de una revista literaria, el escritor británico William Somerset Maugham elaboró en los años 40 una lista, Diez grandes novelas y sus autores, de las que consideraba 10 mejores novelas de la historia –todas, salvo Tom Jones, del siglo XIX–, junto con un perfil biográfico de cada autor. En el caso de Marcel Reich-Ranicki, figura de referencia en la crítica alemana, Siete precursores. Escritores del siglo XX compila ensayos acerca de siete grandes narradores de las letras germánicas del siglo XX, bautizados como precursores. De Stendhal a Brecht, de Flaubert a Mann, de Dickens a Musil, ambos trabajos esbozan en paralelo el retrato del perfecto creador. He aquí, en su obra y en su vida, las tablas de la ley, los 10 mandamientos que deberían guiar al escritor ideal.

1. EVITARÁS EL DIDACTISMO SOBRE TODAS LAS COSAS.
De entre todos los pecados, la moralina y el empleo de un tono más ensayístico que narrativo aparecen como los más condenables. Somerset Maugham no deja lugar a dudas: "La finalidad del escritor de obras de ficción no es instruir, sino deleitar". Transmitir ideas filosóficas corresponde al filósofo y no al novelista, de ahí que deban también impugnarse las lecturas alegóricas de obras como Moby Dick. Y si "lo pedagógico", como mantiene Reich-Ranicki, debe ser un "elemento ajeno a la literatura", ¿quién será el primer candidato a perder el honor de la posteridad? No el Bertolt Brecht poeta, "el gran seductor", pero sí el dramaturgo: "El maestrillo incansable que quería mostrarnos el camino revolucionario hacia la redención", ironiza el crítico.

2. ACOMETERÁS OFICIOS \’IMPUROS\’.
Si algo comparten el banquero Herman Melville, el psiquiatra Alfred Döblin y el tenaz ingeniero Dostoievski es su paso, previo a la escritura, por oficios alejados del que acabaría consagrándolos. No fueron los únicos. Así, según explica Siete precursores, años antes de firmar El hombre sin atributos Robert Musil "estudió mecánica, se hizo ingeniero, y muy pronto se ocupó de cuestiones de física y matemáticas". Stendhal fue un administrador competente, Balzac un agudo abogado, y Dickens tuvo un primer empleo a la altura de sus futuros personajes: a los 12 años fabricaba betún por seis chelines a la semana.

3. NO TOMARÁS EL HUMOR EN VANO.
Sin el entretenimiento y el humor, "ninguna otra cualidad sirve de nada", advierte Somerset Maugham. Y en ese campo, Jane Austen no tiene rival: "Se han escrito novelas mejores que las suyas, Guerra y paz, por ejemplo, o Los hermanos Karamazov, pero hay que estar fresco y atento para leerlas con provecho. Por muy cansado y desanimado que se esté, las de Jane Austen cautivan". En el caso de las letras alemanas, Reich-Ranicki aplaude especialmente la obra del folletinista Kurt Tucholsky, quien "debe su eficacia al humor conciliador" sazonado con "audacia y descaro". Al tratarse, con todo, del menos conocido de los precursores en España, cabría esperar del crítico un ensayo que hurgase menos en su epistolario que en sus ficciones, para comprender mejor por qué le atribuye el descubrimiento del "sentimentalismo con un toque de gracia".

4. DEBERÁS VIVIR PARA PODER CONTARLA.
Difícilmente podrá un escritor insuflar vida a sus historias y personajes si no atesora un buen currículo de experiencias personales. Polos opuestos de este cuarto mandamiento son los alemanes Thomas Mann y Alfred Döblin. El primero plasmó, en opinión de Reich-Ranicki, "todas sus experiencias amorosas en su literatura, incluida aquella en la que amó a un muchacho no mayor que Tadzio y que, al igual que éste, ni siquiera sospechaba que era amado". El segundo, en cambio, tiene su "mayor carencia" en la "falta de vida". Ése es "el motivo que impide a los lectores seguirle al interior de sus mundos imaginarios". En Diez grandes novelas encontramos un ejemplo contrario: para el Tolstoi de Guerra y paz fue necesaria "la experiencia personal en el Cáucaso y en Sebastopol para hacer vivas descripciones de las diversas batallas".

