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Archive for julio, 2007

El renacimiento de Macondo

Ficha entorno al factor humano en la literatura:

EL PERIÓDICO DE CATALUÑA, 26 de junio de 2006

Aracataca, pueblo natal de García Márquez, quiere cambiar su nombre para salir del olvido


GLORIA HELENA REY
BOGOTÁ

Macondo, la pequeña y legendaria aldea de Cien años de soledad en la que "el mundo era tan reciente que muchas cosas carecían de nombre y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo", como lo describió García Márquez en su famoso libro, acaba de salir de las páginas de la literatura para convertirse en realidad.

Tras someterlo a votación, sus habitantes aprobaron ayer agregarle el nombre de Macondo a este municipio del Caribe, aunque la escasa participación (3.599 de un censo de 22.000) impide legalizar ese paso. El alcalde, no obstante, aseguró que para todas las actuaciones municipales, el pueblo se llamará Aracataca-Macondo, porque así lo aprobaron 3.370 votantes.
Gabo utilizó la palabra en tres libros al referirse a un pueblo imaginario, pero Macondo se hizo mundialmente famoso cuando Cien años de soledad fue publicado el 30 de mayo de 1967 por la Editorial Sudamericana de Buenos Aires y recorrió el mundo en más de 35 idiomas. Vendió, por lo menos, 40 millones de ejemplares y coronó a Gabo como Nobel de Literatura en 1982.

LA ESPERANZA
Aunque la palabra Macondo siempre llamó su atención, García Márquez confesó, en una de las muchas entrevistas, que sólo se enteró años después por una enciclopedia que Macondo era el nombre de un árbol del trópico parecido con la ceiba. Hasta entonces, dijo, que pensaba que nunca había existido, pues había preguntado en varias ocasiones su significado.

Pero Macondo no es un estado de ánimo, como lo definió alguna vez el Nobel, sino un lugar abandonado y sumido en el olvido que busca aferrarse a una idea de su más ilustre hijo para sobrevivir. Pedro Sánchez, alcalde de Aracataca, inició la empresa de agregarle el nombre de Macondo al de Aracataca hace más de un año, para sacar al pueblo de la pobreza y del olvido y convertirlo en destino turístico. Tras visitar Europa comprobó que Macondo y Aracataca eran nombres mucho más conocidos que Bogotá y Medellín.

Por eso pensó que habría que utilizar el prestigio del hijo más célebre. Era preciso, en su opinión, juntar los dos nombres para que la gente comprendiera que Aracataca-Macondo es la misma cosa: la materia prima de la obra de Gabo. Ésta es, en su opinión, la única manera de generar ingresos al pueblo, pues está quebrado: no tiene acueducto, el agua que hay no es apta para el consumo humano y el campo apenas se recupera tras años de enfrentamientos entre paramilitares y guerrilleros de las Fuerzas armadas revolucionarias (FARC).

Hace un año, Sánchez encargó un letrero que ahora colocará a la entrada: Bienvenido a Aracataca-Macondo, tierra del realismo mágico. La idea puede funcionar. Sin que figure en ninguna guía turística, cientos de personas de distintos países visitan Aracataca y la casa casi en ruinas donde nació García Márquez. Según Rafael Jiménez, director de la Casa-Museo Gabriel García Márquez, sólo en el 2004 fueron 1.200.

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Márai: la vida como laboratorio de la ficción

Ficha de análisis o teoría académica:

CLARÍN (REVISTA Ñ), 24 de junio de 2006

MEMORIAS
El escritor húngaro se suicidó en 1989, meses antes de la caída del Muro de Berlín. Su obra, prohibida por el régimen soviético, hoy es recuperada como una de las más notables de la literatura de Europa central. Acaba de publicarse en español el segundo tomo de su autobiografía, "¡Tierra, tierra!", donde evoca el fin de la ocupación alemana y la llegada del régimen comunista a Hungría. Un ejercicio de memoria que también impregna todas sus novelas

MARTIN KOHAN

En un momento determinado de las Confesiones de un burgués, su primer libro de memorias, Sándor Márai desliza una confesión que acaso podría determinar todas las demás. Dice con franqueza: "Tengo mala memoria". Dicha por este escritor húngaro, cuyas novelas evidencian la más profunda comprensión de lo que es el pasado, de lo que pesa su persistencia o del poder que adquiere al retornar, la frase no merece ser sospechada de impostura. Márai escribió estas primeras memorias apenas a los treinta y cuatro años. El mismo sería, con el tiempo, reconocido primero como escritor, olvidado después por razones de desgraciamiento político ante todo, y recuperado últimamente con la justicia (póstuma como suele ser: él se suicidó en 1989) de nuevas ediciones, nuevas traducciones y una cuantiosa consideración crítica. El segundo volumen de las memorias de Márai, ¡Tierra, tierra!, escrito unos cuarenta años después del primero, es más preciso en lo atinente al recelo de recordar: "Entre los fenómenos de la conciencia, el mecanismo de la memoria es, para mí, el milagro más temible y misterioso". Este peligro, en su combinación singular de atracción y de amenaza, afrontado y contenido mediante la solvencia de una gran escritura, flota en torno de los dos libros de memorias (el de mediados de los años treinta y el de comienzos de los años setenta), pero también en las diversas novelas que Sándor Márai ha escrito. En cierto modo podría decirse que su tema es siempre el mismo: la manera en que cierto hecho que sucedió en el pasado, o mejor: algo que en el pasado debió suceder y no sucedió, alguna cosa que en un tiempo ya lejano se dijo o no se dijo, o que se dejó entrever pero no acabó de manifestarse, mucho después, al cabo de los años, vuelve. Y al volver asume la tremenda tristeza de las miradas retrospectivas, la desorbitada intensificación de un presente donde por fin se comprende todo, y la desolación sin futuro de entender qué es lo que hay que hacer cuando ya no queda nada que hacer.

En las más de novecientas páginas que suman Confesiones de un burgués y ¡Tierra, tierra!, Sándor Márai no hace mención de ninguna de sus novelas (hay apenas una alusión ocasional a la trilogía que luego se edita como La mujer justa, pero la hace para explicar una circunstancia particular de relegamiento político). Es decir que ese impudor tan frecuente, el de ponerse a hablar de los propios libros como si fueran de otro, no se verifica en Sándor Márai. Y no obstante, las memorias comparten con nitidez ese mundo singular que es tan propio de sus novelas y respiran todo el tiempo su mismo aire: leer el recorrido de sus evocaciones autobiográficas es habitar, de hecho, el mismo universo que se lee en las novelas. No se trata solamente de las anécdotas puntuales que puedan retomarse en la ficción, haciendo que esa ficción se nutra de las cosas que han pasado en el mundo de la vida. Es algo más: es la manera decididamente sutil en que Sándor Márai detecta y define, allí en el mundo de la vida, con una sensibilidad que es al mismo tiempo vital y literaria, esos núcleos de conflicto y de narratividad que serán después el soporte y el motor de sus relatos ficcionales. Márai capta, en la vida, el potencial literario de ciertos motivos y de ciertas escenas. En las memorias de Márai se distingue, por ejemplo, el peso que por su vacancia adquieren esas conversaciones definitorias que, a su debido tiempo, no tuvieron lugar; el espesor de ciertos reencuentros que se producen al cabo de unos cuantos años; la tensión silenciada de las visitas que son perfectamente corteses, y en las que sin embargo subyace un antiguo rencor; el destello vertiginoso del instante en que se alcanza una revelación y de pronto se comprende todo; la manera finalmente sencilla y por momentos casi apocada en que transcurren las verdaderas tragedias personales.

Todo eso, que las memorias distinguen en la realidad, hace posible la escritura de novelas como El último encuentro (la espera de toda una vida y un reencuentro final), La herencia de Eszter (un regreso demorado por años y una conversación definitiva), Divorcio en Buda (un gesto interrumpido, pero imborrable, que se comprende muchos años después), La amante de Bolzano (el intento tardío de reparar un desencuentro) o La mujer justa (el triángulo amoroso, que aparece en todos los textos, aquí gira en cada vértice para componer figuras nuevas). Márai calibra la potencia narrativa que tienen los secretos (eso que intrigará siempre, porque nunca se sabrá del todo, de uno mismo o de los otros) o las confesiones (decidirse a revelar por fin eso que estuvo silenciado por años). La escala temporal de su literatura es siempre ésa: la de los años; esperas o silencios que duran décadas; amores y venganzas que se toman vidas enteras, que dan a esas vidas su sentido del todo, o les quitan de una vez todo sentido.

Las novelas de Sándor Márai se permiten resueltamente la ambición de la profundidad. Corren por eso un riesgo, pero lo salvan (o lo salvan porque lo corren), porque los pasos en falso de la ambición de profundidad van a parar a la cursilería (así como los pasos en falso del juego de superficies van a parar a la banalidad). Márai apunta con su literatura a las verdades de fondo de la vida humana. Claro que no es indispensable creer en ellas para conmoverse con sus textos, y hasta es posible conmoverse más aún si se las lee sin ellas, porque aumenta entonces un efecto que las novelas de Márai siempre rondan: la nostalgia por un mundo que se ha perdido.

Dos guerras, dos relatos

Puede que ¡Tierra, tierra! no sea la continuación de Confesiones de un burgués, sino su despliegue; no su segunda parte, sino su contraparte. Hay algo que llama la atención en el primer tramo de esta empresa evocativa, la que abarca la infancia y la juventud, y es que un acontecimiento tan significativo como una convocatoria militar al frente durante la Primera Guerra Mundial es liquidada en el libro, con una disposición más que sumaria, por medio de una referencia tan somera que ocupa apenas unas pocas líneas. La perspectiva es bien distinta en ¡Tierra, tierra!. En este otro volumen, el final de la ocupación alemana en Budapest durante la Segunda Guerra y la implementación en Hungría del régimen soviético son los ejes que determinan el desarrollo de lo que se cuenta. Acaso se trate de dos abordajes opuestos pero complementarios: narrar primero de qué manera se conforma la idiosincrasia de un burgués, su sensibilidad, la mirada que dirigirá a la realidad, relegando en buena medida a esa misma realidad en la escritura; poner a funcionar después esa subjetividad, su sistema de valores y su concepción de la vida, ahora en abierta relación con las circunstancias históricas más urgentes.

En las Confesiones de un burgués, el burgués es no solamente el que confiesa, sino también lo que se confiesa. Márai sabe bien que un burgués no se da por sí solo: "Ser burgués requiere un esfuerzo constante", estipula en La mujer justa. Las memorias de la infancia y de la juventud cuentan, como podría hacerlo un especialista en química, cómo es que se compone la subjetividad de un burgués, la elaboración que requiere, el esfuerzo que hay que hacer. La integración de esa subjetividad supone un cierto repliegue, y se diría que por eso mismo la propia escritura se produce, ella también, como repliegue; la realidad de las cosas, aun la de la experiencia de guerra llegado el caso, queda siempre más allá.

Sándor Márai describe con sapiencia de experto qué tipo de relación entabla el burgués con la esfera de la intimidad, y hasta qué punto el secreto puede llegar a ser toda una marca de clase. Las prácticas de la sociabilidad lo definen no menos que su entrenamiento en los hábitos de la soledad: para ser burgués —y para ser un escritor— hay que saber estar solo. Sobre el horizonte de estas vivencias existe, tan próximo como inalcanzable, otro universo: el de los criados (figuras decisivas en El último encuentro o en La herencia de Eszter o en La mujer justa). La vida cotidiana empieza a verse afectada, en los hogares y en las ciudades, por los aportes flamantes de una modernización todavía incipiente que, sin dejar de despertar sospechas, ya se impone. Al mismo tiempo, una cierta tristeza gana su espacio y se hace sentir: la de saber que hay toda una forma de vida que avanza inexorablemente hacia su propia extinción.

Hay en Sándor Márai algo que recuerda a Proust (el niño que en la cama teme y espera el beso nocturno de la madre), o a Walter Benjamin (que escribe por esos mismos años sobre su infancia en Berlín), o a Joseph Roth (la luz menguante de lo que fue esplendor). Su interés primordial por el secreto, como principio de integración personal y también de relación social, dialoga con las indagaciones que sobre ese mismo punto había encarado, desde la sociología, Georg Simmel. Pero en cuanto se percibe a los diarios de Márai como un laboratorio para sus novelas, la opción inversa se ofrece como una alternativa no menos verosímil. Pasa lo mismo que con la literatura y con la vida, tal como Márai las concibe y entrelaza: es difícil decidir cuál es la que le da sentido a cuál.

Eso mismo que Franz Kafka dispuso en su Diario en dos líneas (una para decir que Alemania había invadido Polonia; la otra para indicar que a la tarde le tocaba natación), Márai en el suyo lo dispone en dos libros. En Confesiones de un burgués, el predominio de la pura subjetividad relega a la realidad histórica al nivel de la resonancia. En ¡Tierra, tierra!, esa realidad histórica es la que prevalece y se impone. El sujeto burgués, que ya es un hecho, reacciona y responde con sus reflejos de clase, con su temperamento cultural, con sus miedos más típicos, con su ideología cabal. No resulta tan evidente cuál podría ser la sintonía temporal de las continuas diatribas anticomunistas de Márai en ¡Tierra, tierra!: si es una profecía vigorosa que, ya cumplida, brilla hoy desde una completa actualidad; o si, por el contrario, es una arenga prontamente envejecida, toda vez que se doblaron por sí solas las rodillas del gigante que antes todo lo pisoteaba.