5. ABORDARÁS ASUNTOS DE \’INTERÉS PERDURABLE\’.
Con ese sintagma Somerset Maugham defiende la necesidad de "tratar temas de amplio interés", por oposición a aquellos otros pasajeros o de moda, pues "cuando dejen de estarlo, su novela será tan ilegible como el periódico de la semana pasada". ¿Y cuáles son para el escritor los asuntos que inquietan al individuo de todos los tiempos? "Dios, el amor y el odio, la muerte, el dinero, la ambición, la envidia, el orgullo, el bien y el mal".

6. NO DARÁS NUNCA DESCANSO A LA PLUMA.
"Desde su juventud –refiere Reich-Ranicki–, Robert Musil no era ya capaz de dominar su grafomanía", lo cual explica el "sinnúmero de páginas con anotaciones de todo tipo" que acabó legando. Tucholsky es otro caso extremo: "Era adicto a la escritura", y su principal problema, "no poder contener la avalancha de palabras que le atosigaba". Nada que no conociera Balzac, de quien destaca Somerset Maugham la "frenética laboriosidad" de su pluma: "Cada año publicaba una o dos novelas largas y una decena de novelas cortas y relatos, además de varias obras de teatro". Para el grueso de novelistas del siglo XIX, escribir era "una necesidad tan acuciante como el hambre o la sed".

7. DOTARÁS DE PROFUNDIDAD A TUS PERSONAJES.
Es consigna compartida: al lector hay que ofrecerle protagonistas con los que pueda identificarse. Para ello, el novelista debe confeccionar verdaderos representantes del género humano con la mayor variedad de matices: la Emma Bovary de Flaubert, el Ismael de Moby Dick, el David Copperfield de Dickens, el estudiante Törless de Robert Musil y el Biberkopf imaginado por Döblin en Berlín Alexanderplatz. Como paradigma de agitaciones, Somerset Maugham remite a Dostoievski, cuyos personajes "tiemblan de emoción, se insultan, rompen a llorar, se ruborizan, la cara se les pone verde o terriblemente pálida".

8. LLEVARÁS UN DIARIO DE TUS PENSAMIENTOS.
Pocos son los escritores que han vencido la tentación de anotar en cuadernos cuanto les venía a la cabeza o les acontecía. Pero mitómanos al margen, Reich-Ranicki pone en entredicho el interés de algunos escritos: en sus más de mil páginas, los diarios de Mann recogen más trastornos digestivos que reflexiones, pese a lo cual "producen ese efecto comparable al de una droga". El crítico alemán, con todo, no logra en los ensayos sobre Mann zafarse de su propia paradoja, dada la dificultad de argumentar –sin contradecirse– que los escritos personales constituyen un "logro artístico" redactados por "un genio de la lengua que balbucea". Somerset Maugham explica de Tolstoi que apuntaba tanto "esperanzas y oraciones" como los "pecados sexuales" que cometía. Y no falta quien, valiéndose de las convenciones del género, ensalza su figura para la posteridad: medio millar de páginas utilizó Stendhal para presentarse "como un personaje más importante de lo que en realidad fue".

9. NO TE SOMETERÁS AL IMPERIO DEL ESTILO.
¿Pueden crearse grandes obras sin ser un gran estilista? Tras repasar los textos de Melville, Balzac, Dickens y Emily Brontë, Somerset Maugham concluye: "Escribir bien no era una parte esencial del equipamiento del novelista", antes preocupado por "la observación aguda, el vigor y la vitalidad, o el conocimiento de la naturaleza humana". En el caso de los precursores alemanes, Reich-Ranicki carga contra El hombre sin atributos de Musil, escrita con un estilo "atroz", y señala que "carece de estructura, marco e hilo conductor".

10. APLICARÁS RIGOR Y MÉTODO A TU OFICIO.
Costumbres en verdad obsesivas regían la labor de casi todos los grandes creadores. Diez grandes novelas detalla cómo Emily Brontë ocupaba las mañanas en planchar y amasar el pan, pero entre ambas tareas "anotaba algún pensamiento impaciente" en el papel que siempre la acompañaba. Mientras redactaba Madame Bovary, Flaubert no abandonaba su escritorio entre la una y las siete de la tarde y, tras la cena, volvía a trabajar hasta la madrugada. Idéntico horario se imponía Balzac, quien además necesitaba vestir un "impecable batín blanco" para sentarse a escribir. En la literatura germánica del siglo XX, Schnitzler constituye un caso ejemplar de perfeccionismo: "Pulía constantemente frases sueltas, hacía copiar el manuscrito corregido, lo volvía a corregir y lo mandaba copiar de nuevo". No alcanzó, sin embargo, el récord de un Tolstoi tan obsesivo que exigió a su mujer copiar hasta siete veces el original de Guerra y paz.