Quien lo desee puede ver un signo en este hecho: Márai se quita la vida, todavía en su largo exilio, poco antes de que cayera el Muro de Berlín.

Tres escenas con libros

Tres escenas poderosas que Márai ofrece en La mujer justa, con ecos de autobiografía, involucran a un personaje que es burgués y es escritor. La guerra imprime en esas escenas la coloración del drama. En una hay bombardeos, pero el escritor renuncia a la protección de los refugios subterráneos porque prefiere aprovechar esos respiros de la ciudad sin gente para ponerse a leer con toda tranquilidad. En otra los bombardeos ya pasaron, dejando su estela de ruinas; el escritor encuentra que lo que fue su casa es ahora una montaña de escombros; hurga entre esos escombros, lo que busca son sus libros; verifica, con extraña serenidad, que casi ninguno se ha salvado; lo que siente al comprobarlo, por razones que él mismo no termina de explicarse, no es congoja, sino una especie de alivio. En otra escena, un camión transporta a los infelices que lo perdieron todo, aferrados a las pertenencias que atinaron a rescatar. El escritor es llevado en ese camión, sentado sobre un montón de cosas. Va solo, va ensimismado, va leyendo un libro.

No parece exagerado hacer de ese camión un emblema. ¿Qué otra cosa promueve la genialidad de Sándor Márai, sino la dichosa ilusión de que la literatura pueda importar más que nada?

Márai básico

HUNGRIA, 1900 – EE.UU.,1989. ESCRITOR

Nació en Kassa, una pequeña ciudad húngara que hoy pertenece a Eslovaquia. Abandonó definitivamente su país en 1948 con la llegada del régimen comunista. Emigró a los Estados Unidos. La prohibición de su obra en Hungría hizo que el nombre de quien hasta ese momento estaba considerado uno de los escritores más importantes de la literatura centroeuropea cayera en el olvido. Hubo que esperar varias décadas, hasta el ocaso del comunismo, para que este extraordinario escritor fuese redescubierto en su país y en el resto del mundo. Sándor Márai se quitó la vida en 1989 en San Diego, California, pocos meses antes de la caída del Muro de Berlín.


Así escribe: ¡Tierra, tierra!

Tras la partida de los soldados, la casa y el jardín parecían una extraña mezcla de campo de batalla, matadero y fábrica de maquinaria arruinada. Hacia el mediodía oímos que los alemanes habían entregado Budapest. Por la noche metimos nuestras pertenencias en unos sacos y al alba nos pusimos en camino, mi esposa y yo, para recorrer andando los veinte kilómetros que nos separaban de la capital, y para buscar en algún sótano a mi madre, a mis hermanos, a mis amigos, a lo que quedara de la vida anterior. A medida que nos aproximábamos al barrio de Buda en que habíamos vivido, el paisaje iba cambiando en cada esquina: los edificios conocidos estaban transformados en ruinas apenas reconocibles. Era como si camináramos entre restos arqueológicos… Avanzábamos siguiendo la estela rusa, tratando de identificar detalles de las casas de antaño entre los escombros. El camino estaba libre. Aunque no sabíamos adónde llevaba.

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Estañol: la filosofía como género literario

Ficha de análisis o teoría académica:

MILENIO, 24 de junio de 2006

El jueves fue presentada su nueva novela

En la historia se aparecen célebres personajes reales o imaginarios del siglo XVIII, pero también se abordan diferentes temas

El más reciente libro de Bruno Estañol, La conjetura de Euler (Cal y Arena, 2006), refleja las preocupaciones vitales del neurocirujano: es literatura, pero también puede ser historia o ensayo o biografía. O en realidad no pertenece a ninguno de esos géneros.

En la historia se aparecen célebres personajes reales o imaginarios del siglo XVIII, pero también se abordan diferentes temas: la epistemología, la teología, la ceguera, las matemáticas, la relación del filósofo con el poder o los sentidos. Dentro de tal diversidad hubo una coincidencia entre sus presentadores: es "una novela que no es novela".

"Se trata de una anécdota nada convencional, pues utilizando un tono más ensayístico, autobiográfico y libresco, que narrativo, y sirviéndose de personajes de la Ilustración perfectamente identificados en el siglo XVIII, Estañol plantea el problema tantas veces tocado por filósofos, teólogos, científicos y poetas: cómo percibimos y cómo comprendemos este mundo que habitamos", a decir de Hernán Lara Zavala.

Una reflexión de Bruno Estañol (Frontera, Tabasco, 1945) sobre la vista y el tacto, las limitaciones del conocimiento empírico, las ideas sobre el infinito, el mal y el caos en el universo.

"Una novela-ensayo", comentó Lara Zavala, "en la que el autor especula, en principio, sobre el carácter teológico que relaciona íntimamente a las matemáticas con la existencia de Dios y el Universo, pero que se extiende a muchos otros temas de carácter filosófico, científico, médico, poético y hasta erótico."

Transgresor de sí mismo
De acuerdo con Hugo Hiriart, estamos ante el trabajo de un hombre de amplia curiosidad y múltiples habilidades, cuya literatura refleja esa generosa diversidad, que lo distingue de la avalancha de novelas que se precipitan en nuestro tiempo.

De acuerdo con Hugo Hiriart, estamos ante el trabajo de un hombre de amplia curiosidad y múltiples habilidades, cuya literatura refleja esa generosa diversidad, que lo distingue de la avalancha de novelas que se precipitan en nuestro tiempo.

Quizá por ello, José María Pérez Gay considera que Bruno Estañol —neurocirujano de profesión y autor de obras como La barca de oro— esconde la cultura que otros llevan a primer plano: en su estilo priva el conversador sobre el artífice.

"La conjetura de Euler es una novela donde Estañol ha cambiado de rumbo. En el complejo mundo de las matemáticas, Estañol nos lleva al año de 1749 y a los diarios apócrifos de Denis Diderot, el enciclopedista."

La novela se caracteriza por su claridad expresiva. "Su prosa lo fortalece con ironía y álgebras metafísicas y verbales, con cierto pulso lírico que sabe convivir con los perfiles de la farsa. Su propia escritura, así vaya en fragmentos, en meras conversaciones y hasta en los cristales de la pesadilla, lo redime, lo reconstruye cada día", especifica Pérez Gay.