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Literatura erótica. Y a veces un poco más que eso.

Carlos Álvarez Ossorio

Ficha entorno al factor humano en la literatura:

Carlos Álvarez Ossorio, galardonado con un Premio Max: "Crear una obra de teatro es, a veces, tener un muerto viviente"

"Las infraestructuras están pensadas para que las obras duren cuatro meses y, después, mueran"

Mar Mato / VIGO

Carlos Álvarez Ossorio ha apostado por "liberar el teatro de lo superfluo" , por "sacar de mínimos elementos el máximo significado". Tras diez años con obras en escena, esta semana ha recibido una de las mayores "sorpresas" de su vida: el Premio Max de texto teatral en gallego por "A casa do pai". Andaluz de nacimiento (Sevilla, 1973) pero gallego de alma, lleva viviendo tres años en Compostela disfruta del momento.

- Primera nominación a los Max y primer premio. ¿Cómo lo recibe?

- Para mí, es una sorpresa muy grande. Ya lo fue la nominación y no contaba para nada con el premio. Confiaba mucho más en que lo recibiesen Pernas y Prieto, que ya lo consiguieron en otras ocasiones. Recibirlo (el galardón) ha sido una sorpresa bastante grande y una alegría, además de una forma de sentirme más gallego.

- ¿Podremos ver "A casa do pai" de nuevo en el escenario?

- Es una obra cerrada, hace meses que no tenemos funciones. No sé si a raíz de los Max saldrá alguna función. Gustavo Pernas me contó que no suele pasar, que es poco probable.

- ¿Cuál es el problema?

- Quizás, en su momento, la obra no despertó gran interés en algunas personas y ahora que estas personas tienen una serie de referencias es cuando se pueden interesar por verla. Después de los Oscar, se reponen las películas premiadas pero en el teatro la maquinaria es más difícil que en el cine. Hay actores con proyectos nuevos, habría que retomar los ensayos… a veces, el esfuerzo de producción es demasiado grande para -a lo mejor- tener una o dos funciones más.

- Es bastante duro.

- A mí, me da mucha pena que las obras mueran tan pronto. Un montaje de teatro hay que intentar que dure el mayor tiempo posible. Hay compañías que están con un espectáculo diez años pero, para eso, tiene que haber un trabajo de distribución y difusión muy fuerte. Representar un espectáculo cada dos meses es como tener un muerto viviente. Eso se da por las infraestructuras, que están pensadas para que las obras duren cuatro meses y después, mueran. Me da tristeza.

 

Enrique Moriel soy yo

Ficha de historia o anecdotario:

EL PERIÓDICO, 18 de abril de 2007

UNA REVELACIÓN LITERARIA EN BARCELONA

Enrique Moriel soy yo

Francisco González Ledesma se identifica como el autor de \’La ciudad sin tiempo\’, que fue publicada bajo seudónimo

ELENA HEVIA. BARCELONA

BARCELONA

Ha sido un mercenario de la literatura y lo asume. Francisco González Ledesma (Barcelona,1927), abogado, periodista, escritor y escribidor, confiesa haber pasado penurias económicas en su juventud. De ellas le libró un seudónimo muy fértil, el de Silver Kane, bajo el cual escribió a destajo novelas del oeste de a duro, a razón de dos por semana, durante años y años. En total, más de 400. "Todo lo que sé de la escritura se lo debo a Silver Kane", reconoce.
Es por eso que a este autor de novela negra –con una de ellas Crónica sentimental en rojo ganó un Planeta– no le importa presentarse embozado y enmascarado en las librerías. Podría decirse que le da suerte. Sin el aval de su nombre, su novela La ciudad sin tiempo, publicada bajo el seudónimo de Enrique Moriel, ha logrado llegar a las tres ediciones y partir como caballo ganador en este Sant Jordi.

Su verdadera personalidad se ha revelado oportunamente a menos de una semana de la Diada. "Un fantasma no puede firmar libros y yo lo haré con mi nombre, a menos que un lector me pida que lo haga como Moriel, porque él es más auténtico que yo mismo", explica. Enrique Moriel era, de todas formas, una pista más o menos encubierta para llegar a la resolución del misterio. Ese fue el nombre del protagonista de la primera y muy comprometida novela del escritor, Sombras viejas, que ganó en 1948 el Premio José Janés y fue prohibida por la censura franquista. La buena noticia es que Destino recuperará esa obra primeriza y casi desconocida.