Frente a tantas palabras, Bruño Estañol profirió pocas, casi el silencio, aunque lo comentado permite conocer las otras razones en la creación de La conjetura de Euler: "Pienso que la filosofía es un género literario. Además, Borges dijo que la teología es un género de la literatura fantástica y las matemáticas puras también son un género de la literatura fantástica. Y para terminar: creo que tenemos tabasquismo para rato".

John Connolly: En mis novelas el lector entra en la mente del protagonista

Ficha entorno al factor humano en la literatura:

PERIODISTA DIGITAL, 24 de junio de 2006

NOVELA NEGRA


El escritor irlandés John Connolly, que acaba de publicar en España "El camino blanco", cuarta novela de su detective Charlie Parker, ha señalado que desde un principio pensó en la primera persona para que "el lector entre en la mente del protagonista".

En una entrevista concedida a EFE, Connolly, que vive entre Dublín y EEUU, ha señalado que desde su primera novela intenta "seguir más al personaje que a la trama y, de hecho, la trama surge del protagonista".

Connolly confiesa que está en las antípodas de esos escritores que "seis meses antes de comenzar a escribir ya tienen un guión detallado de cada capítulo", pero él prefiere no planificar los libros.

Sobre la voz utilizada en "El camino blanco", la misma primera persona que en las anteriores entregas del detective Parker -"Todo lo que muere" (1998), "El poder de las tinieblas" (2000) y "Perfil asesino" (2001), publicadas por Tusquets-, Connolly apunta que "si las novelas tienen fuerza e impacto, es por las respuestas que Parker dar a los enigmas, hasta el punto de que el lector vive dentro de la cabeza de Parker".

También a favor de esa primera persona está la "inmediatez" que proporciona a la novela, si bien el propio autor ha ensayado con otras voces como la tercera persona que utilizó en "Bad men" (2003).

Connolly, que en sus novelas ha dado una nueva vuelta de tuerca al género negro más clásico al introducir elementos sobrenaturales en las historias, prefiere hablar de "secuencia" detectivesca que no de serie. "Con Charlie Parker quería desde el principio escribir una secuencia de novelas, que pueden ser leídas de manera independiente, pero que, al mismo tiempo, hay subtramas que pasan de una a otra novela, algo que no sucede con las series", ha comentado.

En el caso de "El camino blanco", Connolly cierra la historia que había quedado abierta en "Perfil asesino" del reverendo Faulkner. A su juicio, "con la secuencia, más que con la serie, resulta más fácil mantener la frescura del personaje".

El ejemplo más claro de estos dos conceptos, serie y secuencia, son, según el autor irlandés, las series televisivas Colombo y Los Soprano: "Colombo llegaba cada semana con su gabardina, resolvía el caso y se iba a su casa, en cambio con veinte capítulos de Los Soprano tienes una idea completa de cómo es la familia".

Tras la historia central de "El camino blanco", un joven negro se enfrenta a la pena de muerto en Carolina del Sur, acusado de haber violado y asesinado a Marianne Larousse, hija de uno de los hombres más ricos del estado, subyace un drama racial, que ni el propio autor había planeado de antemano.

Ese drama racial enlaza con la "época dorada" de los linchamientos a negros en el sur de EEUU, una violencia que se ejerció en la zona de manera cruenta entre 1850 y los años 40 del siglo XX y que era percibida por la población, según Connolly, como "espectáculos de justicia".

Para Connolly, "se trataba de ver cómo contamina esa violencia de racismo a la sociedad, la corrompe y hasta qué punto puede recuperarse esa sociedad, pues en el año 2000 todavía hubo incendios de iglesias de la población negra.

Casi por pudor prefiere no ser comparado con Raymond Chandler ni Stephen King, y en cambio se siente más próximo a Thomas Harris, autor de "El silencio de los corderos", "aunque Harris está tan por delante, que todo el resto ofrecemos un aspecto casi tontorrón".

Su literatura bebe básicamente en las fuentes de la novela negra de los años 30 y 40, y nada tiene que ver con los más cercanos autores ingleses.

"Preferí situar mis novelas en EEUU, porque -añade- me daba mucha libertad, pues si las escribes en un entorno irlandés, rápidamente se convierte en una novela irlandesa y eso implica que tienes que hablar de la naturaleza del ser irlandés, el terrorismo, la relación con Reino Unido, la opresión religiosa, la ignorancia sexual".

Los fans de Connolly no verán de momento en el cine las historias de Parker porque siente "desconfianza hacia la pantalla grande en la adaptación de las novelas y asegura desafiante que "son escasas las buenas películas de los últimos 20 años, adaptadas de novelas negras".

Apunta que ha "blindado" los libros de Parker para que no puedan ser adaptados al cine, pero admite que "si recibo una oferta de David Cronenberg o David Lynch, incluso si fracasara sería un fracaso interesante".

Literatura erótica. Y a veces un poco más que eso.

Un libro destaca los trabajos de Billy Wilder como reportero en Viena

Ficha sobre concursos literarios y eventos sociales en torno a la literatura:

BAHÍA DE MÁLAGA, 22 de junio de 2006

Publicado por la Filmoteca Austríaca

Un libro destaca los trabajos de Billy Wilder como reportero en Viena, donde se aprecia su inconfundible ironía

Billy Wilder, autor de algunos de los diálogos más chispeantes de las comedias del Hollywood clásico, retrató con acidez en su filmes el mundo periodístico, una profesión que conocía por dentro, como pone de relieve un nuevo libro que reúne sus trabajos como reportero en Viena.
La carrera del genial cineasta de origen austríaco empezó con la pluma, pero con "la cámara en la cabeza", como indica Günter Krenn, uno de los autores de \’Billie: los trabajos periodísticos vieneses de Billy Wilder\’, publicado por la Filmoteca Austríaca por el centenario del nacimiento del realizador, que se cumple el jueves.

\’Billie\’ nació en Sucha, una localidad de la hoy Galizia polaca y que entonces estaba integrada en el Imperio Austrohúngaro. En 1916 su familia se desplazó a Viena, donde trabajó entre 1925 y 1927 como reportero para dos cabeceras: el diario \’Die Stunde\’ y la revista sobre teatro \’Die Bühne\’.

Ambas eran publicaciones de sociedad, a veces cercanas al amarillismo sin concesiones, y en sus trabajos se encuentra esa mezcla entre lo banal y lo relevante, aliñado con un agudo sentido de la observación que le hará celebre detrás de la cámara, según Krenn.