¿Por qué la utilización de seudónimo? "Mi nombre está demasiado ligado al género negro y mi editor, Emili Rosales, consideró que eso iba a despistar mucho al lector porque La ciudad sin tiempo supone un cambio de rumbo en mi escritura". Y es que González Ledesma ha recuperado su vieja vertiente social en una obra que tiene a Barcelona como protagonista.

Leer hoy un libro es situarse en un espacio de resistencia

Ficha de textos para la polémica o la reflexión:

LA VERDAD, 17 de abril de 2007

MANUEL RIVAS ESCRITOR Y POETA

«Leer hoy un libro es situarse en un espacio de resistencia»

ANA MARTÍNEZ/ALBACETE

La Verdad de Albacete y su Aula de Cultura estrenan hoy martes escenario y auditorio. El escritor Manuel Rivas, autor de títulos tan consagrados como ¿Qué me quieres, amor?, El lápiz del carpintero y Las llamadas perdidas, visita el salón de actos del instituto de Educación Secundaria Bachiller Sabuco para hablar de La literatura amenazada. Persona muy comprometida con el medio ambiente -fue fundador de Greenpeace-, Rivas está considerado como la voz más sobresaliente de la literatura gallega actual, por su manejo del lenguaje, su autenticidad, la ternura de sus historias y su acercamiento a las masas.

-¿Tan amenazada está la literatura? ¿O quizá las palabras?

-Aunque el título pueda resultar apocalíptico, no es más que una llamada de atención. Más que hablar de amenaza para la literatura, hablaremos del sentido de las palabras, porque lo que está amenazado es el lenguaje. Humildemente creo que una de las tareas de la literatura exigente y no acomodada es la de estar en permanente vigilia sobre el sentido de las palabras y evitar la apropiación indebida del lenguaje. Por eso creo que puede ser pertinente, como punto de partida, el reflexionar de una forma inconformista sobre el sentido de la literatura.

-¿Y de quién es responsabilidad de que ese lenguaje y el sentido de las palabras se vean intoxicados?

-No estamos hablando de un fenómeno contemporáneo, es evidente que la historia de la cultura en general es algo dramática. Si tuviera que hacer un resumen de la trama de mi última novela Los libros arden mal, hablaríamos de esa historia dramática de la cultura, porque cuando hablamos de cultura y de literatura lo asociamos a una confección optimista y esperanzadora del mundo, es decir, en nuestra mente la cultura es sinónimo de civilización, pero su realidad es que ha sido instrumen-talizada incluso por aquellos que encarnaban la barbarie. Es algo que nos remite a otros momentos históricos pero, ahora mismo, se ha universalizado con nítida claridad que lo prioritario para los poderes totalitarios es hacerse con el control de las mentes, y creo que la nueva fase es que estamos viviendo una especie de complot de los eufemismos: hoy se habla de palabras sagradas como libertad, cultura o civilización, todas ellas manipuladas y trivializadas para la batalla decisiva del control de las mentes. Creo que los poderes -esa simbiosis de poder político y económico que se da en el mundo globalizado de hoy- no se contentan con la ocupación de las instituciones o del espacio público, sino que su ambición es ocupar también el espacio de lo privado y, en última instancia de la mente. Yo tengo la sensación de que una de las luchas fundamentales es reivindicar nuestro espacio de tiempo propio para pensar, porque cada vez más hay como una expropiación de lo personal.

-La literatura reivindicativa y crítica, la literatura cañera, debe estar en permanente vigilia para que se respete el verdadero significado de la palabra, su sentido ¿Cree que los escritores contemporáneos están por la labor?

-Decía Onetti que había que optar entre el oficio de ser escritor o el oficio de escribir y vivir. No se trata de tener un estatus, ser escritor es como el campesino que tiene que cultivar la tierra día a día porque si no deja de ser campesino. Por ironizar un poco, pienso que hay como dos modelos y actitudes: escritores rostro pálido y escritores piel roja y, aunque creo que se entiende bastante bien, el piel roja es aquel que no está acomodado, que está a la intemperie. Cuando era pequeño mi madre me dijo que tenía que buscar un oficio donde no me mojara, porque en Galicia llueve mucho y me pareció que este oficio de escritor correspondía con esa recomendación materna, pero realmente en este oficio o te mojas o nada tiene sentido. Creo que en este tiempo hay gente que hace una litera-tura muy acomodada y de confort, gente que está demasiado mediatizada por el factor comercial. No puedes hacer karaoke con la literatura. Cuando uno se plantea escribir un libro tiene que intentar que exista como una especie vegetal nueva, intentar aportar algo que antes no existía , al menos intentarlo. Ser escritor debe ser un oficio de alto riesgo, tienes que apostar la cabeza en cada libro.