El modelo del joven Wilder era Egon Erwin Kisch, padre del reporterismo literario en lengua alemana, y Wilder siguió su magisterio con diálogos dramatizados y un estilo directo que en algunas ocasiones parece más propio de un guión que del trabajo de un reportero.
Durante sus primeros años como reportero, el director compartió amistad y tertulias literarias con el actor Peter Lorre, con quien emprendió después la aventura de un nuevo horizonte en Hollywood, y escritores de renombre como Alfred Polgars o Joseph Roth.

LA ESCUELA DE SU IRONÍA
De su sentido crítico y de su humor hay múltiples pruebas en su trabajo, en el que hizo de comentarista de sociedad, crítico teatral, cronista deportivo, un todoterreno del periodismo que adornaba su redacción con una inconfundible ironía que marcaba siempre cierta distancia con aquello que relataba.

De su sentido crítico y de su humor hay múltiples pruebas en su trabajo, en el que hizo de comentarista de sociedad, crítico teatral, cronista deportivo, un todoterreno del periodismo que adornaba su redacción con una inconfundible ironía que marcaba siempre cierta distancia con aquello que relataba.

Así, cuando acude a Génova describe las ventanas de la ciudad portuaria como el lugar "donde hace unos 400 años se secaban los pañales de Cristóbal Colón" o escribe con su estilo sardónico las apócrifas "vivencias de un acompañante de baile".

Los autores concluyen que la visión corrosiva que ofrece del periodismo en películas como \’El gran carnaval\’ (\’Ice in the Hole\’, 1951) o \’Primera Plana\’ (\’Front Page\’, 1974) la adquirió en \’Die Stunde\’, un periódico propiedad del magnate de la prensa Imre Bekessy, un personaje ducho en todas las artes del chanchullo.

Otro de los episodios conocidos de su estancia en Viena es su fallida entrevista al fundador del psicoanálisis, Sigmund Freud, que después de saber que era un periodista del amarillo \’Die Stunde\’ no dudó en mandarlo a su casa.

Este dichoso fracaso periodístico, ya que a partir de entonces empezó a dedicarse cada vez más al cine, lo contó el propio Wilder en algunas de sus entrevistas.

En el volumen \’Conversaciones con Billy Wilder\’, del periodista y director Cameron Crowe, se cuenta el episodio con el inconfundible estilo de Wilder. "En aquella época, no conocía a ningún austríaco que se hubiera psicoanalizado. No conocía a nadie que se hubiera psicoanalizado. Era una especia de cosa secreta", aseguraba Wilder.

"La doncella me abrió y me dijo: El profesor, Herr Profesor, está comiendo. Le respondí: \’Esperaré\’. Así que me quedé allí sentado. El salón era la recepción de su consulta y, a través de la puerta que daba a su estudio, se veía el diván. Me llamó la atención lo pequeño que era el diván. Todas sus teorías se basaban en el análisis de personas pequeñas".

"Levanté la vista y allí estaba Freud. Un hombre diminuto. Tenía una servilleta atada alrededor del cuello, se había levantado a mitad de la comida, y me preguntó: \’¿Un periodista? ¿Es usted el señor Wilder, de \’Die Stunde\’?\’. (Le había dado una tarjeta de visita). Respondí: \’Sí\’, tengo unas cuantas preguntas. Replicó: \’Ahí está la puerta\’. Me echó. Fue el momento culminante de mi carrera. Le dije: Gracias".

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Peter Pan, érase otra vez

Ficha sobre concursos literarios y eventos sociales en torno a la literatura:

ABC, 21 de junio de 2006
MANUEL DE LA FUENTE. MADRID.

Érase otra vez, sí, pero será el próximo 5 de octubre, a la vuelta del verano. Érase otra vez el País de Nunca Jamás y en compañía de sus increíbles y apasionantes habitantes: Peter Pan, Campanilla, Wendy, el capitán Garfio, que en esa fecha poblarán la segunda parte de la popular obra de James Matthew Barrie, una secuela que ha sido escrita por la autora inglesa Geraldine Mc Caughrean (uno de los nombres más conocidos y reconocidos de la literatura infantil y juvenil contemporánea), y cuyas ilustraciones han sido realizadas, nada más y nada menos, que por David Wyatt, un artista que ya ha trabajado con Mc Caughrean en libros anteriores con grandes resultados y que ha alcanzado fama mundial por sus personalísimos dibujos de la celebrada trilogía de «El Señor de los Anillos», de Tolkien.
Con autorización de la mismísima familia Barrie (en especial de su tataranieto) y del Hospital Infantil de Londres (el Hospital Great Ormond Street), que tiene los derechos editoriales de la inmortal obra, más de un centenar de escritores (muchos de relumbrón, al parecer) participaron en un selectísimo concurso (los deberes consistían en redactar un posible capítulo de la que sería esta próxima segunda parte) para alcanzar el privilegio de poder escribir la continuación, que se llamará «Peter Pan de rojo escarlata» y será editada por Alfaguara en España y otros veintiún países de habla hispana, así como en Brasil.

Silencio, se escribe

Como en los mejores cuentos de toda la vida, abracadabra, un halo de profundo y desasosegador misterio (en forma de fuertes medidas de confidencialidad de todos los que entran en contacto de una u otra manera con la «poción mágica», incluida la Prensa y los propios responsables de la editorial) rodea a la secuela y a su próxima edición, cuya traducción ha sido realizada por Isabel González-Gallarza, buena conocedora por otra parte de la obra anterior de Geraldine Mc Caughrean.

Como de la fórmula de la Coca-Cola, poco, por no decir nada, se puede saber del argumento, salvo, eso sí, que es seguro que estará totalmente repleto de burbujas de fantasía y de chispas de la vida de Peter y compañía, y que, como sigilosamente explicó ayer González-Gallarza, lo importante de esta continuación es que mantiene la «ternura» y el «humor inglés» de Barrie, al tiempo que «profundiza en la psicología de los personajes que fueron sutilmente perfilados en la primera parte».

Para que el lector vaya dándole ya vueltas y alas a su imaginación, sepa que los Niños Perdidos del País de Nunca Jamás, convertidos en adultos responsables, en padres de familia con sus hipotecas y sus hijos, sus trabajos y sus corbatas, empiezan a sufrir todo tipo de pesadillas relacionadas con su viejo amigo Peter Pan por lo que piensan que Peter les necesita. Y dicho y hecho. Disfrazados con las ropas de sus propios hijos vuelven al País de Nunca Jamás, que es más inquietante que nunca, y en el que los tonos rojizos y otoñales lo inundan todo. Según la traductora, donde Barrie apenas si trazaba una pincelada psicológica de los personajes de la novela, Geraldine Mc Caughrean ha trazado perfiles mucho más precisos e intensos, especialmente del capitán Garfio, aunque el protagonismo de la obra continúa muy repartido.

De paso, y como magnífico y suculento aperitivo de este «Peter Pan de rojo escarlata», la misma editorial ha lanzado una deliciosa edición de la obra de Barrie en tapa dura, con unas precisas y preciosas ilustraciones de Fernando Vicente y con traducción de Gabriela de Bustelo. «Es un libro muy completo lleno de barcos, piratas, hadas y duendes y la batalla entre los indios y los piratas no tiene nada que ver con lo que conocemos por Walt Disney», señaló Fernando Vicente, quien confesó ser un gran coleccionista y admirador de este cuento.

Érase otra vez, la segunda, y seguro que irá la vencida. Quién fuera niño. ¿O no?

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Nos empobrecemos sin poesía: Monsiváis

Ficha sobre concursos literarios y eventos sociales en torno a la literatura:

MILENIO, 20 de junio de 2006

Recibió el Premio Iberoamericano de Poesía Ramón López Velarde

Nos empobrecemos sin poesía: Monsiváis

Se le entregó por ser uno de los estudiosos más rigurosos del vate zacatecano. Desde adolescente, lo leyó como una "experiencia formidable".  

Zacatecas • Jesús Alejo, Enviado

Hace 40 años apareció La poesía mexicana del siglo XX, una antología preparada por Carlos Monsiváis, que llegó a despertar tal entusiasmo entre los lectores de la época, que Octavio Paz llegó a confesar que en esas páginas "el lector interesado puede encontrar una penetrante historia crítica de nuestra poesía moderna y una selección, a un tiempo amplia y rigurosa, de sus tendencias y nombres representativos." Monsiváis, según recuerda Juan Domingo Argüelles, apenas contaba con 28 años de edad. "Esa oportunidad —dice Carlos Monsiváis— refrendó lo que desde niño supe: que la poesía, y cuando se puede su memorización, le ayuda a uno a vivir con otra conciencia y otro rigor el lenguaje, y que hay líneas que siempre esclarecen situaciones."

El título vino a la memoria antes de la recepción del Premio Iberoamericano de Poesía Ramón López Velarde, entregado anoche en el Museo Manuel Felguérez de la capital zacatecana, mientras Carlos Monsiváis contaba a MILENIO sus primeros acercamientos a la poesía y, sobre todo, su rechazo al desdén en algunos sectores, en especial el político.

A su parecer, la poesía, como un criterio social, sirve para fijar de mejor manera las metas y los proyectos de cada sociedad y no deja de ser significativo que hace mucho un político no cite una línea de un poeta: "El presidente Fox nunca lo ha hecho, y esto podría extenderse a los gobernadores y los secretarios de Estado. Hace tiempo que se declaró el divorcio entre el esplendor del lenguaje y la política. En ese sentido, así sea la poesía un asunto esencialmente personal, al expulsársele de la república –o de lo que por ella entiendan los políticos–, todos nos empobrecemos.

Durante la entrega del galardón –encabezada por la gobernadora Amalia García y el titular del Instituto Zacatecano Ramón López Velarde, David Eduardo Rivera-, Hugo Gutiérrez Vega aseguró que antes de que Monsiváis escribiera sobre el autor de La Suave Patria, "no se entendía toda la intensidad de un lenguaje que se flexibiliza y se desdobla en lo entrañable y cotidiano, y lo ritual y ceremonial."

El cronista confesó que desde su adolescencia, la poesía de López Velarde se convirtió en una experiencia formidable, se presentó ante él el sentimiento de la revelación y la fascinación por la extrañeza, si bien ideológicamente no me identifico, excepto en su devoción por Francisco I. Madero. "Decirle a un amigo que, ‘aunque no se cumpliera lo de Madero, haber apoyado ese momento hacía que su vida valiese la pena’, eso me dio otra imagen de él y comprendí cuán absurdas eran algunas de las prevenciones ideológicas de aquellos años. Cada que vuelvo a él me deslumbra más."

http://www.premiosliterarios.com

El poeta no inventa mundos, es su intérprete

Ficha entorno al factor humano en la literatura:

ABC, 20 de junio de 2006

Luis Alberto de Cuenca: «El poeta no inventa mundos, es su intérprete»

MANUEL DE LA FUENTE. MADRID.

Con ese nombre podría haber pasado por un iluminado franciscano desentrañando viejos códices, o por un concienzudo copista del Toledo de las Tres Culturas. O por un mercader de la comitiva de Marco Polo ante la corte de Tamerlán. Pero ya ven, Luis Alberto de Cuenca es poeta, aunque no le hizo ascos a la política como secretario de Estado de Cultura («humanamente aprendí muchísimo», recuerda), ni tampoco se los hizo al ensayo, ni se los vuelve a hacer ahora a la lírica, cuya chispa ha prendido en «La vida en llamas», su nuevo libro, último premio Ciudad de Melilla.

¿Qué arde, pues, el mundo o el corazón? «El fuego es vida, pero también convierte en ceniza lo que toca. A uno siempre le parece que su mundo es el más duro y terrible de los que han existido, pero siempre ha sido igual, este mundo no está más en llamas que los anteriores».

Porque Luis Alberto de Cuenca no es de los que tienen un concepto elitista de la poesía, es de los que atisba que hay unos cuantos poetas que incluso podrían vivir de sus endecasílabos. «No me refiero a vender como Pérez Reverte, pero con promociones e inversiones como las de la narrativa, se me ocurren al menos una veintena de nombres que podrían vender unos cuarenta mil ejemplares de sus libros».

El cine es otro de los ejes de la vida del vate madrileño, y aquí está bien representado con poemas sobre «Los nibelungos», «Shrek», «La guerra de las galaxias» («…y sé que a la princesa Leia irán dirigidas mis últimas palabras…»). «Lo plástico es muy importante en mi poesía y, por supuesto, el cine, tanto que alguna vez he dicho que mis poemas son como videoclips».

Escenas espesamente cotidianas son las que conforman «Crónica de sucesos», otra de las partes del libro: el amor por una muñeca hinchable, los restos del naufragio del divorcio, escenas en un supermercado… «Todo el mundo puede tener una experiencia poética, pero los poetas tenemos esa visión continuamente. Me niego a considerar que el poeta invente otra realidad, no creo en el poeta como demiurgo de mundos, sino como intérprete del mundo que existe».