-El Aula de Cultura de La Verdad estrena nuevo escenario y nuevo público, pues en esta ocasión se traslada a un instituto para tener como auditorio a los jóvenes estudiantes. ¿Es cuestión de empezar a remover a las masas juveniles para educar personas críticas y con criterio?

-El ser humano si se define por algo es por ser capaz de rebelarse contra las injusticias.

-¿Y cree que la juventud de hoy es rebelde?

-Lo que creo es que la juventud está bastante maltratada en cuanto a imagen. Durante mucho tiempo se hizo mucho sarcasmo y se ironizó contra la juventud narcisista, preocupada de sí misma, muy comercial, a la que no interesaba el mundo y fueron los adultos los que construyeron ese imaginario de la juventud. Hay una imagen muy falsa y muy resabiada de la juventud, hecha desde un cinismo adulto. Nunca te van a poner una medalla por ser crítico, creo que la juventud en el fondo está más sensibilizada con el futuro del planeta, el medio ambiente, es otro tipo de rebelión, quizá no tan política, no tan preocupada por la competencia entre siglas, pero en la gran mayoría de los jóvenes existe una sensibilización y una mirada mucho más inquieta y sensible que en generaciones anteriores.

-¿En esta inquietud juvenil se encuentra también la literatura? ¿No es un contrasentido que se detecten bajísimos niveles de lectura y, sin embargo, cada vez nos encontremos con más títulos en las librerías?

-Escribir en España era llorar. Genios como Valle-Inclán pasaron muchas necesidades y mucho hambre. Por suerte estamos remontando ese pasado porque, a parte de que en España escribir era llorar, leer era sospechoso, llevar un libro en la mano suponía ser un tipo raro. Hay que pensar que en el siglo XIX, no hace tanto, el vendedor de biblias observaba cómo la gente se ponía nerviosísima cuando le ofrecía un ejemplar, porque leer la biblia era una actividad sospechosa, algo que sólo podían leer los curas. Lo digo de una forma literaria, forzando la hipérbole, pero frente al tópico hoy se lee más que antes y los jóvenes leen muchísimo más y más variado que se leía hace 20 años. Aún así, estoy totalmente insatisfecho porque estamos hablando de unos puntos de partida muy bajos, de una situación muy precaria, hay muchísimo que hacer, hay un mapa de bibliotecas y de casas de cultura que antes no existía pero es todavía muy, muy, muy insuficiente.

-¿Opina que las bibliotecas deben ser una prioridad para cualquier Gobierno?

-Debe ser una superprioridad un nuevo modelo de biblioteca mucho más social para los jóvenes; las bibliotecas escolares deberían ser el centro del centro educativo y tendrían que incorporar su hemeroteca, su filmoteca, su discoteca Una de las tareas fundamentales es crear hábitats culturales. Se critica mucho a los jóvenes por el botellón pero, que yo sepa, no hay biblioteca alguna que abra por la noche y ofrezca espacios para conversar o ver una película. Leer un libro hoy es situarse en un espacio de resistencia. A mí me parece que ir con un libro en el Metro o en el autobús tiene un alto valor como gesto humano, y cada vez es menos raro, porque la gente está siendo dueña de su tiempo privado, no le están imponiendo lo que tiene que hacer en su tiempo libre. Para mí, entrar en una librería es un acto de rebeldía.

Es peligroso que la poesía se ponga al servicio de una causa

Ficha de análisis o teoría académica:

EL DÍA, 17 de abril de 2007

Martínez Sarrión: "Es peligroso que la poesía se ponga al servicio de una causa"
Martínez Sarrión, una sólida voz poética / El Día

Alfredo Asensi. CÓRDOBA. CÓRDOBA. La promoción poética de los años 70 tiene en Antonio Martínez Sarrión (Albacete, 1939) a una de sus voces más originales y reconocidas. Entre sus poemarios destacan El centro inaccesible (1981), Horizonte desde la rada (1983) y De acedía (1986).

-Después de 40 años de trayectoria poética, ¿cómo es su relación actual con la poesía?

-Es una relación intermitente como escritor. Como lector, estoy volviendo a las grandes figuras en lengua española y en aquellas otras que conozco. Actualmente me cuesta mucho leer poesía traducida. Lo hice en mi adolescencia y en mi juventud, pero ahora no me resulta fácil.

-¿Cree en la utilidad social de la poesía?

-La utilidad social de la poesía es nula salvo que se trate de coyunturas muy puntuales en las que los poetas pueden cumplir un papel estimulante, infundir valor, ilusión y conceptos positivos a un gran número de personas. Estoy pensando por ejemplo en la Guerra Civil española y en el papel que representaron Rafael Alberti o Miguel Hernández. Pero la poesía debe tener otros fines. Es muy peligroso que se ponga al servicio de una causa determinada social o política porque entonces cae en lo propagandístico, y lo propagandístico es lo antipoético. La gran poesía permanece más allá de su relación con las circunstancias del momento en que fue concebida. Permanece por sus valores estéticos.

-¿De qué manera condicionaron su formación intelectual el lugar y el momento en que usted nació?

-La condicionaron de manera absoluta. Nací en una provincia de la España interior, que estaba aislada del mundo y en la que se oía permanentemente el silencio de un millón de muertos. Había un estado de silencio y terror que afectaba por igual a vencedores y vencidos. Nacer y crecer en este clima determinó muchas cosas en mi vida, pero traté de despojarme de los elementos más perniciosos.

-En su libro Cordura (1999), usted incluyó la frase de Conrad: "Lo más que se puede esperar de la vida es cierto conocimiento de uno mismo -que llega demasiado tarde- y una cosecha de remordimientos inextinguibles". ¿Es su visión del mundo?

-Ahora no subrayo con mucho entusiasmo esa frase. Es muy negativa, pesimista, casi nihilista. En aquel momento supongo que me sentía más implicado en esa visión de las cosas. En cualquier caso, no deja de ser una frase inteligente.

-¿La poesía le ha transmitido alguna certeza?

-Ninguna, por suerte. Lástima de las certezas. No creo en ellas, salvo en alguna elemental como la idea de que la democracia es el mejor sistema posible de organización social.

-¿La poesía es el arte más dilapidador?

-Escribí hace tiempo esa frase, que tiene una gran carga irónica y autorreflexiva. Me la aplico a mí mismo, sin arrogancia. Es una llamada a la concisión que debe presidir el trabajo de un escritor para que en la medida de lo posible evite publicar textos innecesarios.

-¿Qué elementos debe contener un poema para optar a la categoría de necesario?

-Las claves son el ritmo, la condición musical y una capacidad de elipsis alta. Son los elementos fundamentales. Luego cabe todo: sentimientos, emociones, ideas… Pero el ritmo y la musicalidad no pueden faltar, incluso en poemas largos, de carácter épico…

-¿Qué aspectos de la poesía española actual le interesan?

-La poesía española tuvo un siglo XX tan bueno, sin duda el mejor de su historia después del Siglo de Oro, que en el arranque del XXI resulta difícil hacer diagnósticos de este tipo. En cualquier caso, la gran poesía del siglo XX ha dejado su herencia y en la actualidad, a la hora de afrontar la obra de los nuevos poetas, es difícil encontrar libros mal escritos. El nivel de elocución y de manejo del lenguaje es muy alto. Quizá falta algo de originalidad.

-¿En qué trabaja actualmente?

-En un texto muy personal sobre un espacio con el que mantengo una relación cercana desde hace 25 años: el parque del Retiro. Es una lectura lírica, histórica y arqueológica del Retiro. No es un texto erudito ni una guía.

Contar la vida

Ficha de análisis o teoría académica:

LA VERDAD (Semanario Ababol), 16 de abril de 2007

Contar la vida

La coincidencia de los últimos diarios de Trapiello, Llop y García Martín en las librerías confirma el excelente momento que vive el género y permite analizar sus tendencias y protagonistas