Quede atrás un pretérito más o menos perfecto y se atisbe por delante un futuro más o menos indefinido. Pero en primera persona del presente, De Cuenca muestra mucho apetito ante el plato de la vida. «En este momento me apetece más escribir del amor en plenitud, del amor como algo positivo» («Te mentí, vida mía. Donde dije/ te quiero, pon te quiero con locura», escribe en «Fe de erratas», el último poema del libro. «Cuando se cumplen años conviene fijarse en lo maravillosa que es la vida. Mi esposa Alicia (a la que está dedicado ese poema) dice que es una bulímica de la vida. Me lo ha pegado, yo también, soy un bulímico de la vida».

Un editor debe tener alma de poeta y entrañas de ingeniero

Ficha entorno al factor humano en la literatura:

EL DÍA DE CÓRDOBA, 18 de junio de 2006

manuel pimentel. presidente del grupo almuzara
"Un editor debe tener alma de poeta y entrañas de ingeniero"

Muchos cordobeses aún desconocen que en una nave del Polígono de las Quemadas reside uno de los grupos editoriales españoles que mayor desarrollo han alcanzado en los últimos años. A otros les cuesta creerlo. Pero la realidad se impone. Los objetivos de Almuzara se van cumpliendo y el futuro se presenta ilusionante. Entre sus proyectos inminentes, la penetración en América Latina y EuropaALFREDO ASENSI

córdoba. El AVE pasa a lo lejos como una metáfora. Viene de Madrid y va a Sevilla, o al contrario. Pimentel no lo ve porque está de espaldas a la ventana. Su claridad expositiva, su rigor argumental, la coherencia de sus planteamientos abonan el terreno para el florecimiento de una ilusión. Cree en lo que hace y conoce las reglas. La pragmática lucidez del empresario con talento se conjuga en su discurso con la elocuencia devocional del editor apasionado.

–¿Cómo está resultando la integración del grupo en el mapa editorial español?

–El editorial es un sector económicamente maduro, muy antiguo y consolidado, y tiene una singularidad: las ventas se incrementan muy lentamente y sin embargo cada vez sale al mercado un mayor número de títulos. Nosotros llevamos poco tiempo, dos años. Hemos llegado en un momento en el que esa saturación de títulos, esa altísima rotación de las novedades, es muy acusada. Hemos tenido que confeccionar una estrategia para esta realidad, no para la que nos gustaría, que está ligada al libro de fondo. El objetivo era crecer desde cero en un mercado muy saturado. El grupo se compone de tres editoriales: Almuzara, que tiene diversas colecciones, Berenice, con Javier Fernández como editor, y Arcopress, cuyas oficinas están en Madrid. La estrategia de formar grupo es muy importante para nosotros. Los canales de distribución son cada día más selectivos. Como hay cada vez menos puntos de venta y más títulos, los canales seleccionan mucho más. Nos queda mucho por hacer, pero ahora mismo nuestros títulos están en todas las librerías de España. Un paso de la estrategia era crear varios sellos, y otro apostar por colecciones específicas: pensamiento político, flamenco, caballos, divulgación científica, temas locales, temas andaluces…, con tiradas cortas. Esta apuesta por el nicho específico y la tirada corta nos salva algo de la vorágine de las grandes devoluciones. También estamos concretando lo que entendemos que son grandes apuestas editoriales con tiradas más largas que oscilan entre 10.000 y 15.000 ejemplares. Intentado ocupar nichos que las grandes editoriales no cubren.

–¿Van a continuar con esta estrategia?

–Sí. Una editorial es una empresa que debe tener alma. Todos los editores tenemos algo de poeta; si no, nunca nos habríamos metido en esto. Un editor debe sentirse trascendente en lo que hace. Nosotros sentimos que estamos siendo trascendentes, que estamos abriendo caminos con muchos de nuestros nichos, por ejemplo con la colección de temas andaluces. Lógicamente, a medida que crezcamos tendremos títulos de mayor tirada, pero sin renunciar a nuestro sello. Otro elemento importante es la expansión internacional. Hemos firmado un acuerdo con Urano para que nos lleve la distribución en América Latina. Ya estamos exportando a Colombia, Chile, México… Tenemos editorial propia en México y vamos a tener stand propio en la Feria del Libro de Guadalajara. Estamos estudiando la posible compra de una editorial en Francia con sede en París y un catálogo de cien libros. Queremos ir tanteando el mercado europeo.

–El mercado editorial tiene unas reglas propias y unos códigos muy definidos… Desde su perspectiva de empresario, ¿se ha llevado muchas sorpresas?

–Sabía que me metía en un sector muy difícil, con muy poco margen, muy saturado. Sólo me he llevado sorpresas puntuales con algunos libros. Es un negocio muy duro empresarialmente. Un editor debe tener alma de poeta y entrañas de ingeniero. Hay que hacer logística, finanzas… Hay que llevarlo todo muy bien porque si no la liquidez se te acaba. Pero yo tengo confianza en la industria cultural andaluza. En esta tierra hay mucho talento. Una empresa de petróleo puede estar en cualquier sitio del mundo, pero si está sobre el pozo, mucho mejor. La industria cultural tiene futuro. Somos un grupo andaluz, pero nuestro desarrollo tiene que ser nacional e internacional. Este año vamos a estar entre los doce grupos editores más importantes de España.

–¿Está Córdoba preparada para convertirse en uno de los grandes focos editoriales del país?

–Sí. Córdoba no tiene términos medios. Aquí hay grandes empresas de otros sectores muy dignos. Espero que seamos capaces de convertirnos en una referencia cultural. Córdoba tiene tradición, historia y conocimiento para asumirlo. Nos sentimos muy cómodos en Córdoba, que ofrece una calidad de vida muy importante.

–¿Sienten ustedes que su apuesta está siendo reconocida en la ciudad?

–Nosotros somos muy especiales en el sentido de que no queremos ningún tipo de apoyo público. Siempre nos hemos sentido bien aquí, con los lectores, los libreros y las instituciones. Pero probablemente en Córdoba haya mucho desconocimiento sobre la presencia que el grupo está teniendo en toda España

–El éxito de una empresa editorial depende en parte de que sea capaz de forjarse una identidad propia. ¿Cuáles son las características definitorias de Almuzara?