PABLO MARTÍNEZ ZARRACINA

En la última entrega de sus diarios, La cosa en sí (Pre-Textos), Andrés Trapiello describe una visita a la catedral de Santiago realizada en febrero de 2000 junto a otros dos escritores. «Como los tres amigos que estábamos presentes allí llevamos un diario, alguien preguntó: ¿quién escribirá de este momento? Los tres respondimos al unísono: los tres». Detrás de las mayúsculas con que Trapiello disimula los nombres de sus acompañantes, reconocemos a José Carlos Llop y José Luis García Martín, dos de los más conocidos diaristas del momento. Como era de esperar, ellos también escribieron sobre aquel viaje. García Martín lo hizo brevemente en una página de Fuego amigo (Llibros del Pexe), el volumen que agrupa sus cuadernos de 1999 y 2000. Y José Carlos Llop lo hace en el reciente La escafandra (Destino), donde encontramos una entrada que comienza así: «Tres diaristas regresan al Obradoiro. Uno pregunta: ¿quién escribirá esto en su diario. Hay un silencio y luego un escalonado todos como respuesta».

Que los diarios de tres escritores españoles, los tres nacidos en los cincuenta, los tres poetas, los tres con un diario en marcha, se crucen en un punto del camino, y que los lectores podamos asistir a ese encuentro al poco tiempo de darse, es una anécdota tan curiosa como llena de significado. Hace no mucho esta coincidencia habría sido imposible por varios motivos, desde el desinterés editorial hasta el modo secreto y episódico en que los autores solían abordar el género.

A diferencia de Inglaterra o Francia, en España nunca ha existido una tradición diarística. Los grandes diarios de nuestras letras fueron publicados en el siglo XX (recordemos que el género nació en el XVII) y pueden contarse con los dedos de las manos. Entre todos ellos destaca El cuaderno gris, de Josep Pla, un texto en cierta manera fundacional construido con tanto talento como premeditación. A su alrededor encontramos los diarios de Juan Ramón y Ruano, los de Azaña, Max Aub y Foxá, el de Jaime Gil de Biedma, algunos de Torrente Ballester, los de Ramón Gaya, Gil-Albert o José Luis Cano. Poco más. Hay quienes explican esta escasez aludiendo a los siempre peligrosos caracteres nacionales: los españoles parecen no estar capacitados para la introspección.

Otros entienden que el clima de falta de libertad que ha marcado la historia reciente del país no ha sido el más propicio para la publicación de diarios íntimos. Algunos aluden a motivos que tienen que ver con el pudor. Los hay que sostienen que lo que en realidad no les gusta a los españoles no es la autobiografía, sino el riesgo: al fin y al cabo, siempre es más comprometido publicar un diario que unas memorias, esos escritos propensos al maquillaje que tienen algo de adiós, de última palabra.

Es probable que todos tengan su parte de razón, aunque tal vez convendría valorar motivos más simples, como el gusto del público, el mero azar o la oportunidad. Desde fuera y dejando a un lado profundidades académicas, no resulta tan extraño que haya sido en tiempos propensos a la literatura fragmentaria y a las obras de no-ficción cuando el género ha adquirido una importancia desconocida hasta la fecha.

Puñaladas íntimas

Desde hace veinte años, el auge del diarismo en nuestro país es muy notable, aunque hablar, como se ha hecho, de boom resulta excesivo, y probablemente malintencionado: digan lo que digan, la gente en el transporte público sigue leyendo otras cosas.

Hoy, junto a los títulos de García Martín, Trapiello y Llop, podemos encontrar en las librerías un abundante y variado catálogo de diarios íntimos. En realidad, existen tantas clases de diarios como autores. Husmear entre los publicados en los últimos años es adentrarse en un fantástico bazar de la intimidad. Los encontramos de todo tipo: elegantes y periodísticos como los de Valentí Puig, impresionistas y silenciosos como los de Fernando Sanmartín, brillantes y mixtificadores como los de Umbral, profundos como los de César Simón, viajeros como los de Eduardo Jordá o agudos y apegados a la actualidad como los de Arcadi Espada.

Sin embargo, pese a la variedad existente, sí se advierte en los últimos tiempos la predominancia de un cierto tipo de diario, íntimo y al tiempo pudoroso, libresco, pausado, algo irónico, propenso al aforismo y a la media voz. No es extraño que en alguno de ellos se incluyan referencias polémicas, pequeñas venganzas y retratos sarcásticos que, además de hacer las delicias de muchos lectores, nos recuerdan el aserto de William Soutar: «Un diario es la capa de asesino con la que nos cubrimos cuando apuñalamos a un colega clavándole una pluma en la espalda».

Curiosamente, la mayoría de los autores que comparten esta concepción del género son también poetas, como Alex Susanna, Andrés Sánchez Robayna o Antonio Martínez Sarrión, quien hasta la fecha ha publicado dos entregas de sus diarios: Cargar la suerte y Esquirlas (ambos en Alfaguara).

Entre los narradores de la siguiente generación encontramos un acercamiento totalmente opuesto a la escritura de diarios. Libros como Síndrome (AMG Editor) de Javier Alonso, ‘Todo tiene grietas’ (Trama) de Iñigo García Ureta o ‘Unas vacaciones baratas en la miseria de los demás’ (Caballo de Troya) de Julián Rodríguez proponen un diarismo entreverado de ficción en el que el narrador no se muestra claramente y en el que hay espacio para la parodia, el juego e incluso el delirio. Es significativa la cita de César Aira que abre el libro de Rodríguez. «Un diario no es una novela», propone el argentino, «sino el modelo extenso de todas las novelas que puede escribir su autor».

Es habitual que antes o después los autores reflexionen sobre su actividad. Para José Luna Borge, que trabaja en una serie de diarios titulada ‘Veleta de la curiosidad’, escribir un diario es «la solitaria rutina de poner en orden acontecimientos y pensamientos que cada día nos asaltan». José Carlos Cataño, autor de ‘Los que cruzan el mar’ (Pre-Textos), piensa que el diario «es el territorio donde se reconstruye el yo, la propia identidad». Miguel Sánchez-Ostiz, autor de uno de los ciclos diarísticos más poderosos y extensos del panorama, no entiende el género sin la presencia de «un proyecto vital, una pugna moral, un proyecto ético sostenido, o una aventura intelectual que valga la pena».

Con una mano sobre el hombro de Stendhal, Andrés Trapiello considera que un diario es «una mesa camilla en medio del bulevar». Juan Manuel Bonet, autor de ‘La ronda de los días’ (Guillermo Canals Editor), define el diario como el «recuento de toda clase de vestigios dejados tras de sí por naufragios diversos». Certero y epigramático, Javier Almuzara describe en ‘Títere con cabeza’ (AMG Editor) cada entrada como «prosas que están en los huesos porque se alimentan de tiempo».

José Jiménez Lozano, uno de los diaristas más hondos de cuantos publican hoy en España, encuentra que la «finalidad exclusiva» de sus cuadernos es que «sirvan para acompañar a alguien», que sean de utilidad «como un trozo de cuerda o de lacre, o un cabo de vela que se guarda en una caja».

A los nombres mencionados hasta ahora abría que añadir otros como los de Julio José Ordovás, Tomás Sánchez Santiago, Manuel Iván Camargo, Ignacio Carrión, Luis Javier Moreno, Bruno Belmonte, Raúl Carlos Maícas o Sabino Méndez. Todos ellos son autores de al menos un dietario y ejemplifican el buen momento que vive la escritura autobiográfica en nuestro país. Como es comprensible, ese buen momento ha venido acompañado de una creciente atención crítica, lo que ha provocado algunos debates no exentos de interés.

Debate crítico

El más sonado lo han establecido la profesora de la Universidad de Barcelona Anna Caballé y Andrés Trapiello. Caballé opina que el género exige la escritura en directo, es decir, que las impresiones sobre lo que ocurre sean escritas en el momento en que ocurre, sin ser retocadas con posterioridad. Trapiello, que deja que pasen cinco años entre la escritura de cada diario y su publicación, estima excesivo el celo de quienes piensan como Caballé y en las dos últimas entregas de su serie del Salón de pasos perdidos se refiere a ellos agrupándolos bajo siglas como PEB (Policía de Escrituras Biográficas) o PMD (Policía Montada de los Diarios).

¿Es un diario un texto en el que las entradas no están precedidas de fechas? ¿Y uno, como el de Pla, reescrito completamente por el autor antes de su publicación? ¿Y uno en el que el escritor compone un personaje que no se le parece demasiado? Quién sabe. Lo que está claro es que el diarismo es una parcela de la literatura, y ésta es un territorio de libertad.

Los diarios, ya sean canónicos o heterodoxos, atraen cada vez a más lectores, que encuentran en ellos la experiencia de sus semejantes, es decir, un reflejo de la suya propia. Fue el poeta inglés Siegfried Sasoon quien en los años veinte vaticinó que para los lectores del futuro tendría más interés un diario moderno que una novela moderna. Nosotros somos esos lectores y, felizmente rodeados de diarios, miramos al fantasma de Sasoon y asentimos, cómplices, con la cabeza.

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