–Nosotros respetamos mucho la biodiversidad interior: sellos con línea propia editorial y de comunicación, pero con servicios comunes. Berenice tiene sus propias características de imagen y línea, al igual que Arcopress y Almuzara. Ésta es una editorial generalista de nichos. Toca muchos nichos pero los aborda por colecciones específicas. Queremos que sea una editorial muy pegada a la realidad social. Berenice apuesta por un rasgo distintivo de calidad literario, y Arcopress se centra en temas sociales y de investigación periodística. Hay otro sello de libros de informática, Tecnobook, que se está convirtiendo en una referencia. Tenemos que ser un grupo muy ágil, acostumbrado a una capacidad de decisión muy rápida, que sea capaz de sobrevivir con tiradas medias y cortas y que se adapte a las nuevas tendencias y cambios sociales. En Almuzara, por ejemplo, tenemos una colección de sociedad actual que está teniendo mucho éxito. Y, por supuesto, debemos ir haciendo catálogo. Hay que combinar la agilidad para percibir los cambios sociales con un cimiento fuerte en libros de catálogo, que son los que le dan estabilidad a una editorial

–Las novedades duran poco en los escaparates de las librerías..

–Y van a durar menos todavía. No me gusta que sea así, pero el editor está forzado en esta circunstancia a sacar muchos libros para seguir facturando. Y, como saca muchos libros, las novedades cada vez duran menos. Es una espiral maldita que no tiene solución a corto plazo. ¿Cómo se sobrevive en este contexto? Ahí está la clave. Nosotros hemos apostado por un modelo, pero hay muchas editoriales que están atravesando un mal momento porque no pueden adaptarse a lo que impone el mercado. Este es un sector que va a llegar a una concentración fortísima. Habrá menos librerías y más cadenas, menos agentes operadores de distribución y menos grupos. España todavía tiene muchos grupos editoriales en comparación con Alemania, Francia, Inglaterra o Estados Unidos. En Francia hay dos, o uno y medio, en Alemania tres, en Estados Unidos dos… Aquí, sin embargo, tenemos quince o veinte grupos. El listón de entrada en el mercado editorial va a estar cada vez más alto porque llegar a una mesa de novedades de una cadena de librerías es cada día más complicado.

–¿Almuzara se plantea la posibilidad de fundirse o asociarse en el futuro con otro grupo?

–El futuro siempre está por escribir. A nosotros nos gustaría representar la sede de una industria cultural. Para Córdoba y Andalucía sería importantísimo conseguir una industria cultural potente. Quisiéramos mantener nuestra independencia, seguir como hasta ahora, pero nunca se sabe.

–Exportan a Colombia, Chile, México… En este último país tienen oficina propia. ¿Van a abrir más oficinas en América Latina?

–Sí. Ya estamos mandando muchos miles de libros cada mes a América Latina. Iremos teniendo editoriales propias en los principales países. México no sólo distribuye nuestros libros allí; también edita libros de mexicanos para su mercado nacional. Nuestros siguientes objetivos son Argentina y Colombia. Y hay que perderle el miedo a Europa. Hay otro tema importante. El editor tiene que pensar que no sólo es un productor de libros sino un gestor de propiedad intelectual. Esto lo digo siempre como empresario. El editor tiene que vender libros pero también derechos. Ahora se va a incorporar al grupo una persona que va a intentar vender a otras editoriales europeas y productoras audiovisuales derechos de nuestros libros. Una editorial puede obtener más beneficios con la venta de derechos que con la venta de libros, porque, con los costes de producción, éstos tienen un margen muy pequeño. Nosotros somos un grupo grande en Andalucía y mediano en España, pero pensando en el futuro somos un grupo muy pequeño. Dentro de diez años yo no creo que haya en España más de cinco grupos editoriales. Nosotros tenemos que ser uno de esos cinco. No es fácil, porque competimos con colosos: Planeta, Alfaguara, Anaya…, grandes editoriales muy consolidadas, potentes y muy buenas. Almuzara es la última invitada a esta fiesta.

–Pero tendrán alguna ventaja…

–La agilidad es importantísima. Somos capaces de sacar un libro con mucha rapidez. Muchas veces, llegar el primero es clave. Hay un porcentaje de libros en el que tienes que adelantarte. La agilidad conlleva tensión interna, pero esto es normal. También en el periodismo hay trabajos de fondo y noticias que deben sacarse rápidamente. Pero una cosa está clara: al final, una editorial es el catálogo y el fondo que tiene.

–Y, sin embargo, nadie puede determinar cuáles son las claves para que un libro triunfe.

–Nosotros no lo sabemos, así que nos centramos en hacer bien las cosas. ¿Por qué ahora triunfan libros como El código Da Vinci, La sombra del viento…? Cada época tiene su estado de ánimo colectivo, sus inquietudes, su alma… A nosotros nos dijeron que nos íbamos a estrellar con el libro de El Lute, Camina o revienta, y ya llevamos siete ediciones. Y hemos sufrido decepciones con libros en los que teníamos mucha confianza.

–La dinámica que impone el mercado editorial, ¿es compatible con el mantenimiento de unos niveles razonables de calidad?

–Sí. Se suele contraponer el concepto de calidad con el de venta, pero en este sentido el sector editorial no se diferencia de otros. En cualquier caso, nosotros tenemos que apostar claramente por la calidad.

–Una de las noticias literariamente más relevantes en el desarrollo del grupo ha sido el surgimiento de Berenice, que está llamado a convertirse en un sello de referencia.

–Para nosotros es una apuesta muy importante. Tengo mucha confianza en el equipo humano que lo compone y en los proyectos que hay previstos. Vamos a arriesgar con nuevos valores literarios. Aquí nos sentimos trascendentes. Berenice será una referencia nacional.

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Sepúlveda lamenta el olvido de los escritores africanos

Ficha de textos para la polémica o la reflexión:

DIARIO CÓRDOBA, 17 de junio de 2006

Sepúlveda lamenta el olvido de los escritores africanos

EFE

El escritor chileno Luis Sepúlveda aseguró ayer que los "grandes olvidados" por las editoriales son los escritores en lengua española y portuguesa de países africanos, y mostró su "asombro" por la ausencia de libros de estos literatos en la Feria del Libro de Madrid.

Sepúlveda, que participó en Vitoria en un seminario iberoamericano sobre el español y su relación con las industrias culturales, criticó que "nunca" ha visto en la Feria del Libro madrileña publicaciones de escritores procedentes de Guinea Ecuatorial, del Sáhara, Mozambique o Angola.

El escritor chileno, nacido en 1949 y afincado desde hace varios años en Gijón, aseguró que, a pesar de que habla cuatro idiomas y lee en seis, "no consigo imaginarme otro idioma tan perfecto para la novela y la poesía como es la lengua española".

El autor de El viejo que leía novelas de amor , manifestó que la "única patria posible" de un escritor es su lengua y consideró que el español está llamado a ser uno de los idiomas protagonistas del intercambio cultural y comercial de las próximas décadas.

http://www.premiosliterarios.com

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